viernes, 17 de junio de 2011

México 10.
Día 24 de abril. Domingo de Resurrección.
Cuando se está haciendo este tipo de intenso turismo, uno desconecta de las fechas y las celebraciones pero hoy es un día importante en la religión cristiana. Desayunamos aún con toda calma en el hotel de Puebla, algunos al estilo mejicano, es decir, los dos huevos y sus añadidos, pagamos de forma alícuota, lo cual facilita mucho las cuentas y es una buena idea y salimos con el coche hacia las 11 aproximadamente.
Al salir de la ciudad buscando todavía un banco donde cambiar dinero, nos encontramos de frente desde el coche con la gran fuente dedicada a la China Poblana, la filipina que tanto influyo en el vestuario típico, mezcla de elementos orientales y autóctonos.

El camino a Oaxaca se hace un poco largo pues dura cuatro horas y la ruta es, en teoría, una autopista pero con muchos tramos de tres carriles en total, no en cada lado. Se atraviesa un gran puerto que a veces ofrece espectáculos de paisaje impresionantes pero siempre lo encuentro árido y despojado de arbolado. De vez en cuando aparecen grandes cactus, a modo de palos enhiestos, de color verde, que cubren todas las laderas, algunas yucas estrechas y largas y sólo vemos un tipo de árbol que no reconocemos y que luego nos aclara un tío de Carlos que es el único del que no se obtiene nada de utilidad y por eso se ha conservado. Es una especie que procede del Perú. En general un paisaje árido y solitario de rastros humanos, no se ven pueblos, ni fincas ni casas en general.
Llegamos ya muy tarde a Oaxaca y nos cuesta un poco encontrar el hotel aunque esa vacilación atravesando las calles rectilíneas de la ciudad ya nos despierta el interés y las ganas de conocerla más a fondo. Finalmente llegamos al hotel Aitana, que está en una de las calles más ruidosas y transitadas, en cuesta y por tanto los peseros y los coches dejan oír el ruido del motor en el esfuerzo. Son cerca de las cuatro de la tarde y preguntamos si allí mismo, en un agradable patio central, de pequeñas dimensiones pero adornado como todas las partes comunes con unas esculturas ingenuas de madera, artesanales y coloristas, nos servirían de comer el menú. Sale una señora de edad indeterminada, con rasgos puramente indígenas, agradable y servicial que nos ofrece varias posibilidades. Nos da igual, el caso es comer y así lo hacemos. Luego subimos el piso que nos separa de las habitaciones y se decide descansar, sugerencia que yo no pienso seguir y luego me encontraré otros dos rebeldes, los jóvenes, que tienen energía para rato. En las habitaciones, donde no llega el ruido de la calle, encontramos el curioso detalle con pretensiones artísticas y desde luego original de que las toallas están formando la figura de un cisne, colocadas encima de la cama. Allí cerca del patio a donde dan las habitaciones hay una terraza agradable, con mesas, sillas y hamacas, grandes macetones con flores y hasta arbustos, desde donde se domina una bonita vista de parte de la ciudad y la montaña que hay enfrente

Me voy sola acompañada de mi máquina de fotos, sin sentir ningún temor en el ambiente, y me dirijo hacia la derecha, siguiendo el planito que nos han dado en el hotel. Es un gran recinto que conjuga naturaleza, sociedad y arte. Primero subo las escaleras a un pequeño parque o plaza cubierta totalmente de árboles, en donde hay mesas, bares, puestos de artesanía y gente ocupándola. A continuación se entra por un gran portón en piedra al gran y austero atrio de la iglesia de la Soledad, que tiene otra puerta dando a la calle y por la parte norte unas escaleras que llevan a la calle de arriba, salvando el desnivel de toda esta parte de la ciudad que está en una ladera. La iglesia tiene una fachada barroca y muy bonita.
La Virgen de la Soledad se la considera la patrona de los oaxaqueños y su fiesta, el 18 de diciembre, se celebra durante ocho días. Entro a conocer la iglesia que en este momento tiene culto y mucha gente y que me parece bonita dentro del estilo barroco colonial y cuando salgo me encuentro a Carlos y Assela que se han imaginado que me estaría aquí y han acertado.
Juntos terminamos de ver este recinto monumental y entramos a un edificio civil anexo a la iglesia que en otro tiempo debió de pertenecer al recinto conventual y que ahora es dependencia municipal. Hoy domingo, naturalmente, está cerrado, pero alguien ha entrado y le pedimos al portero asomarnos un momento a ver el bonito patio. Mañana repetiremos la visita con más calma. También vemos al otro lado, iluminada en este momento por el sol que se pone, la fachada de la actual Escuela de Bellas Artes y se aprovecha la luz para una buena foto aunque también será mañana el día indicado para conocer su historia y su interior.

