viernes, 17 de junio de 2011

México. Domingo 1 Mayo
Estamos en Cuernavaca en un día de transición. Ellos no suelen pasar el domingo aquí y han oído hablar de un mercadillo que no conocen. Me ofrezco enseguida a acompañarlos y Rafa, en cambio, se queda tranquilo con los perros leyendo en el jardín. El mercadillo, en efecto, existe, pero no es interesante como tal vez ellos esperaban. A mí me resulta curioso observar estos sitios. Se vende de todo, como un rastro. Aquí no hay artesanía. Puedes encontrar ropa de dudosa calidad o aparentemente nueva, calzados, frutas y verduras de todo tipo, fríjoles, otros productos que no reconozco, en bolsas de plástico o en cestos a granel y también carne, las grandes cecinas, esas piezas planas de carne, amontonadas y al aire o bien pollo, cortado en cuartos y metidos en una vitrina-mostrador de paredes de cristal que no tiene ninguna pinta de estar refrigerada. También veo una cabeza de cerdo que cuelga de un gancho en uno de los tenderetes que anuncia “Ricas carnitas” además de otras piezas de carne, no sé si del mismo animal, que cuelgan igualmente al otro lado. Venden en otro puesto grandes trozos de cortezas de cerdo, que les gusta mucho. Por supuesto bebidas de todo tipo, aguas, como se las llama, tortillas que van haciendo las mujeres en esa especie de estufas con una plancha arriba y carbones encendidos bajo, donde se asan, tacos, quesadillas y otras masas que, además de llevártelas a casa, lo más típico es desayunarlas allí mismo, en mesas largas, cubiertas por plásticos de colores, y siempre llenas de gente que toma todos estos productos. Debe de ser algo así como el desayuno de los pobres, el equivalente a los elegantes desayunos en los bonitos hoteles que tanto frecuenta la clase media y alta. En un puesto de flores compran los hijoss dos magníficas macetas llenas de flores por un precio que en España no nos hubiera dado ni para una petunia pequeña. En las casas que dan a la zona donde se instala el mercadillo, sus dueños dejan usar el wc por un módico precio. También parece que alquilan el patio donde se instalan las mesas para que el público se siente a desayunar o comer.
Cuando salimos de allí me dan un paseo en coche por el barrio Cortés, un barrio elegante que contrarresta la visión popular del mercadillo, y uno de los pocos sitios donde se conserva el apellido del extremeño conquistador aunque nadie es consciente de ello. Se ven casas y lugares muy bonitos y variados. Nos paseamos por plazas y calles solitarias, admirando a veces sólo los muros exteriores de los chalets, que, aun así, los hay muy curiosos, combinando con gusto materiales naturales de maneras armoniosas.
Uno de los caminos casi obligados para volver a nuestro barrio, en Chamilpa, es hacerlo por la calle llamada de los tabachines, esos preciosos árboles que siguen estando en flor y que tanto alegran la calle, los plantados en las aceras y los que sobresalen a través de las tapias de jardines particulares. Es una especie que no se conoce en España pero esta tierra es, claramente, su hábitat natural porque hay por todas las partes y la mejor época evidentemente es ahora porque estan en flor.
Hay paseos muy arreglados, recientemente según me informan, que tienen en el medio una zona ajardinada y en la que cada poco trecho hay una fuente o un pequeño surtidor. En cambio pasamos también por una zona de aspecto abandonado aunque en todas partes se puede encontrar un detalle interesante o curioso. Por ejemplo, en el edificio que parece una escuela abandonada, veo un mural bien conservado y le hago una foto. No lleva la firma de un Orozco ni Siqueiros pero es una muestra más de ese impulso artístico mexicano que les lleva a plasmar en murales todo lo que sienten o proyectan y no digamos su propia historia. Un poco más arriba de la misma calle, en otro local cubierto por un pórtico, y protegido por una verja de hierro, descubro más pinturas murales, de colores vivos, que parecen celebrar un centenario porque están escritas dos fechas, 1910 y al otro lado 2010. En el medio un personaje muy mal pintado, con el ancho gorro charro, empuña un fusil y lleva las municiones en torno a su pecho. Por allí delante pasa en ese momento una mujer pobremente vestida, con una bolsa llena de cosas en cada mano, probablemente con productos para vender, y una manta enrollada a la espalda donde lleva a un niño pequeño. Es la vida cotidiana que, vista desde un coche propio, se percibe con menos implicación. Esto es México, supongo, además de otras muchas cosas.
La comida la hacemos en casa y la tarde discurre tranquila y plácida, cada uno con sus obligaciones.
El lunes día 2 de mayo Assela y Carlos por la tarde, que ya están libres, nos dan otro gran paseo y en principio repetimos el barrio Cortés, para que lo vea Rafael. Yo aprovecho para hacer alguna foto pidiéndole que pare de vez en cuando para evitar el riesgo de que salga movida. Muchas veces no se ve la casa porque está oculta detrás de grandes y protectores muros pero otras veces si aparece, con arquitecturas a veces originales y complicadas y entre ellas las hay muy bonitas, como por ejemplo una con los colores que más se repiten en esta zona, que son el amarillo fuerte combinado con rayas azul casi añil.
Encima de una puerta de entrada de una de las casas del barrio Cortés leemos un gran cartel en colores y con letras mayúsculas que dice: SEÑORES RATEROS. YA VAN TRES VECES. ¿CUÁNTAS FALTAN?
Es una manera irónica y original de tomarse una situación incómoda y desagradable, la de que a uno le entren a robar, pero dudamos si eficaz. Cerca de este barrio, en una de las barrancas que atraviesan el casco urbano de la ciudad, hay un barrio de los que no merece la pena ni sería prudente visitar. Una vez más los contrastes que por otra parte los hay en todas las ciudades.
Vamos a ver la iglesia de uno de los pueblos anexionados a la ciudad que se llama Tetela del Monte y nos llevamos una inesperada y magnífica impresión. La zona es un verdadero barrio popular. Al lado de donde hemos dejado el coche, vemos aparcar otros dos de donde sale un grupo de ocho mariachis, que ya llevan puestos incluso los gorros y que se dirigen hacia una casa cercana donde probablemente se va a celebrar una fiesta. Aquí lo de pertenecer a un grupo de mariachis es un oficio, como otro cualquiera.

La iglesia está cerrada. Es sencilla, con una sola torre, mal pintada, como todas las que vemos en general por aquí. Tiene un frontón triangular sobre la puerta de entrada y unos relieves a cada lado también rematados por pequeños triángulos. Pero lo más sorprendente es que el atrio o recinto que la rodea, con grandes árboles formando un paseo, está cercado por un artístico muro combinado con rejería con formas redondeadas y curiosas que parecen directamente diseñadas por el propio Gaudí. Las puertas son redondas, con unas rejas que no se pueden calificar ni modernismo ni ningún otro estilo determinado sino algo propio de una inspiración artística particular. Es la creación de un artista original, como ocurre con el genial arquitecto catalán. Cada lado es distinto, con volutas, giros, huecos, ventanas redondas por alguna de las cuales sale la rama de un árbol. Apoyadas en un muro están las tres cruces de madera que veremos en todas las iglesias estos días, resultado de las ceremonias de la Semana Santa.
Hay varias mujeres que están sentadas en el poyete que sale del propio muro que rodea la iglesia. Pensamos que tal vez esperan la llegada de un autobús escolar, para recoger a sus niños, pero es también posible que sencillamente pasen la tarde en la calle viendo pasar a gente como nosotros. Unos chavales jovencitos juegan por los recovecos que hace el muro, en la parte trasera de la iglesia. Por allí hay casas bonitas, pintadas de vivos colores y con aspecto de que vive en ella gente de distintas clases sociales y otras de aspecto más humilde. Al intentar salir, nos metemos en una calle sin salida, sin que nadie de los que se han dado cuenta de la maniobra del coche, nos advierta de eso. La calle termina en una pequeña plazoleta donde hay una capillita llena de santos, con las puertas abiertas y dos mujeres sentadas en unas sillas de terraza rezando frente a las imágenes. Tenemos que dar la vuelta y volver por el mismo camino. Nos habría gustado visitar el cementero de Tetela pero no es posible encontrar un aparcamiento y tenemos que desistir.
Ya nos habíamos hecho la idea de visitar un cementerio, uno de los lugares más representativos de las costumbres de este país, por su tipismo e imaginación. Nos dirigimos a OCOTEPEC, el pueblo con personalidad propia que está al lado de Chamilpa, donde empezamos la visita en el cementerio, separado de la carretera por un pequeño muro y una puerta con una leyenda: lugar donde terminan las penas y comiensan los recuerdos. (la falta de ortografía incluida, aquí no diferencian entre la s y la z como en España no se diferencia entre la b y la v al pronunciarla)
Entramos a este curioso lugar, lleno de capillitas y otros pequeños monumentos en lugar de lápidas convencionales, levantados encima del trozo de tierra correspondiente bajo el cual está el ataúd. Arriba la imaginación y el colorido impera. Cada uno le hace la pequeña construcción que le habría gustado al finado. Vemos desde una especie de recargada catedral a una iglesia modernísima, todo en miniatura, como si fuera una ciudad de los pequeños. Otros elementos son más sobrios peros siempre hay flores y guirnaldas de plástico. Hay por allí mujeres que andan cambiando las flores de sus tumbas, en todas las cuales se puede leer el nombre y los datos de la persona que allí reposa. Por lo general no está muy limpio porque las flores viejas yacen por los caminos que están llenos de hierba. Me meto entre esa misteriosa y fantástica ciudad que constituye el cementerio y hago muchas fotos, todas distintas entre sí, con un sello personal que va desde el más humilde de los monumentos construido con materiales de construcción corrientes y cotidianos, hasta la capilla de vivos colores.
Se te viene el adjetivo kitsch a la cabeza a la vista del conjunto, pero al tiempo el respeto a la tradición finisecular del culto a los muertos, expresada a lo largo de los tiempos de tan diferentes modos y encarada bajo distintas convicciones y manifestaciones externas propias.
Vamos hacia la iglesia del pueblo. También está rodeada por un muro que protege el atrio y que es una zona ajardinada. En este caso la puerta de entrada es de una construcción mucho más sencilla y tiene una buena reja. Al traspasarla entramos directamente en un paseo de palmeras que lleva hasta la misma iglesia. Tenemos la suerte de que está abierta porque se acaba de celebrar algún acto. Una familia de aspecto elegante está en la puerta charlando distendidamente y sin aspecto de tener prisa. En la puerta cuelgan unas grandes cintas azules como también vimos en las iglesias de Puebla. En su interior vemos una imaginería que no nos gusta, como ya nos ha pasado en otras, no es realista, parecen muñecos vestidos sin ningún verismo.
La fachada es bonita, barroca, con dos pares de columnas a cada lado de la puerta, adosadas a ella y recargadas de ornamentación, que terminan en unos pináculos también pegados al muro. Entre las columnas están dos imágenes de santos en sus hornacinas. Encima hay una ventana con reja enmarcada con pilastras y más arriba, como remate, una pequeña cámara con columnas estrechas y arcos. Nos recuerda un poco a la de la Conchita en el DF. Según reza la leyenda que en piedra está puesta en relieve sobre la puerta y que conseguimos leer esta es la iglesia de la Transfiguración.
Me doy cuenta que se puede ir por un lateral y descubro un precioso y recoleto patio o antiguo claustro, al que se entra a través de un porche en piedra oscura. En un lado de este bonito recinto que tiene una fuente en medio, hay una parejita que se creía a buen recaudo de mirones, pero el descubrimiento de tan bonito lugar no puede ni debe hurtarse a la mirada de los turistas así que llamo a la familia para que vengan a conocerlo y hacernos la consabida foto recuerdo en el lugar. La pareja acaba marchándose a buscar otro lugar más tranquilo.
Desde aquí se ve bien la torre de la iglesia, labrada, y en su entorno hay preciosas flores de ibiscus que aquí llaman tulipanes y otras flores que crecen por los grises muros de piedra.
La tarde llega a su fin y al volver a la entrada la iglesia ya está cerrada y la familia se ha ido. El sol ilumina la fachada y crea una atmósfera de las que embellecen lo cotidiano, aunque este lugar no es precisamente un lugar que se vea todos los días.
Como contraste en una casa de la misma calle donde está el atrio de la iglesia vemos un cartel delante de la puerta de entrada que no puedo dejar de fotografiar y aquí de transcribir Al lado de la señal de prohibido, la E con la línea diagonal pone: SE PONCHAN LLANTAS GRATIS. Una manera distinta de disuadir a la gente a que aparque delante de su puerta, en lo que en otros países de Europa habría un vado que supondría para el estado el ingreso de una tasa o impuest, pero aquí no existe.

Nos volvemos al fraccionamiento y paseamos un poco por ella con los chicos que sacan a los perros fijándome, yo al menos, en jardines, casas, tapias y a veces detalles pequeños que son curiosos, como las imitaciones de Gaudí en una casa, con un pequeño zócalo de fragmentos de ladrillo o el recuerdo de la cerámica de Puebla


o la curiosa disposición de las piedras en los muros, en los que a veces uno se encuentra una piedra labrada que representa una figura, como el Sol.
Todas estas cosas nos las llevaremos en el recuerdo.



El martes 3 de mayo aparece nublado. Los chicos empiezan muy pronto su trabajo y yo también me dedico desde pronto al mío particular que es limpiar y dejar lo mejor posible el jardín de la casa, que está muy descuidado. Hoy suenan truenos o petardos por todo el barrio. Tal vez se conmemora la fiesta de las Cruces, que tiene que ver con el gremio de la construcción, porque vamos a ver cruces cubiertas de flores en obras aún sin terminar y colocadas en otros lugares de la ciudad. El perro tiene miedo y busca nuestra protección. Después del trabajo y del desayuno, viene Assela hacia las once y nos propone ir a seguir viendo la ciudad de Cuernavaca, de la que aún faltan por conocer muchas cosas.
Siempre que pasamos por la Avda Zapata me llama la atención una iglesia pintada que sólo vemos de paso. Ahora aparcamos al otro lado de la calle porque allí cerca está la Uninter, la Universidad Internacional, privada, donde Assela da clases del máster que nos la quiere mostrar y así aprovecharemos para ir también a la otra.
Nos metemos por una calle a la derecha de la Avenida y aparcamos al lado de otra iglesia, la de San Jerónimo, que da nombre al barrio y que hoy está cerrada en el templo y en el atrio. Es del estilo de las que vimos ayer y a través de la verja de la entrada le hago una fotografía. Tiene la fachada barroca, y sencilla. Está en alto porque es un terreno irregular y grandes árboles que han tenido que ser cortados en alguna de sus ramas. Un hombre provisto de una cruz de flores trepa por uno de sus muros y la coloca allí arriba.
Las casas de alrededor son distintas entre sí y conjuntan sin embargo formando grupos armónicos. Una tienda se abre en un hueco irregular que queda en una esquina de dos calles. Los árboles se salen de sus jardines y extienden la sombra de sus ramas sobre la calle.
Cruzamos la avda Zapata por el puente metálico peatonal por arriba de la calzada pero debemos de ser los únicos en mucho tiempo porque no tiene trazas de ser usado, la gente prefiere atravesar a pelo las dos partes de la calle tan transitada, que será lo que hagamos también nosotros a la salida. Entramos por fin al atrio de esta iglesia dedicada a una advocación de la Virgen que tiene un amplio atrio ajardinado, como todas donde, a pesar del tráfico cercano, se respira tranquilidad y es agradable. Hay rastros todavía de actividades recientes, como las tres grandes cruces de madera apoyadas en la tapia o un tablero a modo de escenario que no han recogido. La sorpresa es que no es una sino dos las iglesias que hay en el recinto. La segunda, más pequeña, sin pintar, y adosada a la otra, es, según dice una placa de cerámica incrustado en la fachada: Sn. José de Tlatlemango,
Primera Capilla de América Continental
Según títulos del Pueblo
1521-1523
Sociedad de Amigos del Museo de Cuauhnahuac









Ésta segunda, como todas las que hemos visto, está descuidada de pintura y tiene una arquitectura sobria, con una pequeña torre que, como la fachada, está rematada por sendas cruces de piedra. La iglesia nueva, en cambio, muy pintada en amarillo ocre y rojo apagado, tiene un interior en el que nada destaca salvo constatar la devoción a la Virgen de Guadalupe a la que se le dedica una capilla lateral, como en casi todas las iglesias de México.
Seguimos en el atrio y al fondo de él hay una zona cubierta y decorada con un gran mural. No me atrevo a acercarme mucho porque en el banco de piedra al lado del pequeño claustro de la iglesia vieja, duerme un hombre echado sobre él. Representa hechos históricos a un lado y ceremonias al otro y un pergamino, pintado, en el medio, que no podemos leer por la distancia. El mural está protegido por una rústica tela metálica.
Después de retomar el coche nos conduce al centro histórico, a la plaza del Zócalo, donde nos dirigimos en directo a conocer el mercado de artesanía que está al lado del palacio de Cortés. Es una maravilla y daría para tiempo y tiempo y ni siquiera gastando mucho dinero porque los precios son asequibles. Una se acuerda de todos los seres queridos y le gustaría llevar a cada uno algo. Se encuentra todo lo que uno puede conocer acerca de la artesanía de México, y de todos los materiales posibles. Yo compro, claro. Volvemos algo tarde a casa. Hoy no había luz, la han cortado por arreglos en la red de esa zona y peligra la visión de un importante partido de futbol. Efectivamente, al llegar constatamos que sigue sin haber y en vista de la situación, Carlos se vuelve a la Universidad después de tomar solo un taco de los suyos y nosotros comemos tranquilamente la comida a la española que yo he preparado. La tarde es tranquila y casera.
El miércoles, 4 de mayo, es el día peor de trabajo para los hijos, así que nos dedicamos a la casa y a seguir mejorando el jardín para que, además de nuestro recuerdo, les quede una mejora palpable aunque efímera.


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