Viaje a Méjico 4.
Domingo de Ramos 17 de abril.
Hoy sí hay luz eléctrica y desayunamos café y pan tostado hecho en el tostador y el agua sube con más potencia porque funciona el motor que pusieron recientemente en la casa para eso y por tanto parece una situación de total normalidad. Es domingo de Ramos y nos dirigimos al centro de Cuernavaca para conocer el otro polo turístico importante que nos dejamos anteayer sin ver, la Catedral y su entorno. Aparcamos en un lugar de pago muy cerca de una iglesia, la de Guadalupe, que pertenece al conjunto del Jardín Borda, que luego conoceremos. Entramos a verla y la encontramos llena de gente, algo natural siendo hoy la festividad religiosa tan señalada, y a punto de empezar la Misa. Cruzamos hacia la catedral y por todo el camino vemos gentes sentadas en el suelo, apoyados en los muros de las iglesias o los recintos que la contienen, trenzando palmas por cierto muy verdes aún. Otras personas rondan en torno a los que paseamos para ofrecerlas ya terminadas, para que la compres. Son todos de rasgos indígenas, con ese carácter amable que ofrecen sin agobiar. Al final compramos dos palmas y las llevamos toda la mañana.
La catedral data del siglo XVI, es pues una de las más antiguas del país y está dedicada a la Asunción y creada por los doce primeros frailes franciscanos que llegaron desde España, como un convento de su orden, después de que ya habían fundado otros cuatro anteriormente, en unos terrenos que donó Juana de Zúñiga, la mujer de Hernán Cortés. Fue declarada patrimonio de la humanidad en 1994. Está rodeada por un recinto amurallado y terminado en muchas zonas en pequeñas almenas. Como en otros de estos antiguos conventos, en su amplio atrio se encuentran varios edificios y restos interesantes, aparte de grandes árboles y espacio ajardinado. En el exterior seguimos viendo gente que, sentada en el suelo de la acera, teje las palmas o vende sus productos artesanales aprovechando la afluencia de fieles que se supone acudirán hoy a la ceremonia. Entramos por una de las puertas y nos encontramos a la derecha una bonita fachada pintada en blanco y en rosa, recargada de relieves. Es la iglesia de San Francisco de la Tercera Orden, según la guía de Morelos, que debe de ser del siglo XVIII. Nos dedicamos a buscar unos ángeles emplumados esculpidos en la fachada, en una curiosa simbiosis del arte azteca primitivo y la nueva concepción religiosa traída por los españoles. El estilo parece plateresco aunque en todo el conjunto de la catedral coinciden además otros estilos artísticos: gótico, neogótico, y neoclásico. Su interior es bonito. Presidido por un gran retablo barroco, de estilo que llamaríamos barroco colonial, recargado de dorados e imágenes, y en el centro de la parte alta está la Virgen y más abajo San Francisco. Me choca un gran cuadro que cuelga de uno de los muros que representa la Trinidad pero con tres personajes exactamente iguales en su aspecto que llevan en sus manos sus atributos correspondientes. El del medio lleva un cetro y los de los lados un pequeño cordero y una paloma, símbolos que caracterizan al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo respectivamente.
De la primitiva construcción del siglo XVI sólo subsiste una capilla que está cerrada y por tanto no podemos ver y las arcadas o atrio cerrado de la parte baja del convento, donde se decía primeramente la misa para los indígenas que no tenían aún derecho a entrar en el templo. Es la parte más antigua y la de más sabor histórico, de tres grandes arcadas. A ambos lados de la central hay dos contrafuertes que disminuyen en escalera hacia lo alto. El edificio está coronado por almenas que parecen más propias de un castillo medieval.
Lo más representativo y sobresaliente es la torre que se yergue sobre los numerosos y altos árboles que la rodean y sobre la masa de aspecto defensivo que constituye la iglesia y da una fisonomía particular a este centro de la ciudad.
En este momento se está preparando en la parte del atrio del antiguo convento y hoy la parroquia-catedral de la Asunción, la procesión de las palmas que va a recorrer la zona a través de los jardines para entrar con gran solemnidad por una puerta lateral de la catedral y celebrar, presidida por el obispo de la ciudad una misa. Antes de que entren en la catedral, entramos nosotros a verla. Es de grandes dimensiones y en unos arreglos que se hicieron en 1957 se retiró la capa de cal que cubría las paredes y se descubrieron unas pinturas al fresco del siglo XVIII que actualmente se pueden contemplar restauradas. Representan la llegada al Japón y el martirio del Santo mexicano Felipe de Jesús y sus compañeros. También hay otros motivos. El ábside es muy moderno, forrado de paneles dorados y de él cuelga una sobria cruz.
En el exterior de nuevo nos choca ver a un señor que estira con fuerza, tirando con sus brazos de una cuerda amarilla para hacer sonar una campana que se encuentra en lo alto de la torre. Parece un sistema primitivo pero en este ambiente de procesiones, palmas, cánticos, obispo y acólitos, no desentona demasiado. La iglesia está llena de gente y, como ya no caben, parece que les permiten subir y ocupar el coro, lo que se hace por una vieja escalera de peldaños desproporcionadamente altos. Aprovechando esa circunstancia yo también subo y puedo colarme al segundo piso del claustro del antiguo convento, al cual no nos habían dejado entrar antes, y hacerle una foto desde arriba, completamente solitario. Es sobrio y armonioso, dentro de ese tono entre gris y blanco sucio que tanto predomina. También entro al coro desde donde obtengo una buena panorámica de la iglesia llena.
Seguimos paseando un rato por ese gran recinto hoy jardín y luego nos vamos a una calle que sale enfrente, muy cuidada en pintura de fachadas y armonía de edificios, donde los domingos se celebra una feria de libro viejo y hay bastantes puestos. Después de curiosear un rato por alguno de ellos, volvemos a la calle de enfrente de la catedral y buscamos una mesa en una terraza que nos permite una bonita vista de la catedral, la calle y el paisanaje y descubrimos además la estatua de un personaje conocido en el mundo científico universal. Es Alexander von Humbolt, un botánico alemán que viajó por esos países en busca de nuevas plantas y animales. Él fue el que calificó a Cuernavaca de la ciudad de la eterna primavera y la ésta le dedica este homenaje.
Una vez repuestos con el aperitivo y la contemplación del ambiente festivo y después de rechazar las múltiples ofertas que los vendedores te hacen de todo tipo de artesanías, seguimos el periplo turístico hasta el cercano Jardín Borda. Todavía vemos pasar una extraña procesión que hace el mismo recorrido aunque ellos van a la iglesia, que además de una serie de señoras piadosas que empuñan unos pendones rojos, van acompañadas de un grupo de mariachis con sus instrumentos musicales.
Este precioso jardín es hoy del dominio público y forma parte de lo mejor que Cuernavaca ofrece al turismo. Constituye un centro cultural donde se celebran actos y exposiciones. Precisamente ahora encontramos la de un interesante y moderno escultor y pintor que expone en el exterior y en salas preparadas para ello. El origen del jardín y su historia se debe a que la construyó un hombre de Taxco que se había hecho rico con la plata, de nombre José de la Borda, aficionado a la botánica y la horticultura y utilizó el lugar para plantar distintas especies de árboles y plantas de todo tipo. En esta residencia murió el propietario en 1778 y entonces el lugar se convirtió en un jardín botánico y lugar recreativo y se cuidó durante cinco años. En 1784 se construyó la vecina iglesia de Guadalupe. En la residencia convertida en hotel se alojó mucha gente importante y dejaron un buen patrimonio en libros, muchos de ellos que tratan sobre el lugar. Tan atractivo era el lugar que en 1864 el emperador Maximiliano y su esposa Carlota Amalia hicieron del lugar su residencia de verano en Cuernavaca y el edificio dejó de ser hotel y se convirtió en un palacio real y los jardines, además de ser cuidados, sirvieron de lugar de reunión de la corte y escenario de conciertos y festejos.
Paseando por él, a través de caminos marcados, encontramos zonas ensanchadas amplias y en ellas dos lagos además de pequeñas y agradables fuentes. El nivel no es el mismo sino que hay rampas, escalinatas, muros de contención. Se encuentra y admiramos su profusa vegetación, entre juegos de agua, con árboles de todo tipo.
Ahora, ya es del dominio municipal, abierto al público para su disfrute y también se utiliza para celebrar ferias o ventas, como en el día de hoy, que el tranquilo lugar está ocupado por casetas y puestos en torno al gran estanque.
Hoy la antigua residencia se ha convertido en el museo del Sitio, que no visitamos.
Nos vamos a comer a casa y a descansar porque después hay que preparar la maleta para el viaje al DF. La tarde se está cargando de nubes y de ambiente que anuncia tormenta que nos gustaría esquivar. Nosotros vamos en el coche alquilado con Assela y Carlos detrás con los perros en su coche. En efecto, nos sorprende la lluvia en plena autopista y en un momento de vacilación Assela no encuentra dónde está la palanca para hacer funcionar los limpia parabrisas. Para un momento y acude Carlos que ha hecho lo mismo, pero pronto se soluciona. Antes de llegar a la ciudad ha dejado de llover.
Entramos al DF, que ya recorrimos a nuestra llegada de noche, por el antiguo pueblo de Tlalplan, hoy convertido en un barrio de la ciudad, uno de los más grandes. Allí se encuentra la casa de Carlos padre, en un recoleto y agradable lugar compuesto por cinco casas a donde se penetra por una puerta guardada por un vigilante. Ya la calle de entrada es bonita, con los árboles en medio de la calzada, y armoniosamente empedrada en suelo y parte de los muros. La casa de los Amero es una obra personal del padre, arquitecto de profesión, diseñada y construida por él a su gusto. Carlos nos recibe amablemente, por cierto abriendo la puerta principal que no suele ser usada, y enseña la casa y el jardín. Nos instala como un perfecto anfitrión. La casa está concebida en cierto modo como las antiguas domus romanas, con las habitaciones dando a un patio interior que es este caso se prolonga a un lado en un jardín y al que no le faltan ni su fuente, ni bonitas flores y arbustos. E es una casa llena de arte, encanto y buen gusto.
Assela Alamillo Sanz
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