VIAJE A LEÓN
8 de octubre 2010
Salimos con Paco y Nuria en el “Gómez” hacia las diez y media por la autopista de la Coruña y no paramos hasta llegar a SIMANCAS, hacia el mediodía. Damos un buen paseo por el pueblo que nos resulta una agradable sorpresa pues es bonito y está muy cuidado. A la entrada y cerca de la carretera se levanta el monumento más conocido, el que le da fama en el resto del país. Es el castillo construido en el siglo XV por la familia Enríquez, sobre los restos de una antigua fortaleza árabe. Pasó luego a ser propiedad de la corona, en tiempos de los Reyes Católicos que la convirtieron en prisión. Fue Felipe II el que le dio nueva ocupación al castillo, convirtiéndolo en Archivo General del Reino, y hoy es conocido como Archivo Histórico Nacional y no sólo por los investigadores de historia sino por cualquier persona medianamente culta.
El edificio sufrió transformaciones en su arquitectura hasta su estado actual. Predomina la torre del obispo, llamada así porque en ella estuvo preso el obispo de Zamora Don Antonio de Acuña que se unió a los Comuneros de Castilla en contra de Carlos V y aquí fue ejecutado el orgulloso personaje.
La última reforma que se ha llevado recientemente a cabo no parece que haya sido del agrado de los cinco mil habitantes del pueblo, a juzgar por el testimonio de una de sus vecinas con la que entablo una corta conversación. Ella está muy orgullosa del pueblo, lleno de muestras arquitectónicas del pasado pero… están indignados porque el castillo tenía unas regias escaleras de subida que se han llevado recientemente y sustituido por un muro de granito sobrio y liso que rodea el edificio en uno de cuyos entrantes está el cartel que anuncia el flamante y conocido título de Archivo Histórico Nacional. La señora opina que a algún sitio se habrán llevado las escaleras porque vieron cómo numeraban sus piedras, pero a saber dónde.
Cerca del Castillo, en una calle que nos lleva al centro, encontramos un monumento moderno que representa a un grupo de figuras femeninas, realizado en bronce sobre soporte de un muro liso de granito, a su vez colocado delante de una enorme roca. Gracias a la inscripción que hay a su lado nos enteramos de que evocan uno de esos episodios históricos que han entrado en la leyenda aunque con tintes sombríos. En época del Rey Ramiro I, allá por el siglo IX, dada su debilidad, accedió a entregar al emir Abderramán II el tributo de cien doncellas que ya se había practicado un siglo antes y que entonces reclama de nuevo el moro. A esta población le corresponde aportar siete doncellas que fueron tan valientes, rebeldes y decididas que prefieren cortarse una mano para evitar esta humillación. La respuesta de Abderramán al verlas mutiladas fue la siguiente: “Si mancas me las dais, mancas no las quiero” de donde los habitantes afirman que vino el nuevo nombre de la población.
El resultado histórico de la leyenda es que el valor de las jóvenes movió al rey cristiano a levantar sus huestes e infundirles valor y que tuvo lugar la batalla de Clavijo en la que los cristianos derrotaron a los moros, claro que con una ayudita de Santiago y que en lo sucesivo se abolió tan servil costumbre de entregar muchachas como tributo.
En la misma calle encontramos un par de asadores con magnífico aspecto que ejercen verdadero “efecto llamada” pero es todavía demasiado pronto para comer. La iglesia del Salvador, que vemos por fuera, es muy bonita, de artística ejecución que mezcla estilos, como tantas veces y con la característica piedra porosa blanca de Valladolid.
Seguimos viendo casas antiguas, con portones, bancos y escudos que dan un carácter de villa castellana histórica a este pequeño pueblo. Se llega al fin a un mirador rodeado de un pequeño parque desde donde se ve un precioso panorama del río Pisuerga, que discurre ancho en un entorno de árboles y en el que sobre todo destaca un largo puente medieval en magnífico estado.
Seguimos nuestro camino atravesando las afueras de Valladolid y llegamos a MEDINA DE RIOSECO a una hora en la que lo más perentorio es buscar un restaurante para comer. Aquí no tenemos esa primera y buena impresión como en Simancas y acabamos entrando en el mesón Asturias que, aunque tiene casi todas sus mesas llenas, no nos deja una comida para el recuerdo, ni por la calidad del menú, ni por el ambiente, ni muchísimo menos por los camareros, pues ni uno ni otra que nos atienden han esbozado siquiera una sonrisa ni han hecho un gesto de amabilidad. La única compensación es que era de precio asequible. Después es el momento del paseo por la Rúa mayor, de soportales toda ella y de la que nos admiran las redondas columnas de madera vieja que los forman y en algunos casos con claras señales de deterioro pero que constituyen un conjunto muy armónico. Pasamos ante la iglesia dela Santa Cruz, en un espacio abierto en la calle. Hoy alberga el museo de Semana Santa y delante de la fachada principal, hay una de esas simpáticas esculturas en bronce que van proliferando en pueblos y ciudades y que reflejan escenas cotidianas o de reminiscencias sociales. En este caso es un nazareno, vestido para salir en el paso de la procesión, que da la mano a un niño con la misma indumentaria de hábito pero sin el capirote en la cabeza, niño que representa la cantera que asegura la continuidad del ritual.
Llegamos hasta la plaza del Ayuntamiento, amplia y despejada, desde donde se vislumbra alguna torre de un convento cercano. Volvemos hacia la plaza donde tenemos el coche, a la que da la magnífica iglesia de Santa María de Mediavilla, que aúna los estilos gótico, renacentista y barroco. La plaza, uno de cuyos lados está formado por la fachada principal, es muy agradable, y destaca una casa de galerías blancas en otro de los lados, junto al Casino. La iglesia tiene una magnífica torre que se puede ver en un amplio entorno. El interior está abierto y aprovechamos para visitarlo aunque sin comprar el billete que nos da derecho a verla por completo, por ejemplo, el sepulcro de los Benavente que se anuncia como digno de visitar. De la iglesia destaca aparte de la arquitectura, el retablo y a la parte de atrás el valioso coro de madera labrada, presidido por un cuadro redondo que refleja a la Inmaculada y en cuyo centro se encuentra un enorme facistol de cuatro caras. El coro está separado de la iglesia por una reja imponente.
Damos por terminado el paseo por esta población, conocida como la villa de los Almirantes de Castilla y seguimos por la nacional hasta la ciudad de LEÓN.
Gracias al tonton encontramos la avenida de Roma y aparcamos en zona azul cerca de la casa de Esther. Es el 8º piso de un edificio moderno en esa céntrica calle y en tiempos fue la vivienda del portero. Ahora es un piso nuevo, bonito, luminoso, arreglado estupendamente, con todo lo fundamental y que está a la venta. Lástima que ninguno de los hijos tenga posibilidades de un trabajo en esta ciudad porque si no, entablaríamos negociaciones…
Nos instalamos cada pareja en una habitación con dos camas, una de ellas con el cuarto de baño incorporado, y en las mejores condiciones deseables. Luego con la anfitriona, leonesa y asturiana a la vez, además de buena amiga, nos echamos a la calle a conocer la antigua capital del reino,
La avenida de Roma va desde la plaza de la Inmaculada a la plaza de Guzmán el Bueno, dos de los centros importantes de esta parte moderna de la ciudad, especialmente la segunda. Llegamos enseguida a la calle de Ordoño II, la vía comercial más importante, donde ahora está el nuevo Ayuntamiento, remodelada con aceras anchas para disfrute del peatón. Los árboles son aún pequeños y permiten disfrutar de los edificios de solera o tradicionales. Pronto nos enseña nuestra amiga-guía a valorar los inmuebles de ladrillo rojo oscuro y factura algo barroca, propios de León y la zona, como luego podremos comprobar. Hay un edificio rehabilitado, pintado de rosa, en el muro resaltado por la piedra anaranjada de la zona, del que resaltan miradores pintados de blanco en los extremos de la fachada que da a la calle de Ordoño y balcones con bonita rejería. En el último piso de la fachada que da a la calle perpendicular, vemos una logia acabada en pequeñas arcadas. Pero lo más destacable es el mirador hexagonal que sale del ángulo superior del edificio, rematado en torre de pizarra, que imita el diseñado por Gaudí en la Casa Botines y le da una impronta característica y muy bella. Naturalmente el edificio ha sido rehabilitado por un banco, el Santander, y a él pertenece. Llegamos a la plaza de Santo Domingo, un centro neurálgico de la ciudad, transición entre el viejo casco histórico de León y el ensanche del que venimos. Por aquí terminaba la ciudad romana, la VII Legio, y a ella dan edificios de principios de siglo XX de altura y elegancia.
En la plaza del Obispo Marcelo, un ensanchamiento rectangular que linda con la plaza de Sto Domingo y con en el casco antiguo, hay algunos edificios de interés que nos los hace ver Esther con las artes de una profesional. La casa de Botines, proyectada por Gaudí en 1891, hoy es la sede de la poderosa Caja España, presente en esta ciudad por todas partes, que la restauró en 1994 siguiendo fielmente los planos de Gaudí y recibió por ello el premio Europa Nostra. En la fachada, sobre la puerta de entrada, hay una estatua de San Jorge matando al dragón.
Historia:
Este edificio fue encargado a Gaudí por la sociedad "Fernández y Andrés" de León - sucesora de la empresa fundada por el señor Joan Homs i Botinàs (de aquí el nombre de Botines) -, que tenía relaciones comerciales, debido a sus negocios textiles, con el conde Eusebi Güell quien les recomendó a Gaudí como arquitecto.
Gaudí trabajaba entonces en la construcción del Palacio Episcopal de Astorga y por la proximidad de ambos edificios se decidió a aceptar el encargo.
Gaudí firmó los planos del inmueble en el mes de diciembre de 1891 y una vez superado el litigio que los propietarios tuvieron con el Ayuntamiento, las obras empezaron el 4 de enero de 1892, dirigidas por Claudi Alsina, ayudante de Gaudí, y se terminaron en noviembre del mismo año.
En el frente de la plaza está el Palacio de los Guzmanes, la actual Diputación, de factura renacentista, con dos torres a ambos lados, como otros que aún se conservan en la ciudad, enteros o sólo en parte. Se comenzó a construir en 1560 por orden de Juan de Quiñones, obispo de Calahorra. Esta obra de Gil de Hontañón. El edificio hace esquina con la calle Ancha, la vía principal del barrio antiguo. Al otro lado de la plaza del obispo Marcelo está la iglesia que le da nombre, San Marcelo, con una airosa torre muy representativa de la ciudad. Allí, en una zona ajardinada, Esther nos hace ver un relieve en bronce que representa la ciudad de León en la que se superponen elementos representativos de las distintas etapas de la historia de la ciudad. Se ve claramente el recinto romano, tomando la catedral como punto de referencia, la zona por donde se conservan todavía las cercas o murallas medievales y la zona del ensanche entre ésta y el río. Nos hacemos una buena idea de por dónde circulamos, lo que nos falta y de la ubicación de los principales monumentos o lugares.
Detrás de donde estamos y a continuación de la iglesia se encuentra el antiguo Ayuntamiento, cuya fachada han tenido el buen gusto de reproducir en bronce y colocarla en la acera de la calle Ordoño, frente al moderno y funcional inmueble actual. Al otro lado de la plaza, al final de la calle a la que da el palacio de los Guzmanes, pero no muy lejos, se ve la torre de San Isidoro, el monumento románico más importante.
Nos adentramos por la Calle Ancha, que, de esta cualidad sólo tiene el nombre si se compara con las modernas del ensanche pero que en efecto lo es en relación a las perpendiculares que dan a ella. Las casas, todas muy cuidadas, de dos o tres plantas, de las que llama la atención los balcones todavía llenos de flores de vivos colores que tanto adornan. Hay una farmacia muy antigua, del siglo XIX pero bien conservada, con bonita decoración, que ya resulta de por sí una atracción.
Al final de esta calle aguarda lo mejor o lo más conocido de la ciudad y una de las joyas del país, la Catedral, que se presenta a nuestros ojos en un buen momento, limpia y sin andamios salvo uno pequeño, visible en dos de sus lados, preciosa, proporcionada, elegante, airosa, artística, cuidada, en fin, un monumento capital del arte gótico, famosa por sus vidrieras que la convierten en un prodigio de la arquitectura.
Entonces está cerrada la cancela que rodea la fachada principal pero ya se ve una tímida cola de gente apoyada en ella. La causa está en que se celebran unas jornadas de música de órgano y el concierto correspondiente a hoy empieza a las 9 de la noche con un atractivo programa de obras de Haydn y Mozart, de lo más atractivo. La tarde va cayendo y la silueta de la catedral, con sus torres principales, sus pináculos y arbotantes, se recorta en un cielo que pierde su color azul ante la llegada de la oscuridad pero que aumenta el misterio y la belleza de estos elementos arquitectónicos.
Bajamos por detrás de la catedral y nos encontramos la sorpresa de unos cubos de la muralla romana magníficamente conservados, tal vez porque han sido aprovechados sus muros para la construcción de viviendas, como ha ocurrido en tantos sitios. La calle, como no podía ser de otra manera, se llama Avenida de los Cubos. La parte de atrás de la catedral, el ábside, está construido en el espacio que ocupaba la muralla. Ésta tenía catorce entradas o salidas y era de una gran importancia. Torciendo por la calle de Bermudo III, - estos primitivos reyes del antiguo reino de León, presentes al menos a través de sus nombres en la conciencia de los habitantes actuales-, llegamos a otro espacio lleno de belleza y armonía, la plaza Mayor, de grandes dimensiones, presidida por un edificio que también fue Ayuntamiento en tiempos aún más antiguos. En este amplio espacio se pone un mercado de frutas y verduras principalmente dos días en semana, además de otras celebraciones más especiales o festivas.
Cuando volvemos a la plaza de la Regla, a la que da la catedral, el espectáculo que ya se vislumbra desde la estrecha calle que hemos cogido, es inigualable. La noche ha caído del todo y la oscuridad total se ha impuesto y por tanto se ha encendido la iluminación del valioso monumento. Aparece ante nuestros ojos la catedral como un ascua de luz, iluminada hasta en sus más pequeños resquicios, destacada nítidamente sobre el negro cielo. Por otra parte la cola de personas que pretenden entrar en ella es enorme, se extiende a lo largo de toda la plaza e incluso se alarga por la calle Ancha. Acaban de abrir las puertas y la fila se mueve con rapidez. Hemos decidido sentarnos en una terraza de la cafetería que hace esquina, desde donde se puede apreciar todo el espacio y la catedral en todo el conjunto. Tomamos una cerveza con un pincho y luego nos vamos a la zona de bares para tomar alguna tapa que nos sirva para conocer la ciudad y para cenar.
Nos adentramos por la muy conocida zona llamada el “Húmedo”, nombre bastante expresivo en sí mismo. Son calles pequeñas y de trazado sinuoso, donde predominan bares y tabernas. Nos conduce a una de nombre-parlante: “Jamón-Jamón” y tenemos la suerte de coger una mesa elevada alrededor de la cual y de pie nos tomamos dos raciones del pincho obligado que sirven, por un módico precio, con la bebida que puede ser la mitad de una caña, y la tapa que dan con ella sin pedirla, que consiste en un buen trozo de pan de pueblo acompañado de jamón, chorizo, salchichón y un trozo de queso, productos todos con el denominador común de lo sabroso de su gusto y del colesterol que producen, pero esta noche no se piensa en la segunda parte. Aún vamos a entrar en otro de estos típicos locales, todos llenos de gente en un viernes noche, a tomar otra ración de patatas fritas con pimentón. A la vuelta y en la plaza de Santo Domingo, un escaparate del bar Valencia, que también es pastelería, nos atrae y esta vez es un pastel lo que remata la informal cena callejera.
Llegamos a casa cansados pero contentos de haber pasado una buena jornada.
Sábado, 9 del 10 del 10
Las amenazas de lluvia no se han quedado en eso y amanece con el cielo completamente encapotado, lo que desde los ventanales de la casa se puede comprobar nítidamente. Quedamos con Esther hacia las 10 porque hay que cambiar el recibo del aparcamiento de la zona azul, que, aunque es más barato que en Madrid, los vigilantes ponen igualmente multas. Bajamos Nuria y yo y nos encontramos con Esther. La lluvia comienza a arreciar y Nuria sube a la casa para decir a los maridos que no salgan hasta que disminuya. Nosotras mientras tanto, nos encontramos el coche con una ventana abierta, lo cambio de sitio bajo un aguacero tremendo, pierdo el monedero primero y posteriormente el paraguas, que se caen al suelo y afortunadamente los recupero yo misma porque la intensidad de la lluvia creo que es factor disuasorio hasta para los descuideros. Después de dejar el coche aparcado de nuevo, Esther propone ir a comprar periódicos para leer en la casa ya que no podremos salir. Vamos hasta la plaza de la Inmaculada a por ellos y todavía a la vuelta, bajo el paraguas, me enseña una casa particular pero muy abandonada que vemos en el camino. Cuando llegamos a casa el agua ha subido por el pantalón hasta la rodilla. Rezumamos humedad. Así que nos instalamos en el acogedor salón de la casa a leer los titulares porque no se puede hacer mucho más cuando la conversación se impone.
Pasadas las once y media deja de llover y entonces retomamos el impulso que nos ha traído hasta esta ciudad y decidimos salir a seguir conociéndola. Nos vamos todos juntos hasta el Parador Nacional de San Marcos, el mejor de los Paradores nacionales junto al de Santiago de Compostela. Los dos fueron construidos como hospedería u hospital, dedicados a atender a los peregrinos que se dirigían o llegaban a Santiago. En efecto, en León encontramos por todas partes restos de la importancia que tuvo como un hito en el camino más famoso de la antigüedad.
El edificio en el que hoy convive el Parador de Turismo –desde 1964–, la iglesia –consagrada en 1541– y el Museo de León –desde 1869– se debe a la donación, para la construcción de un templo y un hospital, realizada por la infanta Doña Sancha en el siglo XII, con el fin de “hospedar a los pobres de Cristo” en su tránsito jacobeo por el Camino de Santiago. Unas instalaciones humildes, fuera de los muros de la ciudad, junto a la ribera del Bernesga.
A principios del siglo XVI el viejo edificio medieval es derruido y en su lugar, Fernando el Católico encarga un nuevo complejo conventual a don Pedro de Larrea. La obra fue llevada a término por Juan de Orozco. También intervinieron en los trabajos Martín de Villarreal y Juan de Badajoz el Mozo, ayudados por los escultores Juan de Juni y Juan de Angers. La Orden de Santiago ya lo había convertido en su Casa Mayor en el Reino de León. Las obras continuarían hasta entrado el siglo XVIII.
El conjunto de San Marcos es una de las obras más sobresalientes del Renacimiento hispano. La fachada plateresca está formada por un amplio lienzo de muro, integrado por un gran zócalo y dos cuerpos, rematado todo en crestería y candeleros. Queda rematada por una torre –de tipo palacial de amplio basamento donde luce una gran cruz de Santiago y un león– al extremo de poniente- y por la iglesia al otro lado.
La portada principal consta de dos cuerpos y una gran peineta que remata rompiendo su unidad horizontal. El claustro, aunque construido en tres etapas diferenciadas –siglos XVI, XVII y XVIII–, consigue un conjunto unitario y armónico. La iglesia, de estilo encuadrado en el último gótico hispano –denominado “Reyes Católicos”– está enmarcada entre dos torres inacabadas. Entre ellas, una gran bóveda de crucería cobija el pórtico.
Lo más interesante del complejo son dos hornacinas, situadas una en cada torre. En la de la derecha, una lápida empotrada en la pared indica la terminación del templo el 3 de junio de
1541.
Aparte de estos datos históricos y técnicos, el conjunto del Parador y la Iglesia de San Marcos, delante de la gran explanada muy bien urbanizada, ofrece un espectáculo inolvidable. En el suelo de la plaza han colocado unos originales adornos de agua, y el chorro sale directamente del suelo en cuadrados marcados en el suelo pero sin ningún obstáculo que impida pasar sobre ellos, más que la propia atención o la buena vista, que no es patrimonio de todos. En el lado de la Iglesia hay unos jardines que en estos días mantienen aún rozagantes y vistosos los macizos de flores, especialmente la salvia ornamental de un vivo color rojo que sirve de bonito encuadre para la foto recuerdo del monumento. En un lugar destacado y colocado de frente a la fachada del Parador, han erigido una estatua en homenaje al caminante. Se trata de una de esas escenas sociales muy acertada en este caso porque representa a un peregrino que se dirige a Santiago, sentado en las gradas de la escalera que constituye la base y supuestamente agotado y con dolor de pies, pues se ha quitado los zapatos para dejarlos a su lado mientras descansa elevando su cabeza hacia lo alto. Resulta una invitación a sentarse junto a él y fotografiarse como recuerdo, a ser posible en la misma postura aunque a partir del otoño descalzarse ya no es lo más recomendable.
A las puertas de la iglesia se congrega un grupo pequeño de gente. Nos fijamos que están vestidos de ceremonia, con mayor o menor gusto. Se trata de una boda a la que sucederá otra y seguramente dos más porque un sábado de primeros de octubre es fecha propicia para las celebraciones nupciales. Nos entretiene ver la llegada de la novia, con un vestido un tanto “barroco”, estilo que le va mejor al retablo del altar mayor que al atuendo elegido por la desposada. Pero a pesar del vestido la ceremonia resulta solemne, al entrar la flamante novia del brazo del padrino por la puerta principal del templo que, por cierto, un señor se encarga de cerrar rápidamente nada más pasar los contrayentes.
El entorno monumental de este lugar da para un buen rato. La fachada del Parador, es de estilo renacentista y plateresco, con profusión de adornos, como los medallones con personajes de la historia, que recorren la parte baja del edificio. En la entrada principal, por encima de la puerta, contemplamos un gran relieve que representa a Santiago matando moros. Más arriba está el gran balcón en el que en este momento coincide que una joven sudamericana y evidentemente rica a juzgar por la habitación que ocupa, hace posturas posando para su pareja que se encuentra en la plaza con la cámara de fotos en ristre. El cuerpo central está rematado por una imponente crestería que sobresale del conjunto.
Esther nos hace ver unos adornos colocados recientemente en el suelo al pie del edificio, en un zócalo ajardinado con bonitas flores, que consisten en grandes medallones labrados con el nombre y la representación de los lugares más importantes del Camino de Santiago, hasta el último en el que está reflejada la catedral de Santiago. Luego nos quedamos un largo rato por allí mientras ella se ofrece a ir a cambiar el permiso de aparcamiento del coche que ya está a punto de vencer. Nos acercamos hasta el río Bernesga, el que pasa por la ciudad y que, para nuestro asombro, nos parece caudaloso y muy ancho aunque su nombre no lo habíamos aprendido en la geografía de España estudiada en el bachillerato. Paseamos por el puente de San Marcos, que es peatonal, desde donde se aprecian bien las orillas tan arregladas, que forman un paseo entre árboles frondosos.
Entramos luego en el interior del Parador, admirando la sala con el artesonado mudéjar, los muebles, cuadros, y diversos adornos que tanto lo realzan. Salimos al claustro, ese espacio tan logrado en tantos edificios y podemos entrar incluso al jardín interior y pasear por sus lados buscando el mejor ángulo para tomar una buena fotografía.
Pasamos después a la iglesia donde todavía sigue la ceremonia de la boda. Nos acercamos con prudencia hasta el crucero, zona en que están situados los bancos que ocupan los asistentes a las ceremonias, para contemplar más cerca todas las obras de arte que el templo contiene.
A la salida notamos que el tiempo ha mejorado e incluso sale un tímido sol que embellece este lugar tan bonito. Hay que volver a hacer alguna foto con la luz nueva, aunque ya antes la habíamos tomado. Mientras aguardamos a Esther estamos muy entretenidas Nuria y yo viendo los modelos de los invitados a la siguiente boda, hasta el momento culminante de la llegada de la novia.
Una vez todos juntos, nos dirigimos al paseo que hay a lo largo de la margen del río por el lado en que nos encontramos, que se llama el paseo de la condesa de Sagasta, hija del político famoso, que casó con un personaje de León. Es una zona ajardinada, llena de grandes árboles, especialmente castaños de indias y precisamente está el suelo lleno de esos frutos silvestres, muy vistosos pero que no sirven para nada, recién caídos de los árboles que hay que esquivar para no resbalar. Incluso cogemos cada una un par de castañas en la supersticiosa creencia de que, llevarlas en el bolsillo y acariciarlas de vez en cuando, es beneficioso para la salud y para calmar los dolores y de esos ya vamos teniendo, cada uno en un punto.
Este paseo a partir de la plaza de Guzmán el Bueno recibe otro nombre, muy bonito por cierto, el de Papalaguinda. Ahora está en obras después de que han desalojado de allí el tradicional rastro que se instalaba los domingos.
Nosotros entramos por la zona que queda al otro lado de la calle Ordoño II y nos adentramos hacia el Húmedo, viendo otra zona de la ciudad y parte de la que conocimos la noche anterior en un ambiente muy diferente. Llegamos hasta la zona de la Cerca, que así se llama a lo que queda de la muralla medieval de la ciudad, que cercaba la ciudad con muro, adarve o espacio intermedio hasta el muro exterior que prácticamente está destruido. A pesar de lo mucho que debió de destruirse, quedan unos buenos lienzos en buen estado.
La cerca medieval tiene una longitud de 1.300 metros y una altura de tres a ocho metros a lo largo de su recorrido. Históricamente abandonada, en los últimos años se han invertido importantes cantidades de dinero en su rehabilitación, que no han servido, sin embargo, para eliminar su imagen marginal.
Los escasos estudios datan su construcción en la segunda mitad del siglo XIII, si bien sus orígenes se remontan a dos siglos antes. A principios del siglo XII ya existen referencias de un murus térrea, construido con tapial, en el entorno del mercado de San Martín.
Tuvo nueve puertas, que fueron las de Cal de Escuredos, del Peso o Torre del Obispo, la de Diego Gutiérrez o Caño Badillo; del Sol; de Cal de Moros o Santa Ana; Moneda, Gallega o de San Francisco; del Burgo Nuevo o de las Ánimas; de Santo Domingo o Fajeros y Postigo de laOllería.
Para nosotros ha llegado la hora de comer y cogemos el coche con la intención de ir al Hostal del Pozo, a unos kilómetros de León pero… el hombre propone y luego se pierde. El trayecto teórico de cinco minutos hasta Boñar se ha prolongado un poco más de lo previsto, nos hemos desorientado buscando la carretera de Santander que figura en la dirección oficial y no aparece por ningún sitio. Nos han informado bien pero, como se dice en lingüística, era una información polisémica, tenía significado para el que ya sabía ir. Se habla de autopista y nosotros cogemos la azul, sin darnos cuenta de que la gente también llama así a una carretera de dos vías. Finalmente encontramos el Hotel, que en efecto está relativamente cerca pero en la carretera de Oviedo y se come bien y, como ellos anunciaban, con un menú para tiempos de crisis. Buena calidad y no mucho precio.
Ya repuestos y saciados continuamos el periplo turístico por lo que nos queda de la ciudad de León. Entramos a la ciudad por el norte y aparcamos en la calle de los Cubos, detrás de la catedral. Allí mismo nos paramos delante de una fuente que está incrustada en los vetustos muros y parece lugar apropiado para, entre risas, hacerse una foto.
Entramos de nuevo en la Plaza Mayor, esta vez a plena luz del día, pero es lástima que cogemos el momento en que los camiones de limpieza están en plena faena, llevándose los restos del mercado que ha habido por la mañana, y echando fuertes chorros de agua para dejar el suelo limpio. Seguimos por la calle que hace esquina con el viejo Ayuntamiento, detrás del cual está la iglesia de San Martín, que tiene una capilla adosada y cerrada por una reja, a la que nos asomamos. Seguimos por calles estrechas, de trazado sinuoso, con muchos bares y restaurantes que le dan derecho a ser conocido como barrio Húmedo. Esther nos va haciendo ver curiosidades y detalles propios de la ciudad, como el restaurante que se llama Casa de los Botones porque en ese lugar hubo, en efecto, una mercería con ese nombre. En una plaza recoleta vemos un antiguo palacio sobria y acertadamente reconstruido, con elementos modernos, como una rampa de subida, pero con el escudo nobiliario bien visible en medio de la fachada. En los cuatro grandes balcones que llenan la fachada, no le faltan las flores que son visibles por toda la ciudad.
En esta plaza, como por tantos otros lugares de la ciudad, también han colocado el inmenso macetón de color rojo intenso que contiene un magnolio y que, según nos cuenta la amiga, suscitaron rechazos y adhesiones entre los ciudadanos. Es un detalle simpático y alegra los sitios donde está pero es un tanto valiente llevar a cabo la idea.
Sin saber muy bien por dónde hemos pasado, nos encontramos de repente en una plaza muy bonita, la plaza del Grano, que también se le conoce como Plaza del Mercado porque en ella se celebraba una feria tradicional de cereales, curtidos y caza. En ella también se pregonaban las ordenanzas y alguna vez sirvió, así mismo, como plaza de toros. Es espaciosa, irregular, con suelo empedrado de cantos rodados, incómoda para pisar pero muy agradable para ver. Tiene dos grandísimos árboles en el centro y entre ellos una fuente barroca de 1769 en las que las figuras principales son dos ángeles que representan la confluencia de los ríos de la ciudad, el Bernesga y el Torío.(http://www.leon-antiguo.com/modules/content/index.php?id=2
Un poco separada de la fuente se levanta, sobre una base escalonada, una sencilla cruz de piedra. A la plaza da también la parte trasera de la iglesia de Nuestra Sra del Mercado, de estilo románico, cuyo ábside central ha sido sustituido por un espacio cuadrado convertido en la sacristía.
Seguimos callejeando por esta parte antigua. A través de una bonita y artística puerta de un antiguo palacio, entramos en un patio común al que dan unas viviendas nuevas construidas sobre los cimientos y solar. Por la otra parte del patio el escenario es la cerca medieval en la que se conservan muy bien las almenas. Llegamos andando a la calle de las Cercas, al lugar donde estaba la Puerta Moneda. Desde aquí se ve bien la doble muralla. En un cartel se puede leer:
“A partir del siglo XI se produce un intenso proceso de crecimiento de la ciudad, con la formación de nuevos núcleos de población que desbordan los límites amurallados definidos sobre el primitivo campamento romano. Al suroeste del recinto se forma el BURGO NUEVO, suburbio mercantil muy vinculado a la peregrinación Jacobea, ubicado en torno a la iglesia de Sta Mª del Camino y a la plaza del Grano. A principios del siglo XIV comienza la construcción de la cerca defensiva medieval que engloba el BURGO NUEVO, siendo una de las puertas más características la denominada “PUERTA MONEDA”, hoy desaparecida.
Puerta Moneda constituía el acceso sur al recinto amurallado medieval a través de Camino de Santiago y era el lugar destinado al intercambio de moneda y al pago de impuestos sobre mercaderías, de ahí su denominación”.
Pasamos luego por delante de la fachada principal de la iglesia del Mercado, que tiene además como adorno a ambos lados, enmarcando la fachada, los dos leones representativos de la ciudad sobre sendos pedestales. Las rejas de las ventanas son tan antiguas como la iglesia, del siglo XII.
En el recorrido vemos la fachada del Convento de la Concepción , pintado de amarillo que contrasta con las vigas de madera oscura. Fue fundado por Leonor de Quiñones Enriquez - hija del primer Conde de Luna - en 1511 y llegamos frente a una torre de estilo renacentista que nos cuenta nuestra guía es la torre que queda en pie de lo que fue el Palacio del Conde Luna. Curiosamente en el suelo está marcado el perímetro de lo que fue la fachada y los cimientos de la torre paralela a la conservada los podemos ver entrando en una tienda de modas, que han tenido el buen gusto de conservarlos entre cristales dentro del establecimiento.
El palacio-fortaleza está situado en la Plaza del Conde, y fue Alfonso XI el que ordenó construirlo en el S. XIV. Ocupaba el ángulo suroeste de la muralla. De su estructura original se conservan la torre, del siglo XVI, y la parte central de la fachada que está bien enmarcada en una construcción moderna que permite resaltar su valía artística. Enfrente está el mercado, hecho en una moderna arquitectura.
Seguimos andando y no lejos llegamos a la iglesia Palat del Rey. Es la iglesia más antigua de la capital. Fue construida en el siglo X por el rey Ramiro II para monasterio. El primitivo templo tenía planta de cruz griega, de la que se conserva una especie de crucero con arcos semicirculares y bóveda gallonada. Tiene una bonita espadaña con dos campanas. La actual capilla data del siglo XVI y se visita como un museo. Hay restos de pinturas murales.
Nos queda todavía visitar por dentro la Catedral y allí nos dirigimos cuando la tarde ya empieza a declinar aunque todavía hay suficiente luz para fotografiarla y disfrutar esta vez con tiempo y atención de los relieves de sus tres puertas de entrada, las escenas de los tímpanos y de las arquivoltas, de la Virgen en el parteluz de la puerta principal, de los sencillos relieves de las puertas de madera, del rosetón, de tantos detalles artísticos que hay en la monumental fachada que uno no se cansaría de admirar. El interior no desmerece esta impresión. Entramos en un momento en que, ¡cómo no!, hay una boda y no nos permiten ver la zona de la girola. En cambio el altar mayor, con un precioso retablo, están iluminados y podemos escuchar en directo y sentados la música de la ceremonia con solista incluida que canta un Ave María con su mejor voluntad pero con alguna nota desafinada. Todo es exuberante en estas catedrales góticas, el coro, las rejas, las estatuas, pero lo mejor son las vidrieras, lo que le da un renombre especial a la catedral de León. Todavía podemos ver la claridad del día a través de ellas y del gran rosetón de la entrada y los no menos importantes de los dos lados del crucero. Es magnífica la visión de la catedral aunque sea en un momento de liturgia y llena de gente.
Asentada sobre el antiguo espacio dedicado a termas y otros edificios públicos por la Legio VII Gémina, posteriormente palacio de Ordoño II quien en el 916 lo cede para que se erigiese el primer templo catedralicio. El templo inicial era de suma pobreza y Doña Urraca inició la construcción de un nuevo edificio románico. Fue en 1253 cuando el obispo Martín, apoyado por Alfonso X, comienza la construcción del grandioso edificio gótico que hoy conocemos. El primer constructor fue el maestro Enrique, continuando su labor Juan Pérez. La planta es una réplica de la de Reims. Tiene unas dimensiones de 90 m. de larga, 30 m. de alta y 29 m. de ancha. En su interior alberga 1800 metros cuadrados de vidrieras policromadas de origen medieval, siendo consideradas de las mejores del mundo en su género. Es destacable el rosetón central situado en el pórtico central, entre dos torres de aguja. En su interior apreciamos el retablo del Altar Mayor, de Nicolás Francés, en el trascoro una de las sillerías más antiguas labradas por escultores de Flandes en el S. XV y en su Claustro del S. XVI se alberga el Museo Catedralicio.
Cuando salimos y aunque aún queda tarde por delante, noto que a Rafa no le quedan sin embargo muchas fuerzas para seguir y propongo que nos volvamos los dos a casa y que sigan los valientes y capaces. Nos cuentan a la vuelta que han estado en San Isidoro, en la iglesia, oyendo misa y disfrutando también de la contemplación del lugar.
Domingo 10 del 10 del 10
La lluvia se ha ido al centro y al levante y hemos tenido la buena suerte, o las buenas artes de Esther con los meteorólogos, de que el día amanezca despejado o con nubes que no parecen amenazadoras. Salimos los cinco en el coche hacia el campo y la ventaja de la lluvia pasada es que el ambiente está limpio y la vegetación resplandeciente. El objetivo es la iglesia prerrománica de San Miguel de la Escalada, una sugerencia muy acertada de Paco. Es un nombre de los que se estudiaban en la asignatura de arte y por tanto el estímulo para conocerla “en vivo y en directo” es mayor. No decepciona en nada la visita. Es un templo bastante grande, muy bien conservado, con un atrio exterior de arcos de herradura y labrados capiteles, precioso. El interior está abierto y cuando llegamos vacío. Es muy bonito y conserva un elemento arquitectónico que raramente se encuentra, como es el iconostasio, un frente de columnas que divide la nave principal de la zona del altar. Tiene tres naves y finas columnas de mármol sobre las que siguen los arcos de herradura. Encima de la nave principal se puede apreciar un artesonado que aún conserva la policromía.
En tiempo de los visigodos aquí existió un templo y posteriormente se construyó un monasterio, como tantos otros que se encuentran en el Camino de Santiago. Del recinto antiguo sólo se conserva el templo, consagrado en el año 913 por el abad Alfonso, que había llegado a León junto a otros monjes desde Córdoba. Se lo considera un templo representativo del arte mozárabe y se observa que para su construcción se aprovechan elementos de tiempos anteriores, visigóticos y romanos. Tiene un añadido románico que se conoce como Panteón de Abades. http://es.wikipedia.org/wiki/Monasterio_de_San_Miguel_de_Escalada
Paseamos por los alrededores, viendo el templo con perspectiva desde lo alto o admirando las alamedas magníficas que lo rodean por la parte baja.
Nos dirigimos después al pueblo de Gradefes, a la búsqueda de un bar con servicios como primera y perentoria necesidad y nos encontramos con que también podemos cultivar el espíritu con la visita a un monasterio cisterciense femenino. Se llama de Santa María la Real y está fundado en 1177. Entramos en el recinto y ya desde el exterior cautiva la arquitectura del templo, con elementos románicos y góticos. Su interior está partido y la zona que corresponde a las naves está utilizada como coro de la comunidad. Se entra por una puerta románica con adorno geométrico en el arco que se abre en lo que sería la nave del lado del evangelio. En el interior destaca la girola, hay restos de pinturas, los arcos son apuntados, las bóvedas de crucería, hay tumbas en las que aún se conserva la policromía en las figuras yacentes, en fin todos los elementos que logran armonía y belleza, para el que la sabe valoras. Cuando ya creíamos que habría que salir sin ver más, alguien avisa que una monjita ha abierto el coro aunque nos insta a verlo rápidamente. El claustro emana la paz y el encanto de estos sitios, con un patio lleno de plantas y en uno de sus lados se abre la sala capitular. La monja, persona mayor como seguramente todas sus compañeras, aprovecha para abrir su santo chiringuito en el que vende pastas y un libro sobre los monasterios de la zona. Desde el patio exterior se divisa la espadaña con nidos de cigüeñas en lo alto.
La carretera por la que hemos llegado a Gradefes y por la que volvemos a pasar tiene el atractivo de las antiguas, flanqueadas por altos árboles cuyas ramas se juntan formando una inmensa nave. Pasamos por carreteras pequeñas, atravesando pueblos de nombres nunca oídos antes, en los que destaca la torre de la pequeña iglesia.
El pueblo que está en el programa a continuación es Mansilla de las Mulas que no dista mucho. La intención es visitar un museo etnológico de la región instalado en un edificio antiguo pero adaptado con recursos actuales. Lamentablemente está cerrado y sólo lo podemos ver por el exterior.
Buscamos en el mapa, ayudados del navegador, el pueblo de Valdebimbre en donde queremos comer. En él hay unas cuevas cuya primera función era guardar vino, y hoy algunas se han convertido en afamados restaurantes que todos los fines de semana están llenos de clientes, los más procedentes de la cercana León. El aspecto exterior es también interesante, pequeñas colinas llenas de chimeneas en lo alto que parece que se llaman ventanos. La más famosa es la cueva del Cura y la cueva del Túnel pero el pueblo está lleno de coches y por consiguiente de gente. Entramos a preguntar y no hay sitio, en contra de lo que esperábamos. Cuando ya nos disponíamos a buscar otro pueblo, preguntamos en la cueva Miñambres, en la que luego nos enteramos que acaban de excavar nuevas galerías y nos dicen que sí hay mesa. Es un sitio curioso, unas cuevas de paredes de tierra, con bóvedas que terminan en esas chimeneas que se ven por fuera. Están bien acondicionadas, con muebles de calidad, vigas de prensas, y adornos dispares pero todos ellos decorativos. Después de atravesar un largo pasillo, torcemos hacia otro espacio del que sale a su vez otro corredor paralelo en el que se abren pequeños comedores. Nos instalan en uno con cuatro mesas, y el pasillo en el medio. La camarera es una chica guapa y muy amable. Comemos muy bien y se habla con tranquilidad.
Seguimos entonces al último de los hitos que nos habíamos marcado en el día de hoy, a Valencia de don Juan. Pasamos la indicación de Toral de los Guzmanes, el pueblo de la madre de Esther, pero no entramos. Seguimos hasta encontrar a lo lejos, entre tupidas murallas de álamos y al pie del río Esla, la silueta artística de un castillo medieval que preside la silueta del pueblo.
Antes se llamó Coyanza. Su orígen está en un asentamiento vacceo en el lugar que hoy ocupan los restos del castillo. Por esta tierra pasaron romanos, musulmanes... En tiempos de la Reconquista fue sede del renombrado Concilio de Coyanza que convocó el rey Fernando I. Se llamó Valencia “de León” o “de Campos” desde el siglo XIII, y en honor al infante Don Juan de Portugal, hijo del rey lusitano Pedro I y Dª Inés de Castro, siendo primer Duque de la villa, se denominó “Valencia de Don Juan”.
En el lugar donde hoy se ubica el colegio de los PP. Agustinos, se alzó el “castillo viejo” del que ya no quedan restos . En el siglo XV se construyó el castillo de los Acuña que hoy conocemos y que se ha convertido en emblema de la ciudad. El castillo, esbelto, vigila el horizonte sobre una escarpada elevación en la vega del río Esla.
Durante toda la Edad Media Valencia de Don Juan prosperó con una azarosa vida comercial, generada por la celebración en la ciudad de ferias y mercados que reunían a toda la comarca agraria. Actualmente cumple un papel similar y continúa el legado de tiempos ancestrales, siendo el centro comercial de un territorio aún más amplio. Además se erige como población más importante de la zona en el sector turístico, siendo en verano el centro de la vida social de numerosos veraneantes.
Subimos con el coche hasta la zona del Castillo y nos asomamos al mirador sobre el Esla, admirando los bonitas alamedas y el río que lleva mucha agua y con ella vida para campos y cultivos. Todo el entorno del castillo está muy bien ajardinado, con zona de parque y de parking, bancos y juegos para niños y aparatos gimnásticos para mayores.
Damos un paseo por la calle Mayor de la que solo conservo en la memoria la fachada del viejo Casino, edificio de los años cuarenta del siglo pasado que Rafa recuerda de los días que pasó aquí cuando era opositor y preparaba con su amigo el examen de Inspector de Trabajo. Nos encontramos al doblar una esquina en la plaza a donde da la iglesia y el Ayuntamiento. Lo más curioso es el grupo escultórico que han puesto en un ángulo de la zona central de la plaza que representa a una pareja de campesinos, de los que seguramente acudirían a comprar o vender a Valencia desde los pueblos cercanos, ella con el pañuelo en la cabeza, la toquilla sobre el pecho y las largas faldas y él con boina y una vara en la mano. A su lado nos hacemos unas fotos simpáticas.
Paramos a la salida del pueblo delante del castillo, en la parte baja, ya en la carretera de salida y hacemos fotos desde el medio del puente del castillo sobre el Esla.
La vuelta a León aún nos depara dos momentos “eclesiales” de diferentes estilos y ambos verdaderamente notables. Antes de entrar en el centro de la ciudad, paramos delante del moderno Santuario de la Virgen del Camino, la patrona de León. Es un templo reciente pero ya pertenece a la categoría de obras de arte especialmente porque el escultor de las estatuas de la fachada y puertas es José Mª Subirach, el mismo que trabajó en la Sagrada Familia de Barcelona. En el interior notamos un contraste grande que resulta muy bonito entre el retablo barroco, en el centro del cual se encuentra la imagen de la Virgen con su hijo, una clásica Piedad y las vanguardistas líneas arquitectónicas del templo.
La Virgen del Camino data de principios del siglo XVI, de autor desconocido. El retablo es de principios del XVIII. Pasamos a la parte de atrás donde se besa el manto de la Virgen en un espacio amplio. El programa iconográfico de las esculturas está bien explicado en un folleto que está al alcance del público, dentro del cual lo más impresionante es el apostolado que rodea a la Virgen en el centro de la fachada principal.
Cuando llegamos cerca de casa de Esther buscamos un lugar para aparcar y nos vamos a continuación a San Isidoro, magnífico templo románico al que precede un espacio amplio y bien urbanizado, como hemos encontrado alrededor de todos los grandes monumentos de la ciudad y que, con profusa iluminación, destaca y resalta en toda su belleza, tanto en el exterior como en el interior de la iglesia donde están terminando la misa del domingo, lo que no nos impide contemplar pausadamente la arquitectura, esculturas y retablo del templo. Su título exacto es el de Real Colegiata de San Isidoro de León. En la calle, cerca de la Colegiata, hay una escultura moderna que representa a las tres infantas que intervienen en la construcción y dedicación del templo, hechas con encanto y gracia.