Las calles de Oaxaca son rectas, homogéneas, de casas bajas, rejas grandes, aire colonial, edificaciones más modestas a medida que nos alejamos del centro histórico pero con mucho encanto. Fachadas pintadas en colores llamativos, como hemos visto también en Puebla. Y anuncios en los muros que a veces causan una sonrisa como uno que dice, allí cerca de la iglesia de la Soledad que “Se venden artículos religiosos y regalos”. Y más abajo anuncian en letras destacadas: “Venta, Restauración y vestiduras de Niños Dios y Santos”. En otro recuadro diferente, enmarcado en una especie de pergamino de metal oscuro y colocado más debajo de estas letras, también se anuncian para estudiar el origen de los apellidos.
A veces sobresalen por las tapias grandes macizos de bouganvillas o cualquier otra enredadera verde o florida que embellece cualquier deterioro que pudiera presentar el edificio o la fachada a la que pertenece. Los coches no faltan aparcados en la calzada al lado de las aceras.
Se ven también casas de piedra de cantería con detalles ornamentales de buen gusto, reflejo tal vez de otros tiempos mejores para los antiguos propietarios y se descubren así mismo en esta zona todavía algo alejada del centro histórico, casas tan deterioradas que las rejas de sus balcones están oxidadas o crecen verdaderos árboles que salen de la propia fachada, alimentando sus raíces del adobe de la construcción.
Seguimos andando hasta el centro y llegamos, pasando por más iglesias de aspecto parecido por su fachada en piedra gris y estilo barroco, a la calle principal, la Avenida Hidalgo y al Zócalo, a donde da la Catedral. Una vez más el escenario se repite con las características propias de cada ciudad. Encontramos dos espacios verdes, a ambos lados de la catedral, el que da a la fachada principal y la plaza que da a uno de sus laterales. Ambas plazas están llenas de vida en esta tarde de cielo oscurecido por el propio calor, absolutamente llenas de gente. Los árboles que las llenan tienen unos troncos de dimensiones excepcionales, prueba de la antigüedad de la ciudad y de su urbanismo en esta parte central. Están sanos y frondosos y proporcionan la mejor y más natural de las cubiertas, que dan sombra, refrescan y embellecen. Muchas gentes las más de ellas de aspecto indígena, llenan todos los espacios y se sientan en bancos y poyetes o intentan vender su mercancía. En medio del zócalo se levanta un precioso kiosko de estilo modernista, colocado en tiempos de Porfirio sustituyendo a otros anteriores. Su una techumbre tiene varias cúpulas, la central y cuatro a los lados, y la sostienen esbeltas columnas de hierro. Hay flores por todas partes. Los edificios que enmarcan los lados del Zócalo tienen soportales y en casi todos hay restaurantes que exponen sus terrazas al exterior o incluso en balcones en el piso segundo como uno que se llama “La casa de la Abuela” situado en una privilegiada esquina desde donde se debe de divisar un precioso panorama.
La catedral está dedicada a Nuestra Sra de la Asunción. Su construcción empezó en el siglo XVI pero no fue consagrada hasta bien entrado el XVIII. El estilo es barroco pero el que he oído que llaman novohispano. Su edificación es algo pesada, para protegerse de los temblores de tierra que suelen tener lugar en esta zona. En el lugar de las torres hay un pequeño remate ya que las primitivas y naturalmente altas fueron derribadas por un terremoto.
En los alrededores de la catedral hay pequeños puestos de venta de artesanías, grandes manojos de globos que tanto adornan, personas que te ofrecen su mercancía de collares o trajes directamente, grupos de artistas que exhiben sus habilidades en lo alto de las escaleras que separan la catedral de la plaza. Un espectáculo que se acrecentará en vitalidad cuando volvamos un par de horas más tarde el grupo completo.
Seguimos hasta uno de los mercados, no el más famoso de la artesanía, que está algo más lejos, sino el popular, en el que hay productos alimenticios al lado de huaracherías o de puestos de artesanía. Compro un bolso en uno de los puestos que hoy están abiertos, que no son todos.
