viernes, 17 de junio de 2011

Viaje a méxico 2.
Día 15 vierne. Viernes de Dolores.
Hacia las 6,30 de la mañana, pues ya hemos puesto nuestros relojes a la hora local, ya estamos Lola y yo despiertas y levantadas. Los hijos salen hacia las 7 o 7,30 a sacar a los perros por el barrio, como todas las mañanas. Me comunica Lola que no hay luz y eso comporta que no se puede hacer café ni usar el micro. Vemos paquetes de té y calentamos el agua en la cocina de gas. Allí mismo calentamos unos panes que le hemos encontrado en la cocina. Vuelven del paseo pero Carlos hoy se tiene que ir al DF por trabajo. Desayunamos muy bien en esa bonita mesa de comedor.
Constatamos que estamos en pleno verano y hay que ponerse sandalias y camiseta sin mangas, un atuendo completamente veraniego y estamos dispuestos a conocer la ciudad de Cuernavaca, a la que el alemán Alexander Humbolt, que vivió en ella haciendo estudios de la naturaleza, la llamó, con acierto, la ciudad de la eterna primavera. La ciudad fue fundada por Hernán Cortés allá en el siglo XVI y allí se hizo su palacio en donde su mujer vivió permanentemente. Assela nos lleva en el coche al centro porque en realidad ellos viven en uno de los pueblos anexionados ya a la ciudad pero distantes del considerado núcleo urbano de Cuernavaca. Está muy lejos y hay mucho tráfico, aumentado porque están haciendo obras en una de las entradas a la zona central. Todo me parece nuevo y me produce asombro, el propio tráfico algo caótico pero con conductores pacientes, los coches dan la vuelta en medio del boulevard con toda tranquilidad porque nadie lo impide y los demás coches se lo permiten. Hay muchos autobuses públicos, generalmente blancos y algunos con publicidad o consejos en su carrocería, que paran donde se lo pide el público, cuando menos te lo esperas, además de las paradas. A un lado veo una iglesia pintada de colores vivos y cálidos detrás de una verja, que me encantaría fotografiar pero vamos muy deprisa y más allá un extraño edificio de aire moruno que no pega nada. Ya metidos en la zona central y populosa, las calles son estrechas, con un extraño urbanismo. No se van los ojos a las casas, que valen poco sino a las tiendas de aspecto modesto que hay en todos los bajos de las mismas. Son más bien pequeños almacenes, huecos en la fachada, donde se vende de todo tipo de géneros, a veces amontonados y que lo anuncian sobre la entrada o en el muro lateral estrecho que lo separa del contiguo a base de pintadas en colores que resaltan. A veces están separados del público por por barrotes, lo que no sé si tiene relación con que el nombre de las tiendas que llamamos en España ultramarinos se llamen aquí abarroterías.
Observamos pronto que las farmacias no tienen el título único sino que hay cadenas que compiten entre sí por los mejores precios y se lo anuncian en el título, “de ahorro” o las más baratas y cosas así.
En esa zona hay mucha gente por las calles, carteles algunos de los cuales no se entienden … nos señala un edificio grande que es el palacio de gobernación y pasando por otra plaza sombreada por los grandes árboles y llena también de gente, llegamos al Zócalo, la plaza mayor de la ciudad. El coche lo mete en un parking de pago, como hacen siempre, que hay allí mismo y ya salimos a pie y cruzamos al centro de la plaza y nos damos de bruces con la verdadera ciudad, con la población de México, con la gente y sus costumbres. Dicen los amigos que les recuerda al Cairo y Carlos a su vuelta de la India dijo que aquél país era semejante al suyo aunque allí peor. En el centro hay un gran kiosko como los que hay en los pueblos y ciudades de España. Son muchos los árboles que dan sombra, en esta época los tabachines en flor, roja y alegre. Por el centro bancos de hierro labrados, firmes y bonitos, casi todos ocupados por gente en gran mayoría jóvenes.
En uno de los lados de la plaza está el Palacio del Gobierno, en tonos rojo y blanco de elegante arquitectura. Allí, en sus arcadas, en la zona de la entrada principal, vemos bastantes pancartas de protesta y es que el narcotráfico ha asesinado hace poco al hijo de un poeta local que se está moviendo mucho, intentando implicar a la población.
Enseguida se nos acercan hombres, mujeres, niños, niñas, de indudable aspecto nativo, que ofrecen todos los productos de artesanía y tipismo que llevan en sus manos y que creen pueden interesar a gentes con aspecto de turistas: amates, collares, globos, sombreros, ropas, y comidas de caprichos a las que tan aficionados parecen. Si les dices, no gracias, ya no molestan más, se retiran. Hay, incluso, en una zona umbría bajo la sombra de un árbol, una original oferta turística, que consiste en un rústico panel a modo de escenario representando un paisaje de un pueblo típico mejicano y delante dos burritos de cartón de los que cuelgan coloristas mantas y unos grandes sombreros charros , todo ello preparado para hacerse una foto que muestre falsamente la integración del visitante en el ambiente patrio. Le da una nota más de color y de tipismo al lugar. Distribuidas por la plaza y en los aledaños vemos pedestales con estatuas de los héroes locales, que vamos a encontrar por todas partes. Presidiendo el Zócalo y otra parte de la ciudad considerada monumental se levanta el gran edificio artístico que, junto a la Catedral, son el orgullo artístico de la ciudad, y es lo que fue el palacio de Hernán Cortes que por cierto antes había sido el de Moztezuma, en esta costumbre de aprovechamiento arquitectónico a modo de pastel de hojaldre que desde el principio de la civilización han tenido los hombres. Ahora, para que no haya duda, se exponen a la entrada del palacio, en una zona plana y habilitada para ello unos grandes pedruscos labrados con rostros de dioses tal vez prehispanos. Al lado del palacio se levanta una enorme estatua de la piedra negra de la zona, casi tamaño coloso, que alguna guía considera espantosa de fea. Se trata de Morelos, el héroe que da nombre al Estado cuya capital es Cuernavaca y en verdad, hay que levantar la cabeza para distinguir los rasgos de su rostro, de labios carnosos, y de facciones redondas. Debajo de la estatua, está instalado el mercadillo de artesanía al que por ser el primer día y por respeto a los amigos más moderados que yo, no nos lanzamos a toda prisa.
La verdad es que el objetivo es visitar el Palacio de Cortés, hoy convertido en museo, al que le sigue un nombre propio impronunciable para nosotros como tantos que vamos a encontrar en la toponimia y en los propios museos. Es el Museo Regional Cuauhnáhuac, que parece ser el nombre primitivo de la ciudad que acaba transformado en el actual por deformación y dificultad en su correcta pronunciación. Tiene un poco el aspecto de un castillo medieval, con almenas en lo alto y diminutas ventanas en su mayor parte pero en cambio tiene otros elementos arquitectónicos que lo igualan más al estilo italianizante, como son las arcadas en la parte central del piso bajo y en el segundo y una esbelta torre redonda con su reloj en el medio que corona uno de los ángulos.
Delante del palacio hay un enorme pedestal blanco con un señor encima en piedra oscura que no hemos conseguido saber quién es de entre los numerosos héroes nacionales y locales. Entramos a ver el museo. Nosotros, a pesar de la edad, tenemos que sacar entrada porque no somos mejicanos. Los chicos tienen sus acreditaciones académicas que les permiten entrar gratis. El interior está estropeado y poco cuidado, reclamando sobre todo una mano de pintura que adecente esos muros negruzcos, especialmente en uno de los patios, donde han excavado y se ven los cimientos del primitivo palacio de Moctezuma. Su arquitectura es sobria y en las desnudas salas se exponen piezas de arte azteca muy interesantes con carteles explicativos que aclaran mucho y suscitan el interés. Es el primer contacto directo con el arte precolombino en este viaje.
Nos recomienda uno de los empleados que veamos la exposición temporal de tres magníficas esculturas procedentes de Xochicalco, un lugar cercano a Cuernavaca, declarado Patrimonio Mundial y es una buen consejo porque en efecto, vemos tres piezas punteras y muy bien iluminadas, una iguana, un puma y sobre todo una representación que se titula El Creador, colocada en lugar destacado, delante de un espejo para no perder ningún detalle de tan extraña criatura llena de simbología y claves alegóricas.
Por uno de los lados del edificio a través de unos arcos de medio punto con dovelas, capiteles y columnas de piedra, se sale a un patio amplio, que está a un nivel más alto que la calle lateral a donde da. Desde allí el edificio cobra belleza pues sus dos pisos, el bajo abierto y el alto protegido por cristales, están compuestos de arcos sostenidos en esbeltas columnas y el muro está pintado de un tono rojizo que combina muy bien con el verde de los pequeños arbustos que adornan el patio. En un lado continúa la estructura pétrea del viejo palacio. Enfrente, asomándonos a través del borde del patio, distinguimos un edificio frecuentado por gentes que entran y salen y que tiene escrito con letras doradas: Juzgados de Primera Instancia y Menores y en su patio se erige una estatua de la Justicia, porque lleva una balanza en la mano, pero con un aspecto moderno y una postura jacarandosa que la aleja bastante de otras representaciones simbólicas.
