martes, 1 de diciembre de 2009

Viaje al Bierzo

27-28-29
Octubre
2009VIAJE AL BIERZO
27-29 octubre 2009
La climatología se nos ha puesto de cara. En unas fechas de finales de Octubre, en que cabría esperar frío, viento y lluvia, y más si la meta del viaje es el norte de España, con la circunstancia añadida de que dos semanas antes la temperatura había caído ostensiblemente y se podía suponer que ya no remontara, pues, a pesar de todo, la jornada amanece espléndida, con temperatura cálida y un luminoso sol sin asomo de nubes y con la previsión de que así va a continuar en los próximos días. El tiempo bueno contribuye muy positivamente al éxito de cualquier viaje, aunque nosotros, en esta ocasión, estábamos dispuestos a seguir, en caso de que hubiera hecho frío, los buenos propósitos expresados en el refrán de “a mal tiempo, buena cara”.
Otra circunstancia que nos tiene particularmente ilusionados en este proyectado viaje a las Médulas es que nos vamos los seis en un solo vehículo, un coche de nueve plazas, en lugar de utilizar los nuestros, tener que repartirnos, seguirse de cerca y buscar dos aparcamientos juntos. Así que el negociado del coche ha corrido a cargo de Romualdo que además consigue un ventajoso precio en Avis, él va a buscarlo, nos recoge, conduce y se ocupa y encima contento de hacerlo. Ya no se puede pedir más. La gestión del hotel en Villafranca ha sido trabajo de Paco y a priori nos parece muy bien.
El tremendo tráfico de Madrid es la causa de que salgamos diez minutos más tarde de la hora señalada pero pronto nos vemos sentados cómoda y ampliamente en el Renault azul fuerte, de nueve plazas, amplio y cómodo, encaminados hacia la salida de la Coruña, con la ilusión de tres días por delante en buena compañía y con buenas perspectivas, ilusión que no es patrimonio de los jóvenes, aunque ellos a veces parecen arrogarse el protagonismo exclusivo. Sólo hay un pequeño pero que pronto constatamos, la evidente amplitud de las tres filas de asientos tiene la contrapartida de que no hay buena sonoridad y desde atrás se oye mal al conductor y acompañante. Pero claro, peor lo oiríamos si fuéramos en coches diferentes…
Enseguida que dejamos atrás las calles de la urbe y nos vemos en la autopista, empezamos a disfrutar del paisaje que, por ser la época del año en que tantos árboles cambian el color de sus hojas y adquieren los colores ocres, amarillos y rojizos que, en contraste con los diversos tonos verdes de los de hoja perenne, ofrece a la vista una sinfonía cromática inolvidable. Hacemos una parada hacia la mitad de la mañana para tomar un café y seguimos por la Autovía VI dirección Galicia. Salimos de Madrid, entramos en Segovia, Avila y de nuevo Segovia en un extraño quiebro que en esa parten hace el límite de las dos provincias, Valladolid y finalmente León.
Nos hemos dado cuenta de que se nos ha olvidado coger el navegador, a mí se me pasó por la cabeza recordárselo a Romualdo y Mª Carmen pero luego no lo hice. El mapa de carreteras está bastante anticuado, en él no figuran los nuevos tramos ni siquiera la autovía por la que circulamos así que, tendremos que confiar en el sentido de la orientación innato de Nuria y en la información que nos den los paisanos.
Nuestra idea era comer en Orellán, pequeño pueblo a un kilómetro y medio del famoso mirador de las Médulas, en un restaurante que nosotros conocimos hace unos diez años y del que conservamos un magnífico recuerdo, salvo el de su nombre y por ello no he encontrado su teléfono. Todo hacía pensar que era factible, podríamos estar allí hacia las 2,15 pero… las circunstancias se van torciendo y sólo el sentido del humor y las ganas de superar las pequeñas contrariedades nos hacen llevadero el cambio obligado de planes. Primero salimos de la autopista siguiendo las indicaciones de Paco con un cierto escepticismo por parte de los otros cinco, hay que reconocerlo, aunque él tenía razón, ahí está finalmente el flamante cartel que anuncia las Médulas. A partir de ahí ya no vuelve a salir y circulando con tan mala información por las carreteras secundarias todo se complica. ¿Dónde está la carretera 536 que es la que nos conduce directamente a nuestra meta? Imposible encontrarla. Damos varias vueltas y nos vemos en la N 120. De repente otro cartel que anuncia las Medulas pero señala a la izquierda, sin dar más datos. No se ve ninguna entrada a la izquierda y al cabo de varios kilómetros, pensando que se nos ha pasado, damos la vuelta. Nada, seguimos sin encontrar ninguna carretera hacia la izquierda. Nos metemos en un pueblo de los varios que teníamos opción de elegir. No se ve ni un alma por la calle. De repente vemos dos personas que esperan un autobús. Se les pregunta y no tienen idea, les suena pero no saben orientarnos. Entra Romualdo a un bar a buscar a alguien. El tiempo va pasando y también la hora de comer. Sale con un amable señor que dice que le sigamos. Volvemos a recorrer carreteras, glorietas y cambios de sentido y nos orienta de nuevo por la N120 y nos asegura que no tiene pérdida, aunque es ahí justamente donde nosotros nos habíamos perdido. Lo que él dice que encontramos a un par de kilómetros, lo encontraremos, si, pero a seis o siete kilómetros y finalmente estamos, con una hora de retraso, en el camino acertado.
Vamos hacia Carucedo y de ahí a Orellán. Seguimos sin encontrar a nadie por los pueblos y lo malo es que tampoco lograremos lo que buscamos, que es una buena comida. El antiguo restaurante se ha convertido en un hostal y en ese momento, las tres de la tarde, están sus dueños atentos a la descarga de un camión de leña que inexplicablemente va a subir por una pendiente estrecha para descargar en la misma puerta del hotel. Preguntamos y nos dicen que entre semana no dan comidas. Nosotros que estábamos tan contentos de poder viajar cuando no viaja nadie, vemos ahora las consecuencias negativas de lo que sólo parecía ofrecer ventajas.
La duda está en si bajar de nuevo a Carucedo donde encontraremos un bar o ya que estamos a kilómetro y medio, subir al mirador de las Médulas. Optamos por esta segunda posibilidad pero también ahí el progreso y el tiempo juegan en contra nuestra porque ya no se puede ir con el coche hasta la zona del mirador sino que ahora te obligan a aparcar unos 600 metro más abajo y a subir cuesta arriba, “en ayunas” en nuestro caso, con calor, hasta el enorme mirador de madera que sustituye a la modesta tapia que nosotros recordábamos. Esto retrasa de nuevo la comida, más bien la anula, así que nos conformamos con masticar unas castañas que Romualdo y Paco cogen del suelo al pie de los castaños, de retorcido y maltratado tronco, que vemos a la orilla del camino.

El panorama vale la pena. Esos montes destrozados por la mano del hombre, por medio de la fuerza del agua, que arrastraban sus tierras auríferas hasta la parte baja, han quedado como un capricho de la naturaleza, armónico y bello. En lo que en otro tiempo fue un monte como los que nos rodean por la espalda, ahora quedan enhiestos unos picachos y farallones de intenso color rojo que sobresalen entre una masa arbórea de un color verde intenso, en la que destacan puntos ocres de ciertos árboles, que contribuyen a resaltar aún más la belleza cromática del paisaje. En el horizonte se recortan en sucesivas capas, las montañas más lejanas, que ofrecen distintos perfiles y vemos envueltas en tonos azules. El panorama en su conjunto, con los montes a la espalda y el valle frente a nosotros, no lo abarca un objetivo de la cámara en su totalidad pero sí el ojo humano y nos dedicamos un buen rato a contemplarlo y admirarlo, pues nuestro esfuerzo nos ha costado llegar hasta allí y además era el objetivo principal del viaje, para que Paco y Nuria conocieran por fin las Médulas y los otros cuatro repitiéramos la visita. La Unesco lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1997.
Romualdo está perfectamente enterado del mecanismo que utilizaron los romanos entre el siglo I y el III d Cristo para obtener el oro de estas privilegiadas tierras y nos lo explica allí, a la vista del escenario real. El historiador Plinio, del siglo I en su obra “Historia Natural” dice de uno de los procedimientos que empleaban para sacar el oro de este yacimiento que superaba al trabajo de los Gigantes. Y los Gigantes eran seres de fuerza extraordinaria capaces de las mayores hazañas con las que los mortales no podían competir. Se llama “ruina montis” y consistía en destrozar el monte inyectándole agua a presión y cerrando los respiraderos. El mismo Plinio dice un poco más adelante que “la montaña resquebrajada se hunde por sí misma, produciendo un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana”. La tierra así evacuada se conducía hacia canales de lavado para separar y extraer las pepitas de oro que quedaban en el fondo y que luego trasladaban a Roma y servía para hacer monedas o joyas.
También había otros procedimientos, como el tradicional de excavar galerías donde los trabajadores, con pico y pala, dejaban su salud y su vida buscando el preciado material. Algunos eran esclavos pero sabemos que los habitantes de esas tierras eran obligados por los jefes romanos a dedicar horas de su tiempo a la mina.
Desde el mirador, a la derecha, puede contemplarse una galería horadada en la tierra a nuestra mano derecha, por la que uno puede introducirse si va provisto de linternas y sobre todo si tiene pocos años y muchas ganas, lo que no es nuestro caso. Después de hacernos las fotos de rigor, emprendemos el descenso para volver a la civilización.
Cuando ya estamos de vuelta en el parking donde sólo están dos coches y alguno más que pertenece a unos trabajadores que están poniendo una valla, se nos acerca una mujer que junto a su marido subían a la vez que nosotros y a los que yo me ofrecí para hacerles un retrato a los dos juntos en el mirador, -pues la experiencia me dice que suele ser una propuesta bien acogida por las parejas que viajan solas- y nos ofrece una bolsa de castañas. Han debido de oír nuestras lastimeras quejas por la falta de comida, que en el silencio del lugar tal vez les llegaron con nitidez aún en la distancia, y, compadecida, comparte parte de su botín para engañar al estómago.
Bajamos de nuevo por el estrecho y bonito camino asfaltado hasta Carucedo y encontramos un restaurante que nos ofrece un plato de embutido y pan que luego se completa con otro de carne en fiambre con unos pimientos rojos. Allí, a las 4,30 de la tarde, nos lo tomamos con muchísimo gusto, nosotros solos en el comedor, evidentemente, lo que nos da fuerza para seguir.
Después nos acercamos al famoso lago de Carucedo, un lago barrera o de recogida de aluviones, debido a la explotación y derrumbe de las cercanas Médulas que amontonaron sus tierras y lodos. Tiene una extensión de unas 59 hectáreas. Está situado en la parte más occidental del Bierzo y es el único humedal de la zona con cierta entidad. Los ecologistas y lugareños se quejan del deterioro del lago, la desaparición de las algas que nutrían a la fauna y por tanto la cada vez más escasa presencia de las especies piscícolas que ya desde la época de los romanos abundaban en él, anguilas y truchas entre otras especies, además de la contaminación de sus aguas.
Estos son los datos objetivos y científicos. También hay leyendas fraguadas en todos los tiempos que lo tienen como protagonista, la más conocida de las cuales la relata el escritor berciano Enrique Gil Carrasco.
Otra cosa distinta es la impresión subjetiva que la contemplación del lago suscita al final de una tarde soleada, cuando todavía están las tranquilas aguas iluminadas por sus rayos, y la superficie da la impresión de un espejo en el que el cielo azul, las nubes y las masas de árboles de sus orillas se reflejan y duplican el efecto visual de la línea amarilla que forma el conjunto de sus copas. Las montañas del horizonte que sirven de oscuro escenario proporcionan un contraste de color entre la claridad del cielo y los tonos rojizos de la línea de árboles, tanto por el aire como por el agua, creando una simétrica y bella visión. Todo respira magia y cierto misterio en este solitario paraje. Entramos por un camino de tierra hasta la misma orilla del agua, que se esconde entre los cañaverales que la bordean.
Subimos luego a un pequeño pueblo, que se llama Lago de Carucedo, nombre que da lugar a equívocos porque no es en este caso un nombre común sino el nombre propio del pueblo. Está igualmente solitario y lo atravesamos para llegar junto a la iglesia, desde donde se divisa otra bonita vista del lago. Más bien se diría que es una ermita, de lisa y gris fachada en granito, terminada en una espadaña sencilla en la que se abren tres huecos a modo de ventanas, de artística forma pues cierran en lo alto con un arco de herradura. Las dos del primer piso sirven de soporte a las campanas de bronce que ya han adquirido la pátina verde del tiempo y que son distintas entre sí y la otra se abre al paisaje, por encima de estas dos y en el centro de ellas, acentuando así el ángulo del triángulo en que remata la fachada. En el vértice y, a modo de una rústica corona, hay un gran nido de cigüeñas que ahora está vacío. La pequeña puerta de entrada, enmarcada por bloques de piedra rojiza, que marcan el comienzo del arco de medio punto con un sencillo relieve a modo de capiteles, está protegida con un pequeño y rústico porche de un tejadillo de pizarra sujetado por dos troncos de madera que apoyan en dos sólidas piedras de granito.
La iglesia está rodeada de una ancha y vieja tapia de piedra de pizarra que podría saltarse sin dificultad por uno de sus lados. En cambio la entrada al recinto acotado que rodea a la ermita se hace a través de una puerta de artística reja que encontramos abierta. Los muros en los que ésta apoya están formados de recios sillares de piedra. Encima de uno de ellos, sobresale un tupido macizo de hiedra que ha trepado hundiendo sus raíces entre los resquicios de la tapia. Se descienden seis escalones de granito que dan a dos lados con la esquina redondeada. Se van sucediendo en terraza, ampliando la longitud de cada uno y formando la base de una pirámide hasta alcanzar el suelo de tierra cubierto de hierba, como si de un cuidado césped de jardín se tratara.
Entre los peldaños de las escaleras, pegada a la pared trepa una planta de hojas en forma ovalada, muy agrupadas entre sí y de un intenso color verde, que nos sugiere un escenario romántico. En medio del prado hay una tumba sin nombre ni adorno, formada por una gran piedra de granito sobre la que hay una cruz del mismo material en la que apenas sobresale el lado vertical un poco más del horizontal. Al otro lado de la iglesia, en un nivel más bajo, se halla el cementerio del pueblo. Yo me dirijo decidida buscando un punto de vista nuevo desde donde hacer una foto original cuando me encuentro a dos mujeres vestidas de negro, silenciosas y agazapadas sobre una tumba, que sin duda están limpiando, dada la proximidad de los Santos. Siento que invado su terreno y esbozo un educado saludo seguido de unas frases de elogio al lugar y me retiro pronto para que sigan dedicadas a su tarea.
Por fuera de la tapia y pegada a ésta hay una rústica fuente que parece hecha recientemente, con un grifo de hierro pintado en blanco. Desde ese lugar el panorama que se divisa, con el lago a un nivel inferior, es magnífico.
Las montañas del fondo han adquirido una tonalidad azul mientras que las laderas más cercanas mantienen el verde combinado con el dorado de los álamos que están en las orillas. La superficie del agua parece de estaño.
La tarde va declinando pero todavía hay que apurar la luz. Nos acercamos a las Médulas para pasear por su interior. Pasamos con el coche por el hotel Medulio, que fue uno de los posibles seleccionados para dormir en él y vemos que está en un paraje muy aislado. A pesar de que las indicaciones al entrar en el diseminado pueblo alertan de que el paso es exclusivo para los residentes, no obedecemos esta vez porque no parece que encontremos acumulación ni de personas ni de vehículos. Y no nos engañamos, apenas hay un par de coches más en un amplio espacio, a falta de una plaza, en el que están situados un par de restaurantes, cerrados entre semana, y una caseta de madera que parece ser un punto de información y que está igualmente cerrada.
Un poco más allá salen dos caminos que se introducen en el valle. Elegimos la senda corta que anuncia “La Cuevona” y otra de las grutas del Parque. El grupo de los seis, sin ponernos de acuerdo, se va separando. Nuria y Paco empiezan a caminar juntos y todavía les vemos hacerse una foto en uno de los viejísimos y pintorescos troncos de castaños que bordean el camino trazado y que ofrecen singulares formas, a veces incluso con el enorme tronco hueco. Pero Nuria pronto imprime velocidad a su paseo y se adelanta decidida a no perderse la vista de la cueva y ganarle la partida a la ya mortecina luz. Paco se entretiene cogiendo castañas e incluso elige un camino que se aparta de la ruta hasta que lo recuperamos. Romualdo y yo caminamos un rato juntos pero yo me detengo pendiente del grupo de rezagados, Mª Carmen y Rafael mientras él sigue, seguro de sí, el camino que se pierde tras una revuelta. Nosotros cuatro nos quedamos por allí, en una apertura del terreno en donde aún se notan, por estar rodeadas de una valla de madera, las bases de los respiraderos que utilizaban los romanos para romper la montaña.
Surgiendo de la soledad del paraje aparecen dos señores que quieren conocer Las Médulas porque les han hablado muy bien y nos piden a nosotros información. Se deciden a andar un trecho más. Luego, mientras esperamos allí de pie, ya algo impacientes, a que aparezcan los nuestros, acuden otras dos mujeres, que preguntan si hemos visto a sus maridos, que los habían perdido de vista. Son unas madrileñas, cuñadas entre sí, habladoras y sociables, que nos cuentan que vienen de una boda en Galicia y están haciendo turismo pero que esa noche ya quieren llegar a Madrid. El hijo de una de ellas les había hablado de la belleza de las Médulas y les aconsejó que fueran a conocerlas pero, como los hombres son tan cabezotas, no habían querido preguntar y se habían perdido por una carretera de montaña, con curvas y precipicios que no llegaba a ninguna parte salvo a unas canteras solitarias y sólo habían conseguido marearse. Tuvieron que desandar el camino y habían perdido así un tiempo precioso para su objetivo.
La noche cae y Paco, galante, se va a buscar a Nuria mientras nosotros tres iniciamos el regreso al coche que será necesariamente lento al paso de Rafa y por la poca luz que le hace ir aún más lento. Vemos que Paco vuelve y nos alcanza pero dice que no les ha visto. No hay cobertura y no podemos llamarles al móvil. También llegan los madrileños sin darnos noticia de nuestros “perdidos”. Romualdo lleva las llaves del coche y estamos en sus manos. Ya es de noche cerrada cuando aparecen muy contentos porque han visto la Cuevona. Los dos se lo habían propuesto aunque con propósitos distintos, Nuria para no dejar de ver todo lo que pueda ser interesante y Romualdo para saciar su curiosidad científica, admirado por la técnica que aquellos antiguos desarrollan y que él ha comprendido perfectamente y más al ver las dimensiones del orificio de la cueva.
Pero los equívocos en encontrar el camino no han terminado por hoy. Cuando ya hay ganas de llegar a Villafranca, encontrar el hotel, y asentarse, que suponemos no está nada lejos, todavía rondamos erráticos por unas estrechas y curvas carreteras, perdidos ya en tierras gallegas, intuyendo la belleza del paisaje pero sintiendo un cierto desasosiego que disimulamos con frases irónicas y tomándolo a broma. Ahora sí que estábamos en la carretera 536, la que buscábamos desesperadamente al medio día y que ahora queríamos, con el mismo desespero, abandonar para dirigirnos a la derecha hacia la 120. Pero la única indicación que vimos a esa mano era la de Lago de Carucedo y en ese momento ninguno caímos en la cuenta de que era el pueblo de ese nombre y desde él encontraríamos la indicación hacia La Barosa, que era por done habíamos venido. Pues casi llegamos a Barco de Valdeorras, que por cierto, nos habían dicho las simpáticas señoras con las habíamos hablado, que era muy bonito, pero no para la noche. Era imposible encontrar un lugar donde dar la vuelta, una vez que constatamos que seguíamos en la 536. Ahí hicimos casi cuarenta kilómetros de más pero es que luego, ya en la 120, cuando creíamos que se había terminado la mala racha de las pérdidas, volvimos a pasarnos de la indicación correcta, que era Coruña, para llegar casi a Ponferrada. Claro que la culpa la tiene evidentemente La Consejería de Obras Públicas de la Comunidad de Castilla León, que no tienen las señales de carreteras claras y correctas. Finalmente llegamos a Villafranca y con las indicaciones que le han dado a Paco desde el hotel, lo encontramos sin problemas. Es el Hostal Méndez.
Nos recibe una señora de edad, agradable y casera, que habla de su hija como la dueña del negocio. Nos da la llave de las tres habitaciones del primer piso y nos informa de que la cena, que llevamos incluida en el precio, es de 8,30 a 9. Aún queda un rato para descansar en la habitación, no todos, porque Paco y Nuria se van a dar una vuelta y a conocer Villafranca la nuit.
Rafael y yo somos los últimos en bajar al comedor, un espacio muy agradable, que ya habíamos atravesado para subir a las habitaciones. Nos sentamos en una mesa redonda y en el otro extremo hay un par de mesas ocupadas por hombres que parecen clientes del hotel. Se presenta la hija, Liliana de nombre, que es la que dirige el negocio y que resulta de una gran simpatía y profesionalidad. Al principio discreta y más tarde interesada por nuestra visita a la zona y deseosa de sernos útil con su información, nos hace algunas preguntas. A falta del consejero de obras públicas, me quejo a ella de la idea que hemos sacado de lo confuso e incompleto de la información en las carreteras. Sonríe con resignación y, como contrapartida, se ofrece a dirigirnos mañana hasta la oficina de Turismo de Ponferrada, a donde ella tiene que ir por obligación.
La cena está buena, bien guisada y abundante o al menos nos lo parece por el desorden de comidas del día y las ganas de vernos ante los dos platos calientes de una cena normal. Luego nos aclara que la casa tiene otras especialidades que ya forman parte de una carta más exigente. Aseguramos que mañana probaríamos sus recomendaciones.
Nos despedimos hasta las nueve del día siguiente.

Miércoles 28
Somos puntuales a la hora convenida para tomar un desayuno que nos ofrece lo necesario, zumo, café con leche, pan tostado, un sobao, mermelada, mantequilla y un yogur. Hoy a la luz del día vemos el entorno del hotel. Da a una calle que tiene bastante tráfico porque por ella se accede al puente que da salida a la carretera nacional. Las habitaciones que nos han correspondido dan a la orilla del río Burbia, uno de los dos que se juntan en la ciudad y enfrente de nosotros está el bonito puente de piedra de dos ojos.
Salimos detrás del audi de Liliana que nos lleva, a buena marcha, hasta el centro de la ciudad de Ponferrada y nos indica donde aparcar para dirigirnos a la oficina de Turismo, cerca del Castillo. Está situada en un edificio histórico y entramos a pedir información pero tenemos que dejar colarse a una extraña peregrina extranjera, que ya no cumple los sesenta, que aún no se ha quitado el casco de la bici y que se presenta con exigencias, muy impaciente, como si se le escapara el tren. La verdad que no tarda mucho porque sólo pide un plano y sale con el mismo aire malhumorado. Luego la encontramos refunfuñando porque no abren el castillo a la hora que a ella le hubiera convenido. Le está haciendo una foto al monumento y me acerco a ofrecerme para retratarla a ella pero me rechaza de plano. ¡vaya elementos se ven por el mundo¡
Ya estamos situados y nos dirigimos hacia el Valle del Silencio, -nombre popular muy bien puesto, ya que geográficamente es el valle de Oza- ese lugar privilegiado, detenido en el tiempo, al que se accede por una carretera de montaña, estrecha y peligrosa, donde se puede temer encontrarse con otro vehículo de frente. La primera parte va a la vera de un pequeño río, entre árboles, en un entorno precioso. De repente Romualdo para el coche y el ruido del motor se apaga. ¿Algún fallo? ¡Si aquí no hay cobertura¡ por un momento callamos todos y lo miramos expectantes. Él dice:
“vamos a escuchar el silencio”
Una obvia razón, naturalmente, y allí, con las ventanas bajadas, y sin emitir ni un suspiro, pasamos un minuto inmersos en el murmullo del agua que discurre al fondo del valle y el susurro de las hojas de los árboles a las que mueve la suave brisa de este caldeado día. Hemos comprobado el oportuno nombre que le dan al lugar y tengo un recuerdo para nuestro hijo Juan, amante de la bicicleta, que subió los catorce kilómetros en ella y sí pudo disfrutar durante todo el trayecto de esta misma sensación de paz y armonía de la naturaleza. Nosotros tenemos que poner de nuevo en marcha el motor y seguir la ascensión. En un momento dado aparece en la ladera de una montaña, durante una gran extensión, la señal inconfundible y dañina de la mano del hombre en su peor manifestación: está toda incendiada y posiblemente de hace poco tiempo porque aún está el suelo negro y los troncos y ramas secas de los árboles retorcidos y de un color marrón oscuro quedan como cadáveres de lo que fue rica vegetación.
Finalmente llegamos a lo alto del valle y un cartel anuncia el lugar Peñalba de Santiago, la joya del término municipal de Ponferrada, ayuntamiento al que pertenece, un pequeño caserío de arquitectura popular hecha exclusivamente de pizarra, tanto en los tejados como en los muros, y de madera rústica, cuidado y protegido como merece por la autenticidad del caserío conservado como en su remoto origen, allá por la Edad Media, sin elementos modernos que lo desvirtúen. En la entrada han habilitado un espacio amplio como parking de los visitantes que, sobre todo en verano, acuden a conocer el lugar. Grandes castaños al borde mismo de la carretera forman un digno pórtico de entrada a un pueblo tan armónico con la naturaleza. Recientemente han pavimentado las calles con pequeñas losas de pizarra de tono claro, artísticamente colocadas, sin que desentone del conjunto, que da impresión de limpieza y favorece el paseo por sus escasas calles.
En las casas hay generalmente una galería rústica de madera oscura en la que a veces cuelgan macetas con flores que contrastan con el tono sombrío del edificio. También sitúan las macetas en los peldaños de las escaleras anexionadas a la fachada, las más primitivas en piedra, sin barandillas ni apoyos y otras más elaboradas, hechas en madera, que conducen a la planta alta donde está la vivienda, aislada del establo de los animales y de la nieve que en invierno debe de cubrir una buena parte de los muros. Alguna de ellas ha sido convertida ya en una Casa Rural y en otra distinguimos un cartel que anuncia que es la Casa Consistorial. Pero no encontramos ni un alma por la calle ni signos de vida salvo las flores y la leña amontonada cerca de la puerta. Es un pueblo vivo sin seres vivientes.
Lo más sobresaliente y valioso del pueblo y objeto de sorpresa es la iglesia que se levanta en el centro mismo del núcleo urbano y que es Patrimonio Artístico Nacional desde 1931 y bien de Interés Cultural. La iglesia de San Genadio, una mezcla de estilos desde el visigodo, mozárabe y prerrománico. Encontramos a una chica joven que espera la llegada de turistas par dar una explicación del interior del templo. Y aparte de nosotros se han presentado otras dos parejas, una de holandeses y otra de argentinos. Estamos ya todos menos Paco, al que suponemos que se habrá metido por alguna de las callejas del entorno, curioso con los detalles y que aparecerá en cualquier momento. Pero no es así y la interesante explicación, que nos lleva más de media hora, acerca de la historia, arquitectura y decoración de la iglesia, transcurre sin que haga acto de presencia.
Nos enteramos de que en esta zona de los montes Aquilanos se instalaron ya desde el siglo VIII en eremitorios distribuidos por la zona los monjes, a semejanza de lo que ocurría en la Tebaida egipcia, donde a partir del siglo III, en las cuevas del terreno, se instalaron los primeros ermitaños, eremitas o anacoretas para buscar a Dios a través de la oración, la soledad, la penitencia y la pobreza. Por eso a esta zona se la conoce también como la Tebaida berciana.
La iglesia data de la primera mitad del siglo X y la manda construir el abad Salomón con la protección y donaciones del entonces rey de Castilla, Ramiro II que propicia la construcción y les dona la Cruz de Peñalba, pieza importante de la orfebrería con influencia visigoda.
El exterior de la iglesia, por el lado sur, ofrece a la vista una puerta de la actual entrada que consiste en dos perfectos arcos de herradura, forma que también usan los visigodos, cuyas dovelas estuvieron en su rigen policromadas, alternando rojo y ocre, como en la mezquita de Córdoba, colores que aún se mantienen en su interior. Los arcos apoyan en tres esbeltas columnas de mármol con capiteles de estilo corintio. Al lado opuesto, se conservan los enterramientos románicos que rompen la monotonía del muro y dan una nota de belleza, a los que se accede a través de dos arcos de medio puto separados por pequeñas columnas con capiteles labrados con elementos florales. Por este lado se accedía al antiguo Monasterio del que ya no quedan restos. También en esta parte hay una pilastra con una curiosa inscripción que data del siglo IV.
Otra característica de esta original construcción es que la espadaña que contiene las tres campanas, está separada de la nave de la iglesia y se levanta al pie de ésta.


En el interior se aprecia mejor la planta de cruz latina con la particularidad de que tiene dos ábsides, uno a la cabecera y otro a los pies, lo que raramente aparece en el arte español. A un lado y otro del crucero había dos pequeñas capillas a las que se accede desde el interior por unos pequeños huecos en lugar de puertas. Un gran arco de herradura divide dos zonas, el coro y la nave central. En las paredes del coro se pueden apreciar, con la ayuda de una lámpara y las explicaciones de la guía, grabados que representan distintas figuras, humanas, y de animales, el caballo e incluso un elefante, animal exótico del que se sabe le fue regalado uno a Carlomagno, noticia que se expandió por toda Europa por el asombro que causó y que tal vez llegó hasta este recóndito lugar y los monjes quisieron dejar constancia. También hay inscripciones entre las que se repite el nombre de San Genadio. No se sabe mucho acerca de ellas, ni quién las realizó, aunque debieron de ser los monjes, ni la causa ni para qué se utilizaba en ese momento esta parte de la iglesia.
Salimos de la visita y seguimos el paseo por el pueblo sin hallar rastro de Paco, lo que empieza a inquietarnos. Suponemos que se ha dirigido hacia la cercana cueva de un eremita, cuya indicación está señalada a la salida de una de las pocas calles del pueblo. Nosotros seguimos viendo una a una todas las casas del pequeño pueblo hasta llegar a las afueras, en pleno campo, donde vemos una fuente y cuando ya nos decidimos a volver hasta el aparcamiento, allí, sentado en un banco de piedra adosado a la primera casa, está Paco esperándonos. Se había despistado y nos perdió de vista y no podía imaginarse que en ese apartado lugar hubiera una visita guiada en la pequeña iglesia. Todavía le acompaña Nuria a conocer la iglesia y ya salimos del pueblecito que tan buena impresión nos deja.

