Jueves, 12 noviembre 2009
Nos lleva jorge al aeropuerto, terminal 4. Salimos con un poco de retraso pero el viaje es muy bueno. Nos está esperando Asse en el aeropuerto. Está nublado y llovizna. Vamos a Grenoble al trabajo de Carlos y lo recogemos. A casa y ya no salimos
Viernes 13 de nov
Asela no va al trabajo y, después de un calmado desayuno, nos echamos a la calle a dar un paseo. El día es soleado y algo fresco y el ambiente de esta parte de la ciudad tranquilo, sólo interrumpido por el ruido chirriante del tranvía cuando pasa por la calle. Nuestro primer objetivo es el vecino parque de Mistral, que por suerte tienen tan cerca de casa. Tenemos suerte con el tiempo porque nos dice que la semana pasada llovió todos los días. Ahora no lo hace y, lo que es más importante, no sopla el viento y por tanto los árboles, tantos y tan variados y tan magníficos ejemplares, están en este momento preciosos, (eclatant de jaunese) y podemos apreciar y disfrutar de una gama cromática que va desde los verdes oscuros de las coníferas y los verdes que aún se conservan en parte de las hojas, a los amarillos, cobres, rojizos y dorados que relucen a la luz del sol en las distintas especies que pueblan el parque. Las partes del suelo que tendrían que verse verdes por el césped, están cubiertas de hojas caídas y forman como un gran tapiz circular que rodea los troncos de los árboles. El pequeño estanque está seco, es la única pega que se le puede poner al espectáculo que la naturaleza proporciona en este agradable lugar. Distinguimos por la zona central unas vallas movibles que impiden el paso por las sendas habituales y es que un enorme número de colegiales de primaria se encuentran esta mañana en el parque, participando en una carrera que discurre por un circuito acotado. En efecto, al llegar a la zona pasan delante de nosotros una fila casi interminable de cuatro o cinco en fondo, chicos y chicas, a los que jalean algunas personas mayores que les acompañan, sus profesores u otras, que, como nosotros, se han encontrado con el espectáculo deportivo. Deben de ser todos los escolares de la ciudad porque la serpiente de corredores no se termina nunca.
Después nos desviamos en diagonal para salir del parque por el lado del Ayuntamiento y cruzamos para ver el pequeño jardín Botánico, que está al otro lado del parque. También allí el espectáculo es similar y, si cabe, más bonito pues hay especies muy particulares que adquieren un marcado tono rojo en esta época y el pequeño estanque refleja sus ramas. Hay muchos rincones y detalles que merecen ser plasmados en una fotografía y así hago, captarlas con mi objetivo que nunca será tan fiel al espectáculo cromático que ofrece la realidad.
Salimos del jardín y atravesamos una zona de la ciudad bastante nueva para nosotros buscando el supuesto negocio de mi antiguo compañero del Goethe Cristian Straub. Entramos y nos dirigimos al dueño, un hombre de unos cuarenta años que, en efecto, se llama así pero no tiene nada que ver con mi amigo. Dice que hay otro en la ciudad del mismo nombre porque a él le ha llegado a veces su correspondencia equivocadamente.
No se ha logrado el objetivo de la pesquisa casi detectivesca que nos había llevado hasta esta calle y decidimos seguir el paseo por esta zona central pero no vieja, con casas muy parisinas, se podría decir, de seis o siete alturas, terminadas en mansardas, y con unas bonitas rejas en los balcones aparte de adornos en la fachada. Las calles son bastante anchas, con muy buenas tiendas por todas partes que llaman nuestra atención y el tráfico es soportable. Es una ciudad muy agradable para vivir. En una tienda de libros que es una cadena francesa de libros nuevos y de segunda mano, busco el Seznec pero está descatalogado. Me compro, en cambio, otro interesante (21 euros) La vuelta a casa la hacemos por otro camino diferente que, nos dice Assela, ha estado hasta hace poco cerrado en obras y tiene curiosidad por ver el resultado. Encontramos un parque pequeño y grato alrededor de un grupo de casas, que forma un semicírculo enmarcado por grandes álamos dorados y en el centro un monumento moderno.
Llegamos a la casa con tiempo de preparar la comida y, aunque no se le esperaba, Carlos viene a comer. Nos ha hecho Asse unos buenos filetes de atún a la plancha.
Por la tarde no salimos.
