VIAJE A ITALIA
Assela Alamillo Sanz
Día 4 de Junio, 2011 sábado
Es aún muy temprano cuando salimos de casa pero en este tiempo ya es de día. Son las 7 de la mañana y Elena, siempre complaciente y preocupada de sus mayores, se ofrece a llevarnos en el coche al aeropuerto aunque esta vez nos deja en la puerta de la T4, sin acompañarnos al interior. Los trámites para dejar la maleta, obtener la carta de embarque y pasar el control humillante del despojo de cinturones, botas, bisuterías, frascos de crema de manos, etc, no es esta vez largo y pronto estamos ya en la parte interior, buscando la zona, la puerta y el número donde tenemos que embarcar, lo que nos va a llevar unos 20´ o media hora porque está al final de la nave bonita pero infinita. Mientras tanto nos da tiempo de desayunar y de intentar comprar un bastón. En efecto, Rafael se dio cuenta ya cerca del aeropuerto de que se había olvidado el suyo, hecho bastante dramático por lo mucho que le ayuda, no sólo con la cojera sino especialmente con la vista y yo no soy precisamente un buen lazarillo, porque siempre ando varios pasos delante de él, a otro ritmo. Buscamos en todas las tiendas del aeropuerto pero es un instrumento de poca salida comercial, por lo visto, y en ningún sitio lo encontramos.
Salimos con unos tres cuartos de hora de retraso sobre el horario teórico de sálida, en un avión pequeño de Air Nostrum que hace propaganda de Castilla –León, que es cómodo porque las rodillas no llegan al asiento de delante y porque están tapizadas de cuero. Sólo hay dos líneas de asientos de dos en cada lado y un pasillo por medio pero no hay necesidad ni de levantarse porque el vuelo no dura más de dos horas y media. Llegamos a Bolonia, capital de la Emilia Romana, hacia la una y no se tarda demasiado en recoger las maletas.
BOLONIA
Siguiendo las instrucciones y recomendaciones que Nuria ha obtenido de informaciones en la web, salimos buscando un autobús que nos va a dejar en la Estación Central del tren donde también se ha enterado que hay consigna. El autobús, en efecto, de llamativo color naranja, está ya estacionado a la salida del aeropuerto y pronto se llena de viajeros con maletas. Vale seis euros cada uno y con un mapa que hemos conseguido en alguna parte de la ciudad, podemos seguir en parte el recorrido. Pasa por el centro y, alargando el cuello o torciendo la cabeza por la ventana del autobús, ya vislumbramos calles, edificios y monumentos que nos avivan las ganas de aprovechar las pocas horas que estaremos en esta ciudad para disfrutar de ellos.
Finalmente, tras una media hora de tiempo, llegamos ante la Estación, ese lugar de triste recuerdo por el sangriento atentado que costó la vida a 85 personas el 2 de agosto de 1980 y que conmovió a todo el mundo. Entonces no nos damos cuenta de algunas señales que lo evocan pero luego, en el recorrido global en el turibus, nos lo recordará la guía que cada uno escuchamos por nuestros auriculares. En su fachada, uno de los dos relojes grandes que había a cada extremo del edificio, ha quedado parado para siempre a las 10,25, la hora de la explosión y también nos daremos cuenta posteriormente de un gran panel de piedra adosado a la fachada donde están escritos los nombres de las víctimas.
De momento tenemos dos objetivos definidos que cumplir y todo lo nuevo y desconocido provoca cierto desasosiego hasta que se cumple. Después de un buen paseo por las instalaciones de la Estación, encontramos la consigna que es una habitación donde dos operarios te recogen las maletas y te dan un recibo para recuperarlas. Allí hay una lista de precios. Por cuatro euros las podemos tener cinco horas que pensamos será el tiempo que vamos a emplear en la ciudad. Luego hay que solucionar el tema del billete a Florencia. En la amplia sala central hay unas máquinas de esas inteligentes a las que también hay que tratar con inteligencia, si no, no se logra nada. Al final entre los cuatro, lo conseguimos. Tenemos en nuestro poder un billete único que vale para todos en un tren que me parece se llama Eurostar y que es rápido porque hará los 108 km que separan las dos ciudades en 37´. Decidimos coger uno que sale de Bolonia pocos minutos después de las siete de la tarde.
Con todas estas cuestiones perentorias solucionadas, nos ponemos a la tarea y, para no perder ni un minuto y porque ya es una hora tardía para comer, decidimos coger un taxi allí mismo que nos deje en la Piazza de Nettuno. Nos podemos permitir cinco euros por cinco minutos y al cabo de ese breve tiempo nos vemos en el centro peatonal y grandioso de la ciudad de Bolonia, dispuestos a comer en el primer sitio que encontremos.
Estamos en la Piazza Nettuno, que en realidad es un amplio espacio rectangular que, a modo de inmenso pasillo, comunica con la Plaza Mayor. En el centro se levanta la monumental fuente del dios de los mares y los ríos, esculpido hacia 1563 por el artista flamenco que allí llaman Giambologna, a gran tamaño en bronce oscuro, tanto que los boloñeses lo llaman el Gigante, sin más apelativos, e incluso la Plaza la conocen como la plaza del Gigante. El escultor, por lo visto, quería hacer méritos para que le encargaran los Médicis la realización del mismo personaje en la plaza de la Signoría de Florencia, y se esmeró en esta colosal figura. Hay que decir que lo consiguió aunque en colaboración con otro colega. El dios está de pie, sujetando el tridente en una mano y extendiendo la otra hacia el frente, y su cabeza se inclina hacia abajo, no sé si con añoranza del mar o para advertir a los jóvenes que se sientan en las escaleras que rodean la fuente que se comporten y que no abusen del otro líquido, el que contiene el botellón. A estas horas de una tarde muy calurosa, no son tantos los que rodean al dios y a su séquito, y los más, son turistas como nosotros que vamos buscando la sombra.
En estos tiempos en que es fácil encontrar información en internet, por ejemplo en Wikipedia, las crónicas se pueden hacer demasiado largas y la lectura referente a los lugares visitados se convierte en una especie de digestión retardada, como la de los rumiantes, y un “disfrute en seco”, aunque acompañado de la visión de las fotografías que nos hemos traído desde allí. Me entero de que la fuente se levanta en el lugar exacto donde se cruzaba en la antigua ciudad romana las dos calles principales perpendiculares, el cardo y el decumano, es decir en la plaza, como también es ahora, y de alguna otra noticia curiosa y divertida referente a la estatua, que se pueden leer en
http://it.wikipedia.org/wiki/Fontana_del_Nettuno_(Bologna)
y en general la información relativa a la ciudad entera la encontramos en:
http://es.wikipedia.org/wiki/Bolonia
A un lado de esta plaza pasamos por el Palazzo Re Enzo, el Palacio del Rey Enzo, un gran edificio en ladrillo del color rojizo, el color que va a caracterizar a toda la ciudad, tanto que la llaman “Bolonia la Roja” por eso y por su resistencia al fascismo por los partisanos y por el predominio del partido comunista a lo largo de muchos años en el gobierno local. En la entrada al palacio aún cuelgan carteles reivindicativos, hechos artesanalmente, en grandes trozos de papel de color blanco y en ellos con letras grandes de colores se pueden leer palabras significativas: “revolución” y en otro “democracia real” lo que nos indican que aquí también ha habido concentraciones reivindicativas de personas en algún momento reciente.
Se llama así porque en este palacio estuvo detenido y prisionero Enzo, hijo del emperador Federico II, un personaje fascinante, de una vida llena de vicisitudes y aventuras en la Italia de la Edad Media, rey de múltiples estados o ciudades de Italia, de Jerusalem y del Sacro Imperio Germánico. Hacía falta una gran vitalidad, fuerza y personalidad para ostentar todos esos cargos en aquellos tiempos de enfrentamientos y envenenamientos y sobrevivir mucho tiempo. Se enfrentó naturalmente con el Papa de turno, que le excomulgó y dejó para la historia momentos y aventuras conocidas. Pues ahora nos enteramos que el valiente Federico fue derrotado por los boloñeses en 1249, y que éstos se quedaron con su hijo como rehén y lo tuvieron en este palacio.
Atravesamos la Plaza Mayor y en las primeras mesas que vemos en una terraza situada en la calle, a la vera de un lateral de la gran catedral de San Petronio, que pertenecen a un restaurante, allí nos sentamos y pedimos la carta. El sitio es agradable y mientras nos sacan lo elegido, Nuria y yo nos acercamos a la plaza a hacer una inspección ocular, -recogida por mí en fotografías-, y a la vez informativa, para ir ganando tiempo del plazo marcado que tenemos. Entramos en la Oficina de Información y nos enteramos de que el autobús turístico que está allí mismo estacionado, saldrá dentro de una hora. Nos dan un folleto que nos va a servir para orientarnos en la ciudad.
Volvemos a tiempo pues aún no han servido los tortellini, los tortelloni y la lasagna, platos que no van a quedar en el recuerdo por su calidad pero que alimentan, y de los que el precio no está en consonancia con la calidad , aunque nos damos cuenta de que hemos pagamos el sitio.
Cuando terminamos y salimos a la Plaza, vemos que el autobús turístico está ya medio lleno y nos decidimos a montarnos en él. Nos avisan que dura una hora el recorrido y nos cobran 48 euros a los cuatro, con derecho a unos auriculares donde vamos a escuchar en perfecto español las explicaciones que nos dan sobre la marcha. Hasta que el autobús se pone en movimiento, el sol cae implacable sobre la mitad de los palacios que dan a la plaza, a los que embellece pero con la misma intensidad sobre las cabezas de los sufridos turistas que llenamos el piso alto y sin techo. Cuando al fin se pone en marcha, el aire hace soportable la situación porque, además, el conductor debe de conocer bien el recorrido y va por esas estrechas calles a una velocidad que parece excesiva y da la impresión que él mismo se va a meter en un momento dado dentro de las famosas arcadas de sus calles. Es uno de los rasgos arquitectónicos que definen a la ciudad, sus calles con arcadas, hasta un total de 37 km en el casco viejo y el modelo sigue sirviendo a los arquitectos modernos para la construcción de los edificios de los barrios recientes.
Es un bonito paseo, en el que nos vamos enterando de las características y las bellezas de la ciudad. Por la calle Rizzoli, la principal en este casco antiguo, nos dirigimos hacia las dos famosas torres tan representativas de Bolonia que han acabado siendo su símbolo, en la Piazza di Porta Ravegnana. Nos dicen que en la Edad Media, época en la que la ciudad ya era famosa especialmente por ser centro de estudios, -pues su Universidad es la más antigua de Europa-, se levantaban en ella unas cien torres, orgullo y competencia de sus dueños.
Se conservan ahora sólo dos que son las más famosas y están una al lado de la otra; hay también otras dos diseminadas por el casco antiguo. Una es conocida como la Garisenda, que se empezó hacia 1120 pero que quedó a medias porque se dieron cuenta de que el terreno se inclinaba y peligraba el proyecto, aunque no derribaron lo ya construido: tiene una altura de 47 metros. Pocos años después y al lado de la primera, se levanta la torre Asinelli, palabra relacionada con el latín “asinus” que, bien lo sé, significa “borrico, asno pequeño”, lo mismo que “aselus” y que parece era el nombre de la familia propietaria (aunque también hemos leído que podía ser propiedad de la Comuna y que la utilizaba como torre vigía). No era extraño en la antigua Roma que alguna familia tuviera nombres de animales, como los Gallos o algún otro, signo de la procedencia de una sociedad agraria, y que alguno de estos nombres continuaran en la Edad media, como en este caso. Esta torre mide 97 metros y es constantemente vigilada por el peligro de que fallen los cimientos. Precisamente ahora está en obras, con un andamio que sobresale como un faldón y una parte recubierta de plástico. Las fotos desmerecen un poco pero en Italia siempre están muchos de los monumentos que interesan “in restauro”; ¡hay que aceptarlo¡.
Nos van nombrando en la ruta palacios, iglesias, museos, plazas, recinto universitario con el Real Colegio de España, donde se albergaban los españoles que iban allí a estudiar derecho sobre todo, solemnes fachadas con almohadillado en piedra y otros monumentos dignos de señalar aunque sea a tanta velocidad. Vemos también la casa más antigua de la ciudad, con largas vigas de madera que sostienen el piso alto. Esta construcción contrasta con la de un palacio contiguo que data de otro siglo y que tiene en su fachada una entrada flanqueada por dos fornidos atlantes. Pasamos por antiguas puertas de la ciudad, cuando estaba rodeada de murallas, que quedan aisladas entre el tráfico de coches.
Luego el autobús sube hasta lo alto de una colina desde donde se ve la ciudad en su totalidad, el casco antiguo medieval, el mejor conservado de Italia después del de Venecia, y el ensanche con altos edificios de la parte moderna. Las colinas que rodean Bolonia están cubiertas de frondosos árboles y son zonas de esparcimiento para sus ciudadanos. Allí, al pie de la iglesia de un convento, en una zona algo despejada, el autobús se detiene un momento, lo que nos permite además de disfrutar de la bonita vista, tomar alguna fotografía. Tiene luego que hacer maniobras para dar la vuelta y descender de nuevo al centro de la ciudad para mostrarnos lo que falta del recorrido. Pasamos por delante de todos los edificios más importantes de la ciudad. Al hacerlo delante de la Iglesia de San Domenico, que contiene la tumba del santo que le da nombre, de la que nos recomienda su visita pero que lo dejaremos para otra ocasión, observamos una aglomeración de gente en el atrio. Se trata de un funeral y el muerto debió de ser alguien importante en la sociedad local, a juzgar por el número de gente y el aspecto relevante que presentan. Al atravesar una plaza vemos más de cerca, desde el elevado asiento del segundo piso del autobús, una gran columna rematada en capitel jónico sobre la que se yergue una imagen de la Virgen, concretamente la Inmaculada, de pie sobre la media luna y coronada de estrellas. Siempre en la vieja Europa el rastro indeleble de la religión que se traslada a la nueva España y se asienta por toda hispano américa.
El autobús se detiene unos minutos ante otra gran iglesia, la Basílica de San Francisco, en la Piazza Malpighi, gran obra de ladrillo que tiene en su exterior, inmediatamente detrás de la ligera reja que enmarca el atrio, por la parte delantera, varios sepulcros contenidos en airosos templetes de dos pisos, compuestos de delgadas columnas y rematados en un tejado empinado recubierto de cerámica verde. Después del paso por la Estación de Ferrocarril donde nos recuerdan los datos del atentado brutal, vemos en el camino de vuelta al centro la elaborada y adornada entrada de piedra blanca que sube hacia el Parque de la Montagnola, a través de dos tramos de escaleras. A su lado y como contraste de momentos de la historia de la ciudad muy distantes entre sí, quedan los restos deteriorados por el tiempo, de una parte de lo que fue muralla o acueducto romano, en ladrillo rojizo y ajado, en medio de algunas de cuyas intersecciones salen pequeñas matas de plantas silvestres que le ponen una nota de color verde a la histórica ruina. La voz prisionera y enterada que nos informa de lo que vemos, nos ha ido sugiriendo que hagamos la visita posterior por nuestra cuenta de algunos de los lugares que señala, pero ya sabemos que tendremos que seleccionar algo y renunciar al resto, por falta de tiempo.
Cuando descendemos en la misma plaza Mayor donde lo hemos cogido, nos detenemos a observarla con la atención debida, antes de entrar en la Catedral. Enfrente de ésta se levanta el Palazzo del Podestá, que se levantó en origen en el siglo XIII y se reconstruye en el XV. En medio del palacio, de dos pisos, sobresale una torre cuadrada que se diría el campanario de una iglesia y que pertenece al Palacio de Enzo. Hoy es una de las sedes del Ayuntamiento, al menos allí debe de estar el salón de las bodas y, como es sábado y día generalmente de estas celebraciones, tenemos la ocasión de ver a una pareja de recién casados que salen del edificio vestidos elegantemente, ella con traje blanco pero corto, con el ramo de blancas flores en la mano y seguidos de un par de fotógrafos que ahora les conducirán a los escenarios más adecuados y usuales para las fotos del recuerdo. En uno de los lados del edificio se ven unos llamativos carteles rojos, anuncio de algún evento en su interior, que dan una nota de color a la plaza, junto a los toldos blancos que cubren muchas de las arcadas y que dan sombra al interior de los pórticos en estos días calurosos.
El lado este lo ocupa otro bonito palacio, el Palazzo dei Banchi, el palacio de los Bancos, esas instituciones imprescindibles a lo largo de toda la historia de los hombres y siempre al lado del poder. Su construcción es algo más tardía, de la segunda mitad del siglo XVI y su arquitecto fue el conocido Vignola. Allí, en la Edad Media, se ponían sus sedes los cambistas, operando con el dinero ajeno para aumentar el propio. Visto el edificio desde el otro lado de la plaza, sobresale por encima la cúpula grande de una iglesia que hay detrás.
En la misma línea que la catedral se levanta el Palacio de los Notarios, sede desde antiguo del poderoso gremio de estos personajes. Data del siglo XIV y se termina en el siglo siguiente. Tiene unas bonitas ventanas góticas, más grandes en el tercer piso y el remate del tejado es almenado.
En el lado oeste, cierra la plaza el Palacio de Accursio, que hoy es la sede del Ayuntamiento. Su construcción es muy curiosa porque cada uno de sus lados es de distinto estilo. El de la izquierda data del siglo XII y fue la sede de la familia Accursio. En un extremo se levanta la torre del reloj, de la segunda mitad del siglo XV. La parte de la derecha, del siglo XVI, es de estilo gótico. Está rematada por graciosas y ligeras almenas con un final más decorativo que otra cosa. La entrada, flanqueada por columnas, monumental, tiene en la parte superior la estatua de un Papa, Gregorio XIII, el que reformó el calendario y su presencia se justifica porque el edificio fue durante tres siglos la sede del legado papal. Ahora una de sus partes está cubierta por plásticos que tapan la mitad de la fachada en una de las innumerables obras de restauración.
De repente vemos un curioso grupo que atraviesa con premura la plaza y ponen una nota pintoresca en el ambiente. Es un conjunto de unas catorce monjas jóvenes, vestidas con un hábito gris y una larga toca blanca que resalta en la distancia. Esas imágenes ya no son habituales en España pero en Italia se repiten con frecuencia, especialmente en Roma. No las podemos ver de cerca pero es muy posible que sus rasgos sean de otro continente.
Decidimos entrar a la catedral de San Petronio para conocer su interior, que es tan grandioso como hacía imaginar las dimensiones del templo por fuera. Su fachada está recubierta hasta la mitad por mármoles y el resto ha quedado con ladrillos vistos, mostrando las dos fases en la construcción de estos importantes templos. Se empezó a edificar en 1390 por el arquitecto Antonio di Vicenzo y en realidad, por lo visto, aún no se ha terminado, a juzgar por la fachada, pero el conjunto se dio por finalizado en el siglo XVII. El interior es muy luminoso, con muchos vanos, pintada en blanco que contrasta con el rojo apagado de las columnas y pilastras, arcos apuntados separando las naves y con capillas laterales que deben de ser valiosas por sus pinturas pero que no nos deja ninguna impresión imborrable. Lo que es verdaderamente curioso es que en una de ellas está el péndulo de Foucault, ese ingenio que puso de moda Umberto Eco con una novela que todo el mundo nombraba pero que pocos leyeron y menos todavía terminaron de leer. Una bola dorada al final de una enorme barra que arranca desde el techo se va moviendo rítmicamente en forma pendular, como su nombre indica.
Nos aseguramos de que se puede salir por una pequeña puerta que está al final de la nave lateral, por donde nadie sale, por cierto, y utilizamos esa salida que da a una plaza de forma alargada, peatonal y tranquila desde donde se ve la parte del ábside de la catedral y que tiene en el centro una gran estatua de un personaje local cuyo nombre no nos dice nada. Seguimos por la vía Farini con la intención de encontrar pronto la iglesia de San Estéfano, pero el objetivo se logra algo más tarde porque la hemos cogido en dirección contraria. Es un mínimo contratiempo que nos da ocasión para pasear bajo las arcadas de esta especial ciudad y conocer algo mejor sus calles pero sobre todo, como si nos hubiera guiado el arcángel Rafael, la de encontrar en el escaparate de una destartalada tienda que vende de todo, un bastón de las características del que usa Rafael. Entramos para comprarlo y, ¡hay suerte¡, le va bien por las medidas y es el único que tiene y además no es nada caro. Asunto solucionado.
Finalmente llegamos frente a este conocido lugar que es la Abadía de Sto Estefano, que en realidad es un complejo de pequeñas iglesias con sus patios. Se lo llama Santa Jerusalem porque en todas ellas se recuerda la Pasión de Jesús.
En los muros de la iglesia hay un cartel puesto por la ciudad de Bolonia que da una explicación acerca del lugar y la leen con atención Paco y Rafa. Se informa en ella de que el complejo de estas iglesias surge al final del siglo IV y principios del V sobre lo que fue un templo pagano dedicado a la diosa Isis, divinidad procedente de Egipto y adorada especialmente por los romanos. Una de las Iglesias es la del Crucifijo, del s. XI, también llamada de San Juan Bautista, con cripta y en su interior valiosas pinturas de tres autores nada conocidos por nosotros. Otra iglesia es la del Santo Sepulcro, reedificada en el s. XII, que tiene en el centro un templete que contiene las reliquias de San Petronio. Otras son las iglesias de San Vital y Agrícola, del siglo XI. Estos fueron los primeros mártires boloñeses y sus reliquias se encontraron en el siglo IV. La última iglesia está dedicada a la Trinidad.
Ya por fuera el conjunto es muy bonito, con la fachada de dos de las iglesias frente a una plaza triangular, compuesta de edificios sobre arcos, alguno de ellos monumental, y toda ella sin tráfico, lo que le aumenta el encanto del entorno. Por encima de uno de los muros de una casa surge una frondosa enredadera de glicinias que alterna el verde intenso de las hojas con notas de color azul de las ya escasas flores que subsisten. Delante de las iglesias se eleva un gran ciprés de oscuro follaje que parece formar parte del conjunto artístico.
En la arquitectura de las iglesias que se ven en el exterior, hay rasgos bizantinos, lombardos, amalgama de historia a través de distintos estilos, sabor medieval que se nota en el armónico exterior y que sigue en el interior. Al entrar en el pequeño laberinto de las iglesias nos admira sobre todo la belleza de dos enclaves, el llamado Patio de Pilato, del siglo VIII, al que le dan este nombre por la relación que el personaje tiene con la Pasión, -motivo rememorado en todo el conjunto de iglesias-, cuando muestra a Jesús ante el pueblo de Jerusalen desde el Pretorio, después de la flagelación. Forma un cuadrilátero cerrado en el lado este por la fachada de la iglesia del Crucifijo y al oeste por la del Sepulcro.
Los lados largos están constituidos por pórticos en estilo lombardo, con las características columnas cruciformes en ladrillo y los pequeños arcos bajo el tejado. Son muy interesantes y bellos los adornos del muro de la iglesia del Sepulcro, que forma un mosaico con ladrillos de distintos colores e intercaladas pequeñas teselas de mármol, reproduciendo bellos dibujos geométricos.
En el centro del patio y sobre un suelo de césped no muy bien cuidado hay una pequeña pero labrada y bonita pila en piedra que se conoce como il catino di Pilato, con una traducción que sería algo así como “la palangana o el barreño”, en alusión al recipiente que pidió Pilatos para lavarse las manos en el tema de la condenación de Jesús. Es una pieza de mármol que data del 730 y es obra de los longobardos, según reza una inscripción puesta bajo el borde circular, por la cual nos enteramos del nombre del rey y del obispo de esa época y también de que la pila servía para recoger en ella las ofrendas que se hacían el Jueves Santo.
En los muros del patio hay incrustada alguna lápida con el relieve esculpido del obispo que allí estuvo enterrado. Observamos con curiosidad una sola ventana del siglo XIV, con cristal emplomado que tiene delante y en el medio una columna de piedra, rematada por un gallo del mismo material, que aparece con la cabeza levantada, dispuesto a emitir su canto. Se le conoce como “el gallo de San Pedro” y es de nuevo una alusión a la Pasión de Cristo, cuando cantó el gallo después de que Pedro le negara.
Entramos también a una capilla que se llama de la Consolación que tiene en el techo y paredes frescos con episodios de la vida de la Virgen, y también al patio da la entrada a otras capillas, en todas las cuales hay algo digno de admirar.
También a través del patio se llega a un bonito claustro románico, benedictino, del siglo XI al XII, de dos pisos, que tiene en el centro el brocal sencillo pero elegante de un pozo. Desde un lado del claustro se ve la torre de la iglesia que preside como un faro ciego.
Al salir de esta plaza y dirigirnos de nuevo hacia la vía Rizzoli pasamos delante de uno de los bonitos palacios que no deben de ser de los más conocidos pero que está decorado en su totalidad por un motivo monotemático: caras. En los triángulos que forman las arcadas están esculpidas, dentro de unos círculos unas caras, diversas entre sí, que van desde la de un sátiro con pequeños cuernos hasta la de una casta doncella pasando por retratos o personajes mitológicos como Hércules. Igualmente en los dos pisos superiores y finalmente en el alero se alternan los soportes lisos con caras humanas todo a lo largo del edificio.
Llegamos finalmente delante del Palacio de la Mercancía, o la Loggia de los mercaderes, un pequeño y bonito edificio. Fue construido entre 1384 y 1391 por los arquitectos Antonio di Vincenzo y Lorezo da Bagnomarino. Es de ladrillo cocido rojo, con adornos en mármol en la fachada, especialmente destaca un bonito balcón con su baldaquino. La parte baja está compuesta de dos anchos pero esbeltos arcos góticos y entre ellos unos escudos que representan las artes de la ciudad. En el poyete de la entrada que lo separa del suelo de la calle, están sentados unos jóvenes en animada conversación unos o en clara pose de descanso algún otro.
También nosotros vamos estando cansados y en esta parte central además algo aturdidos por el intenso tráfico. Nos llegamos hasta el Palacio Enzo, donde empezó el recorrido y cogemos de nuevo un taxi hasta la estación, aún a riesgo de esperar algo más de lo convenido.
También evitaremos así otro riesgo, el de mojarnos, porque todo el calor que hemos pasado a lo largo del día se ha condensado en unas amenazadoras nubes que no parece que van a pasar de largo. Recogemos nuestras maletas, esperamos un rato en la sala de espera de los viajeros, allí precisamente donde estalló la bomba en aquellos convulsos momentos de la política italiana de hace treinta años, y nos vamos con las maletas hasta el andén correspondiente bajando por el subterráneo. Una vez en la vía y sentados en un banco suceden dos situaciones simultáneas que no nos alteran demasiado, una es el anuncio de que el tren, a pesar de su carácter de rápido, viene con 20´ de retraso y la otra es que por fin las nubes se han abierto, como era de esperar y caen jarros de agua sobre las vías. Pero nosotros no nos mojamos y nos congratulamos de no haber cogido el coche en alquiler en Bolonia para trasladarse con él hasta Florencia, en una tarde lluviosa y a través de los Apeninos. ¡Buena organización se llama esta figura¡
Al fin subimos al tren, no sin cierta dificultad por la altura que tienen las escaleras desde el suelo del andén y por la acción de colocar las maletas a la entrada del vagón, y nos sentamos en un espacio con cuatro asientos enfrentados y una mesa en medio. El viaje es muy corto y no se puede disfrutar del paisaje porque la lluvia lo oscurece pero más aún los muchísimos túneles que horadan los montes, ya que casi medio trayecto discurre por ellos. Cuando a la media hora y siete minutos llegamos a la concurrida estación de Florencia, ya no llueve y hay muchos taxis estacionados en la salida.
Tomamos uno los cuatro y las maletas y metiéndose por calles estrechas y girando 180 grados en varios lugares, nos deja delante de la Via Bufallini 13 y nos cobra bastante dinero por ser domingo, por salir de la Estación y por las maletas. Luego nos enteramos que andando habríamos llegado en un cuarto de hora más o menos pero no era el caso.
Cuando parecía que las peripecias del día habían llegado a su fin, nos encontramos en una casi angustiosa situación y es que la puerta está cerrada, llamamos a un timbre y alguien abre la puerta de la calle pero no la del apartamento, llamamos por los cuatro teléfonos al número de la Sra Cincia que es el enlace o la dueña, no lo hemos averiguado, y los vodafón de Paco y Nuria están inutilizados y los movistar nuestros sí logran comunicación para escuchar una anónima voz que dice que ese teléfono no existe o en otras ocasiones no contesta ninguno de los dos números.
Cuando la expresión de Nuria es de angustia claramente manifiesta, estamos entre el portal y la calle esperando no sabemos qué, a Paco se le ocurre la buena idea de que nos acerquemos Nuria y yo a una pequeña trattoría en la misma calle y pidamos el favor de que nos dejen llamar, a ver si internamente, en la misma ciudad, comunicamos con la dueña de las llaves. Así lo hacemos y la propietaria, Viola de nombre como su establecimiento, llama a la casa de la señora y consigo hablar con mi italiano macarrónico y decirle que la estamos esperando. Anuncia que vendrá pronto pero aún tarda casi media hora. Le decimos a la hostelera que cuánto es la llamada y amablemente dice que si bajamos algún día a comer allí ya será suficiente. Inmediatamente pensamos en cumplir la propuesta esa misma noche para cenar, si es que conseguimos entrar finalmente al apartamento e instalarnos.
Cuando al final viene la susodicha Cincia, acompañada de su supuesto marido, que siempre queda en la retaguardia sin hablar, nos encontramos con una italiana bastante representativa, frescachona, habladora, gesticulera y un aspecto popular, que nos enseña el apartamento y nos echa una casi reprimenda por haber contratado un coche, en una ciudad y un país lleno de dificultades para el tráfico de coches y no digamos para el aparcamiento, caro, difícil, escaso y con riesgo de multas, mientras que viajar en tren es cómodo y barato. A mí se me va poniendo el ánimo tan negro como los túneles que hemos pasado y mentalmente me gustaría renunciar pero… ya lo tenemos pagado. Cuando la Sra se va, después de dejarnos esos pesimistas consejos y otros de mayor utilidad, nos instalamos en el apartamento, decorado por Ikea, cómodo para nosotros y menos para Paco y Nuria que duermen en la cocina-comedor en un sofá que tienen que abrir cada noche y retirar la mesa contra el horno. Además el cuarto de baño no es independiente sino que se pasa por la habitación grande que también tiene una cama supletoria y unos biombos frágiles que separan algo las estancias.
Contiguo a nuestro apartamento de tal manera que la puerta de la escalera es común, hay otro que nos enseña Cincia, mejor distribuido y con la ventaja de que por la ventana de la cocina se ve la gran cúpula de Bruneleschi del Duomo, en esa hora de la tarde ya iluminada suavemente y recortada en un cielo todavía azul pero enmarcado en sombras. Es realmente una bonita vista que no deja lugar a equívocos de dónde se encuentra uno.
Como la comida ya queda lejos y hay que reponerse del cansancio y del susto, nos bajamos a la pizzería de Viola que nos da de cenar por no mucho dinero y resulta una agradable señora.
Por fin, este largo día, termina en la cama que, aunque extraña, nos permite descansar.
Día 5 de junio 2011. Domingo
Al levantarnos y abrir las ventanas y contraventanas, esas verdes que unifican todos los edificios de Italia, dándole armonía y uniformidad a las ciudades monumentales, descubro un pequeño detalle que alegra con el ingenuo contento del que ha encontrado algo bueno y es que, en la ventana de enfrente se refleja claramente la parte alta de la torre de la Signoria. Es una señal de que estamos en Florencia, aunque no nos haya tocado el apartamento desde el que se ve la cúpula del Duomo, y que nos aguardan por delante muchas emociones estéticas en esta ciudad.
Salimos de casa temprano para aprovechar el día y en un pequeño bar que encontramos al torcer por la calle dei Servi, que parece que acaba de abrir, nos metemos para desayunar. Los bollos cuestan un euro, según anuncia el cartel, y pedimos además tres cafés con leche y un vaso de zumo de bote. Al ir a pagar, el señor ya entrado en años, al que deben de enviar por delante por ser el madrugador de la familia, nos hace en un papel una suma que da una cantidad que nos parece exagerada además de que en la operación se ha equivocado. Nuria le pide aclaración y, aparte de reconocer que ha sumado mal y era un euro menos, cuadra la operación poniéndole a los líquidos un precio para que sume el nuevo total, por lo que resulta que cada café vale unos cuatro euros. Más tarde y en las terrazas frente a los monumentos sí comprobaremos esta subida que podría justificarse por el derecho a vistas, pero este desayuno de sobrevivencia, de la mañana, dentro del cafetucho, nos parece un poco exagerado de precio, (a no ser que cobren en función de los metros que les separan del Duomo).
Y en efecto, no dista mucho y unos metros más allá nos topamos con esa masa enorme y artística que es el revestimiento completo de todo el edificio que constituye el Duomo, en mármol blanco, verde y gris oscuro. La plaza peatonal en donde están los tres elementos del conjunto, el Duomo, el Campanile y el Baptisterio, a estas primeras horas tiene un público especial, los barrenderos que limpian el suelo, los coches municipales que riegan y se llevan la basura, los proveedores de bares y los primeros dueños de tiendas de recuerdos que levantan las pesadas persianas metálicas y comienzan a sacar los tenderetes al exterior. También nos cruzamos con algún turista madrugador que, si vienen del norte, desde pronto se calzan las sandalias y se ponen ropa ligera aunque a estas horas la temperatura no se preste a ello.
No podemos sustraernos a la belleza de este entorno que a lo largo de los próximos ocho días veremos cada mañana y cada noche y que siempre atrae y encanta. A pesar de que nuestra cita es a las 9, nos acercamos a las puertas del Baptisterio, las llamadas del Paraíso, de Ghiberti, frente al Duomo, para contemplarlas por unos momentos en estas horas de estreno del día, sin gente.
Para ser puntuales y no tener que esperar como suele pasar en estos sitios de alquiler de coches, cogemos en la plaza de S. Giovanni, allí mismo, un taxi, que nos evita cansancio y nos acerca rápidamente. Y así ocurre que nos atienden pronto y en cambio hay gente que va llegando detrás de nosotros a la oficina y deben esperar. Nos adjudican un coche marca Lancia delta, de color gris marengo, y el muchacho encargado, muy amable, nos da las explicaciones e incluso consejos para ir a Siena. Nos enteramos también de que podemos dejar por las noches el coche en el mismo garaje donde están los de la empresa pero en la parte pública, al precio de 20 euros, por ser de Avis, en lugar de los 35 que cobran, lo que nos quita un buen peso de encima. (Dan ganas de llamar a la Cincia y contárselo, para que aprenda a no ser tan agorera)
SIENA
Siguiendo las primeras indicaciones de la chica de la oficina y las voces del ton ton, montados en nuestro nuevo coche, que lo es en verdad porque sólo tiene 8.500 km, salimos del recinto histórico, atravesamos el Arno y ya pronto encontramos la SS2 que es la autoestrada libre que conduce a Siena. La verdad es que el piso de la carretera está fatal, como podremos comprobar en todas las vías por las que circulemos en esta tierra en los próximos días, así como que el trazado no es muy recto, pero el paisaje es precioso, ese paisaje toscano que tantas veces hemos admirado en postales y calendarios y que en verdad existe, con colinas en lo alto de las cuales hay un monasterio, o un conjunto de casas, o un palacio, con las laderas verdes y las manchas de árboles que contrastan en sinfonía de verdes.
Al acercarnos a Siena vemos el anuncio de un parking que se llama El Campo y allí me dirijo aunque dando más vueltas de las previstas. Es uno de los grandes parkings disuasorios porque ahora no se puede entrar en ninguna ciudad monumental italiana con el coche y es una prudente medida, de lo contrario no cabríamos materialmente los humanos y las máquinas en los mismos espacios.
La salida desde el parking ya nos depara unas bonitas vistas de las afueras de esta bellísima ciudad. Siena es la ciudad que tiene en su centro la Piazza il Campo, una de las más bonitas de Europa, y cuyas Fiestas del Palio son universalmente conocidas, fiestas para las que sus habitantes viven todo el año, repartidos en contradas, -que es como las filás de Alcoy-En total hay diecisiete contradas, tantas como barrios componen la ciudad, que compiten en esa extraordinaria fiesta que se celebra en Agosto en la plaza del Campo, en la el número principal es la carrera de caballos.
Hoy hace mucho calor pero el cielo aún está azul y pronto, entre los árboles, caminando hacia el centro, se divisa la alta torre del Ayuntamiento, llamada oficialmente la torre del Mangia, que preside la ciudad. El paseo construido para comunicar el parking con el centro histórico nos deja cerca de una iglesia que se llama Sta Ágata y que en este momento está abierta, con el sacerdote revestido, de pie, delante de la puerta, esperando tal vez la llegada de un comulgante o a lo mejor de los novios; un número no muy grande de gente está apostada alrededor de la puerta. No es posible en esas circunstancias ni asomar la cabeza al interior, desentonaríamos demasiado de lo que es un momento auténtico de la vida de los sieneses.
La calle sube en pronunciada cuesta hasta llegar a un arco de ladrillo rojo que da entrada al casco histórico. Uno de esos detalles inesperados en estas ciudades es que en la parte más alta del arco se ha habilitado por el vecino al que daba su vivienda una pequeña terraza que ahora cuida y ha dispuesto una hilera de macetas de geranios rojos que adornan, en verdad, y dan la nota doméstica a la arquitectura seria del recinto amurallado. Lo atravesamos y tomamos una calle en la cual, por el contrario, ya se nota la bajada en dirección hacia Il Campo, cuya torre se levanta por las casas del frente como un faro guía. En esta calle ya podemos apreciar las casas típicas con ese color que, de repetido, ha alcanzado categoría propia y ahora se habla del color siena, un amarillo rojizo en el que están pintadas la mayoría de las casas.
Las calles son estrechas, sin aceras, con altas casas a ambos lados en las que siempre se puede descubrir algo interesante: un portal de entrada artístico, una pequeña capilla incrustada en la fachada, las contraventanas de persiana en color verde que dan uniformidad al conjunto, tiendas en los bajos que resultan atractivas o una señora gorda que se asoma a su pequeña ventana y la ocupa por completo, para ver pasar a la gente que visita su ciudad.
De repente oímos el ruido de tambores, no es precisamente música sinfónica, pero anuncian algo diferente al sonido habitual de la ciudad y pronto vemos que son los componentes de una contrada que visten de blanco y rojo y que van desfilando hasta una de sus sedes. Llevan unos trajes medievales, agitan con maestría unas banderas y tocan tambores. Deben de estar celebrando alguna conmemoración local pero para nosotros, los turistas que no asistimos a la fiesta del Palio, esto es una pequeña propina que nos congracia y satisface, como si hubiéramos visto algo interesante. Y sí lo es hacer una foto de una de esas calles medievales por donde desfila un grupo de gente vestida como lo hacían los habitantes de los palacios y casas cuando se construyeron.
Así, viendo pasar este cortejo folklórico, hacemos nuestra entrada en Il Campo, la maravillosa plaza con forma de abanico y algo cóncava, rodeada de edificios monumentales y bellos, presidido por el Palazzo Comunal o Público que es el Ayuntamiento, del siglo XIV, de arquitectura medieval de estilo gótico, con su alta torre o Campanile, cuya última parte es de mármol blanco, que se divisa desde cualquier calle. Todo alrededor de la plaza, salvo la zona del Ayuntamiento, se ven bares y restaurantes que sacan sus terrazas a la calle, cubiertas por los toldos correspondientes que ayudan a aliviar el calor, y que ya están totalmente llenas de turistas a media mañana, cuando hemos llegado. Los visitantes, y sobre todo en un domingo, están también en el resto de la plaza, de pie, andando, sentados o incluso echados en el suelo rojizo del pavimento. Los hay que entran en el patio de Ayuntamiento, e incluso los hay, aguerridos, que suben hasta lo alto de la torre, como yo hice en mi juventud, cuando vinimos las cuatro amigas hasta estas tierras.
En uno de los lados, frente al Palazzo, está situada la Fonte Gaia, una preciosa fuente obra de Giacopo de la Quercia. Gaia significa “diosa Tierra”, la primitiva diosa Madre, reflejada en una de las hornacinas y rodeada de otras bonitas figuras. Posar delante de la fuente es, por lo visto, el escenario habitual para las fotos de boda y no sorprende ver una pareja de jóvenes novios que, obedeciendo las indicaciones del fotógrafo, se tumban en las escaleras, buscando el mejor ángulo y, lo que es más difícil, a la espera de que el entorno quede despejado de otras personas y sólo queden los relieves bonitos de la fuente.
Fuera del Ayuntamiento, pegada a la fachada cóncava del edificio y sobre una columna, vemos lo que es el icono representativo de la ciudad, su emblema: la loba amamantando a Rómulo y Remo. Dice la tradición que la ciudad fue fundada por Remo, lo que justifica la elección del motivo y el que se encuentre por todas partes de la ciudad. Al entrar en el interior del patio del Palacio del Ayuntamiento, un recinto gótico de columnas hexagonales en ladrillo, coronados por un capitel labrado, se ve al fondo, sobre un muro, una de las más grandes estatuas de la loba y los gemelos, muy a propósito para posar bajo ella. Desde allí, subiendo la vista hacia el campanile, la impresión es de grandiosidad y belleza.
Salimos por fin de Il Campo, volviendo la vista para contemplarla desde una nueva perspectiva, en lo alto de las escaleras por donde se accede a una de las calles que confluyen en ella, y nos dirigimos hacia el Duomo, pasando por uno de los palacios de arquitectura gótica más bonitos de la ciudad. Es el Palazzo Chigi Saraceni, construido entre los siglos XIII y XIV, de arquitectura gótica, construida en piedra y ladrillos. Entramos en su precioso patio en el que destacan dos cosas, el elegante brocal renacentista de un pozo, buen motivo para inmortalizarlo con nuestros hombres apoyados en él, y el bello techo abovedado y pintado de la parte porticada de la entrada. En la actualidad el palacio es la sede de la Academia Musical Chigiana y, según anuncia un cartel que hay a la entrada, contiene cuadros de pintores conocidos.
Llegamos hasta il Duomo y nos topamos con esa fachada labrada y decorada, magnífica, aunque hay quien la tilda de excesiva en su adorno. Le está dando el sol de pleno, que es el mejor foco para resaltar la belleza de cualquier muestra de arte arquitectónico. La catedral empezó a construirse a mediados del siglo XII, en el estilo gótico italiano. La fachada principal es obra de Giovanni Pisano que la terminó en 1380. Nos sentamos en una bancada de piedra que aún está a la sombra, de frente a la catedral para contemplarla descansados. No estamos solos, la ciudad está llena en todo su casco histórico y en este entorno se concentra una buena parte de gente. Desde allí se puede ver un poco de la alta torre que sobresale y la imponente cúpula central, revestidas de mármol blanco y negro que alterna en líneas horizontales.
Encima de las escaleras que forman el podio sobre el que se asienta la catedral hay, a cada lado, una elegante columna que termina en la famosa estatua de la loba y los gemelos. La del lado izquierdo se recorta sobre una bonita fachada gótica del edificio que tal vez sea el palacio arzobispal, de ventanas ojivales, las de la parte baja recubiertas en mármol blanco y negro y las de los dos pisos superiores dejadas en ladrillo. Debajo de la columna, sentada en la escalera, una joven rubia está leyendo un libro, con la mochila a su lado. Probablemente es una guía de la Toscana que estudia bajo ese sol inclemente sin que parezca importarle.
Es una verdadera pena que no podamos entrar hasta que termine el servicio religioso, y falta todavía un buen rato, pues su interior contiene grandes obras de arte y uno de los suelos más representativos y valiosos, pero ya será demasiado tarde si queremos aprovechar el día para ver más cosas. Rodeamos la catedral y desde un lateral se puede contemplar bien la bonita y original torre y la cúpula. La primera tiene seis pisos en cada uno de los cuales las ventanas van en progresión, desde una hasta seis en el último, separadas por pequeñas columnas. La cúpula central tiene también dos pisos de corredores rematados en columnas. Descendemos unas escarpadas escaleras para ver el Baptisterio que queda a un nivel inferior pero solo por fuera. También él encierra valiosos tesoros.
En la esquina de una calle, en el camino de vuelta hacia el parking, encontramos una fuente en una hornacina donde hay una escultura en bronce de un gracioso niño que sostiene una vasija de la que cae el agua sobre una pila de piedra. Hace calor y no resistimos ninguno la tentación de acercarse a beber en ella, momento que queda para la posteridad a través de la foto correspondiente.
Una visita mucho más completa exigiría la ciudad de Siena, dedicándole más de un día, pero en esta ocasión no es posible. De momento quedan las ganas de lograrlo en alguna otra aunque ya nadie podrá alabar las maravillas de la Piazza Il Campo o del Duomo de Siena delante de nosotros y que se nos quede cara de envidia o de indiferencia. Ahora podemos opinar con conocimiento de causa.
Volvemos al parking, recogemos el coche y salimos por el paisaje siempre tan bonito, por carreteras pequeñas. El cielo se va cubriendo en sus extremos por nubes que de momento sólo presentan su cara amable, de grandes algodones blanquísimos formando una orla alrededor del horizonte; luego nos darán disgustos.
SAN GIMIGNANO
Llegamos a San Gimignano, ese pueblo medieval, amurallado, conservado con la autenticidad que hace creíbles (a pesar de lo que se han retocado a lo largo de los siglos) y atractivos estos lugares y famoso sobre todo por las muchas torres que aún se conservan en su interior, erguidas hacia al cielo, un conjunto arquitectónico único, original y bello que se divisa de lejos por tan característico perfil. Las levantaban las familias nobles que competían entre sí en altura y aunque la mayoría de ellas no han llegado hasta la actualidad, éste es el pueblo de la Toscana donde más se conservan.
Tenemos que aparcar afuera, como ya aceptamos que ocurrirá en todos los lugares que visitemos. Está muy cerca del casco histórico, al lado de la Puerta de San Giovanni, que se abre en el recinto amurallado. Delante de ella hay una plaza ajardinada, lugar donde en el siglo XIII, en cambio, había un convento franciscano, un hospicio y un poco separado, otro convento de clarisas. Los tres fueron mandados derribar por Cosme I Medici en el siglo XVI para defenderse con más fortificaciones del posible ataque de los sieneses aunque fueron traslados al interior de la ciudad. Por esta histórica puerta entramos directamente en la calle del mismo nombre, que es muy bonita, además de por su arquitectura, con casas de ladrillo, antiguas y cuidadas, por las muchas tiendas que se abren en la parte baja, con los bellos objetos de artesanía que exponen al exterior, en la propia calle, y en los escaparates, especialmente las grandes piezas de cerámica toscana; son tiendas atractivas y preparadas para ese turismo que no cesa de llegar a tan conocido pueblo. También nos choca la cantidad de banderas de tono azul intenso con un escudo amarillo con un águila negra, que cuelgan de los muros cada poco trecho. Al fondo ya se divisan dos de esas altas torres cuadradas, también construidas en ladrillo, como las casas, todas ellas similares aunque a distinta altura. En el muro de alguna casa se abre una ventana ciega que tiene pintada la reproducción de una famosa Madona.
La calle se ensancha formando una pequeña plaza y hay que pasar para seguir el camino por un arco, que era la entrada al castro antiguo, y que se denomina Arco dei Cugnanesi, porque era el nombre de los dueños de la alta torre que se yergue a su derecha. Lo vemos adornado también con banderolas azules que probablemente responden a los colores de la contrada de este barrio, porque en otras zonas las banderas cambiarán de color.
Atravesándolo llegamos enseguida a la plaza de la Cisterna, el centro de la ciudad, llamada así porque en el medio de ella se levanta el brocal de un pozo decorativo aunque sobrio, elevado sobre un podio de cuatro escaleras donde siempre se sientan algunas personas. Fue construida en 1237 y ampliada en el siglo siguiente para proporcionar agua a la vecindad. Los edificios de la plaza son palacios que no tienen ninguna homogeneidad en su estructura, de distintas alturas, estrechas en general; en alguna vemos bonitas ventanas de estilo gótico, resaltadas a veces por macetas floridas y otros adornos en el propio ladrillo en forma de cenefas. Uno de los palacios tiene una torre que es conocida como la del Diablo. A pesar de las diferencias, el conjunto es armónico. Las banderas que aquí adornan los muros son de color rojo.
Conseguimos una mesa en uno de los muchos restaurantes que hay en la plaza y comemos bajo la sombrilla que nos resguarda del sol que todavía se hace visible. Al terminar y disponernos a visitar el pueblo en su conjunto es cuando el cielo se cubre de nubes y el sol deja de brillar.
Seguimos paseando por la calle central que luego cambia de nombre por el la Vía de San Matteo y pasamos a la plaza del Duomo, donde se encuentra la Colegiata que en otro tiempo fue catedral y a la que se sube por una rampa de escaleras. Su construcción se compone de elementos estilísticos diversos.
La plaza está rodeada de palacios que representaban el poder laico frente al eclesiástico. Desde lo alto de las escaleras, en la entrada del Duomo, se siguen viendo torres por todas partes donde mires pues se solapan unas con otras y hay que moverse en el espacio para disfrutar de distintas perspectivas. Uno de los palacios tiene dos torres gemelas. En otro se combina la piedra en la parte baja y la torre con el ladrillo en los pisos altos. En un lateral de la plaza se eleva el nuevo Palacio del Comune, que empezó a construirse en el siglo XIII y, como otros muchos edificios, tiene añadidos posteriores.
En un lateral de la colegiata, en la misma acera del Palacio del Comune, se abre la Piazza Pecori, un bello espacio de forma cuadrada, pues fue un antiguo claustro, de cuyos restos quedan todavía los arcos del lado derecho. En un rincón hay otro sencillo brocal de pozo en ladrillo. Volvemos a la ruta más frecuentada, delante del Duomo para seguir por la calle principal, en donde se ven banderas de otros colores. En este momento empieza a llover y tenemos que utilizar paraguas o chubasqueros. Seguimos paseando un buen trecho hasta que nos decidimos a dar la vuelta.
Nos desviamos por una calle que sale a mano izquierda, nada más pasar el arco que da a la plaza, y lamentamos que llueva mucho porque la calle, que se llama de los Inocentes porque en ella se instaló el Hospicio que en un principio estaba fuera, tiene por un lado casas pero por el otro toda ella constituye un gran balcón que da a la campiña toscana y la vista es espectacular y lo sería más si el sol iluminara y permitiera disfrutarla. Recuperamos la calle principal y salimos de la ciudad para acercarnos, bajo el paraguas, a coger el coche que está en el parking.
VOLTERRA
Todavía no son las cuatro de la tarde y nos decidimos a continuar el turismo y llegar a Volterra, a pesar de que las circunstancias climatológicas no se presentan como las más propicias. Después de hacer unos pocos kilómetros bajo la lluvia, la situación parece adquirir tonos alarmantes, porque arrecia cada vez más y de repente notamos que es granizo lo que cae. Nos retiramos de la carretera a una pequeña área de descanso para esperar que amaine. Es una tormenta de las grandes y la lluvia fuerte nos aísla por completo en el interior del coche. Después de un rato en que la intensidad ha calmado, decidimos seguir el camino. Es bonito el paisaje aunque la carretera es pequeña, llena de curvas y en ascenso o tal vez por eso. Se hace un poco largo el camino hasta llegar, conduciendo con prudencia, a lo alto de la colina donde se asienta Volterra, en un momento que no llueve y en que las luces sobre el valle son adquieren unos tonos nada frecuentes y cargados de belleza. Aún alimentamos la esperanza de que la nube elija otro camino en su recorrido.
También aquí hay un parking a la misma entrada de la ciudad. Salimos y enseguida se alcanza la piazza dei Priori, con los grandes edificios renacentistas que en este momento no se pueden apreciar en una buena perspectiva porque hay unos andamios en el centro del bonito espacio seguramente preparados para realizar un graderío para los espectáculos que en verano se suelen ofrecer. Empieza a llover. No ha habido suerte y la amenazadora nube ha tomado también esta dirección, siguiendo nuestra ruta. Hacemos el recorrido turístico de esta ciudad bajo el paraguas.
Volterra es la capital por excelencia del mundo etrusco, en el que tenía el nombre de Velatri, y tiene el museo más importante sobre objetos de la civilización de ese pueblo indoeuropeo, anterior y superior en cultura al de los latinos pero vencido por las armas por estos. Nosotros paseamos por callecitas estrechas y tortuosas y llegamos junto a las murallas medievales. Abajo se distinguen muy bien las ruinas de un teatro romano que surge entre la vegetación, en una perfecta simbiosis de naturaleza e historia. Forma parte del Parque Arqueológico que tampoco visitamos. El teatro se construye en época de Augusto, al principio del s. I d C y no salió a la luz hasta mediados del siglo XX. Hay también un poco más lejos los restos de unas termas de un siglo o dos más tarde.
Compro por segunda vez el recuerdo de la escultura etrusca más famosa del museo Guarnacci, llamada con el poético nombre de “l´ombra della será”. Fue uno de los pocos adornos de la casa que ahora luce en la de los hijos en México. Siempre le gustó también a Assela. Es una representación de un joven, desnudo, que data de los siglos II o I a C. y que debe su nombre a lo alargado de la figura, que no le resta belleza, y si no, que le pregunten a Giacometti, que seguramente la conoce bien y posiblemente le inspiró. El museo está ya cerrado y siento no poder volver a visitarlo porque me impactó la vez que estuvimos aquí en el 95.
Volvemos hasta la plaza y vemos por fuera los edificios. El Palacio Pretorio, que fue la residencia del Capitán del Pueblo. Enfrente está el Palacio dei Priori, que es el más antiguo palacio Comunal de la Toscana, construido a principios del siglo XIII, con una estructura en forma de un rectángulo coronado por una alta torre de dos cuerpos con arcos y almenas en cada uno. En el primer cuerpo de la fachada tiene blasones de cerámica puestos desde el siglo XV por los magistrados florentinos que residían en el palacio como encargados de la Justicia. Detrás está el Duomo, con influencias pisanas en su construcción, pero no nos da tiempo de visitarla. Sólo pensamos en refugiarnos de la tromba de agua que empieza a caer.
El agua ha llegado y con fuerza. Nos metemos en un bar de la plaza a tomar un refresco y a ver un espectáculo inesperado que no entraba en los planes, cómo cae la lluvia con una fuerza enorme, que forma riadas en las calles y llena el ambiente de una gris oscuridad.
Cuando nos parece que ya no llueve con tanta intensidad, nos decidimos a bajar al cercano parking y sacar el coche para emprender el regreso lentamente hacia Florencia. No mucho tramo después la lluvia arrecia, y además nos metemos en una nube de niebla cerrada y contenemos algo la respiración mientras, sin pasar de 20 o 30 km vamos con toda la precaución por la sinuosa carretera, que está cruzada muy frecuentemente por verdaderas riadas que en algún momento son incluso de barro. Tenemos la impresión de que en algún sitio se puede producir un corte, si sigue lloviendo así. Pero finalmente, pasando por Poggibonsi, alcanzamos la autostrada y llegamos a Florencia.
Volvemos andando hasta casa y pasamos por la plaza de Santa María Novela, que está iluminada suavemente, una preciosa fachada recubierta lujosamente de mármol, como casi todas las demás iglesias de Florencia, con una gran plaza delante que ahora también está en obras.
Al pasar por el conjunto del Duomo, Baptisterio y Campanile podemos apreciarlo en toda su belleza nocturna, con un atractivo especial.
Intentamos volver al pequeño restaurante de Viola pero está cerrado. Descubrimos entonces una pequeña trattoria cerca de casa que se llama Zio Gigi, donde el precio, el ambiente, el trato y la calidad no están nada mal. Volveremos. Nos cuesta 75 euros a los cuatro y tomamos una buena sopa de minestrone y un segundo plato cada uno diferente.
El apartamento nos espera para reponer fuerzas para mañana.
AREZZO.
6 junio 2011, lunes
Acudimos al garaje con el plano en la mano y a pie. Hoy es el primer día que pagamos 20 euros por el parking y ya conocemos el camino de salida.
La primera etapa es la ciudad de Arezzo, a 75 km de Florencia, donde metemos el coche en un parking que se llama San Agustín, lo que indica que la iglesia que se encuentra a su lado, del siglo XIII, con un exterior austero, está dedicada al mismo santo. Arezzo, como otras ciudades que hemos visto y que seguiremos viendo, fue primeramente un enclave etrusco, que parece que no tenían mal gusto los etruscos al elegir la localización de sus ciudades.
Desde la plaza de San Agostino, -donde por cierto hay instalado en el día de hoy un mercadillo de esos que siempre me gusta recorrer, menos cuando se trata de una ciudad toscana que ofrece otros mayores y mejores atractivos y poco tiempo para ello-, alcanzamos el corso Italia, una importante vía que se cierra al fondo con una torre románica, la de Santa María, y caminamos un trecho por ella.
Esta ciudad es también muy bonita, del mismo estilo que otras ciudades de la Toscana, monumentales pero a la vez asequibles y vitales. En la calle por la que vamos hay tiendas de todo tipo, con modernos escaparates que se alternan con bellos portales de edificios, con puertas de vieja madera, vistosos llamadores y rematadas en arco de piedra de medio punto. Si levantas los ojos de vez en cuando ves preciosos balcones de reja, cubiertos de flores o las ventanas de librillo tan corrientes. De repente se ve una pequeña capilla en el muro de cualquier casa con una pintura de la Virgen con el niño, que todavía mantiene vivos los colores. Todas las casas de esta calle y en general de la parte antigua están pintadas en un tono amarillo en distinta gradación, con sus ventanas verdes, grises o marrones tan típicas en toda Italia. La calle es dominio del peatón, no tiene aceras porque no las necesita. Vamos a paso lento subiendo y observando todo con interés.
Torcemos a la izquierda buscando la basílica de San Francisco, del siglo XIII, de fachada igualmente sobria, no recubierta por mármoles como las grandes iglesias de otras ciudades toscanas pero donde se encuentra uno de los grandes tesoros de la pintura renacentista. La iglesia en su interior es de una sola y amplia nave, con decoración de pintura al fresco por todos los muros. En el altar mayor hay un gran crucifijo con S. Francisco besando los pies de Cristo. Pero lo verdaderamente interesante y para lo que hay que pagar entrada es la obra maestra de Piero de la Francesca que narran con una luminosidad y maestría admirables la Verdadera historia de la Vera Cruz. Se considera la obra maestra de este pintor y la llevó a cabo en dos etapas entre el 1452 y el 1466. Está pintada en lo que sería el coro de la Basílica, también conocida como capilla Bacci, una de las familias poderosas de la ciudad en esa época. El tema lo saca de una ingenua leyenda medieval, transmitida por Santiago de la Vorágine, a mediados del s XIII, que hace relacionar la madera con la que se crucifica a Cristo con el árbol que nació de la semilla que se puso en el paladar de Adan cuando fue enterrado. Otras escenas siguen reflejadas en los muros del coro, como las que suceden con la cruz a partir del cristianismo, la aparición del signo de la Cruz que le anuncia al emperador Constantino el triunfo sobre Majencio y la intervención de su madre, Sta Elena, para hacer venir la cruz a Roma.
Es una historia complicada que se debe seguir con las explicaciones pero, tras la restauración, se aprecia mejor la delicadeza y el buen hacer con el que este gran pintor la lleva a cabo, la maestría de los genios, en resumen. Resulta una visita muy interesante. Lo malo es que las cervicales se quejan de mirar hacia arriba y esta postura resta parte del atractivo.
El tema de la Cruz es por tradición y devoción un episodio eminentemente franciscano y su representación aparecía en otras iglesias de la misma orden, como en el coro de la famosa iglesia florentina que lleva este nombre, la Santa Croce.
En esta dirección se encuentra la explicación total del esquema iconográfico de las pinturas:
http://es.wikipedia.org/wiki/Leyenda_de_la_cruz_(Piero_della_Francesca)
Cuando salimos de la iglesia, que contiene otras muchas obras de arte, seguimos subiendo en este caso por la vía Cesalpino, paralela al Corso Italia, hacia la parte alta de la ciudad, hasta llegar a la plaza de la Libertad, contigua y comunicada con la plaza del Duomo. Allí aparece primero el Palacio del Comune, actual sede del Ayuntamiento, edificio en piedra que conserva trazos de su origen medieval, pero que fue remozado en los siglos posteriores, almenado y con una torre de tipo defensivo, que tiene un reloj y la campana en lo más alto. Originariamente fue el palacio dei Priori pero luego, a la par que reformas externas, tuvo distintos usos.
Hemos llegado a la parte más alta de la ciudad, la Piazza del Duomo. Enfrente está el Museo Pinacoteca que ahora anuncia una exposición sobre Giorgio Vasari, el preclaro hijo de la ciudad que deja en ella, aparte de su casa convertida en museo, los rastros de su arte como arquitecto. Fue también un pintor, no muy destacado por cierto, pero sobre todo es importante por haber sido un cronista de la vida y obras de pintores anteriores a él y contemporáneos, escrito de gran utilidad para los estudiosos del arte.
En lo que sería la acrópolis de la ciudad y donde parece que se levantó en tiempos un templo paleocristiano dedicado a San Pedro, se encuentra el actual Duomo, consagrado a San Donato, un mártir del siglo IV. Se construyó en varias fases, desde los siglos XIII al XV, con elementos más modernos, como la fachada principal, de comienzos del s. XX, y el resultado es un estilo neogótico. Se erige sobre un alto podio de escaleras, dividido en dos sectores y con el vértice rematado por el vistoso monumento al gran duque Fernando I, de la familia de los Médici, de 1595, realizado sobre un dibujo del escultor Giambologna
Quedan varias impresiones dignas de recuerdo tras la visita al interior de la catedral, como las coloristas pinturas al fresco de las bóvedas de la nave central, las vidrieras de las estrechas ventanas que presiden el ábside o la pintura también al fresco en el muro de la izquierda de una figura en tamaño grande de Maria Magdalena por Piero de la Francesca, de inconfundibles rasgos artísticos y que desde lejos se diría una escultura exenta.
Bajamos por la calle Ricasoli, dejando a nuestra derecha el Palacio de la Provincia y seguimos en dirección descendente. A un lado está el Prato, un atractivo parque público que contiene los restos de la Fortaleza que fue de los Médicis y donde se erige un gran monumento a Petrarca que se ve desde lejos. Por allí, en la calle del Orto, anuncian la casa de Petrarca y por la que caminamos nosotros, encontramos a la derecha un bello palacio, ante el que nos detenemos un momento para, además de contemplar su fachada, volver la cabeza y ver la bonita perspectiva del esbelto campanile de la catedral sobresaliendo de la masa verde de árboles. El edificio en cuestión es el Palacio Pretorio, ejemplo a la vez de arquitectura medieval y del Renacimiento, adornado con escudos y blasones adosados a la fachada. Hoy en día es la Biblioteca municipal. A su lado hay un patio porticado, tranquilo, al que me asomo y veo que algunas personas, ajenas a cualquier intromisión, trabajan concentradamente en una mesa bajo uno de los lados cubiertos.
Nos encontramos, adosado a un muro, un monumento en recuerdo y honor de Giorgio Vasari con una placa en la que está escrita la siguiente dedicatoria: A GIORGIO VASARI/ CON AFETTO Y ALTEREZZA/ LA PATRIA/MCMXI. En el espacio vacío que dejan las letras de piedra, se pueden leer múltiples grafitis con rotulador escritas por las anónimas e incívicas personas que no respetan lo público, género éste presente en todos los países.
Finalmente llegamos al corazón histórico de Arezzo, a la Piazza Grande, una de las más hermosas de Italia. Su contemplación cuando llegas a ella a través de una estrecha calle, te deja literalmente con la boca abierta de admiración. Este bello espacio dedicado a plaza tiene sus orígenes en el medievo, donde fue primero fue mercado. En el lado norte se levantaban originariamente el Palacio de la Torre Roja y el Palacio del Capitán del Pueblo, que fueron derribados en 1539 por orden de Cosme I de Médicis. La plaza, tal y como está actualmente, ofrece a la vista edificios que datan del siglo XIII hasta el XVIII, en una mezcla de estilos que le confiere un atractivo y encanto especial. Tiene forma trapezoidal y su superficie, en ladrillo rojo, atravesada por líneas blancas, de piedra caliza, material que enmarca el suelo en sus cuatro lados, forma un plano inclinado. Todos los primeros domingos de mes se celebra en ella y en las calles adyacentes una feria de Antigüedades que tiene fama más allá de la ciudad, pues se considera la tercera en Europa por su importancia.
También es este recinto privilegiado el escenario de la fiesta principal, la Giostra del Saracino, fiesta que, como en tantos lugares, surge de una evocación de la historia medieval de la ciudad en la que participan los cuatro barrios en los que se divide, cada uno con colores y banderas diferentes y con un cortejo de 300 figurantes vestidos con trajes de la época. Tiene lugar el penúltimo sábado del mes de junio por la tarde noche y el primer domingo de septiembre por el día. Debe de ser un bonito espectáculo, al que incluso hace referencia el mismo Dante en el principio del canto XXII del Infierno de la Divina Comedia.
En Arezzo teníamos que haber estado un día de Julio de 2002, en lugar de pasarlo en el hospital de Perugia, si Rafa no hubiera rodado por las escaleras de una casa de Todi la noche anterior. Por eso hoy nos viene a la cabeza la frase de Fray Luis de León, aquella de “decíamos ayer” después de pasar cinco años en la cárcel y queremos apropiarnos de ese espíritu y pensar que hoy es el día siguiente de aquel verano. En este precioso lugar nos inmortalizamos en varias fotos, como evocación.
En el lado norte, que es el más alto y por tanto domina la plaza, se encuentra la Loggia de Vasari, que ocupa toda la extensión y se erige para cubrir los huecos que quedaron tras el derribo de los dos antiguos palacios. Fue diseñado por este hijo dilecto de la ciudad en su faceta de arquitecto en 1573, un año antes de morir, y terminado, siguiendo sus planos, en 1595, por Alfonso Parigi. Es un edificio sobrio a la vez que una bella muestra del estilo renacentista en el corazón de la ciudad medieval, con un pórtico luminoso.
En el lado oeste hay tres monumentos distintos entre sí que forman un precioso conjunto. En un extremo resalta el ábside y la torre de la iglesia románica de Santa María della Pieve, cuya fachada principal la tiene por la calle contigua, el corso Italia. El ábside, de forma circular sobresaliendo en el muro que cierra las capillas laterales, con pequeños arcos lombardos, es original porque tiene dos hileras de arcadas en su parte superior, la última bajo el tejado, formada por pequeñas columnas. Es de estilo románico del siglo XIII.
Al lado de la iglesia está el Palacio del Tribunal, del siglo XVIII, al que se accede por una escalera semicircular adaptada al plano inclinado de la superficie. Inmediatamente a su lado se encuentra una de las obras maestras del Renacimiento aretino y uno de los más bellos de la ciudad, es la Fraternidad dei Laici, la Hermandad de los Laicos, que primero se llamaba la Fraternidad de Santa María de la Misericordia, constituida en 1262 por un grupo de aretinos dirigidos por los Dominicos que tenían por misión ayudar a los pobres, curar a los enfermos y sepultar a los muertos. Tuvo mucha importancia en la ciudad durante siglos, hasta el punto de construir este edificio en el siglo XIV que se terminó en el siguiente para sede del Supremo Magistrado de la Fraternidad. Aúna dos estilos artísticos en su fachada, la mitad baja es del gótico y la mitad alta del renacimiento. En el diseño de la fachada también colaboró Vasari y en 1552 Felice da Fossato realizó el famoso reloj que alberga el campanile, uno de los más antiguos de Italia, que indica las horas, los días, las fases lunares y el movimiento del sol y que está rematado en una atalaya con campanas.
En el lado sur de la plaza, entre las casas, todas ellas armónicas con el conjunto, se destaca el palacio Cófani-Brizzolari, del siglo XIV, pero cuya torre, terminada en almenas, es del siglo XII.
En el lado este, junto a las casas con balcones corridos de madera y de los adornos que en todas las fachadas de la plaza suponen los escudos de vivos colores, destaca el palacio Láppoli, con la esbelta y bonita torre toscana a su lado. En el centro de la plaza se conserva todavía una fuente pública y en otro extremo un pozo, adornado con techo a dos vertientes, que evoca al colocado aquí en el siglo XV.
Después de saborear la armonía de los cuatro lados de la plaza, salimos por el lateral de la iglesia de Santa maría de Pieve, por la Via de Seteria, para admirar su original y bella fachada. La iglesia original se empieza a construir en el siglo IX y se termina su fachada en el XIII, en pleno románico pero en un estilo propio de las ciudades de Pisa y Lucca. El efecto es muy original y recuerda a la torre inclinada de Pisa pero en plano recto. La parte inferior tiene cinco arcos de medio punto ciegos donde se abren las tres puertas pequeñas de entrada. Por encima tiene tres filas de arcos sostenidos por columnas cada vez en mayor número. En los dos primeros pisos sostienen arcos y en el tercero el entablamento es recto. El campanario es el más alto de la zona y se conoce por el de las cien ventanas ya que está horadado por muchas ventanas ajimezadas, arqueadas y separadas por una columna.
No entramos a visitar la iglesia, que como otras de la ciudad, nos quedamos sin ver, a la espera de una nueva ocasión. Sí nos detenemos algo ante una fuente con blasones que hay enfrente de la iglesia, en los bajos del palacio Albergotti, actual archivo municipal.
Queda también pendiente un museo Arqueológico con interesantes piezas de cerámica griega que hubieran hecho mis delicias poder incluso fotografiar. Tampoco hemos visto la reproducción de la escultura de la Quimera, que lleva como apellido el nombre de la ciudad, con lo que contribuye a su fama, otros museos anunciados en la publicidad… En fin, con pesar por no tener más tiempo para la visita, reemprendemos la vuelta por el corso Italia hasta recuperar el coche del garaje y seguir camino a la siguiente etapa.
ASIS
Según el navegador nos quedan 102 kilómetros para llegar a esta bellísima ciudad, conocida en el mundo entero y centro constante de peregrinación de gentes de todas procedencias. El camino lo hacemos por carreteras de segundo orden, lo que permite disfrutar mucho más de los paisajes de la conocida zona de la Toscana y de la Umbría, región a la que entramos hacia la mitad del trayecto. Cuando todavía nos indica el navegador que faltan varios km para llegar, ya aparece la silueta inconfundible de la ciudad, ensamblada en la pendiente del monte, formando una irregular mancha rosa en la que sobresalen torres y cúpulas, rodeada de murallas y dominada por el bien conservado castillo que se levanta en lo alto del monte, dando la clara impresión de que estamos ante una ciudad medieval.
Asis es una ciudad que ha tenido importancia en todos los momentos de su historia, desde la Edad del Hierro y la época prerromana. Bajo el imperio y convertido ya en municipio romano, era un centro de comercio y referencia en todo el territorio colindante. Estuvo luego sometida por los godos, reconquistada por los bizantinos y de nuevo en poder de los longobardos hasta caer bajo el dominio de los duques de la cercana Spoleto. Desde el año mil se renace la política y la cultura en la ciudad. En el siglo XII toma partido por los gibelinos y se enfrenta con Perugia y contra un poder más temido, el de Barbarroja. En este momento, 1198, nace Francisco, el que será el más ilustre hijo de Asis, y también nace Clara, cuando la ciudad pertenece ya a la iglesia, después de luchas intestinas entre las familias dominantes. Tal vez fue esta dependencia una premonición del papel que la ciudad va a jugar en el futuro como centro de espiritualidad.
En estas ciudades monumentales lo primero es buscar el parking disuasorio en los alrededores porque su contorno histórico está sólo reservado al paso, escaso, de vehículos de los habitantes habituales. En esta ocasión hemos subido a lo alto de la ciudad en su parte este y hemos entrado por una puerta del recinto amurallado.
El objetivo primero es buscar un lugar donde comer a unas horas tardías ya para el país y emprendemos la bajada hacia la plaza central. Es imposible sustraerse, no obstante, de la belleza de lo que nos rodea. Primero vemos en lo más alto el castillo, de blanca piedra llamado la Roca Maggiore, o Castillo mayor, mandado rehacer a partir de una fortaleza anterior por un cardenal en la segunda mitad del s XIV, como defensa y baluarte del poderío militar de la iglesia. El hecho de que se lo nombre Castillo Mayor indica que hay otro llamado Castillo Menor, en sus cercanías. Pero ahora tenemos que pasar y conformarnos con su visión desde abajo.
Entre las casas populares llegamos a la explanada que hay delante de la catedral de San Rufino y hay que parar un momento a contemplarla porque tiene una fachada preciosa. El campanario y el cuerpo de la iglesia forman un conjunto magnífico, dentro del estilo románico pero muy particular. La fachada se compone de tres cuerpos divididos verticalmente, por pilastras adosadas, y horizontalmente por una hilera de columnas en una pequeña galería porticada, estilo pisano, entre los dos primeros y otra hilera de ménsulas formando una greca. Abajo hay tres puertas de entrada, con figuras en los tímpanos y en el segundo cuerpo tres rosetones rodeados de figuras, el del centro de mayores dimensiones. El último cuerpo es triangular, siguiendo el tejado a dos aguas y en él se marca un arco ojival ciego que es la culminación de las pilastras y en el que tal vez estaba proyectado colocar un mosaico. La torre campanario, cuadrada, pertenecía a una iglesia del siglo XI y sobre su base se levanta el actual con ventanas ciegas salvo las del último piso y un gran reloj en la parte baja.
Allí mismo, en la plaza a la que da la iglesia, hay una fuente con seis caños que salen de la boca de sendas cabezas de león. Una chica está sentada encima del brocal de la pileta, alargada y estrecha.
En ese descenso admirando la arquitectura medieval de las casas bien conservada llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento o de la Cisterna, el centro y núcleo de la ciudad. Entramos en una trattoría pequeña y acogedora, con una camarera agradable que nos ofrece el menú del día, una más que aceptable comida, a precio asequible, y acabamos casi solos en el local, porque es uno de esos establecimientos que se cierran por la tarde, después de repartir comidas al medio día
En la plaza, rectangular hay varios monumentos que requieren la atención y después la admiración. Sobresale entre todos el bien conservado templo romano de seis columnas estriadas, elevadas sobre un podio que salva un desnivel superado entre ellas por escaleras, que tienen capiteles corintios y sobre ellos entablamento y sobrio tímpano. Es el Templo de Minerva, del siglo I, que ahora está incorporado a un templo cristiano, cuya torre se levanta a su lado, para formar, en una simbiosis perfecta la nueva iglesia de Santa María sobre Minerva, como también ocurre en Roma, pero no de una forma tan clara como aquí.
Enfrente está el Palacio del Capitán del Pueblo, de finales del siglo XIII, de blanca piedra, tres plantas y rematada en almenas. En el mismo lado y frente al templo está el Palacio de Priori, hoy el Ayuntamiento y en el edificio contigo está la Pinacoteca de la ciudad. Lo que no puede dejar de verse es la Fuente que está en un extremo de la plaza donde se colocó en 1762. Tiene una pila hexagonal y sobre ella tres leones, sentados sobre sus patas traseras, que derraman el agua por sus bocas. Desde la pila grande surgen otras dos pilas más pequeñas y en disminución y toda la fuente está colocada sobre un podio protegido por una pequeña reja que une entre sí unas cortas columnas de granito.
Allí cerca hay una entrada, que recientemente la han decorado con un mural en el arco superior, que figura en estilo moderno el nacimiento de un niño en el contexto de la ciudad de Asis pero queriendo evocar el nacimiento de Jesús, pues una mula y un buey asoman en un lado del supuesto portal, y que hace años no estaba así, debajo del cual en letras mayúsculas dice lo siguiente:
“Scendi le scale e troverai l´ostello dove nacque Francesco il Poverello”. Allí, bajo el arco de entrada, fotografiamos al antiguo alumno franciscano y al tocayo y devoto de Francisco. Se trata de una pequeña capilla conservada en el lugar donde se levantaba la casa paterna de la familia del santo y por tanto donde nació.
Nos dirigimos por una calle muy comercial que lleva hacia una de las entradas de la población, con casas de dos y tres pisos de la categoría de una ciudad, y en el deambular entre tienda y tienda de recuerdos y atractivos productos, nos paramos en una en la que una mujer empleada, como reclamo de ventas, borda, en su máquina de coser, en el mismo instante en que lo encargas, el nombre que se le pida en baberos, delantales u otras prendas que se compren en ella. Nuria tiene la idea de encargar un babero para Martin “non nato”, al que le harán llegar sus abuelos la protección del santo en forma de “recoge babas” comprado en su ciudad. Muy buena idea que nosotros compartimos pero no la llevamos a cabo por falta de protagonista.
La calle se abre en una plaza y aparece ante nuestra vista la Basílica de Santa Clara, iluminada a estas horas de la tarde por un sol claro y brillante como un potente foco. Fue edificada a mediados del siglo XIII. Su estilo podría encuadrarse en el gótico italiano pero con influencia franciscana, de líneas sobrias. La fachada está compuesta de filas que alternan la piedra blanca con la rosa. Espero que la idea del arquitecto no fuera darle un toque femenino al lugar… En el centro se abre la puerta de entrada, con arco de medio punto y por encima de ella, en el segundo cuerpo un enorme y sencillo rosetón y, en el tercer cuerpo triangular, separado por una línea de ladrillos sobresalientes, un círculo de tamaño menor. A un lado tiene unos enormes contrafuertes compuestos por arcos rampantes, que fueron añadidos el siglo siguiente, para darle estabilidad a la iglesia. El campanario de base cuadrada, con ventanas en los muros, termina en puntiagudo pináculo.
Entramos a visitarla y nos encontramos en una capilla aneja a la única nave, la Capilla del Crucifijo, el mismo que habló a San Francisco al principio de su conversión. Otras obras artísticas podemos ver, como una Tabla que representa a Sta Clara rodeada de escenas de su vida. No bajamos a la cripta para ver sus restos, que fueron encontrados en 1850 bajo el altar y ahora se exponen en urna de cristal. Si se presenta ocasión, leeremos su edificante vida, que discurre a la par que la del que fue su ejemplo y guía, su paisano Francisco. Fue una mujer de vida ejemplar y reconocida hasta el punto de ser canonizada dos años después de su muerte, cosa insólita antes de la llegada de Juan Pablo II.
http://www.franciscanos.org/santuarios/bellucci3.htm
donde se puede encontrar mucha información complementaria de este lugar y de la ciudad entera como centro franciscano
Al salir de la iglesia nos detenemos un poco en la plaza que se abre delante de ella, que es un magnífico lugar desde todos los puntos de vista. Desde el detalle de una preciosa puerta de una casa tipo palaciego, adornada con buena madera, greca de hierro forjado y sólido almohadillado en su contorno, con una bonita leyenda en lo alto que dice: UBI DEUS, y al otro lado del adorno central sigue IBI PAX, hasta la visión magnífica que, desde el mirador que la cierra por uno de los lados, se puede contemplar de parte de la ciudad de Asis y de la campiña umbría. Girando la cabeza hacia la izquierda se yergue el convento de las clarisas. Al frente vemos los campos y árboles con un escenario de suaves colinas al fondo y volviéndonos hacia la derecha, al núcleo urbano, se ven las torres de varia iglesias, la primera la de Santa Maria Mayor, que se levantó también sobre un templo romano e hizo las veces de catedral hasta que se construyó S. Rufino. Su campanario es del siglo XIV y fue el lugar donde fue bautizado Francisco. Algo más al interior se levanta otra torre de color rosa y estilo barroco que pertenece a la Chiesa Nuova. Sigue la de Sta María Minerva, y su cúpula y dando la vuelta en 180 grados, mirando al otro lado, distinguimos primero los dos castillos en lo alto y más al extremo, reconocemos ahora con perspectiva, por encima de las casas que forman la calle, la gran cúpula renovada de la iglesia de San Rufino, rematada en color verde, que destaca en altura sobre el resto.
En medio de la plaza hay una fuente grande y sencilla, a la que confluyen las líneas blancas del pavimento también recientemente remozado. De repente vemos salir de la iglesia de Sta Clara cuatro monjas jóvenes, con sus hábitos negros y discreta cofia blanca con corta toca. En estos tiempos de turismo joven pero que visten, sobre todo ellas, uniformemente semidesnudas en el verano, choca ver un grupo de religiosas, incluso en Asis.
Tomamos la calle de Sant´Agnese en lugar de volver por la que lleva de nuevo a la plaza y damos un largo paseo y también rodeo por la parte baja del pueblo, viendo, al menos nosotros, otros aspectos que no conocíamos. Pasamos por una pequeña capilla, el Oratorio de San Leonardo, en cuyo exterior es bien visible un fresco protegido por un alero con pinturas religiosas que se remontan al siglo XV y que representan las obras de misericordia. Vemos bonitas casas de ventanas góticas a las que no les faltan sus macetas con vistosas flores. Continuamos cuesta abajo hasta la Vía Fontebella, nombre que hace honor, en verdad a una bonita fuente llamada Marcella, del siglo XVI, también con cabezas de león de donde salen los chorros de agua, separadas por triglifos y con una taza rectangular con blasones de adorno en su frente. La fuente ofrece un buen escenario para el recuerdo fotográfico.
Mirando hacia el campo, al otro lado de la calle, la vista sigue siendo extraordinaria. Seguimos por la larga calle donde uno se encuentra detalles artísticos y otros menos artísticos, pertenecientes al aspecto anecdótico de la vida, como el escaparate de una tienda de ultramarinos en la que un cartel bastante grande anuncia en letras escritas a mano pero en mayúsculas que se venden “cojoni di mulo” a 1,79 euros ”l´etto”. En otro cartel mucho más pequeño a su lado se anuncian “Baci di Assisi”, bastante más caros por cierto, a 7,50. Nos quedamos sin saber en qué consisten uno y otro.
En muchas casas hay placas de cerámica en la pared con motivos religiosos, la cruz de S. Francisco o la Madona con el Niño, en distintos tamaños. Las flores nos acompañarán a lo largo de todo el recorrido. El último tramo toca subir la cuesta. En la puerta de una tienda vemos una escena distinta, a un peregrino hablando con el probable dueño del establecimiento y es fácil intuir la verdadera personalidad del primero porque va vestido con un sayal de ruda tela, un cinto alrededor hecho de cordones, una especie de rosario que le cuelga, sandalias muy sencillas, un rústico bastón que agarra con ambas manos y sobresale hasta la altura de su cara y lleva luengas barbas. Se diría un monje pero de los del tiempo de San Francisco, cuando predicaba la pobreza y la humildad que pronto se relajaron en la orden.
Llegamos finalmente a la meta por la que tal vez deberíamos haber empezado, a la plaza inferior de la gran basílica de San Francisco, que se levanta majestuosa en uno de los extremos de la ciudad, sobre la colina llamada del Paraíso. La descripción de las tres iglesias, la de abajo, la cripta donde se contienen los restos del santo y la basílica alta, darían para muchos folios y ese trabajo está ya bien realizado en los múltiples libros y guías que sobre él se han escrito. Podemos hablar de nuestra impresión, siempre positiva y, cada vez que hemos venido, más. Hay algo en la atmósfera que trasciende la normalidad, que contagia un clima especial probablemente compuesto de la fe de los millones de visitantes que visitan este templo.
En el interior de las tres iglesias hemos visto con detalle la serie de vidrieras que narran historias religiosas y pinturas de los más grandes maestros como Cimabue, Giotto, Simone Martini, Pietro Lorenzetti y otros, los más grandes del primer Renacimiento italiano. Se concentran en los muros de las iglesias una cantidad grande de obras maestras, cada una de las cuales requeriría un buen rato de contemplación. Con ocasión de un terremoto que hubo en la zona a finales de los años noventa, se destruyeron buena parte de las pinturas de Giotto sobre la vida de San Francisco que, por fortuna, han sido reconstruidas con arte.
Al salir podemos deleitarnos a esta hora del atardecer en el aspecto arquitectónico del inmenso conjunto gótico, la fachada de piedra blanca, de tres cuerpos, como la de Santa Clara, con un inmenso rosetón en el central, la torre detrás, el precioso portal de entrada en el centro del cuerpo bajo, que forma un arco ojival con arquivoltas, dividida por una columna en dos pequeñas puertas de arcos polilobulados, con un pequeño rosetón ciego en el medio, el gran espacio liso en piedra delante de la iglesia y la superficie mayor aún de un prado que permanece siempre verde, con un césped cuidado, rodeada de aligustre haciendo de pequeño muro y con la palabra PAX formada por el propio seto en el centro, bajo una cruz hecha de vegetal. Al final de esta bonita pradera hay una escultura en hierro de un jinete que baja la cabeza a la vez que el caballo sobre el que monta.
En un bonito bar y a la vez tienda de pasteles que está enfrente de la basílica, nos invita Paco a tomar un refresco y un dulce. Desde la terraza, en ese momento vacía, descubrimos un encuadre perfecto para fotografiar la basílica, a través de un marco de flores amarillas y hojas verdes. Luego seguimos por la vía S. Francesco, que luego cambia de nombre, y que conduce de nuevo a la plaza del Ayuntamiento. Está flanqueada de importantes y monumentales edificios, uno de ellos la Biblioteca Municipal, que está dentro de un Palacio En el lado izquierdo vemos calles que suben hacia la parte alta, algunas por escaleras de las que no se ve el fin. Hacia la mitad de una de ellas, en que las escaleras están bordeadas por un espacio de tres baldosas rojas, una señora ha sacado su sillón de mimbre al pequeño rellano que queda delante de su puerta para tomar la fresca, como se decía en los pueblos cuando aún era posible hacerlo. Otras calles suben con una fuerte inclinación. Por una de estas tuerce una abuela que empuja el cochecito con su nieto. A esta señora hay que darle el doble de mérito que la mayoría de las sufridas abuelas actuales, porque además tiene que tener una preparación física cuando menos de atleta profesional, para poder llegar a su casa.
Hay que mirar por todos los sitios, para no perderse la ventana gótica, la pequeña fuente adosada al muro, el almohadillado que rodea una puerta de entrada o la pintura conservada en un lienzo de muro. Entramos en el Oratorio de los Peregrinos, adornado con restos de pintura al fresco bajo un alero que las protege. En el rincón que forma la casa contigua, que tiene una placa donde se dice que es una “Casa de Ospitalita, María Inmaculada” de las hermanas franciscanas, ya no cabe una flor más en sus muros.
Pasamos ante una casa que tiene un pórtico de siete arcadas y unos arcos rebajados compuestos de dovelas que alternan el color blanco con el rosa; en el interior hay restos de pinturas muy deterioradas. Un poco más adelante está la Fonte Oliviera, del mismo estilo arquitectónico que las otras, con la pila rectangular.
Pasamos por un arco donde la calle cambia de nombre para ser la Via Portica y de allí alcanzamos pronto la plaza del Ayuntamiento. El sol sigue iluminando el templo de Sta María. La atravesamos y ahora toca subir la calle que antes bajamos. Entramos en un super para tener algo para cenar en el apartamento. Al llegar ante la fachada de San Rufino, aún luce mucho más, con el sol iluminando la bonita fachada. A partir de aquí cambiamos el recorrido y por unas callecitas pequeñas, encantadoras y llenas de flores, en uno de cuyos rincones Paco no puede resistir la tentación de arrodillarse ante Nuria caballerosamente y comprobar que la fe en su santo patrón ha obrado el milagro de que no se resiente del dolor de rodilla al hacer tan galante movimiento.
Recogemos el coche del estacionamiento y bajamos hasta la parte baja donde se levanta la Basílica de Santa María de los Ángeles, que se creó para contener en su interior la famosa y pequeña iglesia de la Porciúncula. Ya es tarde y los puestos de artesanía están cerrando. Yo les aguardo fuera con el coche mientras ellos entran al interior del gran templo con su enorme cúpula que se distingue desde los alrededores. Nos ha costado un poco llegar porque allí hay una Estación Ferroviaria de la vía Roma-Florencia.
Cuando volvemos hacia la autopista, pasamos por las orillas del lago Trasimeno, ese nombre que los del bachillerato del 57 tenemos asociado al guerrero cartaginés, Anibal, y su expedición con elefantes, cuando atravesó de norte a sur Italia, librando algunas batallas que nos obligaban a retener de memoria, Tesina, Trebio, Trasimeno y Cannas. Aquí delante tenemos el gran lago en cuyas orillas se debió de librar esa batalla. La cultura asociada a la geografía es un cóctel casi perfecto.
FLORENCIA
Después de dejar el coche en el garaje ya en Florencia, decidimos volver a casa por un camino distinto, por las orillas del río Arno, viendo el perfil de las casas e iglesias del lado contrario reflejándose en sus aguas. La luz crepuscular da unos tonos especialmente bellos a esta parte, hasta llegar al Ponte Vecchio. Al llegar allí, vacío a estas horas, torcemos hacia la plaza de la Signoría. Ya es completamente de noche pero la iluminación que dan los italianos a sus monumentos es casi perfecta, para resaltarlos sin abrumar, creando una atmósfera especial. La misma sensación aunque ya conocida, es la que se siente al pasar por el Duomo, ya totalmente de noche.
Ha sido un buen día entre la Toscana y la Umbría.
7 junio 2011, martes
PISA
Es el tercer día de que disponemos coche y ha amanecido lloviendo pero tenemos que hacer la excursión, porque ya está pagado el alquiler. No hay modo de coger un taxi para llegar a la calle Ognisanti y ganar tiempo. El camino lo hacemos por otro recorrido siguiendo la intuición de Nuria y, pasando por calles céntricas en donde las elegantes tiendas de ropa y calzado empiezan a abrir, alcanzamos la calle desde el principio. En efecto, llegamos en un tiempo similar al de los otros días. Hay que mostrar un espíritu animado a pesar de que las perspectivas climatológicas no auguran un día claro. Nuestra ruta nos lleva hoy al oeste, a la ciudad de Pisa. Estamos a unos cien kilómetros y hay dos caminos posibles. Elegimos la autoestrada que no es de peaje y en poco más de una hora nos encontramos buscando un parking en la ciudad.
La lluvia hace acto de presencia aunque no es una invitada bien recibida pero en su compañía iniciamos la visita al centro de la ciudad, al núcleo histórico, moderno y medieval de Pisa, lo menos conocido de la ciudad ya que el sólo nombre se empareja inconscientemente a la Torre inclinada. Tenía ganas de conocer esta parte de la que me habían hablado muy bien y que en verdad tiene mucho que admirar, aunque no nos dará tiempo de profundizar.
Tenemos que preguntar a una persona por el camino porque nos falta un plano y nos dirige hacia el Corso de Italia, calle central en el corazón de la ciudad que nos conduce directamente hasta el río Arno. Allí, en el Puente de Mezzo, nos paramos para contemplar el Lugarno. El panorama es muy bonito porque las casas o palacios que dan al río forman un conjunto homogéneo, armonioso que da gusto contemplarlo. El río viene muy crecido y de color marrón, probablemente más que otras veces debido a las lluvias de estos días.
Llama la atención una gran pintada en el muro de contención que se lee fácilmente desde lejos, en destacado color blanco que dice lo siguiente: “CONTRO LA PRECARIETÁ, LA NOSTRA RABBIA. QUE SE VAYAN TODOS” Nos choca este final en español y pensamos que debe de haber sido escrita recientemente como consecuencia de los movimientos producidos en España en el mes de mayo.
A un lado del río, por el que venimos, está la plaza del XX de Septiembre y al otro la plaza de Garibaldi. En la primera me llama la atención un edificio con una loggia que podría ser un monumento y que, acristalada, es un escaparate de zapatos. Eso también es simbiosis y curioso ejemplo de la huella que el arte deja en el comercio.
Pasamos el río y entramos en el barrio de San Antonio. En la plaza contemplamos la inevitable estatua de Garibaldi, sobre cuyo pedestal reposan ahora unas estructuras de madera y a su lado una señal de tráfico en un ambiente de cierto descuido o preparación de una obra. En una terraza que con el buen tiempo estaría llena de gente, las mesas y sillas están protegidas de la lluvia por las sombrillas abiertas. La gente camina deprisa bajo el paraguas o en bici pero bien cubiertos por chubasqueros.
Entramos en el casco medieval de la ciudad, una calle peatonal con soportales en ambos lados. Puede ser el Borgo Stretto. En el espacio de la arcada de la derecha, que da a la plaza, hay un relieve colgado en la parte semicircular que parece de madera y representa a la Virgen con el Niño enmarcada en una moldura de estilo renacentista que tiene la forma de dos angelotes. Caminando bajo los arcos nos perdemos la contemplación de las fachadas de esta comercial calle peatonal pero dejamos de lado el paraguas. Hay animación en las tiendas y de vez en cuando el espacio se abre en una zona más ancha. Torcemos a mano izquierda siguiendo la dirección que nos va a llevar a la Piazza dei Miracoli y nos topamos antes con la segunda Piazza en importancia de la ciudad, la Piazza dei Cavaliere, un amplio y bello espacio situado en el corazón del barrio de Santa María, en donde se encuentra el distrito universitario. Tiene forma redonda y el espacio actual era el que ocupaba el foro romano de la antigua ciudad, allá por el siglo I a C., cuando era importante ya como puerto comercial. En la Edad Media, siendo la ciudad un estado independiente, la plaza era el centro político y se la llamaba la de las siete calles pues este número de vías confluyen en ella. Entonces los edificios que la componían eran otros, adecuados a las necesidades de su historia en aquellos convulsos tiempos. Actualmente se conservan edificios renacentistas del siglo XVI, construidos bajo el gobierno del famoso Cosme I de Medici, gran duque de Toscana. A él se debe el nombre que tiene actualmente pues la transformó en la sede de la Orden Militar de los Caballeros de Santo Stefano, la iglesia que da a la plaza, orden constituida con el fin de proteger las costas de Toscana de los turcos y piratas. Fue el arquitecto y pintor Giorgio Vasari, conocido por nosotros en Arezzo, su patria, el que recibió del gobernante la misión de restaurar por completo la plaza, reconstruyendo y modernizado alguno de los edificios. Actualmente en todos los ángulos de la plaza está pintado el escudo de la Orden, una cruz griega roja sobre fondo blanco.
El Palacio medieval de los Ancianos fue transformado en Palazzo della Carovana dei Cavalieri, sede central de la Orden. Es un enorme palacio con una majestuosa escalinata a dos rampas que conducen a la puerta de entrada, y que se basaba en otra diseñada por el gran Miguel Ángel. Encima de la puerta se abre un adornado balcón coronado por el escudo de armas de los Medici, ya que Cosme I fue nombrado gran Maestre de la Orden. El resto lo componen unas ventanas rectangulares enmarcadas en piedra. Toda la fachada está decorada con diseños de grafito con elementos geométricos y figuras alegóricas además de escudos de armas. En el piso penúltimo se ven tres bustos de mármol a cada lado metidos en elegantes nichos que representan a otros grandes duques toscanos de la dinastía Medici.
Actualmente el magnífico Palazzo alberga la Scuola Normale Superiore di Pisa, fundada por Napoleón Bonaparte como una universidad de elite, basada en el modelo académico de la École Normale Superieure de París.
Al lado de este palacio está la Iglesia de Santo Stefano dei Cavalieri, también diseñada por Vasari, con una bella fachada de mármol que se terminó años más tarde. No entramos en su interior aunque contiene buenas obras de arte pero… será en otra ocasión.
Delante de la escalinata, en la misma plaza, se erigió a finales del siglo XVI una fuente y detrás de esta una estatua de Cosme I, vestido con el uniforme de gala de Gran Maestre de la orden de los Caballeros.
Otro de los edificios que contribuyen al adorno de la plaza es el antiguo palacio de la Cancillería, hoy convertido en el Palazzo del Consiglio dei Dodici, (el Consejo de los Doce), que era la sede de los tribunales de la Orden de Caballeros, regidos por doce miembros de la orden. Es de los últimos años del siglo XVI. Es un edificio de tres plantas y lujosa puerta de entrada enmarcada en columnas de mármol blanco, del mismo material que las balaustradas de las ventanas del piso principal. Tiene inscripciones en latín. La que está encima de la puerta dice: EQVESTRI IVRI IVCUNDO, que contiene la palabra ius, iuris, justicia, y en el friso superior la inscripción es más larga y lo que me choca es que estos duques de Toscana se consideran y así lo escriben, reyes de Etruria, enlazando con la antigua y brillante civilización de los etruscos, asentados en esta zona.
Un edificio contiguo a este Palacio fue el único que no perteneció a la orden de los Caballeros y servía para alojar a los estudiantes de la antigua y prestigiosa universidad de Pisa. Tiene frescos en la parte superior de la fachada que aún se pueden apreciar.
Finalmente destaca el Palazzo dell´Orologio, el Palacio del Reloj, que, como es fácil imaginar, debe su nombre a un notorio reloj que inicialmente estaba situado en el campanario. El edificio conserva todavía frescos que adornan la fachada que data de principios del s XVII. Hoy es una dependencia más de la Universidad, la Escuela Superior de Santa Ana, especializada en medicina, derecho economía e informática.
Seguimos nuestro camino y pasamos delante de una de las iglesias románicas seguramente menos importantes de Pisa, de la que vemos la nave con arcos lombardos y la torre, en sencillo ladrillo. Está dedicada a San Sixto. Por una calle, en la que ya hay signos externos de la cercanía a la zona más monumental, por los puestos de recuerdos y las terrazas ahora vacías a causa de la lluvia, llegamos a la Piazza dei Miracoli, ese conjunto de obras que le dejan a uno mudo de admiración.
El nombre tan expresivo, Los Milagros, se lo puso el poeta italiano Gabriele D´Annunzio, al lugar que se llamaba Piazza del Duomo. El conjunto arquitectónico religioso compuesto por el Duomo, El Baptisterio, El Campanile y el Cementerio es uno de los más sobresalientes de Europa.
Los cuatro tienen las mismas características: están construidas en el siglo XII estilo románico pisano, adjetivo que ha adquirido carta de naturaleza y se aplica a otros monumentos similares del norte de Italia, en mármol blanco y en ellas la arquitectura y la escultura, así como otras manifestaciones artísticas, como mosaico, pintura, relieve y bronce, casan en un equilibrio perfecto, integradas además en esa cuidada pradera verde intenso que las enmarca y contiene. Verdaderamente es un lugar precioso.
Allí nos dirigimos en este día de impermeables y paraguas y entre muchísima gente que visita, admira y se hace fotos ante los tres monumentos principales, pero especialmente intentando salir en la acción de sujetar la torre para que no se caiga, atracción inocente a la que no mucha gente se puede sustraer. Los datos técnicos, cronológicos, anecdóticos acerca de su construcción, reparación e historia se pueden encontrar en cualquier página de internet. Yo hablo de la impresión estética creada desde mi persona como espectadora y lo que tenemos enfrente, que debe de ser algo así como la “religión”, -palabra que viene de ligare, unir-, un lazo invisible, subjetivo e indefinible pero que da satisfacciones y alimenta el espíritu.
Indudablemente la prosperidad de la ciudad de Pisa en aquellos siglos, como centro comercial y marinero, quedó de manifiesto con la construcción de este conjunto y lograron su objetivo de ser admirados, no sólo entonces, sino a través de los siglos por sus obras.
También nosotros, Paco y yo, hacemos fotos, buscamos el ángulo desde dónde se nota más la inclinación de la torre, nos alejamos para recoger el conjunto en su totalidad, le damos la vuelta a los edificios y observamos su exterior pero no hay tiempo para mucho más. También son muy decorativas unas viviendas pequeñas que hay al lado del cementerio, pintadas en colores vivos, amarillo, mostaza sobre las que se recorta la silueta de la columna rematada con la loba y los gemelos, instalada en el centro de la pradera.
Por el lado contrario, el más cercano a la ciudad, donde está el Museo de la Simonie, y otros edificios en piedra o ladrillo, hay colocadas en hilera multitud de tiendas portátiles llenas de objetos tentadores, que hoy están protegidos bajo los toldos. La gente camina delante de ellos como en una procesión, cual si fuera una obligación añadida a la de hacerse la foto delante de la Torre.
Nosotros nos paramos delante de una parada de taxi a la espera de que venga alguno y nos restituya a la plaza donde está el parking.
Seguimos el viaje con la intención de comer en Lucca pero aquí yo cometo el mayor de los errores como conductora y como esposa desobediente, porque no sigo las recomendaciones del portavoz del navegador, que es Rafael y sí en cambio otras que veo en la calzada con toda claridad que marca Lucca. En cambio la salida a Lucca, que indudablemente la tenía, está tan mal señalada, al final de una lista de lugares cuando el que verdaderamente marcaba para salir era otro, que no estamos acostumbrados a descifrarla. Resultado final, que en vez de 34 km hacemos más de cien para llegar a Pistoia a comer a una hora tardía. Lo siento mucho, ha sido una equivocación.
PISTOIA
Al final y aún a riesgo de hacerme merecedora de una multa por exceso de velocidad, llegamos dando ese enorme rodeo a Pistoia, una pequeña ciudad también monumental, cuyo centro histórico es de una gran belleza pero queda eclipsado por la cercanía de Florencia que asume el papel protagonista. Por eso, descubrir ciudades como Pistoia o Lucca es una especie de privilegio o una suerte. Nosotros conservábamos un buen recuerdo de hace casi diez años, cuando la visitamos una tarde de julio en que cenamos allí y paseamos en un ambiente de animación y vitalidad contagiosa. Fue una ciudad de orígenes romanos y que, como otras, prosperó en la Edad Media, momento en que se construyeron muchos de sus famosos monumentos, para pasar luego al dominio de los Médici, en el siglo XV, que la rodearon de las murallas que aún se conservan.
Aparcamos relativamente céntricos y nos acercamos hacia la Piazza del Duomo para buscar un sitio donde comer. Nos sentamos en una mesa de una pequeña terraza de un restaurante que se llama “La nueva Praga” en la plaza donde se instala el mercado de frutas y verduras. Enseguida nos acordamos que casualmente fue el mismo lugar donde cenamos hace años pero entonces tenía otro nombre y era una trattoría italiana. Es una plaza de construcciones populares, en tonos amarillos, con ventanas sencillas y a estas horas de principio de la tarde, los puestos están tapados con unas lonas pero se mantienen los tenderetes. En el centro de la plaza hay un bonito pozo, con un sencillo puteal, bordeado por una estructura de dos columnas terminada en capiteles jónicos que sujetan un alto entablamento adornado por ambos lados por blasones diversos. Encima de éste se encuentra la escultura de un león rampante.
Aún hace sol pero la tarde amenaza con repetir los episodios climatológicos de días pasados, el cielo se va cubriendo de nubes, cae un enorme chaparrón y luego da una tregua. En este caso hemos terminado la comida que no nos deja ningún buen recuerdo y nos acercamos a la plaza del Duomo, un espacio pequeño en tamaño pero magnífico por los edificios que se pueden admirar. Hoy está totalmente desierto, dejándonos otra impresión diferente que la de años pasados pero igualmente buena. No se capta en el objetivo de la cámara todo el conjunto.
La catedral dedicada a San Zenón, románica del siglo XII tiene una bonita fachada de mármol blanco alternando con el verde. En la parte baja se ve realzada por un pórtico, añadido en el siglo siguiente, con tres arcos a cada lado sostenidos por finas columnas y recubiertos igualmente por las líneas de mármol y dibujos geométricos. En su mitad forma una entrada con bóveda de casetones renacentista, que coincide con la puerta del templo, y que está decorada en su frente por un gran bajorrelieve en azul y blanco, de la Madona y el niño, obra inconfundible a la vez que bella de Andrea de la Robbia. Entramos al interior que tiene valiosos objetos, como el púlpito y un altar de plata que no podemos ver porque hay que pedir la llave. La penumbra del ambiente y la poca luminosidad del día debido a las nubes, no permite disfrutarlos demasiado.
Formando ángulo con la catedral se encuentra el Palacio del obispo, monumento que ha llegado hasta hoy a través de muchas reformas y cambios en su estructura. En sus orígenes era una verdadera fortaleza donde habitaba el obispo que ejercía un control real sobre el comercio que tenía lugar en la plaza contigua. Con el tiempo se fue transformando en un palacio ciudadano y en él fue hospedado el emperador Federico Barbarroja. En el exterior aún se conserva la loggia de arcos apuntados del primer piso y en el bajo restos del recubrimiento marmóreo que tuvo lugar hacia el s. XIII. Actualmente su propietaria es la Caja de Ahorros, que ha hecho las restauraciones necesarias para devolverle a su aspecto primitivo. Contiene el Museo Capitular y en sus bajos la oficina de Turismo de la ciudad
El bonito pórtico del Duomo nos ha servido en esta ocasión para resguardarnos del aguacero, uno de esos tremendos chaparrones que caen en estos días como tributo al calor que ha reinado por la mañana. No dura mucho y pronto seguimos viendo este armonioso entorno arquitectónico.
Pegado al templo se levanta el Campanile, que tiene en lo más alto tres filas de arcos pisanos también en verde y blanco, sintonizando así con la fachada de la catedral. Fue edificado en el siglo XIII, como el pórtico. Enfrente de este conjunto y aislado se encuentra el Baptisterio de San Giovanni, octogonal, del siglo XIV que fue diseñado por el arquitecto Andrea Pisano y está totalmente recubierto por mármoles.
Otro dos son los edificios que se levantan en el mismo entorno y que le dan al núcleo histórico de Pistoia una categoría y belleza como la de cualquier otro centro urbano de los famosos. Son los que representan el poder civil, el Palazzo del Comune que es la actual sede del Ayuntamiento, de los siglos XIII y XIV y el de la Podestá o Pretorio, uno frente al otro.
El palazzo del Comune o degli Anziani tiene una planta baja formada por un pórtico con seis arcos apuntados. A un lado tiene un pasadizo que lo une directamente con el coro de la catedral, construido ya en el s. XVI, con el fin de que los magistrados pudieran acudir con el mínimo esfuerzo a los oficios religiosos. En su fachada tiene otros tres pisos con ventanas diferentes en cada uno. En el segundo son unas ventanas ojivales, separadas por columna y con rosetón ciego en el medio. Le siguen unas cuatro pequeñas ventanas simples, como para que fueran niños los usuarios y en el último también una serie de ventanas casi unidas entre sí, separadas en este caso por dos finas columnas y arcos apuntados.
En el centro, entre las pequeñas ventanas, está el Escudo con las armas de los Medici, rematado por la tiara papal y las grandes llaves de la Iglesia, según las palabras del Evangelio, signos colocados en honor del Papa León X, miembro de esa familia. Tiene otros dos escudos en las esquinas.
Al palazzo de la Potestá o Palazzo Pretorio le falta la parte de abajo original, también porticada. Fue reestructurado en el siglo XVIII aunque la primer construcción data de la segunda mitad del s. XIII y los antiguos escudos que adornaban su fachada fueron recolocados. Tiene dos pisos de homogéneas ventanas góticas, con columna en medio. El palacio fue habitado por il Podestá, y durante la época de los Medici, vivían en él los Comisarios Florentinos.
Entramos en el patio central del edificio que tiene unas grandes columnas rectangulares en las que están adosados, igual que en sus muros, los antiguos escudos de los magistrados de justicia y los techos conservan en buen estado las pinturas que los adornan.
Pasamos por otra iglesia de fachada de mármol blanco y verde, que ahora luce más al estar iluminada con el sol que ha asomado entre las nubes y destaca la claridad de la atmósfera. Tomamos un café con un pastel en un pequeño y agradable establecimiento y seguimos camino.
LUCCA
Tengo una deuda de honor con mis compañeros de viaje y es llevarlos a Lucca aunque amenace lluvia o retrocedamos en la ruta a Florencia. Así lo hago y los dejo en la entrada por una de las puertas de la amurallada y preciosa ciudad para irme yo a buscar alojamiento. Nos reencontraremos en la plaza de San Michele, lugar que conozco del otro viaje. Yo aparco en otra zona muy distante, a juzgar por el recorrido que he tenido que hacer por fuera de la muralla, pero sin embargo no puede estar muy lejos la plaza. La ciudad en su centro histórico ocupa un espacio redondo cuyo centro se sitúa precisamente en la plaza en la que hemos quedado, que se levanta donde en época de los romanos estaba el foro. Así que, ellos por el cardo y yo tal vez por el decumano, pero llegaremos al mismo sitio. Me cuesta, no obstante, hacer alguna pregunta a gente con aspecto de lugareños pero pronto llego al lugar de la cita, donde me están esperando.
Nos separamos. Rafael ya ha llegado al límite de sus fuerzas por hoy y ha descubierto una terraza en un ángulo de la plaza donde va a disfrutar de tranquilidad, descanso y un escenario agradable. Los amigos se van por su cuenta y yo no puedo resistir mucho tiempo esas cualidades que mi marido valora tanto al final de una jornada, y pronto lo dejo solo con su libro para recuperar la visita del turista y traerme en la cámara digital las fotos que hace años hice en la analógica. Visito en dos fases todo lo visitable.
La bonita iglesia que tenemos delante es la de San Miguel, San Michele in Foro, para que no se olvide el origen del lugar. Se empezó a construir en el siglo XI y se terminó en el XIV, en el conocido estilo románico pisano tan propio de las iglesias de Toscana. El conjunto formado por iglesia y campanario es de piedra caliza es de una blancura luminosa. Su fachada es bastante más alta que la altura del templo, por lo que sobresale como una lujosa espadaña, coronada en el vértice por una gran escultura de cuatro metros de altura, del siglo XIII, del arcángel San Miguel, dotado de grandes alas, matando al dragón y flanqueado por dos ángeles de menor tamaño, que atrae irremisiblemente las miradas hacia él, después de pasar por las cuatro hileras de columnas o loggias. Lo interesante y a la vez diferente de otras iglesias es que cada columna que sustenta los arcos es distinta a las demás, bien por su forma en espiral, o bien labrada de otra forma. El altísimo campanario es de la misma época y en cada piso va aumentando el número de ventanas, de una a tres.
Aunque la iglesia de San Miguel tiene el asentamiento más céntrico, no es ella la más importante desde el punto de vista eclesiástico, ya que no muy lejos se encuentra la Catedral de San Martín, una magnífica iglesia del mismo estilo. Además se pueden ver otras varias iglesias distribuidas por el casco histórico de la villa.
Cuando me dirigía a cambiar el papel del aparcamiento, aprovecho el viaje para desviarme hacia la catedral y me encuentro en la plaza de delante siendo testigo de un acto oficial y conmemorativo, presidido por alguna autoridad local, en el que me doy cuenta de que los protagonistas son los policías municipales, probablemente en una ceremonia de honra a los que han hecho más méritos o incluso a alguno caído en acto de servicio o alguna otra causa. Pienso entonces con lógica que, dado el alto número de ellos que están presentes, no debe de quedar ninguno para poner multas y decido dejarlo estar y correr el riesgo, que considero mínimo. Presencio un rato parte de tan serio ritual y sigo mi periplo turístico.
Lo primero es ver con detalle la fachada de la catedral que tiene interesantes relieves, algunos de ellos sobre la vida de ese soldado romano nacido en Tours, que llegó a santo y que tanta popularidad adquirió en toda Europa con aquel acto suyo de darle la mitad de su capa a un pobre. Habría sido más generoso dársela entera…. Pero lo que hizo le valió su recompensa.
También la catedral es de estilo románico pisano. Se empezó a construir en el año XI y parte de su alto campanario aún pertenece a esa época pero en los dos siglos siguientes se terminó de reformar hasta alcanzar su aspecto actual. En la parte baja hay un pórtico con tres grandes arcos. En este ambiente medieval lleno de iglesias, santos y milagros, me choca encontrar un relieve en la fachada de la catedral que tiene inequívoco tema mitológico porque así lo reza su leyenda. Está labrado un laberinto circular de medio metro de lado, con las siguientes palabras en una franja lateral: “Éste es el laberinto que Dédalo construyó para Creta, del que nadie que se halle dentro podrá salir, salvo Teseo”.
Otras iglesias veo por los dos paseos que doy mientras Rafa se toma su botella de agua en la esquina de la plaza San Michele, bonitas todas ellas, en pequeñas placitas, como San Salvador, San Giovanni e Reparata o San Giusto o en calles estrechas bajo la sombra de la torre medieval de altura impresionante, cual es el caso de la de San Cristoforo. Destaca por los bonitos mosaicos de su fachada la basílica de San Frediano, al lado del Anfiteatro, ese santo desconocido en nuestro santoral habitual.
El magnífico monumento conocido como el Anfiteatro, no conserva de su antiguo uso más que la forma y ciertos detalles arquitectónicos que sobresalen entre los muros de las casas medievales, por la parte exterior. Su espacio interior se convirtió en la Pz del Mercado pero la primera formación data del año 177 a C., en el tiempo en que los romanos fundaron la ciudad. La sensación al entrar en él es la de estar traspasando la historia, unida a un goce estético que proporciona la armonía, el equilibrio y el encanto del lugar, hoy bien explotado turísticamente aunque, a pesar de todo, no tan conocido como se merece.
Caminando por sus calles me encuentro con la Torre Civica delle Ore, la Torre del Reloj, del siglo XIII, que como su nombre indica, tiene un gran reloj en uno de sus lados. Para poder verla hay que levantar al cielo la vista en un escorzo violento con el cuello, tal es la situación desde la estrecha calle donde se levanta. Otra torre importante es la Guinigi, con árboles en lo más alto, como si elevara el producto de la tierra a los cielos y alguna otra de menor tamaño.
Detalles curiosos llaman la atención por cualquier parte, por ejemplo en la plaza del Salvador hay una bonita fuente de una divinidad femenina, vestida con un manto que le deja un pecho al descubierto y que con una mano sujeta una de sus puntas y con la otra se apoya sobre un cántaro, elevada sobre un cuadrado pedestal que tiene una cabeza de león de cuya boca sale un chorro de agua que cae a una bañera romana.
No es menos agradable pasar por unos puestos en la calle, a la vera de un ábside románico, protegidos por toldos, en donde se pueden encontrar libros antiguos y todo tipo de grabados y láminas. Me detengo ante una ventana renacentista, rodeada de piedras en forma de almohadillado con un remate semicircular y protegida por una bonita reja, o una puerta que da a un jardín en el interior del casco antiguo y así podría señalar rasgos que dan al conjunto de la ciudad ese atractivo imperecedero.
Cuando vuelvo por segunda vez junto a Rafael y le enseño en la pequeña pantalla de mi cámara mis hallazgos artísticos por la ciudad, presenciamos una rara y nada edificante escena. Las compañeras de mesa, dos mujeres aún jóvenes, rubias, bien vestidas y de buen aspecto, que hablaban entre ellas en inglés, se han ido sin pagar la consumición, con todo el rostro. Nos enteramos por el nerviosismo de la camarera que acude a las calles cercanas a ver si las ve y nos pregunta a nosotros si podemos decirle por donde se han ido. Y luego parece que la amenaza de engaño tenga que venir de las gentes del sur…
Nos reunimos finalmente los cuatro y volvemos andando hasta el lugar donde se ha quedado el coche, más tiempo que el pagado, y comprobamos que mi corazonada era cierta y que hoy los municipales celebran su acto dejando tranquilos a los posibles infractores. Nos hemos ahorrado un euro aproximadamente y la multa a que hubiera dado lugar.
Volvemos por la autopista de peaje a Florencia, al garaje de la Via Ognisanti que tan bien conocemos y de ahí al apartamento, a cenar en casa una tortilla francesa que nos sabe a gloria y equilibra el gasto. Hay que tomar fuerzas para el día de mañana, el último de jornada completa fuera de casa.
8 de Junio 2011, miércoles.
PIENZA
Hoy el recorrido previsto es algo más largo de lo habitual, pues nos separan 116 kilómetros del destino elegido, el pequeño pueblo de Pienza. Para ganar tiempo cogemos un taxi hasta el garaje. Este pueblo tiene para nosotros el atractivo de su urbanismo, construido en el Renacimiento por la voluntad de un Papa, aparte del precioso paisaje en el que está enclavado. Pues bien, al llegar a por el coche y como después de tres días se ha establecido una corriente de simpatía con el joven que está al frente del garaje, nos pregunta que a dónde nos dirigimos hoy. Al escuchar la respuesta se dispone a hacernos su sugerencia bien intencionada, como nativo conocedor de lo bueno y echando los brazos al alto exclama:
“ah, il melio fromaggio, il pecorino” y añade
Anque boníssimo il vino de la regione”
Como se puede observar, los intereses son dispares pero como uno no excluye lo otro, tomamos buena cuenta del consejo.
El trayecto lo hacemos, obedeciendo al ton-ton por carreteras pequeñas que nos van a permitir ver esos paisajes tan típicos de la Toscana que, no por repetidos, son menos bellos, de viñedos, praderas flanqueadas por filas de cipreses, suaves colinas, ermitas diseminadas entre un campo con flores amarillas y el contraste de los distintos verdes del arbolado. De vez en cuando el color rojizo de la piedra en la silueta de pueblos que dejamos al paso, que transmiten historia y arte y en todos los cuales una se pararía a conocerlos de cerca. Pasamos por San Quirico de Orcia, que también estaba en los planes, pero hay que elegir y marcar un destino, salvo que el destino sea precisamente esta zona y nos demoremos en ella una semana al menos. Pero eso tendrá que ser en otra ocasión.
Llegamos finalmente a la pequeña ciudad de Pienza que pertenece al verde Valle de Orcia. Está situada sobre una colina y por tanto desde ella se divisan unas bonitas vistas. Este núcleo urbano es un ejemplo de la ciudad ideal, según los criterios del Renacimiento. En su tiempo era un pequeño pueblo medieval que sólo podía presumir de su magnífico entorno geográfico. Pero sucedió que por motivos políticos en el siglo XIV se refugió allí una familia noble procedente de Siena, los Piccolomini. Uno de sus descendientes, casi un siglo después, Enea Silvio Piccolomini, llegó a la máxima categoría social de su tiempo pues fue elegido Papa en 1458 y tomó el nombre de Pio II. Era hombre de gran cultura y sensibilidad y por lo que se ve, agradecido a su pequeño pueblo natal y decidió reformarlo y dotarlo de los mejores edificios. Entonces tenía poder y dinero, imprescindibles ayudas que se asociaron a su voluntad y logró terminar con éxito su plan tan solo en tres años, con la ayuda de un arquitecto florentino que trabajaba en el Vaticano. El modelo que quiere para su pueblo es la construcción de la ciudad perfecta, según los criterios arquitectónicos de la antigüedad clásica, que imitan en el Renacimiento imbuidos de un especial espíritu que se contagió a todos los habitantes.
La nueva ciudad tomó el nombre de Pienza, en honor a su benefactor, Pio. Es el primer ejemplo de planificación urbanística en la historia de la arquitectura moderna.
Entramos por un lateral del pueblo y nos damos cuenta del encanto del conjunto. Las casas tienen sus muros de piedra de colores claros, alegres, un marco perfecto para los cientos de macetas llenas de flores de todo tipo y de variados colores que hay en cada ventana, en cada puerta y en cada patio. Pronto alcanzamos el centro monumental de este pueblo que ofrece suficientes motivos para ser Patrimonio Mundial de la Humanidad pero antes de detenernos en los monumentos de la plaza, vamos hacia la parte contraria del pequeño pueblo para contemplar el panorama magnífico que se divisa desde un gran mirador, la Via del Casello, que rodea por esta parte alta el contorno urbano. Desde él se puede contemplar la campiña del Valle de Orcia y los extremos del pueblo, tan uniforme en sus construcciones y lleno de armonía y belleza.
Volvemos a la plaza en la que se levantan los edificios más sobresalientes que, naturalmente, se llama la Piazza de Pio II. Llama la atención la pavimentación formada por rectángulos de piedra roja separados por líneas de piedra caliza blanca. En el centro rompe la simetría un círculo de la misma piedra blanca. En un extremo de la plaza hay un bello pozo de factura similar a otros que hemos visto ya, el brocal elevado sobre un podio de dos círculos en escalera y decorado por triglifos. A ambos lados y con base en el podio, hay dos columnas rematadas en capiteles corintios que sostienen un labrado entablamento con el escudo papal en el centro. Estos pozos que en otros tiempos tuvieron su utilidad práctica, se han convertido actualmente en objetos decorativos y foco de atracción por sí mismos.
Uno de los lados lo ocupa la Catedral dedicada a Santa Maria Assunta. El Papa, que dictaba sus preferencias al arquitecto, dejó claro que el edificio de la iglesia debería ocupar el lugar preeminente y ser el principal foco de atención. Su fachada, en puro estilo renacimiento, está recubierta de mármol travertino de color casi blanco. Es simétrica en todas sus líneas, con tres puertas con sus correspondientes tímpanos semicirculares, en uno de los cuales está esculpido el escudo de los Piccolomini. Por uno de los lados se eleva la torre, del mismo color blanco que resalta a la vista.
Entramos a su interior que está abierto y nos choca su luz que proviene de los grandes ventanales góticos que se abren en el ábside. Tiene tres naves de la misma altura, separadas por grandes columnas adosadas y las líneas de las bóvedas de crucería están resaltadas con pintura de colores rojo y dorado. Hay muy bellas tablas góticas, situadas en las naves laterales, a modo de exposición, que representan a la Madona con el Niño rodeados de distintos santos que vamos contemplando.
Saliendo de la iglesia a mano izquierda se levanta el imponente Palazzo Piccolomini, construido como residencia del Papa y su corte y que ha pertenecido a los descendientes de la familia hasta mediados del siglo XX. Su recubrimiento es de bloques rectangulares de piedra de un color entre marrón y rojizo que la diferencia de la fachada de la catedral y el estilo de un sobrio renacimiento, con dos pisos de ventanas. Entramos al Patio central solo para asomarnos porque actualmente todo el primer piso se ha convertido en un Museo y hay que sacar billete. Tiene unas columnas con capiteles corintios y arcos de medio punto. Por encima de ellos hay un friso con restos de pintura mural.
Frente a la catedral se levanta el Palazzo Pubblico o Comunal, el Ayuntamiento actual, con una loggia de tres grandes arcos en la planta baja, un friso estrecho que lo separa de una hilera de cuatro altas ventanas góticas con columna en el medio. En un extremo del edificio se levanta la torre de la Ciudad, en ladrillo, con tres cuerpos, el último almenado y el gran reloj en uno de sus lados. Hoy visitan la ciudad un grupo de escolares de entre cinco y siete años, que, vestidos con unos babys azules, hacen una fila dirigida por la profesora en correcta disciplina.
Nosotros seguimos por la calle Rossellino, la principal, la que lo recorre de un extremo al otro, y en la cual se construyeron sus palacios los prelados de la corte papal, alguno de los cuales tienen actualmente un uso público, como uno al que entramos directamente a un patio muy agradable, lleno de flores, donde hay expuestas unas modernas esculturas. Salimos por la Puerta de entrada monumental que fue destruida al final de la guerra pero pronto reconstruida, según reza un cartel que hay en el muro. En su parte alta se conserva, resguardada por un alero, un fresco con una escena que apenas se puede apreciar.
Volviendo a entrar en el casco antiguo paseamos por una zona que se llama via delle Case Nuove, con unas casas homogéneas construidas por deseo del Papa Pio II para ser habitadas por los ciudadanos de menor poder adquisitivo, en un ejemplo de atención social pionero para su tiempo y modelo a seguir. En esta calle lo sorprendente es la cantidad, variedad y belleza de las flores que la adornan y que realzan el encanto del conjunto.
Compramos finalmente en una tienda de la calle principal y nos atiende el que parece ser pequeño empresario de fabricación de quesos y distribución de vinos. Del pecorino hay que elegir entre los tiernos, los semi curados y los curados. Vienen envasados con una etiqueta que los califica de alimento papal, como no podía ser menos y nos lo prepara al vacío para poder viajar hasta España. El señor, amable y complaciente, alaba la ciudad de Madrid donde, dice, estuvo hace más de treinta años. Salimos cada pareja con su queso correspondiente, una botella de vino que nos ha orientado para decidirnos y un trozo de queso que tomaremos por la noche en el apartamento.
A la hora de salir pasamos por una plaza cuadrada, sencilla, que también tiene su correspondiente brocal de pozo en uno de los ángulos, en este caso con el adorno natural de recipientes de barro a modo de macetas con plantas decorativas y terrazas en sus lados que posiblemente estarán llenas a la hora de comer. La sorpresa es leer el cartel que anuncia el nombre, pues es la Piazza di Spagna pero nos quedamos sin saber la motivación histórica, si es que la hubo, para otorgarle tal denominación a este bonito lugar.
MONTEPULCIANO
Después de recoger el coche del parking público, salimos en dirección a la cercana ciudad de Montepulciano. Paramos un par de veces en la carretera sin poder sustraernos a la tentación de llevarse una parte de la belleza del paisaje en la fotografía, algo difícil de conseguir. El campo está espléndido, como una sinfonía de color en la que predomina el tono verde en sus distintos matices. No somos los únicos que paramos en los pequeños repechos de la carretera para hacer lo mismo, conscientes del lugar que visitamos y de la suerte que tenemos. Todavía luce el sol aunque a última hora las nubes que nos visitan todas las tardes comienzan a agruparse en los límites del horizonte.
Al llegar a la ciudad, que se ve desde lejos encaramada en una colina, -situación que nos avisa del esfuerzo que nos espera para alcanzar la cima, subiendo calle arriba-, lo primero es buscar el parking que afortunadamente está al lado de una de las puertas de entrada, abierta en la muralla medicea. Es la Porta al Prato, del siglo XVI, por la que se entra al eje principal de la ciudad, la Vía del Corso, una larga calle que culmina en la Plaza Grande y que recibe diversos nombres a lo largo de su sinuoso trazado.
En Montepulciano nació un importante personaje del mundo cultural de la Florencia de los Medici, Angelo Poliziano, nombre que toma precisamente de su ciudad natal. Fue un humanista y poeta que influyó mucho en la Toscana de tan importante familia, aunque en España no es muy conocido.
Entrando en la calle ya nos damos cuenta de que es una interesante ciudad. Pronto nos topamos con una alta columna blanca que se erige en un cruce de calles que forma una pequeña plaza, sobre un pedestal del mismo color, completada con un capitel corintio y sobre la que está situado el león, apoyado en sus patas traseras, que fue el símbolo de la República florentina. Se llama la “Colonna del Marzocco”.
Seguimos ascendiendo por la calle flanqueada por palacios de estilo renacimiento. El más llamativo es el Palazzo Bucelli, del siglo XVI, que sobresale de los otros porque tiene toda la parte baja de su fachada recubierta de lápidas procedentes de las urnas cinerarias de la época de los etruscos y de otras con inscripciones pertenecientes ya a los romanos. Esta costumbre de colocar los frutos del latrocinio a la vista tenía seguramente la intención de provocar la admiración de los demás y a nosotros hoy nos proporciona una pequeña visión de lo que se debería de haber contemplado en un museo. En la inscripción que aparece sobre la puerta su dueño se titula duque de Etruria, siguiendo una costumbre que hemos visto en relación a los Medici u otros personajes de la nobleza toscana.
Algo más arriba nos encontramos con la iglesia de San Agustín a la derecha, sobre una escalinata y con balaustrada a los lados. Su fachada parece recientemente restaurada y en ella, además de la arquitectura sobresale las esculturas realizadas por el propio arquitecto de la iglesia, que también era escultor, con un nombre tan curioso como Michelozzo Michelozzi, del s. XV. Son figuras en relieve colocadas en el tímpano sobre la puerta que representan a la Virgen con el niño y a ambos lados San Juan Bautista y San Agustín, con su mitra de obispo.
La calle va ofreciendo curiosidades a un lado y otro. Frente a la iglesia se levanta la Torre di Pulcinella o Torre del Frailecillo, construida en el s. XVI que recibe este nombre porque en la azotea, rematada por almenas, colocaron dos siglos más tarde una estatua del frailecillo que tañe una campana cuando dan las horas, por un mecanismo que lo une al del reloj.
Pasando bajo un arco que une los edificios de uno y otro lado, llegamos a la Piazza delle Erbe, donde se encuentra la Loggia del Grano, de la segunda mitad del siglo XVI. Allí el Corso se bifurca a derecha e izquierda y nosotros miramos el reloj y nos parece que ya es hora de encontrar un restaurante donde reponer. En la vía delle Erbe, a mano derecha, vemos una terraza pequeña y enmarcada por macetas de flores y protegida por una gran sombrilla. El restaurante al que pertenece se llama Le Logge del Vignola y parece un establecimiento de categoría. Decidimos quedarnos en él pero entramos al interior, entonces vacío, y elegimos una mesa. El servicio es exquisito, y nada más sentarnos nos ofrecen un pequeño aperitivo de la casa. La carta promete y la oferta de vinos parece amplísima. El sol se ha ocultado y las nubes han acudido puntuales a su cita. Mientras comemos bien resguardados, empieza a llover y lo hace cada vez con más intensidad hasta el punto de que una pareja que estaban en la terraza con un niño pequeño en el coche, a pesar de las sombrillas protectoras, tienen que terminar su comida en el interior, a donde les acompaña un camarero con el amplio paraguas. Me asomo al pequeño balcón desde donde se ve correr riadas de agua por esas calles en cuesta. Parece que las nubes se van a vaciar, no cabe más agua. También los truenos hacen acto de presencia y retumban entre los viejos muros del restaurante. La comida se hace por ello más larga de lo habitual y termina con un licor obsequio de la casa. Es algo caro para lo que estamos acostumbrados pero ha sido una buena experiencia.
Cuando por fin ha cesado de llover y parece que no se va a repetir el aguacero, seguimos la “ascensión” a la cumbre. La calle está limpia y aún con el suelo húmedo. Por una de las laterales salimos a un mirador desde donde la vista es tan bonita como lo era en Pienza. Por las calles que confluyen desde la derecha se vislumbran arcos medievales. Entramos por la Via del Opio en el Corso y nos encontramos una bifurcación. En la misma via del Opio está la casa de Poliziano, el admirado personaje local y dejamos de lado la Via dela Farine y la parte del otro extremo de la ciudad, donde se encuentra la Fortaleza, para torcer hacia arriba pasando delante del Teatro que también lleva el nombre del influyente humanista y que se construyó a finales del siglo XVII y llegamos finalmente a la llamada Piazza Grande.
Además de grande es monumental y armoniosa, con esa belleza de las ciudades toscanas que una no se cansa de contemplar. En ella se encuentran un buen número de palacios además de la Catedral, a la que han dejado sin su adorno final, sin recubrimiento marmóreo por falta de fondos para ello. Se empieza a construir en el siglo XV y no la dan por concluida hasta dos siglos después. Está dedicada a la Asunción y entramos para conocer su interior que, como todas, tiene obras de arte de todo tipo, por ejemplo un Tríptico de la Asunción de 1401. Ya en el exterior nos acercamos hacia la parte trasera de la catedral, donde han preparado también un mirador que da a la otra parte del campo que rodea la ciudad y, como todo el entorno, ofrece unas magníficas vistas. Allí un señor amable se ofrece a hacernos una foto a los cuatro en correspondencia a la que les hemos hecho antes nosotros.
En un lado se encuentra el Palazzo Comunale, de la primera mitad del s. XV, que fue proyectado por el arquitecto Michelozzo y que recuerda mucho al palazzo de la Signoría de Florencia. Otros varios palacios hay en la plaza y en la confluencia de dos de ellos vemos un bonito pozo, del estilo de los ya conocidos pero que tiene sobre el entablamento dos leones, símbolo de Florencia, que sostienen en medio de ellos el escudo de los Medici y a ambos extremos dos grifos, animales fantásticos que representan a la ciudad de Montepulciano. Fue realizado en 1502.
Uno de los Palacios que resguardan el pozo es el Palazzo Nobile Tarugi, comenzado en el siglo XV que tiene en el piso bajo un pórtico y una balaustrada en el piso alto. Haciendo casi esquina con él está el Palazzo del Capitano, frente a la catedral, que tiene un origen medieval pero su fachada fue reformada en el siglo XVIII.
Otro de los palacios que asoman a esta bonita plaza es el Palazzo Contucci, a la derecha de la catedral, que fue proyectado por Antonio da Sangallo el Viejo. Las dos primeras plantas son de piedra y la última de ladrillo, con pequeñas ventanas.
Salimos de la plaza por la Via Ricci, otro camino distinto al tomado para subir, en el que se siguen viendo palacios con usos de servicio público, como el Museo Cívico que es una Pinacoteca además de contener restos etruscos, o la Academia Europea de Música y Arte. Una de las calles transversales tiene el bonito nombre de Viccolo del Amore, título bien señalado en su placa correspondiente al principio de la pequeña calle y, para hacer honor al nombre y motivados por el encanto del lugar, nos damos un beso colocados bajo tan oportuno título que queda inmortalizado en la fotografía. En otro lugar de la calle Ricci aparece en uno de los muros un bonito relieve de porcelana típico de Lucca de la Robbia, que representa a la Madona arrodillada ante el Niño Dios. Está enmarcado por una guirnalda de flores y frutos. Nos fijamos también en bonitos tiradores de elegantes puertas hechas con sólida madera.
Al final de la calle se encuentra la Iglesia de San Francisco y siguiendo por estrechas calles llegamos a la Piazza de Santa Lucía donde se encuentra la iglesia del mismo nombre, que tiene una elegante fachada barroca.
Recuperamos la Piazza delle Erbe y rehacemos el camino hasta el coche. No hemos visitado la iglesia de San Biagio que está extramuros y que resulta un buen ejemplo del arte renacentista, obra de Sangallo. Siempre hay que dejar algo como aliciente para una próxima visita.
En el camino de vuelta me equivoco de nuevo y tardamos más de lo debido hasta encontrar la autopista que nos conduce a Florencia. Para aprovechar las últimas horas de posesión del coche, y una vez en la ciudad, subimos al Piazzale de Michael Angelo desde donde se divisa una bonita vista de toda la ciudad atravesada por el Arno. Allí hay mucha gente, es un lugar de encuentro. Paco y Nuria aprovechan y suben andando hasta la iglesia de San Miniato y nosotros entramos a tomar algo en el Hotel con amplia terraza que se encuentra detrás de la estatua copia del David.
Tenemos que buscar una gasolinera abierta para llenar el depósito, tarea imposible, hasta que vencemos la resistencia al automatismo y aprendemos a ponerla siguiendo las instrucciones de la máquina. Conseguimos el objetivo y volvemos al garaje donde dejamos el coche Lancia que tan buen servicio nos ha prestado sin darnos ni un solo problema. Hacemos el último paseo andando hasta casa donde degustamos el riquísimo pecorino, como nos había pronosticado el empleado del garaje y el vino que le acompaña.
Hay que tomar fuerzas después de un día tan largo e intenso.
Dia 9 junio 2011, jueves.
FLORENCIA
La mañana aparece gris y el apartamento, aunque no ofrece demasiado confort, invita a Rafa, algo cansado del ritmo de los cuatro últimos días, a quedarse tranquilo en él más tiempo, sabiendo que está situado en uno de los entornos más bonitos imaginables, como es el Duomo a dos minutos andando, que es el tiempo que le llevará cambiar de escenario y seguir sentado contemplando el Baptisterio o la fachada de la Catedral. Yo tengo otro criterio y salgo muy pronto en dirección al Museo Arqueológico que quiero volver a visitar después de quince años. Por supuesto estoy yo sola porque dos americanas que han entrado unos minutos antes que yo, levan una marcha mucho más rápida y pronto desaparecen del escenario que sólo interesa a los especialistas en el mundo antiguo.
Las piezas que contiene son sobre todo de arte etrusco y menos del mundo romano. Me reencuentro con la Quimera, con una Atenea en bronce etrusca, con la magnífica estatua del Arringatore romano, veo las piezas de cerámica con escenas que me gusta reconocer, admiro de nuevo el magnífico Vaso François e incluso les enseño a los vigilantes que una pieza que tienen medio oculta en la parte baja de una estantería es el famoso Marte de Todi, una valiosa estatuilla del dios etrusco Laran, identificado con el dios de la guerra del Panteón olímpico. El vigilante al que se lo he preguntado ha salido un tanto perplejo a preguntarlo a alguien más enterado y al poco tiempo, cuando yo aún estaba en la misma sala, vuelve para confirmarme que sí, que tengo razón. Las otras vigilantes recuerdan que hacía poco tiempo lo habían sacado de su sitio preferente para ser fotografiado y que ese no era su lugar.
Mientras estoy dentro del museo ha caído una buena tanda de agua, que observo por las ventanas que dan a un patio donde hay restos arqueológicos entre árboles y enredaderas. En esta ocasión y por primera vez desde que estamos aquí, llueve por la mañana y no por la tarde. Al salir del museo vuelvo a la Piazza de la Anunziata, un conjunto arquitectónico bonito, cuadrado, abierto en el siglo XIII para contener el mercado semanal aunque el estilo artístico de sus edificios es más tardío, del renacimiento, diseñados por los mejores artistas de esa época. El lugar tuvo mucha importancia desde el punto de vista religioso debido a la credulidad de los creyentes de aquel tiempo. La leyenda está relacionada con la Basílica de la Anunciata, la iglesia que preside y da nombre a la plaza. Se cuenta que encargaron a un monje pintor, de nombre Bartolomé, que realizara un retablo con el motivo de la Anunciación y ya tenía terminada la composición pero se encontraba incapaz de pintar el rostro de la Virgen. Un día se quedó dormido mientras lo intentaba una vez más y cuando despertó, se dio cuenta de que el rostro ya estaba terminado por obra de un ángel. Este hecho milagroso atrajo a mucha gente a la iglesia durante largos años y fue por ello uno de los centros marianos más importantes. El cuadro en cuestión se encuentra ahora expuesto en el interior del templo. No entro porque está cerrado pero admiro la plaza cubierta todavía de charcos de agua y con una luz especial del ambiente, con el reflejo de las nubes en el brillante suelo mojado por obra del sol que tímidamente hace su aparición.
A ambos lados de la iglesia cierran la plaza dos edificios monumentales, con un pórtico en la planta baja de arcos de medio punto a los que sostienen columnas de orden compuesto y que se levantan del nivel de la plaza por un podio de escaleras. El de la derecha según se llega de la calle dei Servi, nombre que hace alusión a los Siervos de Dios que atendían a los peregrinos, encontramos el Hospital de los Inocentes, levantado bajo los planos del gran arquitecto Brunelleschi. Entre los arcos hay unos relieves redondos -tondos- de cerámica azul y blanca, del estilo de Lucca de la Robia, que representa a niños pequeños tendiendo la mano en gesto de ayuda. Actualmente no es ya un Horfanato sino un Museo, uno más de los muchos de esta ciudad.
En el otro lado está la Casa de los Siervos de María, diseñada por Sangallo el Viejo. Actualmente es también un edificio de acogida a juzgar por el tipo de gente que se sienta en las escaleras, con aspecto de necesitados.
En el centro se levanta una estatua ecuestre realizada por Gianbologna en 1504 y dos fuentes, una a cada lado, distribuídas de manera armoniosa.
Muy cerca de allí está la calle Guelfa, donde está la oficina de viajes enla que trabaja Cincia, a la que voy a buscar para pedir otra llave del apartamento y encargarle los billetes de vuelta a Bolonia. Lo encuentro pronto y hablamos un rato con otra empleada que entiende y habla español y que da la impresión de tener más autoridad. Les pregunto la dirección del Mercado Central y cuando ya estaba en la calle, se presenta Cincia que dice le autorizan a acompañarme y así me mostrará a sus proveedores. Está muy próximo y pasamos por calles con palacios y detalles que intento retener para luego visitarlos de nueva sola, en compañía únicamente de mi cámara, que es cuando yo aprecio en verdad una ciudad. Es una visita que en principio no estaba prevista pero que me agrada mucho haber tenido esta oportunidad para conocer tanto el exterior del edificio, con estructura de hierro y color rojo en su parte más alta, y grandes ventanas de medio punto en la amplia base, como el interior y especialmente el ambiente de vida turística que le rodea, dada su situación en el corazón de la ciudad.
Están colocados los puestos con un cierto orden, pescaderías, carnicerías, verdura y fruta y lo más curioso son los puestos de pasta preparada para los turistas, envuelta en atrayentes bolsas transparentes y expuestas todas ellas a la vista de los que pasan. Me explica la nativa que esas pastas de distintos colores ellos no las comen, que son reclamos que compran los visitantes para llevar a sus países. También hay algún puesto de quesos y embutidos verdaderamente atractivos. Me lleva a su carnicero y le pido cuatro estupendos trozos de buena carne para hacerlos a la plancha en el apartamento. Me enseña el puesto de pasta fresca de más calidad del mercado y tomo buena nota; luego me conduce a la parte exterior donde hay unas carpas de tela blanca donde están situados los que venden fruta y verdura. Allí tiene una conocida que aprovecha la visita para expresarle el malestar de los vendedores porque les han anunciado que tienen que dejar este lugar y no saben dónde les van a asignar. Compro un extraño tomate acanalado y rojo que me recomienda y una lechuga y algo de fruta.
Cuando Cincia me despide en la esquina de la plaza de San Lorenzo señalándome el camino recto al apartamento, hago ademán de cruzar para tomarlo pero pronto me doy la vuelta y paseo por esa concurrida plaza presidida por la basílica que le da nombre, que no luce tanto porque no está recubierta de mármol como otras pero que su interior es magnífico y la cúpula sobresale grandiosa incluso por encima de la torre. Anexionada al templo se encuentra la Sacristía Nueva, hoy conocida como la Capilla Medicea, obra de Miguel Angel que también decora las tumbas con magníficas esculturas que en esta ocasión no visito. La plaza, como los alrededores del mercado, está llena de puestos de ofertas atractivas, artesanía, cueros, recuerdos y la gente se para ante ellas. Hay terrazas con las mesas bajo sombrillas blancas y mucha vida.
Compro la entrada para el interior de la iglesia y, con las bolsas de la compra en la mano, hago mi visita. La construcción de la fue encargada a Bruneleschi para que fuera el panteón de una serie de familias florentinas pero al final el único que pudo costear los gastos fue Cosme de Medici, y la poderosa e influyente familia consiguió, gracias a su ascenso social y a los manejos del poder que desde siempre han sido los mismos, que el templo quedara exclusivamente para ellos mismos.
Se fecha entre 1422 y 1470 y su estructura arquitectónica es soberbia, imitando la de las antiguas basílicas cristianas, con planta de cruz latina, un crucero muy pequeño y tres naves separadas por columnas y arcos de medio punto con alto entablamento. Posee también capillas laterales, todas las cuales están presididas por magníficas pinturas de artistas italianos. La nave central, iluminada especialmente por la luz que entra por las ventanas situadas sobre los arcos, tiene un espectacular techo plano con casetones. Contiene también un valioso sepulcro esculpido por Donatello. A los dos lados del ábside se abren dos Puertas con columnas jónicas de tímpano triangular, obras ambas de Donatello así como las hojas en bronce de las mismas, con figuras de Apóstoles y Doctores de la Iglesia y los púlpitos. Se visita también la Sacristía Vieja, diseñada como el templo, por Bruneleschi con grandes aciertos arquitectónicos. El billete que he comprado da también derecho a la visita del claustro, que tiene el encanto propio de estos lugares y el estilo característico de los que se encuentran en Italia, que se diferencia de los españoles, pero que no da derecho a visitar la Biblioteca Medicea a la que se accede por el segundo piso del claustro. Desde el primer piso se puede bajar a la cripta donde está la tumba del gran Cosme I de Medici, que cae debajo del altar mayor de la iglesia. También está enterrado en ella Donatello.
Con mi carga en un brazo y la máquina de fotos en la otra, vuelvo a casa sin dejar de entrar en los patios de los palacios que salen al encuentro y que me permiten introducirme. En esta ciudad siempre se encuentra una con sorpresas agradables a cambio de observar con detalle fachadas e interiores, cuando es posible.
Comemos buena carne, en efecto, acompañada de queso y ensalada en la cocina-dormitorio y descansamos un rato antes de la visita ya concertada y pagada de antemano con un precio abusivo, por cierto.
La tarde estará dedicada a visitar la Galería de los Uffizi, pero eso nos hubiera gustado. Nos separamos para tener la libertad que estas visitas requieren y adaptarnos al ritmo particular de cada uno. A la hora u hora y cuarto de estar allí anuncian los altavoces que esa tarde por falta de personal cierran una hora antes. No estaba avisado a la entrada y nos coge por sorpresa la orden porque limita en gran manera la visita del conjunto. Es un lugar famoso y por tanto lleno de grupos de japoneses que obliga a los cuidadores de las salas donde se encuentran las obras más famosas, a controlar la entrada para que sea posible circular delante de los cuadros. Allí está Boticelli, de fama universal, pero también descubrimos pinturas deliciosas de autores menos conocidos, delante de las cuales no hay nadie y uno puede disfrutar con calma de ellas. Siempre será una interesante visita a este templo del arte pero en esta ocasión salimos con la impresión de que nos han engañado porque tampoco es posible visitar la exposición temporal cuya entrada hemos pagado. En fin, los italianos haciendo méritos….
A la salida Rafael ya ha colmado su cupo de resistencia y él y yo nos volvemos lentamente por el centro hasta el apartamento y “los jóvenes” siguen su periplo turístico hacia la Santa Croce y otros puntos de interés que Nuria tiene localizados en el plano.
Cenamos de nuevo en el apartamento y nos retiramos a descansar pero… tarda un poco en llegar ese momento. Desde nuestro cuarto oímos extraños ruidos, golpes secos y la risa de Nuria que quita dramatismo a la situación. Me levanto para ver qué pasa y encuentro a Paco luchando denodadamente con una lama de la cama plegable que se ha salido del somier, cual Hércules en lucha con uno de los monstruos, y que le impide extender la cama porque se dobla espontáneamente o por arriba o por abajo. Ya pensamos en posibles alternativas, utilizando la cama supletoria y ésta como sillón, cuando su habilidad consigue doblegar la rebelde lama y meterla de nuevo en su sitio.
Superado el trance inesperado, la paz y el descanso ocupan su lugar.
Día 10 de junio 2011, viernes,
FLORENCIA
Hoy es principio de fin de semana y se nota que la ciudad está más llena de visitantes. A las diez tenemos hora para entrar en la Academia, de nuevo con los billetes comprados de antemano y de nuevo a un precio que nos parece abusivo, dado que los mayores de 65 años tenemos la entrada gratuita y que no hay ninguna exposición que merezca la pena aunque te la cobran igualmente. Yo recordaba que en este Museo sólo se exponía el “capolaboro” de Miguel Angel, el gran David a punto de tirar la honda contra Goliat, esa maravilla en piedra pero llena de vida, que levanta la admiración de gentes de todo lugar y condición. O al menos era lo que me había quedado en el recuerdo. Estaba y está al final de una galería, bajo una cúpula de donde sale la luz que lo ilumina uniformemente por todos los lados y actualmente está protegido de la posible agresión de un loco, -hecho que ya sucedió cuando le rompieron un dedo del pie-, por una mampara de cristal que rodea la peana. Queda libre un camino alrededor que permite al espectador pasear en torno a la escultura para observar ese magnífico cuerpo en todos los centímetros de su superficie. La escultura fue trasladada desde la plaza de la Signoría para evitar su deterioro, cuando se pensó en reunir aquí todas las obras de Miguel Angel.
En el pasillo que conduce hasta el David se encuentran los esclavos, obras inconclusas también de este gran escultor que se ven todavía saliendo de la piedra. Su contemplación tiene el atractivo de captar cómo el arte surge de la naturaleza por la mano maestra de un artista genial.
Hay también en este corredor otra escultura de una Piedad, llamada de Palestrina, hallada en la capilla Barberini en 1939, que, aunque ha sido atribuida a Miguel Angel, la información correspondiente nos dice que no parece ser exacta la autoría, a juzgar por algún defecto en la ejecución, como una mala proporción de las extremidades, que también hace notar la explicación.
En esta visita y probablemente para justificar el precio de la entrada, nos damos cuenta de que hay muchas más salas que visitar porque a partir de 1980 la Galería fue ampliada. Desde cinco años más tarde, en la planta baja se expusieron las obras de los que eran profesores de la Academia en el siglo XIX pero especialmente las obras del neoclásico Lorenzo Bartolini, cuyas obras fueron donadas al Estado. En la primera planta se han colocado un conjunto de tablas de pintura gótica florentina de época tardía, de autores conocidos como Giotto, Ghirlandaio, Perugino, Pontormo o Masaccio y otros muchos menos conocidos. Todas están bien restauradas y correctamente expuestas.
A la salida y dada la cercanía de la plaza de San Lorenzo, nos acercamos los cuatro para que la conozcan y entonces Nuria y yo nos volvemos al mercado con la intención de comprar esa rica pasta fresca que ayer me mostró Cincia. Damos otra vuelta por allí y descubrimos un puesto de comida preparada y unas mesas donde unos yanquis, con aspecto de bien informados, están comiendo, seguramente por menos dinero que en un restaurante y en un ambiente muy popular.
Nuria se queda para conocer esa zona y yo vuelvo con la compra al Apartamento aunque, como siempre, intentando no perderme una portada bonita, un detalle en la fachada o entrando a los patios que me lo permiten. Por cierto delante de una gran puerta entreabierta hablan dos señoras una de esas conversaciones fruto de un encuentro fortuito. Yo busco el punto adecuado para poder echar una ojeada al interior y descubro que hay una estatua de grandes dimensiones con aspecto de autenticidad. Me animo a pedirles permiso para entrar a verla y amablemente me abren del todo la puerta para que pase. No me decepciona porque, además de la elegancia arquitectónica del recinto, reconozco, en efecto, a la diosa Diana sobre el pedestal, que naturalmente me la llevo en una fotografía.
Rafa no está, se ha quedado con Paco y con él sigue por el centro de la ciudad. Los encuentro y nos quedamos los dos solos porque Paco sigue su paseo intentando encontrar a Nuria. Como estamos allí mismo y no hay cola, entramos al interior del Baptisterio, que tiene una magnífica bóveda de mosaicos http://es.wikipedia.org/wiki/Baptisterio_de_San_Juan_(Florencia)
En esta dirección hay una detallada descripción tanto de las escenas de las famosas puertas exteriores como de las representaciones de los mosaicos del techo.
Seguimos luego andando despacio nuestro paseo por la vía dei Calzaioli, nombre que evoca los antiguos oficios artesanales instalados en la zona, hasta la Piazza de la Republica, levantada en el lugar donde estaba el Foro Romano, con edificios del siglo XIX. En el deambular pasamos por el Orsanmichele, que primero fue la iglesia de San Michele in Orto y que resulta ser un verdadero museo en su exterior, con esculturas de los grandes artistas del siglo XV y XVI. Nos dirigimos para buscar la bonita loggia donde está instalado el mercado del Porcellino, que recibe este nombre por la escultura en bronce de un jabalí en el frente, por la parte exterior que, como ocurre con tantas esculturas en diversas ciudades turísticas, tiene una parte de su cuerpo, en este caso el hocico, totalmente reluciente por el frote de miles de manos que esperan con fe volver a la ciudad si hacen semejante gesto.
Volvemos por otras calles hacia el Duomo y de ahí a casa a comer esa pasta que, en verdad, está buena.
Es el momento del descanso, para los otros, porque yo, a pesar de que el cuerpo también me lo pediría, decido irme hasta el Palazzo Pitti que nunca he tenido ocasión de visitar. En estas fechas lo apetecible es pasear por los jardines que lo rodean, los jardines de Bóboli, pero están cerrados a causa de los desperfectos que ha ocasionado la lluvia de estos días pasados. A mí me interesa visitar las salas del Museo que por cierto, no tienen demasiados adeptos, ni mucho menos como los Uffizzi, aunque a mí me parece que las obras que contiene son magníficas. Me interesan casi tanto los frescos que decoran las distintas salas, especialmente los de Luigi Sabatelli que, por su tema, dan el nombre a la Sala que los contiene, la Sala de la Ilíada. Allí me siento en un sillón que hay preparado para los muy cansados, como es mi caso, y con los folios plastificados que se encuentran en cada sala con las explicaciones de los cuadros y frescos que contiene cada una de ellas, además de pasar un buen rato, caigo de repente en un sopor profundo y pierdo la consciencia por unos momentos.
Algo repuesta, sigo hasta el final y al salir de allí me encuentro casualmente a Rafael que paseaba por delante del palacio. Seguimos juntos por el Lungarno, por la orilla externa del río buscando un lugar desde donde se pueda ver en su totalidad el puente Vecchio al que le está dando el sol de la tarde y fotografiarlo. Lo encontramos pronto, una pequeña terraza que pertenece a un hotel, al lado de un entrante desde la calle, desde donde se puede contemplar una preciosa vista de este conocido puente iluminado por los rayos horizontales del sol en el poniente. Allí, tranquilos, nos tomamos una copa de Chardonné con unas patatas fritas, mientras las otras tres mesas de la pequeña terraza al aire libre también se llenan al parecer con huéspedes del hotel. Es un buen momento.
Volvemos hacia el Duomo pasando lentamente por la Piazza de la Signoría y allí, en una cafetería nos encontramos con Paco y Nuria que se nos unen y nos disponemos a volver a casa. Nos separamos porque ellos van a pasar por el Spar a comprar alguna cosa para una tranquila cena en el apartamento, sin saber que el destino nos aguarda otra mala pasada, no grave pero sí inquietante. Rafa y yo nos adelantamos y subimos al apartamento. Al meter la llave en la cerradura de la puerta que da a la escalera nos damos cuenta de que ésta no se puede abrir porque alguien ha echado el resbalón de seguridad desde dentro. Imposible de todo punto lograrlo, el artilugio defensivo cumple su papel y no permite la entrada. Salimos a su encuentro en la esperanza de que la habilidad de Paco logre lo que parece un milagro pero tampoco. La inmediata es pensar que los franceses que ocupan el apartamento contiguo lo hayan echado sin pensar en los vecinos y llamamos con desespero al timbre y a voces, incluso en su propio idioma, pero ni aparecen ni es posible que estén dentro. Sentados en la escalera intentamos contactar por teléfono con Cincia que tampoco tiene operativa la línea. Nuria llama a Madrid, a la oficina y con tono lastimero porque la situación lo merece, le pide a la muchacha que contesta que haga algo porque estamos en la calle y es viernes por la tarde en Florencia, es decir, difícil encontrar un hotel.
Sumidos en la inquietud optamos por la vía práctica, ir a cenar a la trattoría cercana y al menos cubrir el flanco del alimento ya que el del descanso es incierto. A media comida nos llama la Cincia que siente no haberlo hecho antes. Después de cenar, lo que hacemos en un estado de tensión impropio de tal acto, nos adelantamos Nuri y yo y encontramos a la pareja de caseros dando golpes a lo bestia al pasador en cuestión sin que tampoco parezca que lo logren. Los franceses, evidentemente, no están presentes y ahora tenemos que confiar en la habilidad o fuerza de estos señores aunque con la tranquilidad de que alguna solución darán a lo que todo parece indicar ha sido un accidente imprevisible. De momento nos abren otro apartamento que tienen en el primer piso, muy bonito por cierto, para que esperemos mientras ellos siguen la faena. Y en efecto, oímos unos golpes descomunales y, cuando se han reunido con nosotros Paco y Rafa y los golpes se han acallado, baja ella para comunicarnos que ya lo han logrado. Encontramos al marido sudoroso como si hubiera llevado a cabo un combate de lucha libre y la puerta abierta con el pasador roto por la mitad. Dice que se ha echado solo el hierro en cuestión y que ya está todo solucionado.
Casi no nos creemos que podemos entrar de nuevo al apartamento y dormimos tranquilos en el ambiente esperado.
Día 11 de junio 2011, sábado.
Después de desayunar, salimos pronto de casa Rafael y yo con la intención de ir directamente a San Marcos donde nos encontraremos con Paco y Nuria. Cuando estamos ya en la Via Cavour, la más importante de la Florencia renacentista que entonces se llamaba Vía Larga, pasamos por delante del Palazzo Medici Ricardi, (1444-1452) que también da a la plaza de San Lorenzo y cuyo patio se puede ver desde la calle paralela y parece muy bonito. El edificio es una imponente mole cuadrada de piedra en color tostado, con tres altos pisos y un ancho alero, recubierto en su parte baja de almohadillado. Esta fue la construcción con la que los Medici quisieron reflejar su ascensión al poder, primero de Florencia y luego de toda la Toscana. Aquí vivieron doscientos años más, hasta 1737 en que se extingue la dinastía. Después perteneció a la familia Ricardi que lo compró. Posteriormente el edifico sufrió vicisitudes según los tiempos políticos.
Nos atrae la idea de entrar primero aquí y sin pensarlo dos veces, lo hacemos. La causa está sobre todo en el anuncio de la recién restaurada Capilla de los Reyes Magos de Benozzo Gozzoli, aunque luego el palacio dará mucho más de sí.
Primero entramos en el patio, porticado, con columnas y capiteles corintios, decorado en su interior y en el exterior con grafitis y tondos con esculturas, en el que destaca una bonita estatua de Orfeo sobre un rico pedestal.
Luego salimos a los jardines, al que dan edificios y muro pintados en ese color amarillo tan frecuente y con las ventanas y balcones en tono marrón. En él están expuestas una colección de buenas estatuas de arte antiguo, que pertenecían a la colección que empezó Cosimo el Viejo y continuaron sus sucesores. Hay además cuidados parterres de césped entre grandes macetones con arbustos que dan la nota de color verde que armoniza con el conjunto. En uno de los extremos del patio se anuncia una exposición en la parte baja de una colección de bustos de mármol de época romana y también la visitamos, naturalmente, solos en el local. Allí me encuentro con alguno de los admirados clásicos, como el rostro de Eurípides, pero la mayoría son retratos de romanos ilustres aunque no conocidos.
Subimos al primer piso para ver la famosa capilla pintada por Benozzo Gozzoli en 1459 mientras el arquitecto Michelozzo construía el palacio. Este pintor era discípulo y colaborador de Fra Angélico. Nos parece una verdadera maravilla en todas las superficies a donde mires. El suelo, diseñado por Michelozzo, es una composición a base de mármoles y pórfidos de distintos colores formando bellas figuras geométricas. Hay un primer espacio cuadrado, en cuyos muros está pintado el cortejo de los tres reyes Magos y otro más reducido, también cuadrado, que forma la capilla con el altar y presidiéndolo, un lienzo de la Adoración del Niño, copia de la pintura de Fray Lippo Lippi que está actualmente en Berlín. El techo es de madera dorada profusamente labrada fue también diseñado por el arquitecto. Una puerta lateral da a la sacristía y bajo los frescos, en la capilla, se sitúan unos estales de madera labrada.
La atención mayor la reclama la contemplación del fresco de Gozzoli que ocupa todos los muros. Representa el viaje de los Reyes Magos en el muro mayor, los pastores esperando el anuncio sobre la puerta de la sacristía, los ángeles adorando en los lados de la capilla y también los símbolos de los cuatro evangelistas que fueron reducidos a dos tras la reforma del siglo XVIII. Todo forma un conjunto temático relacionado con la Adoración del Niño de Lippi, en el altar mayor. El cortejo de los Reyes, en los que están representados varios personajes de la familia Medici, que tiene toques de pan de oro que realzan el valor de la pintura, está lleno de encanto, finura, elegancia, maestría, colorido, en fin, una obra de arte en toda regla que los nuevos dueños del palacio, los Ricardi, pretendían destruir y finalmente sólo movieron una de las paredes, con lo que pierde la perspectiva pero se ha conservado, por suerte para los que ahora la visitamos.
Se pasa después por distintas estancias más modernas del Palacio, decoradas con elegancia y lujo pero que nos dejan más fríos. De repente, sin embargo, pasamos a un gran salón que tiene sillas que denotan su utilidad como lugar de conferencias y del que lo que despierta mayor interés es las pinturas deslumbrantes del techo. Cuando contemplo algunas de las muchísimas escenas creo reconocerlas y en verdad poseo varios de los grupos de personajes mitológicos pero no había caído en la cuenta de que estaban aquí. Es obra de Luca Giordano y se titula la Apoteosis de la Familia Medici, de 1685, una composición llena de alegorías, simbolismos y alabanzas a la familia, en la que no faltan ninguno de los inmortales. Está recién restaurado y es para mí algo muy satisfactorio el contemplarlo así, con la calma que proporciona esta temprana hora en que no hay nadie y puedo hacer las exclamaciones y comentarios que me sugieren estas escenas.
A la salida seguimos por la calle hasta la Piazza de San Marco, cuadrada y espaciosa, con un recinto en el medio aislado por grandes árboles en cuyo centro presido una estatua y bordeada por los cientos de motos en los que los florentinos se desplazan por el centro de la ciudad.
El convento que da nombre a la plaza es el monumento más significativo, de sobrio estilo barroco. La visita es larga e interesante porque la oferta es amplia. En efecto, en cada una de las muchas celdas de los monjes se puede admirar las pinturas que en sus muros están representados, todas ellas decoradas por Fra Angelico, que generalmente representan escenas de la Pasión de Jesús, imágenes que les debían de ayudar a sus ocupantes a sobrellevar la reclusión y las largas horas de oración.
En una de las grandes salas se expone un altar recién restaurado también de Fra Angelico de gran belleza y una magnífica Sagrada Cena de Girlandaio, un pintor muy apreciable. El claustro que se puede recorrer, lleno de obras de arte y otro que vemos desde una puerta pero que no está abierto son lugares recoletos y llenos de armonía.
En el pasillo de salida, entre muchos objetos artísticos como lápidas o restos de decoración en piedra, distingo un gran cuadro en la pared que choca en el ambiente religioso en el que se encuentra y es que representa la muerte del héroe Orfeo a manos de las mujeres bacantes, indignadas contra él porque, desde su vuelta de los Infiernos para recuperar a Eurídice, sin lograrlo, ha mostrado su desprecio por el género femenino, e incluso se le acusa de aceptar y recomendar la homosexualidad. El vigilante, que casi dormitaba, atiende, sorprendido de que alguien reconozca la temática del cuadro, y me permite gustoso hacerle fotografías incluso con flash. Debo de ser la única en mucho tiempo que ha reconocido el tema y se ha mostrado interesada.
A la salida, momento en que Rafa ya ha colmado su cupo de resistencia para una mañana, le animo a sentarse en una terraza y tomar un refresco en un escenario también agradable mientras yo vuelvo por tercer día consecutivo al mercado para comprar lo que nos vamos a comer. Es terreno ya conocido y voy a tiro hecho. Vuelvo a la plaza y yo también tomo una bebida con él con la particularidad de que no estamos solos, una joven que luego sabemos es venezolana y que trabaja en el bar estando al tanto de los clientes, se nos acerca y, como se dice coloquialmente, pega la hebra con nosotros. Al cabo de unas conversaciones triviales sobre mi gestión en el mercado, lugar a donde nunca ha ido, nos dice que le acaba de dejar su novio italiano y que a ella le gustaría tanto casarse y tener hijos y que ya se le está pasando la edad. Es el problema de la mujer… el límite de edad. Le deseamos suerte y nos despedimos.
Volvemos al apartamento donde comemos tranquilamente y descansamos un rato. Salimos hacia las cinco y ya no están los amigos, se han ido antes. Vamos al Duomo, a la Via del Proconsolo para ver, al menos por fuera, el Museo del Bargello, que está actualmente en obras. Por la Via de la Anguillara y entrando en alguna iglesia antes, llegamos a la extensa plaza de la Santa Croce. La perspectiva no es la mejor porque hay unos graderíos colocados en el centro que impiden apreciar la armonía del amplio recinto. Por un lado, iluminadas por el sol, la serie de casas nada ostentosas, en las que predomina el color amarillo, de distintas medidas en altura y anchura, todas ellas con las ventanas en color marrón oscuro que les proporciona un elemento de unidad. Por el otro un palacio en el que aún se conservan los restos de la pintura que adornaba su fachada.
Nos acercamos hacia la iglesia de la que destaca por su propia arquitectura y ornato la fachada, recubierta de mármoles en el que predomina el color blanco intenso y que en esta hora del día resplandece, iluminada por la mejor de las luces, el sol de la tarde. No podemos entrar porque acaban de cerrar y lo siento por Rafael que hubiera disfrutado ante la tumba de tantos importantes personajes, a los que seguro que él conocía bien. Nos asomamos a una puerta contigua por donde los turistas ya van saliendo a través del atrio porticado.
Nos paramos un rato delante de la imponente estatua de Dante, de piedra blanca que no desentona de la fachada, representado como es habitual, envuelto en el manto y coronado por hojas de laurel. El rostro serio mira a la lejanía y junto a él hay un águila, ave de altos vuelos.
Seguimos paseando por una zona no tan frecuentada por el turismo pero siempre interesante, atravesando la Via Ghibelina, entrando en una plaza en uno de cuyos muros leemos pintadas que parecen recientes y que apunto porque también eso contribuye a la percepción completa de la ciudad. Una de ellas, con letras mayúsculas y bien visibles, dice
“Tanto va lo schiavo all´urne che si sente cittadino” (tanto va el esclavo a las urnas que se siente ciudadano)
Y cerca de ella leemos “il vero terrorista e lo dinero”
Señales del espíritu de rebeldía de la juventud en estos tiempos difíciles que traspasa fronteras.
Nos detenemos en un mercadillo de trastos viejos, más que de antigüedades, con libros, adornos, pequeños muebles, cerámicas y un montón de objetos que habría mirado con más interés si la vuelta fuera en coche pero en esa ocasión sólo apreciamos el ambiente, muy poco concurrido a estas horas, y el aspecto de los vendedores.
Llegamos a la plaza de San Ambrogio, un espacio donde confluyen muchas pequeñas calles. Entramos en ella porque es hora de Misa y a pesar de su poca importancia entre el reclamo turístico de Florencia, contiene algún fresco y pintura interesantes.
Nuestro objetivo ahora es ver de cerca la Sinagoga, un edificio similar al de Roma que, como allí, pretende emular con la ostentosa y enorme cúpula, a la del edificio católico principal, en este caso el Duomo. La fachada blanca, de líneas curvas, rematada por dos pequeñas torres a los lados y la gran cúpula central, las tres están rematadas con un revestimiento de llamativo color verde. Está cercada por una valla metálica con barrotes artísticamente labrados que impiden entrar en el recinto. Una alta y solitaria palmera evoca el paisaje de Jerusalén. A un lado hay un edificio moderno que parece ser un colegio.
La vuelta a casa nos lleva por estrechas calles en las que se abren entradas a palacios, actualmente convertidos en casas de vecinos, en las que entramos con espíritu curioso y en las que se encuentran artesonados o pequeñas capillas con pinturas y esculturas. Llegamos a la calle de San Egidio y entramos en una librería que vende libros de ocasión. Hay tres personas de edad. Le pregunto al que nos atiende si tiene algún libro de un pintor neoclásico que he visto en el Palacio Pitti, Luigi Sabatelli, pero el hombre no ha oído nunca hablar de semejante nombre y entonces me remite a un cliente que está hurgando entre los libros, al que conocen y saben de su amplia cultura. En efecto, el señor sabe de quién se trata y me busca un libro de divulgación del neoclasicismo italiano en el que aparece. Tenía ganas de hablar y mantenemos una buena conversación con él. Casualmente se acaba de comprar un libro de Juan Ramón Jimenez y es buen conocedor de la literatura española.
Está muy cerca el apartamento y a él nos dirigimos para hacer en él la última cena y preparar el equipaje. Acude Cincia para despedirnos y devolvernos parte de la fianza que se le dio al principio. El resto queda para la limpieza del piso.
El día 12, domingo, nos levantamos pronto y vamos andando a la Estación de Florencia arrastrando la maleta. En una cafetería próxima desayunamos y luego tomamos el tren a Bolonia deshaciendo el camino que hicimos al llegar pero ahora con mayor seguridad por conocer el ambiente. A la salida de la Estación tomamos el autobús que nos va a conducir al aeropuerto y allí nos toca esperar un rato hasta la salida real.
El vuelo es corto y sin novedad y llegamos a Madrid poniendo así fin a un viaje feliz lleno de interés y arte.
Assela Alamillo Sanz
domingo, 8 de enero de 2012
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