viernes, 17 de junio de 2011

México 9
Puebla. Día 22 de abril. Viernes Santo.
Después de desayunar con Carlos padre y de expresarle nuestro sincero agradecimiento por su hospitalidad nos despedimos de él y salimos los siete en el coche alquilado -que no ha vuelto a fallar- con dirección a la ciudad de Puebla y luego seguiremos a Oaxaca, según el atrayente plan que nos ha preparado Assela.
El trayecto en coche a través del DF hasta tomar la autovía de salida sorprende a Carlos por lo insólito del poco tiempo que hemos empleado en recorrerlo. Dice que se nota mucho la falta de coches. Esta vez nos parecía que era otro camino algo diferente, aunque siempre cogiendo primero el periférico que sale de Tlaplan pero también esas nuevas calles me han parecido feas en general, con pequeñas construcciones grises, muchos talleres pequeños, coches en desguace, negocios de todo tipo, algo similar a las otras salidas que conocemos de esta gran urbe que es el DF y que tan diferentes son del centro elegante.
Ya por la carretera vemos árboles quemados que no nos proporcionan un paisaje demasiado bonito. Pero la impresión es muy buena por la vista, bastante clara en el día de hoy, del volcán todavía activo llamado Popocatépetl (montaña que humea en lengua náhuatl), que está a unos 55 km al sureste de México DF, por tanto entre los estados de Morelos, Puebla y México, y que vamos a poder ver durante todo el camino a nuestra mano derecha, así como la montaña que está a su lado de nombre Iztaccíhuatl, que también se la conoce como “la mujer dormida” por tener un perfil semejante a esta figura. En tiempos prehispánicos al Volcán se le consideraba una deidad azteca y, naturalmente, existe una mitología que relaciona los dos accidentes geográficos. La montaña era una doncella de la que el volcán, un valiente guerrero, estaba enamorado. Existen varias leyendas que explican el por qué se convierten en montañas cubiertas de nieve. (ver http://es.wikipedia.org/wiki/Popocat%C3%A9petl)
Es muy bonito mirar hacia la derecha y seguir viendo ahí ese volcán en forma de cono que ahora no arroja humo pero que lo ha hecho durante tiempo y sigue existiendo el peligro de emanaciones que podrían afectar a los tres estados. Hoy está tranquilo y por más que intentamos ver alguna fumarola, no hay pruebas claras.
Llegamos a Puebla a media mañana y nos dirigimos al centro pero nos aguarda una pequeña contrariedad que nos hace perder un tiempo precioso. Hoy es Viernes Santo y todo el centro histórico está cortado al tráfico rodado para dejar pasar las procesiones. Incluso vemos una calle adornada con pétalos de flores. Entre la incompetencia de algunos guardias y lo obediente que somos, damos unas cuantas vueltas en torno al hotel sin poder entrar en su garaje, hasta que impera el sentido común de un encargado de un parking público y nos dice que pasemos con el coche que no pasa nada.
Finalmente lo localizamos. Es un precioso hotel que ha buscado Assela a muy buen precio en relación a su categoría, el hotel Camino Real, que es una cadena que aprovecha antiguos conventos, como en este caso, o grandes haciendas, reconvertidas en modernas instalaciones con todas las comodidades pero conservando su encanto. No nos dan las habitaciones todavía pero nos recogen las maletas, y nos toman los datos. Mientras tanto hacemos una primera inspección del lugar. Lo mejor son los Patios, sobre todo el principal, otro más pequeño que se comunica con el primero, la recepción y los objetos que decoran las distintas dependencias. Nos vamos pronto a la calle en una mañana luminosa y calurosa.
Puebla es una ciudad Patrimonio cultural de la Humanidad. http://es.wikipedia.org/wiki/Puebla_de_Zaragoza
A Puebla se la llama también Puebla de los Ángeles, desde la época hispana, y verdaderamente encontraremos imágenes de ángeles en todos los lados También tiene el título de Puebla de Zaragoza pero no por alusión a la ciudad aragonesa sino en honor al general Ignacio Zaragoza quien, al frente de las fuerzas mejicanas, el 5 de mayo de 1862 derrotó a la armada francesa que defendía al emperador Maximiliano en la batalla que lleva el nombre de la ciudad y cinco años más tarde el gobierno nuevo del país toma la ciudad hasta entonces en poder de los conservadores. Entonces el presidente Juárez le dio a la ciudad de Puebla el nombre de Zaragoza para molestarles y en honor del héroe.
Su centro histórico es de la época colonial, lo que se refleja en su estilo. En las casas predominan las fachadas de tono granate con piezas de cerámica incrustadas, la bella cerámica típica de aquí que se llama talavera y que indudablemente la trajeron los hispanos desde la ciudad toledana. También se encuentran pintadas en todos los colores imaginables. La ciudad posee sesenta iglesias, además de la catedral, barrocas la mayoría y en general muy bonitas y pintadas, como las casas en luminosos y variados tonos de color. Desde la terraza del hotel se distinguen bastantes torres sobresaliendo del armonioso casco histórico.
Sus calles tienen nombres topográficos porque se dividen en oriente o poniente, norte o sur aunque esto no nos aclara tanto al principio sin estar acostumbrados.
Salimos a media mañana a pasear deseosos de ver de cerca las calles que hemos vislumbrado desde el coche mientras íbamos dando rodeos. Pasamos por la iglesia que hay pegada al hotel, dedicada a alguna advocación de la Virgen y no se puede entrar por la cantidad de gente que hay en ella. Está pintada en un llamativo color azul combinada con blanco en los redondos contrafuertes, y contrasta con el color amarillo de la fachada del hotel. Sus dos puertas están decoradas con anchas cintas moradas y blancas en el día de hoy, lo que veremos luego en otras iglesias.
Pero no sólo cumplen con sus devociones los habitantes de Puebla y llenan las iglesias el Viernes Santo sino que todas las calles del centro de la ciudad y especialmente el Zócalo están llenas de personas. Cogemos la calle 16 de Septiembre, perpendicular a la del hotel y una de las más importantes.
Enseguida pasamos por una bonita fachada que pertenece a la casa del Deán, según leemos en unos carteles muy instructivos para el turismo que ponen a la entrada de los edificios importantes. La Casa del Deán es la más antigua casa noble en la ciudad de Puebla. Fue terminada en 1580. No entramos pero hoy es uno de los muchos atractivos que ofrece la ciudad por los frescos de sus muros y buenos objetos que se exponen. La fachada tiene un portal principal, de estilo renacentista.
Llegamos a la Catedral, rodeada por un atrio empedrado y liso y por una alta reja, pintada de verde, que termina en figuras de ángeles cada poco trecho. Hoy está colocada delante de la puerta de entrada al templo una gran imagen de un Cristo que seguramente ha desfilado o va a desfilar en alguna procesión y una gran mampara hecha de palmas y otros elementos vegetales detrás de él, sobre la puerta principal. La catedral también está abarrotada de gente y fuera de ella, en la calle, al pie del muro que es base de la gran reja que separa la catedral, hay mucha gente, sentada o de pié, esperando el paso de la procesión.
Está dedicada a la Inmaculada Concepción y se rehízo a través de tres siglos en distintos estilos. Sus torres son las más altas de todas las catedrales de México. Parece que su interior contiene importantes tesoros artísticos que en esta mañana es imposible ver.
Seguimos paseando por la misma calle pero que, a partir del Zócalo, cambia de nombre, para pasar a llamarse Calle 5 de mayo y convertirse en peatonal y una de las más comerciales y transitadas. Torcemos a la derecha y observamos que en todas las calles hay casas señoriales, bonitas, con cerámicas en sus fachadas, y preciosos patios en su interior, algunos más lujosos y otros, en las calles más alejadas, sencillos patios de vecinos pero siempre de bellas formas. En la pared de uno de estos, en los que me cuelo tras un vecino, con gesto de naturalidad, veo en uno de los muros una imagen de gran tamaño de la Virgen de Guadalupe.
En nuestro deambular llegamos hasta un bonito mercado dedicado exclusivamente a la artesanía, que se llama el Parián. Se construyó en una antigua plaza en 1801.