Sábado 14 nov
Nos vamos de excursión los cuatro. La idea era llegar a Aix les Bains y ver el museíto ese que ya vieron ellos con Jorge pero antes de entrar en la autopista de peaje, recuerdan su intención, proyectada desde hace tiempo, de subir en el funicular que sale de Montfort, en el valle de Gresivaudan y lleva a San Hilaire de Touvet, en lo alto del Parque Regional de la Chartreuse, salvando un desnivel de 700 metros. En alguna ocasión lo hemos visto desde la carretera. Nosotros le animamos a hacerlo hoy. El día está claro aunque no luce un sol radiante y las montañas se distinguen con nitidez, lo cual es una condición apropiada para disfrutar del paisaje. Nos apartamos de la autopista para seguir por la carretera nacional, de estrecho trazado, que pasa por pueblos con bellas y antiguas casas y desde la que se aprecia mucho mejor el entorno. Finalmente encontramos la estación de partida del funicular, en medio del campo. Sale cada hora y aún queda unos 20 minutos que se nos pasan rápidamente, mientras paseamos por la zona y observamos cómo acuden gente joven que se preparan allí mismo, al pie del coche que dejan aquí aparcado, para escalar la roca, un farallón, un muro enorme casi vertical que se ha convertido en reclamo de este deporte, por la Via Ferrata, un sendero muy conocido por los escaladores de todo el país. También los hay que emprenden la marcha andando, como el matrimonio joven que está en el banco de la entrada del edificio dando de comer a su bebé que no tiene más de año y medio y al que, cuando terminan, se lo cuelga el padre a la espalda y se preparan para la ascensión.
Cuando llega la hora de salida, las doce en punto, solamente otro señor y nosotros cuatro entramos en el trenecito, de madera, con tres compartimentos, los dos primeros, en la cabeza del tren, cerrados y el último abierto, compuesto a su vez por dos espacios, que da al paisaje que vamos dejando a nuestros pies, terminado en una barandilla desde la cual podemos contemplar el magnífico panorama. El trayecto es el recorrido más vertical de todos los funiculares europeos y su inclinación es de 83 %. Es un tren cremallera que se construye en 1924 aunque el tren ha cambiado varias veces de modelo y un cartel informativo anuncia que se revisa cada año su mecanismo. La subida es preciosa. Vamos dejando abajo el ancho valle y las montañas de enfrente, con sus crestas nevadas, las vamos viendo cada vez más a nuestra altura. Los picos corresponden a Vercors y Belledonne e incluso se puede ver el famoso Mont Blanc los días despejados. En un momento dado el tren se para en un pequeño tramo en el que hay dos vías, para cruzarse con el que hace la ruta contraria, de arriba abajo. Luego pasa un túnel que salva un obstáculo rocoso, de unos cien metros, para volver a salir a la luz en un camino más encajonado y agreste. Desde allí se ve bien el salto de agua, la cascada de l´Oule, bajo la cual discurre el trayecto de la Via Ferrata, que queda a un lado y un pequeño y frágil puente formado por un estrecho tablón suspendido en el aire, por donde atraviesan los excursionistas arriesgados. Distinguimos a algunos de éstos escalando, que como pequeñas manchas de color, debido a sus anoracks, se mueven casi en el aire, en vertical a las rocas.
Llegamos por fin arriba y nos encontramos con un pequeño pueblo, San Hilario de Touvet, en lo alto de la montaña de la Chartreuse, por donde pasan coches. Lo primero con lo que nos topamos en la dirección que hemos tomado es una pequeña iglesia, de piedra de color gris, como todas las edificaciones en Francia, y de una muy graciosa arquitectura. Delante hay un crucero también en piedra y en su entorno el verde de los prados y el adorno natural de los grandes árboles. Rodeamos la iglesia y subimos hacia otra zona del diseminado pueblecito. Pasamos por una Brasseríe, que está abierta y hay gente por afuera con bicis y con aspecto de excursionistas. Seguimos adelante en la idea de descubrir un agradable y típico restaurante pero ya no hay ningún otro, al menos abierto. Subimos una colina hasta el borde de la meseta que forma esta parte del macizo de la Chartreuse, al otro lado de la cordillera de la Belldonne y podemos disfrutar de un maravilloso panorama, como el que tuvimos durante nuestra ascensión en funicular pero más amplio. Se distingue todo el valle del Isére, con su caserío en la parte llana y las montañas que lo flanquean. Paseamos un poco por un sendero de árboles que ya están perdiendo sus hojas y las que aún se mantienen son de un bonito color ocre. En el suelo alfombras de hojas recién caídas. Nos adentramos por una calle descendente que sale de nuevo a la iglesia y comprobamos que uno de los restaurantes que ofrece buen aspecto está cerrado. Seguimos a la otra parte del pueblo pero todo está deshabitado y cerrado.
Estamos obligados a ir a la Brasseríe y nos encontramos la agradable sorpresa de que tiene un interior acogedor, que las demás mesas están llenas de comensales y que la carta no parece nada mala. En efecto, comemos bien (84 euros) y hacemos tiempo hasta la bajada del funicular a las 4 de la tarde. Coincidimos con la joven pareja del niño que han acudido al bar a tomar un pastel y una infusión y que descienden con nosotros después de haber hecho la subida a pie.
