miércoles, 29 de noviembre de 2006

ha pasado una semana

Ha pasado una semana desde la muerte de la tía Mª Antonia. Me apena muchísimo ver llorar a mi madre, su hermana, y oír llorar -por el teléfono- a mi tía Mª Carmen. parece que ésta no lo lleva bien, le está costando muchísimo superarlo y la echa mucho de menos. También es verdad que ella la visitó cuatro veces en los dos últimos meses en los que la tía sufrió tanto que deseaba la muerte como descanso a tantas penalidades y esto es más duro que los que lo hemos seguido a distancia entre nuestra cómoda rutina. La vida es triste y tiene estos desgarros que en esta cómoda Europa los vivimos atenuados. Cuando pienso en las muchas muertes que se producen en IraK, Afganistán, Líbano, cada una de las cuales ocasionará un dolor semejante a los nuestros en los seres que se han visto privados de los suyos, niños, jóvenes, padres, mujeres... es tan terrible que se explica que nos insensibilicemos en parte ante ello. La vida es efímera. Este término lo acuñaron los griegos, Homero, hace ya tantos siglos, veintinueve ni más ni menos. significa "de un día" y todo lo que tengamos de bueno hay que valorarlo en cada minuto. Ahora estamos tristes por la muerte de la tía pero hay que disfrutar de lo bueno que la vida también nos ofrece aún sin perder esta idea de "Contingencia" que todo tiene. Pasado mañana hubiera sido el cumple de Mª Antonia, ningún año se me olvidó llamarla por teléfono, notar su alegría por ello, y hablar un buen rato porque siempre me decía que no había problema con el tiempo. Quería a la familia y yo sentía que me quería mucho. Cuando el ser que te quiere falta, se nota más, se materializa ese cariño que damos por supuesto en la vida. Habrá que reflexionar y valorarlo sin darlo por supuesto porque cuando falta, duele.

viernes, 24 de noviembre de 2006

el adiós a un ser querido

Es duro el enfrentamiento con la muerte. se nos ha ido la tía Mª Antonia, la única no casada y por tanto entregada a su marido e hijos. Bien es verdad que ella estaba entregada a Dios y así lo había decidido desde jovencita pero nunca se despreocupó por los suyos, sus hermanas y hermano, sus sobrinas y sobrinos, sus sobrinos de segunda generación, de los que anotaba los nombres y fechas cuidadosamente para llevar la cuenta, y hasta de los sobrinos de tercera generación, que correspondían a biznietos, especialmente la pequeña y graciosa hija de Blanca Lamana que la visitaban con frecuencia. Era madrina de tres de nosotras. Yo la quería mucho. Desde pequeña, antes de entrar en el convento, cuando bajaba de casa, en la calle Paseo de Teruel de Zaragoza, a jugar con ella en casa de la abuela, hasta este verano pasado en que la hemos visto dos veces, nunca dejé de estar en contacto escrito o real con ella y siempre con el mismo cariño que estoy segura ella también sentía por mi. Su muerte, en circunstancias tan dolorosas en los dos últimos meses, me ha apenado muchísimo. Espero que ahora nos proteja desde el cielo.

jueves, 16 de noviembre de 2006

CRÓNICA DE UN VIAJE A ROMA

Barrunto que desearé retornar a Roma cuando llegue el momento de marcharme (Goethe)

Roma, donde la historia se ha hecho arte y la eternidad da la mano al presente


Autora: Assela Alamillo Sanz
CRÓNICA DEL VIAJE A ROMA.
15 de Marzo a 28 del mismo mes de 2003

Día 15, sábado
Salimos a media mañana de estos gozosos idus de Marzo, con un poco de retraso y, tras un buen viaje llegamos a Fiumicino una hora más tarde de lo previsto. El avión estuvo dando alguna vuelta sobrevolando la zona, tal vez por falta de pista. La visibilidad era buena y ya pudimos ver a lo lejos el núcleo urbano de Roma, que iba a ser el objeto de nuestra actividad en los próximos días. Las maletas tardaron media hora más. Cuando por fin salimos junto al público, no vimos a nadie de momento, casi no nos extrañó, pero enseguida oímos la voz de Sonsoles y la alegría del encuentro y de saberse arropadas por la amistad nos produjo gran tranquilidad y confianza. Efectivamente, conduce por Roma y los alrededores con seguridad y conocimiento del medio. Vimos de lejos la zona del EUR, la ciudad fundada por Musolini, émulo pretencioso de la Roma histórica. Llegamos a su casa, en el barrio de Monteverde, donde termina el Trastévere. Es una zona muy bonita, con casas antiguas que eran residencias veraniegas de principios de siglo, alguna muy bien conservada aún y con jardines alrededor en los que hay todo tipo de árboles que dotan a la zona de un colorido variado. Su inmueble es moderno, de cuatro alturas, con vistas a tres lados y dos hermosas terrazas desde donde, al mirar al exterior, te parece estar en una localidad balneario.

Tras instalarnos, Sonsoles se ofreció a darnos una vuelta en el coche y tomar contacto real con la ciudad admirada. Subimos al cercano monte del Gianícolo, desde donde se disfruta una magnífica vista de la ciudad que ya está iluminada: las cúpulas, el Vittoriano, los puentes... Vemos la estatua de Garibaldi y cerca de él, más pequeña, la de Anita Garibaldi, su mujer. Nos deleitamos de nuevo con la contemplación de la ciudad junto al Faro, regalo de la comunidad de italianos afincados en Argentina. Otra paradita delante de la embajada de España, que está en un sitio magnífico, al lado de la Iglesia de SAN PIETRO IN MONTORIO, una de las tres españolas de Roma. Está cerrada pero podemos admirar el TEMPLETE DE BRAMANTE, modelo de la arquitectura renacentista. Al lado está la Academia de España y cerca el FONTANONE, que en este momento está in restauro y los andamios no nos dejan admirarlo.

Descendemos a la ciudad y produce gran emoción ver la PIAZZA DI SAN PIETRO solitaria, bellamente iluminada, grandiosa, sugestiva, cuando pasamos a su lado en el coche que disminuye la velocidad. Atravesamos el Tíber y aparca en la Via Vittorio Emanuele. Vemos el edificio de su trabajo en Via Paola y entramos en la primera de muchas iglesias, SAN GIOVANNI DEI FIORENTINI. Tiene una fachada de época barroca, hecha por Giacomo della Porta, el mismo arquitecto que terminó la cúpula de San Pedro. Vemos una escena que se repetirá siempre: una mendiga arropada en un manto negro, sentada junto a la puerta de entrada, extiende la mano, ajena a la monumentalidad del lugar y formando ya parte ella misma de la fachada de la iglesia. Entramos. Están en misa y no podemos avanzar pero la impresión de la magnificencia del barroco nos alcanza por primera vez en este viaje. Mármoles multicolores y semipreciosos, pórfidos, jaspes, ágatas que seguiremos viendo en tantas iglesias como entremos, capiteles de los tres órdenes, especialmente jónicos y corintios, baldaquinos, pinturas al fresco que no dejan espacio libre, oro y plata y todo en perfecto estado de limpieza y conservación.

Salimos y con el coche recorremos el Lungotevere de Farnesina y de Rafael y volvemos a casa.

Hemos quedado con Antonio Mandarano, el amigo italiano, (que estrena coche), y nos lleva al Testaccio, barrio de moda en este momento, para salir a cenar en uno de los muchos locales que hay en él. El restaurante es muy agradable, con pinturas en las paredes, -siguiendo la tónica romana-, grande, con diversos espacios, todo lleno de gente bulliciosa que empieza el descanso del fin de semana. Tomamos nuestra primera comida italiana y conocemos las “croquetas de arroz”, de oliva, de mozzarella, y las pizzas correspondientes.

A la salida tenemos que ir andando un poco hasta encontrar el coche que lo ha aparcado en la Via de la Pirámide Cestia. Hace frío, viento, y una vez en el coche nos da, de nuevo, una gran vuelta por otras zonas de Roma. Vemos la muralla Aurelia iluminada, la pirámide Cestia. Nos sube al barrio del Aventino donde nos aguarda una sorpresa: mirando por la cerradura de una puerta en la Plaza de los Caballeros de Malta se ve primero el seto del jardín y al fondo, nítidamente, la cúpula de la basílica de San Pedro en el Vaticano. Luego nos damos cuenta en el mapa que está en línea recta pero la impresión primera es de sorpresa y admiración. Es una de las sorpresas que Roma reserva a los que la conocen bien y a nosotras el hecho de hacernos partícipes de estos detalles, nos hace sentirnos turistas privilegiadas. El barrio es tranquilo, señorial.

Salimos de él y seguimos el recorrido. Vemos los templos del Foro Boario, el de Hércules Victor, redondo y por eso mal llamada Templo de Vesta, y el del dios Portumnus, nombre que evoca el antiguo puerto instalado en este lugar del río. Pasamos también por el teatro de Marcelo, bajo el Campidoglio, saludamos a los Dioscuros desde dentro del coche con la promesa de volver de día a contemplarlos de cerca. Termina la primera tarde con una buena impresión y nada cansadas.


16, domingo
Nos lleva Ignacio en coche y en su recorrido vemos por primera vez el Circo Máximo, las magníficas ruinas del Palatino que se levantan como fantasmal palco sobre el Circo, y el Coliseo. Sube hasta lo más alto del Esquilino para aparcar en SANTA MARIA LA MAGGIORE. La emoción es grande. Él forma parte del coro de la iglesia y vamos a oír una misa cantada. Antes de la hora de la misa, nos da tiempo de visitar la cercana iglesia de SANTA PRASSEDE, donde entramos de golpe en contacto con una maravillosa técnica artística muy frecuente en las iglesias de Roma: el mosaico. Es ésta una iglesia verdaderamente bonita, en la que confluyen todas las técnicas artísticas, como veremos que sucede en tantas otras, suelos cosmatescos, tan característicos de las iglesias de Roma, pinturas, arquitectura con elementos aprovechados de épocas anteriores, pero en la que sobresale -y se nos queda grabada- la bonita y valiosa capilla de San Zenón, con luminosos mosaicos bien conservados del siglo IX. Al salir de la iglesia, la rodeamos para ver la que sería su puerta principal que resulta ser un verdadero templo romano, con las columnas de ese tiempo en su pequeño atrio. Ésta será la constante en Roma, el aprovechamiento de materiales artísticos de todos los tiempos, especialmente de la Roma clásica de los primeros siglos, el hermanamiento de lo pagano y lo cristiano, que da como resultado un armonioso testimonio plástico de la Historia.

La iglesia de Santa María la Mayor está llena de gente que escucha la misa con devoción. Está iluminada y por todas partes hay arte propio de todos los siglos: mosaicos bellísimos, algunos muy antiguos, pinturas, estucos dorados, el baldaquino, capillas barrocas espléndidas, techo plano propio de planta basilical y refulgente de oro, suelo cosmatesco. El campanile emerge de dentro del edificio. Fue construido en el siglo XIV, es el más alto de Roma. Las dos fachadas barrocas de la iglesia son tan bonitas por delante como por la parte trasera donde se distinguen bien el ábside y las capillas. En una de las plazas que rodean la iglesia, la de la entrada principal, una inmensa columna con capitel corintio, procedente de la basílica romana de Magencio, con una estatua de la Virgen en lo más alto, en ese intento de los Papas de cristianizar los testimonios paganos. En la plaza, del otro lado, uno de los muchos obeliscos que vamos a encontrar estos días, que procede del Mausoleo de Augusto. (Se me viene a la cabeza el refrán castellano que dice desnudar a un santo para vestir a otro que es lo que pasó en Roma durante el poder del Papado, despojaban de adornos los templos y monumentos conmemorativos o funerarios de los dioses y emperadores de la antigua Roma para adornar los lugares de culto del cristianismo y sus propios mausoleos)

Por donde mires a tu alrededor, en cualquier punto de Roma, la encuentras bonita y armoniosa, con una arquitectura y un color diferente del de otras ciudades. Cuando las fachadas no están restauradas, tienen un color del pan recién cocido, con desconchones incluso, pero da igual, tienen encanto. Pero en esta ocasión encontramos la mayoría de los edificios pintados y renovados, seguramente por el efecto del año 2000. Las ventanas son siempre iguales, y por tanto crean armonía, todas con contraventanas de librillo, en madera de color verde o marrón o gris, entonadas con la pintura de las paredes, con arquitrabes curvos o en ángulo, que denotan distinción. Mirando hacia lo alto, vemos muchas terrazas –áticos- cuidadas y valoradas. La vista que desde cada una de ellas se tenga, será la de una Roma inédita.

A la salida de Misa Ignacio y Sonsoles nos llevan a TÍVOLI, a unos 30 kmtos de Roma, ciudad encaramada en una alta colina en un entorno verde. Vamos directamente a la VILLA D´ESTE. No elige mal sitio el cardenal Hipólito para hacerse una villa, que, además de las pinturas que contiene su interior, bonitas como en cualquier otro palacio, tiene algo que la hace única, unos bellísimos jardines que caen en interminables terrazas construidas en las laderas del monte, salvando con arte el desnivel, con árboles centenarios, fuentes colosales y otras más pequeñas, estatuas de personajes mitológicos (Pegaso, Neptuno, Atenea, la sibila Tiburtina que hemos aprendido era Ino, hija de Cadmo rey de Tebas, que se lanza al mar en un rapto de locura con su hijo pequeño y los dioses la convierten en Leucótea, precedente pagano de la Virgen del Carmen, y otros más), estanques abundantes, recoletos paseos entre setos, flores, ruido del agua por doquier, la vista de las casas de Tívoli y al fondo la inmensa llanura.

Comemos en un restaurante cercano y por la tarde vamos a visitar la VILLA ADRIANA. Está en los alrededores, a unos 5 Kmts. y primero entramos a estudiar la maqueta que intenta reproducir lo que fue esta gran ciudad del ocio que el culto emperador, del que la villa recibe su nombre, se construyó lejos del Palatino. Hace falta dosis de imaginación para recrearla pero la catalogamos entre las maravillas del mundo antiguo. Damos un largo paseo por entre sus ruinas y los carteles nos van ayudando a identificarlas: la Stoa Poikile, (Pórtico artísticamente decorado, abigarrado, sería la traducción literal) uno de los grandes monumentos vistos por Adriano en Atenas que quiso reproducir en su villa (como cuando nosotros nos traemos una pequeña reproducción de una estatua clásica y la ponemos encima de la estantería pero él a lo grande), hay restos de la Biblioteca, del Teatro, de las Termas, de un Ninfeo, de dependencias para pretorianos, para extranjeros, de templos, de su propio palacio, pero lo más llamativo es la reproducción del Valle del Canopo, que se encontraba en Alejandría, de Egipto, el lugar donde se ahogó su amante Antinoo. Es un estanque oval, alargado, con restos de columnas, arcadas y estatuas bajo ellas. Hay un grupo de Cariátides muy bien conservadas. Es bonito. En el paseo de salida encontramos los restos de un templo a Venus. Se nos ha olvidado ya el viento frío que soplaba, a pesar del radiante sol, y nos queda la impresión del contacto directo con la historia y la recreación de la belleza que debió imperar en este lugar privilegiado, cantera de tesoros artísticos, especialmente de estatuas, que hoy pueblan los principales museos y villas de Roma.

Cuando volvemos a Roma nos desvían para que conozcamos la ciudad del EUR, con sus avenidas, estatuas, la basílica, el palacio de congresos etc.

Y todavía antes de llegar a casa nuestros excelentes anfitriones nos acercan hasta la basílica de SAN PAOLO FUORI LI MURI que visitamos. Es la mayor después de S. Pedro, es impresionante por su grandiosidad, tamaño, riqueza y belleza; nos impone. Muchas de sus altas columnas con capiteles corintios proceden de las antiguas basílicas romanas del Foro. Hay un bellísimo mosaico en el ábside y otro encima del arco de triunfo. Es una pieza de orfebrería monumental el sagrario y el candelabro del bautismo. El Claustro es armonioso, con geminadas columnas helicoidales algunas de ellas decoradas con piedras preciosas, el arte cosmatesco. En él están depositados restos de todos los tiempos como un sarcófago romano muy bonito de tema mitológico. En el exterior el gran atrio de columnas corintias, del que sobresale el tímpano y la fachada con coloristas pinturas y en su centro la casi amenazante estatua de San Pablo con la espada en la mano, debajo de cuyo pedestal uno se siente poca cosa al mirar hacia arriba y encontrar su rostro.

El día ha empezado con una basílica y termina con otra, a cual más bonita, un “capicúa basilical”. Enseguida se nos viene a la cabeza una frase de Goethe, personaje subyugado por Roma y de cuya estancia en la ciudad dejó un Diario de Viaje: “en Roma uno se acostumbra a verlo todo magnificado”


Día 17, Lunes.
Nos llevan los amigos hasta la Vía de la Lungara, en el Trastévere. Vemos la casa donde vivió Rafael Alberti en su exilio romano. En la Vía Corsini, en un pequeño entrante de la calle, frente al palacio del mismo nombre que se levanta imponente al otro lado, pegados al muro color tostado de un edificio y rodeados del enjambre de motos aparcadas a su lado, descubrimos dos elementos ornamentales que se van a repetir en muchos lugares de la ciudad: una fuente compuesta de un caño que derrama el agua sobre un magnífico sarcófago de época romana, con estrígilos y figuras en el centro y a los lados, y encima de él un altarcito a la Madona, pintada tal vez por un artista importante, y protegida por un cristal, dentro de una hornacina con soporte y arco semicircular.

Vamos hasta el palacio de la FARNESINA, que hoy está abierto. Llegamos antes de la hora y observamos el jardín, muy bonito, y el edificio que Baltasar Peruzzi le construyó al banquero Agostino Chigi y que él utilizó como lugar de encuentro cultural entre amigos humanistas y cultos. Es un modelo de edificio del renacimiento, abarcable y armonioso. Luego lo adquirió Alejandro Farnese del que deriva el nombre. Estamos solas. La entrada en la sala de Eros y Psique, que antes había sido una loggia, es emocionante. Están ahí todos: los dioses del Olimpo, los héroes, los semidioses, entre elementos vegetales, formando grupos armónicos y reconocibles. ¡Merece la pena arrostrar un ligero dolor de cuello y no dejar de mirar a lo alto para empaparse de esos personajes que, sumidos en su artística atmósfera, siguen ajenos a los actuales visitantes! La novelesca historia de amor entre Eros y la bella Psique, transmitida por Apuleyo, no ha podido reflejarse más dignamente que en este espacio, templo de estética y arte. El colorido es magnífico tras una buena restauración. Se siente la técnica de Rafael y sus discípulos y hasta Miguel Angel dejó su tarjeta de visita en una enorme cabeza pintada en un muro del palacio, dice la tradición.

Destaca el triunfo de Galatea en otra sala y las bodas de Alejandro y Roxana en la planta de arriba y podríamos seguir enumerando hasta completar un tratado mitológico y legendario.

Cruzamos el Tíber por el Ponte Sixto que, como todos los demás puentes, tiene su propia historia, contada en un cartel a la entrada. Ahora es peatonal y en ella se asientan personajes marginados que piden o venden y que ya vemos forman parte de la idiosincrasia de la ciudad eterna. Entramos en el barrio del Campo Marzio, una zona antigua que apetece conocer hasta en sus más pequeños rincones y callejas, llena de sorpresas. Seguimos por la estrecha Vía de Petinari, la de los plateros, y nos tenemos que parar porque un camión de mudanzas está descargando en un piso alto con una grúa ¡una gran columna estriada! Hay otra más en el camión. Las meten por la ventana y por el peligro de que nos caigan encima nos retienen el paso. Aprovechamos sorprendidas para seguir la operación pensando que esto es Roma, que en otro sitio habríamos visto una mesa o un aparador y aquí vemos columnas renacentistas, si no romanas. Nos encontramos con una imponente fachada barroca de color marrón viejo por el tiempo, es la IGLESIA DE LA TRINITÁ DEI PELLEGRINI, está cerrada.

En una pared cualquiera de una de estas calles encontramos (y fotografiamos) una fachada que sólo puede estar en Roma: tres magníficas columnas romanas, de basa labrada pero desgastada por el tiempo y capitel jónico con volutas bien conservadas, están soportando un edificio ya viejo pero actual por donde discurren los cables de la luz y están sujetos los focos que iluminan la calle. Sus ventanas son de madera marrón de librillo, como tantas en la ciudad. Entre las columnas, una tienda modesta con dos huecos recubiertos de cristal oscuro. Uno es la puerta, el otro el escaparate que anuncia con letras de colores que fino al 15 de Marzo camicie, abiti, giacche, maglioni y scarpe están rebajados.

Doblamos a la izquierda buscando la PIAZZA DEI FIORI, un centro vital de esta zona, llena por las mañanas de puestos principalmente de frutas y verduras de mil colores y formas. Hay personas que compran, algún vendedor que sestea al sol, al lado de su puesto de zapatos, curiosos que admiran el colorido de los productos de la tierra, ejecutivos bien vestidos que vienen del café de media mañana y turistas que se sientan en las gradas de la imponente estatua de Giordano Bruno, que preside la plaza, ofreciendo un contraste de seriedad y tragedia entre el alborozo cotidiano que reina en el lugar. (En este mismo sitio fue quemado vivo por la Inquisición en 1600) Los edificios ocres y amarillos de la plaza tienen unos puntos atractivos en sus ventanas: son las banderas con los colores del arco iris y el lema PACE que se ven por todas partes, reflejo de la tensión y contestación política del momento, en vísperas de la guerra de Irak.

Salimos por el teatro de Popeo, cuyo recuerdo sólo se aprecia en la superficie por la curvatura de los edificios pero en donde el subsuelo deberá seguramente contener otros restos, en esa Roma oculta, sólo accesible para iniciados, que nos haría falta una vida para conocer.

Nos topamos con la IGLESIA DE SAN ANDREA DEL VALLE, de la orden Teatina, con la cúpula más grande después de la de S. Pedro. Entramos. Es una enorme iglesia barroca donde los mármoles refulgen y donde podemos admirar pintura y escultura a la par, en la mayor soledad y ambiente propicio. En todas las iglesias de Roma que contienen obras de pintura y escultura de artistas consagrados, hay a la entrada de la nave principal un mural con el plano del templo y la indicación a base de números de los nombres de los autores y temas de la composición, lo que ayuda mucho a los visitantes que entran atraídos por el legado artístico y quedan, de momento, deslumbrados.

A la salida nos sentimos aturdidas por el estruendo de la circulación de la Vía Vittorio Emanuele que nos devuelve a la realidad cotidiana. Enseguida hay motivo para desviarse cuando nos atrae el PALAZZO DELLA CANCILLERÍA, grandísimo edificio, el mayor, creo, recién renovado a juzgar por el limpio color claro de sus paredes. Pasamos al patio, con dos pisos de arcos de medio punto y dos más construidos por encima. Entramos también en la enorme iglesia, que ya empieza a parecernos vista porque tenemos una nebulosa de naves centrales, cruceros, capillas laterales y ábsides magníficos, bóvedas pintadas que se entremezclan en nuestro recuerdo ¡y no hemos hecho más que empezar...!.

Seguimos a la PIAZZA NAVONA, antiguo estadio de Domiciano, que aún conserva la curvatura propia de estos recintos en uno de sus lados. Es un lugar turístico por excelencia, lleno de gente de todas las razas y naciones a todas las horas del día. Hoy, especialmente, vemos grupos de estudiantes. Admiramos las tres Fuentes, sobretodo la de los Cuatro Ríos de Bernini, el Nilo, el Ganges, el Danubio y el río de la Plata, que simbolizan los cuatro continentes conocidos en aquella época, a los que intentamos identificar sin demasiado éxito, y que están rodeados por animales y plantas de sus correspondientes países.

La IGLESIA DE SANTA AGNESE IN AGONE, esa joya barroca obra de Borromini, está “in restauro”. Se levanta en el lugar donde cuenta la leyenda que fue martirizada la Santa, como tantas otras iglesias en Roma. Su interior, ovalado, no muy grande, y con capillas alrededor, es muy bonito.

El Palacio Pamphili, que Inocencio X mandó construir y que luego regaló a su cuñada y amiga Olimpia, (olim pia (en otro tiempo piadosa) según rezaba un letrero en las estatuas parlantes y que conoceremos en un magnífico busto del museo Doria Pamphili) es hoy embajada del Brasil. Enfrente otra iglesia de españoles y a su lado dependencias del instituto Cervantes.

Nos adentramos por las viejas calles al lado de la Plaza y nos topamos con una torre medieval con cuatro ventanas que van de mayor a menor a lo largo de ella y rematada con un bello alero. La vieja pintura de la pared se resquebraja y deja ver la argamasa de su interior pero el conjunto iluminado por el sol es bello.

Muy cerca, entre Palacios ocres y trattorias famosas, está la CHIESA DE NUESTRA SEÑORA DE LA PACE, obra de Borromini, blanca, de atrio redondo con columnas, en una pequeña y simétrica plaza, (como tantas veces en otras plazas veremos que se busca la simetría para producir belleza). Tiene un claustro renacentista, la primera obra de Bramante en Roma, de dos plantas, la primera con arcos y la segunda arquitrabada. Entrando por un arco, a mano izquierda, salimos a una pequeña y solitaria calle, donde nos topamos con un ambiente casi medieval, con dos casas de ese tiempo, cubiertas en verano de hiedra pero ahora visibles y descarnadas.

Seguimos callejeando por la Vía del Goberno Vecchio, buscando EL PASQUINO, que al fin encontramos con sus correspondientes mensajes pegados en la basa, según la costumbre que se inició en el siglo XVI de colgarle a la estatua carteles que manifestaban públicamente de este modo las críticas o reivindicaciones del ciudadano anónimo contra los Papas o las autoridades de su tiempo. Parece que lo inició un ingenioso y contrahecho sastre, vecino del lugar y de nombre Pasquino. Es una mutilada estatua romana, copia de un conocido grupo escultórico griego que representa a Menelao con el cuerpo de Patroclo, según se narra en la Ilíada. Esta mañana hay un matrimonio italiano que está grabando con su cámara el folio de protesta por la guerra actual y, al oírnos hablar español, se dirigen a nosotras y se solidarizan por la situación en que nuestros respectivos gobernantes nos han metido... La estatua forma parte de otras cuatro más, diseminadas por la ciudad, que se llaman por ello “estatuas parlantes”y que servían al mismo fin e incluso se respondían unas a otras.

Continuamos nuestro recorrido y en un edificio, por el exterior de la plaza, vemos los escondidos restos de las arcadas inferiores del estadio romano que subyace en la Piazza Navona. Un poco más allá un bello rincón con una fuentecita de las tantas que hay en Roma. Pasamos –y entramos- por la IGLESIA DE SAN EUSTAQUIO, con un atrio de columnas jónicas y una torre románica y un interior barroco. Enfrente una casa con pintura en la fachada. Es la única iglesia donde nadie se quiere casar. Hay una explicación y es que el símbolo de este santo es un ciervo y una gran cabeza de este animal, rematada por enormes cuernos, se erige en lo alto de la fachada… Basta esta alusión para hacer desistir a los ilusionados novios de entrar en ella.

Nos topamos, porque esa es la impresión primera que uno recibe cuando está delante, con una mole inmensa de ladrillo, envejecido por la pátina de los siglos. Es la parte trasera del PANTEÓN, que nos lleva a la plaza ROTONDA. Casas modestas, pintadas con colores alegres, ventanas marrones de madera, en el centro el pequeño obelisco sostenido por la base barroca, dentro de una fuente obra de Giacomo della Porta, con escaleras en su base que sirven de asiento a los numerosos viajeros que ya hay en esta época. Presidiéndolo todo el impresionante atrio con las altísimas columnas de granito del Panteón de Agripa, como reza en la visible inscripción, que fue reconstruido en tiempos de Adriano, siglo II. Entramos y admiramos, sentadas, la grandiosidad, perfecta ejecución y belleza de su interior, testimonio casi intacto de la época romana, donde se crea una atmósfera indescriptible que contagia sosiego.

Está la Tumba de Rafael, el maestro de pintores, entre otros artistas y las de los reyes de la casa de Saboya, con unos personajes vestidos anacrónicamente delante de una mesa, recogiendo firmas, imaginamos que de los nostálgicos de la monarquía.

Cerca entramos en el patio de San IVO DE LA SAPIENTIA, armonioso dentro de su gran tamaño, donde en verano se celebran conciertos. No podemos entrar en la capilla.

Salimos para buscar la IGLESIA DE SAN LUIS DE LOS FRANCESES, de fachada realizada por el ya conocido Giacomo della Porta. En su interior unos paneles muy didácticos nos preparan para el encuentro de los cuadros de Caravaggio y su contemplación nos emociona. Están perfectamente iluminados (tras echar 50 ctmos) Son tres, la Conversión de Mateo, San Mateo y el ángel y El martirio de San Mateo. La iglesia está llena de otras extraordinarias piezas y muchos recuerdos a la cultura francesa.

A la salida buscamos la Vía Coronari, donde predominan las tiendas de anticuarios y llegamos a la oficina de la Consejería para recoger a Sonsoles. Conocemos la oficina y a los compañeros, así podremos a partir de ahora situarla en su ambiente real. Volvemos con ellos a casa.

Por la tarde el punto de partida vuelve a ser Vía Paola a donde hemos acompañado a Sonsoles, que tiene que trabajar. Nosotras vamos al cercano Puente de Sant Angelo hasta el Castello. El sol ilumina las estatuas del magnífico puente peatonal y la mole del edificio produciendo, como ya nos tiene Roma acostumbradas, una belleza especial con el color del atardecer.

La ruta que tomamos es la calle que un Papa Giulio mandó abrir para que los peregrinos llegaran en una línea más recta desde el Trastévere al Vaticano. Se llama por ello Vía Giulia. Es peatonal, como tantas otras calles y plazas en el centro de Roma y una de las pocas rectas en esta parte del Campo Marcio. Es una verdadera obra de arte toda ella, hay palacios como el Saccheti, el Falconeri, iglesias como la de los Armenios, en la que también entramos y de la que nos atrae su recogimiento y simplicidad. Hay tiendas de anticuarios y de repente nos damos cuenta que a nuestro lado camina un hombre con tres grandes bolas ¡de oro!, -aparentemente es oro- y se dirige hacia uno de estos establecimientos. Ya no nos extraña nada. Nos asomamos a las calles que la cruzan, leemos el nombre de un oratorio que anuncian como obra de arte pero está cerrado. Al volver una esquina encontramos un palacio, el Ricci, que hace ángulo formando una pequeña plaza con adoquines en el suelo; tiene pinturas en tonos grises en frisos de la fachada. Es muy bonito.

Encontramos la trasera del renacentista PALACIO FARNESE, actual embajada de Francia, y entramos en la Plaza Farnese para contemplarlo de frente. Es imponente, armonioso, elegante. En sus formas se adivina el buen hacer artístico de Miguel Angel, que ha dejado su impronta y está muy bien restaurado. Es una pena no poder entrar a visitar su patio, sus estancias y sobre todo los frescos de los hermanos Carraci. En la amplia plaza dos simétricas fuentes con unas enormes bañeras de bronce. De momento choca la elección de éstas como elementos ornamentales hasta que nos enteramos que proceden de las Termas de Caracalla, transformadas por Rainaldi en el siglo XVII y este hecho que las dignifica, nos hace mirarlas con otros ojos.

Recuperamos el Corso Vittorio Emanuele y entramos en dos iglesias más: SAN LORENZO IN DAMASO, de la que no tenemos impresión especial y la CHIESA NUOVA, o SANTA MARIA IN VALLICELLA, una de las barrocas más grandes de Roma, encargada por San Felipe Neri. Su fachada la termina Fausto Rughesi, en 1605 y es una copia casi exacta de la iglesia de los Jesuitas, el GESÚ que hizo Giacomo della Porta. Esta de Santa Maria es lujosa y la recordaremos por la luminosidad de su blanca fachada y en el interior, por un cuadro de Pedro Pablo Rubens que representa a Santa Domitila, San Nereo y San Aquileo y especialmente por el magnífico fresco que ocupa todo la bóveda de la nave principal, de Pietro da Cortona. Al final de la calle nos encontramos otro viejo palacio que se llama Zecca donde trabajó Cellini.

La tarde la terminamos toda la familia en una conocida Pizzería de Vía Trastevere tomando una pizza.


Día 18, Martes.
Inauguramos los trayectos en el tranvía 8 que nos deja en el Largo Argentina. Vamos juntos con Sonsoles e Ignacio. Contemplamos las ruinas de los templos de la época republicana que hay en Largo Argentina, tres de base rectangular y uno de planta circular, de los que quedan podios y columnas, cerca de los cuales fue asesinado Cesar en los Idus de Marzo. Vamos andando por la Vía Torre Argentina a Pz Rotonda y a salir a Rinascimento y a la Pz. Navona de nuevo, que contemplamos a esta temprana hora de la mañana con otra luz.

Nos disponemos a conocer otro aspecto de la antigüedad y hemos elegido la mejor manera de hacerlo: visitar el MUSEO ALTEMPS, un bello palacio construido por Martino Longhi el Viejo que en el siglo XV se llamaba Palacio Diario. Contiene la colección de obras conocidas como Ludovisi, algunas de gran fama y difusión y es precisamente este hecho lo que hace que, al encontrarse realmente ante ellas y poderlas contemplar detenidamente, la emoción sea aun mayor. Y es eso lo que sentimos ante el Trono Ludovisi que representa el nacimiento de Venus y en los laterales dos relieves de figuras femeninas, una tapada ante un timioterio y otra desnuda tocando una flauta doble, ante la cabeza monumental de Juno, ante sarcófagos impresionantes, con escenas de luchas o sobre todo ante el magnífico grupo escultórico de época helenística que representa al Galo suicida que ha matado a su mujer antes de suicidarse él mismo. También aprendemos que el Ares Ludovisi ahora se le tiene por Aquiles y lo han agrupado a una escultura que representa a Tetis, su madre, que acude junto a él en compañía de un tritón, para traerle las armas con las que volverá a la lucha. En los diversos salones donde están expuestas las esculturas, contemplamos bellísimas pinturas murales.

El patio porticado del palacio es una joya arquitectónica, en el que aun están situadas en el mismo lugar para el que se diseñaron, cuatro grandes esculturas antiguas. En el centro, adosada a un muro, una fuente con mosaicos y conchas que deja ver el escudo de armas de la familia. En la loggia del primer piso esculturas de bustos de emperadores, preciosas pinturas murales y otra fuente con tres sátiros esculpidos.

