Viaje al Bierzo
27-28-29
Octubre
2009VIAJE AL BIERZO
27-29 octubre 2009
La climatología se nos ha puesto de cara. En unas fechas de finales de Octubre, en que cabría esperar frío, viento y lluvia, y más si la meta del viaje es el norte de España, con la circunstancia añadida de que dos semanas antes la temperatura había caído ostensiblemente y se podía suponer que ya no remontara, pues, a pesar de todo, la jornada amanece espléndida, con temperatura cálida y un luminoso sol sin asomo de nubes y con la previsión de que así va a continuar en los próximos días. El tiempo bueno contribuye muy positivamente al éxito de cualquier viaje, aunque nosotros, en esta ocasión, estábamos dispuestos a seguir, en caso de que hubiera hecho frío, los buenos propósitos expresados en el refrán de “a mal tiempo, buena cara”.
Otra circunstancia que nos tiene particularmente ilusionados en este proyectado viaje a las Médulas es que nos vamos los seis en un solo vehículo, un coche de nueve plazas, en lugar de utilizar los nuestros, tener que repartirnos, seguirse de cerca y buscar dos aparcamientos juntos. Así que el negociado del coche ha corrido a cargo de Romualdo que además consigue un ventajoso precio en Avis, él va a buscarlo, nos recoge, conduce y se ocupa y encima contento de hacerlo. Ya no se puede pedir más. La gestión del hotel en Villafranca ha sido trabajo de Paco y a priori nos parece muy bien.
El tremendo tráfico de Madrid es la causa de que salgamos diez minutos más tarde de la hora señalada pero pronto nos vemos sentados cómoda y ampliamente en el Renault azul fuerte, de nueve plazas, amplio y cómodo, encaminados hacia la salida de la Coruña, con la ilusión de tres días por delante en buena compañía y con buenas perspectivas, ilusión que no es patrimonio de los jóvenes, aunque ellos a veces parecen arrogarse el protagonismo exclusivo. Sólo hay un pequeño pero que pronto constatamos, la evidente amplitud de las tres filas de asientos tiene la contrapartida de que no hay buena sonoridad y desde atrás se oye mal al conductor y acompañante. Pero claro, peor lo oiríamos si fuéramos en coches diferentes…
Enseguida que dejamos atrás las calles de la urbe y nos vemos en la autopista, empezamos a disfrutar del paisaje que, por ser la época del año en que tantos árboles cambian el color de sus hojas y adquieren los colores ocres, amarillos y rojizos que, en contraste con los diversos tonos verdes de los de hoja perenne, ofrece a la vista una sinfonía cromática inolvidable. Hacemos una parada hacia la mitad de la mañana para tomar un café y seguimos por la Autovía VI dirección Galicia. Salimos de Madrid, entramos en Segovia, Avila y de nuevo Segovia en un extraño quiebro que en esa parten hace el límite de las dos provincias, Valladolid y finalmente León.
Nos hemos dado cuenta de que se nos ha olvidado coger el navegador, a mí se me pasó por la cabeza recordárselo a Romualdo y Mª Carmen pero luego no lo hice. El mapa de carreteras está bastante anticuado, en él no figuran los nuevos tramos ni siquiera la autovía por la que circulamos así que, tendremos que confiar en el sentido de la orientación innato de Nuria y en la información que nos den los paisanos.
Nuestra idea era comer en Orellán, pequeño pueblo a un kilómetro y medio del famoso mirador de las Médulas, en un restaurante que nosotros conocimos hace unos diez años y del que conservamos un magnífico recuerdo, salvo el de su nombre y por ello no he encontrado su teléfono. Todo hacía pensar que era factible, podríamos estar allí hacia las 2,15 pero… las circunstancias se van torciendo y sólo el sentido del humor y las ganas de superar las pequeñas contrariedades nos hacen llevadero el cambio obligado de planes. Primero salimos de la autopista siguiendo las indicaciones de Paco con un cierto escepticismo por parte de los otros cinco, hay que reconocerlo, aunque él tenía razón, ahí está finalmente el flamante cartel que anuncia las Médulas. A partir de ahí ya no vuelve a salir y circulando con tan mala información por las carreteras secundarias todo se complica. ¿Dónde está la carretera 536 que es la que nos conduce directamente a nuestra meta? Imposible encontrarla. Damos varias vueltas y nos vemos en la N 120. De repente otro cartel que anuncia las Medulas pero señala a la izquierda, sin dar más datos. No se ve ninguna entrada a la izquierda y al cabo de varios kilómetros, pensando que se nos ha pasado, damos la vuelta. Nada, seguimos sin encontrar ninguna carretera hacia la izquierda. Nos metemos en un pueblo de los varios que teníamos opción de elegir. No se ve ni un alma por la calle. De repente vemos dos personas que esperan un autobús. Se les pregunta y no tienen idea, les suena pero no saben orientarnos. Entra Romualdo a un bar a buscar a alguien. El tiempo va pasando y también la hora de comer. Sale con un amable señor que dice que le sigamos. Volvemos a recorrer carreteras, glorietas y cambios de sentido y nos orienta de nuevo por la N120 y nos asegura que no tiene pérdida, aunque es ahí justamente donde nosotros nos habíamos perdido. Lo que él dice que encontramos a un par de kilómetros, lo encontraremos, si, pero a seis o siete kilómetros y finalmente estamos, con una hora de retraso, en el camino acertado.
Vamos hacia Carucedo y de ahí a Orellán. Seguimos sin encontrar a nadie por los pueblos y lo malo es que tampoco lograremos lo que buscamos, que es una buena comida. El antiguo restaurante se ha convertido en un hostal y en ese momento, las tres de la tarde, están sus dueños atentos a la descarga de un camión de leña que inexplicablemente va a subir por una pendiente estrecha para descargar en la misma puerta del hotel. Preguntamos y nos dicen que entre semana no dan comidas. Nosotros que estábamos tan contentos de poder viajar cuando no viaja nadie, vemos ahora las consecuencias negativas de lo que sólo parecía ofrecer ventajas.