Nos volvemos a Grenoble tras una jornada muy bonita llena de bellos paisajes.
15 domingo
Asse Rafa y yo nos vamos en coche hasta el otro lado del Isére, al barrio italiano, y subimos hasta el Musée Dauphiné. Al salir del coche yo me voy, deshaciendo parte del camino, hasta un lugar desde donde he visto mientras subíamos una bonita panorámica de la ciudad y el río. Hago unas fotos ahora que el ambiente está despejado. El museo está instalado en un antiguo convento que se llamaba Sainte Marie d´en Haut. Las autoridades de la región solicitaron del que luego fue San Francisco de Sales, que había fundado la orden de las Visitadores, que abriera una sede de esta orden en Grenoble. En 1619 se inician las obras y al frente está Juana de Chantal. Con la revolución se disuelve la orden. Luego son las Ursulinas las que lo ocupan. Una de ellas sale para fundar la orden del Sagrado Corazón. Hasta 1904 fue colegio. Luego fue ocupado por emigrantes italianos que son los que le dan el nombre al barrio. Desde que en 1965 la ciudad fue sede de los juegos olímpicos de invierno, el Ayuntamiento restaura el edificio y pasa a su actual uso, de Museo. Es una historia curiosa e interesante. La iglesia, muy barroca, con pinturas y un altar recargado de imágenes.
El exterior es muy bonito, jardines en terrazas, acogedores y cuidados desde donde se divisan bonitas vistas. Luego pasamos al claustro, con restos arqueológicos romanos encontrados en esta ciudad, un pozo, ajardinado, en el medio un cuadrante astronómico. Paseamos por él y ya nos volvemos hacia la cafetería del museo donde tenemos intención de comer. Assela nos deja allí en los jardines y se va a buscar a Carlos. Yo entro a preguntar y resulta que no hay sitio. Le llamo por tfno. Y deciden venir a por nosotros y ya veremos qué hacemos. Nos vamos por el centro buscando un restaurante y parecen todos llenos. Finalmente nos metemos en uno que lleva el nombre de Epicuro en su título y es de los elegantes. Elegimos un menú de 25 euros y un buen vino de la zona de 22. El sitio está muy bonito decorado, y grandes ventanales te ofrecen la calle donde se pone el mercado. Está todo bueno y bien servido.
Volvemos paseando hasta donde hemos dejado el coche y ya a casa. La tarde se echa pronto.
16 lunes.
Se van los chicos a trabajar y Rafa y yo nos disponemos a salir por la ciudad. Hace una mañana buenísima, soleada y los árboles siguen de mil colores. Nos proponemos ver con calma el parque en toda su extensión y llegar hasta la otra parte, frente al gran hotel del parque. Pasamos al pie de la fea pero representativa torre de cemento que se levanta en medio del rectángulo que forma el parque. Allí cerca nos paramos a contemplar un espectáculo curioso, una especie de concurso para perros. Un personaje, tal vez un adiestrador, cronometra el tiempo que el perro tarda en dirigirse a su dueño o dueña que se ha desplazado unos treinta metros y que le llama, después de haberlo dejado quieto en el punto de salida. Hay perros de todas las razas y los dueños también son de muy distinta condición, jóvenes o mayores, mujeres y hombres. No entendemos bien las reglas de este ejercicio y tras observar a unos cuatro o cinco realizar la misma acción, seguimos el paseo.
Llegamos a la zona por donde pocas veces habíamos paseado, tal vez nunca. Nos llama la atención un operario de jardines, un chico joven que conduce un pequeño tractorcito, ruidoso, como todos estos vehículos, que arroja aire con fuerza por un tubo que sale de la parte baja y que impulsa con fuerza las hojas de los caminos peatonales y las traslada hacia las zonas de césped, bajo los árboles, donde quedan agrupadas mientras que los paseos se limpian. Acabamos diciéndole adiós al conductor, por las veces que nos lo cruzamos en nuestro recorrido, alguna de las cuales nos ha cedido amablemente el paso. Nos hacemos algunas fotos en otro pequeño sendero, enmarcado por trozos de gruesos troncos de árboles colocados uno al lado de otro, en alguno de los cuales se ha rebajado la madera para lograr un rústico asiento. En este camino pequeño, por el que no cabe el tractor, el suelo está totalmente cubierto de hojas de color naranja y las ramas de los altos árboles que lo bordean a uno y otro lado se encuentran en su cima formando una bella bóveda que aísla el camino sin permitir ver el cielo, logrando con todo ello crear un entorno romántico y bonito. Llegamos hasta el principio del parque, paralelo a la acera, zona donde están los monumentos a los Caídos en las dos guerras mundiales y a los miembros de la resistencia. En la base de los dos están depositados muchos ramos de flores recién puestos porque el domingo pasado se celebró una fiesta conmemorativa de las muchas que se hacen en Francia. Nos entretenemos un rato leyendo las frases, fechas y nombres que hay en ellos y seguimos nuestro camino hacia el interior de la ciudad.