En la misma terraza y al otro lado vemos expuesta una choza de paja que nos llama la atención y a su lado un cartel que da la explicación. Se llama Cuexcomate, nombre prehispánico, como la cabaña misma, que se usaba entonces para almacenar maíz. Tiene forma de gran olla y estaba diseñada para que los ratones de campo no tuvieran acceso al grano allí almacenado. Es propio de la región oriental de Morelos y de algunos pueblos cercanos de otros estados.
Pero lo que más nos interesa es subir al primer piso donde hay museo etnológico que expone algunas interesantes piezas de la vida cotidiana, pero que en la terraza- galería se puede contemplar un gran mural pintado por Diego Rivera entre 1927 y 1930 por encargo del embajador de los EE UU de entonces. Rivera aprovechó la arquitectura del espacio de arcos y vanos de las puertas para relatar la historia de Morelos, sin ahorrar las matanzas y sometimientos a que se ven sometidos los nativos por los españoles conquistadores. Debajo de las escenas, de vivos colores, pintó también unas grisallas que complementan la narración principal. Para realizar la obra, Rivera se inspiró en códices posteriores a la conquista y en algunas piezas prehispánicas que están ahora en el museo nacional de Antropología. La corriente del muralismo mejicano nació en los años veinte promovida por José Vasconcelos, el secretario de Educación Pública, con el objetivo de plasmar sobre los muros de los principales edificios la historia y la cultura del país y recuperar la tradición de los colores, formas y narrativa de los muralistas indígenas.
Es la primera vez que nos enfrentamos con la pintura de este artista tan conocido pero volveremos a verlo en otras ocasiones.

Desde los arcos abiertos de esta logia se distingue bien la silueta de la catedral, al final de la calle Hidalgo, en tono grisáceo y con aspecto de una iglesia fortaleza, y enfrente la plazuela del Zacate, a la derecha la masa arbórea del Zócalo, salpicada por las tonalidades rojas de los tabachines, esos árboles que no se conocen en España y que son aquí muy frecuentes y adornan tanto calles, jardines y plazas.
A la salida volvemos a cruzar al Zócalo, desistiendo del propósito de llegar hasta la catedral para no cansarnos demasiado el primer día. Hay un autobús turístico pintado con llamativos colores, que arranca allí mismo, al lado del palacio pero no es el momento. Ya en el centro de la zona despejada de la plaza, vemos que se celebra bajo una carpa una Muestra Gastronómica de Cuaresma. Dos mil once. Hay cocineros con altos gorros y pulcros delantales que están preparando y ofreciendo para degustarlos productos del mar como protagonistas de la comida de los días de vigilia. Muchos voluntarios que hacen cola a lo largo de las mesas dispuestas en forma de u se acercan con los platos de plástico a recibir una muestra. Entre ellos se distinguen tipos de América del norte.
En un extremo de la plaza destaca una estatua ecuestre dedicada a Emiliano Zapata Salazar, con dos fechas 1910-2010 bajo su nombre y encima las palabras Plaza de Armas. Es un monumento conmemorativo reciente que presenta al héroe nacional montado en su caballo, que se sostiene sobre las dos patas traseras, con el fusil preparado en posición vertical en una pose dinámica y amenazadora y con su reconocible gorro charro de alas anchas. Zapata nació en un pueblo cercano de este estado de Morelos y tal vez aquí se le rindan más honores.
Decidimos volver a casa a comer. Tomamos una Avenida, dividida, como otras calles principales por una espina central con arbustos y jardines. Assela quiere comprar el pan en El Globo, un establecimiento del que conoce su calidad. Aquí no es tan frecuente utilizar el pan para las comidas como entre nosotros y por eso no es de tan buena calidad en otros sitios. Lo que prima sobre todo son las tortillas de maíz o de trigo que se venden amontonadas formando un cilindro y por grandes cantidades ya que lo utilizan para todo. La tienda está al otro lado pero no hay problema, gira repentinamente a su izquierda, se para el coche que viene en sentido contrario cuando observa el intento y lo acepta con naturalidad, ella hace su maniobra correspondiente para enfilar el sentido de la circulación y se detiene delante de la puerta, en una entrada para coches mientras compra el que ella califica como mejor pan de la ciudad. Lo que no se puede hacer es detenerse en segunda fila o hacer esperar a los demás vehículos mientras uno hace un recado, como tantas veces ocurre en las calles madrileñas.
Para coger el camino de casa que nos llevaría más recto observamos que hay una tremenda retención en la calle, debido a las obras y tal vez al día, principio de vacaciones, y ruta hacia Acapulco, así que nos va a llevar por un camino que nos va a resultar de lo más pintoresco y novedoso. Nos adentramos por el barrio o pueblo anexionado de Chamilpa, que es al que pertenece su urbanización y llegamos a una calle estrecha, de casas bajas, pintadas en diversos colores, con coches aparcados en las dos direcciones y circulación igualmente en ambos sentidos, con lo cual, al cruzarse con uno de los pequeños peseros que hacen su trayecto por ella, es imposible que los dos quepan y el coche tiene que pararse en zona de aparcamiento y dejarle paso. La gente está sentada en las aceras, tranquilamente y se ven pequeños negocios de todo tipo. Nosotros vamos buscando una tienda que venda fruta y verdura y en efecto, antes de que se nos termine la calle, la encontramos. Bajamos todos del coche porque nos parece una experiencia interesante. Las sandías y melones están expuestos en el exterior, bajo el sol inclemente y los demás productos dentro. Es un espacio reducido, como todas las demás tiendas y las verduras o frutas están en capazos uno al lado de otro. Hay que bajar unos escalones porque está a un nivel más bajo que la calle. Varias personas que están comprando nos miran también a nosotras con curiosidad y nos dan a conocer el nombre de alguno de los que nos despiertan admiración. La compra, como si fuera un gran supermercado, consiste en coger una bolsa de plástico y uno mismo servirse lo que quiere para que el dueño lo pese y diga el precio, que no está marcado en ningún sitio. Los productos no son todos conocidos por nosotros, los hay nuevos, exóticos diríamos, de nombres difíciles de retener. Elegimos uno de los melones que estaba expuesto afuera, jitomates como se dice aquí, judías verdes y cebolletas y nos volvemos al coche con la sensación de que esa calle es el verdadero Méjico que una está deseando conocer y a donde no te llevaría ninguna empresa turística. En la calle, al lado de casas modestísimas, se ven las tapias coloreadas de lo que debe de ser una buena hacienda.

Lo más novedoso de este trayecto de vuelta a casa es que la calle termina en un pequeño y angosto túnel que parece excavado a mano poco a poco por debajo de la autopista, por el que a duras penas cabe un coche normal. Al nuestro, algo mayor, hay que inclinarle los espejos para que no choquen con la tosca superficie de los lados. Al final del túnel, que es visible en toda su extensión y por tanto no haría falta, hay un chico joven, con cara medio dormida y sospechosa de antecedentes no recomendables, que te da teóricamente el paso bajo la tácita condición de recibir una moneda de uno o dos pesos cuando pasas a su lado. En otras ocasiones es su madre, o su abuela, o un hermano más joven, pero da la impresión de que es el negocio familiar del que vive la familia. Lo cierto es que si no se le da, tampoco pasa nada, no reacciona y que están constantemente pasando coches en un sentido o en otro. En este país se da propina para todo y ellos llevan un bote lleno de monedas para tenerlas a mano.
En casa se come muy a gusto y fresquitos y llega la hora de un descanso que ayude a reponerse y a acostumbrarse al nuevo horario.
La tarde es casera, inspeccionando la parcela y los alrededores. Un gran huracán ha arrancado de cuajo un inmenso árbol unos metros más lejos de su casa, en una parcela cercana. Es impresionante la fuerza con que ha arrancado semejante mole que se ha llevado consigo la tierra donde se alimentaba y ha dejado un buen agujero en el suelo. La tarde se está poniendo gris y se levanta aire. Incluso caen unas gotas. Por encima de su jardín hay un enorme árbol de la familia de los arces, creo yo, que se mueve amenazadoramente y les llena el patio de semillas. A un lado una bouganvilla morada está en su mejor momento, llena de flores. Yo creo que sus raíces han encontrado una tubería de agua porque allí a su lado hay un depósito de agua que se distribuye entre la que va a la casa y la que va al boungalow.
Carlos llega a cenar pero no nos acompaña en el plato de hervido con judías, patatas y cebolla que los cuatro mediterráneos nos tomamos con tanto gusto. El toma su bocata de jamón. Nos acostamos pronto porque el cansancio hace mella.

Assela Alamillo Sanz




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