domingo, 14 de enero de 2007

VIAJE AL VALLE DE BOI Y AL VALLE DE ARÁN

14-V-03 al 19-V-03

Salimos de una ciudad en ebullición por el próximo y largo puente de San Isidro, Rafa, Nuria y yo. No tenemos que pelearnos con el atasco en las radiales porque esta vez vamos en tren, en trenecito más bien. Sale puntual a las 3 menos cuarto y va lleno hasta los topes. Nos toca, incluso, separados a los tres. Los cristales de uno de los lados están opacos, empañados y sucios a la par y ni siquiera se puede disfrutar del paisaje que está verde por la estación del año y por lo mucho que hasta ahora ha llovido. En Zaragoza se vacía el vagón y nos sentamos como queremos, Rafa leyendo y nosotras hablando. Parece que sea final de trayecto, porque pasa el tiempo y el tren no sale. Llevamos ya retraso que se va a acumular en el resto del trayecto hasta Huesca. Están haciendo grandes obras, no sé si el AVE a Barcelona o una nueva línea a Francia, pero lo paga el servicio diario de este tren que llega por fin con cuarenta y cinco minutos de retraso. Paco había salido con tiempo a esperarnos a la estación, con una hora y cuarto que, acumulada a los tres cuartos con los que no contaba, hacen dos horas de paciencia que le revalidan méritos para la santidad.

Nos lleva al hotel Pedro I, frente al parque, lujoso y cómodo hotel del que sólo usamos la habitación. Enseguida nos trasladamos al Coso, a un bar donde esperan unos buenos amigos de Paco y Nuria, Rafa Martínez de Albornoz y su mujer Teresa, profesora de arte en la universidad de Huesca. Luego se añadirá su hijo Pedro y ocupamos una mesa frente al televisor y al lado de otra con ocho comensales todos hombres atentos a la pantalla. El motivo es que el real Madrid juega en Milán contra el Juventus por clasificarse en la Copa de Europa. Los de la mesa de al lado participan activamente en la táctica del juego, nosotros más en la charla amigable y sobre todo en saborear una suculenta cena basada en entrantes muy apetecibles: ensalada, gambas, espárragos trigueros a la plancha y de segundo guisos sabrosos especialidad de Pascual, el dueño, hombre socarrón, hincha del Barça, que llama traidor a Figo cuando falla el penalti y que es el cocinero de las especialidades de pollo de corral guisadito a modo de pepitoria y de la carne melosa que dicen está buenísima. Las tres mujeres estamos en un extremo, de espaldas a la pantalla, como debe ser, y nos dedicamos con fruición a ambas cosas, la cena y la conversación. Ellos tampoco lo pasan mal porque se ríen y hablan al tiempo que comentan las jugadas. Paco renuncia al segundo plato y hace bien, Rafa debería haber hecho lo mismo pero la presión y la tentación han sido demasiado fuertes. Sigue el postre y después la especialidad del Rafa oscense: unos gin tonics que suele preparar él en el mismo bar por la confianza que se tienen y que, en efecto, están ricos. Esta noche, incluso, se lava las manos antes de elaborarlos, parece que en nuestro honor. Nos reímos con este tema Lo mejor de la cena es el final, porque nos invitan generosamente los amigos y lo peor para algunos es que pierde el Real Madrid 3 a 1 y le descalifican de la competición.

Volvemos al hotel tras un pequeño paseito en el que dejamos a los amigos en su casa, una edificio con la solera del tiempo, de estilo racionalista, en una calle frente al parque en la que todos los edificios son casas magníficas, rodeadas de jardín, sin que ninguna construcción moderna rompa la armonía.

