domingo, 14 de enero de 2007

VIAJE AL VALLE DE BOI Y AL VALLE DE ARÁN

14-V-03 al 19-V-03

Salimos de una ciudad en ebullición por el próximo y largo puente de San Isidro, Rafa, Nuria y yo. No tenemos que pelearnos con el atasco en las radiales porque esta vez vamos en tren, en trenecito más bien. Sale puntual a las 3 menos cuarto y va lleno hasta los topes. Nos toca, incluso, separados a los tres. Los cristales de uno de los lados están opacos, empañados y sucios a la par y ni siquiera se puede disfrutar del paisaje que está verde por la estación del año y por lo mucho que hasta ahora ha llovido. En Zaragoza se vacía el vagón y nos sentamos como queremos, Rafa leyendo y nosotras hablando. Parece que sea final de trayecto, porque pasa el tiempo y el tren no sale. Llevamos ya retraso que se va a acumular en el resto del trayecto hasta Huesca. Están haciendo grandes obras, no sé si el AVE a Barcelona o una nueva línea a Francia, pero lo paga el servicio diario de este tren que llega por fin con cuarenta y cinco minutos de retraso. Paco había salido con tiempo a esperarnos a la estación, con una hora y cuarto que, acumulada a los tres cuartos con los que no contaba, hacen dos horas de paciencia que le revalidan méritos para la santidad.

Nos lleva al hotel Pedro I, frente al parque, lujoso y cómodo hotel del que sólo usamos la habitación. Enseguida nos trasladamos al Coso, a un bar donde esperan unos buenos amigos de Paco y Nuria, Rafa Martínez de Albornoz y su mujer Teresa, profesora de arte en la universidad de Huesca. Luego se añadirá su hijo Pedro y ocupamos una mesa frente al televisor y al lado de otra con ocho comensales todos hombres atentos a la pantalla. El motivo es que el real Madrid juega en Milán contra el Juventus por clasificarse en la Copa de Europa. Los de la mesa de al lado participan activamente en la táctica del juego, nosotros más en la charla amigable y sobre todo en saborear una suculenta cena basada en entrantes muy apetecibles: ensalada, gambas, espárragos trigueros a la plancha y de segundo guisos sabrosos especialidad de Pascual, el dueño, hombre socarrón, hincha del Barça, que llama traidor a Figo cuando falla el penalti y que es el cocinero de las especialidades de pollo de corral guisadito a modo de pepitoria y de la carne melosa que dicen está buenísima. Las tres mujeres estamos en un extremo, de espaldas a la pantalla, como debe ser, y nos dedicamos con fruición a ambas cosas, la cena y la conversación. Ellos tampoco lo pasan mal porque se ríen y hablan al tiempo que comentan las jugadas. Paco renuncia al segundo plato y hace bien, Rafa debería haber hecho lo mismo pero la presión y la tentación han sido demasiado fuertes. Sigue el postre y después la especialidad del Rafa oscense: unos gin tonics que suele preparar él en el mismo bar por la confianza que se tienen y que, en efecto, están ricos. Esta noche, incluso, se lava las manos antes de elaborarlos, parece que en nuestro honor. Nos reímos con este tema Lo mejor de la cena es el final, porque nos invitan generosamente los amigos y lo peor para algunos es que pierde el Real Madrid 3 a 1 y le descalifican de la competición.

Volvemos al hotel tras un pequeño paseito en el que dejamos a los amigos en su casa, una edificio con la solera del tiempo, de estilo racionalista, en una calle frente al parque en la que todos los edificios son casas magníficas, rodeadas de jardín, sin que ninguna construcción moderna rompa la armonía.

Dormimos bien y a la mañana siguiente, pronto, nos vamos a desayunar a un bar que no es el del hotel. A las diez en punto nos viene a buscar Teresa que amablemente se ofrece a hacernos de guía por los edificios artísticos de Huesca. Subimos –porque hay una empinada cuesta- hasta la plaza de la catedral, con el Ayuntamiento, el palacio del Obispo, la casa racionalista de “las lástimas” muy cerca, otras dependencias de la catedral, con fachada de piedra noble que no desentonan, y árboles en el centro. La fachada de la catedral está hecha de una mezcla de estilos, con un alero enorme, propio del estilo aragonés, un tanto artificial, pero su interior es muy armónico y bonito, diáfano, casi cuadrado porque no tiene ábsides. Está presidido por el magnífico retablo renacentista de Damián Forment que nos iluminan para disfrutarlo. Teresa, incluso, aparta la barrera de protección que vale para los turistas normales y nos acercamos hasta el mismo pie del retablo. De ello se beneficia un extranjero culto, que habla bien español y se había dirigido antes a Teresa preguntándole por la iluminación del retablo. Viaja con su mujer haciendo, por lo que se ve, un turismo selecto.

Apreciamos así detalles que junto a su explicación nos hacen disfrutar mucho más de la obra de arte, expresiones y posturas, detalles y diferencias. También por privilegio de la amistad, subimos –todos menos Rafa- por una pequeña escalera de caracol que conduce a los “entresijos” de la catedral, a la capilla que hay detrás del óculo del retablo, algo propio de los retablos aragoneses que no se ve en los de otros lugares. Es una pequeña capilla, con suelo de cerámica muy antigua, del siglo XIV, y encima del altar, un pequeño retablo también de la época que enmarca una verdadera obra de arte, una bella tabla en alabastro de Forment, de reducidas dimensiones, que se cree fue la prueba que presentó el artista para ser contratado por la catedral para hacer el gran retablo del altar mayor. Está representada en ella la escena de la Epifanía y ésta sí está policromada, como debería haber estado el grande si no se les hubiera terminado el dinero. Después de verla si nos parece que hay que lamentar la falta de dinero en aquellos tiempos porque hubiera quedado muy bien. Rafael nos espera en la grandiosa sacristía, con unos muebles de madera tallada espectaculares.

La siguiente visita es a la Iglesia románica de San Pedro donde nos atiende una señora muy agradable, la guía oficial que no nos queda claro si es Antonia o Sonia y que en un tono suave y calmado, nos va contando lo más relevante de lo que vemos. El claustro, reconstruido en la mayoría de los capiteles, es muy bonito, del mismo autor que los de San Juan de la Peña. Aun tiene edificios adosados, algo frecuente en estas iglesias, que ahora intenta el Ayuntamiento dejarla exenta por la parte de los ábsides.

No se logrará por todos los lados de la iglesia, sin embargo, porque la parte que corresponde a la fachada principal está ahora ocupada por una tienda singular. Es un “ultramarinos” clásico y de ella hasta el título es bonito, se llama “La Confianza”. Entramos como si de un monumento se tratara ya que la visitamos y no compramos nada. Es un negocio familiar que se transmite de padres a hijos y la dueña nos cuenta de sus proyectos futuros. Está detenida en el tiempo, verdaderamente, lo que ya resulta un atractivo para muchos de nosotros. El techo tiene pinturas de un autor del siglo XIX, León Abadía, que, muy preparado culturalmente, ha reservado el lugar principal a la representación del dios Hermes-Mercurio como patrón de los comerciantes que era. Nos permite ver la gran cueva, de varias estancias, que hay bajo la tienda, ahora convertidas en un pequeño muestrario etnológico, muy antiguas y húmedas pero bien conservadas.

La plaza a la que da esta tienda es agradable, con los edificios recién pintados, muy cuidada, con soportales bajo dos de los cuales hay un mercado de flores y plantas. Da una nota de color y aprovechamos la ocasión para comprar un ramo a Teresa. Nos separamos y nosotras tres vamos haciendo compras que serán la reserva alimenticia para los próximos días. Nos despedimos de la amiga y, cerca de la una de la mañana, salimos hacia las montañas, el objeto de nuestro viaje que ha tenido este gastronómico y artístico prólogo no previsto.

Vamos en dirección a Barbastro y en el camino, enseguida de salir, aparece el castillo de Monte Aragón, con su histórico perfil. El campo está en su mejor momento, verde salpicado de flores, especialmente los “ababoles”. Pasamos por el pantano Joaquín Costa y vemos esculturas de hierro bonitas y modernas en sus orillas. Seguimos por la carretera hacia Graus. Es la hora de comer y paramos a la entrada del pueblo. Hay un mesón al que asoma la cabeza Nuria y sale a llamarme para que también yo emita un juicio. Rafa, que nos conoce, cuando ve la cara de Nuria, ya se da la vuelta para así ganar tiempo porque ha adivinado que no nos va a gustar. El bar es popular y ruidoso y nos dirigimos a otro que hemos dejado atrás aun a riesgo de que sea más caro. Entramos en Itaca, y nos encontramos en un sitio agradabilísimo, igual que el nombre, al aire libre, con césped, mirador sobre el pantano o río que en este momento rebosa agua, con vistas a un puente de época medieval que lo atraviesa, la ladera frondosa de una montaña en frente, en fin, claramente más apetecible que el anterior. Las mesas, repartidas por el jardín, con sombrillas. Sólo una de ellas está ocupada por dos personas que hablan alemán. El camarero, bien amable, nos ofrece el menú. Comemos muy bien, dos ensaladas y dos pimientos rellenos, tres longanizas con monchetas y yo cordero, de postre nos repartimos los restos que les quedan. El precio es también razonable, lo que favorece la digestión... Tras una pequeña sesión fotográfica, seguimos el viaje pensando que hemos empezado bien.

El camino se va estrechando pues es un valle profundo que nos lleva a las altas montañas por el cauce del río Guara. Nos metemos en un desfiladero, el Congosto de Ventamillo, como todos estos parajes impresionante. Paramos en un recodo para admirar los altísimos farallones y escuchar el ruido del agua del río que baja impetuosa.
Llegamos a Benasque, ya en pleno Pirineo, paraje de alta montaña y hacemos una parada para recorrer el casco antiguo del pueblo, con casas señoriales, como la del torreón del palacio de los Marqueses de Ribagorza, con ventanas renacentistas, cerca de la carretera o la casa Faure, al lado de la iglesia. Por primera vez vemos la iglesia del pueblo rodeada de un recoleto y agradable recinto, con césped y árboles, formando una plaza interior.

Sin más paradas seguimos el viaje, cambiando de valle, dirección Pont de Suert, para llegar a nuestro destino. Cierta emoción al descubrir, ya en el valle de Boí, el primer campanario de iglesia románica que sobresale entre el pequeño caserío de color gris oscuro, amontonado entre la vegetación, en la ladera del monte. Pero, al llegar a Tahull, tras una pronunciada subida, de cerradas curvas, el panorama no puede ser mejor. El sol de la tarde ilumina el paisaje con esa luz rojiza del ocaso, y la iglesia de San Clemente, la joya de las iglesias, como comprobaremos, se nos aparece solitaria, como un vigía a la entrada del pueblo que se encarama en una de las laderas. Hay también construcciones modernas, respetuosas con el entorno, con puertas y ventanas cerradas. No hay mucha gente. Luego nos enteraremos que estamos en temporada baja

Llamamos por teléfono a la Nati y unos metros más arriba encontramos nuestro alojamiento por tres días. Es un apartamento de dos habitaciones y salón, en un primer piso de un edificio, como todos en la montaña, de pizarra y buenas maderas, que da a un ensanche con pretensiones de plaza, con vistas al valle, precioso panorama sólo alterado por una inmensa grúa amarilla enfrente. Sentados en la mesa del comedor se ve San Clemente y tendremos ocasión de disfrutar la iglesia y su entorno bajo distintos aspectos: en la puesta de sol, en la sombra del atardecer, con la iluminación artificial de la noche, en la luz matinal cuando el sol aún no ha hecho su aparición por encima de la montaña, y finalmente, cuando la inunda con los primeros rayos. No nos cansaremos de mirarla porque es una iglesia de proporciones y hechuras tan logradas, con un color de la piedra especial, que atrae más que ninguna, además de la buena situación que ocupa, entre prados y aislada de los demás edificios.

Esa misma tarde salimos a pasear por el pueblo y ya descubrimos, al lado mismo de nuestra casa, la otra iglesia, Santa María, en el centro del pueblo. Está abierta y vacía y entramos. La estructura arquitectónica, que volveremos a ver en las demás iglesias, es de grandes y rústicas columnas de piedra, sin basa ni capitel, inclinadas levemente, que sostienen la techumbre de madera a dos aguas. Hay, incluso, unos tirantes que de muro a muro, contrarrestan la tendencia a inclinarse de las columnas, debido a que fueron construidas sin ninguna cimentación. Al fondo las tres capillas, las dos pequeñas que corresponden a los ábsides laterales y la central en la que, con buena lógica, han puesto una copia de las pinturas que se llevaron al Museo de Arte Románico de Barcelona y que decoraban el ábside principal, una gran representación de la Virgen sentada con el Niño en sus rodillas, enmarcada en la almendra y otras figuras en la parte baja.

Paseamos por el pueblo, viendo las construcciones antiguas. Observamos varios alojamientos rurales y seguimos el paseo bajando hasta San Clemente. Inauguramos el apartamento con la estufa catalítica de butano que nos caldea bien el comedor.


Viernes. 14
Aparece un día espléndido, sin una pequeña nube en el cielo. El valle se va iluminando por el sol invitando a salir pronto para disfrutar de la jornada. Así lo hacemos y empezamos visitando el interior de San Clemente que está muy preparado para el turismo, con carteles informativos e incluso vídeo. Lo más novedoso, arriesgado y bonito es la ascensión por la torre, con una instalación interior de cinco tramos de escalera y su correspondiente plataforma muy bien hechas, agotadora hasta llegar a la última, desde donde se contempla el valle en sus cuatro vertientes que hoy parece recién estrenado.

