México 8
21 de abril. Jueves Santo
Hoy es el último día que pasaremos, con Andrés y Lola, en el DF. Salimos hacia las 9 de la mañana y el destino no está lejos, es el barrio de Xochimilco pero la hora es temprana para el horario del museo que queremos visitar. Entonces le proponemos al conductor que nos lleve al barrio de San Bernardino, que hemos leído en la guía que merece la pena. Una gran plaza cuadrada en la que buscamos aparcamiento, la vemos ya a estas horas llena de puestos que venden verdura y frutas. Al recinto religioso se entra a través de una gran puerta de tres arcos, pintada en rojo y tiene un amplio atrio con una calzada que lleva directamente a la puerta de la parroquia y el resto es un gran jardín. En los bordes de la calzada se colocan puestos de artesanía que dan una nota de colorido y atractivo.
El templo y el monasterio de San Bernardino de Siena fue edificado por los misioneros franciscanos en el siglo XVI aunque la iglesia, como tantas otras, fue retocada en distintas ocasiones. Es una lástima que el sol produzca contraluz porque no sale la foto con la brillantez que yo desearía. La puerta que adorna la entrada de la iglesia es una joya de arte por sus grabados. Es de piedra labrada y contrasta con las paredes lisas, pintadas en amarillo. El cuerpo de la iglesia es cuadrado y está rematado por la espadaña en el centro, pequeña pero que contiene una campana y un reloj, y por almenas alrededor del techo. También en piedra están construidos los arcos que dan entrada a la zona donde se bautizaban a los indígenas y oían la Misa. Ahora hay una capilla de un Cristo al que profesan gran devoción y de ahí se pasa al claustro del antiguo convento. Un esbelto arbotante une la iglesia con esta parte conventual detrás del cual sobresale la torre que está pintada en líneas horizontales en color rojo que contrasta con el amarillo.
Entramos a la iglesia y nos parece bonita, con muchos retablos dorados, de distintos estilos y épocas. El del altar mayor, del s. XVI, plateresco, está lleno de imágenes policromadas, relieves y pinturas. Hay otro dedicado a San Sebastián. La iglesia dejó de estar a cargo de los franciscanos para pasar a ser en el s. XVIII una parroquia secular. Me llama la atención un altar que hay a la entrada a la derecha, dedicado a San Judas Tadeo, santo muy venerado en México por lo que he podido apreciar. En este caso era la primera vez que lo veía. La estatua es de lo más pintoresco, está metido en un gran fanal y tiene en el pecho un relieve del rostro de Jesús. Debajo hay tres estanterías llenas de velas que ponen los fieles que acuden a todas horas y permanecen de pie ante la imagen, con gran devoción. Por si alguno no sabe cómo dirigirse a él para solicitar sus favores, hay al lado un gran cartel escrito con letras mayúsculas, grandes y claras, para facilitar a los fieles la comunicación con el santo. No puedo dejar de transcribirlo:
SANTO APOSTOL, SAN JUDAS, FIEL SIERVO Y AMIGO DE JESÚS¡. EL NOMBRE DEL TRAIDOR QUE ENTREGÓ A TU AMADO MAESTRO EN LAS MANOS DE SUS ENEMIGOS HA SIDO LA CAUSA DE QUE TÚ HAYAS SIDO OLVIDADO POR MUCHOS; PERO LA IGLESIA TE HONRA E INVOCA UNIVERSALMENTE COMO AL PATRÓN DE LOS CASOS DIFÍCILES Y DESESPERADOS. RUEGA POR MÍ. ESTOY SIN AYUDA Y TAN SOLO HAZ USO, TE IMPLORO, DEL PRIVILEGIO ESPECIAL A TI CONCEDIDO DE SOCORRER PRONTO Y VISIBLEMENTE CUANDO CASI SE HA PERDIDO TODA ESPERANZA. VEN EN MI AYUDA EN ESTA GRAN NECESIDAD PARA QUE PUEDA RECIBIR EL CONSUELO Y SOCORRO DEL CIELO EN TODAS MIS NECESIDADES, TRIBULACIONES Y SUFRIMIENTOS, PARTICULARMENTE (HAGA AQUÍ SU PETICIÓN) Y PARA QUE PUEDA ALABAR A DIOS CONTIGO Y CON TODOS LOS ELEGIDOS POR SIEMPRE. PROMETO, GLORIOSO SAN JUDAS, NUNCA OLVIDARME DE ESTE GRAN FAVOR, HONRARTE SIEMPRE COMO A MI ESPECIAL Y PODEROSO PATRONO, Y, CON AGRADECIMIENTO, HACER TODO LO QUE PUEDA PARA FOMENTAR TU DEVOCIÓN. AMÉN.
Entro a través de la capilla del Cristo, que también tiene siempre público devoto delante de la estatua del crucificado, y llamo a los demás para que vengan a contemplar un bonito claustro del antiguo convento. Tiene dos pisos, de arcos rebajados, con colores armónicos que marcan las dovelas de los arcos en un material pétreo pero del mismo tono cromático que el resto. En el centro hay una fuente de forma armoniosa a la que han decorado con unas flores moradas y en un lateral hay una estatua en bronce del indio Juan Diego, al que se le apareció la Virgen de Guadalupe. Es un lugar recoleto y agradable. Parece estar preparado para alguna de las ceremonias de esta Semana Santa porque palmas y guirnaldas con frutos cuelgan de sus arcos y columnas. En el segundo piso, al que no podemos subir, vemos una franja de frescos pintados en tonos rojizos.
Salimos de nuevo al atrio y hasta llegar al museo aún encontramos mucho más animado el ambiente, con tiendas que exponen sus productos como muebles en el exterior y chiringuitos en todos los espacios disponibles, aceras, jardines, avenidas. Hay casas bonitas, de personalidad en este barrio.
En el mismo Xochimilco está ubicado el Museo Dolores Olmedo y hacia allí nos dirigimos. Esta era una hacienda que data del siglo XVI, Hacienda La Noria, con añadidos de siglos posteriores, que estaba constituida por varios edificios de distintas funciones: vivienda, administración y producción.
Dolores Olmedo lo compró en 1962 cuando los edificios estaban casi en ruinas y pensó para el lugar un gran proyecto. Lo reformó conservando gran parte de su aspecto original, reviviendo con ello un ejemplo de la arquitectura colonial, lo transformó primero en su propia casa, y logró un entorno de bellos jardines, plantando especies vegetales oriundas de la región y poniendo también diferentes animales entre los que destacan los vistosos pavos reales y los perros de tan difícil nombre que, como su propia especie o raza, son de origen prehispánico, los perros xoloizcuintles, al que se les dedica allí mismo incluso un monumento en piedra pero que se les ve también vivos por ahí, llevados por cuidadores, con sus pelos en lo alto de la cabeza y ese color gris que parece cuero y que resultan ser una reliquia biológica.
Con todas las obras de arte que acumuló Dolores a lo largo de su vida, -una de las colecciones más grandes que existen de tres importantes artistas que fueron sus amigos, Diego Rivera en distintas etapas, Frida Kahlo y los grabados e ilustraciones de la rusa Angelina Beloff-, además de piezas de época anterior a los hispanos, de la época del virreinato y finalmente con una magnífica colección de arte popular mejicano, ella creó un museo en 1994, que es un buen escaparate de la cultura mejicana y que en esta radiante mañana hemos disfrutado nosotros mucho.
La misma Dolores ha dejado constancia de su acto de donar su domicilio y colecciones al pueblo en un mural de cerámica que se encuentra a la entrada de la casa, enmarcado en la flor que nosotros llamamos calas y en México alcatraz y que tantas veces pintó Rivera.
En la avenida de la entrada se colocan una serie de puestos de venta de artesanía que exponen sus prendas y objetos a la vista, dando así además de la belleza del entorno, una bonita nota de color.
Ya en el exterior de lo que es propiamente la casa-museo se exponen piezas arqueológicas que alternan con macetones o antiguas tinajas de barro, cubiertos de flores, muestra de un buen gusto y fruto de un cuidado extraordinario.
Vamos recorriendo las distintas salas, en donde no se puede hacer fotografías, y en la primera parte, además de los cuadros, se exponen los magníficos muebles y adornos de que se rodeó en vida. Hay valiosas piezas arqueológicas, procedentes de las culturas mixteco, zapoteca y olmeca. La vivienda en sí era muy bonita, con una cocina típica de la época colonial, de azulejos de talavera.
Pero sin duda lo más interesante desde el punto de vista artístico son las salas donde expone la pintura de sus amigos, los retratos o autorretratos de Rivera, las puesta de sol que este pintor realiza mientras disfruta de la casa que la familia de Dolores tiene en Acapulco, los esbozos de los murales que son tan interesantes, y los dibujos y las últimas obras del gran pintor. Más pequeña es la sala donde se expone la pintura de Frida Kahlo, pero en la que reconocemos cuadros muy popularizados y representativos, como el autorretrato en que su columna vertebral está sustituida por una columna jónica y rota y otros cuadros que son fiel reflejo de sus emociones y de una tan compleja y obsesiva personalidad que cristaliza en estos cuadros representativos de un cierto expresionismo.
En un pabellón aparte, llamado Sala Fernando Gamboa, que fue un defensor del arte popular mejicano, podemos ver la preciosa colección de piezas de artesanía representativas de distintos estados de la República, en todos los materiales. La sala principal la ocupa por estos días un Paso de procesión dedicado a la Virgen de los Dolores, que recupera una tradición antigua de la devoción popular por esta advocación de la Virgen en Semana Santa y que lo reproduce adornado con tiras de papeles que simulan puntillas, moradas y blancas y elementos de plata en el centro del cual está la estatua de la Virgen.
También nos enteramos que algunos espacios de este conjunto museístico se pueden alquilar para eventos culturales o empresariales.
Al final entramos en la tienda del propio museo donde compramos, madre y madrina, para Assela y Carlos un libro de Arte sobre los muralistas mejicanos que les ha gustado, además de nuestros propios pequeños recuerdos. Nos ha gustado mucho la visita a este museo.
Desde allí nos vamos a dirigir a una de las zonas más típicas y bonitas del DF, al centro de Xochimilco, a los restos de la famosa laguna en torno a la cual se van creando o creciendo las diversas ciudades que acaban conglomeradas en esta inmensa urbe.
Este es uno de los barrios donde se conserva más naturaleza virgen y que tuvo una historia importante como lugar de donde partían las verduras y frutas hacia otras zonas del DF a través de canales que ya se han hecho subterráneos o se han perdido y transportadas en las trajineras. Aquí vamos a disfrutar muchísimo, a ver algo nuevo e incluso a aprender dos palabras consustanciales a la zona e importantes para la geografía y el turismo. Una es la trajinera y otra chinampa. La existencia de chinampas responde a una antigua técnica agrícola anterior a la llegada de los hispanos que adquiere su máximo desarrollo en el s. XVI y que ya sólo se conserva aquí y en algún otro sitio. El entorno de Xochimilco y sus alrededores tiene un gran valor ecológico, cultural e histórico y por eso las chinampas de Xochimilco fueron declaradas patrimonio de la humanidad en 1987 pero están en peligro por el deterioro de sus lagos, la obtención de agua para consumo y el avance de las urbanizaciones. El peligro de extinción de canales y entorno continúa pero de momento nosotros logramos hacernos una idea. Chinampa, significa en náhuatl seto o cerco de cañas y es un método de agricultura mesoamericano que utiliza pequeñas áreas rectangulares de tierra fértil para cultivar flores y verduras en la superficie de lagos y lagunas. Es un ejemplo excepcional del trabajo de sus antiguos habitantes para construir su hábitat en un territorio poco favorable. De hecho en Xochimilco se conservan unos grandes viveros, algunos de cuyos pabellones se pueden ver desde los canales, donde se pueden comprar todo tipo de plantas y que se extienden por un buen número de hectáreas, restos de estas antiguas plantaciones.
Xochimilco es una de los lugares más visitados de la Ciudad de México por el turismo nacional e internacional. Entre sus principales atractivos turísticos se encuentran los canales donde se puede navegar tranquilamente a bordo de embarcaciones llamadas trajineras, la otra palabra que hemos aprendido. Son unas chalupas o barcazas, movidas a través de los canales por pértigas que maneja un experto nativo, simples en la forma y adornadas con portadas que originariamente estaban hechas de flores naturales y con el nombre de una mujer, formado por éstas. Como las flores se ajan y desmerecen, hoy en día estas portadas están pintadas de diversos y vivos colores manteniendo siempre bien visible el nombre de la mujer que alguien ha querido asociar con el significado del adjetivo “trajineras” por lo mucho que nos toca trajinar al género femenino hasta ahora.
Cuando las vemos todas juntas varadas en la orilla de lo que se puede considerar el embarcadero la vista es inolvidable por el colorido, el abigarramiento, el populismo, la originalidad, la particularidad propia y en una palabra por la belleza de lo que vemos. Enseguida dan ganas de dar un paseo en una de ellas y contratamos una hora con un muchacho que nos hace pasar a través de tres barcos hasta llegar al que está más cerca del agua. Nos sentamos en unas rústicas sillas en torno a una aún más elemental mesa, nos colocan un cubo con bebidas metidas en hielo y el muchacho mueve la pértiga para salir a navegar entre otras muchas trajineras a través de los canales. Lo que es más divertido es que pequeños barcos se mueven entre las trajineras y se van acercando a éstas para ofrecer a sus ocupantes productos a la venta de todo tipo. Nos resulta una experiencia divertida e inolvidable. Te ofrecen de todo, desde comida típica, patatas fritas, mazorcas recién asadas en un rustico horno que llevan en sus barcos, helados, cortezas, tacos que también van asando en hornillos flotantes, hasta flores o joyas y artesanías variadas. Pero lo más turístico son los barcos que pululan entre las trajineras con cuadrillas de mariachis que por una cantidad de pesos, ochenta en nuestro caso aunque luego te rebajan si pides otra, te cantan la canción que elijas. Nosotros no nos sustraemos ni a tomar refrescos, ni a comprar chucherías, y lo que es más sorprendente, ni a contratar a unos mariachis pidiéndoles la canción de título la Calandria, cosa que sorprende al director del grupo de cantores que vacila sobre si la recuerdan o no. Enseguida desde otra barca que también lleva mariachis se ofrecen a cantarla ellos pero el primero, con el que hemos hecho el trato, asegura que la recuerda y en efecto, nos la canta y por fin somos nosotros, los de más de sesenta, los que recordamos la letra de este drama de pájaros enamorados e infieles que tantas veces se oía en las radios de los finales de los años cincuenta del siglo pasado y que seguramente ha caído en desuso ante los verdaderos y desgarrados dramas humanos. Ellos nos ofrecen también cantar las mañanitas, México lindo y otros famosos sones pero hemos preferido la calandria. Su embarcación se mantiene al lado de la nuestra mientras dura la canción y luego nos despiden a la búsqueda de otros clientes. Otra de las ofertas es la posibilidad de hacerte una foto con uno de los grandes gorros charros como recuerdo del lugar. Ahí sí que no cedemos. Sería, por mi parte, una claudicación demasiado llamativa…
Hay familias o grupos de amigos que ocupan las trajineras, unos celebran el cumpleaños de alguno de los miembros que la ocupan y en las portadas de las chalupas lo pone claramente, por ej. “Felicidades Lupita”. Otros ponen “Viva Conchita” y en todos se observa gente que parece feliz. Algunos sacan la comida que han traído de casa y junto a las bebidas y los aperitivos que se compran, pasan un buen día. Los turistas más ricos permiten a los vendedores de joyas entrar con el muestrario a su barco y se llevan de recuerdo una pulsera o un dije. También se puede ejercer el romanticismo y comprarle a una nativa que se traslada en una pequeña piragua llena de flores un ramo para ofrecer a la persona amada.
Disfrutamos mucho en este original paseo, una navegación algo lenta pues los barcos se topan constantemente con otros, pero que permite ver también cómo se ha formado la vegetación en las islas bañadas por los canales, los grandes y típicos árboles, alguna casa, vivienda particular, algún restaurante, y nos da ocasión de vislumbrar algo de este declarado Parque Ecológico de Xochimilco, un área de reserva natural, una zona lacustre, que se intenta recuperar y conservar por los gobiernos sucesivos del distrito Federal.
