Crónica de algunas impresiones del viaje a México utilizando vocablos de allí.
La república de México es de una extensión enorme y comprende distintos estados con sus correspondientes capitales. Muchos nombres ya me eran conocidos y algunos los he conocido ahora. Otros muchos he aprendido y desconozco todavía una gran parte.
Hay bastantes autopistas que recorren el país aunque algunas son de tres carriles solamente, -en total, no por cada lado-, más un buen acotamiento (arcén) donde poder pararse en una emergencia. Son todas de cuota porque si eliges la carretera libre puedes tardar mucho tiempo atravesando pequeños o grandes pueblos y encontrándote en el medio de la carretera algún que otro animal, mulos, perros, patos aunque se puede disfrutar más fidedignamente del verdadero país.
Circulando por las autopistas te encuentras muchos carteles de recomendaciones a los conductores. He tomado nota de alguno de ellos:
“No maltrate las señales”
“No deje piedras en la calzada”
“Conceda el cambio de luces”
“Permita rebasar. Use acotamiento”
“No maneje cansado, su familia lo espera”
Y éste es muy bueno:
“No grafitees ni maltrates los señalamientos viales”
También en las grandes vías del DF hay carteles que dan avisos de todo lo que uno pueda esperar. El más frecuente es el de mantener la velocidad señalada, orden totalmente inútil porque no pasas de 15 kmtos por hora aunque puedas ir a 70, y en el raro caso en que no haya tráfico, tampoco se respeta el tope máximo. Se encuentran también otros anuncios como:
“Evita que se tapen las coladeras. Mantenga limpias las vialidades”
“Despacio. Vialidad con topes”
O ésta: “Si tomas, no manejes”
Mientras vas por las ciudades puedes ver todo tipo de establecimientos y tiendas de los más variados productos. Nos encontramos por ejemplo con un edificio que en la puerta ponía “Reclusorio Femenino”, un bonito eufemismo, por supuesto y en otro se anunciaba “Policía Preventiva”
En el pueblo de Ocotepec, anexionado a Cuernavaca, donde entramos a visitar el cementerio, -lugares particularmente interesantes y originales en cualquier pueblo del país-, no se anunciaba en la puerta con este sustantivo sino que hay la siguiente leyenda en el frontispicio de la puerta de entrada:
“Lugar donde terminan las penas y comiensan los recuerdos….”
(porque la confusión de la s y la c o z es constante en carteles expuestos públicamente en la calle, algo parecido a las faltas entre nuestros alumnos con la b y v), frase que invita a cierta reflexión.
Las ciudades son vitalistas, llenas de gentes y de colores. Por sus calles circulan muchos vehículos, la mayor parte son los peseros (autobuses) locales, casi todos de color blanco, públicos o privados, que paran en cualquier punto de la ciudad que se lo pida un viajero, aparte de las paradas. En el DF está el metrobús, que circula por el centro de Insurgentes, -la calle que mide 50 ktos-, entre los dos carriles y es más caro y rápido. Otros transportes públicos de las ciudades son los camiones (autocares) o la ruta.
En los zócalos, las plazas mayores de la ciudad, se reúne inmensa cantidad de gente, los que pasan el rato sentados tranquilamente en los bonitos bancos de hierro labrado, los que acechan a los turistas y les ofrecen sus mercancías de todo tipo y a los que con sólo decirle: “no, gracias”, logras alejar sin que te agobien más, los que sujetan inmensos ramos de globos que no parecen vender a nadie pero adornan mucho, los que venden en sus pequeños garitos todo tipo de chucherías, los limpias que sientan a los clientes en unos pequeños asientos con toldo mientras lustran sus zapatos, ferias provisionales o toldos bajo los que se celebran festivales de música o canciones y sobre todo, en el centro, el gran templete de música que creo debe de ser una herencia de las plazas españolas y que a veces es verdaderamente bonito.
En sus calles hay tiendecitas en los bajos de todas las calles. Las que más predominan son los abarrotes (ultramarinos) (no sé si por lo abarrotadas que están de productos o por los barrotes que las protegen o por alguna razón filológica más seria) pero también se puede leer en los títulos negocios de Mueblerías, -que sacan sus sillas, mesas, camas y estanterías a la calle, al aire libre, en exposición permanente salvo la temporada de lluvia, imagino, de Antojerías, a veces seguidas del adjetivo mexicanas, Palaterias y neverías (polos y helados), Tlapalerías y ferreterías, Plomerías, y Huaracherias (zapaterías o más bien sandalias) También hay tortillerías y taquerías que son de maíz o harina, no de huevo.
Lo más variopinto y atractivo son los mercados populares de productos de la zona, de todo tipo y condición, por ejemplo las hojas del nopal, el símbolo nacional que está bajo el águila en todos los sitios, que previamente limpian de espinas y que van amontonando para venderlas pues se comen en diversos guisos.
En las afueras de las ciudades sobre todo pero también en cualquier calle de éstas, hay infinidad de talleres y cementerios de coches. Su anuncio es Refraccionaria. En uno de los muchos que hemos visto en el DF había un gran cartel que anunciaba “Especialista en autos chocados”. En casi todos anuncian que venden mofles, (tubo de escape) y con frecuencia los colocan en torno a un palo vertical a modo de adorno, como un buen árbol de metálicos productos. Alguno, incluso, he visto en el que cada uno estaba pintado de un color distinto. No me extraña que se rompan porque en todas las calles, cada pocos metros, hay topes en la calzada que te obligan a reducir la velocidad si no quieres destrozarte los bajos.
En otros talleres pone “limpieza y maquillaje” refiriéndose a los coches, o bien en otro “Se limpian salas” que me tuvieron que aclarar que se refiere a las tapicerías de los coches. A lo mejor al lado del taller hay una tienda de ataúdes o de recambios de electrónica o te anuncian rosticería, buenos pollos rostizados. Hay muchas Farmacias pero la cadena principal es la del Ahorro con grandes letras y en otras detrás del anuncio de Farmacio, se encuentran títulos curiosos y publicitarios, por ejemplo las que se llaman Farmacias y similares, o las que ponen: “lo mismo pero más barato” e incluso otros epítetos detrás del anuncio de farmacia en la misma línea. Son diversas cadenas.
Se puede aparcar el coche en las calles donde pone una E y por el contrario está prohibido cuando la E como señal está atravesada por la raya roja. Algunos previsores, anuncian para disuadir al que tenga la tentación de aparcar delante de la puerta de su casa lo siguiente:
“se ponchan llantas gratis” que viene a querer decir que te pinchan las ruedas como se te ocurra dejar el coche allí. No se paga por tener vado en las puertas, no lo conciben. Otros más civilizados ponen el cartel con la siguiente leyenda:
“Respete mi entrada y yo respeto su coche”
Aunque también se encuentran en las fachadas de muchas casas, bellas placas de cerámica con el nombre de la calle, el número y los apellidos de la familia. Alguna familia, mejor intencionada que la citada anteriormente, pone delante de estos datos la leyenda “Dios es amor”
En las ciudades hay muchos fraccionamientos, en los que vive gente de clase media o alta o bien extranjeros y a los que se entra a través de una barrera que levanta el guardián metido en su garito. Si son más pequeños se llaman Condominios, como en italiano, creo. Son lugares agradables para vivir. Las casas son diferentes. Puedes ver grandes mansiones con preciosos jardines cubiertos de pasto o zacate (césped) y con grandes y limpias albercas (piscinas) aunque en todas hay arbolado y flores. Los árboles más lucidos son las jacarandas que en abril se recubren de flor morada, los tabachines que a finales de abril y mayo están totalmente cubiertos de flores rojas y los flamboyanes que no son tan frecuentes y en los que predomina el amarillo, por no hablar de bouganvillas de todos los colores. A todas horas se oye el piar o los distintos trinos de miles de pajaritos y por supuesto los inevitables ladridos de toda clase de perros. Al lado de la casa de Asse y Carlos vive una familia que tienen unos changos (monos) como animal de compañía a los que también se les oye gritar.
Por las carreteras o por las ciudades hay tianguis, mercados de cualquier cosa. La gente anuncia en carteles colgados en sus ventanas o puertas sus necesidades. Una que nos chocó en un pueblo decía “Solicito chavos para chambelanes”. Naturalmente llevamos a Assela para que nos tradujera y en esto tengo que ayudaros yo también aunque otras cosas las supongáis. Son los chicos que van a hacer de comparsa y acompañamiento en la gran fiesta que celebran todas las muchachitas cuando hacen 15 años, en que se visten de princesas y recorren el pueblo seguidas de amigas y
chambelanes, vestidos con el mismo traje. Hemos tenido ocasión de ver uno de estos cortejos. Acuden todos los cuates (amigos y amigas) de la quinceañera y las amigas van vestidas con lo mejor de sus closets (armarios).
En su afición por poner carteles anunciadores o moralizantes hemos visto en varias ocasiones delante de la iglesia un anuncio que decía:
“hermano, Dios te va a hablar, pero no por celular. ¡Apágalo¡”
En esa misma iglesia, en Tule decía al otro lado de la puerta: “hermano, antes de entrar al templo, saluda a Jesús con una reverencia, descubriéndote la cabeza, gracias”
Hay carteles por todas partes. En los edificios con ascensores anuncian las precauciones que hay que tomar en caso de sismos, palabra que naturalmente es la misma que nuestro “seísmo” aunque, dadas las características del subsuelo de esta tierra, aquí sí hay que tomar precauciones por mayor probabilidad de que se produzcan. La palabra viene del griego “seísmos” y lo correcto en la transcripción es que dé el término sismo. Es el español de España el que lo hace anómalo, de la misma manera que decimos Poseidón y no Posidón que sería lo correcto.
Hemos frecuentado buenos restaurantes y salvo en un par de ocasiones no hemos aceptado la comida corrida y hemos pedido la carta de la que se entiende muy poco si no tienes ayuda. Empezamos por la botana y nos dan a elegir entre varias marcas de cerveza y te ofrecen rico mezcal, sobre todo en Puebla donde cada poco se ve escrito en los bares “Expendio de mezcal” porque es la bebida típica. Además del conocido tequila está también el pulque, que se saca del maguey y son las tres parecidas.
Los meseros en general, en todos los restaurantes, son muy amables y profesionales. Respecto a los menús hay tantas palabras nuevas que responden a otros tantos productos extraños para nosotros que me resulta difícil retener. Yo pedí un día unos camarones capeados que estaban muy buenos por cierto y así aprendí que ahí entran gambas, langostinos y otros animalillos de esa misma especie y que capear es rebozar. Entre otras muchas cosas que merecen capítulo aparte, conocí también los chiles en nogada y moles de distintos colores, lo mismo que los fríjoles.
Allí no es lo mismo comerse un taco que decirlo, por supuesto. Ellos se los comen y muchos.
Nos llama la atención que el producto traído por cierto de allí y tan utilizado por nosotros como es el tomate, allí se llame jitomate. Creo que los españoles le quitaron el ji porque no hablan de manera tan risueña como los mejicanos sino, como ellos dicen, de manera golpeada.
Se ven muchos tipos de rasgos indígenas, por eso cuando una o uno es güerita o güerito llama la atención (rubia). Entre las mujeres elegantes las hay más frecuentemente pero se nota lo artificial.
Comprendo bien que todos digan “mi mamá y mi papá” y que a Assela su abuela política, con la cabeza algo perdida, le recriminara una vez por mala educación y atrevimiento, cuando se refirió a mí como “mi madre”, porque las palabras madre y padre tienen otro significado. El termino madre es negativo. Se está “hasta la madre” de una situación o persona, cuando ya no puede aguantar más, está harto. En cambio cuando algo es “muy padre” o sencillamente “padre” es un adjetivo calificativo de los más positivos, lo mejor que se puede decir y además es el adjetivo más empleado, se oye constantemente. (No sé qué hacen aquí las feministas). La única expresión que mantienen de cierto valor positivo con la palabra madre es decir que algo es “de poca madre”, lo cual supongo que es una moralización o eufemismo que traduce la vulgar expresión castellana “de p. madre”.
Respecto al género me llamó la atención un anuncio de una profesional de ginecología que anunciaba su profesión después de su nombre claramente femenino: “Beatriz Adriana García Estrada
Médico Cirujano
Y Partero”
Seguido de otros datos prácticos
Hemos paseado por preciosos jardines públicos de inmensos árboles, estatuas, adornos, kioskos y más cosas. Todo lo podemos calificar de padrísimos. Cuando entras a un edificio público hay que tener cuidado porque en la misma puerta está escrito si tienes que jalar (tirar) o empujar. A Rafa en el museo le hicieron zafarse el bolso que llevaba colgado. Si pagas con tarjeta, a la hora de presentarte la factura te dicen “regáleme una firma” como expresión habitual.
Aunque el restaurante sea muy elegante, uno puede ir vestido con una playera, (camiseta manga corta), pantalón corto y huaraches pero se ven gentes muy elegantes, señoras pintadas y enjoyadas con aretes y valiosos dijes.
Son gente amable, no se friegan unos a los otros en general. Dicen con frecuencia “órale” que significa, “de acuerdo” y si algo les causa sorpresa dicen ¡híjole¡ para expresarlo aparte del conocido ¡ándale¡. Sólo existe el ahorita, en diminutivo pero ni por esas se dan prisa.
Algunos hablan entre sí lenguas indígenas, imposible de entender nada y que es una buena herencia lingüística .
Ahora hemos entendido también el significado de alguna frase de canciones rancheras mejicanas que cantábamos sin saberlo, por ejemplo muchos cantábamos: “medeco, medesatuna, medeco, medesatuna, aunque me pinche la mano”
Y la realidad es “me he de comer esa tuna, aunque me espine la mano”, sabiendo que la tuna es el higo chumbo, el fruto del nopal que es un poco diferente pero podría identificarse con una chumbera de las del levante. Un poco más adelante la misma canción (Guadalajara en un llano, México en una laguna…) dice lo siguiente:
“L’águila siendo animal, se retrató en el dinero; (bis) para subir al nopal...pidió permiso primero”. Ahora entendemos que no se subiera a un nogal como cantábamos algunos en España. También se entiende lo de retratarse en el dinero pues el relieve de todas las monedas, aparte de encontrarlo en otros muchos sitios.
Una amiga mía me dice que cantaba “me he de comer esa tuna aunque me cueste la mano” creyendo que la tuna era una señorita más o menos esquiva.
Hasta aquí son algunas de las reflexiones de estos días. Seguiremos aprendiendo
Son muy instructivos los viajes….
Assela Alamillo.
9 mayo 2011
viernes, 17 de junio de 2011
Cuernavaca, último día
6 de mayo, viernes.
Acompaño a mi hija a uno de los grandes supermercados de la ciudad. Parecería que todos estos establecimientos tienen que ser iguales en todas partes pero no es así. Hay enseguida detalles que te indican dónde estás. Uno de los más notable es observar a un trabajador, un chico joven, que está sentado en un puesto al lado de las verduras, con la misión de quitar las espinas a las hojas de nopal y amontonar las ya lisas y suaves para su venta. Ni sabía lo que era el nopal ni mucho menos que se comía y sin embargo ya lo he probado varias veces y está bueno. Los productos también difieren, algunos son europeos, pero, según mi hija, mucho más caros, la mayoría son marcas desconocidas aunque en envases y envoltorios parecidos. No es igual pero ha estado bien entrar en uno de estos sitios. Al final, al ir a pagar, puedes pedir que te pongan el género en una caja y entonces aparece una empleada jovencita con una ya usada, que ha contenido verduras o cualquier otro producto del super, y que, en lugar de doblarlas y tirarlas al contenedor, las utilizan como recipientes en lugar de bolsas de plástico, si lo solicitas. Claro que hay que darle unos pesos de propina a la joven que, con profesionalidad, te coloca los paquetes ordenadamente en la caja. También hay carros, claro está, y parking pero se respira una atmósfera diferente.
Luego nos vamos siempre en el coche a buscar una sucursal de un banco local para que haga el ingreso del alquiler de la casa a la dueña, que este mes no puede acercarse a cobrarlo personalmente, y pide este método incómodo para ellos pero aceptado con la amabilidad de siempre por Assela. No es fácil encontrar la sucursal demandada y cuando al fin aparcamos detrás del banco, en la avenida tan transitada de Zapata, me hace notar la hija que estamos frente a la tienda tan bonita de muebles y artesanía. Como aún le faltan unos cuantos números para que la llamen a ventanilla, no resisto la tentación de poner a prueba mi todavía agilidad para cruzar la calle entre la vorágine de coches que a un lado y otro recorren el paseo, y pasar a comprar un marco que vimos el otro día y que me arrepentí de no habérmelo llevado. A todo nos da tiempo.
Pasamos por la calle de la Universidad donde casi todas las tiendas, vendan lo que vendan, muebles o carnes, fotocopias o tacos, llevan el título de universidad detrás, aunque ese detalle no la hace muy distinta de las demás. Lo único destacado es que predominan las tiendas que anuncian fotocopias. Antes de entrar en el recinto grande y despejado de la Universidad de Morelos, hay una plaza donde aparcan todos los autobuses de la ciudad cuando no están en servicio y que en medio tiene un monumento a Benito Juárez, pero el gran héroe de la revolución no ha tenido aquí suerte, porque es una estatua pequeña y chaparra, más bien fea, de un color oscuro, que se ha merecido el calificativo de “enano”.
La entrada a la Universidad ofrece un panorama muy bonito. Los edificios están aislados unos de otros, los espacios son amplios, hay muchísimos árboles, arbustos y flores. En una zona alta se divisa desde un mirador un hermoso panorama de esta ciudad asentada en una orografía tan irregular, con barrancas que la atraviesan y laderas donde se encaraman las casas. Hay muchas instalaciones deportivas en terrazas inferiores que no tapan el paisaje. Hay dos monumentos sobresalientes sobre sendos pedestales, el águila sobre el nopal, símbolo por excelencia del país, y otra de un gran venado con enormes cuernos que de momento nos asombra la temática hasta que nos explican que el club deportivo universitario lleva ese nombre. Aquí el tema de los cuernos no debe de tener la misma significación que en España, sino tal vez habrían elegido otro.
El único edificio que sobresale es el del Rectorado, muy alto y nada bonito y por el contrario, el más moderno y de arquitectura llamativa, que combina cristales y materiales de distintos colores, es donde Carlos tiene su puesto de investigación, la zona de laboratorios. El resto de las facultades son pabellones de formas clásicas e iguales entre sí, excepto la escuela de Arquitectura, que tiene una escultura moderna en su entrada. Hay mucha zona ajardinada y pequeños espacios donde los estudiantes se reúnen, y no son pocos los que están ahora fuera de sus clases. También hay varios bares o zonas de tomar algo. Salimos por la otra parte, muy cerca de la urbanización donde ellos viven.
Esta tarde es la última que pasamos en esta ciudad y vamos al centro a despedirnos y a ver algo nuevo como la casa museo Robert Brady (1928-1986). Aparcamos por el centro y damos una vuelta viendo interesantes edificios hasta encontrar lo que fue vivienda particular de ese rico americano que se instaló aquí y se rodeó de todos los objetos bonitos que su saneada fortuna personal le permitía, que son muchos y hablan del buen gusto que tenía el personaje. La casa en sí es una preciosidad, se llama Casa de la Torre y la adquirió en 1961. Era una vieja casa del siglo XVI que formaba parte de un convento. Está bajo la catedral, de la que se ve una buena parte desde el patio de entrada.
Durante mucho tiempo reconstruyó el edificio, respetando los trazos coloniales de su arquitectura y acondicionando otros espacios para exponer los objetos de su colección. Él mismo, poco antes de morir, expresó su deseo de convertir su casa en museo y así se hizo, abriéndose al público en 1990. Hay objetos procedentes de México, los más, pero también de otros sitios del mundo por donde viajó. Tiene cuadros, muebles y pinturas de personas famosas, objetos coloniales, figuras prehispánicas, cerámica popular, colección de Cristos etc. En el centro hay un jardín no muy grande que está ocupado casi por completo por una piscina. A él da un porche especialmente adornado de objetos bonitos que no se cansa una de mirar. Luego se sube a la parte alta, la vivienda propiamente dicha. Es especialmente bonita la cocina, alicatada en todas sus superficies, y llena de detalles agradables. Hay también un retrato de Frida Kahlo, con un mono en el hombro. En resumen, es uno de los sitios privilegiados para uso de muy pocas personas, menos mal que por pocos pesos se puede disfrutar durante un rato de la obra de recolección de toda una vida.
Después paseamos por otras zonas que no conocíamos todavía, una pequeña plaza triangular que termina en una calle que podríamos calificar de “marcha” por la cantidad de bares y restaurantes que hay en ella y el color rojo de las pinturas de las casas, pero que también tiene árboles de tabachines que armonizan con ella y le dan una alegría y un toque de naturaleza. Paseamos por la calle Hidalgo, la que une la Catedral con el Zócalo.
Cuando llegamos allí, al atardecer, cuando el sol dirige en horizontal sus rayos, nos encontramos la bonita impresión de que el palacio Cortés tiene otra luz que no habíamos visto por la mañana. Como si un montón de focos le iluminaran directamente, sacando lo más bello de sus piedras. Una impresión parecida provocan las copas de flores de los tabachines que llenan la plaza.
El Zócalo está especialmente animado. Los vendedores de artesanía ocupan todos los flancos dando un colorido inusitado incluso en las zonas de sombras. En una parte de la plaza hay unas mesas con hombres jugando al ajedrez. En el centro, delante del Palacio de Gobernación, bajo la carpa puesta para los acontecimientos lúdicos, hoy se celebran conciertos por distintos grupos musicales y cantantes que se van sucediendo y cuyos sonidos se extienden atronadoramente por toda la plaza.
Nosotros nos sentamos en una terraza de uno de los principales restaurantes de la zona pero yo bebo pronto el refresco y me voy a dar una vuelta sola, buscando instantáneas humanas o curiosas. Antes, con la hija, hemos comprado en uno de los puestos una bonita blusa y algunos bolsitos de tela. Allí, sentada en los porches, hay una joven que tiene a su lado un bebé dormido en la hamaquita mientras ella cose adornos en una camisa. Otras tres chicas jóvenes, vestidas con aparatosos trajes regionales están sentadas delante del puesto de artesanía que hay enfrente y parecen querer atraer compradores a él. Luego observo que son familia. Un hombre carga con cinco grandes canastos de rafia de colores y se dispone a pasear con ellos a ver si vende alguna por el contacto directo. Otros van cargados de hamacas, colgadas al hombro y te ofrecen su mercancía.
Me acerco a la puerta del palacio donde me entretengo leyendo los carteles que son restos de las manifestaciones que desde hace días se han sucedido en ese lugar como protesta por los crímenes del narcotráfico, que han afectado ya a gente inocente, según el promotor de estas acciones y de una marcha que ya ha salido hacia el DF en señal de protesta. Es un poeta local de apellido Sicilia, uno de cuyos hijos jóvenes apareció muerto hace poco con otros cinco. Un joven, sentado en un taburete de plástico amarillo, hace guardia ante el pequeño homenaje consistente en dos hileras de macetas que enmarcan una de cirios encendidos. Leo en los carteles noticias terribles como el número de mujeres asesinadas en Morelos en los últimos años que asciende a 418, o carteles con las palabras NO MÁS SANGRE o un poster con una rudimentaria paloma de la paz.
Todo esto contrasta con la actitud alegre y desenfadada de la cantante de turno, que, intercalándose entre el público, sentados los más en las sillas puestas por el Ayuntamiento y muchos otros de pie, les provoca y jalea haciendo que le pidan más canciones.
Cuando nos levantamos del bar vamos hacia otra plaza anexa que no habíamos visto hasta hoy. Está igualmente animada. Se diría que se celebran las fiestas de la ciudad pero es un día corriente. En el centro está el kiosko de la música. En un lado un hombre vestido a medias de payaso, juega con antorchas de fuego para llamar la atención mientras habla a través de un micrófono y hace reír al personal metiéndose con los transeúntes. Nos alejamos de él por si somos inspiración para una de sus bromas. Pide unos pesos en compensación a la diversión que ofrece. Allí se vende de todo, obleas, paletas, mazorcas y otras chucherías que no recuerdo sus nombres. Los limpiabotas hacen su trabajo mientras el cliente que pone los zapatos y los pesos correspondientes bebe un agua de guayaba o de otra fruta corriente por aquí. Otros limpias esperan al posible cliente con su asiento vacío, dotado de un pequeño dosel que evita que el sol dé directamente sobre la cabeza. Hay puestos de todo lo que se puede comer o beber y la gente no parece decidida a volver a su casa.
Dejamos esta parte histórica de Cuernavaca para volvernos al tranquilo barrio donde viven los hijos.
Al día siguiente, día siete de Mayo, nuestra despedida de la ciudad de la eterna primavera se completará con un desayuno en un restaurante que descubrieron los chicos por casualidad y que se llama El Secreto. Está un poco lejos de las zonas por donde se mueven y el exterior no ayuda a imaginar el agradable y bonito ambiente del interior. Nos situamos en una mesa bajo una sombrilla, cerca de una fuente artificial hecha de piedras amontonadas por las que discurre el agua que se remansa en un pequeño estanque. Hay zona ajardinada con cuidado césped y los muros que rodean el jardín, hechos de combinación de piedra y ladrillo, artísticamente dispuestos, logran el efecto del mejor marco posible. La mañana es calurosa y brillante y hacemos lo propio de estas ocasiones, pedir los dos huevos en distintas opciones, con sus zumos, frutas, café y bollos. Todo un menú que nos dará fuerzas para lo que nos queda, lo peor, la despedida en el aeropuerto y el pesado viaje de vuelta.
Han sido unos estupendos días que con este segundo repaso se avivan y mejoran los recuerdos.
Madrid, 2 de junio de 2011
Assela Alamillo Sanz
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6 de mayo, viernes.