A dos o tres kilómetros de allí ya habíamos visto una desviación al pueblo llamado Montes de Valdueza, donde se construyó el Monasterio de San Pedro, actualmente muy destruido aunque con un plan de restauración que aporta dinero sólo de forma esporádica, según nos comenta un hombre que aparece por allí y que tiene ganas de hablar con nosotros. Todavía paseamos un poco por allí, al pie de las pocas casas que se ven en lo alto y reemprendemos la vuelta.
La intención que teníamos era la de comer en Cacabelos o incluso en el pueblo cercano de Canedo. En la oficina de turismo nos han informado de que el fundador de Prada a Tope, que había abierto un gran restaurante, tienda y bodega al mismo tiempo en un viejo castillo restaurado, que se llama La Moncloa, en Cacabelos, y que Rafa y yo habíamos visitado hace más de diez años, ahora está separado de su mujer y es ésta la que se ha quedado el primitivo negocio y que él, hombre emprendedor, ha comprado una magnífica casa a la que ha bautizado como palacio, en un pueblecito a 4 kilómetros de allí, donde ha creado otro de estos complejos turísticos y además una explotación vinícola importante. Ya nuestra anfitriona, Liliana, nos había hablado de ello, recomendándonos su visita por la vista de los viñedos que se extienden a los pies de su restaurante que está situado en lo alto y también nos había dejado la impresión de que el menú que ofrecen, tanto en un sitio como en otro, a los del Bierzo, no les llama demasiado la atención. A nuestras preguntas nos informó de que en Cacabelos hay un buen restaurante, Mesón El Gato, nombre fácil de recordar.
En el día de hoy, contrariamente a lo que nos pasó ayer, estamos perfectamente orientados y no nos hemos equivocado ni una vez. Atinamos a la salida de Ponferrada con la antigua carretera VI y de ahí, a unos pocos kilómetros, entramos en Cacabelos, pueblo grande y concurrido. No tenemos mucha idea del lugar donde vamos a comer, pero preguntamos por el Gato y allí nos dirigimos, decisión que va a traer buenas consecuencias y un recuerdo inolvidable.
Está situado en un edificio moderno a las afueras, en un barrio de nuevas construcciones, de dos alturas, pintadas en colores claros, con calles amplias y el campo como escenario. Al ver el número de coches aparcados delante ya podemos imaginar que tiene buena fama, lo que se corrobora al entrar al comedor que está lleno de gente. Nos instalan en una mesa libre y pronto aparece el dueño, suponemos, un hombre de cara sonriente y afable en el trato. En lugar de carta él recita una lista de primeros platos de cuchara: garbanzos con callos, fabada asturiana, sopa del Bierzo, lentejas y guisantes con congrio. Verdaderamente tentador. Al parecer cada uno de nosotros expresamos en voz alta nuestras preferencias que no coinciden entre sí y entonces el buen mesonero nos dice una frase algo enigmática:
Bueno, ya veo, ¡déjenlo de mi cuenta¡
Y nos recita los segundos que son dos. Primero el botillo, plato típico de la zona, y luego bacalao en un guiso. Nuestros “chicos” rechazan a priori el botillo, muy comedidos ellos, en la idea de que es algo excesivo para sus estómagos pero el buen profesional con el que hemos dado, les convence de que es casero, sabroso y no muy abundante. Es tan persuasivo que les deja totalmente convencidos y lo piden los tres. Nosotras optamos por el bacalao. Mientras tanto, hemos pedido tres cervezas, dos claras y un refresco.
El desciframiento de la críptica frase del encargado que nos tomó nota se desvela cuando la camarera, que suponemos hija del dueño porque tiene el mismo don de afabilidad y simpatía, se presenta con dos soperas metálicas que humean y expiden muy buen olor que deja sobre la mesa y, sin decir nada, como si de una tarea inconclusa se tratara, se va rápida a la cocina para volver enseguida con otras dos semejantes, que coloca al lado de las anteriores, y esta vez nos hace, con su mejor sonrisa, la recomendación de que probemos de todo y que no quede nada, caldo, lentejas, garbanzos y judías, todo un recital de legumbres guisadas de la manera más sabrosa. Nos miramos asombrados y divertidos y nos lanzamos, en efecto, a la faena probando uno detrás de otro, todos a cual mejor. La chica se acerca amablemente al cabo de un rato a preguntarnos si nos gustan los platos y en ese momento todavía Rafa, con su espíritu irónico, le dice que yo me he quedado con ganas de probar los guisantes con congrio y ella no se hace de rogar, y, sin aceptar mis protestas de que no hace falta, sale rápida al tiempo que dice:
¡Eso se arregla enseguida¡
Para volver un minuto después con la quinta sopera llena de este último guiso, que no desmerece nada en absoluto de los demás.
Somos tan insensatos que hemos probado de todos y después tomamos el segundo, que también nos parece muy bueno y sabroso. Los botillos son individuales y pequeños pero los sirven en una gran fuente, acompañados de un chorizo, patatas y repollo. Nos faltan los postres que nos informan que son caseros, lo que podemos comprobar porque ninguno nos privamos de tomarlo, a lo que le siguen varios café y un gracioso recipiente con orujo blanco. Cuando pedimos la cuenta dispuestos a agotar el fondo, nos dice el señor oralmente, sin papel ni cuenta alguna que son 90 euros todo, cifra que luego comprendemos responde al menú de 15 euros por persona pero que, a la vista de lo que hemos comido y la calidad de los guisos, nos parece muy económica. Le pedimos una tarjeta del establecimiento para recomendarlo a los amigos y conocidos y salimos bien satisfechos de una comida que ha suplido con creces las penurias de ayer a la hora de comer.
Hemos visto al venir al restaurante las reiteradas indicaciones del palacio de Canedo, -que por propaganda no será- y decidimos ir a conocerlo. Está a cuatro kilómetros de Cacabelos y el terreno asciende entre viñedos que en esta época del año presentan un aspecto muy bonito, con sus hojas de colores cálidos, que van del verde a los amarillos y dorados, moteados de ocres y rojizos. Los viñedos son de espaldar y están simétricamente colocados y muy cuidados, ocupando una enorme extensión de terreno.
El palacio es una antigua casona de labranza de tres siglos de antigüedad, que debió de pertenecer a una familia hidalga venida a menos. Cuando Prada lo compró estaba prácticamente derruida y él lo restauró y le dio un contenido como restaurante y como tienda, aparte de decorarla con los materiales nobles, hierro, maderas, vidrios y objetos antiguos. A su lado hay otros dos edificios de construcción moderna que pertenecen al complejo. Uno es la bodega y el otro la zona de elaboración de los productos. Los lugareños lo han bautizado como el Falcon Crest berciano, con esa sabiduría popular que emana de la sensatez mezclada con la ironía y que da en el clavo con la comparación.






El edificio es de piedra, tiene tejado de pizarra en el que se abren ventanas de buhardilla y en el que se distinguen las chimeneas. Está formado por dos cuerpos distintos que armonizan bien. En el más corto y más sobresaliente se ve un añadido de madera que forma una galería del mismo estilo que las que hemos visto en las pequeñas casas de Peñalba. En el cuerpo más largo, de lado a lado y apoyada en cuatro gruesas pilastras, discurre una gran balconada donde en el buen tiempo están instaladas las mesas del restaurante y desde donde se puede contemplar el mar de viñedos que se extienden por el amplio valle. Abajo hay un pórtico y en el medio abre la puerta de arco semicircular por donde se sale a la terraza jardín. Debajo de la galería de madera está una puerta de parecida estructura que da paso a la tienda, donde se pueden encontrar envasados todos los productos de la zona, con los que Prada empezó su andadura comercial: frascos de pimientos, de cerezas, de guindas y de castañas, los productos que eran menospreciados en los años 70, atraídos por las novedades gastronómicas que venían de afuera o se imponían a los tradicionales y que Prada tuvo el valor o la intuición de empezar a comerciar. Además hay vinos y licores de su propia cosecha y productos de artesanía.
Nos paseamos un rato por la zona del jardín y los alrededores. El suelo está formado de losas de pizarra entre cuyas junturas brota un cuidado césped. Más al exterior y rodeando el edificio se pueden ver grandes extensiones de césped, verde y recortado, entre pasillos de negra pizarra. Por todas partes vemos adornos de piezas rústicas, como lavaderos de granito en abundancia, o piezas de valor etnológico, bancos de madera y hierro, macetones o parterres de flores. Hay hasta un curioso coche de tres filas de asientos, abiertos, cubierto por un toldo metálico, que suponemos tiene la finalidad de llevar a los clientes a hacer un recorrido turístico por las propiedades del Palacio del Señor Prada y que hoy está allí aparcado y vacío. Entre los distintos árboles plantados en esta zona, distinguimos unos madroños en los que cuelga el fruto, que en esta época presenta su mejor vista, pues son unas bolas que van adquiriendo un tono rojo a medida que van madurando.
Por la parte de atrás, que es donde está la puerta principal de entrada, el edificio aún tiene más aspecto de casa solariega. A su fachada se abren algunas ventanas y un balcón. Una hiedra trepa por una gran parte del muro y en el suelo adorna el brocal de granito de un pozo con artística reja.
Ya hemos visitado el restaurante y la tienda y seguimos nuestro camino tachando de la lista de proyectos del día los ya visitados y eligiendo el siguiente objetivo que va a ser el cercano Monasterio de Santa María de Carracedo que se encuentra en el pueblo de Carracedo del Monasterio del término municipal de Carracedelo. Como puede comprobarse los nombres son casi todos parecidos y hay que venir por aquí para reconocerlos y no confundirse.
Actualmente el monasterio está semiderruido pero se puede hacer un recorrido por su interior que da idea de lo que debió de ser. Primero vemos lo más sobresaliente de su exterior, una triple arcada a la que se accede por una escalera y un gran rosetón. Damos la vuelta al recinto buscando la entrada y pagamos la entrada. Somos los únicos visitantes en estas últimas horas de la tarde y en la recepción nos dan un folleto que nos ofrece información sobre el histórico lugar.
Fue fundado la última década del siglo X para acoger a los monjes que huían de los avances de los musulmanes y habitado por los benedictinos que lo pusieron bajo la advocación de San Salvador, que sin embargo no pudo impedir que el valiente caudillo musulmán, Almanzor, lo destrozara pocos años después de su inauguración. Hasta mediados del siglo XII estuvo poco activo. Entonces una hermana del Emperador Alfonso VII ordenó su restauración y dispuso una parte del edificio como residencia palatina. Llegó a ser un importante y rico monasterio, con influencia en una amplia zona. A principios del siglo XIII fueron los cistercienses los que se hicieron cargo de la abadía y pasó a llamarse Monasterio de Santa María. Mantuvo su actividad monacal durante siglos hasta el siglo XIX en que quedó abandonado y como consecuencia se deterioró cada vez más. En 1988 se comenzó la recuperación de lo que aún se conservaba y fue declarado monumento histórico artístico.
La visita es interesante, el Claustro, que debió de ser magnífico, los elementos escultóricos que se conservan en capiteles y en detalles aislados. Es muy interesante la Sala Capitular, seguimos luego visitando las dependencias de la Infanta, El mirador de la Reina, en la parte palaciega, el refectorio, hoy convertido en sala de exposiciones, los restos de la antigua iglesia y la iglesia nueva, de una sola nave y de estilo neoclásico, rehecha a finales del siglo XVIII, que se puede ver a través de un cristal. Finalmente subimos un piso para ver la zona donde estuvo la antigua biblioteca del Monasterio. Seguramente si hubiéramos venido en un día de frío esta visita habría sido dura de soportar, por los espacios abiertos, deshabitados y las corrientes de aire, pero hoy es un paseo agradable por el arte y la historia de España.
Al salir nos informan de que podemos acercarnos por la parte contraria al monasterio a visitar la iglesia, que está abierta al culto y, para no dar pasos de más, nos desplazamos en el coche. Pero no está bien enterada la señora porque encontramos la puerta cerrada a cal y canto. Aunque Nuria hace una llamada al teléfono del Monasterio pidiendo una aclaración, le contesta un joven ajeno al tema y harto de recibir siempre llamadas con la misma pretensión. Parece que el teléfono está confundido y el pobre no tiene manera de arreglar tan enojosa situación. Nos resignamos a contemplar con detalle la fachada que tiene algún elemento artísticoo interesante, como las dos estatuas del románico tardío que representan a Alfonso VII y al primer abad y que enmarcan un relieve que representa un Pantócrator y los símbolos de los cuatro evangelistas. Y ya con el sol oculto, volvemos a Villafranca.

A pesar de las horas pasadas desde la comida, la digestión sigue trabajando y el estómago nos dice a los seis que no será capaz de admitir mucho más y que hay que revisar los planes hechos la noche anterior de probar las especialidades de Liliana. Nos quedaremos sin mollejas por esta vez.
No obstante y después de descansar un rato en la habitación, volvemos a reunirnos en la mesa redonda porque es un buen lugar de reunión y nos permite hacer una agradable tertulia. Al final, con la comprensión de la profesional, que en cierto modo tuvo la culpa por recomendarnos el hostal del Gato, tomamos un plato solo, entre sopa y ensalada y la tentación final, unas peras al vino hechas por ellos, que forman parte del apartado “gula”. Prolongamos la charla, a pesar de ser los únicos comensales esta noche en el comedor, porque no hemos encontrado otro lugar donde reunirnos y Liliana no parece tener prisa en que nos retiremos.
Y así termina nuestra segunda jornada en el Bierzo.

El día siguiente, 29, ya tenemos que dejar a primera hora la habitación. Nos encontramos de nuevo en la mesa redonda a la hora del desayuno haciendo los planes de la vuelta. Lo primero es conocer a la luz del día la propia Villaviciosa, de la aún no hemos visitado nada.
Nos despedimos del hotel y salimos ya con el coche cargado. Lo aparcamos frente a la Alameda. Es un jardín muy bonito, de trazado romántico, planificado a finales del siglo XIX que tiene forma triangular. En este día los jardineros están dejando pelados del todo los plátanos que lo enmarcan y queda a la vista la unión de las ramas de un árbol con las del otro, formando así un tupido emparrado. Como a partir de ahora los lugareños van a preferir el sol a la sombra, porque es un pueblo muy frío, los árboles ya no serán un obstáculo para impedir su paso. Entramos por el interior para pasear por él y acercarnos a la fuente, de la que ya vimos una fotografía en el Museo del Monasterio de Santa María de Carracedo, porque es de allí de donde procede, concretamente del claustro, donde estaba situada desde el siglo XVI. En la ciudad la llaman “La Chata” y es una estatua en granito de una mujer, desnuda de medio cuerpo, cuyo ropaje le cubre la cintura y los muslos, que está sentada en dos cántaros de agua sobre los que coloca cada una de sus manos. La piedra está desgastada y ya no se marcan con claridad los rasgos de la cara, y menos que ninguno la nariz, como suele suceder por ser lo más sobresaliente del rostro, de ahí el apodo popular de la Chata. Yo supongo que es la representación de una náyade o ninfa de las fuentes y manantiales y que su sitio fue siempre la de presidir una fuente.
Frente al parque se encuentra una iglesia gótica y grande de la que se muestra el ábside. Es la Colegiata pero está cerrada y no entramos.
Un poco más cerca de la plaza está el gran edificio conocido como San Nicolás, el edificio que según Liliana, los lugareños creen que debería de haber sido la sede del Parador de Turismo y que hoy está dejado e infrautilizado desde que en 1883 se cerró el colegio que aquí tenía la sede. Es del siglo XVII y fue ocupado primero por los Jesuitas, que dejan rastro en la fachada, con la estatua de San Ignacio de gran tamaño en una hornacina. En 1767 los Jesuitas son expulsados y aquí se traslada la parroquia de San Nicolás, cuyo edificio se había quemado en un incendio. Tuvo también un uso civil, en el siglo XIX y finalmente fue vendido a los P.P. Paúles que crean aquí un colegio que funciona hasta finales del siglo pasado. Ahora, según nos cuenta un paisano con el que entablamos conversación en una placita, quedan sólo dos o tres padres que se dedican a hacer vino dulce y vermout, por cierto el mejor de la zona, y tienen una pequeña bodega en los bajos del edificio entrando por un lateral. Allí vamos a comprar una muestra para ver si la fama se corresponde a los hechos. En el interior del edificio hay un museo de Ciencias Naturales con animales disecados y exposición de muchas especies que no vemos.
Vamos a comprar embutido a una tienda que nos han recomendado en el hotel y seguimos haciendo turismo por la plaza e incluso iniciamos la ascensión con la intención de ver el castillo, propiedad de la familia Halfter, los músicos de fama internacional. Pero no llegamos hasta él.
Nos introducimos por la calle del Agua, la más famosa de la villa, con grandes casas palacios, muchas de las cuales están abandonadas y en penoso estado. Es una sombra de lo que fue en el pasado pues en tiempos era la calle que tenía más actividad comercial y artesanal, así como una de las más frecuentadas por los muchos peregrinos que pasaban por Villafranca camino de Santiago. En casi todas las casas podemos observar variados escudos nobiliarios en sus muros. En una casa de esta calle nació el poeta berciano tan apreciado Enrique Gil y Carrasco y una placa lo conmemora.
En esta dirección hay información sobre la ciudad y sus monumentos:
http://www.villafrancadelbierzo.org/patrim_mon.php
A media mañana damos por terminada nuestra visita a Villafranca y, cargados con recuerdos gastronómicos que metemos en el maletero, emprendemos el regreso a Madrid, con la parada obligada para comer ya en la Sierra, cerca de Madrid.
El viaje ha resultado perfecto y nos anima a emprender otros que tenemos en proyecto: Berlín, Hamburgo….
Pero lo mejor… la compañía
Assela Alamillo Sanz
Madrid, 10 noviembre 2009
Jueves, 12 noviembre 2009
Nos lleva jorge al aeropuerto, terminal 4. Salimos con un poco de retraso pero el viaje es muy bueno. Nos está esperando Asse en el aeropuerto. Está nublado y llovizna. Vamos a Grenoble al trabajo de Carlos y lo recogemos. A casa y ya no salimos


Viernes 13 de nov
Asela no va al trabajo y, después de un calmado desayuno, nos echamos a la calle a dar un paseo. El día es soleado y algo fresco y el ambiente de esta parte de la ciudad tranquilo, sólo interrumpido por el ruido chirriante del tranvía cuando pasa por la calle. Nuestro primer objetivo es el vecino parque de Mistral, que por suerte tienen tan cerca de casa. Tenemos suerte con el tiempo porque nos dice que la semana pasada llovió todos los días. Ahora no lo hace y, lo que es más importante, no sopla el viento y por tanto los árboles, tantos y tan variados y tan magníficos ejemplares, están en este momento preciosos, (eclatant de jaunese) y podemos apreciar y disfrutar de una gama cromática que va desde los verdes oscuros de las coníferas y los verdes que aún se conservan en parte de las hojas, a los amarillos, cobres, rojizos y dorados que relucen a la luz del sol en las distintas especies que pueblan el parque. Las partes del suelo que tendrían que verse verdes por el césped, están cubiertas de hojas caídas y forman como un gran tapiz circular que rodea los troncos de los árboles. El pequeño estanque está seco, es la única pega que se le puede poner al espectáculo que la naturaleza proporciona en este agradable lugar. Distinguimos por la zona central unas vallas movibles que impiden el paso por las sendas habituales y es que un enorme número de colegiales de primaria se encuentran esta mañana en el parque, participando en una carrera que discurre por un circuito acotado. En efecto, al llegar a la zona pasan delante de nosotros una fila casi interminable de cuatro o cinco en fondo, chicos y chicas, a los que jalean algunas personas mayores que les acompañan, sus profesores u otras, que, como nosotros, se han encontrado con el espectáculo deportivo. Deben de ser todos los escolares de la ciudad porque la serpiente de corredores no se termina nunca.
Después nos desviamos en diagonal para salir del parque por el lado del Ayuntamiento y cruzamos para ver el pequeño jardín Botánico, que está al otro lado del parque. También allí el espectáculo es similar y, si cabe, más bonito pues hay especies muy particulares que adquieren un marcado tono rojo en esta época y el pequeño estanque refleja sus ramas. Hay muchos rincones y detalles que merecen ser plasmados en una fotografía y así hago, captarlas con mi objetivo que nunca será tan fiel al espectáculo cromático que ofrece la realidad.
Salimos del jardín y atravesamos una zona de la ciudad bastante nueva para nosotros buscando el supuesto negocio de mi antiguo compañero del Goethe Cristian Straub. Entramos y nos dirigimos al dueño, un hombre de unos cuarenta años que, en efecto, se llama así pero no tiene nada que ver con mi amigo. Dice que hay otro en la ciudad del mismo nombre porque a él le ha llegado a veces su correspondencia equivocadamente.
No se ha logrado el objetivo de la pesquisa casi detectivesca que nos había llevado hasta esta calle y decidimos seguir el paseo por esta zona central pero no vieja, con casas muy parisinas, se podría decir, de seis o siete alturas, terminadas en mansardas, y con unas bonitas rejas en los balcones aparte de adornos en la fachada. Las calles son bastante anchas, con muy buenas tiendas por todas partes que llaman nuestra atención y el tráfico es soportable. Es una ciudad muy agradable para vivir. En una tienda de libros que es una cadena francesa de libros nuevos y de segunda mano, busco el Seznec pero está descatalogado. Me compro, en cambio, otro interesante (21 euros) La vuelta a casa la hacemos por otro camino diferente que, nos dice Assela, ha estado hasta hace poco cerrado en obras y tiene curiosidad por ver el resultado. Encontramos un parque pequeño y grato alrededor de un grupo de casas, que forma un semicírculo enmarcado por grandes álamos dorados y en el centro un monumento moderno.
Llegamos a la casa con tiempo de preparar la comida y, aunque no se le esperaba, Carlos viene a comer. Nos ha hecho Asse unos buenos filetes de atún a la plancha.
Por la tarde no salimos.

Sábado 14 nov
Nos vamos de excursión los cuatro. La idea era llegar a Aix les Bains y ver el museíto ese que ya vieron ellos con Jorge pero antes de entrar en la autopista de peaje, recuerdan su intención, proyectada desde hace tiempo, de subir en el funicular que sale de Montfort, en el valle de Gresivaudan y lleva a San Hilaire de Touvet, en lo alto del Parque Regional de la Chartreuse, salvando un desnivel de 700 metros. En alguna ocasión lo hemos visto desde la carretera. Nosotros le animamos a hacerlo hoy. El día está claro aunque no luce un sol radiante y las montañas se distinguen con nitidez, lo cual es una condición apropiada para disfrutar del paisaje. Nos apartamos de la autopista para seguir por la carretera nacional, de estrecho trazado, que pasa por pueblos con bellas y antiguas casas y desde la que se aprecia mucho mejor el entorno. Finalmente encontramos la estación de partida del funicular, en medio del campo. Sale cada hora y aún queda unos 20 minutos que se nos pasan rápidamente, mientras paseamos por la zona y observamos cómo acuden gente joven que se preparan allí mismo, al pie del coche que dejan aquí aparcado, para escalar la roca, un farallón, un muro enorme casi vertical que se ha convertido en reclamo de este deporte, por la Via Ferrata, un sendero muy conocido por los escaladores de todo el país. También los hay que emprenden la marcha andando, como el matrimonio joven que está en el banco de la entrada del edificio dando de comer a su bebé que no tiene más de año y medio y al que, cuando terminan, se lo cuelga el padre a la espalda y se preparan para la ascensión.
Cuando llega la hora de salida, las doce en punto, solamente otro señor y nosotros cuatro entramos en el trenecito, de madera, con tres compartimentos, los dos primeros, en la cabeza del tren, cerrados y el último abierto, compuesto a su vez por dos espacios, que da al paisaje que vamos dejando a nuestros pies, terminado en una barandilla desde la cual podemos contemplar el magnífico panorama. El trayecto es el recorrido más vertical de todos los funiculares europeos y su inclinación es de 83 %. Es un tren cremallera que se construye en 1924 aunque el tren ha cambiado varias veces de modelo y un cartel informativo anuncia que se revisa cada año su mecanismo. La subida es preciosa. Vamos dejando abajo el ancho valle y las montañas de enfrente, con sus crestas nevadas, las vamos viendo cada vez más a nuestra altura. Los picos corresponden a Vercors y Belledonne e incluso se puede ver el famoso Mont Blanc los días despejados. En un momento dado el tren se para en un pequeño tramo en el que hay dos vías, para cruzarse con el que hace la ruta contraria, de arriba abajo. Luego pasa un túnel que salva un obstáculo rocoso, de unos cien metros, para volver a salir a la luz en un camino más encajonado y agreste. Desde allí se ve bien el salto de agua, la cascada de l´Oule, bajo la cual discurre el trayecto de la Via Ferrata, que queda a un lado y un pequeño y frágil puente formado por un estrecho tablón suspendido en el aire, por donde atraviesan los excursionistas arriesgados. Distinguimos a algunos de éstos escalando, que como pequeñas manchas de color, debido a sus anoracks, se mueven casi en el aire, en vertical a las rocas.
Llegamos por fin arriba y nos encontramos con un pequeño pueblo, San Hilario de Touvet, en lo alto de la montaña de la Chartreuse, por donde pasan coches. Lo primero con lo que nos topamos en la dirección que hemos tomado es una pequeña iglesia, de piedra de color gris, como todas las edificaciones en Francia, y de una muy graciosa arquitectura. Delante hay un crucero también en piedra y en su entorno el verde de los prados y el adorno natural de los grandes árboles. Rodeamos la iglesia y subimos hacia otra zona del diseminado pueblecito. Pasamos por una Brasseríe, que está abierta y hay gente por afuera con bicis y con aspecto de excursionistas. Seguimos adelante en la idea de descubrir un agradable y típico restaurante pero ya no hay ningún otro, al menos abierto. Subimos una colina hasta el borde de la meseta que forma esta parte del macizo de la Chartreuse, al otro lado de la cordillera de la Belldonne y podemos disfrutar de un maravilloso panorama, como el que tuvimos durante nuestra ascensión en funicular pero más amplio. Se distingue todo el valle del Isére, con su caserío en la parte llana y las montañas que lo flanquean. Paseamos un poco por un sendero de árboles que ya están perdiendo sus hojas y las que aún se mantienen son de un bonito color ocre. En el suelo alfombras de hojas recién caídas. Nos adentramos por una calle descendente que sale de nuevo a la iglesia y comprobamos que uno de los restaurantes que ofrece buen aspecto está cerrado. Seguimos a la otra parte del pueblo pero todo está deshabitado y cerrado.
Estamos obligados a ir a la Brasseríe y nos encontramos la agradable sorpresa de que tiene un interior acogedor, que las demás mesas están llenas de comensales y que la carta no parece nada mala. En efecto, comemos bien (84 euros) y hacemos tiempo hasta la bajada del funicular a las 4 de la tarde. Coincidimos con la joven pareja del niño que han acudido al bar a tomar un pastel y una infusión y que descienden con nosotros después de haber hecho la subida a pie.
Nos volvemos a Grenoble tras una jornada muy bonita llena de bellos paisajes.

15 domingo
Asse Rafa y yo nos vamos en coche hasta el otro lado del Isére, al barrio italiano, y subimos hasta el Musée Dauphiné. Al salir del coche yo me voy, deshaciendo parte del camino, hasta un lugar desde donde he visto mientras subíamos una bonita panorámica de la ciudad y el río. Hago unas fotos ahora que el ambiente está despejado. El museo está instalado en un antiguo convento que se llamaba Sainte Marie d´en Haut. Las autoridades de la región solicitaron del que luego fue San Francisco de Sales, que había fundado la orden de las Visitadores, que abriera una sede de esta orden en Grenoble. En 1619 se inician las obras y al frente está Juana de Chantal. Con la revolución se disuelve la orden. Luego son las Ursulinas las que lo ocupan. Una de ellas sale para fundar la orden del Sagrado Corazón. Hasta 1904 fue colegio. Luego fue ocupado por emigrantes italianos que son los que le dan el nombre al barrio. Desde que en 1965 la ciudad fue sede de los juegos olímpicos de invierno, el Ayuntamiento restaura el edificio y pasa a su actual uso, de Museo. Es una historia curiosa e interesante. La iglesia, muy barroca, con pinturas y un altar recargado de imágenes.
El exterior es muy bonito, jardines en terrazas, acogedores y cuidados desde donde se divisan bonitas vistas. Luego pasamos al claustro, con restos arqueológicos romanos encontrados en esta ciudad, un pozo, ajardinado, en el medio un cuadrante astronómico. Paseamos por él y ya nos volvemos hacia la cafetería del museo donde tenemos intención de comer. Assela nos deja allí en los jardines y se va a buscar a Carlos. Yo entro a preguntar y resulta que no hay sitio. Le llamo por tfno. Y deciden venir a por nosotros y ya veremos qué hacemos. Nos vamos por el centro buscando un restaurante y parecen todos llenos. Finalmente nos metemos en uno que lleva el nombre de Epicuro en su título y es de los elegantes. Elegimos un menú de 25 euros y un buen vino de la zona de 22. El sitio está muy bonito decorado, y grandes ventanales te ofrecen la calle donde se pone el mercado. Está todo bueno y bien servido.
Volvemos paseando hasta donde hemos dejado el coche y ya a casa. La tarde se echa pronto.