Seguimos a Boí donde nos informamos sobre la visita al Parque Nacional de Aigües Tortes. Hay que contratar los coches de servicio público allí mismo, en la plaza. Un hombre mayor, curtido por el sol y el aire, de rostro impasible, parece sestear al sol pero es el que controla el tema y nos dice que esperemos. Mientras, Nuria hace compra en el súper hasta que nos llega el turno. Subimos en una furgonetita conducida por una chica joven, Begoña se llama, muy agradable. Rafa y yo vamos a su lado delante. Con nosotros van otros dos matrimonios que en este trayecto no hablan pero que a la vuelta se desquitarán, sobre todo uno de ellos y nos enteraremos de sus circunstancias. El recorrido al parque dura unos veinticinco minutos y es una ascensión entre paisajes preciosos. Vemos un lago pequeño que se llama La Llebreta porque tiene –o tuvo- forma de liebre pequeña. También una cascada. Nos dejan arriba, en un paraje de donde nos volverán a recoger a las cuatro parejas a las dos de la tarde. Tenemos dos horas para ver el paraje y primero nos dirigimos a un punto cercano señalado como mirador. Abajo hay una presa pequeña y al otro lado el valle entre altísimas montañas. El paseo lo iniciamos por un camino muy llano y fácil, a la vera del río San Nicolau. Un poco más arriba se complica un poco. Es bonito pero tiene muchos árboles caídos, ya convertidos en leña y parece un poco descuidado. A la vuelta pasamos por un puente de madera muy artesanal y una plataforma de la misma madera, que como una alfombra, sigue un recorrido por el otro lado del río, adentrándose en el bosque, hasta salir al camino principal. Ahora está bastante nublado y hace algo de fresco.
Nos recoge otro taxista, de aspecto elegante con su jersey azul marino“de cocodrilo”, en un todo terreno muy rústico que conduce mucho más agresivamente que Begoña. Vamos hablando con los ibicencos que nos dan algún consejo para la excursión de mañana. Nos despedimos de ellos en Boí y antes de subir a Tahull recorremos las calles del abigarrado y tortuoso pueblo de Boí donde no parece vivir ni un alma. El río hace un salto verdaderamente grande, cual cascada, bajo el pequeño puente dentro del pueblo. Volvemos a nuestro apartamento para comer tranquilamente –y barato- y reposar para coger fuerzas.

Salimos por la tarde pero el tiempo ya es distinto, está nublado. La dirección es Vielha, y hay que pasar el túnel, cinco kilómetros por debajo de la tierra, en un estrecho, antiguo y frecuentado túnel. Se sube mucho y en el camino vemos frecuentemente saltos de agua que se despeña desde las altas cimas de la montaña formando cascadas. El agua está presente por todas partes, luego entenderemos mejor por qué. A la salida del túnel la carretera empieza a bajar como un tobogán porque Vielha está en el fondo de un cerrado valle, el famoso Valle de Arán, con una lengua propia y una arquitectura popular también particular. Pasamos por el Parador Nacional, que está aún en lo alto, cerca del pueblo y, sin detenernos, seguimos dirección Baqueira.

Ya desde arriba nos sorprende la cantidad de construcciones modernas que circundan el viejo núcleo urbano, situación que se va a repetir a lo largo de nuestro recorrido por los pueblos de la zona aunque sean muy pequeños y estén encaramados en sitios que parecen inaccesibles. Estos edificios de apartamentos son muy bonitos, bastante uniformes porque los materiales son los mismos, fundamentalmente piedra de granito, pizarra y buenas maderas. Se utilizan más en invierno, en la época del esquí.

Llegamos a Salardú, unos 12 kilómetros más allá. Como siempre, buscamos la Iglesia parroquial. Aquí es la de San Andrés, con un recinto ajardinado perteneciente a la parroquia, que tiene una fuente en medio donde juegan unos niños del pueblo. Anexionado a la iglesia, el pequeño cementerio, al que se puede entrar, con tumbas en el suelo. La torre es octogonal y la portada bellamente labrada. El interior es gracioso, con unas pinturas tardías (siglo XVIII) de las que nos entretenemos en reconocer las escenas representadas y en el altar mayor un Cristo románico que parece tener mucho mérito, además de ser muy bonito. Leemos que tiene planta basilical y no acabamos de saber la diferencia con otras. Como todas, tiene pequeños arcos lombardos en sus ábsides.

Hacemos una compra en un súper que está a punto de cerrar y volvemos al coche. En lo alto del monte se divisa una pequeña localidad que debe ser Unha, inmersa en la verde ladera como un adorno que rompe la monotonía del color.

Unos kilómetros más allá, de vuelta hacia Vielha, está el pueblo de Arties, que tiene un
Parador Nacional del que no habíamos oído hablar y que nos parece muy bonito. Por el medio discurre el río Garona, pequeño pero ya bravío y caudaloso. Tiene una casa del siglo XVI, la de los Portolá, de aspecto alemán medieval, con una ancha torre coronada por un techo de pizarra en forma de chapitel que parece sacada de un cuento y la estatua en bronce verdinegro del personaje que da nombre al edificio. Vemos otra casa señorial con ventanas renacentistas muy bonitas y otros edificios cuidados y bellos. Subimos a la Iglesia de Santa María que está cerrada. Mientras contemplamos su exterior empieza a llover, lo que nos temíamos desde hace rato y el ambiente se oscurece y enfría. No se puede hacer otra cosa que ir lo más deprisa posible al coche y volver a casa. El camino debe ser un cierto suplicio para Paco, que conduce todo el tiempo bajo una lluvia constante que a veces se vuelve torrencial, como si el cielo se abriera de par en par. Desde el balcón observamos que sigue lloviendo metida ya la noche y nos acostamos con la incógnita y el temor de que el día siguiente pueda continuar esta situación.

Sábado 17
Las leyes climáticas de la montaña nos sorprenden gratamente porque el día ha amanecido precioso, sin una nube. Hay más nieve en las cumbres y la atmósfera y la naturaleza están limpias, luminosas (¡como no, con la que les cayó ayer¡). Parece que esto es frecuente en las montañas y ahora favorece nuestros planes. Después de desayunar salimos otra vez en dirección a Arán y el paisaje aún nos parece más bonito que ayer.

Esta vez nos dirigimos al oeste de Vielha, hacia Francia y llegamos a Bossost, a unos veintidós kilómetros. Es un pueblo con aire gascón, sus vecinos franceses al otro lado de la frontera, y se nota en sus calles el aire de pueblo fronterizo. Por el medio discurre el Garona y nos sorprende que ha ensanchado considerablemente y el agua lleva una fuerza impetuosa y un caudal sorprendente para lo joven que aún es. Es una lástima que se la disfruten los franceses, que ya tienen bastantes más ríos caudalosos en su territorio y se nos despierta la “envidia patria”. Rafa sugiere una obra hidráulica que cambiara el curso de la corriente y la orientara hacia la península, a ver si llegaba hasta Sevilla pero es sólo un deseo.

Paseamos por el pueblo, rodeando la iglesia de Era Assumcion de Maria (Hemos descifrado los artículos en aranés: er, era, el y la) Los ábsides, uno de los cuales está reconstruido en moderno. Una portada lateral muy oscura, presenta un motivo iconográfico que luego veremos repetido que parece ser Jesucristo y los símbolos de los evangelistas rodeándolo. También tiene arquerías lombardas en la torre. La portada de la puerta principal también está labrada. Parece representar un juicio final muy ingenuo. Entramos y sólo recuerdo una estatua de Virgen “románica” de 1990, según leemos. No pega nada.
Luego trepamos, más que pasear, por el pueblo, ya que las calles están en pronunciada pendiente. Nos llama la atención el remate lateral de los tejados de las casas, con unos salientes horizontales a modo de escalera, como casitas dibujadas por un niño. El paisaje que se ve desde lo alto es bonito, con la montaña al otro lado. Las casas cuidadas y con muchas flores en las ventanas y al lado de las puertas. Por las calles cercanas a la carretera y el río, muchas tiendas. Entramos a tomar un café y compramos en un horno un dulce.


Volvemos por la carretera y unos ocho kilómetros más allá, en dirección a Vielha, entramos en un pueblecito pequeño llamado Es Bordes, siguiendo el consejo del matrimonio ibicenco que se mostraron entusiasmados con este recorrido. Y en efecto, se lo agradecemos desde aquí porque también nosotros tendremos el mismo sentimiento. Seguimos una pista asfaltada, en buen estado salvo dos o tres momentos en los que sólo hacía falta reducir al máximo la velocidad, que sale del mismo pueblo y enseguida discurre entre árboles altísimos, abetos, avellanos y abedules y pinos negros que contrastan con el verde intenso de los otros. Son ocho kilómetros a lo largo del curso del Joeu (Judio) en los que descubrimos parajes de impresionante belleza. En un momento dado, vemos en frente los picos aún nevados de dos montañas conocidas, el Aneto y la Maladeta, que pertenecen al valle contiguo, el de Benasque, en Aragón, pero que asoman sus altas cimas entre las laderas recubiertas de árboles de este valle. Paramos el coche en una pequeña pradera para descender hasta un sitio privilegiado. Se llama los Uelhs deth Joeu (Los ojos del judio, en aranés) y es la salida al exterior de unos caudalosos manantiales subterráneos, que proceden del valle de Benasque y que se abren en cuatro ramales, despeñándose sus aguas impetuosas por cauces salvajes en la montaña, entre un estruendo de agua al chocar y un despliegue de cascadas que pintan de color blanco y transparente todo el paraje. Es una impresión gratísima estar asomados a la baranda protectora contemplando y escuchando el salvaje discurrir del agua. Nos fotografiamos con la pretensión de llevarnos algo de esta naturaleza que se muestra entre tanta belleza y seguimos subiendo hacia el final de la pista, donde nos aguardan otros panoramas igualmente bellos.

Un poco más arriba la carretera se termina. El paisaje se ha abierto y un espectáculo grandioso aparece ante nuestros ojos. Se denominan las praderas de Artiga de Lin y, en efecto, dos praderas escalonadas, surcadas de pequeñas flores amarillas, separadas por un pequeño riachuelo, se extienden bajo un impresionante circo en las laderas de los montes Aneto y Maladeta, en el que aun hay enormes extensiones de nieve. Otras muchas montañas, como gigantescas murallas, nos rodean, brillantes en sus cimas por la nieve y el reflejo del sol en esta limpia atmósfera. No cabe el paisaje en el objetivo de una cámara pero lo llevaremos grabado en la retina. Paseamos por las praderas y nos dan ganas de subir hasta tocar la nieve, que en un falso efecto óptico, parece cercana.

En el camino, un inmenso y solidificado nevero de nieve, horadado en el centro por donde discurre el agua, a un lado y otro del camino, sucio en su superficie de barro y pequeñas ramas, gotea en los extremos por el calor y ofrece un curioso espectáculo más propio de la alta montaña. Parece que está en el mismo estado a la vuelta que a la ida, porque ingenuamente pensábamos que, si se derretía entretanto, nos teníamos que quedar ahí hasta agosto.

Seguimos la carretera y son tan amables nuestros chicos, que nos suben a Vilac un pueblecito al que se debería subir en funicular, porque está en lo alto. Una vez arriba, entramos en el pequeño parque del recinto de la iglesia de San Feliu, lleno de árboles y con una enorme fuente más propia de un pueblo grande, que resulta el mejor mirador de la zona para contemplar, a un lado y otro –pues el pueblo está situado en el vértice- el valle que surca el río Garona. Abajo las urbanizaciones de Vielha, de las que brillan al sol los negros tejados de pizarra, la línea plateada del río paralela a la de la carretera y al otro lado la feraz vegetación de las laderas. La iglesia está cerrada y solo contemplamos el exterior de la portada románica del siglo XII. La estilizada torre es vestigio de un antiguo castillo.

Llegamos por fin a Vielha y aparcamos porque es la hora de comer. Elegimos un acogedor restaurante de decoración alemana y nombre francés, Chapeau, que anuncia comida italiana, ¡esto es Europa¡ Nos ofrece un menú sin demasiados atractivos pero compensado por lo agradable del entorno. Tampoco nos arruina el precio y nos llevamos buen recuerdo. Está situado frente a la plaza principal del pueblo, donde está el Ayuntamiento y la Iglesia de San Miqueu (San Miguel), que tiene planta románica, modificaciones de estilo gótico, por ejemplo la portada y la torre del campanario, y acabados del siglo XVIII. Dentro, en el altar mayor, hay un bonito retablo gótico en cuyo centro está representado San Miguel matando al dragón rodeado de otras escenas sin demasiada conexión entre ellas. Nos llama la atención una Sagrada Cena en una mesa redonda (como si fueran los caballeros de la Tabla Redonda en torno al rey Arturo) que conversan de dos en dos entre ellos, sin hacerle demasiado caso a Jesucristo. Un altar barroco lateral con una copia de la Sagrada Familia de Rubens, creo, delante del cual está una pila bautismal románica con bajorrelieves vegetales y geométricos. Delante del altar central, de cara a la nave una talla del siglo XVI de la Virgen de Mijarán, patrona de la zona, muy bien restaurada, con los colores muy vivos. En la nave, a un lado, una vitrina conserva un figura mutilada de un Cristo románico, el de Mitjaran, resto conservado desde el siglo XII de un monumental conjunto escultórico hoy desaparecido, que parece tiene un gran valor.