Volvemos con cierta prisa al hotel para cumplir el compromiso de estar a las seis listos y repuestos y para ver la ciudad, que nosotros tres ya conocemos en parte. Ahora el camino por el que nos conduce Carlos es otro. Subimos algo por nuestra misma calle y torcemos a la derecha para llegar a una de las zonas más bonita de la ciudad, la iglesia de Santo Domingo de Guzman y su entorno. La pena es que el museo Regional instalado en lo que perteneció al convento, está cerrado y no podemos visitarlo. Se inaugura en 1608 y pasa por distintas fases de ocupación. Actualmente es patrimonio de la Humanidad, como toda la ciudad. El estilo es como el de la catedral, el barroco novohispano. Es una pena no poder ver el patio del antiguo convento que hoy pertenece al museo pero entramos en el templo y al igual que pasaba en el que la misma orden tiene en Puebla, el oro resplandece en retablos y demás elementos decorativos, el coro, los muros, es una sinfonía en oro.
Delante del museo y del templo hay una plazoleta flanqueada de tabachines que ahora los vemos todavía en flor y que es el mejor encuadre posible que cabe pensar. En esta superficie despejada se llevan a cabo festejos populares y entretenimientos que congregan a mucha gente y ni qué decir tiene que no faltan los puestos de venta de artesanía ambulantes. Cuando estamos allí disfrutando del paisaje tenemos la suerte de que de pronto el sol del ocaso aparece detrás de las nubes que enturbiaban un poco la atmósfera y da de plano en la fachada de piedra clara de la iglesia, produciendo un efecto que la embellece mucho más.
Esta plaza está comunicada en línea recta con el Zócalo por la única calle peatonal de la ciudad que se llama Macedonio Alcalá, calle muy bonita por los edificios señoriales y artísticos que la componen y por las tiendas que adornan sus bajos. Tiene una extensión de unos quinientos metros y siempre está llena de gente. En este atardecer tiene una luz especial.
Al principio de la calle y al lado de la plaza de Sto Domingo sale una zona ajardinada convertida en mercado de artesanía. La tentación es grande porque aquí, además de los mismos objetos que en otras partes, se encuentran los famosos alebrijes y la cerámica negra característica sólo de esta ciudad. Es un precioso espectáculo pasearse entre los puestos, tanto los más despejados que están en la zona de boulevard como los que están juntos y amontonados en la calzada a un nivel inferior. Allí vamos a picar todos y a llevarnos algún recuerdo.
A medida que vamos descendiendo por la calle peatonal y acercándonos al Zócalo, vemos edificaciones más artísticas, de piedra granítica alguna, señoriales. Nos dirigimos a la catedral pero también están en misa. El ambiente que hay delante es más animado que hace dos horas. Hay grupos que cantan y tocan los instrumentos, vestidos con ponchos y utilizando altavoces como si fueran profesionales. La gente escucha, pasea o mira indiferente la animación. Buscamos una terraza en uno de los lados que dan al Zócalo de un restaurante que parece elegante y donde de momento estamos solos, a un nivel algo superior al de la acera. Son muchos los vendedores que se acercan hacia el porche a ofrecernos sus productos y a veces darían ganas de caer en la tentación de nuevo porque llevan cosas bonitas. Tomamos un refresco y descansamos un rato pero cuando ya es de noche decidimos buscar un lugar para cenar antes de retirarnos al hotel. Desandamos el camino y en una calle cercana a la plaza de santo Domingo entramos en un a un restaurante italiano habilitado en un caserón con muy buen gusto. Es un sitio agradable y estamos casi solos. Al terminar de cenar oímos fuegos artificiales y yo salgo a inspeccionar y en efecto, hay en la calle perpendicular un castillo de fuegos que no se pueden comparar a los valencianos pero que son igualmente señal de conmemoración y fiesta en este caso religiosa porque al termina, salen iluminadas la siguiente frase: VIVA CRISTO RESUCITADO.
Lola no se encuentra muy bien y procuramos volver pronto al hotel a descansar pero el ambiente de juventud, animación y diversión por todo este centro histórico es verdaderamente contagioso.