Acompaño a mi hija a uno de los grandes supermercados de la ciudad. Parecería que todos estos establecimientos tienen que ser iguales en todas partes pero no es así. Hay enseguida detalles que te indican dónde estás. Uno de los más notable es observar a un trabajador, un chico joven, que está sentado en un puesto al lado de las verduras, con la misión de quitar las espinas a las hojas de nopal y amontonar las ya lisas y suaves para su venta. Ni sabía lo que era el nopal ni mucho menos que se comía y sin embargo ya lo he probado varias veces y está bueno. Los productos también difieren, algunos son europeos, pero, según mi hija, mucho más caros, la mayoría son marcas desconocidas aunque en envases y envoltorios parecidos. No es igual pero ha estado bien entrar en uno de estos sitios. Al final, al ir a pagar, puedes pedir que te pongan el género en una caja y entonces aparece una empleada jovencita con una ya usada, que ha contenido verduras o cualquier otro producto del super, y que, en lugar de doblarlas y tirarlas al contenedor, las utilizan como recipientes en lugar de bolsas de plástico, si lo solicitas. Claro que hay que darle unos pesos de propina a la joven que, con profesionalidad, te coloca los paquetes ordenadamente en la caja. También hay carros, claro está, y parking pero se respira una atmósfera diferente.
Luego nos vamos siempre en el coche a buscar una sucursal de un banco local para que haga el ingreso del alquiler de la casa a la dueña, que este mes no puede acercarse a cobrarlo personalmente, y pide este método incómodo para ellos pero aceptado con la amabilidad de siempre por Assela. No es fácil encontrar la sucursal demandada y cuando al fin aparcamos detrás del banco, en la avenida tan transitada de Zapata, me hace notar la hija que estamos frente a la tienda tan bonita de muebles y artesanía. Como aún le faltan unos cuantos números para que la llamen a ventanilla, no resisto la tentación de poner a prueba mi todavía agilidad para cruzar la calle entre la vorágine de coches que a un lado y otro recorren el paseo, y pasar a comprar un marco que vimos el otro día y que me arrepentí de no habérmelo llevado. A todo nos da tiempo.
Pasamos por la calle de la Universidad donde casi todas las tiendas, vendan lo que vendan, muebles o carnes, fotocopias o tacos, llevan el título de universidad detrás, aunque ese detalle no la hace muy distinta de las demás. Lo único destacado es que predominan las tiendas que anuncian fotocopias. Antes de entrar en el recinto grande y despejado de la Universidad de Morelos, hay una plaza donde aparcan todos los autobuses de la ciudad cuando no están en servicio y que en medio tiene un monumento a Benito Juárez, pero el gran héroe de la revolución no ha tenido aquí suerte, porque es una estatua pequeña y chaparra, más bien fea, de un color oscuro, que se ha merecido el calificativo de “enano”.
La entrada a la Universidad ofrece un panorama muy bonito. Los edificios están aislados unos de otros, los espacios son amplios, hay muchísimos árboles, arbustos y flores. En una zona alta se divisa desde un mirador un hermoso panorama de esta ciudad asentada en una orografía tan irregular, con barrancas que la atraviesan y laderas donde se encaraman las casas. Hay muchas instalaciones deportivas en terrazas inferiores que no tapan el paisaje. Hay dos monumentos sobresalientes sobre sendos pedestales, el águila sobre el nopal, símbolo por excelencia del país, y otra de un gran venado con enormes cuernos que de momento nos asombra la temática hasta que nos explican que el club deportivo universitario lleva ese nombre. Aquí el tema de los cuernos no debe de tener la misma significación que en España, sino tal vez habrían elegido otro.
El único edificio que sobresale es el del Rectorado, muy alto y nada bonito y por el contrario, el más moderno y de arquitectura llamativa, que combina cristales y materiales de distintos colores, es donde Carlos tiene su puesto de investigación, la zona de laboratorios. El resto de las facultades son pabellones de formas clásicas e iguales entre sí, excepto la escuela de Arquitectura, que tiene una escultura moderna en su entrada. Hay mucha zona ajardinada y pequeños espacios donde los estudiantes se reúnen, y no son pocos los que están ahora fuera de sus clases. También hay varios bares o zonas de tomar algo. Salimos por la otra parte, muy cerca de la urbanización donde ellos viven.
Esta tarde es la última que pasamos en esta ciudad y vamos al centro a despedirnos y a ver algo nuevo como la casa museo Robert Brady (1928-1986). Aparcamos por el centro y damos una vuelta viendo interesantes edificios hasta encontrar lo que fue vivienda particular de ese rico americano que se instaló aquí y se rodeó de todos los objetos bonitos que su saneada fortuna personal le permitía, que son muchos y hablan del buen gusto que tenía el personaje. La casa en sí es una preciosidad, se llama Casa de la Torre y la adquirió en 1961. Era una vieja casa del siglo XVI que formaba parte de un convento. Está bajo la catedral, de la que se ve una buena parte desde el patio de entrada.
Durante mucho tiempo reconstruyó el edificio, respetando los trazos coloniales de su arquitectura y acondicionando otros espacios para exponer los objetos de su colección. Él mismo, poco antes de morir, expresó su deseo de convertir su casa en museo y así se hizo, abriéndose al público en 1990. Hay objetos procedentes de México, los más, pero también de otros sitios del mundo por donde viajó. Tiene cuadros, muebles y pinturas de personas famosas, objetos coloniales, figuras prehispánicas, cerámica popular, colección de Cristos etc. En el centro hay un jardín no muy grande que está ocupado casi por completo por una piscina. A él da un porche especialmente adornado de objetos bonitos que no se cansa una de mirar. Luego se sube a la parte alta, la vivienda propiamente dicha. Es especialmente bonita la cocina, alicatada en todas sus superficies, y llena de detalles agradables. Hay también un retrato de Frida Kahlo, con un mono en el hombro. En resumen, es uno de los sitios privilegiados para uso de muy pocas personas, menos mal que por pocos pesos se puede disfrutar durante un rato de la obra de recolección de toda una vida.
Después paseamos por otras zonas que no conocíamos todavía, una pequeña plaza triangular que termina en una calle que podríamos calificar de “marcha” por la cantidad de bares y restaurantes que hay en ella y el color rojo de las pinturas de las casas, pero que también tiene árboles de tabachines que armonizan con ella y le dan una alegría y un toque de naturaleza. Paseamos por la calle Hidalgo, la que une la Catedral con el Zócalo.
Cuando llegamos allí, al atardecer, cuando el sol dirige en horizontal sus rayos, nos encontramos la bonita impresión de que el palacio Cortés tiene otra luz que no habíamos visto por la mañana. Como si un montón de focos le iluminaran directamente, sacando lo más bello de sus piedras. Una impresión parecida provocan las copas de flores de los tabachines que llenan la plaza.
El Zócalo está especialmente animado. Los vendedores de artesanía ocupan todos los flancos dando un colorido inusitado incluso en las zonas de sombras. En una parte de la plaza hay unas mesas con hombres jugando al ajedrez. En el centro, delante del Palacio de Gobernación, bajo la carpa puesta para los acontecimientos lúdicos, hoy se celebran conciertos por distintos grupos musicales y cantantes que se van sucediendo y cuyos sonidos se extienden atronadoramente por toda la plaza.
Nosotros nos sentamos en una terraza de uno de los principales restaurantes de la zona pero yo bebo pronto el refresco y me voy a dar una vuelta sola, buscando instantáneas humanas o curiosas. Antes, con la hija, hemos comprado en uno de los puestos una bonita blusa y algunos bolsitos de tela. Allí, sentada en los porches, hay una joven que tiene a su lado un bebé dormido en la hamaquita mientras ella cose adornos en una camisa. Otras tres chicas jóvenes, vestidas con aparatosos trajes regionales están sentadas delante del puesto de artesanía que hay enfrente y parecen querer atraer compradores a él. Luego observo que son familia. Un hombre carga con cinco grandes canastos de rafia de colores y se dispone a pasear con ellos a ver si vende alguna por el contacto directo. Otros van cargados de hamacas, colgadas al hombro y te ofrecen su mercancía.
Me acerco a la puerta del palacio donde me entretengo leyendo los carteles que son restos de las manifestaciones que desde hace días se han sucedido en ese lugar como protesta por los crímenes del narcotráfico, que han afectado ya a gente inocente, según el promotor de estas acciones y de una marcha que ya ha salido hacia el DF en señal de protesta. Es un poeta local de apellido Sicilia, uno de cuyos hijos jóvenes apareció muerto hace poco con otros cinco. Un joven, sentado en un taburete de plástico amarillo, hace guardia ante el pequeño homenaje consistente en dos hileras de macetas que enmarcan una de cirios encendidos. Leo en los carteles noticias terribles como el número de mujeres asesinadas en Morelos en los últimos años que asciende a 418, o carteles con las palabras NO MÁS SANGRE o un poster con una rudimentaria paloma de la paz.
Todo esto contrasta con la actitud alegre y desenfadada de la cantante de turno, que, intercalándose entre el público, sentados los más en las sillas puestas por el Ayuntamiento y muchos otros de pie, les provoca y jalea haciendo que le pidan más canciones.
Cuando nos levantamos del bar vamos hacia otra plaza anexa que no habíamos visto hasta hoy. Está igualmente animada. Se diría que se celebran las fiestas de la ciudad pero es un día corriente. En el centro está el kiosko de la música. En un lado un hombre vestido a medias de payaso, juega con antorchas de fuego para llamar la atención mientras habla a través de un micrófono y hace reír al personal metiéndose con los transeúntes. Nos alejamos de él por si somos inspiración para una de sus bromas. Pide unos pesos en compensación a la diversión que ofrece. Allí se vende de todo, obleas, paletas, mazorcas y otras chucherías que no recuerdo sus nombres. Los limpiabotas hacen su trabajo mientras el cliente que pone los zapatos y los pesos correspondientes bebe un agua de guayaba o de otra fruta corriente por aquí. Otros limpias esperan al posible cliente con su asiento vacío, dotado de un pequeño dosel que evita que el sol dé directamente sobre la cabeza. Hay puestos de todo lo que se puede comer o beber y la gente no parece decidida a volver a su casa.
Dejamos esta parte histórica de Cuernavaca para volvernos al tranquilo barrio donde viven los hijos.
Al día siguiente, día siete de Mayo, nuestra despedida de la ciudad de la eterna primavera se completará con un desayuno en un restaurante que descubrieron los chicos por casualidad y que se llama El Secreto. Está un poco lejos de las zonas por donde se mueven y el exterior no ayuda a imaginar el agradable y bonito ambiente del interior. Nos situamos en una mesa bajo una sombrilla, cerca de una fuente artificial hecha de piedras amontonadas por las que discurre el agua que se remansa en un pequeño estanque. Hay zona ajardinada con cuidado césped y los muros que rodean el jardín, hechos de combinación de piedra y ladrillo, artísticamente dispuestos, logran el efecto del mejor marco posible. La mañana es calurosa y brillante y hacemos lo propio de estas ocasiones, pedir los dos huevos en distintas opciones, con sus zumos, frutas, café y bollos. Todo un menú que nos dará fuerzas para lo que nos queda, lo peor, la despedida en el aeropuerto y el pesado viaje de vuelta.
Han sido unos estupendos días que con este segundo repaso se avivan y mejoran los recuerdos.
Madrid, 2 de junio de 2011
Assela Alamillo Sanz
.
México, Jueves, 5 de mayo de 2011
Assela viene pronto de dar su clase y nos vamos las dos a una gran tienda en la Avda Zapata donde ellos han comprado algún mueble y su vajilla tan bonita. Tienen artesanía y en efecto, es una tienda preciosa y compramos algo más. Buen prólogo para un buen día
TLAYACAPAN.
Teníamos decidido hacer una excursión a un pueblo que han leído en la guía de Morelos que merece la pena. Se lo considera también pueblo mágico y no está demasiado lejos. Está un poco más allá de Tepozclan, con un entorno geográfico parecido y casi más bonito porque las montañas lo rodean casi por completo. Es un pueblo con mucha historia (que, por cierto, puede leerse en Wikipedia, que da muchos datos al parecer proporcionados por persona enterada). Dice que los primeros habitantes fueron los olmecas y que su actividad de buenos artesanos del barro hunde sus raíces en lo más remoto de los tiempos.
Es un pueblo encantador, donde la simbiosis de los indígenas pre hispanos y los que vinieron detrás se ha producido de manera perfecta y parece que el pueblo le atrapa a una en su historia y le hace protagonista o al menos espectador privilegiado de los verdaderos protagonistas que son los habitantes del pueblo. Desde antes de entrar en él ya se ven tiendas de artesanía en madera y barro, llamativas y atrayentes. Nos guiamos por el faro que suponen las torres del convento de San Juan Bautista y llegamos a una calle que parece la principal, aparte de la de la carretera que la cruza. Allí aparcamos y, como ya es hora de buscar un restaurante, ésta será la primera tarea.
Observamos al atravesar alguna de las calles perpendiculares a la que nos parece la principal que están arreglando todas las casas, pintando fachadas y aseando locales, aparte de que sigue la venta de artesanía característica en casi todas ellas. Carlos nos explica que intentan conseguir una subvención del Estado en función del turismo y el cuidado del pueblo.
Entramos primero en un restaurante que tiene buen aspecto pero a Carlos y a mí se nos ha ido la vista a un tercer piso donde se ve claramente unas mesas en una terraza cubierta, desde donde debe de haber buenas vistas y, a pesar de que ya habíamos entrado en el primero, donde te reciben amablemente, y comprobado que, en efecto, era agradable y bien puesto pero sin vistas, y de que los meseros ya nos habían señalado mesa, nos salimos sin que a él, que es el de aquí, le parezca que eso está mal y cruzamos a la acera de enfrente para ver el otro restaurante. La entrada desmerece pero preguntamos si se puede subir a la terraza y asienten. A través de vericuetos, pasillitos, otra terraza en el segundo, viendo adornos de esa característica que definimos kitch por todas partes y subiendo pequeñas escaleras metálicas sumamente estrechas, llegamos a la terraza vislumbrada y tenemos varias mesas para elegir porque no hay nadie. Desde allí Rafa siente fresquito y se pone la chaqueta pero yo estoy encantada porque la vista es preciosa a un lado y a otro. Los cables de la luz siguen en medio atravesando el espacio y no todo es armonía pero vale la pena.
De un lado, que no sé qué orientación tiene porque hoy el sol está algo escondido en una bruma y no localizo su ruta, vemos el resto de la calle que termina en una de las varias capillas que hay en el pueblo y sobre el conjunto de casas homogéneas se eleva majestuosa la gran montaña volcánica de color marrón y formaciones curiosas, como ya habíamos visto en Tepozplan.
De frente a nosotros cierra el escenario de árboles y ciertas casas a medio construir otra impresionante masa de montañas que sigue a la anterior y que rodean al pueblo, dejándolo en el medio, en una zona que parece que fue un pequeño granero de huertas y verduras para los alrededores.
Del otro lado la misma calle continúa hasta perderse de vista. Enfrente está el hotel de puertas y balcones azules que hemos desdeñado. Delante de su puerta y bajo una sombrilla hay una carretilla llena de flores. En un momento dado una mujer de la zona sale y empuja el decorativo cargamento y se va con él, tal vez a uno de los mercados o tiendas o a la iglesia, o son para decorar una cruz, no sabemos, porque seguimos viendo cruces por muchos sitios. Más al fondo, se ve una zona cubierta que parece un mercadillo y el edificio blanco que luego visitaremos que es el Ayuntamiento. Delante de éste se distingue el templete de la música que indica que estamos a un paso del Zócalo. Por la calle circulan coches, pequeños y contaminantes “peseros” azules que es el transporte público. Las montañas por esta parte son más bajas pero sigue la misma cadena.
Dando la vuelta completa, por el último lado, sobresale la iglesia de San Juan Bautista que destaca en un mar de construcciones pobres y de ladrillo, las traseras y patios de las casas que están arreglando en su exterior. Luego iremos a visitarla.
Nos sirve una mesera de rostro original y atractivo. Me gustaría fotografiarla pero no me atrevo. Luego pensamos que es la hija del dueño, que es de raza muy oscura, casi negra, y de madre nativa, y el resultado es una belleza especial. Es tímida y amable. La comida no merece ser recordada pero tampoco es cara. Nos invitan los hijos esta vez y nos echamos a la calle a ver lo que la guía nos anuncia.
Primero nos dirigimos a la plaza y ese mercado que veíamos bajo techado, no nos parece interesante lo que expone a la venta. Seguro que no es eso a lo que se refiere la guía porque este no pasa de ser un pequeño rastro con muchos puestos vacíos.
Vemos por fuera el edificio del Ayuntamiento, pintado en blanco con toques rojos, al igual que el templete colocado delante y que nos prueba que estamos en el Zócalo. Tiene una parte baja con arcos y un segundo piso de estrechos balcones, con sus rejas. En una zona central en la parte alta sobresale un pequeño espacio donde está el reloj. Con letras grandes pone PRESIDENCIA MUNICIPAL TLAYACAPAN MOR.
Torcemos hacia la izquierda donde el paisaje y los edificios nos llaman la atención y pasamos por una zona hundida y seca a través de un puente. Algo más allá hay otro puente, de piedra, como de cuento. Imagino que son barrancos que recogerán el agua de la lluvia en las épocas en que ésta llega aunque ahora no hay ni una gota. Las casas que hay cerca son bonitas, pintadas de color rosa combinado con granate, grandes ventanas con rejas hasta abajo y en la esquina de los muros la hornacina con la imagen de un santo o de la Virgen de Guadalupe. Al otro lado árboles frondosos que dan a la zona de la torrentera y al fondo la característica montaña.
Frente a estas casas se levanta el edificio más antiguo e importante del pueblo, el de la Cerería. Es bajo, con un piso porticado y dentro un gran porche al que dan las puertas y ventanas. Tiene gran valor arquitectónico porque data del s. XVI y recibe este nombre porque, cuando se construyó y estaba en su mejor momento, era una fábrica de velas. La explicación es que esta ciudad era paso para Tenochtitlán, la capital del pueblo mexica, en el centro del actual DF, a donde se dirigían otros pueblos en peregrinación. Vemos al lado del lugar un gran cartel de cerámica, con orla de baldosas dibujadas en torno a la leyenda, que, por cierto se va deteriorando y se lee mal, donde cuenta mejor que yo la historia. Dice lo siguiente:
La Cerería
Es un edificio del siglo XVI con ampliaciones efectuadas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Originalmente fue la casa del Encomendero de la Nueva España y a principios de este siglo, durante las luchas revolucionarias, fue cuartel del General Emiliano Zapata Salazar. Durante los siglos XVIII y XIX, este edificio se utilizó como fábrica de ceras (velas, cirios, veladeras), mismas que adquieren gran fama. Es ahí de donde se deriva su nombre. La Cerería cuenta con un holgado portal con arcos de medio punto. Su interior cuenta con amplios salones y un patio interior que le da un ambiente agradable y fresco. Lo más notorio de este edificio es su enorme aljibe circular que ocupa todo un patio. Un interesante juego de gárgolas y cluctos (¿) en techos y contrafuertes recoge el agua de lluvia que la conduce a un filtro y la precipita hacia el aljibe.
El 4 de agosto de 1971 se publica en el Diario oficial del Gobierno del Estado de Morelos, el Decreto de expropiación del inmueble llamado la Cerería para que “se destine como Centro Social y Cultural para beneficio de la población de Tlayacapan” y se da inicio a la restauración en el año de 1989 y el 2 de Febrero de 1991 se reincorpora como sede de la Casa de la Cultura de Talayacapan.
Podemos dar fe nosotros de que verdaderamente ejerce como sede de cultura, pero popular. Se ha convertido también en un museo etnológico, lleno de objetos de otros tiempos, muestras de preciosos restos artesanales muy bien expuestos para su contemplación. Observamos que varias de las salas están actualmente ocupadas por las gentes del lugar, maestros y discípulos, que realizan varias actividades todas ellas relacionadas con el arte. En una de las salas que da al porche y que vemos desde fuera, están estudiando instrumentos musicales. Allí parece que se conserva un antiguo horno de pan de la época de Cortés que sólo vemos de lejos. A nuestro lado pasan madres con hijos de corta edad que llevan orgullosos en sus manos el trabajo manual que están realizando, seguramente bajo la dirección de la maestra o maestro que les espera en una habitación que da al patio. Entramos a ver todos los rincones y sobre todo el otro resto de la época hispánica, que, como anuncia el cartel, es un gran aljibe en el centro del patio más grande en cuyo fondo se ven unas aguas verdes que espero no sean también del tiempo de Cortés.
Hemos pasado para llegar allí por otro pequeño patio con unos grandes y toscos arcos, pintados en blanco por un lado y dejando ver la estructura antigua de piedra y ladrillo por el otro, en el medio del cual hay árboles que salen desde rústicos alcorques. La exposición de objetos artesanales, como los famosos árboles de la vida, en cerámica pintada de vivos colores, o la alfarería, parte de tosca factura y otra de cerámica vidriada de bonitas formas, o un gran panel donde está pintado un mural al estilo de los grandes y famosos, seguramente realizado por alumnos, o el cuadro de la Virgen de Guadalupe, adornado con guirnaldas de flores, todo nos deja un recuerdo agradable de esta visita.
Al salir todavía observamos en el porche a un grupo reducido en torno a una mesa donde está situado un tablero de ajedrez, compuesto del profesor y tres jovencitos que no parece que le harán la competencia a los grandes maestros ajedrecistas mundiales, a juzgar por el poco interés que están mostrando hoy, al menos, en esas explicaciones del entusiasta profesor. Se distraen con todo, en este caso observando a nuestro pequeño grupo.
Preguntamos a la salida por el famoso mercado de artesanía y nos remiten a la parte de atrás del Ayuntamiento. Entramos por una zona oscura que más parece un mercado, con los puestos de comida y los que ofrecen mesas a modo de bares o restaurantes, tan típicos de aquí. Seguimos hacia el final y por fin llegamos al sitio buscado. También aquí hemos visto otro cartel en cerámica, semejante al anterior pero mejor conservado, en el que se puede leer unas palabras tomadas de un cronista de indias, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) recogidas en su Historia General de las Cosas de Nueva España, orlada en su contorno con ingenuas representaciones de frutos naturales que, además de la fuente de donde procede, dice lo siguiente, referido a los alimentos que probablemente se venden igualmente hoy en este mercado:
…. Y otras tortillas que tienen dentro ají molido o carne. Y las que son untadas con ají…. Y las que están untadas con chilmolli, y las tortillas de huevo y las de masa mezcladas con miel que son como guantes, y tortillas cocidas debajo del rescoldo y otras muchas maneras de tortillas…
No sé si Carlos ha entendido algo, nosotros no mucho. Llegamos por fin a la zona del verdadero mercado de artesanía de una gran tradición y antigüedad. Es lástima que hoy están la mayoría de los puestos cerrados, lo cual quita encanto a este lugar que te trasporta en el tiempo a otras épocas. Observamos que todos los vendedores pertenecen a la población indígena y que algunos de ellos hablan entre sí en su lengua autóctona. Los puestos están fijados, bajo una arquitectura semejante rematada en arco y, los que están abiertos, ofrecen una rica variedad de cerámica, maderas pintadas, barro rústico y adornos que pueden resultar de un gusto dudoso, colocados en casa propia, pero que para verlos aquí son vistosos y originales. Me gustaría fotografiar a cada uno de estos vendedores, generalmente de edad avanzada, viejos y viejas de rostro arrugado y de piel oscura, probablemente los mismos artesanos que fabrican sus productos, pero no me atrevo, me parece una violación de su persona. Seguro que forman parte de ese 6% de la población que habla la lengua indígena.
Assela y Carlos compran dos cazuelas de barro preciosas y algunas otras pequeñas cosas, por un precio que resulta risible comparado con la artesanía en España y que tiene la parte triste de que responde a un poco desarrollo de la población, como pasaba en España en los años cuarenta y cincuenta.
Desde allí nos dirigimos hacia el monumento más importante de la ciudad, el gran ex convento de San Juan Bautista, que comprende la iglesia y en las antiguas dependencias se ha instalado un museo. Fue fundado por los Agustinos, los primeros evangelizadores del municipio, junto a las demás capillas pequeñas que hay distribuidas por la ciudad.
El enorme atrio que precede al gran edificio del convento es un parque que además de solaz, sirve de camino desde el Ayuntamiento hasta la otra parte del pueblo, si se cruza en diagonal. Tiene una hilera de inmensos árboles, que como todos los que hemos visto en todos los sitios, tienen la parte baja del tronco pintada de blanco. Entre ellos hay arbustos floridos y por el resto del lugar vemos plantados otros árboles más pequeños.
También han colocado macetones de cerámica llenos de flores vistosas que ponen una nota de color. La iglesia presenta una fachada muy alta y elegante, con tres partes horizontales, la puerta, una gran ventana en el medio, con reja y rematada en un frontón triangular y la espadaña alta en la que hay cinco grandes campanas y termina formando un triángulo en cuyo interior hay otra más pequeña.
El pavimento de la avenida central que conduce a la iglesia, está formado de piedras rústicas pero el resto es tierra y zona ajardinada y el muro de gran longitud que lo rodea es de poca altura y está rematado en ondas que le dan un aire más alegre. Por todas partes se ven las imponentes montañas de extrañas formas que rodean el pueblo. Entramos en la iglesia que no presenta ninguna característica que la haga notable y además están a punto de comenzar una misa. Hay una gran fotografía de Juan Pablo II, al que están a punto de hacer beato y que en México se le recuerda con especial afecto.
No entramos, sin embargo, al museo que sí debe de ser interesante pero preferimos salir a pasear por las calles llenas de tiendas. Leemos en la guía que el museo expone, entre otras cosas, las momias que se encontraron en la nave mayor de la iglesia y no es un aliciente especialmente atractivo en esta tranquila tarde en que predominan las ansias compradoras y consumistas a que nos han habituado en los tiempos tan lejanos a los de Cortés.
Volvemos sobre nuestros pasos para llegar hasta la calle que es a la vez carretera pero hay tanto donde entretenerse por la que hemos cogido que no vamos a alcanzarla. Aquí se están renovando muchas casas, con pinturas y mejoras en las fachadas. Vemos por ejemplo una tienda que vende de todo, como reza el cartel que la anuncia, debajo del nombre propio anuncian: SALSAS, LICORES, CREMAS DE FRUTAS y al otro lado está escrito MUEBLES Y ARTESANÍAS. ¿Quién da más?
Entramos en una nevería a tomar un helado. Es un local pequeño donde todo, mostradores, bancos, mesas y taburetes, están formados de madera artesanalmente labrada formando relieves de frutas, y luego pintadas en colores vivos. Los nombres de los gustos de los helados, como ya vimos en el pueblo cercano, siguen siendo tan poéticos.
Una gran tienda en la misma calle nos hace pasar un buen rato observando sus productos y los jóvenes compran unas lámparas rústicas y algo más allá una estera redonda de palma con bonitos juegos de colores para su casa.
Sentada en el poyete de su casa y apoyada en el quicio de la puerta, a la que se sube por tres escaleras de altos peldaños, está una mujer, de rasgos indígenas, de edad avanzada pero indeterminada, con una expresión de tristeza en su cara. A ella le preocupa poco la artesanía que nos atrae a nosotros, y que tal vez ha realizado cotidianamente y por poco dinero a lo largo de su vida, pero el rostro impenetrable que en esta tarde muestra, no nos permite conjeturar lo que pasa por su pensamiento.
Leemos que hay muchas capillas, algunas de las cuales parece que se construyeron en antiguos lugares aztecas dedicados al culto del sol pero sólo vemos por fuera una de ellas, situada al lado del cementerio. La calle principal está cortada para permitir el paso de alguna procesión o festejo festivo y desistimos de buscar más.
Iniciamos el viaje de vuelta y elegimos la carretera libre, yendo más despacio y disfrutando de lo que sale al paso, como por ejemplo un grupo de ocas y un poco más allá unos cuantos jóvenes que cabalgan sobre unos mulos, además de casas de campo curiosas y una visión mejor del paisaje. Volvemos a reconocer Tepozplan y sus montañas y entramos finalmente en Cuernavaca a descansar del bonito e interesante día pasado en este pueblo que es considerado uno de los mágicos de Morelos.
Assela Alamillo Sanz
Assela viene pronto de dar su clase y nos vamos las dos a una gran tienda en la Avda Zapata donde ellos han comprado algún mueble y su vajilla tan bonita. Tienen artesanía y en efecto, es una tienda preciosa y compramos algo más. Buen prólogo para un buen día
TLAYACAPAN.
Teníamos decidido hacer una excursión a un pueblo que han leído en la guía de Morelos que merece la pena. Se lo considera también pueblo mágico y no está demasiado lejos. Está un poco más allá de Tepozclan, con un entorno geográfico parecido y casi más bonito porque las montañas lo rodean casi por completo. Es un pueblo con mucha historia (que, por cierto, puede leerse en Wikipedia, que da muchos datos al parecer proporcionados por persona enterada). Dice que los primeros habitantes fueron los olmecas y que su actividad de buenos artesanos del barro hunde sus raíces en lo más remoto de los tiempos.
Es un pueblo encantador, donde la simbiosis de los indígenas pre hispanos y los que vinieron detrás se ha producido de manera perfecta y parece que el pueblo le atrapa a una en su historia y le hace protagonista o al menos espectador privilegiado de los verdaderos protagonistas que son los habitantes del pueblo. Desde antes de entrar en él ya se ven tiendas de artesanía en madera y barro, llamativas y atrayentes. Nos guiamos por el faro que suponen las torres del convento de San Juan Bautista y llegamos a una calle que parece la principal, aparte de la de la carretera que la cruza. Allí aparcamos y, como ya es hora de buscar un restaurante, ésta será la primera tarea.
Observamos al atravesar alguna de las calles perpendiculares a la que nos parece la principal que están arreglando todas las casas, pintando fachadas y aseando locales, aparte de que sigue la venta de artesanía característica en casi todas ellas. Carlos nos explica que intentan conseguir una subvención del Estado en función del turismo y el cuidado del pueblo.
Entramos primero en un restaurante que tiene buen aspecto pero a Carlos y a mí se nos ha ido la vista a un tercer piso donde se ve claramente unas mesas en una terraza cubierta, desde donde debe de haber buenas vistas y, a pesar de que ya habíamos entrado en el primero, donde te reciben amablemente, y comprobado que, en efecto, era agradable y bien puesto pero sin vistas, y de que los meseros ya nos habían señalado mesa, nos salimos sin que a él, que es el de aquí, le parezca que eso está mal y cruzamos a la acera de enfrente para ver el otro restaurante. La entrada desmerece pero preguntamos si se puede subir a la terraza y asienten. A través de vericuetos, pasillitos, otra terraza en el segundo, viendo adornos de esa característica que definimos kitch por todas partes y subiendo pequeñas escaleras metálicas sumamente estrechas, llegamos a la terraza vislumbrada y tenemos varias mesas para elegir porque no hay nadie. Desde allí Rafa siente fresquito y se pone la chaqueta pero yo estoy encantada porque la vista es preciosa a un lado y a otro. Los cables de la luz siguen en medio atravesando el espacio y no todo es armonía pero vale la pena.
De un lado, que no sé qué orientación tiene porque hoy el sol está algo escondido en una bruma y no localizo su ruta, vemos el resto de la calle que termina en una de las varias capillas que hay en el pueblo y sobre el conjunto de casas homogéneas se eleva majestuosa la gran montaña volcánica de color marrón y formaciones curiosas, como ya habíamos visto en Tepozplan.
De frente a nosotros cierra el escenario de árboles y ciertas casas a medio construir otra impresionante masa de montañas que sigue a la anterior y que rodean al pueblo, dejándolo en el medio, en una zona que parece que fue un pequeño granero de huertas y verduras para los alrededores.
Del otro lado la misma calle continúa hasta perderse de vista. Enfrente está el hotel de puertas y balcones azules que hemos desdeñado. Delante de su puerta y bajo una sombrilla hay una carretilla llena de flores. En un momento dado una mujer de la zona sale y empuja el decorativo cargamento y se va con él, tal vez a uno de los mercados o tiendas o a la iglesia, o son para decorar una cruz, no sabemos, porque seguimos viendo cruces por muchos sitios. Más al fondo, se ve una zona cubierta que parece un mercadillo y el edificio blanco que luego visitaremos que es el Ayuntamiento. Delante de éste se distingue el templete de la música que indica que estamos a un paso del Zócalo. Por la calle circulan coches, pequeños y contaminantes “peseros” azules que es el transporte público. Las montañas por esta parte son más bajas pero sigue la misma cadena.
Dando la vuelta completa, por el último lado, sobresale la iglesia de San Juan Bautista que destaca en un mar de construcciones pobres y de ladrillo, las traseras y patios de las casas que están arreglando en su exterior. Luego iremos a visitarla.
Nos sirve una mesera de rostro original y atractivo. Me gustaría fotografiarla pero no me atrevo. Luego pensamos que es la hija del dueño, que es de raza muy oscura, casi negra, y de madre nativa, y el resultado es una belleza especial. Es tímida y amable. La comida no merece ser recordada pero tampoco es cara. Nos invitan los hijos esta vez y nos echamos a la calle a ver lo que la guía nos anuncia.
Primero nos dirigimos a la plaza y ese mercado que veíamos bajo techado, no nos parece interesante lo que expone a la venta. Seguro que no es eso a lo que se refiere la guía porque este no pasa de ser un pequeño rastro con muchos puestos vacíos.
Vemos por fuera el edificio del Ayuntamiento, pintado en blanco con toques rojos, al igual que el templete colocado delante y que nos prueba que estamos en el Zócalo. Tiene una parte baja con arcos y un segundo piso de estrechos balcones, con sus rejas. En una zona central en la parte alta sobresale un pequeño espacio donde está el reloj. Con letras grandes pone PRESIDENCIA MUNICIPAL TLAYACAPAN MOR.
Torcemos hacia la izquierda donde el paisaje y los edificios nos llaman la atención y pasamos por una zona hundida y seca a través de un puente. Algo más allá hay otro puente, de piedra, como de cuento. Imagino que son barrancos que recogerán el agua de la lluvia en las épocas en que ésta llega aunque ahora no hay ni una gota. Las casas que hay cerca son bonitas, pintadas de color rosa combinado con granate, grandes ventanas con rejas hasta abajo y en la esquina de los muros la hornacina con la imagen de un santo o de la Virgen de Guadalupe. Al otro lado árboles frondosos que dan a la zona de la torrentera y al fondo la característica montaña.
Frente a estas casas se levanta el edificio más antiguo e importante del pueblo, el de la Cerería. Es bajo, con un piso porticado y dentro un gran porche al que dan las puertas y ventanas. Tiene gran valor arquitectónico porque data del s. XVI y recibe este nombre porque, cuando se construyó y estaba en su mejor momento, era una fábrica de velas. La explicación es que esta ciudad era paso para Tenochtitlán, la capital del pueblo mexica, en el centro del actual DF, a donde se dirigían otros pueblos en peregrinación. Vemos al lado del lugar un gran cartel de cerámica, con orla de baldosas dibujadas en torno a la leyenda, que, por cierto se va deteriorando y se lee mal, donde cuenta mejor que yo la historia. Dice lo siguiente:
La Cerería
Es un edificio del siglo XVI con ampliaciones efectuadas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Originalmente fue la casa del Encomendero de la Nueva España y a principios de este siglo, durante las luchas revolucionarias, fue cuartel del General Emiliano Zapata Salazar. Durante los siglos XVIII y XIX, este edificio se utilizó como fábrica de ceras (velas, cirios, veladeras), mismas que adquieren gran fama. Es ahí de donde se deriva su nombre. La Cerería cuenta con un holgado portal con arcos de medio punto. Su interior cuenta con amplios salones y un patio interior que le da un ambiente agradable y fresco. Lo más notorio de este edificio es su enorme aljibe circular que ocupa todo un patio. Un interesante juego de gárgolas y cluctos (¿) en techos y contrafuertes recoge el agua de lluvia que la conduce a un filtro y la precipita hacia el aljibe.
El 4 de agosto de 1971 se publica en el Diario oficial del Gobierno del Estado de Morelos, el Decreto de expropiación del inmueble llamado la Cerería para que “se destine como Centro Social y Cultural para beneficio de la población de Tlayacapan” y se da inicio a la restauración en el año de 1989 y el 2 de Febrero de 1991 se reincorpora como sede de la Casa de la Cultura de Talayacapan.
Podemos dar fe nosotros de que verdaderamente ejerce como sede de cultura, pero popular. Se ha convertido también en un museo etnológico, lleno de objetos de otros tiempos, muestras de preciosos restos artesanales muy bien expuestos para su contemplación. Observamos que varias de las salas están actualmente ocupadas por las gentes del lugar, maestros y discípulos, que realizan varias actividades todas ellas relacionadas con el arte. En una de las salas que da al porche y que vemos desde fuera, están estudiando instrumentos musicales. Allí parece que se conserva un antiguo horno de pan de la época de Cortés que sólo vemos de lejos. A nuestro lado pasan madres con hijos de corta edad que llevan orgullosos en sus manos el trabajo manual que están realizando, seguramente bajo la dirección de la maestra o maestro que les espera en una habitación que da al patio. Entramos a ver todos los rincones y sobre todo el otro resto de la época hispánica, que, como anuncia el cartel, es un gran aljibe en el centro del patio más grande en cuyo fondo se ven unas aguas verdes que espero no sean también del tiempo de Cortés.
Hemos pasado para llegar allí por otro pequeño patio con unos grandes y toscos arcos, pintados en blanco por un lado y dejando ver la estructura antigua de piedra y ladrillo por el otro, en el medio del cual hay árboles que salen desde rústicos alcorques. La exposición de objetos artesanales, como los famosos árboles de la vida, en cerámica pintada de vivos colores, o la alfarería, parte de tosca factura y otra de cerámica vidriada de bonitas formas, o un gran panel donde está pintado un mural al estilo de los grandes y famosos, seguramente realizado por alumnos, o el cuadro de la Virgen de Guadalupe, adornado con guirnaldas de flores, todo nos deja un recuerdo agradable de esta visita.
Al salir todavía observamos en el porche a un grupo reducido en torno a una mesa donde está situado un tablero de ajedrez, compuesto del profesor y tres jovencitos que no parece que le harán la competencia a los grandes maestros ajedrecistas mundiales, a juzgar por el poco interés que están mostrando hoy, al menos, en esas explicaciones del entusiasta profesor. Se distraen con todo, en este caso observando a nuestro pequeño grupo.
Preguntamos a la salida por el famoso mercado de artesanía y nos remiten a la parte de atrás del Ayuntamiento. Entramos por una zona oscura que más parece un mercado, con los puestos de comida y los que ofrecen mesas a modo de bares o restaurantes, tan típicos de aquí. Seguimos hacia el final y por fin llegamos al sitio buscado. También aquí hemos visto otro cartel en cerámica, semejante al anterior pero mejor conservado, en el que se puede leer unas palabras tomadas de un cronista de indias, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) recogidas en su Historia General de las Cosas de Nueva España, orlada en su contorno con ingenuas representaciones de frutos naturales que, además de la fuente de donde procede, dice lo siguiente, referido a los alimentos que probablemente se venden igualmente hoy en este mercado:
…. Y otras tortillas que tienen dentro ají molido o carne. Y las que son untadas con ají…. Y las que están untadas con chilmolli, y las tortillas de huevo y las de masa mezcladas con miel que son como guantes, y tortillas cocidas debajo del rescoldo y otras muchas maneras de tortillas…
No sé si Carlos ha entendido algo, nosotros no mucho. Llegamos por fin a la zona del verdadero mercado de artesanía de una gran tradición y antigüedad. Es lástima que hoy están la mayoría de los puestos cerrados, lo cual quita encanto a este lugar que te trasporta en el tiempo a otras épocas. Observamos que todos los vendedores pertenecen a la población indígena y que algunos de ellos hablan entre sí en su lengua autóctona. Los puestos están fijados, bajo una arquitectura semejante rematada en arco y, los que están abiertos, ofrecen una rica variedad de cerámica, maderas pintadas, barro rústico y adornos que pueden resultar de un gusto dudoso, colocados en casa propia, pero que para verlos aquí son vistosos y originales. Me gustaría fotografiar a cada uno de estos vendedores, generalmente de edad avanzada, viejos y viejas de rostro arrugado y de piel oscura, probablemente los mismos artesanos que fabrican sus productos, pero no me atrevo, me parece una violación de su persona. Seguro que forman parte de ese 6% de la población que habla la lengua indígena.
Assela y Carlos compran dos cazuelas de barro preciosas y algunas otras pequeñas cosas, por un precio que resulta risible comparado con la artesanía en España y que tiene la parte triste de que responde a un poco desarrollo de la población, como pasaba en España en los años cuarenta y cincuenta.
Desde allí nos dirigimos hacia el monumento más importante de la ciudad, el gran ex convento de San Juan Bautista, que comprende la iglesia y en las antiguas dependencias se ha instalado un museo. Fue fundado por los Agustinos, los primeros evangelizadores del municipio, junto a las demás capillas pequeñas que hay distribuidas por la ciudad.
El enorme atrio que precede al gran edificio del convento es un parque que además de solaz, sirve de camino desde el Ayuntamiento hasta la otra parte del pueblo, si se cruza en diagonal. Tiene una hilera de inmensos árboles, que como todos los que hemos visto en todos los sitios, tienen la parte baja del tronco pintada de blanco. Entre ellos hay arbustos floridos y por el resto del lugar vemos plantados otros árboles más pequeños.
También han colocado macetones de cerámica llenos de flores vistosas que ponen una nota de color. La iglesia presenta una fachada muy alta y elegante, con tres partes horizontales, la puerta, una gran ventana en el medio, con reja y rematada en un frontón triangular y la espadaña alta en la que hay cinco grandes campanas y termina formando un triángulo en cuyo interior hay otra más pequeña.
El pavimento de la avenida central que conduce a la iglesia, está formado de piedras rústicas pero el resto es tierra y zona ajardinada y el muro de gran longitud que lo rodea es de poca altura y está rematado en ondas que le dan un aire más alegre. Por todas partes se ven las imponentes montañas de extrañas formas que rodean el pueblo. Entramos en la iglesia que no presenta ninguna característica que la haga notable y además están a punto de comenzar una misa. Hay una gran fotografía de Juan Pablo II, al que están a punto de hacer beato y que en México se le recuerda con especial afecto.
No entramos, sin embargo, al museo que sí debe de ser interesante pero preferimos salir a pasear por las calles llenas de tiendas. Leemos en la guía que el museo expone, entre otras cosas, las momias que se encontraron en la nave mayor de la iglesia y no es un aliciente especialmente atractivo en esta tranquila tarde en que predominan las ansias compradoras y consumistas a que nos han habituado en los tiempos tan lejanos a los de Cortés.
Volvemos sobre nuestros pasos para llegar hasta la calle que es a la vez carretera pero hay tanto donde entretenerse por la que hemos cogido que no vamos a alcanzarla. Aquí se están renovando muchas casas, con pinturas y mejoras en las fachadas. Vemos por ejemplo una tienda que vende de todo, como reza el cartel que la anuncia, debajo del nombre propio anuncian: SALSAS, LICORES, CREMAS DE FRUTAS y al otro lado está escrito MUEBLES Y ARTESANÍAS. ¿Quién da más?
Entramos en una nevería a tomar un helado. Es un local pequeño donde todo, mostradores, bancos, mesas y taburetes, están formados de madera artesanalmente labrada formando relieves de frutas, y luego pintadas en colores vivos. Los nombres de los gustos de los helados, como ya vimos en el pueblo cercano, siguen siendo tan poéticos.
Una gran tienda en la misma calle nos hace pasar un buen rato observando sus productos y los jóvenes compran unas lámparas rústicas y algo más allá una estera redonda de palma con bonitos juegos de colores para su casa.
Sentada en el poyete de su casa y apoyada en el quicio de la puerta, a la que se sube por tres escaleras de altos peldaños, está una mujer, de rasgos indígenas, de edad avanzada pero indeterminada, con una expresión de tristeza en su cara. A ella le preocupa poco la artesanía que nos atrae a nosotros, y que tal vez ha realizado cotidianamente y por poco dinero a lo largo de su vida, pero el rostro impenetrable que en esta tarde muestra, no nos permite conjeturar lo que pasa por su pensamiento.
Leemos que hay muchas capillas, algunas de las cuales parece que se construyeron en antiguos lugares aztecas dedicados al culto del sol pero sólo vemos por fuera una de ellas, situada al lado del cementerio. La calle principal está cortada para permitir el paso de alguna procesión o festejo festivo y desistimos de buscar más.
Iniciamos el viaje de vuelta y elegimos la carretera libre, yendo más despacio y disfrutando de lo que sale al paso, como por ejemplo un grupo de ocas y un poco más allá unos cuantos jóvenes que cabalgan sobre unos mulos, además de casas de campo curiosas y una visión mejor del paisaje. Volvemos a reconocer Tepozplan y sus montañas y entramos finalmente en Cuernavaca a descansar del bonito e interesante día pasado en este pueblo que es considerado uno de los mágicos de Morelos.
Assela Alamillo Sanz
México. Domingo 1 Mayo
Estamos en Cuernavaca en un día de transición. Ellos no suelen pasar el domingo aquí y han oído hablar de un mercadillo que no conocen. Me ofrezco enseguida a acompañarlos y Rafa, en cambio, se queda tranquilo con los perros leyendo en el jardín. El mercadillo, en efecto, existe, pero no es interesante como tal vez ellos esperaban. A mí me resulta curioso observar estos sitios. Se vende de todo, como un rastro. Aquí no hay artesanía. Puedes encontrar ropa de dudosa calidad o aparentemente nueva, calzados, frutas y verduras de todo tipo, fríjoles, otros productos que no reconozco, en bolsas de plástico o en cestos a granel y también carne, las grandes cecinas, esas piezas planas de carne, amontonadas y al aire o bien pollo, cortado en cuartos y metidos en una vitrina-mostrador de paredes de cristal que no tiene ninguna pinta de estar refrigerada. También veo una cabeza de cerdo que cuelga de un gancho en uno de los tenderetes que anuncia “Ricas carnitas” además de otras piezas de carne, no sé si del mismo animal, que cuelgan igualmente al otro lado. Venden en otro puesto grandes trozos de cortezas de cerdo, que les gusta mucho. Por supuesto bebidas de todo tipo, aguas, como se las llama, tortillas que van haciendo las mujeres en esa especie de estufas con una plancha arriba y carbones encendidos bajo, donde se asan, tacos, quesadillas y otras masas que, además de llevártelas a casa, lo más típico es desayunarlas allí mismo, en mesas largas, cubiertas por plásticos de colores, y siempre llenas de gente que toma todos estos productos. Debe de ser algo así como el desayuno de los pobres, el equivalente a los elegantes desayunos en los bonitos hoteles que tanto frecuenta la clase media y alta. En un puesto de flores compran los hijoss dos magníficas macetas llenas de flores por un precio que en España no nos hubiera dado ni para una petunia pequeña. En las casas que dan a la zona donde se instala el mercadillo, sus dueños dejan usar el wc por un módico precio. También parece que alquilan el patio donde se instalan las mesas para que el público se siente a desayunar o comer.
Cuando salimos de allí me dan un paseo en coche por el barrio Cortés, un barrio elegante que contrarresta la visión popular del mercadillo, y uno de los pocos sitios donde se conserva el apellido del extremeño conquistador aunque nadie es consciente de ello. Se ven casas y lugares muy bonitos y variados. Nos paseamos por plazas y calles solitarias, admirando a veces sólo los muros exteriores de los chalets, que, aun así, los hay muy curiosos, combinando con gusto materiales naturales de maneras armoniosas.
Uno de los caminos casi obligados para volver a nuestro barrio, en Chamilpa, es hacerlo por la calle llamada de los tabachines, esos preciosos árboles que siguen estando en flor y que tanto alegran la calle, los plantados en las aceras y los que sobresalen a través de las tapias de jardines particulares. Es una especie que no se conoce en España pero esta tierra es, claramente, su hábitat natural porque hay por todas las partes y la mejor época evidentemente es ahora porque estan en flor.
Hay paseos muy arreglados, recientemente según me informan, que tienen en el medio una zona ajardinada y en la que cada poco trecho hay una fuente o un pequeño surtidor. En cambio pasamos también por una zona de aspecto abandonado aunque en todas partes se puede encontrar un detalle interesante o curioso. Por ejemplo, en el edificio que parece una escuela abandonada, veo un mural bien conservado y le hago una foto. No lleva la firma de un Orozco ni Siqueiros pero es una muestra más de ese impulso artístico mexicano que les lleva a plasmar en murales todo lo que sienten o proyectan y no digamos su propia historia. Un poco más arriba de la misma calle, en otro local cubierto por un pórtico, y protegido por una verja de hierro, descubro más pinturas murales, de colores vivos, que parecen celebrar un centenario porque están escritas dos fechas, 1910 y al otro lado 2010. En el medio un personaje muy mal pintado, con el ancho gorro charro, empuña un fusil y lleva las municiones en torno a su pecho. Por allí delante pasa en ese momento una mujer pobremente vestida, con una bolsa llena de cosas en cada mano, probablemente con productos para vender, y una manta enrollada a la espalda donde lleva a un niño pequeño. Es la vida cotidiana que, vista desde un coche propio, se percibe con menos implicación. Esto es México, supongo, además de otras muchas cosas.
La comida la hacemos en casa y la tarde discurre tranquila y plácida, cada uno con sus obligaciones.
El lunes día 2 de mayo Assela y Carlos por la tarde, que ya están libres, nos dan otro gran paseo y en principio repetimos el barrio Cortés, para que lo vea Rafael. Yo aprovecho para hacer alguna foto pidiéndole que pare de vez en cuando para evitar el riesgo de que salga movida. Muchas veces no se ve la casa porque está oculta detrás de grandes y protectores muros pero otras veces si aparece, con arquitecturas a veces originales y complicadas y entre ellas las hay muy bonitas, como por ejemplo una con los colores que más se repiten en esta zona, que son el amarillo fuerte combinado con rayas azul casi añil.
Encima de una puerta de entrada de una de las casas del barrio Cortés leemos un gran cartel en colores y con letras mayúsculas que dice: SEÑORES RATEROS. YA VAN TRES VECES. ¿CUÁNTAS FALTAN?
Es una manera irónica y original de tomarse una situación incómoda y desagradable, la de que a uno le entren a robar, pero dudamos si eficaz. Cerca de este barrio, en una de las barrancas que atraviesan el casco urbano de la ciudad, hay un barrio de los que no merece la pena ni sería prudente visitar. Una vez más los contrastes que por otra parte los hay en todas las ciudades.
Vamos a ver la iglesia de uno de los pueblos anexionados a la ciudad que se llama Tetela del Monte y nos llevamos una inesperada y magnífica impresión. La zona es un verdadero barrio popular. Al lado de donde hemos dejado el coche, vemos aparcar otros dos de donde sale un grupo de ocho mariachis, que ya llevan puestos incluso los gorros y que se dirigen hacia una casa cercana donde probablemente se va a celebrar una fiesta. Aquí lo de pertenecer a un grupo de mariachis es un oficio, como otro cualquiera.
La iglesia está cerrada. Es sencilla, con una sola torre, mal pintada, como todas las que vemos en general por aquí. Tiene un frontón triangular sobre la puerta de entrada y unos relieves a cada lado también rematados por pequeños triángulos. Pero lo más sorprendente es que el atrio o recinto que la rodea, con grandes árboles formando un paseo, está cercado por un artístico muro combinado con rejería con formas redondeadas y curiosas que parecen directamente diseñadas por el propio Gaudí. Las puertas son redondas, con unas rejas que no se pueden calificar ni modernismo ni ningún otro estilo determinado sino algo propio de una inspiración artística particular. Es la creación de un artista original, como ocurre con el genial arquitecto catalán. Cada lado es distinto, con volutas, giros, huecos, ventanas redondas por alguna de las cuales sale la rama de un árbol. Apoyadas en un muro están las tres cruces de madera que veremos en todas las iglesias estos días, resultado de las ceremonias de la Semana Santa.
Hay varias mujeres que están sentadas en el poyete que sale del propio muro que rodea la iglesia. Pensamos que tal vez esperan la llegada de un autobús escolar, para recoger a sus niños, pero es también posible que sencillamente pasen la tarde en la calle viendo pasar a gente como nosotros. Unos chavales jovencitos juegan por los recovecos que hace el muro, en la parte trasera de la iglesia. Por allí hay casas bonitas, pintadas de vivos colores y con aspecto de que vive en ella gente de distintas clases sociales y otras de aspecto más humilde. Al intentar salir, nos metemos en una calle sin salida, sin que nadie de los que se han dado cuenta de la maniobra del coche, nos advierta de eso. La calle termina en una pequeña plazoleta donde hay una capillita llena de santos, con las puertas abiertas y dos mujeres sentadas en unas sillas de terraza rezando frente a las imágenes. Tenemos que dar la vuelta y volver por el mismo camino. Nos habría gustado visitar el cementero de Tetela pero no es posible encontrar un aparcamiento y tenemos que desistir.
Ya nos habíamos hecho la idea de visitar un cementerio, uno de los lugares más representativos de las costumbres de este país, por su tipismo e imaginación. Nos dirigimos a OCOTEPEC, el pueblo con personalidad propia que está al lado de Chamilpa, donde empezamos la visita en el cementerio, separado de la carretera por un pequeño muro y una puerta con una leyenda: lugar donde terminan las penas y comiensan los recuerdos. (la falta de ortografía incluida, aquí no diferencian entre la s y la z como en España no se diferencia entre la b y la v al pronunciarla)
Entramos a este curioso lugar, lleno de capillitas y otros pequeños monumentos en lugar de lápidas convencionales, levantados encima del trozo de tierra correspondiente bajo el cual está el ataúd. Arriba la imaginación y el colorido impera. Cada uno le hace la pequeña construcción que le habría gustado al finado. Vemos desde una especie de recargada catedral a una iglesia modernísima, todo en miniatura, como si fuera una ciudad de los pequeños. Otros elementos son más sobrios peros siempre hay flores y guirnaldas de plástico. Hay por allí mujeres que andan cambiando las flores de sus tumbas, en todas las cuales se puede leer el nombre y los datos de la persona que allí reposa. Por lo general no está muy limpio porque las flores viejas yacen por los caminos que están llenos de hierba. Me meto entre esa misteriosa y fantástica ciudad que constituye el cementerio y hago muchas fotos, todas distintas entre sí, con un sello personal que va desde el más humilde de los monumentos construido con materiales de construcción corrientes y cotidianos, hasta la capilla de vivos colores.
Se te viene el adjetivo kitsch a la cabeza a la vista del conjunto, pero al tiempo el respeto a la tradición finisecular del culto a los muertos, expresada a lo largo de los tiempos de tan diferentes modos y encarada bajo distintas convicciones y manifestaciones externas propias.
Vamos hacia la iglesia del pueblo. También está rodeada por un muro que protege el atrio y que es una zona ajardinada. En este caso la puerta de entrada es de una construcción mucho más sencilla y tiene una buena reja. Al traspasarla entramos directamente en un paseo de palmeras que lleva hasta la misma iglesia. Tenemos la suerte de que está abierta porque se acaba de celebrar algún acto. Una familia de aspecto elegante está en la puerta charlando distendidamente y sin aspecto de tener prisa. En la puerta cuelgan unas grandes cintas azules como también vimos en las iglesias de Puebla. En su interior vemos una imaginería que no nos gusta, como ya nos ha pasado en otras, no es realista, parecen muñecos vestidos sin ningún verismo.
La fachada es bonita, barroca, con dos pares de columnas a cada lado de la puerta, adosadas a ella y recargadas de ornamentación, que terminan en unos pináculos también pegados al muro. Entre las columnas están dos imágenes de santos en sus hornacinas. Encima hay una ventana con reja enmarcada con pilastras y más arriba, como remate, una pequeña cámara con columnas estrechas y arcos. Nos recuerda un poco a la de la Conchita en el DF. Según reza la leyenda que en piedra está puesta en relieve sobre la puerta y que conseguimos leer esta es la iglesia de la Transfiguración.
Me doy cuenta que se puede ir por un lateral y descubro un precioso y recoleto patio o antiguo claustro, al que se entra a través de un porche en piedra oscura. En un lado de este bonito recinto que tiene una fuente en medio, hay una parejita que se creía a buen recaudo de mirones, pero el descubrimiento de tan bonito lugar no puede ni debe hurtarse a la mirada de los turistas así que llamo a la familia para que vengan a conocerlo y hacernos la consabida foto recuerdo en el lugar. La pareja acaba marchándose a buscar otro lugar más tranquilo.
Desde aquí se ve bien la torre de la iglesia, labrada, y en su entorno hay preciosas flores de ibiscus que aquí llaman tulipanes y otras flores que crecen por los grises muros de piedra.
La tarde llega a su fin y al volver a la entrada la iglesia ya está cerrada y la familia se ha ido. El sol ilumina la fachada y crea una atmósfera de las que embellecen lo cotidiano, aunque este lugar no es precisamente un lugar que se vea todos los días.
Como contraste en una casa de la misma calle donde está el atrio de la iglesia vemos un cartel delante de la puerta de entrada que no puedo dejar de fotografiar y aquí de transcribir Al lado de la señal de prohibido, la E con la línea diagonal pone: SE PONCHAN LLANTAS GRATIS. Una manera distinta de disuadir a la gente a que aparque delante de su puerta, en lo que en otros países de Europa habría un vado que supondría para el estado el ingreso de una tasa o impuest, pero aquí no existe.
Nos volvemos al fraccionamiento y paseamos un poco por ella con los chicos que sacan a los perros fijándome, yo al menos, en jardines, casas, tapias y a veces detalles pequeños que son curiosos, como las imitaciones de Gaudí en una casa, con un pequeño zócalo de fragmentos de ladrillo o el recuerdo de la cerámica de Puebla
o la curiosa disposición de las piedras en los muros, en los que a veces uno se encuentra una piedra labrada que representa una figura, como el Sol.
Todas estas cosas nos las llevaremos en el recuerdo.
El martes 3 de mayo aparece nublado. Los chicos empiezan muy pronto su trabajo y yo también me dedico desde pronto al mío particular que es limpiar y dejar lo mejor posible el jardín de la casa, que está muy descuidado. Hoy suenan truenos o petardos por todo el barrio. Tal vez se conmemora la fiesta de las Cruces, que tiene que ver con el gremio de la construcción, porque vamos a ver cruces cubiertas de flores en obras aún sin terminar y colocadas en otros lugares de la ciudad. El perro tiene miedo y busca nuestra protección. Después del trabajo y del desayuno, viene Assela hacia las once y nos propone ir a seguir viendo la ciudad de Cuernavaca, de la que aún faltan por conocer muchas cosas.
Siempre que pasamos por la Avda Zapata me llama la atención una iglesia pintada que sólo vemos de paso. Ahora aparcamos al otro lado de la calle porque allí cerca está la Uninter, la Universidad Internacional, privada, donde Assela da clases del máster que nos la quiere mostrar y así aprovecharemos para ir también a la otra.
Nos metemos por una calle a la derecha de la Avenida y aparcamos al lado de otra iglesia, la de San Jerónimo, que da nombre al barrio y que hoy está cerrada en el templo y en el atrio. Es del estilo de las que vimos ayer y a través de la verja de la entrada le hago una fotografía. Tiene la fachada barroca, y sencilla. Está en alto porque es un terreno irregular y grandes árboles que han tenido que ser cortados en alguna de sus ramas. Un hombre provisto de una cruz de flores trepa por uno de sus muros y la coloca allí arriba.
Las casas de alrededor son distintas entre sí y conjuntan sin embargo formando grupos armónicos. Una tienda se abre en un hueco irregular que queda en una esquina de dos calles. Los árboles se salen de sus jardines y extienden la sombra de sus ramas sobre la calle.
Cruzamos la avda Zapata por el puente metálico peatonal por arriba de la calzada pero debemos de ser los únicos en mucho tiempo porque no tiene trazas de ser usado, la gente prefiere atravesar a pelo las dos partes de la calle tan transitada, que será lo que hagamos también nosotros a la salida. Entramos por fin al atrio de esta iglesia dedicada a una advocación de la Virgen que tiene un amplio atrio ajardinado, como todas donde, a pesar del tráfico cercano, se respira tranquilidad y es agradable. Hay rastros todavía de actividades recientes, como las tres grandes cruces de madera apoyadas en la tapia o un tablero a modo de escenario que no han recogido. La sorpresa es que no es una sino dos las iglesias que hay en el recinto. La segunda, más pequeña, sin pintar, y adosada a la otra, es, según dice una placa de cerámica incrustado en la fachada: Sn. José de Tlatlemango,
Primera Capilla de América Continental
Según títulos del Pueblo
1521-1523
Sociedad de Amigos del Museo de Cuauhnahuac
Ésta segunda, como todas las que hemos visto, está descuidada de pintura y tiene una arquitectura sobria, con una pequeña torre que, como la fachada, está rematada por sendas cruces de piedra. La iglesia nueva, en cambio, muy pintada en amarillo ocre y rojo apagado, tiene un interior en el que nada destaca salvo constatar la devoción a la Virgen de Guadalupe a la que se le dedica una capilla lateral, como en casi todas las iglesias de México.
Seguimos en el atrio y al fondo de él hay una zona cubierta y decorada con un gran mural. No me atrevo a acercarme mucho porque en el banco de piedra al lado del pequeño claustro de la iglesia vieja, duerme un hombre echado sobre él. Representa hechos históricos a un lado y ceremonias al otro y un pergamino, pintado, en el medio, que no podemos leer por la distancia. El mural está protegido por una rústica tela metálica.
Después de retomar el coche nos conduce al centro histórico, a la plaza del Zócalo, donde nos dirigimos en directo a conocer el mercado de artesanía que está al lado del palacio de Cortés. Es una maravilla y daría para tiempo y tiempo y ni siquiera gastando mucho dinero porque los precios son asequibles. Una se acuerda de todos los seres queridos y le gustaría llevar a cada uno algo. Se encuentra todo lo que uno puede conocer acerca de la artesanía de México, y de todos los materiales posibles. Yo compro, claro. Volvemos algo tarde a casa. Hoy no había luz, la han cortado por arreglos en la red de esa zona y peligra la visión de un importante partido de futbol. Efectivamente, al llegar constatamos que sigue sin haber y en vista de la situación, Carlos se vuelve a la Universidad después de tomar solo un taco de los suyos y nosotros comemos tranquilamente la comida a la española que yo he preparado. La tarde es tranquila y casera.
El miércoles, 4 de mayo, es el día peor de trabajo para los hijos, así que nos dedicamos a la casa y a seguir mejorando el jardín para que, además de nuestro recuerdo, les quede una mejora palpable aunque efímera.
Estamos en Cuernavaca en un día de transición. Ellos no suelen pasar el domingo aquí y han oído hablar de un mercadillo que no conocen. Me ofrezco enseguida a acompañarlos y Rafa, en cambio, se queda tranquilo con los perros leyendo en el jardín. El mercadillo, en efecto, existe, pero no es interesante como tal vez ellos esperaban. A mí me resulta curioso observar estos sitios. Se vende de todo, como un rastro. Aquí no hay artesanía. Puedes encontrar ropa de dudosa calidad o aparentemente nueva, calzados, frutas y verduras de todo tipo, fríjoles, otros productos que no reconozco, en bolsas de plástico o en cestos a granel y también carne, las grandes cecinas, esas piezas planas de carne, amontonadas y al aire o bien pollo, cortado en cuartos y metidos en una vitrina-mostrador de paredes de cristal que no tiene ninguna pinta de estar refrigerada. También veo una cabeza de cerdo que cuelga de un gancho en uno de los tenderetes que anuncia “Ricas carnitas” además de otras piezas de carne, no sé si del mismo animal, que cuelgan igualmente al otro lado. Venden en otro puesto grandes trozos de cortezas de cerdo, que les gusta mucho. Por supuesto bebidas de todo tipo, aguas, como se las llama, tortillas que van haciendo las mujeres en esa especie de estufas con una plancha arriba y carbones encendidos bajo, donde se asan, tacos, quesadillas y otras masas que, además de llevártelas a casa, lo más típico es desayunarlas allí mismo, en mesas largas, cubiertas por plásticos de colores, y siempre llenas de gente que toma todos estos productos. Debe de ser algo así como el desayuno de los pobres, el equivalente a los elegantes desayunos en los bonitos hoteles que tanto frecuenta la clase media y alta. En un puesto de flores compran los hijoss dos magníficas macetas llenas de flores por un precio que en España no nos hubiera dado ni para una petunia pequeña. En las casas que dan a la zona donde se instala el mercadillo, sus dueños dejan usar el wc por un módico precio. También parece que alquilan el patio donde se instalan las mesas para que el público se siente a desayunar o comer.
Cuando salimos de allí me dan un paseo en coche por el barrio Cortés, un barrio elegante que contrarresta la visión popular del mercadillo, y uno de los pocos sitios donde se conserva el apellido del extremeño conquistador aunque nadie es consciente de ello. Se ven casas y lugares muy bonitos y variados. Nos paseamos por plazas y calles solitarias, admirando a veces sólo los muros exteriores de los chalets, que, aun así, los hay muy curiosos, combinando con gusto materiales naturales de maneras armoniosas.
Uno de los caminos casi obligados para volver a nuestro barrio, en Chamilpa, es hacerlo por la calle llamada de los tabachines, esos preciosos árboles que siguen estando en flor y que tanto alegran la calle, los plantados en las aceras y los que sobresalen a través de las tapias de jardines particulares. Es una especie que no se conoce en España pero esta tierra es, claramente, su hábitat natural porque hay por todas las partes y la mejor época evidentemente es ahora porque estan en flor.
Hay paseos muy arreglados, recientemente según me informan, que tienen en el medio una zona ajardinada y en la que cada poco trecho hay una fuente o un pequeño surtidor. En cambio pasamos también por una zona de aspecto abandonado aunque en todas partes se puede encontrar un detalle interesante o curioso. Por ejemplo, en el edificio que parece una escuela abandonada, veo un mural bien conservado y le hago una foto. No lleva la firma de un Orozco ni Siqueiros pero es una muestra más de ese impulso artístico mexicano que les lleva a plasmar en murales todo lo que sienten o proyectan y no digamos su propia historia. Un poco más arriba de la misma calle, en otro local cubierto por un pórtico, y protegido por una verja de hierro, descubro más pinturas murales, de colores vivos, que parecen celebrar un centenario porque están escritas dos fechas, 1910 y al otro lado 2010. En el medio un personaje muy mal pintado, con el ancho gorro charro, empuña un fusil y lleva las municiones en torno a su pecho. Por allí delante pasa en ese momento una mujer pobremente vestida, con una bolsa llena de cosas en cada mano, probablemente con productos para vender, y una manta enrollada a la espalda donde lleva a un niño pequeño. Es la vida cotidiana que, vista desde un coche propio, se percibe con menos implicación. Esto es México, supongo, además de otras muchas cosas.
La comida la hacemos en casa y la tarde discurre tranquila y plácida, cada uno con sus obligaciones.
El lunes día 2 de mayo Assela y Carlos por la tarde, que ya están libres, nos dan otro gran paseo y en principio repetimos el barrio Cortés, para que lo vea Rafael. Yo aprovecho para hacer alguna foto pidiéndole que pare de vez en cuando para evitar el riesgo de que salga movida. Muchas veces no se ve la casa porque está oculta detrás de grandes y protectores muros pero otras veces si aparece, con arquitecturas a veces originales y complicadas y entre ellas las hay muy bonitas, como por ejemplo una con los colores que más se repiten en esta zona, que son el amarillo fuerte combinado con rayas azul casi añil.
Encima de una puerta de entrada de una de las casas del barrio Cortés leemos un gran cartel en colores y con letras mayúsculas que dice: SEÑORES RATEROS. YA VAN TRES VECES. ¿CUÁNTAS FALTAN?
Es una manera irónica y original de tomarse una situación incómoda y desagradable, la de que a uno le entren a robar, pero dudamos si eficaz. Cerca de este barrio, en una de las barrancas que atraviesan el casco urbano de la ciudad, hay un barrio de los que no merece la pena ni sería prudente visitar. Una vez más los contrastes que por otra parte los hay en todas las ciudades.
Vamos a ver la iglesia de uno de los pueblos anexionados a la ciudad que se llama Tetela del Monte y nos llevamos una inesperada y magnífica impresión. La zona es un verdadero barrio popular. Al lado de donde hemos dejado el coche, vemos aparcar otros dos de donde sale un grupo de ocho mariachis, que ya llevan puestos incluso los gorros y que se dirigen hacia una casa cercana donde probablemente se va a celebrar una fiesta. Aquí lo de pertenecer a un grupo de mariachis es un oficio, como otro cualquiera.
La iglesia está cerrada. Es sencilla, con una sola torre, mal pintada, como todas las que vemos en general por aquí. Tiene un frontón triangular sobre la puerta de entrada y unos relieves a cada lado también rematados por pequeños triángulos. Pero lo más sorprendente es que el atrio o recinto que la rodea, con grandes árboles formando un paseo, está cercado por un artístico muro combinado con rejería con formas redondeadas y curiosas que parecen directamente diseñadas por el propio Gaudí. Las puertas son redondas, con unas rejas que no se pueden calificar ni modernismo ni ningún otro estilo determinado sino algo propio de una inspiración artística particular. Es la creación de un artista original, como ocurre con el genial arquitecto catalán. Cada lado es distinto, con volutas, giros, huecos, ventanas redondas por alguna de las cuales sale la rama de un árbol. Apoyadas en un muro están las tres cruces de madera que veremos en todas las iglesias estos días, resultado de las ceremonias de la Semana Santa.
Hay varias mujeres que están sentadas en el poyete que sale del propio muro que rodea la iglesia. Pensamos que tal vez esperan la llegada de un autobús escolar, para recoger a sus niños, pero es también posible que sencillamente pasen la tarde en la calle viendo pasar a gente como nosotros. Unos chavales jovencitos juegan por los recovecos que hace el muro, en la parte trasera de la iglesia. Por allí hay casas bonitas, pintadas de vivos colores y con aspecto de que vive en ella gente de distintas clases sociales y otras de aspecto más humilde. Al intentar salir, nos metemos en una calle sin salida, sin que nadie de los que se han dado cuenta de la maniobra del coche, nos advierta de eso. La calle termina en una pequeña plazoleta donde hay una capillita llena de santos, con las puertas abiertas y dos mujeres sentadas en unas sillas de terraza rezando frente a las imágenes. Tenemos que dar la vuelta y volver por el mismo camino. Nos habría gustado visitar el cementero de Tetela pero no es posible encontrar un aparcamiento y tenemos que desistir.
Ya nos habíamos hecho la idea de visitar un cementerio, uno de los lugares más representativos de las costumbres de este país, por su tipismo e imaginación. Nos dirigimos a OCOTEPEC, el pueblo con personalidad propia que está al lado de Chamilpa, donde empezamos la visita en el cementerio, separado de la carretera por un pequeño muro y una puerta con una leyenda: lugar donde terminan las penas y comiensan los recuerdos. (la falta de ortografía incluida, aquí no diferencian entre la s y la z como en España no se diferencia entre la b y la v al pronunciarla)
Entramos a este curioso lugar, lleno de capillitas y otros pequeños monumentos en lugar de lápidas convencionales, levantados encima del trozo de tierra correspondiente bajo el cual está el ataúd. Arriba la imaginación y el colorido impera. Cada uno le hace la pequeña construcción que le habría gustado al finado. Vemos desde una especie de recargada catedral a una iglesia modernísima, todo en miniatura, como si fuera una ciudad de los pequeños. Otros elementos son más sobrios peros siempre hay flores y guirnaldas de plástico. Hay por allí mujeres que andan cambiando las flores de sus tumbas, en todas las cuales se puede leer el nombre y los datos de la persona que allí reposa. Por lo general no está muy limpio porque las flores viejas yacen por los caminos que están llenos de hierba. Me meto entre esa misteriosa y fantástica ciudad que constituye el cementerio y hago muchas fotos, todas distintas entre sí, con un sello personal que va desde el más humilde de los monumentos construido con materiales de construcción corrientes y cotidianos, hasta la capilla de vivos colores.
Se te viene el adjetivo kitsch a la cabeza a la vista del conjunto, pero al tiempo el respeto a la tradición finisecular del culto a los muertos, expresada a lo largo de los tiempos de tan diferentes modos y encarada bajo distintas convicciones y manifestaciones externas propias.
Vamos hacia la iglesia del pueblo. También está rodeada por un muro que protege el atrio y que es una zona ajardinada. En este caso la puerta de entrada es de una construcción mucho más sencilla y tiene una buena reja. Al traspasarla entramos directamente en un paseo de palmeras que lleva hasta la misma iglesia. Tenemos la suerte de que está abierta porque se acaba de celebrar algún acto. Una familia de aspecto elegante está en la puerta charlando distendidamente y sin aspecto de tener prisa. En la puerta cuelgan unas grandes cintas azules como también vimos en las iglesias de Puebla. En su interior vemos una imaginería que no nos gusta, como ya nos ha pasado en otras, no es realista, parecen muñecos vestidos sin ningún verismo.
La fachada es bonita, barroca, con dos pares de columnas a cada lado de la puerta, adosadas a ella y recargadas de ornamentación, que terminan en unos pináculos también pegados al muro. Entre las columnas están dos imágenes de santos en sus hornacinas. Encima hay una ventana con reja enmarcada con pilastras y más arriba, como remate, una pequeña cámara con columnas estrechas y arcos. Nos recuerda un poco a la de la Conchita en el DF. Según reza la leyenda que en piedra está puesta en relieve sobre la puerta y que conseguimos leer esta es la iglesia de la Transfiguración.
Me doy cuenta que se puede ir por un lateral y descubro un precioso y recoleto patio o antiguo claustro, al que se entra a través de un porche en piedra oscura. En un lado de este bonito recinto que tiene una fuente en medio, hay una parejita que se creía a buen recaudo de mirones, pero el descubrimiento de tan bonito lugar no puede ni debe hurtarse a la mirada de los turistas así que llamo a la familia para que vengan a conocerlo y hacernos la consabida foto recuerdo en el lugar. La pareja acaba marchándose a buscar otro lugar más tranquilo.
Desde aquí se ve bien la torre de la iglesia, labrada, y en su entorno hay preciosas flores de ibiscus que aquí llaman tulipanes y otras flores que crecen por los grises muros de piedra.
La tarde llega a su fin y al volver a la entrada la iglesia ya está cerrada y la familia se ha ido. El sol ilumina la fachada y crea una atmósfera de las que embellecen lo cotidiano, aunque este lugar no es precisamente un lugar que se vea todos los días.
Como contraste en una casa de la misma calle donde está el atrio de la iglesia vemos un cartel delante de la puerta de entrada que no puedo dejar de fotografiar y aquí de transcribir Al lado de la señal de prohibido, la E con la línea diagonal pone: SE PONCHAN LLANTAS GRATIS. Una manera distinta de disuadir a la gente a que aparque delante de su puerta, en lo que en otros países de Europa habría un vado que supondría para el estado el ingreso de una tasa o impuest, pero aquí no existe.
Nos volvemos al fraccionamiento y paseamos un poco por ella con los chicos que sacan a los perros fijándome, yo al menos, en jardines, casas, tapias y a veces detalles pequeños que son curiosos, como las imitaciones de Gaudí en una casa, con un pequeño zócalo de fragmentos de ladrillo o el recuerdo de la cerámica de Puebla
o la curiosa disposición de las piedras en los muros, en los que a veces uno se encuentra una piedra labrada que representa una figura, como el Sol.
Todas estas cosas nos las llevaremos en el recuerdo.
El martes 3 de mayo aparece nublado. Los chicos empiezan muy pronto su trabajo y yo también me dedico desde pronto al mío particular que es limpiar y dejar lo mejor posible el jardín de la casa, que está muy descuidado. Hoy suenan truenos o petardos por todo el barrio. Tal vez se conmemora la fiesta de las Cruces, que tiene que ver con el gremio de la construcción, porque vamos a ver cruces cubiertas de flores en obras aún sin terminar y colocadas en otros lugares de la ciudad. El perro tiene miedo y busca nuestra protección. Después del trabajo y del desayuno, viene Assela hacia las once y nos propone ir a seguir viendo la ciudad de Cuernavaca, de la que aún faltan por conocer muchas cosas.
Siempre que pasamos por la Avda Zapata me llama la atención una iglesia pintada que sólo vemos de paso. Ahora aparcamos al otro lado de la calle porque allí cerca está la Uninter, la Universidad Internacional, privada, donde Assela da clases del máster que nos la quiere mostrar y así aprovecharemos para ir también a la otra.
Nos metemos por una calle a la derecha de la Avenida y aparcamos al lado de otra iglesia, la de San Jerónimo, que da nombre al barrio y que hoy está cerrada en el templo y en el atrio. Es del estilo de las que vimos ayer y a través de la verja de la entrada le hago una fotografía. Tiene la fachada barroca, y sencilla. Está en alto porque es un terreno irregular y grandes árboles que han tenido que ser cortados en alguna de sus ramas. Un hombre provisto de una cruz de flores trepa por uno de sus muros y la coloca allí arriba.
Las casas de alrededor son distintas entre sí y conjuntan sin embargo formando grupos armónicos. Una tienda se abre en un hueco irregular que queda en una esquina de dos calles. Los árboles se salen de sus jardines y extienden la sombra de sus ramas sobre la calle.
Cruzamos la avda Zapata por el puente metálico peatonal por arriba de la calzada pero debemos de ser los únicos en mucho tiempo porque no tiene trazas de ser usado, la gente prefiere atravesar a pelo las dos partes de la calle tan transitada, que será lo que hagamos también nosotros a la salida. Entramos por fin al atrio de esta iglesia dedicada a una advocación de la Virgen que tiene un amplio atrio ajardinado, como todas donde, a pesar del tráfico cercano, se respira tranquilidad y es agradable. Hay rastros todavía de actividades recientes, como las tres grandes cruces de madera apoyadas en la tapia o un tablero a modo de escenario que no han recogido. La sorpresa es que no es una sino dos las iglesias que hay en el recinto. La segunda, más pequeña, sin pintar, y adosada a la otra, es, según dice una placa de cerámica incrustado en la fachada: Sn. José de Tlatlemango,
Primera Capilla de América Continental
Según títulos del Pueblo
1521-1523
Sociedad de Amigos del Museo de Cuauhnahuac
Ésta segunda, como todas las que hemos visto, está descuidada de pintura y tiene una arquitectura sobria, con una pequeña torre que, como la fachada, está rematada por sendas cruces de piedra. La iglesia nueva, en cambio, muy pintada en amarillo ocre y rojo apagado, tiene un interior en el que nada destaca salvo constatar la devoción a la Virgen de Guadalupe a la que se le dedica una capilla lateral, como en casi todas las iglesias de México.
Seguimos en el atrio y al fondo de él hay una zona cubierta y decorada con un gran mural. No me atrevo a acercarme mucho porque en el banco de piedra al lado del pequeño claustro de la iglesia vieja, duerme un hombre echado sobre él. Representa hechos históricos a un lado y ceremonias al otro y un pergamino, pintado, en el medio, que no podemos leer por la distancia. El mural está protegido por una rústica tela metálica.
Después de retomar el coche nos conduce al centro histórico, a la plaza del Zócalo, donde nos dirigimos en directo a conocer el mercado de artesanía que está al lado del palacio de Cortés. Es una maravilla y daría para tiempo y tiempo y ni siquiera gastando mucho dinero porque los precios son asequibles. Una se acuerda de todos los seres queridos y le gustaría llevar a cada uno algo. Se encuentra todo lo que uno puede conocer acerca de la artesanía de México, y de todos los materiales posibles. Yo compro, claro. Volvemos algo tarde a casa. Hoy no había luz, la han cortado por arreglos en la red de esa zona y peligra la visión de un importante partido de futbol. Efectivamente, al llegar constatamos que sigue sin haber y en vista de la situación, Carlos se vuelve a la Universidad después de tomar solo un taco de los suyos y nosotros comemos tranquilamente la comida a la española que yo he preparado. La tarde es tranquila y casera.
El miércoles, 4 de mayo, es el día peor de trabajo para los hijos, así que nos dedicamos a la casa y a seguir mejorando el jardín para que, además de nuestro recuerdo, les quede una mejora palpable aunque efímera.
MÉXICO. 29 VIERNES. ÚLTIMOS DÍAS
Estamos ya en estricta familia, padres e hijos. Hemos despedido a los amigos que sabemos han llegado bien a Madrid y, después de pasar la tarde del 28 en la casa de Nelia madre, donde hemos conocido a sus hermanas, Berta y Gina, a la madre que tiene la cabeza perdida aunque sigue vital, al tío Agustín, hermano de ellas, a algún cuñado y sobrino, nos volvemos a dormir a casa de Carlos.
Hoy es viernes y Carlos se va a trabajar. Para los chicos es su último día de vacaciones. Mañana ya es un fin de semana normal. Hoy vamos a aprovechar la jornada para conocer algo más del DF que tiene mucho que ver todavía. El objetivo es ir a visitar el nuevo Museo Soumaya, la fundación que ha donado el multimillonario Carlos Slim, con una pequeña parte de sus tesoros personales. El edificio en sí, moderno, lo ha diseñado un arquitecto que es su yerno, ¡así ya se puede¡. Tiene una forma de gran chimenea que se estrecha en el centro. Tardamos muchísimo en llegar hasta allí, al barrio elegante de Polanco, de gran parte del cual es el dueño el propio Slim, y donde aún no ha terminado sus proyectos. Entramos a verlo y se empieza desde el último piso, donde están las esculturas, obras de gran valor que disfrutamos mucho, algunas conocidas, otras no. Se van bajando por unas rampas en espiral hasta los pisos inferiores donde se expone pintura y otros objetos de valor. Los espacios son amplios, blancos, y los objetos lucen en él.
De todos modos, a pesar de la modernidad de los edificios que rodean el nuevo museo, allí muy cerca, vemos unos puestos de frutas y verduras, más elegantes que otros de otras zonas en verdad, pues están cubiertos con toldos verdes y los productos se exponen en orden en una superficie inclinada. Me parece que este contraste que pude captar desde el coche en una fotografía es un buen ejemplo de esta convivencia de distintos estilos de vida.
A la salida vemos más partes de esta zona elegante de la ciudad.
Propongo ir a comer a algún sitio del bosque de Chapultepeck y la idea es bien acogida así que nos acercamos allí y a la entrada en el restaurante nos recogen el coche y entramos en un bonito local que sustituye muros por cristales a través de los cuales se ve un lago rodeado de una zona de paseo y de grandes árboles que se reflejan en sus aguas de color verde.
Al salir paseamos un poco por la orilla del lago y después del largo rato que cuesta volver hasta Tlaplan, volvemos a casa del padre donde la tarde se termina en animada conversación.
El día 30, sábado, Carlos padre no tiene que ir a trabajar y planifica una salida en su propio coche para llevarnos a sitios que nos quedan por conocer y que nos apetece mucho para completar la impresión de una parte de esta desbordante ciudad.
Vamos primero a la famosa UNAM, la Universidad Autónoma de México, donde estudiaron los dos Carlos por ejemplo. La primera novedad es que por fin entramos en coche por la famosa calle Insurgentes, la que mide 60 km de longitud, de arriba abajo. Se divide en sur y norte y por un carril central discurre únicamente el metro-bus que es el más rápido y caro de los autobuses de la ciudad y tiene pocas paradas en el trayecto.
Nuestro primer alto es en el Campus de la Universidad, que es enorme. Desde donde ha aparcado, en una parte alta, se puede ver la famosa Biblioteca, con sus azulejos recubriendo la fachada. También otro edificio, el que muestra los murales de Orozco. Al otro lado de Insurgentes, se ve el estadio de futbol de la Universidad, donde lucen los murales de Rivera.
Pasamos por barrios para nosotros nuevos, en calles que no habíamos transitado hasta ahora, en esta ciudad que nos parece tan grande y difícil de manejar. Hay edificios magníficos en esta zona central.
Seguimos hasta el monumento a la Revolución, que acaba de ser restaurado y han puesto un ascensor que te lleva a la parte de arriba. Al nivel del suelo, en una zona espaciosa y cubierta, han abierto una exposición sobre la historia de México. El venir aquí ha sido un consejo de la tía Berta, que es arquitecto urbanista de profesión además de otros que vamos a seguir, así que ya tenemos trazado el itinerario.
Hoy se celebra el día del Niño y en las carpas que hay abajo, en la gran plaza en cuyo centro se levanta este monumento, se reúnen los pequeños de la zona y la música infantil y el jaleo contrasta en cierto modo con la visita a un lugar tan lleno de historia y de simbolismo. Nos enteramos que es la parte central del gran proyecto del Palacio de Congreso que nunca se terminó, aunque vemos muchos dibujos y bocetos preparados por el arquitecto francés que lo dirigía. Sólo se construyó esta zona y ahora se le ha dado el papel alegórico de ser símbolo de la revolución que derrocó al régimen que pretendía levantar el edificio. Curiosidades e ironías de la vida.
Subimos por el moderno ascensor los muchos metros que nos separan de la cúpula y allí se sale a una terraza protegida por cristales desde donde se ve gran parte del DF, porque decir que abarca todo sería exagerado. Damos toda la vuelta a la terraza, contemplando de cerca las figuras esculpidas en sus bordes y haciendo alguna foto:
Por ejemplo este es uno de los lados, el central, que va a dar al paseo de la Reforma.
En la parte de abajo entramos al museo de la Revolución, de reciente creación y nos demoramos un buen rato viendo fotografías de los personajes, de escenas, recuerdos personales de ellos, objetos curiosos y sobre todo paneles con explicaciones que me confirman lo dificultoso de entender y menos aprender la historia moderna de México en los últimos tiempos. Creo que aprobar la historia para los alumnos tiene mucho más dificultad que aprobar las matemáticas….
Damos una vuelta por la plaza y de nuevo en coche buscando la fuente de la Cibeles, lo cual no es un extravío de mi mente, como tantas meteduras que una ya tiene, sino que la ciudad de Madrid obsequió a la de México DF con una reproducción exacta de su monumento más significativo, la fuente de la diosa latina que se nos ha hecho castiza. Tardamos un rato en encontrarla, porque esos barrios, por otra parte muy bonitos, de Roma, Colonia Rosa y la Condesa se parecen entre sí y por cierto, ahí sí daría gusto vivir sin demasiados recelos. Son calles anchas, con boulevares en el medio, con palacetes de buen gusto que aún se conservan alternando con razonables edificios nuevos, con tiendas magníficas.
Por fin se deja ver la fuente, que difiere un poco en el material, ésta es de tono oscuro, tal vez bronce, pero la misma forma. Paran el coche para que yo me acerque a hacerle fotografías que si se muestran a un madrileño, le desconciertan totalmente porque no reconoce el entorno urbanístico.
Por último buscamos la colonia de Sta María de la Ribera, otra recomendación de Berta, que ha hecho su tesis doctoral sobre este barrio y nos ha hablado de ella. También está en el eje de Insurgentes y finalmente la encontramos. Tiene dos cosas interesantes este Zócalo que es el centro vital de la colonia, y en el medio de él se encuentra el templete morisco que está recién restaurado y que procede de una exposición universal, y el museo de Ciencias naturales que hay en un extremo de la rectangular plaza y que tiene una preciosa escalera de estilo modernista. De uno y otro disfrutamos con su visita y finalmente Carlos nos conduce de nuevo al barrio de la Condesa donde él conoce un restaurante que en verdad es muy agradable y con buena comida y buen ambiente.
Volvemos después de comer a casa y los hijos deciden que será mejor llegar esa misma tarde a dormir a Cuernavaca para prepararse tranquilamente mañana al comienzo del nuevo trimestre. Nos despedimos de Carlos expresándole todo nuestro agradecimiento y nos vamos.
Así termina nuestra experiencia del DF
Assela Alamillo Sanz
Estamos ya en estricta familia, padres e hijos. Hemos despedido a los amigos que sabemos han llegado bien a Madrid y, después de pasar la tarde del 28 en la casa de Nelia madre, donde hemos conocido a sus hermanas, Berta y Gina, a la madre que tiene la cabeza perdida aunque sigue vital, al tío Agustín, hermano de ellas, a algún cuñado y sobrino, nos volvemos a dormir a casa de Carlos.
Hoy es viernes y Carlos se va a trabajar. Para los chicos es su último día de vacaciones. Mañana ya es un fin de semana normal. Hoy vamos a aprovechar la jornada para conocer algo más del DF que tiene mucho que ver todavía. El objetivo es ir a visitar el nuevo Museo Soumaya, la fundación que ha donado el multimillonario Carlos Slim, con una pequeña parte de sus tesoros personales. El edificio en sí, moderno, lo ha diseñado un arquitecto que es su yerno, ¡así ya se puede¡. Tiene una forma de gran chimenea que se estrecha en el centro. Tardamos muchísimo en llegar hasta allí, al barrio elegante de Polanco, de gran parte del cual es el dueño el propio Slim, y donde aún no ha terminado sus proyectos. Entramos a verlo y se empieza desde el último piso, donde están las esculturas, obras de gran valor que disfrutamos mucho, algunas conocidas, otras no. Se van bajando por unas rampas en espiral hasta los pisos inferiores donde se expone pintura y otros objetos de valor. Los espacios son amplios, blancos, y los objetos lucen en él.
De todos modos, a pesar de la modernidad de los edificios que rodean el nuevo museo, allí muy cerca, vemos unos puestos de frutas y verduras, más elegantes que otros de otras zonas en verdad, pues están cubiertos con toldos verdes y los productos se exponen en orden en una superficie inclinada. Me parece que este contraste que pude captar desde el coche en una fotografía es un buen ejemplo de esta convivencia de distintos estilos de vida.
A la salida vemos más partes de esta zona elegante de la ciudad.
Propongo ir a comer a algún sitio del bosque de Chapultepeck y la idea es bien acogida así que nos acercamos allí y a la entrada en el restaurante nos recogen el coche y entramos en un bonito local que sustituye muros por cristales a través de los cuales se ve un lago rodeado de una zona de paseo y de grandes árboles que se reflejan en sus aguas de color verde.
Al salir paseamos un poco por la orilla del lago y después del largo rato que cuesta volver hasta Tlaplan, volvemos a casa del padre donde la tarde se termina en animada conversación.
El día 30, sábado, Carlos padre no tiene que ir a trabajar y planifica una salida en su propio coche para llevarnos a sitios que nos quedan por conocer y que nos apetece mucho para completar la impresión de una parte de esta desbordante ciudad.
Vamos primero a la famosa UNAM, la Universidad Autónoma de México, donde estudiaron los dos Carlos por ejemplo. La primera novedad es que por fin entramos en coche por la famosa calle Insurgentes, la que mide 60 km de longitud, de arriba abajo. Se divide en sur y norte y por un carril central discurre únicamente el metro-bus que es el más rápido y caro de los autobuses de la ciudad y tiene pocas paradas en el trayecto.
Nuestro primer alto es en el Campus de la Universidad, que es enorme. Desde donde ha aparcado, en una parte alta, se puede ver la famosa Biblioteca, con sus azulejos recubriendo la fachada. También otro edificio, el que muestra los murales de Orozco. Al otro lado de Insurgentes, se ve el estadio de futbol de la Universidad, donde lucen los murales de Rivera.
Pasamos por barrios para nosotros nuevos, en calles que no habíamos transitado hasta ahora, en esta ciudad que nos parece tan grande y difícil de manejar. Hay edificios magníficos en esta zona central.
Seguimos hasta el monumento a la Revolución, que acaba de ser restaurado y han puesto un ascensor que te lleva a la parte de arriba. Al nivel del suelo, en una zona espaciosa y cubierta, han abierto una exposición sobre la historia de México. El venir aquí ha sido un consejo de la tía Berta, que es arquitecto urbanista de profesión además de otros que vamos a seguir, así que ya tenemos trazado el itinerario.
Hoy se celebra el día del Niño y en las carpas que hay abajo, en la gran plaza en cuyo centro se levanta este monumento, se reúnen los pequeños de la zona y la música infantil y el jaleo contrasta en cierto modo con la visita a un lugar tan lleno de historia y de simbolismo. Nos enteramos que es la parte central del gran proyecto del Palacio de Congreso que nunca se terminó, aunque vemos muchos dibujos y bocetos preparados por el arquitecto francés que lo dirigía. Sólo se construyó esta zona y ahora se le ha dado el papel alegórico de ser símbolo de la revolución que derrocó al régimen que pretendía levantar el edificio. Curiosidades e ironías de la vida.
Subimos por el moderno ascensor los muchos metros que nos separan de la cúpula y allí se sale a una terraza protegida por cristales desde donde se ve gran parte del DF, porque decir que abarca todo sería exagerado. Damos toda la vuelta a la terraza, contemplando de cerca las figuras esculpidas en sus bordes y haciendo alguna foto:
Por ejemplo este es uno de los lados, el central, que va a dar al paseo de la Reforma.
En la parte de abajo entramos al museo de la Revolución, de reciente creación y nos demoramos un buen rato viendo fotografías de los personajes, de escenas, recuerdos personales de ellos, objetos curiosos y sobre todo paneles con explicaciones que me confirman lo dificultoso de entender y menos aprender la historia moderna de México en los últimos tiempos. Creo que aprobar la historia para los alumnos tiene mucho más dificultad que aprobar las matemáticas….
Damos una vuelta por la plaza y de nuevo en coche buscando la fuente de la Cibeles, lo cual no es un extravío de mi mente, como tantas meteduras que una ya tiene, sino que la ciudad de Madrid obsequió a la de México DF con una reproducción exacta de su monumento más significativo, la fuente de la diosa latina que se nos ha hecho castiza. Tardamos un rato en encontrarla, porque esos barrios, por otra parte muy bonitos, de Roma, Colonia Rosa y la Condesa se parecen entre sí y por cierto, ahí sí daría gusto vivir sin demasiados recelos. Son calles anchas, con boulevares en el medio, con palacetes de buen gusto que aún se conservan alternando con razonables edificios nuevos, con tiendas magníficas.
Por fin se deja ver la fuente, que difiere un poco en el material, ésta es de tono oscuro, tal vez bronce, pero la misma forma. Paran el coche para que yo me acerque a hacerle fotografías que si se muestran a un madrileño, le desconciertan totalmente porque no reconoce el entorno urbanístico.
Por último buscamos la colonia de Sta María de la Ribera, otra recomendación de Berta, que ha hecho su tesis doctoral sobre este barrio y nos ha hablado de ella. También está en el eje de Insurgentes y finalmente la encontramos. Tiene dos cosas interesantes este Zócalo que es el centro vital de la colonia, y en el medio de él se encuentra el templete morisco que está recién restaurado y que procede de una exposición universal, y el museo de Ciencias naturales que hay en un extremo de la rectangular plaza y que tiene una preciosa escalera de estilo modernista. De uno y otro disfrutamos con su visita y finalmente Carlos nos conduce de nuevo al barrio de la Condesa donde él conoce un restaurante que en verdad es muy agradable y con buena comida y buen ambiente.
Volvemos después de comer a casa y los hijos deciden que será mejor llegar esa misma tarde a dormir a Cuernavaca para prepararse tranquilamente mañana al comienzo del nuevo trimestre. Nos despedimos de Carlos expresándole todo nuestro agradecimiento y nos vamos.
Así termina nuestra experiencia del DF
Assela Alamillo Sanz
TAXCO
Es la última excursión que hacemos todos juntos, en realidad, ni siquiera todos pues Carlos se queda porque tiene trabajo. Salimos los cinco hacia la “ciudad de la plata”. Es una ciudad del estado de Guerrero, no la capital pero sí una de las más conocidas sobre todo por los turistas que todos saben que allí una puerta de todas las calles sí y la otra también venden plata. Es una ciudad preciosa, una joya de la época colonial y una ciudad monumental, encaramada en una gran colina donde sus casas blancas con tejados rojos parecen colocadas con criterios estéticos y muy logrados por cierto. Ya la autopista que nos conduce allí, que es la misma que va a Acapulco, nos parece bonita, con una línea de flores y árboles en la mediana. Vamos tan absortos en el paisaje que nos pasamos la salida y tenemos que hacer unos kilómetros de más para recuperar la dirección contraria en un cambio de sentido. Cuando llegamos cerca y el paisaje nos va pareciendo tan bonito, aprovechamos un gran mirador que han construido enfrente de la ciudad para contemplarla desde allí y disfrutar del magnífico panorama.
Era una ciudad azteca que fue conquistada por los españoles en 1552 y pronto explotaron sus riquezas mineras. Pero lo más importante a este respecto fue el descubrimiento que hizo José de la Borda, en el siglo XVIII de una mina de plata importante que a él le hizo inmensamente rico pero el hombre tuvo el detalle de dejar un buen rastro de su riqueza ya que sufragó con su dinero la iglesia de Santa Prisca, la de las altar torres, que destaca claramente en ese bonito casco urbano que es Taxco.
En 1929 el arquitecto americano William Spratling llegó a Taxco y volvió a impulsar el trabajo de la plata con los joyeros de la región, ya que él era diseñador de profesión. Tuvo tal éxito que gracias a él es hoy la ciudad mundial de la plata aunque sus minas están casi agotadas.
Subimos una parte de una de las viejas y bonitas calles que llevan a la plaza con nuestro coche, buscando un parking que lo encontramos torciendo por un callejón estrecho, en un antiguo frontón hoy habilitado. Luego nos disponemos a seguir ascendiendo pero a pie, a pesar de que muy pronto nos van pasando al lado por la calzada que casi ocupa todo el espacio, salvo unas pequeñas aceras, una sucesión de “escarabajos” blancos y de vez en cuando un pequeño autobús también blanco, todos ellos viejísimos y echando humos poco gratos, como si desfilaran en una procesión incesante. Caemos en la cuenta de que son taxis que coge la gente para llegar hasta el Zócalo con menos esfuerzo.
Pero el entorno que vamos a ver nos gusta mucho, las casas anexionadas sin orden pero con armonía y colorido, rincones que salen contraviniendo todas las normas de la geometría, tiendas de artesanía que ya anuncian especialmente la plata y en una de las cuales ya se hace el primer gasto. Todavía no hemos avanzado mucho cuando entramos en otra de artesanía en general con género muy selecto cuya vendedora nos da algún consejo sobre la ciudad preguntamos si se puede subir a pie y dicen que sí, que está cerca.
En medio de la calle serpenteante, con empedrado en el pavimento por el que no hay demasiados peatones, observamos alguna cosa interesante. Por ejemplo unas imágenes modernas en un recodo de la calle que evocan la Semana Santa y las costumbres locales que se han conservado. Por las noches, de lunes a viernes, salen procesiones con diferentes imágenes y lo característico es que van hombres cargando con rollos de espinas y mujeres con cadenas como penitencias públicas. Esto es lo que conmemoran estas tres figuras en bronce, de moderna concepción, la más llamativa de las cuales es la del hombre que, desnudo de medio cuerpo y cubierto de cintura para abajo con un largo faldón, lleva sobre sus hombros el pesado fardo. En el momento que pasamos por ahí, se han parado, a la débil sombra que proporciona la escultura, dos personas de allí a hablar. Luego los volveremos a ver por la plaza porque uno de ellos lleva encima de su cabeza una pila de unos veinte sombreros de ala ancha, de paja, que pretende venderlos y que en un día de calor como hoy, sabe que encontrará voluntarios paganos. Las tres esculturas están situadas frente a un muro de piedra tosca que pertenece a la parte de atrás de un conjunto eclesial pues sobresale una ancha y poligonal cúpula que pertenece seguramente al crucero.
Seguimos nuestro camino que no parece tener final mientras los taxi van pasando llenos de gente a nuestro lado, en dirección única ya que no cabrían de otro modo.
Una de las notas humanas que más nos sorprenden en esta ascensión hacia el centro, en el que a un lado y a otro salen pequeñas casas de trazo sinuoso, o escaleras cortas que conducen a una casa privada o establecimiento público, tenemos ocasión de observar bonitos detalles arquitectónicos, desde una balconada de madera a una terraza con gracioso alero en vivo color, es ver que en la plaza Ramonet, según está escrito en la parte alta de la casa que nos llama la atención, están construyendo o restaurando aparentemente la planta baja, hecho usual en todas las partes del mundo pero no que para ello intervengan un mínimo de unos veinticinco hombres que con una actividad inusitada y un ritmo frenético acometen cada uno su tarea o bien trabajan en cadena y nos da la impresión de que les van a pagar más si lo terminan pronto porque llevan una marcha que contradice la fama de tranquilidad del mejicano echado en su hamaca. El edificio tiene en la planta cuatro balcones en uno de los cuales se anuncia la Academia de Belleza Carla y abajo unas grandes rejas en las puertas de entrada.
Pasamos también por una placita a donde da la iglesia que hemos visto antes, es el ex convento de San Bernardino, el primer monasterio franciscano construido entre 1595 y 1639 y reconstruido en estilo neoclásico doscientos años después por haber sufrido un incendio. La plaza, con pequeños árboles que dan una nota de color y una estatua a un prócer local, es pequeña pero bonita.
En esa calle principal vemos tiendas al aire libre que venden trajes y otras artesanías, otros negocios que se anuncian, pequeñas fuentes que adornan y seguramente tuvieron su utilidad en el pasado, hoteles y restaurantes pintados en colores llamativos que se anuncian convenientemente, rincones y panorámicas en general que todos son dignos de guardarlos en el objetivo de una máquina y llevárselos para luego compartirlos con los amigos allí en España.
Por los resquicios que dejan las calles transversales se ve la montaña y en lo alto descubrimos una imagen del Cristo Monumental que desde allí, con los brazos abiertos y vestido con amplia túnica parece proteger la ciudad.
Finalmente aparecen, como mástiles o como faros guía las dos torres de la iglesia de Santa Prisca, que nos indican que ya estamos cerca del objetivo. El color rosa de su construcción sobresale del blanco general de las casas y armoniza con el rojo de los tejados y de los toques de pintura en las fachadas.
Llegamos delante del blanco edificio que anuncia en su fachada con grandes letras que es el PALACIO MUNICIPAL y en un recuadro de cerámica a su lado aclara más información JUNTA DE CONSERVACIÓN DE LA CIUDAD DE TAXCO. Delante del edificio el empedrado del suelo, -que siempre es bonito y con frecuencia forma figuras geométricas combinando el color gris con el negro y el blanco de otras piedras similares-, aquí refleja varios dibujos con distintas figuras y con la fecha 1967 que debe responder a la época en que se mejoró el estado de las calle.
También es bastante impresionante que, al doblar una esquina, nos encontramos un tanque militar con un soldado en lo alto empuñando el fusil propio o el del mortífero vehículo. Es una de las medidas del gobierno, sacar a los militares a la calle, que dudamos de su efectividad pero no del efecto negativo que produce en el pacífico turista. Naturalmente que no me atrevo a disparar mi objetivo para hacerla una foto, no vaya a ser que también él sienta la tentación de hacer lo mismo con su instrumento…
El camino se bifurca en otras tentadoras calles pero seguimos el que toman los coches que es seguro que conduce al Zócalo. Y En efecto, allí nos encontramos con uno de esos lugares encantadores en el que no sabe uno por dónde empezar a mirar. En la parte central está el correspondiente templete, modesto en este caso, de base blanca de obra y techumbre de madera, los frondosos árboles cuya sombra agradecemos y más aún los bonitos y uniformes bancos de hierro colado que vemos por todas partes que nos van a dar ocasión de sentarnos, descansar y pensar la programación.
Lo primero será entrar en la iglesia de Santa Prisca y San Sebastián, aunque el nombre de este último está bastante relegado. Está construida en cantera rosa, como ya hemos dicho, y es de estilo, no barroco sino churrigueresco siendo uno de los ejemplos más representativos de este arte. En la misma plaza se encuentra lo que fue vivienda de D. José Borda, el que se hizo millonario con la mina de plata y el que, además del palacio en Cuernavaca, mandó construir a sus expensas este templo y ordenando poner en su tumba un curioso y agradecido epitafio: “Dios da a Borda, Borda da a Dios. En un rincón de la plaza hay una escultura en bronce que lo representa. La obra duró siete años y al final quedó arruinado pero esta circunstancia la entendemos perfectamente cuando contemplamos la fachada y sobre todo cuando entramos al templo y vemos y admiramos el trabajo artístico que ahí se encierra. Parece, además, que contrató artesanos traídos de Francia y de España. Hay doce retablos en madera pero recubiertos de oro, grandes pinturas de Miguel Cabrera, no sólo en el templo sino también en la amplia sacristía, y un órgano alemán pero realizado bajo los cánones de la construcción ibérica. Está rodeada de una reja sencilla en la parte de delante y tiene otra puerta en un lateral igualmente labrada y embellecida.
Como aún es pronto, queremos dar una vuelta por la zona central y así lo hacemos. Llegamos a otra amplia plaza con una fuente central que parece el final del recorrido de los coches porque dan la vuelta y cogen otra calle distinta. Pasamos por calles empinadas, que hay que subir, entre puestos de artesanía pero lo más interesante y pintoresco de este paseo dado antes de elegir el sitio donde comer ha sido el introducirnos en el mercado local, que está situado en el recorrido de unas calles en declive que tienen salida a otra parte aunque en algunos momentos nos cuesta creerlo. Hay que bajar por unas escaleras, situadas a un lado de Sta Prisca, y el cartel que está colocado ostentosamente a la entrada y que reproduzco, ya es suficientemente expresivo de su variedad y pintoresquismo.
allí se encuentra de todo lo imaginable, desde una joya, una verdura extraña o unas sandalias originales. Se suben y bajan escaleras y preguntando salimos finalmente a una calle ancha detrás del Zócalo con más luz pero donde siguen vendiendo objetos de artesanía en pequeños puestos, con sus vendedoras sentadas en el suelo buscado la poca sombra que dan las tapias o muros de los edificios. Aun nos toca subir para volver a bajar al Zócalo y allí elegimos un restaurante que tiene una terraza que da a la plaza, donde, por llegar pronto, podemos elegir una mesa que asoma completamente a ella y que nos ofrece el bellísimo panorama de la fachada de la iglesia enfrente.
Allí comemos bien, servidos como siempre amablemente. Al final el camarero, aunque parecía muy discreto, cumple su papel, y al haber observado que tenemos la intención de comprar alguna joya en plata, como corresponde al lugar, nos indica amablemente y como si nos hiciera el gran favor, que nos dejemos guiar por un chico joven que nos va a llevar al lugar indicado donde la plata es de mejor calidad y el diseño es único y otras ventajas más. Como en realidad nos da igual, no oponemos resistencia y el muchacho, seguramente un estudiante que nos dice es de Cuernavaca, nos lleva dos puertas más allá donde, en efecto, en una bonita tienda, caemos en la tentación de llevarnos pendientes o aretes, colgantes y collares. El dueño, muy en su papel, nos hace ver el buen gusto que hemos demostrado y nos hace una rebaja en el precio, aunque imaginamos que a pesar de ello, ha quedado margen para el chico, para el camarero y por supuesto para el dueño.
Todavía se empeña el chico en conducirnos a una zona que se nos había pasado por alto y que es un mercado al aire libre de artesanía popular, que está detrás de Sta Prisca y que nos resulta un lugar encantador, lleno de puestos coloristas y con precios baratos. Todavía compramos un angelote rústico y alguna pequeña cosa más. El lugar además nos depara una sorpresa y es enterarnos que el escritor Juan Ruiz de Alarcón, al que creíamos español, nació aquí en 1580 aunque sí murió en Madrid en 1639 y sin embargo si fue un influyente dramaturgo del barroco español, una de cuyas obras es “La Verdad Sospechosa”. Naturalmente, como hijo predilecto, tiene una estatua, vestido a la moda de su tiempo, en un rincón de esta desigual pero encantadora plaza, que baja hacia la ladera. Nos hacemos el propósito de traer aquí a los dos hombres que se han quedado en el bar viendo una de las finales de un partido de futbol que tanto les interesa y que les da de nuevo la alegría de ver campeón a su Barça. La estatua representa al personaje sosteniendo en la mano izquierda un libro y declamando con la otra, sobre un pequeño pedestal en piedra que a su vez se levanta sobre otro más grande y de varios lados que combina la piedra negra y la blanca como el empedrado del pavimento. Está colocado justamente delante de una reja, lo que le da un aire muy español aunque en México estamos viendo rejas por todas las partes, muchas de ellas muy bonitas pues aquí la artesanía es todavía muy asequible a los bolsillos, como hemos podido comprobar por los hijos que acaban de instalar la casa. El edificio de atrás es el museo Guillermo Spratling, donde se exponen piezas prehispánicas que formaban su colección privada. En este viaje no tenemos tiempo de visitar interiores.
Al ir bajando por la misma calle que tomamos al venir, viendo el mismo escenario pero a otra luz, yo me subo por unas escaleras y descubro una preciosa iglesia colonial, pintada en blanco y toques rosas, que creo es la parroquia de Santa María de Guadalupe, y que se encuentra en una bonita plazuela, en un lugar alto a cuyas espaldas hay un mirador donde se puede ver una bonita vista de parte de esta la ciudad que nos va a dejar un buen recuerdo.
También nos paramos delante de lo que parecen ser unos lavaderos públicos, hoy muy arreglados que tienen un muro compuesto de piedras de distintos tonos, desde el rojizo al azulado pasando por el marrón y el negro, con unos arcos en cuyo poyete se puede descansar. La nota de color en esta sinfonía de piedra la pone el gran cesto de palma que hemos comprado a una de las mujeres indígenas que te ofrecen su colorista y bonito género por la calle, aparte de lo mucho que encuentras en las tiendas o en los puestos del exterior. Es de color naranja y Assela quiere ponerla en su casa.
Finalmente encontramos el coche y volvemos felizmente a casa sin incidente alguno y con un estupendo recuerdo. En la autopista vemos muchos carros o pequeños tenderetes llenos de flores que ponen la gente de por allí como puesto de venta.
Ha sido un buen final de día y casi de jornada, completado con el desayuno que al día siguiente, 28, nos va a invitar Lola y Andrés en el lugar más elegante y bonito de toda Cuernavaca y de todo el estado, en el hotel Las Mañanitas. Allí, entre césped cuidado, jardines de ensueño, pájaros exóticos hasta ver pavos reales blancos, gente “guapa” y espléndidamente servidos, vamos a hacer el último desayuno mexicano todos juntos y llevarlo en el recuerdo.
Así finaliza el viaje a México con Lola y Andrés. Ellos cogen el autobús que les lleva al aeropuerto y nosotros seguimos aún unos días que serán también turísticos pero más familiares.
Assela Alamillo Sanz
Es la última excursión que hacemos todos juntos, en realidad, ni siquiera todos pues Carlos se queda porque tiene trabajo. Salimos los cinco hacia la “ciudad de la plata”. Es una ciudad del estado de Guerrero, no la capital pero sí una de las más conocidas sobre todo por los turistas que todos saben que allí una puerta de todas las calles sí y la otra también venden plata. Es una ciudad preciosa, una joya de la época colonial y una ciudad monumental, encaramada en una gran colina donde sus casas blancas con tejados rojos parecen colocadas con criterios estéticos y muy logrados por cierto. Ya la autopista que nos conduce allí, que es la misma que va a Acapulco, nos parece bonita, con una línea de flores y árboles en la mediana. Vamos tan absortos en el paisaje que nos pasamos la salida y tenemos que hacer unos kilómetros de más para recuperar la dirección contraria en un cambio de sentido. Cuando llegamos cerca y el paisaje nos va pareciendo tan bonito, aprovechamos un gran mirador que han construido enfrente de la ciudad para contemplarla desde allí y disfrutar del magnífico panorama.
Era una ciudad azteca que fue conquistada por los españoles en 1552 y pronto explotaron sus riquezas mineras. Pero lo más importante a este respecto fue el descubrimiento que hizo José de la Borda, en el siglo XVIII de una mina de plata importante que a él le hizo inmensamente rico pero el hombre tuvo el detalle de dejar un buen rastro de su riqueza ya que sufragó con su dinero la iglesia de Santa Prisca, la de las altar torres, que destaca claramente en ese bonito casco urbano que es Taxco.
En 1929 el arquitecto americano William Spratling llegó a Taxco y volvió a impulsar el trabajo de la plata con los joyeros de la región, ya que él era diseñador de profesión. Tuvo tal éxito que gracias a él es hoy la ciudad mundial de la plata aunque sus minas están casi agotadas.
Subimos una parte de una de las viejas y bonitas calles que llevan a la plaza con nuestro coche, buscando un parking que lo encontramos torciendo por un callejón estrecho, en un antiguo frontón hoy habilitado. Luego nos disponemos a seguir ascendiendo pero a pie, a pesar de que muy pronto nos van pasando al lado por la calzada que casi ocupa todo el espacio, salvo unas pequeñas aceras, una sucesión de “escarabajos” blancos y de vez en cuando un pequeño autobús también blanco, todos ellos viejísimos y echando humos poco gratos, como si desfilaran en una procesión incesante. Caemos en la cuenta de que son taxis que coge la gente para llegar hasta el Zócalo con menos esfuerzo.
Pero el entorno que vamos a ver nos gusta mucho, las casas anexionadas sin orden pero con armonía y colorido, rincones que salen contraviniendo todas las normas de la geometría, tiendas de artesanía que ya anuncian especialmente la plata y en una de las cuales ya se hace el primer gasto. Todavía no hemos avanzado mucho cuando entramos en otra de artesanía en general con género muy selecto cuya vendedora nos da algún consejo sobre la ciudad preguntamos si se puede subir a pie y dicen que sí, que está cerca.
En medio de la calle serpenteante, con empedrado en el pavimento por el que no hay demasiados peatones, observamos alguna cosa interesante. Por ejemplo unas imágenes modernas en un recodo de la calle que evocan la Semana Santa y las costumbres locales que se han conservado. Por las noches, de lunes a viernes, salen procesiones con diferentes imágenes y lo característico es que van hombres cargando con rollos de espinas y mujeres con cadenas como penitencias públicas. Esto es lo que conmemoran estas tres figuras en bronce, de moderna concepción, la más llamativa de las cuales es la del hombre que, desnudo de medio cuerpo y cubierto de cintura para abajo con un largo faldón, lleva sobre sus hombros el pesado fardo. En el momento que pasamos por ahí, se han parado, a la débil sombra que proporciona la escultura, dos personas de allí a hablar. Luego los volveremos a ver por la plaza porque uno de ellos lleva encima de su cabeza una pila de unos veinte sombreros de ala ancha, de paja, que pretende venderlos y que en un día de calor como hoy, sabe que encontrará voluntarios paganos. Las tres esculturas están situadas frente a un muro de piedra tosca que pertenece a la parte de atrás de un conjunto eclesial pues sobresale una ancha y poligonal cúpula que pertenece seguramente al crucero.
Seguimos nuestro camino que no parece tener final mientras los taxi van pasando llenos de gente a nuestro lado, en dirección única ya que no cabrían de otro modo.
Una de las notas humanas que más nos sorprenden en esta ascensión hacia el centro, en el que a un lado y a otro salen pequeñas casas de trazo sinuoso, o escaleras cortas que conducen a una casa privada o establecimiento público, tenemos ocasión de observar bonitos detalles arquitectónicos, desde una balconada de madera a una terraza con gracioso alero en vivo color, es ver que en la plaza Ramonet, según está escrito en la parte alta de la casa que nos llama la atención, están construyendo o restaurando aparentemente la planta baja, hecho usual en todas las partes del mundo pero no que para ello intervengan un mínimo de unos veinticinco hombres que con una actividad inusitada y un ritmo frenético acometen cada uno su tarea o bien trabajan en cadena y nos da la impresión de que les van a pagar más si lo terminan pronto porque llevan una marcha que contradice la fama de tranquilidad del mejicano echado en su hamaca. El edificio tiene en la planta cuatro balcones en uno de los cuales se anuncia la Academia de Belleza Carla y abajo unas grandes rejas en las puertas de entrada.
Pasamos también por una placita a donde da la iglesia que hemos visto antes, es el ex convento de San Bernardino, el primer monasterio franciscano construido entre 1595 y 1639 y reconstruido en estilo neoclásico doscientos años después por haber sufrido un incendio. La plaza, con pequeños árboles que dan una nota de color y una estatua a un prócer local, es pequeña pero bonita.
En esa calle principal vemos tiendas al aire libre que venden trajes y otras artesanías, otros negocios que se anuncian, pequeñas fuentes que adornan y seguramente tuvieron su utilidad en el pasado, hoteles y restaurantes pintados en colores llamativos que se anuncian convenientemente, rincones y panorámicas en general que todos son dignos de guardarlos en el objetivo de una máquina y llevárselos para luego compartirlos con los amigos allí en España.
Por los resquicios que dejan las calles transversales se ve la montaña y en lo alto descubrimos una imagen del Cristo Monumental que desde allí, con los brazos abiertos y vestido con amplia túnica parece proteger la ciudad.
Finalmente aparecen, como mástiles o como faros guía las dos torres de la iglesia de Santa Prisca, que nos indican que ya estamos cerca del objetivo. El color rosa de su construcción sobresale del blanco general de las casas y armoniza con el rojo de los tejados y de los toques de pintura en las fachadas.
Llegamos delante del blanco edificio que anuncia en su fachada con grandes letras que es el PALACIO MUNICIPAL y en un recuadro de cerámica a su lado aclara más información JUNTA DE CONSERVACIÓN DE LA CIUDAD DE TAXCO. Delante del edificio el empedrado del suelo, -que siempre es bonito y con frecuencia forma figuras geométricas combinando el color gris con el negro y el blanco de otras piedras similares-, aquí refleja varios dibujos con distintas figuras y con la fecha 1967 que debe responder a la época en que se mejoró el estado de las calle.
También es bastante impresionante que, al doblar una esquina, nos encontramos un tanque militar con un soldado en lo alto empuñando el fusil propio o el del mortífero vehículo. Es una de las medidas del gobierno, sacar a los militares a la calle, que dudamos de su efectividad pero no del efecto negativo que produce en el pacífico turista. Naturalmente que no me atrevo a disparar mi objetivo para hacerla una foto, no vaya a ser que también él sienta la tentación de hacer lo mismo con su instrumento…
El camino se bifurca en otras tentadoras calles pero seguimos el que toman los coches que es seguro que conduce al Zócalo. Y En efecto, allí nos encontramos con uno de esos lugares encantadores en el que no sabe uno por dónde empezar a mirar. En la parte central está el correspondiente templete, modesto en este caso, de base blanca de obra y techumbre de madera, los frondosos árboles cuya sombra agradecemos y más aún los bonitos y uniformes bancos de hierro colado que vemos por todas partes que nos van a dar ocasión de sentarnos, descansar y pensar la programación.
Lo primero será entrar en la iglesia de Santa Prisca y San Sebastián, aunque el nombre de este último está bastante relegado. Está construida en cantera rosa, como ya hemos dicho, y es de estilo, no barroco sino churrigueresco siendo uno de los ejemplos más representativos de este arte. En la misma plaza se encuentra lo que fue vivienda de D. José Borda, el que se hizo millonario con la mina de plata y el que, además del palacio en Cuernavaca, mandó construir a sus expensas este templo y ordenando poner en su tumba un curioso y agradecido epitafio: “Dios da a Borda, Borda da a Dios. En un rincón de la plaza hay una escultura en bronce que lo representa. La obra duró siete años y al final quedó arruinado pero esta circunstancia la entendemos perfectamente cuando contemplamos la fachada y sobre todo cuando entramos al templo y vemos y admiramos el trabajo artístico que ahí se encierra. Parece, además, que contrató artesanos traídos de Francia y de España. Hay doce retablos en madera pero recubiertos de oro, grandes pinturas de Miguel Cabrera, no sólo en el templo sino también en la amplia sacristía, y un órgano alemán pero realizado bajo los cánones de la construcción ibérica. Está rodeada de una reja sencilla en la parte de delante y tiene otra puerta en un lateral igualmente labrada y embellecida.
Como aún es pronto, queremos dar una vuelta por la zona central y así lo hacemos. Llegamos a otra amplia plaza con una fuente central que parece el final del recorrido de los coches porque dan la vuelta y cogen otra calle distinta. Pasamos por calles empinadas, que hay que subir, entre puestos de artesanía pero lo más interesante y pintoresco de este paseo dado antes de elegir el sitio donde comer ha sido el introducirnos en el mercado local, que está situado en el recorrido de unas calles en declive que tienen salida a otra parte aunque en algunos momentos nos cuesta creerlo. Hay que bajar por unas escaleras, situadas a un lado de Sta Prisca, y el cartel que está colocado ostentosamente a la entrada y que reproduzco, ya es suficientemente expresivo de su variedad y pintoresquismo.
allí se encuentra de todo lo imaginable, desde una joya, una verdura extraña o unas sandalias originales. Se suben y bajan escaleras y preguntando salimos finalmente a una calle ancha detrás del Zócalo con más luz pero donde siguen vendiendo objetos de artesanía en pequeños puestos, con sus vendedoras sentadas en el suelo buscado la poca sombra que dan las tapias o muros de los edificios. Aun nos toca subir para volver a bajar al Zócalo y allí elegimos un restaurante que tiene una terraza que da a la plaza, donde, por llegar pronto, podemos elegir una mesa que asoma completamente a ella y que nos ofrece el bellísimo panorama de la fachada de la iglesia enfrente.
Allí comemos bien, servidos como siempre amablemente. Al final el camarero, aunque parecía muy discreto, cumple su papel, y al haber observado que tenemos la intención de comprar alguna joya en plata, como corresponde al lugar, nos indica amablemente y como si nos hiciera el gran favor, que nos dejemos guiar por un chico joven que nos va a llevar al lugar indicado donde la plata es de mejor calidad y el diseño es único y otras ventajas más. Como en realidad nos da igual, no oponemos resistencia y el muchacho, seguramente un estudiante que nos dice es de Cuernavaca, nos lleva dos puertas más allá donde, en efecto, en una bonita tienda, caemos en la tentación de llevarnos pendientes o aretes, colgantes y collares. El dueño, muy en su papel, nos hace ver el buen gusto que hemos demostrado y nos hace una rebaja en el precio, aunque imaginamos que a pesar de ello, ha quedado margen para el chico, para el camarero y por supuesto para el dueño.
Todavía se empeña el chico en conducirnos a una zona que se nos había pasado por alto y que es un mercado al aire libre de artesanía popular, que está detrás de Sta Prisca y que nos resulta un lugar encantador, lleno de puestos coloristas y con precios baratos. Todavía compramos un angelote rústico y alguna pequeña cosa más. El lugar además nos depara una sorpresa y es enterarnos que el escritor Juan Ruiz de Alarcón, al que creíamos español, nació aquí en 1580 aunque sí murió en Madrid en 1639 y sin embargo si fue un influyente dramaturgo del barroco español, una de cuyas obras es “La Verdad Sospechosa”. Naturalmente, como hijo predilecto, tiene una estatua, vestido a la moda de su tiempo, en un rincón de esta desigual pero encantadora plaza, que baja hacia la ladera. Nos hacemos el propósito de traer aquí a los dos hombres que se han quedado en el bar viendo una de las finales de un partido de futbol que tanto les interesa y que les da de nuevo la alegría de ver campeón a su Barça. La estatua representa al personaje sosteniendo en la mano izquierda un libro y declamando con la otra, sobre un pequeño pedestal en piedra que a su vez se levanta sobre otro más grande y de varios lados que combina la piedra negra y la blanca como el empedrado del pavimento. Está colocado justamente delante de una reja, lo que le da un aire muy español aunque en México estamos viendo rejas por todas las partes, muchas de ellas muy bonitas pues aquí la artesanía es todavía muy asequible a los bolsillos, como hemos podido comprobar por los hijos que acaban de instalar la casa. El edificio de atrás es el museo Guillermo Spratling, donde se exponen piezas prehispánicas que formaban su colección privada. En este viaje no tenemos tiempo de visitar interiores.
Al ir bajando por la misma calle que tomamos al venir, viendo el mismo escenario pero a otra luz, yo me subo por unas escaleras y descubro una preciosa iglesia colonial, pintada en blanco y toques rosas, que creo es la parroquia de Santa María de Guadalupe, y que se encuentra en una bonita plazuela, en un lugar alto a cuyas espaldas hay un mirador donde se puede ver una bonita vista de parte de esta la ciudad que nos va a dejar un buen recuerdo.
También nos paramos delante de lo que parecen ser unos lavaderos públicos, hoy muy arreglados que tienen un muro compuesto de piedras de distintos tonos, desde el rojizo al azulado pasando por el marrón y el negro, con unos arcos en cuyo poyete se puede descansar. La nota de color en esta sinfonía de piedra la pone el gran cesto de palma que hemos comprado a una de las mujeres indígenas que te ofrecen su colorista y bonito género por la calle, aparte de lo mucho que encuentras en las tiendas o en los puestos del exterior. Es de color naranja y Assela quiere ponerla en su casa.
Finalmente encontramos el coche y volvemos felizmente a casa sin incidente alguno y con un estupendo recuerdo. En la autopista vemos muchos carros o pequeños tenderetes llenos de flores que ponen la gente de por allí como puesto de venta.
Ha sido un buen final de día y casi de jornada, completado con el desayuno que al día siguiente, 28, nos va a invitar Lola y Andrés en el lugar más elegante y bonito de toda Cuernavaca y de todo el estado, en el hotel Las Mañanitas. Allí, entre césped cuidado, jardines de ensueño, pájaros exóticos hasta ver pavos reales blancos, gente “guapa” y espléndidamente servidos, vamos a hacer el último desayuno mexicano todos juntos y llevarlo en el recuerdo.
Así finaliza el viaje a México con Lola y Andrés. Ellos cogen el autobús que les lleva al aeropuerto y nosotros seguimos aún unos días que serán también turísticos pero más familiares.
Assela Alamillo Sanz
México 10.
Día 24 de abril. Domingo de Resurrección.
Cuando se está haciendo este tipo de intenso turismo, uno desconecta de las fechas y las celebraciones pero hoy es un día importante en la religión cristiana. Desayunamos aún con toda calma en el hotel de Puebla, algunos al estilo mejicano, es decir, los dos huevos y sus añadidos, pagamos de forma alícuota, lo cual facilita mucho las cuentas y es una buena idea y salimos con el coche hacia las 11 aproximadamente.
Al salir de la ciudad buscando todavía un banco donde cambiar dinero, nos encontramos de frente desde el coche con la gran fuente dedicada a la China Poblana, la filipina que tanto influyo en el vestuario típico, mezcla de elementos orientales y autóctonos.
El camino a Oaxaca se hace un poco largo pues dura cuatro horas y la ruta es, en teoría, una autopista pero con muchos tramos de tres carriles en total, no en cada lado. Se atraviesa un gran puerto que a veces ofrece espectáculos de paisaje impresionantes pero siempre lo encuentro árido y despojado de arbolado. De vez en cuando aparecen grandes cactus, a modo de palos enhiestos, de color verde, que cubren todas las laderas, algunas yucas estrechas y largas y sólo vemos un tipo de árbol que no reconocemos y que luego nos aclara un tío de Carlos que es el único del que no se obtiene nada de utilidad y por eso se ha conservado. Es una especie que procede del Perú. En general un paisaje árido y solitario de rastros humanos, no se ven pueblos, ni fincas ni casas en general.
Llegamos ya muy tarde a Oaxaca y nos cuesta un poco encontrar el hotel aunque esa vacilación atravesando las calles rectilíneas de la ciudad ya nos despierta el interés y las ganas de conocerla más a fondo. Finalmente llegamos al hotel Aitana, que está en una de las calles más ruidosas y transitadas, en cuesta y por tanto los peseros y los coches dejan oír el ruido del motor en el esfuerzo. Son cerca de las cuatro de la tarde y preguntamos si allí mismo, en un agradable patio central, de pequeñas dimensiones pero adornado como todas las partes comunes con unas esculturas ingenuas de madera, artesanales y coloristas, nos servirían de comer el menú. Sale una señora de edad indeterminada, con rasgos puramente indígenas, agradable y servicial que nos ofrece varias posibilidades. Nos da igual, el caso es comer y así lo hacemos. Luego subimos el piso que nos separa de las habitaciones y se decide descansar, sugerencia que yo no pienso seguir y luego me encontraré otros dos rebeldes, los jóvenes, que tienen energía para rato. En las habitaciones, donde no llega el ruido de la calle, encontramos el curioso detalle con pretensiones artísticas y desde luego original de que las toallas están formando la figura de un cisne, colocadas encima de la cama. Allí cerca del patio a donde dan las habitaciones hay una terraza agradable, con mesas, sillas y hamacas, grandes macetones con flores y hasta arbustos, desde donde se domina una bonita vista de parte de la ciudad y la montaña que hay enfrente
Me voy sola acompañada de mi máquina de fotos, sin sentir ningún temor en el ambiente, y me dirijo hacia la derecha, siguiendo el planito que nos han dado en el hotel. Es un gran recinto que conjuga naturaleza, sociedad y arte. Primero subo las escaleras a un pequeño parque o plaza cubierta totalmente de árboles, en donde hay mesas, bares, puestos de artesanía y gente ocupándola. A continuación se entra por un gran portón en piedra al gran y austero atrio de la iglesia de la Soledad, que tiene otra puerta dando a la calle y por la parte norte unas escaleras que llevan a la calle de arriba, salvando el desnivel de toda esta parte de la ciudad que está en una ladera. La iglesia tiene una fachada barroca y muy bonita.
La Virgen de la Soledad se la considera la patrona de los oaxaqueños y su fiesta, el 18 de diciembre, se celebra durante ocho días. Entro a conocer la iglesia que en este momento tiene culto y mucha gente y que me parece bonita dentro del estilo barroco colonial y cuando salgo me encuentro a Carlos y Assela que se han imaginado que me estaría aquí y han acertado.
Juntos terminamos de ver este recinto monumental y entramos a un edificio civil anexo a la iglesia que en otro tiempo debió de pertenecer al recinto conventual y que ahora es dependencia municipal. Hoy domingo, naturalmente, está cerrado, pero alguien ha entrado y le pedimos al portero asomarnos un momento a ver el bonito patio. Mañana repetiremos la visita con más calma. También vemos al otro lado, iluminada en este momento por el sol que se pone, la fachada de la actual Escuela de Bellas Artes y se aprovecha la luz para una buena foto aunque también será mañana el día indicado para conocer su historia y su interior.
Las calles de Oaxaca son rectas, homogéneas, de casas bajas, rejas grandes, aire colonial, edificaciones más modestas a medida que nos alejamos del centro histórico pero con mucho encanto. Fachadas pintadas en colores llamativos, como hemos visto también en Puebla. Y anuncios en los muros que a veces causan una sonrisa como uno que dice, allí cerca de la iglesia de la Soledad que “Se venden artículos religiosos y regalos”. Y más abajo anuncian en letras destacadas: “Venta, Restauración y vestiduras de Niños Dios y Santos”. En otro recuadro diferente, enmarcado en una especie de pergamino de metal oscuro y colocado más debajo de estas letras, también se anuncian para estudiar el origen de los apellidos.
A veces sobresalen por las tapias grandes macizos de bouganvillas o cualquier otra enredadera verde o florida que embellece cualquier deterioro que pudiera presentar el edificio o la fachada a la que pertenece. Los coches no faltan aparcados en la calzada al lado de las aceras.
Se ven también casas de piedra de cantería con detalles ornamentales de buen gusto, reflejo tal vez de otros tiempos mejores para los antiguos propietarios y se descubren así mismo en esta zona todavía algo alejada del centro histórico, casas tan deterioradas que las rejas de sus balcones están oxidadas o crecen verdaderos árboles que salen de la propia fachada, alimentando sus raíces del adobe de la construcción.
Seguimos andando hasta el centro y llegamos, pasando por más iglesias de aspecto parecido por su fachada en piedra gris y estilo barroco, a la calle principal, la Avenida Hidalgo y al Zócalo, a donde da la Catedral. Una vez más el escenario se repite con las características propias de cada ciudad. Encontramos dos espacios verdes, a ambos lados de la catedral, el que da a la fachada principal y la plaza que da a uno de sus laterales. Ambas plazas están llenas de vida en esta tarde de cielo oscurecido por el propio calor, absolutamente llenas de gente. Los árboles que las llenan tienen unos troncos de dimensiones excepcionales, prueba de la antigüedad de la ciudad y de su urbanismo en esta parte central. Están sanos y frondosos y proporcionan la mejor y más natural de las cubiertas, que dan sombra, refrescan y embellecen. Muchas gentes las más de ellas de aspecto indígena, llenan todos los espacios y se sientan en bancos y poyetes o intentan vender su mercancía. En medio del zócalo se levanta un precioso kiosko de estilo modernista, colocado en tiempos de Porfirio sustituyendo a otros anteriores. Su una techumbre tiene varias cúpulas, la central y cuatro a los lados, y la sostienen esbeltas columnas de hierro. Hay flores por todas partes. Los edificios que enmarcan los lados del Zócalo tienen soportales y en casi todos hay restaurantes que exponen sus terrazas al exterior o incluso en balcones en el piso segundo como uno que se llama “La casa de la Abuela” situado en una privilegiada esquina desde donde se debe de divisar un precioso panorama.
La catedral está dedicada a Nuestra Sra de la Asunción. Su construcción empezó en el siglo XVI pero no fue consagrada hasta bien entrado el XVIII. El estilo es barroco pero el que he oído que llaman novohispano. Su edificación es algo pesada, para protegerse de los temblores de tierra que suelen tener lugar en esta zona. En el lugar de las torres hay un pequeño remate ya que las primitivas y naturalmente altas fueron derribadas por un terremoto.
En los alrededores de la catedral hay pequeños puestos de venta de artesanías, grandes manojos de globos que tanto adornan, personas que te ofrecen su mercancía de collares o trajes directamente, grupos de artistas que exhiben sus habilidades en lo alto de las escaleras que separan la catedral de la plaza. Un espectáculo que se acrecentará en vitalidad cuando volvamos un par de horas más tarde el grupo completo.
Seguimos hasta uno de los mercados, no el más famoso de la artesanía, que está algo más lejos, sino el popular, en el que hay productos alimenticios al lado de huaracherías o de puestos de artesanía. Compro un bolso en uno de los puestos que hoy están abiertos, que no son todos.
Volvemos con cierta prisa al hotel para cumplir el compromiso de estar a las seis listos y repuestos y para ver la ciudad, que nosotros tres ya conocemos en parte. Ahora el camino por el que nos conduce Carlos es otro. Subimos algo por nuestra misma calle y torcemos a la derecha para llegar a una de las zonas más bonita de la ciudad, la iglesia de Santo Domingo de Guzman y su entorno. La pena es que el museo Regional instalado en lo que perteneció al convento, está cerrado y no podemos visitarlo. Se inaugura en 1608 y pasa por distintas fases de ocupación. Actualmente es patrimonio de la Humanidad, como toda la ciudad. El estilo es como el de la catedral, el barroco novohispano. Es una pena no poder ver el patio del antiguo convento que hoy pertenece al museo pero entramos en el templo y al igual que pasaba en el que la misma orden tiene en Puebla, el oro resplandece en retablos y demás elementos decorativos, el coro, los muros, es una sinfonía en oro.
Delante del museo y del templo hay una plazoleta flanqueada de tabachines que ahora los vemos todavía en flor y que es el mejor encuadre posible que cabe pensar. En esta superficie despejada se llevan a cabo festejos populares y entretenimientos que congregan a mucha gente y ni qué decir tiene que no faltan los puestos de venta de artesanía ambulantes. Cuando estamos allí disfrutando del paisaje tenemos la suerte de que de pronto el sol del ocaso aparece detrás de las nubes que enturbiaban un poco la atmósfera y da de plano en la fachada de piedra clara de la iglesia, produciendo un efecto que la embellece mucho más.
Esta plaza está comunicada en línea recta con el Zócalo por la única calle peatonal de la ciudad que se llama Macedonio Alcalá, calle muy bonita por los edificios señoriales y artísticos que la componen y por las tiendas que adornan sus bajos. Tiene una extensión de unos quinientos metros y siempre está llena de gente. En este atardecer tiene una luz especial.
Al principio de la calle y al lado de la plaza de Sto Domingo sale una zona ajardinada convertida en mercado de artesanía. La tentación es grande porque aquí, además de los mismos objetos que en otras partes, se encuentran los famosos alebrijes y la cerámica negra característica sólo de esta ciudad. Es un precioso espectáculo pasearse entre los puestos, tanto los más despejados que están en la zona de boulevard como los que están juntos y amontonados en la calzada a un nivel inferior. Allí vamos a picar todos y a llevarnos algún recuerdo.
A medida que vamos descendiendo por la calle peatonal y acercándonos al Zócalo, vemos edificaciones más artísticas, de piedra granítica alguna, señoriales. Nos dirigimos a la catedral pero también están en misa. El ambiente que hay delante es más animado que hace dos horas. Hay grupos que cantan y tocan los instrumentos, vestidos con ponchos y utilizando altavoces como si fueran profesionales. La gente escucha, pasea o mira indiferente la animación. Buscamos una terraza en uno de los lados que dan al Zócalo de un restaurante que parece elegante y donde de momento estamos solos, a un nivel algo superior al de la acera. Son muchos los vendedores que se acercan hacia el porche a ofrecernos sus productos y a veces darían ganas de caer en la tentación de nuevo porque llevan cosas bonitas. Tomamos un refresco y descansamos un rato pero cuando ya es de noche decidimos buscar un lugar para cenar antes de retirarnos al hotel. Desandamos el camino y en una calle cercana a la plaza de santo Domingo entramos en un a un restaurante italiano habilitado en un caserón con muy buen gusto. Es un sitio agradable y estamos casi solos. Al terminar de cenar oímos fuegos artificiales y yo salgo a inspeccionar y en efecto, hay en la calle perpendicular un castillo de fuegos que no se pueden comparar a los valencianos pero que son igualmente señal de conmemoración y fiesta en este caso religiosa porque al termina, salen iluminadas la siguiente frase: VIVA CRISTO RESUCITADO.
Lola no se encuentra muy bien y procuramos volver pronto al hotel a descansar pero el ambiente de juventud, animación y diversión por todo este centro histórico es verdaderamente contagioso.
Día 25, lunes. EXCURSIÓN A MITLA
En el patio del hotel tomamos un buen desayuno con un sencillo bufete. Luego entramos en la casa de enfrente donde tienen un pacto con los dueños para guardar el coche de los clientes del hotel. Allí mismo, en el interior del agradable patio particular, nos montamos los seis en el coche y ponemos rumbo a MITLA, con la intención de ver un conjunto arqueológico de origen zapoteco y por tanto prehispánico.
Está a unos 40 km de Oaxaca y atravesamos el pueblo hasta llegar a la zona arqueológica que está muy preparado para recibir coches y sobre todo para que, una vez visitado el recinto, dejarse unos pesos en las muchas tiendas y puestos de bonita artesanía que se ve por todas las partes. Voy a transcribir los carteles que explican la distribución y naturaleza del recinto y que encontramos diseminados para una fácil lectura del visitante. El primero dice lo siguiente:
“LUGAR DE MUERTOS O INFRAMUNDO”
En lengua zapoteca este sitio es llamado Lyobaa, que se traduce como “lugar de descanso”. En Mitla hay evidencias de ocupación humana desde principios de nuestra era (0-200 d C). Ante la desaparición de Monte Albán como núcleo de poder, Mitla se convirtió en una población muy importante que funcionó como centro de poder para los zapotecos del valle. Su máximo crecimiento y apogeo ocurrió entre 950 y 1521 d.C.
La zona arqueológica comprende cinco conjuntos de arquitectura monumental: Grupo del Norte; Grupo de las Columnas; Grupo del Adobe o del Calvario; Grupo del Arroyo y Grupo del Sur. Los conjuntos del Adobe o Calvario y del Sur, pñor haber sido construidos en épocas anteriores, reproducen la tradición de plazas, rodeadas por palacios sobre plataformas.
En los conjuntos del Norte, de las Columnas y del Arroyo, se ubican los edificios administrativos y palacios de personajes de alto rango. Estos palacios se caracterizan por el uso arquitectónico de grandes monolitos y por sus fachadas ornamentadas con mosaicos de grecas de diferentes diseños enmarcadas por tableros, elementos que son parte de la rica tradición arquitectónica zapoteca iniciada en Monte Albán con fuertes influencias teotihuacanas.
Al oeste de la población actual de Mitla se encuentra “La Fortaleza” sitio defensivo amurallado por los zapotecas, para defender su ciudad de posibles invasiones.”
Al bajar del coche el panorama que divisamos es magnífico y parece que tenemos delante bastante trabajo para visitar, admirar y, con la ayuda de las explicaciones puestas en los carteles, también comprender. Lo que primero y más resalta al girar la vista en el entorno es un edificio cuya base es una antigua construcción pero rematada por seis cúpulas en ladrillo rojo, resultado de la fusión y la conversión en un templo católico de lo que antes habían sido también un recinto dedicado a los dioses.
En otro cartel se encuentra la siguiente información:
“Establecimiento católico en la Época Colonial. En el s. XVII se construyó sobre el Patio C el templo católico de San Pablo. Para ello se ocuparon básicamente materiales constructivos producto de la destrucción de varios palacios prehispánicos: estructuralmente este templo fue soportado por los dinteles monolíticos de la habitación subyacente. Los Patios A y B sufrieron modificaciones cuando se convirtieron en curato. En el Patio A se instalaron caballerizas y basureros y en el B, la casa cural. Para el acceso de esta última, se hizo un pórtico en el exterior sostenido por dos columnas monolíticas procedentes del conjunto mayor al Sur. El acceso oeste muestra evidencias de un área abierta, con portal empedrado y fuente, que daban vista a las propiedades de la iglesia. Esta reutilización con fines religiosos dejó de tener efecto excepto el propio templo, a raíz de la ley de nacionalización de los Bienes Eclesiásticos emitida por Benito Juárez en 1859”
De momento vamos a disfrutar de lo que veamos. Entramos en los habitáculos que son patios cuadrangulares, a cielo abierto, y adornados en sus muros por frisos que forman figuras geométricas distintas entre sí, variadas y todas bonitas. Se encuentran grecas compuestas con trozos de piedras labradas y pulidas que no están engarzadas por ninguna mezcla y que forman distintos dibujos, algunos más simples y otros más complicados, que no son iguales a las del resto del país.
También quedan restos de pintura murales en algunos lienzos que aún conservan bien el color rojo intenso y que son más difíciles de interpretar si uno no es muy entendido, como parece serlo un guía que acompaña a una pareja, un señor mayor, al que en un momento le oímos decir que él ha nacido allí, en ese pueblo y que es de raza zapoteca. Cuenta muchos detalles que no podemos escucharlos con atención pero que parece ser una explicación interesante.
Dos de las construcciones están consideradas como conjuntos ceremoniales y otras tres parece que eran palacios organizados con habitaciones alrededor del patio. Seguimos el orden que van indicando unas flechas y leyendo los carteles. De vez en cuando uno se puede sentar bajo la sombra de un árbol. El que parece el palacio más grande, levantado sobre unas empinadas escaleras, ofrece un marco perfecto para fotografiarse delante de la fachada, como así hacemos, y después las subimos para llegar a un gran salón de planta rectangular en medio del cual se conservan cinco columnas monolíticas de gran tamaño. A través de una estrecha puerta y `por un pasadizo entramos al patio de las grecas, en el que se abren cuatro huecos que dan a salones cubiertos y con los muros y el techo totalmente adornados. El cartel nos dice lo siguiente:
“Se trata de un recinto de gran privacidad, construido originalmente como el palacio más exclusivo de Mitla. De belleza arquitectónica extrema, sus fachadas y muros interiores se encuentran profusamente ornamentados por frisos de grecas que forman variados diseños geométricos. Sus cuatro habitaciones son cerradas y tienen una sola entrada, propiciando que muchas de las actividades cotidianas se realizaran en el patio exterior. El techo de la habitación norte se reconstruyó con bases arqueológicas para dar una idea de los ambientes originales. Los diseños geométricos en los frisos se han interpretado como adornos. El pasillo que comunica hacia el Salón de las Columnas aún tiene restos del aplanado y pintura roja originales”.
En el patio E hay varios recintos que nos dicen los carteles que muestran la historia de la destrucción y vandalismo que sufrió Mitla como producto de la conquista española, pues fueron desmantelados y destruidos totalmente para reutilizar sus materiales en la construcción del templo católico. Y añade: el objetivo último era el de acabar con los vestigios de poder de la cultura prehispánica para imponer la civilización y religión occidentales.
No nos vamos a dar por aludidos porque empañaría el objetivo de la visita pero creo que es una constante a lo largo de toda la historia conductas similares.
En estas tumbas eran enterrados los sacerdotes y los reyes zapotecas; Hay una abertura en el suelo y descendemos para verla y en verdad es algo impresionante, parece que, a pesar de la comunicación con el exterior, el espíritu de los aquí
enterrados, siguen haciendo notar su presencia. Descendemos por la escalera y vemos una tumba en forma de cruz, con una antecámara, grandes dinteles de piedra monolítica y sus muros decorados con tallados de frisos de grecas como los que se han visto en las fachadas de los edificios principales.
Leemos entre otras informaciones: La tradición funeraria fue la de enterramientos consecutivos, depositando los cadáveres con sus ofrendas y removiendo hacia los lados los restos de depósitos anteriores. Ambas tumbas fueron exploradas entre 1900 y 1902 por Marshall Saville, aunque habían sido saqueadas en épocas anteriores.
Cuando salíamos de la tumba, desde el límite del gran cuadrado donde se encuentran, unas mujeres de allí nos llaman, ofreciéndonos vendernos ropa que agitan con la mano. Nos acercamos junto a ellas y al final, entre los cactus y los palos que hacen de vaya, le compramos tres camisas por muy poco dinero, pues ellas mismas van rebajando el precio. Volvemos riéndonos junto a Lola que se ha quedado sentada a la sombra tranquila porque su salud hoy no está del todo bien y hace un calor tremendo.
Cuando salimos hacia la zona comercial entramos en una tienda a comprar más cosas y tengo que ofrecerle unos pesitos a un joven que está tejiendo con un telar que a lo mejor se dejaron olvidado los zapotecas. Es una buena tienda y ofrece productos de cierta calidad.
Cuando ya metidos en el coche atravesábamos el pueblo, Assela nos hizo notar y observar uno de los fenómenos sociales más extendidos y populares en México, una fiesta de puesta de largo de una niña, que al hacer los 15 años, pasa a ser considerada una mujer. Le compran un traje de princesa de cuento, algunos de los cuales ya hemos visto en los escaparates, de gusto a veces algo dudoso desde nuestro punto de vista, pero ellas se encuentran preciosas. Van acompañadas de doce chambelanes, que salen de entre amigos y conocidos, y van vestidos todos iguales, elegantes y uniformados y del resto de sus amigos y amigas. En este caso desfilan por el medio del pueblo y se dirigen probablemente a un restaurante.
TULE
En el camino de vuelta a Oaxaca paramos en un pueblo que se llama Tule, que es famoso por tener en su parque municipal el árbol más antiguo del mundo, o uno de los más antiguos al menos de México. Desde lejos se adivina la enorme masa arbórea que sobresale de la iglesia blanca con toques de color y del Ayuntamiento, en los mismos colores. El entorno es muy bonito, unos cuidados jardines, con verde césped, setos recortados y macizos de flores. Tenemos que acercarnos andando hasta el mismo árbol que está rodeado de una valla en todo su perímetro. Hay un cartel que da los datos concretos para información correcta. Tiene una antigüedad de más de dos mil años. Es un ahuehuete sabino del género Taxodium, de 58 metros de grosor, 42 metros de altura, 14 m de diámetro y otros números más igual de impresionantes.
Varios son los anuncios o informaciones que en el parque están dedicados al famoso árbol. Uno, en una lápida de piedra rematada con una greca en metal, reproduce un verso dedicado al árbol por un poeta local. Otro es un cartel que anuncia: El árbol de Tule en la Historia, de gran tamaño y letras compactas y juntas. Verdaderamente es un motivo de atracción para mucha gente, además de los botánicos y estudiosos de la naturaleza.
Volvemos a Oaxaca a la hora de comer algo tardía y Carlos nos lleva directamente al hotel Camino Real de esta ciudad que también está instalado sobre un antiguo convento, el de Santa Catalina, construido en 1576 y restaurado con mucho gusto hasta el punto que está calificado con cinco estrellas. Nos recogen el coche en la puerta de la calle y entramos en este día no festivo en que no hay mucha gente y podemos elegir a nuestro gusto la mesa entre los varios lugares que nos ofrecen. Al final nos quedamos en una redonda que está bajo los soportales de uno de los floridos y cuidados patios. El edificio aúna la sobriedad monacal con detalles del barroco novohispano y es un gusto recorrer los espacios abiertos a los visitantes sin encontrar ninguna objeción. Existe un comedor interior en cuyas paredes cuelgan grandes cuadros de santos con aspecto de antiguos. En los patios predomina la vegetación más exuberante, buganvillas, cipreses, naranjos, tabachines y todo tipo de flores y arbustos. En uno de ellos, reservado a los clientes del hotel, hay una gran piscina. En todos se encuentra alguna fuente o bien pequeña o bien un templete para el agua al modo del que siempre hay en los grandes monasterios europeos.
En lo que era antigua capilla hay ahora expuestos objetos a la venta de artesanía con gusto y precios también elevados. Los vestidos son de la mejor calidad y algunos de ellos están sobre maniquís, ya que sobra espacio.
La comida es muy buena y como siempre bien servida y luego nos vamos al hotel a descansar. A las seis de la tarde, hora turística, que no torera, nos volvemos a encontrar para hacer el último paseo por la ciudad.
De nuevo vamos a la zona de la iglesia de la Soledad que no conocen los tres que ayer se quedaron a la hora de la siesta descansando. Esta vez sí entramos al patio anexo a la Soledad que ahora son dependencias municipales y que es muy bonito. Ahora hay una exposición de fotografías antiguas de la ciudad y podemos recorrerlo en sus dos plantas con los mismos arcos de medio punto y columnas cuadradas más anchas en la base. Es de color blanco pero el rojo oscuro hace resaltar las líneas y lo embellece. En el centro tiene una fuente redonda.
Después cruzamos al edificio artístico de enfrente que resulta ser actualmente la Facultad de Bellas Artes de la universidad de Oaxaca. Tampoco nadie nos impide entrar y nos encontramos con otro patio mayor y más señorial que el anterior, que es el centro de las dependencias de los futuros artistas. También consta de dos pisos pero el tono es monocromo en un blanco grisáceo. El piso alto tiene los arcos rebajados y está resaltado por una balaustrada que recorre los cuatro lados. Los pilares son mucho más anchos en la planta baja y también hay una fuente en su centro. Recorremos algunas de sus dependencias y salimos de esta zona para llegarnos hasta el centro histórico.
Entramos en el Mercado Central, hoy con más vitalidad que ayer y nos llama la atención los puestos de productos alimenticios, las tiendas de pan, de especias que exponen en canastas, de clases distintas de chiles, en todos los tamaños y casi colores, todo mezclado con la artesanía que te venden en el mismo sitio. Los chicos compran un queso que tiene fama el de aquí y se aprovecha la ocasión.
No sólo hay tiendas en el interior del edificio propiamente dicho de mercado, sino que hay puestos en el exterior, anexionados a sus muros, que hacen difícil andar por la zona, por otra parte muy transitada por coches.
También hemos encontrado carteles de protesta contra el gobernador anterior y nos enteramos de que hubo problemas que transcendieron los del estado de Oaxaca para ser noticia estatal.
Pasamos por una bonita iglesia de piedra gris que creo que perteneció a la Compañía de Jesús pero no nos da tiempo a llegar hasta el gran mercado de Artesanía. Nuestra cuenta corriente seguramente se beneficiará de ello- y al final llegamos al Zócalo, que como era de esperar, está de nuevo lleno de gente que ocupa zonas públicas y terrazas de los bares. Ellos se quedan allí sentados, en primera fila de uno de éstos y yo me voy de nuevo hasta la iglesia de Sto Domingo por la calle peatonal que tengo interés en volver a ver y fotografiar algunos detalles y disfrutarla una vez más porque es, verdaderamente, un lugar bonito.
Volvemos al hotel donde cenamos cada uno lo que quiere y a descansar y prepararse para la vuelta a casa, pues Cuernavaca nos espera
Al día siguiente, martes 26, después de un desayuno en el hotel y de despedirnos de la agradable mesera y pagar de manera alícuota, como viene siendo costumbre, salimos pronto para hacer el largo viaje de retorno por el mismo camino pero sin salirnos de la autopista de cuota más que para mal comer unas quesadillas en un área de servicio entre Puebla y el DF y finalmente llegar a casa del padre, recoger nuestras pertenencias y los perros, despedirnos de él y llegar a Cuernavaca.
Todavía le da tiempo a Assela de ir a un super cercano y trae unos pescados frescos que con un arroz cocido nos entonan el estómago, a alguna más que a otro pues Carlos no renuncia a su tortilla de maíz con carne dentro.
Assela Alamillo Sanz
Día 24 de abril. Domingo de Resurrección.
Cuando se está haciendo este tipo de intenso turismo, uno desconecta de las fechas y las celebraciones pero hoy es un día importante en la religión cristiana. Desayunamos aún con toda calma en el hotel de Puebla, algunos al estilo mejicano, es decir, los dos huevos y sus añadidos, pagamos de forma alícuota, lo cual facilita mucho las cuentas y es una buena idea y salimos con el coche hacia las 11 aproximadamente.
Al salir de la ciudad buscando todavía un banco donde cambiar dinero, nos encontramos de frente desde el coche con la gran fuente dedicada a la China Poblana, la filipina que tanto influyo en el vestuario típico, mezcla de elementos orientales y autóctonos.
El camino a Oaxaca se hace un poco largo pues dura cuatro horas y la ruta es, en teoría, una autopista pero con muchos tramos de tres carriles en total, no en cada lado. Se atraviesa un gran puerto que a veces ofrece espectáculos de paisaje impresionantes pero siempre lo encuentro árido y despojado de arbolado. De vez en cuando aparecen grandes cactus, a modo de palos enhiestos, de color verde, que cubren todas las laderas, algunas yucas estrechas y largas y sólo vemos un tipo de árbol que no reconocemos y que luego nos aclara un tío de Carlos que es el único del que no se obtiene nada de utilidad y por eso se ha conservado. Es una especie que procede del Perú. En general un paisaje árido y solitario de rastros humanos, no se ven pueblos, ni fincas ni casas en general.
Llegamos ya muy tarde a Oaxaca y nos cuesta un poco encontrar el hotel aunque esa vacilación atravesando las calles rectilíneas de la ciudad ya nos despierta el interés y las ganas de conocerla más a fondo. Finalmente llegamos al hotel Aitana, que está en una de las calles más ruidosas y transitadas, en cuesta y por tanto los peseros y los coches dejan oír el ruido del motor en el esfuerzo. Son cerca de las cuatro de la tarde y preguntamos si allí mismo, en un agradable patio central, de pequeñas dimensiones pero adornado como todas las partes comunes con unas esculturas ingenuas de madera, artesanales y coloristas, nos servirían de comer el menú. Sale una señora de edad indeterminada, con rasgos puramente indígenas, agradable y servicial que nos ofrece varias posibilidades. Nos da igual, el caso es comer y así lo hacemos. Luego subimos el piso que nos separa de las habitaciones y se decide descansar, sugerencia que yo no pienso seguir y luego me encontraré otros dos rebeldes, los jóvenes, que tienen energía para rato. En las habitaciones, donde no llega el ruido de la calle, encontramos el curioso detalle con pretensiones artísticas y desde luego original de que las toallas están formando la figura de un cisne, colocadas encima de la cama. Allí cerca del patio a donde dan las habitaciones hay una terraza agradable, con mesas, sillas y hamacas, grandes macetones con flores y hasta arbustos, desde donde se domina una bonita vista de parte de la ciudad y la montaña que hay enfrente
Me voy sola acompañada de mi máquina de fotos, sin sentir ningún temor en el ambiente, y me dirijo hacia la derecha, siguiendo el planito que nos han dado en el hotel. Es un gran recinto que conjuga naturaleza, sociedad y arte. Primero subo las escaleras a un pequeño parque o plaza cubierta totalmente de árboles, en donde hay mesas, bares, puestos de artesanía y gente ocupándola. A continuación se entra por un gran portón en piedra al gran y austero atrio de la iglesia de la Soledad, que tiene otra puerta dando a la calle y por la parte norte unas escaleras que llevan a la calle de arriba, salvando el desnivel de toda esta parte de la ciudad que está en una ladera. La iglesia tiene una fachada barroca y muy bonita.
La Virgen de la Soledad se la considera la patrona de los oaxaqueños y su fiesta, el 18 de diciembre, se celebra durante ocho días. Entro a conocer la iglesia que en este momento tiene culto y mucha gente y que me parece bonita dentro del estilo barroco colonial y cuando salgo me encuentro a Carlos y Assela que se han imaginado que me estaría aquí y han acertado.
Juntos terminamos de ver este recinto monumental y entramos a un edificio civil anexo a la iglesia que en otro tiempo debió de pertenecer al recinto conventual y que ahora es dependencia municipal. Hoy domingo, naturalmente, está cerrado, pero alguien ha entrado y le pedimos al portero asomarnos un momento a ver el bonito patio. Mañana repetiremos la visita con más calma. También vemos al otro lado, iluminada en este momento por el sol que se pone, la fachada de la actual Escuela de Bellas Artes y se aprovecha la luz para una buena foto aunque también será mañana el día indicado para conocer su historia y su interior.
Las calles de Oaxaca son rectas, homogéneas, de casas bajas, rejas grandes, aire colonial, edificaciones más modestas a medida que nos alejamos del centro histórico pero con mucho encanto. Fachadas pintadas en colores llamativos, como hemos visto también en Puebla. Y anuncios en los muros que a veces causan una sonrisa como uno que dice, allí cerca de la iglesia de la Soledad que “Se venden artículos religiosos y regalos”. Y más abajo anuncian en letras destacadas: “Venta, Restauración y vestiduras de Niños Dios y Santos”. En otro recuadro diferente, enmarcado en una especie de pergamino de metal oscuro y colocado más debajo de estas letras, también se anuncian para estudiar el origen de los apellidos.
A veces sobresalen por las tapias grandes macizos de bouganvillas o cualquier otra enredadera verde o florida que embellece cualquier deterioro que pudiera presentar el edificio o la fachada a la que pertenece. Los coches no faltan aparcados en la calzada al lado de las aceras.
Se ven también casas de piedra de cantería con detalles ornamentales de buen gusto, reflejo tal vez de otros tiempos mejores para los antiguos propietarios y se descubren así mismo en esta zona todavía algo alejada del centro histórico, casas tan deterioradas que las rejas de sus balcones están oxidadas o crecen verdaderos árboles que salen de la propia fachada, alimentando sus raíces del adobe de la construcción.
Seguimos andando hasta el centro y llegamos, pasando por más iglesias de aspecto parecido por su fachada en piedra gris y estilo barroco, a la calle principal, la Avenida Hidalgo y al Zócalo, a donde da la Catedral. Una vez más el escenario se repite con las características propias de cada ciudad. Encontramos dos espacios verdes, a ambos lados de la catedral, el que da a la fachada principal y la plaza que da a uno de sus laterales. Ambas plazas están llenas de vida en esta tarde de cielo oscurecido por el propio calor, absolutamente llenas de gente. Los árboles que las llenan tienen unos troncos de dimensiones excepcionales, prueba de la antigüedad de la ciudad y de su urbanismo en esta parte central. Están sanos y frondosos y proporcionan la mejor y más natural de las cubiertas, que dan sombra, refrescan y embellecen. Muchas gentes las más de ellas de aspecto indígena, llenan todos los espacios y se sientan en bancos y poyetes o intentan vender su mercancía. En medio del zócalo se levanta un precioso kiosko de estilo modernista, colocado en tiempos de Porfirio sustituyendo a otros anteriores. Su una techumbre tiene varias cúpulas, la central y cuatro a los lados, y la sostienen esbeltas columnas de hierro. Hay flores por todas partes. Los edificios que enmarcan los lados del Zócalo tienen soportales y en casi todos hay restaurantes que exponen sus terrazas al exterior o incluso en balcones en el piso segundo como uno que se llama “La casa de la Abuela” situado en una privilegiada esquina desde donde se debe de divisar un precioso panorama.
La catedral está dedicada a Nuestra Sra de la Asunción. Su construcción empezó en el siglo XVI pero no fue consagrada hasta bien entrado el XVIII. El estilo es barroco pero el que he oído que llaman novohispano. Su edificación es algo pesada, para protegerse de los temblores de tierra que suelen tener lugar en esta zona. En el lugar de las torres hay un pequeño remate ya que las primitivas y naturalmente altas fueron derribadas por un terremoto.
En los alrededores de la catedral hay pequeños puestos de venta de artesanías, grandes manojos de globos que tanto adornan, personas que te ofrecen su mercancía de collares o trajes directamente, grupos de artistas que exhiben sus habilidades en lo alto de las escaleras que separan la catedral de la plaza. Un espectáculo que se acrecentará en vitalidad cuando volvamos un par de horas más tarde el grupo completo.
Seguimos hasta uno de los mercados, no el más famoso de la artesanía, que está algo más lejos, sino el popular, en el que hay productos alimenticios al lado de huaracherías o de puestos de artesanía. Compro un bolso en uno de los puestos que hoy están abiertos, que no son todos.
Volvemos con cierta prisa al hotel para cumplir el compromiso de estar a las seis listos y repuestos y para ver la ciudad, que nosotros tres ya conocemos en parte. Ahora el camino por el que nos conduce Carlos es otro. Subimos algo por nuestra misma calle y torcemos a la derecha para llegar a una de las zonas más bonita de la ciudad, la iglesia de Santo Domingo de Guzman y su entorno. La pena es que el museo Regional instalado en lo que perteneció al convento, está cerrado y no podemos visitarlo. Se inaugura en 1608 y pasa por distintas fases de ocupación. Actualmente es patrimonio de la Humanidad, como toda la ciudad. El estilo es como el de la catedral, el barroco novohispano. Es una pena no poder ver el patio del antiguo convento que hoy pertenece al museo pero entramos en el templo y al igual que pasaba en el que la misma orden tiene en Puebla, el oro resplandece en retablos y demás elementos decorativos, el coro, los muros, es una sinfonía en oro.
Delante del museo y del templo hay una plazoleta flanqueada de tabachines que ahora los vemos todavía en flor y que es el mejor encuadre posible que cabe pensar. En esta superficie despejada se llevan a cabo festejos populares y entretenimientos que congregan a mucha gente y ni qué decir tiene que no faltan los puestos de venta de artesanía ambulantes. Cuando estamos allí disfrutando del paisaje tenemos la suerte de que de pronto el sol del ocaso aparece detrás de las nubes que enturbiaban un poco la atmósfera y da de plano en la fachada de piedra clara de la iglesia, produciendo un efecto que la embellece mucho más.
Esta plaza está comunicada en línea recta con el Zócalo por la única calle peatonal de la ciudad que se llama Macedonio Alcalá, calle muy bonita por los edificios señoriales y artísticos que la componen y por las tiendas que adornan sus bajos. Tiene una extensión de unos quinientos metros y siempre está llena de gente. En este atardecer tiene una luz especial.
Al principio de la calle y al lado de la plaza de Sto Domingo sale una zona ajardinada convertida en mercado de artesanía. La tentación es grande porque aquí, además de los mismos objetos que en otras partes, se encuentran los famosos alebrijes y la cerámica negra característica sólo de esta ciudad. Es un precioso espectáculo pasearse entre los puestos, tanto los más despejados que están en la zona de boulevard como los que están juntos y amontonados en la calzada a un nivel inferior. Allí vamos a picar todos y a llevarnos algún recuerdo.
A medida que vamos descendiendo por la calle peatonal y acercándonos al Zócalo, vemos edificaciones más artísticas, de piedra granítica alguna, señoriales. Nos dirigimos a la catedral pero también están en misa. El ambiente que hay delante es más animado que hace dos horas. Hay grupos que cantan y tocan los instrumentos, vestidos con ponchos y utilizando altavoces como si fueran profesionales. La gente escucha, pasea o mira indiferente la animación. Buscamos una terraza en uno de los lados que dan al Zócalo de un restaurante que parece elegante y donde de momento estamos solos, a un nivel algo superior al de la acera. Son muchos los vendedores que se acercan hacia el porche a ofrecernos sus productos y a veces darían ganas de caer en la tentación de nuevo porque llevan cosas bonitas. Tomamos un refresco y descansamos un rato pero cuando ya es de noche decidimos buscar un lugar para cenar antes de retirarnos al hotel. Desandamos el camino y en una calle cercana a la plaza de santo Domingo entramos en un a un restaurante italiano habilitado en un caserón con muy buen gusto. Es un sitio agradable y estamos casi solos. Al terminar de cenar oímos fuegos artificiales y yo salgo a inspeccionar y en efecto, hay en la calle perpendicular un castillo de fuegos que no se pueden comparar a los valencianos pero que son igualmente señal de conmemoración y fiesta en este caso religiosa porque al termina, salen iluminadas la siguiente frase: VIVA CRISTO RESUCITADO.
Lola no se encuentra muy bien y procuramos volver pronto al hotel a descansar pero el ambiente de juventud, animación y diversión por todo este centro histórico es verdaderamente contagioso.
Día 25, lunes. EXCURSIÓN A MITLA
En el patio del hotel tomamos un buen desayuno con un sencillo bufete. Luego entramos en la casa de enfrente donde tienen un pacto con los dueños para guardar el coche de los clientes del hotel. Allí mismo, en el interior del agradable patio particular, nos montamos los seis en el coche y ponemos rumbo a MITLA, con la intención de ver un conjunto arqueológico de origen zapoteco y por tanto prehispánico.
Está a unos 40 km de Oaxaca y atravesamos el pueblo hasta llegar a la zona arqueológica que está muy preparado para recibir coches y sobre todo para que, una vez visitado el recinto, dejarse unos pesos en las muchas tiendas y puestos de bonita artesanía que se ve por todas las partes. Voy a transcribir los carteles que explican la distribución y naturaleza del recinto y que encontramos diseminados para una fácil lectura del visitante. El primero dice lo siguiente:
“LUGAR DE MUERTOS O INFRAMUNDO”
En lengua zapoteca este sitio es llamado Lyobaa, que se traduce como “lugar de descanso”. En Mitla hay evidencias de ocupación humana desde principios de nuestra era (0-200 d C). Ante la desaparición de Monte Albán como núcleo de poder, Mitla se convirtió en una población muy importante que funcionó como centro de poder para los zapotecos del valle. Su máximo crecimiento y apogeo ocurrió entre 950 y 1521 d.C.
La zona arqueológica comprende cinco conjuntos de arquitectura monumental: Grupo del Norte; Grupo de las Columnas; Grupo del Adobe o del Calvario; Grupo del Arroyo y Grupo del Sur. Los conjuntos del Adobe o Calvario y del Sur, pñor haber sido construidos en épocas anteriores, reproducen la tradición de plazas, rodeadas por palacios sobre plataformas.
En los conjuntos del Norte, de las Columnas y del Arroyo, se ubican los edificios administrativos y palacios de personajes de alto rango. Estos palacios se caracterizan por el uso arquitectónico de grandes monolitos y por sus fachadas ornamentadas con mosaicos de grecas de diferentes diseños enmarcadas por tableros, elementos que son parte de la rica tradición arquitectónica zapoteca iniciada en Monte Albán con fuertes influencias teotihuacanas.
Al oeste de la población actual de Mitla se encuentra “La Fortaleza” sitio defensivo amurallado por los zapotecas, para defender su ciudad de posibles invasiones.”
Al bajar del coche el panorama que divisamos es magnífico y parece que tenemos delante bastante trabajo para visitar, admirar y, con la ayuda de las explicaciones puestas en los carteles, también comprender. Lo que primero y más resalta al girar la vista en el entorno es un edificio cuya base es una antigua construcción pero rematada por seis cúpulas en ladrillo rojo, resultado de la fusión y la conversión en un templo católico de lo que antes habían sido también un recinto dedicado a los dioses.
En otro cartel se encuentra la siguiente información:
“Establecimiento católico en la Época Colonial. En el s. XVII se construyó sobre el Patio C el templo católico de San Pablo. Para ello se ocuparon básicamente materiales constructivos producto de la destrucción de varios palacios prehispánicos: estructuralmente este templo fue soportado por los dinteles monolíticos de la habitación subyacente. Los Patios A y B sufrieron modificaciones cuando se convirtieron en curato. En el Patio A se instalaron caballerizas y basureros y en el B, la casa cural. Para el acceso de esta última, se hizo un pórtico en el exterior sostenido por dos columnas monolíticas procedentes del conjunto mayor al Sur. El acceso oeste muestra evidencias de un área abierta, con portal empedrado y fuente, que daban vista a las propiedades de la iglesia. Esta reutilización con fines religiosos dejó de tener efecto excepto el propio templo, a raíz de la ley de nacionalización de los Bienes Eclesiásticos emitida por Benito Juárez en 1859”
De momento vamos a disfrutar de lo que veamos. Entramos en los habitáculos que son patios cuadrangulares, a cielo abierto, y adornados en sus muros por frisos que forman figuras geométricas distintas entre sí, variadas y todas bonitas. Se encuentran grecas compuestas con trozos de piedras labradas y pulidas que no están engarzadas por ninguna mezcla y que forman distintos dibujos, algunos más simples y otros más complicados, que no son iguales a las del resto del país.
También quedan restos de pintura murales en algunos lienzos que aún conservan bien el color rojo intenso y que son más difíciles de interpretar si uno no es muy entendido, como parece serlo un guía que acompaña a una pareja, un señor mayor, al que en un momento le oímos decir que él ha nacido allí, en ese pueblo y que es de raza zapoteca. Cuenta muchos detalles que no podemos escucharlos con atención pero que parece ser una explicación interesante.
Dos de las construcciones están consideradas como conjuntos ceremoniales y otras tres parece que eran palacios organizados con habitaciones alrededor del patio. Seguimos el orden que van indicando unas flechas y leyendo los carteles. De vez en cuando uno se puede sentar bajo la sombra de un árbol. El que parece el palacio más grande, levantado sobre unas empinadas escaleras, ofrece un marco perfecto para fotografiarse delante de la fachada, como así hacemos, y después las subimos para llegar a un gran salón de planta rectangular en medio del cual se conservan cinco columnas monolíticas de gran tamaño. A través de una estrecha puerta y `por un pasadizo entramos al patio de las grecas, en el que se abren cuatro huecos que dan a salones cubiertos y con los muros y el techo totalmente adornados. El cartel nos dice lo siguiente:
“Se trata de un recinto de gran privacidad, construido originalmente como el palacio más exclusivo de Mitla. De belleza arquitectónica extrema, sus fachadas y muros interiores se encuentran profusamente ornamentados por frisos de grecas que forman variados diseños geométricos. Sus cuatro habitaciones son cerradas y tienen una sola entrada, propiciando que muchas de las actividades cotidianas se realizaran en el patio exterior. El techo de la habitación norte se reconstruyó con bases arqueológicas para dar una idea de los ambientes originales. Los diseños geométricos en los frisos se han interpretado como adornos. El pasillo que comunica hacia el Salón de las Columnas aún tiene restos del aplanado y pintura roja originales”.
En el patio E hay varios recintos que nos dicen los carteles que muestran la historia de la destrucción y vandalismo que sufrió Mitla como producto de la conquista española, pues fueron desmantelados y destruidos totalmente para reutilizar sus materiales en la construcción del templo católico. Y añade: el objetivo último era el de acabar con los vestigios de poder de la cultura prehispánica para imponer la civilización y religión occidentales.
No nos vamos a dar por aludidos porque empañaría el objetivo de la visita pero creo que es una constante a lo largo de toda la historia conductas similares.
En estas tumbas eran enterrados los sacerdotes y los reyes zapotecas; Hay una abertura en el suelo y descendemos para verla y en verdad es algo impresionante, parece que, a pesar de la comunicación con el exterior, el espíritu de los aquí
enterrados, siguen haciendo notar su presencia. Descendemos por la escalera y vemos una tumba en forma de cruz, con una antecámara, grandes dinteles de piedra monolítica y sus muros decorados con tallados de frisos de grecas como los que se han visto en las fachadas de los edificios principales.
Leemos entre otras informaciones: La tradición funeraria fue la de enterramientos consecutivos, depositando los cadáveres con sus ofrendas y removiendo hacia los lados los restos de depósitos anteriores. Ambas tumbas fueron exploradas entre 1900 y 1902 por Marshall Saville, aunque habían sido saqueadas en épocas anteriores.
Cuando salíamos de la tumba, desde el límite del gran cuadrado donde se encuentran, unas mujeres de allí nos llaman, ofreciéndonos vendernos ropa que agitan con la mano. Nos acercamos junto a ellas y al final, entre los cactus y los palos que hacen de vaya, le compramos tres camisas por muy poco dinero, pues ellas mismas van rebajando el precio. Volvemos riéndonos junto a Lola que se ha quedado sentada a la sombra tranquila porque su salud hoy no está del todo bien y hace un calor tremendo.
Cuando salimos hacia la zona comercial entramos en una tienda a comprar más cosas y tengo que ofrecerle unos pesitos a un joven que está tejiendo con un telar que a lo mejor se dejaron olvidado los zapotecas. Es una buena tienda y ofrece productos de cierta calidad.
Cuando ya metidos en el coche atravesábamos el pueblo, Assela nos hizo notar y observar uno de los fenómenos sociales más extendidos y populares en México, una fiesta de puesta de largo de una niña, que al hacer los 15 años, pasa a ser considerada una mujer. Le compran un traje de princesa de cuento, algunos de los cuales ya hemos visto en los escaparates, de gusto a veces algo dudoso desde nuestro punto de vista, pero ellas se encuentran preciosas. Van acompañadas de doce chambelanes, que salen de entre amigos y conocidos, y van vestidos todos iguales, elegantes y uniformados y del resto de sus amigos y amigas. En este caso desfilan por el medio del pueblo y se dirigen probablemente a un restaurante.
TULE
En el camino de vuelta a Oaxaca paramos en un pueblo que se llama Tule, que es famoso por tener en su parque municipal el árbol más antiguo del mundo, o uno de los más antiguos al menos de México. Desde lejos se adivina la enorme masa arbórea que sobresale de la iglesia blanca con toques de color y del Ayuntamiento, en los mismos colores. El entorno es muy bonito, unos cuidados jardines, con verde césped, setos recortados y macizos de flores. Tenemos que acercarnos andando hasta el mismo árbol que está rodeado de una valla en todo su perímetro. Hay un cartel que da los datos concretos para información correcta. Tiene una antigüedad de más de dos mil años. Es un ahuehuete sabino del género Taxodium, de 58 metros de grosor, 42 metros de altura, 14 m de diámetro y otros números más igual de impresionantes.
Varios son los anuncios o informaciones que en el parque están dedicados al famoso árbol. Uno, en una lápida de piedra rematada con una greca en metal, reproduce un verso dedicado al árbol por un poeta local. Otro es un cartel que anuncia: El árbol de Tule en la Historia, de gran tamaño y letras compactas y juntas. Verdaderamente es un motivo de atracción para mucha gente, además de los botánicos y estudiosos de la naturaleza.
Volvemos a Oaxaca a la hora de comer algo tardía y Carlos nos lleva directamente al hotel Camino Real de esta ciudad que también está instalado sobre un antiguo convento, el de Santa Catalina, construido en 1576 y restaurado con mucho gusto hasta el punto que está calificado con cinco estrellas. Nos recogen el coche en la puerta de la calle y entramos en este día no festivo en que no hay mucha gente y podemos elegir a nuestro gusto la mesa entre los varios lugares que nos ofrecen. Al final nos quedamos en una redonda que está bajo los soportales de uno de los floridos y cuidados patios. El edificio aúna la sobriedad monacal con detalles del barroco novohispano y es un gusto recorrer los espacios abiertos a los visitantes sin encontrar ninguna objeción. Existe un comedor interior en cuyas paredes cuelgan grandes cuadros de santos con aspecto de antiguos. En los patios predomina la vegetación más exuberante, buganvillas, cipreses, naranjos, tabachines y todo tipo de flores y arbustos. En uno de ellos, reservado a los clientes del hotel, hay una gran piscina. En todos se encuentra alguna fuente o bien pequeña o bien un templete para el agua al modo del que siempre hay en los grandes monasterios europeos.
En lo que era antigua capilla hay ahora expuestos objetos a la venta de artesanía con gusto y precios también elevados. Los vestidos son de la mejor calidad y algunos de ellos están sobre maniquís, ya que sobra espacio.
La comida es muy buena y como siempre bien servida y luego nos vamos al hotel a descansar. A las seis de la tarde, hora turística, que no torera, nos volvemos a encontrar para hacer el último paseo por la ciudad.
De nuevo vamos a la zona de la iglesia de la Soledad que no conocen los tres que ayer se quedaron a la hora de la siesta descansando. Esta vez sí entramos al patio anexo a la Soledad que ahora son dependencias municipales y que es muy bonito. Ahora hay una exposición de fotografías antiguas de la ciudad y podemos recorrerlo en sus dos plantas con los mismos arcos de medio punto y columnas cuadradas más anchas en la base. Es de color blanco pero el rojo oscuro hace resaltar las líneas y lo embellece. En el centro tiene una fuente redonda.
Después cruzamos al edificio artístico de enfrente que resulta ser actualmente la Facultad de Bellas Artes de la universidad de Oaxaca. Tampoco nadie nos impide entrar y nos encontramos con otro patio mayor y más señorial que el anterior, que es el centro de las dependencias de los futuros artistas. También consta de dos pisos pero el tono es monocromo en un blanco grisáceo. El piso alto tiene los arcos rebajados y está resaltado por una balaustrada que recorre los cuatro lados. Los pilares son mucho más anchos en la planta baja y también hay una fuente en su centro. Recorremos algunas de sus dependencias y salimos de esta zona para llegarnos hasta el centro histórico.
Entramos en el Mercado Central, hoy con más vitalidad que ayer y nos llama la atención los puestos de productos alimenticios, las tiendas de pan, de especias que exponen en canastas, de clases distintas de chiles, en todos los tamaños y casi colores, todo mezclado con la artesanía que te venden en el mismo sitio. Los chicos compran un queso que tiene fama el de aquí y se aprovecha la ocasión.
No sólo hay tiendas en el interior del edificio propiamente dicho de mercado, sino que hay puestos en el exterior, anexionados a sus muros, que hacen difícil andar por la zona, por otra parte muy transitada por coches.
También hemos encontrado carteles de protesta contra el gobernador anterior y nos enteramos de que hubo problemas que transcendieron los del estado de Oaxaca para ser noticia estatal.
Pasamos por una bonita iglesia de piedra gris que creo que perteneció a la Compañía de Jesús pero no nos da tiempo a llegar hasta el gran mercado de Artesanía. Nuestra cuenta corriente seguramente se beneficiará de ello- y al final llegamos al Zócalo, que como era de esperar, está de nuevo lleno de gente que ocupa zonas públicas y terrazas de los bares. Ellos se quedan allí sentados, en primera fila de uno de éstos y yo me voy de nuevo hasta la iglesia de Sto Domingo por la calle peatonal que tengo interés en volver a ver y fotografiar algunos detalles y disfrutarla una vez más porque es, verdaderamente, un lugar bonito.
Volvemos al hotel donde cenamos cada uno lo que quiere y a descansar y prepararse para la vuelta a casa, pues Cuernavaca nos espera
Al día siguiente, martes 26, después de un desayuno en el hotel y de despedirnos de la agradable mesera y pagar de manera alícuota, como viene siendo costumbre, salimos pronto para hacer el largo viaje de retorno por el mismo camino pero sin salirnos de la autopista de cuota más que para mal comer unas quesadillas en un área de servicio entre Puebla y el DF y finalmente llegar a casa del padre, recoger nuestras pertenencias y los perros, despedirnos de él y llegar a Cuernavaca.
Todavía le da tiempo a Assela de ir a un super cercano y trae unos pescados frescos que con un arroz cocido nos entonan el estómago, a alguna más que a otro pues Carlos no renuncia a su tortilla de maíz con carne dentro.
Assela Alamillo Sanz
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