Cuernavaca, último día
6 de mayo, viernes.
Acompaño a mi hija a uno de los grandes supermercados de la ciudad. Parecería que todos estos establecimientos tienen que ser iguales en todas partes pero no es así. Hay enseguida detalles que te indican dónde estás. Uno de los más notable es observar a un trabajador, un chico joven, que está sentado en un puesto al lado de las verduras, con la misión de quitar las espinas a las hojas de nopal y amontonar las ya lisas y suaves para su venta. Ni sabía lo que era el nopal ni mucho menos que se comía y sin embargo ya lo he probado varias veces y está bueno. Los productos también difieren, algunos son europeos, pero, según mi hija, mucho más caros, la mayoría son marcas desconocidas aunque en envases y envoltorios parecidos. No es igual pero ha estado bien entrar en uno de estos sitios. Al final, al ir a pagar, puedes pedir que te pongan el género en una caja y entonces aparece una empleada jovencita con una ya usada, que ha contenido verduras o cualquier otro producto del super, y que, en lugar de doblarlas y tirarlas al contenedor, las utilizan como recipientes en lugar de bolsas de plástico, si lo solicitas. Claro que hay que darle unos pesos de propina a la joven que, con profesionalidad, te coloca los paquetes ordenadamente en la caja. También hay carros, claro está, y parking pero se respira una atmósfera diferente.
Luego nos vamos siempre en el coche a buscar una sucursal de un banco local para que haga el ingreso del alquiler de la casa a la dueña, que este mes no puede acercarse a cobrarlo personalmente, y pide este método incómodo para ellos pero aceptado con la amabilidad de siempre por Assela. No es fácil encontrar la sucursal demandada y cuando al fin aparcamos detrás del banco, en la avenida tan transitada de Zapata, me hace notar la hija que estamos frente a la tienda tan bonita de muebles y artesanía. Como aún le faltan unos cuantos números para que la llamen a ventanilla, no resisto la tentación de poner a prueba mi todavía agilidad para cruzar la calle entre la vorágine de coches que a un lado y otro recorren el paseo, y pasar a comprar un marco que vimos el otro día y que me arrepentí de no habérmelo llevado. A todo nos da tiempo.
Pasamos por la calle de la Universidad donde casi todas las tiendas, vendan lo que vendan, muebles o carnes, fotocopias o tacos, llevan el título de universidad detrás, aunque ese detalle no la hace muy distinta de las demás. Lo único destacado es que predominan las tiendas que anuncian fotocopias. Antes de entrar en el recinto grande y despejado de la Universidad de Morelos, hay una plaza donde aparcan todos los autobuses de la ciudad cuando no están en servicio y que en medio tiene un monumento a Benito Juárez, pero el gran héroe de la revolución no ha tenido aquí suerte, porque es una estatua pequeña y chaparra, más bien fea, de un color oscuro, que se ha merecido el calificativo de “enano”.
La entrada a la Universidad ofrece un panorama muy bonito. Los edificios están aislados unos de otros, los espacios son amplios, hay muchísimos árboles, arbustos y flores. En una zona alta se divisa desde un mirador un hermoso panorama de esta ciudad asentada en una orografía tan irregular, con barrancas que la atraviesan y laderas donde se encaraman las casas. Hay muchas instalaciones deportivas en terrazas inferiores que no tapan el paisaje. Hay dos monumentos sobresalientes sobre sendos pedestales, el águila sobre el nopal, símbolo por excelencia del país, y otra de un gran venado con enormes cuernos que de momento nos asombra la temática hasta que nos explican que el club deportivo universitario lleva ese nombre. Aquí el tema de los cuernos no debe de tener la misma significación que en España, sino tal vez habrían elegido otro.
El único edificio que sobresale es el del Rectorado, muy alto y nada bonito y por el contrario, el más moderno y de arquitectura llamativa, que combina cristales y materiales de distintos colores, es donde Carlos tiene su puesto de investigación, la zona de laboratorios. El resto de las facultades son pabellones de formas clásicas e iguales entre sí, excepto la escuela de Arquitectura, que tiene una escultura moderna en su entrada. Hay mucha zona ajardinada y pequeños espacios donde los estudiantes se reúnen, y no son pocos los que están ahora fuera de sus clases. También hay varios bares o zonas de tomar algo. Salimos por la otra parte, muy cerca de la urbanización donde ellos viven.
Esta tarde es la última que pasamos en esta ciudad y vamos al centro a despedirnos y a ver algo nuevo como la casa museo Robert Brady (1928-1986). Aparcamos por el centro y damos una vuelta viendo interesantes edificios hasta encontrar lo que fue vivienda particular de ese rico americano que se instaló aquí y se rodeó de todos los objetos bonitos que su saneada fortuna personal le permitía, que son muchos y hablan del buen gusto que tenía el personaje. La casa en sí es una preciosidad, se llama Casa de la Torre y la adquirió en 1961. Era una vieja casa del siglo XVI que formaba parte de un convento. Está bajo la catedral, de la que se ve una buena parte desde el patio de entrada.
Durante mucho tiempo reconstruyó el edificio, respetando los trazos coloniales de su arquitectura y acondicionando otros espacios para exponer los objetos de su colección. Él mismo, poco antes de morir, expresó su deseo de convertir su casa en museo y así se hizo, abriéndose al público en 1990. Hay objetos procedentes de México, los más, pero también de otros sitios del mundo por donde viajó. Tiene cuadros, muebles y pinturas de personas famosas, objetos coloniales, figuras prehispánicas, cerámica popular, colección de Cristos etc. En el centro hay un jardín no muy grande que está ocupado casi por completo por una piscina. A él da un porche especialmente adornado de objetos bonitos que no se cansa una de mirar. Luego se sube a la parte alta, la vivienda propiamente dicha. Es especialmente bonita la cocina, alicatada en todas sus superficies, y llena de detalles agradables. Hay también un retrato de Frida Kahlo, con un mono en el hombro. En resumen, es uno de los sitios privilegiados para uso de muy pocas personas, menos mal que por pocos pesos se puede disfrutar durante un rato de la obra de recolección de toda una vida.
Después paseamos por otras zonas que no conocíamos todavía, una pequeña plaza triangular que termina en una calle que podríamos calificar de “marcha” por la cantidad de bares y restaurantes que hay en ella y el color rojo de las pinturas de las casas, pero que también tiene árboles de tabachines que armonizan con ella y le dan una alegría y un toque de naturaleza. Paseamos por la calle Hidalgo, la que une la Catedral con el Zócalo.
Cuando llegamos allí, al atardecer, cuando el sol dirige en horizontal sus rayos, nos encontramos la bonita impresión de que el palacio Cortés tiene otra luz que no habíamos visto por la mañana. Como si un montón de focos le iluminaran directamente, sacando lo más bello de sus piedras. Una impresión parecida provocan las copas de flores de los tabachines que llenan la plaza.
El Zócalo está especialmente animado. Los vendedores de artesanía ocupan todos los flancos dando un colorido inusitado incluso en las zonas de sombras. En una parte de la plaza hay unas mesas con hombres jugando al ajedrez. En el centro, delante del Palacio de Gobernación, bajo la carpa puesta para los acontecimientos lúdicos, hoy se celebran conciertos por distintos grupos musicales y cantantes que se van sucediendo y cuyos sonidos se extienden atronadoramente por toda la plaza.
Nosotros nos sentamos en una terraza de uno de los principales restaurantes de la zona pero yo bebo pronto el refresco y me voy a dar una vuelta sola, buscando instantáneas humanas o curiosas. Antes, con la hija, hemos comprado en uno de los puestos una bonita blusa y algunos bolsitos de tela. Allí, sentada en los porches, hay una joven que tiene a su lado un bebé dormido en la hamaquita mientras ella cose adornos en una camisa. Otras tres chicas jóvenes, vestidas con aparatosos trajes regionales están sentadas delante del puesto de artesanía que hay enfrente y parecen querer atraer compradores a él. Luego observo que son familia. Un hombre carga con cinco grandes canastos de rafia de colores y se dispone a pasear con ellos a ver si vende alguna por el contacto directo. Otros van cargados de hamacas, colgadas al hombro y te ofrecen su mercancía.
Me acerco a la puerta del palacio donde me entretengo leyendo los carteles que son restos de las manifestaciones que desde hace días se han sucedido en ese lugar como protesta por los crímenes del narcotráfico, que han afectado ya a gente inocente, según el promotor de estas acciones y de una marcha que ya ha salido hacia el DF en señal de protesta. Es un poeta local de apellido Sicilia, uno de cuyos hijos jóvenes apareció muerto hace poco con otros cinco. Un joven, sentado en un taburete de plástico amarillo, hace guardia ante el pequeño homenaje consistente en dos hileras de macetas que enmarcan una de cirios encendidos. Leo en los carteles noticias terribles como el número de mujeres asesinadas en Morelos en los últimos años que asciende a 418, o carteles con las palabras NO MÁS SANGRE o un poster con una rudimentaria paloma de la paz.
Todo esto contrasta con la actitud alegre y desenfadada de la cantante de turno, que, intercalándose entre el público, sentados los más en las sillas puestas por el Ayuntamiento y muchos otros de pie, les provoca y jalea haciendo que le pidan más canciones.
Cuando nos levantamos del bar vamos hacia otra plaza anexa que no habíamos visto hasta hoy. Está igualmente animada. Se diría que se celebran las fiestas de la ciudad pero es un día corriente. En el centro está el kiosko de la música. En un lado un hombre vestido a medias de payaso, juega con antorchas de fuego para llamar la atención mientras habla a través de un micrófono y hace reír al personal metiéndose con los transeúntes. Nos alejamos de él por si somos inspiración para una de sus bromas. Pide unos pesos en compensación a la diversión que ofrece. Allí se vende de todo, obleas, paletas, mazorcas y otras chucherías que no recuerdo sus nombres. Los limpiabotas hacen su trabajo mientras el cliente que pone los zapatos y los pesos correspondientes bebe un agua de guayaba o de otra fruta corriente por aquí. Otros limpias esperan al posible cliente con su asiento vacío, dotado de un pequeño dosel que evita que el sol dé directamente sobre la cabeza. Hay puestos de todo lo que se puede comer o beber y la gente no parece decidida a volver a su casa.
Dejamos esta parte histórica de Cuernavaca para volvernos al tranquilo barrio donde viven los hijos.
Al día siguiente, día siete de Mayo, nuestra despedida de la ciudad de la eterna primavera se completará con un desayuno en un restaurante que descubrieron los chicos por casualidad y que se llama El Secreto. Está un poco lejos de las zonas por donde se mueven y el exterior no ayuda a imaginar el agradable y bonito ambiente del interior. Nos situamos en una mesa bajo una sombrilla, cerca de una fuente artificial hecha de piedras amontonadas por las que discurre el agua que se remansa en un pequeño estanque. Hay zona ajardinada con cuidado césped y los muros que rodean el jardín, hechos de combinación de piedra y ladrillo, artísticamente dispuestos, logran el efecto del mejor marco posible. La mañana es calurosa y brillante y hacemos lo propio de estas ocasiones, pedir los dos huevos en distintas opciones, con sus zumos, frutas, café y bollos. Todo un menú que nos dará fuerzas para lo que nos queda, lo peor, la despedida en el aeropuerto y el pesado viaje de vuelta.
Han sido unos estupendos días que con este segundo repaso se avivan y mejoran los recuerdos.
Madrid, 2 de junio de 2011
Assela Alamillo Sanz
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