La mañana continúa paseando por la misma zona. Vamos en busca de la Pza y la IGLESIA DE SANTA MARIA SOPRA MINERVA, en cuyo centro se encuentra la escultura hecha por Bernini del elefantito sosteniendo el pequeño obelisco. A los romanos no les infunde respeto este noble animal –aunque de reducidas dimensiones- y le han bautizado como el “polluelo o el cerdito” de Minerva, degradándole de categoría pero sin restarle belleza al conjunto.

Entramos en la Iglesia que contiene en su denominación, hermanadas, el nombre de la diosa romana de la inteligencia y el de la Virgen María del cristianismo, contraste que en Roma no es tal, como vemos por todas partes. Es la única iglesia romana de interior gótico, estilo artístico que escasea en esta ciudad que tiene tanta sobra de otros estilos. Nos impresiona la talla de Miguel Angel que representa un Cristo resucitado, pero que también podría ser un Apolo griego. La magnífica Capilla Carafa, de Fray Lippo Lippi, no la podemos ver de cerca porque la están fotografiando unos profesionales. En una capilla un sarcófago pagano, con un relieve de la lucha de Hércules con el León de Nemea, del siglo I, aprovechado como tumba cristiana de un personaje del medievo. También tenemos la sorpresa de encontrar la tumba de Fra Angelico, el sensible pintor.

Salimos y observamos la plaza. En un extremo asoma la inmensa cúpula del Panteón, de tonos marrones. El elefante y el obelisco son de color blanco y brillan al sol y, como un marco al conjunto, los edificios de color siena con ventanas verdes. En el otro lado, en la pared de un lujoso hotel, hay una inscripción en piedra incrustada en el muro, como tantas otras en las calles de Roma, que también nos invita a su lectura y esta vez sí conocemos al personaje al que evoca, es Stendhal, el escritor francés que vivió aquí y, al igual que tantos extranjeros sensibles, también se enamoró de la ciudad. Isabel conoce su historia y sus obras, lo que nos ayuda a notar su rastro.

Por la Vía del Gesú alcanzamos la Iglesia del mismo nombre. Entramos y nos sentimos abrumadas ante el barroco en su expresión más exagerada. No lo podemos abarcar y, sentadas en el último banco, inmersas en su grandiosidad, descansamos las fatigadas piernas y reponemos fuerzas sin intentar ni siquiera captar lo que nos rodea.

Seguimos por la ruidosa Vía del Plebiscito hasta la Pza Venecia, que contemplamos por primera vez. El gran monumento erigido en tiempos de Musolini, el Vittoriano, atrae la mirada por su enormidad. El color blanco del edificio se vuelve luminoso en este radiante día de sol y hasta la gran escultura de verdoso bronce del rey Víctor Manuel, de la que nos consta su enorme tamaño, parece pequeña en su emplazamiento delante de él. Subimos por la Vía del Corso hasta torcer en la Pz de la Colonna. Es impresionante encontrarse de golpe con la COLUMNA DE MARCO AURELIO, monumento conmemorativo de las hazañas del emperador que hoy preside uno de los centros neurálgicos de la Roma actual.

En un flanco de la plaza el monumental Palacio Chigi. Cogemos las pequeñas calles, Viccolo Burro y otras. Nos encontramos con la Pz. di Pietra, con el edificio de la Bolsa y esa impactante hilera de altas columnas estriadas que formaban parte del templo de Adriano, bien conservadas desde el siglo II d C como testigo de otros tiempos. Seguimos hasta encontrarnos con la bellísima y armónica Plaza de San Ignacio, del siglo XVIII, de colores amarillo y blanco, con lámparas imitando velas en las ventanas y balcones, compuesta por varios edificios simétricos. Pasamos por la Vía Pie di Mármol en la que, hacia la mitad, encontramos algo que justifica tal nombre: es un enorme pie de mármol, resto probablemente de una estatua colosal, apoyada en una esquina en la confluencia de otra calle, desgastada en su parte exterior por el roce pero bien conservada en la parte que protege el muro, en el que se percibe claramente la forma de una sandalia romana. Testigo de la antigüedad, hoy soporte de bolsas de basura junto a su pedestal y apoyo para bicicletas. Pero aún conserva el mensaje y el misterio de su origen, que da lugar a estimular la imaginación y a esperar otras sorpresas.

Comemos en casa, muy buena comida romana, con los amigos y por la tarde vamos con ellos en taxi hasta la Estación Términi, donde cogen un tren a Bolonia. En este escenario recordamos la película americana del mismo título, de nuestros tiempos.

Entramos a ver el patio arqueológico y la librería del MUSEO DELLE TERME, construido en las antiguas Termas de Diocleciano pero no lo visitamos. Descendemos hasta la concurrida Plaza de la REPÚBLICA, con sus edificios semicirculares y simétricos y la fuente en medio y seguimos por la ruidosa Vía del XX de Septiembre. Entramos en la CHIESSA DE SANTA SUSANA, de un tremendo barroquismo. La fachada es de Carlo Maderno, escultor además de arquitecto, de 1603. Actualmente es la iglesia nacional de los americanos en Roma. Su estilo marca la separación entre barroco y manierismo.
Después visitamos la cercana SANTA MARIA DE LA VICTORIA, para ver de cerca el famoso grupo escultórico de Bernini del Éxtasis de Santa Teresa, que es una hermosísima y conocida obra, muy representativa del barroco.

Siguiendo hacia abajo la misma calle encontramos la CHIESSA DE SAN CARLO A CUATRO FONTANE, obra maestra de Borromini, ovalada como otras del mismo autor, con un patio también ovalado. Lleva este epíteto porque efectivamente, en cada esquina de cruce de las dos calles, hay la representación de una fuente, al modo clásico de la figura masculina, echada sobre una vasija que derrama agua.
Esta pequeña plaza es un enclave privilegiado porque en tres de sus calles se distinguen perfectamente tres obeliscos, el de Sta Maria la Mayor, el de la Plaza España y el del Quirinal. Eran efectos estéticos que los Papas buscaban.

Más abajo está la CHIESA DE S. ANDREA DEL QUIRINAL, o San Andrea dei Fratti, la obra preferida de Bernini, pequeña, redonda y muy bonita en su interior.

Llegamos a la Pza del QUIRINAL, en cuyo palacio del mismo nombre, otro bello ejemplo de arquitectura iniciada en el siglo XVI y con remates del siglo XVIII, habitaron los Papas primero, después de la unificación fue residencia real y actualmente es la residencia del Presidente de la República. La plaza es peatonal y resulta un descanso después del fragor del tráfico. En el centro se alza otro obelisco, procedente también del mausoleo de Augusto que está flanqueado por unas grandes esculturas de los gemelos Cástor y Pólux, héroes de la mitología griega que adquieren gran popularidad y culto entre los romanos. Están de pie, en estudiada postura, con los caballos a su lado y se encontraban en las Termas de Constantino. Es tradición, y así lo dice la inscripción de sus pedestales, que son copias romanas de ejemplares griegos hechos ni más ni menos que uno por Fidias y otro por Praxiteles. En verdad son magníficos y perfectos en su armonía. Desde el mirador se divisa un bello panorama de la ciudad y descubrimos también, como si de un decorado se tratara, una enorme luna llena en el despejado cielo nocturno.

Descendemos hasta toparnos con la COLUMNA TRAJANA, que vuelve a tener andamios en su parte inferior porque siguen trabajando en la base. Es un monumento impresionante y su contemplación, no por ser más conocida, impresiona menos. Entramos a la Pza Venecia desde el lado contrario que lo hicimos esta mañana, por lo que se puede apreciar el antiguo palacio de Venecia, primera obra del Renacimiento en Roma, con su torre defensiva, sus almenas y ventanas en las que se marca la cruz en piedra blanca, débil pero suficientemente iluminado y llegamos a Largo Argentina para tomar el tranvía que nos lleva a casa, con los ojos tan llenos de arte como las piernas de cansancio.

La anécdota graciosa de día es que en este último tramo, atestado de gente y tráfico, al atravesar la Pz. Venezia nos topamos con un gladiador romano, de los más elegantes por la calidad de su coraza, sus cuidados adornos dorados y cintas de cuero, capa púrpura y espada reluciente, que también se retira a su casa después de su jornada de atracción para los turistas delante del Coliseo. Camina mesurado delante de nosotras y en el peligroso cruce con la Vía Battisti, se vale de su espada para, ceremoniosamente, hacer detener a los coches, ocasión que aprovechamos para pasar detrás de él, como si fuera lo habitual. Luego lo perdemos de vista cuando se introduce por una de las calles pequeñas perpendiculares, donde debe de residir y donde seguramente cambiará su escenográfico atuendo por un batín de andar por casa y unas pantuflas, agotado de posar de pie durante horas.


19, Miércoles
Hoy es el día que tenemos la prenotazione para la Galería Borghese y el camino es distinto, hay que preparárselo bien. Decidimos ir a la Pza Rotonda y allí coger el mini autobús nº 116 que nos deja cerca. Por una mala información nos bajamos antes y nos toca atravesar andando la Porta Pinciana y pasear dentro de la VILLA BORGHESE, parque precioso y variado por donde lo mires. La visita al Museo colma nuestras expectativas. Ya el edificio, recientemente restaurado es muy bonito y, una vez en el interior, se nos terminan las palabras de elogio y admiración cuando contemplamos, a un metro de distancia, las esculturas de Bernini, la de Plutón raptando a Proserpina y la de Apolo persiguiendo a Dafne. Se nota la blandura de la carne de las jóvenes presionada por las manos raptoras, el gesto desesperado de su rostro, la filigrana de la rama del laurel y otros muchos detalles que hacen de las dos obras unas piezas extraordinariamente perfectas a la vez que bellas. También el David y el Sátiro del mismo autor y, por mala suerte, está cerrada la sala donde está Eneas llevando a Anquises.

Generalmente la escultura responde a la temática de los frescos de techo y paredes, logrando una unidad. Hay muchísimas obras de arte, desde el mobiliario a las pinturas y esculturas de todas las modalidades: grandes piezas y más pequeñas, pasando por orfebrería, relieves, frescos enmarcados por mármoles de colores y otros materiales nobles que recubren los muros. La Venus de Cánova, con la manzana en la mano, representando a Paulina Bonaparte, -historia humana en la que apetece profundizar- neoclásica, que no desmerece las obras barrocas. En el segundo piso la Pinacoteca, hubiéramos necesitado una hora más tiempo... en fin, dos horas de disfrutar.

Cuando salimos compramos en la tienda del museo libros y tarjetas en la idea de que nos llevamos así materialmente algo de la maestría y belleza en la que hemos estado inmersas durante dos horas. Nos tomamos un café allí mismo, descansando y asimilando o intentándolo al menos. Paseamos por el parque, está tan bonito como de mañanita pero la luz ha cambiado y lo cruzamos. En el camino hay una plaza llamada de Siena, una villa del siglo XVII en color amarillo, un templo redondo con columnas dedicado a Diana, un monumento dedicado a Humberto I, un paseo de los Magnolios, un lago con un templete dedicado a Esculapio dentro de un lago, muchísimos bustos de escritores y prohombres italianos... salimos de la Villa y entramos en los Jardines del Pincio. Lo mejor es la gran explanada con el mirador sobre la Piazza DEL POPOLO, el mejor de los escenarios para hacerse una foto recuerdo y llevarse como artístico encuadre, entre otros edificios, la cúpula de San Pedro claramente visible a lo lejos.

Contemplamos desde ahí un rato lo armonioso de esta plaza. El gran obelisco en el centro, los monumentos a divinidades mitológicas (Neptuno y Minerva) a un lado y otro, las dos iglesias simétricas (otra vez la simetría) que enmarcan la Vía del Corso, Santa Maria de Montesanto y Santa Maria de los Milagros, la amplitud de la plaza que también es peatonal.

Descendemos hasta ella y la paseamos. Puestas debajo del obelisco, que está centrado por unas panteras a modo de esfinges, miramos hacia arriba y aun parece más alto. Saludamos al dios Neptuno que levanta su tridente en olímpica pose. Entramos en la IGLESIA DE SANTA MARIA DEL POPOLO, donde ya sabemos que hay dos nuevos cuadros de Caravaggio. Parece que son aún mejores que los de la iglesia de San Luis, en este caso es “La conversión de San Pablo” y el “Martirio de San Pedro”, convenientemente iluminados también, resultan de una plasticidad y belleza que se nos harán inolvidables. También hay monumentos funerarios con esculturas de Bernini y otros barrocos.

Cogemos la Via del Babuino y entramos en una zona elegante con tiendas y establecimientos muy atractivos. Encontramos pegada a la pared, al lado de uno de los muchos puestos de flores que se encuentran por la ciudad, la escultura que da nombre a la calle, el Babuino, una poco atractiva figura que representa un sátiro y que es una de las “estatuas parlantes” de otros tiempos.

Llegamos a la PIAZZA DE ESPAÑA que está llena de gente en todo su espacio horizontal y vertical porque las altas escaleras están cubiertas de personas que imaginamos son turistas. Delante, la pequeña “Barcaccia”, la fuente realizada por Pietro Bernini, padre del famoso escultor, desproporcionada para el tamaño de los edificios que le rodean y punto de encuadre solicitado por los turistas para hacerse la foto. Miramos hacia arriba, al final de la escalinata y de las rampas diseñadas por de Sanctis, con la espectacular balaustrada, y distinguimos un nuevo obelisco con alto podio y detrás la Iglesia de la TRINITÁ DEI MONTI, con sus dos esbeltas torres-campanario gemelas. A unos metros, otra pequeña plaza con una altísima columna que sostiene una imagen de la Virgen. Uno de los edificios que enmarcan la plaza es hoy museo conmemorativo de los poetas románticos ingleses Keats y Shelley que residieron en él.

Nos desviamos a la derecha para recorrer la conocida Via Condoti, famosa por sus tiendas procurando no dejar de ver ni un escaparate. Llegamos al Corso y lo atravesamos. Pasamos delante de la IGLESIA DE SAN LORENZO IN LUCINA, de 1139, con un atrio de columnas jónicas, y seguimos por calles pequeñas descubriendo edificios, rincones o detalles cuya contemplación nos produce agrado. Recorremos la Vía Campo Marzio, el antiguo nombre romano de este barrio, pasamos por la IGLESIA DE LA MAGDALENA, una bella iglesia redonda de estilo barroco. Salimos a la Pza Rotonda y a Largo Argentina que es el punto de regreso a casa.

Por la tarde el destino es la Piazza Venezia y pasear por el CAMPIDOGLIO, que nosotros llamamos CAPITOLIO. Es emocionante subir la cómoda escalinata, diseñada por Miguel Angel cuando, por orden del Papa, rehizo la hasta entonces descuidada plaza y la convirtió en un lugar emblemático y representativo. En el extremo alto, al finalizar las escaleras, encaramados en grandes podios están, como eternos guardianes, los Dioscuros, Pólux y Cástor, de pie, al lado de sus caballos a los que sujetan por las riendas, apuestos, resplandecientes a esta hora de la tarde en la que el sol les alumbra horizontalmente, y nos franquean el paso a la pequeña plaza. Todo es armonioso en ella: el suelo que forma una estrella jugando con el color de los adoquines, blanco sobre gris, la peana que está en el centro de la misma, un objeto de arte en sí, como diseñado por tal artista, aunque fue hecha para sostener otro tesoro artístico aún mayor: la estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio, el único monumento romano de bronce que se salvó en la Edad Media de reconvertirse en objeto de servicio de los muchos que adornaban la antigua ciudad de Roma, modelo de todas las esculturas ecuestres que se han hecho a lo largo de los siglos. Sabemos que el que contemplamos actualmente, majestuoso, es una copia con el fin de preservar el original, en el Museo contiguo, pero logra igualmente el poder de evocación de lo que fue. El caballo levanta una pata delantera en el mismo lado que el emperador extiende su mano derecha señalando el horizonte. Ha sido, a lo largo de los siglos, el modelo por antonomasia de todas las esculturas ecuestres de nuestra civilización.

Llevamos también la mirada en esa dirección y vemos la IGLESIA DE SANTA MARIA DE ARA COELI, la única fachada de iglesia no recubierta de mármoles aunque grandiosa en su simplicidad. Para llegar a ella más de cien peldaños de una empinada escalera que pocas personas ascienden. Detrás el Palacio Senatorial, con una escalera de tramos a ambos lados, en el centro de la cual hay una hornacina con una diosa Minerva bicolor, pórfido en el traje y piel blanca. A ambos lados divinidades fluviales.
Rodeamos el edificio para aproximarnos al balcón de donde se divisa el FORO. A nuestra mano izquierda otras altas escaleras llevan a una iglesia y en ese momento presenciamos un suceso que hubiera podido terminar en gran contratiempo: la única persona que está bajando por ellas ha tropezado y cae rodando. Afortunadamente puede incorporarse sola y el equilibrio y armonía que reina a estas horas en el lugar se restablece.

La contemplación del Foro la hacemos desde dos miradores, uno a cada lado del Palacio Senatorial. Está vacío porque ya no es hora de visita y el sol en su retirada ilumina las partes altas de las columnas que aún están en pie. El arco de Septimio Severo, los cimientos de las Basílicas, el podio del templo de Saturno, columnas del templo de Cástor y Pólux, la restaurada Curia, el Templo de Antonio y Faustina, esa intrínseca fusión de templo romano e iglesia cristiana, la basílica de Magencio, la casa de las Vestales y allá a lo lejos el arco de Tito. Por encima, a nuestra derecha, dominando este lugar de encuentro de los habitantes de la Roma clásica durante siglos, donde confluyen varias de las colinas de la ciudad, se levanta el monte PALATINO, imponente en la masa sombría de ladrillos que en otro tiempo fueron resplandecientes edificios, morada de los sucesivos emperadores. Por todas partes la redonda forma de la copa de los pinos adorna y da un toque de color a las ruinas.

Seguimos hacia el TEATRO DE MARCELO, que rodeamos. Encima de los monumentales restos romanos, la familia Orsini edificó su palacio en el siglo XVI, ¡bella e histórica cimentación se buscaron! A su lado, tres columnas de un templo a Apolo Salvador. Callejeamos por el barrio, el Ghetto, en las inmediaciones de la Sinagoga, y nos encontramos con otro gran monumento romano: EL PÓRTICO DE OCTAVIA, una bien conservada puerta conmemorativa que ha quedado rodeada de las modestas y abigarradas viviendas de esta zona, en cuyas fachadas se puede uno encontrar un gran arquitrabe con una inscripción romana formando parte del muro o un relieve con escena de caza en el dintel de una deteriorada y vieja puerta.

De una grandiosidad inesperada es el PALAZZO de CAETANI. (También está cerca el MATTEI y no me queda claro a cual corresponden sus patios), con sus “cortiles” llenas de estatuas, bustos, fuentes y de relieves antiguos incrustados en sus paredes. Cerca de él, la pequeña plaza del mismo nombre, con una fuente que ocupa casi toda su superficie, es la Fuente de las Tortugas. La plaza Campitelli, el palacio Cenci, callecitas irregulares que invitan a perderse en este recinto que durante tanto tiempo se cerraba por las noches sin que sus habitantes tuvieran posibilidad de salir.

A pie, entramos por el Ponte Fabricio a la ISOLA TIBERINA, con la torre románica de la iglesia de San Bartolomé que sustituye al templo de Esculapio que hubo en la antigüedad. Parece ser que las reliquias de San Bartolomé, uno de los doce apóstoles, están guardadas en este templo que se construyó a finales del siglo X. Como enlace temático con aquel tiempo hay también en la isla un hospital que sana con mejores medios que entonces a los enfermos actuales. Salimos por el Ponte Cestio y entramos en la Via Lungareta, ya en el Trastévere y cogemos el tranvía delante del conocido como Palacio de Dante. Enfrente la iglesia de San Crisógono, otra antigua basílica, reconstruída en 1123 al 29, y luego terminada en el siglo XVII, como tantas otras. Tiene un atrio de columnas de granito, con capiteles jónicos, del siglo XII.


20, Jueves.
Como siempre iniciamos la jornada muy pronto. Esta vez el tranvía es el número 3, un cansino tranvía de color naranja que recorre toda Roma, indiferente a la variedad de los barrios por donde discurre. Cruza el Tíber por el Ponte Sublicio y sigue por Marmorata, Vía de la Pirámide Cestia, Viale Aventino, desde donde vemos una vista preciosa del Circo Máximo y del Capitolio desde el otro lado, sigue por Porta Capena, y via de San Gregorio dejando a nuestra mano derecha el Celio. Nos encontramos con el Coliseo y el Arco de Constantino y en la primera parada de la Via Labicana bajamos para visitar una de las iglesias más interesantes desde el punto de vista arqueológico, SAN CLEMENTE. Tiene tres niveles con una diferencia de unos 20 metros, el último pertenece a la Roma de Nerón y conserva en sus entrañas un bien conservado MITREO dentro de una gran residencia de época imperial, con sus tabernae y conducciones de agua que aún se escucha y se ve. En el segundo nivel la basílica paleocristiana del siglo IV y en superficie, tras un patio porticado con una fuente en medio y columnas jónicas antiguas, está la iglesia actual, en donde podemos admirar variedad de técnicas artísticas, todas ellas de gran valor, el suelo cosmatesco, la schola cantorum, con un relieve del s. VI, el ábside con valiosos mosaicos, pinturas murales bien conservadas, altas columnas y las inevitables manifestaciones del barroco tardío en armoniosa conjunción.

Salimos y entramos en el Colle Opio, el parque donde está la Domus Aurea. Pasamos por la Facultad de Ingeniería entre estudiantes que dan verismo a esta turística ciudad y entramos en SAN PIETRO IN VINCOLI. Lo más importante de esta iglesia es la estatua de MOISÉS, de Miguel Angel, la pieza central del monumento conmemorativo funerario a Julio II, que actualmente están restaurando y por eso hay que verlo desde algo más lejos, pero se puede apreciar bien toda su imponente majestuosidad y realismo. Ante estas magníficas obras de arte se experimenta una sensación de admiración y agradecimiento al autor difícil de explicar. También se conservan en una urna las cadenas con las que estuvo prisionero San Pedro...

Desandamos el camino para entrar en la Iglesia de SANTI CUATTRO CORONATI, que se remonta al siglo IV y que debe este nombre a los cuatro mártires a los que se les clavó en el cráneo una corona de hierro y de los que hay un relieve en el techo de la iglesia. El recinto de entrada es un verdadero espacio medieval y está presidido por una ancha torre cuadrada que sirvió de fortaleza. En ella se abre una puerta que da entrada, después de obtener la llave en el torno de las monjas de clausura, a una capilla, la de San Silvestre, con las pinturas medievales, del siglo XIII, más bonitas y mejor conservadas que hay en Roma posiblemente. Narran en diversos cuadros el milagro de la curación de Constantino y su conversión y el encuentro del emperador con el Papa Silvestre al que da el poder sobre Roma. Entramos en la basílica, interesante también, con columnas corintias y arcadas encima de las naves laterales, y tenemos la pequeña frustración de que el Claustro está “in restauro” y no se puede visitar.

Cambiamos de época histórica y, tras reponer fuerzas en un pequeño café, frente a las ruinas de la Vía Labicana, lleno de un grupo de estudiantes alemanes a los que ya se les ve cansados, entramos a visitar la DOMUS AUREA, para la que teníamos prenotazione. Nos incorporamos algo más tarde a la visita y no tenemos auriculares pero la grandiosidad de la arquitectura, la elevación de los techos, los arcos y bóvedas nos sobrecogen desde el primer momento. Los restos de pintura son escasos pero permiten hacerse una idea de lo que fue. La sala de la Cúpula Octogonal es enorme, sinfonía de ladrillos que en su tiempo sería de mármoles y dorados; a ambos lados hay otras dos salas paralelas en las que aún se conservan restos de pintura en una de los cuales se puede distinguir la escena de Aquiles en Esciros y en la otra la despedida de Héctor y Andrómaca, temas del ciclo épico de la Guerra de Troya, tan presente, por tanto, en el gusto de aquel emperador que empezó siendo un joven culto y razonable pero al que la megalomanía y locura de los años siguientes le hizo acabar de mala manera.

Nuestra intención es coger un autobús desde el Coliseo para visitar el Museo Barberini pero las circunstancias desgraciadas de la política internacional han conmocionado a todos y hay manifestaciones que hacen desviar el tráfico. No podemos llegar y nos bajamos en la Via Cavour, tomamos la Via dei Serpenti hasta encontrar la Vía Panisperna que recorremos en los dos sentidos. Llegamos por un lado a la iglesia de San Lorenzo, cerrada y por el otro hasta el Foro de Augusto. En ella, como en todas las calles, se descubren cuidados y solitarios patios de edificios al fondo de los cuales hay una fuente o una estatua y muchas plantas a su alrededor, todos ellos detalles de buen gusto de los que se rodean los habitantes de Roma. Entramos al Patio de la Villa Aldrobandina, nos topamos con la Torre della Milizia, uno de los monumentos medievales más conocido, que sobresale por encima de la Chiessa de Santa Catalina de Siena, bajamos hacia los Foros pasando por la Pz del Grillo, donde hay un bonito edificio de cuatro plantas, probablemente otro palazzo, que nos llama la atención porque las ventanas están enmarcadas por arquitrabes diferentes en cada piso. En la cercanía vemos otra torre medieval, la Tor de Conti, nombrada por Petrarca. Rodeamos el Mercado de Trajano y por un pequeño camino que atraviesa éste contemplamos el Foro de Augusto y los Foros Imperiales, que vemos ahora a plena luz del día, hasta alcanzar la Pz. Venezia.

Esa tarde sigo la ruta turística pero en singular. El objetivo es el CASTELL DE SANTANGELO, mezcla de mausoleo, castillo fortaleza, palacio y atalaya. Fue sede de los Papas cuando tuvieron que refugiarse y por tanto con estancias decoradas palaciegamente, y ¡como no! con pinturas mitológicas en sus muros (Sala de Apolo, sala de Perseo y el dormitorio papal con la historia de Eros y Psique). Desde arriba se divisa una bellísima vista de Roma al atardecer, salpicada de cúpulas renacentistas y barrocas, las diversas colinas que enmarcan de verde el perímetro de la ciudad. En la parte de abajo el recuerdo del emperador Adriano que construyó el edificio antiguo para albergar sus restos mortales: animula vagula blandula. Son las palabras que el propio Adriano eligió para poner en su epitafio. Ver de cerca la gran estatua del Angel en el Patio de Honor, o la del enorme Angel de bronce que preside el edificio desde la cima es una grata impresión.

Vuelvo por la Via Giulia y en una de las muchas tiendas de anticuarios veo un cuadro de tema mitológico, Apolo desollando a Marsias. Entro a preguntar por el autor de la tela. La dependienta llama al dueño por teléfono que viene deprisa tal vez pensando en una posible compradora. Cuando le hago ver que no es el caso, se lo toma mal y me dice los datos tan deprisa que no tengo la seguridad de haber cogido bien el nombre. Esta vez tomo la Via Montserrat, adentrándome en todas las calles transversales y plazas o ensanches que salen al paso para conocer y captar esta zona del Campo Marzio tan encantadora en su urbanismo y tan peculiar en su paisanaje. Ya cerca de Arenula entro en la Iglesia de SAN BIAGGIO Y SAN CARLO, otra gran planta barroca con pintores importantes entre sus retablos como Guido Reni.

Cerca ya de medianoche vienen Sonsoles e Ignacio y todavía hablamos de su viaje a Bolonia y nos despiertan las ganas de conocer también esa ciudad, llena de historia y arte aunque de momento ya tenemos bastante trabajo con Roma.


21 de Marzo, viernes
Repercuten en nuestros planes las consecuencias de las movilizaciones sociales por los tristes acontecimientos universales, cual es la guerra a Irak. Los autobuses van lentos por los atascos, desvían su ruta o la suprimen. Hemos cogido el autobús 75 que normalmente nos llevaría a Termini en un tiempo razonable pero hoy tardamos hora y cuarto. Nos bajamos un poco antes después de aprovechar el tiempo para observar con detenimiento, desde las ventanas del autobús, fachadas y tiendas de las calles por donde íbamos a paso de peatón y en las que surgen cariátides, atlantes, gorgonas y palmetas en su ornamentación. Nos dirigimos al MUSEO MASSIMO DE LAS TERMAS.

De momento nos citan para ir en grupo, lo cual nos sorprende y molesta. Pero luego lo comprendemos. Sólo ocurre en el tercer piso que contiene maravillosas pinturas murales procedentes de Roma y alrededores. Las que pertenecieron a la Villa de Livia, esposa de Augusto, ubicada en la milla IX de la Vía Flaminia, a unos 15 kms de Roma, son un prodigio de delicadeza, belleza, suave colorido, variedad de flora, escenas cotidianas. Se han colocado en el museo reproduciendo las dimensiones de lo que fue el cenador de la villa, una construcción subterránea de unos cinco por once metros, con una sola puerta, para protegerse del calor y en cuyas paredes el artista anónimo recrea en todo su esplendor la naturaleza del jardín real, con toda clase de árboles, pino, roble, laurel, mirto, adelfa, granado y membrillos sobre los que sobrevuelan o se posan diferentes especies de pájaros. El recinto está iluminado con una suave luz que le da aspecto de mayor realismo.

Otros frescos murales igualmente bellos proceden de una villa descubierta en los Jardines de La Farnesina con ocasión de unas obras de contención del río. Representan escenas urbanas o fluviales, en colores bien conservados. La sensación de fragilidad que desprenden estas pinturas se combina con la de fortaleza por haber pervivido a lo largo del tiempo que todo lo destruye y especialmente los colores de los muros. Hay que enseñarlo con vigilancia, ahora lo entendemos, porque los hombres a veces están por debajo de lo que se espera de ellos y podría suceder que apareciera una inscripción con el nombre y la fecha de cualquier irresponsable. Algunas otras piezas artísticas que se pueden ver en esta planta son estucos, mosaicos y preciosas taraceas en piedra (opus sectile).

En el piso de abajo ya podemos circular libremente, hay obras de arte, algunas muy conocidas, como el Discóbolo. Lo que más nos gusta, aparte de esa comunicación emocional que se produce ante la escultura que llega de la antigüedad, es la idea de la explicación a los niños en términos, supuestamente infantiles pero que nos interesan también a los adultos. Lo han hecho sólo en algunas de las mejores piezas junto a las que hay unos carteles en los que la propia estatua les habla, presentándose en su identidad y hablando de sus características, en un tono claro y sencillo. Como los leemos todos, con el mismo deseo de aprender que los niños, podemos apreciar un detalle que nos hubiera pasado desapercibido: los maravillosos dientes de la estatua de Afrodita en postura agachada, saliendo del baño.

Otras dos obras de arte, entre tantas otras excepcionales, nos llaman la atención. Son una estatua de Apolo, al que le faltan los brazos que debían sostener el arco y una rama de laurel, en mármol muy desgastado en la superficie, con una bella cabeza que mira hacia abajo benévolo, como especial dios protector de la casa de Augusto. La otra es una escultura de bronce –material que raramente nos ha llegado- del dios Dioniso, con corona y pámpanos de uva y el tirso, adorno floral que le es propio. El interés que nos despiertan ambas estatuas es su procedencia: fueron encontradas dentro del río Tiber cuando se efectuaban obras para su contención. A la vista de la belleza de las estatuas nos preguntamos si no tendrían que volver a “contenerlo” o cribar los fondos de este río testigo de la historia en la esperanza de descubrir más restos como éstos.

La mañana termina paseando por los alrededores. Bajamos por delante del Teatro dell´Opera, del Ministerio dell Interno y hacemos alguna compra en el entorno de la Vía Nazionale.

Y la tarde empieza igual, esta vez en compañía de Sonsoles que tiene que hacer un encargo cerca de la Vía del Corso. Enseguida reanudamos la actividad que más nos ocupa estos días, ahora con el aliciente de hacerlo con nuestra amiga: visitar y conocer alguna más de las tantas obras de arte de la eterna Roma. Entramos en la IGLESIA DE SAN SILVESTRE, con un atrio lleno de vestigios arqueológicos, como siempre, barroca en su interior. En una capilla independiente a la que se entra desde la calle se expone al público una imagen de la Piedad que goza de mucha devoción. Es muy bonita pero diferente de la imaginería del barroco castellano.

Seguimos paseando y nos hace visitar, con el permiso de la conserje, la planta noble de un Liceo de secundaria donde está instalada una universidad popular. Es un sitio supuestamente “corriente” pero podría ser una galería de pinturas, por los cuadros colgados a lo largo del pasillo en los que distingo el relato de la Historia de Eneas y la Fundación de Roma. No soporta la comparación con el Liceo-Instituto en donde prestamos nuestros servicios profesionales en Madrid desde hace ya tantos años...

En un resquicio entre dos edificios descubrimos unos inmensos restos del acueducto romano del Aqua Vergine, y, como era de esperar, muy cerca encontramos la FONTANA DE TREVI. Está limpia y reluciente a esta hora del atardecer y en la pequeña plaza no cabe ni un alma más. Nosotras echamos de espaldas la monedita al agua, confundidas con japonesas y demás orientales -todas parecen iguales-, siguiendo así la tradición y sobre todo expresando nuestro deseo de volver a una ciudad en la que se quedan prendidos los sentimientos y las emociones y en la que, parodiando a Goethe, barruntamos que desearemos retornar cuando llegue el momento de marcharnos. Luego estamos un rato observando todas y cada una de las figuras pétreas que contemplan impasible ese continuo movimiento humano de gentes de todas las razas, queriéndose hacer la foto ante tan grandioso escenario.

En la Plaza del Collegio Romano, en la misma línea del Palacio Doria Pamphili, entramos a una Iglesia restaurada, que hoy es sede cultural y precisamente están dando una conferencia. Pero en la primera nave se puede ver y admirar los frescos, recién estrenados tras la limpieza, de algún consagrado pintor italiano del que ya no podemos retener el nombre.

Esta noche hacemos el cambio de domicilio, de casa de amiga a casa de amiga. Nos espera Antonio en la preciosa casa que tienen Carmen y él en la calle Laura Mazzagaza y, con cierta nostalgia, hacemos las maletas pero pronto nos ilusiona el instalarnos en el nuevo piso. Antonio ha preparado una buenísima cena para los cinco y pasamos una buena velada.


Día 22, sábado
Cogemos los dos tranvías, el 8 y el 3 y tras un rodeo por la Vía Claudia entramos a la calle de San Paolo, en la zona del Monte Celio pero en realidad parece que hayamos cambiado de siglo y estemos en la Edad Media. La calle se toma a través de un arco medieval, con altas paredes de ladrillo en las que aparecen pequeñas ventanas. Está silenciosa y solitaria en esta mañana. En la izquierda un oratorio, de San Felipe, que comunica con el parque de la Villa Celimontana. Al final la calle se ensancha en una plaza en la que encontramos la preciosa iglesia de SAN GIOVANNI Y SAN PAOLO, dos jóvenes centuriones de la época de Constantino que murieron martirizados por defender su nueva fe. En el exterior el campanile medieval esbelto y con una base de restos romanos. Ventanas románicas en la fachada del edificio adosado. La entrada al templo está precedida por un gran atrio con ocho columnas de capiteles jónicos y corintios y una gran reja y en su interior de nuevo el estilo barroco en un espacio luminoso, alegre, con un inmenso y pintado ábside. Está preparado para celebrar una ceremonia de boda, con ramos de flores blancas en grandes vasos de mármol. En la puerta unos leones sedentes a cada lado y un bello friso cosmatesco alrededor. En el entorno de la iglesia unos enormes restos romanos que no sabemos catalogar, continuados por edificaciones de tipo medieval. El ábside de la iglesia por el exterior, que se yergue orgulloso sobre el borde de la colina, muestra en su parte alta unos arcos lombardos que se ven desde lejos entre altos cipreses.

Y en el subterráneo de la Iglesia una verdadera sorpresa, una señorial casa romana de la edad imperial donde según la tradición fueron enterrados los cuerpos martirizados de los jóvenes Giovanni y Paolo en el siglo IV. Se entra a ella por el Clivo di Scauro, una de las calles más antiguas de Roma, con arcos entre ambos muros. La visitamos y encontramos unas pinturas en un buen estado de conservación, especialmente el Ninfeo de Proserpina, demostrando una vez más ese hermanamiento del mundo pagano y el cristiano tan patente en Roma.

Seguimos a ver la IGLESIA DE SAN GREGORIO, para entrar a la cual tenemos que atravesar la fachada barroca y un patio renacentista. Hay bonitas pinturas murales con escenas de la vida de San Gregorio. En un paraje tranquilo y bucólico, entre árboles frutales y pequeñas huertas, nos acercamos a las tres capillas contiguas, la de Santa Silvia, San Andrés y Santa Bárbara. Abajo está la ciudad que sigue su ritmo pero aquí arriba el tiempo parece detenido, sin ningún signo que nos relacione con la actualidad y ni siquiera los numerosos turistas que estos días pasean Roma hacen acto de presencia salvo en un pequeño número .

Por la puerta trasera, que da a la Plaza de la Iglesia de San Paolo, entramos en la Villa Celimontana, hoy parque público, tranquilo, con estatuas y fuentes y altos pinos. Se ven los restos monumentales de ladrillo, probablemente de un acueducto y, en el centro del jardín, la Villa, edificio de color amarillo con ventanas blancas. Salimos por la puerta principal y buscamos la iglesia de SANTA MARÍA IN DOMNICA o VALLICELLA, delante de la que hay una pequeña nave esculpida en piedra sobre un modesto pedestal. Entramos en la Iglesia basilical en la que lo más valioso son los mosaicos del ábside y arco principal, que representan a la Virgen y el Niño rodeados de bienaventurados con blancas vestiduras. Bajamos a la cripta donde se encuentran sarcófagos romanos y me fijo en uno que tiene estrigilos y en un extremo la representación clara de Eros y Psique abrazados, personajes que son símbolo de inmortalidad y otra vez muestran la fusión de lo pagano y lo cristiano.

Continuamos nuestra ruta de Iglesias alejadas del circuito de los visitantes apresurados y que nos están gustando muchísimo y llegamos a SAN ESTEBAN REDONDO, una original iglesia formada por círculos perfectos. En sus paredes pinturas truculentas porque expresan los martirios de los antiguos cristianos. Debajo hay un mitreo, de los mejor conservados al que no permiten bajar pero que yo, confiada por ver salir a unas personas, lo he hecho e incluso he fotografiado. En el exterior muros viejos de ladrillo por encima de los que sobresalen las ramas de los altos árboles.

Descendemos por una calle en la que hay hospitales y llegamos a SAN JUAN DE LETRÁN pero antes entramos en el BAPTISTERIO, así la transición a la gran basílica se produce más suavemente. El momento no puede ser más oportuno pues están en ese momento bautizando a un pequeño, acompañado de toda su familia, vestidos para la ocasión. Respetamos el momento y entramos en una capilla lateral, de muros de ladrillo donde seguimos admirando mosaicos en el ábside y arco debajo de los que hay altares barrocos. Nos sigue impresionando contemplar las altas columnas procedentes de antiguos edificios del imperio romano sujetando los arquitrabes renacentistas o barrocos de iglesias actualmente en culto. Para terminar la mañana entramos en San Juan de Letrán, la gran basílica sede del Papado antes de su traslado a Roma, de grandiosas dimensiones también y bellísimos objetos de culto pero lo que más nos gusta es la visita al Claustro, con columnas ajimezadas, helicoidales, algunas enriquecidas con incrustaciones coloristas, cuidado y silencioso, parecido al de San Paolo.

Por la tarde probamos un medio nuevo de transporte, el autobús H que nos deja en la PLAZA DE LA REPÚBLICA desde donde, por la calle de las 4 Fontane llegamos al PALACIO MUSEO BARBERINI. Es un edificio impresionantemente grande del que nos gusta especialmente la escalera pequeña y helicoidal diseñada por Borromini. En el palacio también ha trabajado el inevitable Bernini. Del Museo lo más duradero en el recuerdo será la bóveda del salón principal pintada por Pietro de Cortona. Nos tumbamos en unos divanes que hay en la sala para contemplarla mejor preservando el cuello y de paso tomar fuerzas para el ya agotado cuerpo.

Todavía volveremos andando hacia el Corso y buscando una iglesia donde permanecer un rato tranquilas, a ser posible durante la celebración de la Misa. Entramos en una y presenciamos algo que nos parece insólito, una pareja vestida con normalidad, al pie de la escalera que sube al altar, con un sacerdote que está terminando la que parece ha sido una ceremonia de una boda. Nadie más de testigo, porque la iglesia está vacía, pero todo indica que acaba de casarlos y les da la enhorabuena. Salimos un tanto violentas, como si hubiéramos participado en algo íntimo, y observamos cómo la pareja sale y se pierde entre la gente que circula por la calle. Finalmente en la cercana Iglesia de San Andrés se oficia el rito del que participamos rezando en italiano. Al salir aún encontramos abierta la Librería de Rizzoli y entramos a ver y comprar libros.


23, Domingo
Hoy vamos a conocer el barrio más próximo a la vivienda y bajamos en el Ministerio para pasear por el TRASTEVERE. Entramos por la Vía San Francesco Ripa y callejeando llegamos a la Pza de Santa María. Está silenciosa, solitaria, iluminada fuertemente en un lado por el sol de la mañana y en claro contraste con la sombra en que aún está sumida el resto. En el centro una fuente que parece medieval. Situado en un ángulo de la plaza LA CHIESSA DE SANTA MARIA IN TRASTÉVERE, del siglo XII, del que nos gusta desde el primer momento todo, los mosaicos y pinturas de su fachada, el campanario con el gran reloj y, cuando penetramos al interior, la belleza de la iglesia, especialmente los mosaicos del ábside y de los arcos. La novedosa postura en que la figura de Cristo coge por el hombro a su madre no lo habíamos visto nunca y este gesto transmite un aire de familiaridad que atrae como no lo hace ninguno de los otros mosaicos de figuras hieráticas que habíamos visto hasta ahora. Cuando los iluminan por la próxima celebración de la Misa, ganan, si cabe, en belleza y es motivo de prolongar su contemplación y distinguimos otras escenas de la vida de Maria: nacimiento, anunciación, nacimiento de Jesús, adoración de los pastores, presentación en el templo y muerte de María. Arriba están los símbolos de los evangelistas. Distinguimos también a dos profetas, Isaías y Jeremías, a Papas, a San Pedro vestido de blanco, mortaja de los bienaventurados, al lado de Cristo. En el Pórtico exterior, como en tantas otras ocasiones, se conservan restos arqueológicos como capiteles jónicos y corintios.

Recorremos las callecitas aún dormidas de los alrededores en las que leemos carteles de trattorias y tiendas de recuerdos todavía cerradas, en un difícil trazado por el que atrae la idea de perderse y observar la armonía, en este barrio dentro de la asimetría, de los edificios e iglesias que por todas partes salen. Atravesamos el Viale del Trastévere y recuperamos el ambiente medieval y tranquilo al otro lado, en el que buscamos la IGLESIA DE SANTA CECILIA. Es una gran templo, de planta basilical, bonito, fundado en el siglo IV, en el lugar donde habitó la santa que le da nombre y donde fue martirizada. En el centro del ábside, delante del altar mayor vemos la escultura barroca que hizo Maderno de la santa, en una forzada postura que parece era la que realmente tenía el cuerpo cuando fue descubierto. Sus manos son visibles, una tiene un dedo extendido y la otra tres proclamando después, incluso, de su muerte, su creencia en el dios uno y trino. La cabeza que fue decapitada está cubierta. Debajo de la iglesia se visita la casa romana, el titulus, donde vivió y murió la santa. Es muy interesante sobre todo un lararium, con un pequeño relieve de Minerva y hermosos ejemplares de sarcófagos. Al fondo una capilla del renacimiento conmemora el lugar exacto del martirio.
El ábside, más pequeño que el de Santa María, también con mosaicos. El atrio previo a la iglesia, con un patio interior, recoleto, las cuatro columnas con capiteles jónicos y fustes de mármol de colores, la bella torre medieval con cuatro pisos de ventanas, una enorme crátera en el centro de un pequeño estanque, todo queda en la memoria que ya tiene que esforzarse por retener tantas y a veces parecidas iglesias.

Al final de la calle de San Francesco a Ripa está la iglesia del mismo nombre que tiene de interesante la escultura del éxtasis de la Beata Albertoni, también de Bernini y muy semejante al de Sta Teresa.

Seguimos andando con la idea de conocer someramente el mercado de PORTA PORTESE, ese “Rastro” romano del que hemos oído hablar y que convoca a gente de todas partes de la ciudad, como hemos observado en el tranvía y en los autobuses de la zona. Se entra por una monumental y estropeada Puerta pero pronto nos damos cuenta que es casi como la entrada al Hades. Hay muchísima gente que nos presiona casi hasta la inmovilización, vamos en tensión por la posibilidad de ser robadas, hace un tremendo calor, hay grupitos de “trileros” interrumpiendo el angosto paso cada poco y, cuando queremos salir por algún camino lateral, resulta imposible, hay que volver a desandar el congestionado paseo sin otra alternativa. No obstante estas dificultades compro un bolso, un libro y, lo que me hace más ilusión, un pequeño bronce que representa a Atenea con una Nike en su mano, imitación de los bronces etruscos, que me cuesta la mitad de lo que luego constataremos en la tienda del Museo etrusco.

Cuando logramos salir atravesamos, el Tíber por el Ponte Sublicio y nos sentimos atraídas por el precioso campanile que se yergue encima del próximo monte AVENTINO, zona que conocimos de noche y queremos descubrir en este radiante día. Pero la ascensión no es rápida, hay que recorrer la Via Marmorata para encontrar a mano izquierda la subida a la tranquila y preciosa zona. Nos encanta descubrir un hotel, el San Anselmo, que toma su nombre de la cercana iglesia. Es un edificio bonito, tranquilo, señorial, en una recoleta plaza y nos prometemos volver algún día como clientas.... (no estaremos mejor que en nuestra residencia actual).

Entramos a visitar primero el recinto de la Iglesia de San Anselmo, con un paseo flanqueado por altos cipreses que conduce al patio previo a la Iglesia. Ésta es nueva, edificada al estilo de las antiguas basílicas, con unas sobrias columnas de granito y con una elegancia en el conjunto que nos encanta. Una preciosa estatua moderna en bronce del Santo, en el patio, pone una nota artística de contraste que nos gusta especialmente.

Seguimos paseando por las calles de este precioso barrio y en la plaza de los Caballeros de Malta, volvemos a mirar por el ojo de la cerradura, ese original calidoscopio que nos muestra en el fondo la cúpula de San Pedro, en esta ocasión de día. Entramos en la IGLESIA DE SAN ALESSIO, de planta basilical también, arquitectónicamente muy sobria de adornos. Tiene un patio interior al que da la blanca fachada renacentista de la iglesia, con atrio de cinco grandes arcadas, primer piso de ventanas y arriba pequeño tímpano por detrás del cual sobresale el bello campanile románico. En él hay unos jóvenes que parecen preparar una comida al aire libre, posible actividad dominical de los feligreses de la iglesia. A la salida y pegada al recinto, un pequeño parque que termina en una baranda desde donde se divisa una espléndida vista de Roma con el marco del Tíber en primer plano.

Un poco más adelante la IGLESIA DE SANTA SABINA, con un gran patio lleno de piezas arqueológicas. Las puertas de la iglesia son una pieza de un valor artístico excepcional, labradas con escenas de la Biblia y Nuevo Testamento. Tiene un claustro recogido y sobrio, donde se pierde la noción del tiempo. En el interior los alemanes están celebrando una ceremonia con cánticos y ritos. Es una gran iglesia con veinticuatro columnas corintias, señoriales y sobrias y por encima una hilera de grandes ventanas semicirculares, abiertas en el muro, y tapadas por relieves geométricos y calados, de un material de color blanco que parece mármol. En el centro, el coro.

Al salir nos topamos con una plaza, en este momento llena de coches en la que sobresalen elementos tan atractivos como una fuente compuesta de un gran mascarón, un rostro grotesco que escupe agua en una bañera procedente de alguna de las Termas antiguas.

A su lado la entrada al Giardino degli Aranci, el Jardín de las Naranjas, un gran portón almohadillado y enmarcado por altos árboles, aún con su aspecto invernal, por el que nos introducimos a gozar de un merecido descanso, sentadas en uno de los bancos del interior, contemplando el ábside de Santa Sabina entre los naranjos que en este momento muestran, como bellos adornos, las naranjas en sazón.

Ya vamos a dejar este lugar y bajamos al Clivo di Rocca hasta la Plaza de SANTA MARIA IN COSMEDIN. Se divisa una magnífica vista del Palatino por la parte que da al Circo Máximo. Entramos por breves momentos a la interesante Iglesia pero nos detenemos curiosas ante las verjas del atrio, en donde un grupo de personas guardan cola para hacer la prueba de la verdad ante la BOCA DE LA VERITÁ, el más famoso de los mascarones de Roma procedentes de la Cloaca Máxima. Observamos divertidas cómo un pequeño no se atreve a introducir su mano en el misterioso y amenazante orificio, del que habrá oído tantas historias, pero al fin, arropado por su padre, se decide y vuelve a sacarla sonriente. Nosotras, por nuestra parte, evocamos una inolvidable escena de una deliciosa película, “Vacaciones en Roma”.

Pasamos de nuevo por entre los templos del Foro Boario y cruzamos el río por el Ponte Palatino, desde donde se aprecia muy bien el Ponte Roto, esa estructura arquitectónica que, a modo de barco pétreo, está varado en la corriente, abruptamente mutilado y con adornos de blanca piedra entre cuyas rendijas surgen plantas silvestres. Detrás de él la Isola y la cúpula de la Sinagoga.

La tarde vuelvo a narrarla en singular dándole otro descanso merecido a mi compañera de viaje. Llego a la Piazza Venecia donde, pegada al rincón solitario donde pocos turistas se acercan, en un extremo del muro en el que se abre el pórtico de la IGLESIA DE SAN MARCOS, encuentro de sopetón, el busto de la estatua monumental que en su tiempo representó a la egipcia diosa Isis pero que es más conocida como MADAMA LUCRECIA, otra de las “estatuas parlantes” diseminadas por el centro de la ciudad. Hago una breve visita a la Iglesia que está abierta. Es otra basílica erigida sobre los cimientos de un antiguo lugar de culto en el siglo IX. Atravieso la plaza atraída por la luminosidad y grandiosidad que emana de los monumentos del otro lado: la columna Trajana, el Mercado de Trajano, coronado por la Torre de la Milicia, las dos cúpulas renacentistas de las iglesias que están a su lado. Entro en una de ellas, redonda, el Nombre de Maria creo que se llama, barroca, como tantas. Del mismo estilo es Santa Catalina de Siena, a la que se accede por una escalinata.

Doy la vuelta al mercado de Trajano para volver hacia los Foros y me encuentro la sorpresa de que la Vía de los Foros Imperiales está cortada al tráfico rodado. Es una maravilla pasear por el centro de la calzada, sin el estruendo del rodar de los coches, oyendo a lo lejos la música de unos timbales que un grupo espontáneo toca a la espera de unas monedas.

Entro en la IGLESIA DE SAN COSME Y SAN DAMIÁN y me encuentro unos maravillosos y bien conservados mosaicos, con un Cristo de cuerpo entero por encima de otras figuras de santos y Papas. En el lugar del atrio, los restos circulares del templo romano en honor de Rómulo divinizado que se puede observar a través de unos cristales y resulta tan interesante. Continúo paseando hasta el COLISEO, que recibe los horizontales rayos del sol vespertino. Me detengo ante el ARCO DE CONSTANTINO y me adentro por la Vía Sacra a la izquierda de la cual sale una pequeña carretera asfaltada que anuncia al final las iglesias de San Sebastián y de San Buenaventura. La primera está cerrada y entro en la segunda de la que no retengo ningún recuerdo.

Mientras desciendo por el mismo camino contemplo a través de las grandes verjas en el muro el Palatino y sobre todo el desierto Foro por la parte del Arco de Tito, la románica torre de Santa Francesca romana, hermanada con la Basílica de Majencio por la luz crepuscular que las resalta. Las columnas del Templo de Venus Genitrix se elevan sobre el Coliseo desde donde yo las diviso. Vuelvo por el mismo camino y retengo la visión de un gran pino enmarcando la estatua de Augusto delante del mercado de Trajano y la torre de la Milicia, ya iluminadas y con la apariencia de echar fuego por sus ventanas y terrazas, fruto de la combinación de la última luz de la tarde con la luz eléctrica.


Día 24, Lunes.
Vamos en el autobús 81 a la Pz del Rissorgimiento, viendo unas perspectivas nuevas de la ciudad en su recorrido. De ahí estamos más cerca de la entrada a los MUSEOS VATICANOS, aunque la sorpresa es que a estas tempranas horas de la mañana la cola es inmensa y sigue aumentando. Avanzamos despacio y asusta imaginar la cantidad de gente que se va a introducir en las salas llenas de arte. Por fin estamos dentro y empezamos con el Cortile octogonal. Empiezan las emociones fuertes cuando, sin demasiada gente aún, nos encontramos delante del grupo de Laocoonte, ante el Apolo de Belvedere, de quien Goethe dijo que no había representación más bella, ante el Apoxiomenos y otras menos conocidas pero igualmente bellas. Descubro una Atalanta dinámica, con las tres manzanas en la mano, bustos, sarcófagos etc. Pasamos a la colección egipcia y al Museo etrusco donde no entra nadie y nosotras, en cambio, disfrutamos especialmente con la contemplación e interpretación de las escenas pintadas en las bellísimas vasijas procedentes de Atenas o Etruria.

Cuando volvemos al circuito de las larguísimas y lujosas Galerías, decoradas por frescos y estatuas procedentes de la antigüedad clásica, nos vemos metidas en un enorme gentío que discurre por ellas sin que todos aprecien los tesoros que les rodean. La anécdota de la mañana es que a nuestro lado una persona habla con su cámara mientras graba el techo decorado por artistas poco conocidos. Es hispano americano y podemos entender lo que queda consignado en su película. Dice: “ésta debe ser la Capilla Sixtina”. No puedo evitar el volverme hacia él y, en un tono un poco distante, sacarle de su error. Pensamos que así van algunos por el mundo, ignorantes de la historia y el arte de los escenarios que visitan.

Desde los suelos a los techos, el ojo no debe perder ni una muestra de la belleza que contienen estos museos. El peor momento ha sido la contemplación de las Estancias con la pintura de Rafael. Bellísima la Capilla Paulina y , contrariamente a lo esperado, podemos visitar con calma e incluso sentadas en uno de los laterales, la maravillosa CAPILLA SIXTINA, con el colorido devuelto tras la restauración que te sumerge y te empequeñece ante la obra de uno o tantos genios de la pintura.

Seguimos por la otra galería a través de la Biblioteca Vaticana y cuando llegamos a la salida todavía se nos ofrece más tarea: la Pinacoteca Vaticana que recorremos en su totalidad.

Salimos de los Museos por la redonda y artística rampa en espiral y, una vez en la calle, nos dirigimos hacia la Plaza de San Pedro. Está llenísima de gente. Ha habido o va a haber una beatificación de varios cristianos, cuyos retratos cuelgan de la fachada de San Pedro. Después de admirar la columnata y el obelisco central, salimos por el Borgo de Sancti Espiritu para atravesar el río por el Ponto Vittorio Emanuele.

Cogemos un autobús que nos va a llevar al barrio pero una vez dentro y de nuevo al otro lado del río, se produce un terrible atasco del que parece que nunca se podrá salir. Algunos de los pasajeros impacientes increpan al conductor pidiéndole que no deje pasar a los autobuses que le impiden avanzar, al salirle por la derecha, y expresan su enojo diciendo despectivamente que “españoles tenían que ser”. Deducimos que son fieles que han venido a la beatificación de uno de sus paisanos pero por si acaso ni hablamos para no irritarles más. Sube el autobús por el Gianícolo y entre los pocos huecos que el atestado autobús deja libres, podemos admirar con la claridad del medio día el bello paisaje que la ciudad ofrece desde esta altura. Trasbordamos de autobús y finalmente, agotadas y sudorosas, llegamos al descanso que la casa de Carmen nos ofrece, donde repondremos las fuerzas durante más tiempo del acostumbrado, ya que no salimos en toda la tarde.

Llegadas las siete de la tarde, vamos a casa de Sonsoles, donde están los niños y comenzamos a hacer una tortilla de patata. Llegan ellos hacia las 9 y media y cenamos todos juntos. Cuando volvemos a casa de Carmen tenemos ocasión de conocer a su amigo Jorge, el periodista mejicano tan inteligente como simpático.


25, martes.
Desayunamos despacio con Antonio en esa preciosa cocina bañada por el sol de la mañana que parece dar fuerzas para acometer el día. No es muy costoso, sin embargo, el “trabajo” que nos espera ya que hemos decidido ir a visitar más museos. En el lento tranvía número 3 pasamos hacia el este y luego norte de la ciudad hasta llegar a la plaza Thorvaldsen, en un extremo de los jardines de la Villa Borghese. Hemos pasado por lugares que de gran interés: La Universidad de Roma, la Basílica de San Lorenzo extramuros, la Vía Nomentana, la larga via de mucha circulación, en donde está el conjunto medieval formado por el mausoleo de Constanza, la hija del emperador Constantino, y la basílica de Sta Agnese, bellísima iglesia de pequeñas proporciones. También allí cerca están Los Jardines de Villa Torlonia, que utilizó Musolini como vivienda, los Jardines de la Villa Albani, la zona del Pariolo, el barrio modernista del arquitecto Kapedé y otras zonas igualmente interesantes. Hay que resignarse a dejar para una próxima ocasión.

Cuando llegamos al final de Trayecto empezamos nuestro recorrido museístico visitando el Museo Etrusco conocido por la Villa Giulia. Su fachada es de Vignola, Jacopo Barozzi. Aunque sólo fuera para conocer el edificio ya habría merecido la pena visitarlo, especialmente el ninfeo hecho en el renacimiento a imitación de los antiguos y que ha logrado evocar muy bien el lujo, sosiego y belleza de aquellos. Tiene también un gran patio ajardinado. En el interior –encontramos cerradas algunas salas- recorremos casi solas, excepto dos ruidosos grupos de escolares de corta edad, las salas que contienen muchas y valiosas colecciones de cerámica griega, entre las que vemos con más interés algunas muy divulgadas escenas mitológicas y otras muchas igual de interesantes y que descubrimos ahora. La tumba de los Esposos, perpetuada en la literatura por el libro de José Luis Sampietro “La sonrisa etrusca”. La Cista Ficoroni, con grabados que representan historias de los Argonautas, las coloristas terracotas procedentes de templos etruscos entre las que nos impresiona un Apolo de penetrante mirada, las antefixas y adornos de los tejados y un gran número de otros tesoros que evocan la poco conocida, para algunos, civilización etrusca.

Salimos de este museo y volvemos, entre edificios grandiosos de Academias extranjeras, a la Plaza de Cervantes, lo que nos hace sentirnos familiarizadas con la ahora lejana España, en la cual se levanta imponente y enorme el edificio del PALAZZO DELLE BELLE ARTI, la Galería Nacional de Arte Moderna. Aquí hay una de las tres sedes de la exposición LA MAESTÁ de Roma que no visitamos por falta material de tiempo y porque hemos elegido otra de las muestras. Recorremos el museo entre grandísimos cuadros de pintores no conocidos para nosotras y grupos escultóricos algunos verdaderamente bonitos. Las obras se dividen por siglos y en las salas del siglo XX sí conocemos a Giorgio de Chirico y a Giacometti. También hay muestras de artistas extranjeros como Cezane, Moore y otros.

Decidimos quedarnos a comer en el mismo Museo, en uno de cuyos grandiosos salones que comunica con los jardines está instalada la cafetería y el restaurante. Allí, a los pies de una escultura y bajo los frescos de estilo rafaelesco que adornan los altos muros, reponemos fuerzas sin perder el ambiente refinado del arte, con una buena comida.

Con el calor de las primeras horas de la tarde atravesamos el bellísimo Jardín de la Villa Borghese donde encontramos lagos transparentes, árboles frondosos, verdes laderas en las que descansa la gente en este anticipado tiempo veraniego, setos de flores, la Porta Egizia, bustos y esculturas en sus peanas, hasta salir por el otro extremo a la Viale de Trinitá del Monti. Antes de llegar a la Plaza está la VILLA MEDICIS, actual Academia de Francia, un soberbio edificio renacentista donde está instalada una de las muestras de la Maestá de Roma. Entramos y no nos decepciona en absoluto. Hemos empezado la mañana con muestras de la pintura antigua para pasar bruscamente a la de los dos últimos siglos. Ahora podemos contemplar una cuidada selección de pintura francesa de Ingres a Degas (bastantes más del primero que del segundo) pasando por otros muchos interesantes aunque menos conocidos pintores franceses, que tienen como motivo de inspiración Roma o sus leyendas. Recibimos la sorpresa de encontrarnos cara a cara con obras de tema mitológico tan conocidas y reproducidas como las de Ingres, Edipo ante la Esfinge o Tetis suplicando a Júpiter, motivo de especial emoción ante la obra original. Sólo podemos ver una parte de los Jardines porque otra está de obras.

Llegamos hasta la Pza de España y bajamos las innumerables escaleras, llenas como siempre de personas sentadas en ellas. Nos dedicamos a recorrer la zona comercial y a comprar los últimos detalles para llevar. Nos extraviamos por ese abigarrado centro sin que nos importe nada, ya que nos topamos en todas las vueltas de una esquina con edificios importantes que aún no habíamos visto. Entramos por ejemplo en el espléndido patio del Palacio Borghese, donde está el consulado o chancillería de España, rodeamos el Palazzo de Montecitorio para conocer las dos plazas que lo circundan, nos dejamos perder hasta aparecer el la Pza Rotonda desde donde ya conocemos perfectamente el camino a casa.

En casa nos reunimos Antonio, Jorge y nosotras ante una buenísima tortilla de patata que hemos preparado con la seguridad que siempre se saborea con gusto.


26, Miércoles
En el autobús H llegamos rápidamente a la Pz. Venecia, ese punto crucial en el centro de Roma. Subimos por el Corso, torcemos por el Colegio Romano donde encontramos otra estatua parlante, il Facchino, de época renacentista, con un barrilito de agua en las manos, y buscamos la entrada a la GALERÍA DORIA PAMPHILI que todavía no ha abierto. El palacio nos gusta muchísimo, porque está conservado tal cual era, seguramente, con los suelos originales y los vistosos frescos en algunos de los techos como el de los trabajos de Hércules en el ala de los Espejos. Los cuadros están colocados como se hacía en ese tiempo, uno encima de otro hasta cuatro alturas, lo que da impresión de amontonamiento e impide disfrutar las cualidades individuales de cada uno. Pero por otra parte evoca más verazmente un ambiente histórico. Muchas pinturas son conocidas y valiosas. Hay también esculturas bonitas, pero la pieza fundamental, depositada en una sala especial para él es el retrato que Velázquez hizo al papa Pamphili Inocencio X, primero de los retratos psicológicos y al tiempo obra maestra, que hizo pronunciar al retratado una frase que ha pasado a la posteridad “troppo vero”. Verdaderamente su contemplación frente a frente merece la pena.

Tomamos un café en el bar que hay en el mismo palacio, con una gran fuente que imita las que se encuentran por la ciudad, con una gran bañera, no creemos que antigua. En este momento decidimos separarnos para que yo recoja unas fotos y quedamos en el Capitolio dentro de dos horas.

Salgo a la Vía del Plebiscito y por Vittorio Emanuele llego hasta Vía Paola donde recojo las fotografías. La fachada de la Chiesa Nuova está preciosa. Cruzo el río por el Ponte de Saboya y voy por el Lungotevere Gianicolense hasta coger la Vía Lungara y entro en la Farnesina para comprar el libro. Paso a la Galería Nacional Corsini y veo la grandiosidad de las escaleras y Patio central, con esculturas magníficas pero no lo visito. Vuelvo a cruzar el río por el Ponte Sixto a salir a Arenula y me pierdo por el Ghetto. Busco la fuente de las Tortugas, entro en los Patios del Palazzo Mattei, salgo a la calle del Teatro de Marcelo y subo al Campidoglio donde he quedado con Isabel para volver a casa.

Por la tarde las fuerzas nos dan para dar una vuelta por la Vía Trastévere, cual vecinas de ese barrio.


27, jueves
Es el último día y quisiera llevarme conmigo la visión de todo lo que tenía proyectado pero es tan imposible como que la nieve queme o el fuego refresque. Procuraré rellenar algunos de los “huecos” que me quedan por completar de mi programa aunque también me gustaría repetir cosas ya vistas o contemplarlas a otra luz, o fotografíar un detalle etc.

Desde Largo Argentina nos separamos. Primero me asomo a la zona arqueológica y descubro, -siempre hay algo nuevo para descubrir-, un foso delante de los templos en donde los gatos –los famosos gatos de Roma- toman el sol entre macetas y plantas de enredadera. Tal vez el guardián tenga un lugar por aquí y estas flores son fruto de sus cuidados. Voy a la Vía del Corso y tuerzo a la derecha y me encuentro con la Vía de los Santos Apóstoles, con edificios monumentales a un lado y a otro. Iluminado por el sol el Palacio Odescalchi, del s. XVII, con un magnífico patio grande como una plaza de pueblo, lleno de columnas y estatuas clásicas, diseñado por Bernini. He pedido permiso para entrar al portero y me ha dejado. Al otro lado de la calle la gran Iglesia de los Santos Apóstoles, del arquitecto F. Fontana, perteneciente a los Franciscanos, los Fratri, enorme, barroca. Hay otro palacio en la calle, el de Sancti Apostoli, que le da el nombre, del s. XV. También está aquí el Museo Colonna que no visito.

Sigo en dirección al foro de Trajano y entro en la Chiesa de San Giuseppe dei Falegnami, de Giacomo della Porta, del s. XVI, en el mismo Foro. Debajo de ella la Carcel Mamertina donde estuvo prisionero San Pedro, -dicen- entre otros muchos. Veo el arco de Septimio Severo de tú a tú, casi tocándolo con la mano. Hay muy poca gente y la mañana es preciosa. Contemplo el Foro de César con detalle y sigo por el borde de los demás Foros con calma, leyendo todos los carteles que descubro por primera vez y que ayudan a identificar las ruinas.

Sigo por los Foros Imperiales hasta entrar en Santa FRANCESCA ROMANA, iglesia erigida en el siglo IX. No hay nadie, casi da miedo. Un sacerdote viejísimo prepara con la ayuda de una chica joven el altar en la parte de abajo. Yo subo las escaleras para situarme bajo el estupendo ábside de mosaicos, como tantos otros, que veo iluminado tras echar la monedita. Representa a la Virgen con el niño que le alarga la mano a su madre y ésta hace lo mismo. La Virgen está sentada en un trono lujoso, con cojines. Encima de ella está el brazo de Dios. Los santos que les rodean, con un gesto de levantar la mano son Job, Jacob, San Pedro y San Pablo, en sus hornacinas. Este mosaico es del siglo XII. El órgano es precioso. Hay un icono de la Virgen, de estilo bizantino que es el más antiguo que se conoce en Roma, datado en el siglo VI o VII. Hay también pinturas que escenifican el martirio de la santa.

Mientras tanto, han entrado dos señoras que piden les iluminen la cripta que se anuncia con una flecha y descienden a ella. Yo salgo detrás, claro, para no perderme nada interesante en esta zona que está incluida en el mismo centro del Foro. Pero más me hubiera valido no bajar, porque lo que me encuentro de frente sin poder dejar de verlo es el mismísimo esqueleto de la tal santa, cubierto en parte por un sudario, en una urna de cristal. Subo como alma que lleva el diablo y espero no haber ofendido por ello a la santa, pero prefiero lo de arriba. El techo de la iglesia, plano y esculpido con inmensos grutescos es muy bonito. Tiene una ventana lateral abierta al Foro, donde ya se ven grupos ingentes de turistas, entre los que predominan los jóvenes estudiantes con sus pacientes profesores.

Sigo mi camino rodeando el foro y entro por la Vía Sacra, el mismo camino que hice el otro día pero hoy con la esperanza de entrar en la iglesia de SAN SEBASTIAN, del siglo X. Está cerrada la puerta de metal y me decido a llamar y explicar mi interés por visitarla. Me abren desde dentro y cuando cierro tras de mí la puerta me parece haber entrado en un pequeño paraíso: silencio total, flores de colores vivos y variados, palmeras, otros árboles, pequeñas estancias ajardinadas, una casa que parece un apacible refugio rural y en la misma línea la fachada de una pequeña iglesia del siglo XVI, tal vez. Me espera una señora a la que le muestro mi admiración por el lugar. Me explica que es una residencia de retiro espiritual y también se celebran bodas. Puedo pasar a ver la iglesia pero la están restaurando. Me quedo sola y me acerco al final del recinto donde una gran reja de espacios anchos entre los barrotes marca la separación con el terreno arqueológico en el que se distinguen una planta basilical de grandes dimensiones de lo que fue el templo de Heliogábalo, el emperador que se creía el Sol. Me da la impresión que aún tienen mucho que excavar y descubrir en esta zona, verdadera isla de paz en el centro de Roma. Entro a la pequeña iglesia y me parece un lugar tan atractivo como el entorno. Hay unos pequeños andamios que están descubriendo pinturas murales de los siglos X, probablemente. Leo en unas lápidas escritas en latín e incrustadas en los muros –y ya me había contado amablemente la señora que cuida esta casa- que éste fue el sitio donde martirizaron a San Sebastián y que en la iglesia hay pinturas que lo escenifican, según consta en un códice Vaticano. Seguramente son las que están ahora descubriendo pero no me atrevo a preguntar. El altar está formado por una gran pintura de tipo bizantino, probablemente de esta misma época, que me parece preciosa y , aprovechando la soledad en que ha quedado la iglesia cuando los tres profesionales de la restauración han salido a desayunar, me quedo contemplándola y queriendo captar todas sus imágenes. Está dividida en cuatro franjas, separadas algunas por la greca, con figuras, hieráticas unas y sedentes otras, -en el centro se distingue la de Cristo- y con los nombres debajo y alguna leyenda que no entiendo bien.

Dejo con pena el lugar y bajo a la civilización donde el autobús 81 me lleva a San Juan de Letrán. Visito la Escala Santa, un lugar de devoción que hunde sus raíces, si nos atenemos a la leyenda, en la época de Santa Helena, madre de Constantino, que hizo traer de Jerusalén los restos de la Cruz y otras reliquias y con la que también está relacionada la siguiente iglesia que voy a visitar.

Una vez dentro del recinto rectangular que por fuera no parece una iglesia sino un patio de un edificio público, recubierto totalmente de pinturas en sus paredes, distingo una escalera en frente de la puerta de entrada por donde diversas personas suben de rodillas. Estudio el lugar, cegada como estoy por la luz de la calle, y pronto me doy cuenta que no estoy obligada a hacerlo yo también por este método, porque a ambos lados hay otras dos escaleras para peatones. Arriba, además de una capilla en cada extremo, se puede ver, a través de unas antiguas rejas, el sancta santorum, una capilla donde se distinguen mosaicos, pinturas y una inscripción en latín que dice que no hay en el orbe otro lugar más santo. Un altar portátil, forrado de plata, deja entrever un icono que representa el rostro de Jesús, que según la tradición, no fue pintado por mano humana (en estos casos, porque hay algún otro ejemplo en la cristiandad, se atribuye la autoría a los ángeles). El suelo es antiguo, cosmatesco una vez más. Este recinto era la capilla privada de los Papas cuando vivían en San Juan Laterano.

Salgo y voy andando por la Vía Carlo Felice, ancha arteria que tiene incluso un parque, pegado a la muralla aureliana por el que paseo observando la gente que descansa en él a estas horas de la mañana, ancianos, niños y un grupo de estudiantes jóvenes que deben tomarse un respiro. Llego a SANTA CROCE IN GERUSALEM, un templo barroco, arquitectónicamente muy bonito, construído en el siglo XII, con un atrio ovalado y gran cúpula. El interior está in restauro y no se pueden apreciar en su totalidad las pinturas del ábside, sólo la figura del enorme pantócrator recién liberado de andamios y que parece brillar con luz propia en la bóveda de color azul intenso. El baldaquino es una obra de arte. Por detrás del ábside entro en una capilla con mosaicos y una estatua de Santa Elena, la que mandó traer las reliquias de la Cruz desde Jerusalén. Otras estatuas, de un Papa orante y una bella Piedad en el altar realzan la capilla.

Al salir voy andando hasta la cercana PORTA MAGGIORE, delante de la cual se conserva el monumento funerario de época romana en forma de hornos de pan porque su destinatario precisamente fue un panadero, Eurisaces.

El autobús me deja en la Pz Venecia; no puede seguir el recorrido por estar cortada la Vía del Corso a causa de las manifestaciones habituales. Esto me hace cambiar de planes pero tal vez para salir ganando porque, una vez en la Vïa Arenula, decido callejear como a mí me gusta, penetrando en las más pequeñas calles y encontrando plazas, fuentes, casas desconchadas, hermosos patios hasta que me topo con el maravilloso PALAZZO SPADA., lleno de sorpresas que pondrán un hermoso broche final a esta intensa mañana de despedida de Roma. En la fachada exterior hornacinas con personajes de la primera historia de Roma y al entrar en el patio rectangular las estatuas, en la misma disposición que afuera, son de los dioses del Olimpo, fácilmente reconocibles por sus atributos. Disfruto al reconocer a cada uno de ellos y casi estoy tentada de saludarles. En un lado del patio, a través de los cristales de la Biblioteca diviso un enorme paseo de columnas con una estatua al fondo y, sorprendida por el hallazgo, me dispongo a rodear el edificio en busca del lugar. Pero me encuentro con una modesta zona que está en obras sin rastro de columnas. Resignada entro en la GALERIA DE PINTURAS y me anuncian que lo primero es visitar el artificio de Borromini. Sigo las indicaciones y entro en un delicioso y pequeño patio con naranjos en uno de cuyos lados veo algo que me desconcierta: un hombre alto, empleado de la Galería, entra por el pasillo de columnas y en dos pasos ha llegado al final, teniéndose que agachar para no darse en la cabeza y pone su mano sobre la que parecía ser una bella estatua de proporciones clásicas. ¿Qué es esto? ¿Un engaño?, -claro, efectivamente lo es. Un engaño deliberado, buscado por el cardenal Spada, que en lugar de un trampantojo hecho de pintura en un muro, buscó al arquitecto conocido para que lo elaborara con los elementos de la arquitectura. En un espacio de unos ocho metros colocó las columnas que parten de un punto de fuga, de menor a mayor, creando así un efecto óptico engañoso y simulando un amplio espacio. Es otra de las sorpresas que Roma guarda en sus calles, no del todo difundidas, y que se convierten en pequeños premios para los fieles rastreadores de ellas.

A continuación subo a la galería de pintura. Son cuatro salas en donde los cuadros están dispuestos en vertical en las paredes, como en otras galerías. Hay pintura religiosa en su mayor parte pero también encuentro interesantes temas mitológicos. Al final firmo en un libro que hay a la salida, dejando así algo de mí, pequeño pero visibleí, la firma, porque el recuerdo que me llevo será grande.

Por la tarde hemos quedado con Sonsoles para dar una vuelta de unas dos horas, por el entorno del Campo Marzio. Se hace de noche y el paseo nocturno resulta atractivo y novedoso. Andamos por zonas que ya habíamos visto y por otras que resultan no conocidas, como el palacio donde vive Berlusconi, el primer ministro. Entramos en la Iglesia de la Trinidad de los Peregrinos, donde están ensayando una bonita misa cantada y tenemos que verla desde la puerta. Hay otra iglesia, la de los Polacos, en la Vía de la Botteghe Oscure, que también queremos conocer en el momento que está llena de fieles que rezan en polaco. Todas las iglesias son bonitas una a una pero se hace difícil individualizarlas en el recuerdo. Vemos con más detalle la pequeña plaza dei Massimi, más conocida como la plaza del Odeón, porque en su centro se levanta la columna perteneciente según la tradición al Odeón de Domiciano. Está al sur de la Pza Navona, y a ella da la parte trasera del Palacio Massimo alle Colonne, en cuyos muros están pintadas escenas bíblicas que cubren todos los lienzos entre las ventanas y en los frisos. En un rincón de esta plaza un mendigo esnifa droga y los ángulos más oscuros desprenden el mal olor característico de los lugares solitarios en los centros de las ciudades, utilizados como desahogo por un tipo universal de población.

Entramos en un patio de vecinos sobre cuya puerta exterior está colgada una escarapela de cintas color azul. Nos dice Sonsoles que es señal de que ha nacido un niño en una vivienda del interior y recuerdo que lo mismo ocurría en la sociedad griega del siglo V antes de Cristo. Nos adentramos porque distinguimos en su interior una fuente con bañera de estrigilos, y una estatua copia de un original antiguo y otros detalles que valoramos. Las personas que viven aquí son de origen hispanoamericano, afincadas en ese ecumenismo que supone la Roma actual, como ya lo fue la Roma de los siglos III y IV cuando poblaciones de allende los límites del imperio se instalaban en ella.

Recorremos en ceremonia de despedida la Pza Navona, donde aún nos dan unos minutos antes de que cierre para ver una exposición de pintores españoles en la sede del Instituto Cervantes, la Pza Rotonda, el Campo dei Fiori, la Pz San Ignacio, iluminadas tenuemente y muy animadas en esta caldeada noche de fin de Marzo, con trattorias llenas de gente y tiendas para turistas aún abiertas. Es costumbre en Roma que las casas palacio dejen iluminados sus salones y desde la calle se pueden ver los techos pintados que reflejan escenas probablemente mitológicas o alegóricas. Distinguimos claramente en una de ellas a Apolo con su lira, entre otros personajes, ajenos a la vida del exterior, que se renovará cada noche con personas diferentes llegadas de diferentes lugares mientras ellos, los personajes del mito, siguen impasibles luciendo cuando iluminan la estancia y en silencio anónimo si están a oscuras. En el ánimo ya llevamos la pena por la despedida de esta ciudad, a la que nos van a unir sentimientos y emociones que guardaremos como alimento espiritual cuando estemos lejos de ella.

La noche termina en la conocida Pizzería del Trastévere IVO, recomendada en todas las guías turísticas, en agradable fraternidad con unas compañeras de profesión del instituto Tirso de Molina de Madrid.

Al día siguiente Sonsoles nos recoge en casa y nos lleva al aeropuerto donde tras un buen viaje, llegamos a Madrid poniendo el punto final a una estupenda estancia en Roma que debemos a la generosa acogida de nuestras amigas.






2º VIAJE A ROMA 17 de Marzo al 22 del 2004
Rafael y yo


Vamos Rafael y yo juntos, a quitarnos la mala impresión del verano del 2001 en que, por causa del desgraciado accidente, no entramos a Roma sino que pasamos por sus Tangenciale en ambulancia dirección al aeropuerto. Salimos de Madrid hacia medio día, con un sadwich y una botella de agua para la hora de la comida ya que ahora Iberia no da comida. Llegamos puntualmente a Fiumicino, el aeropuerto Leonardo da Vinci, y después de preguntar, cogemos el tren que va al Trastévere. No sé hacer funcionar el móvil y no me puedo comunicar con Carmen, así que tras intentarlo de nuevo en un fijo de la estación, sin éxito por cierto, nos vamos andando despacito hasta su casa que yo bien sé dónde está. Ante el retraso y la falta de comunicación nos esperaba ya impaciente.

Charlamos un rato instalados en su bonita casa y a media tarde viene Sonsoles con su coche a buscarnos y a darnos el primer paseo. Elegimos como primer itinerario turístico la colina del Aventino. Allí se aparca bien y hacemos el recorrido a pie. Me gusta recordar los sitios que ya conozco y profundizar en lo que no visité la otra vez o se me pasó.

Entramos en la iglesia de Santa Sabina, una de las basílicas paleocristianas mejor conservada de Roma, construida en el siglo IV, un titulus como tantas otras que se levantan sobre la casa de la mártir o santa que les da el nombre. Por fuera ladrillo y grandes ventanas con celosía de piedra blanca tallada. En el interior, tres inmensas naves separadas por columnas corintias que merecen admiración. En el centro el coro, de mármol blanco labrado y en el suelo, delante del coro, la tumba de un dominico hecha con un bello mosaico.

Una de las obras de arte más valiosa de la Iglesia es la puerta de entrada, de madera labrada que data del siglo V. Se representan motivos vegetales y también escenas del Antiguo y Nuevo Testamento. La más conocida es la que muestra la crucifixión de Cristo, una de las primeras representaciones de este tema y por eso muy interesante desde el punto de vista iconográfico.

Entramos en el claustro, que yo no conocía. Se construyó en el siglo XIII cuando el templo pasó a la orden de los Dominicos. Se llega a él por un estrecho y largo pasillo y tiene el encanto de estos espacios recogidos, silenciosos y armónicos. En el centro del jardín interior cuatro enormes cipreses de anchísimo tronco.

A la salida entramos en el contiguo Jardín de los Arangi, de los naranjos, en cuyo muro exterior está adosado el mascarón romano sobre una bañera del mismo tiempo hoy reconvertida en fuente. El atardecer llega antes que en España y a esta hora el sol, de un rojo intenso, se adentra en un horizonte neblinoso creando una atmósfera difusa muy en consonancia con el estado de ánimo en que te encuentras cuando estabas por la mañana en tu trabajo rutinario y a la tarde en esta querida y soñada ciudad.

Mientras admiramos el panorama que se divisa desde el mirador del jardín, intentando reconocer monumentos y lugares, entramos en conversación con unos jóvenes valencianos que han venido a hacer turismo, a costa de su amiga que cursa un Erasmus este curso en Roma y que nos dice que ella se quiere quedar aquí. Les digo que también nosotros hemos venido de turistas a casa de nuestras amigas y que, por una temporada larga al menos, también a nosotros nos gustaría quedarnos aquí.

Andamos un poco hasta la iglesia cercana, que es San Alessio, con el enorme patio pronaos. La iglesia está oscura y no la apreciamos. Seguimos la calle hasta dar con la iglesia de San Anselmo, de época reciente pero el mismo estilo basilical, a la que se entra por un jardín recoleto y un poco dejado aunque con encanto. En todo el recinto se respira paz y calma. La iglesia está cerrada.

Llegamos ante la fachada del palacio de los Caballeros de Malta, obra arquitectónica de Piranessi, que tiene el atractivo de que, mirando por la cerradura de su puerta, se ve con nitidez enfrente la cúpula de San Pedro.

Sonsoles nos da un largo paseo en su coche por una parte de la Roma monumental: San Juan de Letrán, Porta Maggiore, Foro Boario etc, con el dominio y la seguridad con que conduce por esta caótica ciudad.

Esta noche hemos cenado en casa con Jorge, el periodista mejicano amigo de Carmen y Antonio y nos hemos enfrascado en una animada “charleta” como él ha definido


Día 18

Estrenamos el tranvía 8 y bajamos en Sonnino. Damos un paseo por el barrio Trastévere hasta la plaza Trilussa, seguimos por la via Benedetta hasta la piazza San Giovanni Malva, donde Rafael reconoce la trattoria en la que estuvimos con Paco y Nuria en nuestro primer viaje. Seguimos por Santa Dorotea hasta la Lungara. Le enseño cuál era la casa de Rafael Alberti.

Entramos en el Palacio de la Farnesina, el que se manda construir el banquero Chigi en 1506 para residencia y lugar de encuentro de sus intelectuales amigos, y damos primero un recorrido por los jardines, descubriendo detalles y adornos de época romana y admirando la armónica y representativa arquitectura del edificio.

En el interior nos deleitamos con las pinturas diseñadas por el gran Rafael y sus discípulos, Peruzzi, Sebastiano del Biombo y otros. Es un sitio delicioso y la mitología ocupa un lugar preferente en la decoración. El banquero Chigi fue un hombre culto, sensible y refinado.

Salimos y seguimos por la Lungara hasta casi el final. Cruzamos por el puente Manzini al otro lado del Tíber. Enfrente encontramos la Vía Giulia, de tan buen recuerdo para mí y que quiero hacérsela disfrutar a Rafa. Vamos despacito por ella, admirando sus palacios a derecha e izquierda. Hay uno que se llama palacio Sacchetti, con una inscripción que dice fue hecho por Antonio Sangallo. A él pertenece un pequeño jardín, diseñado como ninfeo, con una fuente, detrás de unas rejas que permiten verlo, y decorado en lo alto con unas máscaras de piedra y restos de esculturas de la Roma clásica, seguramente.

Pasamos delante de pequeñas iglesias, como San Biagio delle Pagnota, más conocida como de los Armenios que, para resaltarlo, han escrito el alfabeto armenio en un escudo en la fachada, encima de una pintura de San Biagio.

A un lado está anunciado el oratorio del Gonfalone, que está cerrado. También la Iglesia de San Felipe Neri, de la que parece sólo queda la fachada y la de Santo Spiritu, que es de los Napolitanos.

A un lado un gran edificio en color siena, es la Nueva Cárcel, mandada hacer por el papa Inocencio X y creo que todavía en uso. Un poco más adelante la iglesia pequeña de San Eligio, patrono de los orfebres.

Finalmente nos topamos con el Arco de la Villa Giulia que fue diseñado por Miguel Angel con la pretensión de construir un puente sobre el Tíber que comunicara las posesiones de la Familia Borghese a un lado y otro del río.

Torcemos a la izquierda y nos encontramos en la Piazza Farnese, ese espacio arquitectónico bellísimo que preside el imponente palacio que le da nombre, actual embajada de Francia, restaurado perfectamente y modelo de arquitectura renacentista. Los romanos lo llaman “El Dado” por su forma geométrica. Nos sentamos en una terraza a tomar un capuchino y a descansar un poco para coger fuerzas. Sólo admirando cada una de las fachadas de la plaza se puede pasar un buen rato. Hay una iglesia, la de Santa Brigida, que pertenece a los suecos, con dos estatuas grandiosas en lo alto. Detrás de ella sobresale una estrecha torre terminada en puntiagudo pináculo.

Pasamos a la pz de la Quercia donde está el Palacio Espada, tan lleno de esculturas fuera y dentro del patio. Lo llamativo es la prospectiva de Borromini y se lo hago ver a Rafael. Seguimos hacia el Teatro de Popeo, a donde da la iglesia de San Andrea de la Valle que ya está cerrada. Paseamos por la Pz dei Fiori, tan animada por las mañanas con el mercado multicolor.

Cruzamos la ruidoso y agitada Vía de Vittorio Emmanuele y entramos al patio del palacio Máximo delle Colonna, que da a esta calle y por tanto tiene la fachada gris del humo de los coches, lo que desmerece el mérito de este edificio. Su forma curva responde a la forma del antiguo Odeón, ya que se construye sobre éste y del que se conserva una columna en la otra parte del palacio, dando a la calle.

Está cerca el espacio urbanístico de la Piazza Navona, uno de los más bellos de Roma. Entrar en este antiguo circo de la Roma imperial, hoy reconvertido en plaza, produce una sensación inolvidable. Es todo bonito, la original forma helicoidal de la plaza, aprovechando el trazado antiguo del circo, las esculturas de las fuentes que la adornan, especialmente la del centro de la plaza que representa los cuatro grandes ríos del mundo, obra de Bernini, el gran obelisco que sustentan, el templo de Sta Agnese que por ahora tiene andamios en la fachada, el palacio de los Pamphili que está al lado y hoy es embajada del Brasil, los edificios civiles, la animación humana en donde unos venden, otros exponen, otros admiran, otros, cansados, ocupan bancos y bordillos, mesas de restaurantes y bares. Hay rostros humanos de todo tipo, color y condición.

La recorremos despacio todo a lo largo y una vez en el otro extremo nos metemos por una pequeña calle de ambiente medieval que nos lleva a Sta Maria de la Paz, iglesia que siempre encuentro cerrada aunque su exterior, pequeño atrio redondo de columnas, obra de Borromini, merece mucho la atención. El contraste con el ambiente multitudinario de la plaza Navona es llamativo, ya que en estas calles y en la pequeña plaza no encontramos a nadie. Seguimos por la calle de Parione a la de Governo Vecchio en busca de la estatua parlante del Pasquino. De ahí cogemos el tranvía y a casa al merecido descanso.

Por la tarde Carmen se ofrece a acompañarnos a dar otro paseo por la ciudad y elegimos la zona del Guetto. Paseo lento por los recovecos del barrio, antiguo y con mucho sabor. Entramos al enorme palacio que yo llamaba Mattei y parece que se llama Caetani, lleno de estatuas clásicas y relieves y sarcófagos y fuentes con otro de los impresionantes mascarones. Salimos por la Pz Campitelli al Teatro de Marcelo, donde nos paramos un rato contemplando las ruinas del templo adjunto, del Pórtico de Ottavia y finalmente del Teatro, que aprovecha la familia Corsini para edificarse su palacio con tan histórico basamento.

Ya muy cansados cruzamos la congestionada calle que conduce al Campidoglio y subimos las escaleras de Miguel Angel, saludamos la magnífica reproducción de la estatua de Marco Aurelio en medio de la plaza y nos asomamos a contemplar las ruinas del Foro en un atardecer casi ya oscuro, iluminadas tenuemente y tan evocadoras para los que amamos el mundo que representan.

Volvemos a través del Ghetto al tranvía y a casa, al merecido descanso.


Día 19, Viernes

Dudamos sobre qué hacer y Carmen parece querer incorporarse. Yo le propongo que ahora mismo es el momento de ir al Museo Altemps. Salimos los tres en el 8 hasta la pz Argentina con dirección el museo previsto pero con Carmen es imposible no detenerse a saborear una a una todas las muestras de arte o de urbanismo que ella ama y que generosamente quiere hacernos compartir. Es una suerte tenerla de amiga pero se nota especialmente conviviendo con ella en esta su amada ciudad.

Pasamos por la Pz Vidoni, donde por fin descubro la única estatua parlante que me faltaba, el Abate Luigi, una estatua de un senador romano, probablemente, pegado al muro de la Iglesia de S. Andrea de la Valle. Lástima que no llevo la máquina de fotos, para llevármelo junto con los otros “compañeros de protesta”.

Entramos en el cortile de San Ivo de la Sapiencia, donde me gustaría estar durante un buen concierto en verano, por lo maravilloso del escenario. Salimos atravesándolo por una puerta distinta, que ella conoce, y entramos ¡cómo no íbamos a hacerlo estando tan cerca¡ en San Luis de los Franceses. Los magníficos Caravaggios y el resto de la iglesia tan llena de objetos artísticos y lápidas conmemorativas de personajes que nos evocan conocimientos culturales, llena de gente hasta los topes.

Ya estamos por el móvil en contacto con la familia de Sonsoles, que va hacia el Museo, pero antes pasamos por el exterior de San Eustaquio, iglesia cuyo frontón está coronado por unas grandes astas de ciervo, símbolo del santo, que la vacunan contra la elección de la misma para celebrar bodas, una anécdota graciosa de la superstición popular.

Nos quiere enseñar otra cosa y resulta una sorpresa agradable, entrar en la cercana iglesia de San Agustín de Hípola, de la misma magnificencia que tantas otras pero para mí hasta ahora desconocida, donde en una capilla lateral, al final de la nave, hay un cuadro también de Caravaggio de la Virgen con el Niño en brazos y dos orantes que es precioso y está dentro de su estilo más representativo. Nos juntamos con una profesora que explica muy didácticamente el cuadro a sus pequeños alumnos, que miran embelesados descubriendo y comprendiendo lo que a todos nos debería transmitir el arte si desde pequeños lo hubiéramos aprendido con tan buenos recursos didácticos.

Llegamos por fin al Altemps y nos encontramos con Sonsoles, Ignacio y Violeta. Entramos al magnífico patio central y subimos a ver las piezas más sobresalientes. Yo recuerdo que es mucho más grande y tiene otras salas por la planta de abajo, ¡menos mal que se nos han pasado, porque hubiera sido demasiado para Rafa y tal vez los otros¡

Disfrutamos de la Colección Ludovisi, del relieve del Juicio de Paris, de la pintura de Romanelli, de la contemplación del Galo que acaba de asesinar a su mujer, del magnífico sarcófago, etc. En fin, es una colección extraordinaria de obras de arte donde rastreamos historia, mitología y arte en estilo puro. Yo cuento lo que sé y me hace gracia que Carmen me graba. Yo creía que eso les pasaba a los famosos…buena voluntad por parte de la amiga y bastante sobrevaloración de mis méritos.

Salimos cerca de la hora de la comida y buscamos sitio. Nos dirigimos hacia el Panteón, lleno de gente en las gradas del basamento de la fuente central y todas sus terrazas, y por unas calles pequeñas en el entorno, encontramos un restaurante que me parece muy bueno. Comemos polenta con bacalao guisado con tomate que está buenísimo. Acude también Nacho, en su mottoreta y Sonsoles se tiene que ir pronto.

Después de comer vamos a una famosa heladería, Giolitti, y tomamos un gran helado. Volvemos todos juntos hasta el Panteón donde, en una calle lateral, Ignacio se empeña en enseñarnos la única tienda que él conoce en el mundo especializada en ¡corbatas a medida¡, y allí nos separamos.

Nosotros, con el plano en la mano, seguimos callejeando y disfrutando. Damos la vuelta al edificio del Panteón, viendo ese impresionante foso que marca el nivel de la Roma antigua, seguimos a la pz donde está el Elefantito, il pulcino, de Bernini que sostiene el pequeño obelisco, entramos en la Iglesia de Santa Maria sopra Minerva. Podemos contemplar y admirar a gusta la capilla Sforza, el Cristo pagano de Miguel Angel, la tumba de Fra Angélico, entre otra mucha oferta que ya no podemos abarcar.

Seguimos el paseo, por la calle del Colegio Romano, la calle San Ignacio hasta la pequeña y armónica plaza del mismo nombre, frente a la iglesia de los jesuitas famosa por la cúpula de Del Pozo. Seguimos a la plaza di Pietra, con las impresionantes columnas del templo de Adriano, hoy reconvertido en el edificio de la Bolsa.

Llegamos a la plaza de la Colonna, la de Marco Aurelio, rodeamos el palacio de Montecitorio y por la calle de la Lupa llegamos al Palacio Borghese, donde sólo podemos asomarnos al patio. Allí está el consulado de España.

Por la calle Borghese salimos a la del Corso. Enfrente vemos la Pz España con su escalinata repleta de gente, turistas en su mayoría. Rafael está muy cansado, ya no podemos alargarlo más. Bajamos por la calle del Corso hasta encontrar un taxi. Nos deja en el Super y allí hacemos la compra porque esta noche nos reunimos todos a cenar.

Estamos Sonsoles, Nacho, Violeta, a última hora acude también Manu que viene de viaje, y nosotros cuatro. Se habla y se ríe mucho.






Día 20, Sábado.

Bajamos del tranvía en Trastévere, de nuevo y entramos en la iglesia que tantas veces he visto desde fuera, San Crisógono. Es una iglesia del s. VII, con planta basilical, mosaicos en el ábside. Está oscura.

Por la via Lungaretta llegamos a la plaza de Sta Maria in Trastévere y entramos en la bellísima iglesia, llena de mosaicos y otras joyas.

Pasamos en el paseo por la plaza San Cosimato donde hay un mercadillo y vamos buscando San Francisco a Ripa para ver y admirar la tumba de la beata Ludovica Albertoni Pretti Mattei, obra de Bernini, menos conocida que la transfiguración de Sta Teresa pero de igual belleza y estilo. Estamos casi solos y podemos admirarla con todo el tiempo y espacio.

Seguimos por el otro lado del viale Trastevere, no tan concurrido por turistas pero con edificios antiguos llenos de sabor, como los que hay frente a la Iglesia de Santa Cecilia, medievales del siglo XIV, bien conservados. Entramos en el gran atrio. Hay una boda y la iglesia está llena. Para hacer tiempo bajamos a la casa romana de la que es titulus la iglesia, morada de Santa Cecilia, esa mártir romana cuyo cuerpo martirizado por obstinarse en defender su fe, fue inmortalizado por el escultor Maderno en el Renacimiento.

Es una gran casa de la que se me queda en el recuerdo la lastra con el relieve de Hércules y el Larario de Minerva, una pequeña representación de la diosa en un relieve tenuemente iluminado. Hay otros tesoros artísticos, como labrados sarcófagos, esculturas y capiteles romanos. Al final está la cripta toda ella pintada con preciosistas pinturas, renacentista, probablemente el sitio donde apareció el cuerpo de Cecilia, y que se ve a través de una puerta de rejas.

Ya ha terminado la boda y van saliendo los invitados. Nos acercamos al altar mayor para admirar la escultura de la santa. Los encargados de las flores las van recogiendo a toda prisa, seguramente tendrán que llevar los ramos y centros a otra ceremonia esta misma mañana. El sacristán va apagando las luces y retirando los adornos de los bancos y pasillo. Ha sido efímera la contemplación de la iglesia engalanada pero lucía verdaderamente. A la salida nos sentamos en el pretil del centro del patio y contemplamos con calma la salida de los novios, las fotos de rigor y el atuendo de los invitados.

Volvemos a por el tranvía que nos deja al lado de la Vía Plebiscito, pasamos por delante del Museo Doria Pamphili y en esa plaza recibimos la llamada de Sonsoles, que nos invita a comer a su casa y nos espera a la salida del puente Garibaldi con el coche. A toda prisa –lo que damos de sí después del gran paseo matutino- volvemos a por el tranvía para acudir a la cita.

Conocemos su casa, muy bonita, y comemos con todos los miembros de la familia. Un sabrosísimo pescado. Por la tarde nos llevan en coche a Ostia Antica pero ya no es hora de visitas. Paseamos por el borgueto que rodea al castillo de Julio II. Hablamos y se pasa bien. Volvemos a su casa, donde hace una suculenta cena que lleva a casa de Carmen porque allí nos volvemos a reunir los mismos que ayer –menos Violeta- con Jorge, el mejicano. Cenamos estupendamente y nos reímos y hablamos hasta las tantas.

Esta tarde ha habido en Roma una gran manifestación en contra de la Guerra una vez más.


Día 21. Domingo

Hoy Roma experimenta una prudente prohibición: que no circulen por el centro histórico de la ciudad coches privados, sólo autobuses y taxis. Parece que ocurre un domingo al mes y me parece una buena idea.

Salimos de casa hacia las 10 de la mañana, cogemos el tranvía y luego el 40 hasta la Vía Nacional. Vamos primero al palacio del Quirinal y observamos con detenimiento las fantásticas estatuas de los Dioscuros, que se suponen obra de Praxiteles y de Fidias, nada menos, y así está orgullosamente inscrito en el pedestal. Hay un silencio especial en esta normalmente ruidosa calle. Hemos estado tentados de entrar al palacio pero al final seguimos andando y entramos en la iglesia de San Andrea dei Fratti, una joya del barroco obra de Bernini. Están haciendo misa pero lo hacen tan largo que nos salimos antes.

Seguimos por esa calle, la del XX de Mayo, hasta el cruce de calles conocido como las 4 Fontanae porque en cada esquina hay una fuente. Es un lujo lo que nos ofrece hoy la situación de no haber casi coches, porque no hemos colocado en el centro de la plaza, en la intersección, desde donde se ven unas estupendas perspectivas, y tres de los más famosos obeliscos al fondo de cada calle. No podemos entrar en la iglesia de San Carlo por el oficio religioso y seguimos hasta Santa Susana, iglesia de lujoso y recargado barroco, que pertenece a la iglesia americana.

En realidad queríamos ir a la de Nta Sra de la Vittoria a la que entramos con suerte entre misa y misa y podemos contemplar con tiempo y facilidad el éxtasis de Sta Teresa, de Bernini, tan famoso y reproducido.

Bajamos por la calle Barberini, rodeando la inmensa mole del Museo que le da nombre pero no podemos ver la maravillosa escalera helicoidal de Borromini porque está cerrada la puerta de entrada. Me meto por el interior del patio para ver las obras que están haciendo en los Jardines del palacio que quedarán muy bien cuando se terminen. La fachada del imponente palacio está muy restaurada, con una fuente agradable delante y muy poca gente.

Seguimos por la Vía Roseta, paralela a la de Trittone, hasta encontrar la Fontana de Trevi, donde se nos ofrecen dos espectáculos, el de la magnífica fuente y el del público que allí se sienta, pasea, vende o se exhibe. Hoy concretamente observamos divertidos a una pareja de novios que se están haciendo las fotos del día de su boda recurriendo a los más conocidos tópicos, como posar al lado de los centuriones de pacotilla que buscan la propina de los turistas, o delante del magnífico Neptuno que preside la fuente.

Salimos a la calle Trittone y de ahí al Corso. Entramos en el atrio de San Silvestre, tan lleno de fragmentos de sarcófagos y estelas y luego, atravesando Colonna, Bolsa, y Panteón, cogemos el tranvía.

Comemos con Carmen y Antonio, arroz con fungi, muy bueno y después de comer nos vienen a buscar Sonsoles y Nacho. Vamos los seis en dos coches y, dando un tremendo rodeo a causa de la prohibición, llegamos a la Vía Nomentana y entramos al recinto donde hay contiguos dos monumentos artísticos de primer orden que por su lejanía no siempre están en las agendas del turista, el Mausoleo de Santa Constanza y la basílica de Santa Inés, dos maravillosos monumentos.

El Mausoleo es en realidad de Constanza, hija de Teodosio, que quiso ser enterrada al lado de la basílica de Sta Inés. Es templo redondo, con unos mosaicos bellísimos en el techo y en unas capillas laterales. La Basílica es de dimensiones reducidas en comparación con las grandes y famosas pero muy bonita. También tiene mosaicos en el ábside, que representa a la santa rodeada de dos santos. Hay también una estatua en mármol de Santa Inés que queda en la memoria.

Cuando salimos vamos en el coche a buscar la cuarta de las basílicas grandes que no había yo conocido: San Lorenzo extramuros. Está al lado de un enorme cementerio. Delante tiene un pórtico con columnas de orden jónico. En el atrio de entrada un conocido sepulcro, un tanto tosco de ejecución pero muy valioso que trata de oficios, entre los que se distingue bien la vendimia, por las vides. Es ático del siglo III d C. Otro sepulcro es el de las bodas, de un sobrino del cardenal…….

En el interior tiene dos partes diferenciadas. Hay bellos mosaicos en el arco de medio punto central que casi no se pueden apreciar. En el centro sobre las reliquias de San Lorenzo, un representativo ciborio del siglo XII, uno de los más bellos de Roma. En la parte de atrás del altar, un gran espacio donde está la tumba de Pio IX que también está decorado con mosaicos.

Pasamos con el coche al barrio de Kapedé, que tanto le gusta a Sonsoles y verdaderamente es bonito. Recibe el nombre del arquitecto que lo diseñó, en estilo modernista, con casas preciosas.

Como despedida salimos a cenar a una Pizzería de al lado de casa de Carmen y Antonio que es un poco lóbrega y no se distingue tampoco por la buena comida, pero estamos todos juntos, las tres familias, y lo pasamos bien. Despedida.

Día 22, Lunes.
Nos han llamado a un taxi elegantísimo, un mercedes con conductor, que nos lleva al aeropuerto enseguida.
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