La duda está en si bajar de nuevo a Carucedo donde encontraremos un bar o ya que estamos a kilómetro y medio, subir al mirador de las Médulas. Optamos por esta segunda posibilidad pero también ahí el progreso y el tiempo juegan en contra nuestra porque ya no se puede ir con el coche hasta la zona del mirador sino que ahora te obligan a aparcar unos 600 metro más abajo y a subir cuesta arriba, “en ayunas” en nuestro caso, con calor, hasta el enorme mirador de madera que sustituye a la modesta tapia que nosotros recordábamos. Esto retrasa de nuevo la comida, más bien la anula, así que nos conformamos con masticar unas castañas que Romualdo y Paco cogen del suelo al pie de los castaños, de retorcido y maltratado tronco, que vemos a la orilla del camino.
El panorama vale la pena. Esos montes destrozados por la mano del hombre, por medio de la fuerza del agua, que arrastraban sus tierras auríferas hasta la parte baja, han quedado como un capricho de la naturaleza, armónico y bello. En lo que en otro tiempo fue un monte como los que nos rodean por la espalda, ahora quedan enhiestos unos picachos y farallones de intenso color rojo que sobresalen entre una masa arbórea de un color verde intenso, en la que destacan puntos ocres de ciertos árboles, que contribuyen a resaltar aún más la belleza cromática del paisaje. En el horizonte se recortan en sucesivas capas, las montañas más lejanas, que ofrecen distintos perfiles y vemos envueltas en tonos azules. El panorama en su conjunto, con los montes a la espalda y el valle frente a nosotros, no lo abarca un objetivo de la cámara en su totalidad pero sí el ojo humano y nos dedicamos un buen rato a contemplarlo y admirarlo, pues nuestro esfuerzo nos ha costado llegar hasta allí y además era el objetivo principal del viaje, para que Paco y Nuria conocieran por fin las Médulas y los otros cuatro repitiéramos la visita. La Unesco lo declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad en 1997.
Romualdo está perfectamente enterado del mecanismo que utilizaron los romanos entre el siglo I y el III d Cristo para obtener el oro de estas privilegiadas tierras y nos lo explica allí, a la vista del escenario real. El historiador Plinio, del siglo I en su obra “Historia Natural” dice de uno de los procedimientos que empleaban para sacar el oro de este yacimiento que superaba al trabajo de los Gigantes. Y los Gigantes eran seres de fuerza extraordinaria capaces de las mayores hazañas con las que los mortales no podían competir. Se llama “ruina montis” y consistía en destrozar el monte inyectándole agua a presión y cerrando los respiraderos. El mismo Plinio dice un poco más adelante que “la montaña resquebrajada se hunde por sí misma, produciendo un estruendo que no puede ser imaginado por la mente humana”. La tierra así evacuada se conducía hacia canales de lavado para separar y extraer las pepitas de oro que quedaban en el fondo y que luego trasladaban a Roma y servía para hacer monedas o joyas.
También había otros procedimientos, como el tradicional de excavar galerías donde los trabajadores, con pico y pala, dejaban su salud y su vida buscando el preciado material. Algunos eran esclavos pero sabemos que los habitantes de esas tierras eran obligados por los jefes romanos a dedicar horas de su tiempo a la mina.
Desde el mirador, a la derecha, puede contemplarse una galería horadada en la tierra a nuestra mano derecha, por la que uno puede introducirse si va provisto de linternas y sobre todo si tiene pocos años y muchas ganas, lo que no es nuestro caso. Después de hacernos las fotos de rigor, emprendemos el descenso para volver a la civilización.
Cuando ya estamos de vuelta en el parking donde sólo están dos coches y alguno más que pertenece a unos trabajadores que están poniendo una valla, se nos acerca una mujer que junto a su marido subían a la vez que nosotros y a los que yo me ofrecí para hacerles un retrato a los dos juntos en el mirador, -pues la experiencia me dice que suele ser una propuesta bien acogida por las parejas que viajan solas- y nos ofrece una bolsa de castañas. Han debido de oír nuestras lastimeras quejas por la falta de comida, que en el silencio del lugar tal vez les llegaron con nitidez aún en la distancia, y, compadecida, comparte parte de su botín para engañar al estómago.
Bajamos de nuevo por el estrecho y bonito camino asfaltado hasta Carucedo y encontramos un restaurante que nos ofrece un plato de embutido y pan que luego se completa con otro de carne en fiambre con unos pimientos rojos. Allí, a las 4,30 de la tarde, nos lo tomamos con muchísimo gusto, nosotros solos en el comedor, evidentemente, lo que nos da fuerza para seguir.
Después nos acercamos al famoso lago de Carucedo, un lago barrera o de recogida de aluviones, debido a la explotación y derrumbe de las cercanas Médulas que amontonaron sus tierras y lodos. Tiene una extensión de unas 59 hectáreas. Está situado en la parte más occidental del Bierzo y es el único humedal de la zona con cierta entidad. Los ecologistas y lugareños se quejan del deterioro del lago, la desaparición de las algas que nutrían a la fauna y por tanto la cada vez más escasa presencia de las especies piscícolas que ya desde la época de los romanos abundaban en él, anguilas y truchas entre otras especies, además de la contaminación de sus aguas.
Estos son los datos objetivos y científicos. También hay leyendas fraguadas en todos los tiempos que lo tienen como protagonista, la más conocida de las cuales la relata el escritor berciano Enrique Gil Carrasco.
Otra cosa distinta es la impresión subjetiva que la contemplación del lago suscita al final de una tarde soleada, cuando todavía están las tranquilas aguas iluminadas por sus rayos, y la superficie da la impresión de un espejo en el que el cielo azul, las nubes y las masas de árboles de sus orillas se reflejan y duplican el efecto visual de la línea amarilla que forma el conjunto de sus copas. Las montañas del horizonte que sirven de oscuro escenario proporcionan un contraste de color entre la claridad del cielo y los tonos rojizos de la línea de árboles, tanto por el aire como por el agua, creando una simétrica y bella visión. Todo respira magia y cierto misterio en este solitario paraje. Entramos por un camino de tierra hasta la misma orilla del agua, que se esconde entre los cañaverales que la bordean.
Subimos luego a un pequeño pueblo, que se llama Lago de Carucedo, nombre que da lugar a equívocos porque no es en este caso un nombre común sino el nombre propio del pueblo. Está igualmente solitario y lo atravesamos para llegar junto a la iglesia, desde donde se divisa otra bonita vista del lago. Más bien se diría que es una ermita, de lisa y gris fachada en granito, terminada en una espadaña sencilla en la que se abren tres huecos a modo de ventanas, de artística forma pues cierran en lo alto con un arco de herradura. Las dos del primer piso sirven de soporte a las campanas de bronce que ya han adquirido la pátina verde del tiempo y que son distintas entre sí y la otra se abre al paisaje, por encima de estas dos y en el centro de ellas, acentuando así el ángulo del triángulo en que remata la fachada. En el vértice y, a modo de una rústica corona, hay un gran nido de cigüeñas que ahora está vacío. La pequeña puerta de entrada, enmarcada por bloques de piedra rojiza, que marcan el comienzo del arco de medio punto con un sencillo relieve a modo de capiteles, está protegida con un pequeño y rústico porche de un tejadillo de pizarra sujetado por dos troncos de madera que apoyan en dos sólidas piedras de granito.
La iglesia está rodeada de una ancha y vieja tapia de piedra de pizarra que podría saltarse sin dificultad por uno de sus lados. En cambio la entrada al recinto acotado que rodea a la ermita se hace a través de una puerta de artística reja que encontramos abierta. Los muros en los que ésta apoya están formados de recios sillares de piedra. Encima de uno de ellos, sobresale un tupido macizo de hiedra que ha trepado hundiendo sus raíces entre los resquicios de la tapia. Se descienden seis escalones de granito que dan a dos lados con la esquina redondeada. Se van sucediendo en terraza, ampliando la longitud de cada uno y formando la base de una pirámide hasta alcanzar el suelo de tierra cubierto de hierba, como si de un cuidado césped de jardín se tratara.
Entre los peldaños de las escaleras, pegada a la pared trepa una planta de hojas en forma ovalada, muy agrupadas entre sí y de un intenso color verde, que nos sugiere un escenario romántico. En medio del prado hay una tumba sin nombre ni adorno, formada por una gran piedra de granito sobre la que hay una cruz del mismo material en la que apenas sobresale el lado vertical un poco más del horizontal. Al otro lado de la iglesia, en un nivel más bajo, se halla el cementerio del pueblo. Yo me dirijo decidida buscando un punto de vista nuevo desde donde hacer una foto original cuando me encuentro a dos mujeres vestidas de negro, silenciosas y agazapadas sobre una tumba, que sin duda están limpiando, dada la proximidad de los Santos. Siento que invado su terreno y esbozo un educado saludo seguido de unas frases de elogio al lugar y me retiro pronto para que sigan dedicadas a su tarea.
Por fuera de la tapia y pegada a ésta hay una rústica fuente que parece hecha recientemente, con un grifo de hierro pintado en blanco. Desde ese lugar el panorama que se divisa, con el lago a un nivel inferior, es magnífico.
Las montañas del fondo han adquirido una tonalidad azul mientras que las laderas más cercanas mantienen el verde combinado con el dorado de los álamos que están en las orillas. La superficie del agua parece de estaño.
La tarde va declinando pero todavía hay que apurar la luz. Nos acercamos a las Médulas para pasear por su interior. Pasamos con el coche por el hotel Medulio, que fue uno de los posibles seleccionados para dormir en él y vemos que está en un paraje muy aislado. A pesar de que las indicaciones al entrar en el diseminado pueblo alertan de que el paso es exclusivo para los residentes, no obedecemos esta vez porque no parece que encontremos acumulación ni de personas ni de vehículos. Y no nos engañamos, apenas hay un par de coches más en un amplio espacio, a falta de una plaza, en el que están situados un par de restaurantes, cerrados entre semana, y una caseta de madera que parece ser un punto de información y que está igualmente cerrada.
Un poco más allá salen dos caminos que se introducen en el valle. Elegimos la senda corta que anuncia “La Cuevona” y otra de las grutas del Parque. El grupo de los seis, sin ponernos de acuerdo, se va separando. Nuria y Paco empiezan a caminar juntos y todavía les vemos hacerse una foto en uno de los viejísimos y pintorescos troncos de castaños que bordean el camino trazado y que ofrecen singulares formas, a veces incluso con el enorme tronco hueco. Pero Nuria pronto imprime velocidad a su paseo y se adelanta decidida a no perderse la vista de la cueva y ganarle la partida a la ya mortecina luz. Paco se entretiene cogiendo castañas e incluso elige un camino que se aparta de la ruta hasta que lo recuperamos. Romualdo y yo caminamos un rato juntos pero yo me detengo pendiente del grupo de rezagados, Mª Carmen y Rafael mientras él sigue, seguro de sí, el camino que se pierde tras una revuelta. Nosotros cuatro nos quedamos por allí, en una apertura del terreno en donde aún se notan, por estar rodeadas de una valla de madera, las bases de los respiraderos que utilizaban los romanos para romper la montaña.
Surgiendo de la soledad del paraje aparecen dos señores que quieren conocer Las Médulas porque les han hablado muy bien y nos piden a nosotros información. Se deciden a andar un trecho más. Luego, mientras esperamos allí de pie, ya algo impacientes, a que aparezcan los nuestros, acuden otras dos mujeres, que preguntan si hemos visto a sus maridos, que los habían perdido de vista. Son unas madrileñas, cuñadas entre sí, habladoras y sociables, que nos cuentan que vienen de una boda en Galicia y están haciendo turismo pero que esa noche ya quieren llegar a Madrid. El hijo de una de ellas les había hablado de la belleza de las Médulas y les aconsejó que fueran a conocerlas pero, como los hombres son tan cabezotas, no habían querido preguntar y se habían perdido por una carretera de montaña, con curvas y precipicios que no llegaba a ninguna parte salvo a unas canteras solitarias y sólo habían conseguido marearse. Tuvieron que desandar el camino y habían perdido así un tiempo precioso para su objetivo.
La noche cae y Paco, galante, se va a buscar a Nuria mientras nosotros tres iniciamos el regreso al coche que será necesariamente lento al paso de Rafa y por la poca luz que le hace ir aún más lento. Vemos que Paco vuelve y nos alcanza pero dice que no les ha visto. No hay cobertura y no podemos llamarles al móvil. También llegan los madrileños sin darnos noticia de nuestros “perdidos”. Romualdo lleva las llaves del coche y estamos en sus manos. Ya es de noche cerrada cuando aparecen muy contentos porque han visto la Cuevona. Los dos se lo habían propuesto aunque con propósitos distintos, Nuria para no dejar de ver todo lo que pueda ser interesante y Romualdo para saciar su curiosidad científica, admirado por la técnica que aquellos antiguos desarrollan y que él ha comprendido perfectamente y más al ver las dimensiones del orificio de la cueva.
Pero los equívocos en encontrar el camino no han terminado por hoy. Cuando ya hay ganas de llegar a Villafranca, encontrar el hotel, y asentarse, que suponemos no está nada lejos, todavía rondamos erráticos por unas estrechas y curvas carreteras, perdidos ya en tierras gallegas, intuyendo la belleza del paisaje pero sintiendo un cierto desasosiego que disimulamos con frases irónicas y tomándolo a broma. Ahora sí que estábamos en la carretera 536, la que buscábamos desesperadamente al medio día y que ahora queríamos, con el mismo desespero, abandonar para dirigirnos a la derecha hacia la 120. Pero la única indicación que vimos a esa mano era la de Lago de Carucedo y en ese momento ninguno caímos en la cuenta de que era el pueblo de ese nombre y desde él encontraríamos la indicación hacia La Barosa, que era por done habíamos venido. Pues casi llegamos a Barco de Valdeorras, que por cierto, nos habían dicho las simpáticas señoras con las habíamos hablado, que era muy bonito, pero no para la noche. Era imposible encontrar un lugar donde dar la vuelta, una vez que constatamos que seguíamos en la 536. Ahí hicimos casi cuarenta kilómetros de más pero es que luego, ya en la 120, cuando creíamos que se había terminado la mala racha de las pérdidas, volvimos a pasarnos de la indicación correcta, que era Coruña, para llegar casi a Ponferrada. Claro que la culpa la tiene evidentemente La Consejería de Obras Públicas de la Comunidad de Castilla León, que no tienen las señales de carreteras claras y correctas. Finalmente llegamos a Villafranca y con las indicaciones que le han dado a Paco desde el hotel, lo encontramos sin problemas. Es el Hostal Méndez.
Nos recibe una señora de edad, agradable y casera, que habla de su hija como la dueña del negocio. Nos da la llave de las tres habitaciones del primer piso y nos informa de que la cena, que llevamos incluida en el precio, es de 8,30 a 9. Aún queda un rato para descansar en la habitación, no todos, porque Paco y Nuria se van a dar una vuelta y a conocer Villafranca la nuit.
Rafael y yo somos los últimos en bajar al comedor, un espacio muy agradable, que ya habíamos atravesado para subir a las habitaciones. Nos sentamos en una mesa redonda y en el otro extremo hay un par de mesas ocupadas por hombres que parecen clientes del hotel. Se presenta la hija, Liliana de nombre, que es la que dirige el negocio y que resulta de una gran simpatía y profesionalidad. Al principio discreta y más tarde interesada por nuestra visita a la zona y deseosa de sernos útil con su información, nos hace algunas preguntas. A falta del consejero de obras públicas, me quejo a ella de la idea que hemos sacado de lo confuso e incompleto de la información en las carreteras. Sonríe con resignación y, como contrapartida, se ofrece a dirigirnos mañana hasta la oficina de Turismo de Ponferrada, a donde ella tiene que ir por obligación.
La cena está buena, bien guisada y abundante o al menos nos lo parece por el desorden de comidas del día y las ganas de vernos ante los dos platos calientes de una cena normal. Luego nos aclara que la casa tiene otras especialidades que ya forman parte de una carta más exigente. Aseguramos que mañana probaríamos sus recomendaciones.
Nos despedimos hasta las nueve del día siguiente.
Miércoles 28
Somos puntuales a la hora convenida para tomar un desayuno que nos ofrece lo necesario, zumo, café con leche, pan tostado, un sobao, mermelada, mantequilla y un yogur. Hoy a la luz del día vemos el entorno del hotel. Da a una calle que tiene bastante tráfico porque por ella se accede al puente que da salida a la carretera nacional. Las habitaciones que nos han correspondido dan a la orilla del río Burbia, uno de los dos que se juntan en la ciudad y enfrente de nosotros está el bonito puente de piedra de dos ojos.
Salimos detrás del audi de Liliana que nos lleva, a buena marcha, hasta el centro de la ciudad de Ponferrada y nos indica donde aparcar para dirigirnos a la oficina de Turismo, cerca del Castillo. Está situada en un edificio histórico y entramos a pedir información pero tenemos que dejar colarse a una extraña peregrina extranjera, que ya no cumple los sesenta, que aún no se ha quitado el casco de la bici y que se presenta con exigencias, muy impaciente, como si se le escapara el tren. La verdad que no tarda mucho porque sólo pide un plano y sale con el mismo aire malhumorado. Luego la encontramos refunfuñando porque no abren el castillo a la hora que a ella le hubiera convenido. Le está haciendo una foto al monumento y me acerco a ofrecerme para retratarla a ella pero me rechaza de plano. ¡vaya elementos se ven por el mundo¡
Ya estamos situados y nos dirigimos hacia el Valle del Silencio, -nombre popular muy bien puesto, ya que geográficamente es el valle de Oza- ese lugar privilegiado, detenido en el tiempo, al que se accede por una carretera de montaña, estrecha y peligrosa, donde se puede temer encontrarse con otro vehículo de frente. La primera parte va a la vera de un pequeño río, entre árboles, en un entorno precioso. De repente Romualdo para el coche y el ruido del motor se apaga. ¿Algún fallo? ¡Si aquí no hay cobertura¡ por un momento callamos todos y lo miramos expectantes. Él dice:
“vamos a escuchar el silencio”
Una obvia razón, naturalmente, y allí, con las ventanas bajadas, y sin emitir ni un suspiro, pasamos un minuto inmersos en el murmullo del agua que discurre al fondo del valle y el susurro de las hojas de los árboles a las que mueve la suave brisa de este caldeado día. Hemos comprobado el oportuno nombre que le dan al lugar y tengo un recuerdo para nuestro hijo Juan, amante de la bicicleta, que subió los catorce kilómetros en ella y sí pudo disfrutar durante todo el trayecto de esta misma sensación de paz y armonía de la naturaleza. Nosotros tenemos que poner de nuevo en marcha el motor y seguir la ascensión. En un momento dado aparece en la ladera de una montaña, durante una gran extensión, la señal inconfundible y dañina de la mano del hombre en su peor manifestación: está toda incendiada y posiblemente de hace poco tiempo porque aún está el suelo negro y los troncos y ramas secas de los árboles retorcidos y de un color marrón oscuro quedan como cadáveres de lo que fue rica vegetación.