Después nos llevan –porque a ellos les apetecería más instalarse en el parador tranquilamente- y lo agradecemos mucho, a un pueblo pegado ya al núcleo urbano de Vielha, a Betren. Buscamos lo que creemos es la iglesia, una torre simple en su estructura, sin aparente nave, que resulta ser el cementerio. Seguimos por la calle principal, donde encontramos casas señoriales, con esas ventanas típicas de aquí, renacentistas, bordeadas de piedra labrada. Al final está la iglesia de San Sernih (¿Será San Serenin?, desconocido santo, por cierto). A estas horas está cerrada y la rodeamos viendo los ábsides, con arquerías, y la fachada que representa un original juicio final, como ya lo habíamos visto en Bossost.

Seguimos y un poco más lejos está Escunhau, por el que paseamos cuesta arriba buscando la iglesia de San Peir (San Pedro?) que está en lo más alto del pueblo. En el camino alguna casa bonita, estilo aranés. Están haciendo la calle, adoquinando y sólo vemos la silueta de la iglesia y una pequeña portada que da al recinto del cementerio anexo, tan limpia que parece actual, con figuras románicas de estilo simple.

Damos por terminado el rosario de iglesias aranesas y, en consideración a Rafa, reemprendemos el camino al valle de Boí con la intención de tomar una infusión en el hotel balneario de Caldes de Boí.

Por el camino nos paran en Barruera y Nuria y yo bajamos rápidas para ver de cerca la pequeña iglesia de San Feliu, de los siglos XI y XII, que tiene delante un jardín con grandes árboles.

Llegamos al Balneario y nos dicen que está cerrado pero que podemos pasear por el lugar. Es muy curioso lo que encontramos, manantiales y fuentes por todo el paraje, hasta treinta y siete. Algunas protegidas por una construcción, como la de los Bous, que se embotella para distribución comercial. Otras con un pequeño monumento, como la del rebeco. Bebemos un poco porque sale caliente. Deben de tener muchas propiedades, con tantos elementos en su composición y la gente del lugar viene con garrafas a llevársela. También nos encontramos una impresionante bajada de agua desde lo alto de la montaña que contemplamos, -y oímos- desde un puentecito. En otra zona hay un estanque con dos majestuosos cisnes paseándose tranquilos.

Volvemos ya a casa donde Rafael, cansado, se queda y nosotros tres aun nos damos un paseo a pie intentando llegar a la ermita de San Quirce, pero no llegamos. Descubrimos que desde un extremo del pueblo hay una magnífica vista, con San Clemente como centro, rodeado de altas montañas y Paco me promete que nos traerá mañana para la foto final. Cerca del pueblo hay un complejo de hotel y apartamentos para esquiadores pero no llegamos, está demasiado alto para ir a pie.

Arreglamos las cuentas con la dueña en su tienda, La Ginesta, y ya a descansar de este magnífico día, en que no ha llovido ni una gota y todo ha salido muy bien.


Domingo, 19
Día de vuelta con alicientes. Paco nos deja visitar dos pueblos durante la ruta y Nuria ya ha hecho la elección. Primero entramos en Errill la Vall, otro pueblecito del valle de Boí, cuya iglesia, Santa Eulalia, tiene la torre más alta de todas, de seis pisos iguales entre sí. Está en medio del pueblo y tiene de particular el pórtico exterior perfectamente conservado. Entramos y vemos el grupo escultórico del desprendimiento, reproducción de las auténticas figuras románicas que se conservan en los Museos de Cataluña. Son siete, bien conservadas, descubiertas en 1907 porque estaban enterradas en el claustro: Cristo, dos soldados que están desclavándole, la Virgen y San Juan y en los extremos los dos ladrones. La iglesia, modificada porque ya no conserva las columnas, tiene un coro donde se ha instalado un pequeño museo.

Del pueblo siguiente, Barruera, sale la carreterita que trepa hasta alcanzar el valle de Durro, muy alto, en el centro del cual está el pueblo del mismo nombre, con bien conservados ejemplos de la arquitectura popular del valle, y presidido por la iglesia de Santa María de la Natividad. Bella y esbelta torre y el cementerio al lado, como siempre.

El viaje continúa sin problemas. De Benabarre a Huesca y de ahí, por la autovía hasta Calatayud, donde hacemos una parada táctica, para comer algo, y llegada feliz a Madrid, hacia las seis y media. Un estupendo viaje en donde todo, empezando por la compañía, ha sido bueno.


Madrid, 20 de Mayo del 2003

Assela Alamillo Sanz

jueves, 11 de enero de 2007

la cuesta de enero

el estado de ánimo cambia con la climatología, más alegre y optimista cuando sale el sol y la ciudad se ilumina, el cielo está azul y la luz embellece los edificios y más pesimista y alicaido cuando estamos dentro de la bolsa de niebla profunda que impide ver la cima de los edificios más altos y que hace respirar humedad y grisura. Pero siempre estamos en Enero y por tanto en su cuesta, según dice la tradición aunque uno se la puede hacer más o menos pronunciada según la administración o moderación en el gasto que hayas logrado. En esta familia nos viene un gasto extra, arreglar el jardín del Casar, podar y sacar las ramas por todo lo cual nos van a cobrar mil seiscientos euros más el precio de alquilar un contenedor. Seguramente es excesivo y habría quien nos lo hiciera por menos pero hay que buscarlo, preguntarle, llevarle al sitio, es un trabajo y por no hacerlo también cuesta dinero. veremos qué barbaridades nos hacen en esos árboles que hasta ahora han crecido a su aire, sin freno y nos han dado una buena sombra en verano, aunque a costa de impedir que las flores de los parterres salgan, ya que no les llega el sol. La casa del Casar es nuestro lujo y como tal nos cuesta dinero. Habrá que sopesar qué predomina, si el gusto de tenerla o el gasto de mantenerla. Luego vendrá el seguro a todo riesgo del coche, otro tremendo gasto de casi la misma cantidad que no sé si compensa. Bueno, pero hoy ha salido el sol y el ánimo se ha contagiado de su luz, ya pagaremos. Es lo menos importante.

sábado, 6 de enero de 2007

viaje a Viena y Graz

VIAJE A VIENA Y GRAZ


29 SEPTIEMBRE A 4 OCTUBRE 2003



VIAJE A VIENA

El día 26 de septiembre, a las 7 y media de la mañana nos encontramos en el aeropuerto de Barajas. Aún es de noche y el día va a ser largo y marcado por los contrastes. Nos saludamos los ya conocidos y saludamos a los nuevos. Aquí está Chivite, con unos kilos menos pero la misma sonrisa acogedora y Leonor, la “cojefa”, que tanto ha trabajado para que todo esté a punto y salga bien. Subimos puntuales al avión y el temor, cada vez menor a la vista de lo que compensa la meta, queda atenuado por las explicaciones que nos dan a las dos miedosas los doctos en la materia, José Ramón, tan amable y conciliador y entendido en esto de volar por el aire y Cristina, ingeniero aeronáutico. Volamos sobre los Alpes que se distinguen perfectamente. Reconocen ciudades, valles, ríos, todo verde y aterrizamos sin ningún problema en la imperial ciudad. A la salida, muy concurrida, nos espera un autobús aunque hay una pequeña contrariedad: Maite se ha encontrado la maleta rota y se debe reclamar pero... hay cola para hacerla y tenemos que esperar. El tiempo es magnífico, sol, calor y cielo azul.

El autobús nos lleva a Viena y desde el principio vamos aprendiendo pues Chivite nos cuenta lo más relevante del camino. Vemos una enorme refinería de petróleo, una central térmica; algo más cerca de la ciudad dos inmensos edificios unidos y adaptados con soluciones arquitectónicas modernas que se conoce como el Gasómetro, por su antigua utilidad. Pasamos lo que nos parece un gran río pero no es el Danubio sino un canal de él. Ya se divisan las torres de la ciudad. El edificio del Arsenal. Entramos en el casco urbano y vemos a distancia el palacio de Belvedere, blanquísimo y decorativo y edificios más modestos con letras en la fachada que indican que son una Gemeinde, edificios comunales, hechos por el propio ayuntamiento a precios razonables, fruto de la tradicional política socialista que desde siempre se ha ejercido en Viena. El chofer nos pasa por la Embajada de España, en un gesto conciliador, y cerca de ella está situado el hotel Rosen donde nos vamos a hospedar y que en tiempo de curso es residencia de estudiantes.

Después de instalarnos, salimos a comer. Ya es tarde para esta ciudad porque a las dos y media era la hora final de entrar en el restaurante que está frente al hotel y pasan diez minutos. Sin que cunda el desánimo, aunque impere el hambre, nos lanzamos a pie -hoy no merece la pena pagar un billete de autobús o metro, que aquí es bastante caro- hacia el centro donde habrá lugares frecuentados y abiertos todo el día. Vamos a buena marcha por la Favoriten Str. Contemplamos por primera vez de cerca los edificios de la ciudad, desde el punto de vista del peatón, desde pié de calle. Uno especialmente grande, en esta misma vía, es el Theresianum, enorme colegio donde se formaron cadetes de toda Europa. A nosotros nos dice algo porque también en él estuvo Alfonso, hijo de la reina Isabel II y futuro rey de España con el título de XII.

Llegamos al Ring y atravesamos un pequeño recinto ajardinado donde parece que acostumbran a reunirse gente marginal, que pasa desapercibida ante la curiosidad que mostramos los turistas por ver los monumentos que a él asoman, la estación de metro, en estilo art nouveau, la fachada del Musik Verein y otros.

Entramos al centro de la ciudad por el subterráneo de la Karl Platz, lleno de tiendas y al salir de él nos topamos con la Opera, el edificio que tantas veces nos servirá de referencia ya que en él tomaremos el metro en dirección al Hotel. Un par de calles más allá, en la Maysedergstrasse está el gran restaurante autoservicio Rosemberg ¿ de varios pisos hacia abajo, decorado con el gusto que veremos por todas partes en esta ciudad y en este país. Allí podemos, por fin, reponer fuerzas escogiendo lo que nos atrae por los ojos sin necesidad de pedir ayuda para traducir las –para algunos- poco comprensibles letras de las cartas de los restaurantes.

Una vez satisfecha esta necesidad, iniciamos el paseo por la monumental ciudad y, siguiendo la calle, vemos al frente un enorme edificio que parece recién construido y que consta de una parte baja de elementos modernos –ascensor y escaleras de estilo contemporáneo- y en alto el palacio tradicional. Es el palacio de la Albertina y, en efecto, acaba de ser restaurado. Contiene como oferta al público valiosas colecciones de dibujos de los grandes pintores de la historia, pero ahora es tiempo de una atractiva exposición dedicada a Durero. Son dibujos preparatorios para cuadros conocidos, que también están colgados en la exposición, alguno procedente de Madrid, como su autorretrato, y otra serie de minuciosos dibujos, propios de un pionero grabador como él fue, entre los que destaca el que anuncia la exposición que es el famoso dibujo de un conejo, tan fiel como la más nítida fotografía. Una verdadera oportunidad el ver esta didáctica exposición.

Vemos a cierta distancia el gran monumento al inventor de la imprenta, Guttemberg, que, verdaderamente se merece tal honor. Doblamos a la derecha y en una esquina nos hace ver Chivite uno de los muchos cafés vieneses, el Tirolerhof. Es más conocido porque fue escenario de la película del Tercer Hombre, y el estímulo de estas informaciones nos hace tomar el propósito de verla en cuanto volvamos a la vida normal.

Por la Tegetthoffst. desembocamos en la Neuer Markt, al principio de la cual está la Iglesia de los Capuchinos que contiene el recinto conocido como Kaisegruft, o panteón de los emperadores austriacos. No está abierto a estas horas, con lo que nos evitamos empezar la visita a Viena por el mundo de los muertos y sin embargo seguimos con los ojos bien abiertos para no perder nada del mundo de los vivos. Leonor, Pilar y Amparo vendrán luego a visitarlo y dijeron que produce una fuerte impresión contemplar los monumentos funerarios. En esta misma plaza encontramos una gran fuente monumental, la de la Providencia, con un grupo escultórico principal en el centro y otras figuras de bronce, representando divinidades de las aguas, sentadas en el borde del gran plato entre las que destaca la figura masculina, barbada, que deja caer somnoliento una de sus piernas hacia abajo y que sirve de punto de apoyo al que a su lado se recuesta buscando un momentáneo descanso.

Enfrente, en otro lado del plato hay una estatua femenina sentada en el borde, que abre con una mano una enorme concha de la que sale agua, y detrás de ella, desde nuestra perspectiva vemos al fondo una iglesia de las tantas que hay en Viena, de color amarillo y blanco, con el reloj bajo la torre rematada en chapitel de color verde. El día es luminoso y estos colores armónicos alegran la vista.
En una preciosa y conocida fachada de esta plaza, que tiene un mirador central en forma de triángulo y flores rojas en todas sus ventanas, descubro un adorno que me es familiar, una graciosa escultura de bronce que representa a un joven que se puede decir que está volando porque sólo apoya un pie en el pináculo en que culmina el tejadito del mirador. Lleva en una mano el caduceo y alas en el gorro y en las sandalias y levanta un brazo y la cabeza hacia el cielo. Es Mercurio, dios del comercio además de mensajero y tal vez aluda a la función social del inmueble o es un simple capricho del dueño.