Día 25, lunes. EXCURSIÓN A MITLA
En el patio del hotel tomamos un buen desayuno con un sencillo bufete. Luego entramos en la casa de enfrente donde tienen un pacto con los dueños para guardar el coche de los clientes del hotel. Allí mismo, en el interior del agradable patio particular, nos montamos los seis en el coche y ponemos rumbo a MITLA, con la intención de ver un conjunto arqueológico de origen zapoteco y por tanto prehispánico.
Está a unos 40 km de Oaxaca y atravesamos el pueblo hasta llegar a la zona arqueológica que está muy preparado para recibir coches y sobre todo para que, una vez visitado el recinto, dejarse unos pesos en las muchas tiendas y puestos de bonita artesanía que se ve por todas las partes. Voy a transcribir los carteles que explican la distribución y naturaleza del recinto y que encontramos diseminados para una fácil lectura del visitante. El primero dice lo siguiente:
“LUGAR DE MUERTOS O INFRAMUNDO”
En lengua zapoteca este sitio es llamado Lyobaa, que se traduce como “lugar de descanso”. En Mitla hay evidencias de ocupación humana desde principios de nuestra era (0-200 d C). Ante la desaparición de Monte Albán como núcleo de poder, Mitla se convirtió en una población muy importante que funcionó como centro de poder para los zapotecos del valle. Su máximo crecimiento y apogeo ocurrió entre 950 y 1521 d.C.
La zona arqueológica comprende cinco conjuntos de arquitectura monumental: Grupo del Norte; Grupo de las Columnas; Grupo del Adobe o del Calvario; Grupo del Arroyo y Grupo del Sur. Los conjuntos del Adobe o Calvario y del Sur, pñor haber sido construidos en épocas anteriores, reproducen la tradición de plazas, rodeadas por palacios sobre plataformas.
En los conjuntos del Norte, de las Columnas y del Arroyo, se ubican los edificios administrativos y palacios de personajes de alto rango. Estos palacios se caracterizan por el uso arquitectónico de grandes monolitos y por sus fachadas ornamentadas con mosaicos de grecas de diferentes diseños enmarcadas por tableros, elementos que son parte de la rica tradición arquitectónica zapoteca iniciada en Monte Albán con fuertes influencias teotihuacanas.
Al oeste de la población actual de Mitla se encuentra “La Fortaleza” sitio defensivo amurallado por los zapotecas, para defender su ciudad de posibles invasiones.”