Entramos por la rue de Strasbourg, dejamos de lado la Iglesia de San Joseph que está cerrada, frente a la pequeña plaza de Metz, en el centro de la cual hay una alta columna blanca con capitel corintio. Seguimos hasta las calles, porque son dos, en cuyo centro hay un parking de coches, la rue de la Liberté y la rue Condillac. Desde esta última empiezan las calles peatonales, que ya forman parte de una zona más antigua y aún conservan casas muy antiguas. Los bajos están llenos de tiendas, en general de buen gusto. Vamos a salir a la Place Genette, donde está la FNAC, las Galerías Lafayette, las casas bonitas aunque a falta de pintura. Está iluminada por el sol la casa de los elefantes. Nos metemos en la iglesia de San Luis, que da por su fachada principal a un ensanchamiento de la calle, y por el otro lado a la plaza de Victor Hugo. Es la primera que vemos abierta en nuestros paseos. Es un gran templo, sin nada especial a recordar pero interesante. La sorpresa más agradable que nos aguarda nada más franquear las puertas es que está sonando la música de órgano y todo el espacio se llena de armónicos sonidos. No hay más de cinco personas en su interior. Nos sentamos en uno de los últimos bancos para escuchar con comodidad y hacernos cargo del ambiente y pronto nos damos cuenta de que en el banco del otro lado, a nuestra misma altura, está una chica de la edad de nuestra hija, que tiene junto a ella, sobre el banco, una bolsa con la apariencia de contener un ordenador. Al fijarnos un poco más nos damos cuenta de que está llorando. Rafa y yo conjeturamos por un momento la causa de sus lágrimas, sin ninguna garantía de acertar, se habrá quedado sin trabajo, la ha dejado el novio, se ha enterado de la gravedad de la enfermedad de uno de sus seres queridos, entre otras posibilidades. Nos da pena verla.
Un poco después entra una curiosa pareja. Entre los dos deben de sumar unos ciento ochenta y cinco años, pues son extremadamente ancianos. Andan con dificultad, apoyados en sendos bastones. Van muy elegantes vestidos. El lleva una gorra plana y parece pendiente de su mujer. Se sientan en el banco y poco después se levantan para encender una vela delante de uno de los altares laterales. Rafa piensa que él perteneció al gobierno de Vichy, sin ningún fundamento, claro está.
Después de un rato y sin que el órgano deje de sonar una bonita música, damos una vuelta al templo. Tiene unas luminosas y coloristas vidrieras que representan escenas de la vida de Jesús, así como unos grandes cuadros de bonita pintura que también evocan los mismos temas. El púlpito y el revestimiento del ábside son de noble madera. La iglesia en sus muros está llena de lápidas con los nombres de los caídos en las dos guerras mundiales, forrando las columnas.
Salimos y seguimos hasta la cercana plaza, que tiene las terrazas instaladas en el centro bajo unas carpas fijas. Entramos por el pasadizo que comunica con el Jardín de Ville, esa zona rústicamente ajardinada, con inmensos plátanos de ancho tronco, al lado de la antigua muralla romana y a donde daba la casa en la que vivió Stendahl, el gran escritor nacido en la ciudad y cuyo nombre lleva ahora el Lycée más importante. Salimos del jardín por la parte más antigua de la ciudad, por las placitas y entramos en la iglesia de San Andrés por una puerta lateral, que da a una tranquila calle que en un día como hoy, soleado y luminoso, aún parece más bonita.
La iglesia es bastante fea y la sorpresa es ver que en ese momento están oficiando una ceremonia religiosa. Un sacerdote de cierta edad, otro joven de raza negra y un hombre seglar están exponiendo la Custodia y haciendo los cánticos y oraciones que el momento requiere. Sólo hay una vieja mujer que se ha arrodillado en el suelo, en medio del pasillo y nosotros que nos situamos en un lateral. Cuando terminan los ritos, el grupo de los tres se retiran con toda solemnidad, como si el templo estuviera abarrotado de fieles.
Salimos por la puerta principal que da a la bonita plaza de San Andrés, frente a la cual está el edificio del Teatro Berlioz, de estilo racionalista. En la misma línea del teatro, en la más larga fachada de la irregular plaza, está el edificio majestuoso del Parlamento, de un característico color gris como otros de la zona. En la parte más ancha de la plaza está colocada en su pedestal la estatua de un héroe de la historia local y desde donde se puede apreciar la original torre de la iglesia. Las viejas casas que forman un ángulo están siendo reparadas y ya se ven pintadas en colores cálidos.
Salimos al río y cruzamos la pasarela de hierro al otro lado. Quiero fotografiar la fuente del león y la serpiente que está en el barrio italiano.
Volvemos por el camino conocido hasta los jardines del museo, el park Michallon, el museo al aire libre. Hoy las esculturas, tanto las figurativas como las abstractas, lucen en su escenario de tonos dorados. Allí está Orfeo, con la Bastilla de fondo, la obra de Chillida, entre altos árboles amarillos, la gran espiral a través de la cual se distingue una figura femenina que está situada en el borde del parque, dando ya a la calle, y otras obras de arte expuestas entre el césped en el terreno ondulado e irregular. En los bancos se sienta gente de lo más diferente entre sí, un hombre de unos sesenta años, que tiene su bicicleta al lado y lee en este tranquilo entorno, unas mamás jóvenes con sus bebés, los pequeños colegiales que juegan bajo la supervisión de las profesoras, un grupo de trabajadores extranjeros que hacen un alto en el camino. Vamos paseando entre ellos y seguimos nuestro camino por la zona ajardinada en medio de la cual se levantan las tres altas y representativas torres de viviendas que ya han pasado a ser una marca distintiva de la ciudad de Grenoble. Sin dejar los jardines y siempre por zona verde, llegamos hasta casa.
17 de noviembre martes.
Hoy Assela no va a la universidad y salimos de excursión. Queremos ir a Vizille, a recorrer los jardines tan bonitos puesto que el castillo ya lo vimos la vez anterior. Hay mucha animación en el pueblo y encontramos un sitio para aparcar sólo donde sale otro coche. Aprovechando la cercanía del mercado al aire libre, que es la causa de la mucha gente que se nota, vamos a dar una vuelta por él. Se parece a los que se celebran semanalmente en los pueblos españoles aunque con algunas diferencias. También hay puestos de ropa, de pretendida moda y de prendas de interior, de mercería, de ropa de casa, de ferretería, de flores. La mayoría son puestos que ofrecen frutas y verduras, y me parece que los precios son más económicos que los del super y probablemente la calidad sea también mejor, a juzgar por el aspecto. Hay puestos sólo de quesos, toda clase de ellos y de embutidos que tienen distinta apariencia a los que hay en nuestras charcuterías.
Preguntamos por la situación del castillo, para orientarnos, y nos dan una mala noticia, que hoy, martes, está cerrado como todos los museos y monumentos de Francia. Decepcionados, nos dirigimos sin embargo a pie hasta la puerta de entrada al Castillo y los jardines y lo constatamos por nosotros mismos. Entramos en Turismo para pedir información sobre los alrededores. Decidimos ir a los lagos que están a poca distancia pero en una latitud mucho más alta. La carretera asciende en un trazado algo peligroso, por la fuerte pendiente pero los que no conducimos podemos disfrutar de un bello paisaje. El pueblo de Bizille queda cada vez más abajo y las grandes montañas que lo rodean se nos van haciendo más cercanas.
Entramos por el camino que anuncia el lago situado más bajo y que Assela no conoce porque no está permitida la entrada de los perros. Hoy, día de diario de un otoño que podría ser frío y lluvioso pero que es lo contrario, no vemos ningún coche ni ninguna persona en sus orillas. Aparcamos correctamente en el solitario terreno habilitado para quedarse y nos damos una vuelta por su orilla. Un montón de patos negros con un triángulo blanco en la frente pescan tranquilamente en las aguas tranquilas y algunos se acercan a la orilla al sentir nuestras pisadas, en esa constante ansia por recibir de los humanos unas migajas de pan.
Seguimos hacia el segundo lago, muy cercano, pasando por un pequeño pueblecito en una zona que parece la Francia rural auténtica.
Decidimos volver a comer a casa porque nos da tiempo.
18 de noviembre, miércoles
Hoy también hacemos un paseo largo por la ciudad Rafael y yo. De nuevo recorrer el parque, lo que siempre es un verdadero gusto. Cada vez los árboles parecen diferentes y los tonos más bonitos. El gingo deja caer suavemente sus luminosas hojas amarillas como una lluvia cadenciosa y cromática. Hacemos el camino de siempre, calle Estrasburgo y la calle de la Farmacia porque buscamos la tienda de artesanía que vimos cerrada el lunes por la mañana. Pero ahí no la encontramos. Se me ocurre la idea de ir al mercado y verlo en su momento de actividad pero una vez en la plaza me he desorientado. Preguntamos a una señora que va con sus nietas. Claro, ya habíamos notado demasiados niños por las calles sin caer en la cuenta hasta ahora de que es miércoles, día en que en Francia no hay colegios ni institutos ni establecimientos de enseñanza primaria y media y la abuela se queda con las nietas mientras los padres, que no debían de ser de la enseñanza, están en el trabajo. Esta medida me desconcierta y me escandaliza. Imagino que primero empezó con la intención de ser un día dedicado a actividades extraescolares y ha acabado siendo un día de ocio para los profesores. Si algo así se propusiera en España la prensa echaría fuego y la opinión pública se flagelaría con la acusación de que somos el país más vago del mundo etc. Aquí veo que no pasa nada y ni siquiera es un rasgo de identidad nacional que ahora tanto pretenden definir. En fin, la realidad que tiene muchas caras.