Descubrimos también en la plaza un elemento ornamental que ya habíamos visto en Berlín, allí en forma de osos y aquí en forma de esbeltos caballitos decorados con gran fantasía y audacia de colores. No sé si es la famosa Escuela de Equitación la que ha inspirado esta moda pero lo cierto es que estos improvisados y pequeños monumentos alegran la calle y llaman la atención, a veces como punto de contraste con los verdaderamente grandiosos edificios a cuya sombra se encuentran.

Salimos a la gran avenida peatonal de Viena, la Kärntner Str. para dirigirnos hacia la catedral de San Esteban.

Antes de rodear la plaza de la catedral nos encontramos inmersos en la bulliciosa vida ciudadana del centro de la ciudad. Allí acudimos los visitantes y allí se encuentran las grandes tiendas, negocios y restaurantes y por tanto, en estas aún tempranas horas de la tarde, las calles peatonales están llenas de público. Hay gente para todo pues vemos un numeroso grupo de personas que contemplan ensimismados a un improvisado malabarista, que, subido en un pedestal, demuestra su habilidad para desasirse de una camisa de fuerza que le tiene totalmente aprisionado. Suponemos que luego le echarán unas monedas en la bandeja. Lo mismo ocurre con falsas estatuas vivientes, que con ingenio y maestría, toman la forma de imágenes reconocibles, bien de un presunto Mozart o una de las muchas esculturas doradas que frecuentan las cornisas de los edificios en Viena. No mueven ni un músculo hasta que algún viandante arroja unas monedas que agradece con acompasados y estudiados movimientos.

De repente oímos una música pegadiza y nos sorprende un coche policial y otros miembros del cuerpo abriendo camino. Parece una manifestación pero es tan exigua que casi hay más vigilantes que manifestantes. Reparten unos papeles propagandísticos y resultan ser las defensoras de alguna causa social, en este caso se autodenominan “mujeres en negro” y protestan por la situación de Irak.

Por fin en la plaza de la catedral, la de San Esteban, que rodeamos para apreciar tanto arte en sus muros. Enfrente la Haas Haus, un modernísimo edificio con cristales que a modo de espejos reflejan la propia catedral en ellos. Es pena que la alta torre se encuentre con andamios pero en cambio relucen los azulejos del inclinado tejado, que forman dibujos geométricos en tonos blanco, amarillo, verde y negro. La catedral es de estilo gótico pero con elementos románicos y barrocos. Por fuera la Puerta de los Gigantes, decorada con esculturas románicas. Vemos otra Puerta de estilo gótico, con los apóstoles enmarcando el arco ojival. Entramos al interior que está saturado de estatuas y pinturas, con muchos altares barrocos y altísimas columnas. Es digno de destacar el púlpito hecho por el tallista Maese Pilgram, que no quiso ser sólo un nombre en la posteridad y se esculpió a sí mismo en dos ocasiones, una bajo el púlpito, en donde sabios obispos o figuras doctas tienen un lugar de preferencia. Él, modesto, asoma por una ventana más abajo, para atraer también la atención de los visitantes. En un lateral, a mano izquierda, hacia la mitad del templo, también decidió quedarse, asomado a una ventana, esta vez con una bella policromía que realza su modesta figura, a la vista de todos. El retablo del altar mayor con una representación pictórica del martirio de San Esteban y su apoteosis a la gloria.

Estando allí, al lado del altar mayor, agrupados en torno a Chivite, escuchando con atención otra de las muchas explicaciones que nos da de la historia de Viena, se nos acerca un nativo que en un tono de reconvención le dice que él no puede explicar a un grupo sin antes pagar, naturalmente. Tras una conversación entre los dos que nos tiene expectantes, vuelve con la sonrisa de siempre, triunfante: puede seguir por esta vez. ¿De qué argumento se ha valido para convencerle? Fácil, le ha hablado al austriaco de su relación con el obispo de la ciudad. ¡Ahí es nada!

Salimos por otra puerta para que no nos quede ni un metro lineal de muro sin contemplar, que es, en este caso, admirar, y sorprende encontrar un verdadero parking de simones, o coches de caballos aparcados a la vera de la catedral, en cuyos muros se apoyan los cocheros, con su redondo sombrero vienés, que trasladarán por típicos ambientes a los turistas que se lo puedan pagar. La contrapartida de esta pintoresca escena es el olor a los excrementos del caballo que inunda muchas de las calles de Viena.

Continuamos el paseo por el barrio medieval que rodea la catedral. De medieval solo conserva los nombres de las calles, la de los panaderos, carniceros etc. Precisamente por la Bäckerst descubrimos una de las características más propias de esta ciudad, los patios interiores, patios de vecindad pero con arte y sorpresas, algunos muy antiguos y de distintos estilos arquitectónicos. Vemos uno con unos miradores de madera color blanca y otro que guarda a modo de un museo de la reja, buenas muestras de ellas, coleccionadas por un pintor vienés que allí vivió. Están semi escondidas bajo una cascada de hojas de enredadera que cuelgan del balcón superior. También pasamos por la entrada al pasadizo Figlmüller, uno de los mejores restaurantes de Viena que nos proponemos conocer.

Enseguida nos aparecen los elementos ornamentales más típicos de Viena en portones y fachadas que son los atlantes y cariátides de mil formas según el gusto del arquitecto. También merece la pena admirar con detenimiento las rejas de los balcones.

Al final de esta corta calle aparece una de las plazas más bonitas de la parte antigua, que es la de San Ignacio. Un magnífico edificio ocupa un ala de la plaza. Es la antigua Universidad. Está coronada con el escudo del águila bicéfala y la fachada comprende todo tipo de ornamentación: esculturas, columnas de orden corintio, estrecha logia, pequeños frontones, guirnaldas y balaustradas.

En otro de los lados la Iglesia de los Jesuitas, esbelta, de color blanco combinado con el ocre, con dos estrechas torres de influencia bizantina rematada con las decorativas cúpulas de cebolla sobre las que emerge una torre octogonal y un estilizado chapitel terminado en la cruz de dos travesaños parecida a la de Caravaca. Las inscripciones latinas abundan en los edificios nobles y evocan un pasado culto.

El interior de la Iglesia es de un estilo barroco espectacular, donde predominan los dorados y los mármoles. El techo finge una gran cúpula, es un trampantojo del experto en este tipo de pintura, Andrea del Pozzo, también conocido por su obra en las iglesias de la orden en Roma. Es un barroco luminoso y alegre.

Seguimos caminando y muy cerca de allí está la Iglesia de los Dominicos pero en ese momento celebran una ceremonia religiosa y no podemos entrar. A su lado una iglesia ortodoxa, Santa Bárbara. Pasamos por la central de Correos y seguimos por la Fleischstr hasta encontrar la gran iglesia ortodoxa de los griegos, que entramos a visitar. Es un gran edificio rojo y dorado por fuera, con una torre hexagonal en el centro. Dentro es sombría, llena de iconos y mosaicos, con letras griegas bajo las imágenes de los santos.

Al lado de esta iglesia está un famoso restaurante con una curiosidad a la entrada, una reja en el suelo deja ver una figura de un borrachuzo sentado con una copa ante una mesa en la que hay monedas. Responde a una tradición según la cual si la moneda pasa sin dar en la reja quiere decir buena suerte. El personajillo es Augustin, un habitante de los tiempos en que la peste asolaba la población de Viena y los cadáveres se recogían en carros para llevarlos a enterrar. Este hombre, dormido por efectos del alcohol también fue llevado a las afueras. Cuando se despertó, volvió tranquilamente a la ciudad y las gentes lo interpretaron como algo milagroso gracias a beber alcohol.

Estamos muy cerca del barrio judío y nos sorprende ver un coche tapando una calle con un vigilante armado que impide el paso. Parece que en esa calle hay una sinagoga o un lugar de encuentro de los judíos vieneses y esa tarde tienen una ceremonia. Sentados en unas mesas que hay en la calle, en un momento de pausa del grupo, vemos con curiosidad entrar en ella a un chorreo de feligreses de aspecto particular, especialmente los varones, con el sombrero y los rizos laterales, vestidos de negro, inconfundibles. También las mujeres llevan atuendo negro y parecen responder a un tipo de personas especial.

Cuando seguimos el paseo salimos a la amplia avenida por donde discurre el canal y bordeamos la iglesia de San Ruperto, la única románica de la ciudad. Atravesamos calles muy animadas de bares que se conocen como el triángulo de las Bermudas y que luego nuestros compañeros conocerán mejor en su elemento. Seguimos por la Tuchstr hasta llegar al Graben de noche, iluminado con la sobriedad con que lo hace esta ciudad, suficiente para disfrutar de sus elementos decorativos y sin derrochar luz. El Graben me impresiona por su belleza, con ese gran monumento a la Peste en el medio. Despierta las ganas de visitarlo de día, con detalle, aunque esta visión nocturna ha sido muy agradable.

Llegamos a la Plaza de San Michael, ante la Michaeltor, de imponente cúpula, regia entrada al complejo del Hofburg donde se encuentra el palacio imperial con sus enormes patios. En la entrada y dentro del patio principal, adosadas a los muros, esculturas que representan los trabajos de Hércules. Por esa puerta entramos al gran recinto al que dan las habitaciones de la residencia privada de Francisco José y su esposa Elizabeht. En su centro una gran escultura de Francisco I, rodeada de cuatro figuras alegóricas sentadas.

A un lado una puerta en rojo y oro, con el escudo del águila imperial y fecha 1552, en honor de Fernando, el hijo de los Reyes Católicos de España, que heredó el trono de Austria y Hungría, Bohemia y otros reinos. Entrando por ella se accede a un patio donde está la iglesia en la que cantan los niños, famosos en el mundo entero.
Salimos a la Heldenplatz con la gran estatua ecuestre del príncipe Eugenio de Saboya y el resto de la plaza ocupada por instalaciones feriales ahora cerradas.

Damos por terminado el recorrido, conscientes de que aún podríamos seguir al barrio de los museos donde parece que hay buen ambiente, pero volvemos hacia la zona del hotel. Entramos en una cervecería grande y típica casi todo el grupo para tomar algo antes de regresar a pie. Nos sentamos con José Ramón y Felipe y ya entramos en contacto con las comidas típicas de Viena.



SÁBADO 27

Hoy es el primer día que disfrutamos de los desayunos europeos, en este caso vieneses a pesar de ser un hotel modesto. Hay embutido, quesos, cereales, yogourt, confituras etc que nos dejan el cuerpo preparado para la actividad, a veces no acostumbrada, del día. Sigue haciendo sol y claridad lo que estimula a echarse a la calle. En el metro, Südtiroler Platz, sacan nuestros jefes-compañeros un billete de transportes para tres días y lo estrenamos. También podemos comprobar lo rápido que circula a veces el tren, más de lo que los usuarios reclaman porque antes de que saliera todo el grupo, ha cerrado las puertas y ha dejado dentro a unos cuantos que iban con Leonor. Como se confía en ella, hemos cambiado de andén para esperarlos en el siguiente tren en sentido contrario. Salimos en una estación, bonita como casi todas aunque no tanto como la estación Karlplatz, que se llama Pilgram y nos dirigimos hacia el Flohmark. Bellas casas en la calle, entre las que nos hacen ver una de color lila que se conoce precisamente por este color, en la que con grandes letras en la fachada se anuncia que es la casa de maricas y lesbianas.

A un lado un pequeño río, es paradójicamente el río Viena, con un nombre más grande que la pequeña corriente que lleva. A lo mejor es por eso que lo han enterrado y han logrado una gran explanada por arriba en la que los sábados se extiende un gran mercadillo de las Pulgas, como se le nombra en tantos sitios. Ya desde el principio nos parece algo enorme, como para varias horas, que desafortunadamente no tenemos. Antes de llegar se ve a personas con lámparas o muebles que cargan los coches aparcados cerca. Nos separamos y cada uno pone su interés en lo que más le atrae de las distintas ofertas. Hay de todo, libros, objetos de decoración para la casa, joyas, monedas. Una tienda sólo dedicada a los botones y cremalleras, tiendas de ropa vieja, relojes, artesanía actual, objetos procedentes de India u otros países asiáticos, en fin, muy variado. Mis hermanas tienen más vista que yo y hacen buenas compras aunque un poco aparatosas, como un marco labrado y vistoso, probablemente de la India, con el que cargan todo el resto del día sin otra solución.

Después del Flohmarkt viene el Naschmarkt, que es una sucesión de puestos con frutas y verduras de tan variadas formas y colores, algunas de ellas no conocidas en España, que podrías pararte en cada uno un rato largo a disfrutar de ellas.

A la mitad del recorrido debemos hacer un alto en la atención de estos objetos amontonados en los pequeños puestos, para mirar hacia lo alto a nuestra izquierda. Juntas y simétricas se alzan dos casas altas, con fachadas decoradas muy bellamente que ya son emblema de la ciudad. La primera, revestida de cerámica –de ahí su nombre, Mayólica, una conocida arcilla procedente de Mallorca- forma guirnaldas de flores de tono rosa entremezcladas con el verde de las hojas. Verdaderamente muy bonita. La otra está decorada con medallones en los que se reflejan caras, sobre los que salen hojas de palma y de las que caen pequeños adornos, todo ello en dorado, lo que la hace especialmente atractiva.

