viernes, 17 de junio de 2011

TAXCO

Es la última excursión que hacemos todos juntos, en realidad, ni siquiera todos pues Carlos se queda porque tiene trabajo. Salimos los cinco hacia la “ciudad de la plata”. Es una ciudad del estado de Guerrero, no la capital pero sí una de las más conocidas sobre todo por los turistas que todos saben que allí una puerta de todas las calles sí y la otra también venden plata. Es una ciudad preciosa, una joya de la época colonial y una ciudad monumental, encaramada en una gran colina donde sus casas blancas con tejados rojos parecen colocadas con criterios estéticos y muy logrados por cierto. Ya la autopista que nos conduce allí, que es la misma que va a Acapulco, nos parece bonita, con una línea de flores y árboles en la mediana. Vamos tan absortos en el paisaje que nos pasamos la salida y tenemos que hacer unos kilómetros de más para recuperar la dirección contraria en un cambio de sentido. Cuando llegamos cerca y el paisaje nos va pareciendo tan bonito, aprovechamos un gran mirador que han construido enfrente de la ciudad para contemplarla desde allí y disfrutar del magnífico panorama.
Era una ciudad azteca que fue conquistada por los españoles en 1552 y pronto explotaron sus riquezas mineras. Pero lo más importante a este respecto fue el descubrimiento que hizo José de la Borda, en el siglo XVIII de una mina de plata importante que a él le hizo inmensamente rico pero el hombre tuvo el detalle de dejar un buen rastro de su riqueza ya que sufragó con su dinero la iglesia de Santa Prisca, la de las altar torres, que destaca claramente en ese bonito casco urbano que es Taxco.
En 1929 el arquitecto americano William Spratling llegó a Taxco y volvió a impulsar el trabajo de la plata con los joyeros de la región, ya que él era diseñador de profesión. Tuvo tal éxito que gracias a él es hoy la ciudad mundial de la plata aunque sus minas están casi agotadas.
Subimos una parte de una de las viejas y bonitas calles que llevan a la plaza con nuestro coche, buscando un parking que lo encontramos torciendo por un callejón estrecho, en un antiguo frontón hoy habilitado. Luego nos disponemos a seguir ascendiendo pero a pie, a pesar de que muy pronto nos van pasando al lado por la calzada que casi ocupa todo el espacio, salvo unas pequeñas aceras, una sucesión de “escarabajos” blancos y de vez en cuando un pequeño autobús también blanco, todos ellos viejísimos y echando humos poco gratos, como si desfilaran en una procesión incesante. Caemos en la cuenta de que son taxis que coge la gente para llegar hasta el Zócalo con menos esfuerzo.
Pero el entorno que vamos a ver nos gusta mucho, las casas anexionadas sin orden pero con armonía y colorido, rincones que salen contraviniendo todas las normas de la geometría, tiendas de artesanía que ya anuncian especialmente la plata y en una de las cuales ya se hace el primer gasto. Todavía no hemos avanzado mucho cuando entramos en otra de artesanía en general con género muy selecto cuya vendedora nos da algún consejo sobre la ciudad preguntamos si se puede subir a pie y dicen que sí, que está cerca.
En medio de la calle serpenteante, con empedrado en el pavimento por el que no hay demasiados peatones, observamos alguna cosa interesante. Por ejemplo unas imágenes modernas en un recodo de la calle que evocan la Semana Santa y las costumbres locales que se han conservado. Por las noches, de lunes a viernes, salen procesiones con diferentes imágenes y lo característico es que van hombres cargando con rollos de espinas y mujeres con cadenas como penitencias públicas. Esto es lo que conmemoran estas tres figuras en bronce, de moderna concepción, la más llamativa de las cuales es la del hombre que, desnudo de medio cuerpo y cubierto de cintura para abajo con un largo faldón, lleva sobre sus hombros el pesado fardo. En el momento que pasamos por ahí, se han parado, a la débil sombra que proporciona la escultura, dos personas de allí a hablar. Luego los volveremos a ver por la plaza porque uno de ellos lleva encima de su cabeza una pila de unos veinte sombreros de ala ancha, de paja, que pretende venderlos y que en un día de calor como hoy, sabe que encontrará voluntarios paganos. Las tres esculturas están situadas frente a un muro de piedra tosca que pertenece a la parte de atrás de un conjunto eclesial pues sobresale una ancha y poligonal cúpula que pertenece seguramente al crucero.
Seguimos nuestro camino que no parece tener final mientras los taxi van pasando llenos de gente a nuestro lado, en dirección única ya que no cabrían de otro modo.


Una de las notas humanas que más nos sorprenden en esta ascensión hacia el centro, en el que a un lado y a otro salen pequeñas casas de trazo sinuoso, o escaleras cortas que conducen a una casa privada o establecimiento público, tenemos ocasión de observar bonitos detalles arquitectónicos, desde una balconada de madera a una terraza con gracioso alero en vivo color, es ver que en la plaza Ramonet, según está escrito en la parte alta de la casa que nos llama la atención, están construyendo o restaurando aparentemente la planta baja, hecho usual en todas las partes del mundo pero no que para ello intervengan un mínimo de unos veinticinco hombres que con una actividad inusitada y un ritmo frenético acometen cada uno su tarea o bien trabajan en cadena y nos da la impresión de que les van a pagar más si lo terminan pronto porque llevan una marcha que contradice la fama de tranquilidad del mejicano echado en su hamaca. El edificio tiene en la planta cuatro balcones en uno de los cuales se anuncia la Academia de Belleza Carla y abajo unas grandes rejas en las puertas de entrada.
Pasamos también por una placita a donde da la iglesia que hemos visto antes, es el ex convento de San Bernardino, el primer monasterio franciscano construido entre 1595 y 1639 y reconstruido en estilo neoclásico doscientos años después por haber sufrido un incendio. La plaza, con pequeños árboles que dan una nota de color y una estatua a un prócer local, es pequeña pero bonita.
En esa calle principal vemos tiendas al aire libre que venden trajes y otras artesanías, otros negocios que se anuncian, pequeñas fuentes que adornan y seguramente tuvieron su utilidad en el pasado, hoteles y restaurantes pintados en colores llamativos que se anuncian convenientemente, rincones y panorámicas en general que todos son dignos de guardarlos en el objetivo de una máquina y llevárselos para luego compartirlos con los amigos allí en España.
Por los resquicios que dejan las calles transversales se ve la montaña y en lo alto descubrimos una imagen del Cristo Monumental que desde allí, con los brazos abiertos y vestido con amplia túnica parece proteger la ciudad.
Finalmente aparecen, como mástiles o como faros guía las dos torres de la iglesia de Santa Prisca, que nos indican que ya estamos cerca del objetivo. El color rosa de su construcción sobresale del blanco general de las casas y armoniza con el rojo de los tejados y de los toques de pintura en las fachadas.
Llegamos delante del blanco edificio que anuncia en su fachada con grandes letras que es el PALACIO MUNICIPAL y en un recuadro de cerámica a su lado aclara más información JUNTA DE CONSERVACIÓN DE LA CIUDAD DE TAXCO. Delante del edificio el empedrado del suelo, -que siempre es bonito y con frecuencia forma figuras geométricas combinando el color gris con el negro y el blanco de otras piedras similares-, aquí refleja varios dibujos con distintas figuras y con la fecha 1967 que debe responder a la época en que se mejoró el estado de las calle.
También es bastante impresionante que, al doblar una esquina, nos encontramos un tanque militar con un soldado en lo alto empuñando el fusil propio o el del mortífero vehículo. Es una de las medidas del gobierno, sacar a los militares a la calle, que dudamos de su efectividad pero no del efecto negativo que produce en el pacífico turista. Naturalmente que no me atrevo a disparar mi objetivo para hacerla una foto, no vaya a ser que también él sienta la tentación de hacer lo mismo con su instrumento…
El camino se bifurca en otras tentadoras calles pero seguimos el que toman los coches que es seguro que conduce al Zócalo. Y En efecto, allí nos encontramos con uno de esos lugares encantadores en el que no sabe uno por dónde empezar a mirar. En la parte central está el correspondiente templete, modesto en este caso, de base blanca de obra y techumbre de madera, los frondosos árboles cuya sombra agradecemos y más aún los bonitos y uniformes bancos de hierro colado que vemos por todas partes que nos van a dar ocasión de sentarnos, descansar y pensar la programación.
Lo primero será entrar en la iglesia de Santa Prisca y San Sebastián, aunque el nombre de este último está bastante relegado. Está construida en cantera rosa, como ya hemos dicho, y es de estilo, no barroco sino churrigueresco siendo uno de los ejemplos más representativos de este arte. En la misma plaza se encuentra lo que fue vivienda de D. José Borda, el que se hizo millonario con la mina de plata y el que, además del palacio en Cuernavaca, mandó construir a sus expensas este templo y ordenando poner en su tumba un curioso y agradecido epitafio: “Dios da a Borda, Borda da a Dios. En un rincón de la plaza hay una escultura en bronce que lo representa. La obra duró siete años y al final quedó arruinado pero esta circunstancia la entendemos perfectamente cuando contemplamos la fachada y sobre todo cuando entramos al templo y vemos y admiramos el trabajo artístico que ahí se encierra. Parece, además, que contrató artesanos traídos de Francia y de España. Hay doce retablos en madera pero recubiertos de oro, grandes pinturas de Miguel Cabrera, no sólo en el templo sino también en la amplia sacristía, y un órgano alemán pero realizado bajo los cánones de la construcción ibérica. Está rodeada de una reja sencilla en la parte de delante y tiene otra puerta en un lateral igualmente labrada y embellecida.
Como aún es pronto, queremos dar una vuelta por la zona central y así lo hacemos. Llegamos a otra amplia plaza con una fuente central que parece el final del recorrido de los coches porque dan la vuelta y cogen otra calle distinta. Pasamos por calles empinadas, que hay que subir, entre puestos de artesanía pero lo más interesante y pintoresco de este paseo dado antes de elegir el sitio donde comer ha sido el introducirnos en el mercado local, que está situado en el recorrido de unas calles en declive que tienen salida a otra parte aunque en algunos momentos nos cuesta creerlo. Hay que bajar por unas escaleras, situadas a un lado de Sta Prisca, y el cartel que está colocado ostentosamente a la entrada y que reproduzco, ya es suficientemente expresivo de su variedad y pintoresquismo.
allí se encuentra de todo lo imaginable, desde una joya, una verdura extraña o unas sandalias originales. Se suben y bajan escaleras y preguntando salimos finalmente a una calle ancha detrás del Zócalo con más luz pero donde siguen vendiendo objetos de artesanía en pequeños puestos, con sus vendedoras sentadas en el suelo buscado la poca sombra que dan las tapias o muros de los edificios. Aun nos toca subir para volver a bajar al Zócalo y allí elegimos un restaurante que tiene una terraza que da a la plaza, donde, por llegar pronto, podemos elegir una mesa que asoma completamente a ella y que nos ofrece el bellísimo panorama de la fachada de la iglesia enfrente.
Allí comemos bien, servidos como siempre amablemente. Al final el camarero, aunque parecía muy discreto, cumple su papel, y al haber observado que tenemos la intención de comprar alguna joya en plata, como corresponde al lugar, nos indica amablemente y como si nos hiciera el gran favor, que nos dejemos guiar por un chico joven que nos va a llevar al lugar indicado donde la plata es de mejor calidad y el diseño es único y otras ventajas más. Como en realidad nos da igual, no oponemos resistencia y el muchacho, seguramente un estudiante que nos dice es de Cuernavaca, nos lleva dos puertas más allá donde, en efecto, en una bonita tienda, caemos en la tentación de llevarnos pendientes o aretes, colgantes y collares. El dueño, muy en su papel, nos hace ver el buen gusto que hemos demostrado y nos hace una rebaja en el precio, aunque imaginamos que a pesar de ello, ha quedado margen para el chico, para el camarero y por supuesto para el dueño.