Al bajar del coche el panorama que divisamos es magnífico y parece que tenemos delante bastante trabajo para visitar, admirar y, con la ayuda de las explicaciones puestas en los carteles, también comprender. Lo que primero y más resalta al girar la vista en el entorno es un edificio cuya base es una antigua construcción pero rematada por seis cúpulas en ladrillo rojo, resultado de la fusión y la conversión en un templo católico de lo que antes habían sido también un recinto dedicado a los dioses.
En otro cartel se encuentra la siguiente información:
“Establecimiento católico en la Época Colonial. En el s. XVII se construyó sobre el Patio C el templo católico de San Pablo. Para ello se ocuparon básicamente materiales constructivos producto de la destrucción de varios palacios prehispánicos: estructuralmente este templo fue soportado por los dinteles monolíticos de la habitación subyacente. Los Patios A y B sufrieron modificaciones cuando se convirtieron en curato. En el Patio A se instalaron caballerizas y basureros y en el B, la casa cural. Para el acceso de esta última, se hizo un pórtico en el exterior sostenido por dos columnas monolíticas procedentes del conjunto mayor al Sur. El acceso oeste muestra evidencias de un área abierta, con portal empedrado y fuente, que daban vista a las propiedades de la iglesia. Esta reutilización con fines religiosos dejó de tener efecto excepto el propio templo, a raíz de la ley de nacionalización de los Bienes Eclesiásticos emitida por Benito Juárez en 1859”
De momento vamos a disfrutar de lo que veamos. Entramos en los habitáculos que son patios cuadrangulares, a cielo abierto, y adornados en sus muros por frisos que forman figuras geométricas distintas entre sí, variadas y todas bonitas. Se encuentran grecas compuestas con trozos de piedras labradas y pulidas que no están engarzadas por ninguna mezcla y que forman distintos dibujos, algunos más simples y otros más complicados, que no son iguales a las del resto del país.
También quedan restos de pintura murales en algunos lienzos que aún conservan bien el color rojo intenso y que son más difíciles de interpretar si uno no es muy entendido, como parece serlo un guía que acompaña a una pareja, un señor mayor, al que en un momento le oímos decir que él ha nacido allí, en ese pueblo y que es de raza zapoteca. Cuenta muchos detalles que no podemos escucharlos con atención pero que parece ser una explicación interesante.
Dos de las construcciones están consideradas como conjuntos ceremoniales y otras tres parece que eran palacios organizados con habitaciones alrededor del patio. Seguimos el orden que van indicando unas flechas y leyendo los carteles. De vez en cuando uno se puede sentar bajo la sombra de un árbol. El que parece el palacio más grande, levantado sobre unas empinadas escaleras, ofrece un marco perfecto para fotografiarse delante de la fachada, como así hacemos, y después las subimos para llegar a un gran salón de planta rectangular en medio del cual se conservan cinco columnas monolíticas de gran tamaño. A través de una estrecha puerta y `por un pasadizo entramos al patio de las grecas, en el que se abren cuatro huecos que dan a salones cubiertos y con los muros y el techo totalmente adornados. El cartel nos dice lo siguiente:
“Se trata de un recinto de gran privacidad, construido originalmente como el palacio más exclusivo de Mitla. De belleza arquitectónica extrema, sus fachadas y muros interiores se encuentran profusamente ornamentados por frisos de grecas que forman variados diseños geométricos. Sus cuatro habitaciones son cerradas y tienen una sola entrada, propiciando que muchas de las actividades cotidianas se realizaran en el patio exterior. El techo de la habitación norte se reconstruyó con bases arqueológicas para dar una idea de los ambientes originales. Los diseños geométricos en los frisos se han interpretado como adornos. El pasillo que comunica hacia el Salón de las Columnas aún tiene restos del aplanado y pintura roja originales”.
En el patio E hay varios recintos que nos dicen los carteles que muestran la historia de la destrucción y vandalismo que sufrió Mitla como producto de la conquista española, pues fueron desmantelados y destruidos totalmente para reutilizar sus materiales en la construcción del templo católico. Y añade: el objetivo último era el de acabar con los vestigios de poder de la cultura prehispánica para imponer la civilización y religión occidentales.
No nos vamos a dar por aludidos porque empañaría el objetivo de la visita pero creo que es una constante a lo largo de toda la historia conductas similares.
En estas tumbas eran enterrados los sacerdotes y los reyes zapotecas; Hay una abertura en el suelo y descendemos para verla y en verdad es algo impresionante, parece que, a pesar de la comunicación con el exterior, el espíritu de los aquí
enterrados, siguen haciendo notar su presencia. Descendemos por la escalera y vemos una tumba en forma de cruz, con una antecámara, grandes dinteles de piedra monolítica y sus muros decorados con tallados de frisos de grecas como los que se han visto en las fachadas de los edificios principales.

Leemos entre otras informaciones: La tradición funeraria fue la de enterramientos consecutivos, depositando los cadáveres con sus ofrendas y removiendo hacia los lados los restos de depósitos anteriores. Ambas tumbas fueron exploradas entre 1900 y 1902 por Marshall Saville, aunque habían sido saqueadas en épocas anteriores.

Cuando salíamos de la tumba, desde el límite del gran cuadrado donde se encuentran, unas mujeres de allí nos llaman, ofreciéndonos vendernos ropa que agitan con la mano. Nos acercamos junto a ellas y al final, entre los cactus y los palos que hacen de vaya, le compramos tres camisas por muy poco dinero, pues ellas mismas van rebajando el precio. Volvemos riéndonos junto a Lola que se ha quedado sentada a la sombra tranquila porque su salud hoy no está del todo bien y hace un calor tremendo.
Cuando salimos hacia la zona comercial entramos en una tienda a comprar más cosas y tengo que ofrecerle unos pesitos a un joven que está tejiendo con un telar que a lo mejor se dejaron olvidado los zapotecas. Es una buena tienda y ofrece productos de cierta calidad.
Cuando ya metidos en el coche atravesábamos el pueblo, Assela nos hizo notar y observar uno de los fenómenos sociales más extendidos y populares en México, una fiesta de puesta de largo de una niña, que al hacer los 15 años, pasa a ser considerada una mujer. Le compran un traje de princesa de cuento, algunos de los cuales ya hemos visto en los escaparates, de gusto a veces algo dudoso desde nuestro punto de vista, pero ellas se encuentran preciosas. Van acompañadas de doce chambelanes, que salen de entre amigos y conocidos, y van vestidos todos iguales, elegantes y uniformados y del resto de sus amigos y amigas. En este caso desfilan por el medio del pueblo y se dirigen probablemente a un restaurante.




TULE
En el camino de vuelta a Oaxaca paramos en un pueblo que se llama Tule, que es famoso por tener en su parque municipal el árbol más antiguo del mundo, o uno de los más antiguos al menos de México. Desde lejos se adivina la enorme masa arbórea que sobresale de la iglesia blanca con toques de color y del Ayuntamiento, en los mismos colores. El entorno es muy bonito, unos cuidados jardines, con verde césped, setos recortados y macizos de flores. Tenemos que acercarnos andando hasta el mismo árbol que está rodeado de una valla en todo su perímetro. Hay un cartel que da los datos concretos para información correcta. Tiene una antigüedad de más de dos mil años. Es un ahuehuete sabino del género Taxodium, de 58 metros de grosor, 42 metros de altura, 14 m de diámetro y otros números más igual de impresionantes.
Varios son los anuncios o informaciones que en el parque están dedicados al famoso árbol. Uno, en una lápida de piedra rematada con una greca en metal, reproduce un verso dedicado al árbol por un poeta local. Otro es un cartel que anuncia: El árbol de Tule en la Historia, de gran tamaño y letras compactas y juntas. Verdaderamente es un motivo de atracción para mucha gente, además de los botánicos y estudiosos de la naturaleza.

Volvemos a Oaxaca a la hora de comer algo tardía y Carlos nos lleva directamente al hotel Camino Real de esta ciudad que también está instalado sobre un antiguo convento, el de Santa Catalina, construido en 1576 y restaurado con mucho gusto hasta el punto que está calificado con cinco estrellas. Nos recogen el coche en la puerta de la calle y entramos en este día no festivo en que no hay mucha gente y podemos elegir a nuestro gusto la mesa entre los varios lugares que nos ofrecen. Al final nos quedamos en una redonda que está bajo los soportales de uno de los floridos y cuidados patios. El edificio aúna la sobriedad monacal con detalles del barroco novohispano y es un gusto recorrer los espacios abiertos a los visitantes sin encontrar ninguna objeción. Existe un comedor interior en cuyas paredes cuelgan grandes cuadros de santos con aspecto de antiguos. En los patios predomina la vegetación más exuberante, buganvillas, cipreses, naranjos, tabachines y todo tipo de flores y arbustos. En uno de ellos, reservado a los clientes del hotel, hay una gran piscina. En todos se encuentra alguna fuente o bien pequeña o bien un templete para el agua al modo del que siempre hay en los grandes monasterios europeos.

En lo que era antigua capilla hay ahora expuestos objetos a la venta de artesanía con gusto y precios también elevados. Los vestidos son de la mejor calidad y algunos de ellos están sobre maniquís, ya que sobra espacio.
La comida es muy buena y como siempre bien servida y luego nos vamos al hotel a descansar. A las seis de la tarde, hora turística, que no torera, nos volvemos a encontrar para hacer el último paseo por la ciudad.
De nuevo vamos a la zona de la iglesia de la Soledad que no conocen los tres que ayer se quedaron a la hora de la siesta descansando. Esta vez sí entramos al patio anexo a la Soledad que ahora son dependencias municipales y que es muy bonito. Ahora hay una exposición de fotografías antiguas de la ciudad y podemos recorrerlo en sus dos plantas con los mismos arcos de medio punto y columnas cuadradas más anchas en la base. Es de color blanco pero el rojo oscuro hace resaltar las líneas y lo embellece. En el centro tiene una fuente redonda.
Después cruzamos al edificio artístico de enfrente que resulta ser actualmente la Facultad de Bellas Artes de la universidad de Oaxaca. Tampoco nadie nos impide entrar y nos encontramos con otro patio mayor y más señorial que el anterior, que es el centro de las dependencias de los futuros artistas. También consta de dos pisos pero el tono es monocromo en un blanco grisáceo. El piso alto tiene los arcos rebajados y está resaltado por una balaustrada que recorre los cuatro lados. Los pilares son mucho más anchos en la planta baja y también hay una fuente en su centro. Recorremos algunas de sus dependencias y salimos de esta zona para llegarnos hasta el centro histórico.
Entramos en el Mercado Central, hoy con más vitalidad que ayer y nos llama la atención los puestos de productos alimenticios, las tiendas de pan, de especias que exponen en canastas, de clases distintas de chiles, en todos los tamaños y casi colores, todo mezclado con la artesanía que te venden en el mismo sitio. Los chicos compran un queso que tiene fama el de aquí y se aprovecha la ocasión.
No sólo hay tiendas en el interior del edificio propiamente dicho de mercado, sino que hay puestos en el exterior, anexionados a sus muros, que hacen difícil andar por la zona, por otra parte muy transitada por coches.
También hemos encontrado carteles de protesta contra el gobernador anterior y nos enteramos de que hubo problemas que transcendieron los del estado de Oaxaca para ser noticia estatal.
Pasamos por una bonita iglesia de piedra gris que creo que perteneció a la Compañía de Jesús pero no nos da tiempo a llegar hasta el gran mercado de Artesanía. Nuestra cuenta corriente seguramente se beneficiará de ello- y al final llegamos al Zócalo, que como era de esperar, está de nuevo lleno de gente que ocupa zonas públicas y terrazas de los bares. Ellos se quedan allí sentados, en primera fila de uno de éstos y yo me voy de nuevo hasta la iglesia de Sto Domingo por la calle peatonal que tengo interés en volver a ver y fotografiar algunos detalles y disfrutarla una vez más porque es, verdaderamente, un lugar bonito.
Volvemos al hotel donde cenamos cada uno lo que quiere y a descansar y prepararse para la vuelta a casa, pues Cuernavaca nos espera

Al día siguiente, martes 26, después de un desayuno en el hotel y de despedirnos de la agradable mesera y pagar de manera alícuota, como viene siendo costumbre, salimos pronto para hacer el largo viaje de retorno por el mismo camino pero sin salirnos de la autopista de cuota más que para mal comer unas quesadillas en un área de servicio entre Puebla y el DF y finalmente llegar a casa del padre, recoger nuestras pertenencias y los perros, despedirnos de él y llegar a Cuernavaca.
Todavía le da tiempo a Assela de ir a un super cercano y trae unos pescados frescos que con un arroz cocido nos entonan el estómago, a alguna más que a otro pues Carlos no renuncia a su tortilla de maíz con carne dentro.

Assela Alamillo Sanz













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