Viaje a Méjico 3.
Sábado , 16 abril
Esta mañana tampoco hay luz eléctrica en la casa. Si el arreglo de la avería en la zona dura lo que ayer, hasta las tres o las cuatro de la tarde no la volverán a dar, así que desayunamos de nuevo té y nos preparamos para la excursión al pueblo cercano. Estaba planificado ir hoy a Taxco pero Carlos, conocedor del medio, dice que los atascos en la autopista serán insoportables porque es día en que una buena parte de los veinte millones de habitantes del DF toman vacaciones y muchos de ellos se dirigen a la costa, concretamente a Acapulco y el camino a la ciudad vacacional de la costa coincide en largo trecho con el que va a Taxco y la autopista no absorbe tan gran número de coches. Entonces se decide visitar uno de los pueblos calificados de mágicos del estado de Morelos, Tepoztlan.
Salimos los siete preparados para estar ya a las 10 en carretera pero nos encontramos la desagradable sorpresa de que el coche alquilado no arranca. Llamadas de teléfono a la empresa y el correspondiente “ahorita mismo”. No tan ahorita pero se presenta un mecánico mandado por la señorita con la que ha hablado amablemente Assela y diagnostica que la batería está descargada y además está muy gastada. La pone en marcha y deja el coche funcionando y se despide rápidamente. Nos metemos en el coche de nuevo y de repente, antes de salir siquiera del sitio donde está aparcado, el motor se para y es imposible hacerlo funcionar nuevamente. Otra ronda de llamadas de teléfono, amabilidad de Assela y finalmente la decisión y seriedad de Carlos cuando habla con la responsable logra lo que parece ser la solución del problema. Anuncian y prometen que el mecánico volverá a venir pero esta vez con una batería nueva. Que tardará algo más. Como hay tiempo y necesitan cargar uno de los móviles al que se le ha terminado la tarjeta, nos vamos entre tanto los cinco con su coche a comprarla y a buscar una farmacia donde, por cierto, te la venden, además del colirio que busca Lola. Entonces puedo observar con detalle una calle comercial, llena de pequeñas tiendas que a veces parecen barracones, una al lado de otra los anuncios en grandes telas o paneles o simplemente papeles clavados en una farola y escritos con rotulador, el enredo de los hilos de la luz que parece imposible que puedan transmitirla sin problemas (alguno hay) o que sencillamente se mantengan así durante un fuerte viento sin caerse y provocar algún desastre, la constante circulación de coches por la calle que giran donde les viene bien.
Volvemos a casa y aún no ha llegado el anunciado mecánico. Los perros son los que se alegran que sienten que sus amos siguen con ellos más tiempo del habitual. Finalmente llega el mecánico, cambia la batería, recibe su correspondiente propina y el coche parece que funciona bien. El reloj nos marca la una menos veinte pero el pueblo está solo a 18 ktos y Assela ya ha reservado una mesa en un restaurante, así que salimos hacia allá. Da gusto ir por carreteras pequeñas donde ves cosas insólitas, bonitos árboles, casas diseminadas o en pequeños pueblos, animales casi en la carretera y muy pronto nos damos cuenta de la belleza del entorno geográfico de este pueblo conocido y famoso. Las montañas que lo rodean tienen extrañas formas, algo parecido a las de Montserrat en Barcelona, pero de un color claramente marrón. A Andrés le parece ser un antiguo cráter. El paisaje es de gran belleza y está rodeado de cerros que constituyen la sierra de Tepoztlán que efectivamente formaban parte de un eje volcánico transversal, según nos informamos y que fue declarado parque nacional con el nombre de “El Tepozteco” en tiempos del presidente Cárdenas.
Nuestra impresión es muy agradable desde que llegamos. En realidad lo importante son dos calles, la principal que es la calle del 5 de Mayo y otra perpendicular a ésta, peatonal y convertida en un mercado de artesanía. El tercer elemento urbanístico, en la intersección de las dos calles principales, es el zócalo, naturalmente. Además a derecha e izquierda de la calle principal salen pequeñas calles empedradas que ascienden o por el contrario descienden y que tienen su encanto pero en ellas están las viviendas particulares. Las casas son bajas y están pintadas en colores ocres o amarillos con alguna otra sorpresa. Dejamos el coche en un parking privado, bajo un limonero, cuidado por un vigilante peculiar y hablador. De ahí seguimos andando por la acera de altibajos de la calle 5 de mayo y enseguida nos topamos con la iglesia de San Miguelito. En todos estos pueblos se encuentran muchas iglesias y capillas, fruto de la época de la colonización y la población es mayoritariamente católica. Esta es la única que vamos a ver por fuera de las ocho que hay en el pueblo. Tiene una portada exterior que da a la calle, rematando el muro colorista que rodea la iglesia, y que está artísticamente elaborada de la forma más curioso porque está formada por pequeñas piezas de cerámica artísticamente colocadas con habilidad para formar los dibujos y volutas y toda ella protegidas por un cristal. Sobre el vano la leyenda: “alabad a ti, señor san Miguelito”. La torre tiene tres cuerpos en disminución.
A esta población acudieron muchos “hippies” por los años sesenta, algunos de los cuales todavía viven por aquí dedicados a la artesanía y moviéndose en viejísimos coches que resultan piezas arqueológicas, alguna de las cuales aún vemos por la calle. Como en todo Méjico, circulan muchos y viejos Volswagen. Hemos sabido también que la cantante Chavela Bargas vivía aquí.
Torcemos a la derecha para introducirnos en la calle peatonal desde donde se divisa las torres de la iglesia más importante, la Natividad, hacia donde nos dirigimos. La calle es el dominio de los puestos de artesanía que se extienden hasta donde se pierde la vista, con sus toldos blancos para protegerse del calor. Allí se encuentra de todo, madera, ropa y tejidos, adornos, todo lo más representativo y repetido en los pueblos turísticos.
Nos desviamos hacia la izquierda sin dejar a nuestro lado los puestos de artesanía y llegamos delante de una portada o arco de entrada hecha artesanalmente y que se renueva periódicamente. Las imágenes en ella representadas están formadas por legumbres de todo tipo, fríjoles, lentejas, judías, garbanzos y alguna más poco reconocible por nosotros, lo que se aprecia muy bien al acercarse a comprobarlo tras el cristal que lo protege. Sirve de entrada al recinto del convento y el actual es especialmente bonito porque conmemora el bicentenario del año en que empezó la costumbre, 1810. Dentro del museo veremos otra de estas fachadas que son verdaderas obras de arte. Está presidida en lo alto por una imagen de la Virgen sobre el águila, posada sobre el nopal, símbolo del país y en los muros se representan escenas históricas de su acervo particular, con los héroes nacionales.
Entramos en el atrio o recinto ajardinado que precedía al ya al ex convento de la Natividad, que fue construido por orden de los dominicos entre los años 1555 a 1580 cuando se dedicaban a evangelizar la zona. Hoy es Patrimonio de la Humanidad. Es un lugar muy agradable, de grandes árboles, tranquilo. Se conserva alguna capilla en una esquina y alguna tumba porque en un tiempo sirvió de cementerio. En un lado se ven depositadas en el suelo cinco campanas de bronce de distintos tamaños de las que ignoramos su razón de ser. En la portada del templo de estilo plateresco, se ve a la Virgen María a quien acompañan santos, ángeles y querubines, los escudos emblemáticos de la orden dominica. Los santos reconocibles son Santa Catalina de Siena y Santo Domingo de Guzmán fundador de la orden. Los muros no están cuidados en lo que a pintura se refiere.
Lo primero que hacemos es entrar en la iglesia, la parroquia de la Natividad, grande, no muy bonita, vacía a estas horas, con un ábside cubierto de pinturas al fresco de mediana calidad y en el medio un altar con un pequeño baldaquino que destaca de las pinturas por el color blanco. En los laterales hay también altares en madera pintada de blanco pero lo que nos llama la atención es cómo resalta el tejido de color morado que tapa las imágenes contenidas en ellos, costumbre de la cuaresma que la iglesia española ya abandonó hace tiempo y que aquí se conserva. Sólo queda sin cubrir un grupo de un Cristo crucificado y bajo la cruz un personaje que dudamos si es S. Juan o María Magdalena.
Después entramos en el antiguo convento que hoy es un museo muy interesante. Llegamos primeramente al claustro, un espacio que se puede calificar de mazacote pero sin embargo es armonioso. No es muy grande, y el techo y los anchos intradós de los arcos están cubiertos casi totalmente con curiosas y extrañas pinturas en tonos rojizos. Rojo es también el color de la base de los arcos y del suelo y entre ambas zonas destaca una franja o cenefa de pintura en grisallas que representan unos extraños reyes con colas de serpiente. En el centro del claustro, diseñado geométricamente, hay una pequeña fuente, árboles y plantas aromáticas, como un laurel, y varios naranjos. Damos toda la vuelta y subimos después por una escalera de altos peldaños al segundo piso donde encontramos un museo etnográfico muy interesante y ahí también se expone otro mural hecho de legumbres como el que hemos contemplado a la entrada del atrio. Desde arriba la vista del claustro es muy bonita pues se ve el patio en su totalidad y resulta muy agradable. Renunciamos a visitar las celdas que están al fondo de un pasillo.
En cambio en uno de los miradores del segundo piso hay una vista preciosa de los cerros que rodean la ciudad y en lo alto de uno de ellos se encuentran los restos arqueológicos de una antigua pirámide. Como hay que sacar algún peso (moneda) sea como sea, allí está apostada una señora al lado de un pequeño telescopio que por una cantidad anunciada en un papel, te permite mirar con precisión la lejana pirámide. Intento buscarla con la vista desde otra de las grandes ventanas y con la ayuda de un amable señor que está también de turista pero ya conoce el pueblo, conseguimos localizarla. Rafael que no se separa de sus prismáticos, hace lo mismo y la descubre.
Hay amantes del ejercicio y de la naturaleza que suben hasta ella para verla de cerca. El trayecto se hace en una hora pero nosotros no tenemos edad ni tiempo para una excursión que será sin duda muy bonita y con una preciosa vista desde arriba, sobre todo cuando las condiciones atmosféricas sean claras porque generalmente por aquí predomina una bruma que enturbia el aire. La pirámide de Tepozteco data del siglo XII de nuestra era y estaba dedicada a uno de los dioses de la población autóctona, dios del pulque, relacionado con la fertilidad y las buenas cosechas. Se reconstruyó en el siglo pasado al tiempo que se estudiaba la arqueología del lugar.
Salimos del convento-museo y tenemos que pasar todavía un trecho a través del mercado de artesanía para buscar el restaurante El Ciruelo que los hijos ya conocen y a donde nos llevan. Por fuera no destaca especialmente, es un edificio bajo pintado de color naranja, sobrio. La sorpresa al entrar es gratísima porque nos conducen a un gran patio, cubierto por una lona para proteger de la lluvia sin dejar de usarlo, pero que no impide ver el imponente y bellísimo escenario natural que tenemos al frente, la mole de los cerros tepoztecos enmarcado por los frondosos árboles del jardín del restaurante. Los meseros que nos atienden ofrecen un servicio impecable. Es la primera vez que tenemos delante la carta con platos mejicanos en un restaurante que Carlos califica de innovador en sus platos, no exactamente auténticos. A pesar de ello nos gusta mucho todo lo que tomamos y el precio traducido a euros es barato en comparación a la calidad y el ambiente del lugar.
Hace un calor tremendo pero después de comer nos dirigimos al Zócalo, el centro neurálgico de los pueblos y ciudades y también éste lo encontramos lleno de gente. En el centro no falta el kiosko y grandes árboles dan sombra en este caluroso día. Por todas partes hay señores que ofrecen limpieza y brillo a los zapatos ajenos, algo que hacía tiempo que ya no veíamos en nuestras calles de España.
La plaza está llena de pequeños puestos de frutas para nosotros la mayoría exóticas, a veces en pequeñas cantidades ordenadas en el suelo, sobre una lona o colocados sobre una pequeña mesa. Compramos varias de ellas y especialmente una que no conocíamos y de la que no retengo su nombre. Su aspecto es el de un cruce entre patata y kiwi, de color marrón. El fruto tiene una textura un poco áspera. Venden los mangos ya pelados y con unos cortes en la pulpa y la gente los come como si fuera un polo. En otros puestos se venden trajes, instrumentos de uso cotidiano hechos de materiales naturales y otras muchas cosas curiosas y tentadoras, como platos y alimentos típicos mejicanos, quesadillas, cecina, tacos, mole, aguas de distintos sabores, paletas que son una especie de polos y otras cosas de nombres difíciles de retener. Vemos a jóvenes sentados en el suelo de la plaza que ya trenzan palmas para venderlas el domingo. Casi todos los vendedores son indígenas, de todas las edades y Assela nos anima a estar atentos a las conversaciones entre ellos, lo que no somos capaces de apreciar. Pero es que en esta ciudad un 6 por ciento de sus habitantes hablan lenguas indígenas. La más importante es el náhuatl, la que aquí hablaban los nativos y otra procedente de Oaxaca y traída por gentes que vinieron de allí para instalarse en esta zona. En el Zócalo se celebran muchos eventos a lo largo del año, ferias y tianguis, como se dice aquí.
Lola se anima y compra a una anciana de claros rasgos indígenas, cetrina y arrugada, expresiva y cordial y lista como el hambre, un vestido típico mejicano bien bonito. Y emprendemos el camino de regreso al coche sin dejar de observar todo lo que nos rodea con curiosidad. Pasamos por una heladería puesta por todo lo alto cuyo interior despierta enseguida el interés. La llaman Tepoznieves y además de helados y polos, de mesitas para sentarse, hay una exposición de artesanía con todo lo imaginable, desde un gran cristo en la cruz, hasta unos grandes maniquíes vestidos con llamativos trajes que contrastan con el color amarillo intenso, combinado con naranja y franjas de azul en que está pintada la tienda. El mostrador es de madera en el que hay labrados en relieve y pintados de vivos colores frutas variadas. Los nombres de los helados, poéticos y metafóricos, están escritos por muros y techos además de en grandes carteles de papel color rosa intenso. Algunos de ellos son por ejemplo: “nieve de Tepozteco, Beso de ángel, oración del viento”. Abundan las ramas secas decorativas en bonitos ramos, las macetas de flores, en resumen un escenario para contemplar largo rato.
En contra de esta decoración festiva y atrayente, otra casa del otro lado de la calle tiene tres huecos de entrada convertidos en tres establecimientos o tiendas de muy diferente oferta. La primera, según reza el título pintado en letras negras sobre una franja blanca que permite que resalte sobre el muro de color amarillo más cercano al crema, anuncia que es una “Dulcería “Aris” y se pueden ver los mostradores de madera llenos de sus productos. La que le sigue inmediatamente separada por un estrecho muro es por contraste “FUNERARIA “ALANIZ” y debajo en minúsculas está escrito: “Traslados dentro y fuera del Estado”. Desde la calle se pueden distinguir perfectamente los diversos féretros, uno encima del otro en torre de cuatro, de diversa calidad y adornos, para poder elegir. Seguidamente aunque con un poco más de separación, dentro del mismo edificio la tercera tienda tiene el cartel anunciador algo más alegre, enmarcado en una orla que forman unas ramas de nopal y que encierran las letras: “ARTESANÍAS. PANCHO NOPALES”. En clavos sujetos al muro se pueden ver vestidos y blusas típicas en un árbol de perchas seguidas. La oferta como se ve, es variada.
Otro detalle que me sorprende y que no me atrevo a inmortalizar con mi cámara, es ver salir de una casa a dos niños, uno de unos cinco años y el pequeño acaso de tres. El mayor sostiene sobre su cabeza con toda soltura una canasta enorme y desproporcionada para la altura del personajillo, llena de algo parecido a panes o bollos o sus tortillas que supongo se las lleva a la madre que tiene un puesto de venta en algún sitio. El pequeño me mira fijamente observando la cámara fotográfica y no me quita la mirada hasta que han cruzado la calle y se pierden entre la gente.
Salimos de Tepoztlan cuando la tarde se ponía gris y amenazadora. Entramos en Cuernavaca por una calle que a Assela le gusta por su vitalidad. Se ven muchas Mueblerías que exponen el género, mesas, sillas y todo tipo de muebles, en plena calle y hay donde elegir. Hay tiendas de todo tipo. Cuando ya hemos llegado a casa no se puede disfrutar de estar en la terraza porque el cielo se ha cerrado en oscuras nubes y cae una tremenda tormenta que en el DF ocasiona graves destrozos por la intensidad de la lluvia. Los truenos retumban fuertemente y el agua le viene muy bien al seco jardín.
Assela Alamillo
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