VIAJE A LONDRES
11 AL 17 DE ABRIL DE 2007-04-21
El día 11 de abril nos lleva Juan a la Terminal uno de Barajas de buena mañana para presentarnos con tiempo en el mostrador de Easy Jet y, en efecto, nos marcan en la tarjeta de embarque la letra A que significa que entraremos en el avión en la primera llamada, después de las madres con cochecitos de bebés o las personas impedidas. Cogemos unos asientos delanteros al lado de la pequeña ventana. El avión va completamente lleno de pasajeros y el vuelo, aunque sale con media hora de retraso sobre la hora teórica, discurre sin ningún incidente, volando sobre un algodonoso colchón de blancas nubes iluminadas por un potente sol. Al aterrizar en Luton el tiempo sigue soleado y la campiña que recorremos durante una hora hasta llegar a la ciudad está resplandeciente por el intenso verdor de prados y árboles y las flores amarillas que tapizan los campos.
Siguiendo las claras indicaciones que nos ha hecho Elena previamente, encontramos pronto a la salida del aeropuerto el autobús de Green Line, número 757 que nos va a dejar en Finchley Rd. El billete de ida y vuelta nos cuesta 13 libras y nos deja a unos metros tan solo de la casa de Elena y Nico. Esperamos unos minutos y pronto la vemos llegar sonriente y presurosa cuando se ha dado cuenta de que ya hemos llegado y que estamos en la calle con nuestra maletita.
El piso es bonito. Ocupa la segunda y última planta de una típica casa inglesa, con una pequeña zona verde delante de la fachada, como las demás de la calle. El piso lo han adaptado y modernizado, con todas las comodidades posibles. Tiene un amplio y alegre salón cocina, con dos ventanas que dan a la calle, ancha y tranquila, donde teóricamente los cuatro inquilinos pueden hacer la vida pero que ocupan a sus anchas nuestra pareja porque, de las otras dos ocupantes, la francesa viaja bastante y la china, la cuarta compañera de piso, hace la vida en su trabajo o metida en su habitación, salvo la media hora que emplea en hacerse sus extraños comistrajos, siempre con los mismos ingredientes y elaboración, y comérselos en la pequeña mesa adosada a los muebles de cocina. Luego desaparece.
Tras instalarnos en la habitación que pertenece a la francesa y que vamos a ocupar estos días, y comer lo que nos ha preparado Elena, nos vamos a la calle para aprovechar desde el primer día el tiempo de turismo. Nos proporciona unas tarjetas de transporte que recargamos en la estación de metro más cercana y que nos van a servir toda la semana. Nos cuesta 23 libras pero aún sale económico si lo comparamos con el elevado precio de un billete normal de metro, que es bastante más caro que el del autobús.
Salimos de nuevo a la superficie porque el vehículo elegido va a ser uno de los miles de autobuses rojos de dos pisos que pueblan todas las calles de Londres. Con la ilusión del turista recién estrenado, nos subimos al piso alto buscando la mejor panorámica del recorrido en este primer contacto con la ciudad. Es el número 82 que tiene su final en Victoria Station y baja por Baker Street, dobla por Oxford Street y tuerce a la derecha hacia Hyde Park, en un recorrido que pronto se nos hará habitual. Desde nuestra atalaya vemos las casas de ladrillo rojo tan característicos, los muchos árboles en flor que se encuentran por las calles, la gran mezquita con su cúpula dorada y parte de Regent´s Park que dejamos a la izquierda.
La entrada en Oxford St. supone la inmersión total en la vida ciudadana. Son más anchas las aceras que la calzada y están repletas de gente. Por el centro sólo circulan autobuses, uno detrás de otro, en una especie de carrera de obstáculos, y los característicos taxis modelo único aunque muchos de ellos decorados para la publicidad con llamativos colores y mensajes. No se ven apenas vehículos particulares porque deben pagar un elevado precio por hacerlo. Todas las tiendas imaginables ocupan los bajos de las casas de la calle, firmas ya conocidas también en el resto del mundo, entre las que aparece más de una vez la de Zara.
Bajamos en la calle más cercana al palacio de Buckingham que es nuestro primer objetivo. Pasamos por delante de sus verjas, buscando a los coloristas guardias que están situados delante de sus garitos pero sin ver el cambio, sometido a un horario determinado. Delante el inmenso monumento dedicado a la Reina Victoria, frente a la calle Mall, la que parte los dos parques, St James´s y el Green.
Atravesamos el primero de ellos, vemos el estanque con su fauna de patos, cisnes y palomas. Desde el puente que lo atraviesa divisamos una bonita vista que aúna naturaleza y arquitectura. A un lado sobresale el famoso Eye London, la enorme noria que gira lentamente a una gran altura, construida recientemente sobre el río. En el otro las cúpulas y torres que coronan un gran edificio que no hemos sido capaces de reconocer y que se refleja en el estanque.
Por el parque hay gente paseándose en esta tarde algo fresca pero luminosa. Buscamos Westminster Abadía. Nos introducimos por una puerta de un vetusto edificio de color beige oscuro que hace esquina con la fachada del templo, el Dean´s Yard, a Westminster School y pasamos por una plaza arbolada que nos conduce a través de un pasadizo a la parte interior de la Abadía, al claustro grande y luego a la sala capitular. Seguimos la flecha hasta otro claustro más pequeño y un agradable jardín interior al que dan las casas que se supone eran la residencia de los sacerdotes, y desde el que se divisa imponente y majestuosa a esta hora del ocaso, en la que recibe de lleno la luz del sol, la torre del Parlamento.
Al salir contemplamos la otra fachada de la gran iglesia, la que cierra uno de los lados del crucero, más antigua y bonita que la anterior, de estilo gótico. Al lado de la Abadía, en línea con ella, está la iglesia de Santa Magarita, muy solicitada por la alta sociedad para celebrar en ella las bodas. Ya estamos frente a las Casas del Parlamento, el magnífico conjunto en estilo gótico inglés, tan representativo de Londres, donde está el Big Ben, la torre del reloj. Esta hora del atardecer es el mejor momento para contemplar el edificio, que recibe en horizontal los rojizos rayos del sol que dan a la piedra un tono cálido y luminoso. Frente a un patio que forma el edificio se erige la gran estatua de Ricardo Corazón de León en oscuro bronce destacando sobre la fachada.
En frente, unos restos de una más antigua construcción, la Jewel Tower, a un nivel más bajo, y al final del edificio del Parlamento el tramo ajardinado que da al Támesis al que contemplamos desde el pretil. Sólo nos encontramos con el pedestal donde siempre ha estado expuesto el famoso grupo escultórico de Rodin, los Burgueses de Calais, que se lo han debido de llevar a alguna exposición.
Seguimos paseando por la Parliament Street y luego Whitehall, entre grandes edificios gubernamentales, como el ministerio de la Hacienda, el de Sanidad y otros. Entre dos de estos grandes inmuebles está la calle Downing Str donde, en el famoso número 10, tiene su vivienda el Presidente del Gobierno, a la que no se puede ni acceder ni fotografiar pues está cerrada con verjas de seguridad y los correspondientes guardias.
Uno de estos edificios es el de las Caballerizas Reales que da paso a los jardines de St James, y de ahí salimos de nuevo al paseo del Mall que atravesamos para alcanzar la famosa Trafalgar Sq. Como el cansancio ya ha hecho mella en nosotras, entramos en la cafetería de la Nacional Gallery que preside la plaza para reponernos.
Día 12. jueves
Hoy nos estrenamos con el metro de Londres pero una parada antes del destino, que era la estación más cercana a la Torre de Londres el tren se para y todo el mundo se baja. Parece que son habituales en el metro de Londres estos cortes, parones y contratiempos. Procuramos orientarnos en dirección al río y mientras contemplamos los edificios monumentales y modernos de esta zona que es la city. El más sorprendente y de gran belleza es el de la torre ovoide y de tonos azules, que la calificamos enseguida con el coloquial término de supositorio, construida por Norman Foster y que es uno de los escenarios de la película Macht Point de Woody Allen.
Nos conduce Elena a la zona de las dársenas del río, frente al enorme conjunto pétreo de la Torre de Londres, al otro lado de la carretera que desemboca en el famoso puente. Es este un recinto muy agradable, tranquilo y acogedor en el que te sorprende ver, rodeados por edificios algunos de ellos de gran tamaño, unas tranquilas aguas y en ellas fondeados barcos y barcazas de distintos estilos, desde modernos yates a barcos de época. Son los Docks, el más conocido el de Santa Katherine, de 1825. En uno de los fondeaderos un conjunto de casas de estilo marinero, cuidadas y armónicas que te sitúan con la imaginación en un verdadero paisaje de pueblo costero. En otro de los espacios sin coches de la zona un restaurante conocido de cuyas ventanas y terrazas cuelgan montones de flores.
Distinguimos el puente que cierra las dársenas, que en este momento está abierto, y salimos a la orilla del río al pie del magnífico Tower Bridge, símbolo de la ciudad y único en el mundo, formado por las dos imponentes torres de estilo gótico, como si de un castillo defensivo se tratara. En la orilla contraria del río hay novísimas construcciones arquitectónicas de formas geométricas osadas, recubiertas de cristales, que le dan al barrio un aire de modernidad y desarrollo.
Paseamos por los jardines que dan a la orilla del río, limitando con la Torre, el histórico edificio donde tantos y tan ilustres prisioneros encontraron la muerte por órdenes reales. Se nota que es lugar turístico prioritario porque acuden masas de gentes y hay una gran explanada para los autobuses y edificios propios para la información y la adquisición de las entradas. Distinguimos a un grupo de personas en torno al guía que va vestido con el vistoso traje de la época de Enrique VIII, con amplia levita en colores rojo y azul.
Desde afuera reconocemos, siguiendo la guía, las distintas construcciones de que se compone la Torre. En el centro sobresale la White Tower, con sus cuatro puntiagudas torres. Vemos la Wakefield Tower, redonda, reconstruida para recuperar su apariencia del siglo XIII, la Bloody Tower, donde fueron asesinados dos jovencísimos príncipes en el siglo XV y de ahí el nombre con el que se la conoce, la puerta de los Traidores, a donde nos podemos asomar desde el pretil exterior, la puerta por donde los prisioneros entraban en barco camino de su muerte. Nos sale al paso en un ángulo del recinto una casa con entablamento de madera, anexionada al conjunto que era la residencia privada del gobernador de la Torre. Pasamos por el conjunto que forma la entrada principal y doblando a la derecha distinguimos la Beauchamp Tower, donde estaban prisioneras las personas de alcurnia. Nos percatamos del vuelo de los famosos ocho cuervos negros que sobrevuelan la torre y que, según la leyenda, si desaparecen, con ellos lo hará la monarquía inglesa.
Subimos hasta el patio lateral, anexo a este conjunto, al que da una iglesia de ladrillos marrones y salimos de nuevo a la misma orilla del río, andando en paralelo a éste por un pasadizo estrecho y sinuoso hasta que queda interrumpido por un edificio en obras. Salimos entonces a la calle principal. Vemos la columna conmemorativa del terrible incendio que destrozó la ciudad en 1666 pero no nos animamos a subir a lo más alto, desde donde hay un mirador que es la recompensa a los más de trescientos escalones que cuesta alcanzarlo. Buscamos en el puente siguiente, el puente de London, un autobús que nos lleva hasta la cercana iglesia de Sant Paul´s cathedral, el templo más grande de Europa después de San Pedro de Roma.
Rodeamos el templo pasando por unos jardines cuidados que están en el recinto, entramos por la puerta principal pero sin sacar la entrada y buscamos la fachada que hace frente al puente del Milenium, por donde vamos a atravesar el Támesis, deteniéndonos para disfrutar de la vista que se tiene a un lado y a otro en esta soleada mañana. Enfrente y a la salida del puente nos topamos con la Tate Modern, para la que se ha habilitado una vieja fábrica que aún conserva su sobria estructura.
Entramos en el Museo libremente pues todos los museos de Londres son gratis. Cogemos un ascensor para subir a la última planta donde está la cafetería. Las paredes que dan al río son de cristal y la vista desde arriba es impresionante. El río discurre poderoso, con tráfico constante de barcos. Se ve claramente el moderno puente, otra obra de Foster siempre densamente transitado y enfrente la catedral de san Paul y más allá el sky line de la zona, incluidas las numerosas grúas que trabajan seguramente en los edificios de la nueva ciudad olímpica, en la zona este. Allí, en unos cómodos sillones frente a la ciudad, tomamos un refresco y descansamos un rato contemplando el panorama.
Al deshacer el camino por el puente, en dirección al metro, volvemos a atravesar los jardines de la catedral y en esta hora apreciamos una situación muy inglesa y es que todos los bancos y parterres están ocupados por personas trabajadoras de la zona que aprovechan su lunch time para tomarse su sándwich o su plato de comida envasada en un recipiente de plástico transparente, con una cuchara o tenedor del mismo material y que debe de saber más o menos a lo mismo que el envase.
Volvemos a casa en el metro para la pausa de comida y descanso.
Por la tarde regresamos al centro en el autobús 82 que nos deja frente a Hyde Park, frente al Speak corner. Entramos en él y lo atravesamos a lo ancho, pasando por el lago. Hay gente y está muy animado. Salimos al otro lado en Kensington y en la calle Knightsbridge está el gran almacén de Harrods. Entramos en el interior donde es llamativa la decoración, especialmente la escalera egipcia de cinco tramos, decorada profusamente con elementos artisticos de ese país y rematada con una gran cabeza del dueño, Dodi Alfayet, a modo de gran faraón. En el sótano ha preparado este señor un recuerdo funerario de dudoso gusto en honor de su hijo y de la princesa Diana, su supuesta novia, en el que expone el anillo que le había regalado el novio y la última copa que bebieron en París antes de su muerte, presidido por dos retratos de los protagonistas y sustentado por una base de flores. Seguramente le saca rédito económico ya que hay muchos turistas que lo visitan. Las dependencias donde se vende la comida, la hall food, dulces, carnes y pescados, frutas y verduras, están decoradas con verdadera elegancia y originalidad.
Tomamos un autobús hasta Southkensington y bajamos en una plaza en el barrio de Chelsea. Podemos hacernos idea de las mansiones que hay en esta zona, blancas, con entradas de columnas y rejas separándolas de las aceras. Vamos andando por las calles, pasamos por delante del museo Victoria and Albert, enorme edificio, por el museo de Historia Natural, muy bonito y también enorme edificio, decorado en su fachada con colores suaves, rosa y azul.
Otro autobús nos lleva hasta el barrio de Nothinghill, en donde se pone los domingos el famoso mercado de Porto Bello, el nombre de la calle más importante del barrio. Las calles tienen una curiosa disposición en curvas concéntricas y las casas están pintadas en colores diversos que dan un aire alegre a la zona a pesar de que esta tarde la vemos vacía de gente, en contraste con la multitud que visita la zona los días de mercado.
Volvemos en metro a casa.
Día 13 de abril
Hoy salimos algo más tarde, hacia las diez y cuarto y nos lleva el autobús 13 hasta un punto de la calle en que atraviesa un canal, que casi circunda el gran espacio verde del noroeste de Londres que se llama Regent´s Park. Descendemos por una escalera solitaria, un poco tétrica que nos lleva directamente a la orilla del canal, en la que hay marcada una vereda enladrillada todo a lo largo del canal, especial para bicicletas. Hay un cartel a la derecha que indica dirección hacia la pequeña Venecia pero nosotros vamos a ir hacia el Este, dirección Camden Town.
Es un largo y bonito paseo. En la primera parte vemos en el otro lado grandes y señoriales mansiones, en color blanco, rodeadas de jardines. Hoy está solitario, a esta temprana y aún fresca hora de la mañana. Sólo nos topamos con un señor que pasea a su perro y varios ciclistas. En el canal o saliendo a las orillas los patos de colorido pelaje que observamos en sus movimientos dentro del agua. En un momento dado una gran tela metálica que se extiende de abajo arriba a ambos lados del canal y que separa el recinto de un pequeño zoo incluido en el parque. Vemos moverse en uno de los lados unos extraños animales, tal vez hienas y un poco más allá otros que nos parecen tapires aunque no tenemos más datos que los confirmen. En el otro lado la red contiene una inmensa jaula rodeando un gran árbol donde se mueven en ese espacio limitado aves espectaculares.
Siguiendo este agradable canal vemos que lo atraviesan pequeños puentes peatonales, con adornos geométricos de hierro fundido o con adornos de policromía. También encontramos a un lado y a otro del canal barcazas, estrechas y largas, varadas en la orilla que parecen servir también de modestas viviendas permanentes aunque no vemos a ninguna persona en ellas.
En lo que parece un extremo del canal se abre una dársena, donde sobresale un restaurante en forma de pagoda china, de fuerte color rojo, que resulta ser en su base la quilla de un barco. Nosotros seguimos el canal que tuerce claramente a la izquierda y ya penetra en unas esclusas que terminan en unos patios bordeados de pequeños edificios de ladrillo color oscuro, que dan paso a recintos como almacenes o zonas comerciales y que pertenecen ya al famoso mercadillo de Camden Town. Sobre el canal, pequeños puentes que hoy están solitarios y que los fines de semana o al atardecer se llenan de gente, especialmente jóvenes con aspectos un tanto llamativos.
No tiene el mismo carácter el escenario tranquilo, con poca gente y bastantes tiendas cerradas pero tiene la contrapartida de que es cómodo deambular por los puestos y observarlo todo. Entramos en una bonita galería comercial de dos pisos, con patio central iluminado por una decorada claraboya de cristales. Hay puestos para todos los gustos, artesanía de cualquier país, especialmente de la India, antigüedades, papelería y todo lo que uno se puede imaginar. Por otros pasillos están los puestos con ropa alternativa o clásica, nueva o de segunda mano, étnica o fashion total y por tanto bastante disparatada que se ofrece entre músicas estridentes en un tono altísimo. Otros pasillos de este centro comercial están dedicados a la comida y se pueden encontrar guisos de todos los países, China, India, Indonesia, Méjico. Compartimentos enteros llenos de fritangas o pastas o verduras que te ofrecen con gestos los dependientes o a grito limpio.
Nosotras también compramos alguna cosa para llevar de recuerdo y vemos toda la zona con el interés de conocer un típico mercado de los que abundan en los barrios de Londres.
Cogemos a la salida un autobús que nos lleva de nuevo al oeste, a la zona conocida y cercana y nos deja en la entrada del Regent´s Park, que vamos a conocer como contraste a la visita de la primera parte de la mañana, pues es un espacio ajardinado calmado, colorista y precioso que vamos a recorrer casi en su totalidad. Hay un enorme estanque con aves que no habíamos visto en otros parques, como unas elegantes y bonitas garzas, que al principio tomamos por esculturas, por lo inmóviles que están hasta que nos damos cuenta de que se mueven. También vemos cisnes negros, en otro pequeño lago más al interior. Algunos de los árboles están todavía en flor, de colores rosa o blanco y los parterres llenos de las flores de la temporada que son los bulbos, tulipanes, jacintos y narcisos especialmente y unas alegres prímulas de colores brillantes, armoniosamente combinadas entre ellas. Las superficies del parque son enormes praderas verdes, cuidadas y en estos días soleados, relucientes pero con la amenaza de la sequía en un futuro, pues llevan casi veinte días sin que haya caído ni una gota de lluvia.
Volvemos en el autobús a casa a comer y a descansar un poco.
Por la tarde nos vamos a estrenar solas por la ciudad ya que Elena tiene que ir a trabajar. Nos da toda clase de explicaciones pero realmente nos vamos a desenvolver muy bien porque el sentido de orientación de Nuria es excepcional y el terreno ya lo vamos conociendo bien. Llegamos a Oxford Str. en el autobús número 13 en el que nos colocamos, como siempre, en el piso de arriba, observando desde esta atalaya el gentío que llena las aceras de esta calle tan comercial y tan vital. Nos bajamos en el sitio correcto desde donde, sin movernos, podremos coger el siguiente autobús que nos lleve hasta el barrio de Bloomsbury, donde está el British Museum que es nuestro objetivo.
Cuando estamos en Oxford St. esperando el autobús número 7, una chica joven que se estaba comiendo un poco apetitoso sándwich de carne picada, no sabemos en calidad de qué, si comida, merienda o cena, nos oye hablar y nos informa en correcto castellano que para ir al British también podemos coger el autobús 10 si viene antes, que nos deja cerca. Ella va a hacer el camino y nos puede orientar. Efectivamente, llega antes el 10 y nos montamos las tres. Por el trayecto nos cuenta que es griega y está aquí con una beca porque si no, el alto coste de la vida en Londres no se lo podría permitir. También nos cuenta que los franceses y los ingleses se han traído grandes tesoros de su país y de otros muchos. Una señora al parecer inglesa que hay a nuestro lado la debe de entender porque sonríe y se lo traduce a su acompañante. Al bajar vamos un corto trecho a su lado hasta la biblioteca de la universidad y desde allí nos señala nuestro camino y llegamos sin problemas ante el inmenso y grandioso edificio neoclásico que contiene el British Museum
La novedad arquitectónica es que el arquitecto Norman Foster, una vez más, ha cubierto el patio con un techo de cristales que resulta ser el más grande de los espacios en los que se ha hecho una obra semejante. Es verdaderamente impresionante, situado dentro del patio, mirar hacia arriba y ver esta bóveda acristalada que sale como un inmenso paraguas del centro del patio, un edificio redondo que contiene la biblioteca y un restaurante.
Visitamos las salas más importantes, la del Partenón, la del templo de las Nereidas y la del arte egipcio, una parte solamente de todo lo que contiene el museo, porque varias de las salas por las que yo tenía mucho interés y del arte decorativo egipcio están cerradas simplemente, sin dar ninguna explicación. La visita resulta, pues, un poco decepcionante.
Por el mismo procedimiento de dos autobuses volvemos a casa
14 de abril, sábado
Bajamos en la estación de metro de Holborn y mientras nos orientamos por la zona para llegar a nuestra meta vemos una indicación que nos informa de que el museo de Sir John Soane´s está a dos minutos. Nos dirigimos hacia allá en la preciosa plaza cuadrada y ajardinada que se llama Lincoln´s Inn Fields. A esta plaza dan edificios singulares y en uno de los lados descubrimos la fachada de la casa museo de este rico humanista del siglo XVIII, adornada con unas cariátides en lo alto, de color blanco y no muy grande que fue a la vez la vivienda de la familia y su museo privado por la gran cantidad de objetos artísticos que su dueño logró reunir en ella.
Entramos a visitarlo porque no tenemos que hacer cola, como ocurre a la salida, ya que por el reducido tamaño de algunas de sus habitaciones, no cabe la gente más que de uno en uno. La visita resulta interesante y yo tenía especial interés en ver al natural y con el colorido propio el conjunto pictórico del techo del salón principal que trata el tema del mito de Pandora y que había tenido ocasión de estudiar en reproducciones en blanco y negro. Hay una buena colección de cuadros de Hogart y del mismo Soane, conocido arquitecto georgiano y pintor, dispuestos de una original manera en tan reducido espacio, en paneles que una de las guardianas del museo nos abre para poder contemplarlos. Además ha coleccionado restos arquitectónicos de templos del foro romano, rosetones, cornisas, capiteles, estatuas grandes y pequeñas, mosaicos, monedas, bronces, mármoles, todo tipo de objetos bellos y artísticos.
Cuando salimos en esta espléndida mañana, callejeamos hasta encontrar el Royal Opera Haus, un clásico edificio situado al lado del hasta hace unos años mercado de frutas y verduras, el Central Market, la zona del Covent Garden y hoy convertido en un espacio lúdico y mercantil, con dos bonitos patios en lo que antes era edificio del mercado, acristalados los techos y decorado el interior con barandillas de hierro en color verde. Los espacios están siempre llenos de gente, unos comprando o mirando las mercancías de las tiendas y los más observando los espectáculos gratuitos que los artistas callejeros ofrecen para luego pedir una contribución económica, como los dos personajes típicamente ingleses, impecablemente vestidos de esmoking, que parlotean sin cesar dirigiéndose al público mientras uno de ellos hace bailar un diábolo que lanza hasta el segundo piso para recogerlo con habilidad. En el siguiente patio una joven canta arias de ópera con un potente chorro de voz mientras su compañera pasa la bolsa entre los transeúntes que se asoman a la barandilla para observar el espectáculo y casi exige el óbolo correspondiente.
Nos introducimos a continuación por la zona del Soho que hoy está muy animado y lleno de gente. Encontramos un teatro después de otro, con todo tipo de espectáculos especialmente musicales. Vamos por Charing Cross, cruzamos Leicester Str hasta una plaza donde está el teatro preferido de Elena, de ladrillo rojo tan característico de los edificios de Londres y bella factura arquitectónica. De ahí pasamos a un pequeño barrio que se llama Seven Dials, donde encontramos una glorieta con un obelisco en centro, una réplica del monumento del siglo XVII que marcaba un cruce de caminos. Cerca de él hay una placita triangular, convertida en un patio de restaurante con mesas, a la que dan casas de ladrillo, modestas, pero engalanadas con flores y pintadas de colores brillantes, muy agradable y pintoresca.
Seguimos recorriendo la parte noreste del Soho, paseando por sus calles hasta encontrar la plaza Golden Square, cuadrada y ajardinada, como tantas otras, muy agradable, con bellísimos árboles. En el centro hay una estatua de un aparente general romano que luego resulta ser el rey George II. Nos sentamos en uno de los sólidos bancos de madera que aún hay libre, a la sombra de un árbol. Hoy hace calor y al poco tiempo todos los bancos van a estar ocupados y la gente que acude a su descanso y a tomar algo tiene que sentarse en los bordes de los parterres en una incómoda posición. Allí nos tomamos nosotras los bocadillos que hemos preparado en casa, como si fuéramos unos típicos trabajadores de oficina en el centro de la ciudad, y despedimos a Elena que se va a trabajar a la tienda que no dista mucho de este lugar.
Cuando ya reanudamos el paseo alcanzamos la conocida calle de Carnabi Street, bien anunciada por unos arcos en los extremos, llena de tiendas de modas, con casas bonitas y muy frecuentada por gente sobre todo joven. Al final de la calle vemos una fachada estilo tudor de una gran casa que al doblar la esquina confirmamos que pertenece a un soberbio conjunto del mismo estilo, con maderas oscuras sobre fondo blanco y bellas formas, que es el edificio de los almacenes Liberty, los más antiguos, señoriales y caros de Londres. Entramos para conocer el interior, un patio de cinco pisos hecho en viejas maderas oscuras y sin detenernos mucho a mirar los precios prohibitivos de los géneros, salimos por otra puerta a la calle que hace esquina con la famosa Regent Str.
Allí, para ahorrar energías, cogemos un autobús que nos lleva por esta calle de bonitos edificios y mejores tiendas hasta Piccadilly Circus, el espacio más concurrido posiblemente de Londres, en medio de cuya plaza está la estatua que representa a Cupido alado en actitud de volar. Todas las calles que salen de esta plaza nos invitan a recorrerlas y se hace difícil la elección. Optamos por alcanzar la cercana Leicester Square andando entre la multitud que en este caluroso día llena las calles. La plaza, cuadrada, con césped en la superficie, está llena de gente. En el centro una estatua de Shakespeare con bello pedestal. En otra parte una de bronce en honor de Charlot y aún vemos un busto del famoso pintor inglés sir Joshua Reynols. Por fuera de la verja que enmarca la plaza y grabadas en el suelo, a modo de las que se pueden contemplar en Los Angeles, de EEUU, las huellas de actores o personas ilustres ingleses. Reconocemos a algunos, sobre todo los del mundo del cine.
Seguimos el paseo metiéndonos por el barrio de China Town para salir de nuevo a Leicester y alcanzamos desde atrás, pasando por la entrada a la Nacional Portrait, la magnífica Nacional Gallery a la que entramos por la puerta de la cafetería. En ella descansamos un rato antes de emprender la ardua y a la vez satisfactoria tarea de visitar este gran museo de pintura, uno de los más famosos del mundo.
La visita nos lleva más de dos horas y, menos la exposición temporal, parece que vemos casi todo. Encuentro cuadros que había visto solo en reproducciones pero nunca se puede comparar al efecto que produce el contacto directo con la obra de arte. Con los folletos informativos se puede hacer un ordenado recorrido, por nacionalidades y disfrutamos mucho de la sesión.
A la salida aún nos quedan ganas de seguir disfrutando de las calles de la ciudad. Paseamos con calma por la Trafalgar Square, llena de gente también, salimos por Whitehall en dirección al río y cuando por una calle a la izquierda distinguimos uno de los puentes, nos acercamos a él. La zona se sigue llamando Whitehall Place y lleva hasta el Golden Jubilee Footbridges, un enorme puente de tres partes, la central para que pasen por ella los trenes y a los lados unas novísimas pasarelas para los peatones. Vemos antes de subir una parte de los jardines de Victoria Embankment Garden, con sus correspondientes parterres de tulipanes. Atravesamos el río por el puente desde donde se divisa una bella vista de las márgenes del Times, especialmente del nuevo London Eye, la inmensa noria que lentamente va girando y ofreciendo un magnífico espectáculo de la ciudad.
Al otro lado del puente es una zona nueva donde hay modernos teatros, el Royal Festival Hall, la Hayward Gallery y el Nacional Teater, todo un conjunto arquitectónico de amplios espacios y arquitectura reciente.
Elegimos para volver el puente siguiente y pasamos por un mercado de libros de grandes dimensiones. El puente es el Waterloo que desemboca en la amplia calle de Strand que hoy está cortada a un lado y nos impide coger en ella el autobús 13 que nos llevaría hasta casa. Estamos obligadas de nuevo a llegar hasta Trafalgar para recuperar la parada. Pasamos por el hotel Savoy y la estación de Charing Cross, bellos edificios ambos.
Día 15, domingo
Hoy la climatología es casi veraniega. El sol y el calor son los protagonistas absolutos y la gente ya viste como de pleno verano. Salimos andando desde nuestra casa, subiendo entre casas unifamiliares o edificios de colegios, entre las que predominan las de ladrillos rojos, rodeadas de jardines y de flores, hasta llegar al bonito barrio de Hampsteat, zona elegida actualmente, como en otro tiempo, como morada por escritores o artistas.
Llegamos a una iglesia rodeada por un viejo y aparentemente descuidado cementerio de desgastadas lápidas grises, a un lado y otro de la carretera. Hay carteles que anuncian las personas ilustres que están enterradas en él, entre los que reconocemos el monumento funerario del pintor John Constable y su familia.
Recorremos el barrio viendo bonitas casas. En una de ellas una inscripción nos entera de que allí vivió el escritor Tomas Luis Stevenson. Encontramos un grupo de turistas que van acompañados de un guía que les cuenta historias de algunas de las señoriales casas. En otra de ellas vivió el poeta Keaths.
Intentamos encontrar un autobús para que nos lleve a lo más alto del enorme parque que bordea el barrio pero no lo logramos y nos introducimos en las verdes praderas entre grandiosos árboles. Hay una serie de estanques, alguno de los cuales se ha habilitado para baño y nos parece distinguir gente que ya se está bañando. Desde una de las zonas más altas se ve al fondo parte de Londres, los edificios de la City y la London Eye, entre otros.
Hay grupos familiares o de amigos con el picnic en la hierba, tomando el sol o jugando. Seguimos andando hasta encontrar el recinto que circunda el edificio de Kenwood, una casa blanca, señorial, elegante, convertida en un verdadero museo de pintura y otros bellos objetos, posesión en otro tiempo privada y hoy perteneciente al ayuntamiento de Londres y de visita gratuita, como el resto de los museos. La sorpresa es que tiene cuadros de gran categoría, como un autorretrato de Rembrandt y un pequeño y delicioso cuadro de Vermeer, que representa a una joven tocando el laúd, otro extraordinario de Frank Hals, bellas muestras de van Dyck, además de enormes y decorativos cuadros de los pintores del tiempo del mecenas que los reunió, como Reynolds y Gainsborough y otros menos conocidos. Descubro varios de la pintora Angelica Kaufmann, otro de Constable y otros. La biblioteca es un espacio decorado profusamente en techo y paredes con pinturas mitológicas y simbólicas, muy bonito.
Hemos decidido no comer en casa y nos vamos a un italiano que hay cerca donde las tres estamos muy bien. Luego vamos a descansar a casa del largo paseo.
Hacia las 5,30 salimos de nuevo de casa para coger el metro, la línea Jubilé y trasbordo a la roja, la central hasta la estación de Queens, al lado del Hyde Park. Lo volvemos a atravesar en esta tarde calurosa y nos admira ver la cantidad enorme de gente que ha elegido este escenario para pasar la tarde de domingo. Hay grupos de todas clases sentados en la todavía verde hierba, desde un grupo de parejas jóvenes, con niños pequeños, españoles que por su aspecto pertenecen a lo que serán en el futuro las clases dirigentes en términos económicos, hasta los grupos formados por trabajadores emigrantes de los últimos puestos de la escala social, pasando por familias londinesas tradicionales, personas solitarias leyendo ajenas al bullicio, deportistas que pasan a nuestro lado corriendo y resoplando, madres que juegan a la pelota con los dos hijos, ancianos que dormitan al sol cálido de esta primavera. El gentío se agrupa especialmente en torno al gran lago.
Dentro del recinto del parque, en uno de sus extremos, está el palacio perteneciente también a la corona de Kensington y hacia él nos dirigimos. Fue la residencia de Diana, la princesa, después de su separación. Es un edificio sobrio, nada espectacular. Nos hacemos una foto en la que parece ser la puerta de entrada y disfrutamos con la vista del jardín rectangular y acotado por una hilera de evónimos, lleno de color por la disposición de tantas flores de bulbo que están ahora en su mejor momento.
Seguimos paseando por el parque hasta que vislumbramos por entre los árboles el pináculo dorado que remata el grandioso monumento conmemorativo que la reina Victoria mandó erigir en honor de su querido esposo, el príncipe Alberto, el Albert Memorial. A medida que nos acercamos nos percatamos de su tamaño y magnificencia. Una estatua de Alberto, sentado, está en el interior de un elemento arquitectónico gótico donde brilla el oro por todos los lados.
Este memorial se sitúa frente a otro de los edificios representativos de Londres, el Royal Albert Hall, nombre que también hace honor al mismo personaje. Es un gran teatro, inaugaurado en 1870, redondo, de un llamativo y agradable color rojizo, con un friso en lo alto que lo rodea en el que se suceden las figuras humanas bajo una gran inscripción alusiva a los reyes, la cultura y el país.
Rodeamos el teatro viendo en la zona otros edificios, sedes de otras tantas actividades artísticas, como la Royal Academia de Música o la de Ballet. Pasamos también por la Academia de Ciencias y Tecnología, por el Victoria y Albert Museo, de nuevo, el de Historia Natural y allí cerca cogemos el autobús 14 que nos lleva a Piccadilly pasando por la calle del mismo nombre por la que aún no habíamos pasado y tiene muy bonitos edificios también. De ahí ya nos vamos a nuestra parada habitual en Regents Str. que nos lleva a casa.
Día 16, lunes
Hoy el metro nos lleva en línea directa a Westminster, delante del Parlamento. Pasamos delante de este magnífico conjunto gótico inglés a esta hora de la mañana que nos ofrece otra perspectiva de luz y de color diferente a la de la primera tarde. Caminamos a lo largo del edificio y luego cogemos un autobús que nos deja delante de la Tate Britain, la antigua Tate Gallery. El edificio es representativo también entre los de la ciudad, en un estilo neoclásico. A la entrada, en un lateral, vemos una bonita escultura que representa a Perseo, en bronce.
En el interior pasamos dos horas largas disfrutando de esa magnífica colección de cuadros de pintores modernos, del que sobresale en el recuerdo la serie de grandes tablas de Turner, al que le está dedicado uno de los mayores espacios.
La mañana queda llena con esta visita y volvemos a casa. Para la tarde el proyecto es completar algunas zonas por las que ya hemos estado pero de las que aún nos falta partes. Bajamos del 13 casi en Trafalgar y nos dirigimos a la calle Pall Mall, en el barrio de Sant James. Vemos el monumento a Crimea en esta zona monumental. Sobresale la estatua dedicada al almirante York, de pie sobre una altísima columna conmemorativa. Pasamos por una bonita y señorial casa rematada decorativamente por un gran friso de figuras blancas sobre fondo azul que, al fijarnos bien, nos damos cuenta que es una copia del friso de las Panateneas en el Partenón. El edificio también tiene como adorno una diosa Atenea recubierta de oro.
Callejeamos en dirección al parque de St James y nos paramos delante del palacio del mismo nombre donde vive el príncipe Charles hoy en día. En la puerta un guardia con su enorme gorro, inmóvil, soportando que los turistas se hagan fotos con él sin que mientras tanto mueva un músculo de la cara.
Atravesamos el Green Park hasta la plaza de Shepherd Market, donde hay muchos pubs y a esta hora podemos ver a los bien trajeados ejecutivos en la puerta, ocupando la calle, como aquí es costumbre, tomando su copa de cerveza a la salida del trabajo.
Por Curzon Str llegamos hasta Berkeley Sq, la plaza de los enormes y viejísimos plátanos, los más viejos de la ciudad, según nos dice la guía. Son treinta ejemplares que constituyen una especie de bosque encantado. En ella hay bancos de madera que tienen en el respaldo chapas metálicas con dedicatorias de los soldados americanos destinados en Londres durante la primera guerra mundial de agradecimiento o recuerdo a la ciudad. Nos sentamos en uno de ellos para descansar un rato.
Seguimos paseando por Bond Str, la calle de las tiendas más exclusivas de Londres. Pasamos por un par de pasajes de tiendas refinadas y muy bonitas, entramos en uno de ellos. Vemos entre otras muchas firmas conocidas la sala de subastas Shotteby´s y marcas de productos conocidos, sinónimos de elegancia.
Esta vez hacemos andando la calle Piccadilly y entramos en la Real Academia de las Artes, bonito edificio con un patio central despejado en el que siempre se expone alguna obra de arte contemporánea de grandes dimensiones. En esta temporada le toca el honor a una escultura que nos parece horrorosa y que se titula Jericó y consiste en dos burdas pilastras de material de construcción, apilando unas estructuras muy feas.
El autobús nos lleva de nuevo a casa.
Día 17, martes.
Hoy sólo disponemos de una mañana porque aunque nuestro avión sale por la tarde hay que contar con tres hora suplementarias más el tiempo de comer. Decidimos, más bien dándome gusto a mí, la opción de un nuevo museo del que tantas veces había oído hablar, la colección Wallace, posiblemente la más completa y valiosa de las colecciones de objetos de arte que ningún mecenas haya reunido en Londres y hoy donada al estado.
Es un gran palacete situado cerca de Baker Str y Marylebone, en una plaza como tantas otras de la ciudad, con jardines interiores particulares. Tiene obras de arte preciosas en todas las técnicas posibles, pintura, escultura, porcelana, orfebrería, miniaturas, armamento, etc
Volvemos tras una exhaustiva visita y nos preparamos en la casa algo de comida, nos despedimos de Elena que tiene que ir a trabajar y siguiendo las instrucciones, salimos al autobús 757, la green line que nos va a llevar sin incidentes a Luton donde esperamos con calma a tomar el avión de Easy Jet que nos devuelve a casa, a nuestra ciudad, después de pasar unos inolvidables días en Londres.
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