16 lunes.
Se van los chicos a trabajar y Rafa y yo nos disponemos a salir por la ciudad. Hace una mañana buenísima, soleada y los árboles siguen de mil colores. Nos proponemos ver con calma el parque en toda su extensión y llegar hasta la otra parte, frente al gran hotel del parque. Pasamos al pie de la fea pero representativa torre de cemento que se levanta en medio del rectángulo que forma el parque. Allí cerca nos paramos a contemplar un espectáculo curioso, una especie de concurso para perros. Un personaje, tal vez un adiestrador, cronometra el tiempo que el perro tarda en dirigirse a su dueño o dueña que se ha desplazado unos treinta metros y que le llama, después de haberlo dejado quieto en el punto de salida. Hay perros de todas las razas y los dueños también son de muy distinta condición, jóvenes o mayores, mujeres y hombres. No entendemos bien las reglas de este ejercicio y tras observar a unos cuatro o cinco realizar la misma acción, seguimos el paseo.
Llegamos a la zona por donde pocas veces habíamos paseado, tal vez nunca. Nos llama la atención un operario de jardines, un chico joven que conduce un pequeño tractorcito, ruidoso, como todos estos vehículos, que arroja aire con fuerza por un tubo que sale de la parte baja y que impulsa con fuerza las hojas de los caminos peatonales y las traslada hacia las zonas de césped, bajo los árboles, donde quedan agrupadas mientras que los paseos se limpian. Acabamos diciéndole adiós al conductor, por las veces que nos lo cruzamos en nuestro recorrido, alguna de las cuales nos ha cedido amablemente el paso. Nos hacemos algunas fotos en otro pequeño sendero, enmarcado por trozos de gruesos troncos de árboles colocados uno al lado de otro, en alguno de los cuales se ha rebajado la madera para lograr un rústico asiento. En este camino pequeño, por el que no cabe el tractor, el suelo está totalmente cubierto de hojas de color naranja y las ramas de los altos árboles que lo bordean a uno y otro lado se encuentran en su cima formando una bella bóveda que aísla el camino sin permitir ver el cielo, logrando con todo ello crear un entorno romántico y bonito. Llegamos hasta el principio del parque, paralelo a la acera, zona donde están los monumentos a los Caídos en las dos guerras mundiales y a los miembros de la resistencia. En la base de los dos están depositados muchos ramos de flores recién puestos porque el domingo pasado se celebró una fiesta conmemorativa de las muchas que se hacen en Francia. Nos entretenemos un rato leyendo las frases, fechas y nombres que hay en ellos y seguimos nuestro camino hacia el interior de la ciudad.
Entramos por la rue de Strasbourg, dejamos de lado la Iglesia de San Joseph que está cerrada, frente a la pequeña plaza de Metz, en el centro de la cual hay una alta columna blanca con capitel corintio. Seguimos hasta las calles, porque son dos, en cuyo centro hay un parking de coches, la rue de la Liberté y la rue Condillac. Desde esta última empiezan las calles peatonales, que ya forman parte de una zona más antigua y aún conservan casas muy antiguas. Los bajos están llenos de tiendas, en general de buen gusto. Vamos a salir a la Place Genette, donde está la FNAC, las Galerías Lafayette, las casas bonitas aunque a falta de pintura. Está iluminada por el sol la casa de los elefantes. Nos metemos en la iglesia de San Luis, que da por su fachada principal a un ensanchamiento de la calle, y por el otro lado a la plaza de Victor Hugo. Es la primera que vemos abierta en nuestros paseos. Es un gran templo, sin nada especial a recordar pero interesante. La sorpresa más agradable que nos aguarda nada más franquear las puertas es que está sonando la música de órgano y todo el espacio se llena de armónicos sonidos. No hay más de cinco personas en su interior. Nos sentamos en uno de los últimos bancos para escuchar con comodidad y hacernos cargo del ambiente y pronto nos damos cuenta de que en el banco del otro lado, a nuestra misma altura, está una chica de la edad de nuestra hija, que tiene junto a ella, sobre el banco, una bolsa con la apariencia de contener un ordenador. Al fijarnos un poco más nos damos cuenta de que está llorando. Rafa y yo conjeturamos por un momento la causa de sus lágrimas, sin ninguna garantía de acertar, se habrá quedado sin trabajo, la ha dejado el novio, se ha enterado de la gravedad de la enfermedad de uno de sus seres queridos, entre otras posibilidades. Nos da pena verla.
Un poco después entra una curiosa pareja. Entre los dos deben de sumar unos ciento ochenta y cinco años, pues son extremadamente ancianos. Andan con dificultad, apoyados en sendos bastones. Van muy elegantes vestidos. El lleva una gorra plana y parece pendiente de su mujer. Se sientan en el banco y poco después se levantan para encender una vela delante de uno de los altares laterales. Rafa piensa que él perteneció al gobierno de Vichy, sin ningún fundamento, claro está.
Después de un rato y sin que el órgano deje de sonar una bonita música, damos una vuelta al templo. Tiene unas luminosas y coloristas vidrieras que representan escenas de la vida de Jesús, así como unos grandes cuadros de bonita pintura que también evocan los mismos temas. El púlpito y el revestimiento del ábside son de noble madera. La iglesia en sus muros está llena de lápidas con los nombres de los caídos en las dos guerras mundiales, forrando las columnas.
Salimos y seguimos hasta la cercana plaza, que tiene las terrazas instaladas en el centro bajo unas carpas fijas. Entramos por el pasadizo que comunica con el Jardín de Ville, esa zona rústicamente ajardinada, con inmensos plátanos de ancho tronco, al lado de la antigua muralla romana y a donde daba la casa en la que vivió Stendahl, el gran escritor nacido en la ciudad y cuyo nombre lleva ahora el Lycée más importante. Salimos del jardín por la parte más antigua de la ciudad, por las placitas y entramos en la iglesia de San Andrés por una puerta lateral, que da a una tranquila calle que en un día como hoy, soleado y luminoso, aún parece más bonita.
La iglesia es bastante fea y la sorpresa es ver que en ese momento están oficiando una ceremonia religiosa. Un sacerdote de cierta edad, otro joven de raza negra y un hombre seglar están exponiendo la Custodia y haciendo los cánticos y oraciones que el momento requiere. Sólo hay una vieja mujer que se ha arrodillado en el suelo, en medio del pasillo y nosotros que nos situamos en un lateral. Cuando terminan los ritos, el grupo de los tres se retiran con toda solemnidad, como si el templo estuviera abarrotado de fieles.
Salimos por la puerta principal que da a la bonita plaza de San Andrés, frente a la cual está el edificio del Teatro Berlioz, de estilo racionalista. En la misma línea del teatro, en la más larga fachada de la irregular plaza, está el edificio majestuoso del Parlamento, de un característico color gris como otros de la zona. En la parte más ancha de la plaza está colocada en su pedestal la estatua de un héroe de la historia local y desde donde se puede apreciar la original torre de la iglesia. Las viejas casas que forman un ángulo están siendo reparadas y ya se ven pintadas en colores cálidos.
Salimos al río y cruzamos la pasarela de hierro al otro lado. Quiero fotografiar la fuente del león y la serpiente que está en el barrio italiano.
Volvemos por el camino conocido hasta los jardines del museo, el park Michallon, el museo al aire libre. Hoy las esculturas, tanto las figurativas como las abstractas, lucen en su escenario de tonos dorados. Allí está Orfeo, con la Bastilla de fondo, la obra de Chillida, entre altos árboles amarillos, la gran espiral a través de la cual se distingue una figura femenina que está situada en el borde del parque, dando ya a la calle, y otras obras de arte expuestas entre el césped en el terreno ondulado e irregular. En los bancos se sienta gente de lo más diferente entre sí, un hombre de unos sesenta años, que tiene su bicicleta al lado y lee en este tranquilo entorno, unas mamás jóvenes con sus bebés, los pequeños colegiales que juegan bajo la supervisión de las profesoras, un grupo de trabajadores extranjeros que hacen un alto en el camino. Vamos paseando entre ellos y seguimos nuestro camino por la zona ajardinada en medio de la cual se levantan las tres altas y representativas torres de viviendas que ya han pasado a ser una marca distintiva de la ciudad de Grenoble. Sin dejar los jardines y siempre por zona verde, llegamos hasta casa.

17 de noviembre martes.
Hoy Assela no va a la universidad y salimos de excursión. Queremos ir a Vizille, a recorrer los jardines tan bonitos puesto que el castillo ya lo vimos la vez anterior. Hay mucha animación en el pueblo y encontramos un sitio para aparcar sólo donde sale otro coche. Aprovechando la cercanía del mercado al aire libre, que es la causa de la mucha gente que se nota, vamos a dar una vuelta por él. Se parece a los que se celebran semanalmente en los pueblos españoles aunque con algunas diferencias. También hay puestos de ropa, de pretendida moda y de prendas de interior, de mercería, de ropa de casa, de ferretería, de flores. La mayoría son puestos que ofrecen frutas y verduras, y me parece que los precios son más económicos que los del super y probablemente la calidad sea también mejor, a juzgar por el aspecto. Hay puestos sólo de quesos, toda clase de ellos y de embutidos que tienen distinta apariencia a los que hay en nuestras charcuterías.
Preguntamos por la situación del castillo, para orientarnos, y nos dan una mala noticia, que hoy, martes, está cerrado como todos los museos y monumentos de Francia. Decepcionados, nos dirigimos sin embargo a pie hasta la puerta de entrada al Castillo y los jardines y lo constatamos por nosotros mismos. Entramos en Turismo para pedir información sobre los alrededores. Decidimos ir a los lagos que están a poca distancia pero en una latitud mucho más alta. La carretera asciende en un trazado algo peligroso, por la fuerte pendiente pero los que no conducimos podemos disfrutar de un bello paisaje. El pueblo de Bizille queda cada vez más abajo y las grandes montañas que lo rodean se nos van haciendo más cercanas.
Entramos por el camino que anuncia el lago situado más bajo y que Assela no conoce porque no está permitida la entrada de los perros. Hoy, día de diario de un otoño que podría ser frío y lluvioso pero que es lo contrario, no vemos ningún coche ni ninguna persona en sus orillas. Aparcamos correctamente en el solitario terreno habilitado para quedarse y nos damos una vuelta por su orilla. Un montón de patos negros con un triángulo blanco en la frente pescan tranquilamente en las aguas tranquilas y algunos se acercan a la orilla al sentir nuestras pisadas, en esa constante ansia por recibir de los humanos unas migajas de pan.
Seguimos hacia el segundo lago, muy cercano, pasando por un pequeño pueblecito en una zona que parece la Francia rural auténtica.
Decidimos volver a comer a casa porque nos da tiempo.

18 de noviembre, miércoles
Hoy también hacemos un paseo largo por la ciudad Rafael y yo. De nuevo recorrer el parque, lo que siempre es un verdadero gusto. Cada vez los árboles parecen diferentes y los tonos más bonitos. El gingo deja caer suavemente sus luminosas hojas amarillas como una lluvia cadenciosa y cromática. Hacemos el camino de siempre, calle Estrasburgo y la calle de la Farmacia porque buscamos la tienda de artesanía que vimos cerrada el lunes por la mañana. Pero ahí no la encontramos. Se me ocurre la idea de ir al mercado y verlo en su momento de actividad pero una vez en la plaza me he desorientado. Preguntamos a una señora que va con sus nietas. Claro, ya habíamos notado demasiados niños por las calles sin caer en la cuenta hasta ahora de que es miércoles, día en que en Francia no hay colegios ni institutos ni establecimientos de enseñanza primaria y media y la abuela se queda con las nietas mientras los padres, que no debían de ser de la enseñanza, están en el trabajo. Esta medida me desconcierta y me escandaliza. Imagino que primero empezó con la intención de ser un día dedicado a actividades extraescolares y ha acabado siendo un día de ocio para los profesores. Si algo así se propusiera en España la prensa echaría fuego y la opinión pública se flagelaría con la acusación de que somos el país más vago del mundo etc. Aquí veo que no pasa nada y ni siquiera es un rasgo de identidad nacional que ahora tanto pretenden definir. En fin, la realidad que tiene muchas caras.
La señora que nos da unas perfectas explicaciones en un francés claro y agradable de oir, es una mujer que ronda los sesenta o los ha pasado y que tiene esa elegancia tan frecuente en muchas señoras francesas, en su manera de vestir, de peinarse, de moverse, que llevan los años con dignidad no exenta de belleza. Ésta además, era muy guapa.
Seguimos sus indicaciones en una parte aunque nos desviamos en otra dirección en un momento dado y ¡oh casualidad¡ nos encontramos con la tienda que yo buscaba y que la ubicaba equivocadamente en otra calle. Entramos y compramos la figurita rústica de un chico tocando una trompeta. Nos gustó desde el escaparate y más aún al tenerla en las manos. La propietaria y vendedora es una joven de unos treinta y pocos que nos habla español cuando nos oye y resulta amable y comunicativa. Me permito decirle que tiene precios muy económicos y nos cuenta que ella misma viaja a los países lejanos a comprar la artesanía a un precio tal que le queda margen aún poniéndolos barato. Le pregunto de dónde es este grupo de músicos y nos dice que de Bali. La figura es de una madera muy blanda y no pesa nada aunque al verla da la impresión de ser sólida y pesada. Nos la envuelve y nos vamos encantados con ella. El último recuerdo de Grenoble. Como de la abundancia del corazón habla la boca, no puedo por menos de contarle que estamos allí en casa de una hija pero que se trasladan pronto a Méjico porque el marido, de esa nacionalidad, ha encontrado allí trabajo interesante. Luego pienso que no le importa nada pero… me rezuma la pena y tal vez encuentro alivio contándolo.
Vamos luego al mercado, que está al lado, y en efecto es un panorama digno de ver. En el exterior están los puestos de fruta y verdura que exponen sus productos armoniosamente colocados en las cajas. Entramos adentro, donde están los puestos fijos. Los hay de géneros distintos a los que encontramos en España. Los pates y los quesos predominan, los pollos, patos, y otras aves se presentan en preparaciones cuidadas y originales, muy diferentes a los puestos de por allí, los embutidos son distintos. Nos resulta muy curioso ir recorriendo los tres pasillos en que se organiza el mercado. Compramos un poco de paté de dos clases distintas y seguimos nuestro camino para pasar al super Casino a comprar algo más. La vuelta a casa siempre se hace por el parque, que no por conocido, deja de sorprender en algún aspecto, bien porque la luz del sol atraviesa una rama y ofrece una perspectiva nueva o por la presencia de un personaje original.
Las tardes son tranquilas en casa, trabajando cada uno en nuestra afición.


19 jueves.
Hoy Asse no va a trabajar y nos planificamos una mañana de excursión. La primera idea es ir a un pueblo donde se anuncia una abadía aunque no tenemos seguridad de que esté abierta al público. Pasamos por Voreppe y entramos en Voirans, un pequeño pueblo del que nos ha gustado una torre románica que hemos visto desde la carretera. Salimos en la desviación que indica y lo recorremos en coche. Pasamos delante de una iglesia barroca, de grandes dimensiones, que está cerrada. A un lado queda la plaza principal a la que da el edificio del Ayuntamiento, el más característico del entorno y buscamos la vía que nos acerque a la iglesia a la que corresponde la torre. La encontramos finalmente y, después de aparcar en un tranquilo parking casi vacío, subimos hacia la iglesia y la rodeamos hasta llegar a la puerta principal. Está actualmente en obras y la puerta cerrada y, a través del orificio de la cerradura y de alguna grieta de la vieja puerta de entrada, se distingue una bonita arquitectura románica y unas pinturas en el ábside que parecen estar en vías de recuperación.
A partir de este aquí nos replanteamos el plan del día y yo sugiero volver al pueblo de la Chartreuse donde vimos una iglesia con unas pinturas modernas que nos encantó y que no pudimos disfrutar el año pasado porque había un concierto programado en ella a punto de empezar. Les parece una buena idea y con el navegador funcionando nos introducimos por el macizo montañoso de la Chartreuse que atravesamos de lado a lado. Los paisajes son muy bonitos. A veces darían ganas de parar y hacer fotos, pues son estampas “de calendario”, según la vieja acepción de aquellos calendarios familiares que colgaban de todos los cuartos de estar en las familias medias españolas de los años sesenta. La carretera, estrecha y con curvas, no aconseja ni ofrece lugar apropiado para hacer una parada y, consecuentemente, recoger el espectáculo bello en una foto, así que hay que retener las vistas en la memoria.
Llegamos al pueblo de San Laurent, que ya conocimos el verano pasado, pero esta vez entramos a él por otra parte y lo primero que vemos es una gran iglesia con cierta semejanza a Notre Dame de Paris, salvando las distancias cronológicas. En efecto, es un neogótico y la iglesia, como no podía ser menos, se llama Notre Dame de la Chartreuse. Paramos el coche y entramos en la plaza que antecede al templo, muy cuidada, con el correspondiente monumento a los caídos en la segunda guerra mundial, adornado con macizos de flores preciosas de la época, crisantemos de distintos colores. La plaza está rodeada de grandes plátanos ya podados y a un lado y otro hay dos edificios similares que proporcionan una agradable simetría arquitectónica. Uno de ellos es un colegio infantil y a esta hora resuenan por el entorno el griterío de los alumnos que disfrutan de su recreo de media mañana.
Seguimos el camino hasta el pueblo que buscamos y en esta ocasión cogemos una carretera nueva respecto a la excursión del año pasado que lleva directamente allí. Pasamos por un sobrecogedor desfiladero, poco iluminado, denso de vegetación, con los altos acantilados rocosos a un lado y otro. El paisaje es muy bonito. No nos encontramos ni un coche, parece una zona abandonada. Finalmente llegamos al pequeño pueblo de Saint Hugues de Chartreuse. Hay unos cuantos coches aparcados pero no se ve un alma. La iglesia, que se anuncia como el Museo de arte sagrado contemporáneo, está abierta. En ese momento sale un matrimonio mayor. Entramos. No se ve a nadie, está vacía pero es luminosa porque el día está soleado y una impresión de arte en estado puro nos envuelve desde el umbral. Las pinturas han sido realizadas por el artista que se firma Arcabas, desde 1953 hasta 1985. Predominan el color rojo y el dorado que se desprende de los cuadros que cubren todos los muros y el ábside en tres franjas desiguales. La pintura es muy bonita, de estilo algo distinto pues su estilo ha cambiado lo largo de los treinta años. Se representan en los cuadros del nivel bajo, los que tenemos a la vista de los ojos, escenas del antiguo y nuevo testamento que reconocemos casi en su totalidad aunque no guardan entre sí una relación, sino que más bien parecen escogidos individualmente por el tema. Encima, en grandes tapices de fondo rojo, una representación de los diez mandamientos y encima del ábside en el mismo material y colores la escena de la última cena. La hilera superior está compuesta de cuadros de tema abstracto.
Los tres vamos despacio mirando uno a uno cada cuadro y admirándolos, en particular y en el conjunto. De una puerta lateral que se abre al principio del ábside salen unas voces y al pasar por ella distinguimos dos personas que hablan en su interior. Corresponde a la sacristía pero hace la función de tienda. Hay una mesa con libros sobre este museo y otros recuerdos. Ninguno sale y seguimos nuestro detallado recorrido. Puedo hacer fotografías sin flash, al menos no hay ninguna prohibición expresa que lo impida, pero no captan la belleza de los colores reales y sólo sirven de recuerdo. Además de las pinturas, son interesantes las vidrieras y las figuras del suelo, el tetramorfos, en la parte del ábside, resaltadas por clavos dorados incrustados en el pavimento y el adorno de las puertas de entrada.
Al salir de la iglesia es ya la hora pasada de la comida en Francia y nos dirigimos a un bonito restaurante que queda a la izquierda, al pie del monte, con un aspecto muy apetecible pero, como sucede cuando se hace turismo fuera de los días festivos, está cerrado. Nos dirigimos a otro situado frente a la iglesia, al otro lado de la carretera, y, al entrar, nos sorprende ver que tiene llenas casi todas las mesas, unas cuatro o cinco y la mitad de ellas están ocupadas por hombres que parecen trabajadores de la construcción aunque aparentemente no se notan obras en el pueblo. Lleva el bar y el restaurante, muy agradablemente adornado, con maderas pintadas y un friso todo a lo largo de los muros, una chica joven y dispuesta que se disculpa por no atendernos enseguida. Tomamos un menú de carne con patatas, más una ensalada y un postre de crema tostada que está muy bueno y los tres nos cuestan 50 euros. No está nada mal y yo diría que más barato que chez nous.
La vuelta la hacemos por otro camino, pasando por Le Sappey en Chartreuse, el pueblo donde estuvimos el verano pasado, que desciende en una pendiente muy pronunciada hasta La Tronche y de ahí a Grenoble. Recogemos a Carlos y vamos a casa.
Por la tarde, antes de que el sol se oculte, todavía damos un buen paseo por un camino que yo no conozco, a lo largo del río Drach, hacia la universidad, lleno de ciclistas, corredores y algún peatón tranquilo como nosotros.

20 de noviembre, viernes
Salimos pronto los cuatro en dirección a Lyon, con el coche cargado de maletas. Dejamos en el aeropuerto de Saint Exupery a Carlos que viaja a México y nosotros continuamos a la ciudad. El navegador nos conduce por la vía más corta que no es la más rápida, atravesando los pueblos de alrededor y los barrios populosos de la ciudad y parando en semáforos cada trecho.
Finalmente reconocemos el lugar y llegamos a la plaza Bellecour, el enorme espacio cuadrado y despejado en el corazón de Lyon, presidido por la monumental estatua de Luis XIV debajo de la cual están representados los dos ríos que recorren la ciudad, el Ródano y el Saona. Entramos al parking situado bajo la plaza donde dejamos el coche. Entramos en la oficina de Turismo que está situada allí mismo y nos dirigimos, pertrechados de plano y de algún otro folleto, hacia el viejo Lyon, la zona que no conocimos el año pasado. Entramos en la catedral de Saint Jean, la más antigua, y la visitamos a tiempo porque cuando salimos es la hora en que se cierran las puertas hasta tres horas después. Como todas estas catedrales está llena de riquezas artísticas, especialmente las vidrieras.
Una idea fija se me ha metido, subir a la basílica de Fourvieres, lo que hacemos en el funicular que funciona como el metro pero en vertical. Es un trayecto corto y nos deslumbra al salir de la estación la grandiosidad de la iglesia que se levanta poderosa, inmensa, luminosa. Atravesamos la calle para entrar en este monumento conmemorativo que levanta la ciudad en agradecimiento a la Virgen por haberles protegido en la guerra franco prusiana. Su interior tiene la magnificencia correspondiente al exterior, esculturas, mosaicos, pinturas, una arquitectura imponente.
Salimos par acercarnos a los jardines que la rodean desde donde se puede contemplar una bonita panorámica de la ciudad atravesada por los dos ríos. Después de un corto rato de pasear por allí me sucede algo que tendría que enmarcar en una dimensión que trasciende la realidad. Yo andaba curiosa intentando saber dónde estaba la casa primitiva de las religiosas de Jesús Maria, el colegio al que he ido de pequeña y a cuya congregación pertenecía mi tía Mª Antonia, persona muy querida para mí con la que tenía una completa relación, no sólo afectiva, que siempre duró a pesar de su temprana marcha al convento, sino también de aficiones y gustos. Pues bien, enfrente a la Basílica encontré un relieve que decía que allí estaba la iglesia donde reposaban los restos de la madre fundadora, actualmente canonizada, y la casa que fue el primer colegio. Y para mayor casualidad, la puerta se abrió para dejar salir a un grupo de colegialas de otra región que hacían una visita y yo me adelanté para pedir permiso para entrar, completamente emocionada por la casualidad que me había colocado allí mismo y por el recuerdo de mi tía. Me di a conocer y nos recibió una religiosa muy enterada que conocía bien a Mª Antonia. Entramos en la capilla donde está la tumba de la religiosa fundadora, lo que me provocó un sentimiento de emoción incontenible y casi inexplicable. Luego estuvimos los tres hablando un rato con la religiosa, que conocía a todas las personas por las que le pregunté.
Pero un dato que me impresionó vivamente fue enterarme, una vez en Madrid, que ese día era precisamente el aniversario de la muerte de la tía, fecha que yo no recordaba. Quiero pensar que se produjo una cierta comunicación inexplicable pero sentida entre mi tía y yo… La religiosa resultó ser la madre General de la Congregación, al menos lo fue hasta recientemente.
Volvimos a descender en el funicular para buscar un sitio donde comer, un pequeño restaurante que daba por un lado a la calle principal y por el otro a uno de los representativos patios interiores de esta parte de la ciudad. Luego recorrimos toda la calle, entrando en cuantos patios se anunciaban a lo largo de ella y asomándonos a plazas y escaparates y fijándonos en las viejas fachadas. Al final rehicimos el camino por la calle paralela, sin perder ningún detalle de este interesante barrio antiguo.
Tomamos luego una infusión en una cafetería de la plaza Bellecour, en el interior aunque las terrazas estaban llenas de gente que aprovechaba este cálido e inusual otoño.
La ida al aeropuerto la hicimos con tiempo, previendo, como así fue, el atasco de las afueras de la ciudad en un viernes por la tarde. No obstante llegamos con tiempo suficiente y el viaje de vuelta sin incidentes y puntual nos devolvió a la vida cotidiana en Madrid, cerrando así el paréntesis de una estancia, la última, en Grenoble, con la pena de la próxima marcha a México de Assela y Carlos.

viernes, 6 de noviembre de 2009

viaje a la Hansa Septiembre 09

LA HANSA.
(Crónica en prosa)

17 de septiembre al 26 del 2009

Salimos de Madrid a la hora anunciada y tras un cómodo y rápido vuelo, en el que la única novedad ha sido la pérdida de calidad del refrigerio que pasa la compañía chilena de LAN, más bien la caída en picado de la misma, pues se ha reducido a un pequeño bocadillo insípido y recién salido de la cabina frigorífica y a la bebida que cabe en un pequeño vaso de plástico, hemos llegado a Franckfurt y directamente, sin mayor dilación, pues los trámites obligados de recoger el equipaje han sido rápidos. Hemos entrado en el autobús que nos espera en el exterior y hemos conocido a Jose María Lax, un chófer profesional y amable que nos va a acompañar la mayor parte del recorrido. Cuando el autobús discurre ya por la autopista que nos conduce hacia el norte, vemos el peculiar perfil de la ciudad, el sky line que permite calificarla de una moderna ciudad, con rascacielos originales y de bonita línea. Esta condición de ciudad de arquitectura moderna lleva a que, en lugar de llamarla Franckfurt am Main, como tantas otras ciudades alemanas que llevan como segunda denominación el nombre del río que transcurre por ella, en este caso el Meno, si lo nombramos en español, se la llame irónicamente, Franckfurt “mainhattan, por cierta similitud con el corazón de Nueva York.
La distancia que nos separa del lugar donde vamos a pasar la noche son tan solo ciento treinta kilómetros y el sitio es un pequeño pueblo, Kirchheim de nombre, con un gran hotel que, como su nombre indica, está al lado de un lago. Es el See Park Kirchheim que encontramos tras algún kilómetro de vacilación y recelo en la noche ya cerrada. Tiene muy buen aspecto lo que se comprueba en la realidad cuando vemos las habitaciones y sobre todo el magnífico buffet que nos ofrecen para cenar, que aún nos produce mejor impresión por el entorno del comedor. Es un lugar acogedor, como suelen tener los alemanes sus lugares públicos de comidas, que tiene forma de un gran tonel, con techo de madera que hace la curva propia de semejante recipiente, y revestimientos así mismo de madera en todos sus muros en los que abundan los adornos. Por la mañana, a la luz del día veremos que aún hay un comedor anexo en la parte de afuera, con una terraza acristalada, y con vistas al lago, sobre el que está casi colgado, pero que está reservado a otro tipo de clientes.
Al día siguiente, 18 de septiembre, viernes, se confirma la buena impresión cuando se puede ver el lago, no muy grande y rodeado de espléndida vegetación, como encontraremos por doquier en este país, en contraste con nuestros paisajes esteparios. Ya es el momento de abrir las cámaras de fotos para llevarse la vista del lago, de sus orillas, del propio hotel y hasta de un curioso tren, instalado allí cerca y decorado con infantiles adornos en sus ventanas que luego sabemos es una original guardería para los niños del pueblo.



El autobús emprende la subida hacia el norte. Pasamos por el estado de Hesse. Al flanquear la ciudad de Kassel distinguimos una gran estatua de Hércules que domina la colina. De aquí era Felipe de Hesse, el príncipe renacentista del siglo XVI que terminó con los anabaptistas y apoyó a Lutero y a la extensión de su doctrina junto a Federico de Sajonia. Como quería separarse de su primera mujer, logró que la Reforma aprobara la poligamia. Está esculpido entre otras figuras en el monumento dedicado a Lutero que ya conocimos en la ciudad de Worms.
Los romanos con Cesar habían llegado al río Rhin, marcando la frontera con el pueblo germánico que conocemos como “limes” (palabra latina que significa precisamente frontera) de la que aún quedan abundantes muestras. Augusto, su sucesor y primer emperador intenta extender esta frontera hasta el otro gran río al norte de la actual Alemania, el Elba y se lo encarga a Publio Quintilio Varo que junto con tres legiones entra en el territorio germano. Cerca del bosque de Teotoburgo, en el año nueve de nuestra era, Varo es derrotado y muerto en la batalla en que se enfrenta a los germanos, supuestamente en una emboscada tras ordenar imprudentemente que se adentraran en el bosque. Con esta derrota se acabó la aventura expansionista romana por esta parte aunque Trajano, un siglo después, penetrará en la Dacia y la dominará.
Cuando reina Carlomagno y se nombra sucesor del imperio romano, al que añade el título de germánico, éste intenta de nuevo extender sus dominios hasta el Elba. Él será el fundador de la ciudad de Hamburgo, con la intención que pronto verá frustrada de unir el espíritu romano con el germánico. Fracasa en la fundación de esta ciudad. Por el norte imponían su imperio los normandos o wikingos que sembraban destrucción y desolación. El obispo que había dejado en la recién fundada ciudad de Hamburgo, Ansgar, huye y se refugia en Bremen. Carlomagno pretende que los sajones acepten el cristianismo. Cuando logra vencerles reparte a su población por todo el imperio, de cuyo hecho quedan restos en la toponimia de toda Alemania que repite en varios estados el nombre de Sajonia. No consolida el intento de llevar la frontera al Elba pero queda como fruto de este intento la fundación de monasterios o diócesis por la zona que van a jugar un importante papel en la historia posterior europea.
Hildesheim es una de estas fundaciones de Carlomagno que no llegó a consolidarse hasta la época de su hijo Ludovico Pio. Sus planes consistían en apoyarse en la iglesia para la cristianización y anexión de territorios, lo que culminaba en el poder político de los obispos. Los monasterios contribuyen a asentar la población y a consolidar la cultura y la civilización.
A principio del siglo X, Enrique el Pajarero, rey sajón, es nombrado también rey de los Germanos y consolida el reino venciendo a los maggiares. Es considerado el primer rey de Germania aunque será su hijo Otón I el que logre la victoria definitiva y la cristianización de los húngaros y el que logra el título de emperador del sacro imperio germánico. Funda Magdeburgo que será la plataforma que le permita la expansión al Este. Desde ahí sale el catolicismo y por eso Polonia es católica
Hacemos una parada en un establecimiento de una cadena de restaurantes que abundan por las autopistas alemanas. Está situada en la región de Harz, en el centro de tres estados: la Baja Sajonia, Turingia y Sajonia Anhalt. Es una zona boscosa y montañosa, acompañada de un halo de misterio, cuevas, formaciones rocosas etc, sede de brujas, hadas y otros personajes de leyenda que han atraído desde a los hermanos Grimm hasta literatos de la categoría de Heine, o Goethe, que menciona uno de sus montes en su obra Fausto. Es una zona pobre y dura, que viven de las minas y de la resina. Aquí la revolución anabaptista cuajó enseguida. La zona está más retrasada que otras en cuanto a vías de comunicación, por la dificultad que ofrece para trazarlas. Por ej. el tren ave Munich Berlín está experimentando muchas dificultades para atravesar la zona. Por aquí también estaba la línea divisoria de las dos Alemanias. Ha sido, por tanto, una zona pobre y abandonada que ahora pretende atraer al turismo, aprovechando su ausencia de industria pero carece de otras condiciones para ello.