Al final nos reunimos de nuevo el grupo para entrar a ver el Edificio de la Secesión, que los vieneses de principio de siglo XX llamaban el “Repollo Dorado”, por esa especie de gran bola dorada y labrada que corona el edificio, hoy uno de los más representativos de Viena hasta el punto de estar representado en una de las monedas del euro. Es de color blanco, con unas escaleras de entrada. En la fachada las palabras VER SACRUM, el nombre que se dio a la revista que aglutinaba a este movimiento de artistas, encabezados por Gustav Klimt, que pretendían romper con la tradición pictórica anterior representada por la Academia de las Artes, edificio que está situado no lejos de aquí. Se creó este lugar como sede de una exposición y la pieza fundamental era una gran estatua de Beethoven que hoy está en Leizpig. La fachada también tiene adornos modernistas y dorados encima de la puerta de entrada, y un relieve con las cabezas de las tres Gorgonas sobre el quicio.

Dentro hay que ver el FRISO pintado por Klimt y glosado también por él para mayor comprensión. Leemos esta explicación y vamos analizando cada una de estas figuras que nos van atrayendo poderosamente. Como toda obra de arte importante no puede dejar indiferente a quien la contempla con el ánimo dispuesto a aprender y admirar.

Nos dirigimos después a la Gran Avenida que rodea la ciudad antigua, el Ring, por donde estaban las antiguas murallas de la ciudad que fueron derribadas y en los espacios recuperados se construyeron los grandes edificios del siglo XVIII y XIX que hoy pertenecen a lo más monumental de la ciudad.

Observamos con mayor detenimiento el edificio de la Ópera, construida en estilo renacentista pero en la época del emperador Fco José Primero y terminada en torno a 1869. El emperador parece que la encontró un poco “chaparra”, no demasiado esbelta y se cuenta que esto disgustó tanto a sus arquitectos que al uno le dio un infarto y el otro se suicidó. Al emperador no le quedaron ya ganas de criticar nunca más una obra arquitectónica en su largo mandato. Fue destruido durante la guerra, en 1945, al confundirlo con una estación de ferrocarril. En 1955 abrió de nuevo sus puertas reconstruido.

Allí cerca tomamos un tranvía que hace la circunvalación para hacernos una idea global de esta zona monumental: pasamos por los Museos y por el espectacular Parlamento, que se diría un nuevo templo griego de época clásica y los demás grandiosos edificios que Chivite nos va señalando y que después iremos a ver de cerca en el mismo paseo pero a pie.

Volvemos a salir del mismo sitio, detrás de la Ópera y enseguida a la derecha, ante las verjas del Burggarten nos paramos delante de la gran estatua de Goethe, que, imponente, sentado, con los brazos apoyados sobre el alto sillón en que descansa, parece mirar a los viandantes con la serenidad de quien ha alcanzado ya la gloria imperecedera. Entramos en el parque, frondoso, lleno de flores, al final del cual aparece el edificio del recinto imperial coronado por el águila dorada y la corona, con grupos escultóricos en bronce y elevadas columnas corintias. Nos encontramos estatuas, rodeadas de parterres de flores, como la de Mozart en aspecto de Fígaro, y un poco más al interior un pedestal con la estatua del emperador Francisco José Primero, de pie, en bronce, el gran artífice de la grandiosidad de Viena, cuyo nombre aparece por todos los frontones de los edificios más conocidos.

Entramos de día y con calor en la Helden plazt que anoche atravesamos. Hoy los diferentes puestos de información y venta están abiertos y todo es actividad y colorido. Se dan a conocer deportes, de invierno a juzgar por la pista artificial por donde se deslizan espectadores.

Hay también un grupo numeroso de público alrededor de un espacio rectangular y nos sorprende ver en el cielo unas manchas de colores brillantes que descienden lentamente, paralelos a la alta torre del Ayuntamiento. Reconocemos con cierto júbilo casi infantil unos paracaídas de deportistas, contratados para la ocasión, que descienden y toman tierra exactamente en ese rectángulo entre los aplausos de la gente. Todo está muy animado.

En la esquina de la Helden platz pasamos por la Ballhaus, pequeña plaza a la que dan soberbios edificios. Nos enteramos que en uno vive el presidente del estado austriaco y el otro es la Chancillería.

Otra vez a la izquierda nos adentramos en el Volksgarten, en este día radiante de sol y, a estas horas centrales, también calor. Vamos primero a ver el monumento a la mitificada emperatriz Elizabeht, más conocida como Sisí. Es una escultura de mármol blanco que la representa sentada y delante de ella un gran jardín con flores de colores variados y parterres muy armónicos. Siguiendo por el parque encontramos un aparentemente verdadero templo griego de estilo dórico. Es el templo de Teseo y a pesar de su verosimilitud, ya que en Atenas se encuentra el Theseion o templo dedicado al mítico héroe local, éste de Viena se construyó para albergar el magnífico grupo escultórico realizado por Antonio Cánova, el mejor de los artistas neoclásicos de principio de siglo, que representa a Teseo luchando contra un centauro en el episodio de las bodas de su amigo, el rey tesalio Piritoo, al que fueron invitados los Centauros pero no supieron estar a la altura y, ebrios de vino, pretendieron abusar y raptar a la novia, Hipodamía y a las otras mujeres. Teseo acudió en su ayuda y combatió contra los salvajes centauros. Esta estatua se puede contemplar hoy en el Kunsthistorische Museum, en la elegante entrada, encima del primer tramo de la escalera.

Ya es hora de reponer fuerzas pero yendo a la búsqueda del restaurante aún nos paramos a ver con detalle otros edificios, muchos de ellos bien restaurados como el Palacio de Justicia, que reluce con la policromía reciente de sus figuras ornamentales y de los marcos de las ventanas.

Pasamos por el Palacio Auersperg y por el Teatro Popular y todos juntos entramos a comer en un Wiener Wald que se encuentra cerca y que, como tantos otros locales vieneses, es muy agradable.

Después del merecido descanso reanudamos el paseo acercándonos a los edificios que vimos desde el tranvía y recreándonos en la contemplación de sus formas. Volvemos al Ring por la ajardinada calle que discurre entre el palacio de justicia y la parte de atrás del museo de Ciencias y continuamos hasta el Parlamento. Allí nos detenemos, extasiados, bajo el monumento a la diosa Atenea o Minerva, que está colocado a la entrada del edificio, de inmenso tamaño, con los atributos que le son propios: lanza en una mano y una Niké o victoria en la otra y en la cabeza el casco dorado. Debajo representaciones de la lechuza, su animal representativo y otras figuras alegóricas. Los vieneses dicen que precisamente por ser diosa de la inteligencia, no entra dentro del parlamento, sino que se queda fuera....

No mucho más lejos y comunicada por espacioso jardines está el Ayuntamiento que culmina en una de las torres de aguja, en estilo gótico, más altas de la ciudad. En los jardines delante de la fachada principal Chivite nos va presentando a una serie de broncíneos personajes que, con gran empaque, nos ven pasar desde sus altos pedestales. Son los prohombres de la historia de Austria. En los jardines muchos niños jugando, escolares que vuelven de los colegios y viejecitos que toman el tardío sol. A un lado la fachada del Ayuntamiento, rica en ornamentación y al otro la parte de atrás del gran edificio del Burgtheater, que ahora ilumina y resalta el sol del poniente. Sobre sus ventanas nombres de comediógrafos famosos entre los que leemos a Calderón de la Barca. Siempre produce cierta satisfacción ver reconocido el mérito de alguno de los compatriotas.

Seguimos por los jardines laterales del Ring hasta el siguiente edificio, de especial recuerdo para Chivite, la Universidad. Allí, cansados por una parte, y para escuchar mejor las interesantes explicaciones que nos da, mezcladas con emotivos recuerdos personales, nos sentamos en las escaleras de entrada. Encima, en el frontón del más puro estilo clásico, descubro a los dioses olímpicos inconfundibles, bien esculpidos en mármol blanco y tan nuevos y limpios que se diría acaban de instalarse allí. No sé qué pensarán de este grupo de españoles ruidoso y que se empeña en lograr una foto de todo el grupo. Para eso implicamos a los pocos paseantes, que, ajenos a semejante responsabilidad, son requeridos para hacernos la foto del grupo. Un matrimonio de austriacos primero y después una joven pareja de japoneses nos ayudan un tanto asombrados.

Y cerca de allí está la gran iglesia Votiva. Es de estilo neogótico, con dos altas torres y fue erigida para agradecer que el emperador hubiera salido indemne de un atentado. Entramos, lo que también nos va a servir para descansar un poco, mientras se está celebrando un rito litúrgico y es el momento de las lecturas. Con cierto asombro oímos que están leyendo en castellano. Luego lo harán en francés y otros idiomas lo que nos hace pensar que no nos estaban esperando sino que es un acto ecuménico.


Callejeamos por las calles que rodean la iglesia, que ofrece a esta última luz de la tarde unas bellísimas perspectivas de su ábside y pasamos por la calle de los “Españoles Negros” literalmente traducida. Requiere una explicación, por alusiones, y claro que nos la dan. Hay una iglesia fundada por los Benedictinos catalanes que vienen con Carlos, el pretendiente al trono español a la muerte del último rey Austria del trono español, y cuya pretensión fue frustrada tras la guerra de Sucesión. El hábito de estos religiosos es negro y de ahí el nombre. En esta misma calle uno de los muchos edificios que tienen que ver con el gran músico Beethoven, en este caso la placa nos informa que fue en él donde el artista murió. Cerca de ahí, en el mismo barrio la casa donde Freud vivía.

Cogemos un tranvía y desde él vemos una estética torre, moderna, que sobresale de un complejo arquitectónico sorprendente, de un estilo a medias entre casa de muñecos o edificio industrial. Nos enteramos que es la Incineradora Municipal, que no contamina en absoluto y que además decora. Envidia sana es lo que algunos sentimos acordándonos de algunas zonas de Madrid.

Nos bajamos frente a una enorme construcción pero de un signo muy distinto a lo que hemos visto hasta ahora. Tiene el nombre de Falanxterio (como otros de este mismo tipo fundados por el socialista Fourier, representante del socialismo utópico) y es un espacio de más de dos kilómetros de largo, de un estilo arquitectónico racionalista, a base de cubos, agradable a la vista y rodeado de altos árboles. Entramos y hay varios patios con vegetación, estatuas, bancos en fin, todo lo que se puede esperar de grato en un entorno de viviendas. Lo novedoso es que éstas son viviendas sociales, adjudicadas a las personas más desfavorecidas de la sociedad, en apartamentos de distintos tamaños según las necesidades, y de alquileres verdaderamente asequibles. Es un logro real del socialismo del siglo XIX, ideas socialistas que desde siempre acepta el gobierno de Viena y cuya política de construcción aún se rige por las mismas. Dentro de ellas se hicieron fuertes los socialistas y fueron bombardeados con cañones para obligarles a salir. El propietario actual del inmueble, como de tantos otros es el municipio.

El día se termina en el barrio de Grinzin, pequeño pueblo pegado a Viena, lugar de expansión de los ciudadanos de la gran urbe y hoy prácticamente tomada por los turistas de todas las nacionalidades a quien trasladan en autobuses que aparcan a la entrada del pueblo. Casi todas las puertas son bodegas convertidas en agradables bares donde se viene a beber el vino heuriger, el del año. Aquí entramos en contacto con el Sturm, el vino recién salido, que nos parece un poco demasiado dulce pero agradable de tomar. También hay un autoservicio para comer algo sólido pero lo suyo es beber. La decoración, a base de mucha madera y de rincones acogedores, es lo que uno espera después de leer sobre el lugar.


DOMINGO 28

Salimos un grupo pronto con intención de ir a la iglesia de los Jesuitas para oír la Misa cantada de las diez y media. Desde los pasillos subterráneos del metro, bajo San Esteban podemos ver a través de un cristal a modo de mirador, la capilla de S. Virgilio, construida antes que la catedral en el mismo sitio y descubierta en las obras de construcción del metropolitano. Se distingue bien la gran nave central y los muros. Cuando, una vez arriba, en superficie, vamos atentos a tantos hechos atractivos que nos rodean: la propia catedral, las tiendas, la muchísima gente que pasea como nosotros, oímos de repente una sonora voz que grita ¡Chivite! Es un guía austriaco, con un grupo de inevitables japoneses, que ha reconocido a nuestro amigo y le saluda. Como aún hay tiempo paseamos por las calles, algunas todavía solitarias, disfrutando de las fachadas y portones, leyendas y detalles de los edificios que bordean el recorrido.

Vemos con detalle la escultura de Gutemberg, sobre un labrado pedestal de mármol blanco, detrás del cual hay una bella casa con dos torres a modo de una iglesia y nos metemos por la Sonnenfels, que es paralela a la Bäckerst , en la que está, cerrada aún, la taberna de “Los doce apóstoles” que por la tarde tendremos ocasión de conocer, en los bajos de una casa con relieves y adornos. Nos desviamos por una pequeña y curva calle antes de llegar a la plaza, que se llama Schönlatern, muy bonita, en la que está la Taberna del Grifo y un poco más allá una casa donde vivió Schumann, el músico. Entre ambas está el patio de San Bernardo, el Heiligendreuzer Hof.

Entramos por fin en la Iglesia de los Jesuitas. No hay aun mucha gente porque es pronto. La música es de Haidyn y los músicos y solistas pertenecen a la orquesta sinfónica de Viena. El coro lo componen aficionados que luego piden un donativo, a la salida. La misa la concelebran dos sacerdotes, bajitos y con cara simpática. En el sermón la gente se ríe. Luego nos enteramos que dice cosas graciosas y cotidianas. Es llamativo para nosotros ver que a la salida los dos celebrantes se ponen delante de la puerta y van saludando y dando la mano a todos los que hemos estado.

Nos hemos concentrado ya todo el grupo y volvemos sobre nuestros pasos para entrar en la Hoher Markt a tiempo de ver el Anker Uhr, un artístico y gran reloj que a las doce, además de darnos la hora, va a contar la historia de Viena a través de doce ¿ de los personajes que la han protagonizado desde el emperador Marco Aurelio. Son figuras de madera policromada que van desfilando por un simulado corredor y pasan delante de la esfera. Abajo, un panel nos ilustra sobre la identidad de todos ellos. La música que acompaña a tan regio desfile intenta adecuarse a la cronología y pasa de medieval a barroca y moderna. Es un espectáculo curioso que nadie debería perderse. En esta plaza, en el subsuelo, están las ruinas romanas vestigio de la antigua Vindovona, el campamento que el emperador Marco Aurelio fundó en el primer siglo de nuestra era. Es un gran espacio rectangular y en el centro un monumento grandioso, lleno de figuras, representa la coronación de María.

En nuestro paseo Chivite hace que nos fijemos en edificios significativos: la antigua Chancillería de Bohemia, el palacio que en tiempos pasados fue Ayuntamiento de la ciudad y hoy es Archivo Histórico y llegamos por tranquilas calles a la Plaza de los Judíos, peatonal, armónica, grande. A un lado en su pedestal, una estatua del poeta Lessing, que fue mandado matar por los nazis. En esta plaza estuvo en el siglo XV la Sinagoga de los Judíos. Hoy hay un monumento moderno, erigido en conmemoración de los sesenta y cinco mil muertos judíos.

En una esquina de la plaza una casa en la que el jovencísimo Mozart dirigió por primera vez un concierto. Tiene un balcón muy bonito.

Llegamos a la plaza Am Hof . En el centro hay una monumento a la Inmaculada, una columna, flanqueada por cuatro figuras de ángeles sobre pedestal blanco de piedra. En torno a la plaza edificios blanquísimos, cuidados, entre ellos la iglesia de los escoceses, de padres benedictinos.

Por la calle Freyung, donde hay un gran monumento conmemorativo de Austria, entramos en un lujoso pasadizo dentro del palacio Ferstel. Hay tiendas y un patio circular con una esbelta fuente de figuras broncíneas. En un extremo de este mismo palacio se encuentra el famoso Café Central, elegante y decadente, con un horario reducido, como si se visitara un museo. Parece que aquí venía Lenin, que no están reñidas las ideas revolucionarias con el buen gusto.

Llegamos a la plaza donde se encuentra la Iglesia de los Minoriten, una orden menor de los franciscanos. A un lado un palacio que es el Ministerio de Educación. Entramos en la iglesia que actualmente pertenece a los italianos residentes en Viena. Hay algunas obras artísticas interesantes, como un gran mosaico de diminutas teselas que se diría pintura que representa la última Cena de Leonardo. Es de estilo gótico y tiene alguna estatua románica.

Salimos hacia la Ballhaus y volvemos a entrar en el palacio imperial para hacer de día las fotografías de lo que vimos de noche, el gran monumento al emperador Francisco I dentro del armónico patio del palacio. Llegamos después a la plaza de Josefs, con la gran estatua ecuestre rodeada de andamios, que no permiten apreciar toda la belleza del espacio. A esta plaza da el edificio de la Escuela de Equitación española en un lado y la entrada a la iglesia de los Agustinos de otro, la más imperial de las iglesias puesto que en ella se casaron figuras de la familia real como Maria Teresa y Sisí y también Napoleón con la hija de Francisco I . Dentro hay un monumento funerario dedicado a la hija de la emperatriz Mª Teresa, la infanta Cristina, casada y enamorada de su marido, el archiduque Alberto de Sajonia, realizado por Antonio Cánova, el grandísimo escultor neoclásico. Es bellísimo.

En la misma plaza está el palacio de Palavicini, donde vivía el amigo de Orson Welles en la película El tercer hombre. Pasamos por la Dorotheer str donde se encuentra la casa de Subastas y muchísimas tiendas de antigüedades. Callejeando y evitando la línea recta, aún pasamos por la iglesia de San Miguel, que tiene una torre puntiaguda muy alta.

Por fin llegamos al Graben de día y la animación es notable. Está llena de bares y restaurantes con mesas al aire libre, aprovechando la bonanza climatológica, y sería difícil encontrar una libre. Hay muchísima gente en este día festivo. Contemplamos con detalle la columna de la Peste, en el centro de este espacio alargado, bullicioso, cromático, lleno de tiendas y establecimientos públicos. Está dedicado el monumento a la Santísima Trinidad y es el más rico de los que se encuentran en las calles de Viena.

Llega la hora de comer y nosotros elegimos el famoso restaurante Figl-Muller, conocido por la calidad de los schnitzel, unos enormes filetes empanados del tamaño de una pizza grande. El local es simpático, como tantos otros en esta ciudad y está en un pasadizo no lejos de aquí.

Quedamos después de comer bajo del monumento a la Peste y nos vamos, cambiando de ambiente, a una zona más alejada donde se encuentra la Hunderwasser haus, una original casa comunal, hecha por un arquitecto que se autodenominaba así. Es un intento de hacer algo nuevo, llamativo, estético pero rupturista para una casa ocupada por gente corriente, como tantas otras que hay en Viena y que no tienen ningún interés estético. El arquitecto aprovecha elementos ornamentales procedentes de los sitios más dispares, desde las torres en forma de cebolla de alguna vieja iglesia, hasta estatuas de personas o animales que en otro tiempo fueron bellas acróteras de palacios barrocos o una fuente. Además columnas de colores llamativos, terrazas irregulares donde crecen árboles como si fueran jardines, muros de cristales y combinación de todo tipo de materiales, pintura, cerámica. Está a medias entre una obra de Gaudí o la casa de Hansel y Gretel. En frente hay un pequeño centro comercial en el mismo estilo y hoy es una atracción para los turistas, que llegan en autobuses. Nosotros también entramos y compramos algún recuerdo

En un tranvía, que vienen más espaciados por ser domingo, nos dirigimos al Prater. Lo más interesante es ver la famosa Noria, debajo de la que uno se siente pequeño, pues tiene mucha altura. No nos decidimos a subir ni nos atraen los demás reclamos del antiguo parque de atracciones, el más antiguo de Europa. Nos parece que será interesante ver el río Danubio de cerca y en el metro vamos hasta una estación que está en el centro del puente hecho recientemente para que lo atraviesen los coches por arriba y el metropolitano por abajo.

Salimos hasta la orilla del río y ahí nos separamos y nosotros nos sentamos en una terraza desde la que se contempla el río en este momento mágico del atardecer. Se viene con nosotros Yolanda. Enfrente una isla artificial con un faro, una pasarela hasta ella. Detrás el edificio de la ONU, cerca grandísimos edificios modernos.
Volvemos al centro de Viena y entramos en Los Doce Apóstoles para conocer este lugar, bien interesante, con muchas dependencias en el sótano, a varios niveles y todas ellas acogedoras y agradables.


LUNES 29

Hoy ha amanecido nublado y pronto nos damos cuenta desde la ventana que está lloviznando. El cielo no está azul pero hay que consolarse pensando que así conocemos la ciudad en un ambiente que le es más propio.

Vamos en primer lugar a visitar la iglesia de San Carlos, dedicada a San Carlos Borromeo.

Antes de llegar admiramos grandiosos edificios de nuevo, la Academia de las ciencias, actual Universidad Técnica y enfrente otros dos de igual realce, la Academia de las Artes y el edificio del Musikverein que esta tarde visitaremos.
La iglesia es tal vez la más ornamental de las que hemos visto. Tiene delante dos grandes columnas que imitan la de Trajano, de Roma y que terminan con dos pequeñas cúpulas tipo mezquita. Otra influencia oriental está en las dos torres laterales, más bien dos minaretes. La portada delantera es la entrada a un templo griego clásico, con columnas y frontón y lo que sobresale es la inmensa cúpula barroca, la más grande de la ciudad, de tejado verde que destaca. Delante hay un estanque, simple en su ejecución y cuyo ornato resulta ser el reflejo que el templo produce en sus aguas. Bordeamos el edificio para entrar por su parte lateral y el interior no defrauda en cuanto a su decoración pero sí nos molesta el no poderlo ver con comodidad porque está con andamios desde donde se reparan, lentamente, sus pinturas. Ahora pertenece a los polacos y disponen de menor poder adquisitivo, por lo visto. En las pinturas se narra la historia de San Carlos, el titular del templo.

Delante de la iglesia unos magníficos jardines, llenos de flores coloristas, eran paso para el camino que conducía a la familia real hasta su palacio de caza, en Schönbrunn, que es lo que nosotros vamos a hacer pero en metro, el nuevo medio de comunicación que no utilizaron ellos. Vemos muy de cerca el pabellón art nouveau del metro de la Karlsplatz, que cogemos, verde, blanco y oro, de armónicas formas.

Llegamos al palacio de Schönbrunn que corrientemente se llama de verano, para marcar una diferencia con el del centro de la ciudad pero que fue pensado como lugar de esparcimiento, especialmente de caza. Sus jardines son de lo más bello entre los conocidos en Europa, pero hoy no es día de paseo exterior por la lluvia que insensiblemente va calando y que apaga los colores de la naturaleza.

La fachada del palacio, cuidada como tantas otras, es de color amarillo oscuro alternando con el blanco de las pilastras jónicas y del marco de las ventanas. Por el techo recorre una balaustrada en la que se intercalan esculturas de personajes que vemos lejanos pero que dan realce al edificio. Una escalinata sin grandes pretensiones da entrada al piso principal, de grandes ventanales puertas rematadas en semicírculo. Rodeamos primero el recinto para ver los jardines, al fondo la fuente de Neptuno y en alto, la gran puerta ornamental de nueve vanos.

La mayoría de nosotros decidimos visitar el palacio por dentro. No tiene frescos de gran valor, como los tiene el Palacio Real de Madrid, pero sí tiene un valor histórico que podríamos llamar doméstico. La mesa donde trabajaba Francisco José, el gabinete de Sisí, muchos retratos o fotos de los protagonistas y de sus hijos. Resulta interesante para compartir la “pequeña historia” de la familia más famosa y literaria de las que reinaron en el imperio austriaco.

Nos volvemos al centro en metro y en la Kärntner Str nos encontramos con el grupo y juntos vamos a comer, en la calle Gluckg. a un restaurante que conoce Chivite y que nos gusta mucho, popular, lleno de gente vienesa, ya que los turistas no lo conocen, con un menú que se presenta en una carta escrita a mano y a precios muy razonables.

A la salida de la comida nos separamos y yo elijo la opción de ir a visitar, junto con Chivite, el museo de Albertina.

Hemos quedado en el Hotel a media tarde para prepararnos y cambiar el aspecto de turistas “troteros” de calles y jardines por el de refinados amantes de espectáculos de interior y nos arreglamos para a entrar en el templo de la buena música clásica como es el muy conocido edificio del Music Verein. A las ocho y media hay un concierto de música de Mozart, la más conocida y popular, tocada por una orquesta de jóvenes artistas, todos ellos vestidos como en los tiempos del compositor, con dos solistas también vestidos de la época que se quiere recrear. Es un acto para turistas pero es lo que toca hacer y con mucho gusto. El edificio es muy bonito y muy famoso por ser en él desde donde se retransmite el concierto de Año Nuevo, diferido al mundo entero. En esa ocasión está cubierto de flores, que tapan los desperfectos en las maderas ocasionados por el tiempo y que ahora nosotros podemos apreciar por estar sentados en las primeras filas del patio de butacas, cerca del escenario. En cambio mirar hacia el techo es entrar en ese mundo clasicista en el que navegas entre las Musas y Apolo, por cielos dorados y luminosos. El programa de la música no puede ser más conocido y fácil, lo que es bueno para atraer a todo tipo de público, incluso a los que nunca habían ido a escuchar un concierto y tal vez sea la puerta de entrada a una nueva afición. El público es también pintoresco, no hay ningún vienés, a buen seguro, en cambio los japoneses abundan, queriéndose hacer fotos con los disfrazados músicos, sin ningún pudor y también en esta ocasión se oye hablar por doquier en español, bien los sudamericanos ricos que también hemos visto en otros lugares de la ciudad, bien los numerosos médicos que han acudido a Viena para un Congreso de neumología, procedentes de todos los países y no son pocos los españoles, pues los encontramos en todas las partes.

A la salida del concierto vamos a la siempre animada calle Kärntnerstr buscando el café Sacher. Es uno de los más elegantes Hoteles de Viena y tiene varias dependencias. En la cafetería, que da a la calle a través de amplios ventanales, podemos ver un elegantísimo y escogido público, con alto poder adquisitivo, seguramente. Nosotros entramos en la vecina Stube, pequeño y agradable café donde también logramos el objetivo de degustar su famosa tarta del mismo nombre que el hotel, de fama internacional. Allí nos viene a recoger Chivite y su amigo Roberto y nos llevan a otro sitio donde cambiamos totalmente de escenario. Es una destartalada aunque atractiva taberna, lugar de encuentro de bohemios y curiosos personajes, desde el alcalde hasta escritores o estudiantes, con posters y carteles en las paredes de la actualidad cultural vienesa y en donde al poco tiempo de estar sentados pasa la dueña del local a saludar a los clientes. Es una anciana de un aspecto que contrasta con el que cabría esperar en un lugar con estas características, poco elegante, peinada sin ningún cuidado sujetando sus canosos cabellos con una cinta, vestida de negro, de movimientos cansinos pero que cuando habla revela una prodigiosa memoria y probablemente también inteligencia. Ella misma hace unos rústicos pasteles de crema que los camareros pasan por las mesas sin que los hayas pedido.

La noche termina corriendo por el Graben para coger el último metro que nos va a llevar al hotel, lo que logramos al fin.

MARTES 30

Hoy es el día que el programa dedica a los Museos y hay mucho trabajo. De momento vamos andando hasta el Palacio Belvedere, que está cerca del hotel. El día es luminoso y este precioso palacio es una de las joyas arquitectónicas y museísticas de la ciudad.

El príncipe Eugenio de Saboya, el militar más brillante de su época, además de amante del arte y de los libros, le encarga al arquitecto Johann Lukas von Hildebrandt la construcción del palacio con la intención de que fuera su residencia de verano. Se acabó en 1723

Se accede al recinto por unas maravillosas puertas, central y dos laterales, de una artística reja negra entre muros blanquísimos. En lo alto los adornos con toques dorados. El jardín que precede al palacio, iluminado por el sol de la mañana, con un gran estanque donde se refleja el palacio y arriates de flores multicolores, es un verdadero regalo para la vista. Allí, agrupados y atentos, escuchamos las explicaciones tan interesantes como siempre que Chivite nos da sobre la historia del lugar.

El palacio, de blanquísimos muros y tejados verdes, con dos romas torres en los extremos y un segundo cuerpo central que le da mayor esbeltez, es de lo más decorativo. Pasamos a la parte de atrás, desde donde se divisa una preciosa vista de la ciudad que justifica el nombre del palacio. Hay una inmensa pradera de jardines cuidados y al final otras dependencias del palacio hoy convertidas en museos de carrozas y de arte barroco y medieval. En el interior del palacio se ha constituido la Galería Austriaca, que contiene pintura y escultura de los siglos XIX , con magníficas piezas de pintores tan conocidos e importantes como Gustav Klimt, Emil Nolde, Egon Schiele, Max Lieberman, Franz von Stuck, Oskar Kokoschka y otros para mí menos conocidos pero no menos interesantes y bonitos de ver. Los estilos son variados y dispares entre sí, romanticismo, simbolismo, historicismo, impresionismo, expresionismo y la colección de Biedermeier más importante de Austria. Flanqueando la explanada de la entrada al museo, unas esculturas muy particulares de Esfinges, de graciosos rostros femeninos adornados con trenzas, no muy usuales en este tipo de animales fantásticos.

A la entrada del palacio está la Sala Terrena, un salón de columnas sustituidas por unos retorcidos atlantes que sostienen el edificio. Algún libro sobre la ciudad se ha permitido traducir por “mapas”. La falta de cultura ya asoma hasta en las publicaciones.

Desde el balcón del palacio que da a esta parte se proclamó en 1955 la República de Austria.

Cogemos el tranvía D que nos lleva por una parte de la ciudad no vista hasta ahora, por la que sigue habiendo esos bellos edificios tan cuidados. Vemos el monumento a los soviéticos, alto pero convenientemente situado tras una fuente cuyo surtidor, si se le da la máxima altura, lo tapará para evitar la visión de la estatua que han obligado a poner. Enfrente el edificio modernista de la embajada de Francia que la tradición dice estuvo concebida para la sede de Estambul.

Nos bajamos frente a los Museos y cada uno visita lo que prefiere. El Kunsthistorische Museum es uno de los grandes entre los europeos, con dos secciones, la de pintura italiana y española y la de pintura flamenca y alemana. Tiene maravillosas colecciones de conocidísimos pintores gracias a la afición de los emperadores Ausburgos por la pintura que les hizo coleccionistas de buen gusto. El museo tiene también gran valor como edificio bellamente concebido. En lo alto de la escalera principal se encuentra, en un puesto de privilegio, el grupo escultórico de Teseo matando a un centauro, hecho por Antonio Canova en el siglo XIX y concebido para ocupar el templo del mismo nombre del Jardín. Aquí tiene una situación estratégica y no pasa desapercibido. Arriba, en la confluencia de las dos alas y bajo la cúpula central, está la cafetería-restaurante que también forma parte de la vida social y cultural de la ciudad y es un bello recinto.

En el centro de la plaza, entre los dos Museos, la grandiosa escultura de la para los austriacos, querida emperatriz Maria Teresa, sentada en su trono y acompañada en el pedestal por otras figuras, a caballo y de pie, entre parterres que forman geométricos jardines agradables de pasear.

Nos dirigimos hacia el teatro, el Volkstheater, donde me encuentro la sorpresa de que la obra que ponen por la tarde el la Antígona de Sófocles. Lástima que todo no se pueda hacer en tan apretada jornada.

Vamos a comer a un local interesante con agradable decoración porque está adornado con las grandes cubas metálicas, de dorado color, donde se hace la cerveza, no lejos de los Museos. También hacemos algo típico después de comer, como si fuéramos vieneses, ir a uno de los cafés más tradicionales de Viena, el Eiles, que ocupa toda la parte baja de un viejo edificio, donde se reúnen pintorescos personajes para tomar el café con una tarta, por cierto buenísimas.

En el entorno, como en todas partes, inmuebles bonitos con algunos detalles escultóricos a veces reconocibles como el Ganímedes sobre el águila que hay en lo alto de una casa que hace chaflán cerca del teatro. O la sobria y elegante fachada del nuevo complejo cultural hecho en los edificios de las antiguas caballerizas imperiales, en el frente de la gran plaza de los museos y conocido como el Museumsquartier. Comprende varios museos y salas de exposiciones de arte contemporáneo rodeando el patio central, hoy día convertido en lugar de encuentro, con cafeterías y que combina los elementos arquitectónicos antiguos con estructuras modernas.

La actividad del final de la tarde es un encuentro con personas austriacas que están agrupadas por el recuerdo de su experiencia infantil relacionada con España, ya que fueron acogidos por familias españolas a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, tras la cruenta guerra mundial que les dejó a la mayoría huérfanos.

MIÉRCOLES 1

Hay un autobús esperándonos par estos dos próximos días. El tiempo vuelve a ser espléndido y desde la altura de los asientos nos disponemos a mirar por última vez las calles de esta magnífica ciudad. Chivite nos va a ir enseñando, y en su caso recordando, lo más interesante del recorrido hasta alcanzar la carretera de salida que nos va a permitir conocer un poco del interior del país, en este viaje a Graz que hacemos dando un bello rodeo.

Pasamos por el Jardín Suizo, frente al Belvedere, por el Arsenal, por el Cementerio de Sant Marc ¿ donde está enterrado Mozart, y que ahora queda aprisionado por el nudo de carreteras que lo rodea, por el edificio del Gasómetro. Vemos la Torre del Danubio, de 250 mt. con dos restaurantes en la parte alta que es giratoria, los modernos edificios de organismos internacionales, como la OPEC que le han dado vida administrativa a esta vieja ciudad imperial y al fondo las dos montañas cercanas de importancia para el clima y para la historia de Viena. Pasamos por donde en 1684 tiene lugar la batalla de Kalemberg, en la que los ejércitos cristianos vencen definitivamente a los turcos, los enemigos ansiosos de tomar la ciudad desde hace más de un siglo, desde tiempos de Fernando I.
A lo lejos se distinguen monasterios, el de Klosterneuburg, en el que se produjo el milagro del velo de la reina en el siglo XI, una bella leyenda que nos cuenta el profe mientras viajamos. Carlos VI, pretendiente al trono de España a donde viaja, conoce el Escorial y queda prendado y decide renovar este antiguo monasterio para darle el mismo fin y le encarga la renovación al conocido arquitecto Lucas Hildebrant. En él murió Frank Kafka.
Vemos también restos de los antiguos Astilleros que construían los barcos para viajar por el Danubio. Vemos el castillo de Kreutzstein y pasamos por las afueras de la ciudad de Krems, donde vivió José Maria unos años dando clase y que por falta de tiempo material no podemos visitar, aunque sus barrios extremos proporcionan bellas panorámicas.

Entre la bruma del húmedo día y mientras el sol quiere hacerse fuerte y lucir, llegamos al pueblo de Dürnstein, pequeño burgo medieval a orillas de un meandro que hace el Danubio, por donde, por cierto, navegan enormes barcos cuyo objeto es trasladar turistas. Las dos riberas del río, de suaves colinas frondosas por la vegetación, entre las que se adivinan los rojos tejados de las casas, dan belleza al paisaje. Recorremos las calles del pequeño y turístico pueblo. Tiene una iglesia que pertenece a una abadía agustina, la de Mariae Himmelfahrt, la Asunción de María, fundada en el siglo XV. Su campanario, pintado de azul y blanco, con estatuas y relieves, cuatro esferas de reloj, una a cada lado y con unos obeliscos adosados a cada uno de los lados, es una de las torres memorables por su estética.

En lo alto del pueblo vemos unas ruinas de un antiguo castillo, el de Kuenringengurg. Nos cuentan que en él Leopoldo V tuvo prisionero al rey de Inglaterra Ricardo Corazón de León, allá por los finales del siglo XII , cuando regresaba de la tercera Cruzada, por causa de un insulto. El rescate fueron 35 toneladas de plata. Según otra versión más cercana a la leyenda, el prisionero fue liberado por su fiel escudero que mediante una treta adivinó dónde estaba. En efecto, iba cantando una canción que el rey conocía bien y cuando escuchó que alguien la cantaba desde dentro de los muros del castillo, adivinó que sólo podía ser el rey y que ése era el lugar donde estaba prisionero.

Seguimos camino hasta el monasterio de Melk, quizá la abadía más famosa de toda Austria. El edificio se ve desde lejos, construido sobre una gran elevación del terreno que domina el río Danubio, radiante de luz en estas horas de medio día. El público cinéfilo lo conocerá porque fue el escenario de la película El nombre de la rosa, sobre la novela de Humberto Eco, en la que el personaje Adso da Melk provenía de esta abadía. Está perfectamente conservado y, como tantos otros edificios, pintado y cuidado en extremo. Fue primero una fortaleza en el siglo X y luego pasó a ser abadía benedictina en el XI. En el siglo XVIII fue reconstruida y ampliada por un numeroso grupo de artistas austriacos e italianos. Fue también residencia de los emperadores en sus viajes fuera de Viena, ya que estaba situada a una jornada de camino desde la capital. Hoy en día está utilizada como centro escolar y precisamente llegamos a la hora de la salida de los numerosos alumnos que viven en el cercano pueblo. Entramos a ver la capilla, monumento grandioso del barroco austriaco.

Aquí mismo hacemos nuestra parada obligada para comer y conocemos el confortable restaurante que hay a la entrada del monasterio, alegre y bien decorado.

Seguimos caminos y la carretera cambia el trazado que hasta ahora ha sido muy plano, paralelo al Danubio, para introducirnos en una estrecha carretera de montaña que atraviesa los Alpes Orientales. Como el tiempo acompaña podemos disfrutar de unos paisajes verdaderamente bonitos, se diría que vas pasando las hojas de un calendario de esos que te hacen pensar en lugares sólo reflejados en las hojas de papel. Pero son reales, los tenemos a un lado y otro de la carretera, montañas, valles, altos y verdes árboles, casas de aire popular a la vez que confortable, que cuidan hasta el último detalle para aportar belleza, pintura atractiva de las fachadas, flores, adornos en hierro, objetos rústicos, verjas en los jardines.

En uno de los parajes más bonitos del recorrido hacemos una parada. Es un pueblo que ha crecido en torno a un Santuario, el de Mariazell, centro mariano conocido y visitado por muchos peregrinos de toda Europa central. Fue fundado por los benedictinos en el siglo XII y reúne armónicamente en su construcción el estilo gótico y el barroco. El exterior de la magnífica iglesia no podemos apreciarlo en todo su arte porque está cubierta de andamios. Enseguida nos damos cuenta de que el pueblo está preparado para recibir gentes de fuera porque en la plaza central cercana a la Iglesia están instaladas una serie de tiendas, algunas de las cuales, por cierto ya empiezan a cerrar, que exponen su mercancía al aire libre, entre la que predominan rosarios, marcos e imágenes de la Virgen, tazas y vasos con el recuerdo del lugar y algunos otros objetos solicitados por los turistas. También nosotras picamos y nos llevamos recuerdos.

Entramos a la Iglesia. Es otro de esos monumentos barrocos, grandiosos, riquísimos, recargados pero sin el agobio que algunas iglesias de este estilo nos producen, de entre las que conocemos en España. Lo más sorprendente de la iglesia es el órgano, que combina el negro lacado del mueble inmenso con el dorado reluciente de sus muchos adornos. En el centro de la nave está la Capilla Milagrosa, con la imagen de la Virgen del siglo XII, situada en un riquísimo altar de plata.

Además de reunir a fieles que se encomiendan a la Virgen, este pueblo congrega a numerosos deportistas que vienen a disfrutar de las pistas de esquí. Con el día tan soleado no podemos casi ni imaginar un paisaje nevado pero merecería la pena verlo en alguna ocasión.

Aún tenemos tiempo de caminar por las calles del pueblo, con bellas casas que nos despiertan la admiración, y ya cayendo la tarde, reanudamos el camino dirección a Graz. La bruma vuelve a imponerse frente al sol y el atardecer entre estas montañas deja un grato recuerdo de este día.


GRAZ

Nuestro hotel está a las afueras de la ciudad pero a cambio es confortable y amplio y con alguna habitación que en otros tiempos hubiéramos calificado de “dudosa reputación”... En esta ocasión nos sirve como motivo de jolgorio y diversión.

Una vez instalados no podemos sustraernos a la tentación del paseo nocturno por la ciudad, que este año es ciudad europea de la cultura. El autobús nos deja en el centro, en la Jakomini platz, donde hay un nudo de comunicaciones y paran la mayor parte de autobuses y tranvías. Un poco más allá la gran columna con la Virgen en lo alto y a su lado el Marienlift, un ascensor construido para la ocasión del año cultural que ofrece una visión sobre la Herrengasse, la calle que comunica con la Plaza del Ayuntamiento. Por ella nos metemos a estas ya tardías horas de la noche para este país y hacemos un primer recorrido de contacto con el casco antiguo para después buscar un sitio donde cenar. Nos aguarda una bellísima ciudad muy bien preparada para recibir a los visitantes, que esperan sean muchos en este año.




JUEVES. 2

Amanecemos en Graz y el tiempo sigue siendo buenísimo. Ni aunque lo hubiéramos encargado ex profeso, podríamos haberlo logrado mejor. El autobús nos lleva al centro de la ciudad, exactamente al Parque, un frondoso y bello lugar que ya a estas horas de la mañana está muy concurrido. Vamos contemplando fuentes y estatuas que lo adornan y entramos a la ciudad. Los monumentos ornamentales que consisten en una columna sobre pedestal que en lo alto sostiene una imagen o varias de tema religioso son muy frecuentes en Austria. Aquí nos encontramos con una y en lo alto parece ser la representación de la Santísima Trinidad.

Apreciamos desde el primer momento que la ciudad, capital europea de la cultura, está aún en obras por muchos sitios: un enorme aparcamiento subterráneo, vallas y ruidos y algún edificio todavía por restaurar. No obstante, es más lo arreglado y bonito que lo que queda por hacer. De manera coyuntural la ciudad está llena de esculturas de estilo contemporáneo que contrastan con los edificios barrocos.

Iniciamos la subida hacia el Schlossberg, la verde colina que surge desde el centro de la ciudad a modo de una acrópolis ajardinada y que en otro tiempo albergaba edificios. La ascensión es más suave. Arriba está el monumento símbolo de la ciudad, la Torre del Reloj, construida a principios del siglo XVIII y funcionando desde entonces. A su lado otra torre de iguales proporciones erigida con motivo del año cultural, de color negro que tiene una utilidad práctica, pues contiene una galería de arte y un restaurante.

Desde lo alto, en un mirador al pie de la torre contemplamos el panorama. Es bellísimo en un día tan luminoso como hoy contemplar esta ciudad que ha merecido ser declarada por la UNESCO patrimonio de la Humanidad. Los tejados de la ciudad son todos rojos y muy inclinados. Las calles, de trazado irregular pero armonioso. Entre ellas surgen las torres de las iglesias, terminadas en forma de cebolla o de estilo barroco y los patios porticados y jardines en antiguas casas. Las manchas verdes del parque, el río Mur que discurre por el centro de la ciudad. Descubrimos un inmueble que destaca tremendamente con el resto del urbanismo, es el nuevo Museo de arte contemporáneo, el Kunsthaus, un edificio de arquitectura innovadora y casi agresiva, de líneas curvas, espejos que reflejan la luz y rematado en unas especies de chimeneas. Buscamos irónicamente similitudes con algo conocido y se nos ocurren objetos tan peregrinos como una ubre o una vejiga. Ya se encargarán los ciudadanos de Graz de bautizarlo en un futuro. Aun no está terminado y no podremos visitarlo.

Sabemos que hay un funicular para subir a la cima e imaginamos que para bajar pero eso lo hemos leído en los folletos, nosotros, como valientes, hemos descendido a pie por una tortuosa y empinada escalera, que labraron en la roca durante la Primera Guerra Mundial, que parece no terminarse nunca. Abruptamente nos encontramos abajo y con las piernas molidas de tanto “frenar” con ellas en el descenso.

Estamos en la pintoresca plaza Schlossbergplatz donde está el palacio Attems, de estilo barroco.

Paseamos por la ciudad queriendo captarla sin dejar nada. Las calles son románticas. En ellas palacios y casas burguesas con decoraciones de estuco que forman recargados adornos. Todas ellas pintadas y restauradas.

La plaza del Ayuntamiento es el corazón de la ciudad.. Como casi todo el casco antiguo es peatonal, sólo discurren los llamativos tranvías, decorados con los colores más vistosos, al lado de ciclistas que sortean peatones paseando a sus anchas por una superficie que no diferencia la calzada de las aceras. Siempre está animada y bulliciosa y un sonido es habitual, el timbre que los conductores del tranvía tienen que hacer sonar para avisar a los despistados peatones. En el centro de la plaza la gran fuente monumental dedicada al archiduque Juan, el querido personaje para la Estiria representado en una gran estatua en el centro y en las cuatro esquinas del monumento la representación de los cuatro ríos de la región. En las escaleras de la base de la estatua se dan cita los amigos, se sientan los cansados, comen su salchicha los empleados de las oficinas del entorno o simplemente es un buen puesto de observación para contemplar los edificios que la circundan, que destacan por la pintura de sus fachadas en todos los tonos, rojo, azul, amarillo y crema entre otros. El de porte más noble es el Ayuntamiento, en la parte Sur, con arcadas abajo y rematado en una gran cúpula de color oscuro, como la de una gran iglesia. Una de las fachadas de una casa, de color ocre pálido, tiene pintada la efigie de un gran San Cristobalón con el Niño Jesús en sus hombros, como hay en algunas catedrales españolas. La creencia popular era que, mientras se viera a San Cristóbal, estabas a salvo. Por eso el gran tamaño de las pinturas.

En el centro de la plaza puestos de venta de salchichas, de flores, de prensa, servicios públicos, en fin el latido de la ciudad. En la esquina de la Sporgasse está la casa Luegg, edificio recargado de barrocos adornos que atrae las miradas desde el primer momento.

Nos dirigimos hasta el Landhaus, el palacio de la Asamblea de Estiria, hoy sede del Parlamento regional. Tiene un elegante y amplio patio renacentista, de estilo italiano, con arquerías y galerías superpuestas coronadas por balaustradas y pequeños obeliscos. Fue construido por el arquitecto italiano Domenico dell´Allio en el siglo XIX, y tiene un estilo italianizante. En todas las ventanas hay flores de llamativo color rojo. En el suelo un bonito pozo de fina rejería. Del edificio sobresale un decorativo campanario.

En la Herrengasse hay una importante casa, totalmente pintada en brillantes colores, seguramente recién restaurado, con escenas que no sé interpretar. Es muy bonita.

Callejeando todos juntos pasamos por el Palacio Saurau, de la que lo más llamativo y curioso es la aparición debajo del alero de la estatua de un guerrero turco, de grandes mostachos y tocado oriental, que blande una espada en una mano y se protege con el escudo en otra, en madera policromada. Hay leyendas acerca del origen de lo que ya es un símbolo de la ciudad. Cerca de allí, en la Hofgasse, una de las más bellas tiendas que hay probablemente en toda Europa, es una pastelería panadería que fue proveedora de la casa real, no podía ser menos. Es una obra maestra de ebanistería, marquetería y en resumen arte de la madera . La tienda existe desde el siglo XVI.

Vamos a una plaza, cuyos adornos actuales son enormes paneles de espejos limpísimos en los tres lados de la plaza. De momento desconciertan al peatón que se ve reflejado al tiempo que no pierde la visión de ninguno de los rincones de la plaza.

Entramos en la Catedral, de redondas cúpulas de color verde y fachada en estilo barroco aunque su interior es gótica.

Después entramos en el patio donde está el edificio del Burg, sede actual del Gobierno del Estado Federado de Estiria. Vemos una placa relieve con las letras A E I O U, de tantas posibles interpretaciones, desde la histórica a la burlesca. Hay una famosa escalera de caracol, en piedra, con la particularidad de que es doble. Data de final del siglo XV.

Volvemos al parque para tomar el autobús y hacer una excursión por la zona conocida como las colinas del vino. Antes visitamos el palacio Eggenberg, a las afueras de la ciudad. Tenemos que pagar sólo por entrar al recinto exterior, un gran jardín concebido como un parque natural que en este día cálido y luminoso disfrutamos especialmente. Está aprovechado como lugar de exposición de obras contemporáneas al aire libre. Los árboles y arbustos parecen propios de un jardín botánico, si no fuera porque en este país se ven por todos los sitios. Veredas, caminos y prados. Hay bancos donde la gente lee tranquila y si vamos en su busca, en zonas laterales, nos topamos con animales que conviven pacíficamente entre los visitantes: pavos reales y corzos. El palacio mismo es un soberbio edificio, el más lujoso de la región, en tonos ocres y blancos, con un gran patio en el centro y tres pisos con arcadas que dan a él. En el centro hay uno de esos grandes monumentos contemporáneos que no siempre se entienden y que ocupa toda la superficie. Tiene un interior digno de conocer pero no es posible en esta ocasión.

Continuamos nuestro camino hacia la zona del vino. El paisaje es suave, de colinas y lo que más nos llama la atención es el cromatismo que proporciona la vegetación, tanto los árboles y prados como las infinitas combinaciones de flores de todos los colores que se encuentran en jardines particulares, en parterres y maceteros de plazas y calles de los pueblecitos que atravesamos, en el alféizar de cada una de las ventanas y balcones de todas las casas. Se diría que aquí las flores no marchitan nunca y se conservan rozagantes como recién salidas. Paramos en uno de esos pequeños pueblos para comer. Se están preparando para celebrar una fiesta del Vino, y la calle principal está “tomada” literalmente por los puestos de degustación y venta, que adornan con ramajes de vid y calabazas, de las que hemos visto muchísimas en los campos, grandes y amarillas, y con flores secas y otros objetos de madera policromada, tan bonitos y frecuentes por estas tierras.
Después de comer volvemos a Graz donde aun llegamos a tiempo de ver el antiguo reloj, en una plaza del interior, el Glockenspielplatz, en lo alto de un edificio que fue relojería. Se abren las ventanas de la parte alta y salen dos grandes figuras talladas en madera, vestidas con traje tradicional, ella con el trapo propio de una cantinera y él con una copa en la mano y bailan al son del carillón. La tradición data desde hace cien años pero los personajes no parecen cansarse. El rito se termina con el sonido de un gallo que hay en lo alto.

La ciudad de Graz está llena de gente a lo largo de todo el día, sus terrazas no tienen una mesa libre y la gente pasea por la calle.
Esa misma noche tenemos a nuestra disposición el salón de un restaurante cercano al hotel, en el que celebramos una despedida cordial, con agradecimiento a los organizadores del viaje y propósitos de uno nuevo al año que viene.


VIERNES 3 DE OCTUBRE

Podemos disponer de una mañana entera para conocer mejor la ciudad o ver lo que aún queda por visitar. Vemos el edificio de la antigua universidad de los Jesuitas, de fachada barroca y patio renacentista donde descubrimos una hornacina con el grupo escultórico de Hércules matando a la Hidra. Nos cuentan la historia de la fundación de la orden de San Ignacio y el papel que este edificio tuvo para la expansión de la orden.

El río es parte importante de la ciudad. Desde sus puentes hay bellas y variadas perspectivas que se descubren esta mañana con ojos nuevos. Lo más novedoso y uno de los monumentos representativos de este año en que Graz es ciudad cultural es la “isla” sobre el río, otro monumento arquitectónico que ha sido construido en la ciudad para este año junto con el Kunsthaus. Se trata de una especie de islote artificial, colocada en medio del río, que resulta ser una pasarela con un ensanchamiento en el centro en la que hay un anfiteatro y un café. Está hecha con elementos metálicos y cristales, en una innovadora forma que destaca desde las márgenes del río. La atravesamos y en el otro lado entramos a la iglesia de Mariahilfe, Seguimos por este barrio, descubriendo más iglesias, fachadas y detalles en ellas. Finalmente, en la pequeña plaza al lado de la iglesia de los franciscanos, tomamos una salchicha como si fuéramos vecinos de la ciudad, una cerveza en la concurrida terraza de esa misma plaza y nos reunimos todo el grupo en las escaleras del monumento al príncipe Juan para volver al Parque a coger el autobús que nos llevará de vuelta a Viena, directamente al aeropuerto, donde embarcaremos hacia las siete de la tarde.

Ponemos así el punto final a un viaje que ha sido un éxito de organización, cultura, diversión, compañerismo, disfrute estético y que nos deja un buen sabor a todos.


Assela Alamillo Sanz.

Madrid, 18 de Octubre de 2003