En el ángulo noroccidental del campamento romano de la Legio VII Gemina al cobijo de la muralla campamental, el rey Sancho el Craso (m. 966), hijo de Ramiro II, construyó un monasterio para albergar los restos del niño mártir de Córdoba, San Pelayo (de cuya estatua en la fachada de la basílica podemos ver una foto a la derecha). La hermana de Sancho, la monja Elvira Ramírez, se trasladó con su comunidad al nuevo cenobio desde el antiguo monasterio de Palat de Rey, y con ella, la célebre institución del Infantado, dote de las infantas solteras, consistente en el dominio sobre varios monasterios y abundantes posesiones. A finales del siglo X, ante la irrupción de los ejércitos de Almanzor, las monjas buscaron refugio en Oviedo. El monasterio leonés de San Pelayo fue arrasado por las tropas del caudillo árabe.
Alfonso V (999-1027) lo reconstruyó de pobres materiales, barro y ladrillo. Nuevamente se estableció allí una comunidad de monjas que cuidaban el cementerio real a donde el rey había trasladado los huesos de sus antecesores, los reyes leoneses, dispersos por distintas iglesias del reino, entre ellos, los de sus padres, Bermudo II y Elvira.
La hija de Alfonso V, la infanta doña Sancha, dómina del Infantado antes, y reina de León después, procuró con su esposo, el rey Fernando I (1037-1065) elevar el monasterio a la más alta dignidad. Sustituyeron el templo de tapiales por otro de piedra y con él daban comienzo al arte románico en sus reinos.
Eligieron el pórtico de la iglesia para cementerio real y allí dispusieron que fueran enterrados sus cuerpos. Quisieron dignificar su iglesia palatina con reliquias de santos insignes. Lograron el traslado del cuerpo de San Isidoro desde Sevilla, y el de San Vicente desde Ávila.
Con la consagración de la iglesia, extraordinarios festejos solemnizaron el día 21 de diciembre de 1063 y, al día siguiente, celebraron la traslación del cuerpo de San Isidoro. En esta ocasión hicieron espléndidas donaciones al templo en joyas y ornamentos litúrgicos que todavía hoy contemplamos y conocemos como el Tesoro de León.
La hija de Fernando I y Sancha, la infanta doña Urraca Fernández (m. 1101), dómina también ella del Infantado, amplió la iglesia de sus padres y le hizo magníficas donaciones, como el cáliz de oro y ágata. Otra infanta leonesa, dómina asimismo del Infantado, doña Sancha Raimúndez (m. 1159), con su hermano el emperador Alfonso VII, continuó la obra de la nueva iglesia iniciada por su tía abuela, la infanta doña Urraca y la hicieron consagrar en 1149. Un año antes habían sustituido la comunidad femenina de monjas benedictinas por un Cabildo de Canónigos Regulares que rigieron el templo y la abadía hasta 1956, fecha en la que el Cabildo Isidoriano fue transformado en Instituto Secular Sacerdotal, y desde entonces atiende la vida litúrgica e intelectual de la Colegiata, el templo, sus museos abiertos a miles de visitantes, tanto nacionales como extranjeros, su Archivo y Biblioteca a disposición de los investigadores, su Editorial y Librería Isidorianas, con la fundamental finalidad de dar a conocer la historia y el arte de la Colegiata y la persona de San Isidoro.
La puerta principal del templo se denomina Puerta del Cordero ya que éste es el tema principal que aparece en el tímpano, el Cordero místico sostenido por ángeles, el sacrificio de Isaac, Sara a la puerta de la tienda, Ismael el arquero cabalgando por el desierto. A la izquierda figura San Isidoro, a la derecha San Pelayo. Completan el programa iconográfico, el rey David, cinco músicos y los signos del zodíaco.
Puerta del Perdón es el nombre que recibe el portal del crucero sur, que está consagrada a los peregrinos. Un perro y un león, guardianes del templo, sostienen el tímpano con el Descendimiento de la Cruz, las Marías ante el sepulcro y la Ascensión. A ambos lados del arco aparecen San Pedro y San Pablo.
Es un templo de tres naves con cabecera formada por tres ábsides. La Capilla Mayor (1513) es un espacio cubierto por bóveda de crucería con terceletes, al exterior su aspecto es de fortaleza o torre almenada y se atribuye a Juan de Badajoz, el Viejo.
El retablo es del siglo XVI, con un variado programa icnográfico: vida de la Virgen, Pasión de Cristo, vida de Santo Tomás y el apostolado en la predela.
Nos despedimos de Esther, después de un rato de tertulia tras la cena en su casa, bien agradecidos por la magnífica ocasión que nos ha proporcionado de conocer León.
Lunes 11 del 10
Por la mañana, después de recoger la casa y dejar las maletas preparadas, nos vamos de nuevo a San Isidoro
http://www.sanisidorodeleon.net/visita_panteon.htm
Nos queda todavía ver el Panteón de Reyes, ese maravilloso conjunto de pinturas románicas que tantas veces se lo ha calificado con la manida expresión de “Capilla Sixtina del arte románico”. Siempre habíamos visto fotografías de estas pinturas pero uno no puede asimilar en verdad la belleza y mérito de las mismas hasta que no se contemplan personalmente y con calma. Tenemos además la ocasión de escuchar a una guía que acompaña a un grupo y que en tono inexpresivo y cansino va explicando una a una todas las escenas de la vida de Jesús y las del calendario agrícola. Pasamos al claustro contiguo, tan bonito como suelen ser los claustros en España, y perdonamos la Biblioteca y el Museo. Es una buena impresión la última que vemos de León.
Salimos de la ciudad sin dificultad y no tardamos mucho en llegar a BENAVENTE, esa ciudad que desde siempre fue un cruce de caminos y que está anclada en la historia desde las primitivas tribus anteriores a los romanos. http://www.benavente.net/
Nos disponemos a conocerla durante un par de horas. Aparcamos en el Parador nacional Fernando II, construido sobre el castillo de la Mota, en la parte alta de la ciudad, desde donde se divisa la rica vega del Órbigo. Vamos andando por los Jardines de la Mota, donde hay una rosaleda, un templete de música, grandes árboles, todo lo cual invita a pasear. Entramos en el centro histórico de la ciudad y nos topamos por fuera con la iglesia de Sta María del Azogue, con ancha torre. Seguimos por una calle muy comercial hasta una plaza donde está el Ayuntamiento y contemplamos el exterior de la iglesia de San Juan del Mercado, por los dos lados. Buscamos un sitio donde comer en uno de los bares más frecuentados por los lugareños y después iniciamos el regreso a Madrid a donde llegamos felizmente.
Assela Alamillo Sanz
16-10-2010
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