Dormimos bien y a la mañana siguiente, pronto, nos vamos a desayunar a un bar que no es el del hotel. A las diez en punto nos viene a buscar Teresa que amablemente se ofrece a hacernos de guía por los edificios artísticos de Huesca. Subimos –porque hay una empinada cuesta- hasta la plaza de la catedral, con el Ayuntamiento, el palacio del Obispo, la casa racionalista de “las lástimas” muy cerca, otras dependencias de la catedral, con fachada de piedra noble que no desentonan, y árboles en el centro. La fachada de la catedral está hecha de una mezcla de estilos, con un alero enorme, propio del estilo aragonés, un tanto artificial, pero su interior es muy armónico y bonito, diáfano, casi cuadrado porque no tiene ábsides. Está presidido por el magnífico retablo renacentista de Damián Forment que nos iluminan para disfrutarlo. Teresa, incluso, aparta la barrera de protección que vale para los turistas normales y nos acercamos hasta el mismo pie del retablo. De ello se beneficia un extranjero culto, que habla bien español y se había dirigido antes a Teresa preguntándole por la iluminación del retablo. Viaja con su mujer haciendo, por lo que se ve, un turismo selecto.

Apreciamos así detalles que junto a su explicación nos hacen disfrutar mucho más de la obra de arte, expresiones y posturas, detalles y diferencias. También por privilegio de la amistad, subimos –todos menos Rafa- por una pequeña escalera de caracol que conduce a los “entresijos” de la catedral, a la capilla que hay detrás del óculo del retablo, algo propio de los retablos aragoneses que no se ve en los de otros lugares. Es una pequeña capilla, con suelo de cerámica muy antigua, del siglo XIV, y encima del altar, un pequeño retablo también de la época que enmarca una verdadera obra de arte, una bella tabla en alabastro de Forment, de reducidas dimensiones, que se cree fue la prueba que presentó el artista para ser contratado por la catedral para hacer el gran retablo del altar mayor. Está representada en ella la escena de la Epifanía y ésta sí está policromada, como debería haber estado el grande si no se les hubiera terminado el dinero. Después de verla si nos parece que hay que lamentar la falta de dinero en aquellos tiempos porque hubiera quedado muy bien. Rafael nos espera en la grandiosa sacristía, con unos muebles de madera tallada espectaculares.

La siguiente visita es a la Iglesia románica de San Pedro donde nos atiende una señora muy agradable, la guía oficial que no nos queda claro si es Antonia o Sonia y que en un tono suave y calmado, nos va contando lo más relevante de lo que vemos. El claustro, reconstruido en la mayoría de los capiteles, es muy bonito, del mismo autor que los de San Juan de la Peña. Aun tiene edificios adosados, algo frecuente en estas iglesias, que ahora intenta el Ayuntamiento dejarla exenta por la parte de los ábsides.

No se logrará por todos los lados de la iglesia, sin embargo, porque la parte que corresponde a la fachada principal está ahora ocupada por una tienda singular. Es un “ultramarinos” clásico y de ella hasta el título es bonito, se llama “La Confianza”. Entramos como si de un monumento se tratara ya que la visitamos y no compramos nada. Es un negocio familiar que se transmite de padres a hijos y la dueña nos cuenta de sus proyectos futuros. Está detenida en el tiempo, verdaderamente, lo que ya resulta un atractivo para muchos de nosotros. El techo tiene pinturas de un autor del siglo XIX, León Abadía, que, muy preparado culturalmente, ha reservado el lugar principal a la representación del dios Hermes-Mercurio como patrón de los comerciantes que era. Nos permite ver la gran cueva, de varias estancias, que hay bajo la tienda, ahora convertidas en un pequeño muestrario etnológico, muy antiguas y húmedas pero bien conservadas.

La plaza a la que da esta tienda es agradable, con los edificios recién pintados, muy cuidada, con soportales bajo dos de los cuales hay un mercado de flores y plantas. Da una nota de color y aprovechamos la ocasión para comprar un ramo a Teresa. Nos separamos y nosotras tres vamos haciendo compras que serán la reserva alimenticia para los próximos días. Nos despedimos de la amiga y, cerca de la una de la mañana, salimos hacia las montañas, el objeto de nuestro viaje que ha tenido este gastronómico y artístico prólogo no previsto.

Vamos en dirección a Barbastro y en el camino, enseguida de salir, aparece el castillo de Monte Aragón, con su histórico perfil. El campo está en su mejor momento, verde salpicado de flores, especialmente los “ababoles”. Pasamos por el pantano Joaquín Costa y vemos esculturas de hierro bonitas y modernas en sus orillas. Seguimos por la carretera hacia Graus. Es la hora de comer y paramos a la entrada del pueblo. Hay un mesón al que asoma la cabeza Nuria y sale a llamarme para que también yo emita un juicio. Rafa, que nos conoce, cuando ve la cara de Nuria, ya se da la vuelta para así ganar tiempo porque ha adivinado que no nos va a gustar. El bar es popular y ruidoso y nos dirigimos a otro que hemos dejado atrás aun a riesgo de que sea más caro. Entramos en Itaca, y nos encontramos en un sitio agradabilísimo, igual que el nombre, al aire libre, con césped, mirador sobre el pantano o río que en este momento rebosa agua, con vistas a un puente de época medieval que lo atraviesa, la ladera frondosa de una montaña en frente, en fin, claramente más apetecible que el anterior. Las mesas, repartidas por el jardín, con sombrillas. Sólo una de ellas está ocupada por dos personas que hablan alemán. El camarero, bien amable, nos ofrece el menú. Comemos muy bien, dos ensaladas y dos pimientos rellenos, tres longanizas con monchetas y yo cordero, de postre nos repartimos los restos que les quedan. El precio es también razonable, lo que favorece la digestión... Tras una pequeña sesión fotográfica, seguimos el viaje pensando que hemos empezado bien.

El camino se va estrechando pues es un valle profundo que nos lleva a las altas montañas por el cauce del río Guara. Nos metemos en un desfiladero, el Congosto de Ventamillo, como todos estos parajes impresionante. Paramos en un recodo para admirar los altísimos farallones y escuchar el ruido del agua del río que baja impetuosa.
Llegamos a Benasque, ya en pleno Pirineo, paraje de alta montaña y hacemos una parada para recorrer el casco antiguo del pueblo, con casas señoriales, como la del torreón del palacio de los Marqueses de Ribagorza, con ventanas renacentistas, cerca de la carretera o la casa Faure, al lado de la iglesia. Por primera vez vemos la iglesia del pueblo rodeada de un recoleto y agradable recinto, con césped y árboles, formando una plaza interior.

Sin más paradas seguimos el viaje, cambiando de valle, dirección Pont de Suert, para llegar a nuestro destino. Cierta emoción al descubrir, ya en el valle de Boí, el primer campanario de iglesia románica que sobresale entre el pequeño caserío de color gris oscuro, amontonado entre la vegetación, en la ladera del monte. Pero, al llegar a Tahull, tras una pronunciada subida, de cerradas curvas, el panorama no puede ser mejor. El sol de la tarde ilumina el paisaje con esa luz rojiza del ocaso, y la iglesia de San Clemente, la joya de las iglesias, como comprobaremos, se nos aparece solitaria, como un vigía a la entrada del pueblo que se encarama en una de las laderas. Hay también construcciones modernas, respetuosas con el entorno, con puertas y ventanas cerradas. No hay mucha gente. Luego nos enteraremos que estamos en temporada baja

Llamamos por teléfono a la Nati y unos metros más arriba encontramos nuestro alojamiento por tres días. Es un apartamento de dos habitaciones y salón, en un primer piso de un edificio, como todos en la montaña, de pizarra y buenas maderas, que da a un ensanche con pretensiones de plaza, con vistas al valle, precioso panorama sólo alterado por una inmensa grúa amarilla enfrente. Sentados en la mesa del comedor se ve San Clemente y tendremos ocasión de disfrutar la iglesia y su entorno bajo distintos aspectos: en la puesta de sol, en la sombra del atardecer, con la iluminación artificial de la noche, en la luz matinal cuando el sol aún no ha hecho su aparición por encima de la montaña, y finalmente, cuando la inunda con los primeros rayos. No nos cansaremos de mirarla porque es una iglesia de proporciones y hechuras tan logradas, con un color de la piedra especial, que atrae más que ninguna, además de la buena situación que ocupa, entre prados y aislada de los demás edificios.

Esa misma tarde salimos a pasear por el pueblo y ya descubrimos, al lado mismo de nuestra casa, la otra iglesia, Santa María, en el centro del pueblo. Está abierta y vacía y entramos. La estructura arquitectónica, que volveremos a ver en las demás iglesias, es de grandes y rústicas columnas de piedra, sin basa ni capitel, inclinadas levemente, que sostienen la techumbre de madera a dos aguas. Hay, incluso, unos tirantes que de muro a muro, contrarrestan la tendencia a inclinarse de las columnas, debido a que fueron construidas sin ninguna cimentación. Al fondo las tres capillas, las dos pequeñas que corresponden a los ábsides laterales y la central en la que, con buena lógica, han puesto una copia de las pinturas que se llevaron al Museo de Arte Románico de Barcelona y que decoraban el ábside principal, una gran representación de la Virgen sentada con el Niño en sus rodillas, enmarcada en la almendra y otras figuras en la parte baja.

Paseamos por el pueblo, viendo las construcciones antiguas. Observamos varios alojamientos rurales y seguimos el paseo bajando hasta San Clemente. Inauguramos el apartamento con la estufa catalítica de butano que nos caldea bien el comedor.


Viernes. 14
Aparece un día espléndido, sin una pequeña nube en el cielo. El valle se va iluminando por el sol invitando a salir pronto para disfrutar de la jornada. Así lo hacemos y empezamos visitando el interior de San Clemente que está muy preparado para el turismo, con carteles informativos e incluso vídeo. Lo más novedoso, arriesgado y bonito es la ascensión por la torre, con una instalación interior de cinco tramos de escalera y su correspondiente plataforma muy bien hechas, agotadora hasta llegar a la última, desde donde se contempla el valle en sus cuatro vertientes que hoy parece recién estrenado.

Seguimos a Boí donde nos informamos sobre la visita al Parque Nacional de Aigües Tortes. Hay que contratar los coches de servicio público allí mismo, en la plaza. Un hombre mayor, curtido por el sol y el aire, de rostro impasible, parece sestear al sol pero es el que controla el tema y nos dice que esperemos. Mientras, Nuria hace compra en el súper hasta que nos llega el turno. Subimos en una furgonetita conducida por una chica joven, Begoña se llama, muy agradable. Rafa y yo vamos a su lado delante. Con nosotros van otros dos matrimonios que en este trayecto no hablan pero que a la vuelta se desquitarán, sobre todo uno de ellos y nos enteraremos de sus circunstancias. El recorrido al parque dura unos veinticinco minutos y es una ascensión entre paisajes preciosos. Vemos un lago pequeño que se llama La Llebreta porque tiene –o tuvo- forma de liebre pequeña. También una cascada. Nos dejan arriba, en un paraje de donde nos volverán a recoger a las cuatro parejas a las dos de la tarde. Tenemos dos horas para ver el paraje y primero nos dirigimos a un punto cercano señalado como mirador. Abajo hay una presa pequeña y al otro lado el valle entre altísimas montañas. El paseo lo iniciamos por un camino muy llano y fácil, a la vera del río San Nicolau. Un poco más arriba se complica un poco. Es bonito pero tiene muchos árboles caídos, ya convertidos en leña y parece un poco descuidado. A la vuelta pasamos por un puente de madera muy artesanal y una plataforma de la misma madera, que como una alfombra, sigue un recorrido por el otro lado del río, adentrándose en el bosque, hasta salir al camino principal. Ahora está bastante nublado y hace algo de fresco.
Nos recoge otro taxista, de aspecto elegante con su jersey azul marino“de cocodrilo”, en un todo terreno muy rústico que conduce mucho más agresivamente que Begoña. Vamos hablando con los ibicencos que nos dan algún consejo para la excursión de mañana. Nos despedimos de ellos en Boí y antes de subir a Tahull recorremos las calles del abigarrado y tortuoso pueblo de Boí donde no parece vivir ni un alma. El río hace un salto verdaderamente grande, cual cascada, bajo el pequeño puente dentro del pueblo. Volvemos a nuestro apartamento para comer tranquilamente –y barato- y reposar para coger fuerzas.

Salimos por la tarde pero el tiempo ya es distinto, está nublado. La dirección es Vielha, y hay que pasar el túnel, cinco kilómetros por debajo de la tierra, en un estrecho, antiguo y frecuentado túnel. Se sube mucho y en el camino vemos frecuentemente saltos de agua que se despeña desde las altas cimas de la montaña formando cascadas. El agua está presente por todas partes, luego entenderemos mejor por qué. A la salida del túnel la carretera empieza a bajar como un tobogán porque Vielha está en el fondo de un cerrado valle, el famoso Valle de Arán, con una lengua propia y una arquitectura popular también particular. Pasamos por el Parador Nacional, que está aún en lo alto, cerca del pueblo y, sin detenernos, seguimos dirección Baqueira.

Ya desde arriba nos sorprende la cantidad de construcciones modernas que circundan el viejo núcleo urbano, situación que se va a repetir a lo largo de nuestro recorrido por los pueblos de la zona aunque sean muy pequeños y estén encaramados en sitios que parecen inaccesibles. Estos edificios de apartamentos son muy bonitos, bastante uniformes porque los materiales son los mismos, fundamentalmente piedra de granito, pizarra y buenas maderas. Se utilizan más en invierno, en la época del esquí.

Llegamos a Salardú, unos 12 kilómetros más allá. Como siempre, buscamos la Iglesia parroquial. Aquí es la de San Andrés, con un recinto ajardinado perteneciente a la parroquia, que tiene una fuente en medio donde juegan unos niños del pueblo. Anexionado a la iglesia, el pequeño cementerio, al que se puede entrar, con tumbas en el suelo. La torre es octogonal y la portada bellamente labrada. El interior es gracioso, con unas pinturas tardías (siglo XVIII) de las que nos entretenemos en reconocer las escenas representadas y en el altar mayor un Cristo románico que parece tener mucho mérito, además de ser muy bonito. Leemos que tiene planta basilical y no acabamos de saber la diferencia con otras. Como todas, tiene pequeños arcos lombardos en sus ábsides.

Hacemos una compra en un súper que está a punto de cerrar y volvemos al coche. En lo alto del monte se divisa una pequeña localidad que debe ser Unha, inmersa en la verde ladera como un adorno que rompe la monotonía del color.

Unos kilómetros más allá, de vuelta hacia Vielha, está el pueblo de Arties, que tiene un
Parador Nacional del que no habíamos oído hablar y que nos parece muy bonito. Por el medio discurre el río Garona, pequeño pero ya bravío y caudaloso. Tiene una casa del siglo XVI, la de los Portolá, de aspecto alemán medieval, con una ancha torre coronada por un techo de pizarra en forma de chapitel que parece sacada de un cuento y la estatua en bronce verdinegro del personaje que da nombre al edificio. Vemos otra casa señorial con ventanas renacentistas muy bonitas y otros edificios cuidados y bellos. Subimos a la Iglesia de Santa María que está cerrada. Mientras contemplamos su exterior empieza a llover, lo que nos temíamos desde hace rato y el ambiente se oscurece y enfría. No se puede hacer otra cosa que ir lo más deprisa posible al coche y volver a casa. El camino debe ser un cierto suplicio para Paco, que conduce todo el tiempo bajo una lluvia constante que a veces se vuelve torrencial, como si el cielo se abriera de par en par. Desde el balcón observamos que sigue lloviendo metida ya la noche y nos acostamos con la incógnita y el temor de que el día siguiente pueda continuar esta situación.

Sábado 17
Las leyes climáticas de la montaña nos sorprenden gratamente porque el día ha amanecido precioso, sin una nube. Hay más nieve en las cumbres y la atmósfera y la naturaleza están limpias, luminosas (¡como no, con la que les cayó ayer¡). Parece que esto es frecuente en las montañas y ahora favorece nuestros planes. Después de desayunar salimos otra vez en dirección a Arán y el paisaje aún nos parece más bonito que ayer.

Esta vez nos dirigimos al oeste de Vielha, hacia Francia y llegamos a Bossost, a unos veintidós kilómetros. Es un pueblo con aire gascón, sus vecinos franceses al otro lado de la frontera, y se nota en sus calles el aire de pueblo fronterizo. Por el medio discurre el Garona y nos sorprende que ha ensanchado considerablemente y el agua lleva una fuerza impetuosa y un caudal sorprendente para lo joven que aún es. Es una lástima que se la disfruten los franceses, que ya tienen bastantes más ríos caudalosos en su territorio y se nos despierta la “envidia patria”. Rafa sugiere una obra hidráulica que cambiara el curso de la corriente y la orientara hacia la península, a ver si llegaba hasta Sevilla pero es sólo un deseo.

Paseamos por el pueblo, rodeando la iglesia de Era Assumcion de Maria (Hemos descifrado los artículos en aranés: er, era, el y la) Los ábsides, uno de los cuales está reconstruido en moderno. Una portada lateral muy oscura, presenta un motivo iconográfico que luego veremos repetido que parece ser Jesucristo y los símbolos de los evangelistas rodeándolo. También tiene arquerías lombardas en la torre. La portada de la puerta principal también está labrada. Parece representar un juicio final muy ingenuo. Entramos y sólo recuerdo una estatua de Virgen “románica” de 1990, según leemos. No pega nada.
Luego trepamos, más que pasear, por el pueblo, ya que las calles están en pronunciada pendiente. Nos llama la atención el remate lateral de los tejados de las casas, con unos salientes horizontales a modo de escalera, como casitas dibujadas por un niño. El paisaje que se ve desde lo alto es bonito, con la montaña al otro lado. Las casas cuidadas y con muchas flores en las ventanas y al lado de las puertas. Por las calles cercanas a la carretera y el río, muchas tiendas. Entramos a tomar un café y compramos en un horno un dulce.


Volvemos por la carretera y unos ocho kilómetros más allá, en dirección a Vielha, entramos en un pueblecito pequeño llamado Es Bordes, siguiendo el consejo del matrimonio ibicenco que se mostraron entusiasmados con este recorrido. Y en efecto, se lo agradecemos desde aquí porque también nosotros tendremos el mismo sentimiento. Seguimos una pista asfaltada, en buen estado salvo dos o tres momentos en los que sólo hacía falta reducir al máximo la velocidad, que sale del mismo pueblo y enseguida discurre entre árboles altísimos, abetos, avellanos y abedules y pinos negros que contrastan con el verde intenso de los otros. Son ocho kilómetros a lo largo del curso del Joeu (Judio) en los que descubrimos parajes de impresionante belleza. En un momento dado, vemos en frente los picos aún nevados de dos montañas conocidas, el Aneto y la Maladeta, que pertenecen al valle contiguo, el de Benasque, en Aragón, pero que asoman sus altas cimas entre las laderas recubiertas de árboles de este valle. Paramos el coche en una pequeña pradera para descender hasta un sitio privilegiado. Se llama los Uelhs deth Joeu (Los ojos del judio, en aranés) y es la salida al exterior de unos caudalosos manantiales subterráneos, que proceden del valle de Benasque y que se abren en cuatro ramales, despeñándose sus aguas impetuosas por cauces salvajes en la montaña, entre un estruendo de agua al chocar y un despliegue de cascadas que pintan de color blanco y transparente todo el paraje. Es una impresión gratísima estar asomados a la baranda protectora contemplando y escuchando el salvaje discurrir del agua. Nos fotografiamos con la pretensión de llevarnos algo de esta naturaleza que se muestra entre tanta belleza y seguimos subiendo hacia el final de la pista, donde nos aguardan otros panoramas igualmente bellos.

Un poco más arriba la carretera se termina. El paisaje se ha abierto y un espectáculo grandioso aparece ante nuestros ojos. Se denominan las praderas de Artiga de Lin y, en efecto, dos praderas escalonadas, surcadas de pequeñas flores amarillas, separadas por un pequeño riachuelo, se extienden bajo un impresionante circo en las laderas de los montes Aneto y Maladeta, en el que aun hay enormes extensiones de nieve. Otras muchas montañas, como gigantescas murallas, nos rodean, brillantes en sus cimas por la nieve y el reflejo del sol en esta limpia atmósfera. No cabe el paisaje en el objetivo de una cámara pero lo llevaremos grabado en la retina. Paseamos por las praderas y nos dan ganas de subir hasta tocar la nieve, que en un falso efecto óptico, parece cercana.

En el camino, un inmenso y solidificado nevero de nieve, horadado en el centro por donde discurre el agua, a un lado y otro del camino, sucio en su superficie de barro y pequeñas ramas, gotea en los extremos por el calor y ofrece un curioso espectáculo más propio de la alta montaña. Parece que está en el mismo estado a la vuelta que a la ida, porque ingenuamente pensábamos que, si se derretía entretanto, nos teníamos que quedar ahí hasta agosto.

Seguimos la carretera y son tan amables nuestros chicos, que nos suben a Vilac un pueblecito al que se debería subir en funicular, porque está en lo alto. Una vez arriba, entramos en el pequeño parque del recinto de la iglesia de San Feliu, lleno de árboles y con una enorme fuente más propia de un pueblo grande, que resulta el mejor mirador de la zona para contemplar, a un lado y otro –pues el pueblo está situado en el vértice- el valle que surca el río Garona. Abajo las urbanizaciones de Vielha, de las que brillan al sol los negros tejados de pizarra, la línea plateada del río paralela a la de la carretera y al otro lado la feraz vegetación de las laderas. La iglesia está cerrada y solo contemplamos el exterior de la portada románica del siglo XII. La estilizada torre es vestigio de un antiguo castillo.

Llegamos por fin a Vielha y aparcamos porque es la hora de comer. Elegimos un acogedor restaurante de decoración alemana y nombre francés, Chapeau, que anuncia comida italiana, ¡esto es Europa¡ Nos ofrece un menú sin demasiados atractivos pero compensado por lo agradable del entorno. Tampoco nos arruina el precio y nos llevamos buen recuerdo. Está situado frente a la plaza principal del pueblo, donde está el Ayuntamiento y la Iglesia de San Miqueu (San Miguel), que tiene planta románica, modificaciones de estilo gótico, por ejemplo la portada y la torre del campanario, y acabados del siglo XVIII. Dentro, en el altar mayor, hay un bonito retablo gótico en cuyo centro está representado San Miguel matando al dragón rodeado de otras escenas sin demasiada conexión entre ellas. Nos llama la atención una Sagrada Cena en una mesa redonda (como si fueran los caballeros de la Tabla Redonda en torno al rey Arturo) que conversan de dos en dos entre ellos, sin hacerle demasiado caso a Jesucristo. Un altar barroco lateral con una copia de la Sagrada Familia de Rubens, creo, delante del cual está una pila bautismal románica con bajorrelieves vegetales y geométricos. Delante del altar central, de cara a la nave una talla del siglo XVI de la Virgen de Mijarán, patrona de la zona, muy bien restaurada, con los colores muy vivos. En la nave, a un lado, una vitrina conserva un figura mutilada de un Cristo románico, el de Mitjaran, resto conservado desde el siglo XII de un monumental conjunto escultórico hoy desaparecido, que parece tiene un gran valor.

Después nos llevan –porque a ellos les apetecería más instalarse en el parador tranquilamente- y lo agradecemos mucho, a un pueblo pegado ya al núcleo urbano de Vielha, a Betren. Buscamos lo que creemos es la iglesia, una torre simple en su estructura, sin aparente nave, que resulta ser el cementerio. Seguimos por la calle principal, donde encontramos casas señoriales, con esas ventanas típicas de aquí, renacentistas, bordeadas de piedra labrada. Al final está la iglesia de San Sernih (¿Será San Serenin?, desconocido santo, por cierto). A estas horas está cerrada y la rodeamos viendo los ábsides, con arquerías, y la fachada que representa un original juicio final, como ya lo habíamos visto en Bossost.

Seguimos y un poco más lejos está Escunhau, por el que paseamos cuesta arriba buscando la iglesia de San Peir (San Pedro?) que está en lo más alto del pueblo. En el camino alguna casa bonita, estilo aranés. Están haciendo la calle, adoquinando y sólo vemos la silueta de la iglesia y una pequeña portada que da al recinto del cementerio anexo, tan limpia que parece actual, con figuras románicas de estilo simple.

Damos por terminado el rosario de iglesias aranesas y, en consideración a Rafa, reemprendemos el camino al valle de Boí con la intención de tomar una infusión en el hotel balneario de Caldes de Boí.

Por el camino nos paran en Barruera y Nuria y yo bajamos rápidas para ver de cerca la pequeña iglesia de San Feliu, de los siglos XI y XII, que tiene delante un jardín con grandes árboles.

Llegamos al Balneario y nos dicen que está cerrado pero que podemos pasear por el lugar. Es muy curioso lo que encontramos, manantiales y fuentes por todo el paraje, hasta treinta y siete. Algunas protegidas por una construcción, como la de los Bous, que se embotella para distribución comercial. Otras con un pequeño monumento, como la del rebeco. Bebemos un poco porque sale caliente. Deben de tener muchas propiedades, con tantos elementos en su composición y la gente del lugar viene con garrafas a llevársela. También nos encontramos una impresionante bajada de agua desde lo alto de la montaña que contemplamos, -y oímos- desde un puentecito. En otra zona hay un estanque con dos majestuosos cisnes paseándose tranquilos.

Volvemos ya a casa donde Rafael, cansado, se queda y nosotros tres aun nos damos un paseo a pie intentando llegar a la ermita de San Quirce, pero no llegamos. Descubrimos que desde un extremo del pueblo hay una magnífica vista, con San Clemente como centro, rodeado de altas montañas y Paco me promete que nos traerá mañana para la foto final. Cerca del pueblo hay un complejo de hotel y apartamentos para esquiadores pero no llegamos, está demasiado alto para ir a pie.

Arreglamos las cuentas con la dueña en su tienda, La Ginesta, y ya a descansar de este magnífico día, en que no ha llovido ni una gota y todo ha salido muy bien.


Domingo, 19
Día de vuelta con alicientes. Paco nos deja visitar dos pueblos durante la ruta y Nuria ya ha hecho la elección. Primero entramos en Errill la Vall, otro pueblecito del valle de Boí, cuya iglesia, Santa Eulalia, tiene la torre más alta de todas, de seis pisos iguales entre sí. Está en medio del pueblo y tiene de particular el pórtico exterior perfectamente conservado. Entramos y vemos el grupo escultórico del desprendimiento, reproducción de las auténticas figuras románicas que se conservan en los Museos de Cataluña. Son siete, bien conservadas, descubiertas en 1907 porque estaban enterradas en el claustro: Cristo, dos soldados que están desclavándole, la Virgen y San Juan y en los extremos los dos ladrones. La iglesia, modificada porque ya no conserva las columnas, tiene un coro donde se ha instalado un pequeño museo.

Del pueblo siguiente, Barruera, sale la carreterita que trepa hasta alcanzar el valle de Durro, muy alto, en el centro del cual está el pueblo del mismo nombre, con bien conservados ejemplos de la arquitectura popular del valle, y presidido por la iglesia de Santa María de la Natividad. Bella y esbelta torre y el cementerio al lado, como siempre.

El viaje continúa sin problemas. De Benabarre a Huesca y de ahí, por la autovía hasta Calatayud, donde hacemos una parada táctica, para comer algo, y llegada feliz a Madrid, hacia las seis y media. Un estupendo viaje en donde todo, empezando por la compañía, ha sido bueno.


Madrid, 20 de Mayo del 2003

Assela Alamillo Sanz

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