México 7.
20, miércoles
Hoy es el día que en nuestros planes entra el conocer el puro centro del DF, ir al Zócalo y sus alrededores. Salimos sin desayunar porque esa es la primera de las actividades turísticas y típicas que vamos a llevar a cabo, como muchos ciudadanos en todas las ciudades de México: desayunar en un restaurante. Se tarda casi una hora o más en llegar al centro histórico a pesar de que la ciudad está teóricamente muy vacía, según dicen los que la conocen. Todavía no reconocemos el camino pero tenemos la suerte de que nos llevan y esta vez sí vemos escenarios nuevos. Al fin entramos en una zona sin puentes en altura, con edificios del estilo de las ciudades europeas, elegantes, con calles de aceras por donde van y vienen mucha gente y sus calzadas llenas de coches, como en todas partes. Se detectan torres de iglesias, hay una gran masa verde que es la Alameda, zona verde en el mismo centro y bonito jardín en el que se distinguen vendedores de todo tipo de mercancías. Nos da una vuelta todavía en el coche por el Zócalo por antonomasia, el Zócalo de Ciudad México, de dimensiones enormes, uno de los espacios libres más amplios entre las plazas casi del mundo. Tanto espacio siempre es aprovechado por múltiples grupos. No faltan los pintorescos concheros, gentes de ideología religiosa que mezcla costumbres y creencias primitivas con el cristianismo que llevaron los españoles. Van vestidos con plumas y extraños trajes y su nombre se debe a que llevan en los tobillos adornos de conchas que suenan cuando bailan. Además de bailar, se dedican a limpiar de malos espíritus a los voluntarios que se prestan o que pagan por ello, no lo sé. La plaza está también ocupada por tiendas de campaña provisionales de colectivos que protestan por algo, que ponen muchos carteles expresando sus exigencias o metiéndose con el gobierno. Desde el coche la impresión que nos produce la plaza es un tanto impactante, con la catedral en uno de sus lados, aunque es una lástima que no está iluminada por el sol, el palacio del Gobierno en otro, en el poniente, casas bonitas en los otros dos, pero hay que alejarse para poder aparcar.
Lo hace Carlos en un parking que hay entre la Alameda y el Palacio de Bellas Artes, bajo la explanada que se abre delante del edificio y que está ajardinada. Cuando salimos y ya paseando a pié podemos contemplar este bellísimo edificio al que esta noche vamos a volver para ver un espectáculo de danzas mejicanas. Lo veremos por la mañana, al medio día y por la tarde pero no se cansaría uno de admirarlo. Se empezó a hacer en 1904 pero tras muchas vicisitudes no se inauguró hasta 1934. Es también la sede del Museo Nacional de Arquitectura. En cuanto al estilo es una mezcla el art nouveau y art decó, de mármol blanco importado de Carrara, con relieves, columnas y formas redondas alternando con ventanas rectangulares. Sus cúpulas de color amarillo y rojizo destacan desde lejos. Además de teatro funciona como museo y contiene murales de los principales pintores mejicanos.
Frente al palacio de Bellas Artes está el sobrio edificio de Correos o Palacio Postal, que solo tenemos ocasión de verlo por fuera pero parece que es muy interesante su interior y en la misma calle el Teatro Hidalgo y la Torre Latinoamericana, rascacielos construido en los años cincuenta y que hasta hace poco fue el más alto de la ciudad, de arquitectura moderna.
Nos dirigimos a la calle Francisco I Madero, que sale de allí, una de las pocas peatonales del centro del DF y concretamente en una esquina cercana a la plaza amplia de las Bellas Artes, se encuentra la casa de los Azulejos, un antiguo palacio colonial de un siglo XVIII, que fue propiedad de un noble con apellido vasco, recubierta completamente por azulejos de cerámica de Puebla, que también se llama talavera. Hoy el palacio, tras diversas vicisitudes en las que pasó por diferentes dueños, es propiedad del hombre más rico del mundo, el mejicano Carlos Slim, que entre otros muchos negocios es el propietario de la cadena Sanborn´s, restaurantes que hicieron la competencia a VIPS, ganándole con mucho la partida, y que suelen estar en todos los barrios, en bonitos escenarios cuando es posible, y servidos con eficacia y amabilidad por un conjunto de meseras vestidas con una especie de traje regional sui generis. Este establecimiento tiene un patio central muy bonito, que suele estar lleno en las mesas allí colocadas, vayas a la hora que vayas. Tenemos que buscar, pues, una mesa libre en el piso de arriba, subiendo por una escalera adornada por un mural de José Clemente Orozco.
Aquí se reúnen algunos domingos la familia materna de Carlos y los desayunos, que generalmente constan de huevos guisados de distintas maneras, aunque hay otras muchas ofertas, forman parte de las costumbres de muchísimas familias de clase media. Nosotros practicamos en este día y en este sitio tan histórico y tan agradable la experiencia de desayunar de manera distinta a la habitual y con ello tomamos fuerza porque nos espera una jornada bastante dura si queremos aprovecharla.
A la salida vamos a ir andando por la calle Francisco I Madero que nos conduce directamente a la plaza de la Constitución o popularmente al Zócalo. El nombre de la calle es en honor de un antiguo Presidente de la República y uno de los personajes más importante de la Revolución Mejicana, ese mito del imaginario colectivo de México, de que se alimenta la historia reciente del país y que se refleja en tantas ocasiones. Es una calle importante, que se ha cuidado mucho últimamente, pintando sus fachadas, poniendo un pavimento nuevo, metiendo los cables de la luz subterráneos y haciéndola peatonal. No a todos los ciudadanos les gustan estas reformas pero si me pidieran mi opinión, votaría naturalmente a favor. Es un gusto pasear sin dejar de levantar la vista a un lado y otro y admirar los lujosos palacios coloniales, alguno de ello hoy convertidos Museo, como el Palacio de Iturbide, propiedad de un banco y convertido en Palacio de la Cultura que en ese día anunciaba una buena exposición de Pintura. Tiene la portada lujosamente labrada, y especialmente encima de la gran puerta de entrada se ven dos figuras humanas en lo que parece un descomunal escudo nobiliario.
En uno de los extremos está el antiguo convento de San Francisco de Asís, el primero de los conventos que se fundó en México, y a través de una bonita reja se ve la portada, de un claro estilo barroco recargado. En terrenos pertenecientes a este convento se levantó la Torre Latinoamericana.
En el centro de la calle aproximadamente se levanta una iglesia con alta torre que destaca que es de la misma época virreinal y se conoce como el Templo de la Profesa porque antes fue la Casa Profesa de la Compañía de Jesús y también durante un tiempo actuó como Catedral Metropolitana. Está protegida por una alta reja que se apoya en un zócalo de piedra. Es de color marrón combinado con blanco y tiene una labrada fachada.
La calle está llena de buenas tiendas, grandes establecimientos pero en su parte final, más cerca de la plaza, lo que se encuentra sobre todo son joyerías, y es que se conservan aquí en el centro todavía la asociación de negocios por gremios y aquí estaban y aún están instalados los plateros. En las intersecciones con las calles que la cruzan hay semáforos pero pocos lo respetan. Se ve que la gente ha tomado mucho gusto a lo de ir por la calzada sin tráfico y cuando vuelve la disciplina de la espera a que pasen los coches, se la saltan. La atraviesan unos pequeños peseros o minibuses de color verde oscuro que paran constantemente y llevan unos carteles detrás del cristal delantero para anunciar su destino. Me llama la atención uno que dice: EJE 5 Y 6 CHURUBUSCO. Debajo en otro color más fuerte pone: PLUTARCO y todavía abajo se lee: CHABACANO. Naturalmente el nombre del historiador griego debe de responder a una zona urbana algo alejada y el para nosotros adjetivo no debe de ser tal.
Llegamos finalmente al Zócalo y desde el punto de vista del peatón nos abruma la grandiosidad. Pasamos entre los puestos reivindicativos que en verdad afean la estética de un espacio arquitectónico inigualable aunque los ciudadanos lo consideran suyo y lo utilizan según sus intereses y dan una nota multicolor y pintoresca a este lugar. Atravesamos entre estas improvisadas tiendas y puestos de gentes que extienden sus carteles reivindicativos, admirando los edificios a un lado y otro y especialmente la fachada de la catedral que luego veremos y leyendo alguno de los carteles como uno en el que llama pendejos al Presidente de la República y alguien más.
Nos dirigimos primero hacia el Palacio Presidencial, que ocupa toda la parte del poniente de la plaza y que tiene una larga historia que puede consultarse en Wikipedia por ejemplo. En este centro que se llamaba Tenochtitlan cuando era habitado por los aztecas y concretamente por los mexicas, había mandado construir Moctezuma su palacio que asombró a los españoles por su fastuosidad. Cuando Hernán Cortés tomó la ciudad, la destruyó para volver a reconstruirla seguidamente al modo de las ciudades europeas, con plaza en el centro y casas para los conquistadores. Para su propia residencia inicia la construcción de un nuevo palacio en los terrenos que antes habían ocupado las Casas nuevas de Moctezuma, al lado del Templo Mayor mexica. Luego el palacio fue vendido y pasó a ser el Palacio Virreinal de la Nueva España. En el siglo XVII fue quemado por los indígenas hambrientos y destruido y quedó en ruinas. A finales del s. XVIII se empezó su reconstrucción al tiempo que se levantaba la nueva catedral. A principios del s XIX pasa a llamarse Palacio nacional y se hacen mejoras para albergar los tres poderes del gobierno. Para ello se destruyen obras artísticas coloniales que había en el entorno más inmediato y en el propio edificio que nos ocupa. Sigue la remodelación y en él se firman importantes acuerdos tras los enfrentamientos con EE UU. Mientras dominan los franceses y está el emperador Maximiliano se vuelve a llamar Palacio Imperial pero por poco tiempo, los tres años que está en el poder. Tras su muerte Benito Juarez proclama la República desde su balcón y vive y muere en él. Le sigue Porfirio Díaz que continúa las reformas para la conmemoración del centenario de la independencia en 1901, mejoras que seguirán también en el s XX. Lo que más nos interesa a nosotros y es lo que queremos ver con profundidad son las pinturas murales que realiza Diego Rivera entre 1930 a 1951 por encargo del gobierno, en la Escalera de la Emperatriz y en el corredor del segundo piso, de los tres que tiene, del Patio Central.
Para celebrar los festejos del segundo centenario de la independencia, se expone actualmente en la Galería Nacional, dentro del palacio con el título México 200 años: la patria en construcción, una serie de objetos relacionados con ella, desde las urnas con los restos de los héroes más conocidos hasta documentos importantes, muebles, retratos, banderas etc. Carlos es el único que entra a visitarla y le gusta. Nosotros nos detenemos, por nuestra parte, un buen rato contemplando estas pinturas tan interesantes y reveladoras del genio pictórico del pintor y del resentimiento mostrado por los colonizadores hispanos, especialmente contra Hernán Cortés que es un personaje representado como un monstruo, de aspecto de cerdo, que alude probablemente a la deformación sufrida por la sífilis que padecía, aparte del poco aprecio que se le tiene. Se narra la historia de México desde su conquista hasta los tiempos contemporáneos del pintor. Intentamos reconocer símbolos, personajes y situaciones. Los murales, orgullo de los mejicanos y de trascendencia a todo el mundo, fueron restaurados en 2009 y lucen con todo su esplendor.
Después nos vemos inmersos entre la masa y nos obligan a entrar en un circuito que va recorriendo todos los salones del palacio en su larga extensión, lo que lleva un tiempo sin que en sus distintas estancias descubramos nada nuevo respecto a un edificio de las mismas características europeo. Entramos en lo que fue cámara de diputados, vemos grandes cuadros de personajes conocidos, muebles de valor, cortinajes etc.
Salimos atravesando el gran patio central de tres pisos de arcadas homogéneas que tiene una esbelta fuente en el medio, con una base octogonal. Nos dirigen a la salida por la parte de atrás, en un jardín interior cuidado y con plantas autóctonas.
Ya en la calle observamos una enorme cola de gente esperando para entrar, o sea que el haberlo hecho a temprana hora ha sido un beneficio. En la calle de la Moneda, hay una ristra larga de vendedores ambulantes que ofrecen todo tipo de productos colocados en sus mantas, dando gritos todos a la vez para atraer la atención de los viandantes y posibles compradores y creando una algarabía que da a la zona una viveza extraordinaria. A una señal imperceptible para nosotros, comienzan a recoger en la manta los artículos que exponen y salen apresuradamente por las calles laterales, imaginamos que evitando a la policía, pero ofreciendo a la vez un curioso espectáculo que por cierto se repite cada poco tiempo. Esta plaza es de una vitalidad impresionante y en ella se encuentra uno verdaderamente en el genuino México.
Vamos hacia la plaza del Zócalo de nuevo y torcemos hacia la derecha. Allí en una zona cuidada y rodeada por una reja protectora, hay en el suelo un gran mapa en relieve del antiguo México construido sobre la laguna en la que estaba asentada y que conocemos por la canción. Nos detenemos un rato para hacernos una idea de lo que estamos a punto de ver y de su situación topográfica.
Nos dirigimos a visitar el Templo Mayor, una de las ruinas arqueológicas del centro más cuidadas y ampliadas en los últimos tiempos porque han aparecido bajo casas habitadas hasta hace poco. Uno de los carteles informativos dice lo siguiente: El Templo Mayor era el espacio sagrado mexica por excelencia. En él se realizaban los rituales más importantes, como los dedicados a sus dioses, el nombramiento de sus líderes y los funerales de la nobleza. Los arquitectos mexicas, hicieron del Templo Mayor el centro del modelo del universo donde confluía el plano horizontal con el plano vertical.
El plano horizontal estaba conformado por los cuatro puntos cardinales o rumbos del universo. El Templo Mayor se encontraba en el cruce de estos ejes. En el plano vertical estaban los trece pisos celestes, la tierra y los nueve niveles del inframundo.
Los restos son impresionantes. Según los expertos el Templo Mayor situado en el centro, era una pirámide de dos escalinatas de unos 60 ms de alto y en su cima tenía dos templos, uno dedicado a Tláloc, dios de la lluvia y otro a Huitzilopochtli, dios de la guerra. A ambos lados había otros dos templos más pequeños que complementaban.
Su construcción data del siglo XV de nuestra era y hay sobradas explicaciones de ello en páginas de internet.
Nosotros iniciamos el recorrido claramente marcado que deja ver las bases de las pirámides, las escalinatas y detalles ornamentales y por todas partes tiene carteles que explican y que alguno reproduzco:
El templo Mayor, al igual que muchas construcciones del Recinto Sagrado de Tenochtitlan, fue ampliado en repetidas ocasiones. Las fuentes históricas mencionan que era reedificado a la par que el dominio mexica aumentaba. Además la ciudad sufría constantes inundaciones, terremotos y asentamientos del terreno que obligaban a los mexicas a elevar el nivel de sus construcciones.
Siete veces fue cubierto el templo en su totalidad con relleno de lodo y piedra, construyendo encima un nuevo edificio de mayores proporciones y mejor calidad. En cinco ocasiones más fue ampliada solo la fachada principal. Durante la inauguración de cada nuevo edificio se sacrificaban cautivos de guerra procedentes de señoríos sometidos para tal ocasión.
Debido a esta técnica constructiva, las etapas más antiguas no fueron vistas ni por los españoles ni por las últimas generaciones de mexicas.
En otro de los carteles, cercanos a una escultura de una serpiente ondulante que se conserva en buen estado, se lee lo siguiente:
“Axayacalt fue el sexto señor de Tenochtitlan (1469-1481 d.C.). En los inicios de su gobierno ordenó construir la segunda ampliación de la fachada principal del Templo Mayor.
Vale la pena observar las cuatro magníficas esculturas de cuatro cabezas de serpiente, junto a la escalinata. En los extremos se aprecian dos serpientes con enormes cuerpos ondulantes, que conservan el color original.
En la mitad norte de la plataforma, dedicada a Tlaloc sobresale el Altar de ranas, animales asociados a esta deidad. En la cima hay un pequeño adoratorio dedicado al dios. En la mitad dedicada a Huitzilopochtli, destaca una lápida con serpientes labradas, empotrada en la escalinata. Al pie de esta se encuentra una copia del monolito de Coyolxauhqui.
En un lugar resguardado vemos una figura humana que aún conserva la policromía original. Parece que es una reproducción del original que se conserva en el museo al que nos dirigimos. Según uno de los muchos carteles es un chac mool, con atributos de Tláloc. Es la pieza más antigua hallada en el Templo Mayor y data del año 1390 aproximadamente.
A mí me impresiona especialmente esa superposición de culturas y religiones, representadas por estas ruinas del Templo Mayor y a su lado y sobresaliendo, la silueta recortada de la gran catedral católica anexa. Desde diversos ángulos se pueden obtener fotografías muy bonitas que aúnan los dos escenarios.
Seguimos el itinerario marcado, distinguiendo cabezas de serpientes, figuras de ranas y poco más en lo que a seres vivos se refiere. Al final de la ascensión muy bien señalada, entramos al Museo que se ha creado recientemente donde se exponen todas las esculturas y relieves que han ido saliendo durante las obras de restauración y arqueología. Como no tenemos mucho tiempo ya, Carlos nos conduce directamente al último piso desde donde se puede contemplar las piezas más importantes del museo y puestas allí hace poco tiempo, un disco y dos esculturas.
El disco es de grandes dimensiones y fue hallado al pie de la escalera que llevaba a la cumbre de la escultura del dios Huitzilopochtli, el de la guerra, en la cima de uno de los templos y que representa a una figura femenina descuartizada. Se trata de Coyolxauhqui, hermana del dios. El mito azteca originario se refiere al nacimiento de este dios de la guerra en el cerro Coatepec (náhua: Montaña de las serpientes ) Según él, el embarazo "milagroso" de la diosa madre Coatlicue enfurece a su hija Coyolxauhqui y a sus cuatrocientos hijos, los Centzon Huitznahua. Cuando deciden matar a su madre, ella parirá en la misma cumbre de Coatepec a Huitzilopochtli que desmiembra a su hermana y arroja los pedazos por la montaña. Luego persigue a sus hermanos y les extermina. El hecho de adorar a Huitzilopochtli en la cima del Templo Mayor simbolizaría Coatepec. Cuando una víctima era sacrificada en la cima del templo, su cuerpo era arrojado escaleras abajo, como una repetición simbólica del mito.
Mientras hacíamos el recorrido por los restos hemos visto en las escalinatas de la etapa III, de 1431 d C, vemos tres esculturas de personajes reclinados sobre éstas. Podrían ser representaciones de los cuatrocientos hijos a los que nos hemos referido, los Centzohuiznahua, los que combatieron a Huitzilopochtli junto con su hermana Coyolxauhqui y que fueron vencidos.
Vemos dentro del museo otras preciosas esculturas, como las dos que se encontraron en la Casa de las Águilas. Una representa a un hombre con un atuendo de ave rapaz, tal vez de águila y se supone que es un guerrero y otra es una escultura impactante que representa al dios de la muerte, Mictlantecuhtli, que lleva el hígado colgando porque ellos creían que en esta víscera se escondía algo semejante al alma. (En esto también coinciden con los griegos antiguos que sitúan en el hígado la sede de los sentimientos, en lugar del corazón según nuestra concepción) Además hay máscaras, pinturas al fresco y todo tipo de valiosas obras de arte que tenemos que ver con una excesiva rapidez en proporción al mérito de lo allí expuesto.
Salimos a la calle donde el calor es enorme. Sigue ese ambiente de vendedores que gritan sus mercancías y como pausa nos sugieren ir a una casa de España, en una calle cercana, detrás de la catedral, al lado de la bonita casa de las Sirenas, que tiene arriba en la azotea un pequeño restaurante desde donde hay buena vista y nos permitirá tomarnos un descanso.
Una vez allí decidimos qué hacer porque nos falta una visita a la Catedral en su interior y ya que estamos en el centro histórico habría que aprovechar. La hora de comer se acerca y tal vez allí mismo hubiéramos podido pedir un plato de comida pero decidimos acercarnos a la catedral primero.
La gente que rodea la verja de entrada es incontable, la animación es grande, la vitalidad reina por todas partes. Entramos en la catedral que está llena pero sólo podemos admirar el lujoso altar que hay en la parte de atrás del coro que, como en las catedrales españolas, rompe la simetría de la nave central. No nos dejan pasar más allá porque se está celebrando una misa por el alma de Cantinflas, ni más ni menos. Acercándose un poco se puede distinguir un gran cuadro con su conocido rostro y el predicador va evocando sus cualidades al tiempo que recuerda alguno de los títulos de sus películas. Nos parece haber retrocedido muchos años en el tiempo pero es real. Dejaremos su detallada visita para otra ocasión…
Es curioso ver un montón de hombres sentados en el suelo, apoyados en las verjas que rodean la catedral y protegidos del sol por paraguas o alguno hojas de periódico, que tienen delante un cartel en el que se anuncia la especialidad dentro de la rama de la construcción en la que ofrecen sus servicios. El plomero es el fontanero, por ej. y a su lado deposita un bolso en el que se supone lleva las herramientas por si sale detrás del cliente en el momento.
Tenemos que volver al parking y lo hacemos de nuevo por la concurrida calle Madero por la que aún transita más gente que a la mañana y el sol cae de plano en toda su extensión. La idea es comer otra vez en la casa de los Azulejos pero al final decidimos acercarnos al barrio sur, cerca de la casa y comemos en un Sanborn´s pero de muy diferente estilo, moderno, con parking propio aunque la carta y el atuendo de las meseras no varía. Se ha hecho tarde y llegamos a casa de Carlos con el tiempo justo de descansar al menos una hora y volver a hacer el mismo trayecto al centro esta vez para asistir al espectáculo.
Se trata del Ballet folklórico de México de Amalia Hernandez, un conocido grupo que es famoso en todo el país. No tardamos mucho en llegar pero en cambio se pierde un buen rato en dar la vuelta a las manzanas centrales para tomar la entrada del parking de Bellas Artes. Como aún falta un rato cruzamos la calle hacia la Alameda para ver de cerca el precioso monumento en forma de hemiciclo que le ha dedicado la ciudad a la memoria del presidente indígena Benito Juárez. Fue mando construir en el año 1910 bajo las órdenes de Porfirio Díaz y lo diseñó el arquitecto Guillermo Heredia, y se hizo con mármol de Carrara en tan sólo 45 días. Recuerda al monumento a Alfonso XII en el parque del Retiro madrileño.
Se va haciendo de noche y vemos que el palacio lo iluminan con una luz roja que no me parce que le vaya muy bien. El interior del palacio de Bellas Artes es muy bonito aunque ha habido una remodelación reciente que provoca discusión entre los entendidos. Tiene un telón bonito y en el techo están representados Apolo y las nueve Musas con sus correspondientes nombres. El espectáculo de baile, preciosas y alegres danzas, música y canciones es alegre y se pasa muy bien. El teatro está lleno de un público entusiasta que aplaude y toca palmas cuando la ocasión lo requiere. Volvemos tarde y a descansar.
Assela Alamillo Sanz
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