Está compuesto de dos filas de pequeñas tiendas, homogéneas en su forma, construidas con ladrillo y azulejos, de techo curvo, que dejan entre ellas una zona central amplia, de artístico pavimento que forma dibujos con sus piedras, con una fuente en medio de ella y una imagen de un fraile encima, un tranquilo paseo donde hay además bancos de piedra para que algunos maridos pueden esperar tranquilamente si no tienen ganas o fuerzas de seguir la carrera mercantilista de las mujeres. Por fuera y por dentro y en cada uno de los espacios comerciales, se exhiben de cara al exterior trajes típicos en sus maniquíes o colgados, coloristas mantas, manteles, cerámica, barro, cestos, instrumentos de hojalata pintada, adornos para la casa, collares y otras bisuterías y todo tipo de productos artesanales que una pueda imaginar, llenos de colorido y atractivos. Aparte de eso en las calles de toda esta zona especialmente se ven buenas tiendas dedicadas exclusivamente a la cerámica de Talavera, de gran calidad.
Pasamos por la calle donde se sitúa la famosa casa del Alfeñique, una de las más bonitas de la ciudad y donde se ubica el Museo Regional del Estado que tampoco da tiempo de ver. Es un edificio muy bonito, de pequeños azulejos sobre muro granate, un balcón en esquina ondulado y otros muchos balcones, un alero o cornisa blanca, coronada en lo alto por un pináculo muy ornamental. (Alfeñique es un tipo de azúcar y da nombre a los dulces de almendra). Los balcones y la puerta también están enmarcados en tono blanco que resalta su belleza.
Nos encontramos después en nuestro deambular en la bonita plaza de los Artesanos que mañana veremos con más detalle. En ella, y haciendo honor a su nombre, hay por todas partes esculturas sobre su pedestal, una graciosa fuente en el medio, artistas que han plantado el caballete y pintan el escenario natural que tienen enfrente y un gracioso edificio con escaleras que pone en lo alto UNIÓN DE ARTES PLÁSTICAS, además de cafés y otros locales apropiados. Es una agradable zona peatonal.

Ha llegado la hora de buscar un restaurante y, a pesar de que es famosa la comida poblana, en esta zona tan turística, nos agobian los que nos atraen al suyo con la promesa de ricos menús, pero en verdad no resultan tan atractivos. Finalmente y después de muchas vacilaciones nos decidimos por un pequeño y colorista restaurante donde nos acoge con amabilidad el que parece ser el dueño, un señor muy hablador, simpático, de color cetrino, que nos recomienda sus especialidades y da vivas a España. Luego nos sirve una chica de modales modosos que tal vez es su hija o una asalariada. Las ventajas de esta comida es primero que es barata y luego que el camarero se ofrece a hacernos una foto al grupo completo.
Hace un calor bochornoso y la tarde se va poniendo pesada. El hostelero nos recomienda ir hasta la calle de Santa Clara donde se encuentran la mayoría de las tiendas que venden los dulces típicos de la ciudad. Enseguida la encontramos, sirviéndonos de guía la propia iglesia que da nombre a la calle en un muro de la cual hay un recuadro de cerámica con la efigie de la santa y la siguiente leyenda:
EXCONVENTO DE SANTA CLARA. En homenaje y recuerdo a las Monjas Profesas de los Conventos Poblanos por sus grandes contribuciones al Arte de la Cocina y Repostería Mexicana que le han dado fama mundial a Puebla. 2001.
Y en efecto, es curioso ver que prácticamente todas las tiendas de la calle son dulcerías en las que además se puede comprar algo de cerámica y otros recuerdos. Preparan unas estilosas cestitas de mimbre con un surtido de los distintos dulces típicos hechos allí, aparte de cajitas de cartón u otros recipientes. Verdaderamente es difícil decidirse por una u otra, dada su parecido pero nos llevamos finalmente algo para probarlo.
Volvemos despacio hacia el hotel pero al querer cruzar una calle nos lo impide la cantidad de gente que está de pié esperando el paso de la procesión y nosotros también tomamos posiciones para verla. Está compuesta de varios pasos y los hombres y las mujeres que forman parte de ella van vestidos de la misma manera, traje negro y una ancha faja de color rojo en la cintura que cuelga hasta los pies. La imagen del Cristo con la cruz a cuestas, con una lujosa túnica blanca y amarilla, es una gran talla que va sobre una base de flores de intenso color rojo y la llevan a hombros un grupo de hombres. Algunos van tocando carracas y los que van a los lados portan unas altas cruces de madera. El siguiente paso es la estatua de Cristo caído bajo el peso de la cruz y con un dosel cubriéndolo.
En la calle 5 de Mayo está la iglesia de Santo Domingo de Guzman que ahora está cerrada y que dejamos para otro momento su visita. Volvemos a pasar por delante de la catedral, que en este momento de la tarde está iluminada por el sol y luce en toda su magnificencia y nos fijamos más en el detalle de las guirnaldas de papeles blancos y rojos que se extienden desde la fachada hasta las verjas, a modo de etérea carpa cirquense. También de las verjas cuelgan banderolas de colores blanco y rojo.
Llegamos hasta el hotel para recibir primero y disfrutar después de las habitaciones que nos han asignado e intentar descansar un rato. Para llegar a la nuestra, en la planta baja, hay que salir a un patio interior pequeño, una zona de paso pero muy agradablemente decorada, con una bonita fuente y un carro lleno de flores. La habitación es muy grande, con zona de estar al principio y un cuarto de baño y muebles de categoría. El inconveniente que nos impide el descanso es constatar que el aire acondicionado está muy alto hasta el punto de sentir frío y que no hay mandos para rebajarlo o apagarlo. Damos el aviso y van entrando sucesivamente cuatro operarios distintos, todos amables y sonrientes, pero ineficaces, hasta que el último logra anular el sistema y finalmente lo desconecta y nos quedamos a temperatura ambiente.
Nos habíamos citado a las seis en el patio del hotel para reanudar el paseo turístico pero la meteorología nos obliga a retrasar el plan y por el contrario a disfrutar de la arquitectura y el ambiente del precioso patio pintado de amarillo, porque de repente el cielo se ha cubierto de nubes y a esa hora cae una gran cantidad de lluvia, una tormenta que ha sido la culminación del día pesado que hemos padecido. Aprovechamos para sentarnos en una mesa redonda allí mismo y tomamos un té mientras tanto.
El patio, de dos pisos de arcadas, está cubierto por una especie de techo, a modo de las lonas andaluzas, que no empaña la luminosidad, pero tal vez hecho de un material plástico porque el agua al rebotar en él resuena como el fondo de una orquesta de percusión que casi nos impide escucharnos. Salgo a la puerta de la calle y contemplo el espectáculo de la fuerte lluvia que corre en riadas por los extremos de la calzada y hace que los pocos coches que circulan arrojen cortinas de agua sobre la acera.
Cuando la lluvia amaina y finalmente cesa, nos decidimos a salir para seguir conociendo la ciudad. Ahora sí podemos entrar a la catedral, ya más despejada, y disfrutar de pinturas, esculturas y el gran templete central donde el barroco bañado en oro predomina y cuyo altar mayor está presidido por una pintura de la Virgen.
Paseamos lentamente por el Zócalo, el corazón del centro histórico de Puebla. A él da el Palacio del Ayuntamiento, los pórticos en tres de sus lados llenos de mesas y terrazas donde poder sentarse. El centro de la plaza, de gran tamaño, está ajardinado, con grandes árboles, bancos de hierro, paseos laberínticos, estatuas conmemorativas, la más importante de las cuales es la de la fuente de San Miguel, un ángel ¡cómo no¡, otra muestra del arte barroco que predomina por todas partes. También hay un monumento moderno que parece hecho de puntillas rígidas en forma de extraño templete laberíntico y que ha sido realizado por una artista local y tiene aspecto de haber sido colocado allí muy recientemente. En un espacio abierto delante de la catedral hay una carpa seguramente preparada para espectáculos musicales.
Vamos andando por la calle Juan de Palafox y Mendoza, viendo edificios muy bonitos y señoriales, como el de los Muñecos, a la luz crepuscular, ayudados ya de la artificial pues han encendido las farolas. Nos hacemos una idea del entorno para repetir el paseo mañana y asimilarlo más. Llegamos a la cercana iglesia de la Compañía y entramos al hotel que está enfrente, que pertenecía en sus orígenes al mismo complejo y curioseamos hasta en el comedor. Frente a la iglesia hay una caseta de venta de libros de ocasión y picamos, comprando tres. Ya es de noche cerrada y vamos buscando una zona que se llama la plazuela del Sapo donde se celebra todos los días una feria de artesanía pero por la noche está llena de bares y gente joven. Hay una calle muy armónica y cuidada en la que siguen predominando los bares y restaurantes. Volvemos hacia el Zócalo y conseguimos sentarnos en una mesa bajo los soportales para tomar algo que sirva de cena. La zona está animadísima, llena de gente que habla, ríe, escucha las músicas modernas que salen de los establecimientos de bares y restaurantes o de los voluntarios que cantan en la calle y luego piden unas monedas, como ocurre delante de nuestra mesa con un supuesto cantante que lleva la música enlatada y a alto volumen.

De repente algo parece que se mueve en la cercanía y no puedo dejar de acudir a verlo. Como contraste grande con lo que estamos viviendo, en la misma calle está pasando ahora mismo la procesión de la Soledad, la imagen llorosa y patética de la Virgen, vestida de negro, detrás del cuerpo de su hijo muerto y metido en una urna de cristal, llevada a hombros por seis hombres. Le precedían la estatua de Cristo en la Flagelación y otra de Cristo de pie coronado de espinas. Van en silencio respetuoso pero poco se nota, ante el ambiente festivo del resto de la plaza. Tuercen por la primera calle que hace esquina a la catedral donde tendrá lugar el final de la procesión. ¡Contrastes de la vida¡

Día 23. Sábado Santo
Yo me levanto muy pronto, como suelo, y todavía me ha dado tiempo a escuchar en el pequeño transistor que nos acompaña, en una emisora local, que a las 10,30 se celebrará en la plaza de las Artes, lugar que ya conocemos, la quema de los Judas, tradición de la Semana Santa poblana, y pienso que puede suponer una buena ocasión para contemplar el espectáculo. Aprovechando que sé que Rafael aún va a tardar en estar listo y que tengo un rato por delante, salgo del hotel hacia las ocho de la mañana, pertrechada con mi máquina de fotos, para dar una vuelta en la zona central, ya vista ayer. Sigo por la misma calle, 8 poniente, que al atravesar la principal se convierte en 8 oriente. La luminosidad de la mañana es espléndida y los colores destacan y lucen más que nunca aunque todavía con fuertes contrastes de luz y sombra. He leído que hay más de cinco mil edificios de estilos renacimiento, barroco, clásicos y me temo que todos no me va a dar tiempo pero verdaderamente descubro fachadas y patios a los que me meto sin prejuicio alguno que resultan encantadores. Las calles están desiertas, sólo barrenderos o mujeres empleadas del Ayuntamiento limpian las calles dejando la ciudad como nueva. Descubro en esa calle el Museo Amparo, sitio digno de visitar si tuviéramos tiempo. Más allá un edificio alto, desproporcionado para el entorno, que calificaría entre art nouveau y racionalismo pero con sus correspondientes toques de cerámica talaverana en la fachada y unos pináculos en distintas terrazas.
Veo de día la iglesia de los Jesuitas, que aún está cerrada, con la parte baja de color oscuro y rejas en las arcadas del atrio y la parte alta más las dos torres de un blanco llamativo. El estilo es barroco. Descubro en una calle un edificio amarillo, como tantos otros, pero leo en el cartel informativo que ahí estuvieron instaladas las religiosas de la orden de Jesús María, mis monjas, y lo considero una casualidad que me la haya encontrado.
Miro, admiro y casi siempre fotografío las bonitas casas del camino y a veces sus patios interiores, sean casas particulares o edificios públicos, como el del hotel de la China Poblana, una joven que se ha convertido en un ícono representativo de la cultura nacional a la que se le atribuye haber traído desde Filipinas el traje típico y que es objeto de la decoración de una enorme fuente al final de la calle 5 de mayo. También en el patio del hotel del mismo nombre, se erige una estatua de la joven en el centro que sólo consigo fotografiarla de espaldas.
Vuelvo a pasar por delante del Ayuntamiento, por el Zócalo que se ve con otra luz muy diferente y, cosa insólita, vacío de gente y llego a tiempo de desayunar con los demás en el patio del hotel. Les propongo lo de ir a la quema de los Judas y les parece buena idea. Ya conocemos bien el camino aunque esta mañana se observan mejor otros monumentos como la iglesia de San Roque, pintada de amarillo chillón con apliques blancos en sus molduras, de una sola torre y un edificio civil a su lado con tres balcones. Tiene la estatua del santo en una hornacina encima de la puerta pero sin perro a su lado. Curiosamente tampoco en otras ocasiones lo hemos visto nunca junto a él, así que aquí no podrán decir aquel trabalenguas del “perro de san Roque no tiene rabo… etc”
Llegamos a la calle y plaza de los Artistas y allí, inmersos entre otras muchas personas que esperan que empiece el espectáculo, vemos los rústicos muñecos de papel y cartón de colores llamativos, colgados de los árboles, con pintadas en su traje de nombres propios que no reconocemos más que televisa. Es una antigua tradición de la Semana Santa que trajeron los españoles en los siglos XVII y XVIII a esta ciudad, aunque entonces eran diablos y representaban a los antiguos herejes, para mostrar a la gente que, aunque no tuvieran castigo terrenal, arderían en el infierno. Se celebra en el barrio del Artista todos los Sábados Santos. Su primer objetivo se ha ido transformando y la quema ha adquirido actualmente diversos significados y ahora lo utilizan por ejemplo para “desquitarse de algún político” que, por cierto, uno de los aludidos prohibió durante un tiempo el acto. Con una puntualidad ejemplar a las diez y media el encargado prende fuego a la primera de las diez figuras. Bajo el llamativo papel hay una estructura interna de carrizos y de tracas. El muñeco empieza a moverse y a echar humo hasta que finalmente explota haciendo un ruido similar a una pequeña traca.
Después pasamos al mercado del Parián que está enfrente y que en esta mañana luminosa se ve con otros ojos y se despiertan las ganas de hacer gasto pensando ya en los regalos que vamos a llevar a la familia. Los maridos se sientan tranquilamente en los bancos y nosotras compramos trajes típicos y alguna otra cosa en este ambiente tan propicio.
La idea ahora es dar una vuelta en el turisbus que sale de la plaza del Zócalo y así completar la visión de esta ciudad en un radio mayor que el que se abarca en el centro histórico. Hacia allí nos dirigimos y acortamos el camino pasando por el pasaje comercial que descubrimos ayer, al lado del Ayuntamiento. Es estrecho y largo, con techo acristalado a dos aguas que deja pasar la luz, con tiendas todo a lo largo de él y puestos en el medio.
Una vez en la plaza, en una acera que da a la calle principal vemos que la gente ya hace diversas colas con la misma intención que nosotros. Assela se informa y elegimos la cola más corta que pertenece a una especie de tranvía en este caso pero nos da igual. Lo malo es que al piso alto, desde donde se puede ver mejor, sólo podemos subir tres personas que somos Lola, Andrés y yo. El paseo dura una hora y comienza recorriendo el centro histórico lo que nos permite volver a ver edificios ya conocidos aunque desde una corta distancia, que da ocasión a fijarse en detalles y curiosidades porque a la vez nos van contando la historia de la ciudad y las particularidades de los edificios. Por ejemplo da gusto ver de cerca la llamada casa de los Muñecos, que en la superficie de su fachada, de cuadros de cerámica, tiene además unos cuadros que representan a un personaje siempre igual vestido pero en posiciones diferentes y con algún instrumento en sus manos que difiere de unos a otros, por lo que se le llama así a la casa. Ya lo habíamos observado visto ayer, pero ahora me sorprende oír al guía decir que es una representación de los trabajos de Hércules. Tendría que hacer un gran acto de fe para reconocer en “el muñeco” al gran Hércules y menos en sus movimientos que parecen ejecutar una extraña danza. Tampoco reconozco ninguno de los monstruos a los que según el mito, vence. Lo único que me parece algo apropiado, es un cuadro donde lleva en la mano una maza.
También, entre otras muchas cosas más, nos enteramos que el teatro Principal de Puebla es uno de los más antiguos de México, inaugurado en 1761.
El autobús nos saca del casco histórico y nos lleva por la parte moderna y vemos el estadio Cuautémoc, palacio de las artes, edificios muy recientes y de construcción arquitectónica arriesgada y bonita. Vamos hasta el cerro donde tuvo lugar la batalla de Puebla y se conservan restos de los fuertes que entonces servían para los ejércitos, el del Loreto y el de Guadalupe. Vemos el monumento al militar Ignacio Zaragoza, de enormes proporciones, producto del orgullo patrio ante la victoria contra los franceses, a pesar de ser un ejército menor. También unos grandes retratos de él y de su mujer, Dolores, en la entrada a un parque.
Cuando el autobús nos deja de nuevo en la plaza ya no es hora de visitar la iglesia de Sto Domingo y entonces nos dirigimos al interior del Ayuntamiento donde leemos, grabadas en sus muros, frases pronunciadas por Benito Juárez y que nos recuerdan, como si fueran parafraseadas, a las del discurso que Pericles pronunció en Atenas en el siglo V a C. Decidimos entonces visitar otro de los sitios turísticos representativos y recomendados, la Biblioteca Palafoxiana, llamada así porque se fundó a partir de la donación en 1646 de la biblioteca particular del obispo Juan de Palafox y Mendoza y constantemente aumentada hasta ser considerada la primera biblioteca pública de hispano América. Conserva el mobiliario antiguo y original. A la salida nos detenemos un poco en el bonito patio de esta casa de la cultura donde se está celebrando un festival de danzas mejicanas de música y canciones, tan alegres, ante un no muy numeroso público.
Ya es hora de comer y esta vez elegimos un restaurante de los recomendados por la guía que manejan los hijos y que no está lejos. Se llama “El mural Poblano” y es un sitio pequeño y alegre, presidido por un gran mural que representa a personajes locales. Comemos muy bien, y pruebo lo típico: chiles en nogada y el famoso mole poblano.
Después de la buena comida y como estamos tan cerca del hotel, descansamos en las habitaciones hasta las cinco y media en que nos volvemos a lanzar a la calle, esta vez con el objetivo claro de ir a la iglesia de Sto Domingo de Guzman, que fue templo dominico y se fundó en el siglo XVI. El templo está pintado de un color rojo fuerte resaltado por blanco y sobresale la cúpula con ventanas. El interior de la iglesia es bonito, con un retablo barroco apreciable sin embargo, lo que le da gran fama al lugar es que en su interior se encuentra la llamada capilla del Rosario, construida un siglo más tarde para honrar a la Virgen del Rosario. Es un amplio espacio donde predomina el oro, que se ha convertido en lo más representativo del barroco hispano americano. Lo llaman la octava maravilla del nuevo mundo. Es uno de los lugares más asombrosos dentro de su estilo que cabe imaginar, con un recargamiento de figuras talladas y estofadas en oro, recubierta por obra tallada y estofada en oro en su frente, en la cúpula que deja vanos para que la luz la ilumine, en los laterales, en el templete interior de la Virgen, en fin, indescriptible.
Dos detalles me llaman la atención antes de salir de la iglesia. Uno es una talla de Cristo doliente, con la corona de espinas, el cuerpo ensangrentado, llevando solo una capa morada desde los hombros, sentado en una postura que más parece el pensador de Rodin que lo que en verdad representa. Se sujeta la cabeza con una mano en la que también sostiene un cetro y levanta el rostro en actitud pensativa que no da sensación de sufrimiento. Las piernas desnudas se esconden a la vista por dos cojines, el de debajo de la misma tela que la capa y en el de arriba está escrito con letras de oro las palabras siguientes: JESÚS JUEZ, GRACIAS. En alguna otra iglesia hemos visto una imagen de iconografía similar. Debe de tener alguna razón que se me escapa.
El segundo dato que puedo calificar de incomprensible es que encima de la pila de agua bendita hay un gran cartel con letras mayúsculas y claras que dice, combinando los colores rojo y azul: ESTA PILA ES PARA AGUA BENDITA (en rojo) y debajo en letras azules y más grandes: FAVOR DE, seguida de otra frase en el mismo tamaño y color de nuevo rojo: NO ECHARLE SAL. Mucho nos habría gustado una explicación ante esta insólita petición pero no la hay y nosotros no la encontramos.
Salimos a través de una bonita puerta que separa el atrio de la iglesia de la concurrida calle, con azulejos poblanos. Allí, pegada al muro hay uno de tantos puestecitos de venta de tortillas, en las que las mujeres indígenas las van asando sobre la marcha en pequeños infiernillos de unas brasas aparentemente de carbón. También tienen un puesto de paraguas, por si la ocasión se presenta y sus niños juegan al lado, junto a un puesto de muñecos populares de artesanía que cuelgan de las rejas de la puerta de entrada. En muchos rincones de la ciudad ocurre lo mismo, puedes comprar mazorcas, tortillas, obleas, tacos recién guisados. A veces las hemos visto incluso amasar primero la pasta y extenderla en forma redonda.


Nos encaminamos después hacia un extremo de una de las calles del poniente donde ya ayer vimos que había algo que merecía la pena. Es un antiguo mercado que ha sido convertido en un centro comercial de características más modernas pero conservando su estructura metálica antigua. Destaca en el centro un templete rematado en un techo de vidriera. Hay tiendas e incluso mercado por toda la extensión. Es interesante como aprovechamiento arquitectónico. Salimos a la calle por la otra parte y ahí se puede todavía reconocer el muro de un mercado tradicional que en la parte alta de la portada principal conserva el título “Mercado de la Victoria” y sobre él hay un relieve en el que aparecen dos personajes de pie, al lado del gran reloj bajo el cual está la fecha de 1913. Sobre el reloj vemos el águila con la serpiente en el pico subida en el nopal. En los personajes se reconoce al dios Mercurio, por las alas en la cabeza y el caduceo, dios del comercio, y a Vulcano, con el yunque y el martillo, dios de la industria.

Nuestros hombres están muy cansados después de un día agotador y nos acercamos al edificio modernista construido en la época francesa y que ahora contiene un VIPS. Allí se queda Rafa en una mesa mientras nosotras con Andrés y Carlos todavía seguimos incansables disfrutando de la oferta turística y comercial que nos ofrece la ciudad. Vamos de compras, a una tienda elegante, en una de las mejores calles del centro, donde hay bonita ropa. En la acera de enfrente hay una tienda de cerámica y los chicos eligen un espejo y yo compro unas baldosas de talavera que me gustan pero sin saber aún bien para dónde. Estamos muy cerca de la iglesia de los Jesuitas que ahora encontramos abierta y todavía entramos a conocerla aunque nos parece muy fea. También pasamos por la iglesia de San Pedro, llena de gente, lo que no nos permite ver el interior que parece desde la entrada mucho más bonita que la anterior.
Recogemos a Rafa en el Vips sin quedarnos porque el ambiente interior desmerece mucho del bonito exterior, es una cafetería Vips convencional y sin gran atractivo gastronómico. Ni siquiera cabemos los siete en una mesa así que decidimos volver al hotel, haciendo el recorrido ya tan conocido a través del Zócalo que, una vez más en la noche, está lleno de gente en todos sus espacios. En el patio restaurante del hotel, con una fisonomía distinta que le da la noche, pedimos la carta y cada cual pide lo que le apetece, que muchas de las peticiones se parecen demasiado a una cena convencional. El patio está muy tranquilo en contraste con la animación de las terrazas de las plazas y calles.
Nos retiramos al merecido descanso.

Assela Alamillo Sanz










.

.









No hay comentarios: