domingo, 8 de enero de 2012

viaje al Harz, a la zona de los cuentos y a Turingia

VIAJE A ALEMANIA
RUTA DE LOS CUENTOS
EL HARZ
TURINGIA

22 SEPTIEMBRE 2 OCTUBRE 2011

ASSELA ALAMILLO SANZ





CRÓNICA DEL VIAJE A ALEMANIA 2011
RUTA DE LOS CUENTOS. EL HARZ. TURINGIA

Hemos realizado un nuevo y feliz viaje a Alemania que nos ha permitido conocer otros paisajes y lugares del país y repetir alguno, con lo que se profundiza en su historia, arte y sociedad.
22 de septiembre, jueves.
Volamos con la línea Land Chile, como viene siendo habitual y este año, sin ningún incidente, salimos y llegamos con puntualidad ejemplar.
El autobús nos espera ya a la salida del aeropuerto de Frankfurt y conocemos al chofer que nos va a guiar los siguientes días; se llama Achim y es hombre serio, buen profesional y a primera vista poco comunicativo. Este año no tomamos la salida de la ciudad para desplazarnos un buen trecho sino que el primer destino es precisamente su centro histórico. La cita con el autobús será en el mismo lugar donde nos ha dejado, al lado de la iglesia de San Pauli, y desde allí iniciamos un recorrido para ver lo más significativo e interesante, guiados por el maestro en historia y en amenidad, -¡privilegios de este viaje¡- que es Chivite aunque por imperativo horario dejamos de conocer algunos edificios que lo hubieran merecido, como la Ópera o la Bolsa.
Frankfurt es la capital del estado de Hesse y es una importante y poblada ciudad en la que la mezcla de razas y etnias que la habitan es llamativa. En ella durante más de dos siglos, del XVI al XVIII tuvo lugar la coronación del Emperador del Sacro Imperio Germánico y ello hacía que fuera frecuentada por los personajes más importantes de la época.
En nuestro recorrido por esta ciudad de contrastes, entre grandes y osados edificios modernos que dan lugar a que humorísticamente se la conozca como “Mainhattan” y los que forman parte del casco histórico, pasamos por la plaza donde destacan dos edificios importantes. El primero es la Hauptwache, antigua estación de policía y cárcel donde en 1833 los estudiantes asaltaron el edificio a los gritos de “libertad, igualdad y fraternidad” y liberaron a los estudiantes que estaban encarcelados en ella. Fue un intento de revolución que no tuvo consecuencias. Hoy es una cafetería.
El segundo es la iglesia de Santa Catalina, de una torre cuadrada de tres cuerpos y la linterna superior, con un empinado tejado de pizarra sobre la nave, en el que sobresalen tres hileras de pequeñas ventanas, que ha quedado rodeada de modernos edificios comerciales en su mayoría. En ella fue bautizado Goethe.
Seguimos hasta encontrar la casa donde nació el hijo más preclaro de la ciudad, Johann Wolfgang Goethe, en 1749. Aquí vivió su infancia y juventud, con los paréntesis de sus estudios en Leipzig y Estrasburgo y su trabajo como ayudante de abogado en Wetzlar. Se trasladó a Weimar en 1775 donde permaneció hasta su muerte en 1832. En su casa de esta ciudad, por cierto, hay algún mueble que perteneció a la de su familia en Frankfurt, delante de la que nos encontramos. El edificio está reconstruido fielmente tras quedar muy dañado en la segunda guerra mundial.
Pasamos por delante del antiguo convento de Carmelitas, actualmente el museo arqueológico, que ya está cerrado. En su interior hay un interesante fresco de finales del siglo XV. Por cualquier calle vemos los rascacielos, propios de esta ciudad, edificios que reflejan una vida comercial y administrativa activa y que le dan una personalidad tan acusada como centro de ferias y convenciones a nivel mundial.
Una parada ante la iglesia de San Leonardo, que está cubierta de andamios y tablones por estar en reparación, nos permite ver, plantadas en la acera delante de la entrada, tres estatuas modernas en hierro que representan a peregrinos porque desde aquí se iniciaba el camino de Santiago para los que partían de aquí. Una de las tres figuras eleva el dedo hacia arriba, señalando la Vía Láctea, el otro lleva en la mano un libro, -tal vez en referencia al recientemente robado Códice Calixtino-, y el tercero porta el bordón y la concha de peregrino que deberían de llevar no a la ida del viaje sino a la vuelta pero que se ha popularizado así. Esta iglesia fue importante en la época de Carlos V y los siguientes emperadores porque en ella se daban a conocer las exenciones fiscales y otras prebendas que, con ocasión de la inminente celebración en la ciudad de una dieta, concedía el emperador a los habitantes de la zona.
Nos detenemos cuando ya es de noche ante la Kaiserdom, dedicada a San Bartolomé, popularmente llamada catedral aunque en realidad no debe recibir tal título. Su porte y su arte la harían, sin embargo, merecedora y el pueblo llano no entiende de disquisiciones jerárquicas referidas a la clase de los edificios religiosos. Delante de su cara sur hay un espacio inferior acotado que comprende unas ruinas de tiempo de los romanos.
Muy cerca está el Römerberg, la plaza del Römer, la preciosa y reconstruida plaza, centro neurálgico de la ciudad antigua, que ya luce en todo el esplendor de una buena reconstrucción, donde disfrutamos de la belleza de todos y cada uno de los edificios que a ella dan, a pesar de la tenue luz con que en Alemania se iluminan las ciudades. Se llamaba así porque en uno de los edificios de perfil escalonado, el central, se alojaban los visitantes italianos que acudían a la Feria. Está compuesto por tres inmuebles y es el conjunto el que se conoce como el Römer y forman parte del Ayuntamiento. El del centro termina en una linterna y su fachada está adornada con un gran balcón corrido, blasones y estatuas adosados en ella. Los cuatro personajes ilustres que están en la fachada son Carlos IV, el fundador de la Universidad de Praga, Maximiliano II, Luis I de Baviera y Federico I Barbarroja. En este edificio se celebraba la coronación del emperador a partir de 1600. Dentro está el gran salón donde tenía lugar el acto solemne que en tiempos anteriores se celebraba en Aquisgrán. En esas ocasiones la fuente del centro de la plaza manaba vino para que el pueblo también pudiera festejar el acontecimiento. El poeta Goethe se coló dentro del edificio con ocasión de la coronación de José II, el último emperador del sacro imperio germánico, para disfrutar del espectáculo, según cuenta él mismo y quedó impresionado por la magnificencia y el ceremonial.
La fuente que hay en el centro de la plaza ostenta en lo alto la figura de la Justicia como principal adorno en bronce. Era un monumento ornamental y simbólico que exhortaba a los concejales a que fueran justos. La pileta suele estar cubierta de flores y todo el conjunto está rodeado de una artística reja.
En el lado cercano al río se levanta la Nikolaikirche, del siglo XIII, pintada en blanco y rojo y con una alta torre en la que hay un mirador desde donde se controlaban los barcos que pasaban por el río. El tejado de la iglesia es inclinado y con ventanas como otras de la ciudad y bajo él hay una galería donde se apostaban las damas para contemplar los acontecimientos que tuvieran lugar en la plaza.
En el otro lado de la plaza contemplamos una serie de altas casas, algunas con fachadas de entramado de madera y tejado triangular de gran belleza. Delante de ellas, en un pedestal se levanta una estatua de la diosa Atenea/Minerva con un escudo en el que se refleja la cabeza de la Medusa.
El corto recorrido de esta tarde noche nos lleva finalmente a la Paulsplatz, con la antigua iglesia Paulskirche, monumento importante y símbolo de la Alemania actual, lugar de culto para un historiador como Chivite porque en él se pusieron las bases para la unidad europea y se la puede considerar la cuna de la democracia alemana. En efecto en 1848, año de convulsos movimientos revolucionarios en toda Europa menos en España, que se retrasaron hasta veinte años después, aquí, en esta iglesia, tuvo lugar la primera asamblea nacional alemana y nuestro guía y sabio amigo nos vuelve a dar una lección magistral de la historia reciente de Alemania. Nos recuerda que la Alemania anterior a la unidad estaba atomizada en pequeños estados, que Herder fue el impulsor del concepto romántico de nación que tanto influyó; cita el Congreso de Viena (1813) y nombres como Metternich que la presidió, la caída de Luis Felipe I de Francia en 1848 que da paso a la instauración de la República y de Bismarck, el político prusiano artífice de la unificación. Hoy es un edificio civil que se ha convertido en un monumento a la libertad, al que la gente común, como Achim, el chófer, nombra sencillamente la Deutsche Kirche por antonomasia.
En el entorno y conjuntados con la iglesia se alzan los edificios donde residían los distintos gremios, con relieves alusivos, de color rojizo y ventanas llenas de flores.

23 de septiembre 2011
Hemos dormido en HANAU, que dista unos 22 km de Frankfurt y que tuvo su importancia por encontrarse situada en la ruta comercial que iba de aquella ciudad hasta Leipzig y que se denominaba Vía Regia. Actualmente ejerce el atractivo de ser la ciudad natal de los hermanos Grimm. Por la mañana hacemos la visita de su centro histórico y nos enteramos de alguna particularidad de su historia pasada. Durante siglos alcanzó auge por su industria textil pero la guerra mundial ocasionó en su urbanismo tales destrozos que sólo dejó siete casas en pie.
Los hermanos Grimm, Jacob y Wilheim, tienen en ella sus orígenes desde varias generaciones, como luego tendremos ocasión de saber por la placa situada en una iglesia. Los famosos escritores de cuentos fueron personas formadas intelectualmente, que cursaron estudios en varias universidades y posteriormente ejercieron de profesores en la de Gottingen y en la de Berlín. Publicaron libros de filología e investigaron en la mitología alemana pero lo que les ha valido fama universal ha sido los cuentos. Estuvieron comprometidos políticamente en unos tiempos en que Alemania fue invadida por Napoleón.
Al llegar a la despejada plaza del Ayuntamiento, de nueva planta, lo más sobresaliente y atrayente es el gran monumento en bronce que representa a los hermanos famosos, el uno sentado y el otro de pie a su lado, en una actitud natural, que se apoyan sobre un cuadrado pedestal con relieves en sus cuatro lados que a su vez se asienta en dos plataformas que lo elevan y todo él rodeado por una verja ornamental que forma un cuadrado. Hacia ellos nos acercamos para contemplarlos de cerca, en señal de reconocimiento a su aportación a la fantasía de todos los niños y como a los verdaderos protagonistas del mundo de los cuentos que da lugar también desde el punto de vista turístico a marcar una región alemana que este año pensamos visitar en parte.
La plaza, de nueva construcción es rectangular, amplia y uniforme y combina el color rojo de la piedra con el gris del mármol en las fachadas de sus edificios. En línea con el Ayuntamiento y con el monumento a los escritores nos paramos a contemplar un pozo con un brocal muy ornamentado y elegante.
Nos dirigimos hacia la conocida como iglesia walona, que evoca los acontecimientos históricos relacionados con esta ciudad en tiempos en el siglo XVI y XVII protagonizados por el Conde de Hanau, Philipp Ludwig II, de quien vemos un monumento delante de la entrada principal. Fue un personaje interesante y emprendedor, un adelantado para su época, casado con Catalina de Bélgica, que adoptó, dentro de la reforma, la religión calvinista y firmó un tratado con un importante grupo de correligionarios procedentes de Francia, Bélgica y los Países Bajos que se trasladaron a Hanau donde fijaron su residencia. Para albergarlos creó la nueva ciudad de Hanau, en la que estos refugiados, en general ricos comerciantes e industriales, crearon una potente industria textil que le dio fama a Hanau. La ciudad recién construida y diseñada según modelos racionales, se mantuvo independiente de la antigua, con un nuevo Ayuntamiento y un estatus diferente, con derecho a acuñar moneda e incluso a tener milicia propia, lo que la convertía en un adelanto del estado moderno, situación que duró hasta principios del siglo XIX. Evocaba el principio de cuius regio, eius religio aunque en realidad fue tolerante con los luteranos.
La iglesia ante la cual estamos ahora fue construida en 1608 y constaba de dos partes, una para uso de los flamencos y otra de los walones. Ha sido destruida, como el resto de la ciudad y en su restauración se han aprovechado sólo algunas partes dejando un gran espacio sin cubrir. Está rodeada de zona ajardinada. El monumento a Fhilipp Ludwig II está cercado por una bonita reja modernista en forma de cuadrado.
Rodeamos el edificio y volvemos a la plaza del mercado donde a las diez en punto suena en el carillón del Ayuntamiento, el primero de los que vamos a escuchar en este viaje, en esta ocasión sin el acompañamiento de los muñecos que aportan la parte visual del entretenimiento. Es una música tradicional y agradable emitida por campanas.
Seguimos luego nuestro paseo introduciéndonos en la que fue la Vieja Ciudad y pasamos ante la Deutsche Goldschmiedhaus, la casa de los orfebres, fechada en 1538 y construida en estilo gótico tardío, con tejado inclinado y escalera por la que se accede a la puerta de entrada situada en un plano alto. Es decorativa, con ventanas y entramado de madera pintada en tono rojo que la hace atractiva.
Nos encontramos después con la Marienkirche, iglesia evangelista de Santa María, cuya sobria fachada delantera da a una pequeña plaza ocupada en su totalidad por un enorme arbol que no hemos sabido calificar, de una gran belleza. Está cerrada y aunque en su interior contiene interesantes muestras de arte sacro y las tumbas de varios de los miembros de la familia de Philipp Ludwig, nos limitamos a leer en la fachada, en un cartel con dibujo incluido del personaje y vieja fotografía del lugar, que en ella fue párroco el bisabuelo de los hermanos Grimm, con profusión de fechas acerca de su trayectoria profesional en la carrera eclesiástica. Parece un poco de aprovechamiento excesivo del éxito de los descendientes lejanos, pero así se escribe también la pequeña historia. A su lado, otro cartel nos informa de la evolución que sufrió la iglesia a lo largo del tiempo y nos dice que antes estuvo dedicada a María Magdalena, lo cual es prueba de la extendida devoción que esta santa tuvo en centro europa, especialmente en Francia, donde se la considera esposa de Jesús que, después de su muerte, se instaló en la Galia y de sus descendientes surge la dinastía merovingia. (El que no enraiza con la divinidad en su árbol genealógico es porque no tiene imaginación...)
Por otra parte la misma fachada merece un comentario por su originalidad. Se diría la de una casa de vecinos, con gran número de ventanas, estrechas y alargadas y en disminución a medida que alcanzan altura, donde adquieren la categoría de ventanucos, si no fuera por una sobria cruz de madera en el medio, sobre la pequeña puerta de entrada que está protegida por un porche con tejado de pizarra.
En uno de los muros del Ayuntamiento está adosado un relieve en color gris en el que con letras mayúsculas podemos leer lo siguiente:
La reunión de consejeros de la ciudad, en sesión pública del 15 de abril de 1985 hizo un reconocimiento de la paz y el desarme y expresaron su clara negativa a las armas químicas y biológicas de destrucción de masas. Con ello declaran que no son tales armas la garantía de la auténtica paz, sino solo la voluntad de paz, humanitarismo, razón y responsabilidad , también para las generaciones futuras. Los millones de muertos de la 2ª guerra mundial son una advertencia permanente.
Palabras que parecen muy apropiadas para una población que, como tantas otras, sufrió la pérdida de vidas humanas y que son un buen recordatorio para intentar solucionar los problemas por otras vías más propias de la razón, gran atributo del ser humano.

Damos por terminada la visita a Hanau para seguir hasta el pueblo de GELNHAUSEN, el primer pueblo que nos despierta la admiración por las muchas casas de entramado de madera seguidas y por la profusión de flores en cualquier lugar privado o público, lo que se va a repetir con características semejantes pero siempre con particularidades diferenciadas en los otros muchos pueblos y ciudades que visitaremos en los próximos días. El sol que no nos ha abandonado ningún día, contribuye a realzar los escenarios urbanos ya de por sí atractivos y a mostrar la belleza indiscutible de los paisajes. En este pueblo se conservan las ruinas del Palacio de Federico Barbarroja, el legendario rey, del siglo XII, que fue emperador del sacro imperio germánico, al menos conocidas por el pueblo por este nombre.
Nada más descender del autobús nos topamos con la Hexenturm, una de las varias torres que junto con puertas de la ciudad rodean su contorno. El primer muro que tuvo la ciudad data de 1170 y se amplió hacia 1330 para dar más cabida al caserío y para cerrar sus puertas como protección de los vecinos. De los dos se conservan partes. Esta torre es redonda y tiene en la parte alta el adorno de arcos sajones. Termina en putiaguda torre sobre el cilindro.
En el extremo opuesto de la calle por la que vamos a torcer para subir al centro histórico distinguimos otra puerta de la muralla, la Ziegeltorturm, alta y espigada, pintada de blanco por sus costados y rematada con tejado de pizarra y bajo cuya puerta todavía hay entrada o salida de la ciudad, como observaremos más tarde en otras dos que tendremos ocasión de atravesar.
Subimos por una calle en cuesta, llena de tiendas, hasta la Plaza del Mercado de abajo, la „Huntermarkt“ y nos topamos con un espacio con un desnivel, rectangular, con casas todas ellas bonitas, formando un espacio verdaderamente armónico. Uno de sus lados está ocupado todavía con puestos del mercado, entre ellos los que venden flores de todos los colores que alegran el ambiente.
En un extremo de la parte más ancha destaca una casa blanca con ventanas terminadas en arcos de medio punto y porches en la planta baja, con un saliente en el central que remata con una terraza que da a la puerta del primer piso. Es la conocida como Casa Románica, una de las más antiguas casas de la administración de Alemania, posiblemente de 1180. En un rincón de este espacio tan grato descubrimos una de las muchas esculturas de bronce que adornan los pueblos y ciudades de toda Alemania y que también se extiende por otros paises, pequeñas conmemoraciones a personajes populares o pertenecientes a la tradición o a la literatura relacionada con la zona. En este caso es un simpático farolero que levanta su lámpara para iluminar el camino.
Disimulado sobre una zona ajardinada vemos una estatua de bronce que representa a un personaje real, Phillipp Reis y para nuestro asombro, bajo en nombre está escrita la leyenda con sus méritos: „Descubridor del teléfono“. Esa noticia nos deja un tanto desconcertados porque todos hubiéramos dicho si nos lo preguntan en un concurso, por ejemplo, que era Bell, con la seguridad de acertar. Es un pequeño misterio que nos queda por aclarar pero como la suposición es gratuita, suponemos que sí fue el verdadero descubridor pero que el americano, más rápido y con mentalidad práctica, se le adelantó en patentarlo, como se sabe les ha ocurrido a otros en circunstancias parecidas.
Subimos hasta la Obermarkt, la plaza de arriba, igualmente bonita. Allí cerca está la oficina de turismo a donde nos acercamos en busca de información sobre el pueblo. Delante del inmueble se encuentra una de las fuentes que adornan la ciudad, en este caso representa un hombre que empuja una carretilla en la que van unos bidones supuestamente de vino, aludiendo a la tradición del cultivo de viñas en las altas laderas cercanas al pueblo.
En esta plaza se encuentra el edificio del Ayuntamiento, reconstruido tras un incendio en estilo barroco y rehecho recientemente pero acorde con el ambiente. Por encima de las casas sobresalen las torres de Santa María. Nosotros entramos a visitar la iglesia de San Pedro, situada en un extremo de la plaza, planificada según un proyecto ambicioso que no se cumplió en su totalidad y ha quedado en un espacio desproporcionado. Es de culto católico y encontramos una imaginería bonita, especialmente una talla gótica de la Virgen con el Niño.
Queremos encontrar la capilla de Godoberto para lo que atravesamos los dos recintos amurallados de la ciudad y se pasa bajo la puerta histórica, alta y de vieja piedra rojiza, cubierta en parte por hiedra y anexionada a lienzos de muralla. Extramuros encontramos la pequeña y bonita capilla, un eremitorio que perteneció en otro tiempo a un monasterio. Es la iglesia más antigua de la zona y actualmente se emplea solo para celebrar en ella bodas civiles. Se levanta en medio de un terreno circundado por un seto tupido, cubierto en su superficie por un tapiz de verde césped, en el que crecen árboles y rosales y en el que hay diseminadas en los extremos cruces de viejas tumbas que le proporcionan un aire romántico.
Retornamos al núcleo de la ciudad para entrar en la gran iglesia Marienkirche. Se empezó a construir en 1170 como una basílica románica por la orden premostratense, de los que ya hemos oido hablar. Después se fueron añadiendo otras partes hasta su configuración actual. Desde 1543 es de culto evangélico. Su interior es espléndido y en él lo que más atrae es el lettner, una pieza arquitectónica similar al iconostasio de la iglesia ortodoxa, que separa la parte del coro de la nave principal. Uno similar se encuentra en la catedral de Naumburg. (La palabra viene del latín „lectorium“ o lugar donde se lee). En éste podemos contemplar una representación esculpida en la piedra rojiza propia de esta zona del Juicio Final que empieza en el lateral de la izquierda por la salida de los muertos de sus tumbas que se despiertan de un largo sueño; le sigue la fila de los que se dirigen a disfrutar de la vida eterna, los bienaventurados y al lado derecho, mirando de frente están los que caminan hacia el infierno, los condenados, atados con cuerdas, entre los que se ven a los representantes de los poderes terrenos y eclesiásticos. En el lateral de la derecha quiere reflejar el infierno y en él unos terribles diablos de orejas puntiaguas empujan a los que allí llegan hasta las fauces de un gran y monstruoso animal que podría ser la cabeza de un perro.
Es curioso pensar en la ingenuidad de estas representaciones que sin duda asustaban al pueblo llano, analfabeto, que sólo a través de la palabra y de la imagen recibía las enseñanzas, más bien el temor en este caso, aunque no sabemos si era lo suficientemente disuasorio para cambiar sus costumbres en una vida ya de por sí muy dura. Es seguro que los artesanos, los artífices de estos relieves, sin consideración alguna de artistas ni mucho menos posición social desahogada, disfrutarían algo arrojando a sus reyes y obispos temporales al fuego eterno, aunque fuera simbólicamente.
Encima del lettner hay una serie de tablas de pinturas que representan a Apóstoles y Santos y en medio Cristo entre María y Marta, realizados ya en el siglo XIX. Por encima y colgado del techo preside una gran talla del crucificado. Vemos también dos valiosos retablos muy bien conservados.
En el tiempo libre nos desperdigamos y algunos salimos por otra de las varias antiguas puertas de entrada a la ciudad, bajo una alta torre, hacia la parte más moderna para buscar un lugar donde comer y conocer algo más de esta pequeña y agradable ciudad.




STEINAU AN DER STRASSE
En este pueblo a donde llegamos a primeras horas de la tarde, que forma parte de la ruta de los cuentos por derecho propio y también de la ruta de las casas con entramado de madera, vivieron en su infancia y juventud los hermanos Grimm porque su padre trabajaba en un edificio administrativo como magistrado. La justificación de su nombre completo se debe a que se encontraba en la ruta comercial que iba de Frankfurt a Leipzig, llamada Via Regia, y adquirió cierta importancia. Lo primero que nos ofrece nada más llegar es la vista del poderoso castillo, una mezcla de castillo medieval o residencia renacentista, de fortaleza y de palacio, que está rodeado de ancho foso que hoy es zona pública de asueto, y por cuyo patio de armas entramos al centro del pueblo. Tiene una alta torre cuadrada y edificios redondos anexionados a ésta y al resto del cuerpo del castillo, además de otras casas adosadas al núcleo central. Todas las edificaciones están techadas con tejado a dos aguas o en forma de cúpula con pizarra negra. Teniendo ya la mentalidad del cuento podemos imaginar que fue la sede de unos poderosos reyes que tenían una bella hija casadera que encuentra su príncipe tras el piadoso beso que le da a un asqueroso sapo, iconografía, por cierto, que veremos esculpida en una fuente en el centro del pueblo, aunque la historia real nos desmienta la fantasía.
Hemos podido saber que allá por el siglo XIII pertenecía a los condes de Rienek que disputaron al arzobispo de Mainz la posesión del lugar y lo perdieron. En las capitulaciones de la paz se acordó que la condesa Elisabeth von Rieneck, a la que pertenecía el pueblo de Steinau, se casara con Ulrich I de Hanau, y a partir de entonces los condes de Hanau pasaron a ser los dueños de esta fortaleza convertida en castillo que ofrecía seguridad para el viaje y el transporte de mercancías en tan importante vía y fue su segunda residencia familiar, utilizada para pasar en ella las temporadas de caza y también como dote para las mujeres de la familia. Lo cierto es que Steinau recibió los derechos de ciudad y se convirtió en la segunda ciudad en importancia de su condado. En el siglo XVI sus sucesores renovaron el urbanismo y la arquitectura del castillo con la influencia renacentista y reforzaron la muralla. Se comprende que Philipp Wilhelm Grimm, padre de los hermanos, fuera destinado en el siglo XVIII a este pueblo como servidor de la administración y que le dieran en él una residencia.
A la muerte del último conde de Hanau, Philipp Reinhard, en 1736, Steinau junto con todo el marquesado Hanau, pasó a manos del Landgravato y después Principado de Hessen-Kassel.
Alcanzamos enseguida la zona central donde se reunen algunos de los monumentos más significativos, la iglesia y el Ayuntamiento, pintados ambos edificios en colores claros, blanco con toques en rosa, con el tejado de pizarra negra, y la curiosa Fuente de los cuentos, que nos proporciona pasar un buen rato en su contemplación ya que consiste en una columna en cuya superficie están grabadas escenas de diversos cuentos, que intentamos reconocer. El pilón que la rodea también sostiene en su borde la estatua en bronce de una joven, bella y soltera se supone, que mira interesada a un sapo que desde dentro del agua espera ansioso el momento de su transformación, motivo éste que encontraremos repetido de nuevo en el césped que rodea la casa de los Grimm.
Encontramos el pueblo muy solitario, la oficina de turismo cerrada, como si, a pesar del magnífico tiempo de que se disfruta que invita aún al descanso y al turismo, se hubiera pasado ya el periodo de recibir visitantes. Seguimos el paseo disfrutando de sus calles atractivas y las bonitas fachadas que no han dejado de estar ahí y llegamos hasta lo que se supone que fue la oficina del registro donde trabajó el Sr Grimm padre y el jardín por donde, con mucha imaginación, podemos suponer que correteaban y ejercitaban su fantasía los pequeños. Así lo dice una placa en bronce colocada en la fachada, si aceptamos su leyenda. En otro de los carteles informativos se habla del tercer hermano, de nombre Ludwig Emil Grimm, que fue pintor e ilustrador. Imagino que la obra de sus hermanos mayores le proporcionaria abundante inspiración para plasmarlos al lienzo o al papel.
A la entrada de este recinto queda al descubierto los restos de la calzada medieval que le dio el epíteto al nombre de la ciudad y que se podría confundir con una calzada romana por su primitivismo.
Dentro del jardín, al que dan las dos casas, de estilo renacentista y convertidas hoy en museos relativos a los hermanos Grimm y al propio pueblo como lugar de camino por el que pasaron muchos personajes importantes, pasamos un rato de descanso contemplando unas esculturas de los enanitos, la casa de la bruja y al pobre Hansel metido en su prisión para que engordara y ser luego pasto del apetito de aquella, sentados en el pretil de la zona más alta en la que un verde cesped forma un tapiz de la naturaleza o a la sombra de los frondosos árboles que se levantan frente a la casa en el patio empedrado que rodea el recinto, donde oportunamente se han colocado unos bancos.
Seguimos paseando por las calles y las afueras de Steinau, en las orillas del río que pasa por el pueblo, viendo la bien conservada muralla con los cubos intercalados en ella. Nos paramos ante la fachada de una casa totalmente decorada con pinturas alusivas a varios de los más famosos cuentos, en un acierto decorativo de sus dueños, seguros de que siempre tendrían admiradores que se iban a detener ante ella. Otras casas, aún sin pinturas como reclamo, acaparan la atención por su impecable estado, sus adornos y el colorido de las flores que cuelgan de las ventanas. Por todas partes hay motivos que evocan el mundo de los cuentos, algunos pertenecerían más bien al estilo kitsch pero se les puede perdonar en este ambiente.
Otros atractivos parece que ofrece el pueblo de Steinau que serían objeto de visita si la estancia fuera de varios días, como entrar al castillo de los Hanau y subir hasta lo alto de su torre, el Teatro Guiñol, situado en las caballerizas del mismo castillo, donde se hacen representaciones casi diariamente de los cuentos de los Grimm en la temporada de verano o recorrer la muralla. También posee un parque de atracciones cercano y una cueva de estalactitas llamada Gruta del Diablo. Pero eso son planes que siempre hay que dejar para futuras visitas.
FULDA
La jornada aún nos depara un nuevo e interesante hito, novedad para algunos y reconocimiento para otros, visitar a la caida de la tarde la ciudad de Fulda, donde vamos a pernoctar.
Chivite nos pone en antecedentes de la historia de esta ciudad, de donde surge la organización de todo el estado de Franconia, a partir del modelo que ofreció el primitivo e importante monasterio Benedictino que aquí hubo, de San Bonifacio, fundado en el siglo VIII por el propio santo, uno de los legendarios cristianizadores de esta tierra, y donde reposaron, a su muerte, sus restos y que se convirtió después en lugar de peregrinación de toda Europa. La iglesia románica de San Miguel es el único edificio que todavía evoca en la actualidad la época de esplendor medieval.
No hubo nunca un reino de Franconia, sino ciudades teocráticas, gobernadas por los obispos o abades hasta que se produjo la secularización. Alemania tenía más de 350 pequeños estados antes de la unificación. Es Napoleón quien les da la idea del nuevo centralismo del estado. Ya había una cierta idea en Weimar, en1871. Fue Bismark el que proclamó al rey de Prusia como emperador de Alemania.
La ciudad de Fulda adquiere su apogeo en el siglo XVIII en que se construyen los edificios barrocos que hoy la hacen relevante, la Catedral, el Palacio Nuevo, la Orangerie y otros palacios en el entorno que constituyen el barrio barroco de la ciudad, además de los edificios de entramado de madera bien conservados.
El comienzo del paseo nos reserva una simpática sorpresa. En la plaza de la Universidad, muy concurrida a estas horas presenciamos como acto festivo del 130 aniversario de los almacenes Karstadt el lanzamiento desde lo alto del edificio de miles de globos azules, el color del establecimiento, que la gente se apresura a hacer estallar y producen un sonido parecido al de las mascletás del levante, pero ecológico y barato. Claro que cualquier valenciano me refutaría enseguida la comparación como una aseveración casi blasfema.
Allí mismo vemos las cuatro estatuas de personajes importantes relacionados con la ciudad, el más conocido de los cuales es San Bonifacio, santo que va a estar presente a lo largo del viaje por su influencia en muchos pueblos y ciudades incluso alejadas de aquí. Tiene otro monumento mayor en otra parte de la ciudad. Otro de los personajes broncíneos que le acompañan es San Pablo el ermitaño.
En frente se puede admirar el Viejo Ayuntamiento, de maderas enlazadas entre sí con geométricas composiciones, sobre fondo blanco y rematado por tejado a dos aguas y cúpula puntiaguda en pizarra oscura. Los bajos, que responderían a la antigua lonja a la que se entraba por arcos apuntados, son hoy un moderno comercio, aunando así, por imperativo de la modernidad, la tradición histórica con las necesidades urbanas actuales.
En su entorno casas pintorescas igualmente cuidadas, con entablamentos de madera en colores negro y rojizo, blanco intenso en las zonas intermedias, miradores y ventanas medievales y rematados por chapiteles puntiagudos y coloreados. Pasamos por delante de la iglesia de San Blás, pintada también en los colores blanco y rosa que tanto abundan en esta zona pero está ya cerrada.
Llegamos a la calle del Castillo, pasando por delante de él y nos paramos a contemplar el exterior del Palacio del Obispo, antigua Residencia desde 1706 a 1721 y hoy universidad. El arquitecto fue Johann Dientzenhofers (1794-12), uno de los famosos arquitectos hermanos, que así mismo lo fue del Palacio Real de Praga, por lo que ambos edificios se parecen mucho, con los mismos elementos arquitectónicos, una verja rematada con figuras mitológicas delante y un patio alargado hasta la entrada al edificio, con techos de pizarra negra en los que salen pequeñas ventanas. Otro de los edificios relevantes situado frente al Palacio es el que fue de la Guardia de los Príncipes delante del cual está situada la grandiosa estatua de San Bonifacio.
Gracias a la facundia de Chivite nos enteramos por boca del mismísimo párroco de la iglesia románica de San Miguel que aún tenemos tiempo de visitarla antes de que se celebre en ella la misa diaria, así que nos apresuramos para conocer su bonito e interesante interior, que no desmerece de la artística y original obra del exterior. Era la antigua capilla sepulcral del monasterio de San Bonifacio. En la hora de la puesta del sol sus rayos horizontales la embellecen aún más. Los dos altos y apuntados chapiteles de pizarra que rematan las dos torres de la iglesia, la cuadrada y la redonda, se elevan al cielo. El interior tiene planta mixta, primero una zona rectangular y al fondo un espacio circular con ambulatorio, como las iglesias templarias, con ocho columnas. Hay unos pocos fieles que rezan piadosamente oraciones en voz alta y nos sentimos invadiendo su espiritual espacio pero a pesar de todo algunos recorremos el templo apreciando lo que de interesante ofrece. No podemos bajar a la cripta, lamentablemente.
Frente a la iglesia de San miguel y a un nivel más bajo, se yergue la catedral, la más grande de estilo barroco al norte de los Alpes del siglo XVIII y el monumento más importante de la ciudad. Se construye así mismo bajo la dirección del arquitecto Johann Dientzenhofer, sobre el monasterio donde está enterrado San Bonifacio y aprovechando una antigua edificación del siglo IX. En su cripta, además del santo, están enterrados otros santos como San Simplicio y San Faustino, dos soldados romanos. Delante de la catedral hay una inmensa explanada, diáfana, bordeada de árboles y jardines. Tenemos que alejarnos lo más posible para que nos quepa toda la fachada en la foto, dado su tamaño. Es tarde y no podemos entrar para conocer su interior, que ya vimos algunos en otra ocasión.
A la parte de atrás de la catedral, en una tranquila calle, se levantan, a un lado y otro, dos importantes edificios. El que está pegado a la catedral es un antiguo convento benedictino erigido en la segunda mitad del siglo XVII y que desde 1803 se convierte en el Seminario de la diócesis de Fulda. Es un edificio restaurado y muy cuidado en el que destaca la puerta principal, que parece recién pintada con colores llamativos y muy colorista. A ambos lados están las estatuas de dos santos, uno de ellos obispo y otro monje, y en el medio la figura de Cristo. El edificio de la acera contraria es la Facultad de Teología, disciplina que sigue conservando la Universidad alemana en sus distintas sedes.
Cruzando la carretera alcanzamos a entrar en los magníficos Jardines que pertenecen al contiguo Palacio obispal, jardines de estilo francés en el que no falta la Orangerie, la fuente con surtidor, los parterres de flores de todos los colores, los grandes árboles sobre superficies cuidadas de césped y las estatuas como motivo ornamental.
Los admiramos durante un breve tiempo en una hora tardía, con los últimos rayos del sol y luego atravesamos el patio del Palacio donde se puede ver una gran fuente adosada al muro que tiene como protagonista en lo más alto a la diosa Diana, dotada de la media luna en la cabeza y en un plano más abajo dos figuras de su séquito, una ninfa y un sátiro, fuerza masculina de la naturaleza salvaje que, junto a sus compañeros, perseguían con aviesas intenciones a las ninfas que acompañaban a la diosa de la caza.
Damos término a una intensa e interesante jornada.

24 de septiembre, sábado
Dejamos el hotel de Fulda para retomar la Via Regia, la ruta comercial que llevaba de Frankfurt a Leipzig, en cuyo trazado, además de las ciudades que visitamos ayer, se encontraba también ALSFELD, ciudad pues habitada por artesanos y comerciantes que construyeron en ella bellas casas. El pueblo, de configuración medieval, presume, como otras ciudades de la zona, de tener el mayor número de casas de entramado de madera, alguna de las cuales data del siglo XV. En este caso dicen tener más de 400 casas en la Altstadt y en verdad es un casco antiguo precioso y su paseo por las románticas calles y plazas ofrece un verdadero deleite. También nos dicen que el pueblo está relacionado con Caperucita y las jóvenes del pueblo en alguna ocasión festiva se ponen un adorno de color rojo en la cabeza pero nosotros ni hemos visto la representación de la protagonista del cuento ni mucho menos el rastro del lobo, así que tendremos que seguir ejercitando la imaginación.
Empezamos el paseo desde la Mainzer Gasse, al principio de la cual se levantaba la Mainzer Tor, según leemos en una leyenda escrita en la fachada de la casa levantada seguramente en el mismo lugar que ocupaba tan conocido vestigio. Nos informan en una corta leyenda al lado de un dibujo que la reconstruye, que se la nombra documentalmente por primera vez en 1364, que en 1640 fue derribada por una mina y en 1654 vuelta a levantar para ser destruida definitivamente en 1821. Allí mismo se encuentra la iglesia de la Trinidad, en estilo gótico, que dejamos de lado.
La calle es muy bonita en su estructura homogénea y armoniosa, como todas las del recorrido que haremos por ellas. En el centro encontramos el brocal de un pozo que data de época medieval. El adorno curioso que hay sobre la reja que lo cubre es una imagen de un sapo verde subido sobre una bola que lleva sobre la cabeza una corona real, una nota graciosa que atrae a las cámaras fotográficas. La calle nos conduce a la Marktplatz, un espacio rectangular muy hermoso, en el que hay dos edificios destacados. El primero de ellos es el Ayuntamiento, el edificio más representativo de la ciudad y su principal reclamo turístico, de estilo gótico, que preside la plaza por el lado norte en una posición preeminente, sin edificios a su lado que empañen la visión completa del inmueble. En esta mañana no se puede apreciar en todo su encanto al menos por la fachada que da a la plaza porque tiene una lona que lo cubre en ese ejercicio de constante reparación y mejora a que los alemanes deben de someter, sin duda alguna, a todos sus monumentos y casas, a juzgar por el perfecto estado de conservación en que los encontramos. Además de la lona que lo cubre hay levantado un escenario provisional que también impediría su visión completa. Lo podremos ver por la parte de atrás y afortunadamente están diáfanos los bajos del mismo, la parte de lonja que caracteriza a todos estos antiguos ayuntamientos y que aquí encontramos limpios y en estado de revista, situación que lamentablemente no podríamos comparar con lo que probablemente pasaría en muchos de los bonitos rincones como éste si se ubicaran en España y peor aún si en la ciudad se celebrara una fiesta, como ocurre aquí a juzgar por los puestos instalados en la plaza y cerrados todavía a estas tempranas horas.
La temprana fecha de su construcción, según reza en la publicidad, de 1512 a 1516, avala el mérito de la arquitectura y su autenticidad. La parte inferior, de la lonja, es de piedra en el color cálido que también encontraremos en la iglesia y en las torres de la muralla, con tres arcos apuntados en la parte frontal y dos en los laterales y gruesas columnas del mismo material en su interior sosteniendo la techumbre. La parte superior tiene dos alturas más otras tres bajo el inclinado techo de pizarra en el que sobresalen, airosas, dos torres puntiagudas, gemelas, con un primer piso de ventanas bajo ellas, que continuán hacia abajo en forma de miradores que salen de la fachada y le proporcionan una nota de originalidad y belleza especial. Su estructura es un entramado donde la madera abunda formando todo tipo de dibujos geométricos.

El otro edificio importante de la plaza, muy diferente al del Ayuntamiento y muy bonito igualmente, que resalta especialmente a nuestra vista iluminado por los rayos del sol, es la Weinhaus, construido unos veinte años después del Ayuntamiento pero adaptando en su arquitectura rasgos del primer renacimiento. Su tejado en triángulo escalonado –Giebel- las ventanas adosadas y terminadas en arcos, las flores rojas que lucen en sus ventanas, la exclusividad de la piedra, sin vigas de madera a la vista, hacen de él una espléndida muestra de bello urbanismo. Su nombre proviene de su uso como almacén y despacho de vinos, ya que su propietario tenía el monopolio el cultivo y venta del vino que proporcionaba buenos beneficios a la ciudad. La casa del Vino, junto con la casa contigua, de menor altura y de madera, forman ángulo recto con el Ayuntamiento y, si uno se aleja, puede ver la torre de la Iglesia sobresaliendo por el medio de ellos. Actualmente es la oficina de turismo y por cierto muy bien dotada de folletos y otras curiosas ofertas, como láminas con dibujos de personajillos de cuentos para ser coloreados por los más pequeños. Ya que no encontramos a Caperucita nos llevamos al menos su efigie en blanco y negro.
El conjunto de los tres edificios constituye un bonito espectáculo y una visión muy representativa de la zona que visitamos.
Pasando por el estrecho paso que dejan los admirados edificios entramos en un espacio más amplio que no sabemos si tiene la categoría de plaza, delante del lateral de la iglesia de Walpurgis, extraño nombre para una iglesia que es de culto evangélico, (parece ser que responde a una santa que no se ha elegido en España para dar nombre a nuestras jóvenes, afortunadamente). Tiene una forma arquitectónica poco habitual y ha sufrido muchos cambios a lo largo del tiempo, con proyectos inacabados. Se empezó a construir en el siglo XIII, en estilo gótico primitivo sobre los restos de una iglesia románica anterior, que se han descubierto recientemente. En un principio fue concebida como una basílica, una sola y amplia sala hecha en el primitivo estilo gótico. En el siglo siguiente se le anexionó por ambos extremos primero el coro, en claro estilo gótico y por el sur la torre, cuadrada y recia, que fue rehecha en el siglo XVI y en realidad no se completó hasta el XIX.
Por la parte que da a la plaza aparece la parte central de la iglesia en forma de gran sala con la fachada dividida en cuatro partes terminadas en tejado triangular, con ventanas y puertas en bonito estilo gótico.
Nuestro impulso entusiasta, convertido en costumbre y afición, es entrar a conocer su interior que en esta ocasión no decepciona en absoluto ya que imaginería, pinturas, relieves de gran mérito se pueden ver en un ambiente claro y luminoso, en el que entra la luz por los estrechos y alargados ventanales del ábside, aparte que la iglesia misma está pintada en vivos colores rojo y blanco y decorada en la bóveda sobre el altar con detalles pictóricos decorativos.
Cuando salimos de la iglesia hacemos un recorrido por las pintorescas calles y los acogedores rincones que en ellas se pueden encontrar. Pasamos por el Glockensträng, un estrecho pasadizo abierto al pie de la misma torre de la iglesia terminado en arco apuntado. Al salir vemos a un lado una pequeña plaza en cuyo centro hay una moderna fuente, en piedra policromada, rematada con la figura de la “Gänseliesel”, la Chica de los gansos. Pasamos a través de esta plaza a la Obergasse para volver atravesando otro angosto callejón a la Kirchplatz, un bonito espacio al otro lado de la iglesia donde se encuentra una de las casas más antiguas, de aspecto algo abandonada, aunque sus maderas conservan bien el color rojo. Se diría que está en posición inestable, con líneas torcidas en su caída, así que se pasa algo más deprisa bajo ella para seguir el paseo.
Entre las casas de la plaza hay un edificio con aspecto de ermita, de color gris y tejado de pizarra que despierta la atención. Es el osario y cumple su función desde el siglo XIV, para contener los huesos procedentes del cementerio que rodeaba la iglesia. Ya no cumple esa misión sino que fue comprado por el Ayuntamiento, reconstruido y convertido en Archivo de la ciudad.
Vemos la parte de atrás del Ayuntamiento, de estructura igual a la parte que da a la plaza y que ofrece una más de las bonitas perspectivas que atraen al objetivo de las cámaras. El paseo sigue según lo indicado en el dibujado plano que hemos obtenido en la oficina de turismo y damos la vuelta por la Hersfelder strasse para entrar en la Untergasse y dirigirnos por una estrecha calle a uno de los rincones más pintorescos de la ciudad, al Gabborn, una recoleta y agradable plaza peatonal, afortunadamente, donde se encuentra una sencilla pero decorativa fuente llamada naturalmente Grabbrunnen, recibiendo el nombre de la plaza. Sentados a la puerta de una de las casas hay una pareja joven con sus dos pequeños, rubios teutones, que juegan sentados en el suelo. Uno de ellos lleva puesta la camiseta de la selección española, el número 9, el de Torres, aunque no hemos sido capaces de descubrir la motivación de este gesto de homenaje.
Al final de la Untere Fulder se conserva en muy buen estado la Torre de Leonardo, de 1386, redonda y con un remate almenado del que sale una pequeña torre triangular. En el centro del cuerpo se abre una pequeña ventana.
En cualquier esquina se pueden encontrar relieves policromados de imágenes en madera, en esquinas de las casas, todos ellos como recién pintados.
A última hora de la mañana salimos a un nuevo destino.








FRITZLAR
Llegamos a otro precioso pueblo en la ruta de los cuentos que tendremos que relacionar de nuevo estrechamente con la historia de San Bonifacio.
Hemos entrado a él por una puerta de la bien conservada muralla, donde se conservan todavía los grilletes y cadenas con que los malhechores eran condenados a la picota. Alguno, llevado por su afán didáctico comprobado en otras ocasiones, nos hace aquí una demostracción de cómo se utilizaba, lo que viene siendo una “clase práctica” que nos quedó claramente probado.
Pasamos por al lado de la Grauer Turm, de 38,50 metros de alta y según reza la leyenda que vemos a su lado, es la más alta de las torres de defensa que rodean una ciudad conservadas en Alemania. Tiene unas pequeñas ventanas en sus cuatro caras. En la parte de abajo estaban las mazmorras y calabozos de la ciudad.
Es difícil imaginar en este idílico paisaje actual una situación tan tenebrosa relacionada con esta torre. Los manzanos que se encuentran en el entorno de la muralla están cuajados de frutos de un color rojo intenso, hasta el punto de llenar el prado con las piezas caídas, el césped brilla al sol que, si dura muchos días más, lo secará pero ya no estaremos aquí para verlo y las primeras casas que nos encontramos tienen sus ingenuos adornos colgados de las puertas y los alfeizares llenos de flores.
Hemos llegado a una hora en que el estómago reclama más atención que la vista. Lo primero es encontrar el restaurante donde tenemos reservada la comida, y, por si fuera poco el apetito que la propia hora del día genera, damos un rodeo bastante grande para encontrar el lugar, considerando que en el paseo suplementario se incluyen cuesta abajo y cuesta arriba pisando unos adoquines difíciles de sortear, y luego nos damos cuenta que con una corta línea recta habríamos logrado el mismo objetivo. Son las pequeñas anécdotas de un viaje.
La comida tiene lugar en una terraza y protegidos por sombrillas, ya que el calor es anómalo para este lugar y estas fechas.
Después de comer subimos por la calle de los Judíos hacia la Marktplazt y nos encontramos ante otro recinto hermoso, armonioso y perfectamente conservado. No se sabe dónde mirar, tanta es la oferta de casas bonitas, diferentes e iguales a la vez en su estructura y en su antigüedad. Datan de los siglos XV, XVI y XVII y han sido cuidadosamente conservadas y en su caso restauradas. La mayoría contiene tiendas o establecimientos al público en sus bajos.
La novedad es que en el centro aparece una fuente ornamental fechada en 1564, y por tanto de estilo renacentista, de 7 metros de diámetro, que tiene la estatua de Rolando arriba, ese personaje legendario conocido por leyendas, alguna de las cuales nos afecta a nosotros, y que aquí vamos a encontrar en muchos de los pueblos y ciudades como símbolo de las libertades adquiridas por el municipio. La originalidad de éste es que sirve de adorno a la fuente. Se representa como un caballero, armado completamente, que sostiene en el brazo izquierdo un estandarte y con la otra sujeta el labrado escudo. Detrás de él se distingue un león con las patas traseras apoyadas en el suelo.
En los relieves de la pilastra que sostiene la estatua se puede distinguir distintos emblemas. Aprendemos a reconocer la rueda, que es el símbolo de Mainz y que lo será también de Fritzlar, ciudad fundada por San Bonifacio, obispo de aquella ciudad y que es considerado el apostol de Alemania porque recibió del Papa el encargo de cristianizar els territorio y de organizar su iglesia. Esta ciudad siguió perteneciendo al arzobispo de Mainz durante siglos.
La ciudad llegó a ser próspera por su situación geográfica en medio de importantes rutas comerciales. Carlomagno mandó hacer en ella un palacio que fue lugar de residencia elegido por reyes y emperadores y por miembros de la iglesia reunidos en sínodos. Aquí en el año 919 los sajones y los francos se juntan para elegir un lider y lo hacen en la persona de Enrique el Pajarero, el sajón que fue nombrado Emperador del Sacro Imperio Germánico aunque no lo ejerció.
Tuvo tanta importancia que en ella se encontraba una ceca, es decir, podía emitir moneda y en la plaza vemos una placa que señala la casa Lambert como el lugar donde se ubicó desde el siglo XI a la mitad del XV. Algunas de las casas de la plaza tienen nombre propio y por tanto están ligadas a una historia, como la casa Seibel, reforzada en su interior por vigas de cemento ante la inclinación de la parte baja del entramado.
Caminamos hacia el entorno de la catedral pasando por el Ayuntamiento, un bonito edificio cuya existencia está documentada desde el año 1109 y que sigue en uso desde que fue erigido con este fin. En su fachada tiene un relieve que representa a San Martín, el patrón de la ciudad, en el gesto habitual de partir la capa con el pobre. A estas horas el sol ilumina las dos caras del edificio, rematado en su parte alta por placas de pizarra que contrastan con el color claro de la piedra del resto. En la fachada estrecha hay una escalera doble y una colección de geranios de color rojo a la altura de la puerta. En la otra un porche añadido le resta vistosidad al inmueble.
En la otra parte de la plaza, delante de la fachada principal de la Catedral de San Pedro, se erige una estatua de San Bonifacio que está clavada en un gran tronco de árbol que sobresale de la tierra donde estuvo plantado. No pasa desapercibida esta base natural a la escultura y la historia o la leyenda nos dará la explicación. La tradición cuenta que los germanos adoraban el roble del dios Thor, (curiosamente también los griegos consideraban que el árbol dedicado a Zeus era el roble o la encina, indistintamente, asociación que probablemente tiene un origen común en los antiguos indoeuropeos, de los que descienden tanto los germánicos como los griegos. El roble es árbol poderoso, fuerte muy a propósito para adjudicárselo al dios más fuerte. En latín se dice “robur” y de ahí en español robusto. Perdón por la disquisición)
Siguiendo con el relato, era lógico que Bonifacio, que iba a convertir a las tribus bárbaras al cristianismo, decidiera eliminar drásticamente el objeto del culto pagano y se dedicó a talar el árbol, con la suerte que no cayó en ese momento ningún rayo, cosa que podría haber dispuesto el dios de la tormenta fácilmente y que era lo que esperaban los habitantes. Asombrados por la falta de respuesta vengativa de su dios, se convirtieron en masa al cristianismo. Con la madera del árbol el futuro santo construyó una pequeña capilla dedicada a San Pedro, que sería el gérmen de un monasterio benedictino y de las sucesivas iglesias dedicadas al santo hasta llegar a la catedral actual. Se dice también que en este culto al árbol, que posteriormente Bonifacio respetó adornándolo con manzanas, o cambiándolo por un pino según otra versión, está el origen de la tradición del árbol de Navidad, pero ¡quién sabe¡
La catedral fue construida en el siglo XII sobre las bases de la iglesia primitiva románica de la que se conservan la parte de debajo de las torres y sobre todo la cripta, de tres naves, que es, por cierto, lo que más nos gusta de la visita al interior del templo, actualmente en obras y llena de andamios. Su exterior es grandioso y sobresale en el perfil de la ciudad desde gran distancia, con dos elevadas torres y toda ella en estilo gótico. Delante tiene un pórtico con ventanas apuntadas cubierto por dos tejados de pizarra en los que se abren cuatro ventanas abuardilladas, rasgo original por lo poco visto. La iglesia está situada en alto y desde un pequeño jardín que hay frente a la puerta por donde se anuncia la visita al claustro y al tesoro, se puede ver un espléndido paisaje y en primer plano el monasterio de las Ursulinas.

Fritzlar es una ciudad que conserva en magnífico estado su estructura de ciudad medieval amurallada y todavía se pueden ver diez torres que salen de la muralla y que dan belleza y solera al conjunto urbanístico. Recomiendan que descendamos hasta un lugar fuera del recinto, después de pasar el pequeño río, frente a una iglesia del Espiritu Santo para desde allí tener una vista panorámica bonita del conjunto, lugar al que en los planos llaman un poco dogmáticamente Malerwinkel, el rincón del pintor, presuponiendo que va a ser lugar elegido por los artistas con preferencia. Nosotros, obedientes y curiosos, nos bajamos la tremenda cuesta, con equivocación del camino incluida, lo que aún lo hace más largo, para poder comprobarlo y llevarnos la correspondiente fotografía. Lo peor es la subida de la misma cuesta que se ve recompensada con un buen rato de ocio sentados en la bonita plaza disfrutando de la luz brillante de esta tarde.
Al volver al autobús por otro camino distinto todavía podemos disfrutar de otras vistas de la ciudad y de alguna casa histórica como la llamada Casa de las Bodas, título que encontraremos en otras ciudades, y que aquí se ha convertido en un museo regional de grandes proporciones, en el que contrasta la parte alta de entramado de mader y tejado triangular y la parte baja en pñiedra y estilo gótico.

Abandonamos el estado de Hesse para entrar en el de Baja Sajonia y dormiremos en Göttingen.


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25, domingo
El autobús nos conduce por pequeñas carreteras que nos permiten disfrutar del paisaje, grandes masas de bosques que empiezan a mostrar sus bonitos colores otoñales, extensas praderas en las que a veces se ven pastando grupos de caballos o de vacas, el paso por pueblos de casas normales para su población pero todas atractivas para nosotros, pueblos muy diferentes a los que se ven por la geografía de España, que en este mes de verano retrasado siguen llenos de flores en los pequeños jardines o en las entradas de las puertas. Llegamos a otra pequeña ciudad de características similares a las conocidas, situada también en la Vía Regia, HÖXTER, a cuyo núcleo urbano no vamos a prestar demasiada atención por dos motivos muy distintos entre sí.
El fundamental es que todo el interés lo va a acaparar el cercano Monasterio de CORBEY, donde nos esperan con hora fijada, a cuya sombra creció precisamente esta ciudad y que tuvo una importancia decisiva en la Edad Media y en la historia de Germania. En segundo lugar porque hoy es domingo y en Höxter, como en otros pueblos cercanos, se celebra fiesta popular en la que los puestos de ventas de todo tipo, de objetos tentadores, de comidas y bebidas o de diversión ocupan materialmente todas las calles atrayendo nuestras miradas, -y a veces nuestro dinero- y haciendo que el entorno quede relegado en nuestro interés.
La ciudad, ya conocida en el tiempo de Carlomagno, fue testigo de enfrentamientos entre francos y sajones. Estuvo primero bajo la protección de la Abadía de Corbey y después perteneció a la Liga Hanseática. Sufrió, como otras ciudades, las lamentables consecuencias de la Guerra de los Treinta años y después estuvo sometida a distintas ciudades o regiones.
En 2005 se produjo en el pueblo una gran explosión que ocasionó la pérdida de varias casas antiguas en el centro de la población.
Cuando descendemos del autobús, después de pasar el río Weser por el largo puente, lo primero que surge ante nuestra vista es el bonito Ayuntamiento y algo más lejos, pero entrando ambos edificios en el objetivo de la cámara, la fachada y las torres de la iglesia protestante de San Kilian que tiene la misma arquitectura que la iglesia abacial del Monasterio de Corbey, como podremos comprobar.
El Ayuntamiento, como hemos visto en otros pueblos de ésta y otras regiones alemanas, es muy bonito, es la casa del pueblo, el lugar desde donde se impartía la justicia y no es extraño ver representada en su fachada una imagen que simboliza esta virtud, sosteniendo en sus manos una balanza, atributo que la caracteriza. Aquí la descubrimos en la fachada más estrecha, la que da a la calle que se adentra en el centro del pueblo y que hoy es un hervidero de gente incluso a esta hora temprana.
Al acercarnos a la iglesia de san Kilian comprobamos que es la hora de salida del oficio festivo. Como es costumbre en las iglesias de Alemania, en ambos ritos cristianos, el sacerdote sale a la puerta y va dando la mano uno a uno a todos los feligreses que han acudido, despidiéndolos. Mientras esperamos a que el templo quede vacío observo que la edad media de los que asistentes al oficio es muy similar a la de los que llenan las iglesias católicas de Madrid, es decir, elevada, sin apenas gente joven, situación que invita a la reflexión. Entramos a conocer la iglesia, dedicada a este santo de nombre extraño para nosotros, y apreciamos las dos piezas artísticas que en ella merecen la pena, el púlpito, fechado en 1595 y el coro con el órgano.
Las casas datan del siglo XV y XVI, también de entramado de madera pero con una particularidad que no habíamos notado antes, los adornos en las vigas principales de sus fachadas consisten en relieves pintados de colores claros, en formas circulares, a modo de abanicos desplegados. Tampoco faltan los dibujos de flores y en todas ellas se pueden también leer frase con el nombre de los dueños, el saludo u oración a Dios en todas ellas y la aportación de algún pensamiento noble.
Hacemos un poco de tiempo libre viendo la oferta de los puestos, que va desde un cochino asado con un aspecto que no desmerece a los del Cándido de Segovia, y que después del alimento espiritual que supondrá la visita al Monasterio, tendremos ocasión de probarlo, hasta artesanía o incluso porcelana inglesa a buen precio, pasando por libros, vasos de cristal en los que ponen el nombre que quieras, trastos viejos, juguetes y una oferta muy variada.
En la plaza se pueden apreciar, si levantamos la vista de esta zona mercantil y bullanguera, la belleza de varias casas que dan a ella, en las que se vuelven a encontrar los adornos en forma de abanico y originales miradores hexagonales o rectangulares que sobresalen de la fachada. Este tipo de casas que volveremos a encontrar a partir de ahora se pueden calificar como dentro de un estilo renacentista propio del Weser, el río que unifica las ciudades donde se encuentran.

El autobús nos traslada a la hora convenida hasta el Monasterio de CORBEY que dista tan solo unos tres o cuatro kilómetros del pueblo.
Chivite nos ha insertado la historia del Monasterio en la más amplia historia de la formación del Imperio Germánico. Carlomagno conquista todas las tierras que llegan hasta Hamburgo a lo largo de año, queriendo extender el imperio hasta el Elba, y después emprendió la tarea de convertir a los sajones por la fuerza al cristianismo. Para ello funda Monasterios que, como éste, van a jugar un papel muy importante en esta difícil misión.
Su hijo Ludovico Pio (814-840) va a seguir la empresa de cristianización iniciada por su padre y será el que funde en el valle del Weser el Monasterio de Corbey, dependiente de la abadía benedictina francesa de Corbie. El edificio se termina en el 836 y a él se trasladaron enseguida las reliquias de dos santos, San Guy, nombre francés que significa Vito y San Esteban, para darle valor al lugar y que resultaran motivo suficiente para atraer a los peregrinos costumbre habitual en aquella época de credulidad e ingenua superstición, reflejada en el comercio y tráfico de reliquias. Desde allí pretenden evangelizar a los pueblos que habitan en el norte de Europa y el Monasterio adquiere gran importancia, siendo lugar de residencia de emperadores y reyes, que tampoco se sustraían a la extendida devoción por las reliquias. Un dato que avala la importancia adquirida es que los cinco primeros obispos de Hamburgo fueron monjes que procedían de Corbey.
Posteriormente el peligro se presenta por el oriente, con la llegada de los maggiares y los sajones sienten la necesidad de nombrar a un imperator, lo que hacen en Fritzlar, como aprendimos, y el centro de gravedad se traslada entonces al sur para combatirlos, y esto ocasiona que el Monasterio empiece a decaer en importancia.
Su momento cumbre tiene lugar en los siglos IX y X para luego decaer y renacer de nuevo hacia el siglo XII. Tuvo otro momento de expansión y auge en el siglo XV. La villa de Höxter se pasó a la Reforma protestante pero el Monasterio y las aldeas situadas dentro de las tierras de la Abadía siguieron siendo católicas, situación ésta que provocó una pérdida de los apoyos económicos al centro y su correspondiente debilitación. En la guerra de los 30 años (1630) fue totalmente arruinado y expoliado. Su reconstrucción comenzó a principios del siglo XVIII y se rehace en el estilo barroco que contemplamos hoy. Ante la falta de vocaciones hizo que uno de sus abades transformara la abadía en una diócesis con su territorio y el abad se hace obispo y los monjes canónigos. A principios del siglo XIX se seculariza y pasa a ser propiedad del duque o príncipe de Ratisvona que todavía conserva dependencias palaciegas del lugar. Sólo se conserva una mínima parte de la época de Ludovico, del siglo IX en la llamada Capilla de Carlomagno.
Llegamos ante el Monasterio que presenta un aspecto cuidado y sobrio. La entrada al gran atrio ajardinado se hace a través de una elegante portada barroca en la que dos esculturas quedan enmarcadas por labradas columnas y rematadas por molduras geométricas que enmarcan unos escudos, a modo de baldaquino. La carretera sigue flanqueada por praderas de césped hasta el edificio central, de tres alturas, pintado de blanco y con techo de pizarra. La rica puerta que da entrada al gran patio por el que nos introducimos para iniciar la visita al Monasterio tiene así mismo dos esculturas en abiertas hornacinas que representan a Carlomagno, a la izquierda y a Ludovico Pio a la derecha, que sostiene una iglesia en su brazo como fundador del Monasterio. Debajo de cada uno hay sendas leyendas en la piedra con sus nombres y otros datos.
Nos tenemos que dividir en dos grupos para que la guía profesional nos conduzca a través de sus muchas dependencias con las explicaciones que harán que nos situemos en el ambiente y captemos mejor la tradición, arte e historia del lugar. Empezamos en un claustro cerrado, de largos pasillos con bóvedas de crucería y pilastras resaltadas por la pintura que ha sido restaurada según los modelos originales.
Nos cuenta que el Monasterio recibía muchas visitas de los emperadores que correspondían concediendo a la abadía privilegios que aumentaban su poder y su riqueza y que exigieron que se construyera una iglesia sólo para ellos, delante de la primera que existió y que desapareció en la Guerra de los Treinta años. Los restos de ésta primitiva capilla de los emperadores se conservan en la planta baja y en una superior. Ahora es un lugar austero y sin adornos pero entonces estaba coloreado, las pilastras de color rojo, símbolo de la sangre de Cristo y los capiteles de verde, símbolo de los mártires. Las cuatro columnas simbolizan los cuatro evangelistas y en el centro se erigía el relicario. Los peregrinos podían contemplarlas desde el ambulatorio que rodeaba la capilla.
Subimos a la parte alta, una sala reservada al emperador que atendía a la Misa desde el arco que comunicaba con la iglesia mientras que el Abad se situaba abajo y ambos se veían durante la ceremonia, representando los dos poderes. A partir del litigio que el Papado y el emperador sostienen por las investiduras y del triunfo del Papa, el emperador no volvió a visitar Corbey y entonces se cerró el arco de la sala alta que comunicaba con la iglesia.
La sala estaba decorada con pinturas de distintos motivos, entre otros con efigies de los emperadores romanos, de los que los carolingios se sentían sucesores. También había escenas figurativas, procedentes de la mitología, a las que se les daba una lectura nueva con simbolismo religioso. Nos hace ver la guía el dibujo de un joven con un delfín, en una decoración de tema marino y lo que es más sorprendente, unos restos de pintura que representan a Ulises en su aventura del paso por el actual estrecho de Mesina, lugar de fuertes corrientes que ponían fácilmente en peligro a los barcos de aquel tiempo, que carecían de la quilla que les da estabilidad. Como esta explicación sería muy prosaica, la mitología le da otra. A un lado y otro del estrecho vivían dos monstruosos seres, Caribdis y Escila que se apoderaban de los marineros para devorarlos y destruían los barcos. Escila tenía largas extremidades terminadas en forma de fieros perros que agarraban en sus fauces a los desprevenidos marineros. Sólo la habilidad de Ulises consiguió atravesar la zona enfrentándose con Escila, momento que aquí se representa, aunque perdiendo a alguno de los suyos que en este caso se le ve aprisionado por el brazo de Escila. Se me escapa qué interpretación se le puede dar desde la óptica cristiana. Un poco más allá se distingue también una sirena, que podría ser rastro del tema del episodio famoso de la Odisea.
Los monjes tampoco vivían mal porque cada uno tenía un equipo de servidores para desempeñar el oficio a que decidían dedicarse. Nada de voto de pobreza.
Bajamos a la iglesia barroca que estaba concebida como una sala del trono y representaba el triunfo de la Fe. Por todas partes madera y pan de oro, en los altares y en las estatuas. Las pinturas representan a los santos de los que aquí había reliquias, San Esteban, con las piedras en el alda, -no sabemos si antes o después de que se las arrojaran- , y san Vito, el joven siciliano, mártir, al que echaron a los leones y del que la señora nos cuenta su vida que más parece un folletín.
El único resto de la iglesia antigua es una talla de un Cristo en la cruz de los años 1220-30, que se conserva en una pared del claustro, con los dos pies unidos y representado como sufriente en contra de otras imágenes que lo muestran como triunfador, muerte y resurrección, los dos pilares de la religión. También se ven los símbolos evangélicos. Nos comenta también que en los claustros se enterraban a los sacerdotes, los abades en la iglesia y los monjes en la tierra.
Cambiamos completamente de escenario para entrar en la parte palaciega y vemos la Sala que en estos años sirve para dar conciertos y que era la sala de las Audiencias, de estilo barroco. En dieciocho medallones se representan a los emperadores que tuvieron relación con la abadía. El fresco del techo representa las bodas de Caná y otras escenas del Antiguo y Nuevo Testamento que datan de 1704 y no se han reparado desde entonces. Este Monasterio sólo se visita en verano porque carece de calefacción, hecho que puede facilitar la conservación de pinturas y muebles.
Finalmente pasamos a ver la Biblioteca, de larga tradición pues en los siglos de esplendor contenía valiosos manuscritos. Fue pasto de las llamas y fue sustituida por otra en época barroca de cuyo contenido no queda tampoco nada pues muchas de sus obras están distribuidas en museos y otros lugares. La Biblioteca actual, propiedad de los aristócratas dueños de la Abadía, es del siglo XIX, y sus muebles y papeles pintados de las paredes son de estilo neoclásico. Ocupa quince salas y contiene setenta y cinco mil volúmenes, mayormente de temas de Geografía e Historia y sobre todo de viajes. La señora era coleccionista de libros escritos por mujeres y reunió una buena cantidad de ellos. El poeta Hoffmann von Fallersleben, que fue el autor de la letra del himno nacional alemán, ese que acuño la expresión “Deutschland über all”, fue bibliotecario de los príncipes desde 1860 a 1874, fecha de su muerte, y despreciaba este tipo de literatura escrita por mujeres, a la que llegó a calificar de cáncer de la biblioteca y, consecuente con su misoginia, relegó los libros en una zona poco visitada. Hoy día constituye uno de sus más valiosos legados.
En el Monasterio vivió Napoleón y en él nombró a su hermano Gérôme rey de Westfalia. También residió Albert Speer, dirigente nazi, arquitecto elegido por Hitler para llevar a cabo la transformación urbanística de Berlín. Fue condenado en Nürember a veinte años. Al salir adquirió cierta fama con la publicación de sus libros autobiográficos.
Salimos ya del recinto captando las últimas imágenes de la zona, su alta y armoniosa iglesia abacial, las extensiones de césped cuidadosamente segadas y de un verde brillante, los árboles, el pequeño puente de entrada sobre el foso, todo lo cual asociaremos a esta historia de monjes y emperadores que hemos aprendido.
Volvemos a Höxter donde la fiesta ha cobrado todo su auge y las calles están llenas de gentes. Allí tenemos el tiempo libre durante la hora de la comida y la cita después al otro lado del puente, a orillas de Weser, de donde se ve una buena vista del caserío dominado por las torres cuadradas de San Kilian y sus altos chapiteles.




HANN. MÜNDEN.
Hacia este pueblo, perteneciente a la Baja Sajonia, nos dirigimos en la tarde del domingo sin saber que también allí están celebrando fiesta y aún hay más gente en sus calles, si cabe. Su extraño nombre proviene de la abreviatura de Hannover, ciudad a la que estuvo unida, seguido de su antiguo nombre.
Al llegar a la ciudad y todavía sin bajar del autobús, vemos la alta torre Hagel, de 40 metros de altura redonda que perteneció al recinto amurallado de la ciudad, almenada en su parte superior y con unas estrechas ventadas apuntadas en la parte alta. En el lugar donde descendemos se encuentra otro vestigio de la antigua muralla, llamada torre redonda, un recinto circular coronado con una cúpula puntiaguda de pizarra en cuyo muro se distingue el escudo de la ciudad

En nuestro paseo por sus bonitas calles, llenas de casas de entramado de madera que constituyen un conjunto auténtico y armonioso, nos veremos inmersos en el ambiente festivo, dentro de la corriente humana que llena calles y plazas. No entramos si quiera en la iglesia luterana de San Blas, que está cerrada y seguimos hasta la plaza del Ayuntamiento, donde vemos en el suelo unos estanques en los que se producen juegos de agua cuando no está el lugar saturado de otras actividades, como en la tarde de este domingo. La plaza está llena de puestos de exposición y venta y en ellos encontramos desde animales vivos, plantas de todo tipo, artesanías variadas y, en la acera opuesta, el puesto que en estas fechas de principios de otoño no falta en ningún mercado de Alemania, el de venta de calabazas de todas las formas y tamaños entre las que predomina el llamativo color naranja.
Por allí paseamos pausadamente para contemplar el bonito edificio del Ayuntamiento, más grande que ninguno de los que hemos visto hasta ahora y de adornado estilo renacimiento característico de los pueblos que recorre el Weser. La parte alta está dividida en tres cuerpos triangulares, coronados por una estatua en el vértice y prácticamente simétricos. En el de en medio se pueden distinguir las campanas y las ventanas por las que salen, en tres ocasiones al día, al son de la música, el doctor Eisenbarth y su equipo, personajes que forman parte de la historia de la ciudad. No hemos tenido ocasión de verlo.
La parte de abajo en cambio resulta asimétrica en su estructura, lo que, sin embargo, no va en contra de la armonía y la belleza. En el centro vemos una adornada puerta de entrada y al lado derecho un alto mirador que ocupa los dos pisos y alcanza el cuerpo superior rematado así mismo en un triángulo. El color amarillo de los toques de pintura, y el rojo de los macizos de flores colocados en las ventanas alegran el conjunto.
En una farmacia que vemos en una de las calles leemos el nombre del Dtr Eisenbarth, en un gracioso reclamo que cuelga de su fachada, y también se conserva la casa donde murió y en la que como adorno y llamada de atención hay una estatua en madera policromada del personaje bien visible en su fachada. De este famoso doctor, el personaje más conocido del pueblo, hemos tenido conocimiento por la letra jocosa de una canción que nos ha proporcionado Chivite en el autobús, a la vista de que veníamos a conocer este pueblo.
En realidad fue un médico innovador y popular que vivió a finales del siglo XVII y principios del siglo siguiente. Además de médico general fue cirujano que se atrevía a practicar cualquier intervención en el cuerpo. Para el desarrollo de su trabajo inventó instrumentos apropiados, como una aguja con la que extraía las cataratas. Lo mismo quitaba un pólipo que arreglaba una hernia. Practicó su profesión de manera ambulante, yendo de pueblo en pueblo. Se instalaba en una tienda en la plaza del mercado, como los que estamos viendo, y para atraer a los pacientes, iba acompañado de un grupo de comediantes que llamaban la atención con sus actuaciones y llegó a obtener privilegios y honores en distintos estados de la actual Alemania. En los siglos posteriores se distorsionó la verdadera historia de tan innovador personaje y su nombre llegó a ser sinónimo de una práctica médica discutible e incluso cruel hasta terminar en canciones y chanzas.
En Hann Münden se creó desde 1955 un festival de teatro que quiere sacar a la luz los méritos reales del Doctor que terminó sus días en este pueblo y representan una obra titulada Das Spiel vom Dr Eisenbart que se ha convertido en una de las actividades culturales de la ciudad.
Paseamos por calles adyacentes disfrutando de las viejas pero arregladas casas e inmersos en el flujo de la gente. Dejamos a un lado el castillo, pintado en color claro y llegamos hasta la orilla del río Werra que vemos desde el antiguo puente de piedra en el que paramos un rato, aprovechando la bonita luz de la tarde que es el mejor foco posible para lograr una buena fotografía. Seguimos por la orilla del río hasta un lugar donde confluye este río con el Fulda y a partir de aquí caminan juntos convertidos en uno nuevo, el Weser y recorriendo bonitos paisajes que se han convertido en una de las rutas de bicicletas solicitadas por los amantes de ese deporte, aunque no sean tan conocidas fuera de Alemania.
En el fondo de la calle, en medio del telón de frondosos árboles que limitan el espacio, se distingue una torre blanca y estilizada que lleva el nombre de Tillyschanze, en recuerdo del general que luchó al frente de las tropas católicas en la Guerra de los Treinta Años y tomó la ciudad de Hann Münden en 1626. Se construyó a finales del siglo XIX y desde ella se debe de ver un bonito panorama. La tradición dice que desde ese lugar Tilly dirigía los movimientos bélicos.




GÖTTINGEN

La tarde nos depara aún unas horas de agradable actividad, la de conocer la ciudad de Göttingen que algunos ya han tenido ocasión de hacerlo la noche anterior. En el día de hoy la fiesta nos ha acompañado en los dos pueblos anteriores y también está presente aquí esta tarde. El autobús nos deja muy cerca del centro y vamos andando a dar una vuelta mientras todavía hay luz. La Marktplazt, el corazón de la ciudad, donde está el antiguo y elegante edificio del Ayuntamiento, que tiene sus orígenes en 1270 y fue varias veces remodelado, la encontramos en esta tarde de domingo ocupada en toda su superficie por casetas y puestos donde la gente se divierte, disfruta del tiempo veraniego al aire libre y agota las últimas horas del fin de semana. Parecería un tópico pero se acerca mucho a la verdad si decimos que no cabemos y decidimos conocer primero otras calles y plazas y volver más tarde, a ver si se ha hecho ya sitio.
No nos podemos acercar de momento al monumento más famoso y tradicional de la ciudad, la fuente de la Gänseliesel, -Elisa la de los gansos sería un traducción aproximada- la chica joven que aparece con dos de estos animales, la novia de los estudiantes de la ciudad universitaria.
La pequeña sorpresa es que de repente descubrimos al inerte personaje pero de carne y hueso a nuestro lado, con el ganso metido en la cesta de mimbre, sus largos cabellos rubios cayendo por el cuerpo y vestida con vistoso traje largo. Se vuelve hacia nosotros con la mejor de sus sonrisas y con ello nos proporciona una simpática anécdota.

Götingen no fue destrozada en la Guerra Mundial y por tanto su casco urbano conserva su autenticidad. En casi todas las casas se ven unas placas conmemorativas con nombres a los que siguen las fechas que les afectan y la disciplina en la que destacaron. Son antiguos estudiantes y luego grandes profesionales salidos de su Universidad Georgia Augusta, una de las más prestigiadas del país, lo que se refleja en los más de cuarenta premios nobel que han salido de sus aulas. En ella enseñaron los hermanos Grimm filología alemana y también aquí vivió Goethe, intentando entrar en la Universidad. La ciudad se siente orgullosa de este patrimonio humano y lo hace notar en estos sencillos recordatorios. Pasamos por delante del Paraninfo de la Universidad, de estilo clasicista, en una agradable plaza, dentro del cual estaba la cárcel de los estudiantes que hoy se puede visitar. Intuimos que muchos de los edificios de una altura razonable están actualmente habitados por los estudiantes que desde fuera vienen a cursar en ella sus estudios.
En el recorrido por las calles vemos una casa especialmente decorada en sus vigas de madera, con relieves de personajes coloreados en todas ellas y en excelente estado de conservación. Es la taberna de los Hidalgos, la Junkernschänke, del siglo XVI, ante la que nos detenemos para observarla minuciosamente.
En una de las calles que conducen a la plaza, peatonal como tantas otras, se nos ofrece un espectáculo universal: un bar en el que todas las sillas de las abundantes mesas están dispuestas a modo de asientos de un teatro, y ocupadas mayoritariamente por hombres que siguen con pasión un partido de futbol proyectado en una gran pantalla colocada fuera del establecimiento. Se diría que estamos en una ciudad veraniega de los países cálidos del sur de Europa aunque el calor de estas jornadas es similar y la afición por el deporte estrella no conoce diferencias geográficas ni étnicas. Para los habitantes de esta ciudad, en la que hay gran cantidad de emigrantes bien asimilados a ella, esta circunstancia les debe de parecer un tanto insólita, ya que los días lluviosos son los predominantes a lo largo del año.
Cuando volvemos a la plaza después del rodeo por las calles aledañas, y nos situamos al lado contrario de donde habíamos entrado, hay menos gente y distinguimos la fuente en cuestión. Es de art decó, muy bonita y se ha convertido en el monumento más conocido de la ciudad y en la chica más besada del mundo. Fue erigida en 1901 y desde el principio forma parte de las celebraciones de graduación de los estudiantes, que tienen la costumbre de subirse a la fuente y besar a la muchacha, además de ofrecerle flores. La Universidad ha utilizado como propaganda fotos de este momento, lo cual supone una aceptación tácita de esta costumbre. Me entero de que, desde 1995, la ciudad ha instituido una nueva fiesta, que tal vez es la que se conmemora hoy, la "Gänselieselfest”, en honor a la muchacha del ganso. El acontecimiento principal de ella es la elección de una mujer joven de Göttingen como la Gänseliesel, para que represente a la ciudad y a la estatua durante un año. Es precisamente la joven que hemos visto antes la elegida este año.
Nos hemos parado en un punto de la plaza crucial para poder distinguir la torre o torres de las cuatro iglesias de Göttingen, sin tener que habernos aprendido antes la lección de adjudicarles nombres y fechas, pues están grabadas en una placa de bronce en el suelo con una flecha que indica la dirección a la que hay que girarse para comprobarlo. Leemos que la iglesia en la que hemos entrado al principio de nuestro paseo, a la espalda del Ayuntamiento es San Juan, de 1230, terminada por dos magníficas torres desiguales. Que por uno de los lados se distinguen la alta torre, terminada en forma de cebolla, de San Jacobo de 1360, obra importante del estilo gótico y por el lado contrario la de San Miguel, la más reciente de las cuatro, de 1896. Al frente sobresale la torre de San Albán, de 1434.

Seguimos paseando porque quedan calles y detalles interesantes de conocer. Nos adentramos en el espacio ocupado por la antigua muralla del siglo XVIII que ha sido convertida en un paseo arbolado, un verdadero bosque en el centro de la ciudad, con grandes árboles y zonas umbrosas. Allí vemos la casita en la que vivió Otto von Bismarck, en la que una placa lo conmemora. Enfrente de la casa se distingue, adosado al río, un viejo molino que gira su enorme rueda de aspas de madera en las aguas calmadas. Delante del edificio que lo contiene pasamos por una agradable terraza con mesas al aire libre en un ambiente de tranquilidad y agrado.
La ciudad de Göttingen da para mucho más que este paseo de tarde, sus grandes parques, la visita de las iglesias, la localización de otras viejas casas de madera del siglo XVI, el Jardín Botánico, los edificios de la Universidad, el descubrimiento de rincones con encanto pero eso queda como proyecto de futuro.
Volviendo al centro y dando tiempo libre para cenar antes de volver al hotel terminamos otra buena jornada.















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26 de Septiembre, lunes
Hoy es un día de cuentos. Nos dirigimos primero a BODENWERDES y en el camino nos proporcionan la preparación cultural necesaria a la par que buena distracción porque nos pone Chivite la película de las aventuras del barón de Münchhausen , film americano de 1988 dirigido por Terry Gilliam. Estas aventuras habían tenido ya su precedente en el cine, desde 1911 pero ésta es una muy buena versión. La relación de este personaje extravagante y aventurero con el pueblo que vamos a visitar está plenamente justificada, pues si al protagonista literario de la película y de los cuentos sobre él le quitamos toda la fantasía de sus propios relatos y lo dejamos sólo en un militar del siglo XVIII, queda una persona real, de nombre Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchhausen, nacido en Bodenwerder el 11 de mayo de 1720 y muerto también allí en 1797. Este hombre, militar de profesión, sirvió a las órdenes del duque de Brunswick y se unió luego al ejército ruso, tomando parte en dos campañas militares contra los turcos. Cuando volvió a su pueblo se dedicó a contar a sus conciudadanos sus hazañas que, con exageración de los hechos, se convirtieron en bravatas que cada vez se iban pareciendo más a verdaderas aventuras dignas de admiración al añadirle fantasía hasta entrar en el mundo de lo increíble.
Un escritor alemán de Hannover, Rudolf Erich Raspe, de la misma época que el autor aunque algo más joven, que había tenido que huir a Londres para huir de sus acreedores, se valió de estos relatos para compilarlas y escribir por primera vez un libro que los recogía en un tono satírico. Lo cierto es que logró crear un personaje literario con fama imperecedera, que se caracterizaba por una desbordante imaginación que le llevaba a contar historias maravillosas e imposibles. Otros escritores retomaron el personaje en obras similares aunque aportando cada cual sus modificaciones. Entonces no existía la Sociedad de Autores y no se podían registrar las creaciones literarias, así que salieron perdiendo tanto el verdadero barón como Raspe, que no se benefició económicamente de su hallazgo aunque estaba muy necesitado.
El pueblo es pequeño y está totalmente volcado al recuerdo de su hijo más preclaro, lo que le ha debido de proporcionar y le sigue proporcionando buenos ingresos económicos. Se fundó en una antigua isla que formaba el rio Weser a la vera del Monasterio románico de Kemnade y también el río es un atractivo para el pueblo por ser navegable y estar dentro de las rutas turísticas.
Cuando nos introducimos al interior del casco urbano lo hacemos a través de una zona ajardinada en la que hay un estanque con nenúfares y pequeños peces rojos que contemplamos desde un puente. Entramos en el parque para ver de cerca la primera de las esculturas dedicadas al Barón de las varias que se encuentran diseminadas por sus calles. Al fondo se levanta una alta y sobria casa con tejado a dos aguas de pizarra que es el Museo dedicado al Barón que en esta ocasión no vamos a conocer.
La escultura representa al barón que tira de su coleta hacia arriba con una mano y con la otra levanta las riendas de su caballo que está surgiendo de una ciénaga. En efecto, se refiere a una de sus conocidas aventuras según la cual por este sencillo procedimiento se salvan ambos de perecer ahogados en tan peligroso lugar.
Antes de adentrarnos en las calles del pueblo vemos pintado en un muro de reciente construcción una de las historias del barón con vivos colores. Se trata del episodio en que el personaje viaja agarrado a una cuerda que estaba conectada a una bandada de patos, lo que le permite desplazarse rápidamente a gran distancia. El motivo lo volveremos a encontrar en la fuente.
Pasado el muro nos metemos por la calle para alcanzar el centro, flanqueada por una casa construida aprovechando una parte de la antigua muralla a un lado y al otro por la llamada Capilla de Gertrudis, un viejo inmueble, de tejado inclinado, construido a principios dl siglo XV que ha tenido varios usos a lo largo de su historia, desde capilla privada, escuela de latín, cárcel del pueblo y que finalmente es una vivienda particular.
Paralela al río y a la zona ajardinada por donde hemos entrado, está la calle principal y peatonal, en medio de la cual se levanta la iglesia de San Nicolás, que en los viejos tiempos dependía de la Abadía de Corbey y su forma actual ha sido completamente renovada. Paseamos por la agradable calle a unas tempranas horas en que aún no hay vida comercial y las terrazas de los bares están vacías. Llegamos hasta la fuente Münchhausen que ocupa todo el espacio central de este paseo. En ella se representan varios momentos correspondientes a otras tantas aventuras del héroe local en figuras metálicas. Una de ellas, la del arrastre por la bandada de patos, ya la hemos visto en pintura mural. En el centro se distingue un campanario de una supuesta iglesia en cuya cima está colgado un caballo. Alude a la ocasión en que el barón llegó a un pueblo que encontró totalmente cubierto por la nieve caída sobre él. Descabalgó y ató su caballo a un hierro que sobresalía. Al día siguiente, cuando la nieve se había derretido, advirtió que el caballo colgaba de la aguja del campanario de la iglesia. El tercer motivo representa al mismo barón, en una figura articulada que se puede manejar al antojo caprichoso de los viandantes, subido en una bala que está a punto de salir de un cañón y en la que va a volar en dirección a la Luna.

Al final de la calle, cerca de una torre de defensa cubierta de hiedra, se encuentra otra fuente en la que una gran bola suspendida en el agua se mueve sin esfuerzo. Es la Münchhausenkugel, la bola de cañón en la que viajó el barón. Nosotros seguimos paseando por una zona bonita, de praderas despejadas y grandes árboles, a orillas del rio, buscando el Monasterio de Kemnade, antiguo centro benedictino del siglo XI, lo que nos lleva un largo paseo por las afueras del pueblo hasta llegar a una zona periférica. Cuando lo encontramos, guiados por la torre que sobresale de las casas, lo podemos ver solo por fuera ya que está en proceso de restauración totalmente cubierto de andamios. En el cementerio que lo rodea se halla la lápida del verdadero barón pero su visita la dejaremos para otro viaje. A la vuelta hacia el autobús todavía nos encontramos con curiosidades dignas de anotar, como una casa de nueva construcción en cuya pared exterior han pintado escenas de las aventuras con muy buena ejecución o en otro patio ajardinado y abierto unos restos del muro de Berlín pintados con unos tenebrosos frescos.
Llegamos hasta los jardines que hay delante del Ayuntamiento y de la Oficina de Turismo y en las cercanías del Museo y todavía tenemos ocasión de ver una más de las estatuas conmemorativas del personaje protagonista de la mañana que refleja el episodio en que el Barón cabalga sobre medio caballo que cuando se para a beber agua, como en este caso, ésta se salía por detrás.
Son más las aventuras del barón en las que intervienen personajes sacados de los ambientes más dispares, como los selenitas, los habitantes de la luna, o el dios Hefesto/Vulcano, al que va a visitar y allí conoce a la diosa Venus o el rey de la cerveza, Gambrinus y otros. En unas placas de piedra colocadas en la fachada de la oficina de Turismo se les dedica un recuerdo para no pasar por alto tantas de sus hazañas o bien para estimular a la lectura completa de la obra literaria, lo que algunos nos proponemos como deberes en corto plazo.


HAMELIN
Llegamos a la segunda ciudad de cuento del día de hoy, en este caso sin fundamento real que avale la historia que la ha hecho famosa, como sí ocurría en el caso del barón. Es una ciudad grande, con mucho qué ver, grandes iglesias, casas preciosas y el inevitable carillón. Lo primero es la cita del restaurante, local muy agradable y bien situado a orillas del rio Weser, nuestro compañero de ruta en los días anteriores, que en esta parte se divide en dos ramales y deja una isla en medio. Para atravesarlo han puesto en ese punto, al lado del restaurante, una pasarela peatonal pintada de azul que tiene en lo alto una figura dorada y por tanto llamativa, que comprobamos es un ratón. Con este símbolo ya nos metemos de lleno en la leyenda que ha hecho popularmente conocida la ciudad de Hamelin pero que hay que conocerla para saber el motivo por el que han colocado un ratón en lugar tan destacado.
Habrá que empezar con el “erase una vez” porque esto es un viejo cuento transmitido por los hermanos Grimm. En el siglo XIII la ciudad que hoy conocemos padecía una molesta plaga de ratas y ratones de los que no sabían cómo deshacerse. Un día concreto apareció por allí un personaje vestido de colores, con un gorro y una flauta y pidió una recompensa si lograba alejarlos. Así se convino y en efecto, el flautista con su música atrajo a todos los ratones que surgían por los distintos puntos de la ciudad y formaban una larga fila detrás de él. El extraño personaje avanzó lentamente hasta las orillas del Weser y se introdujo en sus aguas sin dejar de tocar. Los ratones, embelesados, le siguieron y así murieron todos ahogados.
Los dirigentes de la ciudad al verse libres de tan odiados animales, se olvidaron de lo pactado con el flautista y no le pagaron lo acordado. Este se marchó contrariado pero un tiempo después volvió vestido de manera estrafalaria y tocado de su gorro rojo y, en una hora en que los adultos estaban en la iglesia, tocó la flauta por las calles y las plazas y logró reunir a todos los niños y niñas que se encontraban en la ciudad. De la misma manera que los ratones le habían seguido, también lo hicieron los pequeños y el flautista salió por una de las puertas de la ciudad y subió hasta una montaña próxima para desaparecer tras ella y dejar al pueblo sumido en una profunda pena. Sólo volvieron dos niños, uno ciego que no pudo ver a dónde se dirigían y otro mudo que no logró hacerse entender.
El trasfondo de la leyenda tiene sin duda raíces históricas en una época en que se emigraba fácilmente para repoblar nuevas tierras o alguna otra razón pero nos quedamos con la versión del cuento y veremos rastros de él por toda la ciudad.
Después de comer iniciamos nuestro paseo comunitario, todos detrás de Chivite aunque no va tocando música con una flauta. El centro de la ciudad es muy bonito, lleno de casas de entramado de madera, muy decoradas y pintadas en llamativos colores.
Vamos andando por la calle Bäckenstr. que es peatonal y muy comercial. Hay importantes edificios, varios de los cuales tienen un nombre distintivo y hoy son establecimientos hoteleros o restaurantes. En las leyendas pintadas en los dinteles, sobre las puertas, se leen fechas tan antiguas como 1515, en casas bien conservadas e impecables en sus fachadas.
Llegamos hasta la catedral de San Bonifacio, la más antigua de la ciudad y un gran templo que mezcla los estilos románico y gótico, con un magnífico cimborrio hexagonal que sobresale a gran altura y permite ver las artísticas ventanas de su piso superior, antes de la linterna que lo remata. Arcos sajones, rosetón, ventanales góticos, arquivoltas en la puerta de entrada, contrafuertes, frontones triangulares, son otros elementos que embellecen la iglesia.
Entramos a conocer su interior, de tres amplias naves, luminosa y pintada en colores claros y bajamos a la cripta, que reúne el encanto de estos lugares llenos de misterio.
Volvemos a salir a la calle peatonal que rehacemos en sentido contrario para llegar hasta la “Casa de las bodas”, Hochzeitshaus, un elegante edificio en el estilo renacentista propio de las casas de la cuenca del Weser, en uno de cuyos lados y colgadas de la fachada de la zona del frontón ya vemos gran cantidad de campanas de diversos tamaños. En la plaza Am Markt, a la que da esta cara oeste del edificio, hay dispuestos unos bancos y vemos gente sentada. Es fácilmente conjeturable que pronto tendremos audición de campanas del carillón y espectáculo visual. En este caso no podía ser menos que, por la ventana metálica de la fachada que se abre al sonar la hora, apareciera el mismísimo Flautista seguido en primer lugar de una legión de ratones y a continuación, en otra nueva salida y vestido de extraña manera, vuelva a aparecer seguido por los niños y jóvenes de la ciudad menos dos que vuelven sobre sus pasos.
Lo más curioso es que pocos minutos después de terminarse la agradable música de campanas aparece en la plaza el flautista en carne y hueso, vestido con atuendo medieval y colorido, como dice la tradición, tocando una larga flauta y seguido de un grupo de chicos y chicas. No sabemos si es un espectáculo diario u ocasional, pero nos resulta apropiado al ambiente que se ha creado y una anécdota más del viaje.
Nos hacen notar que en el suelo hay incrustados en algunos de los adoquines que forman la calzada unos ratones de bronce, que es un recuerdo más del cuento que nos envuelve desde que hemos llegado a la ciudad del flautista.
Al lado de la casa de las bodas está la iglesia de San Nicolás, con una torre cuadrada terminada en alta aguja de color verde que no hemos conocido en su interior.
Frente a la iglesia podemos ver otra de las casas señaladas como merecedoras de atención, la Dempterhaus, caracterizada con un rasgo arquitectónico que no habíamos encontrado antes y es un mirador que ocupa una parte lateral de la fachada desde la base hasta la planta donde comienza el tejado, adornado y rematado con un pequeño frontón en el que hay una hornacina que contiene una figura
Nosotros continuamos por la Osterstrasse, la calle peatonal más bonita de la ciudad, en la que todas sus casas son admirables y hay detalles que observar. En estas fechas está levantada por unas obras en el medio de la calle pero no obstante mantiene las terrazas en el exterior de los bares y las tiendas de ropas sacan su género en perchas a las aceras. Tampoco nos impide la tela metálica que aísla la zona de obras el admirar las casas que la forman, entre las que destaca la Leisthaus, del año 1589 y actualmente un museo de la ciudad. Tiene esta fachada el mirador más lujoso y decorado de la ciudad, que ocupa la mitad de la casa. En la hornacina que lo remata se ve la figura de un personaje femenino casi desnudo y con una espada en la mano. En todos los huecos o salientes de la fachada se pueden admirar grupos de figuras en relieve y policromadas.
Por el suelo, y hay que fijarse para valorarlo, se ven unas huellas blancas que van marcando un sinuoso recorrido y que invitan a algunos a pisar encima de ellas al tiempo que posan para la posteridad. Quieren evocar las huellas que dejaron los niños al salir de la ciudad e incluso hay una calle por la que se supone que pasaron para alcanzar la puerta de salida en la que está prohibido hacer ningún tipo de música callejera.
Vemos un gran edificio en colores rojo y blanco y grandes ventanas, coronado por tres artísticos frontones, con aspecto de edificio administrativo y, en efecto, fue la Antigua Post. Delante de él han colocado el monumento moderno más aparente dedicado al flautista, una fuente toda ella en bronce, ocupada por completo en su parte ornamental por la imagen del flautista en pose de caminar mientras sopla su flauta.

En la misma calle se encuentra uno de los edificios más significativos, la llamada casa del flautista, la Rattenfängerhaus, en un evidente deseo de seguir dando protagonismo y sacar réditos a la figura que les ha colocado su nombre en la cultura universal porque ni parecen coincidir las fechas con las aceptadas como el momento de la desaparición de los jóvenes ni hay datos de solvencia que lo avalen a pesar de las placas colocadas en su fachada y en la lateral. Esta preciosa casa fue construida en 1603 en el estilo renacentista del Weser, como otras que hemos visto, en piedra con detalles ornamentales esculpidos en ella que decoran sobre todo el frontón en que remata el elegante edificio. También tiene el mirador lateral y en sus ventanas macizos de flores dan el toque de color. Hoy es un restaurante.
En la placa situada en el lateral se hace constar que esta casa tuvo en la parte alta una inscripción que recordaba la desaparición de los niños en el año 1284 y recoge la cita que decía lo siguiente: En 1284, el 26 de junio, día de San Juan y San Pablo, 130 niños nacidos en Hamelin fueron sacados fuera de la ciudad por un flautista vestido con un traje multicolor. Pasaron delante del Calvario, cerca de Koppenberg y desaparecieron para siempre.
Aparte de los edificios singulares, contribuyen al encanto del lugar las múltiples esculturas que se encuentran diseminadas por calles y plazas, a las que tan aficionados son los alemanes en general, con motivos alegóricos o alusivos a las tradiciones del lugar.
Seguimos recorriendo por libre la ciudad hasta que nos reunimos para trasladarnos en el autobús para conocer uno de los castillos cercanos, sitio muy visitado por los turistas y que merece la pena aunque no hayamos podido entrar en su interior. Se trata del Hämelschenburg, una magnífica obra representativa de la arquitectura del renacimiento del Weser y uno de los castillos más bonitos del norte de Alemania, enclavado en un lugar idílico. El edificio en sí del castillo, edificado en piedra de la zona que tiene forma de herradura y dos torres octogonales rematadas en cúpula de pizarra, ya es imponente por sí pero además se admira todo el conjunto que lo rodea, el puente de piedra fortificado que hay que franquear para entrar en el castillo, la portada labrada que lo cierra, la iglesia y dependencias anejas, el gran prado al otro lado de la carretera donde está la oficina de turismo y otros edificios del entorno. El conjunto de algunos de ellos se reflejan en un estanque a estas horas de la caída de la tarde, dejándonos una impresión de belleza, armonía y arte inolvidables.
Fue construido entre 1588 y 1613 sobre las ruinas de un Castillo feudal anterior. Tiene a su lado un gran jardín y podemos introducirnos por la avenida sobre el estanque que conduce hasta su entrada, entre grandes árboles que ya se tiñen de los colores ocres del otoño.

27 martes.
Esta mañana salimos de Götingen para dirigirnos a la zona del Harz, otra de las metas del viaje. Además de este cambio de región tenemos cambio de conductor por necesidades del reglamento aceptado para este oficio. Es un hombre de la zona, abierto y hablador, que nos va a ir explicando todo lo que sale al paso del recorrido, muy bonito porque nos lleva por pequeñas carreteras locales a través de bosques y paisajes que ya pertenecen al Harz y que son verdaderamente espectaculares en un nuevo día de sol y luz. Subiremos a lo largo del recorrido de un importante pantano, el de Sösestaausee, del que nos explica su funcionamiento y utilidad y el porqué de que el nivel de sus aguas esté tan bajo, que no es por falta de agua, como sucede tan a menudo en España, sino por una controlada acción de los ingenieros. Hay un pantano arriba que filtra el agua que lleva a uno de los pueblos importantes, que dejamos a la izquierda, Osterode, para seguir subiendo a lo largo del largo pantano. El agua mueve las turbinas que proporcionan electricidad a la industria tanto de Gottingen como de Bremen.
Nos paran en un lugar fantástico para hacer la foto pausa y contemplar las tranquilas aguas del pantano a un lado y otro de largo puente que lo divide. Está rodeado de bosques y podemos ver incluso la maniobra de un barco de los que hacen el recorrido turístico por sus aguas a esta temprana hora de la mañana. Seguimos aprendiendo que en el suelo de granito de la zona se han excavado túneles que comunican las dos presas y otras particularidades interesantes como que también aquí ha quedado sumergido bajo las aguas un pueblo.
Hacemos una parada en un restaurante de la zona donde ya encontramos pruebas de que nos encontramos en pleno Harz, por la cantidad de brujas y brujitas que nos ofrecen en un expositor colocado a la puerta del establecimiento, uno de los símbolos de esta intrincada zona boscosa. Pasamos por el pueblo de Altenau, decorado en sus calles con muñecos rústicos hechos con césped natural, y con muchas casas donde se aprecia que pasan el verano gentes de ciudades cercanas buscando la naturaleza.
Nos cuentan una anécdota referida a un restaurante que dejamos en el camino y que un hostelero propietario del lugar aprovechó para sacarle partido publicitario y anunciarlo como el reino más pequeño del mundo y es que al hacer la distribución de los estados de la nueva Alemania, este pequeño rincón se quedó sin adjudicar. Pasamos también por un lugar, Oker, de donde mana una conocida agua mineral. Todo esto son explicaciones del chofer hablador que nos hace trabajar el oído mientras la vista disfruta con la contemplación de los paisajes.

Llegamos por fin a GOSLAR y aparcamos fuera de su recinto amurallado, o lo que queda de él. Mientras llegábamos a la ciudad, que ostenta el título merecido de patrimonio de la Humanidad, otorgado por la UNESCO desde 1992, así como la mina del cercano monte Rammelsberg, hemos aprendido algo de su historia, conocimientos que ayudan a captar y disfrutar más y mejor de la visita, de sus monumentos y su arte. Se titula a sí mismo Antigua Ciudad Imperial, Libre y Hanseática, lo que no es poco por lo que encierra de su historia.
Como toda ciudad que se precie, Goslar tiene también su leyenda fundacional relacionada con las minas del cercano monte Rammelsberg, las únicas de Europa abiertas desde hace mil años. Se cuenta que el rey Otón I, hijo de Enrique el Pajarero, fundador de la ciudad, que fue el que llevó las fronteras del imperio hasta el Elba y hasta Magdeburgo, se encontraba por la zona y mandó al caballero Ramm a cazar a los montes con el deseo de comerse un buen venado. El caballero, por lo abrupto del terreno, ató el caballo a un árbol y siguió a pie la cacería. Cuando volvió a recogerlo encontró al animal agitado después de haber sacado a la luz, frotando el suelo con sus pezuñas, una veta de resplandeciente mineral. El caballero se aprestó a comunicarlo al rey quien, viendo el provecho que podría sacarle a lo descubierto y en agradecimiento, le dio su nombre a la montaña preñada de tal riqueza y así mismo, el de su mujer, que se llamaba Gosa a la ciudad que creció a la vera de las minas. Incluso se han falsificado unas lápidas medievales a las que se les cambió el nombre por el de la pareja, para convencerse de que la leyenda pudo ser realidad.
Lo cierto es que ya desde el siglo III se explotan los minerales del monte, sobre todo plata, cobre, plomo, cinc y el ansiado oro y que la historia de la ciudad, para bien y para mal, ha estado en relación con la explotación de este yacimiento.
A principios del siglo XI el emperador Enrique II, atraído por la riqueza minera que no cesa, construye un palacio al pie del monte. La ciudad en el siglo XIII logra su autonomía imperial, se convierte en la sede principal del Sacro Imperio Romano Germánico y construye en ella iglesias y edificios notables. En el siglo XV es la época de su máximo apogeo y entonces se une a la Liga Hanseática. En ese tiempo se construyen nuevas casas con entramado de madera, se rehacen y mejoran edificios oficiales y se refuerza la muralla que rodea la ciudad con sus torres defensivas.
En el siglo siguiente es el duque de Brunswick el que se apodera del monte, origen y causa de la riqueza de la ciudad y a partir de entonces declina el poder de la ciudad y se empobrece la ciudad. Se destruyen todas las casas e iglesias de fuera de la muralla. Los suecos la ocupan en la Guerra de los Treinta Años y pasa después por distintos mandatos hasta que en la mitad del siglo XIX recobra su independencia y mejora su economía con el descubrimiento de nuevas vetas mineras. Ya se había destruido la antigua catedral pero sin embargo ahora se restaura el Palacio Imperial. El segundo Imperio Alemán (1871 a 1918) aporta a Goslar su renacimiento. Se salvó la ciudad de los bombardeos en la Guerra Mundial y acogió a muchos refugiados alemanes de Este, a los que dedica en los jardines que rodean el palacio un gran monumento conmemorativo en la forma de una figura humana.
Empezamos nuestra visita al pie de lo que fue un lienzo de la muralla y hoy pertenece a uno de los hoteles de la ciudad, el Achtermann. El viejo muro está en esta época cubierto de rojiza enredadera y proporciona servicio a la vez que estética al establecimiento.
Entramos a visitar la única iglesia románica de la ciudad, la Neuwek, que, aunque nos choque, estuvo desde el principio pintada de blanco en sus muros y es un importante vestigio de este estilo artístico. Tiene dos esbeltas torres octogonales con ventanas en todos sus lados. Está rodeada de unos bonitos jardines a los que una placa califica de “romanischer Garten ins Kloster Neuwek” y añade que el dicho monasterio fue fundado en 1186.
En el interior de la iglesia admiramos unas bellas e impresionantemente bien conservadas pinturas murales, entre cuyos motivos destaca la representación de la Virgen en majestad, con el Niño, entronizada en el lugar más visible del ábside, con una iconografía de influencia bizantina.
Nada más entrar en lo que se considera recinto histórico y todavía a la entrada de los jardines románicos, encontramos en la acera plantadas dos grandes esculturas de Botero, que representan a una pareja de paseantes, ella con sombrilla y él con bombín y paraguas, inconfundibles por su estilo y prueba de que la ciudad ha hecho opción, como luego podremos comprobar, por el arte contemporáneo que se hermana armónicamente en un escenario de siglos anteriores.
A partir de aquí vamos a recorrer una larga calle trazada siguiendo la línea que ocupaba la fortificación que data de los siglos XIII al XVI y que se llama, naturalmente, la Mauerstrasse. La ciudad tenía cuatro puertas de entrada y varias torres de vigilancia de las que todavía se conservan algunas partes de ellas, conservadas gracias a su aprovechamiento práctico, como muros y tabiques de nuevas casas de vecinos. Concretamente la Weberturm, o casa de los Tejedores, no porque en ella se agruparan las viviendas de éstos, que por otra parte tenían sus propias sedes de sus respectivos gremios, sino porque era a ellos a los que les correspondía defender esta parte de la muralla pues eran los gremios los encargados del mantenimiento y de la provisión de personal de vigilancia en las distintas torres. Algo más allá se encuentra la Teufelsturm o torre del Diablo y ahí sí que no se encuentra explicación del nombre porque no es probable que fuera el Maligno el encargado de su defensa. En el marco de la puerta de este último edificio se pueden admirar unos bonitos relieves hechos en la madera.
Al final de esta calle que no es precisamente bonita, llegamos a la entrada más solemne de la ciudad, a la Breites Tor, la Puerta Ancha, y la torre defensiva que está enfrente. Encima del portón de entrada a la ciudad hay un relieve que probablemente represente a Enrique IV, emperador del sacro imperio romano germánico que nació aquí en 1050, y debajo vemos el águila imperial, el mismo grupo que veremos luego en la portada del Ayuntamiento.
Entramos por ella, como en la Edad Media, y por una calla llena de casas de entramado de madera, que también evoca aquellos tiempos si no fuera por los coches aparcados en la acera, nos encaminamos hacia el centro neurálgico de la villa. Hacia la mitad aparece la iglesia de San Esteban, de estilo barroco, ante la que hacemos una pequeña parada para ver su exterior. Sobresalen por encima de las casas las torres desiguales de la Iglesia del Mercado que nos anuncian la proximidad de la Markplatz a donde entramos finalmente, uno de los más preciosos recintos urbanos que llevamos vistos y que se remonta a la época imperial aunque se termina de configurar en los siglos XV y XVI y se mantiene muy bien conservado. Muchos son los edificios notables que se pueden admirar, en primer lugar el del antiguo Ayuntamiento, del siglo XV, con los arcos apuntados de la Lonja en la planta baja y las ventanas también de estilo gótico en la primera planta. La entrada por una labrada escalera la tiene por el lado de la calle que sale de la misma plaza. Al otro lado de la calle y pintada de un fuerte color teja, está la Casa de los Comerciantes, el Kaiserworth, o la Casa de los Gremios, que también tiene arcadas dentro de las cuales, como en las del Ayuntamiento, se llevaban a cabo las transacciones comerciales. Actualmente es un hotel y lo han pintado con los colores llamativos que se supone eran los que lucía siglos atrás. Su fachada está decorada con una hilera de figuras que representan a los emperadores y que se pusieron en ella en el siglo XIX. En uno de los extremos aparece la figura de Hércules, personaje mítico del que varias dinastías regias se sienten descendientes y a su lado una representación de la diosa de la abundancia, una figura alegórica, femenina, coronada con ramas de pámpanos y llevando en su mano derecha el cuerno del mismo nombre del que salen los frutos. Debajo de la peana de esta figura hay otra de pequeño tamaño pero que ha adquirido una importancia y divulgación mayor que todas ellas, representa a un condenado por moroso, a los que ataban a la picota como escarmiento para los demás. Está desnudo y dando la espalda y del trasero le salen las monedas que no ha pagado.

En uno de los lados, el contrario al Ayuntamiento, preside la plaza el antiguo edificio administrativo que se conoce con el nombre de Kaiserringhaus, sobrio inmueble de paredes grises y ventanas simétricas que posee en el centro del tejado un carillón, uno más de los que hemos tenido ocasión de ver. En cuatro ocasiones a lo largo del día las puertas del frontón superior de la casa se abren para dar lugar a que desfilen figuras representativas de la historia de la ciudad al son de la música que emiten las campanas. Primero sale el caballero Ramm con el rey Oton y le siguen las cuadrillas de mineros en plena acción, representando la tradición minera de la ciudad.
Al lado de este edificio se encuentra la Oficina de Turismo que nos ha provisto de información sobre la ciudad.
Queda por comentar la fuente imperial situada en el centro de la plaza. Consta de dos pilas superpuestas, ambas en bronce fundido, de época románica. La inferior es la pieza más grande en este material y la superior, que tiene unas pequeñas cabezas de animales cuya boca sirve de caño para que salga el agua, es la cubeta más antigua de Alemania. Encima del eje central se ha colocado lo que quiere representar un águila imperial pero el artista no debía de tener tan noble animal a la vista para tomar modelo y lo hizo con un gallo del corral, por lo visto, porque no se adecúa el simbolismo grandioso de las libertades adquiridas en época imperial por la ciudad de Goslas que quieren representar con el águila, con la estética del bicho en cuestión, todo él dorado brillante y aleteando torpemente.
Algunas entramos al Ayuntamiento, subiendo por la escalera del siglo XV para conocer las pinturas góticas de la Sala de Pleitesía, resguardadas como un verdadero tesoro que sólo se pueden vislumbrar a través de un cristal aunque una proyección en la sala contigua las muestra con detalle al tiempo que cuenta su historia y la identidad de las figuras. Es una maravillosa obra de arte. Delante del Ayuntamiento en la calle hay otra estatua contemporánea que se titula “Cabeza de clavos de Goslar”, en claro contraste con el entorno.
Nos reunimos de nuevo después del tiempo libre a la hora de comer para seguir la visita de lo que todavía queda de esta bella e interesante ciudad. Al lado del Ayuntamiento, ofreciendo a la vista la parte del ábside de estilo gótico, está ubicada la iglesia del Mercado, dedicada a San Cosme y San Damián, esos santos cristianos, gemelos, patronos de médicos y farmacéuticos, que quieren ser una cristianización de los héroes mitológicos conocidos como los Dioscuros, Cástor y Pólux. Por el lado opuesto veremos la fachada de la iglesia a última hora de la tarde, recibiendo en sus altas torres que se elevan al cielo los rayos horizontales del sol. Las torres están rematadas de diferente manera, la una con una linterna y la otra con una puntiaguda cúpula.
Entramos para conocer su interior en el que merece la pena especialmente el bello púlpito labrado de y con vivos colores que representan escenas del Viejo y Nuevo Testamento. Es igualmente interesante el retablo barroco de madera del altar mayor presidido por la escena de la Pasión en el centro, la Sagrada Cena en la parte baja y en la cima la imagen de Cristo resucitado y victorioso. Hay además otras varias tallas de gran calidad. Se exponen colgadas en uno de los muros del crucero unas vidrieras con escenas de la vida de los santos Cosme y Damián, realizadas en 1240 pero muy bien conservadas porque durante siglos se mantuvieron detrás de una ventana tapiada hasta que se descubrieron.
También se pueden contemplar los restos de pintura al fresco en alguno de los muros laterales, y una pila bautismal en bronce labrado de finales del siglo XVI, en forma de un gran cáliz. Esta iglesia, como hemos visto en otras de culto protestante, sirve, además de para los oficios religiosos, como sala de Exposiciones de artistas y en el momento de nuestra visita un artista contemporáneo cuelga en sus muros su obra.
Seguimos en dirección al Palacio por la Hoher Weg, y pasamos por el llamado Puente del Rey, Königsbrücke bajo el cual discurre las escasas aguas de un pequeño río llamado el Gose. Es construcción antigua, del siglo XII y comunica el barrio del Palacio con el del mercado, el dominio del emperador y el de los trabajadores de la ciudad respectivamente. A su lado se levanta un soberbio edificio de ladrillo en color amarillo que resulta ser un Instituto de Enseñanza Media. Imagino que los alumnos saldrán mejor preparados que los que asisten a los prefabricados en tiempo récord.
Enfrente y en la misma calle entramos en otro de los lugares interesantes. Es el Grosses heiliges Creuz, La Sagrada Cruz, de 1254, edificio que fue un antiguo hospital en la Edad Media, uno de los más antiguos de Alemania, dedicado a San Juan Bautista.

Por el exterior todavía se pueden ver pequeñas ventanas de estilo románico. En el interior hay una gran sala donde se disponían las camas, además de una zona habitable. El hospital siguió cumpliendo su misión caritativa durante siglos y en el XVII se añadieron en la planta baja unas pequeñas habitaciones individuales que hoy se han convertido en tiendas artesanales, un espacio dedicado al arte verdaderamente original que mantiene su estructura primitiva pero no su espíritu porque si antes despertaba en los temerosos cristianos sus mejores instintos caritativos, en el cuidado de pobres y enfermos, ahora despierta la codicia por muchos de los productos que en él se exponen a la venta y de los que no siempre se puede evitar comprar.
Tras una “compra-pausa” en tan atractivo lugar, seguimos en dirección al monumento más importante de la ciudad. Antes pasamos por lo que se conoce como los Propíleos, palabra que significa atrio anterior a las puertas de entrada y que aquí realmente no parece ser paso a ningún sitio. En realidad era una capilla que daba entrada por un lateral a la catedral que fue destruida por completo. La catedral estaba dedicada a San Judas Tadeo y sus materiales fueron reutilizados en edificios de la ciudad. Queda el solar donde se levantaba el gran templo, situado frente al Palacio Imperial, los dos poderes el terrenal y el de la iglesia. Dentro de esta capilla se conservan una serie de estatuas y restos que pertenecían a ella y que se ven a través de unas puertas de cristales.
El Palacio Imperial de Goslar fue fundado por Enrique III, emperador de la dinastía salia, hijo de Conrado II, a partir de 1040 y desde entonces ha sufrido todo tipo de añadidos y reformas hasta su situación actual que data del siglo XIX, en época que predominaba el estilo clasicista. En el siglo XII se construyó la capilla de Ulrich, en un extremo del edificio, de planta de cruz griega y una segunda capilla encima de planta octogonal y para lograr su ensamble se recurre a un recurso arquitectónico que le da una original estructura. La planta octogonal simboliza el cielo y la tierra, es un número mágico. La capilla se unió al cuerpo central del palacio por una galería porticada realizada en el siglo XIX. El palacio tenía dos plantas, una encima de otra; las reuniones tenían lugar en la planta baja, que estaba abierta, sin cristales y las dietas se celebraban en la planta primera.
No podemos entrar al interior del Palacio que está decorado en sus muros con grandes frescos que cuentan la historia en la que el edificio se vio involucrado. Tiene también unas representaciones del cuento de la Bella Durmiente que les parece una alegoría de lo que pasó con la historia de la propia ciudad de Goslar, dormida durante un tiempo para despertar luego y volver a la prosperidad
Delante del palacio se extiende una gran pradera de césped, y frente al edificio están plantadas cuatro esculturas bien visibles. Las de los extremos son los leones de Braunschweig, símbolo de Enrique el León, que ya hemos visto en otras ciudades del norte de Alemania. Delante y erguidos sobre sus altos pedestales dos personajes a caballo, de solemne actitud, nos miran de frente. Uno es Federico Barbarroja, el último emperador salio. El otro es Guillermo I, el que manda reconstruir el palacio.
En un lateral del gran espacio despejado que rodea el palacio hay un monumento a los más de diez millones de alemanes desperdigados por los países del este que perdieron todo lo que constituía su vida después de la guerra.
Volvemos hacia el centro de la ciudad pasando por la casa propiedad de la poderosa familia Siemens, una magnífica casa burguesa de entramado de madera y ladrillo terminada en un amplio tejado de pizarra. Fue construida por Hans Siemens como vivienda familiar en 1693.
Este era un antepasado del que fue el fundador del grupo Siemens, de nombre Werner, del siglo XIX. El lema que el constructor mandó poner en la fachada y que resultó premonitorio fue tomado de las normas de los benedictinos “ora et labora”

Apurada ya la visita volvemos hacia la Markplatz. Pasamos por otra casa burguesa famosa, conocida como la casa Bristtuch, que tiene muchas tallas en la madera que adorna su fachada y que ahora está con andamios y llegamos a una encantadora plaza que se llama el Schuhhof, que se supone era la primitiva plaza del Mercado antes de trasladarse a la actual. Aquí vemos casas de todos los tipos, de entramado de madera, de distintos estilos, de diferentes épocas, alguna conserva todavía el letrero de su antiguo gremio. Uno de los lados fue pasto de un incendio en el siglo XVIII y se rehizo pero el otro conserva todavía la construcción medieval. En los alrededores hay pequeñas calles muy comerciales que a una hora que nos parece muy temprana, como son las seis de la tarde echan el cierre de las tiendas y apagan las luces.
También nosotros vamos a dar por terminada la jornada y a buscar el hotel que supuestamente está cerca de Goslar pero hay disparidad de criterios respecto a la definición y cálculo del término “cerca” porque hacemos un buen puñado de kilómetros introduciéndonos en el Harz y es lástima que la noche haya caído y no nos permita, al menos, disfrutar de los paisajes.



28 septiembre, miércoles
El autobús nos lleva por la carretera más alta de Alemania, entre preciosos paisajes, a veces con tramos de niebla, carretera sinuosa que toma desviaciones por pequeños pueblos. Estamos en el Harz y aunque en este año no notamos nada en el curso del viaje, si nos remontáramos en el tiempo unos años atrás, sí lo habríamos notado y mucho. La razón es que pasamos por el punto donde estaba la frontera con la antigua RDA, República Democrática Alemana. Hay un cartel que lo señala con lo que se satisface la curiosidad los que lo habíamos preguntado y además Chivite nos cuenta las medidas de seguridad que tomaban para impedir el paso de una parte a otra.
El destino próximo es la bonita ciudad de QUEDLINBURG, patrimonio de la Humanidad, título muy merecido. Todavía en el autobús Leonor nos pone sobre aviso de un detalle del escudo de la ciudad que se explica nuevamente por una leyenda fundacional. Cuando en los tiempos legendarios los poblados pequeños decidieron unirse para defenderse de las hostilidades que pudieran llegar del exterior, levantaron un muro que los englobara y les sirviera de baluarte. Estaban reunidos deliberando qué nombre le iban a dar a la nueva ciudad resultado de la unión, sin darse cuenta de que se habían dejado abiertas las puertas de la muralla. Sólo el ladrido de un perro, apostado precisamente en la puerta, logró avisarlos del peligro por la proximidad de unos malhechores. En agradecimiento a la ayuda del animal, que se llamaba Qued, se zanjó la discusión y decidieron ponerle su nombre a la ciudad. Así que por esta zona va de animales: caballo y ahora perro. En efecto, en el centro del escudo, en el hueco de la puerta de entrada, se distingue un perro sentado sobre las patas traseras y con la cabeza atenta, como buen vigilante.
Al llegar a la ciudad, cuyo castillo en lo alto se divisa desde la zona baja por donde entramos, buscamos un lugar que es asignatura pendiente para algunos, el monasterio de San Wiperto, la iglesia prerrománica más antigua de la ciudad a la que nos quedamos con ganas de entrar hace unos años. Esta vez la encontramos abierta, y por allí está la persona que cuida de la iglesia aneja con la que ya había entablado relación Chivite con ocasión de una visita suya a la ciudad.
Nos encontramos por todas partes carteles de color rosa, indicativos de lugares de interés turísticos, que señalan la ruta del románico, una de las más frecuentadas de Alemania. Naturalmente la cripta de San Wiperto es uno de los más importantes entre los 85 monumentos posibles en esta ruta.
Divididos en dos grupos, nos conduce y explica las características arquitectónicas del lugar el señor que está al cuidado. Entramos a la iglesia a través de una puerta románica con arco de medio punto con tímpano labrado en el que aparece la Virgen entronizada con el Niño en brazos y dos figuras a ambos lados, uno puede ser San Wiperto. La iglesia perteneció a un monasterio premostratense y fue construida en 1150. Contiene un bonito retablo en uno de los laterales.
Bajamos a la cripta, la joya de la corona. Se la puede clasificar como una basílica románica, de tres naves, girola y una bóveda de medio cañón. Alterna pilastras y columnas y sobre estas últimas hay un capitel de estilo dórico. Se puede ver un arquitrabe que sostiene la bóveda con dibujos geométricos. En los nichos excavados en los muros se guardaban las reliquias tan valoradas. Encima del altar se ven restos de pinturas al fresco. Es una de las pocas construcciones conservadas del tiempo de los Otones, Oton III y Enrique II, el último de la saga, y por tanto data del siglo X.
En un cartel en el exterior se pueden leer las fechas de construcción de las distintas dependencias del conjunto. Bajo el reinado de Enrique I, del 919 al 936 hubo sencillamente una Sala en lo que luego se convertiría en cripta. Bajo Otón III se construye la cripta, en el 950 y alrededor del 1150 la iglesia.
El conjunto de cripta e iglesia fue desde el 1540 hasta 1812 una parroquia evangélica. Desde 1816 hasta 1954 se utilizó como un almacén. En 1955 y hasta 1958 se restaura el lugar dejándolo en su primitiva y auténtica arquitectura y se convierte de nuevo en iglesia. Desde 1959 es una iglesia católica filial de la parroquia de St Matilde de la misma ciudad.
Por cierto, hay que decir que San Wiperto fue un misionero anglosajón que ejerció su ministerio de cristianizar la zona desde el 680 al 738.
A la salida del antiguo monasterio, rodeado de un cementerio en un ambiente recoleto y de salto atrás en el tiempo, iniciamos el ascenso hacia la parte alta de la ciudad por calles de casas muy antiguas, de entramado de madera, cuidadas, adornadas y muy bonitas, que nos hacen sentir en el mismo ambiente casi medieval que en la iglesia, sin ningún elemento moderno que distorsione o rompa el encanto del urbanismo.
Encima de nuestras cabezas se alza la mole del castillo y la iglesia de San Servatio en el que sí se están haciendo alguna obra más bien para reforzar los cimientos y muros que apoyan en la gran roca donde se levantan.

Quedlinburg está en el origen de Sajonia, uno de los ducados más importantes de lo que luego será Alemania. En esta vieja ciudad está enterrado el que puede considerarse primer rey de la dinastía sajona. Fue Enrique apodado el Pajarero por su afición a la caza. Cuando estaba residiendo en esta ciudad fue elegido para suceder al duque de Franconia, Conrado I. Con él comienza su dinastía y se ponen los cimientos para el crear el Sacro Imperio Germánico. El apogeo se da con su hijo, Otón I llamado el Grande, que será coronado en Aquisgrán y con él se inicia también la importancia de Alemania. Pasamos por el lugar donde se levantaba la casa de la que salió para ser nombrado en Fritzlar emperador.
Desde el punto de vista estético, Quedlinburg es un bello enclave urbano. Tiene más de mil trescientas casas de entramado de madera, entre ellas la más antigua de Alemania, decoradas y pintadas, con techos triangulares terminados en punta, pequeñas ventanas en las buhardillas, ofreciendo formas que parecen salidas de un cuento de hadas. Fue una suerte que el régimen comunista de la RDA no tuviera suficiente dinero para tirarlas todas, según parece que era su intención, y sustituirlas por los horrendos bloques de cementos como sí hicieron en otras ciudades. Actualmente se restauran y cuidan las casas conscientes del importante patrimonio que supone para la ciudad.
Nos detenemos un rato en los jardines situados delante de la iglesia, a los que se llega por unas empinadas escaleras recién construidas y desde donde se contempla un amplio panorama especialmente bonito en un día luminoso como hoy.
No entramos a visitar la iglesia por más que sería interesante por causa del tiempo, ya que obligan a ver el interior, la cripta y tesoro, todo junto. Seguimos el paseo por la ciudad admirando las bellas fachadas y llegamos ya a la plaza del Mercado.
La encontramos llena de puestos de ventas de frutas, verduras, bulbos de plantas, flores, sitios para comprar fiambres, cervezas y otros productos. Está animada pero la parte negativa es que impide contemplarla en su conjunto, con la perspectiva despejada. Pasamos por la fuente de los tocadores de trompeta, moderna y simpática, como ya suele ser habitual en las ciudades alemanas, que ofrecen un contraste pero a la vez armonizan con el estilo de los edificios que les rodean.
El monumento más importante de la plaza es el Ayuntamiento, con una gran portada renacentista a la que se accede por una escalinata. Encima de la puerta y coronándola aparece una estatua que representa la Justicia, con la balanza, un símbolo que se repite en los Ayuntamientos. La fachada sobria de éste la vemos recubierta de una planta trepadora, la parra virgen, y entre el tono verde de sus hojas que empiezan a ponerse rojas, destaca el colorido rosa de las flores del alfeizar de sus ventanas.
A un lado de la fachada principal se distingue la gran estatua de Rolando, con sus armas, protegida por una verja semicircular y colocada en un extremo del muro, personaje tan frecuentemente repetido en los pueblos de esta zona. Otras partes de la ciudad son igualmente bonitas, como la Marktkirche, detrás del Ayuntamiento y sobre todo la iglesia de San Nicolás y la bella plaza medieval en medio de la cual se levanta la gran mole de este templo, pero nos hemos podido hacer una idea de las características de ella.

Después de la pausa con tiempo libre para comer, el autobús nos lleva hasta una estación de ferrocarril en el pequeño pueblo de ANNEN HOHNE. Allí cogemos el tren… de hace cincuenta años, con la máquina de vapor que echa un humo tremendo, los vagones continuados con plataforma en el extremo, a la que se puede salir si se quiere hacer una fotografía, con asientos encontrados, en resumen, un tren de la infancia de algunos de nosotros. Se conoce como el Brockenbahn y hace un trayecto regular. Es puntual y no viene lleno, podemos acomodarnos a gusto en los vagones casi vacíos. El tren pita y empieza la subida entre bosques a un lado y a otro. La curiosidad del viaje es que el revisor, o en este caso la revisora, pasa dos veces, la primera para picar el billete y la segunda provista de una cesta de mimbre llena de pequeñas botellas de licor dulce o seco que ofrece al personal como recuerdo del tren. Algunas caemos en la tentación no solo de comprarlo sino también de probarlo allí mismo, para completar la experiencia por casi todos los sentidos, vista, oído y gusto. El tren nos deja en la cima del Brocken, de 1142 metros, el monte más alto del norte de Alemania, un punto geodésico desde donde se distingue un precioso panorama de bosques y pueblos.
Leemos que suele estar cubierto de niebla más de trescientos días al año y que de septiembre a mayo lo está también de nieve. Hoy es un día atípico porque nos paseamos por allí con manga corta y con una visión clara y diáfana. En un día como hoy es un poco difícil imaginarse un aquelarre de las brujas del Harz en este ambiente, como sin embargo sugiere Goethe al principio de su Fausto diciendo que en su ladera se celebró la noche de Walpurgis. Arriba hay varios edificios modernos, un hotel restaurante es uno de ellos, una estación meteorológica y una alta antena de televisión que fue la primera de Alemania. Hay un trazado por la zona por el que damos un agradable paseo a la espera de volver a coger el tren de vuelta. Por aquí se ve un par de monumentos dedicados a dos grandes escritores alemanes, a Goethe y a Heinrich Heine; éste último publicó en 1826 un libro que titula “Viaje por el Harz”.
El viaje de vuelta tiene las mismas características que la subida aunque ahora con muchos turistas alemanes, la mayoría de la tercera edad, que llevaban más tiempo que nosotros arriba. El autobús nos espera al lado de la estación y cambiamos de medio de transporte.
Aunque la tarde avanza nos hacen la concesión de llevarnos a conocer WERNIGERODE, ciudad que como tantas otras de su época estaba rodeada de una muralla, de la que quedan dos torres como restos de sendas puertas de entrada pero nosotros entramos a la alte Stadt por la zona oeste donde han hecho una muy moderna entrada como logrado contraste. Es una estructura de hierro a modo de jaula, con esculturas metálicas dentro en suspensión, que remata en lo alto en una figura geométrica cónica, un esbozo de torre, en medio de la cual hay un reloj. La parte baja consiste en un esquema de puerta hecha con hormigón y terminada en columnas. Es algo muy diferente a lo que nos espera una vez que estamos situadas en la calle principal.
Un poco a marchas forzadas alcanzamos el centro de esta ciudad situada al pie del Brocken y de un gran atractivo por sus características muy similares a las de otros lugares vistos en este viaje.
No tenemos ocasión de visitar el Castillo que vemos desde abajo por distintas calles transversales, está situado en zona alta, en la ladera del cercano monte pero sí de llevarnos en la cámara su silueta de castillo de cuento.
Las calles están adornadas con brujas de toda clase y condición, por la influencia de las tradiciones de la zona y de sus montes llenos de misterio. En la calle principal, la “Ancha” hay buen comercio, no faltan las librerías, pero más bonito es contemplar aquí también las casas por fuera, con las mismas características que las de Quedlinburg y, si cabe, más bellas aún. Una de las más fotografiadas es la Krummelsches Haus, con una fachada de planta baja y dos alturas toda ella en madera muy artísticamente labrada, en la que no queda ni un centímetro cuadrado de madera lisa. A la altura de la calle y erguidas sobre su peana hay cinco figuras exentas; en el dintel una greca con rostros y otros motivos y en los pisos vemos debajo de las ventanas diez cuadros con relieves de escenas de gran calidad artística.
Casi al final de la calle otro edificio de entramado de madera y graciosa fachada, terminada en una buhardilla rematada en tejado triangular, atrae nuestra atención. Es difícil de olvidar porque el título de CAFE WIEN, en grandes letras amarillas, resalta en su exterior y apetece entrar a conocerlo en el interior sino fuera porque el bar cierra a la temprana hora de las seis de la tarde como cualquier comercio.
Lo más destacado y verdaderamente sacado de un decorado exquisito, es, sin embargo, el edificio del Ayuntamiento con el que nos encontramos de bruces al terminar la calle principal. Delante de él, en el centro de la plaza, hay una fuente tan cuidada como lo están las bellas fachadas que la forman. El Ayuntamiento tiene unas escaleras para alcanzar la puerta principal, dos cerrados miradores la recorren verticalmente terminados en unas estrechas y puntiagudas torres de pizarra negra, así como el resto del amplio tejado donde está el gran reloj y por encima de él un bello remate, con una cúpula circular, que termina en una redonda linterna con columnas. Tiene aspecto de un viejo castillo salido de la fantasía, todo él armonioso y colorista. Está pintado en dos colores, tono claro en la parte de abajo y rojo pálido en los miradores y la segunda planta. Tiene intercaladas maderas de color marrón y dos frisos de este entramado forman la cruz en aspa.
Todo el edificio es un primoroso escenario de objetos bellos, imágenes policromadas bajo los techos que representan oficios o santos, graciosas ventanas, flores en el alféizar de todas las ventanas. En fin un espectáculo para la vista.

Seguimos paseando por el pueblo contemplando los edificios y los rincones pintorescos. No le falta ni su correspondiente casa inclinada, pintada en un color rosa fuerte, que en esta ocasión está con andamios, tal vez porque se estaba inclinando demasiado.
Muy cerca de la casa vemos un curioso reloj pues está hecho en el suelo y está formado por flores de temporada, de distintas clases y colores con las llamativas saetas marcando puntualmente la hora.

No tenemos tiempo de entrar en las iglesias de San Juan y San Silvestre, ni siquiera de apreciarlas por fuera. Volvemos al autobús con las últimas luces de la tarde que nos ofrecen un bonito espectáculo por encima de la hilera de las casas, débilmente iluminadas como ocurre en todas las ciudades de Alemania. Es el final de otra buena jornada de bellas experiencias que termina en el lujoso hotel Ramada de Magdeburgo.










29 de septiembre, jueves.
Hemos llegado a MAGDEBURGO, la capital de Sajonia Anhalt pero el principio del día lo ocupamos en conocer una obra arquitectónica de las que renuevan la confianza en las capacidades del ser humano, en cuanto a gran ingeniero capaz de transformar la naturaleza. Para llegar al punto exacto tenemos que dar un largo paseo a buena marcha, más de lo previsto, en otra mañana luminosa y con calor. Algo perdidos en el primer momento, Chivite para a una joven que viene a toda velocidad pedaleando en su bicicleta para pedirle información. Nos comunica que estamos en el buen camino pero que está muy lejos y señala unas torres que se ven en la distancia. A esas horas primeras del día se tienen fuerzas acumuladas tras el descanso nocturno y partimos todos con ánimo hacia el punto señalado que parece que se va alejando cada vez aunque ya hayamos recorrido un buen trecho. Tres altas torres blancas a cada lado señalan el tramo elevado sobre el terreno primero y el río después que constituye el puente, un puente de agua, algo que suena a contradicción en sus términos, una obra impresionante de ingeniería, el más largo de Europa que une dos grandes canales alemanes, el Mittellandkanal y el Elba Havel.
Por Magdeburgo pasa el rio Elba, río navegable y actualmente recuperado, con aguas cristalinas que en otro tiempo estaban muy contaminadas, que se divide en dos brazos al llegar a la ciudad formando una isla en el centro. Hasta el año 2003 en que se inauguró la gran obra que vamos a ver in situ, los barcos que procedían de Braunschweig, de Hannover y de Hamburg y se dirigían a Berlín, cuando llegaban a Rothensee, el lago cercano al punto neurálgico del que estamos hablando, debían desviarse y dar un rodeo de unos doce kilómetros a través de uno de los canales para volver a reincorporarse al rio. Durante los meses de verano con frecuencia el poco nivel del agua que llevaba el canal impedía la navegación y además en general no podían pasar barcos de cierto tamaño. Ahora todo esto pertenece al pasado porque se ha construido un canal de 918 metros de largo, llamado Trogbrücke, que –y es lo más sorprendente- es a la vez el puente que pasa sobre el río Elba y que facilita la navegación a Berlín. Su función es facilitar el comercio marítimo y ahorrar a los barcos el paso por esclusas obsoletas. También lo utilizan barcos de recreo.
La obra costó ni más ni menos que 500 millones de euros y no a todos contentó ya que un grupo de ecologistas protestó enérgicamente alegando sus razonados argumentos.
Al lado del canal se ha dejado un espacio suficiente para que bicicletas y peatones puedan circular por allí en un ambiente sin ruidos, viendo agradable paisaje a un lado y otro, comprobando la interacción armoniosa del hombre en la naturaleza con la inteligencia y los medios materiales que ha proporcionado el progreso. Cuando estamos allí, viendo a la vez el rio que pasa por abajo y el canal de aguas azules que tenemos delante, se presenta la ocasión de contemplar el paso de dos barcos por el canal. Uno es una gabarra polaca y el segundo un barco de recreo con una pareja que parece disfrutar de este verano trasnochado navegando por el Elba.
Cuando pensábamos en el largo trayecto, esta vez de vuelta, por el mismo camino, ese mismo progreso en otra de sus facetas nos aporta una solución mejor pues el conductor ha sido avisado por el móvil para que se acerque al pie del puente y nos evite parte del recorrido.


MAGDEBURGO





El chofer nos conduce hasta la ciudad de Magdeburgo y, después de dar un buen rodeo por la calle paralela al río, consigue dejarnos por fin en una zona ajardinada a orillas de éste, en la que los árboles ya muestran sus hojas en los tonos amarillos y ocres propios de la época en la que acabamos de entrar y los pequeños frutos de rojo intenso destacan en sus ramas. Podemos asomarnos al ancho Elba mientras se congrega el grupo, (afortunadamente el parking abierto cuenta con servicios).
En ese lugar hay también un gran panel con el plano de la ciudad que nos permite situarnos y ver en el papel lo que vamos a conocer en la realidad. Se aprecia en él que Magdeburg es una ciudad llena de jardines y zonas verdes, donde el rio forma una isla en la que sigue predominando el color verde de árboles y praderas. Frente a nosotros se distinguen ya un par de iglesias y una capilla, levantadas en lo que fue bastión de defensa de la ciudad frente al río, del que aún se conserva en buen estado una parte del muro. La piedra de la que están hechas es de color grisáceo, distinto de otros colores vistos en las construcciones de otras ciudades. Las tres están rematadas en un geométrico tejado metálico de color verde claro que denota su reciente construcción y que proporciona uniformidad al conjunto.
En efecto, nos informan de que la ciudad de Magdeburgo es una de las que más patrimonio urbanístico ha perdido a lo largo de los últimos siglos, a pesar de lo cual es uno de los puntos más importantes de la ruta del románico. Se sabe que en la Guerra de los Treinta años, en mayo de 1631, las fuerzas del emperador católico al mando del conde de Tilly, después de un prolongado sitio a la ciudad, la arrasaron en el ataque final, provocando una enorme matanza entre la población, mayoritariamente protestante y dejando sus edificios en ruinas, salvo la catedral católica. Se reconstruyó dejando de nuevo una ciudad de bellos edificios, pero desgraciadamente volvió quedar en un estado calamitoso tras la última guerra mundial a causa de los bombardeos. Al acabar ésta, por quedar Magdeburgo dentro de la zona comunista, en lugar de recuperar el urbanismo anterior, fue terminada de destruir para reedificarla con los criterios políticos de grandes avenidas y grandes bloques colmena, muchos de los cuales han sido actualmente derruidos y otros están a punto de serlo. Se salvaron partes de algunas de sus iglesias y afortunadamente de nuevo la catedral.
Magdeburgo era la meta soñada desde la época de los romanos, pues se sabe que Augusto proyectaba llegar con su imperio al Elba. Carlomagno retoma el proyecto y fracasa en Hamburgo. Es el rey Otón I, hijo de Enrique el Pajarero, el que funda esta ciudad y se une a ella para siempre en la historia y en el recuerdo. Cuando sólo tenía diecisiete años le obligaron a casarse por conveniencias políticas con una princesa inglesa, Editha, que tuvo que abandonar su país natal para venir a estas despobladas tierras. Otón se enamoró realmente de la muchacha que le habían asignado, dos años más joven que él. A la mañana siguiente de su boda el flamante joven rey le ofreció como regalo la ciudad de Magdeburgo. Cuando Editha pudo contemplar en la realidad la agradable zona que formaba la isla en medio del Elba y el paisaje suave que se divisaba a ambos lados, se olvidó pronto de su castillo de Inglaterra, de sus padres y del Támesis. Así pues fue Otón el fundador de esta ciudad en el año 930 y aunque fue un rey viajero que recorría las distintas ciudades de su imperio, es aquí donde pasó la mayor parte del tiempo y donde está enterrado, y esta ciudad, creada como cabeza de puente y convertida en un lugar estratégico, le rinde homenaje. Pronto es elevada a la categoría de sede de obispado y con su sucesor, Otón II, se convierte en arzobispado, con el propósito de extender la cristianización al otro lado del Elba.
La ciudad fue creciendo y se convirtió en una gran urbe dotada de iglesias y bellos edificios. Durante la guerra de los treinta años no accedió a las propuestas de rendición que le ofrecía el conde Tilly para evitar el derramamiento de sangre en la esperanza de que el rey de Suecia Gustavo Adolfo, protestante igualmente, acudiera en su ayuda lo que finalmente no hizo, con las dramáticas consecuencias que ya se han dicho.
Iniciamos la visita entrando en la iglesia de San Pedro que se levantó en 1150 como una basílica románica con la torre que todavía se conserva en buen estado y que merece por ello ser incluida en la ruta del románico de Sajonia Anhalt que ya hemos visto anunciada. Fue la parroquia de los pescadores cuyo barrio y puerto estaba situado bajo el montículo sobre el cual se construyó la iglesia, al pie de las puertas de la muralla levantada un siglo antes y de la que todavía se conservan partes. La iglesia se puso bajo la advocación de San Pedro, como patrón del gremio de los pescadores. Es de culto católico y en su estructura hay elementos románicos y góticos. El resto de la iglesia fue rehecho en el siglo XV en estilo gótico y consta de tres naves y un muy bello ábside, y por el exterior se distinguen cinco capillas rematadas en triángulo. Tanto en éstas como en el ábside hay grandes ventanales apuntados, como corresponde a la airosa arquitectura gótica, cubiertos de coloristas vidrieras hechas por un artista local que proporcionan gran luminosidad en el interior. Tiene adosada en el lado sur una capilla del mismo estilo gótico, con los marcos de puertas y ventanas en ladrillo.
En 1631, en la Guerra de los Treinta años, entre otros destrozos se produjo la quema de esta iglesia que se había convertido en parroquia evangelista. Fue levantada de nuevo, sirvió como almacén para sal, estuvo cerrada y bajo los bombardeos aéreos de 1945, en la segunda guerra mundial, sufrió de nuevo desperfectos.
No fue hasta 1970 cuando se reabrió con culto católico y es un hito en el camino de Santiago. Fue el escultor local, Heinrich Apel, el que restauró muchos detalles del interior y también es el autor de una escultura situada en el exterior, frente al templo, que representa a San Alberto Magno, de 1985, que será la primera de las muchas que vamos a encontrar por toda la ciudad.
Al lado se levanta la pequeña capilla de Santa Magdalena, de estilo gótico tardío. En principio su nombre era Capilla de Corpus Cristi porque se levantó como expiación por un acto de profanación de hostias que se produjo en 1315 en la iglesia de San Pedro y luego tomó el nombre del cercano monasterio de María Magdalena en cuyo claustro se erigió. Tiene una original construcción, de base cuadrada y ábside con grandes ventanales, levantada sobre los muros de la ciudad. Se restauró a finales de los años sesenta como el resto de las iglesias de la ciudad que habían quedado en ruinas.

La iglesia situada en el otro lado de San Pedro es la llamada de los Walones, de culto evangélico, que tiene una pequeña torre gótica y un ábside en el mismo estilo. Fue antes un antiguo convento de Agustinos, la orden a la que pertenecía Lutero quien visitó la ciudad e impartió en el monasterio su doctrina. Aquí llegaron desde Bélgica los walones, que le dan nombre, después de promulgado el edicto de Nantes 1714 por el que se permitía la libertad de culto y se declaraban los derechos y deberes de los protestantes. Lo que fue el claustro del convento es ahora un recoleto patio a donde entramos. La iglesia no ofrece nada de particular en su interior y se aprecia bien que la techumbre es nueva. Queda muy poco del primitivo convento lo que se comprende si se conocen las azarosas circunstancias que le afectaron; fue transformado en centro de enseñanza y en hospital de pobres. Después se convirtió de nuevo en la iglesia de san Agustín de la iglesia reformada.
Caminamos hacia el centro de la ciudad a través de bellos jardines salpicados de estatuas. Una de ellas recuerda la destrucción que sufrió la ciudad en la última guerra mundial. Representa un hombre en actitud de un crucificado.
Nos dirigimos hacia el centro de la ciudad por anchas calles, vacías de gente y despejadas de tráfico. Vemos por el exterior la iglesia de San Juan. Fue la más rica y la más antigua parroquia de la ciudad. Es citada ya en el siglo X y se empieza a edificar una basílica románica que en el XII que se convierte en parroquia y se consagra a San Juan. En la parte delantera se levantan dos altas torres de principios del siglo XIII, que han sufrido cambios, y el cuerpo central se termina dos siglos después en estilo gótico. Lutero predicó en ella en 1524 y por eso se ha levantado una gran estatua del reformador delante de la iglesia. Magdeburgo abrazó en masa el protestantismo y fue una de las ciudades más activas en la conversión a la Reforma.

Con el ataque del general Tilly en 1631 quedó la iglesia destrozada y cuarenta años más tarde se volvió a levantar. En la segunda guerra mundial fue destruida nuevamente y así quedó hasta 1968. A pesar del deseo de muchos ciudadanos de que fuera de nuevo convertida en parroquia, en 1999 se inauguró como centro de cultura donde se dan conciertos, congresos y se llevan a cabo otras actividades. En varias de estas iglesias que quedaron tan deterioradas se repiten elementos artísticos nuevos aportados para su reconstrucción como son las puertas de bronce con relieves en un estilo moderno, los originales tiradores de las puertas y las esculturas exentas situadas delante o en el entorno de éstas.
Nos encontramos ya en la Alter Markt, la amplia plaza en uno de cuyos laterales se levanta el Ayuntamiento viejo. Primitivamente estaba construido en estilo gótico pero, como tantos otros bellos edificios en la ciudad, fue destrozado en 1631 y se volvió a construir en el estilo renacimiento italiano. Después de los años sesenta se le añadió la balaustrada y otros elementos ornamentales hasta dejarla en su actual estado.
Frente al Ayuntamiento se levanta el monumento más representativo de la ciudad, que consiste en una áurea escultura de un Caballero cabalgando en su caballo acompañado a un lado y a otro de dos figuras igualmente doradas, la dama y un servidor que sostiene el escudo. Todo el grupo está dentro de un templete de ocho columnas con capiteles igualmente en brillante bronce. Es una copia reciente del conjunto auténtico en piedra que se guarda en el museo local y que se hizo en 1240.
En el escudo de la ciudad también aparece una joven por encima del castillo. Todo esto da lugar a más de una conjetura relacionada con el nombre, Magdeburg, que puede venir de la palabra que significa “doncella” o podría venir de “grande” o podría referirse a Editha, la primera mujer de Oton. No estoy en condiciones de ofrecer afirmaciones a este respecto. Lo dejaremos a los historiadores o lingüistas de la lengua alemana. Lo cierto es que a la doncella sobre las almenas la vemos en todas partes, en el escudo hecho en colores sobre el suelo delante del Ayuntamiento, en las bocas de riego, en las fachadas de los edificios y en carteles diseminados por la ciudad.

No falta delante del Ayuntamiento la gigantesca estatua de Rolando, ya convertido en un conocido nuestro, en este caso no demasiado favorecido pero siempre cumpliendo su papel alegórico que satisface a los ciudadanos. Viste su armadura completa y levanta con la mano derecha la espada por encima de su cabeza y con la izquierda sostiene un puñal que pega al cuerpo. La peana, por fortuna para alguna, ofrece una pequeña superficie plana suficiente para servir de asiento que aplaque el cansancio y dé fuerzas para lo que resta de visita y ¡bien protegida que se encuentra nuestra amiga¡
También este edificio tiene un carillón que emite buena música, a lo que tan aficionados son las gentes por estos pagos aunque en él no hay imágenes que salgan al aire.
A un lado de la plaza se abre otro espacio amplio donde se encuentra el nuevo Ayuntamiento. En el centro erigieron una monumental estatua en bronce de color verdoso que es un homenaje a uno de los hijos más preclaros de la ciudad, un físico a la vez que juez, Otto von Guericke, (1602-1686) que hizo importantes descubrimientos relacionados con dos hemisferios unidos a los que les habían hecho el vacío. La universidad lleva su nombre, como reconocimiento a la valía del personaje.
Seguimos por la Calle Ancha hasta llegar a la Oficina de Turismo y nos proveemos de material correspondiente. Pasamos por un magnífico recinto comercial que no hubieran podido ni soñar hace solo treinta años muchos de los habitantes de la ciudad, con una amplia oferta de los productos más variados en todos los campos posibles.
Nosotros continuamos el paseo a esta hora del medio día, con la intención hecha de volver al centro comercial a comer cuando terminemos la visita. Llegamos a la Erhard Hübener Platz donde nos encontramos con una de las ofertas más atractivas y novedosas de la ciudad, el conjunto de casas conocido como Die “Grüne Zitadelle”, obra del conocido arquitecto austriaco Hundertwasser, que ya conocíamos por las hechas en Viena. Ocupa un importante espacio en el corazón de la ciudad desde 2005 y es un gran edificio singular, atrevido, alegre, en armonía con la naturaleza, agradable, distinto, donde se pueden ver árboles que salen por las ventanas, asimetría controlada en todos sus huecos, remates que son cúpulas de cebolla o brillantes bolas doradas, líneas torcidas o quebradas en todo el conjunto. Está pintado en llamativo y atrayente color rosa combinado con franjas de otros materiales y colores y en su interior hay patios que parecen sacados de una ciudad de la fantasía. Además de vivir en sus viviendas, se puede comprar o celebrar encuentros en los restaurantes y bares de sus bajos. Es verdaderamente un claro contraste con los edificios de la época comunista y vuelvo a preguntarme qué pensarán los mayores de la ciudad al ver esta casa, los que crecieron en otro ambiente y vivieron en los bloques monótonos y sobrios, sin adornos ni colores, que todavía se pueden ver en sus calles.
Muy cerca se encuentra el Monasterio de Santa María, Unser Lieben Frauen, hoy convertida en un centro de arte y de cultura. Es uno de los edificios románicos más importantes de Alemania. Fue construido en los primeros años del siglo XI por uno de los arzobispos de la ciudad. En el siglo XII se convirtió en un importante monasterio de la orden premostratense y se levantaron las dos altas y esbeltas torres además de otras reformas en el interior. Siempre permaneció dentro del culto católico pero sufrió variaciones diversas en su utilización hasta que a principios del s XIX se secularizó y en 1974 se dedicó a Museo de Arte. Las puertas son de bronce labradas, como hemos visto en San Juan y todo el entorno verde del monasterio está sembrado de estatuas modernas.
El recorrido conjunto termina con la visita a la Catedral. La plaza que hay delante es muy armoniosa, amplia, despejada, con bonitos edificios de muros blancos y tejado rojo por donde sobresalen las torres de Santa María y al otro lado las curiosas bolas de bronce del edificio de Hundertwasser.
El magnífico templo que ha resultado indemne a pesar de las terribles circunstancias que afectaron al resto de la ciudad, fue fundado por el emperador Otón I y ofrecido a su mujer. Otón I, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, funda una basílica imperial de estilo románico, que llegará a ser una catedral gótica, a imitación de las francesas, la primera catedral alemana en este estilo y la más grande construcción religiosa del este de Alemania, símbolo de la fe cristiana.
Otón fue persona de sólidas convicciones religiosas, que a más de los avances militares por Francia e Italia, creó la Iglesia Imperial Otónida. En efecto, le impelió a ello las rebeliones constantes de los nobles para luchar contra las cuales quiso contar con el apoyo de la Iglesia además de crear una administración eficaz al servicio de la monarquía. La iglesia imperial otónida debía dotar al reino alemán de solidez y estabilidad. Erigió la catedral en el 955 con la pretensión de hacer de ella el tercer centro de la cristiandad, después de Roma y de Aquisgrán, y la hizo sede del palatinado imperial otónico, pues en el 968 autorizó la creación de una provincia eclesiástica eslava con cabeza en Magdeburgo. La corona tenía el derecho de nombrar a obispos en sus territorios y Otón además les concedió poderes de gobierno equiparables a condes o príncipes. Así convirtió a los obispados y arzobispados en distritos administrativos con derechos propios pero vinculados al rey.
En la catedral recibieron solemne sepultura los fundadores, Edith en el 946 y posteriormente Otón el 973.
La catedral, como tantos monumentos antiguos, sufrió accidentes a lo largo de los tiempos. En 1207 un incendio la arrasó dejando pocos restos pero bajo el arzobispo Albrecht II de Kafernburg fue rehecha siguiendo el modelo primitivo de la de Otón y las tendencias artísticas copiadas de las catedrales góticas francesas y el resultado fue que sobrepasó a la anterior en grandeza y majestuosidad. Hasta entonces el patrón de la catedral había sido San Mauricio, el soldado de la región tebana de Egipto que fue destinado con los suyos a defender la línea del Rin y allí fue martirizado en el siglo III por haberse negado a perseguir a los cristianos, al que podemos contemplar en una estatua colocada en la fachada lateral, con rasgos de raza negra. Desde la nueva construcción se adopta a Santa Catalina como copatrona.
Las altas torres no se terminan hasta finales del XV y principios del XVI. Una gran restauración la lleva a cabo en la primera mitad del siglo XIX el gran arquitecto neoclásico Karl Friedrich Schinkel. El interior de la catedral es imponente. Mide 32 metros de altura y 120 de largo en su nave central, tiene tres amplias naves y coro con girola. Un rico frontal o tribuna situado entre la nave central y el coro, con profusión de imágenes etcétera. Toda ella está llena de luz debido a los numerosos vanos en forma de ventanas góticas.
En el centro de la nave central, nada más entrar por la puerta principal se encuentra la fuente bautismal, símbolo del principio de la vida de un cristiano. A mano izquierda y apoyado en una columna se encuentra un templete dentro del cual están dos estatuas de personajes sedentes, cada uno en su trono y con corona real sobre la cabeza y con restos de policromía. Naturalmente se trata de Otón I y su primera mujer, la princesa Edith y son obra del siglo XIII, lo mismo que las esculturas de la portada que representan a las vírgenes prudentes y las necias o que la estatua de San Mauricio y la de Santa Catalina, la bonita imagen de la Virgen con el Niño y otras.
Entre muchas muestras de valor artístico vemos el labrado púlpito de estilo renacimiento de finales del siglo XVI, de alabastro, lugar desde donde se predica la palabra de Dios y la tribuna al final de la nave, con múltiples estatuas que representan a santos de la iglesia que deben ser tomados como modelos y los relieves en madera de los estales del coro, en los que se representan escenas del viejo y nuevo Testamento.
Desde el interior de la iglesia, por la parte del crucero, salimos al claustro, ese recinto siempre atractivo, silencioso, que invita a relajarse después de la acumulación de impresiones y lugares que ya hemos visto, con cuatro lados diferentes entre sí, uno de los cuales se conserva desde la época románica de la catedral otónica, con una pradera de verde hierba en el centro y algunos árboles, lo que contribuye a aumentar la sensación de paz y armonía que desprende la construcción en general.



Los cuatro lados del claustro en su interior son largos pasillos con bóveda de crucería y adornos, a donde dan distintas dependencias, como la entrada a la cripta otónica que hoy no visitamos en grupo o al antiguo refectorio convertido ahora en iglesia de invierno de la catedral y de donde en esta mañana de nuestra visita salen los acordes de una música de órgano.
La puerta de la catedral por la que salimos, como las de las distintas iglesias que hemos visitado, es de moderna factura, en bronce y con curiosos detalles, como el del pájaro hembra dando de comer a los polluelos que sirve de picaporte para abrir.

Al dar por terminada la visita a la catedral, donde se habría podido permanecer horas siempre contemplando obras artísticas merecedoras de admiración, se inicia el tiempo libre para comida, compras o simplemente, un cambio de ambiente.


Otros atractivos ofrece todavía la ciudad. Cerca de la catedral está el Museo de la Historia de la Ciudad, edificio noble rodeado de jardines. Al lado se encuentra la iglesia de San Sebastián, que tiene dos torres delanteras terminadas en cúpula de cebolla y una puerta de entrada convertida en una obra de arte urbano, nuevamente. En su interior, diáfano y luminoso como hemos visto en otros templos, se ven bonitos altares policromados. La parte del ábside gótico da a la Breiten Weg, Calle Ancha, entre unos agradables jardines.

Por esta calle pasan los tranvias y en ella se encuentran algunos de los pocos nobles edificios , terminados en frontones triangulares ricamente adornados, conservados o reconstruidos y, para que el visitante se haga una idea de cómo era la calle antes de la guerra, en paneles informativos colocados en la acera, se pueden ver fotografías de su estado anterior. A esta calle da también la mayor fachada de la casa de Hundertwasser y así mismo en carteles informativos se explica su génesis y aparece el propio arquitecto austríaco con la maqueta del edificio en la mano.

Frente a la moderna casa se levanta un grandioso edificio que se construyó a finales del siglo XIX como la Post y que desde hace pocos años ha pasado a ser el palacio de Justicia.

A última hora de la tarde volvemos al lujoso hotel Ramada situado a las afueras de la ciudad dando por terminada otra buena jornada. 30 septiembre, viernes
Nuestro viaje continua y en el día de hoy vamos a cambiar de Estado; dejamos Sajonia Anhalt para entrar en la Turingia, uno de los más interesantes lugares que se pueden visitar en Alemania, en la que tantas de sus ciudades han pasado a la historia y destacan por su arte. Nuestro primer destino es WEIMAR.
Weimar es la ciudad del clasicismo y fue la capital de Turingia en lugar de Erfurt entre las dos guerras mundiales. La ciudad ha sido declarada patrimonio cultural de la Humanidad por la Unesco y su nombre está ligado a muchos personajes relevantes en diferentes campos del saber, de la política o de la actividad artística que trabajaron y vivieron aquí. Goethe, Herder, el músico Franz Liszt, que lo hizo por trece años o el conocido filósofo Nietzsche que vivió con su hermana desde 1897 hasta su muerte en 1900, son algunos de repercusión universal pero hubo otros más igualmente conocidos en la cultura alemana.
Por eso y como anécdota nos supone un cierto contraste después de enterarnos de esa faceta que lo primero que vemos al entrar en la ciudad sea una moderna escultura medio sepultada en los adoquines de la calle en la que aparece un sujeto arrodillado y con la cabeza escondida que nos enseña el trasero. Es un impacto momentáneo del que nos repondremos luego con exceso de erudición.
Comenzamos la visita buscando la Herderkirche, la iglesia que lleva en su título el nombre de Herder, aunque es en realidad la iglesia de San Pedro y San Pablo. Su primer nombre se debe a que en ella ejerció su ministerio Johann Gottfried Herder, (1744-1803) personaje que a algunos nos suena a editorial de temas serios, nombre en ese caso muy bien elegido porque el personaje fue uno de los grandes en el terreno intelectual. Fue un filósofo, teólogo y crítico literario, que conoció e influyó grandemente en otros de los más valiosos personajes de su tiempo, como por ejemplo en Goethe y está en el origen de movimientos del romanticismo como el conocido como “Sturm und Drang” o del clasicismo alemán. Fue el padre de la idea que cristalizó en el nombre del nacionalismo. Con él entra en Europa este concepto que a veces ha sido causa de funestas consecuencias en los tiempos que siguieron.
Delante de su iglesia le ha erigido la ciudad una monumental estatua en bronce en la que aparece erguido, adelantando un pie en pose decidida para lo que se recoge el manteo que le cubre con una mano, en la que sostiene un libro. Además de la estatua, su cuerpo yace en el interior de la iglesia.

Tenemos, esta vez sí, la ocasión de entrar a la iglesia y contemplar el magnífico retablo hecho por Lucas Cranach el Joven, en homenaje a su padre el afamado pintor y como resumen de las teorías religiosas de la Reforma, que él adoptó con entusiasmo, considerándosele el pintor de Lutero. Lo pintó en 1555 e ilustra la idea central del pensamiento teológico de Lutero, esto es, que la salvación solo se logra mediante la fe personal y la lectura directa de las Sagradas Escrituras. Así a la izquierda del cuadro aparece el propio Lutero con una Biblia en las manos y señalando un pasaje de la segunda Epístola de San Juan que dice que la Sangre de Jesús nos purifica de todo pecado. Un chorro de la sangre del costado del crucificado cae sobre la cabeza de Lucas Cranach padre, que personifica a los verdaderos creyentes que reciben así la Fe sin ninguna mediación por parte de la Jerarquía católica. A su lado vemos a San Juan Bautista que levanta su mano derecha para señala a Cristo y su figuración como Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. A la derecha del cuadro aparece Cristo Resucitado, clavando el asta de su bandera en el demonio y vencedor de la muerte. Al fondo, en una escala mucho más pequeña, se muestra la expulsión de Adán del Paraíso, por ser la fuente del pecado original y en el extremo izquierdo aparece Moisés maldiciendo a los que no cumplen los mandamientos. Todo un tratado de Teología expresado con una perfección pictórica inigualable, dentro del estilo renacentista.
También se puede visitar en el interior de la iglesia el monumento funerario de Juan Federico, elector de Sajonia y su esposa Sybila de Cleves. Este personaje fue firme defensor de Lutero y la Reforma y por ello enfrentado a Carlos V. Con la Dieta de Espira de 1544 se hace un intento de acercamiento a los dos grupos religiosos pero los católicos ponen unas condiciones muy duras que dan lugar a la frase “wir protestieren” de donde les vendrá el nombre vulgar a los seguidores de la reforma. El elector había participado y fortalecido la Liga de Esmalcalda y, tras romperse las relaciones y declararse las hostilidades, se pone al frente de la Liga hasta producirse el gran enfrentamiento en la batalla de Mühlberg, con el triunfo del emperador católico. Juan Federico es hecho prisionero y se le conmuta la pena de muerte por el destierro al entonces pequeño pueblo de Weimar renunciando al ducado de Sajonia a favor de su primo Mauricio. Éste, que fue primero fiel a Carlos V, lo abandona y se une a los protestantes. Libera a Juan Federico que retoma el poder y hace planes para la extensión y consolidación de la Reforma cuando le sorprende la muerte en Weimar.
En la plaza donde está la iglesia hay un antiguo edificio, pintado de blanco con rojo y azul en sus ventanas y tejado triangular. Unas letras góticas lo anuncian como un Gasthaus y tiene en el muro una placa que tenemos tiempo de leer. Es el Gasthaus Sachsischer Hof que en otro tiempo se llamó Schwarzburger Hof, que en 1429 se menciona por primera vez documentalmente como dominio del Conde de Schwarzburg. Sigue diciendo que desde el7 de noviembre de 1775 al 18 de marzo de 1776 fue la primera vivienda en Weimar de Goethe, como huésped de la familia von Kalb. Dice alguna cosa más de su historia como edificio que ya no nos interesa tanto pero resulta curioso comprobar el partido que la ciudad le va a sacar a su huésped más famoso.
Seguimos nuestro paseo y llegamos al Palacio Ducal. Aquí estuvo el castillo barroco que se quemó en el año 1774, viviendo aquí Goethe, quien, como en otras edificaciones monumentales de Alemania, estuvo en la comisión que puso los principios estéticos para su reconstrucción. Del antiguo castillo sólo quedó la torre con el edificio exterior a la muralla que servía de Bastilla o prisión y que hoy mantienen muy cuidado, pintado en tono gris claro con las ventanas pintadas de amarillo en el marco y rojo las maderas. Completan el colorista cuadro los techos de pizarra negro. Detrás se construye el complejo del nuevo palacio, dentro del cual está el gran espacio para las Caballerizas. Es un edificio del siglo XIX y terminado y reformado en el XX. Anteriormente el palacio tenía forma de U y desde él se veían el Parlamento y la Biblioteca pero posteriormente se cerró el ala abierta. Hoy en el edificio del palacio hay dependencias administrativas y un ala dedicada a Museo, de cuya fachada cuelgan en esta ocasión grandes carteles con el anuncio de exposiciones sobre Cranach, Listz y Rodin, ¡buena oferta cultural¡
Nos adentramos por un maravilloso parque, el Park an del Ilm, nombre del río que lo atraviesa, lleno de frondosos y variados árboles, con troncos que denotan una antigüedad como la de los edificios que estamos admirando, y un tapiz de fresco césped que da al conjunto una belleza para nosotros más admirable, si cabe, que para los nativos. El parque es muy grande y tiene recuerdos en forma de pequeñas estatuas o estelas conmemorativas que no tenemos tiempo de ver con detalle. En uno de sus rincones que merecería la pena ver se encuentra una llamada Casa Romana y en otro el Pabellón de Goethe, uno de sus centros de retiro y de trabajo en la ciudad.
Pasamos por delante de la Biblioteca-Museo de la duquesa Anna Amalia de Sajonia, promotora de cultura en su ciudad, con ideas muy avanzadas para su tiempo. Se quedó viuda muy joven y ejerció la regencia hasta que el ducado pasó en 1775 a su hijo, Carlos Augusto. Entonces ella se retiró al palacio Wittum en el centro de la ciudad y como había sido educada en el espíritu del racionalismo francés y del enciclopedismo, en época anterior a la revolución, tenía la idea de hacer participar al pueblo en la educación. Para esa tarea se rodea de intelectuales, como el gran Goethe, al que su hijo había conocido en Frankfurt y lo había invitado a ir a Weimar y al que la duquesa puso al frente de la magnífica biblioteca que fundó, y a Schiller entre otros. Organizaba tertulias literarias en el palacio, investigaciones artísticas y todo tipo de manifestaciones culturales, todo ello envuelto en el aire de liberalismo que mantuvo hasta su muerte en 1807
En septiembre de 2004 un incendio destruyó la techumbre del edificio, partes del valioso interior y unos cincuenta mil volúmenes, algunos ejemplares únicos de gran valor, perdidos no solo por el fuego y el humo sino también por el agua empleada para sofocarlo.

La entrada principal de la Biblioteca está en la contigua Plaza de la Democracia. En el centro de la misma hay gran estatua de bronce, sobre alto pedestal, que representa al duque Carl Augusto, hijo de la duquesa Ana Amalia, montado a caballo en la misma postura que el emperador Marco Aurelio y con la cabeza coronada por una ostentosa corona de laurel.
Dando también a la plaza en el otro lado del cuadrado, a espaldas de la estatua del duque, encontramos un palacio de estilo neoclásico, el Fürstenhaus, que fue residencia de los Duques cuando su castillo se quemó en 1774, luego, hasta 1918 fue el Parlamento de Weimar y hoy es el conservatorio o Escuela de Música, donde trabajó Liszt del que toda la ciudad está llena de carteles y recuerdos por celebrarse probablemente un aniversario de su estancia aquí, donde residió en una casa que todavía se conserva, con el encargo de la dirección de orquesta de los conciertos de la corte y así mismo del teatro y tuvo tiempo para la composición de gran parte de su obra.
Muy cerca, por la parte de atrás de la plaza y dando al Parque, está la casa de Charlote von Stein, que es un palacete, hoy pintado de color rosa y con tejado donde salen las mansardas en color rojo. Hay una placa que recuerda que ella vivió ahí desde 1777 a 1822. Charlote fue un gran amor de Goethe a pesar de la importante diferencia de edad que el sabio enamorado le sacaba. Este episodio lo cuenta Stephen Zweig en su libro “Momentos Estelares de la Historia” donde defiende que la pasión que surge en el maduro intelectual, que es en ese momento Goethe, por la joven y sin duda inteligente Charlote, le hacen especialmente sensible y creativo y en esa época produce algunas de sus más brillantes obras. También Tomas Mann escribe una obra sobre estos amores titulada “Lot in Weimar”.
En esta ocasión no podemos recorrer también nosotros a pie la tranquila calle que comunica la casa de Charlote con la de Goethe, que aún conserva un ambiente que puede corresponder a ese tiempo, sin tiendas o anuncios que distorsionen y que éste haría en tantas ocasiones para visitar a su amada. Unas obras lo impiden. Damos un rodeo para llegar delante de la casa del gran escritor.
La casa de Goethe fue un regalo de Carl Augusto al escritor y está convertida en la actualidad en Museo que contiene un verdadero patrimonio cultural del que el propio dueño era consciente en vida, tanto que pidió expresamente que no se repartiera entre sus herederos para que no se disgregaran los bienes. Él había acumulado piezas artísticas de todos los tiempos, incluidos un buen número de esculturas de la época clásica, griega y romana, cerámicas, bronces, monedas de ese tiempo, utensilios de laboratorio, minerales, cerámica renacentista y otros muchos valiosos objetos procedentes de su propio país, dado el cargo que ocupó y la sensibilidad y cultura que demostró. La casa con todo el contenido pasó a ser propiedad de su nuera y más tarde del Ayuntamiento de la ciudad. Hoy es propiedad federal, del Estado. Goethe al final de su vida se casó con Cristine, una de sus servidoras que supo defenderle con arrojo cuando los franceses entraron en su casa. En ella murió y sus últimas palabras fueron “!Más luz¡”

Llegamos a la plaza que reune suficientes atractivos culturales como para disfrutarla con tiempo, cosa que hoy no tenemos. Es la plaza del Teatro Nacional que fue construido a finales del siglo XVIII, y destruido posteriormente por un incendio. El que contemplamos hoy, de estilo neoclásico, fue rehecho en los primeros años del siglo XX y fue el escenario del encuentro de políticos que, huyendo del desbarajuste de Berlín, acuden a Weimar para escribir y aprobar la constitución de la Primera República alemana que se llamó por eso la República de Weimar y que duró desde 1918 a 1933, el período entre guerras. Lo hicieron aquí porque no querían utilizar ni el palacio de los Duques ni la catedral. Guillermo II, el último emperador alemán había partido al exilio en Holanda sin firmar el armisticio, lo que impedía la rendición oficial por parte de los oficiales de la armada. Se formó entonces un gobierno fantasma que fue reconocido por los aliados y son los que firman el armisticio. Eso le da argumentos a Hitler a decir que ellos no habían perdido la guerra. Esta constitución que da lugar a la 1º República alemana no satisfizo a nadie.
Delante del teatro se levanta el grupo escultórico que representa a los dos grandes intelectuales que vivieron en esta ciudad, Goethe y Schiller, realizado por Ernst Rietschel en 1857 y colocado en la céntrica plaza.
Al otro lado de la plaza y mirando de frente a los dos intelectuales, se encuentra otro edificio interesante. Es el museo de la Bauhaus, un edificio clasicista que en otro tiempo fue una dependencia del Teatro. En la ciudad de Weimar hubo un movimiento cultural, una Escuela de Arte, fundada por el arquitecto belga Henry van del Velde y que más tarde fue consolidada por su colega alemán Walter Gropius, cuando llegó a esta ciudad en 1919 que renueva las distintas artes, arquitectura, mobiliario, ornamentación etc. Se refleja algo en lo que conocemos como movimiento racionalista.
Entramos en la zona peatonal, llena de árboles y tiendas muy atractivas y especialmente cafés acogedores. A Goethe se le ocurrió hacer un poema dedicado al árbol procedente de China conocido como ginkgo biloba y desde entonces es el símbolo de la ciudad y tiene hasta un museo dedicado al árbol, al que se le asignan todas las ventajas. Hay dibujos, postales, joyas con la forma de su hoja, en fin, que no pasa desapercibido el arbolito que por cierto lo tenemos también en nuestras calles madrileñas, concretamente en la mediana de la calle Príncipe de Vergara. Pasamos por el palacio Wittum, donde vivió la duquesa Anna Amalia que ocupa el frente de la calle donde se encuentra la casa de Schiller.

Nos detenemos un rato delante de la casa de Schiller, el intelectual que había sido profesor en Jena. La casa, pintada actualmente de amarillo y con las ventanas en gris, había sido comprada por él en 1802 y en ella vivió con su familia hasta su muerte en 1805. Era modesta porque se la tuvo que proporcionar él mismo, no se la ofreció la ciudad como era el caso de Goethe. Una vez dentro de ella, hizo levantar el tercer piso a modo de buhardilla que le sirvió como lugar de trabajo. Frente a la casa, por la parte de atrás, se ha construido un moderno edificio donde se exponen objetos del escritor y es una continuación del museo en que se ha convertido la casa.
Schiller tenía un origen más popular que su contemporáneo. Era profesor de historia cuando la duquesa viuda Ana Amalia le mandó llamar atraída por la sólida preparación cultural del joven. A pesar de todo le costó entrar en la elite de la ciudad. Escribe dramas históricos, algunos de ellos sirvieron de libretos para óperas conocidas. Entre otras está Don Carlo, la oda a la alegría a la que le pone música Beethoven y Guillermo Tell. En verdad no fue un historiador que se pueda considerar como riguroso pues alguno de los relatos que más han trascendido, como ocurre con D. Carlo, está lleno de errores históricos. Parece que él elige a los personajes, Felipe II y su hijo, como símbolos de la autoridad impuesta, representada por el padre, y de ansia de liberad que se concreta en el hijo pero que no responde a la realidad. No obstante su versión particular influyó mucho en la opinión que los alemanes tenían de la historia de España.

Llegamos a la Marktplatz el centro neurálgico de la ciudad, donde está el Ayuntamiento y otros significativos edificios. El centro es un bello espacio rectangular que encontramos todavía ocupado por coloristas puestos de frutas, verduras y artesanías diversas, haciendo honor a su nombre.
El edificio del Ayuntamiento ofrece una bonita arquitectura de estilo neogótico; fue edificado en 1841, termina en una torre con carillón formado por 35 campanas de cerámica de Meissen y debajo se ve un gran reloj. En la entrada, un pórtico exterior de tres arcos ojivales y terraza encima con flores rojas.
Otros edificios que dan a la plaza son de estilo renacentista como la Stadthaus, pintada en blanco y verde y a su lado las casas de Cranach. Son dos edificios iguales que pertenecían al suegro del pintor y en uno de los cuales vivió durante su último año de vida.
En otro lado de la plaza se levanta el más antiguo hotel de Weimar, el hotel “Elephant” aunque su actual arquitectura data del año 1937. En el balcón del hotel hay dos esculturas en madera color blanco, una de ellas representa a la actriz Lili Parmer en su papel de Lotte in Weimar, que según Mann, es en este hotel donde se encuentra con Goethe. Parece ser que en este balcón ponen desde hace quince años, imágenes de personajes conocidos que tienen relación con la ciudad. Presume de haber albergado a los intelectuales que vivieron en la ciudad.
En otra de las fachadas vemos un bello edificio reconstruido después de la guerra que contiene el “Hofapotheke”, una vieja y bonita Apotheke con la leyenda en la fachada que data de 1531, una de las fechas más antiguas que puede imaginarse. Leonor tiene ocasión de hablar con la dependienta que le dice que en los sótanos de esa farmacia Goethe estuvo experimentando con la química y por tanto frecuentándola.
En la plaza, en el recinto del centro pero a un lado de éste y frente a la farmacia una fuente con la escultura del dios Neptuno. Debajo de la figura humana, que representa al dios asiendo fuertemente su tridente, en un gesto airado, la explicación iconológica en unas letras grabadas en la piedra que dicen QUOS EGO. Efectivamente, la explicación se encuentra también en la tradición clásica, concretamente en un verso de la Eneida de Virgilio del canto I podemos leer estas escuetas palabras que con una figura estilística de abreviación significan “yo, que os (podría)…. Y se sobreentiende someter”. El contexto en que el dios del mar pronuncia estas palabras es cuando, furioso porque la diosa Juno ha liberado a los vientos y provocado una tempestad para impedir a los odiados troyanos, conducidos por Eneas, alcanzar tierra libre, el dios amenaza a los vientos sin precisar cómo, para que vuelvan a retirarse. Este título sirvió a Rubens para un cuadro, de 1635 o 35 en que aparece el dios en actitud violenta, dominando a los vientos y que, aunque no lo vimos, está en el museo de pinturas de Dresde y el tema es objeto de otras importantes pinturas.
Después de un rato en el que, además de comer, ha habido tiempo de repasar y profundizar por la ciudad, salimos para Erfurt.



La ciudad de ERFURT fue fundada en el año 742 por San Bonifacio y en la Edad Media fue importante por su comercio y por su Universidad. Pronto podremos apreciar los muchos restos de esta antigua relevancia en su valioso patrimonio de ricas casas.
Entramos por una parte vital de la ciudad, una ancha plaza y llegamos luego a otra más pequeña y peatonal en medio de la que se encuentra una estatua de esas que acostumbramos a ver en las pequeñas ciudades alemanas por todas partes. Está presidida por la iglesia de San Egidio que se encuentra precisamente al lado del río.
Aquí el río se divide en dos ramas sobre las que se levantó un puente que tiene una particularidad, y es que hay casas construidas encima de él, preciosas casas de entramado visto, a ambos lados; es el famoso Krämerbrucke. Probablemente la razón de edificar encima del puente es que sus propietarios no pagaban impuestos, al hacerlo en zona libre. Tiene muchísimo atractivo porque sus casas son antiguas, bonitas, cuidadas, con establecimientos que venden objetos de artesanía y otros que atraen al público, con bares y tiendas de recuerdos o antigüedades.

Del puente llegamos pronto a la Fischmarkt, plaza donde está el Ayuntamiento. La plaza es grande y todos los edificios que a ella dan son realmente preciosos y muchos de ellos tienen sus orígenes en el siglo XVI. El Ayuntamiento está construido en el estilo neogótico, tan caro a los alemanes y tiene estatuas y adornos por toda la fachada. En el centro se encuentra un alto pilar terminado en un capitel corintio dorado encima del cual hay una estatua de un caballero con escudo y un trofeo, que data del año 1591. Nos dicen que es San Martín, el patrono de la ciudad, en una efigie policromada, y tiene una postura decidida llevando en un brazo el escudo que apoya en el suelo y en otro un estandarte, pero se parece mucho a los Rolandos que hemos visto en otras plazas cerca del Ayuntamiento.
El edificio que está detrás de esta estatua, con tres pisos de ventanas diferentes, puerta adornada y un ingenuo friso de figuras blancas sobre fondo azul cuya fachada está rematada en forma triangular, con cresterías labradas en sus bordes, tiene también en lo más alto otra estatua de S. Martín que, si se observa desde abajo, está en línea con la de la plaza. Hoy es una Sala de Arte, el centro cultural Zum roten Ochsen

En el otro lado de la plaza otras dos bellas fachadas, ricamente labradas. En una de ellas, de 1484, pintada en rojo con profusión de relieves y adornos policromados sobre ella y rematada en el frontón triangular, tiene escrita la leyenda “Zum breiten Herd”. Sobre la leyenda y a lo ancho de la fachada se pueden ver unos bonitos relieves que representan los cinco sentidos.
Por muchos sitios vemos el símbolo de la rueda, que lo es también de Maguncia, de donde lo trajo San Bonifacio, el fundador de la ciudad.
Seguimos el paseo por las bonitas calles de la ciudad, tomando precauciones al cruzar la calzada por donde dominan los tranvías y nosotros la atravesamos en varias ocasiones. En la Markkstrasse está la Iglesia de Todos los Santos, en un momento en que la luz del sol de la tarde ilumina como potente foco su torre blanca.
Entramos al barrio latino, donde se encontraban las cuatro Facultades de la afamada Universidad de Erfurt en la que estudió el joven Lutero desde 1501 al 1505. El padre de Lutero era un minero pero adquirió un status respetable y naturalmente quiso para sus hijos algo más y le mandó a la Universidad para que estudiara derecho. Antes tuvo que aprender latín, requisito imprescindible para entrar en ella. Un día que volvía de Erfurt a Eisenach con un amigo, les sorprendió una tormenta tan terrible que un rayo mató al compañero en su presencia. Entonces Lutero se encomendó a Sta Ana y prometió hacerse fraile si le salvaba. Esta es la tradición. Lo cierto es que ingresó en los Agustinos de Erfurt en 1505.
Las bombas de la última guerra destrozaron dependencias de la Universidad y parte de la muralla que la aislaba el barrio. En esta ocasión encontramos la zona en obras, con el pavimento levantado, lo que hace incómodo el plácido paseo

La Iglesia gótica de San Miguel, hoy cerrada, formaba parte del recinto universitario. Enfrente de esta iglesia vemos el edificio gótico, de 1512, el Collegium maius, el único vestigio urbanístico conservado en la actualidad del conjunto que formaba la antigua Universidad de Erfurt. Lo encontramos muy restaurado, pintado en tono rosa y de él destaca la artística puerta de arcos apuntados y frontón triangular sencillo en lo alto.
Otra interesante casa en las cercanías es la llamada Zum güldenen Stern, del mismo estilo gótico manifestado sobre todo en el mirador del piso superior. En su fachada, por cierto, cuelga actualmente un cartel reivindicativo que exige su reparación prometida desde hace años.
Al otro lado de la Marktstrasse , entrando por una calle en la que siguen las casas de entramado o de relevante arquitectura, vemos un bonito y cuidado edificio que fue la antigua alhóndiga y se la conoce como la Casa de las Bodas, con entramado de madera, techo a dos aguas pintada de color amarillo que contrasta con el marrón de las vigas y el rojo de las tejas. Es de 1546 y rehecha en los años ochenta del pasado siglo. Lo que más resalta en ella es la portada, con una bonita puerta de madera labrada, enmarcada arquitectónicamente por un arco de medio punto, dos columnas estriadas y un frontón en la parte alta, en la que no le faltan colores llamativos que mejoran la impresión visual. Debajo del frontón está escrita la siguiente leyenda HAUS ZUM SONNEBORN

Seguimos el paseo disfrutando de otras casas igualmente interesantes por su antigüedad y su belleza y finalmente llegamos a la inmensa y espectacular plaza del Mercado, de la que no nos podemos hacer una objetiva idea de su belleza porque la encontramos ocupada en su totalidad por una gran noria, casetas bulliciosas de tómbolas, casas del terror, atracciones variadas y una carpa, todo ello dispuesto para celebrar la Oktoberfest, en un par de días, después de que antes ha servido para albergar a los fieles católicos que en ella han recibido al Papa Benedicto, que acaba de hacer una visita en esta ciudad.
El sol ilumina las casas del lado oeste, frente a la catedral, resaltando su colorido variado y su armonía. En la ancha acera hay terrazas con gente en ellas y las atracciones se disponen a recibir clientes. La ciudad está animada.
La subida hacia la catedral y la iglesia que hay a su lado, la Marien Dom y San Severino por unas interminables escaleras se hace un poco dura pero compensa la vista que tenemos desde arriba, de la plaza y las calles adyacentes.
Las dos iglesias tienen torres altísimas, rematadas en chapiteles de pizarra oscura, alargados y puntiagudos como si quisieran pinchar el cielo y forman uno de los espectáculos arquitectónicos más espectaculares que hemos visto hasta ahora. Lástima que el sol no ilumine el conjunto, lo que hubiera agradecido el objetivo de la cámara, pero el ojo humano aprecia igualmente la belleza en el contraluz que las recortadas siluetas forman sobre el cielo azul de la tarde que va cayendo.

Rodeamos la catedral que tiene como más sobresaliente particularidad el inmenso ábside en el lado opuesto al que esperaríamos. Estudiamos más que vemos las dos puertas exteriores de entrada a la catedral, de estilo ojival, con bellas esculturas en el tímpano, columna central y columnas adosadas laterales. Nos permiten ir repasando la Historia Sagrada y el Nuevo Testamento. Especialmente interesantes son las representaciones de las siete vírgenes prudentes, según relato del Evangelio, en actitud serena y distinguida y en el lado izquierdo las siete necias que confiaron y no prepararon sus lámparas. Están retorcidas, haciendo gestos de desesperación y nada calmadas.
Aprovechando que está abierta, entramos al interior de la catedral, espacio que contiene numerosas obras de arte de todo tipo, retablos, estales del coro ricamente labrados, vidrieras magníficas, relieves, esculturas, pinturas, orfebrería, etc para cuya contemplación nos haría falta mucho más tiempo del que el horario del día de hoy nos proporciona.
No podemos hacer lo mismo en la iglesia de San Severino porque está cerrada y nos quedamos sin conocer su interior.
Descendemos por una rampa por la parte trasera de la catedral y la iglesia contigua y desde abajo vemos el soberbio conjunto del Petersberg, ciudadela construida en la segunda mitad del siglo XVI en lo alto de la ciudad a la que se accede por un puente sobre el foso y se asciende por empalizadas. La entrada se hace a través de una artística portada barroca. Antiguamente hubo aquí un monasterio dedicado a San Pedro, del que toma el nombre y del que aún queda una iglesia. Desde lo alto se puede contemplar una magnífica vista de la ciudad.
A partir de aquí tenemos tiempo libre hasta la hora de volver al hotel. Otros monumentos han quedado pendientes, como el monasterio de los Agustinos, donde estuvo Lutero, la torre de San Nicolás pero la visión global nos ha producido una excelente impresión.
Después de la cena tiene lugar nuestra habitual y festiva despedida, este año mejorada con una representación voluntariosa y divertida que recogía uno de los capítulos fundamentales del viaje: el cuento.
El día 1 de octubre es el día de la venganza de los dioses, celosos por ver lo bien que les había salido todo a los limitados humanos y deseosos de infligirles un castigo sobre todo porque habían tenido la osadía de repetir en palabras e incluso en canciones esta idea, la del éxito de la excursión. Así que decidieron hacernos notar su voluntad rencorosa y vengativa y nos enviaron una Stau, un embotellamiento de coches en la autopista de tal envergadura que impidió que lleváramos a cabo los magníficos planes elaborados por nuestros jefes con ilusión, el visitar el castillo de Wartburg y el comer en el Palacio de Fasanerie, al lado de Fulda. Eso sí, tuvimos ocasión desde a través de los cristales del autobús de ver con mucha calma paisajes del campo y de los pequeños pueblos por los que pasamos en el rodeo correspondiente.
La prudencia y previsión de los organizadores contrarrestaron ese desaforado deseo de venganza y no llegamos tarde al aeropuerto, cogimos bien el avión, tuvimos un buen vuelo y llegamos al destino ya con la esperanza del nuevo viaje el año próximo

Assela Alamillo Sanz
Madrid, 19 de octubre 2011

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