HILDESHEIM
Llegamos a HILDESHEIM, en la Baja Sajonia, ciudad que actualmente es patrimonio de la Humanidad en dos de sus monumentos, la iglesia de San Miguel y la catedral y es también sede de obispado. Fue destruida en la guerra mundial última por los bombardeos de los ingleses ordenados por Churchil en los últimos días (22 marzo de 1945), -al igual que ocurrió en Dresde donde murieron 35000 personas-, para humillación final de los alemanes. Tal vez la causa estaba en querer amedrentar al ejército rojo, que espera y que, tras la victoria americana en las Ardenas, da a sus tropas la señal para avanzar desde el Este al Oeste. Así los británicos mostraban su poderío, según teoría de algún reciente historiador.
Tras buscar el parking de autobuses, que es nuestra primera tarea al llegar a cualquier nueva ciudad, caminamos hasta encontrar la histórica y bien reconstruida Plaza del Mercado, que produce una extraordinaria impresión y te hace remontar en la imaginación a un escenario de siglos pasados. El día es soleado y luminoso y las fachadas, policromadas y llenas de relieves y pinturas, destacan y gustan de manera especial. Es un espacio cuadrangular, despejado, y en ella no hay ningún edificio que desentone. Todos son bonitos. En el lado Este se encuentra el Ayuntamiento, comenzado a finales del siglo XIII, rematado en un frontispicio de escalera, -Giebel, palabra que vamos a repetir una y otra vez por las muchas casas rematadas de esta forma- . Delante de él y casi en el medio de la plaza hay una graciosa fuente cuyo original era del siglo XVI.
En el lado oeste, realzado por un brillante sol que lo hace aún más espectacular, está el inmueble más sobresaliente por su decoración y uno de los más bellos vistos en nuestros viajes, es la antigua sede del gremio de Carniceros, la Knöchenhauer, de estilo gótico con adornos de época renacentista, relieves y pinturas de vivos colores. En la parte de arriba se alberga el Museo de la Ciudad. A su lado otra casa de menor tamaño es el antiguo gremio de los Panaderos. En la plaza hay terrazas que ya están llenas de gentes, que incluso se protegen del sol bajo las abiertas sombrillas. En la zona norte hay otros dos decorados edificios, uno de los cuales alberga la oficina de Turismo, donde nos podemos proveer de planos y folletos sobre la ciudad. También fueron sedes de antiguos gremios.
Después de las sesiones de fotos, las atentas miradas a los edificios para no perder ningún detalle, seguimos nuestra ruta que nos conduce a la iglesia de San Michaelis, románica de principios del siglo XI, en época de los reyes Otones. La encontramos por fuera llena de andamios y lonas que cubren sus muros y por dentro, donde también siguen las reformas y pinturas, una iglesia un tanto fría y demasiado pintada. Lo mejor es el techo plano de su interior, que data del siglo XIII, pintado con vivos colores que representa el árbol de Jesé, (el padre del rey David), esto es, la genealogía de Jesús, tema representado con frecuencia a lo largo de la Edad Media. En el primer cuadro central están representados Adán y Eva. En el siguiente cuadro aparece Jesé, le sigue David, Salomón, Hisquia, Josía, y María. Lo cierra la imagen de un Cristo Pantócrator, en majestad. A los lados, en dos filas más pequeñas enmarcando los casetones centrales, están representados personajes de la Biblia, como profetas y demás nombres del Antiguo Testamento. El templo consta de tres naves, separadas entre sí por arcos de medio punto cuyos bordes están pintados de rojo y blanco, a modo del interior de la mezquita de Córdoba, y está toda pintada en estos colores. Tiene dos ábsides, el de los pies de la nave está levantado sobre el nivel para dejar espacio a una cripta donde está el sepulcro románico y también policromado del obispo Bernward, el fundador de la iglesia, muerto en 1022 que fue canonizado posteriormente. Su escultura yacente le muestra con la iglesia en una mano, el báculo en la otra y a los pies dos leones.
Salimos de San Miguel y nos dirigimos hacia la catedral por calles del centro de la ciudad, mirando las casas con bellos miradores, las más de ellas reconstruidas aunque también se reconocen otras de antigüedad y solera. La más sorprendente de ella es la renacentista Casa de los Emperadores, un capricho de un rico comerciante admirador de los grandes personajes de la historia al que tal vez le habría gustado pertenecer a tan selecta élite. Como contrapartida les ha homenajeado incorporándolos a la decoración de su casa, compuesta de un mirador, un muro en el que están esculpidos cuatro de estas grandes figuras de un cuerpo entero y un friso bajo donde, en forma de monedas, se reflejan las efigies de otros muchos.
En la fachada de esta casa hay una lápida que contiene la siguiente leyenda:
"Erigido entre comienzos y mitad del siglo XIV, este edificio de piedra fue residencia de varios concejales y desde finales del XV y durante 300 años de la familia de alcaldes más importante de Harlessem. El escudo de armas y las iniciales de esta familia adornan el arco gótico de la entrada principal.
Se denomina por el vulgo erróneamente "casa-templo". Se cree que aquí hubo un templo de la comunidad judía, que durante la edad media residía en la calle limítrofe.
El mirador renacentista de 1591, ricamente adornado, se salvó de la destrucción durante la 2ª guerra mundial por que la desmontaron. La fábrica de los hermanos Gerstenberg la recompuso sobre la fachada pétrea que se mantuvo en pie.
En el antepecho del primer piso del mirador está representada la escena bíblica del hijo pródigo".
Enfrente hay otra bonita casa de un mirador con estatuas en las pilastras que separan los ventanales y frisos con vivos colores pintados.
El recorrido nos lleva ahora frente a la iglesia de San Andrés, la parroquia de los burgueses de la ciudad, de cuya torre se dice que es la más alta de la Baja Sajonia pero intuyo que esta presunción la ostentan otras iglesias de otras ciudades. Esta alta torre, oscurecida por la pátina del tiempo, sobresale por encima del caserío. Vemos el exterior de la iglesia, de estilo gótico, con puertas y ventanas en dos pisos, terminadas en arcos apuntados, chaparros arbotantes que unen las naves laterales con la central, con un chapitel de color verde, como tantas otras iglesias de estas zonas lluviosas. En un espacio rectangular, despejado, al lado de sus muros se encuentra un monumento de hierro labrado de moderna facción rematado en una cruz. Su interior es el previsible en una iglesia gótica, de piedra blanca que le proporciona luminosidad.
Seguimos hasta la zona de la catedral. Frente a ella un gran inmueble alberga el Museo Römer Pelizeaus que contiene una de las mejores colecciones de arte egipcio de Alemania. La catedral está dedicada, como otras muchas, tanto de culto católico como ésta, como las de culto protestante, a Santa María. En la colina donde se alza se construyó en tiempos de Ludovico Pio, siglo IX, una iglesia en honor de la Virgen, que fue el origen de la actual catedral y que lleva consigo unida una leyenda. El rey y su séquito transportaban unas reliquias de la Virgen María en su camino desde el Elba. Cansado del viaje, se sentó a la sombra de un árbol encima de una colina aunque, al partir de nuevo, se olvidaron de coger las reliquias. Cuando se dieron cuenta, el capellán ordenó que volvieran a ver si aún estaban en el lugar, lo que así sucedió pero se encontró con la sorpresa de que no se podían mover de donde estaban, en la rama de un árbol por lo que se interpretó como un deseo de la Virgen de que se erigiera allí un templo en su honor. El árbol de la leyenda se identificó después con un rosal milenario que todavía se exhibe en el claustro de la catedral como un objeto de veneración relacionado con los orígenes de la iglesia y de la ciudad.
Iniciamos la visita entrando al precioso claustro románico donde se encuentra el famoso rosal objeto de la leyenda de la construcción de la catedral. En este momento del inicio del otoño no tiene flores y su aspecto no da pie a imaginarlo milenario, como quiere la leyenda. Es más, habría pasado desapercibido de no ser por la publicidad que recibe. Dicen que después de los bombardeos de 1945, el rosal retoñó inesperadamente. En cambio disfrutamos del encanto del recoleto lugar, tranquilo, armónico, con césped interrumpido por tumbas a pie de tierra adornadas con macizos de flores, con árboles en los extremos del cuadrado que forma el claustro y arbustos floridos. Tiene dos pisos y se cubre con moderno pero decorativo tejado de color rojo que no desentona. En tres de los cuatro lados el sobrio pasillo de estilo románico que abre al jardín. El centro del patio lo ocupa la capilla de Santa Ana, de principios del siglo XIV.
Después entramos al interior del templo. Los dos elementos artísticos de más valor son una puerta de bronce del siglo XI y la columna de Cristo, del mismo material, encargadas por el obispo Bernward. La puerta está hecha a imitación de la más antigua conocida en la cristiandad, la de la Basílica de Santa Sabina de Roma que data del siglo V y se cree original. En uno de los lados se representan escenas del antiguo testamento y en el otro del nuevo con una ingenuidad y encanto que la hacen una pieza digna de conocer. La columna procede de la iglesia de San Miguel y es también una imitación en su técnica, salvando las distancias, de la columna trajana. En ella las escenas se suceden en espiral y está rematada por un capitel del mismo material.
Dentro de la iglesia se ven imágenes góticas de la Virgen con el niño, de una Piedad, con el cuerpo muerto del hijo en su regazo, tan frecuentes por toda Alemania y tan bonitas. Vemos también una pila bautismal de bronce labrado.
La catedral en su forma tiene una original estructura, con un campanario rectangular y dos pisos de ventanas de estilo románico. Las lisas cubiertas de color verde le dan una característica propia que la hace única. Las capillas laterales de techo triangular destacan en los flancos. El ábside queda claramente marcado en la cabecera de la iglesia. Ofrece una variación de estilos arquitectónicos, románico, gótico renacimiento en el cimborrio central.

Tras una pausa en la hora de la comida, da tiempo de seguir paseando por el centro de la ciudad y de descubrir, cada uno por su lado, detalles o ambientes que nos permiten conocerla más a fondo. Nos topamos con un Konditorei en el interior de una vivienda decorada profusamente con antigüedades, piezas de artesanía, cuadros, cerámicas, y todo tipo de objetos en general bonitos en todas las habitaciones de la casa, habilitadas como bar, incluido un pequeño patio interior que resulta muy agradable.
Cerca del lugar de encuentro del grupo para ir juntos al autobús vemos una escultura que representa a un hombre con una bolsa de manzanas al que un gnomo se le ha subido en la espalda y le hace encorvarse por el peso. El escultor Roeder inmortalizó una leyenda local según la cual esto fue lo que le pasó a un ladrón que se llevó unas manzanas y que se vio hostigado por el gnomo que le susurra en el oído lo vergonzoso de su acción. El monumento se llama “Huckup”, el nombre del gnomo.

Seguimos viaje subiendo más hacia el norte, a la meta de nuestro programa, la Hansa cuyas tres principales ciudades alemanas, Hamburgo, Bremen y Lübeck presidían la liga de ciudades unidas por sus actividades comerciales que se extendían por el norte de Europa. El mar Báltico y el mar del Norte eran las vías de la expansión de sus productos. El paisaje por esta zona norte es totalmente plano, es tierra de aluvión y por tanto carece de piedra. Esto va a repercutir en las construcciones que son de ladrillo en su mayoría.

HAMBURGO

Hacia media tarde llegamos a HAMBURGO, el segundo mayor puerto de Europa después de Rotterdan y esto porque no admite petroleros. Es un escenario impresionante sobre todo pensando que es un puerto a ciento veinte kilómetros de la costa en el mar del Norte. Cuesta su tiempo entrar en la ciudad. Desde muy pronto el río Elba, aquí un verdadero mar, ofrece en sus orillas las muestras de la tremenda actividad de este puerto: grúas, maquinarias, almacenes y millones de contenedores, muchos de ellos procedentes de China, según consta escrito en ellos. Un paso subterráneo que nos acerca al centro tiene la particularidad de que está proyectado bajo el mar. Al salir de él se vislumbra otra de las grandes obras arquitectónicas de esta activa ciudad, un larguísimo puente colgante, el Köhlbrandbrücke, que cruza uno de los brazos del río Elba, construido en 1975. Nos dirigimos, auxiliados por el navegador del autobús, directamente hacia el enorme Puerto, la zona de los muelles porque ya tenemos una cita para una primera toma de contacto con la ciudad desde el mar.
Aquí están los muelles y la zona de embarque y desembarque, Landungsbrücken, en el barrio de St. Pauli. El edificio central, con dos cúpulas en medio y torres a los lados, hecho de piedra arenisca, fue construido a principios del siglo XX. Desde aquí salían los grandes barcos llenos de emigrantes, -desde aquí zarpó el famoso barco que dio lugar a la película Éxodo- y ahora lo siguen haciendo así como los barcos que ofrecen un recorrido turístico por la zona. En el muelle número diez, en este gran espacio lleno de movimiento y vida, nos embarcamos en un pequeño barco que espera nuestra llegada, al lado de otros mayores y más lujosos que ocupan su espacio en sus amarres correspondientes pero que no son el contratado por nuestro jefe. Lo llenamos los miembros del grupo y pronto el barco se pone en marcha con cierta brusquedad, al menos se mueve mucho en el primer momento en este río-mar. El paseo de una hora resulta una estupenda experiencia. Nos alejamos de la costa lo suficiente para distinguir el perfil del centro de la ciudad, el edificio del puerto, las casas del entorno, antiguas y modernas, el monumento dedicado a Bismarck en el centro de una zona verde. Pronto emergen también las torres de las iglesias y la del Ayuntamiento que caracterizan la fisonomía de Hamburgo, y el barco empieza a introducirse en canales, a pasar por debajo de puentes, distintos entre sí, pues se puede elegir entre los 2500 que hay en la ciudad. Hay que mirar a un lado y otro porque todo es interesante y nuevo. Entramos en una exclusa y vemos cómo se cierran y abren sucesivamente las puertas, que salva la diferencia de nivel del río Alster frente al Elba. Entramos por primera vez en contacto con la Speicherstadt, la zona donde se construyeron los grandes almacenes complemento de la actividad comercial del cuerpo. Pasamos por los enormes astilleros y nos choca ver los grandes barcos reparándose en el dique seco que, sin embargo, se abre directamente al mar. Vemos los nuevos edificios que se están construyendo todavía en una zona de expansión de la ciudad. La tarde va cayendo y el sol inicia su retirada, volviéndose más rojo y tiñendo el cielo de este mismo color que se transforma adquiriendo tonos violetas a medida que la oscuridad se impone y que tiene la propiedad de embellecer las viejas máquinas y grúas, que al recortarse en el horizonte adquieren vistosidad y nueva prestancia.
Una vez terminado el recorrido en barco, nos desplazamos hasta los jardines Planten und Blomen, al pie de la torre de la televisión, donde se va a desarrollar un espectáculo de luz y sonido en el estanque central. El parque merecería una visita a la luz del día porque incluso a la débil luz de las farolas se adivinan en la noche los macizos de flores a orillas de pequeños riachuelos y al pie de frondosos árboles. La música es en esta quincena la americana más pegadiza, Gershwin y otros conocidos sones.
Todavía queda algo que hacer antes de retirarnos al hotel y es encontrar algún establecimiento abierto que nos ofrezcan algo para comer. Y no puede ser otro que el barrio de San Pauli y concretamente la calle Reeperbahn, la calle donde la vida comienza al caer el sol, llena de lugares de espectáculos, de restaurantes, bares y algún antro, y que contiene en una manzana próxima la conocida como zona roja. Nos buscamos cada uno el local o nos distribuimos el tiempo hasta dirigirnos en el autobús al hotel que está a cierta distancia del metro, al menos yendo en vehículo porque en metro, sin embargo, son seis estaciones.
El hotel es el Panorama Inn, un moderno y convencional edificio de muchas alturas.

19 SÁBADO
Utilizando el metro llegamos a la Hauptbahnhof, un edificio grande y fundamental para la ciudad, construido a principios del siglo XIX, centro de vida y actividad. Nos adentramos por la zona peatonal y tomamos la calle Mönckebergstrasse, llena de tiendas y grandes almacenes. Torcemos a mano derecha y pasamos por el Thalía Theater, uno de los muchos que posee la ciudad donde se practica mucha vida cultural. Llegamos al Binnenalster. El Alster es un río pequeño, que desemboca en el Elba, y en cuyo cauce se han formado dos lagos, originariamente eran presa con el objeto de que sus aguas movieran los molinos de sus orillas. Están separados por la antigua muralla y por dos importantes puentes, el moderno Kennedybrücke y el Lombardsbrücke del año 1868. El primero da al más grande de los dos lagos, el Aussenalster y el segundo es el que divisamos a lo lejos cuando nos acercamos a las orillas de Binnenalster y en este día soleado contemplamos un bonito panorama. El geiser que surge del centro del lago logra crear un arco iris en el espacio. Cerca de donde nos encontramos pasa una piragua que seguramente está entrenando para una carrera o competición. Hay barcos de recreo en sus orillas, y varios embarcaderos desde donde otros barcos ofrecen la posibilidad de dar una vuelta por ambos lagos. También los hay que ya la están dando, llenos de turistas que nunca faltan en Hamburgo y menos en un fin de semana tan soleado. Cisnes y patos se acercan a las orillas donde vislumbran gente siempre a la espera de que les puedan arrojar algún alimento que se disputan con fiereza entre ellos.
El lago se convierte en canal al aproximarnos a la plaza del Ayuntamiento, al que dan una serie de elegantes edificios entre los que destaca el hotel cuatro Estaciones, pintado en blanco luminoso que contrasta con el tejado de color verde. Todos ellos reposan sobre arcadas lo que da el nombre de Alsterarkaden a la zona. Al pie de ella hay terrazas de cafés desde donde se debe de contemplar una bella vista de este entorno monumental.
A su lado se abre el magnífico espacio que corresponde a la plaza del Ayuntamiento en el que sobresale el fastuoso edificio que alberga el Consistorio, es también sede del Senado y del Parlamento de la ciudad estado que es Hamburgo. Fue construido después de 1842, fecha en que un terrible incendio destruyó la mitad de la ciudad y entre otros valiosos inmuebles también el antiguo Ayuntamiento. En esta zona pantanosa había quedado libre el terreno que ocupaba un antiguo convento y se edificó, a lo largo de 11 años, esta nueva sede sobre unos cimientos que consisten en 4000 troncos de roble, cuya madera ya está petrificada y constituye el más sólido baluarte. Su estructura es simétrica, una alta torre de 112 metros de altura en el centro, en la que se abre la puerta principal y dos alas a cada lado rematadas en sus extremos en un frontispicio triangular que coronan sendas estatuas. Los tejados de vivo color verde contrastan con el tono cálido de los muros tan ornados, con sillares en la planta baja, balcones y ventanas de diferentes tamaños, entre las que están intercaladas estatuas, tímpanos en las ventanas de la planta principal, pilastras adosadas, escudos de las ciudades hanseáticas en ellos, formando todo un programa iconográfico. Hay también un decorativo reloj en el centro de la torre y otros múltiples adornos. Su interior que no fue destruido durante la guerra es de una gran magnificencia pero no entramos. Habrá que dejarlo para otra ocasión.
El esplendor del edificio corresponde al concepto urbano inherente a las gentes e instituciones de la región. Se sentían sobre todo ciudadanos y sus aportaciones iban para el edificio que les representaba. La ciudad fue fundada por Carlomagno en el siglo IX. En el siglo siguiente se convierte en la sede de los duques de Sajonia. En el siglo XII Federico Barbarroja otorga privilegios y fueros a la ciudad que contribuyen a su desarrollo posterior.
En el espacio que forma la plaza, amplio y despejado, -aunque no este sábado víspera de elecciones en el Estado en que está tomada por los ciudadanos con aires festivos-, dos grandes columnas sostienen en lo más alto un pequeño barco dorado, símbolo de la principal actividad comercial de la ciudad. En su base una peana de bronce labrado con figuras y escenas alegóricas. En un extremo de la plaza una escultura moderna de bronce recuerda al poeta judío Heinrich Heine. En el otro lado hay una maqueta de la ciudad en bronce, detalle que se encuentra en casi todas las ciudades de Alemania y que permite hacerse una idea global de la ubicación de los monumentos antiguos más importantes en el conjunto del caserío.
En lugar de seguir el circuito de la zona contigua cogemos el metro que nos va a acercar a la zona de la iglesia de San Michaelis. Los metros en las ciudades alemanas no siempre son subterráneos, sino que salen al exterior discurriendo por puentes alzados sobre las casas, como por ejemplo en Berlín, y ofrecen por ello, unas interesantes panorámicas. En este caso divisamos ya la característica torre de la iglesia, al otro lado las instalaciones portuarias, la chaparra construcción redonda de ladrillo, resto de antiguas fortificaciones e incluso la llegada del metro en dirección contraria a la que traíamos nosotros y que marca el pulso cotidiano de la ciudad. Pasamos por una zona de edificios modernos, uno de los cuales es la sede de una editorial. Hamburgo es la sede por excelencia de los medios de comunicación. Se editan 40 periódicos y semanarios, (Bild, die Zeit etc) uno de ellos con una tirada de más de cuatro millones, 200 publicaciones quincenales. En ella se encuentran las editoriales más grandes de Europa, hay seis cadenas de televisión, cifras que hablan de una actividad extraordinaria en este terreno. En una plaza dentro de la estructura de los modernos edificios hay una estatua del dios Hermes-Mercurio, con sus atributos, gorro con alas, alas también en el ligero calzado y el caduceo en la mano, bien ubicada pues era el dios de los comerciantes y generalmente lleva la bolsa de dinero en una mano. Una pagana devoción se le debe en Hamburgo a este dios sagaz y astuto.
Entramos primero en un pequeño callejón, disimulado entre las fachadas de la calle, que vulgarmente se conoce como “el callejón de las viudas”. Su nombre es Krameramtswohnungen, y pertenece a la zona donde se levantaban las antiguas viviendas oficiales de los comerciantes hamburgueses que traficaban con productos de ultramar. Posteriormente se asignaron a las viudas de estos tenderos, que, como ha venido siendo tradicional, morían ellos antes que ellas. Es un angosto corredor flanqueado de pequeñas casas tradicionales y nos aportan un testimonio veraz de cómo era la arquitectura tradicional del siglo XVII. Actualmente se encuentran en él tiendas de arte o recuerdos y algún café o taberna.
La cercana iglesia de San Miguel tiene una alta torre (132 ms) de ladrillo rojo, como el resto de la edificación aunque más oscuro, terminada en un templete neoclásico de cúpula rematada por alta aguja y sustentada por columnas de orden jónico, debajo de la cual hay un gran reloj resaltado por el color dorado de su esfera y agujas, que se dice es el más grande de Alemania. Es uno de los monumentos más característicos de la ciudad y los navegantes la distinguen enseguida desde el río Elba porque se ve desde lejos. La iglesia tiene su origen en una pequeña capilla dedicada al santo que fue ampliándose en los siglos XVII y XVIII. Teníamos el propósito de escuchar en su interior la música de sus órganos que todos los días, a la hora del ángelus, suenan en el barroco escenario del templo protestante pero están en obras y ahora se lleva a cabo en la cripta, lo cual no ofrece el interés suficiente como para quedarnos.
En la fachada principal una gran estatua de San Miguel venciendo al maligno preside la entrada. Es de bronce que ya ha adquirido el tinte verde característico. El arcángel con las alas desplegadas, empuña la espada que va a reducir al horrible personaje que yace a sus pies. Al otro lado de la torre hay otra enorme estatua que parece contemplar el paisaje desde su pedestal. Es Lutero, el reformador.
Seguimos hacia la calle Peterstrasse donde se han reconstruido un conjunto de casas con el característico estilo hanseático, de ladrillo rojo, con los giebel típicos, frontones triangulares y diversamente adornados, con ventanas de pequeños cristales que tenían la razón de ser simplemente en el ahorro que suponía cambiar uno solamente en lugar de toda la superficie del vano y que hoy han adquirido un sitio predominante en la estética y el gusto del urbanismo. Uno de los patios interiores, llenos de encanto, con flores y fuentes, es un remanso de paz en esta populosa ciudad.
Callejeando llegamos a una pequeña plaza a la que da una iglesia de moderna factura que se levanta donde estuvo la antigua. Está dedicada a Saint Ansgar, (801-865) el primer arzobispo hamburgués que luego se trasladó a Bremen pero del que quedan en esta ciudad numerosos testimonios en forma de esculturas e imágenes. Fue el que trajo a estas tierras la reforma de la iglesia impulsada por San Bonifacio, apóstol de Alemania, y él recibe el sobrenombre de “apóstol del norte” porque cristianizó Sajonia, tarea emprendida por Carlomagno y seguida por su hijo Ludovico. Una lápida en la iglesia da cuenta que en ese lugar existía una iglesia evangélica conocida como la “Pequeña iglesia de San Miguel”. Que en 1811 fue convertida en parroquia católica por orden de la prefectura francesa y en 1825 consagrada a San Ansgar, nombre que responde a Oscar. Destrozada en la guerra, fue levantada de nuevo en 1953
Precisamente se encuentra frente a la iglesia una escultura de Carlomagno de buen tamaño en la que aparece con los atributos característicos: corona en la cabeza, una torre en una mano, la espada en la otra que en este caso ha desaparecido, paso hacia adelante y apostura regia. Está rodeado de setos que aún conservan flores.
Pasamos ahora por la Brudesstrasse, una calle no muy larga que forma una curva, con homogéneas casas blancas. En una de ellas vivía la mujer que descubrió accidentalmente la feliz combinación de la salchicha con el curry. Una novela con el título de Curry Würst recoge esta tradición que debió de suponerle a su inventora pingües beneficios económicos ya que el resultado gastronómico se ha extendido por el mundo entero.
Llegamos ya a la zona céntrica de edificios de oficinas y restaurantes dando a los canales. En sus orillas se encuentran agradables terrazas que en la mañana de hoy están llenas de gente que come o saborea ya un rico kuchen con el café. Los edificios son armoniosos, predominando el ladrillo típico de la zona y grandes ventanales para recoger la luz. Hemos pasado por una galería comercial, de techo acristalado, una de las muchas y bonitas que hay en la ciudad, pensadas para resguardarse de la lluvia y que se han convertido hoy en un reclamo turístico más.
Entramos en el patio interior del Ayuntamiento donde sigue la rica ornamentación, acentuada por la magnífica fuente instalada en el centro, con muchas estatuas del bronce característico que tanto encontramos, que han adquirido ya el tono verde de la pátina del tiempo. Está presidida por una figura alegórica que representa la “Hygieia”, la diosa de la Salud, de 1895. El patio está cerrado por el otro lado por el edificio de la Cámara de Comercio al que sigue el de la Bolsa.
La parada obligada para comer que en este caso es comida comunitaria, la hacemos en una cervecería bávara en un bonito restaurante a la orilla del canal, la Brauhaus John Albrecht.
Nos dirigimos luego al puerto que ya conocimos la víspera porque, en otro de sus muelles, vamos a coger un barco. En esta ocasión es una línea de transporte regular de la ciudad solo que marítimo. Concretamente la línea 62 que en esta tarde de tan buen tiempo se llena de gente y no todos con un destino concreto, seguramente, sino que, como nosotros, aprovechan su bono de transportes para darse un paseo por el Elba disfrutando de sus vistas. Acomodados en la proa, con la amplia visión a un lado y otro, vamos reconociendo edificios, como las torres, el Hotel Hafen Hamburg, el Mercado del pescado y viendo otros nuevos y reconociendo las grúas y astilleros que vimos ayer y que hoy adquieren una nueva perspectiva en estas horas luminosas del día. En los márgenes del Elba distinguimos alguna zona de playa que está llena de gente más bien tomando el sol en seco que bañándose en estas aguas marrones del río.
Cuando al cabo de una hora desembarcamos en el lugar de origen queda todavía mucha tarde para seguir el recorrido de la ciudad por la otra parte. Nos encaminamos hacia la Speicherstadt, zona hoy tan asociada y representativa de la ciudad de Hamburgo. Está compuesta por grandes edificios de ladrillo rojo, construidos a finales del siglo XIX o principios del XX para servir de almacenes o silos de los productos que entraban por el puerto y que de aquí se distribuían a los distintos lugares de Europa, especialmente alfombras, café y té. Se podía acceder a ellos tanto por tierra como por los canales donde estaban parados los barcos y desde los cuales, con un sistema de poleas, se introducían las mercancías en el interior. Hoy muchos de ellos han sido reconvertidos en oficinas, algunos destruidos aunque las nuevas edificaciones conservan el estilo de las antiguas, en su altura y su forma y en el material, de ladrillo rojo.
Aquí la colonia musulmana era muy importante, tenían, y tienen, una mezquita. El imán de Hamburgo apoyó la vuelta de Jomeini a Irán. En otro tiempo esta zona era franca y poseía una frontera. Había que entrar con pasaporte y se cerraba las puertas. Todavía pueden verse las barreras frente al puente. En 2003 perdió sus derechos y se anularon fronteras para pasar a ser un barrio de la ciudad. El nombre del Canal que separa la vieja ciudad de esta parte se llama, como recuerdo Zollkanal, “canal de la aduana”. En el puente que comunicaba las dos zonas hay dos estatuas de personajes relacionados con la historia, una es la de Saint Ansgar y al otro lado la de Federico Barbarroja. Debajo de cada uno una leyenda en un relieve de bronce cuenta su historia. A su lado se encontraba la casa de la Aduana.
Pasando el puente entramos en la parte antigua y concretamente en una de las calles más típicas y representadas cuando se publicita la ciudad de Hamburgo, la Deichstrasse, que dan por la parte trasera al Nikolaifleet, el tranquilo y ancho canal que desemboca como todos en el Elba. Fue una de las pocas calles que salió indemne del incendio de 1840 y de la posterior remodelación de la ciudad así como de los bombardeos de la segunda guerra mundial. Son, por tanto casas barrocas del siglo XVII, muy típicas de la arquitectura hanseática, en las que vivían los comerciantes de esa época.
Por la parte de atrás, la que da propiamente a la calle susodicha y por tanto a la ciudad, en las aceras hay terrazas de bares y cafés y las valoradas fachadas también se pueden apreciar aunque no se reflejen en el canal. En un cartel de la calle se puede leer la siguiente leyenda:
“La Deichstr. aparece por primera vez citada en documentos del 1304. Transcurre a lo largo de Nikoleifleet, el antiguo transcurso del río Alster y primer puerto de Hamburgo, en el dique que protegía el barrio de Rödingmarkt, muy poblado en el sigo XIII. Originariamente había casas solamente en la parte de tierra firme de la calle. Desde el siglo XV se construyó también la parte que daba al agua. Allí las casas del sigo 17 al 19 conforman el último grupo de edificios construidos según el antiguo modo hamburgués. Su conservación ha de agradecerse a la iniciativa privada”.
Nuestro camino sigue hasta la iglesia de San Nicolás, que naturalmente está cerca del puerto por ser santo patrón de pescadores y marinos. De ella solo se conserva la alta torre (145 metros) tal y como quedó después de los destrozos de la guerra, ennegrecida y deteriorada pero conservando aún la prestancia y belleza de su arquitectura neogótica y es además un triste recuerdo conmemorativo de las muchas víctimas que la guerra produjo en la ciudad. En lo que fue el interior de la iglesia hay ahora una exposición temporal y algunas esculturas artísticas. En unas escaleras de piedra que separan lo que fue el coro de la planta descansamos los ya cansados mirando de frente la torre y esperando a los valientes que han subido a la torre, pues en ella se ha construido un ascensor que sube a lo alto y desde donde se divisa un extraordinario panorama de la ciudad.
Seguimos el camino dejando de lado la iglesia de Santa Catalina. Pasamos por la Casa de Africa, donde se concentraban los intercambios comerciales con ese país, decorada en su fachada con placas de cerámica que forman dibujos de inspiración africana.
Algo más lejos encontramos la casa de Chile, la esquina más famosa de la ciudad, en forma de proa de un barco, una arquitectura de ladrillos de tono oscuro y ventanas de marcos blancos, construida en 1922, que ha influido posteriormente en arquitectos modernos para imitarla en las edificaciones del entorno. Los trámites del comercio con ese país, especialmente el tema de los nitratos, pasaban por estas originales oficinas. El edificio no sufrió pérdidas en la guerra.

Muy cerca de aquí vemos a corta distancia el globo aerostático conocido como “HighFlyer Hamburg” que desde hace años es uno de los reclamos turísticos de la ciudad. Sube hasta 150 metros de alto y ofrece un buen mirador de la ciudad y sus alrededores.
Terminamos la jornada volviendo en el metro al barrio de Saint Pauli, en la calle Reeperbahn, que vemos a la luz del día. Allí buscamos el rastro de los Beatles, cuando eran todavía desconocidos, en la calle Grosse Freiheit, una bocacalle en la que se concentran Sex-Shops y donde estaba el local en el que tocaron los ingleses. No dejamos de hacernos las fotos pertinentes posando en las siluetas de los cinco de Liveerpool, instaladas al principio de la calle como homenaje a los posteriormente famosos músicos, de cuyo paso hay lápidas conmemorativas en varios establecimientos.
Como contraste pasamos en la misma calle por una iglesia de culto católico que ha dejado las puertas abiertas en el tiempo en que se está celebrando una Misa. Verdaderamente choca tal disparidad.
Cuando nos sentamos en una terraza de esta calle frente a una jarra de cerveza y observando el paisanaje que por allí pasa a estas horas, nos sorprende ver a un par de grupos de aparentes turistas conducidos por un guía muy especial que, sin embargo, no desentona del ambiente de la calle, porque en los dos casos se trata de una drag-queen vistosamente vestida.

Día 21, lunes
La primera parte de la mañana la empleamos en hacer un recorrido desde el autobús por el conjunto de la ciudad de Hamburgo que pronto vamos a abandonar. De esta manera nos llevamos una visión nueva y al tiempo global que nos permitirá recordar mejor las particularidades de esta gran urbe. Lo primero es atravesar entre otros tantos vehículos el gran puente Köhlbrandbrücke, de casi 4 kilómetros de longitud, que atraviesa el río Elba de norte a sur. En estas primeras horas del día y como es habitual en estas tierras, la ciudad está sumida en una niebla baja por encima de la cual sobresalen torres, grúas y los grandes tirantes de este soberbio puente, ofreciendo un bello panorama. Seguimos por la zona de los muelles y por la calle St Pauli Fischmarkt, donde nos hacen observar una práctica medida tomada por el entonces alcalde de la ciudad, Helmult Schmidt, hijo de Hamburgo. En el año 1962 se produjeron unas terribles inundaciones del río que ocasionó más de doscientos muertos entre los habitantes de esta zona, que ocupaban los pisos bajos. A partir de esta desgracia se ordenó que todas las puertas y ventanas de viviendas, tiendas y establecimientos de las plantas bajas de las viviendas expuestas a la furia de las aguas, se cambiaran por un tipo de cierre metálico semejante al de los submarinos. Y en efecto, en la siguientes y desgraciada ocasión de los años ochenta, en que una riada peor aún se expandió por el barrio, los nuevos cierres resistieron y no hubo que lamentar víctimas. Tenemos ocasión de verlo todavía desde las ventanas del autobús.
Pasamos por el espacio del mundialmente famoso “Pescado del Mercado” que se celebra todos los domingos desde la madrugada y hasta media mañana, aunque el género que ofrece ya no es sólo el producto que le da nombre. El pabellón de ladrillo rojo que da al río y que sirvió originariamente para este mercado es hoy un establecimiento lúdico donde se celebran fiestas multitudinarias como las de la cerveza de otras ciudades.
El barrio de Altona situado al oeste de Hamburgo, fue una ciudad independiente hasta 1938. Hasta mediados del siglo XIX había pertenecido a Dinamarca. Con la unificación de Bismark Altona pasa a ser Alemania. Cuando en Hamburgo se prohibía el catolicismo, los fieles a esta religión se desplazaban hasta esta ciudad para oír misa por la calle que hoy es la avenida principal que la comunica con el centro de Hamburgo. En 1807 se celebró en la ciudad de Hamburgo la primera misa católica después de la Reforma. Vemos su Ayuntamiento, impresionante edificio de ladrillo blanco en estilo neoclásico (1896-8) y la figura ecuestre del emperador Guillermo I que se alza en los jardines que la bordean.
Seguimos por la famosa Reeperbahn e incluso damos un rodeo para ver la conocida milla roja. Pasamos delante del Jardín Elbpark donde se levanta la colosal estatua dedicada a Bismark que vimos desde el Elba. Al otro lado queda el Museo de la Historia de Hamburgo. Vemos los edificios del Palacio de Justicia, de la Ópera, construidos en la zona libre que dejó la destrucción de la antigua muralla. También pasamos cerca del jardín Botánico y de los edificios que pertenecen a la Universidad y de elegantes inmuebles que pertenecen a consulados ya que Hamburgo es la ciudad del mundo que más consulados tiene. Salimos al Aussenalster y bordeamos sus orillas por esta zona residencial donde las viviendas son impresionantes de lujo y de buen gusto y en otro tiempo sus jardines daban directamente al lago, cuya costa convertían en propiedad particular. Ya se ha puesto fin a esa injusta situación y ahora una carretera bordea todo el verde espacio que tiene 7 kilómetros de longitud. Nos hacen notar incluso la existencia de un restaurante para perros, lo que supone una nota de frivolidad y lujo acorde con el ambiente de la zona.
Pasamos también por la mezquita de bella factura. Hacemos una parada en un lugar desde donde la vista panorámica del lago y al fondo la ciudad es muy bonita y resulta buen escenario para hacerse fotos. Dejamos a un lado el Museo de Arte, la Kunsthalle, y el Museo de Artes Aplicadas, cerca de la Estación central.
Entramos de nuevo por la Mönckebergtrasse hasta la plaza del Ayuntamiento, viendo ahora la iglesia de San Petri y una de las pocas casas conservadas de antes de los bombardeos, de bello estilo hanseático que hace pensar lo bonita y armoniosa que sería esta calle, cuando todos sus edificios eran de estilo similar.
Damos por terminado nuestra estancia en Hamburgo y seguimos en dirección a Lübeck.

ISLA HELGOLAND
20 de Septiembre. Domingo
El recorrido que nos recomiendan para ir de Hamburgo a KUXHAVEN, de donde sale el barco para la isla de Helgoland, en el mar del norte, produce en principio desconcierto, ya que nos conduce a través de Bremen, utilizando siempre la autopista en lugar de la carretera que dista solo 120 kmtos, y alarga así la distancia casi al doble. Al finalizar el día lo entendemos mejor aunque el resultado en tiempo viene a ser el mismo pues en todas las carreteras de la zona, sean de la red normal o autopistas, hay obras en tan gran cantidad, que las retenciones y parones se los encuentra uno elija el camino que elija. Por ello llegar hasta la ciudad portuaria nos ha llevado casi tres horas.
Salimos muy pronto, aún está oscuro y es desde el autobús donde vemos salir el sol entre brumas que se refleja en los parajes húmedos por donde pasamos. En el puerto de Kuxhaven espera anclado un viejo y gran barco, que lleva el mitológico nombre de Atlantis, evocando la perdida isla de la Atlántida. Es uno de los varios navíos que hacen el trayecto regular y diario a la isla de HELGOLAND, nuestro destino en este domingo de Septiembre, en que la temperatura es extrañamente cálida, considerando la fecha y la región septentrional a la que nos dirigimos.
El barco está lleno de pasajeros con aire festivo, van a pasar unas horas a la isla, como nosotros y aprovecharán la jornada unos para ver un paisaje distinto y los más, tal vez, para comprar productos a buen precio en un mercado franco. El barco se aleja del puerto y durante un trecho vemos el puerto y el caserío de la ciudad y después el paisaje de la costa y las señales que hay en medio del mar para uso de los pilotos de los barcos. Pronto sólo es el mar lo que se ve de un lado y de otro. De vez en cuando nos cruzamos con otro barco de grandes dimensiones. En un momento determinado son muchas las naves que están varadas en el medio del mar del norte en una zona que parece ser un aparcadero de grandes barcos.
El Atlantis tiene muchas dependencias, salones, restaurantes, cubiertas laterales, la zona de proa, terrazas diferentes y varias alturas en una distribución laberíntica que resulta distraido cuando una se propone explorar. Antes de llegar al destino ya corre la noticia de que el barco no puede atracar en el muelle de la isla por algún problema de calado y que nos trasladan hasta allí en pequeñas barcazas. No acabamos de imaginar cómo será en la realidad pero, transcurridas las casi tres horas de viaje, tenemos la ocasión de experimentarlo. Al divisar la isla nos asomamos para ver con atención el objetivo de nuestra visita. Es una isla de pequeñas dimensiones que se abarca con la mirada en su totalidad, así como el pequeño islote que en otro tiempo estuvo anexionado a él y ahora separado por el mar que ha inundado el istmo arenoso que las unía. A él se puede llegar con un barco que sale regularmente desde la grande y nos cuentan que acuden a sus costas ejemplares de lobos marinos aunque hoy no vemos ninguna. Hay una zona de playa arenosa en donde, sin embargo, sí se pueden distinguir algunos escasos paseantes.
A una distancia razonable, en efecto, el barco en el que viajamos se para y se abren unas pequeñas puertas en el casco a la altura del agua. Es como nos habían dicho pero con la emoción de la experiencia directa porque el desembarco es, cuando menos, original. Según se aparece en la apertura unos brazos fornidos te cogen en volandas y te depositan en el fondo de la barcaza que hemos calificado de “patera”. Allí caben hasta cincuenta personas, sentadas muy juntas a la espera de las siguientes maniobras. Cuando ya no cabe ni un alma más en el interior, se pone en marcha cogiendo velocidad y al tiempo moviéndose con el vaivén de las olas y ocasionando que nos alcancen gotas de agua. Nos miramos divertidos en esta peripecia inesperada.
Helgoland es una isla que mide tan solo unos 2 kms de longitud. Es el territorio alemán que se encuentra más al norte, dirección oeste y pertenece al estado de Schleswig-Holstein. Tiene actualmente una población de unos 1800 habitantes que se dedican a la pesca y al comercio ya que es un puerto franco. Sus costas alternan playa y abrupto acantilado de piedra arenisca, de un color rojo intenso mezclado con blanco. Hay un peñasco de forma curiosa, llamado la Lange Anna, apenas separado del acantilado que le da una fisonomía particular y que es uno de los rasgos de identidad de la isla.
Una de las líneas costeras está protegida por enormes triángulos de cemento amontonados en su orilla que tienen la misión de impedir que el agua inunde y se trague la costa que ya está más baja que el nivel del mar.

Hay un caserío en la parte baja y otro en la parte alta, donde también se encuentra la iglesia y donde vive la mayor parte de los habitantes. Allí se accede por un ascensor. Las escasas calles de la parte baja están llenas en sus bajos de tiendas en las que se pueden encontrar ropas, bebidas, tabacos, establecimientos hoteleros, alguna tienda de fotografías y de souvenirs. Algo distante de este núcleo comercial, hay una gran hilera de casas de madera, pintadas de diversos colores, que también albergan establecimientos de ocio o algún pequeño almacén.
Dada la posición estratégica de la isla, antes de la I Guerra Mundial el gobierno alemán construyó en ella un completo sistema de fortificaciones, incluyendo emplazamientos de artillería y refugios para submarinos. Conforme a lo estipulado en el Tratado de Versalles, las fortificaciones fueron destruidas tras la guerra. Posteriormente, la isla fue reconstruida por el gobierno alemán y se convirtió en una de las principales bases para los submarinos alemanes en la II Guerra Mundial. En 1947, durante la ocupación posbélica, la Armada británica voló las fortificaciones y parte de la isla. Se formó un cráter de grandes dimensiones. En este espacio se levanta ahora el hospital. Tiene también un Instituto de investigaciones Marinas y un Acuario. Un museo etnológico al aire libre, consistente en unas casas de madera y un faro ,es un espacio decorativo que muestra cómo eran las primeras construcciones. También hay algún buen hotel y espacios de esparcimiento para niños.
Hemos estado unas tres horas y como había que aprovechar el tiempo para no dejar nada sin ver, pues hemos tomado un bocadillo de subsistencia y ya cenaremos esta noche.
El viaje de vuelta se lleva a cabo de la misma manera, travesía un tanto agitada en la patera hasta el Atlantis, navegación por el mar del Norte hasta Cuxhafen y luego vuelta por el camino corto aunque también lleno de obras que nos ha hecho llegar más tarde de lo previsto al hotel donde estaba incluida la cena.


LÜBECK
21 septiembre lunes
Es una preciosa ciudad. Está declarada por la UNESCO ciudad patrimonio de la humanidad y aparte de su situación estratégica, con salida cercana al Báltico, de su importancia histórica, al visitante le queda la impresión de que es una de las ciudades más encantadoras de Europa y que su casco urbano transmite autenticidad -porque es una de las pocas que se salvó de los bombardeos, excepto una pequeña parte-. Forma casi una isla rodeada por los ríos Trave y Wakenitz, de un tamaño apto para recorrerla a pie, y el casco antiguo se encierra en ella sin edificios que desentonen, en un pequeño espacio armonioso, lleno de magia, que invita a pasear y disfrutar de sus calles, sus monumentos, sus casas y sus patios. Se utiliza el adjetivo “medieval” con un valor positivo, es una bella ciudad medieval –fundada en el siglo XIII-aunque también llena de vida y de modernidad en un acoplamiento perfecto. Llegamos a ella cuando los alemanes se disponen ya a tomar el pastel y la infusión de media tarde pero nosotros no hemos comido todavía. Dan ganas de pasar de este trámite gastronómico rutinario y echarse a andar con los ojos bien abiertos y la cámara en ristre para poder almacenar en ella algo de esta belleza urbanística que nos rodea.
Antes ya hemos pasado por el hotel, de la cadena Ibys, que está algo lejos del centro para ir andando aunque nos convencen de lo contrario… e incluso lo medimos con nuestros pasos para comprobarlo. El autobús atraviesa el río Trave por un puente decorado con estatuas, una de las cuales es la del dios Hermes-Mercurio, como no podía ser menos en el ambiente de ciudad comercial. La novedad que ofrece la imagen es que está colocada de manera que enseña su trasero al que se dirige al interior de la ciudad, bello trasero por otra parte, lo que imaginamos una malicia del escultor o del urbanista que decidió así su emplazamiento.
Bajamos delante de la Holstentor, la famosa puerta medieval de entrada a la ciudad, que vamos a atravesar solemnemente para entrar en el recinto antiguo casi con devoción. Desde el principio de los jardines que la anteceden, una gran extensión de cuidado césped, se puede observar detenidamente la puerta y los edificios cercanos, los Silos de la Sal. Detrás de este conjunto se elevan airosas las afiladas torres de las iglesias. Todo ello en una sinfonía de ladrillo rojo envejecido por el tiempo, que es el material que vamos a ver en toda la Hansa por la falta de piedra.
La puerta está ligeramente inclinada hacia el centro, por causa de que el suelo, formado de aluvión en esta zona norte y por tanto pantanoso, ha cedido y ha provocado un acoplamiento del las bases del monumento que, estudiado por los geólogos, no ofrece peligro alguno para el futuro. Es más, esta inclinación le da un cierto encanto, revaloriza la imperfección en un contexto tan armónico. El monumento más característico de Lübeck ha ido de mano en mano de los alemanes de la República Federal durante mucho tiempo ya que era el dibujo que aparecía en los antiguos billetes de 50 marcos.
La puerta formaba parte de la muralla defensiva y se terminó en 1478. Las murallas se derribaron a mediados del siglo XIX y los que tomaron la decisión tenían también la intención de derribar la puerta que se salvó por la oposición de los vecinos, que tuvieron más sensibilidad y visión de futuro que sus gobernantes, como a veces suele suceder.
Su aspecto es el de una construcción maciza, sólida, -tiene tres metros de grosor- con dos grandes torres a los lados y un frontón de estilo gótico hanseático en el centro. Encima de la puerta una inscripción dice lo siguiente:
CONCORDIA DOMI, FORIS PAX que quiere decir, Concordia en casa, (en la ciudad, en este caso), Paz fuera, mensaje claramente entendible en su significado y una culta exhortación a los habitantes para que tengan un buen comportamiento. En el interior de la Puerta existe un Museo que evoca el poderío comercial de la ciudad en siglos pasados.
Lübeck es una ciudad de connotaciones históricas, pues fue en el siglo XV una de las tres más importantes de la Europa heredada de Carlomagno, junto a Colonia y Praga, pero sobre todo de connotaciones literarias. Cuando se ha leído la novela de Thomas Mann, los Buddenbrook, se ha imbuido uno del ambiente ciudadano de Lübeck y esperas ver aparecer a Toni o a la Consulesa o el coche que transporta al cónsul por el interior de la puerta en cualquier momento. Otros recuerdos en la ciudad incidirán en esta “pedante” impresión.
Detrás de la puerta, a mano derecha, se ven seis edificios, de frontones triangulares propios de la arquitectura hanseática de los siglos XVII y XVIII aunque reconstruidas en XIX. Constituían los Depósitos de sal, producto con el que muchos comerciantes hicieron su capital, junto con pieles, lana y vino entre otros y que pasaba por aquí para salir al Báltico.
Después de una pausa para comer, la visita la iniciamos en la plaza del mercado, que como su nombre indica y como ocurre en tantas bellas plazas de ciudades de Europa, por la mañana está tomada por los puestos de frutas y verduras, salchichas y otros productos. Esto impide apreciar en todo su valor la belleza de la plaza en este momento, aunque por la tarde recupera su fisonomía habitual, tras dejarla limpia de cualquier rastro de la actividad mañanera. En uno de sus ángulos se encuentra el edificio del Ayuntamiento, aunque su fachada principal da a la calle contigua, llamada Calle Ancha. Por encima del lado sur, a donde también da el pabellón blanco de arcadas perteneciente al Ayuntamiento que resalta especialmente entre todos los de la plaza, se elevan magníficas las torres de Santa María y, si se mira desde el otro extremo para adquirir perspctiva, se ven los arbotantes de la nave y su techumbre. Los colores predominantes en los monumentos de la ciudad son el rojo, el verde y el blanco en armoniosa combinación.
En el centro de la plaza hay un templete rematado en una especie de campanario de ladrillo y vanos en forma de ventana gótica que se conoce como “Kaak”
Salimos a la calle ancha -breite strasse- donde está la entrada principal del Ayuntamiento, formado por varios edificios en distintos estilos arquitectónicos, sobre todo gótico y renacentista que dan a tres espacios distintos, la plaza del mercado, la calle ancha y la plaza de Santa María.
Si contemplamos el edificio por la parte que da a la calle vemos una decorativa escalera construida originariamente en 1594 en estilo renacimiento y reproducida el siglo pasado. Sube hasta el piso primero y resalta del resto del edificio por el color blanco de los ladrillos.
Frente al ayuntamiento, en la calle ancha, se encuentra la tienda de mazapán más famosa de Alemania, la Niederegger, ya que este producto es típico de esta ciudad y en esta tienda es tradición que se encuentra el de mejor calidad. En todos los escaparates se exponen maquetas arquitectónicas de los monumentos más conocidos del mundo – la Holtestor, la Torre Eiffel, la Torre de Pisa, la estatua de la Libertad, la puerta de Branderburgo- pero… fabricadas en mazapán. El interior del establecimiento que también es café, merece la pena conocerlo además de llevarse sus bien promocionados y dulces productos.
Una arcada que sale del edificio del Ayuntamiento comunica la calle ancha con la plaza de Santa María, en la que dos de sus lados están formados por arcos silenciosos y tranquilos. En esta plaza hubo en otro tiempo un cementerio y su calma parece seguir vigente en el recinto del entorno de la iglesia de Santa María que se levanta solemne y de grandes dimensiones en el centro.
La imponente iglesia a la que pertenecían los burgueses comerciantes dependía del Consejo y era la parroquia evangélica-luterana, la que sentían más suya. Tiene una arquitectura novedosa para su tiempo, ya que se construye con los elementos propios de las catedrales góticas, arbotantes, contrafuertes, ventanales, alta nave central, macizas torres pero todo ello utilizando como material el ladrillo y no la piedra. Es la primera de las construidas de esta manera y abre la serie de un largo número de iglesias que se levantarán por la zona y de las que veremos muchas. En su edificación no falta la leyenda que ha dejado un testimonio iconográfico que ya se ha convertido en un símbolo de la ciudad y uno de los objetos más codiciados por las cámaras fotográficas.
Se dice que el demonio se presentó cuando se empezaba a construir la iglesia, dispuesto a impedirlo, pero le aseguraron que eran los cimientos de una taberna, lugar propicio para los desmanes que a él le gustaban. Cuando ya no le pudieron engañar más porque era manifiesto que se trataba de una iglesia, él quiso vengarse y arrojó un gran bloque de granito con la intención de destruir la obra. Pero el demonio no tuvo buena puntería y el pedrusco quedó al lado de los muros de la entrada sin producir ningún daño. Recordando esta leyenda el escultor Rolf Görler esculpió un diablillo que ahora está sentado en el bloque esperando a los muchos visitantes que quieren hacerse una foto con él.

El interior de la iglesia produce la impresión que se puede esperar cuando se contempla su exterior. De enorme altura, 40 metros, clara y luminosa por los muchos vanos que tiene en forma de ventanas ojivales, tanto en el coro como en segundo piso de la nave principal, los muros están pintados en blanco con adornos en rojo, lo mismo que las bóvedas de crucería. La catedral actual se levantó sobre una basílica románica construida a principios del siglo XIII.
Es sobria, como las iglesias protestantes, con grandes órganos que sería estupendo poder escuchar pero hoy no hay suerte. En el altar mayor hay un pequeño retablo, como suele haber en las iglesias protestantes, que tiene a la Virgen con el niño en una almendra central y cuatro escenas a los lados. Sobre el ara cuelga un crucifijo realizado por el escultor Gerhard Marks en 1959. En 1942 sufrió un aparatoso incendio que la dejó muy deteriorada pero sin embargo, al picar el revoque de las paredes, aparecieron pinturas murales que se pueden contemplar porque han sido restauradas. Tiene una bonita pila bautismal en bronce. Del interior de la iglesia queda como una particularidad el recuerdo de la Capilla de la Danza de la Muerte, aunque sus pinturas originales han desaparecido y de ellas sólo quedan unas reproducciones en fotografía. Para corroborar el tema, un artista moderno ha hecho las vidrieras de la capilla en las que se representa este mismo tema, tan repetido en la Edad Media para aleccionar a los fieles y mostrarles que todos somos iguales ante la muerte, desde el Papa y el Emperador hasta el último campesino.
La iglesia da por el otro lado a la Mengstrasse y allí nos encontramos con la más famosa fachada de la ciudad, la casa Buddenbrook, en donde se desarrolla la vida de la familia protagonista del libro que fue premio nobel en 1929 y que le ha dado fama mundial a su autor, Thomas Mann y a la ciudad de Lübeck. En ella no vivieron los hermanos Mann, Heinrich y Thomas, ambos escritores, sino sus abuelos. La casa fue destruida en 1942 pero se conservó la fachada y se rehicieron las habitaciones que se describen en la novela, con muebles y tejidos del tiempo, logrando una escenificación literaria que agradecerán los estudiosos de los dos valiosos escritores. Se ha logrado hacer del edificio un centro cultural dedicado a los hermanos.
La fachada está pintada en color blanco, tiene amplias ventanas desde la planta baja, primer piso y frontón o giebel de líneas curvas. En el dintel de la puerta hay escritas unas letras:
Anno Dominus providebit 1758
La fecha en la que se inauguró la vivienda y en el centro la piadosa leyenda “Dios proveerá” que indica el severo espíritu religioso que imperaba en aquellos estrictos comerciantes.
En una calle paralela a la Mengstr. que también va a dar a la Calle Ancha, la Beckergrube, pasamos ante el Teatro Municipal, un edificio de principios del siglo XX, de fachada arenisca, y estilo modernista o Jung stil, que tiene unos relieves que, naturalmente, representan a Apolo y las Musas. El dios de la poesía y la música y el coro de las Musas no pueden faltar en la decoración de un lugar dedicado a las actividades que esas divinidades representan. En la portada leemos también una frase adecuada al lugar:
DEM WHAREN GUTEN SCHOENEN “A la verdadera buena belleza” sería una posible traducción.
Salimos de nuevo a la Breite str y seguimos por ella viendo las fachadas de las casas, el ambiente animado de tiendas y bares, mirando las calles transversales, tan armónicas. Es una bella ciudad. Nos paramos en la esquina de la iglesia de Santiago, St Jakobi, que no visitamos por estar cerrada, también de ladrillo rojo y alta torre cuadrada con puntiagudo remate de vivo color verde, iluminado esta tarde por el sol. Es la iglesia de los marineros y no fue destruida en la guerra
En la acera de enfrente una casa de ladrillo rojo resalta por su antigua arquitectura y por los adornos de la fachada. Es la Schiffer-gesellschaft, hoy un restaurante famoso y curiosamente adornado con todo tipo de objetos relacionados con el mar y los barcos. La casa data de 1535 con añadidos de otra época. Era, como su título indica, la casa de los armadores de barcos, donde se reunían. Delante de la fachada hay dos monolitos de cemento rematados en unos círculos donde están pintados sendos barcos, uno con el viento a favor y otro con el viento en contra y la leyenda que hay bajo ellos dice
Allen zu gefallen, en una y Unmöglich en la otra “agradar a todos ……. Es imposible”

Estos dos edificios pertenecen al barrio llamado Koberg, que significa monte del ganado, porque antiguamente se celebraban aquí los mercados de animales, que data del siglo XIII y es uno de los recintos más bonitos. También pertenece a él el Hospital del Espíritu Santo, que está frente al espacio abierto. Este es el hospital civil más antiguo de Europa, no dependía de la iglesia. Aquí se recogían a pobres menesterosos y ancianos que recibían cuidados y atenciones, acción que habla muy bien de la conciencia social de sus habitantes en unos siglos en que esta labor se asignaba generalmente a la iglesia. El edificio por fuera tiene una estructura original. Está compuesto por tres cuerpos con frontones triangulares –giebel- enmarcados por cuatro torres hexagonales, estrechas y altas que más parecen unos minaretes. Por encima del cuerpo central también sobresale la torre de la iglesia a mayor altura y a un lado tiene el edificio anexionados dos típicos edificios de giebel que aúnan la belleza a la antigüedad y armonizan bien con el monumento. Esa tarde ya no es posible visitar su interior, lo que hacemos el día siguiente y afortunadamente no nos perdemos su conocimiento ya que es un recinto lleno de arte y belleza, especialmente en la gran sala de entrada, tanto en su propia arquitectura, bóvedas de crucería, grandes pilares, un letner, como en las pinturas murales que la adornan, imágeness y altares. Penetrando en la zona que pertenecía a las dependencias del hospital, se puede ver desde fuera cómo eran las habitaciones individuales que albergaban a los enfermos. Posteriormente se convirtió en una residencia de ancianos que vivían sus últimos años sometidos a severas condiciones y aportaban al Hospital sus ingresos. Actualmente se utiliza para eventos culturales y su mayor reclamo es el mercado de productos navideños que se celebra en su interior.
Seguimos el paseo en dirección a la Burgtor y pasamos por un gran edificio construido recientemente en ladrillo rojo, que no desentona del conjunto. Leemos en su fachada que pertenece a Hacienda pero hasta el siglo XIX aquí estuvo un convento de dominicos que fue abolido en la Reforma y aprovechado para otros usos hasta que se derribó.
A su lado y cerrando la calle está el conjunto arquitectónico más completo, la Puerta del Castillo que aún conserva por su exterior parte de las fortificaciones que protegían la única llegada por tierra a la ciudad de Lübeck. Aquí se levantaba en el siglo XII el castillo que desapareció. Ésta, junto a la Holstentor son las únicas puertas que sobreviven de las cuatro que había. La arquitectura de la torre, los cuatro pisos con ventanales góticos datan del siglo XV. Una alta torre remataba el conjunto que fue destruida por una explosión y sustituida por la actual, que tiene forma de campana. En uno de sus pasadizos hay una placa en bronce con relieves que recuerda al general alemán Blücher que luchó encarnizadamente contra las tropas de Napoleón y contribuyó a su derrota en Watterloo. En ella está grabada la siguiente leyenda:
El general Blücher defiende ante la Burgtor su repliegue tras la batalla de Jena y Auerstedt.
Los tres mariscales franceses no pudieron entrar en la ciudad de Lübeck y fue Blücher el que tuvo que salir tras de ellos. Vemos la torre por el exterior, cerca del puente y volvemos a entrar para regresar de nuevo por la Königst.
En una recoleta plaza han situado la gran estatua en bronce del poeta muy querido por la ciudad, Emmanuel Geibel, que nació en ella en 1815 y regresó en su madurez para morir también en su ciudad natal. Fue hijo de un pastor protestante pero sus inclinaciones iban más que por la teología, por los estudios clásicos. Vivió en Atenas, trabajó en Munich invitado por el rey Maximiliano II, fue un gran conocedor de la literatura clásica, griega y romana, y de la medieval francesa y española y escribió él mismo poemas populares y letras que han elevado su fama por encima de su ámbito local. En sus últimos años de estancia en Lübeck se le podía encontrar todas las tardes sentado en el hermoso bar de la Schiffergesellschaft, siempre en la misma mesa, convertido en una figura querida y famosa. Aparece sentado en un sillón, con un libro en la mano y activa postura, encaramado en un cuadrado y alto pedestal hecho de ladrillo arcilloso, el de la zona, para que tenga ese toque local tan característico.
En la calle real alzaban sus viviendas los ricos comerciantes de principios del siglo XIX y se pueden ver una serie de ellas, de estilo neoclásico, pintadas en colores claros, que dan carácter a la calle. Pasamos por el Katharinen Gymnasium, donde estudiaron los hermanos Mann, aunque ninguno de los dos terminó su bachillerato. Todavía los jóvenes de hoy utilizan las mismas instalaciones. El actual edificio perteneció a la iglesia de los Franciscanos, que estaban instalados aquí desde el siglo XIII. En el siglo siguiente se realizó la iglesia, en estilo gótico y cuando, a consecuencia de la Reforma, dejó de pertenecerles, se instaló en el actual Instituto una biblioteca y una escuela de latín. En la fachada de la iglesia vemos unas figuras de factura moderna, realizadas en piedra negra, que le fueron encargadas en 1930 al escultor Ernst Barlach. Sólo tuvo ocasión de hacer tres de ellas porque los nazis se lo impidieron por considerarlo un arte degenerado. En el 1949 un discípulo suyo añadió las seis figuras que faltaban.
Muy cerca de allí está la casa que, según la leyenda que hay sobre la puerta, dice: WILLY BRANDT HAUS conocido político alemán, canciller de la república federal desde 1969 al 1974, que nació en esta ciudad. En realidad no parece que ésta fuera su casa natal pero ahora hay en ella la fundación cultural que lleva su nombre.
Entramos en una de las más importantes calles que desembocan a la calle real subiendo a mano izquierda, la Glockengiesser strass, con la que hace esquina la iglesia de Santa Catalina. En el número 21 de la calle se encuentra la Casa de Günther Grass, donde él tiene una oficina y se ha convertido así mismo en una fundación.
En esta zona de la ciudad se encuentran los “Patios” que hoy ofrecen un encanto especial por su tranquila ubicación y atractiva arquitectura. Son un conjunto de casitas pequeñas, mandadas levantar por algún rico comerciante en las traseras de su vivienda o en solares disponibles con la doble intención de albergar en ella a las viudas de su familia que, a pesar de la buena sociedad a la que habían pertenecido, quedaban sin recursos económicos. De esta manera mantenían el nivel social sin que el apellido de la familia desmereciera. La segunda intención era menos tangible, hacer así méritos para su salvación eterna. Suelen ser lugares tranquilos y llenos de encanto, patios con árboles, flores, una fuente o pozo, bancos, zonas comunes bien mantenidas a donde daban las casas. Entramos en el Patio de Füchting, de 1624, en la casa contigua a la de Grass, a través de una bella portada barroca.
Seguimos el paseo por esa parte de la ciudad y nos congregamos de nuevo en la plaza, que a esta hora ya está despejada de puestos de venta y se puede apreciar en su verdadera fisonomía. De aquí parte otro paseo por otra zona aún no vista de la ciudad.
Nos dirigimos por una calle estrecha hacia el Trave, pasando por el Museo de Figuras de Teatro, que exhibe algunas piezas a través de las ventanas, como testigos mudos que acechan a los paseantes.
También por aquí las casas son homogéneas, antiguas, bonitas, pasamos por delante de la iglesia de San Petri que fue destruida en la guerra y reconstruida a finales del siglo pasado. La bonita torre sobresale del caserío como un decorativo faro, siempre con los colores de la ciudad, el rojo del ladrillo y el verde de la cubierta de la aguja con que culmina.
Llegamos a la orilla del canal en esa hora de la tarde en que la luz transforma el ambiente y se instala una calma luminosa que emana sobre todo de la superficie de las aguas. Es una zona apacible, de pequeñas casas, con patios adornados. El sol del ocaso se refleja en las fachadas de frontones triangulares, cada uno diferente. En el río los barcos de paseo ya están amarrados hasta el día siguiente y en sus aguas se reflejan árboles y casas y a lo lejos sobresalen las dos torres de la Holstentor. Si se coloca uno en el centro de un puente, desde donde se domina mejor el panorama, se ven por encima de las iluminadas casas las torres de Santa María y de San Petri. Mirando hacia el otro lado ya se ven las torres de la catedral, el templo que representaba al poder del obispo y que estaba enfrentada a la iglesia de los comerciantes y del concejo que era la de Santa María. Tiene dos torres gemelas, cuadradas, con tres hileras de ventanas y están rematadas por altísimas agujas de color verde. Fue fundada en 1173 por Enrique el León (1129-1195), rey que unos años antes le había otorgado a la ciudad los derechos de ciudad libre y en su memoria encontramos una escultura de un león sobre un pedestal en los jardines que rodean la iglesia. La catedral es de estilo románico. Afuera tiene anexionado, a modo de claustro o pórtico, una bonita edificación, también del mismo estilo pero más tardío, que llaman El Paraíso. En la zona ajardinada que rodea la Catedral vemos un tilo de lo más grande y frondoso que se puede imaginar. Las ramas de verde intenso resultan un precioso marco que resalta la construcción roja de la catedral al fondo.
Pasamos todavía por una iglesia, la de San Jorge, que si bien no resulta monumental, guarda el recuerdo histórico de que allí fueron ejecutados cuatro sacerdotes que se oponían al nazismo.
Por último pasamos delante de la iglesia de San Egidio que presidía el barrio de los artesanos, pequeñas casas donde vivían y trabajaban los maestros de las distintas artes que se realizaban en la edad media. No podemos entrar a esta hora tardía pero aún es posible contemplar la torre de ladrillo con el chapitel puntiagudo.
Al día siguiente llegamos a la ciudad de vuelta de una jornada viajera cuando ya se ha puesto el sol y tenemos que atravesar uno de los puentes para acudir al Restaurante donde tenemos concertada la cena. La impresión de la ciudad en la hora final del día, con las luces ya encendidas es magnífica. Lübeck es una ciudad para conservar en un grato recuerdo.


SCHWERING WISMAR
22 martes
Salimos de Lübeck para visitar tres lugares que no distan mucho de esta ciudad. Nos dirigimos hacia el sur con un objetivo determinado de conocer una recreación de la antigua y dura frontera que dividía la República Federal Alemana de la República Democrática durante todos los años que ésta estuvo, desgraciadamente, operativa. Estamos en el estado de Mecklenburg y nos dirigimos a Schlagsdorf, pequeño pueblo que quedó como un enclave de la república federal dentro del territorio de la Alemania del Este.
La gran ventaja que tiene adentrarse por pequeñas carreteras es que se toma contacto con la zona rural auténtica, no preparada para el turismo, y pasamos pueblos que nos permiten ver cómo viven en realidad los habitantes de las estos parajes.
Por aquí se dan casas relativamente grandes, con tejados rústicos representativos de esta zona que nos llaman mucho la atención pero la mayoría son más modestas, de construcción de ladrillo a las que tampoco les falta un terreno alrededor, limitado por una valla que es más ornamental que de protección. La mayor parte del terreno la constituye el jardín aunque siempre se ve un pequeño espacio dedicado a huerta. En el jardín hay también árboles y el que no falta es el manzano, que en este momento de finales de septiembre se encuentra lleno de fruto, generalmente rojo, por estar maduro. En medio del cuidado césped vemos en casi todas las casas ingenuos adornos vistosos como un pequeño molino, o el consabido enanito multicolor o una casita de madera como refugio de pájaros y otros coloridos artilugios.
Llegamos al pueblo que tiene su caserío muy diseminado. La iglesia, de ladrillo rojo y estilo de transición al gótico, tiene un especial encanto por su arquitectura y por el apacible y acogedor espacio en el que se levanta, rodeado de una valla de piedra y ofreciendo como primera vista cuando se viene por la carretera el ábside en el que destacan las ventanas ajimezadas. Alrededor del recinto se encuentra un césped recién cortado y en su entorno grandes árboles.
Un poco más lejos está la oficina de turismo que ofrece información y folletos acerca del Grenzhus que tenemos intención de visitar. Para llegar hasta allí hay que andar cerca de un kilómetro entre casas que parecen un decorado al que aún no han llegado los actores, porque no se ve a nadie en ellas ni tampoco nos encontramos con persona alguna. De repente, sin embargo, surge un grupo humano con el que nos cruzamos que nos hace volver la vista a mirarlos y a sonreír, con la sonrisa que surge espontánea cuando nos fijamos en sus componentes, unos ocho o diez pequeños párvulos, de dos o tres años de edad, rubios y guapos todos ellos, conducidos por los profesores a alguna actividad en el exterior, que nos dicen adiós saludando con sus manitas.

En 1989 cayó el muro de Berlín y diez años después, para conmemorar tan importante fecha, fue abierto al público, en este lugar, auténtico escenario de la frontera, la recreación de los disuasorios elementos reales que la componían: foso, muro, alambradas torres, recintos para los perros, etc, aunque en una disposición diferente a la que tenía, exactamente al contrario, como si se les hubiera dado la vuelta. Hoy ha quedado como recuerdo y ejemplo de lo que no debería de repetirse nunca.


Estas instalaciones están en pleno campo, en un paisaje solitario en el que se oyen los graznidos de bandadas de patos que vuelan haciendo círculos en el horizonte, en tono a un lago, produciendo un cierto desasosiego muy de acuerdo con lo que estamos viendo. Las torres de vigilancia y control sobresalen en el centro del solar, hay varios trozos del muro de cemento, las alambradas se extienden en toda el área, el foso queda bien patente, excavado en el suelo. Verdaderamente era una tarea imposible pasar de una Alemania a otra. Hay paneles con informaciones aclaratorias en cada uno de los espacios. En otro lugar se levantan unas esculturas en piedras que representan figuras humanas dándose la espalda, en grupos de dos o tres personas.
Después de un buen rato en el que aprendemos de nuestro historiador de cabecera muchos datos y episodios referentes a los acontecimientos que dieron lugar, tanto a la construcción del muro de la vergüenza como a su caída, volvemos al autobús para seguir con el programa previsto.
SCHWERING
No lejos de aquí está la ciudad que es nuestro segundo objetivo, Schwering que es la capital de Mecklemburgo-Pomerania. Yendo como peatón no se puede apreciar la situación geográfica de la ciudad hasta que vemos una fotografía aérea de la misma. Entonces nos damos cuenta de que está rodeada por agua por todas partes, y leemos que son nada menos que doce los lagos que la encierran y contienen como si fuera una isla, y que además del color azul de las aguas también predomina el color verde del muy abundante arbolado que rellena cualquier espacio entre el caserío. En verdad que es uno de los espectáculos paisajísticos más bellos entre los vistos hasta ahora.
El autobús encuentra sitio en uno de los parkins cercanos al centro y nos dirigimos hacia la Plaza del Mercado para iniciar desde ahí el recorrido turístico de esta interesante ciudad. El espacio de la plaza es amplio. En ella se encuentra el Ayuntamiento, un edificio de ladrillo rosa, una serie de bonitas casas con giebel, los típicos frontones que tanto se ven, un edificio blanco de estilo neoclásico, todos ellos a pesar de la diversidad, forman un armonioso conjunto. En el centro vemos la moderna y satírica columna que preside el león. En uno de los extremos de la plaza asoma la catedral, que se construye desde el siglo XIII al XV sobre una antigua iglesia románica. La torre, esbelta y representativa, es del siglo XIX y se divisa desde un amplio entorno. Podemos entrar en su interior, luminoso por los ventanales góticos que dejan pasar la luz y porque está pintado en color blanco con líneas rojas y verdes que resaltan la arquitectura. Es un templo protestante y por tanto sobrio pero contiene alguna pieza artística notable, parecidas a las de otras iglesias, como la valiosa pila bautismal de bronce, las pinturas murales que están en el techo de la capilla donde está situada, el retablo que preside el altar en medio del ábside y un soberbio órgano. La iglesia sirve también como sala de exposición de unas esculturas modernas, especialmente un alegato por la paz colocado en sitio preferente quiere ser un recuerdo a los tristes acontecimientos del 11 de Septiembre en Nueva York.
Fuera de la catedral, en la zona verde lindante con el muro de su torre, encontramos la estatua del león de Braunschweig (en alemán Brunswick) que ya hemos visto en Lübeck, en el entorno de la catedral, como aquí, y volveremos a ver, que representa a Enrique el León, el fundador de la ciudad y de la catedral, que fue puesta ahí hace diez años. Este rey germano, del siglo XII, fue el que ordenó erigir la imagen de un león en bronce en la ciudad donde vivía, Braunschweig, por ser el animal de su escudo heráldico. La estatua le representa a él y se erige como recuerdo a sus acciones. Sin embargo, el caballero medieval a caballo que aparece en el escudo de Schwerin, representa al mismo rey Enrique.

Estamos en la zona de la ciudad antigua y callejeamos hasta llegar a las orillas de uno de sus lagos, el más famoso, el Pfaffenteich, (una palabra despectiva para designar a un cura) una gran superficie de tranquilas aguas y cuidadas orillas. En ellas están colocadas, a distancia de cortos tramos, pequeñas esculturas en bronce llenas de gracia, como la de dos niños bajo un paraguas, o en otro caso un joven en cuclillas con una paloma en las manos. En otro pedestal se encuentra un modelo clásico, el busto de un varón que cuando se lee su nombre, comprendo la razón de tal honor. Se trata de Henri Schliemann, interesante personaje, nacido en un pueblo de esta zona, cuya biografía, llena de avatares y de logros, es digna de conocer. Fue un comerciante enriquecido por su valía acompañada de suerte, que tuvo un sueño desde su niñez, la arqueología y más concretamente quería descubrir el escenario de la mítica Troya, donde los personajes heroicos habían vivido realmente, según su creencia. Y lo logró. Tenía una extraordinaria facilidad para aprender idiomas y, con la fortuna amasada hasta entonces, se dedicó a excavar en la colina de Hirssalik, en la actual Turquía, con la Ilíada en la mano como libro guía. Hizo grandes descubrimientos que colmaron la fe que siempre tuvo en el éxito y, aunque donó muchos de los hallazgos, retuvo para sí el famoso Tesoro de Príamo, en el que se incluía las joyas que él supuso pertenecían a Helena de Troya, con las que posó su mujer, una griega ateniense de buena familia y culta, que había buscado a su llegada. Arqueólogos verdaderos desmintieron posteriormente algunas de sus teorías pero él estuvo convencido y triunfó.
Al lago no le falta su geiser, las hileras de árboles que enmarcan su superficie, y en uno de los lados el edificio de color rosa que alberga actualmente el Ministerio del Interior del Estado, que era el antiguo Arsenal, de estilo gótico tudor. Otros edificios históricos también se levantan a orillas de este lago.
Sólo paseamos en una pequeña parte del lago para entrar a uno de los barrios más conocidos de la ciudad, la Schelfstadt. En sus calles encontramos bellos edificios de diversos estilos, casas con entramado de madera y giebel, casas modernistas, casas con patios interiores agradables a los que es obligado asomarse y se llega hasta la iglesia barroca que tiene el mismo nombre que la zona, Schelfkirche, a la que entramos para conocerla. (La palabra Schelf significa junco, lo que nos indica que en esta zona originariamente predominaban las zonas húmedas con juncales)
Nos dirigimos ahora hacia la zona del Alte Garten, la parte donde están situados los edificios más espléndidos y representativos de los ámbitos de la historia y la cultura. Estamos abocados a otro lago, el mayor de la zona, el Schweriner See, separado por la isla donde se levanta el Castillo de otro pequeño lago, el Burgsee. La visión inesperada de la silueta del Castillo impresiona pues surge ante nuestros ojos de repente un escenario de cuento de hadas. En este privilegiado lugar, una pequeña isla en medio de lagos, ya se levantaba una fortaleza eslava antes del siglo XII. Fue Enrique el León el que la tomó en 1160 y volvió a edificar en ella la residencia de los condes de Schwerin. Cuando se convirtió en un ducado, aumentando su poder con la titulación de Gran Ducado de Schwerin-Mecklemburgo, se amplió la fortaleza para convertirla en un castillo, allá por los siglos XVI y XVII, con elementos arquitectónicos de estilo renacentista que todavía se mantienen en muy buen estado a los lados del edificio. Es en el siglo XIX cuando, con el concurso de arquitectos y urbanistas, el castillo se reforma a su estado actual, imitando las estructuras estéticas de algunos de los más conocidos castillos del Loire, en Francia.
Actualmente es la sede del Parlamento del estado y en otra de sus partes que sí es accesible al público, hay un Museo de pintura y porcelana de la región. Especialmente bonitos son los jardines que rodean al castillo, en los que además de los ejemplares de árboles a los que el país nos tiene acostumbrados, predominan los setos, arbustos y parterres llenos de flores de las más variadas especies que forman diversas figuras geométricas.
Por el lado que da al lago sobresale la alta torre redonda, rematada en chapitel de pizarra. Frente a él va un paseo flanqueado por estatuas, especialmente dos en luminoso mármol blanco que representan Victorias aladas. En un nivel más bajo se puede contemplar el recinto de la Orangerie, precedido de jardines de tipo francés, donde ahora hay un lujoso restaurante. Desde la baranda que circunda la orilla de la isla se puede contemplar el lago, como un mar interior y una pasarela peatonal que lo atraviesa por donde habría sido bonito pasear.
En esta misma zona del Alte Garten, enfrente de la isla del castillo, se levantan dos magníficos edificios. Uno es el Teatro Nacional de Mecklemburgo, de gran fama en toda Alemania por la calidad de los espectáculos que en ella se representan, tanto del género dramático como los musicales, conciertos, óperas, y ballets. Su estilo es neoclásico, con columnas y loggias, de color blanco y elegante techo de pizarra rematado en forma curva.
Al lado del teatro se encuentra el Museo Municipal de Schwerin, el mayor de la región. Es una pena no tener tiempo para visitar estos inesperados y valiosos museos en ciudades de las que ni habíamos oído hablar antes de visitarlas. El edificio se levanta sobre unas amplias y altas escalinatas que salvan el desnivel hasta la entrada principal, en forma de templo griego, peristilo con seis columnas de capiteles jónicos y frontón en el que descubro con sorpresa que la representación temática responde al final del mito de Eros (Cupido) y Psique, motivo raramente elegido en este tipo de edificios. Las figuras esculpidas en él están muy cuidadas y se destacan nítidamente. En el centro, ocupando la parte más alta del triángulo, aparece la figura de Zeus, (Júpiter) resaltada en su identidad además de por la majestuosidad, por el águila imperial que está a su lado. Está sentado en su trono, con el torso desnudo y con una mano se dispone a unir las manos de los jóvenes enamorados. La joven que tiene a su lado izquierdo es la bella Psique, caracterizada siempre en el arte por las pequeñas alas que salen de sus hombros. Los dos vuelven la mirada hacia Eros, (Cupido) que también extiende su mano para recibir a su amada. Él siempre lleva grandes alas en la espalda y en esta historia juega el papel protagonista de enamorado, en lugar de ser el que ocasiona el amor en los demás. La historia mítica la cuenta Apuleyo, escritor latino, en su libro “El asno de oro” y ha sido ampliamente recogida en el arte, en distintas manifestaciones. El final, tras una serie de peripecias, es feliz y Psique, la mortal que había sido castigada por querer conocer la identidad de su desconocido amante, que no era otro que Eros, perseguida por Afrodita, consigue el perdón de los dioses olímpicos y es recibida solemnemente en su Asamblea para celebrar las bodas con Eros. Aquí vemos también, al lado de Eros, a la diosa Afrodita, (Venus) sentada en su trono y al otro lado a la esposa de Zeus, Hera (Juno), reconocible por la diadema regia que adorna su cabeza.
En otro lado del Burgsee hay un pequeño puerto deportivo y en sus orillas el conocido adorno que últimamente prolifera en las ciudades europeas, la reproducción de un animal, en este caso un rinoceronte, con distintas decoraciones que se encuentra en distintos lugares. Abandonamos la ciudad de Schwerin en dirección al mar Báltico, habiéndonos dejado una buena impresión y el conocimiento aunque somero de su historia y ubicación.
WISMAR
Legamos a primera hora de la tarde a esta ciudad que se encuentra situada a orillas del mar Báltico, a la misma altura de Lübeck, en una bahía que lleva su nombre. Es otra de las sorpresas que nos aguardan en este viaje al descubrir tan bonitas ciudades con historia y arte del pasado y un presente activo y moderno que hace de ellas urbes muy gratas para la vida. La ciudad ha sido declarada patrimonio de la Humanidad.
Wismar en su origen fue sitio de paso para comerciantes hasta convertirse en ciudad. Junto a Rostock y a Lübeck formó una alianza comercial que dio origen a la primitiva Hansa, y tuvo su momento de esplendor en los siglos XIII al XV. Luego fueron relegadas por la importancia que adquirió Hamburgo y su gran puerto. Desde la paz de Westfalia, 1648, la ciudad de Wismar perteneció a Suecia durante más de 250 años. Actualmente pertenece también al estado de Mecklenburgo Pomerania.
El autobús, que se ha adentrado por el centro a la búsqueda del parking, pasando alguna dificultad al doblar una esquina, nos deja por ello en el mismo circuito monumental, delante de la altísima torre de la iglesia de Santa María y a los pies del solar que en otro tiempo ocupaban las naves de la misma. En Wismar vamos a seguir viendo y admirando varias iglesias de estilo gótico alemán, de tamaño extraordinario, construidas en el mismo material, ladrillo de color rojo, tan características de esta región. Se levantaron con el dinero de los comerciantes afincados en la ciudad y, aparte de la ostentación, fruto del poderío económico, las altas torres servían como punto de orientación a los navegantes que vivían o se dirigían a la ciudad.
Estamos delante de la Marienkirchturm, torre de la iglesia de Santa María, de una altura de 80 metros. Su fecha de construcción data de la mitad del siglo XIII. El reloj del extremo superior mide 5 metros de diámetro y por él suena, tres veces al día, un carillón que se oye por toda la ciudad. La iglesia resultó muy afectada en la última guerra Mundial y en 1960 el gobierno de la República Democrática mandó derruirlo, en lugar de acometer su restauración. Quedó en pie solamente la torre que se ha convertido en un símbolo de la ciudad. En el espacio de las naves han colocado alguna estatua y se ha convertido en zona de paseo que, por cierto, en este momento es también objeto de obras municipales.
Frente a la iglesia, en la plaza que la circunda, se encuentra el edificio que pertenecía al Archidiaconado, del mismo estilo gótico hanseático, con una curiosa disposición de sus ventanas, de distinta forma según las alturas, y rematado en giebel y una cornisa delante del tejado rojo.

Pronto salimos a la Plaza del Mercado. Es la más grande de Alemania, según reza su publicidad, aunque el mismo título se lo arroguen para sí otras plazas del país. Mide diez mil metros cuadrados pero nosotros no tenemos medios de comprobar la exactitud de las cifras. Lo que sí es cierto es que causa una buena impresión este gran y dispar espacio, en el que caben edificios de los más distintos estilos arquitectónicos y en el que ha dejado huella la historia de la ciudad y su política. Se puede decir de ella literalmente que “no cabe en la foto”, por buen gran angular que se tenga en la cámara de fotos. No se sabe por dónde empezar a mirar. En ella se encuentra el edificio que contiene la oficina de turismo que nos proporciona folletos incluso en español, logro que notamos que va cundiendo en los últimos tiempos y, pertrechados de tan valioso folleto y siguiendo a nuestro docto guía, seguimos viendo lo más interesante de la ciudad. El ayuntamiento es de estilo neoclásico, pues se reconstruyó a principios del siglo XIX, época en la que primaba ese estilo, aunque en su interior conserva elementos del antiguo edificio gótico tardío.

Tres son los monumentos que destacan más en la plaza. Lo que más atrae la vista, a pesar de los puestos de flores y de comidas y de las terrazas que ocupan la zona peatonal, es el Pabellón de la Fuente, Wasserkunst situado en un lateral del centro de la plaza. Es de finales del siglo XVI y su estilo es el renacimiento holandés ya que la realizó un arquitecto de Utrech. Está profusamente decorado y conservado ahora que ya no tiene la utilidad para la que fue construido. Hasta finales del siglo XIX sirvió para surtir de agua a los habitantes de Wismar. Hoy está protegido con una reja en la que hay incrustaciones doradas y su base la forma un banco de piedra que lo circunda, donde se elevan las farolas. En el pabellón propiamente dicho, separando cada uno de los doce lados, distinguimos unas estilizadas pilastras que representan unas cariátides en lo alto y en el fuste elementos geométricos. Está rematado por una airosa cúpula de campana, con ese color verde adquirido con el tiempo y convertido en sí mismo en un adorno, sobre la que aún se levanta un pináculo con otra cúpula de la misma forma, sustentada por otras columnas al aire de adorno similar a las del cuerpo principal.
Otro de los edificios representativos de la plaza es el conocido como Alter Schwede, el Viejo Sueco, el más antiguo y el más bello edificio gótico de Wismar, que data de finales del siglo XIV, lejana época en verdad, lo que le da un gran mérito al edificio. En su nombre lleva el recuerdo del largo dominio de los Suecos en la ciudad, detalle que volveremos a encontrar en otros momentos de la visita. Su fachada está rematada en escalera, hecha del ladrillo rojo y en el centro actualmente ostenta una bandera sueca, fondo azul con cruz amarilla. Ha pasado por diversas utilidades y hoy en día es un restaurante.
En la calle de detrás del Ayuntamiento se encuentra la casa llamada Zum Weinberg, en alusión a que sirvió como bodega. Es de estilo Renacimiento y color claro en su fachada. En un pequeño nicho está representado, como era de esperar, el dios Dioniso-Baco, sentado sobre un tonel y con un racimo de uva en una mano. Destaca y no por su valor artístico precisamente, sino por el color dorado con que le han recubierto. En el interior, en el patio de entrada, tiene un valioso artesonado que veremos en otra ocasión.

Seguimos por la Drämerstrasse, la más popular y comercial de la ciudad. En ella, además del ambiente animado, podremos ver dos interesantes y curiosos establecimientos. Uno es el que pertenece a la famosa cadena Karstadt y no porque esto sea una novedad, ya que se encuentran en todas las ciudades de Alemania, sino porque en ese lugar abrió la primera tienda de tejidos y ropa el avispado fundador de la cadena, Rudolph karstadt en 1881. No sabemos si llegó a imaginar el éxito de su empresa pero sí que fundó unas sólidas bases del negocio, tal vez el más próspero del país en este ámbito comercial.
El otro es la Ratsapotheke, una antigua farmacia en los bajos de un edificio gótico que tiene sus orígenes en el siglo XIV y desde entonces se mantiene. Entramos a comprar una pasta de dientes, para seguir la tradición…
A lo largo de toda la calle se pueden ver bonitas casas con el estilo de la zona.
Llegamos frente a la Schabbellhaus, construida con los planos del mismo arquitecto que concibió el pabellón de la Fuente, es decir con estilo renacimiento. En ella vivía el alcalde que fue de la ciudad, del que recibió el nombre. Está edificada con el ladrillo típico de la zona pero decorada como los de piedra. Tiene un color rojo llamativo. Actualmente es la sede del Museo de Historia de la ciudad.
Es bonito el entorno en el que se levanta la casa, frente a la importante y bella iglesia de San Nicolás y separada de ella por el Grube, que es el cauce de agua construido artificialmente más antiguo, o de los más antiguos, de Alemania. El agua discurre entre muros de piedras traídas del campo. Une el lago de Schwerin con el mar Báltico y data del siglo XIII. Las aguas que llegaban por ella además de abastecer de agua potable, tenían otros usos, como mover molinos o servir de transporte. Hoy ofrece un bonito panorama en sus márgenes.

La iglesia de San Nicolás sobresale llamativamente en la zona porque está bien conservada y por la altura grande de su torre, -que aún lo era más pero se derrumbó- y sus naves. Se empezó a edificar en el siglo XIV en este barrio cercano al puerto ya que San Nicolás, como hemos visto, es el patrón de los marineros y de los viajeros. Es un santo al que se le atribuyen muchos milagros, uno de los cuales cuenta que unos marineros, en medio de una terrible tempestad, invocaron su protección y seguidamente vieron aparecer la figura del santo sobre el barco coincidiendo con que se restableció la calma.
Visitamos su interior, que impresiona por la altura y luminosidad. Grandes retablos funerarios, en mármol y basalto y también otras piezas de madera policromada que ofrecen bastante más atractivo en sus figuras.
Seguimos el mismo recorrido que el Grube hasta llegar al puerto. El canal pasa bajo una bonita casa de entramado de madera, pintada de blanco que resalta con el color rojo de la pintura que ofrece un escenario perfecto para la foto recuerdo. Los árboles no han perdido sus hojas y las flores siguen brotando en las zonas ajardinadas.
Pasamos por el Lohberg, una agradable plaza cerca del puerto, donde se conservan tabernas en viejos edificios de entramado de madera entre el ladrillo.
Llegamos ante la Wassertor, la Puerta del Agua, la única que se conserva de las cinco que contenía la muralla de la ciudad. Es de estilo gótico, en ladrillo y su fecha por tanto es del siglo XV pero se levantó ya sobre una edificación anterior. Todavía se atraviesa por su interior.
Paseamos por el muelle en esta tarde espléndida de luz y casi calor. Se diría que el mar que se adentra hasta la población es el Mediterráneo, por el color azul de sus aguas. En el muelle está parado un viejo barco de vela como una atracción turística más.

Llegamos hasta la Baumhaus, (Casa-Barrera) casi al final del muelle. Es un edificio del siglo XVIII, antigua oficina de navegación, cuyo mayor atractivo lo constituyen la exhibición delante de la puerta, en su exterior, de dos réplicas de cabezas de dos suecos, cuyos originales están en el Museo de la Ciudad, vistosamente decoradas, que estaban colocadas en una barrera, sobre un largo tronco que flotaba en las aguas y que servía para cerrar el acceso al puerto por la noche o en caso de peligro. Hoy se han convertido en un símbolo de la ciudad.

Volvemos hacia el centro recorriendo otras calles diferentes, que nos permiten conocer mejor el casco urbano, además de sus monumentos, hasta encontrar un agradable lugar, al que entramos por una portada de ladrillo, rematada en un triángulo que da paso a un verdadero remanso de paz en esta no demasiado bulliciosa ciudad, un patio tranquilo y recoleto, ajardinado, al que dan algunos edificios. Uno de ellos fue un primitivo Hospital y posteriormente hubo aquí también un asilo de Ancianos. Desde dentro se tiene una buena perspectiva de la Iglesia a la que pertenece y que queda al lado, Iglesia del Espíritu Santo. Entramos luego en el interior del templo donde lo que más llama la atención y queda para el recuerdo es el artesonado realizado en el siglo XVII, en estilo baroco, de madera pintada que reproduce escenas del Antiguo Testamento.
La última iglesia que nos queda por visitar, que por supuesto es la última de las que tiene esta ciudad, es la de San Jorge, pues visitamos todas. Se considera un monumento excepcional dentro de la arquitectura hanseática, de ladrillo y del gótico. Se levantó por el gremio de los comerciantes y los artesanos en un principio, allá por el siglo XIII y sufrió las subsiguientes reformas adaptando el primitivo plan arquitectónico a los que primaban en la fecha de su finalización en los últimos años del siglo XVI. Lamentablemente fue muy dañado en la Segunda Guerra Mundial y todavía está en fase de reconstrucción. Su interior es impresionante por los millones de ladrillos que se suceden en sus muros. Hay restos de pintura gótica en algunas partes. Las bóvedas de crucería, pintada en blanco y rojo resaltando las líneas. La altura y el vacío por ausencia de mobiliario aumentan la sensación de amplitud o de desproporción con la figura humana.

Muy cerca de la iglesia de San Jorge se encuentra la Fürstenhof, la Corte de los Príncipes, un espléndido edificio civil, que fue la sede de los duques de Mecklemburg. Combina los estilos del gótico tardío y del Renacimiento de influencia italiana, a diferencia del holandés que se ha visto en otros inmuebles. Tanto en el exterior como en el interior está profusamente adornada, con una portada enmarcada por relieves y figuras. Unos extraños atlantes están a ambos lados de la puerta, sobre unas pilastras también esculpidas por figuras no habituales. Son una pareja de sátiros, una de ellas representa dos personajes masculinos y la otra son femeninos, en una imaginativa simbiosis de sátiro y mujer que no se prodiga en el arte. Encima de la puerta, enmarcando el escudo ducal, dos grifos, ese mitológico animal de reminiscencias fantásticas. Las elegantes ventanas están enmarcadas en adornos con ladrillo rojo y en este mismo material vemos unas pilastras que representan cariátides y atlantes alternados entre ellas. También el adorno se encuentra en un friso horizontal esculpido, encima de la portada principal, con pequeñas figuras en acción. Un paisano que se ha entretenido en hablar con nosotros, haciendo un alto en su trayecto de bicicleta, nos cuenta que estas escenas representan episodios de la Guerra de Troya. Por más que me esfuerzo en identificar alguno no lo consigo, puede que tenga razón, pero está poco claro. O se hace un acto de fe o se pasa de curiosidad por el tema. En su interior la fachada es prácticamente igual que en el exterior y desde el patio se tiene una bonita vista de la torre de Santa María.
Después de un largo rato de paseo libre por la ciudad, repasando los mejores rincones, volvemos a Lubeck donde pernoctamos de nuevo.


RATZEBURG, MÖLLN, LÜNEBURG

La ciudad de Ratzeburg dista de Lübeck tan solo 20 kilómetros y pertenece también al estado de Schleswig-Holstein. El adjetivo que los folletos turísticos colocan delante del nombre de la ciudad es el de “inselstadt”, una ciudad que es una isla. Como ocurre siempre, nuestra perspectiva de peatones, incluso cuando desde el autobús miramos por la ventana, no nos permite apreciar esta característica. Es al ver la fotografía aérea cuando queda patente su carácter de isla entre los cuatro lagos que la circundan y que sólo tres puentes la unen a la tierra firme. Esta es zona de agua, lagos y ríos y los que vivimos en la seca piel de toro vemos con verdadera envidia este exceso del necesario líquido, que además produce bellísimos paisajes en cualquiera de sus manifestaciones. Ratzeburg ofrece atractivas posibilidades, no sólo a los turistas que como nosotros, acudimos a su reclamo por unas horas, sino especialmente a los amantes de excursiones a pie, en bicicleta y de manera principal a los que ejercitan los deportes acuáticos.
La ciudad es pequeña, con sus casas de entramado, como ocurre por doquier, agradable de vivir a buen seguro, pero nosotros la atravesamos con el objetivo claro de ir a su parte más alta, para visitar la catedral, que, cual mástil de esta isla-barco, sobresale en un extremo. Pasamos con el autobús por el Ayuntamiento, un edificio que no pasa desapercibido porque está pintado de un color amarillo fuerte, por la plaza mayor, y seguimos, pues no hay señal que le impida su curso al autobús, hasta las cercanías de la catedral, que está rodeada de jardines y algo aislada del caserío y enmarcada por un muro de ladrillo.
En la parte exterior del muro encontramos un monumento conocido, una copia del león de Brungswick, símbolo del rey Enrique el León, presente en varias ciudades de esta zona, por ser el fundador de la ciudad o del monasterio católico que llegó a ser núcleo político y a cuyo alrededor se formaron las ciudades. Este es el caso de Ratzeburg. En el siglo XI el monje Ansverus, cuya sepultura se encuentra en el interior de la catedral, funda aquí un monasterio. En el siglo XII es Enrique el León el que gobierna la ciudad y funda un obispado e inicia la construcción de la catedral actual, a la que se la puede calificar de románica aunque en su arquitectura se puedan encontrar también rasgos de otros estilos, gótico y barroco. El obispo de la ciudad se convirtió en el príncipe con derecho a asistir a las dietas imperiales, como ocurre en Würzburg y otras ciudades. Hasta el siglo XVI se mantiene el culto católico y a partir de entonces aceptan la Reforma.
La catedral está formada de ladrillo rojo y cubiertas de color verde, como tantas otras que hemos visto hasta ahora. No tiene la altura exagerada de las torres góticas, pues ésta es cuadrada y ancha. En el encuentro de la nave el crucero sale una pequeña torre de estilizada aguja. En el muro distinguimos los pequeños arcos lombardos característicos del estilo románico. Los jardines que les rodean están diseñados y cuidados y podemos comprobarlo por la presencia de un jardinero, hombre mayor y con aspecto de buen profesional que recoge hojas y remueve la tierra mientras nosotros, en grupo, contemplamos la catedral y escuchamos las explicaciones sobre ella.
Luego entramos a ver la iglesia por dentro. Grandes pilastras de ladrillo dividen las tres naves. El sencillo ábside tiene ventanas a través de las que entra mucha luz que ilumina el interior. El techo de la nave central no es de medio cañón sino que sus arcos ya responden al principio del gótico, con bóvedas de crucería. Hay que valorar como obra artística de estilo renacimiento el gran púlpito, pieza más que obligada en un templo protestante, en este caso con la novedad de que su gran tornavoz, que sobresale mucho del púlpito propiamente dicho, es plano. En la parte baja, en el arranque de éste se lee una inscripción en latín muy apropiada para el lugar:
VERBUM DOMINI MANET IN AETERNUM
(la palabra de Dios se mantiene hasta la eternidad más o menos)
En el altar mayor vemos un dorado retablo del tamaño acostumbrado en estas iglesias. En lo alto, a la entrada del altar, también encontramos el grupo del Stabat Mater, compuesto de la Cruz y a un lado la Virgen y al otro San Juan.
Por toda la iglesia hay expuestas unas esculturas en madera, costumbre que ya hemos visto en otros templos, de utilizar sus amplios espacios como lugar de Exposiciones, abierto a todo el mundo.
A la salida, paseamos por la zona cercana al lago, aunque, por cualquier calle que hubiéramos tomado, habríamos llegado pronto a alguna orilla, dada su configuración, viendo casas típicas de la zona, ajardinadas y muy cuidadas. En el lago y en la costa se ven pequeños botes y piraguas varadas y en el agua balandros y barcos de recreo que le dan un aire de zona recreativa y de ocio.
La corta visita llega a su fin y seguimos camino hasta MÖLLN


MÖLLN

A esta población se la asocia indefectiblemente con el nombre de Till Eulenspiegel. Ese es el reclamo por el que hemos venido a conocerla aunque nos encontramos con otra encantadora ciudad, con las mismas características que otras de esta zona, llena de bosques en su entorno y rodeada de lagos, con un caserío pintoresco, de entramado de madera combinado con el ladrillo rojo. La zona es plana, como el resto del estado y se comunicaba con Lübeck por un canal del Elba. La ruta de la sal, que comunicaba Lüneburg con Lübeck pasaba por aquí. La ciudad mantuvo durante mucho tiempo sus murallas medievales. Actualmente tiene unos veinte mil habitantes.
Hoy nos encontramos un casco antiguo homogéneo, donde predomina el color rojo del ladrillo y los tejados junto al marrón de la madera que, unido al verde de los árboles y al colorido de las flores de los jardines, crea un perfecto escenario de armonía y belleza. Sobre una colina, en el centro de la vieja ciudad, se levanta la iglesia de San Nicolás, de pesada torre cuadrada y pronunciados tejados, de estilo románico y casi tapada por los frondosos árboles que crecen en sus laderas.
Vamos a pie por la Marktstrasse, calle peatonal donde, en el número 14 estaba instalada una farmacia y en ella, hacia 1800, vivió un doctor que fue el fundador de la homeopatía. Una inscripción en letras doradas pintadas en la viga horizontal lo recuerda.
Llegamos a la Marktplatz –que bien podría llamarse la Plaza Roja-. Allí está el edificio del Ayuntamiento, de estilo gótico, del siglo XIV, que sobresale en tamaño de los demás pero también está construido con ladrillo rojo y grandes ventanales, con su giebel correspondiente a cada lado. En el edificio está situado el Museo de Mölln y en un edificio situado enfrente del Ayuntamiento, de notable factura, está instalado el Museo dedicado a Till Eulenspiegel. Desde la plaza, al pie del Ayuntamiento donde también se encuentra la oficina de Turismo, salen las escaleras que suben hacia la iglesia.
La atracción fundamental la ofrece la escultura en bronce que se sienta displicentemente encima de la fuente situada en el muro de contención de la colina donde alza la iglesia. Representa a uno de los personajes más famosos del folklore alemán, especialmente de las regiones del norte del país, a Till Eulenspiegel (palabra compuesta de dos sustantivos, búho y espejo, animal e instrumento que, según las más antiguas representaciones, llevaba el personaje, uno en cada mano). Su iconografía es la de un juglar, con un gorro de tela del que cuelgan unos cascabeles que van anunciando su llegada.
Dice la tradición que vivió a finales del siglo XIII y que murió a mediados del siglo siguiente, precisamente en esta ciudad, después de haber viajado por muchas otras urbes del Imperio romano germánico. Es un personaje literario cuya personalidad ha adquirido caracteres tópicos en sus rasgos. Se decía de él que era inteligente, divertido e irreverente, cáustico y mordaz en su relación con los demás y maestro en la palabra, para hacer juegos irónicos con ella o para coger al pie de la letra expresiones hechas con el objeto de burlarse de quien las pronunciaba.
En los libros de lectura juveniles, tanto alemanes como en otras lenguas, siempre había una o más dedicada a las aventuras de Till Eulenspiegel, aunque su humor no siempre llegaba a ser captado por los más jóvenes.

Inspirándose en este personaje, se escribió a principios del siglo XVI un libro que narraba sus aventuras de autor desconocido.
Otra obra literaria en verso se debe a Johann Fischart, poeta del siglo XVI.
En el siglo XIX el escritor belga Charles de Coster utiliza el nombre del personaje para darle otro matiz diferente, pues hace de él un soldado flamenco que lucha por la libertad de su país frente a la dominación española y también por la tolerancia religiosa. Lo sitúa, por tanto, en el siglo XVI pero tiene otro carácter.
También en 1895 el personaje inspira al músico Richard Strauss que compone un poema sinfónico titulado “Las divertidas travesuras de Till Eulenspiegel.
Finalmente en 1927 un escritor alemán, Gerhart Hauptmann compone un poema satírico que lleva por título el nombre del personaje.
Observando la escultura de Till nos damos cuenta de lo brillante que está el pie perteneciente a la pierna derecha que monta sobre la otra y que él sujeta con sus manos por la rodilla, dejándolo al aire. Naturalmente se puede conjeturar que la tradición dice que si se frota con fe, -siempre en estos casos hay que tener mucha fe- mientras se pide un deseo, éste se concede.
Subimos a visitar la iglesia que nos deja el recuerdo de un bonito órgano barroco y unas guirnaldas pintadas en colores en el intradós de los arcos que separan la nave central con las laterales. En el atrio unos carteles informan de la historia de la supuesta lápida del legendario Till. Él murió en el siglo XIV y la lápida, por su grafía, se ha datado en el siglo XVI. La pieza se encontraba en el cementerio que rodeaba esta iglesia y la gente pronto la tomó por la auténtica que guardaba el cuerpo del famoso personaje. Llenos de ingenua y devastadora fe en que la posesión de un trozo de esta lápida les haría más felices, se dedicaron a romperla y llevarse un recuerdo de aquella piedra hasta que el párroco o las autoridades decidieron recuperarla y protegerla en la iglesia. Ahora se puede ver en el exterior, resguardada por una reja y anexionada a la pared de ladrillo del muro. Es un relieve sencillo que dibuja a un personaje, calzado con escarpines y vestido con calzas y un jubón rematado en cascabeles. En una mano se distingue el mochuelo y en la otra el espejo. Del gorro salen plumas y en la cintura lleva un bolso de cuero.
En el tiempo libre nos acercamos hasta la orilla del lago donde observamos el mismo paisaje que en otras ciudades de la zona, barcos, muelles, indicios de actividades que tienen el agua como objetivo. Árboles como los sauces llorones dejan caer sus ramas sobre las aguas.


Mölln
LÜNEBURG




La tarde nos depara finalmente una gratísima sorpresa porque la visita a la ciudad de Lüneburg nos gusta extraordinariamente. Es una preciosa y variada ciudad. Actualmente tiene unos ochenta mil habitantes y apariencia de ser ciudad viva y animada, sede universitaria. El comercio más importante durante la Edad Media fue el de la sal, cuya ruta partía de aquí y conducía a Lübeck y al Báltico. Este comercio contribuyó a su riqueza en aquel tiempo pero se talaron muchos árboles e incluso algunas partes del terreno se hundieron y como contrapartida a la bonanza económica de un tiempo, sucedió que las tierras quedaron improductivas por la salinización y durante siglos, hasta el XVIII, fue zona deprimida. Por esta causa fueron muchos los habitantes que emigraron a América buscando mejor futuro. Perteneció a distintos estados y formó parte de Francia hasta 1814. Actualmente forma parte del estado de Baja Sajonia. Su centro histórico no sufrió daños en la 2º Guerra mundial, y en verdad, la contemplación de su bello caserío transmite una sensación de autenticidad que lo hace más meritorio. Aunque sí sufrió el abandono propio del empobrecimiento comercial, ahora se tiene especial interés en recuperar, restaurar, conservar y valorar lo que viene de otros tiempos.
Quedamos delante de la Joanniskirche, una de las cuatro grandes iglesias de estilo gótico y consabido ladrillo rojo. Su exterior es una bella muestra. Frente a nosotros sobresale la Torre del Agua, de gran altura y también de ladrillo rojo, redonda, a cuya cima se puede subir para contemplar el panorama de la ciudad y sus alrededores. Es un buen reclamo turístico, que tal vez en otra ocasión...
A muy pocos pasos de la iglesia de San Juan se abre la gran plaza Am Sande. Es un espacio largo y rectangular en el que todas las casas son muy bonitas, con los giebel en escaleras los más de ellos, ventanas ojivales de estilo gótico, de no más de cuatro alturas, de colores que oscilan del blanco al oscuro pasando por rojos, cobrizos o tostados. Verdaderamente no se sabe a dónde mirar ni a donde apuntar el objetivo de la cámara. A medida que vamos avanzando el panorama se vuelve más completo pues ya se puede ver una gran parte de la plaza con la torre de la iglesia de San Juan al fondo, digno enmarque para tal cuadro.


La zona parece peatonal aunque hay coches, escasos, que conviven sin problema con los viandantes.
Seguimos por la Grosse Bäckerstrasse donde se conserva un interesante edificio, de finales del siglo XVI, con una portada pintada en amarillo que contrasta con el rojo oscuro del ladrillo del resto, de tres pisos y un frontispicio de cinco alturas con arcos de medio punto en cada una de ellas que van disminuyendo, propio del estilo gótico, como ya conocemos bien. La portada, de estilo renacimiento, está policromada en los relieves que la adornan, el escudo con los dos leones que lo sujetan y unos atlantes como pilastras en las jambas. Unas letras ilustran que esta es Die alte Raths-Apotheke. Tiene un histórico interior que no vemos.

Llegamos a la plaza del Mercado, uno de cuyos lados está ocupado por el Ayuntamiento, un soberbio edificio barroco, de 1720, de color blanco en su fachada y rojo en los tejados, con tres cuerpos y una airosa torre, que tiene dos templetes en disminución, encima del central. Éste se muestra decorado con esculturas que resaltan en sus hornacinas de color azul vivo, en dos de sus pisos y en el tercero también podemos contar hasta cinco figuras de mayor tamaño sobre peanas del mismo color azul. Adorna también la fachada un gran balcón corrido de fina rejería sobre el que destaca el reloj en tonos dorados. En el tímpano que corona este espacio reconocemos de nuevo el escudo de la ciudad sujeto por los leones que ya se había visto en la Vieja Farmacia. En la planta baja hay soportales y en uno de sus lados está instalada la oficina de Turismo donde pedimos información.
La plaza, cuadrada y armoniosa, contiene otros edificios de elegante porte y distintos estilos arquitectónicos. Uno de ellos, del mismo tamaño y color que el Ayuntamiento, fue el antiguo palacio ducal, edificado por un arquitecto italiano según los palacios renacentistas de su país a finales del siglo XVII. A la puerta principal, enmarcada por dos columnas, se sube por una escalera. De esta manera, colocado frente al Ayuntamiento, el duque mostraba cierto desafío en la ostentación de su poder y ambos edificios son testimonios del pasado histórico de Lüneburg. El palacio tuvo varios usos, incuso el de cuartel. Hoy contiene un tribunal de justicia.
En una de las casas de la burguesía habitaron durante cuatro años, de 1822 a 1826 los padres de poeta Heinrich Heine. Hoy es una fundación cultural.
En el centro de la plaza hay una fuente, Luna Brunnen, coronada por una graciosa escultura de la diosa Diana, en bronce, con un arco en una mano, la lanza de cazadora en la otra y sobe la cabeza una media luna de buen tamaño que es uno de los signos de identidad de la diosas, asociada a la Luna como su hermano gemelo Apolo está asociado al Sol. Se ha convertido en uno de los símbolos de la ciudad.
Seguimos nuestro periplo por esta ciudad cuyo nombre no nos decía nada hasta ahora pero que de aquí en adelante está ya asociado a una bella población. Entramos en un patio lleno de flores, dependencias del Ayuntamiento y un poco más lejos nos topamos con un barrio muy bonito, de calles tranquilas con pequeñas casas, todas del mismo tamaño, con su giebel más o menos adornado, llenas de encanto, cuidadas y perfectamente restauradas. Nos llama la atención las puertas, modernas pero con pretensiones decorativas y seguramente son reflejo de cierto espíritu de rivalidad entre sus respectivos dueños, a ver quién pone una más original o adornada.
Al final de una de las calles entramos en una plaza presidida por una iglesia, la de San Miguel y en una de las casas se lee una inscripción que nombra a Juan Sebastian Bach. El músico pasó una temporada en esta ciudad, donde había un centro musical, en casa de un tío cuando murió su padre.
Por todas partes se ven casas bonitas, con el entramado de maderas pintadas, miradores, puertas de diversos colores, ventanas variadas, frontones típicos, el ladrillo rojo predominante.
Nos trasladamos ahora a la zona del antiguo puerto, el Wasserviertel, a orillas del río Illmenau. El panorama es sorprendentemente bonito. Una de las atracciones de la ciudad es una antigua grúa medieval -Kran- que todavía sigue funcionando. Un poco más lejos vemos la vieja torre del agua, junto al molino sobre el río. Otra perspectiva es el remanso del río y al fondo el Brausebrucke, en esta zona tan bonita. Las terrazas de bares y restaurantes están llenas de gente en esta agradable tarde del inicio del otoño.
El día termina lleno de imágenes bellas y nos disponemos a prepararnos para mañana seguir recibiendo otras semejantes.

BREMEN




24 jueves
Bremen, junto a Berlín y Hamburgo, es una de las tres ciudades alemanas que son a la vez estado. El estado de Bremen comprende la ciudad propiamente dicha y Bremerhaven, a sesenta kilómetros, que es el núcleo urbano creado en torno a la desembocadura del río Weser, donde se encuentra el segundo puerto en importancia del país, después del de Hamburgo. Su símbolo y motivo que se encuentra en el escudo, -y también en las tapas de las bocas de riego-, es la llave de San Pedro porque en el año 789 se dedica la primera catedral al Santo. Dos años antes Carlomagno había creado el obispado de Bremen.
Nuestro hotel, de la cadena Ibys, está situado muy en el centro aunque fuera de la zona antigua y monumental, rodeada y enmarcada por agua y por jardines. Llegamos el miércoles 23, cuando ya ha oscurecido. Desde el hotel vamos a buena marcha hasta el restaurante donde tenemos concertada la cena. Es un enorme edificio que alberga además de este local otras dependencias oficiales.
El nuevo día amanece en la misma tónica climática, sol y buen tiempo, tan favorable para practicar el turismo aunque la prolongada sequía pueda producir preocupación a los lugareños, más acostumbrados a la lluvia de otoño que a estas temperaturas primaverales.
Salimos a buena hora a visitar la ciudad, conocida, al menos por los de más edad, por el título de un cuento de nuestra niñez, “los músicos de Bremen”, que tenía a cuatro animales por protagonistas. Podremos comprobar hasta qué punto la ciudad ha hecho de este cuento una de sus señas de identidad porque además del arte de museos, catedrales y ayuntamientos, también la tradición literaria, incluso en el género del cuento, forma parte de la cultura, ese tejido de la civilización que alimenta el espíritu y está presente en tantos lugares de la vieja Europa.
Nos dirigimos primero hacia la Estación Central, la Hauptbahnhof un gran edificio, reconstruido después de la guerra mundial. Los sindicatos de ferroviarios estaban muy bien organizados. Eran de izquierdas y tuvieron tanto poder que impidieron durante mucho tiempo que se construyeran autopistas que podrían hacerles la competencia. Las primeras que se hacen en tiempos de Hitler tienen por objeto el transporte de las tropas. Dada la importancia del transporte por tren, tanto de viajeros como de mercancías, los edificios de las estaciones son de gran tamaño y rica decoración, acorde con el papel que jugaban en la vida ciudadana. Al lado de la estación se encuentra un gran Museo de Ultramar, que expone objetos procedentes de los países con los que tenían relaciones comerciales, especialmente de América y de África.
Entramos en la almendra central de Bremen por Herdentor, uno de los puentes que la ponen en contacto con los barrios del ensanche y que en otro tiempo era la salida al campo de la por entonces pequeña y agrícola ciudad. Andando un poco por Am Wall y volviendo la vista a la derecha tenemos una sorpresa paisajística. En uno de los espacios ajardinados que rodean este centro histórico, como un verde festón si lo miramos en el plano, han colocado un gran molino, hecho de madera oscura, con las aspas de color rojo, y un primer cuerpo con tres pisos de pequeñas ventanas blancas. Está rodeado de árboles y en el suelo, además del césped, una alfombra de flores de vivos colores que se reflejan en las aguas del canal, el Stadgraben. Un buen escenario para hacerse una foto recuerdo.
Volvemos sobre nuestros pasos para entrar al centro de Bremen por la Sögestrasse, calle peatonal y comercial cuyo nombre significa literalmente “calle de los Cerdos”. Era el camino por donde salían los pastores con sus animales al campo, cuando la ciudad era un pequeño núcleo habitado por comerciantes y agricultores. Allí, al principio de la calle, han colocado como recuerdo de viejos tiempos una moderna escultura de varios elementos. Se trata de un pastor que conduce una piara de cerdos, acompañado de un perro que a sus pies levanta atento la cabeza mientras el hombre, agarrado fuertemente a su bastón, toca una corneta. El bronce de que están hechos, todavía no ha envejecido por la lluvia y el tiempo. Los prados estaban por donde hoy está la estación y algo más allá.
La calle nos conduce a la plaza y ya no evoca tiempos pasados. Ahora tiene buenas tiendas que animan la vida ciudadana. Pasamos por un lujoso pasaje comercial, cubierto de techos acristalados, como los que también había en Hamburgo. Vemos la Casa Geschäftsham, bonito edificio en Junge Stil y otras casas burguesas del siglo XVII.
Llegamos a la plaza que hay delante de la iglesia de Nuestra Señora, Unser lieben Frauen Kirche, donde encontramos un magnífico mercado de plantas y flores que adornan aún más el bonito escenario, con las mejores formas y colores y cuyos puestos casi ocultan una graciosa fuente. La iglesia es la parroquia más antigua de la ciudad. Se inicia en el siglo XI y se erige fuera del barrio episcopal, cuyo centro es la catedral. Era la iglesia que pertenecía al Municipio, el cual alimentaba a su párroco y a los demás sacerdotes. En ella se guardaban los fueros y documentos de la ciudad antes de la creación del Ayuntamiento, Se oponía a la catedral, que dependía de la Iglesia de Roma, pues de allí se nombraban y sustentaban a los obispos, enfrentamiento que ya hemos encontrado en otras ciudades y que seguiremos viendo. El estilo de la iglesia empieza siendo románico y termina en estilo gótico. Tiene una particularidad arquitectónica, y es que, perpendiculares a la nave central, hay tres grandes naves transversales. En la pequeña y antigua casa de techo triangular, ladrillo rojo y ventanas blancas que se ve adosada a la iglesia, vivía el sacristán.
Una de las costumbres prusianas consiste en poner a militares en estatuas anexionada o a veces al lado de la fachada principal de la iglesia. Aquí está el General Mölke, que participa activamente en la unificación alemana junto al canciller Bismark y al rey Guillermo.
Cuando abren el templo entramos a visitarlo aunque no hay ninguna obra de arte que sea digna de recuerdo. Gruesas columnas y vidrieras modernas.