Finalmente llegamos a lo alto del valle y un cartel anuncia el lugar Peñalba de Santiago, la joya del término municipal de Ponferrada, ayuntamiento al que pertenece, un pequeño caserío de arquitectura popular hecha exclusivamente de pizarra, tanto en los tejados como en los muros, y de madera rústica, cuidado y protegido como merece por la autenticidad del caserío conservado como en su remoto origen, allá por la Edad Media, sin elementos modernos que lo desvirtúen. En la entrada han habilitado un espacio amplio como parking de los visitantes que, sobre todo en verano, acuden a conocer el lugar. Grandes castaños al borde mismo de la carretera forman un digno pórtico de entrada a un pueblo tan armónico con la naturaleza. Recientemente han pavimentado las calles con pequeñas losas de pizarra de tono claro, artísticamente colocadas, sin que desentone del conjunto, que da impresión de limpieza y favorece el paseo por sus escasas calles.
En las casas hay generalmente una galería rústica de madera oscura en la que a veces cuelgan macetas con flores que contrastan con el tono sombrío del edificio. También sitúan las macetas en los peldaños de las escaleras anexionadas a la fachada, las más primitivas en piedra, sin barandillas ni apoyos y otras más elaboradas, hechas en madera, que conducen a la planta alta donde está la vivienda, aislada del establo de los animales y de la nieve que en invierno debe de cubrir una buena parte de los muros. Alguna de ellas ha sido convertida ya en una Casa Rural y en otra distinguimos un cartel que anuncia que es la Casa Consistorial. Pero no encontramos ni un alma por la calle ni signos de vida salvo las flores y la leña amontonada cerca de la puerta. Es un pueblo vivo sin seres vivientes.
Lo más sobresaliente y valioso del pueblo y objeto de sorpresa es la iglesia que se levanta en el centro mismo del núcleo urbano y que es Patrimonio Artístico Nacional desde 1931 y bien de Interés Cultural. La iglesia de San Genadio, una mezcla de estilos desde el visigodo, mozárabe y prerrománico. Encontramos a una chica joven que espera la llegada de turistas par dar una explicación del interior del templo. Y aparte de nosotros se han presentado otras dos parejas, una de holandeses y otra de argentinos. Estamos ya todos menos Paco, al que suponemos que se habrá metido por alguna de las callejas del entorno, curioso con los detalles y que aparecerá en cualquier momento. Pero no es así y la interesante explicación, que nos lleva más de media hora, acerca de la historia, arquitectura y decoración de la iglesia, transcurre sin que haga acto de presencia.
Nos enteramos de que en esta zona de los montes Aquilanos se instalaron ya desde el siglo VIII en eremitorios distribuidos por la zona los monjes, a semejanza de lo que ocurría en la Tebaida egipcia, donde a partir del siglo III, en las cuevas del terreno, se instalaron los primeros ermitaños, eremitas o anacoretas para buscar a Dios a través de la oración, la soledad, la penitencia y la pobreza. Por eso a esta zona se la conoce también como la Tebaida berciana.
La iglesia data de la primera mitad del siglo X y la manda construir el abad Salomón con la protección y donaciones del entonces rey de Castilla, Ramiro II que propicia la construcción y les dona la Cruz de Peñalba, pieza importante de la orfebrería con influencia visigoda.
El exterior de la iglesia, por el lado sur, ofrece a la vista una puerta de la actual entrada que consiste en dos perfectos arcos de herradura, forma que también usan los visigodos, cuyas dovelas estuvieron en su rigen policromadas, alternando rojo y ocre, como en la mezquita de Córdoba, colores que aún se mantienen en su interior. Los arcos apoyan en tres esbeltas columnas de mármol con capiteles de estilo corintio. Al lado opuesto, se conservan los enterramientos románicos que rompen la monotonía del muro y dan una nota de belleza, a los que se accede a través de dos arcos de medio puto separados por pequeñas columnas con capiteles labrados con elementos florales. Por este lado se accedía al antiguo Monasterio del que ya no quedan restos. También en esta parte hay una pilastra con una curiosa inscripción que data del siglo IV.
Otra característica de esta original construcción es que la espadaña que contiene las tres campanas, está separada de la nave de la iglesia y se levanta al pie de ésta.
En el interior se aprecia mejor la planta de cruz latina con la particularidad de que tiene dos ábsides, uno a la cabecera y otro a los pies, lo que raramente aparece en el arte español. A un lado y otro del crucero había dos pequeñas capillas a las que se accede desde el interior por unos pequeños huecos en lugar de puertas. Un gran arco de herradura divide dos zonas, el coro y la nave central. En las paredes del coro se pueden apreciar, con la ayuda de una lámpara y las explicaciones de la guía, grabados que representan distintas figuras, humanas, y de animales, el caballo e incluso un elefante, animal exótico del que se sabe le fue regalado uno a Carlomagno, noticia que se expandió por toda Europa por el asombro que causó y que tal vez llegó hasta este recóndito lugar y los monjes quisieron dejar constancia. También hay inscripciones entre las que se repite el nombre de San Genadio. No se sabe mucho acerca de ellas, ni quién las realizó, aunque debieron de ser los monjes, ni la causa ni para qué se utilizaba en ese momento esta parte de la iglesia.
Salimos de la visita y seguimos el paseo por el pueblo sin hallar rastro de Paco, lo que empieza a inquietarnos. Suponemos que se ha dirigido hacia la cercana cueva de un eremita, cuya indicación está señalada a la salida de una de las pocas calles del pueblo. Nosotros seguimos viendo una a una todas las casas del pequeño pueblo hasta llegar a las afueras, en pleno campo, donde vemos una fuente y cuando ya nos decidimos a volver hasta el aparcamiento, allí, sentado en un banco de piedra adosado a la primera casa, está Paco esperándonos. Se había despistado y nos perdió de vista y no podía imaginarse que en ese apartado lugar hubiera una visita guiada en la pequeña iglesia. Todavía le acompaña Nuria a conocer la iglesia y ya salimos del pueblecito que tan buena impresión nos deja.
A dos o tres kilómetros de allí ya habíamos visto una desviación al pueblo llamado Montes de Valdueza, donde se construyó el Monasterio de San Pedro, actualmente muy destruido aunque con un plan de restauración que aporta dinero sólo de forma esporádica, según nos comenta un hombre que aparece por allí y que tiene ganas de hablar con nosotros. Todavía paseamos un poco por allí, al pie de las pocas casas que se ven en lo alto y reemprendemos la vuelta.
La intención que teníamos era la de comer en Cacabelos o incluso en el pueblo cercano de Canedo. En la oficina de turismo nos han informado de que el fundador de Prada a Tope, que había abierto un gran restaurante, tienda y bodega al mismo tiempo en un viejo castillo restaurado, que se llama La Moncloa, en Cacabelos, y que Rafa y yo habíamos visitado hace más de diez años, ahora está separado de su mujer y es ésta la que se ha quedado el primitivo negocio y que él, hombre emprendedor, ha comprado una magnífica casa a la que ha bautizado como palacio, en un pueblecito a 4 kilómetros de allí, donde ha creado otro de estos complejos turísticos y además una explotación vinícola importante. Ya nuestra anfitriona, Liliana, nos había hablado de ello, recomendándonos su visita por la vista de los viñedos que se extienden a los pies de su restaurante que está situado en lo alto y también nos había dejado la impresión de que el menú que ofrecen, tanto en un sitio como en otro, a los del Bierzo, no les llama demasiado la atención. A nuestras preguntas nos informó de que en Cacabelos hay un buen restaurante, Mesón El Gato, nombre fácil de recordar.
En el día de hoy, contrariamente a lo que nos pasó ayer, estamos perfectamente orientados y no nos hemos equivocado ni una vez. Atinamos a la salida de Ponferrada con la antigua carretera VI y de ahí, a unos pocos kilómetros, entramos en Cacabelos, pueblo grande y concurrido. No tenemos mucha idea del lugar donde vamos a comer, pero preguntamos por el Gato y allí nos dirigimos, decisión que va a traer buenas consecuencias y un recuerdo inolvidable.
Está situado en un edificio moderno a las afueras, en un barrio de nuevas construcciones, de dos alturas, pintadas en colores claros, con calles amplias y el campo como escenario. Al ver el número de coches aparcados delante ya podemos imaginar que tiene buena fama, lo que se corrobora al entrar al comedor que está lleno de gente. Nos instalan en una mesa libre y pronto aparece el dueño, suponemos, un hombre de cara sonriente y afable en el trato. En lugar de carta él recita una lista de primeros platos de cuchara: garbanzos con callos, fabada asturiana, sopa del Bierzo, lentejas y guisantes con congrio. Verdaderamente tentador. Al parecer cada uno de nosotros expresamos en voz alta nuestras preferencias que no coinciden entre sí y entonces el buen mesonero nos dice una frase algo enigmática:
Bueno, ya veo, ¡déjenlo de mi cuenta¡
Y nos recita los segundos que son dos. Primero el botillo, plato típico de la zona, y luego bacalao en un guiso. Nuestros “chicos” rechazan a priori el botillo, muy comedidos ellos, en la idea de que es algo excesivo para sus estómagos pero el buen profesional con el que hemos dado, les convence de que es casero, sabroso y no muy abundante. Es tan persuasivo que les deja totalmente convencidos y lo piden los tres. Nosotras optamos por el bacalao. Mientras tanto, hemos pedido tres cervezas, dos claras y un refresco.
El desciframiento de la críptica frase del encargado que nos tomó nota se desvela cuando la camarera, que suponemos hija del dueño porque tiene el mismo don de afabilidad y simpatía, se presenta con dos soperas metálicas que humean y expiden muy buen olor que deja sobre la mesa y, sin decir nada, como si de una tarea inconclusa se tratara, se va rápida a la cocina para volver enseguida con otras dos semejantes, que coloca al lado de las anteriores, y esta vez nos hace, con su mejor sonrisa, la recomendación de que probemos de todo y que no quede nada, caldo, lentejas, garbanzos y judías, todo un recital de legumbres guisadas de la manera más sabrosa. Nos miramos asombrados y divertidos y nos lanzamos, en efecto, a la faena probando uno detrás de otro, todos a cual mejor. La chica se acerca amablemente al cabo de un rato a preguntarnos si nos gustan los platos y en ese momento todavía Rafa, con su espíritu irónico, le dice que yo me he quedado con ganas de probar los guisantes con congrio y ella no se hace de rogar, y, sin aceptar mis protestas de que no hace falta, sale rápida al tiempo que dice:
¡Eso se arregla enseguida¡
Para volver un minuto después con la quinta sopera llena de este último guiso, que no desmerece nada en absoluto de los demás.
Somos tan insensatos que hemos probado de todos y después tomamos el segundo, que también nos parece muy bueno y sabroso. Los botillos son individuales y pequeños pero los sirven en una gran fuente, acompañados de un chorizo, patatas y repollo. Nos faltan los postres que nos informan que son caseros, lo que podemos comprobar porque ninguno nos privamos de tomarlo, a lo que le siguen varios café y un gracioso recipiente con orujo blanco. Cuando pedimos la cuenta dispuestos a agotar el fondo, nos dice el señor oralmente, sin papel ni cuenta alguna que son 90 euros todo, cifra que luego comprendemos responde al menú de 15 euros por persona pero que, a la vista de lo que hemos comido y la calidad de los guisos, nos parece muy económica. Le pedimos una tarjeta del establecimiento para recomendarlo a los amigos y conocidos y salimos bien satisfechos de una comida que ha suplido con creces las penurias de ayer a la hora de comer.
Hemos visto al venir al restaurante las reiteradas indicaciones del palacio de Canedo, -que por propaganda no será- y decidimos ir a conocerlo. Está a cuatro kilómetros de Cacabelos y el terreno asciende entre viñedos que en esta época del año presentan un aspecto muy bonito, con sus hojas de colores cálidos, que van del verde a los amarillos y dorados, moteados de ocres y rojizos. Los viñedos son de espaldar y están simétricamente colocados y muy cuidados, ocupando una enorme extensión de terreno.
El palacio es una antigua casona de labranza de tres siglos de antigüedad, que debió de pertenecer a una familia hidalga venida a menos. Cuando Prada lo compró estaba prácticamente derruida y él lo restauró y le dio un contenido como restaurante y como tienda, aparte de decorarla con los materiales nobles, hierro, maderas, vidrios y objetos antiguos. A su lado hay otros dos edificios de construcción moderna que pertenecen al complejo. Uno es la bodega y el otro la zona de elaboración de los productos. Los lugareños lo han bautizado como el Falcon Crest berciano, con esa sabiduría popular que emana de la sensatez mezclada con la ironía y que da en el clavo con la comparación.
El edificio es de piedra, tiene tejado de pizarra en el que se abren ventanas de buhardilla y en el que se distinguen las chimeneas. Está formado por dos cuerpos distintos que armonizan bien. En el más corto y más sobresaliente se ve un añadido de madera que forma una galería del mismo estilo que las que hemos visto en las pequeñas casas de Peñalba. En el cuerpo más largo, de lado a lado y apoyada en cuatro gruesas pilastras, discurre una gran balconada donde en el buen tiempo están instaladas las mesas del restaurante y desde donde se puede contemplar el mar de viñedos que se extienden por el amplio valle. Abajo hay un pórtico y en el medio abre la puerta de arco semicircular por donde se sale a la terraza jardín. Debajo de la galería de madera está una puerta de parecida estructura que da paso a la tienda, donde se pueden encontrar envasados todos los productos de la zona, con los que Prada empezó su andadura comercial: frascos de pimientos, de cerezas, de guindas y de castañas, los productos que eran menospreciados en los años 70, atraídos por las novedades gastronómicas que venían de afuera o se imponían a los tradicionales y que Prada tuvo el valor o la intuición de empezar a comerciar. Además hay vinos y licores de su propia cosecha y productos de artesanía.
Nos paseamos un rato por la zona del jardín y los alrededores. El suelo está formado de losas de pizarra entre cuyas junturas brota un cuidado césped. Más al exterior y rodeando el edificio se pueden ver grandes extensiones de césped, verde y recortado, entre pasillos de negra pizarra. Por todas partes vemos adornos de piezas rústicas, como lavaderos de granito en abundancia, o piezas de valor etnológico, bancos de madera y hierro, macetones o parterres de flores. Hay hasta un curioso coche de tres filas de asientos, abiertos, cubierto por un toldo metálico, que suponemos tiene la finalidad de llevar a los clientes a hacer un recorrido turístico por las propiedades del Palacio del Señor Prada y que hoy está allí aparcado y vacío. Entre los distintos árboles plantados en esta zona, distinguimos unos madroños en los que cuelga el fruto, que en esta época presenta su mejor vista, pues son unas bolas que van adquiriendo un tono rojo a medida que van madurando.
Por la parte de atrás, que es donde está la puerta principal de entrada, el edificio aún tiene más aspecto de casa solariega. A su fachada se abren algunas ventanas y un balcón. Una hiedra trepa por una gran parte del muro y en el suelo adorna el brocal de granito de un pozo con artística reja.
Ya hemos visitado el restaurante y la tienda y seguimos nuestro camino tachando de la lista de proyectos del día los ya visitados y eligiendo el siguiente objetivo que va a ser el cercano Monasterio de Santa María de Carracedo que se encuentra en el pueblo de Carracedo del Monasterio del término municipal de Carracedelo. Como puede comprobarse los nombres son casi todos parecidos y hay que venir por aquí para reconocerlos y no confundirse.
Actualmente el monasterio está semiderruido pero se puede hacer un recorrido por su interior que da idea de lo que debió de ser. Primero vemos lo más sobresaliente de su exterior, una triple arcada a la que se accede por una escalera y un gran rosetón. Damos la vuelta al recinto buscando la entrada y pagamos la entrada. Somos los únicos visitantes en estas últimas horas de la tarde y en la recepción nos dan un folleto que nos ofrece información sobre el histórico lugar.
Fue fundado la última década del siglo X para acoger a los monjes que huían de los avances de los musulmanes y habitado por los benedictinos que lo pusieron bajo la advocación de San Salvador, que sin embargo no pudo impedir que el valiente caudillo musulmán, Almanzor, lo destrozara pocos años después de su inauguración. Hasta mediados del siglo XII estuvo poco activo. Entonces una hermana del Emperador Alfonso VII ordenó su restauración y dispuso una parte del edificio como residencia palatina. Llegó a ser un importante y rico monasterio, con influencia en una amplia zona. A principios del siglo XIII fueron los cistercienses los que se hicieron cargo de la abadía y pasó a llamarse Monasterio de Santa María. Mantuvo su actividad monacal durante siglos hasta el siglo XIX en que quedó abandonado y como consecuencia se deterioró cada vez más. En 1988 se comenzó la recuperación de lo que aún se conservaba y fue declarado monumento histórico artístico.
La visita es interesante, el Claustro, que debió de ser magnífico, los elementos escultóricos que se conservan en capiteles y en detalles aislados. Es muy interesante la Sala Capitular, seguimos luego visitando las dependencias de la Infanta, El mirador de la Reina, en la parte palaciega, el refectorio, hoy convertido en sala de exposiciones, los restos de la antigua iglesia y la iglesia nueva, de una sola nave y de estilo neoclásico, rehecha a finales del siglo XVIII, que se puede ver a través de un cristal. Finalmente subimos un piso para ver la zona donde estuvo la antigua biblioteca del Monasterio. Seguramente si hubiéramos venido en un día de frío esta visita habría sido dura de soportar, por los espacios abiertos, deshabitados y las corrientes de aire, pero hoy es un paseo agradable por el arte y la historia de España.
Al salir nos informan de que podemos acercarnos por la parte contraria al monasterio a visitar la iglesia, que está abierta al culto y, para no dar pasos de más, nos desplazamos en el coche. Pero no está bien enterada la señora porque encontramos la puerta cerrada a cal y canto. Aunque Nuria hace una llamada al teléfono del Monasterio pidiendo una aclaración, le contesta un joven ajeno al tema y harto de recibir siempre llamadas con la misma pretensión. Parece que el teléfono está confundido y el pobre no tiene manera de arreglar tan enojosa situación. Nos resignamos a contemplar con detalle la fachada que tiene algún elemento artísticoo interesante, como las dos estatuas del románico tardío que representan a Alfonso VII y al primer abad y que enmarcan un relieve que representa un Pantócrator y los símbolos de los cuatro evangelistas. Y ya con el sol oculto, volvemos a Villafranca.
A pesar de las horas pasadas desde la comida, la digestión sigue trabajando y el estómago nos dice a los seis que no será capaz de admitir mucho más y que hay que revisar los planes hechos la noche anterior de probar las especialidades de Liliana. Nos quedaremos sin mollejas por esta vez.
No obstante y después de descansar un rato en la habitación, volvemos a reunirnos en la mesa redonda porque es un buen lugar de reunión y nos permite hacer una agradable tertulia. Al final, con la comprensión de la profesional, que en cierto modo tuvo la culpa por recomendarnos el hostal del Gato, tomamos un plato solo, entre sopa y ensalada y la tentación final, unas peras al vino hechas por ellos, que forman parte del apartado “gula”. Prolongamos la charla, a pesar de ser los únicos comensales esta noche en el comedor, porque no hemos encontrado otro lugar donde reunirnos y Liliana no parece tener prisa en que nos retiremos.
Y así termina nuestra segunda jornada en el Bierzo.
El día siguiente, 29, ya tenemos que dejar a primera hora la habitación. Nos encontramos de nuevo en la mesa redonda a la hora del desayuno haciendo los planes de la vuelta. Lo primero es conocer a la luz del día la propia Villaviciosa, de la aún no hemos visitado nada.
Nos despedimos del hotel y salimos ya con el coche cargado. Lo aparcamos frente a la Alameda. Es un jardín muy bonito, de trazado romántico, planificado a finales del siglo XIX que tiene forma triangular. En este día los jardineros están dejando pelados del todo los plátanos que lo enmarcan y queda a la vista la unión de las ramas de un árbol con las del otro, formando así un tupido emparrado. Como a partir de ahora los lugareños van a preferir el sol a la sombra, porque es un pueblo muy frío, los árboles ya no serán un obstáculo para impedir su paso. Entramos por el interior para pasear por él y acercarnos a la fuente, de la que ya vimos una fotografía en el Museo del Monasterio de Santa María de Carracedo, porque es de allí de donde procede, concretamente del claustro, donde estaba situada desde el siglo XVI. En la ciudad la llaman “La Chata” y es una estatua en granito de una mujer, desnuda de medio cuerpo, cuyo ropaje le cubre la cintura y los muslos, que está sentada en dos cántaros de agua sobre los que coloca cada una de sus manos. La piedra está desgastada y ya no se marcan con claridad los rasgos de la cara, y menos que ninguno la nariz, como suele suceder por ser lo más sobresaliente del rostro, de ahí el apodo popular de la Chata. Yo supongo que es la representación de una náyade o ninfa de las fuentes y manantiales y que su sitio fue siempre la de presidir una fuente.
Frente al parque se encuentra una iglesia gótica y grande de la que se muestra el ábside. Es la Colegiata pero está cerrada y no entramos.
Un poco más cerca de la plaza está el gran edificio conocido como San Nicolás, el edificio que según Liliana, los lugareños creen que debería de haber sido la sede del Parador de Turismo y que hoy está dejado e infrautilizado desde que en 1883 se cerró el colegio que aquí tenía la sede. Es del siglo XVII y fue ocupado primero por los Jesuitas, que dejan rastro en la fachada, con la estatua de San Ignacio de gran tamaño en una hornacina. En 1767 los Jesuitas son expulsados y aquí se traslada la parroquia de San Nicolás, cuyo edificio se había quemado en un incendio. Tuvo también un uso civil, en el siglo XIX y finalmente fue vendido a los P.P. Paúles que crean aquí un colegio que funciona hasta finales del siglo pasado. Ahora, según nos cuenta un paisano con el que entablamos conversación en una placita, quedan sólo dos o tres padres que se dedican a hacer vino dulce y vermout, por cierto el mejor de la zona, y tienen una pequeña bodega en los bajos del edificio entrando por un lateral. Allí vamos a comprar una muestra para ver si la fama se corresponde a los hechos. En el interior del edificio hay un museo de Ciencias Naturales con animales disecados y exposición de muchas especies que no vemos.
Vamos a comprar embutido a una tienda que nos han recomendado en el hotel y seguimos haciendo turismo por la plaza e incluso iniciamos la ascensión con la intención de ver el castillo, propiedad de la familia Halfter, los músicos de fama internacional. Pero no llegamos hasta él.
Nos introducimos por la calle del Agua, la más famosa de la villa, con grandes casas palacios, muchas de las cuales están abandonadas y en penoso estado. Es una sombra de lo que fue en el pasado pues en tiempos era la calle que tenía más actividad comercial y artesanal, así como una de las más frecuentadas por los muchos peregrinos que pasaban por Villafranca camino de Santiago. En casi todas las casas podemos observar variados escudos nobiliarios en sus muros. En una casa de esta calle nació el poeta berciano tan apreciado Enrique Gil y Carrasco y una placa lo conmemora.
En esta dirección hay información sobre la ciudad y sus monumentos:
http://www.villafrancadelbierzo.org/patrim_mon.php
A media mañana damos por terminada nuestra visita a Villafranca y, cargados con recuerdos gastronómicos que metemos en el maletero, emprendemos el regreso a Madrid, con la parada obligada para comer ya en la Sierra, cerca de Madrid.
El viaje ha resultado perfecto y nos anima a emprender otros que tenemos en proyecto: Berlín, Hamburgo….
Pero lo mejor… la compañía
Assela Alamillo Sanz
Madrid, 10 noviembre 2009
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