Todavía se empeña el chico en conducirnos a una zona que se nos había pasado por alto y que es un mercado al aire libre de artesanía popular, que está detrás de Sta Prisca y que nos resulta un lugar encantador, lleno de puestos coloristas y con precios baratos. Todavía compramos un angelote rústico y alguna pequeña cosa más. El lugar además nos depara una sorpresa y es enterarnos que el escritor Juan Ruiz de Alarcón, al que creíamos español, nació aquí en 1580 aunque sí murió en Madrid en 1639 y sin embargo si fue un influyente dramaturgo del barroco español, una de cuyas obras es “La Verdad Sospechosa”. Naturalmente, como hijo predilecto, tiene una estatua, vestido a la moda de su tiempo, en un rincón de esta desigual pero encantadora plaza, que baja hacia la ladera. Nos hacemos el propósito de traer aquí a los dos hombres que se han quedado en el bar viendo una de las finales de un partido de futbol que tanto les interesa y que les da de nuevo la alegría de ver campeón a su Barça. La estatua representa al personaje sosteniendo en la mano izquierda un libro y declamando con la otra, sobre un pequeño pedestal en piedra que a su vez se levanta sobre otro más grande y de varios lados que combina la piedra negra y la blanca como el empedrado del pavimento. Está colocado justamente delante de una reja, lo que le da un aire muy español aunque en México estamos viendo rejas por todas las partes, muchas de ellas muy bonitas pues aquí la artesanía es todavía muy asequible a los bolsillos, como hemos podido comprobar por los hijos que acaban de instalar la casa. El edificio de atrás es el museo Guillermo Spratling, donde se exponen piezas prehispánicas que formaban su colección privada. En este viaje no tenemos tiempo de visitar interiores.
Al ir bajando por la misma calle que tomamos al venir, viendo el mismo escenario pero a otra luz, yo me subo por unas escaleras y descubro una preciosa iglesia colonial, pintada en blanco y toques rosas, que creo es la parroquia de Santa María de Guadalupe, y que se encuentra en una bonita plazuela, en un lugar alto a cuyas espaldas hay un mirador donde se puede ver una bonita vista de parte de esta la ciudad que nos va a dejar un buen recuerdo.
También nos paramos delante de lo que parecen ser unos lavaderos públicos, hoy muy arreglados que tienen un muro compuesto de piedras de distintos tonos, desde el rojizo al azulado pasando por el marrón y el negro, con unos arcos en cuyo poyete se puede descansar. La nota de color en esta sinfonía de piedra la pone el gran cesto de palma que hemos comprado a una de las mujeres indígenas que te ofrecen su colorista y bonito género por la calle, aparte de lo mucho que encuentras en las tiendas o en los puestos del exterior. Es de color naranja y Assela quiere ponerla en su casa.
Finalmente encontramos el coche y volvemos felizmente a casa sin incidente alguno y con un estupendo recuerdo. En la autopista vemos muchos carros o pequeños tenderetes llenos de flores que ponen la gente de por allí como puesto de venta.
Ha sido un buen final de día y casi de jornada, completado con el desayuno que al día siguiente, 28, nos va a invitar Lola y Andrés en el lugar más elegante y bonito de toda Cuernavaca y de todo el estado, en el hotel Las Mañanitas. Allí, entre césped cuidado, jardines de ensueño, pájaros exóticos hasta ver pavos reales blancos, gente “guapa” y espléndidamente servidos, vamos a hacer el último desayuno mexicano todos juntos y llevarlo en el recuerdo.

Así finaliza el viaje a México con Lola y Andrés. Ellos cogen el autobús que les lleva al aeropuerto y nosotros seguimos aún unos días que serán también turísticos pero más familiares.


Assela Alamillo Sanz











No hay comentarios: