lunes, 1 de noviembre de 2010

viaje a León, España, octubre 2010

VIAJE A LEÓN
8 de octubre 2010
Salimos con Paco y Nuria en el “Gómez” hacia las diez y media por la autopista de la Coruña y no paramos hasta llegar a SIMANCAS, hacia el mediodía. Damos un buen paseo por el pueblo que nos resulta una agradable sorpresa pues es bonito y está muy cuidado. A la entrada y cerca de la carretera se levanta el monumento más conocido, el que le da fama en el resto del país. Es el castillo construido en el siglo XV por la familia Enríquez, sobre los restos de una antigua fortaleza árabe. Pasó luego a ser propiedad de la corona, en tiempos de los Reyes Católicos que la convirtieron en prisión. Fue Felipe II el que le dio nueva ocupación al castillo, convirtiéndolo en Archivo General del Reino, y hoy es conocido como Archivo Histórico Nacional y no sólo por los investigadores de historia sino por cualquier persona medianamente culta.
El edificio sufrió transformaciones en su arquitectura hasta su estado actual. Predomina la torre del obispo, llamada así porque en ella estuvo preso el obispo de Zamora Don Antonio de Acuña que se unió a los Comuneros de Castilla en contra de Carlos V y aquí fue ejecutado el orgulloso personaje.
La última reforma que se ha llevado recientemente a cabo no parece que haya sido del agrado de los cinco mil habitantes del pueblo, a juzgar por el testimonio de una de sus vecinas con la que entablo una corta conversación. Ella está muy orgullosa del pueblo, lleno de muestras arquitectónicas del pasado pero… están indignados porque el castillo tenía unas regias escaleras de subida que se han llevado recientemente y sustituido por un muro de granito sobrio y liso que rodea el edificio en uno de cuyos entrantes está el cartel que anuncia el flamante y conocido título de Archivo Histórico Nacional. La señora opina que a algún sitio se habrán llevado las escaleras porque vieron cómo numeraban sus piedras, pero a saber dónde.
Cerca del Castillo, en una calle que nos lleva al centro, encontramos un monumento moderno que representa a un grupo de figuras femeninas, realizado en bronce sobre soporte de un muro liso de granito, a su vez colocado delante de una enorme roca. Gracias a la inscripción que hay a su lado nos enteramos de que evocan uno de esos episodios históricos que han entrado en la leyenda aunque con tintes sombríos. En época del Rey Ramiro I, allá por el siglo IX, dada su debilidad, accedió a entregar al emir Abderramán II el tributo de cien doncellas que ya se había practicado un siglo antes y que entonces reclama de nuevo el moro. A esta población le corresponde aportar siete doncellas que fueron tan valientes, rebeldes y decididas que prefieren cortarse una mano para evitar esta humillación. La respuesta de Abderramán al verlas mutiladas fue la siguiente: “Si mancas me las dais, mancas no las quiero” de donde los habitantes afirman que vino el nuevo nombre de la población.
El resultado histórico de la leyenda es que el valor de las jóvenes movió al rey cristiano a levantar sus huestes e infundirles valor y que tuvo lugar la batalla de Clavijo en la que los cristianos derrotaron a los moros, claro que con una ayudita de Santiago y que en lo sucesivo se abolió tan servil costumbre de entregar muchachas como tributo.

En la misma calle encontramos un par de asadores con magnífico aspecto que ejercen verdadero “efecto llamada” pero es todavía demasiado pronto para comer. La iglesia del Salvador, que vemos por fuera, es muy bonita, de artística ejecución que mezcla estilos, como tantas veces y con la característica piedra porosa blanca de Valladolid.
Seguimos viendo casas antiguas, con portones, bancos y escudos que dan un carácter de villa castellana histórica a este pequeño pueblo. Se llega al fin a un mirador rodeado de un pequeño parque desde donde se ve un precioso panorama del río Pisuerga, que discurre ancho en un entorno de árboles y en el que sobre todo destaca un largo puente medieval en magnífico estado.
Seguimos nuestro camino atravesando las afueras de Valladolid y llegamos a MEDINA DE RIOSECO a una hora en la que lo más perentorio es buscar un restaurante para comer. Aquí no tenemos esa primera y buena impresión como en Simancas y acabamos entrando en el mesón Asturias que, aunque tiene casi todas sus mesas llenas, no nos deja una comida para el recuerdo, ni por la calidad del menú, ni por el ambiente, ni muchísimo menos por los camareros, pues ni uno ni otra que nos atienden han esbozado siquiera una sonrisa ni han hecho un gesto de amabilidad. La única compensación es que era de precio asequible. Después es el momento del paseo por la Rúa mayor, de soportales toda ella y de la que nos admiran las redondas columnas de madera vieja que los forman y en algunos casos con claras señales de deterioro pero que constituyen un conjunto muy armónico. Pasamos ante la iglesia dela Santa Cruz, en un espacio abierto en la calle. Hoy alberga el museo de Semana Santa y delante de la fachada principal, hay una de esas simpáticas esculturas en bronce que van proliferando en pueblos y ciudades y que reflejan escenas cotidianas o de reminiscencias sociales. En este caso es un nazareno, vestido para salir en el paso de la procesión, que da la mano a un niño con la misma indumentaria de hábito pero sin el capirote en la cabeza, niño que representa la cantera que asegura la continuidad del ritual.
Llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento, amplia y despejada, desde donde se vislumbra alguna torre de un convento cercano. Volvemos hacia la plaza donde tenemos el coche, a la que da la magnífica iglesia de Santa María de Mediavilla, que aúna los estilos gótico, renacentista y barroco. La plaza, uno de cuyos lados está formado por la fachada principal, es muy agradable, y destaca una casa de galerías blancas en otro de los lados, junto al Casino. La iglesia tiene una magnífica torre que se puede ver en un amplio entorno. El interior está abierto y aprovechamos para visitarlo aunque sin comprar el billete que nos da derecho a verla por completo, por ejemplo, el sepulcro de los Benavente que se anuncia como digno de visitar. De la iglesia destaca aparte de la arquitectura, el retablo y a la parte de atrás el valioso coro de madera labrada, presidido por un cuadro redondo que refleja a la Inmaculada y en cuyo centro se encuentra un enorme facistol de cuatro caras. El coro está separado de la iglesia por una reja imponente.
Damos por terminado el paseo por esta población, conocida como la villa de los Almirantes de Castilla y seguimos por la nacional hasta la ciudad de LEÓN.
Gracias al tonton encontramos la avenida de Roma y aparcamos en zona azul cerca de la casa de Esther. Es el 8º piso de un edificio moderno en esa céntrica calle y en tiempos fue la vivienda del portero. Ahora es un piso nuevo, bonito, luminoso, arreglado estupendamente, con todo lo fundamental y que está a la venta. Lástima que ninguno de los hijos tenga posibilidades de un trabajo en esta ciudad porque si no, entablaríamos negociaciones…
Nos instalamos cada pareja en una habitación con dos camas, una de ellas con el cuarto de baño incorporado, y en las mejores condiciones deseables. Luego con la anfitriona, leonesa y asturiana a la vez, además de buena amiga, nos echamos a la calle a conocer la antigua capital del reino,
La avenida de Roma va desde la plaza de la Inmaculada a la plaza de Guzmán el Bueno, dos de los centros importantes de esta parte moderna de la ciudad, especialmente la segunda. Llegamos enseguida a la calle de Ordoño II, la vía comercial más importante, donde ahora está el nuevo Ayuntamiento, remodelada con aceras anchas para disfrute del peatón. Los árboles son aún pequeños y permiten disfrutar de los edificios de solera o tradicionales. Pronto nos enseña nuestra amiga-guía a valorar los inmuebles de ladrillo rojo oscuro y factura algo barroca, propios de León y la zona, como luego podremos comprobar. Hay un edificio rehabilitado, pintado de rosa, en el muro resaltado por la piedra anaranjada de la zona, del que resaltan miradores pintados de blanco en los extremos de la fachada que da a la calle de Ordoño y balcones con bonita rejería. En el último piso de la fachada que da a la calle perpendicular, vemos una logia acabada en pequeñas arcadas. Pero lo más destacable es el mirador hexagonal que sale del ángulo superior del edificio, rematado en torre de pizarra, que imita el diseñado por Gaudí en la Casa Botines y le da una impronta característica y muy bella. Naturalmente el edificio ha sido rehabilitado por un banco, el Santander, y a él pertenece. Llegamos a la plaza de Santo Domingo, un centro neurálgico de la ciudad, transición entre el viejo casco histórico de León y el ensanche del que venimos. Por aquí terminaba la ciudad romana, la VII Legio, y a ella dan edificios de principios de siglo XX de altura y elegancia.
En la plaza del Obispo Marcelo, un ensanchamiento rectangular que linda con la plaza de Sto Domingo y con en el casco antiguo, hay algunos edificios de interés que nos los hace ver Esther con las artes de una profesional. La casa de Botines, proyectada por Gaudí en 1891, hoy es la sede de la poderosa Caja España, presente en esta ciudad por todas partes, que la restauró en 1994 siguiendo fielmente los planos de Gaudí y recibió por ello el premio Europa Nostra. En la fachada, sobre la puerta de entrada, hay una estatua de San Jorge matando al dragón.
Historia:
Este edificio fue encargado a Gaudí por la sociedad "Fernández y Andrés" de León - sucesora de la empresa fundada por el señor Joan Homs i Botinàs (de aquí el nombre de Botines) -, que tenía relaciones comerciales, debido a sus negocios textiles, con el conde Eusebi Güell quien les recomendó a Gaudí como arquitecto.
Gaudí trabajaba entonces en la construcción del Palacio Episcopal de Astorga y por la proximidad de ambos edificios se decidió a aceptar el encargo.
Gaudí firmó los planos del inmueble en el mes de diciembre de 1891 y una vez superado el litigio que los propietarios tuvieron con el Ayuntamiento, las obras empezaron el 4 de enero de 1892, dirigidas por Claudi Alsina, ayudante de Gaudí, y se terminaron en noviembre del mismo año.

En el frente de la plaza está el Palacio de los Guzmanes, la actual Diputación, de factura renacentista, con dos torres a ambos lados, como otros que aún se conservan en la ciudad, enteros o sólo en parte. Se comenzó a construir en 1560 por orden de Juan de Quiñones, obispo de Calahorra. Esta obra de Gil de Hontañón. El edificio hace esquina con la calle Ancha, la vía principal del barrio antiguo. Al otro lado de la plaza del obispo Marcelo está la iglesia que le da nombre, San Marcelo, con una airosa torre muy representativa de la ciudad. Allí, en una zona ajardinada, Esther nos hace ver un relieve en bronce que representa la ciudad de León en la que se superponen elementos representativos de las distintas etapas de la historia de la ciudad. Se ve claramente el recinto romano, tomando la catedral como punto de referencia, la zona por donde se conservan todavía las cercas o murallas medievales y la zona del ensanche entre ésta y el río. Nos hacemos una buena idea de por dónde circulamos, lo que nos falta y de la ubicación de los principales monumentos o lugares.
Detrás de donde estamos y a continuación de la iglesia se encuentra el antiguo Ayuntamiento, cuya fachada han tenido el buen gusto de reproducir en bronce y colocarla en la acera de la calle Ordoño, frente al moderno y funcional inmueble actual. Al otro lado de la plaza, al final de la calle a la que da el palacio de los Guzmanes, pero no muy lejos, se ve la torre de San Isidoro, el monumento románico más importante.
Nos adentramos por la Calle Ancha, que, de esta cualidad sólo tiene el nombre si se compara con las modernas del ensanche pero que en efecto lo es en relación a las perpendiculares que dan a ella. Las casas, todas muy cuidadas, de dos o tres plantas, de las que llama la atención los balcones todavía llenos de flores de vivos colores que tanto adornan. Hay una farmacia muy antigua, del siglo XIX pero bien conservada, con bonita decoración, que ya resulta de por sí una atracción.
Al final de esta calle aguarda lo mejor o lo más conocido de la ciudad y una de las joyas del país, la Catedral, que se presenta a nuestros ojos en un buen momento, limpia y sin andamios salvo uno pequeño, visible en dos de sus lados, preciosa, proporcionada, elegante, airosa, artística, cuidada, en fin, un monumento capital del arte gótico, famosa por sus vidrieras que la convierten en un prodigio de la arquitectura.
Entonces está cerrada la cancela que rodea la fachada principal pero ya se ve una tímida cola de gente apoyada en ella. La causa está en que se celebran unas jornadas de música de órgano y el concierto correspondiente a hoy empieza a las 9 de la noche con un atractivo programa de obras de Haydn y Mozart, de lo más atractivo. La tarde va cayendo y la silueta de la catedral, con sus torres principales, sus pináculos y arbotantes, se recorta en un cielo que pierde su color azul ante la llegada de la oscuridad pero que aumenta el misterio y la belleza de estos elementos arquitectónicos.
Bajamos por detrás de la catedral y nos encontramos la sorpresa de unos cubos de la muralla romana magníficamente conservados, tal vez porque han sido aprovechados sus muros para la construcción de viviendas, como ha ocurrido en tantos sitios. La calle, como no podía ser de otra manera, se llama Avenida de los Cubos. La parte de atrás de la catedral, el ábside, está construido en el espacio que ocupaba la muralla. Ésta tenía catorce entradas o salidas y era de una gran importancia. Torciendo por la calle de Bermudo III, - estos primitivos reyes del antiguo reino de León, presentes al menos a través de sus nombres en la conciencia de los habitantes actuales-, llegamos a otro espacio lleno de belleza y armonía, la plaza Mayor, de grandes dimensiones, presidida por un edificio que también fue Ayuntamiento en tiempos aún más antiguos. En este amplio espacio se pone un mercado de frutas y verduras principalmente dos días en semana, además de otras celebraciones más especiales o festivas.
Cuando volvemos a la plaza de la Regla, a la que da la catedral, el espectáculo que ya se vislumbra desde la estrecha calle que hemos cogido, es inigualable. La noche ha caído del todo y la oscuridad total se ha impuesto y por tanto se ha encendido la iluminación del valioso monumento. Aparece ante nuestros ojos la catedral como un ascua de luz, iluminada hasta en sus más pequeños resquicios, destacada nítidamente sobre el negro cielo. Por otra parte la cola de personas que pretenden entrar en ella es enorme, se extiende a lo largo de toda la plaza e incluso se alarga por la calle Ancha. Acaban de abrir las puertas y la fila se mueve con rapidez. Hemos decidido sentarnos en una terraza de la cafetería que hace esquina, desde donde se puede apreciar todo el espacio y la catedral en todo el conjunto. Tomamos una cerveza con un pincho y luego nos vamos a la zona de bares para tomar alguna tapa que nos sirva para conocer la ciudad y para cenar.
Nos adentramos por la muy conocida zona llamada el “Húmedo”, nombre bastante expresivo en sí mismo. Son calles pequeñas y de trazado sinuoso, donde predominan bares y tabernas. Nos conduce a una de nombre-parlante: “Jamón-Jamón” y tenemos la suerte de coger una mesa elevada alrededor de la cual y de pie nos tomamos dos raciones del pincho obligado que sirven, por un módico precio, con la bebida que puede ser la mitad de una caña, y la tapa que dan con ella sin pedirla, que consiste en un buen trozo de pan de pueblo acompañado de jamón, chorizo, salchichón y un trozo de queso, productos todos con el denominador común de lo sabroso de su gusto y del colesterol que producen, pero esta noche no se piensa en la segunda parte. Aún vamos a entrar en otro de estos típicos locales, todos llenos de gente en un viernes noche, a tomar otra ración de patatas fritas con pimentón. A la vuelta y en la plaza de Santo Domingo, un escaparate del bar Valencia, que también es pastelería, nos atrae y esta vez es un pastel lo que remata la informal cena callejera.
Llegamos a casa cansados pero contentos de haber pasado una buena jornada.

Sábado, 9 del 10 del 10
Las amenazas de lluvia no se han quedado en eso y amanece con el cielo completamente encapotado, lo que desde los ventanales de la casa se puede comprobar nítidamente. Quedamos con Esther hacia las 10 porque hay que cambiar el recibo del aparcamiento de la zona azul, que, aunque es más barato que en Madrid, los vigilantes ponen igualmente multas. Bajamos Nuria y yo y nos encontramos con Esther. La lluvia comienza a arreciar y Nuria sube a la casa para decir a los maridos que no salgan hasta que disminuya. Nosotras mientras tanto, nos encontramos el coche con una ventana abierta, lo cambio de sitio bajo un aguacero tremendo, pierdo el monedero primero y posteriormente el paraguas, que se caen al suelo y afortunadamente los recupero yo misma porque la intensidad de la lluvia creo que es factor disuasorio hasta para los descuideros. Después de dejar el coche aparcado de nuevo, Esther propone ir a comprar periódicos para leer en la casa ya que no podremos salir. Vamos hasta la plaza de la Inmaculada a por ellos y todavía a la vuelta, bajo el paraguas, me enseña una casa particular pero muy abandonada que vemos en el camino. Cuando llegamos a casa el agua ha subido por el pantalón hasta la rodilla. Rezumamos humedad. Así que nos instalamos en el acogedor salón de la casa a leer los titulares porque no se puede hacer mucho más cuando la conversación se impone.
Pasadas las once y media deja de llover y entonces retomamos el impulso que nos ha traído hasta esta ciudad y decidimos salir a seguir conociéndola. Nos vamos todos juntos hasta el Parador Nacional de San Marcos, el mejor de los Paradores nacionales junto al de Santiago de Compostela. Los dos fueron construidos como hospedería u hospital, dedicados a atender a los peregrinos que se dirigían o llegaban a Santiago. En efecto, en León encontramos por todas partes restos de la importancia que tuvo como un hito en el camino más famoso de la antigüedad.
El edificio en el que hoy convive el Parador de Turismo –desde 1964–, la iglesia –consagrada en 1541– y el Museo de León –desde 1869– se debe a la donación, para la construcción de un templo y un hospital, realizada por la infanta Doña Sancha en el siglo XII, con el fin de “hospedar a los pobres de Cristo” en su tránsito jacobeo por el Camino de Santiago. Unas instalaciones humildes, fuera de los muros de la ciudad, junto a la ribera del Bernesga.
A principios del siglo XVI el viejo edificio medieval es derruido y en su lugar, Fernando el Católico encarga un nuevo complejo conventual a don Pedro de Larrea. La obra fue llevada a término por Juan de Orozco. También intervinieron en los trabajos Martín de Villarreal y Juan de Badajoz el Mozo, ayudados por los escultores Juan de Juni y Juan de Angers. La Orden de Santiago ya lo había convertido en su Casa Mayor en el Reino de León. Las obras continuarían hasta entrado el siglo XVIII.
El conjunto de San Marcos es una de las obras más sobresalientes del Renacimiento hispano. La fachada plateresca está formada por un amplio lienzo de muro, integrado por un gran zócalo y dos cuerpos, rematado todo en crestería y candeleros. Queda rematada por una torre –de tipo palacial de amplio basamento donde luce una gran cruz de Santiago y un león– al extremo de poniente- y por la iglesia al otro lado.
La portada principal consta de dos cuerpos y una gran peineta que remata rompiendo su unidad horizontal. El claustro, aunque construido en tres etapas diferenciadas –siglos XVI, XVII y XVIII–, consigue un conjunto unitario y armónico. La iglesia, de estilo encuadrado en el último gótico hispano –denominado “Reyes Católicos”– está enmarcada entre dos torres inacabadas. Entre ellas, una gran bóveda de crucería cobija el pórtico.
Lo más interesante del complejo son dos hornacinas, situadas una en cada torre. En la de la derecha, una lápida empotrada en la pared indica la terminación del templo el 3 de junio de
1541.

Aparte de estos datos históricos y técnicos, el conjunto del Parador y la Iglesia de San Marcos, delante de la gran explanada muy bien urbanizada, ofrece un espectáculo inolvidable. En el suelo de la plaza han colocado unos originales adornos de agua, y el chorro sale directamente del suelo en cuadrados marcados en el suelo pero sin ningún obstáculo que impida pasar sobre ellos, más que la propia atención o la buena vista, que no es patrimonio de todos. En el lado de la Iglesia hay unos jardines que en estos días mantienen aún rozagantes y vistosos los macizos de flores, especialmente la salvia ornamental de un vivo color rojo que sirve de bonito encuadre para la foto recuerdo del monumento. En un lugar destacado y colocado de frente a la fachada del Parador, han erigido una estatua en homenaje al caminante. Se trata de una de esas escenas sociales muy acertada en este caso porque representa a un peregrino que se dirige a Santiago, sentado en las gradas de la escalera que constituye la base y supuestamente agotado y con dolor de pies, pues se ha quitado los zapatos para dejarlos a su lado mientras descansa elevando su cabeza hacia lo alto. Resulta una invitación a sentarse junto a él y fotografiarse como recuerdo, a ser posible en la misma postura aunque a partir del otoño descalzarse ya no es lo más recomendable.
A las puertas de la iglesia se congrega un grupo pequeño de gente. Nos fijamos que están vestidos de ceremonia, con mayor o menor gusto. Se trata de una boda a la que sucederá otra y seguramente dos más porque un sábado de primeros de octubre es fecha propicia para las celebraciones nupciales. Nos entretiene ver la llegada de la novia, con un vestido un tanto “barroco”, estilo que le va mejor al retablo del altar mayor que al atuendo elegido por la desposada. Pero a pesar del vestido la ceremonia resulta solemne, al entrar la flamante novia del brazo del padrino por la puerta principal del templo que, por cierto, un señor se encarga de cerrar rápidamente nada más pasar los contrayentes.
El entorno monumental de este lugar da para un buen rato. La fachada del Parador, es de estilo renacentista y plateresco, con profusión de adornos, como los medallones con personajes de la historia, que recorren la parte baja del edificio. En la entrada principal, por encima de la puerta, contemplamos un gran relieve que representa a Santiago matando moros. Más arriba está el gran balcón en el que en este momento coincide que una joven sudamericana y evidentemente rica a juzgar por la habitación que ocupa, hace posturas posando para su pareja que se encuentra en la plaza con la cámara de fotos en ristre. El cuerpo central está rematado por una imponente crestería que sobresale del conjunto.
Esther nos hace ver unos adornos colocados recientemente en el suelo al pie del edificio, en un zócalo ajardinado con bonitas flores, que consisten en grandes medallones labrados con el nombre y la representación de los lugares más importantes del Camino de Santiago, hasta el último en el que está reflejada la catedral de Santiago. Luego nos quedamos un largo rato por allí mientras ella se ofrece a ir a cambiar el permiso de aparcamiento del coche que ya está a punto de vencer. Nos acercamos hasta el río Bernesga, el que pasa por la ciudad y que, para nuestro asombro, nos parece caudaloso y muy ancho aunque su nombre no lo habíamos aprendido en la geografía de España estudiada en el bachillerato. Paseamos por el puente de San Marcos, que es peatonal, desde donde se aprecian bien las orillas tan arregladas, que forman un paseo entre árboles frondosos.
Entramos luego en el interior del Parador, admirando la sala con el artesonado mudéjar, los muebles, cuadros, y diversos adornos que tanto lo realzan. Salimos al claustro, ese espacio tan logrado en tantos edificios y podemos entrar incluso al jardín interior y pasear por sus lados buscando el mejor ángulo para tomar una buena fotografía.
Pasamos después a la iglesia donde todavía sigue la ceremonia de la boda. Nos acercamos con prudencia hasta el crucero, zona en que están situados los bancos que ocupan los asistentes a las ceremonias, para contemplar más cerca todas las obras de arte que el templo contiene.
A la salida notamos que el tiempo ha mejorado e incluso sale un tímido sol que embellece este lugar tan bonito. Hay que volver a hacer alguna foto con la luz nueva, aunque ya antes la habíamos tomado. Mientras aguardamos a Esther estamos muy entretenidas Nuria y yo viendo los modelos de los invitados a la siguiente boda, hasta el momento culminante de la llegada de la novia.
Una vez todos juntos, nos dirigimos al paseo que hay a lo largo de la margen del río por el lado en que nos encontramos, que se llama el paseo de la condesa de Sagasta, hija del político famoso, que casó con un personaje de León. Es una zona ajardinada, llena de grandes árboles, especialmente castaños de indias y precisamente está el suelo lleno de esos frutos silvestres, muy vistosos pero que no sirven para nada, recién caídos de los árboles que hay que esquivar para no resbalar. Incluso cogemos cada una un par de castañas en la supersticiosa creencia de que, llevarlas en el bolsillo y acariciarlas de vez en cuando, es beneficioso para la salud y para calmar los dolores y de esos ya vamos teniendo, cada uno en un punto.
Este paseo a partir de la plaza de Guzmán el Bueno recibe otro nombre, muy bonito por cierto, el de Papalaguinda. Ahora está en obras después de que han desalojado de allí el tradicional rastro que se instalaba los domingos.
Nosotros entramos por la zona que queda al otro lado de la calle Ordoño II y nos adentramos hacia el Húmedo, viendo otra zona de la ciudad y parte de la que conocimos la noche anterior en un ambiente muy diferente. Llegamos hasta la zona de la Cerca, que así se llama a lo que queda de la muralla medieval de la ciudad, que cercaba la ciudad con muro, adarve o espacio intermedio hasta el muro exterior que prácticamente está destruido. A pesar de lo mucho que debió de destruirse, quedan unos buenos lienzos en buen estado.

La cerca medieval tiene una longitud de 1.300 metros y una altura de tres a ocho metros a lo largo de su recorrido. Históricamente abandonada, en los últimos años se han invertido importantes cantidades de dinero en su rehabilitación, que no han servido, sin embargo, para eliminar su imagen marginal.
Los escasos estudios datan su construcción en la segunda mitad del siglo XIII, si bien sus orígenes se remontan a dos siglos antes. A principios del siglo XII ya existen referencias de un murus térrea, construido con tapial, en el entorno del mercado de San Martín.
Tuvo nueve puertas, que fueron las de Cal de Escuredos, del Peso o Torre del Obispo, la de Diego Gutiérrez o Caño Badillo; del Sol; de Cal de Moros o Santa Ana; Moneda, Gallega o de San Francisco; del Burgo Nuevo o de las Ánimas; de Santo Domingo o Fajeros y Postigo de laOllería.


Para nosotros ha llegado la hora de comer y cogemos el coche con la intención de ir al Hostal del Pozo, a unos kilómetros de León pero… el hombre propone y luego se pierde. El trayecto teórico de cinco minutos hasta Boñar se ha prolongado un poco más de lo previsto, nos hemos desorientado buscando la carretera de Santander que figura en la dirección oficial y no aparece por ningún sitio. Nos han informado bien pero, como se dice en lingüística, era una información polisémica, tenía significado para el que ya sabía ir. Se habla de autopista y nosotros cogemos la azul, sin darnos cuenta de que la gente también llama así a una carretera de dos vías. Finalmente encontramos el Hotel, que en efecto está relativamente cerca pero en la carretera de Oviedo y se come bien y, como ellos anunciaban, con un menú para tiempos de crisis. Buena calidad y no mucho precio.
Ya repuestos y saciados continuamos el periplo turístico por lo que nos queda de la ciudad de León. Entramos a la ciudad por el norte y aparcamos en la calle de los Cubos, detrás de la catedral. Allí mismo nos paramos delante de una fuente que está incrustada en los vetustos muros y parece lugar apropiado para, entre risas, hacerse una foto.
Entramos de nuevo en la Plaza Mayor, esta vez a plena luz del día, pero es lástima que cogemos el momento en que los camiones de limpieza están en plena faena, llevándose los restos del mercado que ha habido por la mañana, y echando fuertes chorros de agua para dejar el suelo limpio. Seguimos por la calle que hace esquina con el viejo Ayuntamiento, detrás del cual está la iglesia de San Martín, que tiene una capilla adosada y cerrada por una reja, a la que nos asomamos. Seguimos por calles estrechas, de trazado sinuoso, con muchos bares y restaurantes que le dan derecho a ser conocido como barrio Húmedo. Esther nos va haciendo ver curiosidades y detalles propios de la ciudad, como el restaurante que se llama Casa de los Botones porque en ese lugar hubo, en efecto, una mercería con ese nombre. En una plaza recoleta vemos un antiguo palacio sobria y acertadamente reconstruido, con elementos modernos, como una rampa de subida, pero con el escudo nobiliario bien visible en medio de la fachada. En los cuatro grandes balcones que llenan la fachada, no le faltan las flores que son visibles por toda la ciudad.
En esta plaza, como por tantos otros lugares de la ciudad, también han colocado el inmenso macetón de color rojo intenso que contiene un magnolio y que, según nos cuenta la amiga, suscitaron rechazos y adhesiones entre los ciudadanos. Es un detalle simpático y alegra los sitios donde está pero es un tanto valiente llevar a cabo la idea.
Sin saber muy bien por dónde hemos pasado, nos encontramos de repente en una plaza muy bonita, la plaza del Grano, que también se le conoce como Plaza del Mercado porque en ella se celebraba una feria tradicional de cereales, curtidos y caza. En ella también se pregonaban las ordenanzas y alguna vez sirvió, así mismo, como plaza de toros. Es espaciosa, irregular, con suelo empedrado de cantos rodados, incómoda para pisar pero muy agradable para ver. Tiene dos grandísimos árboles en el centro y entre ellos una fuente barroca de 1769 en las que las figuras principales son dos ángeles que representan la confluencia de los ríos de la ciudad, el Bernesga y el Torío.(http://www.leon-antiguo.com/modules/content/index.php?id=2
Un poco separada de la fuente se levanta, sobre una base escalonada, una sencilla cruz de piedra. A la plaza da también la parte trasera de la iglesia de Nuestra Sra del Mercado, de estilo románico, cuyo ábside central ha sido sustituido por un espacio cuadrado convertido en la sacristía.
Seguimos callejeando por esta parte antigua. A través de una bonita y artística puerta de un antiguo palacio, entramos en un patio común al que dan unas viviendas nuevas construidas sobre los cimientos y solar. Por la otra parte del patio el escenario es la cerca medieval en la que se conservan muy bien las almenas. Llegamos andando a la calle de las Cercas, al lugar donde estaba la Puerta Moneda. Desde aquí se ve bien la doble muralla. En un cartel se puede leer:
“A partir del siglo XI se produce un intenso proceso de crecimiento de la ciudad, con la formación de nuevos núcleos de población que desbordan los límites amurallados definidos sobre el primitivo campamento romano. Al suroeste del recinto se forma el BURGO NUEVO, suburbio mercantil muy vinculado a la peregrinación Jacobea, ubicado en torno a la iglesia de Sta Mª del Camino y a la plaza del Grano. A principios del siglo XIV comienza la construcción de la cerca defensiva medieval que engloba el BURGO NUEVO, siendo una de las puertas más características la denominada “PUERTA MONEDA”, hoy desaparecida.
Puerta Moneda constituía el acceso sur al recinto amurallado medieval a través de Camino de Santiago y era el lugar destinado al intercambio de moneda y al pago de impuestos sobre mercaderías, de ahí su denominación”.

Pasamos luego por delante de la fachada principal de la iglesia del Mercado, que tiene además como adorno a ambos lados, enmarcando la fachada, los dos leones representativos de la ciudad sobre sendos pedestales. Las rejas de las ventanas son tan antiguas como la iglesia, del siglo XII.
En el recorrido vemos la fachada del Convento de la Concepción , pintado de amarillo que contrasta con las vigas de madera oscura. Fue fundado por Leonor de Quiñones Enriquez - hija del primer Conde de Luna - en 1511 y llegamos frente a una torre de estilo renacentista que nos cuenta nuestra guía es la torre que queda en pie de lo que fue el Palacio del Conde Luna. Curiosamente en el suelo está marcado el perímetro de lo que fue la fachada y los cimientos de la torre paralela a la conservada los podemos ver entrando en una tienda de modas, que han tenido el buen gusto de conservarlos entre cristales dentro del establecimiento.
El palacio-fortaleza está situado en la Plaza del Conde, y fue Alfonso XI el que ordenó construirlo en el S. XIV. Ocupaba el ángulo suroeste de la muralla. De su estructura original se conservan la torre, del siglo XVI, y la parte central de la fachada que está bien enmarcada en una construcción moderna que permite resaltar su valía artística. Enfrente está el mercado, hecho en una moderna arquitectura.
Seguimos andando y no lejos llegamos a la iglesia Palat del Rey. Es la iglesia más antigua de la capital. Fue construida en el siglo X por el rey Ramiro II para monasterio. El primitivo templo tenía planta de cruz griega, de la que se conserva una especie de crucero con arcos semicirculares y bóveda gallonada. Tiene una bonita espadaña con dos campanas. La actual capilla data del siglo XVI y se visita como un museo. Hay restos de pinturas murales.
Nos queda todavía visitar por dentro la Catedral y allí nos dirigimos cuando la tarde ya empieza a declinar aunque todavía hay suficiente luz para fotografiarla y disfrutar esta vez con tiempo y atención de los relieves de sus tres puertas de entrada, las escenas de los tímpanos y de las arquivoltas, de la Virgen en el parteluz de la puerta principal, de los sencillos relieves de las puertas de madera, del rosetón, de tantos detalles artísticos que hay en la monumental fachada que uno no se cansaría de admirar. El interior no desmerece esta impresión. Entramos en un momento en que, ¡cómo no!, hay una boda y no nos permiten ver la zona de la girola. En cambio el altar mayor, con un precioso retablo, están iluminados y podemos escuchar en directo y sentados la música de la ceremonia con solista incluida que canta un Ave María con su mejor voluntad pero con alguna nota desafinada. Todo es exuberante en estas catedrales góticas, el coro, las rejas, las estatuas, pero lo mejor son las vidrieras, lo que le da un renombre especial a la catedral de León. Todavía podemos ver la claridad del día a través de ellas y del gran rosetón de la entrada y los no menos importantes de los dos lados del crucero. Es magnífica la visión de la catedral aunque sea en un momento de liturgia y llena de gente.

Asentada sobre el antiguo espacio dedicado a termas y otros edificios públicos por la Legio VII Gémina, posteriormente palacio de Ordoño II quien en el 916 lo cede para que se erigiese el primer templo catedralicio. El templo inicial era de suma pobreza y Doña Urraca inició la construcción de un nuevo edificio románico. Fue en 1253 cuando el obispo Martín, apoyado por Alfonso X, comienza la construcción del grandioso edificio gótico que hoy conocemos. El primer constructor fue el maestro Enrique, continuando su labor Juan Pérez. La planta es una réplica de la de Reims. Tiene unas dimensiones de 90 m. de larga, 30 m. de alta y 29 m. de ancha. En su interior alberga 1800 metros cuadrados de vidrieras policromadas de origen medieval, siendo consideradas de las mejores del mundo en su género. Es destacable el rosetón central situado en el pórtico central, entre dos torres de aguja. En su interior apreciamos el retablo del Altar Mayor, de Nicolás Francés, en el trascoro una de las sillerías más antiguas labradas por escultores de Flandes en el S. XV y en su Claustro del S. XVI se alberga el Museo Catedralicio.

Cuando salimos y aunque aún queda tarde por delante, noto que a Rafa no le quedan sin embargo muchas fuerzas para seguir y propongo que nos volvamos los dos a casa y que sigan los valientes y capaces. Nos cuentan a la vuelta que han estado en San Isidoro, en la iglesia, oyendo misa y disfrutando también de la contemplación del lugar.