Cuando salimos de allí, felices de la experiencia compartida con los habitantes autóctonos y no sólo turistas oficiales, nos vamos a casa de Carlos porque tenemos una comida familiar. Ha venido Silvia, la novia de Carlos, y ha dispuesto todo para una típica y sabrosa comida muy mejicana. Es una señora simpática, guapa y de clase. Se añaden también Nelia hija, Abraham, su marido y la pequeña Alina que va a su aire y que ocupa el tiempo de alguno de sus padres que no pueden disfrutar de la conversación general por acompañar a la niña. Se ha ocupado el comedor grande y Nelia comenta cuánto tiempo hace que no lo usaban y parece desprenderse un eco de nostalgia. Hablamos de la comida mejicana, de la que probamos los inevitables fríjoles, un picadillo de cerdo deshilachado y sazonado que meten en una tortilla caliente, le añaden el puré de fríjoles, una cebolla cortadita y algo que pica, lo envuelven y se lo comen con verdadero gusto. También hay un sabroso pollo acompañado de arroz y de postre compota de esa fruta extraña acompañada de una especie de magdalena de maíz. Seguimos después la tertulia en el bonito salón donde está la chimenea, que ocupamos en todos los asientos.
A media tarde nosotros cinco, menos Carlos que tiene que trabajar, nos vamos a seguir la dura tarea del turista, a conocer el famoso barrio de Coyoacan. Es un barrio que se ha calificado como el más agradable de la ciudad. Se puso de moda y allí vivió gente muy conocida a nivel mundial, y muchos artistas o gente con posibilidades económicas deciden buscar ahí su vivienda. Allí nació y murió Frida Kahlo, lo que le proporciona ya de por sí un buen atractivo pues la casa donde vivió es hoy un museo que atrae a numerosos visitantes aunque nosotros no hemos podido ir. Es una pequeña ciudad dentro de la grande, con agradables casas, pintadas en colores llamativos y gentes que en plena calle extienden sus mercancías de objetos de artesanía. Vamos los cinco confiados en poder aparcar en un recinto público de los varios que hay pero la primera sorpresa es que encontramos la zona atestada de gente, parece que todos los que no han salido del DF estos días de fiesta, se hubieran dado cita precisamente en Coyoacan esta tarde. No hay manera de encontrar un sitio para el coche y lo hemos dejado bastante lejos del centro. Vamos andando hasta la plaza, el zócalo, al que no le falta el encanto de todos los que hemos visto hasta ahora, el kiosko de la música en el centro. Allí al lado, a continuación se encuentra el Jardín Hidalgo, que se confunde con el atrio de la iglesia de San Juan Bautista y en medio hay una fuente adornada con dos grandes coyotes en bronce. Es el centro de reunión de la gente del barrio y polo de atracción para muchos que acuden de otros lugares. El nombre de Coyoacan significa, lugar de los coyotes, por eso este animal es el símbolo del barrio y su figura se repite en cerámicas o esculturas.
En uno de los lados, frente al kiosko está el Palacio Municipal del antiguo pueblo, de una sola planta, portada y dinteles de las grandes ventanas en piedra y el resto pintado en color claro. Su remate forma unas ondas terminadas en almenas y resaltadas por una pintura en rojo que lo hacen muy atractivo. En su patio interior se está celebrando uno de esos espectáculos que ofician los artistas callejeros, payasos o acróbatas, y para el que implican a algún chaval del público y que hemos observado que aquí reúnen a mucha gente a su alrededor.
En la iglesia de San Juan Bautista las puertas están abiertas porque se está celebrando los Oficios de Jueves Santo y no hay manera de verla detenidamente. Esta iglesia fue una fundación franciscana del siglo XVI y conserva en su interior un claustro que tampoco podemos entrar. Sobre el dintel de la puerta de entrada hay una inscripción en latín que dice lo siguiente:
NON EST HIC ALIUD NISI DOMUS DEI ET PORTA COELI
Conseguimos entrar entre el gentío y lo primero que oímos es el sonido de las carracas, el instrumento que en Semana Santa empleaban los monaguillos en las ceremonias en lugar de las campanas, para mantener el respeto y el dolor. Esto nos lleva a la infancia de nuevo, a la austera y sombría cuaresma y Semana Santa.
Seguimos paseando por las tranquilas y empedradas calles, después de salir de los jardines Hidalgo a través de las arcadas que daban entrada al antiguo atrio del convento, y que están artísticamente decoradas y aún muy bien conservadas. Vamos viendo con detalle todas las casas, señoriales, de colores alegres, diferentes y seguramente cargadas de historia y de cultura, los bares bohemios, los restaurantes, las tiendas, todo en armonía y encanto.
Vamos buscando la plaza de la Conchita, lugar muy conocido y con un atractivo especial. Tiene en el medio una pequeña iglesia barroca, labrada en toda su superficie, y ahora cerrada porque está a punto de caerse. Es del siglo XVIII. Se dice que el edificio original fue mandado construir por el propio Hernán Cortés La plaza es pequeña, cuadrada, llena de encanto. Hay muy poca gente, algunos sentados en los viejos bancos de piedra. Vemos dueños y dueñas de perros a los que sacan, entre los que se distingue uno de aquellos prehispánicos que conocimos en el museo de Dolores Olmedo. Yo me acerco a ver los alrededores, donde descubro un parque que lleva el nombre de Frida Kahlo y cuando vuelvo encuentro solo a Andrés y Rafael. Assela y Lola se han ido a buscar el coche para recogernos. Tardan mucho, parece que demasiado y entre tanto estalla la tormenta y empieza a caer agua cada vez con más intensidad, hasta el punto de tener que refugiarnos bajo uno de los bares de la plaza a la espera, ya un tanto inquietos, del coche. Cuando al final nos llaman, nos explican que el tráfico era tan enorme que les ha sido imposible llegar antes.
La vuelta, gracias a la pericia de Assela, a pesar de la noche y de la lluvia, no tiene ninguna dificultad y cuando nos vemos en la casa ya descansamos de una jornada tan intensa.
Assela Alamillo Sanz
México 8
21 de abril. Jueves Santo
Hoy es el último día que pasaremos, con Andrés y Lola, en el DF. Salimos hacia las 9 de la mañana y el destino no está lejos, es el barrio de Xochimilco pero la hora es temprana para el horario del museo que queremos visitar. Entonces le proponemos al conductor que nos lleve al barrio de San Bernardino, que hemos leído en la guía que merece la pena. Una gran plaza cuadrada en la que buscamos aparcamiento, la vemos ya a estas horas llena de puestos que venden verdura y frutas. Al recinto religioso se entra a través de una gran puerta de tres arcos, pintada en rojo y tiene un amplio atrio con una calzada que lleva directamente a la puerta de la parroquia y el resto es un gran jardín. En los bordes de la calzada se colocan puestos de artesanía que dan una nota de colorido y atractivo.
El templo y el monasterio de San Bernardino de Siena fue edificado por los misioneros franciscanos en el siglo XVI aunque la iglesia, como tantas otras, fue retocada en distintas ocasiones. Es una lástima que el sol produzca contraluz porque no sale la foto con la brillantez que yo desearía. La puerta que adorna la entrada de la iglesia es una joya de arte por sus grabados. Es de piedra labrada y contrasta con las paredes lisas, pintadas en amarillo. El cuerpo de la iglesia es cuadrado y está rematado por la espadaña en el centro, pequeña pero que contiene una campana y un reloj, y por almenas alrededor del techo. También en piedra están construidos los arcos que dan entrada a la zona donde se bautizaban a los indígenas y oían la Misa. Ahora hay una capilla de un Cristo al que profesan gran devoción y de ahí se pasa al claustro del antiguo convento. Un esbelto arbotante une la iglesia con esta parte conventual detrás del cual sobresale la torre que está pintada en líneas horizontales en color rojo que contrasta con el amarillo.
Entramos a la iglesia y nos parece bonita, con muchos retablos dorados, de distintos estilos y épocas. El del altar mayor, del s. XVI, plateresco, está lleno de imágenes policromadas, relieves y pinturas. Hay otro dedicado a San Sebastián. La iglesia dejó de estar a cargo de los franciscanos para pasar a ser en el s. XVIII una parroquia secular. Me llama la atención un altar que hay a la entrada a la derecha, dedicado a San Judas Tadeo, santo muy venerado en México por lo que he podido apreciar. En este caso era la primera vez que lo veía. La estatua es de lo más pintoresco, está metido en un gran fanal y tiene en el pecho un relieve del rostro de Jesús. Debajo hay tres estanterías llenas de velas que ponen los fieles que acuden a todas horas y permanecen de pie ante la imagen, con gran devoción. Por si alguno no sabe cómo dirigirse a él para solicitar sus favores, hay al lado un gran cartel escrito con letras mayúsculas, grandes y claras, para facilitar a los fieles la comunicación con el santo. No puedo dejar de transcribirlo:
SANTO APOSTOL, SAN JUDAS, FIEL SIERVO Y AMIGO DE JESÚS¡. EL NOMBRE DEL TRAIDOR QUE ENTREGÓ A TU AMADO MAESTRO EN LAS MANOS DE SUS ENEMIGOS HA SIDO LA CAUSA DE QUE TÚ HAYAS SIDO OLVIDADO POR MUCHOS; PERO LA IGLESIA TE HONRA E INVOCA UNIVERSALMENTE COMO AL PATRÓN DE LOS CASOS DIFÍCILES Y DESESPERADOS. RUEGA POR MÍ. ESTOY SIN AYUDA Y TAN SOLO HAZ USO, TE IMPLORO, DEL PRIVILEGIO ESPECIAL A TI CONCEDIDO DE SOCORRER PRONTO Y VISIBLEMENTE CUANDO CASI SE HA PERDIDO TODA ESPERANZA. VEN EN MI AYUDA EN ESTA GRAN NECESIDAD PARA QUE PUEDA RECIBIR EL CONSUELO Y SOCORRO DEL CIELO EN TODAS MIS NECESIDADES, TRIBULACIONES Y SUFRIMIENTOS, PARTICULARMENTE (HAGA AQUÍ SU PETICIÓN) Y PARA QUE PUEDA ALABAR A DIOS CONTIGO Y CON TODOS LOS ELEGIDOS POR SIEMPRE. PROMETO, GLORIOSO SAN JUDAS, NUNCA OLVIDARME DE ESTE GRAN FAVOR, HONRARTE SIEMPRE COMO A MI ESPECIAL Y PODEROSO PATRONO, Y, CON AGRADECIMIENTO, HACER TODO LO QUE PUEDA PARA FOMENTAR TU DEVOCIÓN. AMÉN.
Entro a través de la capilla del Cristo, que también tiene siempre público devoto delante de la estatua del crucificado, y llamo a los demás para que vengan a contemplar un bonito claustro del antiguo convento. Tiene dos pisos, de arcos rebajados, con colores armónicos que marcan las dovelas de los arcos en un material pétreo pero del mismo tono cromático que el resto. En el centro hay una fuente de forma armoniosa a la que han decorado con unas flores moradas y en un lateral hay una estatua en bronce del indio Juan Diego, al que se le apareció la Virgen de Guadalupe. Es un lugar recoleto y agradable. Parece estar preparado para alguna de las ceremonias de esta Semana Santa porque palmas y guirnaldas con frutos cuelgan de sus arcos y columnas. En el segundo piso, al que no podemos subir, vemos una franja de frescos pintados en tonos rojizos.
Salimos de nuevo al atrio y hasta llegar al museo aún encontramos mucho más animado el ambiente, con tiendas que exponen sus productos como muebles en el exterior y chiringuitos en todos los espacios disponibles, aceras, jardines, avenidas. Hay casas bonitas, de personalidad en este barrio.
En el mismo Xochimilco está ubicado el Museo Dolores Olmedo y hacia allí nos dirigimos. Esta era una hacienda que data del siglo XVI, Hacienda La Noria, con añadidos de siglos posteriores, que estaba constituida por varios edificios de distintas funciones: vivienda, administración y producción.
Dolores Olmedo lo compró en 1962 cuando los edificios estaban casi en ruinas y pensó para el lugar un gran proyecto. Lo reformó conservando gran parte de su aspecto original, reviviendo con ello un ejemplo de la arquitectura colonial, lo transformó primero en su propia casa, y logró un entorno de bellos jardines, plantando especies vegetales oriundas de la región y poniendo también diferentes animales entre los que destacan los vistosos pavos reales y los perros de tan difícil nombre que, como su propia especie o raza, son de origen prehispánico, los perros xoloizcuintles, al que se les dedica allí mismo incluso un monumento en piedra pero que se les ve también vivos por ahí, llevados por cuidadores, con sus pelos en lo alto de la cabeza y ese color gris que parece cuero y que resultan ser una reliquia biológica.
Con todas las obras de arte que acumuló Dolores a lo largo de su vida, -una de las colecciones más grandes que existen de tres importantes artistas que fueron sus amigos, Diego Rivera en distintas etapas, Frida Kahlo y los grabados e ilustraciones de la rusa Angelina Beloff-, además de piezas de época anterior a los hispanos, de la época del virreinato y finalmente con una magnífica colección de arte popular mejicano, ella creó un museo en 1994, que es un buen escaparate de la cultura mejicana y que en esta radiante mañana hemos disfrutado nosotros mucho.
La misma Dolores ha dejado constancia de su acto de donar su domicilio y colecciones al pueblo en un mural de cerámica que se encuentra a la entrada de la casa, enmarcado en la flor que nosotros llamamos calas y en México alcatraz y que tantas veces pintó Rivera.
En la avenida de la entrada se colocan una serie de puestos de venta de artesanía que exponen sus prendas y objetos a la vista, dando así además de la belleza del entorno, una bonita nota de color.
Ya en el exterior de lo que es propiamente la casa-museo se exponen piezas arqueológicas que alternan con macetones o antiguas tinajas de barro, cubiertos de flores, muestra de un buen gusto y fruto de un cuidado extraordinario.
Vamos recorriendo las distintas salas, en donde no se puede hacer fotografías, y en la primera parte, además de los cuadros, se exponen los magníficos muebles y adornos de que se rodeó en vida. Hay valiosas piezas arqueológicas, procedentes de las culturas mixteco, zapoteca y olmeca. La vivienda en sí era muy bonita, con una cocina típica de la época colonial, de azulejos de talavera.
Pero sin duda lo más interesante desde el punto de vista artístico son las salas donde expone la pintura de sus amigos, los retratos o autorretratos de Rivera, las puesta de sol que este pintor realiza mientras disfruta de la casa que la familia de Dolores tiene en Acapulco, los esbozos de los murales que son tan interesantes, y los dibujos y las últimas obras del gran pintor. Más pequeña es la sala donde se expone la pintura de Frida Kahlo, pero en la que reconocemos cuadros muy popularizados y representativos, como el autorretrato en que su columna vertebral está sustituida por una columna jónica y rota y otros cuadros que son fiel reflejo de sus emociones y de una tan compleja y obsesiva personalidad que cristaliza en estos cuadros representativos de un cierto expresionismo.
En un pabellón aparte, llamado Sala Fernando Gamboa, que fue un defensor del arte popular mejicano, podemos ver la preciosa colección de piezas de artesanía representativas de distintos estados de la República, en todos los materiales. La sala principal la ocupa por estos días un Paso de procesión dedicado a la Virgen de los Dolores, que recupera una tradición antigua de la devoción popular por esta advocación de la Virgen en Semana Santa y que lo reproduce adornado con tiras de papeles que simulan puntillas, moradas y blancas y elementos de plata en el centro del cual está la estatua de la Virgen.
También nos enteramos que algunos espacios de este conjunto museístico se pueden alquilar para eventos culturales o empresariales.
Al final entramos en la tienda del propio museo donde compramos, madre y madrina, para Assela y Carlos un libro de Arte sobre los muralistas mejicanos que les ha gustado, además de nuestros propios pequeños recuerdos. Nos ha gustado mucho la visita a este museo.
Desde allí nos vamos a dirigir a una de las zonas más típicas y bonitas del DF, al centro de Xochimilco, a los restos de la famosa laguna en torno a la cual se van creando o creciendo las diversas ciudades que acaban conglomeradas en esta inmensa urbe.
Este es uno de los barrios donde se conserva más naturaleza virgen y que tuvo una historia importante como lugar de donde partían las verduras y frutas hacia otras zonas del DF a través de canales que ya se han hecho subterráneos o se han perdido y transportadas en las trajineras. Aquí vamos a disfrutar muchísimo, a ver algo nuevo e incluso a aprender dos palabras consustanciales a la zona e importantes para la geografía y el turismo. Una es la trajinera y otra chinampa. La existencia de chinampas responde a una antigua técnica agrícola anterior a la llegada de los hispanos que adquiere su máximo desarrollo en el s. XVI y que ya sólo se conserva aquí y en algún otro sitio. El entorno de Xochimilco y sus alrededores tiene un gran valor ecológico, cultural e histórico y por eso las chinampas de Xochimilco fueron declaradas patrimonio de la humanidad en 1987 pero están en peligro por el deterioro de sus lagos, la obtención de agua para consumo y el avance de las urbanizaciones. El peligro de extinción de canales y entorno continúa pero de momento nosotros logramos hacernos una idea. Chinampa, significa en náhuatl seto o cerco de cañas y es un método de agricultura mesoamericano que utiliza pequeñas áreas rectangulares de tierra fértil para cultivar flores y verduras en la superficie de lagos y lagunas. Es un ejemplo excepcional del trabajo de sus antiguos habitantes para construir su hábitat en un territorio poco favorable. De hecho en Xochimilco se conservan unos grandes viveros, algunos de cuyos pabellones se pueden ver desde los canales, donde se pueden comprar todo tipo de plantas y que se extienden por un buen número de hectáreas, restos de estas antiguas plantaciones.
Xochimilco es una de los lugares más visitados de la Ciudad de México por el turismo nacional e internacional. Entre sus principales atractivos turísticos se encuentran los canales donde se puede navegar tranquilamente a bordo de embarcaciones llamadas trajineras, la otra palabra que hemos aprendido. Son unas chalupas o barcazas, movidas a través de los canales por pértigas que maneja un experto nativo, simples en la forma y adornadas con portadas que originariamente estaban hechas de flores naturales y con el nombre de una mujer, formado por éstas. Como las flores se ajan y desmerecen, hoy en día estas portadas están pintadas de diversos y vivos colores manteniendo siempre bien visible el nombre de la mujer que alguien ha querido asociar con el significado del adjetivo “trajineras” por lo mucho que nos toca trajinar al género femenino hasta ahora.
Cuando las vemos todas juntas varadas en la orilla de lo que se puede considerar el embarcadero la vista es inolvidable por el colorido, el abigarramiento, el populismo, la originalidad, la particularidad propia y en una palabra por la belleza de lo que vemos. Enseguida dan ganas de dar un paseo en una de ellas y contratamos una hora con un muchacho que nos hace pasar a través de tres barcos hasta llegar al que está más cerca del agua. Nos sentamos en unas rústicas sillas en torno a una aún más elemental mesa, nos colocan un cubo con bebidas metidas en hielo y el muchacho mueve la pértiga para salir a navegar entre otras muchas trajineras a través de los canales. Lo que es más divertido es que pequeños barcos se mueven entre las trajineras y se van acercando a éstas para ofrecer a sus ocupantes productos a la venta de todo tipo. Nos resulta una experiencia divertida e inolvidable. Te ofrecen de todo, desde comida típica, patatas fritas, mazorcas recién asadas en un rustico horno que llevan en sus barcos, helados, cortezas, tacos que también van asando en hornillos flotantes, hasta flores o joyas y artesanías variadas. Pero lo más turístico son los barcos que pululan entre las trajineras con cuadrillas de mariachis que por una cantidad de pesos, ochenta en nuestro caso aunque luego te rebajan si pides otra, te cantan la canción que elijas. Nosotros no nos sustraemos ni a tomar refrescos, ni a comprar chucherías, y lo que es más sorprendente, ni a contratar a unos mariachis pidiéndoles la canción de título la Calandria, cosa que sorprende al director del grupo de cantores que vacila sobre si la recuerdan o no. Enseguida desde otra barca que también lleva mariachis se ofrecen a cantarla ellos pero el primero, con el que hemos hecho el trato, asegura que la recuerda y en efecto, nos la canta y por fin somos nosotros, los de más de sesenta, los que recordamos la letra de este drama de pájaros enamorados e infieles que tantas veces se oía en las radios de los finales de los años cincuenta del siglo pasado y que seguramente ha caído en desuso ante los verdaderos y desgarrados dramas humanos. Ellos nos ofrecen también cantar las mañanitas, México lindo y otros famosos sones pero hemos preferido la calandria. Su embarcación se mantiene al lado de la nuestra mientras dura la canción y luego nos despiden a la búsqueda de otros clientes. Otra de las ofertas es la posibilidad de hacerte una foto con uno de los grandes gorros charros como recuerdo del lugar. Ahí sí que no cedemos. Sería, por mi parte, una claudicación demasiado llamativa…
Hay familias o grupos de amigos que ocupan las trajineras, unos celebran el cumpleaños de alguno de los miembros que la ocupan y en las portadas de las chalupas lo pone claramente, por ej. “Felicidades Lupita”. Otros ponen “Viva Conchita” y en todos se observa gente que parece feliz. Algunos sacan la comida que han traído de casa y junto a las bebidas y los aperitivos que se compran, pasan un buen día. Los turistas más ricos permiten a los vendedores de joyas entrar con el muestrario a su barco y se llevan de recuerdo una pulsera o un dije. También se puede ejercer el romanticismo y comprarle a una nativa que se traslada en una pequeña piragua llena de flores un ramo para ofrecer a la persona amada.
Disfrutamos mucho en este original paseo, una navegación algo lenta pues los barcos se topan constantemente con otros, pero que permite ver también cómo se ha formado la vegetación en las islas bañadas por los canales, los grandes y típicos árboles, alguna casa, vivienda particular, algún restaurante, y nos da ocasión de vislumbrar algo de este declarado Parque Ecológico de Xochimilco, un área de reserva natural, una zona lacustre, que se intenta recuperar y conservar por los gobiernos sucesivos del distrito Federal.
Cuando salimos de allí, felices de la experiencia compartida con los habitantes autóctonos y no sólo turistas oficiales, nos vamos a casa de Carlos porque tenemos una comida familiar. Ha venido Silvia, la novia de Carlos, y ha dispuesto todo para una típica y sabrosa comida muy mejicana. Es una señora simpática, guapa y de clase. Se añaden también Nelia hija, Abraham, su marido y la pequeña Alina que va a su aire y que ocupa el tiempo de alguno de sus padres que no pueden disfrutar de la conversación general por acompañar a la niña. Se ha ocupado el comedor grande y Nelia comenta cuánto tiempo hace que no lo usaban y parece desprenderse un eco de nostalgia. Hablamos de la comida mejicana, de la que probamos los inevitables fríjoles, un picadillo de cerdo deshilachado y sazonado que meten en una tortilla caliente, le añaden el puré de fríjoles, una cebolla cortadita y algo que pica, lo envuelven y se lo comen con verdadero gusto. También hay un sabroso pollo acompañado de arroz y de postre compota de esa fruta extraña acompañada de una especie de magdalena de maíz. Seguimos después la tertulia en el bonito salón donde está la chimenea, que ocupamos en todos los asientos.
A media tarde nosotros cinco, menos Carlos que tiene que trabajar, nos vamos a seguir la dura tarea del turista, a conocer el famoso barrio de Coyoacan. Es un barrio que se ha calificado como el más agradable de la ciudad. Se puso de moda y allí vivió gente muy conocida a nivel mundial, y muchos artistas o gente con posibilidades económicas deciden buscar ahí su vivienda. Allí nació y murió Frida Kahlo, lo que le proporciona ya de por sí un buen atractivo pues la casa donde vivió es hoy un museo que atrae a numerosos visitantes aunque nosotros no hemos podido ir. Es una pequeña ciudad dentro de la grande, con agradables casas, pintadas en colores llamativos y gentes que en plena calle extienden sus mercancías de objetos de artesanía. Vamos los cinco confiados en poder aparcar en un recinto público de los varios que hay pero la primera sorpresa es que encontramos la zona atestada de gente, parece que todos los que no han salido del DF estos días de fiesta, se hubieran dado cita precisamente en Coyoacan esta tarde. No hay manera de encontrar un sitio para el coche y lo hemos dejado bastante lejos del centro. Vamos andando hasta la plaza, el zócalo, al que no le falta el encanto de todos los que hemos visto hasta ahora, el kiosko de la música en el centro. Allí al lado, a continuación se encuentra el Jardín Hidalgo, que se confunde con el atrio de la iglesia de San Juan Bautista y en medio hay una fuente adornada con dos grandes coyotes en bronce. Es el centro de reunión de la gente del barrio y polo de atracción para muchos que acuden de otros lugares. El nombre de Coyoacan significa, lugar de los coyotes, por eso este animal es el símbolo del barrio y su figura se repite en cerámicas o esculturas.
En uno de los lados, frente al kiosko está el Palacio Municipal del antiguo pueblo, de una sola planta, portada y dinteles de las grandes ventanas en piedra y el resto pintado en color claro. Su remate forma unas ondas terminadas en almenas y resaltadas por una pintura en rojo que lo hacen muy atractivo. En su patio interior se está celebrando uno de esos espectáculos que ofician los artistas callejeros, payasos o acróbatas, y para el que implican a algún chaval del público y que hemos observado que aquí reúnen a mucha gente a su alrededor.
En la iglesia de San Juan Bautista las puertas están abiertas porque se está celebrando los Oficios de Jueves Santo y no hay manera de verla detenidamente. Esta iglesia fue una fundación franciscana del siglo XVI y conserva en su interior un claustro que tampoco podemos entrar. Sobre el dintel de la puerta de entrada hay una inscripción en latín que dice lo siguiente:
NON EST HIC ALIUD NISI DOMUS DEI ET PORTA COELI
Conseguimos entrar entre el gentío y lo primero que oímos es el sonido de las carracas, el instrumento que en Semana Santa empleaban los monaguillos en las ceremonias en lugar de las campanas, para mantener el respeto y el dolor. Esto nos lleva a la infancia de nuevo, a la austera y sombría cuaresma y Semana Santa.
Seguimos paseando por las tranquilas y empedradas calles, después de salir de los jardines Hidalgo a través de las arcadas que daban entrada al antiguo atrio del convento, y que están artísticamente decoradas y aún muy bien conservadas. Vamos viendo con detalle todas las casas, señoriales, de colores alegres, diferentes y seguramente cargadas de historia y de cultura, los bares bohemios, los restaurantes, las tiendas, todo en armonía y encanto.
Vamos buscando la plaza de la Conchita, lugar muy conocido y con un atractivo especial. Tiene en el medio una pequeña iglesia barroca, labrada en toda su superficie, y ahora cerrada porque está a punto de caerse. Es del siglo XVIII. Se dice que el edificio original fue mandado construir por el propio Hernán Cortés La plaza es pequeña, cuadrada, llena de encanto. Hay muy poca gente, algunos sentados en los viejos bancos de piedra. Vemos dueños y dueñas de perros a los que sacan, entre los que se distingue uno de aquellos prehispánicos que conocimos en el museo de Dolores Olmedo. Yo me acerco a ver los alrededores, donde descubro un parque que lleva el nombre de Frida Kahlo y cuando vuelvo encuentro solo a Andrés y Rafael. Assela y Lola se han ido a buscar el coche para recogernos. Tardan mucho, parece que demasiado y entre tanto estalla la tormenta y empieza a caer agua cada vez con más intensidad, hasta el punto de tener que refugiarnos bajo uno de los bares de la plaza a la espera, ya un tanto inquietos, del coche. Cuando al final nos llaman, nos explican que el tráfico era tan enorme que les ha sido imposible llegar antes.
La vuelta, gracias a la pericia de Assela, a pesar de la noche y de la lluvia, no tiene ninguna dificultad y cuando nos vemos en la casa ya descansamos de una jornada tan intensa.
Assela Alamillo Sanz
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