Viaje a MEXICO. 14 de abril a 7 de mayo 2011
Este viaje no tiene unas características similares a las de cualquier otro de los que he realizado en los últimos tiempos. Para empezar su motivación y propósito no ha sido el mismo; ni fue espontáneo ni ilusionante sino preñado de sentimentalismo y sentido de la responsabilidad, de deseo de agradar y de fomentar la ilusión ajena, la de la hija. Eso le confiere un carácter especial. Los preparativos fueron más bien un penoso ejercicio mental de rechazo y temor al avión. Doy las gracias a las amigas que me animaron y me hicieron recapacitar y especialmente a Lola y Andrés que se ofrecieron a venir con nosotros. México no habría sido para mí nunca una meta de un viaje pero ahora es un país que no me puede ser ya indiferente.
Pero tengo que reconocer, una vez terminado, que de manera espontánea también allí me he comportado como la viajera curiosa que siempre he sido y me han llegado a gustar muchas de las características positivas que he tenido ocasión de ver, los monumentos, el urbanismo de las ciudades pequeñas, el paisanaje, su colorido y dinamismo, su vegetación, los mercados, la artesanía, la simbiosis de dos civilizaciones y algunas otras facetas que iré detallando en estos apuntes. Ahora es la nueva patria de mi hija y quizá lo sea de los posibles nietos y esto es un hecho real por muy ajeno que sea a mis deseos.
México está a ocho mil kmtos de distancia de España con un océano por medio, esa inmensidad de agua tenebrosa que para la primitiva cosmología griega rodeaba el mundo conocido, de naturaleza exuberante y prolífica, feraz pero infranqueable. Así lo veo yo en cierto modo pero en estos tiempos sí se franquea, por el aire, en los aviones, desafiando la ley de la gravedad aunque cumplan otras seguras leyes físicas.
El jueves 14 de abril nos lleva Elena a Lola y Andrés, Rafa y a mí al aeropuerto, terminal 1 porque volamos con Aero México. Se preocupa en todo momento de los cuatro jubilados que cruzamos el Atlántico por primera vez y, después de facturar y tener el pasaje, nos deja con un cariñoso adiós y hasta nos hace con su móvil una foto, en la puerta de embarque. Es tan cariñosa y responsable que le manda después esa foto a los respectivos hijos, a Carlos Barcala y a Assela para que se queden tranquilos y nos vean la expresión de contento que se refleja en nuestras caras. Cuando, agradecidos a tanta atención y cuidado, nos hemos despedido de ella, entramos en la zona de embarque y nos sentamos a tomar unos sándwiches que ellos han comprado y a tomar una bebida en un bar esperando que llegue la hora de la salida. Buscamos la puerta correspondiente y entramos puntualmente en el avión. Nuestros asientos están al final, en la antepenúltima fila. Al lado de Rafa y en el asiento de la ventanilla aún no hay nadie. Muy tarde llega una mujer guapa y moderna que nos obliga a levantarnos. El estrecho pasillo nos separa de los amigos que están en los asientos del centro. El avión es bastante moderno y cada uno tenemos delante una pantalla de tele con un menú variado y entre otras posibilidades unas siete u ocho películas, algunas recientes. No funciona muy bien y en un momento dado anuncian que apagan las pantallas para resetear el sistema de nuevo. A pesar de todo a nuestra vecina de la ventanilla, que se llama Jaqueline, no le funciona y a lo largo del viaje nos hace levantar para buscar un asiento libre y poder distraerse viendo una película porque no resiste tanto tiempo sin su pantalla. Ella consigue dormir, habla, le cuenta su vida a Rafa, pide una coca cola detrás de otra pero con botella, no en vaso de plástico y nos enteramos de que vuelve a Cuernavaca donde vive, y que ha pasado unos días viendo a una hija suya que está en Madrid. Coincidencias de la vida pero a la inversa y con una diferencia fundamental: su hija está pasando una temporada de estudios y no parece tener ningún novio español. Se queda con la dirección de nuestros hijos pero no creo que pase de un papel que se le va a perder incluso sin salir del aeropuerto y que no echará de menos, aparte de que son totalmente distintas Assela y ella, por lo que hemos podido apreciar. La anécdota final, al ir saliendo por fin de la prisión del avión y pasar delante de la azafata que despide amablemente a los viajeros, es que ésta se queda mirando a nuestra compañera de viaje y le pregunta “¿Usted no es una artista? Su cara me recuerda a alguien”.
Ella contesta evasivamente y al final me pasa por la cabeza si no habrá participado en alguna telenovela de esas mejicanas en las que todas las mujeres son guapísimas y van arregladas impecablemente desde que abren el ojo. Sí sabemos, porque nos lo ha contado, que su padre era de Zaragoza y que se fue allí a vivir a Méjico, donde se casó, que está divorciada y que su propósito es irse a vivir al DF en cuanto el hijo termine la primaria. Le pregunto si su papá echaba de menos su ciudad española, que coincide que es la mía, y me dice que sí, que mucho. ¿Por qué lo habré preguntado tan espontáneamente? No quiero hacer indagaciones psicológicas.
Yo relleno junto a Rafa los papeles que nos pasan a los extranjeros, me veo tres películas convencionales, El Cisne negro, Rapuntzel que es de dibujos y una estúpida americanada, empiezo un crucigrama que es demasiado fácil, ingiero lo que nos han servido hacia las 3, 30, tras una hora de vuelo, que se supone es la comida, muy mala, y unas horas después, hacia las 9 de la noche nuestras, lo que se tiene por cena, un sándwich, me levanto al pequeño servicio, casi al lado de nuestro asiento dos veces, intento dar pasos a modo de mini paseo por esa parte trasera e incluso tomo otro sándwich con una bebida que el avión ofrece a modo de buffet al final del avión, leo un poco de una novelita que llevo pero no duermo ni un momento de las doce horas. Siempre es de día, el sol sigue entrando por las ventanillas aunque el reloj marca medianoche y nos hayan recomendado cerrar la persiana. Me parece mentira que el avión aguante tanto tiempo allí arriba. De vez en cuando se mueve y dicen que es normal; no quiero pensar dónde estoy, debe de ser el limbo. Las azafatas son agradables y en un momento dado ocupan unos asientos que tienen reservados al final de las filas para la tripulación, se ponen un antifaz en los ojos y se duermen al punto como obedeciendo una tácita orden durante un buen rato. Miro a la gente a mi alrededor que está silenciosa, tienen caras apacibles y tranquilas y pienso que yo no puedo desentonar.
El viaje transcurre bien, mejor de lo esperado y hacia las 7,30 de la tarde mejicana, a la hora prevista, aterrizamos en el aeropuerto. Para nosotros son las 2 y media de la madrugada. Entonces se recorren pasillos y se hacen colas para pasar los trámites administrativos y la policía. No es tan largo el proceso como cabría esperar. Hay suerte y no nos abren la maleta y finalmente, al salir, allí vemos a Assela y a Carlos, sonrientes, que nos esperan desde hace rato. Dicen luego que les asombra nuestro buen aspecto, que se temían vernos cansados y hechos polvo.
Nos alegramos tanto de verlos. Recorremos los pasillos hasta el parking y se siente pronto la extraña sensación de que estamos en un ambiente distinto. Se ha hecho de noche mientras estábamos saliendo y el cansancio se acusa. Han hecho reformas en el aeropuerto de México y han construido un inmenso parking donde han dejado la furgoneta en la que nos vamos a mover estos días pero… los responsables de la reforma o quién sabe quién, no han caído en la cuenta de que sólo cuatro máquinas para cobrar era insuficiente para tantos viajeros y tenemos que esperar un buen rato hasta que Asse consigue llegar a la maquinita, pagar y recibir el ticket que nos permita salir. Conduce Carlos naturalmente y con gran lentitud para salir del propio aeropuerto, nos vemos luego circulando ya por una calle de esta enorme ciudad. Ya nos han dicho cómo es el tráfico del DF y enseguida lo comprobamos. Calles larguísimas, con escalestric en el centro, bien para coches, bien para una sección del metro que va por arriba y rato y rato, kilómetros y kilómetros. Vemos unos pequeños autobuses blancos, son privados pero prestan servicio público. Las caras de los que los ocupan reflejan el cansancio de la gente humilde que tiene que recorrer largas distancias para llegar o volver de su trabajo. Van llenos e incluso se ve alguien que de pie parece ofrecer algo. Assela nos explica que son vendedores ambulantes de cualquier cosa, que los hay en todos los peseros que son los autobuses. Cada poco preguntamos si ya hemos salido de la ciudad pero, aunque parezca mentira, no, seguimos en el DF. Creo que fueron unas dos horas. Se sube una montaña que hay al sur de la ciudad, por donde tenemos que salir y luego cogemos la autopista de cuota para ir más rápido. En ella se baja como un tobogán por unas curvas que me parecen exageradas y el viaje dura una hora más hasta llegar a Cuernavaca, a la primera indicación en la zona norte, que es donde está su fraccionamiento o urbanización.
Al entrar en casa nos reciben los perros, Zeus y Hera, más viejos y más gordos, los mimados de la casa. Zeus acude con su muñeco de trapo en la boca, según su costumbre para expresar la alegría de la llegada de los dueños. Hera quiere lamernos pero va a encontrar resistencia en ese punto por nuestra parte. Está inquieta y movida, como siempre.
Nos gusta la casa, está acogedora y con buen gusto. Nos sentamos a la mesa para cenar un poco de fruta y pronto a dormir. Aquí son las once. Para nosotros deben de ser las seis de la mañana. El descanso no es tan bueno como esperaríamos. Lo llaman jet lag.
La alegría de Assela de tenernos allí compensa toda incomodidad. Ahora días por delante.
Assela Alamillo Sanz
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario