Viaje a Venecia25 de marzo, domingo. 2012
Venecia es una ciudad mágica y siempre deseada. Tenemos la enorme suerte de poder ir en estas fechas tan acertadas de la semana anterior a la de Semana Santa, con buenos amigos y a una buena residencia. Salimos con ilusión.
El viaje lo hacemos en avión, en una línea económica, Easy Jet, y por tanto con el equipaje condensado en una pequeña maleta y sin nada más en la mano. El vuelo parte con cierta puntualidad y el viaje dura unas dos horas y media. Aterrizamos hacia la una menos cuarto con un sol que casi calienta demasiado en el pequeño pero bonito y lujoso aeropuerto Marco Polo de Venecia. Allí mismo compramos el billete que nos va a permitir coger todos los vaporettos durante siete días y también incluye el autobús ida y vuelta a la ciudad, aunque lo cierto es que nunca veremos un inspector ni a nadie que lo reclame. En el autobús número 5 que se coge a la puerta del aeropuerto nos dirigimos a la ciudad de la laguna donde llegamos pasados veinte minutos. El destino final como el de otros tantos autobuses es el Piazzale Roma, al pie mismo del comienzo del puente de Calatrava, la polémica obra del arquitecto valenciano cuyo coste fue mucho mayor del presupuestado así como el período de ejecución. Es el cuarto puente del Gran Canal y comunica y acerca la concurrida plaza, la única a donde pueden llegar los coches, con la estación de tren Sta Lucía que ya pertenece a uno de los sestieres, el de Cannaregio y que aquí se la conoce como Ferrovia. Nosotros tenemos que atravesar el puente para ir a la cita con los amigos en la estación. Sus escalones, de un material vítreo transparente, son más fáciles de subir que los de otros puentes y la línea curva menos pronunciada.
Nos llama la atención que al pie del puente se han congregado muchas personas, todas ellas sobria y elegantemente vestidas a la espera aparente de algún personaje que presumimos debe de pertenecer a la iglesia porque entre ellos se distinguen alzacuellos. Al llegar delante de la estación el número de los congregados que se agolpa en amplio círculo es mayor aún, igualmente trajeados y arreglados para una ocasión especial. Por suerte una chica nos regala un par de papeles, como a otros despistados viandantes, en los que nos informan del motivo que causa esta concentración de personas y es que están a punto de recibir al nuevo patriarca de Venecia que llega al Piazzale Roma y acude luego a la explanada de la Estación desde donde le van a acompañar hasta la catedral por el canal Grande en un cortejo de góndolas con tripulaciones vestidas con los llamativos colores, tal vez los de los distintos sestieres en que se divide la ciudad, que le dan un aire festivo y colorista al canal. La estampa que nos ofrecen es una fotografía del nuevo patriarca, el cardenal Francesco Moraglia, que revela el rostro sonriente de una persona de mediana edad embutido en su capelo rojo. ¡Lástima que no hayamos visto en su mejor momento el cortejo solemne subiendo por el canal hasta la catedral de San Marco!
Nos encontramos pronto en el sitio previsto con Carmen y Antonio y ya juntos los cuatro, con las maletas, nos disponemos a encontrar la casa siguiendo las claras indicaciones que sus dueños nos han dejado por escrito. Lo peor ha sido subir el puente de los Scalzi y luego bajarlo cargando con el peso de la maleta. Carmen cede al ofrecimiento que le hace un joven con aspecto de emigrante de cargar con la suya y la de Antonio hasta el otro lado del puente y luego se descuelga el avispado muchacho pidiendo diez euros por el servicio. Al final, tras protestar, le da cinco que sigue siendo desproporcionado para el tiempo y el esfuerzo. Así el solícito portamaletas podría llegar a ganar más que el presidente del gobierno, si a todos los turistas que llegan en las próximas fechas les consigue sacar un estipendio semejante.
Pasamos por la iglesia de San Simeón el Profeta, la bordeamos y enseguida damos con la Calle larga dei Bari y reconocemos la casa, pintada en amarillo, viejita, con la puerta de verja, en cuyo bajo hay una Gelatería, tal como nos la había descrito. Saludamos al Gelatero, que es amigo de los dueños y nos disponemos a subir a la casa. Se llega al segundo piso por un solo tramo de escalera empinada en cuyo centro se abre la puerta de la vivienda correspondiente al primer piso. El nuestro es el segundo y último. La escalera está vieja, como se puede esperar de un edificio construido hace siglos y subimos por ella de uno en uno y con precaución pero al abrir la puerta el panorama nos sitúa en nuestro tiempo y en un ambiente muy acogedor a la par que confortable. Es una casa amueblada y decorada como resultado del buen gusto y las preferencias de una pareja de formación muy similar a la nuestra, donde ellos pasan temporadas rodeados de sus objetos queridos y a veces la alquilan a gente conocida, ese es el requisito, que la sepamos apreciar y disfrutar. Tiene todas las comodidades posibles y los detalles que logran que nos sintamos enseguida muy a gusto.
Después de instalarnos y colocar el contenido de la maleta en armarios y cajones, nos lanzamos a la calle a tomar algo cuando el reloj marca las tres de la tarde, una hora más propia de turistas que de lugareños pero la ciudad tiene prevista estas situaciones. En la Pizzería contigua a la casa tomamos una gran pizza para primer día que nos da fuerza para iniciar sin más pérdida de tiempo el primer recorrido turístico.
La parada de los vaporettos en el Gran Canal que está más cercana a casa es la Riva di Biasio y se encuentra a unos cinco minutos a través de una estrecha calle. Cuando salimos al canal el espectáculo que se ofrece es tan bonito, único, incomparable que, como dice mi madre que a ella le ocurrió en su visita a Venecia, te deja con la boca abierta durante largo rato. La cámara fotográfica va a tener hoy trabajo porque una se quiere llevar de recuerdo la imagen de cada palacio, cada casa y cada iglesia que enmarcan elegantemente las aguas del canal como un enorme collar en el que están engastadas piedras preciosas de diferentes hechuras, colores y estilos pero todas ellas bellas y armónicas dentro de la desarmonía de sus formas.
Hemos estudiado el plano de la ciudad para hacernos a la idea de su composición, repartida en sestieres y atravesada en su mitad por el amplio meandro que hace el trazado del Gran Canal.
Nos familiarizamos pronto con las diversas paradas a lo largo del canal que es la arteria principal de la ciudad, a un lado y a otro. Yo me sitúo en la parte final del barco, al aire libre, y compruebo que la sola vista de tanta belleza, las magníficas construcciones iluminadas por el sol en esta radiante tarde, hace que una se encuentre bien y con el ánimo alegre. Los palacios, que para diferenciarlos del Ducal se llaman casa (ca´) son muestras magistrales de todos los estilos arquitectónicos pero predominando el gótico veneciano, con esas ventanas estrechas y agrupadas, coronadas por un arco ojival. También los hay de épocas posteriores, en estilos renacimiento y barroco.
Descendemos en la parada de San Marco y de bruces nos topamos con la otra realidad consustancial a la visita de Venecia, la muchísima gente que se congrega en este punto neurálgico de la ciudad, una de las plazas más bonitas y conocidas del mundo, patrimonio de la humanidad. Gentes de todo tipo pero en estos días especialmente grupos de escolares que aprovechan la semana anterior a la de Semana Santa para sus viajes de estudios. No faltan por supuesto miles de orientales, japoneses, chinos, coreanos o de otros países de la zona, jovencitas de ojos rasgados y pequeños que todas parecen la misma, personas de la tercera edad y gentes de todo tipo y condición y, si se presta atención, se pueden oír muchas lenguas distintas. Nos une a todos la admiración por lo que nos rodea. A modo de pórtico de entrada a la piazzeta donde se levanta el Palacio Ducal, espacio previo a la plaza propiamente dicho, se yerguen las dos altísimas columnas, una de ellas rematada por el león de San Marcos de la que leemos que en realidad es la representación de una Quimera persa, y la otra por la escultura de San Teodoro, primer patrono de Venecia. A la derecha e iluminado por el sol en las dos fachadas externas, se alza el Palacio Ducal, con su bellísima fachada gótica. Al otro lado los edificios de la Librería Sansoviniana, que actualmente está cubierta por el lienzo que tapa las obras de reparación, y la Procuraduría Nuova que hace esquina con la plaza propiamente dicha, ocupando uno de sus lados.
Nos acercamos hasta la plaza para colocarnos frente a la basílica de San Marcos y dedicamos todo el tiempo a observar los detalles ornamentales de la fachada, los caballos de bronce del siglo IV, procedentes de Constantinopla, los bellísimos y bien conservados mosaicos del siglo XVI y XVII, las esculturas y los variados bajo relieves, desde placas incrustadas hasta los que adornan las arquivoltas de las tres puertas, los mármoles procedentes de oriente, al tiempo que escuchamos las campanas que voltean festivas, la música sacra y las palabras de la ceremonia religiosa que tiene lugar en el interior, en la Misa que acoge al nuevo patriarca, y que se retransmite al exterior en una gran pantalla situada delante de la fachada del palacio Patriarcal y a través de altavoces situados en varios sitios de la plaza.
Destaca a continuación de los armoniosos edificios de las Procuradurías, obras del siglo XVI, concebidas por el arquitecto Sansovino, que cierran la plaza por tres de sus lados, el bonito edificio conocido como el la Torre del Reloj, en el lado norte. Su parte baja constituye un arco que da paso a una de las calles más comerciales de la ciudad. Encima del arco se puede admirar un enorme reloj esmaltado en tonos azul y dorado que marca las horas, las fases de la luna y el zodiaco. Servía de referencia para los navegantes, que podían saber los movimientos de las mareas y cuáles eran los mejores meses para emprender un viaje por el mar. Más arriba, hay un nicho con una Virgen, y a los lados están las dos puertas, hoy cerradas, de las que los días de la Epifanía y de la semana de la Ascensión, salen los Magos para tocar las horas y, junto a un ángel, se inclinan delante de la Virgen. En el punto más alto de la torre hay dos grandes estatuas de bronce, conocidas como los “moros”, por la pátina oscura que han adquirido con el tiempo, que, gracias a un mecanismo complejo, marcan las horas tocando la enorme campana del mismo material, como sí hemos podido comprobar.
Una parte del pavimento de la plaza está en obras, lo que desluce algo la visión de conjunto de este bonito lugar. En esta ocasión no llegamos hasta el final de la plaza y nos volvemos por la piazzetta en dirección al canal. Levantamos la cabeza para contemplar el altísimo Campanile, de casi 99 mts de altura, visible desde cualquier punto de la bahía y que sirvió de faro y orientación a los navegantes. Nos paramos ante el edificio del cuerpo de guardia o Loggetta, al pie de esta torre, obra también de Sansovino en el siglo XVI, con esculturas de bronce en los nichos que adornan la fachada que representan a los dioses Minerva y Mercurio además de dos alegorías, y admiramos también una magnífica reja que cierra el pequeño atrio.
En un lateral de la basílica, al lado del Palazzo seguimos viendo obras de arte, unas columnas visigodas con capiteles labrados y el grupo de los cuatro tetrarcas o emperadores romanos, en pórfido color granate.
Salimos a la riva de los Schiavoni, que significa los esclavos, en alusión a los dálmatas que instalaban aquí sus puestos de venta. Ahora también hay puestos de venta pero no regentados por esclavos precisamente. Es la parte más animada de la ciudad, con oferta comercial y turística en los múltiples tenderetes que bordean el muelle, llenos de máscaras imaginativas y adornos de cristal de Murano. Desde él se tiene una magnífica vista de la punta de la Dogana, la iglesia de la Salud y la costa de la isla de la Giudecca enfrente, así como la isla de san Giorgio. El muelle está lleno de gente y nos sumergimos en esa marea humana. Subimos por el puente para seguir la riva y desde lo alto nos paramos a contemplar el famoso puente de los Suspiros, nombre que recibe, no del carácter romántico de la situación, como podría parecer, sino de los suspiros de pesar que emitían los condenados por perder su libertad y tener que ingresar en el calabozo de la Prisión nueva que se alcanzaba a través de ese puente.
A la riva de los Schiavoni dan tres edificios contiguos que pertenecen al famoso Hotel Danieli, de los que el del medio, el llamado Palazzo Dandolo, es el que data del siglo XIV, según dicen las crónicas, aunque haya sido renovado con las mejoras que los tiempos nuevos ofrecían, indudablemente. Entramos en el vestíbulo y damos una vuelta por el salón, la recepción y la lujosa escalera sin perder un detalle de la rica ornamentación a base de lámparas de cristal artesanal de Murano, tejidos de categoría, columnas y estatuas de mármol y un mobiliario digno de destacar. Carmen incluso pregunta el precio de las habitaciones que oscila entre los 400 a 800 euros. Es muy conocido y como suele suceder en estos establecimientos, su fama se revalida cuando algún famoso personaje ha utilizado sus servicios. En este caso fue el director de cine Visconti el que aprovechó el decorado real del hotel para escenas de su famosa película Muerte en Venecia, ese relato cinematográfico preciosista para el que debió de elegir con mimo y exigencia cualquier decorado.
A la salida nos introducimos por la calle de Rosse, a la que da el Palazzo Dandolo, que marca el límite del sestiere Castello, contiguo al de San Marco y enseguida notamos que la gente ha desaparecido y que vamos solos por las estrechas, irregulares y atractivas callecitas por las que es difícil orientarse porque no guardan ninguna simetría. A un lado y otro surgen rincones arquitectónicos y enclaves que despiertan la atención y los introduzco en el objetivo con el propósito de volver a saborearlos a la vuelta a la cotidianeidad de la vivienda madrileña. Sorprende que esté escrito el nombre de “calle” para designar lo que en otras ciudades italianas son “vías” y encontramos además otros nombres que designan los diferentes lugares, como fondamenta, salizzada, cortile y sobre todo campo. Me asomo al recoleto cortile Michiel, con su correspondiente sobrio brocal del pozo en el centro, como se encuentran en todos los campos, los macetones de plantas que adornan los muros y la ropa tendida en un día soleado. La mitad del espacio está dedicada a la terraza de un restaurante todavía vacía en esta hora de media tarde. En los muros de color rojizo se destaca la inconfundible forma de las chimeneas que tanto se va a ver repetida en las calles de los barrios venecianos. Tampoco falta la pequeña capilla incrustada en el muro con su correspondiente madona y una repisa a modo de pequeño altar. Estamos en Italia.
Después de callejear y de encontrarnos con el pequeño puente que salva el paso de uno de los muchos ríos que discurren por la ciudad y que ofrecen a la vista esos atractivos cuadros de altas y viejas casas reflejando sus descoloridos colores o sus gastados muros, en los que entre desconchones de la pintura aflora el ladrillo, en las calmadas aguas del canal, llegamos a una zona ancha y despejada, es uno de los agradables espacios que se denominan campos porque no alcanzan la categoría ni el tamaño de la Piazza por excelencia que es la de San Marco y que generalmente llevan el nombre de la iglesia que los preside. Estamos en el Campo de Santa María Formosa y en efecto, en medio del armonioso espacio se levanta la iglesia del mismo nombre, revestida en su fachada y en el campanile de blanco mármol. Es de estilo renacentista y tiene dos cuerpos rematados por un pequeño frontón y decorado en lo alto con las estatuas de cinco personajes. Dando a la plaza distinguimos al menos tres edificios que entran en la categoría de palazzos, uno de ellos es el Ruzzini convertido en un hotel.
El cansancio empieza a hacer mella y es hora de un pequeño descanso. Vemos en el centro de la plaza una terraza con las mesas formando un rectángulo, ocupadas en una gran parte aunque nos damos cuenta que sin servicio alguno. En efecto, el bar al que pertenecen está cerrado pero las sillas allí depositadas ofrecen una buena ocasión para hacer un alto en el camino, examinar el plano y ubicarnos respecto al objetivo que buscamos, que es la iglesia de San Giovanni y san Paolo.
Seguimos el camino pasando por el puente que atraviesa el río de Santa Marina y llegamos al campo que lleva el nombre de la iglesia, en medio del cual se levanta, colocada sobre un grandioso pedestal de mármol con seis columnas adosadas y rodeado el monumento por una verja que forma un cuadrado, la gran estatua dedicada al Condotieri Bartolomeo Colleoni, ejecutada entre los años 1480 y 88 por el conocido escultor renacentista Andrea Verrochio. Es una obra de arte llena de dinamismo y expresividad, tanto en la figura del caballo como del personaje que muestra en los rasgos de su rostro una energía poderosa aunque contenida.
Cerca de la estatua y en el medio del campo vemos uno de los puteales más bonitos entre los numerosos que se ven en todas las plazas de la ciudad, adornado con relieves de putti que sostienen guirnaldas, de blanquísimo mármol.
El campo se cierra por un lado por dos importantes edificios, uno es la iglesia de los santos romanos Giovanni y Paolo, martirizados en el siglo IV por ser cristianos, de bonita factura, especialmente el ábside que da al campo, aunque su fachada está sin terminar y el ladrillo visto ocupa la mayor parte, salvo la puerta de entrada. Haciendo ángulo con ella se encuentra el magnífico edificio de estilo renacentista que albergaba la Escuela Grande de San Marco pero que actualmente es la entrada, solemne y grandiosa todavía, de un complejo hospitalario que llega hasta la laguna. Su fachada es de blanco mármol lleno de esculturas y relieves.
La iglesia está cerrada pero tenemos en el programa su visita por la importancia que tuvo en la ciudad y las valiosas obras artísticas que contiene; seguimos el paseo por el muelle de los Mendicanti, el mismo nombre del río perpendicular al de Sta Marina, que recibe su nombre de la iglesia de San Lázaro dei Mendicanti , delante de cuya fachada pasamos pero sin poder entrar porque está cerrada. Al final de la calle nos asomamos a la laguna que ofrece un bellísimo espectáculo a estas horas de la tarde en que la superficie tranquila y plateada del mar, en el que sobresalen los característicos palos en forma triangular, invita a la calma y a su contemplación. Enfrente destaca la isla de San Miguel, con la iglesia en un extremo y el resto convertido en cementerio, en la que los altos y simbólicos cipreses le dan un realce especial.
Volvemos de nuevo al campo para buscar el camino más corto que nos lleve al Gran Canal, a la altura del puente de Rialto y para ello nos introducimos en el sestiere de Cannaregio. Pasamos por el campo de Sta María Nova o del Miracoli, presidido por la pequeña iglesia del mismo nombre, que admiramos en su exterior, toda recubierta de mármol que combina los colores blanco, rosa, azul y granate en dibujos geométricos, de la que sobresale la gran cúpula central y en su fachada el frontón terminado en semicírculo.
El camino sigue deparando bonitas perspectivas urbanas, de palacios con fachadas renovadas o deterioradas pero siempre atractivas, casas en las que siempre hay un elemento sorprendente, sea las características ventanas góticas propias de esta ciudad o la cabeza esculpida de un personaje en el centro del arco de la puerta o en el dintel de las ventanas, las originales y representativas chimeneas o cualquier otro detalle. Los pequeños puentes con el pretil de forja sobre los canales son, a la vez que paso obligado, lugares desde donde se aprecia la particular belleza de sus edificios.
Pasamos por el campo de San Bartolomeo cuando ya la noche ha extendido sus sombras. Es un lugar concurrido y lleno de tiendas. En el centro se alza la estatua dedicada al comediógrafo italiano, Carlo Goldoni, fundador de la comedia moderna, ya que reformó la comedia del arte y escribió más de 250 comedias, hecha por Antonio dal Zotto en 1883 que lo presenta en una pose de marcha jovial.
Tomamos el vaporetto en Rialto, zona siempre concurrida, con terrazas de restaurantes llenas de gente que ocupan sus mesas para cenar en un día de clima suave, y damos por finalizada la primera jornada en esta bonita ciudad.
Lunes 26
Tras desayunar cómodamente en casa salimos dispuestos a aprovechar el día. Esta vez no nos dirigimos al vaporetto sino que callejeamos desde nuestra calle, en el sistiere Santa Croce, hasta el vecino de San Polo, zona céntrica de la ciudad que ofrece buenos motivos para conocer. Observamos las viejas y asimétricas casas que sin embargo producen espacios armoniosos. Los pequeños campos, con su puteal en el medio y las mesas de los restaurantes ya preparadas a esta temprana hora a la espera de la llegada de los turistas. Pasamos por calles irregulares a las que dan casas de muros desconchados y por puentes sobre los canales donde la vida cotidiana se palpa. Por ellos discurren los barcos que recogen la basura, los que suministran materiales a las tiendas, los que hacen transportes, los gondoleros con turistas, tocados con su llamativa camiseta de rayas azules y blancas y a veces el gracioso sombrero de paja adornado con una cinta roja, o las motoras privadas. También podemos observar las cuerdas que se tienden de casa a casa a un lado y otro de las calles, llenas de ropa tendida que proporcionan un panorama característico, una llamada de atención a las necesidades prioritarias de los habitantes de la ciudad y en suma una señal de que la ésta se mantiene viva. Otra particularidad que ofrece la ciudad de los pequeños puentes con escaleras es que las madres jóvenes, -cuando no les toca a los abuelos no tan jóvenes-, tienen que hacer denodados esfuerzos para subir y bajar los carritos de los bebes por ellos, si quieren alcanzar el destino fijado.
En una estrecha calle dos mujeres hablan entre sí de ventana a ventana. Parecen estar ahí desde los tiempos de Marco Polo. El ambiente nos sumerge en la historia.
Llegamos al Campo de San Giacomo del Orio, referencia obligada porque en él hay un super recomendado por nuestro casero donde podremos suministrarnos de lo necesario para las cenas y desayunos, y, pasado el río que lleva el mismo nombre que la iglesia y el campo, ya estamos en el sestiere de San Polo. Entrando por la calle del Olio nos encontramos con un bonito atrop renacentista, presidido en la cornisa superior por el relieve del águila de Patmos, que da paso al campiello de la iglesia de San Giovanni Evangelista, donde también se encuentra la Escuela Grande y que hoy está cerrada.
Predominan las casas con ventanas góticas y balaustradas en piedra blanca y todas me parecen bonitas y dignas de almacenarlas en el dossier fotográfico. Luego me parecerán demasiado iguales pero no cansa nada ver una y otra reflejadas en las aguas de los canales. Las fachadas de las casas están pintadas en colores cálidos, desde el rojizo, al granate, del amarillo al color anaranjado, ofreciendo una sinfonía cromática que alegra la vista.
Llegamos al Campo dei Frari donde se levanta majestuosa la iglesia de Sta María dei Frari, más bien su nombre completo es La Basilica di Santa Maria Gloriosa dei Frari, aunque normalmente se la llama simplemente los Frari, que se refiere a los franciscanos. Es una de las iglesias más grandes de Venecia, dedicada a la Asunción de María, y su campanile es el más alto después del de San Marcos. En su factura se parece a la de San Giovanni y San Paolo, en ladrillo salvo los marcos de las puertas y su estilo es el gótico propio de la zona. Hay que sacar un billete para entrar pero es un interior que merece mucho la pena conocer. Es enorme y con muchas obras artísticas, tanto en retablos como en monumentos funerarios y uno por uno nos vamos viendo todos.
Lo que más llama la atención es el espectacular retablo que preside el altar mayor, obra de Tiziano, de 1518, con el tema de la Asunción, a la que está el templo dedicado. Es precioso. También del mismo pintor hay otro cuadro en uno de los muros de la nave.
De las muchas pinturas que se nos quedan en la memoria destaca un tríptico que forma el retablo de la capilla Pesaro, de Giovanni Bellini, el pintor veneciano redescubierto en este viaje por las muchas obras que de él hemos visto en iglesias y museos y que logra la perfección en las representaciones de la Virgen con el Niño y es característico por los tonos azules tan logrados del manto de la Madona. Es destacable también una escultura de San Juan Bautista en madera, obra de Donatello.
Es magnífico el coro situado en el centro de la iglesia, frente al altar mayor, de estales ricamente labrados, del siglo XV. Vamos contemplando con detalle los monumentos funerarios que hay a ambos lados del altar mayor, de alguno de los Dogos, los retablos con pinturas y esculturas de las capillas que salen del crucero y luego damos un paseo por la gran nave central donde se encuentran los panteones de personajes conocidos. Destaca sobre todos el monumento a Tiziano, hecho en 1853 por los alumnos de Canova, una obra en mármol blanco de grandes proporciones con relieves y estatuas exentas. Enfrente vemos un mausoleo que nos resulta conocido, es el que el propio escultor neoclásico Antonio Canova ideó para la archiduquesa Mª Cristina, hija de la emperatriz Mª Teresa, y que ya hemos visto en la iglesia vienesa de los Agustinos donde está situado el original. Sus discípulos lo realizaron en 1827 para servir de tumba al propio escultor aunque en ella está solo enterrado su corazón. También buscamos la sencilla lápida debajo de la cual, en una capilla pequeña, está enterrado el músico Claudio Monteverdi, uno de los más grandes del siglo XVII. Entramos también en la capilla Corner y en la sacristía donde se puede ver a través de una ventana el magnífico claustro que no entra en la visita y que tiene en el centro un gran arco con esculturas que representa la Trinidad.
Cuando salimos de la iglesia es la hora de tomar un café sentados para reponer las fuerzas porque la tarea sigue y allí mismo, frente al muro lateral de la iglesia, encontramos el lugar adecuado.
Rodeando la iglesia entramos en la Salizzada de San Rocco que continúa en el campo del mismo nombre. Es un entorno arquitectónico magnífico presidido por tres edificios destacables, el ábside de la iglesia dei Frari, la Escuela Grande de San Rocco y la fachada de la propia iglesia de San Rocco.
Nos dirigimos a la Scuola, con una soberbia fachada en estilo renacentista del siglo XVI. Como las otras Escuelas que se conservan en Venecia, ésta era una confraternidad formada en 1478 por ciudadanos con el propósito de atender a la población en tiempos de plaga y que se hizo particularmente próspera a principios del siglo XVI. Entrado el siglo, en 1564, los miembros de la Scuola encargaron a Tintoretto la decoración de las paredes y techos tanto de la sala de la planta baja, la Sala dell´Albergo, con cuadros que representan escenas del Nuevo Testamento, como de la espléndida y lujosa sala del piso alto a donde se llega por una regia escalera cuyos muros también están pintados. El artista empleó veinte años de su vida en terminar la decoración y el resultado se puede calificar con la conocida expresión de una verdadera capilla Sixtina del arte de Tintoretto, una muestra grandiosa de su buen oficio que nos deja muy satisfechos, al tener ocasión de contemplarlas con calma y detalladamente y por tanto disfrutarlas.
En el dorado artesonado del piso alto hay también veintiuna pinturas de Giuseppe Angelo y que representan escenas del Antiguo Testamento que se ven con el esfuerzo añadido de tener que levantar la cabeza aunque descubrimos unos espejos depositados en los estales de los lados que facilitan su contemplación. En los muros cuelgan cuadros de Tintoretto que también representan escenas del Nuevo Testamento. En un lateral del gran salón se abre otra habitación decorada en toda su pared frontal por un enorme lienzo que representa la Crucifixión y que es verdaderamente impresionante. Jesús está en el centro, ya colgado en la cruz y a un lado están levantando la cruz de uno de los ladrones y al otro vemos la cruz todavía en tierra del segundo malhechor al que clavan en el madero.
En la parte de delante se exponen sobre caballetes otros valiosos cuadros de pintores venecianos entre ellos uno de Tiziano.
Haciendo casi un ángulo con la Scuola está la iglesia de San Rocco a la que también entramos para completar el ciclo. Fue fundada en el siglo XV pero se rehízo su fachada en el siglo XVIII en mármol blanco acorde con la de la Scuola aunque menos lujosa. Dentro de la iglesia volvemos a encontrar cuatro tablas de Tintoretto que narran escenas de la vida de San Roque, cuyas reliquias se guardan en el altar mayor de la iglesia. Este santo fue declarado patrón de la ciudad en 1576. Cada año, en su día festivo (16 de agosto), el Dogo de Venecia hacía una peregrinación a la iglesia.
Vemos también un gran cuadro de Pordenone que representa a San Martín repartiendo su capa, tema tan repetido en el arte europeo, y a su lado un san Cristóbal con el pequeño niño en sus hombros y otro de Francesco Ricci con la escena de San Antonio de Padua resucitando a un niño.
Después de esa inmersión en la pintura barroca veneciana toca buscar un restaurante para comer y echamos mano de las indicaciones y recomendaciones de los amigos. Volvemos sobre nuestros pasos para alcanzar el campo de San Giacomo dell Orio en cuyos alrededores encontramos la pizzería Oche, un lugar agradable, sin apenas gente, de sobria decoración con madera en las paredes, donde comemos bastante bien a un precio muy razonable. Hemos preferido hacerlo en el interior, aunque tiene una pequeña zona de terraza en el exterior.
Después de comer hacemos un corto recorrido hasta alcanzar la iglesia de Sta Stae, abreviatura de San Eustaquio, donde hay una parada del vaporetto. De nuevo en el Gran Canal y esta vez con una luz diferente a la de la mañana, lo que hace que no pueda resistir la tentación de volver a fotografiar palacios y puentes en la esperanza de que la nueva iluminación me ofrezca matices diferentes pero en realidad atraída irremisiblemente por ese decorado real que nos remonta a otros tiempos y otras circunstancias. Nos bajamos en la parada de Sto Angelo, en el sistiere de San Marco y allí callejeando nos dirigimos hasta el Palazzo de Fortuny, una recomendación que nos han hecho de visitar un museo original y poco concurrido. Es un gran edificio en estilo gótico veneciano que no podemos contemplarlo del todo en su exterior porque la mitad de la fachada de entrada está cubierta por la lona a causa de reparaciones. Toma su nombre del último propietario, el artista Mariano Fortuny y Madrazo, hijo del muy conocido pintor Mariano Fortuny, pintor él mismo pero sobre todo diseñador de telas, muebles, lámparas y hasta objetos, una muestra de todo lo cual puede admirarse en este museo.
Cuando terminamos la visit, Rafael nos dice que se vuelve a casa y le acompañamos a la parada del vaporetto y nosotros tres continuamos nuestro paseo hasta que la oscuridad nos impida disfrutar porque no contemplamos que lo haga el cansancio.
Volvemos sobre nuestros pasos para recorrer las calles de este sistiere. Pasamos por el campo Manin, el campo de Sto Angelo, dos plazas de un encanto indiscutible, muy animadas con terrazas ocupadas por turistas o lugareños, no lo sabemos.
Entramos en un viejo edificio del que hemos visto salir a alguna persona y nos encontramos con un bonito pero algo destartalado patio, con su puteal en el centro, que pertenece a un organismo oficial, tal vez o quizá viviendas particulares. Después de salir nosotros alguien cierra la puerta en un gesto de defensa de su privacidad.
A continuación se encuentra la iglesia de Sto Stefano, que encontramos abierta y naturalmente entramos a conocer. Es una iglesia grande, del gótico, con tres naves y sus correspondientes capillas en el ábside, además de altares en los muros laterales en los que encontramos de nuevo cuadros de Tintoretto. Encima de la puerta de entrada y debajo del rosetón está enclavado el mausoleo de algún dogo o prohombre de la ciudad en el que vemos al personaje homenajeado a caballo, en un grupo escultórico en tono dorado, conjunto que volveremos a ver repetido en otros varios monumentos de este estilo en diversas iglesias. Da la impresión de que va a descabalgar en cualquier momento.
Entramos en el campo de Santo Stefano, el más grande del sestiere después de la plaza de San Marcos, rodeado de importantes edificios. En el centro se erige un monumento al ideólogo del renacimiento Niccolo Tommaseo, al que los venecianos conocen como “Cagalibri”. El campo se cierra por el lado del canal con la iglesia de san Vidal y el palacio Loredan. Frente a éste se abre un pequeño campo al que da el Palacio Morosini en el que se encuentra ubicado el Conservatorio de Música. En su fachada, a ambos lado de la puerta principal, me encuentro sendas esculturas que representan al amigo Hércules, algo deterioradas. En una aparece con el Can Cerbero y en la otra ahogando al león de Nemea.
Cerca, en nuestro camino hacia la Fenice, pasamos por el campo de San Mauricio, a la que da la pequeña iglesia de fachada blanca y frontón triangular con relieves coronándola. En uno de los lados de la plaza, un edificio palaciego, muy deteriorado, tiene una placa en la que dice que el novelista italiano Alessandro Manzoni vivió en ella en 1804. Continuamos, atravesando un pequeño canal, hasta el campo de Sta María Zobenigo al que da un lateral de la iglesia de Sta María del Giglio, cuya exuberante fachada barroca se abre en la estrecha calle que no permite contemplarla con perspectiva; tiene cuatro nichos en la parte inferior que contienen las correspondientes estatuas de personajes que no sabemos reconocer y los dos cuerpos superiores están igualmente llenos de estatuas y relieves.
Nos damos de bruces con el teatro de la Fenice pero por su parte trasera, en uno de esos intrincados laberintos sin salida, en pintorescos rincones en los que se juntan dos ríos, que nos obliga a rehacer el camino y hasta a preguntar para encontrar la entrada principal; al fin ya estamos delante de la fachada de uno de los teatros de ópera más famosos de Europa. Está situado en una pequeña plaza a la que le da nombre la iglesia de San Fantín, frente al teatro. Fue inaugurado en el año 1792, con estilo arquitectónico neoclásico, diseñado por Gian Antonio Selva.
La historia del teatro es accidentada y ha sufrido a lo largo del tiempo varios incendios. El que aún podemos recordar nosotros tuvo lugar en 1996 durante unos trabajos de remodelación, por culpa de unos descuidados electricistas. La reconstrucción comenzó en el 2001 con todo un ejército de trabajadores y con un presupuesto de unos 90 millones de euros. Los trabajos fueron fieles al estilo del siglo XIX basados en un diseño del arquitecto Aldo Rossi y usando viejas fotografías del lugar. El 14 de diciembre del 2003, con un concierto inaugural de Beethoven, Wagner y Stravinsky, el teatro abrió una vez más sus puertas al público. Nosotros entramos al vestíbulo, en la idea de informarnos por si fuera factible acudir a alguna representación pero no hay posibilidad así que se pospone el plan para otra visita preparada con tiempo.
Volvemos hasta el vaporetto, el 1 como siempre, y tenemos que apresurarnos para llegar a tiempo al super del campo de San Giacomo para proveernos de lo necesario para la cena y el desayuno de los próximos días.
Se termina una buena jornada en la que hemos visto obras de arte que merecían mucho la pena.
Día 27 martes.
La salida de casa se produce hoy a una hora algo tardía para el ritmo temprano de Italia en general, pues lo hacemos cerca de las diez. Nuestro destino es hoy por la mañana visitar el Museo de la Academia, en el sestiere Dorsoduro, a orillas del canal y la primera buena noticia es que no cuesta nada, por edad y por discapacidad y acompañante. Empezamos bien.
La Galerìa de la Accademia se instaló en el edificio que pertenecía a la Scuola Grande de Santa Maria de la Carità, una de las cofradías laicas más antiguas de la ciudad. También forman parte del conjunto la iglesia del mismo nombre, Sta María, desacralizada pero conservando su forma y algunas pinturas murales en forma de greca todo a lo largo de sus muros. Se unió al conjunto el monasterio de los Canonici Lateranensi, realizado por Andrea Palladio.
La Academia contiene una valiosa colección de pintura veneciana que arranca en el siglo XIII y llega hasta el XVIII. En la primera sala, con un artesonado lujosísimo en madera dorada, formando rombos dentro de los cuales hay una carita de ángel rodeada de alas, y lienzos de pintura intercalados, podemos admirar maravillosos trípticos y retablos pertenecientes al gótico y al renacimiento, que nos lleva un buen rato. En las bonitas tablas aparece con frecuencia la Virgen con el Niño rodeada de santos que reconocemos por sus atributos, Sta Lucía, San Sebastián, San Jorge, San Jerónimo, los Juanes, Bautista y Evangelista, están entre los más habituales. Pasamos después a las salas que contienen los grandes y magníficos cuadros de pintores venecianos como Bellini, Carpaccio, Giorgione, Veronese, Tintoretto y Tiziano hasta Giambattista Tiepolo. También hay obras de otros artistas como Canaletto, Guardi, Bellotto, Longhi, todos ellos importantes y conocidos por su influencia en toda la historia de la pintura europea. Retengo impresiones de gran belleza, como los ángeles músicos de los cuadros de Carpaccio, o el sorprendente cuadro de este mismo autor titulado Crucifixión y apoteosis de los diez mil mártires del monte Ararat, o el característico San Jorge de Andrea Mantegna.
Por suerte el museo está muy bien preparado y en cada sala hay unas hojas plastificadas con explicaciones de cada uno de los cuadros. Ya conocemos el arte de Tintoretto y de Tiziano que aquí se repite con valiosas obras pero sí es nuevo y admirable el cuadro de grandes dimensiones, obra de Veronés, titulado Cena en casa de Levi, el fariseo que luego toma el nombre de Mateo, de 1573, que tiene una curiosa historia. Ocupa toda la extensión del muro y las escenas que representa son dignas de contemplar con minuciosidad. A Veronés le gustaba pintar el tema de las Cenas porque en ellas reflejaba la opulencia y costumbres de la sociedad veneciana de su tiempo. Este cuadro fue un encargo para realizar una Última Cena pero, debido precisamente a las escenas demasiado realistas en las que aparecían personajes borrachos o enanos, la Inquisición tomó partido y le acusó de no haber respetado la temática sagrada y por tanto de herejía. Le ordenaron destruirla o modificar el tema y, aceptando esta última opción, le cambió el título por el actual.
En la sala que correspondía a la capilla se encuentran muy bellas Madonas de Bellini y el conocido y misterioso cuadro de La Tempestad, de Giorgione, del que nadie ha dado una explicación razonable acerca de su tema. Yo he leído que puede ser la historia del abandono del pequeño Paris, hijo de Príamo y Hécuba, recogido por los pastores, tema que se repite en la época por el prestigio que adquiere Troya y la dinastía de Eneas entre las monarquías europeas, y del que el mismo pintor tiene otros cuadros.
Cuando ya estábamos dispuestos a salir del Museo descubro por casualidad, al final de un pasillo convertido en sala y sin una indicación para encontrarla, una verdadera joya artística, los grandes cuadros que narran la historia de Santa Úrsula de Vittore Carpaccio, que llenan los cuatro muros de la sala donde están ubicados. Disfrutamos recorriendo su historia cronológicamente expuesta y nos hacemos el propósito de informarnos más a fondo de tan apasionante historia.
Han transcurrido casi tres horas desde que entramos. La única pequeña decepción para mí es el no encontrar ningún cuadro de tema mitológico, salvo uno de Maffei un tanto oscuro. A la salida y ya que estamos en la zona, buscamos un restaurante de los recomendados y lo encontramos pronto. Se llama San Trovaso, porque está al pie de la iglesia del mismo nombre, y en verdad ha sido un buen consejo. Es un lugar recoleto, espacioso, con mucha luz y buen gusto en la decoración y se come estupendamente por un precio razonable.
A la salida paseamos por las calles del sestiere, nos encontramos con el Hotel Belle Arti, en un cortile, construcción moderna pero con un agradable jardín. Pasamos por el campo de Sta Agnese, con la modesta iglesia románica de ladrillo en el medio y salimos al muelle, al Fondamenta Zattere ai Gesuiti, buscando precisamente la iglesia de Nuestra Sra del Rosario, conocida vulgarmente como la iglesia de los Jesuitas porque fueron los de esta orden los que en 1666 se encargaron de esta importante parroquia que luego pasó a los dominicos. La construcción actual es obra de Massari, en el siglo XVIII. La fachada contiene en sus respectivos nichos estatuas que representan las cuatro virtudes cardinales, Prudencia, Justicia, Fortaleza y Templanza. Finalmente no entramos a visitarla a pesar de que el nombre de los artistas que la decoraron indica que son de la máxima categoría, Giovanni Bta Tiépolo, Fco Ricci, Piazzeta y tampoco falta una Crucifixión de Tintoretto.
Seguimos paseando por el muelle en esta espléndida tarde soleada, frente a las costas de la isla de la Giudeca, disfrutando del azul de las aguas del mar. Pasamos por el recinto que en otro tiempo se dedicó a los Incurabili y que aún conserva el nombre. Atravesamos el puente que salva el rio de la Fornasa y que ofrece una bella perspectiva hacia el interior, muy típica vista de la ciudad veneciana y buen marco para una fotografía de recuerdo. Nos encontramos ya cerca de la punta de la Dogana, frente a la isla de San Giorgio, que ofrece un marco incomparable para seguir posando para una fotografía
Este espacio que forma el triángulo final del sestiere Dorsoduro y que como una estática proa de barco entra en el mar, fue desde 1414 el lugar en que se estaba instalada la sede de los almacenes pertenecientes a la aduana marítima. En 1675 fueron reconstruidos. Su utilidad cayó en desuso en los últimos tiempos hasta que el coleccionista de arte y millonario francés François Pinault, que ya se había hecho con el palacio Grassi en la ciudad, lo compró para establecer en él un centro de arte contemporáneo. Contrató para la remodelación al arquitecto japonés Tadao Ando que, después de 14 meses de adaptación de las cinco naves originales de su interior, ha ofrecido a la ciudad un nuevo centro de exposiciones y un atractivo sobreañadido que nos transporta al siglo actual, después de sentirnos casi protagonistas de la sociedad veneciana del siglo XVII, paseando por sus calles y entrando en sus iglesias.
Como no podemos preverlo todo, nos encontramos con que hoy están cerradas las salas más interesantes, con la solución del techo por el que entra la luz y con un doble piso. Sólo podemos entrar a una de las salas, a las que casi nos invitan a hacerlo dos amables jóvenes empleados allí, que están alabando las cualidades de la exposición. Se trata de una serie de maravillosas fotografías con el título “Desde mi ventana” y nos explican que en efecto, están hechas desde la misma ventana de una casa del sur de Corea por un fotógrafo profesional a lo largo de distintas etapas del año. El espacio de muros de ladrillo y techo de vigas rústicas es muy bonito y las fotografías merecen mucho la pena.
El paseo converge en la punta, delante de la elegante fachada, donde el atractivo es la escultura hecha por el artista Charles Roy en 2009, de materia plástica, en blanco brillante, que representa a un joven con una rana en la mano, de 2,40 metros de altura. Todo el mundo se acerca y la tentación es de tocarlo. Hay un vigilante que lo evita y no le falta actividad, porque es un gesto que se repite constantemente. Antonio se dedica a hablar con el personaje que le cuenta que la escultura es de aluminio y resina, que pesa mucho y que más de uno se ha dado un golpe con la mano del muchacho y le ha ocasionado un dolor mayor de lo esperado. La aspiración natural de muchos de los visitantes es la de hacerse la foto al lado del muchacho como encuadre al paisaje excepcional que se divisa desde allí, el palacio Ducal, las cúpulas bizantinas de la Basílica de San Marcos y el alto Campanile en la orilla opuesta, al otro lado del canal, iluminados por el sol, pero lo deseable es que no aparezca ninguna japonesa o cualquier otro turista por allí que también salga en nuestra foto.
Giramos para entrar por el muelle del canal grande, hasta el campo della Salute con la intención de entrar en la Basílica di Santa Maria de la Salute para conocer su interior ya que su exterior es uno de los monumentos más difundidos y admirados de Venecia. Fue proyectada por el arquitecto Baldassare Longhena, autor de muchos otros buenos monumentos de la ciudad. Es una de las mejores muestras de la arquitectura barroca veneciana. Se erigió como agradecimiento a la Madonna cuando terminó una etapa de peste producida entre 1630 y 1631 que diezmó la población, muriendo por esa causa incluso el dogo y el patriarca. La iglesia se terminó en 1687. En la fachada principal se encuentran las estatuas de los cuatro evangelistas en sus respectivos nichos.
Una vez en el interior nos agrada la luminosidad que produce la entrada del sol por sus muchos vanos, luz que resalta la magnífica arquitectura. Es de forma octogonal con la apariencia de planta circular y una enorme cúpula, con un cuerpo de altos ventanales en su base, domina el espacio y contribuye a resaltar el bonito pavimento de pequeñas piezas de mármol policromado combinadas en originales figuras geométricas. Cada dos ventanas aparece una escultura que representa a los profetas.
Hay seis capillas en el entorno, cada una con una ventana en la parte alta que contribuye a dar luz al templo y en ellas están situados los respectivos lujosos altares enmarcados por grandes columnas en los que disfrutamos de nuevo de la pintura de los importantes artistas venecianos. Uno de ellos es de Tiziano (1555) y representa la venida del Espíritu Santo sobre la Virgen y los apóstoles. Otro lleva la firma de Luca Giordano que pinta la Asunción y otros dos son del ya conocido Pietro Liberi.
El altar mayor que también fue proyectado por Longhena atrae la mirada por su magnificencia. Lo preside un grupo escultórico con la Madona de pie y el Niño en brazos, simbolizando la salud que defiende a Venezia de la peste. Otras dos figuras femeninas están al pie de la Virgen, una representa la propia ciudad y la otra es la Peste que es puesta en fuga por un ángel. Debajo hay un icono bizantino con el rostro de la Virgen de la Salud y el niño que proviene de Creta.
Sabemos que en la sacristía hay otro cuadro de Tiziano pero hoy no es posible entrar.
Terminada la visita cogemos el vaporetto de nuevo. Rafael seguirá hasta casa y nosotros seguiremos paseando por el sistiere Dorsoduro desde la parada de la Academia. Desde el barco y a la vista de las casas y palacios del Canal resplandecientes por el luminoso sol de la tarde no me resisto a la tentación de seguir fotografiando los mismos objetivos en la idea de suprimir las imágenes que hayan quedado peor, lo cual tampoco llegaré seguramente a hacer porque siempre habrá un detalle por el que decida que merece la pena ser conservada: el paso de una góndola especialmente bien adornada, una lancha del servicio de bomberos en este clima húmedo, donde aunque parezca contradictorio son muy necesarios por la profusión de maderas en las construcciones, el punto de vista nuevo que abarca además una torre en la lejanía o cualquier otro motivo que la haga diferente.
Caminamos de campo a campo, como el juego, hasta llegar a casa andando y atravesamos tres sistieres, el Dorsoduro, San Polo y Sta Croce, con lo que nuestro conocimiento de la Venecia profunda, la habitada y la vivida por los venecianos, se va a ampliar. Llegamos primero al campo de san Barnaba, presidido por la iglesia a la que el sol sirve de foco luminoso, con una fachada sobria y clásica de mármol blanco y cuatro columnas adosadas rematada por capiteles corintios. Es un campo pequeño, a orillas del rio del mismo nombre.
Seguimos hasta el campo de Sta Margherita, de forma de rectángulo y muy grande, lleno de terrazas de bares y restaurantes y lo que más nos sorprende, todas las mesas ocupadas mayoritariamente por gente joven que no parecen ser turistas típicos. Es verdad que este es el barrio de la Universidad, lo que tal vez influya, y el ambiente que encontramos es alegre y animado. Nos sentamos también nosotros en una mesa en el comienzo de la plaza y pedimos un sprize, la bebida propia de Venecia, que es una especie de Campari o vermut rojo. Nos damos cuenta de que en casi todas las mesas hay uno, dos o más vasos con la misma bebida. En uno de los extremos de la plaza hay una torre cuadrada pero truncada, lo cual volveremos a ver en alguna otra de las pequeñas plazas. Es posible que siglos atrás hubiera muchas más torres de estas, pertenecientes a los señores poderosos, que o bien por imposición o por accidente, han quedado reducidas a la altura algo mayor que el resto de las casas. Encontramos tiendas y no precisamente de objetos artísticos para el turismo y lo que nos agrada sobremanera es ver jugar a los niños en la plaza a diversos juegos sin ningún temor a que la pelota se oculte bajo el coche o, lo que es peor, a ser atropellados por éste.
Tras el descanso del refresco atravesamos el puente que salva el rio de ca´Foscari y alcanzamos el campo de San Pantalón, zona pequeña y de paso donde se alza la iglesia del mismo nombre, poco atrayente en su exterior ya que se nota que quedó sin terminar, con el ladrillo visto pero que encontramos abierta y aprovechamos para conocerla. Su interior contrasta con la apariencia externa ya que es una acumulación de obras sobre todo pictóricas en un ambiente barroco fastuoso. Las pinturas cubren el techo y las paredes además de las de los retablos. Hay alguna obra de Veronés y de Palma el Viejo pero la visita no nos queda para el recuerdo como otras iglesias.
Pasamos al sestiere San Polo y dejamos a un lado la Scuola Grande di San Rocco que ya conocemos para acercarnos al pequeño campo de Santo Tomá, una piazzeta ocupada en casi la mitad de su superficie por mesas y sillas de algún restaurante cercano y enmarcado por sus dos lados más estrechos por sendos edificios religiosos. Uno es la iglesia, parecida en su fachada de mármol blanco a la de san Barnaba, con dos columnas adosadas a cada lado de la puerta, con capiteles corintios y dos hornacinas con estatuas y ésta tiene además encima del frontón de la parte alta, tres estatuas que lo coronan. La del centro parece ser la representación de Jesús y Sto Tomás, el incrédulo, cuando le pide que meta su mano en la llaga. En el otro lado hay una capilla en ladrillo visto en cuya puerta leemos que es la Biblioteca de Sto Tomá. Tiene una puerta rematada en arco apuntado y dentro un relieve que no hemos sabido descifrar. Encima, en una escultura adosada al muro, está la imagen de la Virgen abriendo su manto que cobija a los fieles. A ambos lados dos ventanales protegidos por rejas, más propios de un palacio y en la parte superior, en el ángulo, un balcón con su balaustrada que proporciona un toque de cotidianidad. La tarde va cayendo y se acentúan más los contrastes entre sombras y luces.
Continuamos el paseo por el Campiello Centani y al atravesar uno de los pequeños puentes nos damos de frente con la Casa de Goldoni. Se trata de una casa del siglo XV, con una fachada gótica que da al canal San Tomà, en la que nació, en 1707, Carlo Goldoni, uno de los venecianos más famosos, cuya estatua ya hemos visto en un campo cerca de Rialto. El edificio fue donado al ayuntamiento en 1931 y actualmente es un museo y un centro de estudios teatrales.
Atravesamos el río de San Polo para entrar pronto en el campo del mismo nombre, tal vez el más extenso después de la plaza de San Marcos, pero de unas características distintas al de Sta Margherita. Aquí no hay apenas tiendas, tiene un aire más provinciano, los niños juegan con más libertad aún a la pelota y las madres sacan a sus pequeños en el carrito. Es un verdadero pulmón del barrio y las casas que la rodean son distinguidas construcciones en estilo gótico veneciano. Nos choca que no tiene mesas de bares o trattorías.
A la plaza propiamente dicha da el ábside de la iglesia de San Polo, una de las más antiguas pues fue fundada en el siglo IX en estilo bizantino pero ha sufrido reformas posteriores. Todavía conserva una casa de vecinos anexionada a la iglesia. Es pena que el interior ya esté cerrado porque leemos que tiene pinturas de Palma el Joven, de Veronés, Tintoretto y Tiépolo, la plana mayor del arte pictórico veneciano. Como todas las iglesias de Venecia, tiene el campanile separado de la planta de la iglesia. Por cualquier calle o canal que se pasee, se pueden ver altas torres a través de las pequeñas calles o canales.
Introduciéndonos por calles muy estrechas alcanzamos el sestiere de Santa Croce y por el camino conocido a través de S. Giacomo del Orio donde recargamos en el super alguno de los productos básicos, llegamos a casa.
Dia 28 miércoles
La salida de casa la hacemos también hacia las diez y hay que contar con los casi 40´que tarda el vaporetto a llegar a San Marco. Otra vez tenemos la ocasión de disfrutar de ese escenario bellísimo pero real que constituyen los palacios y casas que dan a las aguas del Gran Canal, en cuyo recorrido, si una se fija bien, cada vez se descubre algo nuevo, como una placa que conmemora que Wagner vivió allí, o bien en otro muro se conmemora que Lord Byron fue el que también eligió allí su residencia.
También hay materia para contemplar dentro del vaporetto aunque no sea clasificable entre las obras artísticas. La variedad de la gente que usa el servicio es amplísima. Vemos a la señora que vive con su familia en cualquiera de las viejas casas de cuyas ventanas cuelga la ropa, que acude con su carro de la compra, como cada día, para dirigirse a la Pesquería, a hacer su cotidiano acopio de productos frescos, ajena por completo a cualquier otro interés que ofrezca la ciudad. A su lado entran gentes con maletas que empiezan o terminan su estancia turística en la ciudad y son de todo tipo y condición, desde el joven con la mochila a la espalda y el atuendo convencional del que viaja en condiciones precarias, hasta el matrimonio americano, sentado en la popa, sujetando sus lujosas maletas y vestidos de manera un tanto llamativa, especialmente la señora, que lleva un impermeable blanco transparente en un día de sol y calor como hoy, guantes de encaje hasta la muñeca, medias igualmente de encaje blanco y que al ponerse en pie, preparada para bajar en la parada más cercana a su seguramente caro hotel, deja al descubierto una falda negra, abullonada a modo de una cortina veneciana, que sale por debajo del impermeable y le llega a la mitad de los muslos, en un modelo a no imitar.
En la cabina cubierta del barco entra una monja de edad indefinida, que toma asiento cerca de nosotros. Al minuto se vuelve para exigir que cerremos la ventana por la que entra una suave brisa que sólo a ella molesta. Antonio la cierra un poco y no pasan cinco minutos cuando vuelve la cabeza de nuevo y en tono enérgico reclama que se cierre del todo y echa mano a sus tapadas orejas por la toca, indicando que le molesta. Al poco tiempo se cambia de sitio, seguramente para pedirle a otro viajero que cierre otra ventana.
Como siempre, la plaza San Marco la encontramos llena de gente y entre ellos predominan los grupos de chicos jóvenes en viajes de estudios. Es bueno que al menos tengan una visión elemental de esta ciudad única que tal vez con el tiempo querrán volver a conocerla mejor. Hoy nos dirigimos al Museo Correr, que está en el edificio que cierra la plaza, frente a la Basílica. Es posible que no haya sido la mejor elección porque en su mayor parte está dedicado a la historia de la propia ciudad de Venecia, con cuadros costumbristas, monedas, documentos, objetos todos ellos relacionados con su pasado y sus costumbres, interesante, sin duda, pero a lo mejor prescindible habiendo tantas ofertas museísticas en Venecia.
Al principio encontramos unas magníficas esculturas en yeso de Antonio Canova, una Venus Itálica, el grupo formado por Dédalo e Ícaro y una tercera en la que reconocemos a Paris con su gorro frigio y la manzana en una mano. También se exponen en el pasillo de entrada, el que da a la plaza, grandes relieves del mismo autor, así mismo de yeso que representan escenas referidas a la Ilíada y a la Odisea. Rafael hoy no tiene el día mejor para cansarse viendo temas que tal vez no atraigan tanto y decide instalarse en una mesa de la pequeña cafetería del museo, que le ofrece la ventaja de que por la ventana distingue la plaza de San Marcos en su conjunto y el movimiento de masas, como las colas para entrar en la Basílica o el Campanile. Allí avanzará en la lectura de la novela que siempre lleva consigo mientras nosotros recorremos palmo a palmo todos los cuadros u objetos que se exponen, sin dejarnos ni uno.
En el piso de arriba está lo que llaman pinacoteca que en realidad se limita a tablas y cuadros de los siglos XV y principios del XIV. Poco me queda en el recuerdo de estos cuadros, salvo de nuevo alguna pintura de Bellini y un detalle curioso que consigo fotografiar: en la parte baja de una pintura de la Inmaculada aparece una pequeña escena en la que Caín está matando a Abel con una quijada de asno que se distingue claramente. Sé que a Rafael le va a agradar ver plasmada plásticamente la escena aprendida por tradición pero que en realidad no consta en ningún pasaje de la Biblia referido a estos personajes, expresión que él ha elegido como título para la novela que ha escrito referida a la Guerra Civil española. También en ese lejano siglo existía esa tradición que, por lo visto, es solo oral. Arropada por los amigos para que no me vea la vigilante, consigo una foto de la escena.
Cuando, al cabo de dos horas y media damos por terminada la visita, intentamos comer en la misma cafetería del museo pero el caos que en ella reina lo hace imposible. Hay solo una camarera que hace todos los oficios: preparar los platos combinados, los bocadillos y servirlos. Está completamente desbordada y decidimos salir de allí.
Salimos a la concurrida plaza y resistimos también la tentación de sentarnos en la terraza del café Florian, el conocido establecimiento, el más bello de la plaza, que se encuentra en el lado sur, que nos habría descabalado seguramente el presupuesto de la semana. Decidimos hacer la visita a la Basílica de San Marco aprovechando que es la hora de comer y la cola es pequeña y va rápida. Verdaderamente es un interior impresionante, tanto si se mira arriba, como al suelo como al iconostasio o los muros. No le caben más mosaicos en todas las cúpulas y laterales. Predomina el dorado por todas partes, esas preciosas figuras hieráticas que salen del oro del fondo, de estilo bizantino. El suelo está formado de pequeñas teselas de mármoles de distintos colores distribuidas en las formas más variadas y armónicas. Hay mucha información sobre este interior soberbio y magnífico, por ej.
http://www.foroxerbar.com/viewtopic.php?t=8492
No entramos al Tesoro, que contiene, entre otras piezas, los auténticos caballos de Constantinopla y otros valiosos objetos. Pero con lo que se ve en el interior hay ya motivo de admiración. Hay que pagar para ver la famosa Pala d´Oro, que está detrás del altar pero esa sí merece la pena conocerla. Es un trabajo de orfebrería bizantina hecho en el siglo X. Consta de dos partes, en la baja se encuentra el grupo del Pantócrator rodeado de otros personajes. Representaría el mundo terrestre mientras que en la parte alta se muestra la imagen del Arcángel Miguel que simboliza el mundo celeste. El eslabón que las une son los santos y los ángeles. En el siglo XIV se unieron las dos partes. El oro es la base y en ella incrustados 250 esmaltes con las figuras que se honran y por todas parte adornan perlas y piedras preciosas de todas clases en total unas 2.000. Es una de las mayores joyas de la cristiandad.
Una vez ya fuera, nos detenemos un rato delante de la fachada del Palacio del Patriarca mientras Antonio busca un banco. Delante de nosotros, sentados en el poyete de obra que adorna la parte central del campiello, desfilan riadas de orientales, escolares, señoras y señores jubilados que disfrutan tanto de sus viajes y todo tipo de gentes. Los indios intentan vender un producto de apariencia viscosa que es una bola que, al arrojarla al suelo, se esparce y extiende. No sé si tienen mucho éxito porque no hemos visto que nadie lo compre aunque están por todos los lados del circuito turístico.
Seguimos nuestro incierto camino a la búsqueda de un restaurante donde comer y entramos en el sestiere Castello. Por esta zona no tenemos ninguna recomendación, así que tendremos que elegir al azar o por el aspecto externo. Andamos por la salizzada de San Provolo y al final de la calle nos metemos en la Tratoría de Roberto, con mesas en el exterior pero nosotros preferimos el interior. No ha quedado tampoco para el recuerdo esta comida pero proporcionó alimento y descanso, que era lo que se pretendía.
Para entrar al campo de San Zacaría pasamos bajo un arco con un relieve gótico como si fuera la puerta de una iglesia, protegido por un tejadito, que representa la Virgen con el Niño rodeada de dos Santos. Ya en la plaza nos deslumbra el brillo que emana la blanca fachada de mármol blanco y rosa de la iglesia de San Zacaría, iluminada de plano por el sol en estas primeras horas de la tarde.
Es una iglesia muy antigua, construida en el origen de la ciudad, por el siglo IX, época de la que data la cripta que bajaremos a visitar. La iglesia sufrió los avatares propios de la época, como que en 1105 la destruyó un incendio junto con el monasterio de monjas Benedictinas que había anexo. Como las jóvenes que ingresaban en la orden pertenecían a las familias más ricas y nobles de Venecia, las costumbres se relajaron hasta el punto de vivir una vida frívola en la que no faltaban fiestas y diversiones como las celebraciones del carnaval en la que los jóvenes con sus máscaras acudían.
La iglesia tal como se la conoce ahora es del siglo XV. Su fachada, de tres cuerpos horizontales y base, con numerosas ventanas y rematada con el tímpano en semicírculo coronado en lo más alto con la estatua de San Zacarías y en los extremos dos ángeles. El interior es muy bonito, de tres naves y girola. Es luminoso porque tiene grandes ventanales en el ábside. Tiene numerosas pinturas al fresco, en las partes altas y en los techos y en los muros pinturas enmarcadas y colocadas al modo de los antiguos museos, en hileras una encima de otra. En el tabernáculo hay un cuadro de Palma el Viejo, de la Madonna y el Niño. En el lado de la derecha admiramos dos preciosos cuadros de gran formato rectangular que representan la adoración de los pastores de Antonio Balestra y la de los reyes magos, de Nicoló Bambini. Destaca un maravilloso cuadro de Giovanni Bellini, de la Madonna en el trono con el Niño y santos a los lados. Hay una persona en una mesa al lado de la sacristía que, además de vender tarjetas postales, vende la entrada para visitar la Sacristía y la cripta. En aquella vemos cuadros de valor y la cripta impresiona por la evocación al pasado.
Nuestro objetivo ahora es llegar a la iglesia de San Giorgio dei Schiavoni donde radica la Confraternidad Dálmata de los santos Jorge y Trifón, santo éste último muy poco conocido entre el santoral que se maneja en España. Parece que era natural de Bitinia, en Asia Menor y vivió en el siglo III y es muy venerado en la iglesia ortodoxa rusa.
La iglesia, construida en la orilla del río San Lorenzo tiene una fachada de blanco mármol más palaciega que propia de una iglesia con un relieve en dos bandas, en la superior aparece la Virgen con el Niño y dos santos a los lados y en la inferior está la representación de San Jorge matando al dragón. Su interior está dividido en dos plantas, en la baja está la iglesia que presenta el atractivo de las nueve tablas del pintor Vittore Carpaccio, recientemente restauradas y que tienen mucho interés. Los dálmatas encargaron en 1502 al pintor los cuadros para decorar la escuela y eligieron como temas narrativos ciertos episodios de la vida de los santos que eran muy venerados en Dalmacia, San Jorge, san Trifón y san Jerónimo. Nos hacemos con una guía y vamos siguiendo las escenas.
En los tres primeros, empezando por el lado izquierdo, cuentan la historia de san Jorge, que se mezcla con la mitológica de Perseo y Andrómada, ya que ambos matan al dragón al que se iba a entregar a la hija del rey local, rescatando así a la joven. El final difiere, naturalmente, ya que Perseo obtiene la mano de la princesa mientras que san Jorge consigue como recompensa la conversión y el bautizo de los reyes y de los cortesanos.
Sigue el cuadro que narra el milagro de San Trifón, que fue llamado por el emperador romano Gordiano para que liberara a su hija del demonio que la tenía poseída. El que está en quinto lugar representa la oración en el huerto de los olivos y la siguiente la vocación de san Mateo. Las dos que siguen tratan de la historia de san Jerónimo, en el monasterio con el león y la muerte y los funerales del santo. La última pintura es la visión de san Agustín. En el piso alto hay otra capilla que en realidad fue un salón, con tablas que representan a san Jorge en el altar y en el techo además de otras pinturas menos relevantes. También entramos en la sacristía que no ofrece interés.
Desde la iglesia y siguiendo las indicaciones de un lugareño, nos metemos por unas estrechas callecitas que nos conducen muy rápidamente al muelle, a la riva di ca di Dio, donde se encuentra la parada del vaporetto que se llama Arsenal. Allí Rafael lo toma para volver a casa y nosotros seguimos nuestro paseo.
Nos acercamos hacia el inmenso espacio que ocupa el Arsenal, el símbolo más claro del imperio mercantil de Venecia que fue el más rico del Mediterráneo durante la Edad Media. En este astillero se construían los barcos que formaban su flota, la más importante de Europa en ese tiempo y se dice que eran capaces de producir un barco al día. Pasando el río del Arsenalle por un puente de madera vemos de frente dos torres almenadas, en ladrillo de claro color rojo y remates de piedra blanca, muy decorativas. Es el estado actual de la construcción que parece que se inició con la fundación de la ciudad ya que en el siglo XIII es mencionado en la Divina Comedia de Dante. Más adelante se construyó el Arsenal Nuovo, ampliándolo considerablemente y aun hubo otro llamado Arsenal nuovissimo.
Al lado de las grandes torres que bordean el río que penetra en el astillero, se abre la Porta Magna, una portada monumental profusamente decorada, construida en 1460 y de estructura renacentista. Hay un atrio cerrado por verjas y coronado por ocho esculturas que representan alegorías. En tierra están plantados tres grandes leones en piedra que se añadieron en 1687. Dos de ellos fueron traídos de Grecia y se sabe que uno, el situado en solitario a la izquierda de la verja, proviene precisamente del puerto del Pireo. En el recuadro alto de la fachada también vemos un magnífico relieve que representa un león alado y encima del tímpano superior, se alza una figura alegórica. Algunos espacios de este inmenso recinto se usan también como centro de investigación y escenario de exhibición durante la Bienal.
Intentamos asomarnos a la puerta pero nos damos cuenta de que es un cuartel, por tanto zona militar y prohibida su entrada a los civiles. Volvemos hacia el canal pero torcemos antes por la calle que bordea los muros del arsenal, el campo de la Tana, hasta el canal del mismo nombre. Allí nos paramos a considerar qué ruta tomamos y decidimos acercarnos hasta la extrema isla de San Pedro. Salimos a la Via Giuseppe Garibaldi, una calle ancha, popular, llena de gente y de bares. En uno de ellos tomamos las mismas consumiciones que ayer en el campo de Sta Margherita y cuesta menos dinero. Se podría considerar que esto es un barrio de clase social poco pudiente. Toda la vía recta conduce a uno de los dos puentes que unen la isla a la ciudad. Desde éste se ve un bonito perfil de su caserío. Detrás de unas casas modestas, de una altura media y pintadas en colores cálidos, sobresale un alto campanile blanco y una gran cúpula que le dan prestancia al conjunto. Una vez dentro de la isla encontramos que hoy es otro barrio aún más pobre, con casas muy modestas, poca gente en la calle y nos dirigimos hasta la zona de la iglesia de San Pedro del Castello, que está cerrada. En su tiempo, sin embargo, la isla tuvo su importancia ya que fue sede del patriarca de Venecia, hasta su traslado al actual, contiguo a la Basílica de San Marcos. El antiguo palacio patriarcal que está pegado a la iglesia tiene las puertas abiertas al gran patio porticado central y allí nos introducimos. La arquitectura es grandiosa, sobria y elegante pero el estado de deterioro es notable. Nos damos cuenta de que han convertido el inmueble en viviendas sociales modestas y posiblemente con pocos servicios, a juzgar por alguna persona que parece salir de su vivienda.
Volvemos sobre nuestros pasos y esta vez nos metemos desde la calle Garibaldi, a la izquierda, por unos jardines que comunican con el espacio ferial donde se celebra la Bienal hasta llegar a la costa donde cogeremos el vaporetto en la parada que se llama Giardini Esposizione y hacemos de nuevo todo el recorrido del canal pero en esta ocasión con un aliciente sobre añadido, que el cielo se ha teñido de rosa, vemos la puesta del sol entre la cúpula de San Giorgio, que tiñe las aguas de color rojizo, como acertadamente definía Homero este momento llamando al mar “el de rostro de color de vino”, y las luces de iglesias y palacios y establecimientos de la ruta, se encienden. Me coloco de nuevo en la parte externa del barco y procuro mantener la cámara con pulso para volver a hacer las mismas fotos que ya tengo con los tonos que el crepúsculo y la noche ofrece. No soy la única.
Día 29, jueves
Hoy nos hemos despertado Rafael y yo muy pronto y, una vez arreglada, no resisto la tentación de salir sola a inspeccionar la zona cercana por la que no hemos pasado salvo el día de la llegada. Pertrechada con mi cámara me lanzo a las calles y disfruto con lo que veo y retengo en el objetivo. Paso por el campo de San Simeón Profeta, que termina en el canal y en el que descubro el patio de un agradable hotel, llego hasta el puente dei Scalzi y desde lo alto observo el paisanaje y es interesante lo que veo. Las puertas de la Estación ferroviaria de Sta Lucía vomitan masas de gentes que se dirigen, la mayoría, a las cercanas paradas del vaporetto o bien se introducen por las calles a pie para llegar a su destino de trabajo. Son sin duda funcionarios o trabajadores que viven en los alrededores de Venecia y que todos los días con el tren se trasladan hasta sus puestos de trabajo y son muchos y constantes porque en el tiempo que paso por allí me da lugar a ver hasta tres oleadas. Se diferencian de los turistas por su aspecto y por su actitud, muchos llevan una cartera colgando y caminan rápido, concentrados en sus pensamientos, ajenos a la belleza urbanística que les rodea y tal vez hasta hastiados de ella. Yo los contemplo con curiosidad porque forman parte de la cotidianidad de esta idealizada ciudad, de la otra cara de la turística Venecia.
Atravieso el puente y, abriéndome paso entre la marea de gente que camina en dirección contraria, logro alcanzar la iglesia de Santa María de Nazareth, conocida como la degli Scalzi por ser los Carmelitas descalzos los que la regentan; a estas horas tiene sus puertas abiertas pero hay muy pocas personas, alguna de ellas se ve que acaban de salir de la estación y entran a hacer una corta visita como exigencia de su religiosidad. Data de principios del siglo XVIII y fue hecha también por el ya conocido Baldassarre Longhena.
La fachada es de estilo tardo barroco veneciano, con dos franjas horizontales y frontón en lo alto y ornada con esculturas en sus nichos, separados por columnas. El interior es otro grandioso escenario de mármoles de distintos colores, columnas salomónicas, ricos altares y pinturas y esculturas que dan la sensación de opulencia y lujo.
De nuevo sobre el puente observo la iglesia de San Simeón Piccolo, con una espectacular cúpula en tono verde, que recuerda al Panteón romano. Veo que está cerrada así que vuelvo hacia casa atravesando el pequeño canal que es el río Marin. Al llegar a la iglesia de San Simeón Profeta la encuentro abierta y entro. Sólo una persona reza en el extremo de un banco en la parte de atrás. Veo que hay unos andamios en uno de los laterales y un gran cuadro que parece de Tintoretto colocado provisionalmente en la parte baja, por lo que se puede apreciar muy bien. Tiene tres naves, separadas por columnas de mármol y es bonita.
Vuelvo a casa y, aprovechando que estamos ya preparados, salimos Rafa y yo antes que los amigos con los quedamos en encontrarnos en el Ghetto. Cogemos el vaporetto para una sola parada, pues en realidad sólo necesitamos cruzar el canal. La parada es San Marcuola, nombre de la iglesia que se encuentra allí mismo, extraño nombre resultado de la contracción de los nombres propios de dos mártires, Ermagora y Fortunato, a los que está dedicado. En la sobria fachada principal que es la que da al canal, que quedó inacabada y deja ver el ladrillo, cuelga todavía un retrato de grandes dimensiones del nuevo Patriarca y comprobamos que la puerta está cerrada. Pero al rodear el edificio sí encontramos abierta la lateral de la parte de atrás y entramos. Es una amplia iglesia también luminosa y rica en la que sabemos que hay una Sagrada Cena de Tintoretto. Está vacía salvo una mesa colocada en el extremo final delante de la cual, sentado en una silla, dormita un señor, tal vez el sacristán. Nos acercamos hacia el altar mayor, por el lado izquierdo y vemos, en efecto, un gran cuadro que creo reconocer, o al menos muy parecido al que tenemos en el Museo del Prado del Lavatorio de Tintoretto. No sé si por la presencia muda del señor o por la soledad del templo, no nos atrevemos a movernos con libertad por todo el espacio. Nos disponíamos a salir cuando se me ocurre meter una moneda en uno de los cepillos donde reclaman ayuda para paliar el hambre de la infancia, con grandes carteles que están colocados en diversos sitios del templo, seguramente una campaña particular de la parroquia. Puede ser que mi gesto haya despertado en el señor, que por lo visto no tiene más que hacer que observar nuestra conducta, las ganas de sacarnos de la ignorancia porque oímos su voz que más bien retumba en el espacio vacío y que indudablemente se dirige hacia nosotros. No entendemos lo que quiere decirnos y me acerco a su lado y entonces, amablemente, me explica que el cuadro que estábamos mirando es una copia del que hay en el Prado, (no estaba yo descaminada), que el de la última Cena está en el lado contrario, al que ni nos habíamos asomado. Agradecida por la información, nos dirigimos ya con pasos seguros hasta el sitio de donde se distingue bien el cuadro que, en efecto, es muy bonito y me resulta conocido. Al despedirnos del señor nos aclara que estuvo ya en el Prado hace unos años en una exposición monográfica de Tintoretto. De eso me acuerdo, seguramente.
Muy cerca de aquí salimos al rio Terra San Leonardo, calle muy animada de viandantes y tiendas y nos metemos por una estrecha calle hasta llegar al exterior del Campo di Ghetto Nuovo. El conjunto de casas altas, de siete alturas, uniformes, que forma un semicírculo, y que da al canal del mismo nombre que las rodea. Para entrar al interior hay solo tres puentes que parece ser se cerraban dejando así a los judíos aislados por la noche. El puente del ghetto nuovo lleva a un pasadizo (sotoportego) bajo las casas que da entrada al extenso campo donde también se encuentra el museo Ebraico. El barrio judío se extiende por la calle del Guetto Vecchio, donde está la antigua Sinagoga y va a salir a la Fondamenta Pescaria a través de otro pasadizo similar al que hemos tomado para entrar.
Aquí todo evoca el mundo de los judíos, desde los hombres o niños con su característico atuendo, la kipa o gorro que cubre la coronilla o el sombrero alto del que sobresalen los tirabuzones, tiendas que venden productos hebraicos y por cierto en una pastelería nos compramos unos dulces que están muy buenos, lápidas conmemorativas de las matanzas de los judíos, tiendas de recuerdos todos ellos relacionados con el judaísmo e incluso una pequeña oficina de turismo sobre el guetto. Lamentablemente, debido a la irracionalidad de gente intransigente y violenta, también vemos en la plaza un garito plantado sólidamente y cerrado, con tres soldados armados dentro, una visión un tanto descorazonadora.
Salimos al Fundamenta que es un canal por donde pasa el vaporetto número 2 que tomamos y tras navegar a lo largo del canal Cannaregio, sale a la laguna, a mar abierto, rodeando la ciudad por la parte norte, y nos conduce a la estación llamada Fondamenta Nuova. De allí tenemos que coger otro vaporetto que lleva a las islas, Murano, Mazzorbo y Burano. Nuestro destino está aún más allá, en la isla de Torcello.
En esta travesía me instalo en la parte abierta para no perder ni una perspectiva bonita del recorrido. Vamos viendo alejarse la ciudad de la que sobresalen torres y cúpulas, pasamos muy cerca de la isla de San Miguel y el primer destino es Murano, con su blanco y alto faro. Allí baja mucha gente atraída por el comercio del vidrio, el famoso cristal que lleva el nombre de la isla y que se encuentra por todas partes aunque ya nos han avisado que ahora llega en un alto porcentaje de la China. Pero el barco no se vacía, muchos seguimos. La laguna está calmada y el barco, al coger velocidad, deja una blanca estela de espuma en la popa. Por todo el recorrido se ven los característicos palos de gruesa madera que surgen de la superficie como estilizadas tiendas de campaña, en forma triangular. Pasamos por Mazzorbo, una pequeña islita donde sólo desembarcan unas pocas personas con aspecto de lugareños.
Burano es el final del trayecto pero el encargado del barco informa a gritos que para ir a Torcello hay que coger un barco situado en la misma costa a cien metros de distancia. Ya desde la costa arranca la ciudad, con un parque y casas cuyos bajos son restaurantes y tiendas. Enseguida nos llama la atención el colorido llamativo y brillante de la pintura de sus casas.
El nuevo barco, más pequeño, hace un corto recorrido pues Torcello está muy cerca. Descendemos en una estación de espera para tomar el vaporetto y tomamos el único camino posible que nos conduce hacia la zona monumental. La ruta está desde allí mismo marcada con una pavimentación de losas rojizas. Parece el camino de baldosas amarillas que Dorita y su perro tienen que seguir en el cuento del Mago de Oz. A un lado está el pequeño canal y al otro un paisaje rural apacible. Enseguida uno se encuentra en un ambiente de paz y silencio. Seguimos caminando un buen trecho hasta encontrar un puente sin dintel que cruza el río y que denominan el Ponte del Diavolo. Parece ser que muchos de los puentes de Venecia eran así en sus comienzos. Pronto vemos algún hotel restaurante a la mano izquierda, tranquilos y de buen gusto, vacíos todavía en las terrazas.
Al acercarnos a lo que parece ser el único núcleo urbano de la pequeña isla, a través de otro puente más reciente, hay un hotel a mano derecha, lujoso y tranquilo que tiene un magnífico aspecto. Ernest Hemingway en 1948 pasó aquí una temporada escribiendo en tan tranquilo ambiente.
La isla, sin embargo, tiene historia y el conjunto de iglesias que encontramos al final del recorrido es buena muestra de ello. Fue una de las primeras islas de la laguna en ser habitada por la población que trataba de escapar de las invasiones bárbaras de los Hunos y los Longobardos pero también se supone, a partir de restos encontrado, que ya la ocuparon los romanos desde los inicios. Del siglo V al siglo XII estuvo habitada pero es a partir del siglo VIII que la zona adquiere importancia económica como el principal poblado del Ducado de Venecia, convertido en sede episcopal. Su economía se basaba en la explotación de las cercanas salinas y en las relaciones comerciales con Bizancio.
Llegó a ser un núcleo urbano importante, pues tuvo hasta veinte mil habitantes, con varias iglesias, monasterios y demás edificios propios de una ciudad. Pero poco a poco se fueron marchando sus habitantes hacia Venecia, buscando más seguridad y la isla se fue despoblando e incluso perdiendo materialmente las construcciones, cuyos materiales se reutilizaron.
Hasta la mitad del siglo XIX el lugar hoy casi paradisíaco se había convertido en una zona insalubre y abandonada. En este tiempo se limpió la laguna y la situación mejoró. Afortunadamente quedaron en pie los monumentos religiosos que habían sido más importantes y que hoy son el gran atractivo: la Basílica de Santa María Asunta del siglo VII y la iglesia de Santa Fosca. El alto campanile lo encontramos hoy en obras y no podemos apreciar su estética. Este campanario no sólo tenía un fin estético o religioso, sino también defensivo, ya que era un excelente punto de observación ante posibles ataques.
Nos encontramos en un espacio redondo, a modo de plaza, la Piazzeta, con dos edificios enfrentados, la iglesia de Santa Fosca y enfrente un palacio de bella factura gótica que contiene hoy un pequeño museo, el Museo dell´Estuario , el antiguo Palazzo del Archivo, del s. XIV, que contiene tesoros arqueológicos y religiosos . Por el suelo se encuentran también dispersos restos arqueológicos, uno de ellos es un rústico asiento de mármol que llaman el trono de Atila que según la leyenda usó el Rey de los Hunos en el siglo V como asiento, y que invita a sentarse en él y pasar a la posteridad. Probablemente fue un trono pero del Podestá de la isla más que de Atila. En el muro que cierra este espacio desde el museo cuelgan así mismo lápidas y relieves.
Pasando el pórtico sostenido por columnas, del siglo XVI, que rodea la iglesia bizantina, entramos en el interior de Sta Fosca, con una arquitectura interesante y muy bella. Originariamente parece que fue construida para albergar los restos de la santa, en el siglo XII. Tiene planta octogonal y una gran cúpula sobre un cilindro.
En un lugar del pórtico vemos una escultura en bronce que representa al olvidado Papa Juan Pablo I, el de breve pontificado, que debió de tener una relación especial con esta isla para merecer este homenaje.
La sorpresa grata es la visita a la Iglesia de Santa María Assunta. Se requiere pagar una entrada, lo que considero más que justo dada las valiosas obras que contiene. Delante de la iglesia hay un nártex o pórtico que unía la iglesia con el baptisterio, construido delante de la iglesia y del que ahora sólo quedan restos arqueológicos que indican que era de planta circular.
La estructura de la iglesia está a medias entre las basílicas romanas y las iglesias románicas. Es la iglesia más antigua de la laguna. Su construcción actual data de primeros del siglo XI aunque desde el siglo VII debió de existir una iglesia bizantina que fue renovada cuando la isla se convierte en sede obispal. Está dividida en tres naves separadas por nueve columnas en cada lado con bellos capiteles corintios, las dos laterales más bajas para que entre luz; no tiene crucero ni cúpula central. Las naves terminan en ábsides semicirculares, dos pequeñas capillas en los laterales y un gran espacio en la principal recubierto de un enorme mosaico. Delante de lo que sería el altar se encuentra el coro y el iconostasio compuesto de bonitos paneles de mármol esculpidos con figuras de leones, pavos y flores y en lo alto tablas con pinturas de la Virgen y los Apóstoles. Vemos un púlpito del s. VII y un sarcófago romano bajo el altar que contiene los restos de San Heliodoro. Debajo del ábside hay una cripta originaria.
El techo está formado por un rústico artesonado de madera y el bello pavimento, compuesto de mosaico marmóreo con geométricas estructuras, es también del siglo XI y será la técnica que predominará en las iglesias importantes venecianas.
Especial comentario merecen los preciosos mosaicos que se construyen a lo largo de los siglos XII al XV. En el ábside de la nave central destaca una estilizada Virgen con el niño que resalta en un fondo dorado. Debajo de la Virgen y a modo de friso están reflejadas las estatuas de santos hieráticos.
Otro mosaico de factura más reciente cubre el ábside de la nave lateral y representa los cuatro Evangelistas. Pero el más impresionante es el que se encuentra cubriendo todo el muro por donde tendría que abrirse la puerta principal. Es un impresionante mosaico del siglo XII que representa el Juicio Final y que hay que contemplar con calma y admiración. Aparecen los justos, representados en tamaño más grande, gozando de los beneficios de su salvación y los condenados, arrastrados por los terroríficos demonios al fuego eterno. La figura de Cristo aparece en tamaño gigantesco.
El camino de vuelta es obligado hacerlo por el mismo sitio, bordeando el canal y no tenemos que esperar mucho para coger el barco que nos deja en Burano, donde hemos decidido comer.
El pueblo de Burano es otra grata sorpresa de un signo muy distinto. Aparte de la iglesia que no visitamos y de la que sobresale su alto y torcido campanile, visible desde muchos puntos distantes de la laguna, su caserío está compuesto por casas modestas, irregulares en su urbanismo, distribuidas a lo largo de un canal que recorre la isla y en torno a la gran plaza central. Pasaría desapercibido si no fuera por el llamativo colorido con que desde siempre sus habitantes han pintado las fachadas de sus casas, colores vivos y contrastes llamativos que proporcionan así un encanto especial al visitante y que en un día de sol como el que nos ha tocado todavía resalta más su atractivo.
Después de comer en uno de los muchos restaurantes que se ofrecen a los turistas paseamos por el pueblo que en su plaza y calle central ofrece numerosos puestos de artesanía típica de la isla, los encajes y puntillas en cualquier manifestación que desde siempre han realizado las mujeres de la isla.
Tomamos de nuevo el vaporetto que nos conduce a Venecia. Al pasar por la isla de San Michele, el sol ilumina su fachada blanca y nos permite admirarla con más nitidez.
Desembarcamos en Fondamenta Nuova y de ahí está muy cerca nuestro próximo objetivo, visitar el interior de la iglesia de San Giovanni y san Paolo que en dialecto veneciano llaman san Zianipolo. Es verdaderamente impresionante el espacio y el contenido de esta iglesia medieval en sus orígenes y que se la puede considerar el Panteón de Venecia por el gran número de dogos y personalidades de la ciudad que en ella están sepultados, naturalmente con los respectivos monumentos funerarios, grandiosos e imponentes en su mayoría.
Está formada por tres grandes naves separadas por enormes columnas y formando altos arcos góticos, en una de las cuales se abren lujosas y ricas capillas. Las atraviesa un proporcional crucero, formando la planta una cruz latina. El alto ábside tiene vanos por los que penetra la luz natural. En ella vamos a poder admirar todo tipo de técnicas artísticas imaginables, las bonitas vidrieras de uno de los lados de crucero, pinturas, esculturas, retablos, relieves hasta no retener más en la retina.
Como un recuerdo especial evoco la estatua de la Melancolía de Melchior Barthel, del monumento al pintor Melchiore Lanza, llena de expresividad.
Por una puerta desde la iglesia entramos en la capilla del Rosario, otro reducto de arte, con pinturas y artesonados de mérito. Volvemos a ver obras de Tintoretto, Palma el Joven, Tiziano y Giovanni Bellini, Veronés, Bassano entre otros.
Un buen recuerdo nos deja esta imponente iglesia, una de las más representativas de la ciudad.
En el camino de vuelta hacia el vaporetto nos paramos en la pequeña plaza de Sta Maria la Nuova, frente a la pequeña y blanca iglesia del mismo nombre, para tomar el sprize tradicional y descansar un rato. Por el canal que tenemos a pocos metros pasa de vez en cuando una góndola con turistas pero desde nuestra perspectiva, sentados en la terraza, sólo vemos la figura airosa del gondolero, puesto en pie, tocado con su vistoso y característico atuendo, como una marioneta que atravesara el escenario fantástico de un teatrito.
Procuramos seguir por un itinerario distinto para conocer otros campos y calles. Pasamos por el campiello Bruno Crovato, el Campo de los Santos Apóstoles, con la iglesia del mismo nombre que tiene entre su fachada y el campanile una casa de vecinos, una animada plaza a esta hora de la tarde. El hotel Antico Doge, en un viejo palacio sobre una calle porticada y desde allí alcanzamos la parada de Ca´d´Oro donde tomamos el vaporetto para volver a casa.
30, viernes.
Hoy es el último día de estancia y hacemos recapitulación de lo visto y lo que nos falta y después del análisis, también hacemos una jerarquía de valores y cada pareja elige un objetivo. Ellos van a visitar el museo Guggenheim, de arte contemporáneo y muy valioso y nosotros nos quedamos un poco antes, en la Ca´Rezzonico, que contiene, además de la visita al palacio en sí, muy interesante, dos plantas en la parte alta, dedicadas a pinacoteca que es una muestra de la pintura veneciana del siglo XVIII, especialmente de los fondos aportados por el crítico y mecenas del arte Egidio Martini, que donó su extensa colección a la ciudad. Aquí sí que, por fin, se encuentran muestras de temas mitológicos que yo había echado de menos hasta ahora.
En el último piso del museo y subiendo a una tarima colocada a propósito, puede uno asomarse en dos estancias separadas, a sendos ventanales desde donde se obtienen dos magníficas vistas de la ciudad, la una del canal y la otra la zona de la parte de atrás.
La visita nos lleva tres horas bien aprovechadas. Todavía entramos a los cuidados jardines que pertenecen a la Ca´Rezzonico pero abiertos al público, donde además del laberíntico seto de boj bien recortado, vemos las estatuas de divinidades paganas sobre altos pedestales.
Seguimos por la orilla del canal hacia el campo de San Barnaba y el de Sta Elisabeth, donde a duras penas encontramos una mesa en una terraza para tomar un aperitivo y contemplar su arquitectura y ambiente. Cuando nos disponíamos a ir al lugar del encuentro con los amigos, el restaurante de san Trovaso, una llamada de Carmen, nos invita a esperarlos por allí porque vamos a conocer otro de los restaurantes recomendados que está cerca de San Barnaba.
Es un viejo restaurante llamado Do Farai que está situado en una estrecha calle, difícil de encontrar si no se conoce pero sí frecuentado por clientes habituales, sobre todo profesores de la cercana universidad. El dueño es un veneciano afable y hablador que se acerca a nuestra mesa al final de la comida y charla distendidamente con nosotros, haciendo gala de su honroso y peculiar provincialismo veneciano y nos cuenta algún dato curioso sobre el carácter de los habitantes de la ciudad.
Queremos ver el palazzo Contarini, situado muy cerca del palazzo Fortuny, al otro lado del Canal y allí nos dirigimos, dejando a Rafael en la parada de Cá Rezzonico para volverse en el vaporetto. Por una estrella calleja, al principio de la cual está señalada la dirección, porque si no habría sido muy difícil encontrarlo, damos con esta bonita fachada de una escalera cilíndrica y helicoidal que recuerda a la de algunos palacios franceses de la orilla del Loira. En este momento está en obras pero se puede apreciar bien desde la reja que lo preserva. El espacio al que se abre la fachada del palacio no puede ser más pequeño, de casas modestas en las que lo único que resalta es su color amarillo chillón.
Quedan pocas horas de la tarde y aunque las opciones son varias, decidimos visitar el Lido. Volvemos a la plaza de san Marco, como siempre bulliciosa y allí cogemos el vaporetto que nos lleva al destino. Es bonito ver alejarse el perfil de la ciudad e ir reconociendo torres y palacios desde la distancia.
Al llegar al Lido nos choca el reencuentro con los coches, esos cubículos donde sólo se cabe sentado, que se mueven a gran velocidad, hacen ruido y arrojan vapores malolientes por atrás, casi se nos había olvidado su existencia, después de cinco días sin ver ninguno. Andamos un poco despistados y le preguntamos a un señor cómo llegar a la playa y a los hoteles que se utilizan en la Mostra. Nos aconseja tomar un autobús que nos deja delante del hotel Excelsior, en el que se alojan artistas y cineastas. Es un inmenso mamotreto con un aire pretendidamente oriental, con ventanas de arcos polilobulados o de herradura, con cúpulas en los extremos y dos torres a modo de minaretes en el centro. Parece desierto pero nos metemos en su amplio y nada llamativo vestíbulo para salir por el lado de la playa y nadie de los que se encuentran en la recepción nos dice nada ni nos encontramos con persona alguna en él ni en la terraza que da a la playa, que presenta un aspecto invernal.
Nos acercamos hasta la misma orilla y siempre es un placer escuchar el cadencioso sonido de las olas que arrastran a la orilla multitud de conchas de distintos tamaños y formas, caracoles y pequeñas piezas anacaradas que quedan depositadas entre algas.
Desde el autobús en el viaje de vuelta vemos el Hotel Les Bains, que parece que fue utilizado por Visconti también como escenario para su película de Muerte en Venecia y que ahora languidece lentamente, dividido en tres actividades pero conservando en su exterior todavía algo del empaque y prestancia que tuvo en su tiempo.
Todavía decidimos pasear por la población donde quedan chalets señoriales con algún detalle arquitectónico interesante y donde hay vida y gente por sus calles.
La vuelta la hacemos en otro vaporetto, el número 2 que da la vuelta por la parte norte de Venecia, pasando por Fundamente Nuova y entrando al gran canal en la parada Riva de Biasio que es la nuestra.
Volvemos a casa dando así por terminada una feliz estancia en esta maravillosa ciudad de Venecia.