La señora que nos da unas perfectas explicaciones en un francés claro y agradable de oir, es una mujer que ronda los sesenta o los ha pasado y que tiene esa elegancia tan frecuente en muchas señoras francesas, en su manera de vestir, de peinarse, de moverse, que llevan los años con dignidad no exenta de belleza. Ésta además, era muy guapa.
Seguimos sus indicaciones en una parte aunque nos desviamos en otra dirección en un momento dado y ¡oh casualidad¡ nos encontramos con la tienda que yo buscaba y que la ubicaba equivocadamente en otra calle. Entramos y compramos la figurita rústica de un chico tocando una trompeta. Nos gustó desde el escaparate y más aún al tenerla en las manos. La propietaria y vendedora es una joven de unos treinta y pocos que nos habla español cuando nos oye y resulta amable y comunicativa. Me permito decirle que tiene precios muy económicos y nos cuenta que ella misma viaja a los países lejanos a comprar la artesanía a un precio tal que le queda margen aún poniéndolos barato. Le pregunto de dónde es este grupo de músicos y nos dice que de Bali. La figura es de una madera muy blanda y no pesa nada aunque al verla da la impresión de ser sólida y pesada. Nos la envuelve y nos vamos encantados con ella. El último recuerdo de Grenoble. Como de la abundancia del corazón habla la boca, no puedo por menos de contarle que estamos allí en casa de una hija pero que se trasladan pronto a Méjico porque el marido, de esa nacionalidad, ha encontrado allí trabajo interesante. Luego pienso que no le importa nada pero… me rezuma la pena y tal vez encuentro alivio contándolo.
Vamos luego al mercado, que está al lado, y en efecto es un panorama digno de ver. En el exterior están los puestos de fruta y verdura que exponen sus productos armoniosamente colocados en las cajas. Entramos adentro, donde están los puestos fijos. Los hay de géneros distintos a los que encontramos en España. Los pates y los quesos predominan, los pollos, patos, y otras aves se presentan en preparaciones cuidadas y originales, muy diferentes a los puestos de por allí, los embutidos son distintos. Nos resulta muy curioso ir recorriendo los tres pasillos en que se organiza el mercado. Compramos un poco de paté de dos clases distintas y seguimos nuestro camino para pasar al super Casino a comprar algo más. La vuelta a casa siempre se hace por el parque, que no por conocido, deja de sorprender en algún aspecto, bien porque la luz del sol atraviesa una rama y ofrece una perspectiva nueva o por la presencia de un personaje original.
Las tardes son tranquilas en casa, trabajando cada uno en nuestra afición.
19 jueves.
Hoy Asse no va a trabajar y nos planificamos una mañana de excursión. La primera idea es ir a un pueblo donde se anuncia una abadía aunque no tenemos seguridad de que esté abierta al público. Pasamos por Voreppe y entramos en Voirans, un pequeño pueblo del que nos ha gustado una torre románica que hemos visto desde la carretera. Salimos en la desviación que indica y lo recorremos en coche. Pasamos delante de una iglesia barroca, de grandes dimensiones, que está cerrada. A un lado queda la plaza principal a la que da el edificio del Ayuntamiento, el más característico del entorno y buscamos la vía que nos acerque a la iglesia a la que corresponde la torre. La encontramos finalmente y, después de aparcar en un tranquilo parking casi vacío, subimos hacia la iglesia y la rodeamos hasta llegar a la puerta principal. Está actualmente en obras y la puerta cerrada y, a través del orificio de la cerradura y de alguna grieta de la vieja puerta de entrada, se distingue una bonita arquitectura románica y unas pinturas en el ábside que parecen estar en vías de recuperación.
A partir de este aquí nos replanteamos el plan del día y yo sugiero volver al pueblo de la Chartreuse donde vimos una iglesia con unas pinturas modernas que nos encantó y que no pudimos disfrutar el año pasado porque había un concierto programado en ella a punto de empezar. Les parece una buena idea y con el navegador funcionando nos introducimos por el macizo montañoso de la Chartreuse que atravesamos de lado a lado. Los paisajes son muy bonitos. A veces darían ganas de parar y hacer fotos, pues son estampas “de calendario”, según la vieja acepción de aquellos calendarios familiares que colgaban de todos los cuartos de estar en las familias medias españolas de los años sesenta. La carretera, estrecha y con curvas, no aconseja ni ofrece lugar apropiado para hacer una parada y, consecuentemente, recoger el espectáculo bello en una foto, así que hay que retener las vistas en la memoria.
Llegamos al pueblo de San Laurent, que ya conocimos el verano pasado, pero esta vez entramos a él por otra parte y lo primero que vemos es una gran iglesia con cierta semejanza a Notre Dame de Paris, salvando las distancias cronológicas. En efecto, es un neogótico y la iglesia, como no podía ser menos, se llama Notre Dame de la Chartreuse. Paramos el coche y entramos en la plaza que antecede al templo, muy cuidada, con el correspondiente monumento a los caídos en la segunda guerra mundial, adornado con macizos de flores preciosas de la época, crisantemos de distintos colores. La plaza está rodeada de grandes plátanos ya podados y a un lado y otro hay dos edificios similares que proporcionan una agradable simetría arquitectónica. Uno de ellos es un colegio infantil y a esta hora resuenan por el entorno el griterío de los alumnos que disfrutan de su recreo de media mañana.
Seguimos el camino hasta el pueblo que buscamos y en esta ocasión cogemos una carretera nueva respecto a la excursión del año pasado que lleva directamente allí. Pasamos por un sobrecogedor desfiladero, poco iluminado, denso de vegetación, con los altos acantilados rocosos a un lado y otro. El paisaje es muy bonito. No nos encontramos ni un coche, parece una zona abandonada. Finalmente llegamos al pequeño pueblo de Saint Hugues de Chartreuse. Hay unos cuantos coches aparcados pero no se ve un alma. La iglesia, que se anuncia como el Museo de arte sagrado contemporáneo, está abierta. En ese momento sale un matrimonio mayor. Entramos. No se ve a nadie, está vacía pero es luminosa porque el día está soleado y una impresión de arte en estado puro nos envuelve desde el umbral. Las pinturas han sido realizadas por el artista que se firma Arcabas, desde 1953 hasta 1985. Predominan el color rojo y el dorado que se desprende de los cuadros que cubren todos los muros y el ábside en tres franjas desiguales. La pintura es muy bonita, de estilo algo distinto pues su estilo ha cambiado lo largo de los treinta años. Se representan en los cuadros del nivel bajo, los que tenemos a la vista de los ojos, escenas del antiguo y nuevo testamento que reconocemos casi en su totalidad aunque no guardan entre sí una relación, sino que más bien parecen escogidos individualmente por el tema. Encima, en grandes tapices de fondo rojo, una representación de los diez mandamientos y encima del ábside en el mismo material y colores la escena de la última cena. La hilera superior está compuesta de cuadros de tema abstracto.
Los tres vamos despacio mirando uno a uno cada cuadro y admirándolos, en particular y en el conjunto. De una puerta lateral que se abre al principio del ábside salen unas voces y al pasar por ella distinguimos dos personas que hablan en su interior. Corresponde a la sacristía pero hace la función de tienda. Hay una mesa con libros sobre este museo y otros recuerdos. Ninguno sale y seguimos nuestro detallado recorrido. Puedo hacer fotografías sin flash, al menos no hay ninguna prohibición expresa que lo impida, pero no captan la belleza de los colores reales y sólo sirven de recuerdo. Además de las pinturas, son interesantes las vidrieras y las figuras del suelo, el tetramorfos, en la parte del ábside, resaltadas por clavos dorados incrustados en el pavimento y el adorno de las puertas de entrada.
Al salir de la iglesia es ya la hora pasada de la comida en Francia y nos dirigimos a un bonito restaurante que queda a la izquierda, al pie del monte, con un aspecto muy apetecible pero, como sucede cuando se hace turismo fuera de los días festivos, está cerrado. Nos dirigimos a otro situado frente a la iglesia, al otro lado de la carretera, y, al entrar, nos sorprende ver que tiene llenas casi todas las mesas, unas cuatro o cinco y la mitad de ellas están ocupadas por hombres que parecen trabajadores de la construcción aunque aparentemente no se notan obras en el pueblo. Lleva el bar y el restaurante, muy agradablemente adornado, con maderas pintadas y un friso todo a lo largo de los muros, una chica joven y dispuesta que se disculpa por no atendernos enseguida. Tomamos un menú de carne con patatas, más una ensalada y un postre de crema tostada que está muy bueno y los tres nos cuestan 50 euros. No está nada mal y yo diría que más barato que chez nous.
La vuelta la hacemos por otro camino, pasando por Le Sappey en Chartreuse, el pueblo donde estuvimos el verano pasado, que desciende en una pendiente muy pronunciada hasta La Tronche y de ahí a Grenoble. Recogemos a Carlos y vamos a casa.
Por la tarde, antes de que el sol se oculte, todavía damos un buen paseo por un camino que yo no conozco, a lo largo del río Drach, hacia la universidad, lleno de ciclistas, corredores y algún peatón tranquilo como nosotros.
20 de noviembre, viernes
Salimos pronto los cuatro en dirección a Lyon, con el coche cargado de maletas. Dejamos en el aeropuerto de Saint Exupery a Carlos que viaja a México y nosotros continuamos a la ciudad. El navegador nos conduce por la vía más corta que no es la más rápida, atravesando los pueblos de alrededor y los barrios populosos de la ciudad y parando en semáforos cada trecho.
Finalmente reconocemos el lugar y llegamos a la plaza Bellecour, el enorme espacio cuadrado y despejado en el corazón de Lyon, presidido por la monumental estatua de Luis XIV debajo de la cual están representados los dos ríos que recorren la ciudad, el Ródano y el Saona. Entramos al parking situado bajo la plaza donde dejamos el coche. Entramos en la oficina de Turismo que está situada allí mismo y nos dirigimos, pertrechados de plano y de algún otro folleto, hacia el viejo Lyon, la zona que no conocimos el año pasado. Entramos en la catedral de Saint Jean, la más antigua, y la visitamos a tiempo porque cuando salimos es la hora en que se cierran las puertas hasta tres horas después. Como todas estas catedrales está llena de riquezas artísticas, especialmente las vidrieras.
Una idea fija se me ha metido, subir a la basílica de Fourvieres, lo que hacemos en el funicular que funciona como el metro pero en vertical. Es un trayecto corto y nos deslumbra al salir de la estación la grandiosidad de la iglesia que se levanta poderosa, inmensa, luminosa. Atravesamos la calle para entrar en este monumento conmemorativo que levanta la ciudad en agradecimiento a la Virgen por haberles protegido en la guerra franco prusiana. Su interior tiene la magnificencia correspondiente al exterior, esculturas, mosaicos, pinturas, una arquitectura imponente.
Salimos par acercarnos a los jardines que la rodean desde donde se puede contemplar una bonita panorámica de la ciudad atravesada por los dos ríos. Después de un corto rato de pasear por allí me sucede algo que tendría que enmarcar en una dimensión que trasciende la realidad. Yo andaba curiosa intentando saber dónde estaba la casa primitiva de las religiosas de Jesús Maria, el colegio al que he ido de pequeña y a cuya congregación pertenecía mi tía Mª Antonia, persona muy querida para mí con la que tenía una completa relación, no sólo afectiva, que siempre duró a pesar de su temprana marcha al convento, sino también de aficiones y gustos. Pues bien, enfrente a la Basílica encontré un relieve que decía que allí estaba la iglesia donde reposaban los restos de la madre fundadora, actualmente canonizada, y la casa que fue el primer colegio. Y para mayor casualidad, la puerta se abrió para dejar salir a un grupo de colegialas de otra región que hacían una visita y yo me adelanté para pedir permiso para entrar, completamente emocionada por la casualidad que me había colocado allí mismo y por el recuerdo de mi tía. Me di a conocer y nos recibió una religiosa muy enterada que conocía bien a Mª Antonia. Entramos en la capilla donde está la tumba de la religiosa fundadora, lo que me provocó un sentimiento de emoción incontenible y casi inexplicable. Luego estuvimos los tres hablando un rato con la religiosa, que conocía a todas las personas por las que le pregunté.
Pero un dato que me impresionó vivamente fue enterarme, una vez en Madrid, que ese día era precisamente el aniversario de la muerte de la tía, fecha que yo no recordaba. Quiero pensar que se produjo una cierta comunicación inexplicable pero sentida entre mi tía y yo… La religiosa resultó ser la madre General de la Congregación, al menos lo fue hasta recientemente.
Volvimos a descender en el funicular para buscar un sitio donde comer, un pequeño restaurante que daba por un lado a la calle principal y por el otro a uno de los representativos patios interiores de esta parte de la ciudad. Luego recorrimos toda la calle, entrando en cuantos patios se anunciaban a lo largo de ella y asomándonos a plazas y escaparates y fijándonos en las viejas fachadas. Al final rehicimos el camino por la calle paralela, sin perder ningún detalle de este interesante barrio antiguo.
Tomamos luego una infusión en una cafetería de la plaza Bellecour, en el interior aunque las terrazas estaban llenas de gente que aprovechaba este cálido e inusual otoño.
La ida al aeropuerto la hicimos con tiempo, previendo, como así fue, el atasco de las afueras de la ciudad en un viernes por la tarde. No obstante llegamos con tiempo suficiente y el viaje de vuelta sin incidentes y puntual nos devolvió a la vida cotidiana en Madrid, cerrando así el paréntesis de una estancia, la última, en Grenoble, con la pena de la próxima marcha a México de Assela y Carlos.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario