viernes, 17 de junio de 2011

México, Jueves, 5 de mayo de 2011
Assela viene pronto de dar su clase y nos vamos las dos a una gran tienda en la Avda Zapata donde ellos han comprado algún mueble y su vajilla tan bonita. Tienen artesanía y en efecto, es una tienda preciosa y compramos algo más. Buen prólogo para un buen día
TLAYACAPAN.
Teníamos decidido hacer una excursión a un pueblo que han leído en la guía de Morelos que merece la pena. Se lo considera también pueblo mágico y no está demasiado lejos. Está un poco más allá de Tepozclan, con un entorno geográfico parecido y casi más bonito porque las montañas lo rodean casi por completo. Es un pueblo con mucha historia (que, por cierto, puede leerse en Wikipedia, que da muchos datos al parecer proporcionados por persona enterada). Dice que los primeros habitantes fueron los olmecas y que su actividad de buenos artesanos del barro hunde sus raíces en lo más remoto de los tiempos.
Es un pueblo encantador, donde la simbiosis de los indígenas pre hispanos y los que vinieron detrás se ha producido de manera perfecta y parece que el pueblo le atrapa a una en su historia y le hace protagonista o al menos espectador privilegiado de los verdaderos protagonistas que son los habitantes del pueblo. Desde antes de entrar en él ya se ven tiendas de artesanía en madera y barro, llamativas y atrayentes. Nos guiamos por el faro que suponen las torres del convento de San Juan Bautista y llegamos a una calle que parece la principal, aparte de la de la carretera que la cruza. Allí aparcamos y, como ya es hora de buscar un restaurante, ésta será la primera tarea.
Observamos al atravesar alguna de las calles perpendiculares a la que nos parece la principal que están arreglando todas las casas, pintando fachadas y aseando locales, aparte de que sigue la venta de artesanía característica en casi todas ellas. Carlos nos explica que intentan conseguir una subvención del Estado en función del turismo y el cuidado del pueblo.
Entramos primero en un restaurante que tiene buen aspecto pero a Carlos y a mí se nos ha ido la vista a un tercer piso donde se ve claramente unas mesas en una terraza cubierta, desde donde debe de haber buenas vistas y, a pesar de que ya habíamos entrado en el primero, donde te reciben amablemente, y comprobado que, en efecto, era agradable y bien puesto pero sin vistas, y de que los meseros ya nos habían señalado mesa, nos salimos sin que a él, que es el de aquí, le parezca que eso está mal y cruzamos a la acera de enfrente para ver el otro restaurante. La entrada desmerece pero preguntamos si se puede subir a la terraza y asienten. A través de vericuetos, pasillitos, otra terraza en el segundo, viendo adornos de esa característica que definimos kitch por todas partes y subiendo pequeñas escaleras metálicas sumamente estrechas, llegamos a la terraza vislumbrada y tenemos varias mesas para elegir porque no hay nadie. Desde allí Rafa siente fresquito y se pone la chaqueta pero yo estoy encantada porque la vista es preciosa a un lado y a otro. Los cables de la luz siguen en medio atravesando el espacio y no todo es armonía pero vale la pena.
De un lado, que no sé qué orientación tiene porque hoy el sol está algo escondido en una bruma y no localizo su ruta, vemos el resto de la calle que termina en una de las varias capillas que hay en el pueblo y sobre el conjunto de casas homogéneas se eleva majestuosa la gran montaña volcánica de color marrón y formaciones curiosas, como ya habíamos visto en Tepozplan.
De frente a nosotros cierra el escenario de árboles y ciertas casas a medio construir otra impresionante masa de montañas que sigue a la anterior y que rodean al pueblo, dejándolo en el medio, en una zona que parece que fue un pequeño granero de huertas y verduras para los alrededores.

Del otro lado la misma calle continúa hasta perderse de vista. Enfrente está el hotel de puertas y balcones azules que hemos desdeñado. Delante de su puerta y bajo una sombrilla hay una carretilla llena de flores. En un momento dado una mujer de la zona sale y empuja el decorativo cargamento y se va con él, tal vez a uno de los mercados o tiendas o a la iglesia, o son para decorar una cruz, no sabemos, porque seguimos viendo cruces por muchos sitios. Más al fondo, se ve una zona cubierta que parece un mercadillo y el edificio blanco que luego visitaremos que es el Ayuntamiento. Delante de éste se distingue el templete de la música que indica que estamos a un paso del Zócalo. Por la calle circulan coches, pequeños y contaminantes “peseros” azules que es el transporte público. Las montañas por esta parte son más bajas pero sigue la misma cadena.
Dando la vuelta completa, por el último lado, sobresale la iglesia de San Juan Bautista que destaca en un mar de construcciones pobres y de ladrillo, las traseras y patios de las casas que están arreglando en su exterior. Luego iremos a visitarla.
Nos sirve una mesera de rostro original y atractivo. Me gustaría fotografiarla pero no me atrevo. Luego pensamos que es la hija del dueño, que es de raza muy oscura, casi negra, y de madre nativa, y el resultado es una belleza especial. Es tímida y amable. La comida no merece ser recordada pero tampoco es cara. Nos invitan los hijos esta vez y nos echamos a la calle a ver lo que la guía nos anuncia.
Primero nos dirigimos a la plaza y ese mercado que veíamos bajo techado, no nos parece interesante lo que expone a la venta. Seguro que no es eso a lo que se refiere la guía porque este no pasa de ser un pequeño rastro con muchos puestos vacíos.
Vemos por fuera el edificio del Ayuntamiento, pintado en blanco con toques rojos, al igual que el templete colocado delante y que nos prueba que estamos en el Zócalo. Tiene una parte baja con arcos y un segundo piso de estrechos balcones, con sus rejas. En una zona central en la parte alta sobresale un pequeño espacio donde está el reloj. Con letras grandes pone PRESIDENCIA MUNICIPAL TLAYACAPAN MOR.
Torcemos hacia la izquierda donde el paisaje y los edificios nos llaman la atención y pasamos por una zona hundida y seca a través de un puente. Algo más allá hay otro puente, de piedra, como de cuento. Imagino que son barrancos que recogerán el agua de la lluvia en las épocas en que ésta llega aunque ahora no hay ni una gota. Las casas que hay cerca son bonitas, pintadas de color rosa combinado con granate, grandes ventanas con rejas hasta abajo y en la esquina de los muros la hornacina con la imagen de un santo o de la Virgen de Guadalupe. Al otro lado árboles frondosos que dan a la zona de la torrentera y al fondo la característica montaña.
Frente a estas casas se levanta el edificio más antiguo e importante del pueblo, el de la Cerería. Es bajo, con un piso porticado y dentro un gran porche al que dan las puertas y ventanas. Tiene gran valor arquitectónico porque data del s. XVI y recibe este nombre porque, cuando se construyó y estaba en su mejor momento, era una fábrica de velas. La explicación es que esta ciudad era paso para Tenochtitlán, la capital del pueblo mexica, en el centro del actual DF, a donde se dirigían otros pueblos en peregrinación. Vemos al lado del lugar un gran cartel de cerámica, con orla de baldosas dibujadas en torno a la leyenda, que, por cierto se va deteriorando y se lee mal, donde cuenta mejor que yo la historia. Dice lo siguiente:
La Cerería
Es un edificio del siglo XVI con ampliaciones efectuadas en los siglos XVII, XVIII y XIX. Originalmente fue la casa del Encomendero de la Nueva España y a principios de este siglo, durante las luchas revolucionarias, fue cuartel del General Emiliano Zapata Salazar. Durante los siglos XVIII y XIX, este edificio se utilizó como fábrica de ceras (velas, cirios, veladeras), mismas que adquieren gran fama. Es ahí de donde se deriva su nombre. La Cerería cuenta con un holgado portal con arcos de medio punto. Su interior cuenta con amplios salones y un patio interior que le da un ambiente agradable y fresco. Lo más notorio de este edificio es su enorme aljibe circular que ocupa todo un patio. Un interesante juego de gárgolas y cluctos (¿) en techos y contrafuertes recoge el agua de lluvia que la conduce a un filtro y la precipita hacia el aljibe.
El 4 de agosto de 1971 se publica en el Diario oficial del Gobierno del Estado de Morelos, el Decreto de expropiación del inmueble llamado la Cerería para que “se destine como Centro Social y Cultural para beneficio de la población de Tlayacapan” y se da inicio a la restauración en el año de 1989 y el 2 de Febrero de 1991 se reincorpora como sede de la Casa de la Cultura de Talayacapan.

Podemos dar fe nosotros de que verdaderamente ejerce como sede de cultura, pero popular. Se ha convertido también en un museo etnológico, lleno de objetos de otros tiempos, muestras de preciosos restos artesanales muy bien expuestos para su contemplación. Observamos que varias de las salas están actualmente ocupadas por las gentes del lugar, maestros y discípulos, que realizan varias actividades todas ellas relacionadas con el arte. En una de las salas que da al porche y que vemos desde fuera, están estudiando instrumentos musicales. Allí parece que se conserva un antiguo horno de pan de la época de Cortés que sólo vemos de lejos. A nuestro lado pasan madres con hijos de corta edad que llevan orgullosos en sus manos el trabajo manual que están realizando, seguramente bajo la dirección de la maestra o maestro que les espera en una habitación que da al patio. Entramos a ver todos los rincones y sobre todo el otro resto de la época hispánica, que, como anuncia el cartel, es un gran aljibe en el centro del patio más grande en cuyo fondo se ven unas aguas verdes que espero no sean también del tiempo de Cortés.
Hemos pasado para llegar allí por otro pequeño patio con unos grandes y toscos arcos, pintados en blanco por un lado y dejando ver la estructura antigua de piedra y ladrillo por el otro, en el medio del cual hay árboles que salen desde rústicos alcorques. La exposición de objetos artesanales, como los famosos árboles de la vida, en cerámica pintada de vivos colores, o la alfarería, parte de tosca factura y otra de cerámica vidriada de bonitas formas, o un gran panel donde está pintado un mural al estilo de los grandes y famosos, seguramente realizado por alumnos, o el cuadro de la Virgen de Guadalupe, adornado con guirnaldas de flores, todo nos deja un recuerdo agradable de esta visita.
Al salir todavía observamos en el porche a un grupo reducido en torno a una mesa donde está situado un tablero de ajedrez, compuesto del profesor y tres jovencitos que no parece que le harán la competencia a los grandes maestros ajedrecistas mundiales, a juzgar por el poco interés que están mostrando hoy, al menos, en esas explicaciones del entusiasta profesor. Se distraen con todo, en este caso observando a nuestro pequeño grupo.

Preguntamos a la salida por el famoso mercado de artesanía y nos remiten a la parte de atrás del Ayuntamiento. Entramos por una zona oscura que más parece un mercado, con los puestos de comida y los que ofrecen mesas a modo de bares o restaurantes, tan típicos de aquí. Seguimos hacia el final y por fin llegamos al sitio buscado. También aquí hemos visto otro cartel en cerámica, semejante al anterior pero mejor conservado, en el que se puede leer unas palabras tomadas de un cronista de indias, Fray Bernardino de Sahagún (1499-1590) recogidas en su Historia General de las Cosas de Nueva España, orlada en su contorno con ingenuas representaciones de frutos naturales que, además de la fuente de donde procede, dice lo siguiente, referido a los alimentos que probablemente se venden igualmente hoy en este mercado:
…. Y otras tortillas que tienen dentro ají molido o carne. Y las que son untadas con ají…. Y las que están untadas con chilmolli, y las tortillas de huevo y las de masa mezcladas con miel que son como guantes, y tortillas cocidas debajo del rescoldo y otras muchas maneras de tortillas…
No sé si Carlos ha entendido algo, nosotros no mucho. Llegamos por fin a la zona del verdadero mercado de artesanía de una gran tradición y antigüedad. Es lástima que hoy están la mayoría de los puestos cerrados, lo cual quita encanto a este lugar que te trasporta en el tiempo a otras épocas. Observamos que todos los vendedores pertenecen a la población indígena y que algunos de ellos hablan entre sí en su lengua autóctona. Los puestos están fijados, bajo una arquitectura semejante rematada en arco y, los que están abiertos, ofrecen una rica variedad de cerámica, maderas pintadas, barro rústico y adornos que pueden resultar de un gusto dudoso, colocados en casa propia, pero que para verlos aquí son vistosos y originales. Me gustaría fotografiar a cada uno de estos vendedores, generalmente de edad avanzada, viejos y viejas de rostro arrugado y de piel oscura, probablemente los mismos artesanos que fabrican sus productos, pero no me atrevo, me parece una violación de su persona. Seguro que forman parte de ese 6% de la población que habla la lengua indígena.
Assela y Carlos compran dos cazuelas de barro preciosas y algunas otras pequeñas cosas, por un precio que resulta risible comparado con la artesanía en España y que tiene la parte triste de que responde a un poco desarrollo de la población, como pasaba en España en los años cuarenta y cincuenta.


Desde allí nos dirigimos hacia el monumento más importante de la ciudad, el gran ex convento de San Juan Bautista, que comprende la iglesia y en las antiguas dependencias se ha instalado un museo. Fue fundado por los Agustinos, los primeros evangelizadores del municipio, junto a las demás capillas pequeñas que hay distribuidas por la ciudad.
El enorme atrio que precede al gran edificio del convento es un parque que además de solaz, sirve de camino desde el Ayuntamiento hasta la otra parte del pueblo, si se cruza en diagonal. Tiene una hilera de inmensos árboles, que como todos los que hemos visto en todos los sitios, tienen la parte baja del tronco pintada de blanco. Entre ellos hay arbustos floridos y por el resto del lugar vemos plantados otros árboles más pequeños.
También han colocado macetones de cerámica llenos de flores vistosas que ponen una nota de color. La iglesia presenta una fachada muy alta y elegante, con tres partes horizontales, la puerta, una gran ventana en el medio, con reja y rematada en un frontón triangular y la espadaña alta en la que hay cinco grandes campanas y termina formando un triángulo en cuyo interior hay otra más pequeña.
El pavimento de la avenida central que conduce a la iglesia, está formado de piedras rústicas pero el resto es tierra y zona ajardinada y el muro de gran longitud que lo rodea es de poca altura y está rematado en ondas que le dan un aire más alegre. Por todas partes se ven las imponentes montañas de extrañas formas que rodean el pueblo. Entramos en la iglesia que no presenta ninguna característica que la haga notable y además están a punto de comenzar una misa. Hay una gran fotografía de Juan Pablo II, al que están a punto de hacer beato y que en México se le recuerda con especial afecto.
No entramos, sin embargo, al museo que sí debe de ser interesante pero preferimos salir a pasear por las calles llenas de tiendas. Leemos en la guía que el museo expone, entre otras cosas, las momias que se encontraron en la nave mayor de la iglesia y no es un aliciente especialmente atractivo en esta tranquila tarde en que predominan las ansias compradoras y consumistas a que nos han habituado en los tiempos tan lejanos a los de Cortés.
Volvemos sobre nuestros pasos para llegar hasta la calle que es a la vez carretera pero hay tanto donde entretenerse por la que hemos cogido que no vamos a alcanzarla. Aquí se están renovando muchas casas, con pinturas y mejoras en las fachadas. Vemos por ejemplo una tienda que vende de todo, como reza el cartel que la anuncia, debajo del nombre propio anuncian: SALSAS, LICORES, CREMAS DE FRUTAS y al otro lado está escrito MUEBLES Y ARTESANÍAS. ¿Quién da más?
Entramos en una nevería a tomar un helado. Es un local pequeño donde todo, mostradores, bancos, mesas y taburetes, están formados de madera artesanalmente labrada formando relieves de frutas, y luego pintadas en colores vivos. Los nombres de los gustos de los helados, como ya vimos en el pueblo cercano, siguen siendo tan poéticos.
Una gran tienda en la misma calle nos hace pasar un buen rato observando sus productos y los jóvenes compran unas lámparas rústicas y algo más allá una estera redonda de palma con bonitos juegos de colores para su casa.
Sentada en el poyete de su casa y apoyada en el quicio de la puerta, a la que se sube por tres escaleras de altos peldaños, está una mujer, de rasgos indígenas, de edad avanzada pero indeterminada, con una expresión de tristeza en su cara. A ella le preocupa poco la artesanía que nos atrae a nosotros, y que tal vez ha realizado cotidianamente y por poco dinero a lo largo de su vida, pero el rostro impenetrable que en esta tarde muestra, no nos permite conjeturar lo que pasa por su pensamiento.

Leemos que hay muchas capillas, algunas de las cuales parece que se construyeron en antiguos lugares aztecas dedicados al culto del sol pero sólo vemos por fuera una de ellas, situada al lado del cementerio. La calle principal está cortada para permitir el paso de alguna procesión o festejo festivo y desistimos de buscar más.
Iniciamos el viaje de vuelta y elegimos la carretera libre, yendo más despacio y disfrutando de lo que sale al paso, como por ejemplo un grupo de ocas y un poco más allá unos cuantos jóvenes que cabalgan sobre unos mulos, además de casas de campo curiosas y una visión mejor del paisaje. Volvemos a reconocer Tepozplan y sus montañas y entramos finalmente en Cuernavaca a descansar del bonito e interesante día pasado en este pueblo que es considerado uno de los mágicos de Morelos.


Assela Alamillo Sanz





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