Domingo 10 del 10 del 10
La lluvia se ha ido al centro y al levante y hemos tenido la buena suerte, o las buenas artes de Esther con los meteorólogos, de que el día amanezca despejado o con nubes que no parecen amenazadoras. Salimos los cinco en el coche hacia el campo y la ventaja de la lluvia pasada es que el ambiente está limpio y la vegetación resplandeciente. El objetivo es la iglesia prerrománica de San Miguel de la Escalada, una sugerencia muy acertada de Paco. Es un nombre de los que se estudiaban en la asignatura de arte y por tanto el estímulo para conocerla “en vivo y en directo” es mayor. No decepciona en nada la visita. Es un templo bastante grande, muy bien conservado, con un atrio exterior de arcos de herradura y labrados capiteles, precioso. El interior está abierto y cuando llegamos vacío. Es muy bonito y conserva un elemento arquitectónico que raramente se encuentra, como es el iconostasio, un frente de columnas que divide la nave principal de la zona del altar. Tiene tres naves y finas columnas de mármol sobre las que siguen los arcos de herradura. Encima de la nave principal se puede apreciar un artesonado que aún conserva la policromía.
En tiempo de los visigodos aquí existió un templo y posteriormente se construyó un monasterio, como tantos otros que se encuentran en el Camino de Santiago. Del recinto antiguo sólo se conserva el templo, consagrado en el año 913 por el abad Alfonso, que había llegado a León junto a otros monjes desde Córdoba. Se lo considera un templo representativo del arte mozárabe y se observa que para su construcción se aprovechan elementos de tiempos anteriores, visigóticos y romanos. Tiene un añadido románico que se conoce como Panteón de Abades. http://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_San_Miguel_de_Escalada
Paseamos por los alrededores, viendo el templo con perspectiva desde lo alto o admirando las alamedas magníficas que lo rodean por la parte baja.
Nos dirigimos después al pueblo de Gradefes, a la búsqueda de un bar con servicios como primera y perentoria necesidad y nos encontramos con que también podemos cultivar el espíritu con la visita a un monasterio cisterciense femenino. Se llama de Santa María la Real y está fundado en 1177. Entramos en el recinto y ya desde el exterior cautiva la arquitectura del templo, con elementos románicos y góticos. Su interior está partido y la zona que corresponde a las naves está utilizada como coro de la comunidad. Se entra por una puerta románica con adorno geométrico en el arco que se abre en lo que sería la nave del lado del evangelio. En el interior destaca la girola, hay restos de pinturas, los arcos son apuntados, las bóvedas de crucería, hay tumbas en las que aún se conserva la policromía en las figuras yacentes, en fin todos los elementos que logran armonía y belleza, para el que la sabe valoras. Cuando ya creíamos que habría que salir sin ver más, alguien avisa que una monjita ha abierto el coro aunque nos insta a verlo rápidamente. El claustro emana la paz y el encanto de estos sitios, con un patio lleno de plantas y en uno de sus lados se abre la sala capitular. La monja, persona mayor como seguramente todas sus compañeras, aprovecha para abrir su santo chiringuito en el que vende pastas y un libro sobre los monasterios de la zona. Desde el patio exterior se divisa la espadaña con nidos de cigüeñas en lo alto.
La carretera por la que hemos llegado a Gradefes y por la que volvemos a pasar tiene el atractivo de las antiguas, flanqueadas por altos árboles cuyas ramas se juntan formando una inmensa nave. Pasamos por carreteras pequeñas, atravesando pueblos de nombres nunca oídos antes, en los que destaca la torre de la pequeña iglesia.
El pueblo que está en el programa a continuación es Mansilla de las Mulas que no dista mucho. La intención es visitar un museo etnológico de la región instalado en un edificio antiguo pero adaptado con recursos actuales. Lamentablemente está cerrado y sólo lo podemos ver por el exterior.
Buscamos en el mapa, ayudados del navegador, el pueblo de Valdebimbre en donde queremos comer. En él hay unas cuevas cuya primera función era guardar vino, y hoy algunas se han convertido en afamados restaurantes que todos los fines de semana están llenos de clientes, los más procedentes de la cercana León. El aspecto exterior es también interesante, pequeñas colinas llenas de chimeneas en lo alto que parece que se llaman ventanos. La más famosa es la cueva del Cura y la cueva del Túnel pero el pueblo está lleno de coches y por consiguiente de gente. Entramos a preguntar y no hay sitio, en contra de lo que esperábamos. Cuando ya nos disponíamos a buscar otro pueblo, preguntamos en la cueva Miñambres, en la que luego nos enteramos que acaban de excavar nuevas galerías y nos dicen que sí hay mesa. Es un sitio curioso, unas cuevas de paredes de tierra, con bóvedas que terminan en esas chimeneas que se ven por fuera. Están bien acondicionadas, con muebles de calidad, vigas de prensas, y adornos dispares pero todos ellos decorativos. Después de atravesar un largo pasillo, torcemos hacia otro espacio del que sale a su vez otro corredor paralelo en el que se abren pequeños comedores. Nos instalan en uno con cuatro mesas, y el pasillo en el medio. La camarera es una chica guapa y muy amable. Comemos muy bien y se habla con tranquilidad.
Seguimos entonces al último de los hitos que nos habíamos marcado en el día de hoy, a Valencia de don Juan. Pasamos la indicación de Toral de los Guzmanes, el pueblo de la madre de Esther, pero no entramos. Seguimos hasta encontrar a lo lejos, entre tupidas murallas de álamos y al pie del río Esla, la silueta artística de un castillo medieval que preside la silueta del pueblo.
Antes se llamó Coyanza. Su orígen está en un asentamiento vacceo en el lugar que hoy ocupan los restos del castillo. Por esta tierra pasaron romanos, musulmanes... En tiempos de la Reconquista fue sede del renombrado Concilio de Coyanza que convocó el rey Fernando I. Se llamó Valencia “de León” o “de Campos” desde el siglo XIII, y en honor al infante Don Juan de Portugal, hijo del rey lusitano Pedro I y Dª Inés de Castro, siendo primer Duque de la villa, se denominó “Valencia de Don Juan”.
En el lugar donde hoy se ubica el colegio de los PP. Agustinos, se alzó el “castillo viejo” del que ya no quedan restos . En el siglo XV se construyó el castillo de los Acuña que hoy conocemos y que se ha convertido en emblema de la ciudad. El castillo, esbelto, vigila el horizonte sobre una escarpada elevación en la vega del río Esla.
Durante toda la Edad Media Valencia de Don Juan prosperó con una azarosa vida comercial, generada por la celebración en la ciudad de ferias y mercados que reunían a toda la comarca agraria. Actualmente cumple un papel similar y continúa el legado de tiempos ancestrales, siendo el centro comercial de un territorio aún más amplio. Además se erige como población más importante de la zona en el sector turístico, siendo en verano el centro de la vida social de numerosos veraneantes.
Subimos con el coche hasta la zona del Castillo y nos asomamos al mirador sobre el Esla, admirando los bonitas alamedas y el río que lleva mucha agua y con ella vida para campos y cultivos. Todo el entorno del castillo está muy bien ajardinado, con zona de parque y de parking, bancos y juegos para niños y aparatos gimnásticos para mayores.
Damos un paseo por la calle Mayor de la que solo conservo en la memoria la fachada del viejo Casino, edificio de los años cuarenta del siglo pasado que Rafa recuerda de los días que pasó aquí cuando era opositor y preparaba con su amigo el examen de Inspector de Trabajo. Nos encontramos al doblar una esquina en la plaza a donde da la iglesia y el Ayuntamiento. Lo más curioso es el grupo escultórico que han puesto en un ángulo de la zona central de la plaza que representa a una pareja de campesinos, de los que seguramente acudirían a comprar o vender a Valencia desde los pueblos cercanos, ella con el pañuelo en la cabeza, la toquilla sobre el pecho y las largas faldas y él con boina y una vara en la mano. A su lado nos hacemos unas fotos simpáticas.
Paramos a la salida del pueblo delante del castillo, en la parte baja, ya en la carretera de salida y hacemos fotos desde el medio del puente del castillo sobre el Esla.
La vuelta a León aún nos depara dos momentos “eclesiales” de diferentes estilos y ambos verdaderamente notables. Antes de entrar en el centro de la ciudad, paramos delante del moderno Santuario de la Virgen del Camino, la patrona de León. Es un templo reciente pero ya pertenece a la categoría de obras de arte especialmente porque el escultor de las estatuas de la fachada y puertas es José Mª Subirach, el mismo que trabajó en la Sagrada Familia de Barcelona. En el interior notamos un contraste grande que resulta muy bonito entre el retablo barroco, en el centro del cual se encuentra la imagen de la Virgen con su hijo, una clásica Piedad y las vanguardistas líneas arquitectónicas del templo.
La Virgen del Camino data de principios del siglo XVI, de autor desconocido. El retablo es de principios del XVIII. Pasamos a la parte de atrás donde se besa el manto de la Virgen en un espacio amplio. El programa iconográfico de las esculturas está bien explicado en un folleto que está al alcance del público, dentro del cual lo más impresionante es el apostolado que rodea a la Virgen en el centro de la fachada principal.
Cuando llegamos cerca de casa de Esther buscamos un lugar para aparcar y nos vamos a continuación a San Isidoro, magnífico templo románico al que precede un espacio amplio y bien urbanizado, como hemos encontrado alrededor de todos los grandes monumentos de la ciudad y que, con profusa iluminación, destaca y resalta en toda su belleza, tanto en el exterior como en el interior de la iglesia donde están terminando la misa del domingo, lo que no nos impide contemplar pausadamente la arquitectura, esculturas y retablo del templo. Su título exacto es el de Real Colegiata de San Isidoro de León. En la calle, cerca de la Colegiata, hay una escultura moderna que representa a las tres infantas que intervienen en la construcción y dedicación del templo, hechas con encanto y gracia.
En el ángulo noroccidental del campamento romano de la Legio VII Gemina al cobijo de la muralla campamental, el rey Sancho el Craso (m. 966), hijo de Ramiro II, construyó un monasterio para albergar los restos del niño mártir de Córdoba, San Pelayo (de cuya estatua en la fachada de la basílica podemos ver una foto a la derecha). La hermana de Sancho, la monja Elvira Ramírez, se trasladó con su comunidad al nuevo cenobio desde el antiguo monasterio de Palat de Rey, y con ella, la célebre institución del Infantado, dote de las infantas solteras, consistente en el dominio sobre varios monasterios y abundantes posesiones. A finales del siglo X, ante la irrupción de los ejércitos de Almanzor, las monjas buscaron refugio en Oviedo. El monasterio leonés de San Pelayo fue arrasado por las tropas del caudillo árabe.
Alfonso V (999-1027) lo reconstruyó de pobres materiales, barro y ladrillo. Nuevamente se estableció allí una comunidad de monjas que cuidaban el cementerio real a donde el rey había trasladado los huesos de sus antecesores, los reyes leoneses, dispersos por distintas iglesias del reino, entre ellos, los de sus padres, Bermudo II y Elvira.
La hija de Alfonso V, la infanta doña Sancha, dómina del Infantado antes, y reina de León después, procuró con su esposo, el rey Fernando I (1037-1065) elevar el monasterio a la más alta dignidad. Sustituyeron el templo de tapiales por otro de piedra y con él daban comienzo al arte románico en sus reinos.
Eligieron el pórtico de la iglesia para cementerio real y allí dispusieron que fueran enterrados sus cuerpos. Quisieron dignificar su iglesia palatina con reliquias de santos insignes. Lograron el traslado del cuerpo de San Isidoro desde Sevilla, y el de San Vicente desde Ávila.
Con la consagración de la iglesia, extraordinarios festejos solemnizaron el día 21 de diciembre de 1063 y, al día siguiente, celebraron la traslación del cuerpo de San Isidoro. En esta ocasión hicieron espléndidas donaciones al templo en joyas y ornamentos litúrgicos que todavía hoy contemplamos y conocemos como el Tesoro de León.
La hija de Fernando I y Sancha, la infanta doña Urraca Fernández (m. 1101), dómina también ella del Infantado, amplió la iglesia de sus padres y le hizo magníficas donaciones, como el cáliz de oro y ágata. Otra infanta leonesa, dómina asimismo del Infantado, doña Sancha Raimúndez (m. 1159), con su hermano el emperador Alfonso VII, continuó la obra de la nueva iglesia iniciada por su tía abuela, la infanta doña Urraca y la hicieron consagrar en 1149. Un año antes habían sustituido la comunidad femenina de monjas benedictinas por un Cabildo de Canónigos Regulares que rigieron el templo y la abadía hasta 1956, fecha en la que el Cabildo Isidoriano fue transformado en Instituto Secular Sacerdotal, y desde entonces atiende la vida litúrgica e intelectual de la Colegiata, el templo, sus museos abiertos a miles de visitantes, tanto nacionales como extranjeros, su Archivo y Biblioteca a disposición de los investigadores, su Editorial y Librería Isidorianas, con la fundamental finalidad de dar a conocer la historia y el arte de la Colegiata y la persona de San Isidoro.
La puerta principal del templo se denomina Puerta del Cordero ya que éste es el tema principal que aparece en el tímpano, el Cordero místico sostenido por ángeles, el sacrificio de Isaac, Sara a la puerta de la tienda, Ismael el arquero cabalgando por el desierto. A la izquierda figura San Isidoro, a la derecha San Pelayo. Completan el programa iconográfico, el rey David, cinco músicos y los signos del zodíaco.
Puerta del Perdón es el nombre que recibe el portal del crucero sur, que está consagrada a los peregrinos. Un perro y un león, guardianes del templo, sostienen el tímpano con el Descendimiento de la Cruz, las Marías ante el sepulcro y la Ascensión. A ambos lados del arco aparecen San Pedro y San Pablo.
Es un templo de tres naves con cabecera formada por tres ábsides. La Capilla Mayor (1513) es un espacio cubierto por bóveda de crucería con terceletes, al exterior su aspecto es de fortaleza o torre almenada y se atribuye a Juan de Badajoz, el Viejo.
El retablo es del siglo XVI, con un variado programa icnográfico: vida de la Virgen, Pasión de Cristo, vida de Santo Tomás y el apostolado en la predela.
Nos despedimos de Esther, después de un rato de tertulia tras la cena en su casa, bien agradecidos por la magnífica ocasión que nos ha proporcionado de conocer León.
Lunes 11 del 10
Por la mañana, después de recoger la casa y dejar las maletas preparadas, nos vamos de nuevo a San Isidoro
http://www.sanisidorodeleon.net/visita_panteon.htm
Nos queda todavía ver el Panteón de Reyes, ese maravilloso conjunto de pinturas románicas que tantas veces se lo ha calificado con la manida expresión de “Capilla Sixtina del arte románico”. Siempre habíamos visto fotografías de estas pinturas pero uno no puede asimilar en verdad la belleza y mérito de las mismas hasta que no se contemplan personalmente y con calma. Tenemos además la ocasión de escuchar a una guía que acompaña a un grupo y que en tono inexpresivo y cansino va explicando una a una todas las escenas de la vida de Jesús y las del calendario agrícola. Pasamos al claustro contiguo, tan bonito como suelen ser los claustros en España, y perdonamos la Biblioteca y el Museo. Es una buena impresión la última que vemos de León.
Salimos de la ciudad sin dificultad y no tardamos mucho en llegar a BENAVENTE, esa ciudad que desde siempre fue un cruce de caminos y que está anclada en la historia desde las primitivas tribus anteriores a los romanos. http://www.benavente.net/
Nos disponemos a conocerla durante un par de horas. Aparcamos en el Parador nacional Fernando II, construido sobre el castillo de la Mota, en la parte alta de la ciudad, desde donde se divisa la rica vega del Órbigo. Vamos andando por los Jardines de la Mota, donde hay una rosaleda, un templete de música, grandes árboles, todo lo cual invita a pasear. Entramos en el centro histórico de la ciudad y nos topamos por fuera con la iglesia de Sta María del Azogue, con ancha torre. Seguimos por una calle muy comercial hasta una plaza donde está el Ayuntamiento y contemplamos el exterior de la iglesia de San Juan del Mercado, por los dos lados. Buscamos un sitio donde comer en uno de los bares más frecuentados por los lugareños y después iniciamos el regreso a Madrid a donde llegamos felizmente.
Assela Alamillo Sanz
16-10-2010

Franconia, Baviera y Tirol

AUSTRIA Y ALEMANIA 2010

Después de un viaje un tanto accidentado por la vuelta que el avión ha tenido que dar para evitar el paso por Francia, hemos llegado a nuestro destino en Nüremberg, conducidos por un chofer alemán que se llama Hermann y que parece una persona excelente. Llegamos muy tarde el día 23, jueves, al Hotel Néstor, que ya conocíamos de otra ocasión, no demasiado lejos del centro de la ciudad.
El viernes 24 después del desayuno nos dirigimos en autobús, a unos 85 kmtos hacia el norte, a la ciudad de BAYREUTH, nombre para siempre y por todos asociado al del gran músico alemán Richard Wagner. Pero la ciudad tenía vida antes de que el artista se instalara en ella. Como tantas otras ciudades del estado de Franconia, que eran condados o marquesados o ciudades imperiales o estaban gobernadas por obispos, ésta tenía como gobernantes a los Margraves. Uno de ellos, Federico, en el siglo XVIII, se casó con Guillermina de Prusia, (1709-1758), hermana del gran Federico II. Ella fue uno de los personajes claves en la historia de la ciudad por su sensibilidad y personalidad volcada a la cultura y a las artes, varias de las cuales cultivaba personalmente.
(http://www.bayreuth-wilhelmine.de/deutsch/wilhelm/index.htm)
El matrimonio decidió transformar la ciudad para que se asemejara algo a la suntuosa corte de Versalles, el foco de imitación por ese tiempo o a la de la propia Prusia, que tanta influencia tenía en Guillermina. Gastaron todo el patrimonio en la renovación del Palacio de la ciudad, de la residencia de verano, el Eremitage, y también en la construcción de una Ópera barroca. Guillermina fue una gran aficionada a la música, llegando a componer ella misma una ópera además de música de cámara. También fundaron una universidad que todavía recibe buen número de estudiantes. Ella fue la gran impulsora de esta transformación que logró crear un foco cultural importante en la todavía Europa del Sacro Imperio y de ahí que la ciudad se lo reconozca públicamente con la permanencia de su memoria.
Nuestro periplo por la ciudad comienza delante del Markgrafliches Opera Haus, el elegante edificio que alberga la Ópera mandada construir por Guillermina. En ella además de óperas se celebraban conciertos, con orquestas y solistas contratados para la ocasión. Es de un recargado estilo barroco, con decoración profusa de estatuas y escudos, recubiertos por pan de oro, balaustradas y columnas y en el techo una pintura que ocupa casi todo el espacio que representa a Apolo y las Musas que acuden a Bayreuth donde van a encontrar nuevo hogar.
En el lujoso escenario, presidido por el escudo de la ciudad que sostienen dos ángeles, se refleja, iluminado por una discreta luz, un fondo de decorado propio del siglo XVIII, a base de una grandiosa arcada vista desde una marcada perspectiva. El rico telón que queda entreabierto realza más, si cabe, la magnificencia del espacio. La ópera cumple la misión propia de la sociedad ilustrada del siglo XVIII, reservada a la minoría aristocrática que sabía disfrutar de este arte. Los asistentes se colocaban en los palcos y no había butacas como ahora, sino que el espacio era empleado como salón de fiestas.
En palabras de la propia Guillermina conocemos su satisfacción en la inauguración de esta obra, realizada en el tiempo record de cuatro años, un motivo de orgullo para esta pequeña ciudad alejada de las grandes urbes de la Europa de entonces. Guillermina encargó el edificio al arquitecto de la corte José de San Pedro, con la fachada austera, y a Giuseppe Galli Bibiena y su hijo Carlo, que llevarán a cabo el interior, en estilo barroco inspirándose en las óperas italianas.
Seguimos andando por la ciudad y en una de sus calles peatonales encontramos la graciosa escultura de un gran dinosaurio puesto de pie que ya forma parte de la fisonomía habitual de la zona y que se explica por la proximidad del Museo de Ciencias Naturales. Los turistas aprovechamos para hacernos la foto a su lado.
En la plaza donde se levantaba el antiguo Palacio que quedó en ruinas tras el incendio de 1753 se levanta la estatua de Maximiliano II de Baviera. En esta mañana soleada el lugar está tomado por todos los niños de la ciudad que celebran una de esas convocatorias sociales llamadas a concienciarlos para mantener una buena salud bucodental o algo parecido. Lo cierto es que hay casetas con productos, música ambiental infantil, filas de niños con gorritos de colores diversos según los grupos y acompañados de sus profesores, que acuden o se retiran ya de la plaza, y globos que se elevan al aire.
El Palacio nuevo, diseñado por la propia Guillermina en el estilo que a veces se denomina rococó de Bayreuth, contiene un museo dedicado al personaje y las habitaciones de la pareja. La construcción fue dirigida por el arquitecto de la corte, José Saint Pierre, con la intervención de Guillermina. Posee unos magníficos jardines por la parte de atrás (que se comunican con la casa de Wagner), que recorre un canal dentro del cual se forman cuatro pequeñas islas. En una de ellas hay una fuente en la que están representados Tethis rodeada de tritones. Un poco más lejos, en medio de una pradera, se levanta un pequeño templo redondo de columnata dedicado al Sol, motivo que también encontraremos en el palacio de recreo de Eremitage con mayor importancia. Diversas estatuas de dioses y héroes de la mitología, subidas en altos pedestales, se encuentran en la zona de entrada al parque. Por delante del palacio, en la fachada que se abre a la calle, hay una fuente dedicada al margrave Elias Räntz, que cabalga orgulloso en lo alto del monumento.
Con esta ciudad está íntimamente relacionado Wagner, el controvertido personaje que en sus primeros tiempos fue un activista político de ideas anarquistas, que buscaba un nacionalismo aglutinante por encima de las pequeñas ciudades –estados gobernados por reyes u obispos. Wagner recupera y se alimenta de leyendas medievales relacionadas con el pueblo germánico en sus orígenes y las eleva en sus óperas a la categoría de leyendas o sagas de las que pretende que el pueblo llano esté orgulloso. Por coincidir en el interés y gusto por estas tradiciones con el rey Luis II de Baviera, su suerte cambia favorablemente hasta convertirse en un conocido y rico personaje que va a poder llevar a cabo sus proyectos, hasta entonces poco aceptados e irrealizables. En efecto Luis II queda prendado de su música y le hace venir a Baviera desde el destierro donde estaba después de salir precipitadamente de Dresde, dejando deudas y resentimientos. En principio el músico se niega pero el rey está decidido a atraerse al personaje y le envía un valioso anillo como prenda. Wagner vuelve a Baviera con la promesa de que no le faltará financiación para sus proyectos musicales. Existe la posibilidad de instalarse en Munich pero finalmente es la ciudad de Bayreuth la elegida para desarrollar en ella su proyecto.
La ópera de la ciudad no le pareció al artista que reuniera las condiciones que él espera de su sentido artístico pues concibe su música para el pueblo llano, no para la reducida aristocracia. Necesita más espacio y exige otros requisitos. Entonces es cuando se inicia la construcción de la SALA DE FESTIVALES en una colina a las afueras de la ciudad que hoy sigue siendo la gran atracción y fuente de ingresos para la ciudad en la que Wagner vivió sus últimos años y en la que reposan sus restos.
El edificio se lleva a cabo inspirándose en las antiguas construcciones lúdicas del pueblo griego, especialmente el teatro. Wagner eliminó los palcos, que suponían una división social y en los muros laterales decidió poner unos arbotantes que son de madera aunque no lo parezcan. Dispuso que los asientos para los espectadores formaran un semicírculo. El escenario es de enormes dimensiones y en él debe concentrarse toda la atención del espectador. Las luces, 500 lámparas en total, están escondidas sin que las perciba el público y todas se dirigen al escenario. Los músicos están reunidos en el gran foso, invisible para los espectadores, (de ahí que debido al calor, sean los únicos que pueden tocar ligeros de ropa aunque obligados a vestirse antes de salir a saludar al escenario) pues la música tiene que salir como acompañamiento sin restarle protagonismo a la acción de la ópera. Los elementos que constituyen el teatro son de buena madera, transmisora del sonido. El techo, también de madera, es móvil para que vibre y recoja las voces convenientemente, hasta las butacas son simples, sin reposa brazos ni mullido, de manera que nada impida el lucimiento de la ópera.
La orquesta musical está compuesta por 124 músicos y en ella predomina el metal. Hay 16 primero violines, otros tantos segundos, 14 primeros violes, 12 violonchelos, 8 contrabajos, 6 arpas, además de fagots, clarinetes, oboes, trompetas, trompas, tubas y trombones. Los componentes del metal se cambian cada dos horas por el cansancio, explicable motivo dado que El añillo de los Nibelungos dura cuatro horas. La música sale como una oleada que inunda el escenario pero llega apagada, lo que permite a los cantantes no usar altavoz alguno. Existen unos monitores en la parte alta para que los cantantes puedan ver al director de la orquesta.
Todas estas informaciones nos las da el guía alemán, un hombre elegante y sonriente, después de hacernos sentar en las primeras filas del patio de butacas, unos lugares que en pleno festival cuestan 280 euros. Si sacáramos entradas del último piso pagaríamos 30 euros pero hay que esperar de siete a diez años para conseguirlas, tal es el éxito mundial de estos festivales. Tiene cabida para dos mil personas.
El teatro era propiedad de Wagner y sigue siéndolo de sus descendientes aunque se ha convertido en una fundación y cuenta con algún apoyo estatal. Es el mejor teatro del mundo para escuchar la música de Wagner. La ciudad no tiene una orquesta propia, no podría mantenerla. Cada año se contratan los músicos para los treinta días que dura el festival. Han dirigido la orquesta desde el propio Wagner y su hijo, hasta los mejores directores del siglo pasado. De 99 representaciones que se llevan computadas, han dirigido 77 directores distintos. Una posible solución para presenciar este espectáculo único sería poder entrar al ensayo general ya que admiten público hasta llenar la sala para que la acústica sea perfecta.
Después de recibir todas estas explicaciones nos conduce el guía al inmenso escenario, desde donde se pueden apreciar las poleas y artilugios de que se valen para la escenografía. Las medidas son espectaculares, unos 38 m. en total por 32 de ancho y 46 de altura. El telón se levanta a la francesa, de golpe. El suelo está ligeramente inclinado, con un 2% de desnivel. Respecto al personal que trabaja en este lugar son 65 fijos de plantilla y 950 cuando están en temporada de festivales, incluyendo todo tipo de artesanos.
Bajamos también al foso donde se instalan los músicos y vemos el lugar que ocupa el director de orquesta y el del coro.
Sigfrid, el hijo de Wagner, puso la condición de que aquí sólo se representaran obras de su padre. El 65% de lo recaudado procede de las entradas y el 35% restante es la ayuda oficial. Los alrededores de la sala son bonitos jardines llenos de flores.
Más información en:
http://es.wikipedia.org/wiki/Richard_Wagner http://es.wikipedia.org/wiki/Festival_de_Bayreuth


Siguiendo el rastro de Wagner vamos después a conocer el exterior de la que fue su vivienda en la ciudad que la compartió con su segunda mujer, Cósima, hija de Liszt. La llamó WAHNFRIED, término de difícil traducción que recoge algo de la locura artística que le invadía y de la paz que en este lugar encontró. Detrás de la casa está la sobria y sencilla lápida de granito bajo la cual reposan los cuerpos de Wagner y su esposa Cósima. Alrededor hay un lecho de hiedra y sobre ella siempre se encuentra algún ramo de flores.

Damos por terminada la visita a la ciudad después de pasear algo más por el centro de ella. Aún nos queda una agradable sorpresa: conocer la Residencia de recreo de los margraves, lujosamente reformada posteriormente por Guillermina. Se conoce como el EREMITAGE.
La etimología de la palabra ya nos habla un poco de la función que tuvo en algún tiempo, como lugar donde se hacía una vida retirada y aislada (“eremos” en griego significa solitario, aislado). El terreno lo compró un margrave a principios del siglo XVII. Su sucesor lo convirtió en una zona de caza y fundó una gruta y una fuente. El margrave Georg Wilhelm a principios del XVIII mandó construir un palacio, el Alte Schloss, con la pretensión de que fuera un eremitorio donde él y los personajes de su corte jugaban a sentirse ermitaños y llevar una vida de simpleza en vestidos, comidas y alojamiento. Hoy se puede visitar por dentro.
Cuando la posesión llegó a su sobrino y sucesor, el margrave Federico, éste se la regaló a su esposa Guillermina como regalo de cumpleaños en el año 1735. Será ella la que mande construir un Palacio Nuevo en el característico estilo rococó de Bayreuth y encargue un reordenamiento arquitectónico del espacio que rodea, manteniendo las diversas construcciones que ya contenía. Lo más sorprendente y bello son sus jardines, en los que se encuentran grandes árboles, cuidadas praderas, laberintos de setos, multitud de flores en macizos y parterres y arcadas de verdor formados por las ramas tupidas de árboles. El agua es el otro componente fundamental para el logro de la belleza del lugar. Encontramos canales, fuentes, surtidores, puentes y pequeños lagos por todo el recinto.

El centro del Palacio Nuevo está formado por un templete circular dedicado al Sol, terminado en una cúpula que forma un gran semicírculo que representa el mundo. Coronándola preside el lugar una dorada escultura de Helios, -el Sol o Apolo con el que se identifica-, cabalgando en su cuadriga y con una antorcha en la mano. Según la mitología griega, de la que Guillermina era experta conocedora, el Sol sale todos los días de mañana en su carro y recorre el cielo llevando la luz a la Tierra, para meterse de nuevo por el horizonte, dejándola sumida en las tinieblas.
Todo el conjunto del edificio tiene forma de semicírculo y las dos alas laterales forman arcadas. Los muros del palacio están formados por piedrecitas de colores, rojo, azul y amarillo, de textura de cristal, a modo de tosco mosaico que despiden reflejos luminosos, como provocados por el mismo dios. La bonita fuente circular que está delante del palacio, la Gruta de arriba, deleita con juegos de agua que salen de las esculturas que la adornan.
Paseando por los amplios jardines se encuentran otros monumentos que denotan el plan predeterminado y temático que los margraves quisieron que tuvieran, haciendo de él un Parnaso o lugar de las artes. Así encontramos una gruta, las ruinas de un antiguo teatro, pequeñas ermitas, esculturas que representan a los dioses y héroes de la mitología, un pabellón oriental al final de una arcada vegetal que contiene aves y alguna otra curiosidad.
En un terreno más bajo, algo separado del Palacio Nuevo, se encuentra un precioso recinto llamado la Gruta de abajo, a modo de ninfeo, con un gran estanque en forma de rectángulo que tiene una fuente en el centro representando una figura femenina mitológica rodeada de animales. También aquí tienen lugar juegos de agua. En dos de los lados hay unas construcciones que quieren representar cuevas rústicas, con figuras labradas en lo alto.
Dejamos ya este lugar que hemos podido visitar con sol cuando el cielo se oscurece y al llegar a la ciudad de Nüremberg las nubes descargan y el recorrido por la bella ciudad lo hacemos en parte bajo los paraguas.






Sabádo, 25
La mañana se la dedicamos a RATISBONA, ciudad que no fue bombardeada durante la guerra y que conserva en sus calles el sabor de la antigua historia de la que fue protagonista. En este viaje sí conseguimos entrar en la Catedral dedicada a San Pedro, de estilo gótico, bien conservada y restaurada. Su silueta que destaca en el perfil de la ciudad, junto con el gran puente sobre el Danubio, forman la foto característica de esta ciudad bávara. El interior de la catedral destaca por las magníficas vidrieras, especialmente las del ábside y las de las ventanas del piso superior de la nave principal, sobre las naves laterales, que dan luminosidad al recinto.
Atravesamos el largo puente sobre el Danubio para volver al autobús y antes de terminarlo, nos cruzamos con una original comitiva nupcial, anunciada desde lejos por una música alegre y pegadiza, que acuden a pie hasta el centro de la ciudad, precedidos de una orquesta al parecer familiar, que tocan instrumentos varios entre los que sobresalen un gran tambor y unos timbales. Todos los componentes van vestidos con trajes oscuros y altos sombreros de copa y reflejan el tono festivo y alegre que la ocasión requiere.

PASSAU

El autobús nos conduce a PASSAU, la ciudad bávara que se encuentra en el punto más extremo del sureste de Alemania, en la frontera con Austria.
Es una antigua ciudad que ha jugado su papel en la historia de Europa, lo cual no es extraño dadas las especiales características del lugar, entre ríos, uno de los cuales es el Danubio, ese puente entre oriente y occidente de tanta relevancia en los avatares de la formación de la Europa actual. Se conservan restos del núcleo celta primitivo. Los romanos la ocuparon hasta el siglo V y en el siglo VIII se constituye en residencia de un obispo. En el siglo X, en la época de Otón I, se ofrece junto con el obispado de Salzburgo, a defender la barrera del Sacro Imperio Romano Germánico frente al acoso de los magiares, las tribus bárbaras asentadas en la actual Hungría, contra los que se crean las marcas. (Osterreich es la “marca del Este”)
Otón, para estabilizar el reino frente al poder de los señores feudales, quiso contar con el apoyo de la Iglesia y de ahí surge la creación de la llamada "Iglesia imperial" otónida, la cual dotaría al reino alemán de solidez y estabilidad. La base de este sistema radicaba en el hecho de que la corona, desde tiempos carolingios, poseía el derecho a nombrar obispos dentro de los territorios bajo su soberanía. Otón no sólo ejerció este derecho, sino que además otorgó a los obispos poderes gubernativos condales sobre sus sedes y dependencias territoriales. Asimismo, amplió la jurisdicción de los tribunales episcopales y concedió a determinados obispos ciertos derechos de la corona, como el de acuñar moneda o el de percibir impuestos no eclesiásticos. De esta forma convirtió los obispados, uno de los cuales fue Passau, en distritos administrativos bien delimitados cuyos titulares disponían de derechos y funciones semejantes a las de los condes y vinculados al rey. (Este Otón fue el suegro de Teofanu, la princesa otomana, sobrina del emperador de Bizancio, que hizo venir para casarse con su hijo, Otón II y sellar así una paz con el imperio)
Desde el siglo XIII Passau es gobernada por el obispo que al mismo tiempo es príncipe y se le otorga el rango de ciudad.
En otro momento de la historia de Europa tiene cierto papel la ciudad de Passau, en las guerras de religión que dividen la Europa de Carlos V, cuando la mitad de los países se declaran partidarios de la Reforma luterana. El emperador hostiga con sus tropas a los enemigos de la Fe católica y entabla una “campaña del Danubio”. Cerca del Elba obtiene la victoria en la batalla de Muhlberg, un artístico recuerdo de la cual es el idealizado cuadro de Tiziano del museo del Prado. Se propone después un concilio entre los dos bandos, católicos y protestantes pero los protestantes no acuden. Carlos V logra huir de la emboscada que le prepara Mauricio de Sajonia, de acuerdo con Ensrique II de Francia y desde entonces deja los asuntos imperiales en manos de su hermano, Fernando de Austria que será futuro emperador. Es él quien preside la firma de la Paz de Passau y de Ausburgo en 1555 que reconoce la igualdad de católicos y protestantes, o sea supone el reconocimiento legal del protestantismo.
La principal característica de la ciudad de Passau desde el punto de vista geográfico es que la recorren tres ríos, el Danubio, el Inn (Eno) y el Ilz, que confluyen a sus pies. Se dice que cada uno de ellos tiene un color distinto en sus aguas y que se puede apreciar en ocasiones pero nosotros, en esta tarde gris después de haber llovido toda la mañana, no somos capaces de apreciar la diferencia cromática, -azul, verde y negra respectivamente- que algunos aseguran que existe, aunque nos ha faltado la ocasión de subir a lo alto del antiguo castillo que se eleva en la confluencia del Inn y del Ilz, en la Innstadt desde donde se puede apreciar una magnífica vista de la ciudad.
El autobús nos deja a orillas del Danubio y lo primero que nos llama la atención es la fila de barcos de recreo anclados en sus orillas que hacen cruceros por el Danubio y suelen llegar a Budapest o más allá. La ciudad se reparte en los promontorios que se elevan sobre los tres ríos. El más amplio casco antiguo, la Altstadt, es el construido sobre la península entre los ríos Danubio e Inn y para llegar a su parte superior subimos un amplio tramo de escaleras, dejando diversas terrazas a distintas alturas desde donde se ve la margen del otro lado del río, con construcciones bajo el acantilado y una tupida zona arbolada sobre él, en el que los colores oscilan desde los distintos tonos de verde hasta los rojizos y amarillos.
Llegamos a la plaza de la catedral, San Esteban, que no podemos apreciar en su fachada porque está en su mayor parte cubierta de andamios. Sus muros son de color blanco y éste es el color que predomina también en las otras partes de la iglesia que dan a la plaza que está a sus espaldas. Tiene dos torres de igual factura coronadas por una cúpula de cebolla. Está dedicada a San Esteban, el apóstol protomártir que murió lapidado. Las informaciones sobre ella nos dice que su órgano es el mayor del mundo y suponemos que se refiere a datos técnicos porque aparentemente se parece a otros que hemos visto en tantas iglesias y conventos barrocos como es éste. Habría sido muy bonito poder escuchar un concierto o al menos una pieza tocada en este famoso órgano, pero… no se puede obtener todos los deseos.
En el interior, además del órgano, vemos los mismos elementos del barroco bávaro: estucos, estatuas, pinturas, un dorado y recargado púlpito, balaustradas, escudos, en fin todos los elementos ornamentales imaginables sin que destaque especialmente por algo original. En el altar mayor en lugar de un retablo, se encuentra un grupo escultórico de gran tamaño que representa el martirio de San Esteban. Unos ventanales en el ábside sin más que el cristal dejan pasar la luz que ilumina la iglesia.
Rodeando la catedral llegamos a la Residenzplatz, que debe su nombre al gran edificio que fue residencia reciente del obispo, desde la que hay una buena vista del ábside gótico de la iglesia y del crucero (cuando retiren los andamios). Hay también una decorativa fuente en el centro. Seguimos en dirección al extremo de la península que forma la vieja ciudad y por tanto descendiendo. Sorprende algo el estilo italianizante de las casas y las calles por donde pasamos, lo que se explica al conocer la noticia de que la ciudad sufrió un terrible incendio en 1662 que la destruyó por completo y que fue rehecha por arquitectos italianos, que, naturalmente, dejan su impronta.
Uno de los edificios e iglesia más monumentales que vemos por el camino fue el perteneciente a la orden jesuita, a cuya iglesia nos asomamos. Siguiendo la ruta encontramos la iglesia dedicada a Santa Gisela, santa local, a la que se le tiene gran devoción a juzgar por la gente que visita la capilla en la que se exponen, limpios y relucientes, varios de sus huesos. En un relieve a la puerta de la iglesia se puede leer la siguiente inscripción:
UNTER DEN MAUERN DIESER EHRWÜRDIGEN KIRCHE RUHT DIE SELIGE GISELA, BAYERISCHE PRINZESSIN. GATTIN DES HEILIGEN STEPHAN, ERSTE UNGARISCHE KÖNIGIN UND ÄBTISSIN DES KLOSTERS NIEDENBURG.
Gisela creó en la parte baja de la ciudad una fundación que hoy es todavía un colegio para chicas. Esta es la ciudad de los Esteban, aunque éste procede de Hungría.
Pasamos todavía por una plaza, donde se encuentra un edificio singular que es un Orfanato, llamado “Lukas-Kern-Waisenhaus o Lukas-Kern-Kinderheim”, por el nombre de su fundador que dejó escrito en su testamento que siempre habría al menos doce niños y otras tantas niñas. En la fachada están pintadas las figuras del fundador, Lucas y su esposa, Ana Teresa a un lado y otro de la puerta y en lo alto una representación de la Asunción.
Delante del edificio, al pie de un árbol, nos encontramos al inevitable San Juan Nepomuceno, con la cruz en los brazos y la corona de cinco estrellas. Esta vez no está en medio del puente pero las aguas de los ríos las tiene a pares.
Ya estamos muy cerca de la confluencia de los ríos Inn y Danubio y descendemos hasta la orilla del primero desde donde el espectáculo que se divisa es muy bello. Destaca una torre circular, coronada por rojo techo, llamada Schaiblingsturm, en la misma orilla del río y comunicada con el edificio de enfrente por un pasadizo que forma un arco.
La zona de la confluencia de los dos grandes ríos está ajardinada, con zona de recreo para niños y mayores, como una potente tirolina que es probada por alguno con mayor o menor éxito. Nos detenemos en ese punto central donde confluyen las dos fuerzas de la naturaleza, espectáculo que siempre impresiona.

Y volvemos por la orilla del Danubio, desde donde se puede ver la fortaleza donde vivieron los antiguos obispos, en la península que forman el Danubio y el Ilz, en la parte baja y los edificios de la parte alta desde donde la vista de la ciudad es completa. No hemos podido visitarlo, lo dejamos para una próxima ocasión. Pasamos por el vistoso y gran Ayuntamiento, en la orilla, con su torre adornada que tiene un gran reloj en cada uno de sus cuatro lados, un balcón corrido y está rematada en un tejado a cuatro lados de teja roja.
Alcanzamos finalmente el autobús con el que nos desplazamos hasta el vecino país de Austria, a la población de Ebensee, a la que llegamos de noche cerrada sin que podamos apreciar los magníficos paisajes que la rodean.












AUSTRIA


26 DE OCTUBRE, DOMINGO. EBENSEE
Con el nuevo día apreciamos el lugar donde nos encontramos, un pequeño pueblo a orillas de un gran lago, hospedados en el Gasthof zur Post, una de esas viejas casas que abundan en Baviera, Tirol y alrededores, de tejado a dos aguas, balcones de madera oscura, llenos de flores, que apetece fotografiar cuando las encuentras en un paisaje. El interior es acogedor en el decorado y la sorpresa para algunos es que las habitaciones son apartamentos.
El día aparece nublado y amenazador y hay cambio de planes. Seguimos la orilla del lago Traunsee hasta muy cerca del pueblo de Gmunden. Antes de llegar, el autobús nos deja a orillas del lago para contemplar la bonita vista que proporciona el castillo de Orth.

Este castillo, edificado en un pequeño islote, unido a la orilla por un puente de madera de 130 metros, fue fundado en el siglo XI y pasó por distintos propietarios hasta que en 1914 lo compra el emperador Francisco José. Los planes que tiene para su uso son interrumpidos por la primera guerra mundial.
Actualmente es posesión del Ayuntamiento de Gmunden y se utiliza como restaurante y lugar de celebraciones de fiestas, especialmente bodas o convenciones.
Desde el autobús vemos la bonita plaza del Ayuntamiento renacentista de esta ciudad, que fue antigua capital del comercio con la sal, y atravesamos el puente sobre el río Traun que desemboca en el lago. Los romanos llamaron a este lago “lacus felix”. Tiene doce kilómetros de largo por casi tres de ancho y lo sorprendente es la gran profundidad ya que alcanza los 190 metros.
Seguimos a nuestro próximo objetivo, el monasterio cisterciense de Wilhering, un sitio que seguramente pocos turistas conocen y que da la impresión de que vamos a descubrir afortunadamente nosotros para luego, a su vez, recomendarlo si ha lugar a otras personas. Claro que Austria está llena de estos monasterios, ricos y bien conservados. Nos dirigimos directamente al Monasterio, en un precioso paisaje de jardines y rodeado de montañas. Antes de entrar en su espacio propiamente dicho, ya podemos admirar un entorno de jardines cuidados y agradables que suponemos para uso de los habitantes del pueblo. Los árboles empiezan a amarillear y los caminos se recubren de hojas
La historia del Monasterio lo hace remontarse hasta el siglo XII y pasó por diversas vicisitudes. Jugó también un papel en las luchas de religión, en las que el Emperador impuso una comunidad para defender la Contrarreforma. Se conocen los nombres de todos los abades que ha tenido la orden a lo largo de los tiempos. En marzo de 1733 un terrible incendio destruyó casi por completo el edificio. De los estilos románicos y gótico primitivos sólo se conservan algunos restos.
En 1940, la abadía de Wilhering fue expropiada por los Nazis, que echaron a los monjes; algunos fueron arrestados y enviados a los campos de concentración, mientras que otros fueron obligados a hacer el servicio militar. Encarcelaron al abad que murió en 1941 de hambre. Los edificios fueron utilizados al principio para acomodar el seminario de Linz, y a partir de 1944 como hospital militar. En 1945 tropas americanas asumieron el control del edificio y los monjes volvieron en ese mismo año para retomar la vida monástica y para abrir de nuevo la escuela secundaria o Gimnasium. Los monjes también cultivan huerta e invernaderos que les proporcionan recursos económicos. La escuela ofrece actualmente la educación general a aproximadamente 450 muchachos y muchachas. La restauración total más reciente de la iglesia ocurrió entre 1971 y 1977 bajo dirección artística del profesor Fritz Fröhlich. Lo que hoy contemplamos es un conjunto arquitectónico que data del siglo XVIII cuando fue rehecho. La iglesia es de estilo rococó.
En el interior del recinto destaca en primer lugar la alta y elegante torre de estilo rococó, que combina, como los edificios de lado derecho, los colores blanco y rosa más el negro pizarra de los tejados. Al lado izquierdo un conjunto de casas bajas, de rojos tejados, que originariamente eran casas para albergar a los huéspedes. Hoy contienen un Museo de arte moderno donde se celebran exposiciones temporales. En el medio, a modo de una gran alfombra, hay una pradera de césped y en los parterres están todavía rozagantes las flores agrupadas en macizos; especialmente destacan las dalias, agrupadas por manchas de colores, y que conseguimos ver en su mejor momento.

La Torre de la iglesia está compuesta de tres cuerpos en disminución y rematada por la torre afilada. En el más alto hay un gran reloj y en el medio una escultura de la Virgen. Lo más interesante es que han acoplado en ella la antigua puerta románica del siglo XII perteneciente al primitivo monasterio, con tímpano y arquivoltas de medio punto.
El interior de la iglesia nos muestra uno de los mejores ejemplos del rococó bávaro. Los elementos arquitectónicos son los mismos, estucos, dorados, esculturas y pinturas pero aquí tenemos la suerte de que, además del disfrute estético de la vista, nos llega también por el oído, pues suena el órgano una magnífica música que mejora el ambiente e incluso escuchamos los cantos que entona un pequeño coro que celebran un bautizo. Todo está en armonía, los altares, el púlpito, los dos órganos, el coro, las estatuas entre las que dan una nota de frescura los pequeños “putti”, esos pequeños angelotes que animan la seriedad del lugar.
Las pinturas son luminosas y cubren el techo, las bóvedas, la cúpula y las capillas laterales, además del Altar Mayor que representa la Asunción de la Virgen. En la cúpula se refleja el triunfo de María y el pintor aprovecha la forma arquitectónica para crear una ilusión óptica que le da mayor altura al espacio. En el resto de los altares y la bóveda representan escenas de vidas de santos relacionados con la orden Cisterciense y otros temas alegóricos. Fueron ejecutadas por el pintor Bartolome Altomonte, cuyo padre, Martino, también había trabajado en el templo proyectando los altares. Están dentro de un estilo barroco italianizante del último período. Para la ejecución de los estucos y las estatuas fueron llamados los mejores artistas del momento. Hay dieciséis estatuas distribuidas por los altares, las figuras de la Trinidad santa están sobre el altar Mayor, y santos y santas por todas partes entre los que reconocemos a algunos: Zacarías, Isabel, Bernardo de Claraval el abad más famoso del Cister, el rey David sobre el órgano del coro, Martín, Ambrosio, Roque y Agustín entre otros.
Anton Bruckner tocó y elogió el órgano de este monasterio.


LINZ
Es la capital de la Alta Austria (Oberösterreich) y la tercera ciudad de Austria. Es una ciudad industriosa, atravesada por el Danubio. Está solo a 8 kilómetros del monasterio de Wihlering que acabamos de visitar y llegamos pronto. En el año 2009 fue capital cultural de Europa, circunstancia que estimula a las ciudades a hacer muchas mejoras que son duraderas. Llegamos a ella un domingo por la mañana y nos tememos que lo único que vamos a encontrar abierto son las iglesias, que por otra parte íbamos a visitar de todas maneras. Los establecimientos y tiendas están cerrados, las calles vacías, el cielo gris pero sin llover. El autobús nos deja en la Hauptplatz o Plaza Mayor, un espacio de unos 13000 m2, uno de los más amplios de Europa, donde desde el siglo XIII se celebra el mercado que proporcionó buenos beneficios económicos a la ciudad. En el centro se levanta la Columna de la Peste o de la Trinidad, grupo que corona el monumento, recubierto de dorado bronce. El resto es de mármol blanco y de una altura total de 20 metros. Si no se ha visto antes la colocada en el Graben de Viena, ésta impresiona. Es un símbolo típico del barroco y se construyó como muestra de agradecimiento por las catástrofes superadas y como protección contra la guerra, los incendios y la peste. Por la plaza pasan los tranvías pintados con vivos colores. Hay que estar atento a su paso.
En la evocación de la historia pasada de cada lugar que visitamos, siempre interesante y un modo perfecto de asimilar lo visto, nos informa Chivite de algún acontecimiento relacionado con la ciudad de Linz. Aquí vivió y murió en 1493 el emperador Federico III y entonces la ciudad tuvo su punto culminante que pronto adquirió Viena y Praga.
En ella también tuvo lugar la boda de Fernando I de Habsburgo con Ana Jagellón, hija del rey de Polonia. Fernando es una figura histórica tal vez no reconocida lo suficiente para los que algo conocemos de la historia de España. Fue hermano de Carlos V y el preferido de su abuelo, el sagaz político Fernando el Católico, educado en España que, sin embargo, fue emperador del Sacro Imperio desde que la Dieta de Francfurt de 1558 lo reconoció como heredero. Su hermano ya había delegado en él importantes misiones referentes a las Guerras de Religión, como ya hemos dicho, cuando tuvo un encuentro precisamente en Linz con el rebelde Mauricio de Sajonia, buscando un arreglo del conflicto y cuando contribuyó a la negociación de la tregua de Passau en ese mismo año.
Este personaje, pequeño de estatura pero grande en dotes políticas, pues era inteligente, abierto, políglota, en fin un verdadero príncipe renacentista, digno heredero de su abuelo materno, fiel a su esposa, en contra de la costumbre, con la que tuvo ni más ni menos que dieciséis hijos (http://es.wikipedia.org/wiki/Fernando_I_de_Habsburgo), pues conocida era la buena salud y la disposición fecundadora de estas mujeres frisonas. Murió en Viena como emperador.
Iniciamos el recorrido por calles y sobre todo iglesias. Muy cerca de la plaza nos encontramos ante la fachada de la Vieja Catedral, Alter Dom, o Iglesia de los Jesuitas, o de San Ignacio que formaba un conjunto arquitectónico con el Colegio anexo que hoy es Correos. Su arquitecto fue Francesco Carlone, y se construyó de 1669 a 1678. Cuando los Jesuitas salieron de allí, al final del siglo XVIII, la iglesia quedó vacía. Por el mismo tiempo el emperador José II instaló en la ciudad a un Obispo que eligió esta iglesia como su sede, en lugar de la antigua Parroquia de la ciudad. Hasta 1909 fue catedral y aún conserva el nombre unida al adjetivo “vieja”. En la fachada hay un monumento que recuerda que el músico Anton Bruckner fue organista y director de coros de la catedral de 1856 a 1868. Las Torres de esta iglesia sobresalen por un lado de la plaza.
El interior es de un sobrio barroco y su altar mayor, de mármol, tiene una pintura de la Asunción de la Virgen hecha por Antonio Belucci. Otros elementos destacables son el púlpito, de color negro y oro, y los bancos del coro de rica madera labrada. Es bello también el órgano de donde nos han informado fue organista Bruckner durante trece años.
Situados ya en la Landstrasse, la calle principal continuación de la Plaza mayor, nos encontramos con la grandiosa iglesia de las Ursulinas, pintada de amarillo, con dos torres simétricas rematadas en tejados de color verde y una estatua de la Virgen en la crestería central. En el exterior una leyenda nos informa de lo siguiente:
Ehemalige Ursulinenkirche
Kloster der Ursulinen 1679-1971
Kirche 1736-41 von Joh. Haslinger erbaut
Fassade 1770-72 vollendet
Altarbilder von M. un B Altomonte. A. Belluci und A. Streer

De lo que se deduce que los italianos, padre e hijo, ya vistos en Wilhering, tenían aquí su público. La iglesia por dentro es también barroca, con ricos bancos de marquetería, gran retablo de mármol con pintura en el altar mayor. Actualmente los edificios anejos del Claustro y convento son la sede de un importante centro cultural para la ciudad que mantiene el nombre de Ursulinen.


En la misma calle y acera, encontramos la iglesia de los Carmelitas que naturalmente tienen en la fachada las estatuas de Santa Teresa y San Juan, los santos españoles. El interior es igualmente un barroco sobrio y el retablo está, dedicado a san José, representa la Sagrada Familia. Fue construida entre 1674 y 1726 con la colaboración de J. M. Pruner, maestro de obras de Linz, la iglesia alberga varios tesoros artísticos.

Todavía en la misma Landstrasse nos paramos ante la fachada de un edificio que ha entrado en la historia de Austria porque de él salió el conflicto que originaría la Guerra Civil Austriaca, en 1934, que termina con el partido socialista. Era el hotel Schiff, antes conocido como Der Gasthof Zum Goldenen Schiff, desde finales del siglo XVIII. Allí hubo un cine, que sigue estando todavía. En 1920, tras la primera guerra mundial, lo ocupa el partido social demócrata austriaco y lo convierte en restaurante e instala en él las oficinas de la Secretaría del Partido, una biblioteca y una sala de lectura, convirtiéndose en un importante lugar de encuentro de los afiliados y simpatizantes durante el periodo de entreguerras. En 1922 el cine se abre de nuevo convertido en el Teatro Central.
El 12 de Febrero de 1934 la policía entró en el hotel y los que estaban dentro se defienden con armas; es el principio de la guerra civil y los enfrentamientos se extienden por la ciudad y pocas horas después también a otras zonas. Ese mismo día el hotel es ocupado por unidades del ejército. En 1948, tres años después de la Segunda Guerra Mundial, el edificio fue devuelto al Partido Social Demócrata. El edificio aún alberga las oficinas del Partido Social Demócrata, y desde 2006, de nuevo el Cine Central.

Salimos de la calle hacia la derecha para llegar a la Mariendom, la Catedral Nueva dedicada a Santa María. La iglesia está construida en un estilo neogótico durante el siglo XIX (fue terminada en 1924) y tiene enormes proporciones que la convierten en la mayor iglesia de Austria. Destacan sus muchos y grandes ventanales con vidrieras que representan escenas de la historia de la ciudad.
En la explanada que rodea la catedral observamos una multitud congregada en torno a lo que parece algún espectáculo. Al acercarnos algunos observamos que, en efecto, se está celebrando un encuentro de hermandad entre miembros de distintas nacionalidades y grupos de jóvenes, chicos y chicas sobre todo, van vestidas con ricos trajes regionales y ejecutan danzas y cantan piezas de sus respectivos países.
Aún quedan iglesias en Linz que no hemos entrado a visitar, como la de los Minoritas, la de San Martín, la Parroquia, el Seminario o la iglesia Protestante… En un rato de deambular por libre podemos apreciar otras zonas y nobles edificios de esta agradable ciudad hasta congregarnos en la plaza mayor donde se puede observar la fachada del Antiguo Ayuntamiento.

Tras una informal comida nos dirigimos al Monasterio de San Florián donde esperamos oír un concierto en su magnífico órgano. Es el más antiguo monasterio de Austria, regentado por agustinos desde hace más de novecientos años. Entramos primeramente en la iglesia barroca porque en ella tiene lugar el concierto, breve pero que nos resulta una experiencia estética inolvidable. Después comienza la visita guiada de las distintas partes de que consta el recinto.
Se levanta el Monasterio en honor a Florián, el primer santo austriaco conocido. Se sabe de él que estuvo a las órdenes del gobernador romano Aquilino en la ciudad de Lauriacum, la actual Lorch. Durante la ola de represión contra los cristianos en tiempos de Diocleciano, fue encarcelado junto con otros cuarenta correligionarios. Se le instó a adorar a los dioses paganos pero él se mantuvo fiel y por ello fue torturado. En el año 304 fue arrojado al rio Enns con una piedra de molino al cuello y murió ahogado. Una leyenda cuenta que una mujer de nombre Valeria tuvo un sueño en el que se le aparece Florián y le pide que recoja su cuerpo, que había llegado a la orilla y lo entierre en el lugar donde se levanta el monasterio. La arqueología ha demostrado que en este lugar hubo vestigios de época romana además de encontrarse restos humanos que datan de ese siglo. Las representaciones del santo lo muestran muchas veces apagando un fuego porque se dice que de niño sofocó el incendio de una humilde choza con un cubo de agua y por ello es protector para defender del fuego, de riadas y también protege las fronteras, pues él cayó en un río que hace frontera.
Los primeros documentos que hacen mención de la existencia de un convento en este lugar son del año 800. Con el paso del tiempo la iglesia de estilo gótico se amplia y adapta al nuevo estilo barroco y el centro adquiere mayor importancia, convirtiéndose en santuario nacional y lugar de peregrinación. Por ello las obras de mejora y ampliación y enriquecimiento siguen produciéndose a lo largo de los siglos, especialmente a finales del siglo XVII, hasta encontrarlo en el estado actual.

Entramos al monasterio por una preciosa puerta barroca decorada con cuatro atlantes en la parte baja y otras tantas estatuas exentas encima del segundo cuerpo sobre el que cierra el marco un bonito balcón. Salimos a un patio amplio y armónico de arquitectura italianizante, especialmente por una escalera de líneas diagonales, con vanos decorativos, que es muy ornamental pero difícil de proteger en los rigores del invierno.


Nos cuenta la guía que actualmente hay una comunidad de 34 miembros, que once viven aquí y el resto ejercen de párrocos en los pueblos de la zona. En el colegio viven internos unos cincuenta niños que forman el coro más antiguo de Austria (cerca de mil años) y de renombre mundial.
Nos conducen hasta la cripta, la zona más antigua donde se ven las bases de la primitiva construcción gótica de hace ochocientos años. La zona se utilizó como enterramiento de abades y prelados y además de sus tumbas allí se pueden ver una colección de huesos de unos seis mil esqueletos, algunos de los cuales se han datado como pertenecientes al siglo IV, el siglo del martirio de San Florián, en un espectáculo un tanto macabro. Lo más interesante del lugar es ver el sepulcro del músico Antón Bruckner, muerto en Viena en 1896 pero enterrado aquí, justamente debajo del órgano que durante tanto tiempo tocó como organista de la capilla porque esa fue su voluntad, sabedor de que se producía un fenómeno acústico por el que los sonidos del órgano se escuchaban en este lugar.
Subimos a la iglesia para apreciar de ella en esta ocasión el arte y los elementos de ornato. En el siglo XVIII trabaja en ella el italiano Carlo Antonio Carlone, (al igual que lo había hecho su padre, Francesco) que la dota de una claridad, alegría y elegancia que la hace muy característica. Las bóvedas resultan luminosas porque están decoradas a base de frescos, con pinturas de colores claros. No faltan los estucos en capiteles y frisos. Está dedicada a Santa María y en el altar mayor la pintura representa a Cristo recibiendo a su madre en el Cielo mientras los Apóstoles en la parte de abajo rodean un sepulcro vacío. A ambos lados hay cuatro esculturas, las más próximas al cuadro representan a San Florián y a San Agustín y las extremas a San Juan Bautista y San Sebastián.
Los estales del coro están profusamente labrados y lo más llamativo son los ciento cuatro angelitos o más bien “putti” repartidos en ellos y recubiertos de vistoso tono dorado. Destacan los colocados en la parte alta, cada uno tañendo un diferente instrumento de música para formar una original orquesta. La iglesia contiene dos órganos que se tocan diariamente. El grande es de los mayores de Europa, tiene 7400 tubos y nosotros podemos dar fe de lo bien que suena. Debajo del coro y separando la iglesia del nártex hay una bonita reja coronada por guirnaldas de flores y frutos.
Subimos luego por la grandiosa escalera y penetramos en el larguísimo pasillo llamado de los prelados, que mide 175 metros de largo. En él se abre el balcón donde se le rendía honores al emperador. Visitamos el pequeño museo dedicado al pintor Albert Alforfer, de Regensburg, del siglo XVI, que contiene muy valiosos cuadros, como los pertenecientes al altar de San Sebastián y a un retablo anterior. Los colores, nos dice la guía, son originales y en verdad se conservan muy bien. Fue el primer pintor alemán que con sus cuadros representa historias reales e introduce la perspectiva.
Entramos luego a través a una gran y lujosa habitación, la Sala de Mármol o Sala de Emperadores, pues están representados los que gobernaron durante la construcción del Monasterio. Tiene una superficie de 450 m2 y no hay columnas ni sujeción. El magnífico techo está literalmente colgado, un prodigio arquitectónico en un tiempo en que no se disponía de la maquinaria y recursos actuales. Era el Salón de baile, el espacio de los homenajes a los emperadores y por ello predominan los colores rojo y blanco de la bandera de Austria. Se conmemora en las pinturas del techo la victoria sobre los turcos y por ello el lugar preeminente lo ocupa un retrato del príncipe Eugenio de Saboya, artífice de la victoria definitiva. En la magnífica pintura al fresco que cubre el techo trabaja de nuevo la familia italiana de los Altomonte y logran crear un trampantojo que da sensación de gran profundidad y altura además de otros curiosos efectos ópticos que nos hace notar la guía. Actualmente este espacio se alquila para usos privados, como fiestas, conciertos, bailes y situaciones similares (y no nos parece caro su alquiler, aunque hay que aprovechar el verano porque carece de calefacción)
La pieza cumbre de la visita la constituye la Biblioteca, a la que se entra a través de unas preciosas puertas de marquetería. Comenzó a construirse en 1744 y tiene 150 mil libros además de más de mil manuscritos de gran valor que se guardan en una sala de Seguridad. Entre ellos hay 800 incunables. La pieza de más valor que ha salido de aquí es la Biblia Floriana, de 1215, actualmente en la colección Real de Bruselas. Hay doce salas más que contienen libros. Están clasificados por materias y comprenden todas. Este valioso tesoro fue tomado por la Gestapo en 1941 al tiempo que ocupaba el monasterio y expulsaban a los monjes, aunque se devolvió todo a su sitio al finalizar la guerra. Las paredes son muy lujosas, recubiertas de pan de oro, con 250 m2 de pinturas al fresco en el techo firmada por el ya conocido Altomonte y con bustos de grandes personalidades de la antigüedad, mezclados políticos con literatos, como Adriano, Sócrates, Galva, Sófocles, Faustina Mayor etc.
Terminamos esta interesante visita a uno de los centros religiosos y culturales más importantes de Austria, con proyección europea, y seguimos nuestra ruta que hoy podría definirse de monasterios e iglesias hasta el próximo centro de Kremmünster.

Monasterio de Kremmünster
La Abadía fue fundada en el año 777 por el Duque Tassilo III de Baviera. Los monjes que la habitan son benedictinos y también, como en los demás monasterios que hemos visitado, regentan un colegio desde el siglo XVI y, lo que es más particular, un observatorio astronómico y geofísico conocido como “Torre Matemática”
A través de un paso subterráneo nos dirigimos al Monasterio que forma un conjunto arquitectónico impresionante, con un foso por el que discurren las aguas, el puente, la bonita puerta de entrada con esculturas exentas, el gran patio central y finalmente la iglesia a la que nos dirigimos. Pintada en los colores blanco y gris, con dos torres simétricas coronadas por cúpulas de pizarra negra. En el interior la particularidad, que hará que la recordemos, es que las gruesas columnas que dividen las tres naves principales, están cubiertas con tapices valiosos. El estilo sigue siendo barroco, recargado, con estucos que adornan los muros y el techo sin que falten espacios para las pinturas.
Nos encontramos a los pies del altar Mayor las ofrendas del campo, todos los productos alimenticios que se puedan imaginar expuestos con gusto en el templo, según una antigua costumbre de toda Austria que se hace para dar gracias por la cosecha.
Se termina así un día intenso que nos ha permitido conocer algo más de Austria.
HALLSTATT
Lunes, 27 de octubre
El día amanece soleado y luminoso. La primera reacción de muchos de nosotros todavía en Ebensee es la acercarnos a la orilla del lago que sólo hemos entrevisto en un día nublado para disfrutar de un paisaje espectacular. Está rodeado de montañas que se reflejan en las oscuras aguas. El cielo azul, el sol, la calma del lago, los cisnes y patos de las orillas completan la fotografía.
Al pasar por la carretera a la salida del pueblo nos enteramos de que el monte cercano está horadado por galerías y grutas subterráneas utilizadas en la extracción y conducción de sal, procedentes de las minas cercanas de Hallstatt y aprovechadas en la última guerra mundial por los nazis como un terrible campo de concentración y como depósito para guardar armamento. Los prisioneros seguían excavando túneles. No fueron liberados hasta mayo del año 1945 por soldados estadounidense. Es un contraste grande disfrutar de estos bellos paisajes y pensar en el mal que el ser humano es capaz de infringir con sus propios semejantes.
Estamos en la región de Salzkammergut y la sal va a tener un protagonismo en la zona, plasmado incluso en la toponimia, ya que salz significa sal pero en griego clásico el término era “hals”,(als, con aspiración), que probablemente se conserva de manera literal, tal vez, en la primera parte nombre del pueblo que tenemos hoy como objetivo.
Nuestro primer destino es la población de BALD ISCHL, de la que el propio nombre también nos da información sobre ella: es lugar de balneario y la atraviesa el río Ischl. En efecto, posee el balneario de agua salada más antiguo de toda Austria pero se pone verdaderamente de moda desde que el futuro emperador Francisco José la elige como lugar de vacaciones y solaz. Ocupa una villa nada ostentosa, y se dedica a practicar su deporte favorito, que es la caza, pues, además de la belleza del lugar, la fauna abunda en los bosques de alrededor.
Bad Ischl es el centro cultural y geográfico de la región Salzkammergut. Desde 1848 hasta 1914 Bad Ischl fue la residencia veraniega primero de Francisco José y luego del matrimonio imperial. El 17 de agosto de 1853 se dio a conocer aquí, en un bonito edificio que actualmente es el museo de la Ciudad, el compromiso matrimonial de Francisco José con su prima Elisabeth, por acuerdo de las madres respectivas, Sofia y Ludovica, que eran hermanas entre sí e hijas del rey Maximiliano I de Baviera. El padre de Sissi también llamado Maximiliano, era duque de Baviera. Al año siguiente se casaron cuando ella tenía solamente dieciséis años.
Toda la ciudad aprovecha el recuerdo de tan ilustres personajes, especialmente de Sissi, que ha entrado en la leyenda y sigue generando literatura e ingresos con su recuerdo aunque la pareja sufrió una serie de desgracias familiares y tristes eventos políticos, el peor de los cuales fue la entrada en la primera guerra mundial.
Esta ciudad también está unida a otros nombres famosos aunque no tan conocidos por nosotros, que la eligieron como lugar para vivir, pasar sus vacaciones y practicar sus deportes. Algunos son los músicos Johann Strauss, Brahms, Bruckner y Franz Lehar, este último autor de más de 24 operetas, la más conocida de las cuales es la titulada “La Viuda Alegre” que la compuso aquí, en la villa que lleva su nombre y que alberga hoy en día un museo dedicado al artista.
La ciudad está recorrida por el río Ischl que aquí se junta con el Traun, rodeada de montañas y cercada por bonitos lagos. Vive fundamen-talmente del turismo.
Sólo desde la distancia vemos la Kaiservilla, la antigua residencia veraniega del emperador.
Recorriendo sus calles nos topamos con la famosa ”Konditorei Zauner”, que se conserva activa desde los tiempos en que la frecuentaba la emperatriz y ofrece un gran surtido de dulces de todas clases, pues se ha convertido en una de las atracciones de la ciudad.
Al pasar el río Ischl por uno de los puentes, nos encontramos una estatua de San Juan Nepomuceno, en este caso policromada y limpia, el santo más popular entre los viajeros a Alemania y Austria. Al otro lado del río se yergue la casa del compositor Franz Lehar, de tres plantas, pintada de amarillo y con un gran balcón en el centro. Sabemos que el pequeño castillo de Mármol, que era la antigua casa de té de la emperatriz, a las afueras de la ciudad, contiene actualmente el Museo Austríaco de la Fotografía. Un trenecito turístico recorre la villa de la que nosotros, a pie, nos hemos hecho una buena idea.

El autobús, por un bonito camino, nos deja en Hallstatt. Es éste uno de los pueblos más bonitos de Austria, - y en palabras de Alexander von Humboldt, el pueblo más bonito del mundo- que atrae turismo de todas partes porque reúne las condiciones que de ello lo hacen merecedor. Durante tiempos y prácticamente hasta el siglo pasado y por falta de buenas comunicaciones, no se podía acceder a él salvo en condiciones duras, por barco a través del lago o por malos caminos. Esto, que fue para ellos motivo de retraso y rigores en su vida cotidiana, se ha convertido actualmente en un atractivo porque se ha conservado con autenticidad, trasladando al presente un ambiente que el sentido común de sus gentes no ha alterado a pesar de dotarlo de los medios que los tiempos actuales imponen.
El nombre de Hallstatt está unido para muchos a los conocimientos de la Prehistoria, en la asignatura de Historia que aprendimos en el Bachillerato. En efecto, es el lugar más importante de Austria en lo que a descubrimientos de la Edad de Hierro se refiere y su nombre ha servido para designar este período y a su cultura que está íntimamente unida a la explotación de la sal, que se ha podido rastrear hasta el año 8000 a C.
A mediados del siglo XIX un arqueólogo descubrió la necrópolis de los habitantes prehistóricos y se exhumaron más de mil fosas que proporcionaron datos para el conocimiento de su cultura, muy desarrollada para su tiempo. La sal se transportaba por una tubería hasta Ebensee.
Cuando bajamos del autobús no se sabe hacia dónde mirar porque por todos los lados los paisajes son bellísimos. A un lado el lago Hallstätter y a lo lejos el pueblo enracimado a sus orillas. A su espalda la alta montaña arbolada en la que distinguimos el funicular que sube hasta la minas de sal. Allí cerca vemos un monumento dedicado al minero que trabaja acarreando sacos de sal.

El pueblo se extiende a lo largo de la orilla del lago y sus casas se encaraman hacia la montaña, superponiéndose unas encima de otras pero todas ellas orientadas en sus fachadas hacia el lago. La arquitectura es popular, predominando la madera de la que el terreno les suministra en abundancia. Los tejados de pizarra a dos aguas, con suficiente inclinación para que la nieve escurra, y en general los bonitos balcones o miradores que ocupan gran parte de la fachada, llenos de flores una buena parte del año, proporcionan un precioso panorama. En la mayoría de las casas que encontramos en la calle principal, en su parte baja, se abre un comercio que ofrece a los turistas un atractivo género, como variada artesanía o ropa regional. No faltan los restaurantes con pequeñas terrazas colgadas encima del agua y hoteles de aspecto acogedor. El pueblo tiene dos iglesias, la protestante y la católica ya que, después de luchas de religión desde el siglo XVI y de persecución a los protestantes, el emperador Francisco José declaró que ambas religiones deberían tener los mismos derechos.
La protestante es de estilo neogótico del siglo XIX y tiene una torre espigada y rematada con un chapitel muy alto, que se distingue desde cualquier punto y es muy representativa. La católica, situada en la parte más alta del pueblo, a la que se accede por un sinuoso camino de escaleras y pequeños pasadizos cubiertos, es una pequeña iglesia romántica cuya construcción data del siglo XII aunque su forma definitiva es de principio del XVI. Entramos a conocer su interior ya que, como en tantas otras valiosas iglesias de Alemania y Austria, la iglesia permanece confiadamente abierta.
Tiene muchos objetos de arte pero destaca un bonito tríptico datado a principios del siglo XVI que se sabe fue realizado por un artista local, que trabajó en la ciudad de Gmunden, ya que se conserva parte de su nombre en una inscripción. En el centro se ve a la Virgen con el Niño y a su lado dos santas, Catalina y Bárbara. En los cuadros superiores de las puertas se representan el nacimiento de la Virgen y la Anunciación y en los inferiores la Presentación del Niño en el templo y la muerte de María. Otras pinturas hay por la parte de atrás.
Alrededor de la iglesia se extiende el cementerio local, lleno de flores, en un espacio que resulta recoleto y agradable y que invita a pasear entre las lápida. Al asomarse al pequeño muro que rodea el recinto, se divisa un maravilloso paisaje, con el pueblo a sus pies, el lago que hoy luce como un espejo y las montañas que lo rodean.
Frente a la iglesia protestante se abre la plaza del mercado, que tiene en el centro su correspondiente columna de la Trinidad en unas dimensiones proporcionadas con el entorno. Las terrazas de los restaurantes que dan a la plaza están ocupadas en gran parte, debido a la buena temperatura de que hoy, afortunadamente, gozamos. Por encima de las casas que conforman la plaza se levanta, como un enorme escenario, el monte que está cubierto de árboles en su totalidad.
El tiempo que hemos pasado en este precioso pueblo nos ha permitido conocerlo, pues además de la visita conjunta, los paseos individuales, la comida, ha habido tiempo de sobra para entrar en sus comercios, que es una faceta apreciada por algunos viajeros.
Hemos quedado citados a una hora para tomar un barco que nos va a trasladar a través del lago hasta el pueblo de Obertrau, en el otro extremo del lago. Estos barcos de transporte regular van cargados hasta los topes, pues cuando parece que ya están llenos, todavía entran un buen número de japoneses que acaban instalándose por todos los huecos que no parecía que aún quedaran. Desde la cubierta superior se puede ir viendo un panorama cambiante pero siempre bonito. El pueblo se empequeñece con la distancia y el horizonte nuevo proporciona otras perspectivas igualmente bellas. Desembarcamos en un amarre a las afueras de pueblo de Obertrau, que es conocido en Austria porque en él existe una escuela federal de deportes que ha adquirido fama y la ha hecho conocida.
Aquí nos espera Hermann, el chófer, que ha acudido con el autobús y seguimos nuestro camino que nos va a deparar espléndidos paisajes de montaña. Enseguida entramos en el estado de Estiria, de la que atravesaremos una parte pequeña. Esta región es conocida por sus bosques hasta el punto de considerarla el corazón verde de Austria. Pasamos por el río Enns, al que fue a parar el cadáver del venerado San Florián. Nos topamos con el macizo montañoso imponente conocido como Krimming y pasamos cerca del castillo de Trautenfels, que cierra el valle, antigua residencia de estudiantes donde pasó Chivite algunos veranos, y hoy convertido en un Museo de la zona, con muestras de su naturaleza y de su historia.
Nuestro objetivo es ADMONT, el monasterio benedictino metido entre montañas que presume de tener la Biblioteca mayor entre las de los monasterios y seguramente la más bonita del mundo. Es el más antiguo de Estiria pues fue fundado por el obispo Gebhard de Salzburgo en 1074. Es un centro importante de fe, cultura y economía porque da trabajo a unas 500 personas gracias a su rico patrimonio en tierras y empresas que dependen de él. En este gran recinto hay también un Gymnasium y una residencia de ancianos. Contiene además tres museos, uno de Historia Natural, otro de Arte y otro de Arte contemporáneo. Los monjes cumplen la máxima de su orden:
“ora et labora et lege”
Penetramos al recinto del monasterio que en uno de sus lados se cierra por un muro con una balaustrada encima de la cual hay cuatro estatuas que representan a divinidades del panteón griego, aunándose así la cultura pagana con la cristiana. Dentro destaca la hermosa iglesia neogótica, ya que en el lugar se produjeron los habituales incendios devastadores y hubo que rehacerla. Los jardines adornados con parterres y macizos de flores son dignos de pasear. Nos dirigimos al edifico que contiene la Biblioteca barroca y los museos.
Una guía nos da explicaciones del lugar. Contiene 200000 volúmenes, 1400 manuscritos, alguno del siglo VIII y 530 incunables, libros impresos antes de 1500. Se muestran en un lugar privilegiado una Biblia gigante del siglo XI, la Biblia de Lutero y la edición original de 1758 de la Enciclopedia de d' Alembert y Diderot. Además de los títulos tradicionales de teología y de derecho canónico, incluye una sección importante dedicada a las ciencias y la historia, a la historia del derecho, medicina, filosofía e historia natural. Vienen a estudiar centenares de investigadores. La biblioteca se terminó en 1776.
Su arquitecto, Josef Hueber (1715-1787) la diseñó de forma que entrara en ella mucha luz, lo mismo que la lectura ilumina los espíritus. Se salvó milagrosamente del incendio que asoló el monasterio en 1865. El edificio y particularmente los frescos que lo decoran habían quedado dañados por los trabajos de zapa realizados en el subsuelo por los nazis, que requisaron la abadía durante la segunda Guerra Mundial, y por los rayos del sol que entraban a raudales por las 48 ventanas. Financiados en parte por la Unión Europea, los trabajos de restauración empezaron en 2004 dando lugar a una restauración completa. Actualmente restringen el número de visitantes a setenta mil anuales.
Las dimensiones de este artístico lugar son dignas de una catedral: 13 metros de altura, 70 de longitud y 14 de anchura, todo rematado por siete cúpulas majestuosas condecoradas con frescos de Bartolomeo Altomonte (1701-1783) que acometió la tarea cuando ya contaba 80 años de edad. En ellas representa imágenes alegóricas de las distintas ramas del saber. El suelo es de mármol, con baldosas en forma de rombos de colores rojo y blanco (los colores de la bandera de Austria) y negro pero nos hace ver la guía las muchas formas que se pueden adivinar observándolo detalladamente, un dado, o una escalera que sube en cualquiera de las direcciones, una alegoría de la propia sabiduría, una estrella de seis puntas o incluso podemos ver en las baldosas la representación de libros abiertos.
Además del tesoro que suponen los libros, la Biblioteca contiene otras obras de arte en forma de relieves, frescos y esculturas. Distribuidas por la biblioteca vemos caras de filósofos de todos los tiempos, recubiertas de pan de oro.
En el centro encontramos cuatro esculturas que representan los “Novísimos”, esto es la Muerte, el Juicio final, el Paraíso y el Infierno. Son de madera pero tienen acabado de bronce y fueron realizados en 1760 por Joseph Thaddäus Stammen, un artista local.
La Muerte representa a un viejo peregrino seguido por la Muerte que lleva en una mano un reloj de arena llegando a su fin y en la otra una flecha. A los pies del anciano hay dos pequeños ángeles y a su lado objetos que simbolizan que no hay vida, como una vela rota, o una concha o un caracol vacíos, como el cuerpo humano sin alma, o una burbuja de jabón que pronto se queda en nada.
El Juicio Final es un hombre que ha salido de la sepultura y llega delante del juez que es Cristo. Arriba hay un ángel y abajo un demonio, con cuernos y unas lentes para leer el libro de la vida.
El Infierno es un conjunto dramático en que un hombre con rostro desesperado va sobre los hombros de un demonio con rostro de macho cabrío que lo ha llevado al infierno. En una mano lleva un aro, símbolo de eternidad. Va a tan funesto lugar por culpa de sus debilidades reflejadas en los símbolos que representan los pecados capitales, la soberbia como un pavo real, la avaricia con dinero, la envidia con un murciélago, la lujuria con un lecho, la gula con una salchicha, un personaje durmiendo es la pereza y la ira una cara irascible.
El Cielo tiene el triángulo, representación de Dios, un corazón, símbolo de vida y el anillo símbolo de vida eterna. Hay tres ángeles que representan las buenas acciones del hombre. Uno lleva la moneda en la mano signo de su prodigalidad en la vida, otro aparece rezando, porque ha practicado la oración.
La guía nos muestra una de las cuatro puertas secretas que suben a las galerías superiores, disimuladas entre los libros reales.
Una buena sorpresa nos hemos llevado al entrar a la Biblioteca y ver que sobre una mesa estaba extendido un papel de excelente calidad que va saliendo lentamente de un rollo situado en un extremo y sobre el que un robot modernísimo va escribiendo letra a letra un texto en caracteres góticos. ¡Si los monjes del siglo XV levantaran la cabeza¡ Creerían que es el mismo demonio el que fingía semejante trabajo usurpando el papel que ellos tenían adjudicado desde tiempos seculares. Es verdaderamente curioso el artilugio y merece la pena dedicarle unos minutos a observarlo. Ha sido construido por tres alemanes y dentro de él hay una pluma y un tintero, como lo que poseían los monjes sobre sus pupitres, sólo que éste además contiene un programa informático. Ahora, desde el 2 de julio, reproduce el nuevo Testamento, traducción de Lutero. Trabaja de 9 de la mañana a 5 de la tarde y no reclama ni subida de salario ni hacer horas extraordinarias.
A la salida de esta parte del Monasterio entramos en la iglesia, dedicada a San Blas y terminada en el siglo XIX.









SAN WOLFGANG
28, martes
Hoy abandonamos el hotel de Ebensee y la dueña en persona, vestida con traje regional austríaco, sube al autobús para agradecernos la estancia y desearnos un buen viaje. Es todo un detalle de cordialidad y en verdad que nos llevamos un buen recuerdo del hotel. Lástima que el día no es luminoso sino que el cielo está plomizo y la lluvia amenaza. El autobús vuelve a recorrer en un principio el camino hacia Bald Ischl, que ya conocemos y mientras tanto Chivite nos entera de otras particularidades de la vida de Francisco José, el emperador tan presente en estos lugares. Pasamos por delante de la estación del pequeño tren que le traía desde Salzburgo parando en todos los pueblos, que recibían entusiasmados a su emperador. El tren se llama Júpiter. Vemos desde la carretera la Villa Imperial, rodeada de jardines. Francisco José siguió viniendo a esta población porque tenía una amante, Katharina Schratt, que vivía en ella y que, según algunos historiadores, llegó a casarse con el emperador aunque los papeles oficiales que podrían atestiguarlo desaparecieron. Así lo defiende un periodista austriaco. Lo cierto es que la rancia aristocracia vienesa nunca aceptó a la joven Sissi, bávara, liberal y culta, y ella les correspondió ignorándolos y alejándose de la capital y de la corte. Parece que es la misma Sissi la que ve con buenos ojos la relación de su esposo con Katharina, a la que ella conocía.
(De entre las muchas biografías de la emperatriz nos recomiendan la de Brigitte Hamann, Elisabeth. Kaiserin wider Willen. Munchen 2004)
Pasamos a través de bonitos paisajes al Land de Salzburg, que fue estado independiente pero que desde 1815 pertenece a Austria.
Llegamos al pueblo de Sankt Wolfgang, un lugar turístico a las orillas del lago del mismo nombre, lugar de veraneo por excelencia, de estrechas y pintorescas calles, en las que predominan los hoteles, las tiendas y las bonitas casas con sus balconadas llenas de flores.
La villa tiene dos puntos de atracción de distinto signo, lúdico y religioso.
El primero es el famoso hotel el Caballo Blanco, Im Weissen Rössl, muy conocido en Austria porque dio lugar con el mismo título a una famosa opereta, compuesta por Ralph Benatzky, que se popularizó durante mucho tiempo. Es un hotel muy romántico y lujoso con todo tipo de instalaciones, algunas de las cuales, como el yacuzzi, instalada encima de las aguas del lago.
El segundo e importante monumento artístico, al que nos dirigimos después de dar un paseo por el reducido casco urbano, es la iglesia parroquial dedicada a San Wolfgang porque la tradición dice que fue él quien la construyó. La tradición se aúna a la leyenda dando así significado a la etimología del nombre del protagonista de esta historia. (Wolf, lobo y gang de gehen, ir). Wolfgang pide ayuda al diablo para la construcción de la iglesia. El maligno se la ofrece a cambio de llevarse la primera criatura que ingresara en el templo una vez terminado. Así se hizo y el azar quiso que la primera criatura que traspasó el umbral fuera un lobo, lo que ocasionó el enojo y la retirada del diablo. Leyendas parecidas con el diablo como protagonista las hay en otros lugares, como en Aquisgrán.
Wolfgang fue un importante personaje de la iglesia del siglo X. Abrazó la orden de San Benito y llegó a obispo de Ratisbona. Decidió trasladarse a Austria, al cercano Mondsee, para fundar un monasterio donde ya adquirió fama de santo. Se retiró luego a este lugar, que de él recibe el nombre, para vivir como eremita y entonces es cuando se sitúa la leyenda del demonio y de la construcción de la iglesia, allá por el año 976. (Por cierto que siendo joven asistió a la famosa escuela monástica de Reichenau, en el lago Constanza, noticia ésta que da la Biblioteca Cristiana y que acogemos con un guiño de complicidad, ya que conocemos perfectamente la tradición cristiana de la pequeña isla, que visitamos hace un par de años).
Después de la canonización de San Wolfgang en 1052 el pueblo se convirtió en destino de peregrinación de gentes que llegaban de toda Europa y desde entonces es un pueblo con alojamientos, que con el tiempo cambia los peregrinos por los turistas.
La iglesia fue construida en la segunda mitad del siglo XV. Su planta es irregular, condicionada por el lugar donde se sitúa, un montículo rocoso. Empezó siendo de estilo gótico pero terminó, tras los cambios obligados por los avatares del tiempo, en estilo barroco. La encontramos llena de imágenes y objetos artísticos, así como pinturas ornamentales en los techos, muros y arcos. Pero la pieza fundamental es el maravilloso retablo gótico, tal vez el mejor de Austria, realizado por el escultor tirolés Michael Pacher entre los años 1471 y 81. Es un políptico que aúna relieve en su parte central y la predela y pintura en las tablas de las puertas laterales, influida por la italiana, lo que hace suponer que el autor, del que conocemos pocos datos, visitó este cercano país. Pacher fue un antecesor de Durero en Alemania por interpretar el nuevo estilo que traía el Renacimiento. Constituye una de las obras maestras del arte gótico. Narra una serie de temas elegidos por el cardenal Nicolás de Cusa, célebre teólogo y humanista de la época al que también conocemos. En el centro representa la Coronación de la Virgen y en los lados diversas escenas: el Nacimiento de Jesús, la Presentación en el templo, la Circuncisión y la Muerte de la Virgen. En la parte inferior que corresponde al retablo central se puede ver en relieve, con la misma riqueza de materiales la Epifanía o Adoración de los Reyes y en los pequeños cuadros de pintura la Visitación y la Huida a Egipto.
Paseamos también de vuelta al autobús por la calle más comercial del pueblo, dejando algún que otro euro en alguna de sus tiendas y seguimos viaje recorriendo los bonitos paisajes de esta zona. Desde la carretera vemos de lejos Sankt Gilgen, (La traducción sería San Egidio) otro conocido pueblo cercano, en la orilla del mismo lago Wolfgangsee. En él nació la madre de Mozart, mientras su padre trabajaba en él y de ello presume el pueblo aunque Mozart nunca lo visitó. Además de disfrutar del lago, la cercanía de los montes a los que se sube en funicular, hacen de este lugar uno de los más visitados. Como ejemplo decir que Helmut Kohl veraneaba aquí.
Muy cerca está el lago Fuschlsee donde hay un antiguo castillo del mismo nombre, hoy convertido en hotel de lujo, que también tiene su lote de protagonismo en la historia porque en él se celebró por primera vez una entrevista entre el jefe de gobierno judío, Simon Perez y el del gobierno egipcio Anwar er Sadat por la mediación del el canciller austriaco Bruno Kreisky.
Otro personaje público que residió unos meses en él fue el rey Leopoldo III de Bélgica que se rindió ante los nazis al principio de la guerra. En el año 1944, tras el inició del Desembarco de Normandía, el rey y su familia son trasladados por las autoridades nazis, por orden expresa de Hitler y de Himmler, y recluidos primero en Sajonia y desde febrero de 1945 en Austria. De este cautiverio lo liberaría el ejército de los Estados Unidos en abril de 1945.
El objetivo es llegar a Salzburgo. Gracias a una equivocación del TomTom del autobús, que no lo puede prever todo, como se puede demostrar, pasamos, en ida y vuelta, por un bonito paisaje que nos depara una curiosa sorpresa. En los alrededores del pueblo de Faistenau vislumbramos a través de las ventanas, aparentes grupos humanos distribuidos graciosamente sobre las praderas cercanas a una casa, como por ejemplo una familia en torno a una mesa, o una pareja de ancianos y unas ovejas a su lado, dos niños en una bicicleta, un grupo festivo que baila e incluso la representación de los músicos de Bremen. Al acercarnos descubrimos que son muñecos de paja vestidos con trajes regionales y dispuestos de una manera simpática que resulta un excelente reclamo del encanto de estas tierras. Nos preguntamos qué será de ellos los días de fuerte lluvia… pero hoy no es el caso. El verlos dos veces es porque el camino que nos ha indicado el navegador pasa por un estrechamiento y más allá por un túnel por el que la altura del autobús hace inviable su tránsisto, así que Hermann tiene que dar la vuelta y rehacer el camino para seguir el indicado en el panel que ya habíamos visto en el cruce de caminos.
SALZBURG, literalmente ciudad de la sal porque era centro del importante comercio de la Sal desde remotos tiempos. Los romanos se hacen con él frente a los nativos y fundan en el año 15 a de C. la ciudad de Iuvavum, nombre que probablemente esté emparentado con el del dios Iu-piter (Iupiter, Iovis)). La urbe se convirtió en municipium en el año 45 d. C bajo el emperador Claudio, llegando a ser uno de los más importantes de la provincia de Noricum. Esta ciudad en la época de los godos, siglo VII desaparece como tal.
En la alta edad media se coloniza de nuevo la zona y se cristianiza, como era práctica habitual. Para ello vienen monjes de Escocia y de Irlanda, el primero de los cuales fue San Ruperto, hacia el año 700, al que llaman el apóstol de Baviera y Carintia. Funda primero un cenobio sobre las ruinas de Iuvavum, que cuarenta años después se convierte en una diócesis con su propio obispo y, tras otros tantos años, al final del siglo VIII, es ya la sede de un arzobispado cuyo titular pasa a ser el príncipe con poder político. Esta situación continúa hasta principios del siglo XIX y se suceden 86 arzobispos.
Entre los obispos destacan algunos como Wolf Dietrich Raitenau que gobierna la ciudad desde 1587 a 1612. Desarrolló una brillante carrera eclesiástica en Roma y se traslada a Salzburgo en el 78 donde fue elegido arzobispo y jefe de estado. Estaba educado en las humanidades, era amante de las artes y como se verá, de las mujeres. Él es el artífice de una importante mejora del urbanismo de Salzburgo, pues encargó a un arquitecto veneciano hacer una catedral nueva después de que la antigua sufriera un incendio y los planos para un nuevo palacio residencia. También se edificó por orden suya el palacio de Mirabell para albergar a su amante, Salomé Alt, con la que tuvo ni más ni menos que 16 hijos. En un levantamiento contra el duque Maximiliano de Baviera fue hecho prisionero y murió en la residencia antigua.
Le sucede su sobrino Marcus Sitticus (1612-1619) que trajo a la ciudad a los capuchinos, fundó la Universidad y mandó construir a las afueras de la ciudad, como residencia de descanso, el palacio de Hellbrunn con sus famosos juegos de agua (1619-1653).
Paris von Lodron (1619-1653) fue el gran príncipe de Salzburgo que continuó la obra de los anteriores. Consiguió permanecer neutral en la guerra que asoló en su tiempo a toda Europa y negoció con todos sacando provecho para su ciudad que gozó de paz y prosperidad y quedó embellecida. Invitó a los Jesuitas a instalarse en la ciudad.
El último de los príncipes arzobispos fue Hieronimo de Colloredo que fue conocido en relación a Mozart, a quien protege. Mozart, en efecto, es la figura más importante que ha dado la ciudad de Salzburgo y su recuerdo y su rastro permanecen vivos en la ciudad. Su padre, Leopoldo, era un funcionario de la ciudad. El hijo se traslada a Viena para estudiar composición, lo que no le da dinero.
La ciudad vive del turismo y de la música. Son internacionalmente famosos los Festivales Musicales que organizan un grupo de hombres cultos que se reúnen después de la Primera Guerra mundial y no dejan de crecer en importancia.
El autobús nos lleva primero al palacio de Hellbrun del que vamos a conocer sus jardines y en ellos una demostración de los famosos juegos de agua. Los arzobispos eran personajes cultos, conocedores de la antigüedad clásica, y refinados en sus gustos, lo que se refleja claramente en estos adornos y divertimentos de sus jardines con los que entretenían su ocio. Vamos en grupo con un guía que a veces hace sus gracietas con el agua, de resultas de las cuales se mojan algunos. Las fuentes en su mayor parte tienen a un personaje de la mitología como protagonista y por allí están presentes dioses y héroes e incluso se recrean escenas relacionadas con ellos. La mitología es también la aliada de la música ya que los libretos iniciales del nuevo género que constituye la ópera tienen a ésta como tema. Precisamente en este palacio se estrenó la primera ópera de la historia de la música, un Orfeo de Monteverdi.
También encontramos a Orfeo en una de las cuevas recreadas en este ambiente lúdico. El famoso músico se nos muestra tocando un instrumento, un violín, y rodeado de animales a los que atrae y amansa con su virtuosismo. Delante de él una figura femenina está recostada sobre la tierra. Sin duda es Eurídice, su amada, a la que una picadura de serpiente le ocasionó la muerte y descendió al Hades, el mundo subterráneo. Orfeo llega hasta allí y con su música movió los ánimos del dios de los Infiernos, Hades (Plutón) y su esposa Perséfone (Proserpina) que permitieron la salida de la joven aunque el dios puso una condición, que Orfeo no volviera la cabeza hasta estar de nuevo en la tierra. El impaciente enamorado no pudo resistir la tentación y casi al final del trayecto se volvió para asegurarse de que Eurídice lo seguía pero sólo pudo ver cómo ella se desvanecía para volverse al Hades.
En otra de las fuentes, presidida por el dios Mercurio desde su alto pedestal, vemos en el centro del agua, sobre una redonda plataforma, un extraño grupo compuesto por seis perros que rodean a una persona que, en lugar de cabeza humana, tiene una hermosa testa de ciervo con enorme cornamenta. También la mitología explica la escena. El joven Acteón, de la casa real de Tebas, practica la caza como los jóvenes aristócratas. Posee una jauría de perros y tiene gran confianza en su pericia. Un día se adentra más de lo habitual en el bosque hasta llegar junto a un pequeño estanque donde la diosa Diana y sus ninfas se habían detenido a tomar el baño. Acteón se para a cierta distancia y observa detenidamente la desnudez de la diosa, algo prohibido a los mortales. Cuando la diosa se apercibe de la insolente presencia del mortal, su enojo no tiene límites y decide darle un castigo parejo a su pecado. Lo convierte en ciervo sin que el joven pierda su consciencia humana. La consecuencia dramática es que sus propios perros se abalanzan sobre él, sin reconocerlo ni atender a las voces suplicantes del dueño, y le causan la muerte.
Estos curiosos juegos de agua, que surge inesperadamente por cualquier sitio, además de las fuentes propiamente dichas o que hace mover a personajes, muchos de ellos también relacionados con los mitos, debían de servir de motivo de distracción para príncipes y aristócratas y actualmente han pasado a patrimonio del Estado para el disfrute de todos.
Llegamos finalmente al núcleo de la ciudad histórica de SALZBURGO, patrimonio de la Humanidad desde 1996, rodeada por dos montes, el Capuzinerberg y el Mönschberg, atravesada por el río Salzach y presidida por la mole de la Fortaleza Hohensalzburg y las torres de sus iglesias. Dedicaremos la tarde a conocerla.
Lo primero que visitamos después de comer todos juntos en un restaurante cercano es el palacio de Mirabell, el que mandó construir Raitenau para su familia y que hoy es patrimonio del Ayuntamiento. De su interior podemos ver la impresionante escalera renacentista, bellamente labrada, y nos asomamos a un salón donde se celebran conciertos. Esa misma tarde, a última hora, hay anunciado uno y dos personas del grupo asistirán, experimentando así esa simbiosis de Salzburgo con la música que tanta fama le ha dado.
Son los jardines que rodean el palacio lo que merece mucho la pena pasear, conocer y disfrutar. Todavía se mantienen casi en su totalidad los parterres de flores de mil colores que producen una alegría a la vista. En el centro de una fuente se yergue la estatua de un Pegaso alado, símbolo de la poesía. El terreno ofrece desniveles a través de elegantes escaleras de piedra con la pátina de los siglos. En un espacio ovalado se exponen unas estatuas de unos grotescos y pequeños personajes que dan nombre al lugar: bosque de los enanos. Son dieciocho figuras de época barroca, histriónicas, de exagerados rasgos, que fueron muy del gusto de los Habsburgo, con los que decoraban sus jardines y que ahora el Ayuntamiento intenta recuperar por encontrarse desperdigadas.
Dando a otra fachada del palacio se encuentra el jardín principal, bordeado por un lado de un gran seto de recortados árboles y por el otro por un edificio moderno que es el Mozarteum y cerrado al frente por el monte donde se alza la fortaleza y en la base las torres de la catedral, como un bello escenario. En él abundan las estatuas y nos detenemos ante cuatro de ellas que forman una glorieta en cuyo centro hay un estanque con un surtidor, entre zonas verdes y que –nos cuentan- componen un programa iconográfico que simboliza los cuatro elementos, agua, aire, fuego y tierra.
La elección de los motivos no es la habitual, para semejantes alegorías pero es la particular interpretación del artista, según parece. Los cuatro representan lo mismo, a dos personajes uno de los cuales sostiene al otro. El primero que simboliza el aire, -difícilmente explicable- lo compone el dios Hades (Plutón) en el momento de raptar a su sobrina Perséfone (Proserpina) de la que se ha enamorado. El dios ha salido del mundo subterráneo donde ejerce su dominio y sorprende a la muchacha que cogía flores en una pradera. La agarra fuertemente y se la lleva en su carro. La historia continuará dando lugar a uno de los más bellos mitos de la vegetación.
El otro grupo simboliza el mar y representa a Paris, príncipe troyano, llevándose a la bella Helena, la mujer del rey griego Menelao, que se va gustosa con él aunque conozcamos el episodio como rapto. El amor entre ellos ha sido provocado por la diosa Afrodita (Venus) y es por tanto irresistible. Paris se lleva a Helena en barco desde Grecia hasta Troya, surcando el mar Egeo que los separa y dará con ello origen a una de las guerras literarias más conocidas.
Los dos grupos restantes simbolizan el fuego y la tierra. Eneas es también un personaje de la casa real troyana, el único que tiene la fortuna de salir con vida del terrible incendio de su ciudad con que termina el asedio a que ha sido sometida Troya por los griegos. Pone sobre sus hombros a su anciano padre, Anquises, que no puede andar y con su mujer e hijo sale de la ciudad en llamas para iniciar un viaje que terminará en Italia (La Eneida, de Virgilio).
Finalmente Heracles (Hércules) lleva a cabo una de sus hazañas, en este caso la de vencer al gigante Anteo, hijo de la primitiva diosa Gea (la Tierra) que se le resiste por encima de lo esperado hasta que el héroe comprende que el gigante recibe la fuerza de su madre mientras la pise con sus pies. Entonces lo levanta con fuerza al aire y con el terrible abrazo consigue someterlo.
La serie de los doce dioses olímpicos se alzan sobre la balaustrada y valla que limita los jardines pero sería muy prolijo hablar de ellos cuando ni siquiera los hemos saludado al pasar.
Terminada esta disertación mitológica, seguimos el paseo saliendo ya de los jardines de Mirabell y llegando a la Makartplatz donde vemos el exterior de tres destacados edificios, dispares entre sí pero representativos. Cerrando la plaza está la iglesia de la Trinidad construida por Johann Bernhard Fischer von Erlach (1656 - 1723) que fue probablemente el arquitecto austriaco más influyente del periodo barroco. Sus ideas influyeron profundamente en los gustos arquitectónicos en todo el Imperio Habsburgo. En otro ángulo está el Landes Theater y en el otro lado, en el número 8, la Mozart Residence casa que fue vivienda de Mozart en su estancia en la ciudad.
Desde el puente peatonal de Makart contemplamos el conjunto de la Alte Stadt, la ciudad vieja, tan característico y repetido en el mundo de la oferta viajera por Europa, el Ayuntamiento Viejo, la Catedral, la Colegiata, la iglesia de San Perdro etc y, coronando la vista, la Fortaleza, Festung Hohensalzburg, que se divisa desde todos los sitios, fue mandada construir por el arzobispo Gebhard en el siglo XI y ampliada progresivamente hasta su terminación en el siglo XVII,
Nos adentramos, paraguas en mano, por el centro de esta zona monumental a través de uno de esos patios interiores, tan característicos y bonitos de la ciudad, donde en el buen tiempo se instalan las terrazas de bares y restaurantes. Salimos a la Getreidegasse, la calle más famosa, donde estaba la casa natal de Mozart, que ocupaba el tercer piso, y donde los muchos artesanos que estaban instalados en ella desde la época medieval anunciaban su negocio con artísticas formas en forja que colgaban de los muros. Hoy siguen ahí como adorno y curiosidad. Era la zona burguesa de la ciudad. Por una parte cierra la calle la iglesia de San Blas, que pertenecía a un hospital.
Detrás de esta calle y en el espacio que queda hasta la ladera del Mönchsberg se encontraba la Universidad, que ahora está en las afueras, salvo la Facultad de Teología. Ya desde el siglo XVIII el monte fue horadado para comunicarse y extenderse por el otro lado, y siguen desde entonces abriendo nuevas vías de comunicación por su interior. Vemos la Puerta de entrada al túnel, construido entre 1764 y 1767, adornada con un emblema con el retrato del Arzobispo Siegmund Schrattenbach , la Siegmundstor. El túnel mide 135 metros de largo.
Allí estaban las caballerizas de los príncipes, ahora sólo vemos un monumento conmemorativo, el Pferdeschwemmen, diseñado en 1693 por Johan Bernhard Fischer von Erlach, como fachada de los establos. En él Josef Ebner pintó en el siglo XVIII unos frescos que se pueden ver. Delante hay una estatua de un caballo.

Nos paramos en una amplia plaza, la Reinhardt platz, donde estaban los edificios de la Universitas Salisburgensis y ahora se levanta el moderno Palacio de Festivales y la Haus für Mozart. Allí también vemos el Patio de Toscanini, en honor del insigne músico que no quiso ir a Bayreuth y estuvo aquí antes de trasladarse a América.
Girando sobre nuestros pasos entramos en la plaza donde está la Colegiata, trazada por el mismo gran arquitecto Fischer von Erlach y levantada antes del nacimiento de Mozart, cuya casa natal da por la parte de atrás a esta plaza, o sea que el pequeño genio podría contemplarla desde la ventana. Entramos a su interior, de planta de cruz griega.
En un extremo hay una pequeña plaza dedicada a von Karajan, ilustre hijo de la ciudad. A través de otro patio interior pasamos delante del Viejo Ayuntamiento, en la Sigmun Hasffner Gasse y de ahí llegamos a la plaza donde está la Iglesia de los Franciscanos, una de las más antiguas de la ciudad pues fue fundada en origen en tiempos de San Virgilio, en el siglo VIII. Tiene una mezcla de estilos arquitectónicos porque fue remodelada a través de los tiempos. En el exterior románico y gótico de los siglos XII y XIII. En el interior gótico flamígero. En el ábside se abre en palmera. Tiene también elementos barrocos.
Nos dirigimos después a una amplia plaza donde se encuentra la abadía benedictina de San Pedro, con una esbelta torre rematada en una cúpula de cebolla en tono verde a causa de la lluvia. Está adosada al monte Mönch del que su verde ladera sobresale por encima de las edificaciones. Es una de las primeras fundaciones, comenzada en estilo románico cuyas formas arquitectónicas aún pueden distinguirse en su interior. Tras las reformas y mejoras, la iglesia presenta actualmente una colección de altares en estilo rococó, obras del siglo XVIII. La abadía comprende diversas partes, como el claustro que no vemos y, en su entorno, el cementerio y las catacumbas. La lluvia arrecia precisamente cuando paseamos por el estrecho camino entre las tumbas, y no nos permite disfrutar del todo de este romántico y silencioso lugar. Dejamos a un lado, excavadas en la roca del monte, las catacumbas que se popularizaron en la película americana que retoma el argumento de la Familia Trapp, titulada en España Sonrisas y Lágrimas, y rodada en esta bella ciudad.
Llegamos a la cercana Plaza del Capítulo, a la que da un lateral de la enorme mole de la Catedral. En ella han puesto un moderno y original monumento que representa una inmensa bola dorada, colocada encima de un trípode y sobre su cima se distingue una estatua que representa un hombre de pie, con las manos en los bolsillos, vistiendo pantalón negro y camisa blanca, que mira el panorama que se contempla desde su altura, la ciudadela en lo alto del monte.
La catedral dedicada a San Ruperto, el que fundó y cristianizó la ciudad. La primitiva se construye bajo los tiempos del obispo Virgilio, en el s VIII, sobre el espacio donde se situaba el antiguo Foro romano de la ciudad de Iuvavum. Va creciendo y mejorando en tiempos de los sucesivos arzobispos hasta que Reitenau ordena tirarla y construir una nueva en estilo barroco italianizante, tan de su gusto, en el siglo XVII que se termina en tiempo de su sucesor. No podemos entrar porque ya la han cerrado.
Adosados a la fachada en la parte baja hay cuatro grandes estatuas que sirven de marco y escenario para la representación de la obra de teatro titulada Jedermann que desde 1920 tiene lugar cada año en los Festivales de la ciudad. Reproduce la historia del rico Epulón y el pobre Lázaro o lo que representan, además de otras varias personificaciones de elementos abstractos. Su autor es Hugo von Hofmannsthal, un monárquico que comprende que la dinastía de los Habsburgo se termina y reflexiona sobre el paso del tiempo. Es una piedra de toque para poner a prueba las cualidades de un actor y la han interpretado artistas tan conocidos como Maximilian Schell, Curd Jüngers, Jacob Prandtauer y otros prestigiosos profesionales.
(http://de.wikipedia.org/wiki/Jedermann#Jedermann_bei_den_Salzburger_Festspielen)
En el centro de la Plaza de la Residencia se encuentra la bonita Fuente de los Caballos. A la plaza dan soberbios edificios. Uno de ellos es Residencia Vieja que actualmente es la Prunkräume und Residenzgalerie, museo de Pinturas de los siglos XVI al XIX. Aquí estaba la residencia medieval de los obispos y el arzobispo Raitenau mandó construir en el siglo XVI un edificio barroco. En una de sus estancias dio Mozart a los seis años su primer concierto.
Por la otra parte cierra la plaza un edificio blanco que es el Glockenspiel, mandado hacer así mismo por el arzobispo Wolf Dietrich Raitenau. En la torre hay un carillón que toca cuarenta diferentes melodías compuestas por Mozart, Haydn y otros. En los bajos un famoso café del mismo nombre.
Vemos un monumento a Mozart con su estatua, erigido en 1842 en la contigua plaza que lleva su nombre.
Todavía hay una pequeña parte de la ciudad que nos queda por conocer. Entrando por la Judengasse llegamos a la plaza del Mercado Viejo, la Alter Markt, en la que hay una estatua de San Florián. Nos hacen mirar una vieja farmacia y el café Tomaselli, el más antiguo de Salzburgo, donde Mozart venía a jugar al billar.
Ya ha anochecido y vamos andando al hotel que está dentro de la ciudad antigua.

Miércoles 29 de septiembre

La mañana amanece gris y lluviosa. Abandonamos la ciudad de Salzburgo y poco después también el país de Austria para entrar en Alemania, en un recodo de Baviera. Llegamos al pueblo de Prien, a orillas del lago Chiemsee, el mayor de Baviera. Dentro del lago existen dos islas, la de los Hombres y la de las Mujeres, ésta última muy pequeña. El rey Luis II de Baviera compró la isla mayor, Herrenchiemsee para llevar a cabo en ella el último de sus sueños fantásticos, la construcción de un palacio rodeado de jardines pero esta vez con otro objetivo diferente al de los anteriores, Neuschwanstein y Linderhof. En esta ocasión el visionario e idealista rey quiere hacer un homenaje a uno de sus ídolos, el rey Luis XIV, el rey Sol, el absolutista y decide emularlo construyendo un palacio y unos jardines similares a los de Versalles.

Tomamos el barco que hace el trayecto desde el puerto de Prien hasta la isla. Allí está la zona de comprar los tikes, tiendas, restaurante y desde allí hay un paseo de unos veinte minutos a través del bosque y las praderas hasta la entrada al palacio. La lluvia sigue cayendo y va calando. Nos enteramos de que hay un transporte muy ecológico que te puede ahorrar el paseo, unas carretas tiradas por dos caballos percherones, con un techo que protege de la lluvia en días como hoy. Unos cuantos de nuestro grupo, que nos seleccionamos por “causas naturales” que no merecer la pena ni nombrar, nos apresuramos a subir al pintoresco vehículo sin que podamos evitar que se cuelen entre nosotros una pareja de americanos. Los otros, los jóvenes, emprenden el camino a pie, provistos de impermeables y paraguas. El trote lento de los caballos, el verde del entorno, el contacto con la naturaleza sin motores ni ruidos, la comodidad de que te lleven, todo hace de este pequeño viaje un buen recuerdo. Al llegar a la gran explanada delante del palacio, ya vemos a nuestros compañeros que han llegado antes.

El panorama es magnífico. Los jardines, que el rey quiso que se parecieran a los del palacio de Versalles, y él mismo viajó una década antes a Francia para conocerlos, fueron diseñados por Carl von Effner y terminados por Jacob Möhl. La estructura geométrica de los jardines consiste en un eje central que corresponde a las ventanas del Salón del trono, en el centro del primer piso del palacio y los adornos que se sitúan simétricamente a ambos lados. Hay dos grandes estanques o pilones rectangulares, uno a cada lado, en el medio de los cuales se levantan, sobre una construcción de rocas, dos magníficas estatuas una de los cuales lleva por título La Fama, representada por el caballo Pegaso y la otra es La Fortuna, presidida por una figura femenina. Dentro del agua y en los bordes están colocadas otras estatuas de grupos humanos formados por ninfas y amorcillos realizados en plomo fundido. Los surtidores están abiertos cuando llegamos. Estos motivos abstractos los tenemos también en los Jardines Reales de la Granja de Segovia.

Siguiendo por la gran avenida central y descendiendo unas escaleras, se encuentra en el medio una fuente redonda que representa el tema de Latona y es una copia exacta de la que hay en Versalles y que a su vez se copió con alguna diferencia en los jardines de la Granja. La razón del tema elegido es porque la diosa Latona o Leto es la madre del dios Apolo, que a su vez es la representación del Sol y por tanto el más admirado por el rey que se autodenominaba rey Sol, además de que la escena tiene que ver con el agua. El mito es como sigue: la diosa Latona, perteneciente a una generación anterior a los dioses olímpicos, ha sufrido los asedios amorosos de Zeus y de esta unión nacen los gemelos Apolo y Ártemis (Diana). Pero la diosa Hera (Juno), la esposa legítima del soberano, celosa, persigue a la madre y los hijos y no permite que encuentren una tierra que les dé cobijo. En una ocasión, recorriendo las tierras de Licia, que en la geografía antigua se situaban en la actual Turquía, llega junto a un pequeño lago donde se encontraban unos campesinos. La madre les pide permiso y ayuda para coger agua para ella y sus hijos pero éstos, en un acto de mala voluntad, se niegan e incluso para evitar que pueda conseguirlo, entran en las aguas para enturbiarlas con sus pisadas. Zeus, que no desatiende a sus hijos, se apercibe y toma venganza convirtiendo a los campesinos en ranas que permanecerán para siempre en las aguas fangosas. De ahí que en lo más alto del monumento vemos a Latona con los dos pequeños sobresaliendo y en los tres pilones, esculpidos en plomo fundido, aparecen extraños personajes con cara o extremidades de batracios.
Todavía había planeada una gran fuente de Apolo, en medio del gran canal que lleva al lago pero ya no llegó a construirse, lo mismo que no se finalizaron las obras del interior del palacio.
Los espacios laterales están enmarcados y cerrados por altos muros de setos que aislaban el jardín del resto de los paisajes, en un símil correspondiente al estado mental del rey Luis, alejado del mundo real y recreándose en su mundo imaginario.

Entramos al palacio y allí tenemos que esperar aún un rato hasta que los paneles indicativos anuncien los números que corresponden al grupo de los españoles. Este tiempo lo empleamos en visitar el Museo dedicado a la figura del legendario rey, apodado el Loco, que se encuentra en el ala sur de la planta baja del palacio y su entrada es libre. También por libre vamos entrando nosotros y disfrutando de la exposición individualmente. En sus doce salas, puestas con los medios más modernos, hay retratos al óleo y en fotografías, estatuas y objetos relacionados con el monarca, con sus andanzas y su historia vital y con su relación con Wagner.


Cuando finalmente nos llaman, nos reúne una chica joven y alegre que va a ser nuestra guía y que nos confiesa que es la primera vez que se estrena en español. Lo hará muy bien y además cuenta con nuestra benevolencia y simpatía.


El Palacio fue diseñado por Christian Jank, Franz Seitz y Georg Dollman, y su construcción tiene lugar entre los años 1878 y 1886.

Iniciamos la visita en la Escalera, lujosamente revestida de mármoles polícromos, con nichos en los que se ven esculturas que son copias de famosas estatuas romanas clásicas. Ahí reconocemos a dioses y diosas de la antigüedad. El suelo ajedrezado en blanco y negro y la escalera blanca dan empaque a la pieza.

Subimos a la planta noble y vamos a ir recorriendo una serie de salas y antesalas hasta llegar a la llamada salón del trono, en la que en lugar de éste hay una lujosa cama dorada (que no podemos ver porque provisionalmente la han quitado)
Los techos pintados representan escenas de la mitología clásica, al igual que las hay en Versalles, a pesar de que Luis II valora más las leyendas de los juglares medievales a los que eleva a la categoría de mitos. Por todas partes hay estucos dorados y pinturas, espejos, mesas, consolas talladas o con maderas de taracea, mesas y relojes, riquísimas arañas y candelabros, para iluminar, bronces y tapicerías. Cuadros que representan a Luis XIV y a su familia, copias de pintores franceses de la corte. El lujo va en ascenso según avanzamos en la visita. En la habitación del trono una balaustrada dorada separa el ámbito donde va colocada la cama, que tiene un baldaquino con dosel en el que hay bordadas escenas con hilos de oro


1 Escalera
2 Sala de la Guardia de Arqueros
3 Primera Antecámara
4 Segunda Antecámara
5 Dormitorio Real
6 Salón del Consejo
7 Gran Galería de Espejos
8 Sala de la Paz
9 Sala de la Guerra

10 Dormitorio
11 Salón azul
12 Despacho
13 Comedor
14 Gabinete de Porcelana
15 Galería Pequeña
16 Escalera Norte


El Salón de los Espejos es todavía mayor y más lujoso que su correspondiente en Versalles. Mide 98 metros de larga y se extiende a lo largo de toda la fachada principal del palacio, incluyendo las salas de sus extremos, las llamadas de la Paz y de la Guerra. Las pinturas de la bóveda de cañón representan las hazañas de Luis XIV al igual que en el palacio francés. Hay copias de mármol de esculturas famosas de la antigüedad, como en otras estancias, y bustos de emperadores. Actualmente se utiliza, aparte de las visitas turísticas, como sala de conciertos.
Hasta aquí hemos visto los Apartamentos de Estado y en el ala norte están las estancias privadas del Rey, dormitorio, baño, despacho y comedor, conectado por un procedimiento ingenioso con la cocina situada abajo, de manera que los alimentos pudieran subir por una especie de ascensor hidráulico directamente.
Todavía visitamos la parte baja, donde están los pintados baños y las cocinas modernas para su tiempo.
Salimos por la proyectada escalera de embajadores, que quedó sin adornar y nos da la ocasión de apreciar el contraste que supone la contemplación de los sobrios muros de ladrillo sin lujo alguno con lo que acabamos de ver.

Se habían diseñado setenta salas pero sólo se construyeron veinte antes de la muerte del Rey en 1886. Después de esa fecha se pararon los trabajos. En realidad Luis II sólo pasó en el palacio dieciséis días, más bien noches, pues le gustaba más vivir durante ellas, mandando iluminar todas las estancias.



Finalizada la visita del Palacio, sin haber entrado en la Iglesia Colegiata de los Agustinos que se encuentra cerca de la entrada, ni en la Pinacoteca que contiene cuadros de pintores locales, cogemos de nuevo el barco de vuelta hasta Prien donde nos aguarda el autobús. No se puede ir a Berchtesgaden porque ha caído una nevada que impide el acceso, y la generosa contrapartida que nos ofrecen nuestros jefes amigos es visitar la ciudad de Munich durante esa tarde, para luego volver a Salzburgo al hotel.
BERCHTESGADEN
Jueves, 30 de septiembre
Hoy dejamos la ciudad de Salzburgo y volvemos a entrar en Alemania, en dirección al sur, a unos treinta kilómetros, porque el objetivo es el Land de Berchtesgaden y en él subir al llamado “Nido de águila”. Han llamado para informarse y hoy la climatología nos permite visitar lo que no pudimos hacer ayer. El camino por estas tierras montañosas de los Alpes de Baviera es bonito, como vamos apreciando en los últimos días, montañas, casas típicas, grandes praderas, árboles y flores.
A este lugar acudía la burguesía media y la aristocracia menos importante de la ciudad de Munich a pasar el verano. Hitler entra en política en la década de los veinte del siglo XX. Se afilió a un partido pequeño, nacional socialista que ya existía y él lo aumentó y engrandeció hasta que con él llegó al poder democráticamente, por desgracia.
Hitler desde los primeros años viene también aquí, al pequeño pueblo de Obersalzberg, muy cercano a Berchtesgaden, para codearse con la burguesía. Alquiló una casa modesta que cuando cogió fuerza su partido, se fue ampliando para celebrar en ella las reuniones. Otros dirigentes políticos de su partido también construyen sus viviendas de descanso aquí, como Martin Bormann, Hermann Göbels y Albert Speer. También se creó el cuartel general de las SS. Todo fue demolido después de la guerra.
Cuando tienen el poder, Bormann en el 1939 manda hacer una casa en la cima del cercano monte Kehlstein, de 1835 metros de altura, como regalo para el 50 cumple de Hitler. Se construye en el tiempo record de 17 meses, carretera de montaña, túnel y ascensor hasta la cumbre incluidos. Se la conoce como el Nido de águila pero el mandatario, al igual que le ocurrió a Luis II aunque por distintos motivos, no llegó a ocuparla apenas porque tenía vértigo.
Hitler ofrecía distintos aspectos de su personalidad y sabía escenificar sus actuaciones según dónde se encontraba. En Berlín era el hombre de estado, en Nüremberg era el hombre del partido, en Munich era el hombre del pueblo al que arengaba en la cervecería y aquí era el hombre familiar y cariñoso. Venía con Eva Braun y Göbels con sus hijos y estas escenas familiares eran difundidas con éxito por el cine.
También aquí tuvo actividad política pues tuvo encuentros transcendentales con otros personajes de la política, como cuando recibió al rey pro nazi de Inglaterra, Eduardo VIII.
Así mismo Kurt Schuschnigg, ministro de justicia con Engelbert Dollfuss, en Austria, que era pangermano y sucedió como canciller a Dollfuss tras su muerte asesinado por los nazis en el 34, fue recibido aquí por Hitler en febrero del 38. De resultas de la gran presión que Hitler hizo sobre éste, tuvo que dimitir y se produjo un cambio de gobierno en el que entraron varios ministros del partido nacional socialista apoyado por Alemania, paso previo al triunfo del nacionalsocialismo y a la entrada triunfal de Hitler en Viena en marzo del 38.
Llegamos a la base de la montaña, donde hay que coger los autobuses municipales que son los únicos que pueden ascender a lo alto y donde también se encuentra una tienda de recuerdos y objetos turísticos que ayuda a entretener la espera. No parece que las nubes se vayan a mover y las perspectivas son algo sombrías a ese respecto aunque el ánimo no decae. Nos montamos en los autobuses rojos especialmente preparados para la difícil ascensión al monte, que dura seis kilómetros. Van de dos en dos y sólo hay un punto, a mitad de camino, donde, en un ensanchamiento de la carretera hecho a propósito, se cruzan los que suben y los que descienden. El camino es de vértigo y aunque al principio la niebla nos impide ver el paisaje, pronto el viento mueve las nubes y vemos con admiración y sorpresa unos maravillosos paisajes de cumbres de montañas nevados que aparecen por encima de las copas de los altos abetos.
Se llega a una plazoleta donde hay una pequeña instalación con unos funcionarios a los que hay que avisar del tiempo que vamos a estar allá arriba, para la ordenada evacuación de la cantidad de gente que sube al día. De allí andando penetramos por el túnel excavado en la montaña que mide 124 metros y que termina en una cámara redonda donde hay que coger el ascensor.
Un ascensorista es el que controla el número de ocupantes que entran en cada turno y que maneja los botones. El ascensor es relativamente amplio y todo él terminado en láminas de latón pulido, que actúan como un espejo además de la mucha iluminación. Asciende también otros 124 metros en unos segundos y nos deja en lo alto del monte, en un lateral de la casa que fue de Hitler y que hoy en día está administrada, desde 1960, por la Asociación de Turismo de la región que la arrienda a particulares para que dentro regenten un restaurante.

Cuando salimos a la superficie, en ese punto geodésico, nos quedamos sin palabras ante el precioso panorama. La falta de una visión completa de los pueblos de la zona baja, como la que se tendría en un día despejado, a juzgar por las fotos de posters y de libros, queda compensada por el bello juego de luces y formas de las nubes que, movidas por el viento y tomando distintos aspectos, se deslizan con rapidez bajo las cumbres nevadas de los montes más altos, cuando la niebla se disipa de repente.
La nieve, que fue la causa de no poder acudir el día anterior, se mantiene en una fina pero limpia -y aún no hollada en esta primera hora del día- capa sobre el suelo y las superficies que contribuye al disfrute del paisaje, pues es la primera que vemos, recién salidos de un caluroso verano. Hay un camino que permite ascender por él hasta un pequeño ensanchamiento donde hay una alta cruz adornada con un edelweis en el centro y todavía unos metros más lejos, entre peñas se llega a otro mirador. El tiempo pasa sin darnos cuenta en este escenario tan bonito.
La casa, una sólida construcción, en un estilo propio del nacionalsocialismo, edificada en la punta del monte, no fue dañada por las bombas de los aliados. El jefe del distrito intervino para que no se destrozara después de la guerra y por eso se conserva como un monumento testigo de unos desgraciados hechos históricos de nuestra historia contemporánea.
Descendemos por el mismo procedimiento volviendo a disfrutar del paisaje y continuamos camino hacia el sur para entrar en el Tirol, con destino a Innsbruck.

INNSBRUCK
Abandonamos Alemania y entramos de nuevo en Austria, aunque en una zona con una personalidad propia que fue independiente hasta tiempos recientes, el Tirol, das heilige Land Tirol. En el camino nos enteramos de los acontecimientos más importantes de la historia de Innsbruck, la capital del Tirol.
Como es esperable, un pueblo con unidad y psicología propia siente y sufre al verse cercenado y cortado en dos por guerras y negociaciones políticas y es también natural la resistencia de sus habitantes, encarnada en la persona de Andreas Hofer, (1767-1810) que acaba siendo considerado el héroe nacional por excelencia, especialmente después de su ejecución en Mantua. Antes, había ocasionado muchos problemas a los franceses, italianos y a los bávaros con las guerrillas, por el conocimiento del lugar. Lo pudieron coger porque fue delatado por Josef Raffl, un vecino, para cobrar el dinero que habían ofrecido por su cabeza. El ejército italiano lo detuvo y lo trasladó a Mantua.
Se cuenta la anécdota que ejemplifica su valor incluso ante el pelotón de fusilamiento al que, a pesar del crítico momento que estaba experimentando, se dirigió a ellos para decirles: “qué mal apuntáis”.
Pronto se convirtió en un héroe legendario y su cuerpo fue trasladado a Innsbruck trece años después de su muerte. Se levantó un monumento funerario en su honor en la misma iglesia donde está el Mausoleo de Maximiliano I. El himno del Tirol cuenta la historia de Andreas Hofer.
La capital del Tirol, Innsbruck, recibe su nombre del río que la atraviesa, Inn, y del puente sobre él que sirvió desde tiempos antiguos como enlace entre el norte y el sur de Europa. Fue siempre zona de paso. La poblaron los romanos, en su camino hacia el Limes, y fundan en el siglo III una colonia militar, Veldidena, donde actualmente se levanta el barrio de Witten. Los bárbaros, en el siglo IV terminan con la civilización romana y la zona es ocupada por los Beyubarum, los germanos del norte, gente guerrera sin tiempo para dedicar a las musas. En el siglo V ya hay noticias de este pueblo, se sabe que hubo una iglesia dedicada a San Lorenzo y se van gestando las bases de lo que posteriormente será el Tirol, con la mezcla de las distintas razas que se asentaron aquí, aunque el nombre aún no exista.
La llegada en el siglo XII de los monjes premostratenses, que se instalan y cultivan los distintos valles, imprime personalidad a la futura nación. Fundan un monasterio del que ya hay constancia en documento oficial. El monasterio cedió en 1180, por medio de un contrato de cambio, la orilla derecha del Inn a los condes de Andechs, de origen bávaro que empiezan a construir el puente, su castillo y lo que será la base del casco antiguo de Innsbruk además de la muralla. En 1239 el conde Otto de Andechs le concede el derecho y estatuto de ciudad. Los sucesivos gobernantes fueron los Condes de Tirol que siguieron ampliando la ciudad siempre con un acendrado cristianismo.
En el siglo XIV, por la muerte del heredero de Margarita de Maultasch, la última condesa del Tirol, -casada en segundas nupcias con el hijo del emperador Luis el Bávaro, después de haberse separado de Juan Enrique de Bohemia, motivo por el que fue excomulgada por el Papa, causando gran impresión en el católico pueblo tirolés,- el Tirol pasa a los Habsburgo, lo que contribuyó grandemente al desarrollo de la ciudad.
Desde entonces, 1375, Tirol, a pesar de no haber sido nunca Austria y de tener sus propios fueros, permanecen fieles a la corona. La situación cambia en la primera guerra mundial.
El momento culminante en la historia cultural de la ciudad es en tiempos de Maximiliano I, soberano del Tirol, que declara la región y la ciudad las más amadas por él. Llegó a ser emperador del Sacro Imperio Germánico en 1507, que fue ampliado por la unión con su primera esposa, María de Borgoña, padres de Felipe el Hermoso.
Se quedó viudo y volvió a casarse con María Sforza de Milán. De este segundo matrimonio se celebraron las festividades en Innsbruck y el emperador mandó construir la casa del Tejado de Oro como obsequio. La termina el arquitecto de la corte Niklas Türing en 1500 También mandó ampliar el palacio de la Corte.
En esta ciudad se encontraba el emperador Carlos V cuando tomó la decisión de renunciar a la corona Austriaca y delegó en su hermano Fernando, al que mandó estar presente en la dieta de Passau, como hemos visto.
La segunda mitad del siglo XVI, en época de Fernando I fue otro gran momento de esplendor en la cultura del Tirol. En el año 1665 se extingue la línea tirolesa de los Habsburgo y desde entonces se subordina a la corte de Viena. Bajo el mandato de la emperatriz María Teresa, que queda prendada de estas tierras, Innsbruck entra en otro gran periodo de auge, del que quedan varios monumentos significativos como la construcción del Arco del Triunfo.
También es importante la ampliación que va a hacer del Palacio de la Corte, Hofburg, que se construyó en 1460 cuando el edificio del Tejado de Oro se quedó pequeño como residencia de la corte y del que la emperatriz encargó su renovación al arquitecto Martin Gumpp. Quince años más tarde fue terminado en estilo barroco por Johann von Walter. La fachada es sobria y de gran tamaño.
A la emperatriz se le dedica la más bonita avenida de la ciudad, la Theresienstrasse y una de las calles más hermosas de Europa, con el escenario de los Alpes enfrente.
Otro momento histórico de consecuencias no deseadas para Tirol, fue la ocupación de Austria por las tropas de Napoleón a principios del siglo XIX. Tuvo que ceder el norte a Baviera y el sur a Saboya. En el año 1809 tienen lugar las batallas de los habitantes del Tirol, especialmente los campesinos, dirigidos por Andreas Hofer, contra la ocupación bávara francesa. Tienen un éxito inicial en la batalla de la Montaña Isel pero luego son reprimidos por los Bávaros, bajo cuyo mandato permanecen hasta 1814 en que son incorporados de nuevo a Austria, después del Congreso de Viena.
Al finalizar la primera guerra europea vuelve a cambiar la situación. Italia, auxiliada por franceses e ingleses, ataca a Austria y en noviembre de 1918 vence a los austriacos y se firma el armisticio. Los italianos avanzan por Tirol del sur con la excusa de que no se han enterado por problemas de conexión y a la hora de negociar, con el Tratado de paz de St. Germain, salen ganando porque ya no retroceden a pesar de los reproches de los austríacos. Las regiones de Trentino y del Alto Adigio, el Tirol del Sur, tuvieron que ser cedidas a Italia, quedan así el Tirol definitivamente dividido.
En la mitad del siglo XIX Innsbruck se convierte en un importante centro propiciado por la construcción de la línea ferroviaria que une norte y sur y fomenta la economía, la industria y el turismo. La segunda guerra mundial también deja sus tristes secuelas en graves destrozos en la ciudad. En los años 1964 y 1976 tienen lugar en la ciudad los Juegos Olímpicos de Inviernos lo que acrecienta su fama de ciudad del deporte y se construyen importantes instalaciones, entre las que destaca su famoso trampolín. El puente que atraviesa los Alpes y une Italia con Innsbruck se conoce como el Puente de Europa.
Llegamos a la hora de comer al centro de la ciudad, que por cierto está completamente en obras, y todos juntos lo hacemos en un curioso restaurante en la Theresienstrasse.
A la salida iniciamos el recorrido turístico propiamente dicho, disfrutando en primer lugar de la calle principal, trazada en su origen, el siglo XIII, fuera del casco antiguo de la primitiva ciudad. Destaca y es lo más conocido la Columna de Santa Ana, encima de la cual hay una gran estatua de la Inmaculada. Fue erigida por los gobiernos regionales tiroleses, para conmemorar la retirada de las tropas bávaras el 26 de Julio de 1703, día de Santa Ana. La columna descansa sobre una base en la que están colocadas cuatro figuras, Santa Ana, San Casiano, San Virgilio y San Jorge, en estilo barroco. Las casas que dan a la calle son de los siglos XVIII al XX aunque el trazado viene de la época medieval. Cerrando la calle en el horizonte está uno de los más bellos escenarios posibles, la gran montaña de Hafelekar, de 2334 metros de altura, que durante casi todo el año aparece coronada de nieve en la cumbre. En uno de los lados, cerca de la parte vieja, resalta la torre de lo que fue el Hospital construido fuera de la ciudad en su tiempo.
Nos dirigimos hacia el Hofburg para visitar la Iglesia de la Corte, de mediados del siglo XVI, mandada construir por Fernando I para acoger el mausoleo de su abuelo Maximiliano I, que había expresado su deseo de ser enterrado en esta querida capital. Sin embargo su cuerpo no reposa aquí de manera que el monumento que vamos a visitar es un cenotafio, palabra que viene del griego y que significa “tumba vacía” (también puede tener la acepción de Tumba común, a partir de otro adjetivo diferente en griego pero que se transcribe de la misma manera en castellano).
Entramos a la iglesia a través del Museo que tiene un bonito claustro, cuyos arcos están totalmente recubiertos de unas plantas trepadoras que, junto a los parterres y al césped, dan lugar a que el color verde sea el predominante. Los pasillos, sin embargo, son de una gran austeridad. El interior de la iglesia está ocupado casi en su totalidad por el monumento funerario más importante de Europa, muestra grandiosa del arte imperial, para el que no se escatimaron ni grandes artistas ni la riqueza de los materiales. Su ejecución se prolongó a lo largo de unos 80 años y dos generaciones de artistas, lo que se refleja en evidentes diferencias desde el punto de vista del estilo y la maestría. La gran tumba, rodeada de una rica verja con incrustaciones doradas, está en el centro de la nave, sobre el suelo de cuadros blancos y negros. Flanqueándola se encuentran 28 figuras, -de las 40 planificadas- de un tamaño muy superior al humano, esculpidas en bronce, que representan parientes y antepasados del emperador Maximiliano o personajes legendarios. En la balaustrada del coro hay otras 23 estatuillas –en vez de las cien previstas por Maximiliano- de santos patrones de la casa de Habsburgo. A este conjunto había que añadirle 34 bustos de emperadores romanos, la mayoría de los cuales están en el museo Ambras.
Entre los imponentes personajes que vamos saludando uno a uno encontramos alguno más conocido e incluso paisanos, como a Fernando el Católico y a su hija Juana la Loca. Otros nos suenan a los nombres aprendidos en el Bachillerato de reminiscencias casi literarias, como Godofredo de Bouillón, Carlos el Temerario o Clodoveo, rey de los Francos.
En la tumba, diseñada por el pintor de Praga Florian Abel, hay relieves de mármol que muestran escenas de la vida del emperador.
Este monumento atrae la atención y casi no recordamos otros objetos artísticos de la iglesia. Lo que sí nos resulta interesante es ver el monumento funerario dedicado a Andreas Hofer, el héroe tirolés, que se hizo famoso en toda Europa durante las guerras napoleónicas y que sí reposa en su tumba de esta iglesia desde 1823 en que fue traído su cuerpo. El escultor Johann Schaller esculpió su estatua, en traje tradicional y condecorado.
A la salida de la iglesia apreciamos frente al Palacio los edificios del Teatro nacional, la Antigua Universidad y Colegio de jesuitas y la estatua sobre una fuente de Leopoldo V, uno de los soberanos del Tirol del siglo XVII, que se muestra cabalgando sobre un caballo encabritado que se sostiene sólo sobre las dos patas traseras.
Nos dirigimos ya por dentro de la Alte Stadt a la Herzog Friedrich strasse que se abre en una plaza a donde dan algunos de los principales edificios. El más conocido es el del Tejado de Oro, que está en la fachada principal de la antigua Residencia Real y que hoy se ha convertido en el símbolo de la ciudad. La bonita fachada se hizo con ocasión de la segunda boda de Maximiliano con Blanca María Sforza de Milán en 1500. En ella vemos frescos y relieves policromados, uno de los cuales representa al emperador con sus dos esposas, otro al emperador con su consejero imperial y con su bufón. Los otros dos representan a unos danzantes ejecutando un baile morisco de moda en aquel tiempo. Las tejas que han dado el nombre a la fachada son en realidad de cobre doradas al fuego. El balcón se usaba como palco de la corte para desde él presenciar torneos y juegos que tenían lugar en la plaza.
En otro lado, se eleva una alta torre que pertenece al Antiguo Ayuntamiento y en la otra esquina la Casa de Helbling, empezada en el estilo gótico tardío que aún se puede notar en las arcadas ojivales de la planta baja, pero que fue revestida hacia el siglo XVIII con estuco coloreados en el más puro estilo rococó.
Continuamos la visita a la ciudad entrando en la Catedral barroca de Santiago, cuya sobria fachada de piedra gris y ventanales en dos cuerpos, está enmarcada por dos altas torres simétricas.
En el interior la vista se va hacia la enorme cúpula decorada con frescos que reproducen a Santiago luchando contra los moros en España. El tesoro más apreciado por los ciudadanos es un pequeño cuadro de la Virgen con el Niño, obra de Lucas Cranach de hacia 1530, incrustado en el altar mayor. Esta bonita tabla es una de las más difundidas por el centro de Europa y concretamente en la ciudad de Innsbruck la encontramos reproducida en varias fachadas, como la casa Helbling.
Dando un paseo final hasta el río encontramos un original edificio que es el Castillo Ottoburg, construido en el siglo XV sobre la antigua muralla, que tiene en las ventanas los colores de la bandera de Austria. Era un punto importante para la defensa de la ciudad, al otro lado del río.
Callejeando por las estrechas calles peatonales del centro histórico, se descubren otros muchos rincones y detalles que hacen las delicias del turista que, como nosotros, vamos deseosos de disfrutarlas.

En el viaje hasta Reutte, pasando dos puertos de montaña, cae la noche, privándonos así de la contemplación de tan bellos paisajes. El Hotel Maximilian es de lo más recomendable, por sus instalaciones y la amabilidad de los dueños.

Assela Alamillo.