De ahí, en un entorno con casas hanseáticas de característicos frontones, pasamos a la siguiente plaza a la que da un lateral del Ayuntamiento. En una esquina se halla la mayor atracción turística en un pequeño monumento en bronce, realizado en 1951 por Gerhard Marcks, que representa a los Músicos de Bremen, una curiosa orquesta compuesta por un burro, un perro, un gato y un gallo, subidos uno encima del otro y todos ellos sobre un pedestal. Es uno de los rincones ciudadanos más visitados porque, además de conocer la escultura en sí que festeja a los héroes del cuento, la tradición dice que, al frotar las patas y el hocico del burro, si se pide un deseo, se concede y pocos resisten la tentación de hacer la prueba. El famoso cuento infantil de los hermanos Grimm de los cuatro animales que logran desarticular una banda de ladrones a los que asustan con sus sonidos, está presente en la realidad pues hay representaciones todos los domingos en esta plaza y se encuentran reproducidos por todas partes y en todos los formatos imaginables, esculturas exentas de adorno, y pequeños recuerdos como en cerámica, llaveros, posavasos, camisetas etcetera.
Dando la vuelta entramos en la Marktplatz. Es uno de los recintos arquitectónicos seguramente más bellos de Alemania, así lo creen firmemente los habitantes de aquí y no vamos a llevarles la contraria porque no tendríamos argumentos. En un extremo, algo separada del recinto, se alza la catedral de San Pedro cuyas torres sobresalen imponentes por encima de un moderno edificio que ofrece un buen contraste con el entorno. La plaza es bella por sus cuatro costados. El Ayuntamiento, Rathaus, fue en principio la sede del Consejo. Es un edificio gótico, de principios del siglo XV pero a principios del siglo XVII el Senado consideró que la fachada no respondía a la importancia del organismo y mandó rehacerla en el estilo Renacimiento de la región del Weser con influencia holandesa a través de artistas de ese país. El cuerpo central fue demolido y se renovó con un gran mirador acristalado, rematado en un giebel, y las ventanas de los laterales también se agrandaron para hacerlas a juego. En la época del gótico estaba decorada con imágenes del emperador y los siete príncipes electores, de profetas y de sabios. En su terminación definitiva se reprodujeron los mismos personajes en artísticas estatuas, el emperador, los tres electores religiosos, los tres civiles, otros títulos importantes, además de relieves, adornos y escudos e incluso alusiones a alguna de las tradiciones de la fundación de Bremen. Observamos las balaustradas labradas y en los bajos unos soportales de arcos de medio punto y bóvedas de crucería. Ya en el siglo XIX se demolieron las viejas dependencias anexas al Ayuntamiento y se edificó en su lugar un enorme edificio que se conoce como Neues Rathaus. El interior debe de ser muy interesante. Aún conserva el Ratskeller, sala-bodega de siglos de tradición.
En otro de los lados hay una serie de bonitas casas, rehechas a principios del siglo pasado aprovechando elementos de otras destruidas, en estilo hanseáticos, armónicas entre sí y en el conjunto de la plaza. En ellas vivían las familias de la alta burguesía, compuesta por los comerciantes enriquecidos por sus negocios. Frente al Ayuntamiento hay otro bonito edificio del que no podemos disfrutar por estar en obras. Es la Cámara de Comercio, sede del poderoso gremio que imperaba en la ciudad, de estilo barroco. El edificio moderno, de fachada acristalada que vemos en el lado opuesto a las casas, es el Parlamento del Estado de Bremen, proyectado en 1966 por un arquitecto de fama internacional, Wassili Luckhardt y cuya construcción sin duda suscitó reticencias entre los habitantes de la ciudad, los partidarios de la arquitectura moderna y los de gustos más tradicionales.
En el centro se levanta un monumento que, junto al Ayuntamiento, es patrimonio de la Humanidad. Es la estatua de Rolando, símbolo en Alemania de la autonomía y libertad de los pueblos. En otras ciudades de Alemania también habíamos visto grandes estatuas de Rolando pero ésta, indudablemente, es la más grande y la más bonita de todas. Estamos de acuerdo con la Unesco. Está erigida allí desde el 1404, aunque su impresión es la de una obra nueva, y actualmente se muestra como un símbolo de la ciudad, cuidado y protegido, para que les reporte otros beneficios, en este caso de ingresos por turismo, en un momento en que ya se disfruta de la libertad anhelada en los viejos tiempos. El monumento está rodeado de una decorativa verja rematada en adorno dorado de flor de lis o de punta de lanza en cada uno de sus barrotes. El héroe está de pie, empuñando la espada con el brazo derecho y sujetando el lujoso cinturón propio de un rey medieval con el otro. El escudo de Alemania, águila negra sobre fondo dorado, lo lleva pegado al pecho y sobresale como una mancha cromática en la granítica figura. Está enmarcado por un templete gótico que lo protege y a la vez embellece el monumento. Su postura, mirando de frente a la catedral, es en cierto modo retadora para con el obispo, proclamando su independencia frente a él. Los sicarios del obispo tiraban la estatua de Rolando una y otra vez hasta que se puso la actual que fue la que resistió. A los pies de la estatua se distingue una cara que la tradición dice que se refiere al joven tullido elegido para marcar, en su carrera, el perímetro en el que se iba a construir la ciudad.
Nos acercamos luego a la Catedral de San Petri, de rito evangélico luterano, con más de 1200 años de historia. Empezó siendo una iglesia de estilo románico para renovarse en el siglo XIII en el estilo entonces imperante, el gótico. Se termina en el siglo XIX.
Antes de entrar nos enteramos de una costumbre local que tiene lugar en la puerta de la catedral y de la cual son protagonistas las parejas de novios dispuestos a contraer matrimonio en breve. Días antes se dedican a recoger chapas que la novia arroja en las escaleras y obliga al novio a barrerlas una y otra vez hasta que se convence de sus habilidades para la limpieza de la futura casa. Y efectivamente, prueba de la veracidad de semejante tradición son las chapas que aún permanecen incrustadas en las grietas de las viejas piedras.
Al lado de la catedral se encuentra una estatua del Mariscal von Bismarck en un caballo, sobre un alto pedestal. Responde a la costumbre prusiana de honrar así a sus generales. En la fachada predomina como elemento artístico el arco de medio punto, en los cuatro grandes arcos de la parte baja, en la arcada del piso siguiente y en las ventanas ciegas de sus altas torres. Tiene un gran rosetón y mosaicos en los tímpanos de los dos arcos centrales. La puerta de la derecha es un magnífico ejemplo de relieve en bronce.
El interior es luminoso y está pintado con colores diversos. La luz atraviesa las vidrieras de las ventanas góticas. Tiene un bonito púlpito que fue un regalo de la reina Cristina de Suecia y una pila bautismal valiosa. Vemos varios extraordinarios órganos en distintos sitios y nos podemos hacer una idea de cómo pueden sonar cuando de repente el espacio se llena de una maravillosa voz que, acompañada de la música de un órgano situado en un lateral del altar, ensaya canciones para un próximo evento religioso. Nos sentamos a escuchar a una joven vestida informalmente, de pequeña estatura pero de grandes cualidades que nos hace pasar un muy buen rato.
La cripta, que contiene tumbas de antiguos obispos y una bonita cruz de un Cristo románico sobre el altar, es la única parte que contiene elementos arquitectónicos del románico. Es un lugar tranquilo y recogido.
En la plaza al lado de la catedral se encuentra una fuente que, como es natural, está presidida por el dios Neptuno, el Poseidón griego, que conduce su carro tirado por hipocampos, y empuña su tridente con el brazo derecho pero cualquier parecido con la iconografía clásica se descarta a primera vista. Es una versión moderna del tema.
Uno de los edificios públicos es el Bremer Bank, un banco que pertenece a la ciudad.
Nos adentramos ahora a una de las calles más famosas, no sólo de Bremen, sino de la Alemania del norte, es la Böttcherstrasse. Es una original calle que mide unos 110 metros y que comunicaba la margen del río Wesser con la plaza del Mercado, conocida desde la Edad Media. Cuando el puerto cambió de sitio y el comercio de toneles, -que es lo que significa la palabra Böttcher-, declinó, la zona entró en gran declive, allá por la mitad del siglo XIX. En 1902 los habitantes de la casa más noble de la calle, el número 6, convencieron a Ludwig Roselius de que la comprara. El entonces comerciante de café y luego el descubridor de la variante descafeinada, utilizó primero la casa para guardar los sacos y cajas de su negocio. Después tuvo la idea de convertir la calle entera, de la que había comprado todas sus casas, en un verdadero centro de arte con la ayuda de arquitectos y escultores.
Nos introducimos por el pequeño callejón y lo primero que encontramos es el enorme relieve dorado que representa al arcángel San Miguel venciendo al dragón pero el simbolismo de la escena se define como el que trae la luz. Siempre están en enfrentamiento el mal y el bien, la luz y la sombra, el héroe y el monstruo.
En la calle se encuentran bonitas tiendas, cafés, restaurantes, un hotel y una Galería de Arte con dos museos, el Paula Modersohn-Becker museum y el Roselius museum. Las casas están construidas en ladrillo rojo en el estilo de los años veinte del siglo. Se terminó en 1931. En un ensanchamiento de la calle se encuentra el edificio que contiene el carillón que suena todos los días tres veces mientras que de un aparente muro en la esquina donde confluyen dos casas, van saliendo unos relieves policromados, esculpidos por el mismo artista de San Miguel, que representan a personajes preclaros relacionados con el mar, navegantes y armadores, para nosotros el más conocido de todos es Cristobal Colón. El carillón, di Glocke, está formado por treinta campanas de porcelana de Meissen. La plaza se llena de gente que aguarda el momento con la esperanza de ver algo diferente que sólo se puede ver en esta ciudad, especialmente al medio día.
En el final de la calle y dando a la Martin strasse, esta la vivienda de Robinson Crusoe, la vieja casa donde la tradición quiere creer que vivían los padres del más famoso solitario de la literatura universal y que ahora sirve de reclamo publicitario.
Visitamos ahora el barrio más viejo y más famoso de la ciudad, el de Schnoor. Historia, pintoresquismo, belleza, tradición se mezclan en este típico entorno. Como lugar que acoge a turistas y visitantes, está lleno de tiendas de recuerdos, de moda, de restaurantes y de bares. Las pequeñas casitas que lo forman, todas ellas del mismo tamaño y parecida forma, datan del siglo XV y XVI. A la entrada está la iglesia de San Johanis, de ladrillo rojo y mediano tamaño. En un espacio algo más abierto, sin que llegue a la categoría de plaza, se abre una gran hornacina en la fachada de una casa que es establecimiento público. En ella hay una estatua de Santiago el Mayor, importante santo en la Edad Media y polo de atracción para peregrinos de toda Europa por el lugar donde se cree yacen sus restos, en Galicia. Lleva un sombrero de ancha alas con la viera adornándola, capa de caminante y se apoya en el bastón, necesario para el camino. Una de esas peregrinaciones arrancaba de aquí.
Como curiosidad vemos la casa más pequeña de Bremen y pasamos por la calle más estrecha, por donde alguna persona obesa habrá tenido que desistir por imperativo físico. Un bello arco de entrada a una casa, con adornos y relieves de estilo renacimiento, tiene la fecha de 1627 tras una inscripción en lo alto.
En alguna lleva escritas unas palabras que merece la pena conocer su significado: HOTZEITSHAUS, literalmente, casa de matrimonio. En su tiempo la legislación imponía la condición de ser ciudadano de Bremen y dueño de una casa en la ciudad para poderse casar. Algunos que no reunían esa condición, compraban una casa por horas, las necesarias para justificar que se era propietario y celebrar la boda. Luego se deshacía el contrato de la compra y no el del matrimonio.
El barrio resulta un lugar atractivo para comprar, comer o tomar algo, fijándose en cada fachada, ventana o puerta, todas ellas cuidadas hasta en los más mínimos detalles y en las que se encuentra toda la gama de colorido, además de plantas, flores y otros adornos.
Salimos del barrio y parece que hubiéramos salido también de época, del siglo XVI, al XXI bruscamente. Los coches y autobuses pasan por el puente Wilheim Kaisen con la prisa que nuestro tiempo impone. Nosotros bajamos desde el puente para continuar el paseo por el muelle de San Martin, el Weserpromenade Schlachte, de nuevo alejados del ruido de la circulación, en la orilla del importante río que pasa por Bremen.
Allí, comunicado con el muelle por una pasarela, hay un barco antiguo, con los mástiles y los cables y el casco de madera, muy bonito. Mirando hacia arriba, a la ciudad vemos otra iglesia de ladrillo rojo. Es la St Martini que antes vimos por la salida de la Böttcherstr.
En la isla que divide el Weser del kleine Weser está el museo de Arte Moderno y no lejos, al otro lado del barrio de Schnoor, entre jardines, se encuentra el Kunsthalle, museo de Bellas Artes que en estos meses está cerrado por obras.
Resulta muy agradable pasear por la zona de los parques que bordean la ciudad, con las vistas que proporcionan las aguas del Stadtgraben, aunque haya que sortear bicicletas que se mueven por allí en abundancia.
La ciudad de Bremen nos deja un grato recuerdo


OSNABRÜCK
La primera parada tiene por objeto visitar la ciudad de Osnabrück, que perteneció también a la Liga Hanseática y hoy es una de las más importantes del estado de la Baja Sajonia, aunque su cultura tradicional corresponde más a la de Westfalia. Es una capital bastante grande conocida por tener Universidad y por ser sede de obispado.
También fue fundada, como otras de la Hansa, por Carlomagno a finales del siglo VIII en su campaña contra los sajones y su empeño en establecer el cristianismo en la zona.
Entra Osnabrück en la historia moderna por ser, junto a Münster, la ciudad donde se firmó la Paz de Westfalia, en 1648. Aquí fueron los protestantes los que firmaron. En la ciudad desde entonces se mantienen los cultos católicos y protestantes a partes iguales.
La ciudad sufrió graves daños en la segunda Guerra Mundial y sus principales monumentos así como parte del casco viejo fueron reconstruidos a su término.
Entramos con el autobús hasta el centro de la ciudad y bajamos muy cerca de la Catedral de San Petri, el Dom. Es de rito católico. Se construyó en el siglo XII sobre la primitiva iglesia de época de Carlomagno, en el estilo románico que es el predominante en el edificio. Tiene una original estructura ya que sus dos torres son diferentes entre sí. Ambas son cuadradas, pero una es más ancha y de dos cuerpos, con ventanas ya góticas, y la otra más estrecha y con cuatro cuerpos. Encima del crucero, en la intersección se levanta una cúpula octogonal que nos recuerda los cimborrios de las catedrales románicas de la vieja Castilla. Un gran rosetón está en medio del cuerpo frontal, rematado en un frontón triangular en el que hay cuatro ventanas. La puerta es de pequeño tamaño y como casi todas las iglesias en Alemania, está abierta durante la parte central del día y podemos entrar a visitarla.
No lejos de allí está la Iglesia de Santa María, Marienkirche, ésta sí de rito protestante, y de estilo gótico. Su fachada principal está frente a la del Ayuntamiento y en cambio da su parte trasera, -bella parte trasera- hacia la Catedral. De nuevo encontramos la diferencia entre la Iglesia de Roma y la del municipio. El ábside que nos sale al frente cuando nos dirigimos desde la catedral hasta la plaza donde está el Ayuntamiento, es un buen ejemplo del gótico, con arbotantes, ventanas góticas, balaustradas ornamentales y por encima sobresale la torre, airosa, estrecha y de color negro. La puerta de entrada al templo, con arquivoltas en las que están representadas las vírgenes prudentes y las necias y un tímpano donde se reconoce la Coronación de la Virgen. Su interior es luminoso, con grandes columnas, ventanas góticas, vidrieras, un gran Cristo románico que pende encima del altar y el pequeño retablo que lo preside, en un estilo muy parecido al de otras iglesias protestantes.

Pasamos un rato en la plaza donde podemos observar que es día de bodas. Las parejas y sus invitados posan a la salida del Ayuntamiento delante de las monumentales fachadas. Vemos un árbol destacado sobre un pedestal. Es un recuerdo del bosque de Teotoburgo, bosque donde se celebró una famosa batalla en los tiempos antiguos, que está cerca de aquí.
El Ayuntamiento es también un edificio de estilo gótico tardío, de principios del siglo XVI, con dos plantas y un enorme tejado de pizarra a dos aguas. A su lado un edificio oficial, con giebel en escalera, donde se guardaban las medidas y pesos.
En la ciudad encontramos una casa que es una Fundación en honor del escritor nacido en esta ciudad, Erich Maria Remarque.
Paseamos por las calles de la parte antigua, donde encontramos bonitas casa, reconstruidas y muy cuidadas.
Vamos por la calle Heger Tor, que como su nombre indica, termina o empieza en la Puerta medieval del mismo nombre, un resto de la antigua muralla que rodeaba la ciudad. Por la parte exterior está remozada en el siglo XIX, en estilo clasicista, formando una especie de arco triunfal adosado al antiguo muro, que en la parte alta lleva una inscripción en letras doradas en que se agradece la participación de los habitantes de Osnabrück en la batalla de Waterloo, en 1815.
Seguimos nuestro recorrido turístico aunque dejamos de ver dos iglesias más que hay en la ciudad, la de San Juan y la de Santa Catalina, las dos góticas en su arquitectura. Llegamos junto a una de las torres medievales que aún conserva la ciudad, la Bucksturm, que antiguamente estaba incorporada a la muralla. Data del siglo XIII y servía como torre de vigilancia. En su origen era la torre defensiva más alta de la ciudad, con 28 mts de altura pero no sabemos cuántos pisos tenía. El techo de tejas rojas es un añadido del siglo XIX. Adquiere más importancia histórica en la Edad Media baja, cuando es utilizada como calabozo. En ella estuvieron presos personajes conocidos y sabemos que también quedaron encerrados los enviados de los anabaptistas de Munster. En el siglo XVI y XVII, en plena época de la caza de brujas, sirvió también como cámara de tortura para las desgraciadas mujeres a las que les acusaban de encarnar a tan temidos personajes. Hoy en día hay una exposición en la que se explica el trasfondo ideológico y el procedimiento de la caza de brujas.
El antiguo convento de dominicos, Dominkanerkirche, es hoy una Kunst Halle y el Palacio se ha convertido en la Universidad.


MÜNSTER




Münster es la ciudad de la Paz, la ciudad de los anabaptistas, la ciudad de las bicicletas, la ciudad de una famosa universidad, en fin una ciudad que bien merece una visita y eso es lo que hacemos en un soleado y cálido día. Es una antigua urbe, fundada hace 1200 años y hoy ofrece un aspecto agradable, acogedor, elegante y muy vital.
La paz, a la que todo hace referencia en la ciudad, es la famosa Paz de Westfalia, que fue firmada aquí por el partido de los católicos -ya que firmaron por separado protestantes y católicos y aquellos lo habían hecho en Osnabruck-, el 24 de octubre de 1648, dando con ello fin a la terrible y destructora Guerra de los Treinta Años en la que tantos países habían estado implicados por intereses religiosos, políticos y económicos y de la que tanto tiempo costó recuperarse. Once años después se firma la paz de los Pirineos, entre España y Francia. La Europa que ya había sido resquebrajada por la Reforma de Lutero, dejó de ser la misma entidad que había sido y quedó devastada. Participaron los gobernantes de esos países, como el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, que era Fernando III y el rey Felipe IV de España, cuyo representante fue el Conde de Peñaranda, el rey de Francia y el de Suecia entre otros importantes personajes. Fue una reunión diplomática al estilo de las que hoy en día se celebran entre los políticos de todo el mundo y dio lugar a que se introdujera un nuevo orden en Europa.
En nuestro paseo al centro pasamos por delante de la iglesia de Santa María, de estilo gótico y una sola torre cuadrada. La bordeamos por la zona del ábside. Sus largas y estrechas ventanas ojivales se suceden por todo el exterior de la iglesia y los techos de teja roja ponen una nota de color.


Nuestra atención la atrae desde lejos las altas y cuadradas torres de la catedral de San Pauli y llegamos hasta ella atravesando espacios de la ciudad amplios, llenos de árboles, con pavimento de adoquines en el que no se distinguen aceras, agradables para pasear porque no hay coches y con la única obligación de saber sortear las muchas bicicletas que circulan conducidas por personas de toda edad y condición, desde hombres y mujeres de mucha edad a jóvenes universitarios que tanto abundan en esta ciudad, pasando por madres con bebés a los que colocan en un pequeño carro adaptado a la bicicleta y que desde tan temprana edad se acostumbran a este ecológico medio de transporte. Todo un ejemplo para los madrileños que contemplamos estas escenas con admiración y envidia.
El enorme templo fue iniciado en estilo románico, pues ya a principios del siglo IX se funda aquí una catedral y se termina con elementos del gótico, como tantos otros. El techo de las torres y de las naves es de color verde. En su entrada encontramos un pórtico de la Gloria, con esculturas románicas en los cuatro lados del recinto. En el parteluz hay una gran escultura de San Pablo empuñando la espada que le caracteriza y en lo alto la imagen de un Cristo Pantócrator con los evangelios en una mano.
El interior del templo tiene tres naves y un crucero y dos coros. La nave central sobresale de las laterales y por encima hay una línea de ventanas. En el ábside de la cabecera destacan las vidrieras que matizan la luz. Su construcción es gótica, predomina el arco apuntado y las bóvedas de crucería con los nervios que convergen en el centro. Sus muros están compuestos de ladrillo cuadrado de color claro. Pero lo que de este sacro recinto más nos gusta y nos quedará en el recuerdo es el Claustro magnífico que a la vez es cementerio. Está cerrado y en él se abren grandes ventanales góticos cubiertos por cristales emplomados. Afuera hay un templete en forma de pináculo y en una zona, entre altos cedros que prolongan la vista de tan bello lugar hacia el cielo, están concentradas unas sencillas y geométricas tumbas a la cabecera de las cuales han colocado unas macetas de flores que alternan simétricamente los colores rojo y amarillo intenso, produciendo un armonioso efecto cromático.

Desde la catedral nos dirigimos al Ayuntamiento, concretamente a la Friedenssaal, la Sala de la Paz, un recinto impregnado de historia en sí mismo. Es la parte más antigua del ayuntamiento que data de la segunda mitad del siglo XII en su origen. La fachada es del siglo XIV y se unió en el siglo XVI al edificio contiguo. Tiene el frontispicio en forma de adornada escalera. En la parte baja unos soportales de arcos apuntados permiten el paso de peatones. El primer piso formado por ventanales góticos de gran tamaño que contrastan con los de los dos pisos superiores no en la forma, que sigue siendo apuntada, pero sí en dimensiones.
Entramos en el edificio y concretamente en la famosa Sala de la Paz del antiguo Concejo. Es uno de los ejemplos más bellos del gótico alemán. Sus revestimientos de madera con relieves fueron preservados en la última guerra mundial y con ellos se reconstruye la sala y el edificio que, como gran parte de la ciudad, sufrió graves daños. El techo es un artesonado de madera con cuatro grandes vigas transversales. Tres de los muros están revestidos con los antiguos paneles de madera profusamente labrados, que datan del siglo XVI, que incluyen disimulados armarios en la parte norte, la más lujosa y principal, recubierta de arriba abajo y con entalladuras de hierro entre los relieves en cada una de las puertas. En el centro de esta pared preside un crucifijo de antigua y valiosa talla.
En uno de los lados los revestimientos de madera ocupan la mitad del muro hacia el suelo y por encima se exponen retratos al óleo de los personajes que tomaron parte en la negociación de la paz, entre los que reconocemos al rey español Felipe IV y a su lugarteniente el conde de Peñaranda. En el otro lado se abren los ventanales pero las partes de muro también están recubiertas con los ricos paneles. El lado sur está ocupado por una soberbia chimenea en piedra que estaba ahí desde 1620, con barroca decoración de figuras y relieves. Está hecha a imitación de la que se destruyó en la guerra. En lo alto del frente de esta chimenea, en un templete central aparece la figura de la Justicia con la espada en una mano y la balanza en la otra. Debajo, escenas de la vida de Lázaro y el rico Epulón.
En el techo destaca una lámpara ricamente labrada en forma de corona.
Del sobrio y escaso mobiliario la pieza fundamental y lo más antiguo de la sala es gran mesa del alcalde en torno a la cual se sentaron a lo largo de siglos los personajes del concejo de Münster y que, en aquella ocasión, fue ocupada por ilustres personajes venidos de fuera que, con su negociación, forjaron el entramado de la historia europea. Todo en la sala testimonia y evoca aquel importante momento.
En las pequeñas puertas de los armarios se representan escenas de la Biblia, de la mitología y de la vida cotidiana así como de personajes aislados. Distinguimos por ejemplo a la Magdalena, a San Jorge venciendo al dragón, a Sansón abriendo las fauces del león o a Jonás tragado por la ballena. También figuras del tiempo como los lansquenetes, aquellos soldados de la infantería alemana que pelearon al lado de los tercios españoles durante la época de los Austrias, o los bufones. También animales como un oso que roba la miel o unos monos o la representación de las estaciones con las faenas propias. Mientras estamos allí en silencio, una explicación sobre la Sala y sus elementos artísticos se emite por los altavoces en español, dado que somos un numeroso grupo y que había sido reservada de antemano la hora de visita.
Salimos con la sensación de que la historia se nos ha hecho familiar y seguimos por la ancha calle donde apenas pasan coches hasta la cercana iglesia de San Lamberto, disfrutando de la vista de bonitas casas con frontones triangulares, armónicas, fuentes, flores y un entorno animado por tiendas, bares con terrazas llenas de gentes.

San Lamberto, iglesia que se levanta en el centro de la ciudad, construida en el siglo XIV en estilo gótico. Tiene una altísima torre en la que se distingue un gran reloj dorado, pero lo que le da un interés de anecdotario histórico son las tres jaulas de hierro que están sobre él y que sirvieron para mostrar al público los cuerpos de los anabaptistas encabezados por Jan van Leiden cuando, tras un largo asedio, fueron finalmente sometidos, hechos prisioneros y torturados hasta la muerte. Este movimiento herético surge en el seno de la iglesia en 1534 y logra un buen número de adeptos que se hacen fuertes en la ciudad de Münster, encabezados por Jan Mattys. Sus ideas eran muy revolucionarias, pues aparte de proponer ser bautizados en edad adulta, de donde les viene el nombre, exigían una comunidad de bienes de los que se beneficiaban principalmente los jefes, como suele suceder en los movimientos fanáticos y extremos.
Muchos ciudadanos de Münster salieron de la ciudad ante la avalancha de los anabaptistas que, procedentes de toda Europa, se habían hecho fuertes en el interior. El grupo de católicos, con el obispo al frente, pusieron sitio a su propia ciudad y llevaron a cabo algunos ataques, en uno de los cuales murió el jefe espiritual, Mattys. A este le sucedió van Leiden, un sastre, que se excedió en el ejercicio de su poder y crueldad. Instauró la poligamia, que él practicaba con creces, y vivía con excesos entre una población empobrecida. Finalmente las tropas del obispo entraron en la ciudad e hicieron prisioneros a los cabecillas y los ejecutaron.
Entramos al interior del gran templo que tiene tres naves de igual altura. Está pintada de blanco y es luminosa debido a los ventanales góticos que dejan pasar la luz a través de los cristales. La bóveda de la nave central de crucería y sus nervios se destacan por el color tostado con el que están pintados. En sus muros vemos imágenes de la Virgen y los santos, relieves con escenas del Nuevo Testamento, que son dignas de contemplar. Como ya hemos visto en otros templos, el púlpito es de gran belleza, así como la pila bautismal.
La ciudad aun ofrece algunos otros interesantes edificios que merecería la pena verlos con detenimiento y que ya lo hacemos por nuestra cuenta en una larga pausa para comer, fuera de la hora habitual en Alemania, y para ir por libre. Paseamos y vemos el antiguo palacio, de estilo barroco, la Stadhausturm, levantada por el arquitecto natural de la ciudad a principios del siglo XX, edificios modernos y cuidados jardines en el recinto de la vieja iglesia románica. El antiguo Palacio Obispal hoy es la sede de la Universidad. El edificio renacentista que hoy es Museo de la Ciudad, frente a la Catedral, es otra bella fachada que podemos contemplar.
Todavía tenemos en el programa una nueva visita turística en la zona de Westfalia y es entrar a recorrer los jardines del Castillo de Nordkirchen, calificado como el Versalles de Westfalia, edificado en el siglo XVIII por un obispo de la zona, que vivían como si fueran reyes, a juzgar por los palacios en los que vivían.
El castillo está rodeado de agua por los cuatro lados y delante de la fachada principal, comunicada por unas escaleras, hay un espacio cuadrado llamado la isla de Venus, a su vez rodeada por estanques. A lo largo de las avenidas y en el entorno de la isla están numerosas esculturas de piedra blanca que representan a los dioses y héroes de la mitología adornan los cuidados jardines. Allí distinguimos a Saturno devorando a un pequeño, que no es otro que uno de sus hijos, como nos dejan también testimonio pictórico tanto Rubens como Goya. En el centro de la isla y presidiendo el recinto que lleva su nombre, hay una bella estatua de Venus, la diosa del amor, acompañada de un pequeño Cupido sentado sobre un delfín, animal que la representa. Vemos otros dioses de la familia que en su pedestal, indiferentes a nuestro paso, se prestan a las miradas de los visitantes, a Apolo con la cítara y a su hermana Diana, la cazadora, con el perro a sus pies y el carcaj en su espalda. Ceres, con las espigas de trigo del producto que ella enseñó a cultivar a los mortales, Marte, el dios de la guerra, con el casco en la cabeza y el gesto adusto, a punto de desenvainar la espada. En un extremo está Júpiter, el padre y señor de todos ellos, con la corona regia y a sus pies el águila que lo representa.
No faltan en sus puestos los héroes más famosos, Hércules, el poderoso mortal que arrostra las más terribles pruebas y de todas sale victorioso, con la piel del león de Nemea sobre su cabeza que le hace invulnerable y agarrado a la poderosa maza que le ayuda a derribar a monstruos y enemigos. Orfeo, el músico que con los acordes de su cítara ha conseguido amansar al fiero Can Cerbero y ha penetrado en el Infierno a la búsqueda de su amada Eurídice. Está ahí, sobre el muro, sentado y con el violín al hombro del que parece va a arrancar un bello sonido en esta tarde apacible, a la hora del crepúsculo.
Otras muchas estatuas se distinguen a lo lejos, en la enorme superficie que ocupan estos grandes jardines. Nosotros ya volvemos al autobús que nos va a llevar a Dortmunn a un lujoso hotel a pernoctar.
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MARBURG es hoy la meta
ciudad de cuento, diría,
El recuerdo de una santa
Santa Isabel de Hungría
Por doquier está presente
Pero más en su Abadía.
Ver la Universidad
es asunto prioritario,
edificio neogótico
con salón extraordinario

Iniciamos la ascensión
subiendo a la fortaleza
En el medio una parada,
no es ninguna sorpresa
si digo que es una iglesia,
esta vez Santa María
Es de culto protestante
y tiene dentro las tumbas
de gente muy importante
Ciento cincuenta escaleras
hasta coronar la cima,
sinfonía de tejados
a los pies de la colina




(Es un extracto de los ripios de aquel año que se refieren a Marburg)








Madrid, 5 de noviembre 2009
Assela Alamillo