|
||||
|
||||
|

VIAJE A LA RIBEIRA
SACRA GALLEGA
PRIMER DIA (13
mayo 2014)
Llegamos después de un buen viaje a Orense y, sin entrar en
la ciudad, circulando por la ribera del Sil seguimos hasta el pueblo de Sober y
de ahí a buscar la Rectoral de Anllo
por carreteras escondidas entre zonas boscosas, casas de campo, calvarios
pequeños, muros pétreos por los que trepa el musgo y en los que las rosas ponen una nota de
color. Finalmente encontramos la bonita casa que nos va a albergar unos días,
edificio señorial que habla a primera vista de su noble pasado y en el que,
nada más penetrar por el zaguán, constatamos su magnífica restauración, la
decoración que combina el aspecto tradicional y popular con la iniciativa y el
gusto por el arte sin etiquetas, en el que todas las tendencias combinan y
armonizan y todo ello sin que falte comodidad en los servicios.
Se meten por la vista asociados los
cuatro colores que predominan en este entorno de la Galicia interior: el gris
del granito, el blanco de los muros, el rojo de los elementos decorativos,
desde la pintura de las maderas y las tejas hasta el color de las flores y el
verde de la exuberante vegetación.
Tras la acogida cálida de los que regentan el pazo, Nacho y
Javi, y la ocupación de las respectivas habitaciones, llega el momento de la
cena en el comedor, habilitado en la zona donde se encontraban los antiguos
establos. La cena confirma la buena impresión que nos ha hecho el albergue que
utilizaremos en los próximos cinco días porque es una ceremonia que se repetirá
cada noche que nos permite cambiar impresiones tranquilamente a la vez que
degustamos un menú sabroso, bien presentado, en un ambiente de limpieza y
detalles muy de agradecer, con su aperitivo imaginativo, dos acertados platos
que no se han repetido ninguna noche, un postre refrescante y rico y también
variado, todo acompañado de un pan que sabe
a pan y del vino de la zona o incluso de su propia cosecha, suave y agradable
al gusto, con la oferta de una infusión para finalizar.
Segundo día
Los anfitriones nos hacen recomendaciones para la
visita proyectada en el día de hoy, con buenos consejos sobre carreteras, rutas
y puntos de interés que completan el plan previsto ya por Nuria y que nos hacen
salir con la ilusión de lo mucho que la zona nos ofrece. Hoy será día de monasterios y hay que empezar por el
más grandioso de todos, convertido en Parador Nacional de Turismo desde 2004,
el magníficamente restaurado Parador de
Santo Estevo, situado en un paraje extraordinario, no lejos del río Sil pero
en lo alto, al que se llega después de recorrer una sinuosa carretera, que
pertenece al municipio de Nogueira de Ramuín.
Es uno de los paradores más grandiosos y monumentales de la
red nacional que está abierto sólo la mitad del año y tiene sus problemas de
supervivencia económica. En un poster que se encuentra a la entrada se puede
apreciar el estado del antiguo monasterio benedictino antes de su
reconstrucción, sin cubiertas salvo en dos lados y en un estado de deterioro
notable. Es posible entonces valorar más el actual estado de tan nobles muros,
un conjunto artístico que fue declarado Monumento Histórico ya en 1923.
Nosotros llegamos en una luminosa mañana de miércoles
y notamos una agitación desacostumbrada que pronto nos explicamos al darnos
cuenta de que el día anterior se había celebrado en el recinto una boda de alto
nivel y todavía duran las consecuencias. A esa hora los novios y algunos otros
invitados están saliendo del Parador para su viaje de novios o de regreso.
La bien conservada iglesia abacial que forma parte del conjunto y está anexionada al
monasterio propiamente dicho, la de Santo Estevo de Rivas del Sil, que esa es
su denominación en contraste a otro del mismo nombre en las orillas del Miño,
está abierta, lo que nos permite visitarla sin prisas y a nuestro aire porque
además se encuentra vacía. En sus
orígenes se construye en el estilo románico, de finales del siglo XII y
comienzos del XIII, que se puede apreciar bien en los ábsides laterales del
exterior, semicirculares, pero, como tantas otras iglesias, sufrió
modificaciones y añadidos en los siglos siguientes. Tiene planta basilical, con
tres naves separadas con grandes columnas. En el techo unas bellas bóvedas de
crucería construidas en el siglo XVI sustituyeron a la primitiva techumbre de
madera. La fachada principal, rematada en dos torres cuadradas con pináculos de
pizarra, tiene elementos ornamentales de finales del siglo XVII y principios
del XVIII. Aun así conserva claros vestigios de la primitiva fachada, como son
los dos grandes contrafuertes que flanquean la portada.
En un lateral del crucero se expone un altar románico, labrado por ambos lados y muy bien conservado, que
data probablemente del siglo XII y que
fue descubierto encajado dentro de uno de los muros
del claustro grande mientras se hacían unas obras. Tiene la iglesia además interesantes
capiteles románicos, bellos retablos barrocos y un órgano del mismo estilo en
uno de los muros del crucero.
fue descubierto encajado dentro de uno de los muros
del claustro grande mientras se hacían unas obras. Tiene la iglesia además interesantes
capiteles románicos, bellos retablos barrocos y un órgano del mismo estilo en
uno de los muros del crucero.
A través de la bonita portada principal del monasterio, terminada ya en el siglo XVIII,
entramos en el Parador, antiguo monasterio que se fundó en el siglo VI pero del
que los primeros testimonios son del siglo X. Como todo lugar mágico que se
precie, también aquí hay una leyenda que justifica su fama y los símbolos del
escudo. Se cree que en los siglos X y XI se refugiaron en él nueve santos
obispos que contribuyeron a dar fama e
importancia al lugar durante toda la edad media. Queda de ello el vestigio
iconográfico de las nueve mitras en el escudo que está esculpido a un lado y
otro del balcón principal de la fachada. A finales del siglo XV, debido a una
reforma de los monasterios impulsada por el Cardenal Cisneros, éste pasó a pertenecer
a la orden benedictina y así duró hasta finales del siglo XIX en que se le dio
un uso civil, pues se convirtió en Escuela de Artes y después quedó como simple
iglesia parroquial.
Entramos para visitar lo que se permite a los
visitantes, sus tres claustros de
distintos estilos, románico, gótico y renacentista, todos ellos de gran belleza
y muy bien restaurados, alrededor de los que se organizaba el monasterio.
Nada más pasar el atrio llegamos al más grande de los tres,
de planta rectangular que ha sido restaurado de manera que uno de los lados, el
peor conservado, se ha cubierto con cristales espejos, que reflejan los otros
lados y proporcionan una sensación de amplitud y magnificencia. Tiene tres
cuerpos, con arcos de medio punto en el
primero y el tercero y a él dan las habitaciones del actual parador. Nosotros
encontramos en el interior unas grandes carpas instaladas en él que impiden
apreciar la armonía del conjunto. En ese momento unos obreros se disponen a
desmontarlas y, según nos enteramos por una de las invitadas, albergaron la
noche anterior la discoteca, el festivo colofón de la boda.
Pasamos luego
al claustro de los
Obispos, en realidad claustro Regular o de las Procesiones, que se comunica
directamente con la iglesia. Es el más antiguo de los tres, de dos cuerpos y
planta rectangular. El primer cuerpo es románico, de principios del siglo XII.
El segundo cuerpo, del siglo XVI, es gótico aunque reformado posteriormente. Está adornado con una crestería labrada en
piedra y remates góticos adosados al muro que sobresalen por ella.
El claustro pequeño, situado al norte del anterior,
fue construido por Diego de Illa a partir de 1595; está compuesto por dos
cuerpos, formados por arcos de medio punto rebajados sostenidos por sobrias columnas
dóricas.
Otro de los elementos arquitectónicos más valiosos del
edificio es la escalera de honor,
situada a la orilla de la portería, cubierta con una hermosa bóveda de crucería
de 1739, con nueve rosetones variadamente decorados. Por ella ascendemos hasta
la parte alta de los claustros pasando por un salón rectangular en el que están
expuestas esculturas en bronce de un artista tal vez local muy bonitas. En los
muros cuelgan unos grandes murales que
recogen con fotografías y leyendas curiosidades de la región, como son los
oficios de los habitantes de los pueblos cercanos.
Una muestra curiosa y conocida en el resto de España es la
información de que una gran parte de los afiladores que recorrieron el país y
el vecino Portugal son naturales de los pueblos de la zona, hasta el punto de
convertirse el nombre de afilador en sinónimo de orensano, y da cuenta de otras
particularidades de éste y otros oficios. En el cercano pueblo de Luindra se ha
erigido un monumento a los afiladores en el lugar más céntrico, los que con su
rueda a cuestas se trasladaban de lugar a lugar.
En la plaza de pavimento de granito que antecede al
conjunto monumental de Sto Estevo se levanta un bonito cruceiro en el mismo
material, uno de los muchos que se encuentran por toda Galicia, que en esta
mañana luminosa destaca recortado en el cielo azul.
Salimos del poblado pequeño que rodea el Monasterio-Parador y
nos dirigimos hacia alguno de los bonitos Miradores
que están distribuidos por la zona y desde los cuales se divisan unas
espectaculares vistas del río encañonado y de sus laderas, a veces abruptas,
que lo enmarcan, espectáculo realzado en su belleza por el tiempo soleado y
claro y por la vegetación que cubre todas las superficies, entre la que destaca
las manchas amarillas de la retama, presente en toda la región y pletórica de color.
Mirador de la Columna. Está algo alejado de la carretera y
nos dirigimos por un camino a cuyos lados florecen matas de flores de todos los
colores hacia la cumbre de un pequeño otero rocoso en una pequeña explanada
protegida por una barandilla de piedra. La vista panorámica del cauce del Sil
es espléndida. Hay que prescindir de los cables eléctricos que le quitan algo
de encanto y disfrutar del espectáculo. El río Sil dibuja un meandro para
salvar las torres graníticas de la mole llamada Cotarro das Boedas, de más de
setecientos metros de altitud, en la orilla de la provincia de Lugo.
El río discurre mansamente formando una pacífica serpiente
azulada en la que se adentran los espolones rocosos de las orillas. Si en ese
momento pasa un barco o un catamarán turístico, se puede apreciar las
auténticas dimensiones de ese magnífico escenario.
Seguimos un trecho corto hasta llegar al Mirador de Cabezoas, igualmente situado
a cierta distancia de la carretera y que ofrece una vista muy parecida al de la
Columna, un meandro del río Sil atravesando los recodos más bravos y agrestes
del macizo granítico, un espectáculo
sobrecogedor en un entorno luminoso
donde el silencio es el mejor sonido.
En el itinerario de los Monasterios nos dirigimos
ahora hasta el monasterio de Santa
Cristina de Rivas del Sil, perteneciente al concejo de Parada de Sil
situado en un paraje boscoso al lado del impresionante cañón que forma el río.
“la naturaleza entendida como
divinidad”
es una frase referida a este monasterio, imagen poética que
vamos a comprobar en nuestra solitaria visita. Descendiendo hacia el recinto,
bien por una rampa o bien por las escaleras de granito cubiertas de musgo,
vemos los viejos castaños y robles milenarios, de troncos llamativos por las
formas que con el tiempo han adoptado. En uno de ellos hay una serie de exvotos
e imágenes pintadas que hace suponer es fruto de una devoción ancestral que une
el culto a los árboles de los antiguos celtas con las tradiciones cristianas.
Parece dedicado a san Benito y llama la atención en un día en que el paraje
está absolutamente solitario, como si acabáramos de descubrirlo para la
civilización.
Antes de llegar a la iglesia y los restos del monasterio
leemos en un cartel sólidamente enmarcado
la siguiente bonita leyenda:
A vida dos nosos
antepasados está escrita nas pedras deste Mosteiro
Y algo más abajo, separado por un espacio dibujado, otra que
quiere explicar lo que ya está muy claro en esas palabras:
Atópase vostede ante un
mosteiro medieval arredor do cal xirou a vida espiritual, cultural e económica
das xentes destas terras
El origen de este monasterio, según consta en la
documentación, se remonta al siglo IX, en un cenobio dedicado a la santa. Su esplendor
se desarrolló en el siglo XII por la protección de los reyes Alfonso VI
y Alfonso VII, y llegó a ser el centro religioso más importante de la Ribeira
Sacra después de San Estevo de Ribas de Sil, con amplias propiedades en ambas
orillas del río. Su decadencia se produjo en el siglo XV y a principios del
siglo siguiente pierde su categoría abacial y pasa a depender de San Esteban.
Del primitivo monasterio destaca la bella puerta románica por la que se accede al
claustro, de arco de medio punto con artísticos relieves.
La iglesia
monacal, a la que no podemos entrar, por desgracia, -porque sabemos que
conserva interesantes pinturas murales renacentistas-, es de estilo románico, de los siglos XII o
XIII. Su planta es de cruz latina, con una sola nave que se cierra con una
triple cabecera semicircular elevada en la que sobresale el ábside central. En
la fachada destaca la portada es semicircular con triple arquivolta sostenida
por columnas con capiteles labrados con motivos vegetales, y encima de ella
podemos ver uno de los mejores rosetones románicos de Galicia, con formas
lobuladas.
En su lado norte sobresale la torre
campanario también románica, de planta cuadrada y con dos arcos de medio punto
en el segundo cuerpo, y rematada por un chapitel de pizarra.
Pasando a través del bonito arco románico que formaba parte
del atrio de la iglesia, entramos a las estancias del monasterio entre las que
destaca especialmente el bello claustro
que fue reconstruido en el siglo XVI
El ambiente en un día soleado y cálido como tuvimos la
suerte de disfrutar, sin más visitantes que nosotros, evoca un escenario
romántico y atractivo, sugerido por ese cuidado abandono de tan históricas
piedras, arropadas por una exuberante vegetación.
Ha llegado el momento de hacer un alto en el camino y reponer
fuerzas y nos dirigimos al cercano pueblo de Parada da Sil, pequeño y solitario, en el que descubrimos un mesón
abierto, la Casa Pepe, y allí, sin mayor exigencia, aceptamos el menú propuesto
por el joven que lo regenta y nos asombra el aceptable precio que ha costado
una digna comida, en el local adornado con objetos rústicos o evocadores del
ambiente rural, entre los
que descubrimos incluso unas pieles de jabalí y de
lobo adosadas a los viejos muros de piedra.
que descubrimos incluso unas pieles de jabalí y de
lobo adosadas a los viejos muros de piedra.
Desde Parada y a muy corta distancia del pueblo, desde el que
se llega por una pista señalizada, se encuentra el Mirador de los Balcones de Madrid, uno de los más espectaculares
puestos de observación del cañón del Sil, ubicado a 500 metros de altitud, y
que se designó de esta curiosa manera porque desde allí las mujeres acudían a
despedir a los maridos que salían a buscarse la vida por España, bien como
afiladores o barquilleros o serenos y que, cualquiera que fuese el lugar a
donde se dirigían, siempre decían que se iban a Madrid.
Gracias a su estratégica situación, dominando el río desde lo
alto, ofrece una inmejorable panorámica de uno de los tramos más agrestes del
Sil y de las tierras de alrededor.
Todavía nos quedan monasterios en el programa y nos
llegamos hasta el pueblo llamado Montederramo, curioso nombre que alude
a la iconografía del escudo heráldico que en efecto, presenta un ramo de flores
saliendo de un tiesto.
Lo más destacado es la visita al Monasterio de Santa María de Montederramo, fundado en el siglo X,
que perteneció a la Orden de San Benito y posteriormente, en el siglo XII a la
Orden del Císter, refundado por una infanta hija de Alfonso VII que trajo a
monjes franceses. Entonces tomó la advocación de Santa María. En el siglo XVI se
reconstruyó el monasterio y la iglesia. Durante siglos se consideró uno de los
monasterios gallegos de mayor poderío económico y social, hasta que se produjo
la desamortización de Mendizábal en 1836.
La visita al interior del recinto tiene que ser guiada
después de pagar una modesta cantidad en el Ayuntamiento. Empezamos por la gran iglesia, que en sus orígenes, en el siglo XII fue románica pero
de la que no se conserva nada, salvo un ventanal románico aparecido en la
última restauración en el muro sur de la iglesia que ahora se puede ver desde
la parte alta de uno de los claustros.
La nueva iglesia, diseñada por Juan de Tolosa, fue construida
a lo largo del siglo XVI, con una fachada lisa y sobria aunque monumental por
sus grandes proporciones. Antes de entrar, la guía nos hace notar que la
iglesia está ligeramente inclinada como resultado del terremoto que sufrió
Lisboa en el siglo XVIII.
Su interior es un imponente y húmedo espacio, sin apenas mobiliario, que aún conserva el retablo
policromado pero en el que ya no hay culto salvo en ocasiones excepcionales. Es
de planta de cruz latina con tres naves cerradas por bóvedas de crucería góticas
y una gran cúpula en el crucero. Los pilares estriados están rematados por
capiteles jónicos. El pavimento, constituido en gran parte por numerosas losas
funerarias, alguna de más de trescientos años de antigüedad, rezuma humedad que
se acentúa con el calor y es que por debajo de la iglesia discurre un manantial
que evapora sus aguas anegando el suelo.
En la parte alta de la iglesia nos muestran un magnífico coro de madera noble que se ha
restaurado recientemente y la iglesia se comunica con el monasterio por una
amplia y monumental escalinata.
El monasterio tenía dos claustros, uno de los cuales, el
llamado procesional, forma actualmente parte de un colegio público habilitado en los años ochenta después de
rescatarlo de la ruina. Es el patio donde salen los alumnos y por eso se ha
cubierto para protegerlos de la lluvia. Desde el punto de vista artístico está
muy deteriorado, ya que ninguno de sus cinco arcos semicirculares se conserva
íntegro con sus adornos renacentistas y barrocos originales.
En los muros de este claustro nos encontramos expuestas unas fotografías
que evocan uno de los acontecimientos recientes que le han dado protagonismo al
lugar, que fue la filmación de varias escenas de la película Los Girasoles Ciegos, de José Luis
Cuerda, según la novela de Alberto Méndez, con Maribel Verdú como protagonista.
El hecho debió de suponer para el pequeño pueblo una verdadera conmoción y las
fotografías expuestas son un recuerdo de ello.
El otro claustro es plenamente renacentista en su
estilo y en la desamortización pasó a manos privadas, utilizándose para
viviendas y locales comerciales y desfigurando su primitiva fachada
que ahora da a la bonita y gran plaza del pueblo, con
la que se comunica a través de una portada de acceso libre. Es un elegante
claustro cuadrado, del siglo XVI, con
adornos de medallones esculpidos, escudos y columnas exentas renacentistas con
capiteles jónicos. Entre los personajes representados en los medallones se
reconocen a los reyes Carlos V y Felipe II y otros personajes religiosos.
En la plaza al lado de la iglesia encontramos una estatua en
piedra dedicada a San Mamede, que da
nombre a la sierra cercana, donde tenía su refugio espiritual el santo. Según
cuenta la tradición, para construir su ermita en el alto de la sierra, a más de
1.600 metros de altitud, el santo contó con la ayuda de dos corzos salvajes que
le llevaban las piedras. Sin embargo, uno de los corzos fue devorado por un
lobo, y el santo, enojado, castigó al lobo haciendo que sustituyera al corzo
acarreando las piedras.
El santo pasaba la mayor parte del tiempo en la cumbre de la
sierra, sin duda un lugar ideal para la reflexión, de donde sólo bajaba, para
ir al monasterio de Montederramo en los días de las fiestas religiosas. Sin
embargo eran muchos los monjes que subían a ver al santo, movidos por su
espiritualidad. En lo alto de la sierra, al lado de la ermita se encuentra una
fuente, de donde hizo brotar agua el propio santo. Agua que da origen al río
Mao.
Por el centro de la plaza admiramos unos castaños
antiquísimos, en uno de los cuales el tronco ofrece un verdadero escondite, y
en el centro una fuente que perteneció en origen al Monasterio, colocada en uno
de sus patios.
Con la favorable disposición que estamos mostrando a conocer y visitar
monasterios y lugares religiosos, nos desviamos de nuestro camino en un cruce
que señala como objeto de interés el Cruceiro
de Marrubio y muy poco después llegamos a un paraje lleno de encanto, como
otros muchos en los caminos de Galicia, donde el cruceiro, que conserva muy
bien el colorido primitivo, está resguardado por una techumbre de madera sobre soportes de pilastras de
granito y está colocado al lado de una de esas pequeñas ermitas, restaurada en
el tejado rojo y con un atrio delante. A la distancia de un kilómetro
aproximadamente se distingue el caserío de un pueblo o parroquia dominado por
la espadaña de la iglesia.
El siguiente monasterio de los que constituyen la ruta es el
de Santa María de Xunqueira, situado
en el centro del pueblo de Xunqueira de Espadañedo, pueblo despejado y
tranquilo, en la hora del atardecer.
El origen de este monasterio fue en la mitad del siglo XII. Pocos
años después pasa a formar parte de la Orden del Císter, tan potente en tierras
de Galicia, en dependencia directa de Montederramo y estuvo activo durante más
de ochocientos años de vida. Hoy sólo queda la iglesia y parte del claustro
renacentista y otras dependencias
monásticas pasaron a propiedad municipal después de la desamortización de
Mendizábal.
La soledad del lugar se rompe con la llegada de una
señora que camina a paso lento, apoyada
en el bastón, en dirección a la iglesia desde una calle y poco después
divisamos a otra que lo hace desde otra dirección contraria. Poco a poco se van
reuniendo un pequeño grupo de mujeres que entran al interior de la iglesia con
ocasión de un oficio religioso, sea una misa o el rezo del rosario. Nosotros
aprovechamos la ocasión para entrar en ella, subiendo por una elegante
escalinata.
La fachada, iluminada por el sol del atardecer, es muy sobria
y combina el estilo barroco con neoclásico. Sustituyó a la original románica
que fue destruida probablemente por un rayo en una tormenta. Por arriba
sobresale una espigada torre de formas barrocas que alberga las campanas. En
los dos lados de la iglesia se aprecian sendas puertas románicas pero la mejor
conservada está tapiada. Se la conoce como “la puerta de los muertos”, pues por
ella los monjes tenían acceso a su cementerio.
La iglesia en su interior es románica, compuesta por tres
naves terminadas en tres ábsides semicirculares, los dos laterales más bajos.
La cubierta de las naves es un artesonado de madera. Los capiteles, siguiendo
los preceptos cistercienses, apenas están decorados.
El claustro renacentista, del siglo XVI, está en el
exterior e incompleto pues el lado del este ha desaparecido y del lado sur
queda solo una parte. Tiene dos pisos, el inferior con arcos de medio punto y
el superior, acristalado y en uso, arcos rebajados.
La tarde va decayendo y el sol se acerca al horizonte,
proyectando sus rojizos rayos en horizontal, cual potente faro de embellecedora
luz. Los días son más largos en Galicia y ello nos da margen a prolongar la
jornada turística sin querer renunciar al último de los monasterios
programados, San Pedro de Rocas, cerca del concello de
Esgos, que consta de una iglesia rupestre y del monasterio. Es un símbolo de la
entrada del cristianismo en Galicia y se tiene por el monumento cristiano más
antiguo e interesante de todo el territorio.
Data del siglo VI,
época en que se excavaron en la roca natural las tres capillas trogloditas que
forman un recinto antiquísimo, casi primitivo, testimonio de los primeros
asentamientos eremitas en estas tierras, -personas que se retiraban a orar en solitario-
y aporta un gran valor antropológico que envuelve en un aura de misterio y
magia el lugar. Posteriormente se convierte en
cenobio, -lugar de reunión de varias personas para vivir y orar en común- y según
la información que nos dan las inscripciones de la lápida fundacional, que se conserva
en el Museo Arqueológico Provincial de Orense, los fundadores fueron siete varones que escogieron este bello
enclave en el año 573 para retirarse a
una vida de oración. Aún estando establecida ya la vida monástica, hay
constancia de que continuó la eremita en los alrededores de San Pedro de Rocas
hasta el siglo XV.
Está ligado el
monasterio al evangelizador Martín de Braga (también conocido como Martín de
Dumio o Martín Dumiense) en época sueva. A principios del siglo VIII es
abandonado el monasterio debido a los ataque que sufre por parte de los
musulmanes.
Alfonso III de
Asturias, el Magno, implanta la regla benedictina y dota al entonces ya cenobio
de grandes donaciones que sus sucesores, Alfonso V en 1007, Alfonso VII,
Fernando IV y Enrique III confirman y aumentan.
En un documento
datado en el año 1007, en donde también se detallan los privilegios otorgados
por el rey Alfonso V, se relata que en el siglo IX un caballero llamado Gemodus
en una cacería encontró las ruinas de un monasterio, o las capillas excavadas y
él y sus acompañantes se quedaron a vivir allí como religiosos. Se cree que
esta historia es una leyenda pero el nombre ya ha quedado asociado al lugar y
una de las tumbas del interior de la capilla se le adjudica.
En el siglo IX un
incendio destruye gran parte del monasterio que es posteriormente reconstruido
con la ayuda del de san Salvador de Celanova.
En el siglo XII el recinto cobra el aspecto que tiene en la
actualidad. No fue nunca un monasterio rico ni muy habitado y dependió del
monasterio de san Salvador de Celanova primero y después del de Santo Estevo de
Ribas de Sil.
Otro incendio vuelve
a consumir el conjunto monacal el año 1640. La reconstrucción que se realiza
entonces da el aspecto actual del monasterio. Tras la desamortización de
Mendizábal y el abandono de los monjes, pasa a ser parroquia que se debe cerrar
a comienzos del siglo XX por los numerosos derrumbes que producen y por ser
nuevamente consumido por la llamas.
En 1923 fue
declarado el conjunto Monumento Histórico-Artístico y se ponen medios para su
conservación. En la actualidad, ya cerrado al culto, se ha creado en lo que fue
casa rectoral un museo y un centro de interpretación de la vida monástica en la
Ribiera Sacra que no hemos visitado.
Leemos antes de llegar que posee ocho sepulcros antropomorfos del primitivo claustro suevo y pronto los
descubrimos entre la iglesia y la casa rectoral, en el suelo, esculpidos en el
granito, con la forma de figuras yacentes. Una de las tumbas
tiene grabada una cruz y todas ellas tienen un rebaje para que encaje la lápida
sepulcral. Se cree que en este lugar estuvo ubicado el claustro del antiguo
monasterio en donde los monjes realizaban sus enterramientos
Lo más interesante del recinto es la iglesia, que data del siglo XII. Tiene tres naves y la cabecera
excavada en la roca. Por unos pasos construidos en madera nos acercamos a ella,
pero no se permite el acceso al interior, sino que hay que verlas desde la
puerta. Las naves en realidad son capillas separadas por arcos que reposan sobre columnas cuyos fustes y capiteles han sido tallados
directamente en la roca.
La nave central es más ancha y larga que las laterales, en
su suelo hay cinco tumbas, una de ellas con forma antropomorfa. En el techo hay
un respiradero por el que entra luz y aire, como si de una falsa cúpula con
linterna se tratara. El techo de todas las capillas simula ser bóvedas de medio
cañón.
El altar del templo, datado en el s VI, se conserva en el
museo arqueológico de Orense. Una pilastra hace las veces de altar. En la
pared de la capilla de la izquierda, un reducido espacio de 5 x 3,40 m, se abre
un hueco en el que se supone que estaba el sepulcro del caballero Gemodus. En
él se descubrió una pintura mural al fresco, datada entre 1175 y 1200, que
muestra imágenes de los apóstoles sobre un mapamundi.
Es digno de admirar por
su singularidad el campanario,
realizado por Gonzalo de Penalva en el siglo XV, que situó la espadaña con los dos huecos donde
van las campanas en la parte superior de una enorme roca natural de 14 m de
altura, lo que ha dado nombre y atractivo a este lugar. Actualmente no hay
campanas. Cuando se traspasa el arco, se ven excavadas en la roca unas
estrechas escaleras que conducen hacia lo alto.
Muy cerca del
campanario, se accede por un arco a un pequeño espacio, creado como cementerio parroquial en el siglo XIX
pero actualmente vacío. Solo queda en una esquina un conjunto de seis nichos ya
abiertos. En este solar se asentaban las dependencia del antiguo conjunto
monacal medieval. Junto a la entrada del cementerio comienza una calzada, por
donde se accedía antiguamente al lugar, que lleva a la llamada "Fuente de
San Bieito" o San Benito, que según el decir popular sus aguas curan las
verrugas
La casa rectoral data del siglo XVII
y es un sobrio edificio de planta rectangular hecho en sillería de granito (con
las piedras del antiguo monasterio) con balcones con rejas de hierro que se
apoyan en típicas ménsulas barrocas en dos de sus esquinas. En el siglo XX se
realizaron reformas donde se añadieron algunas ventanas y la puerta de acceso.
Abandonamos este
lugar con un encanto especial para regresar por las carreteras, a veces
tortuosas pero enmarcadas por un paisaje variado y siempre bello, hasta la
Rectoral donde nos espera una sabrosa cena en el acogedor ambiente que ofrecen
sus anfitriones y sus instalaciones.
Tercer día
Navegando por el Sil. Desde la Rectoral nos han reservado un
paseo fluvial por el cercano río Sil en un catamarán con cabida para doce
personas que se toma en un pequeño puerto fluvial a unos diez minutos en coche
de la residencia. Vamos con tiempo por una carretera que desciende cual tobogán
hacia la orilla y aún tenemos un tiempo para recrearnos en el bonito paisaje
con las vivas matas de retama de intenso color amarillo y las pequeñas cascadas
que se despeñan desde lo alto.
El embarcadero está formado de dos pasarelas metálicas
que salen desde una terraza artificial y un pantalán desde donde se embarca con facilidad. Allí
está el dueño de la embarcación, un joven de nombre Alejandro que además de
conducirnos por el cañón del Sil, nos va a dar todo tipo de explicaciones sobre
la fauna, flora, geología e historia de la zona y nos va a contagiar su amor
por esa viticultura heroica que se
cultiva en las escarpadas laderas ya que, como nos cuenta, allí todos son
propietarios de alguna viña y su cultivo forma parte de su vida.
El Cañón del
Sil es un espectacular, precioso y en
cierto modo desconocido paraje de la
geografía española que merece más fama y propaganda. Geográficamente este tramo
del río, cercano a su encuentro con el Miño, sirve de frontera entre las
provincias de Lugo y Orense Es una garganta excavada por el río, producida por
un movimiento tectónico, una ruptura de placas, en la época cuaternaria. El río
discurre por las fracturas que dividieron el terreno en bloques gigantescos
cuando la planicie se movió y con el tiempo la corriente del río, erosionando
las orillas, ahondó más el barranco en
la dirección este-oeste.
La
temperatura está regulada en la zona del cañón y se da una vegetación
mediterránea que propicia el cultivo de los viñedos, lo que ya fue descubierto
por los romanos.
Un resultado
de todo ello es el amplio cultivo de la vid en este paraje denominado desde
antiguo Ribeira Sacra, tal vez por el número considerable de monasterios e
iglesias que se fundaron en sus márgenes.
Con esta denominación se designan también los vinos que con
gran esfuerzo se cultivan en estos difíciles y bellos parajes. Pronto vemos los
viñedos encaramados en las laderas, con una pendiente de más de 50 grados que
las hacen parecer verticales, colocados entre los grandes pedruscos del terreno
en bancales artificiales, sostenidos por lo que llaman muras, serie de piedras
formando un tope que hay que construir a mano aportando una a una y renovar
cada año por los destrozos que la climatología ocasiona.
Desde siempre se han cultivado manualmente estos
viñedos, acarreando las uvas al hombro y subiéndolas
hasta la parte alta con un gran esfuerzo compensado por los 140 euros diarios
que los propietarios del viñedo ofrecen a los trabajadores. Vemos también en
algunos de ellos, unos cables que permiten utilizar una rústica carretilla como
método de transporte para transportar la uva que a veces sólo es posible
llevarla al río y trasladarla en barco. También apreciamos en el paisaje de las
laderas unas diminutas casitas camufladas en la vegetación que son pequeñas bodegas
donde fermentaba el vino. El vino ha sido siempre moneda de cambio entre los
habitantes de la Ribeira Sacra. Actualmente hay más de cien bodegas locales y
la viña da trabajo a unas seis mil personas.
Alejandro nos hace ver una escultura en lo alto de la montaña
con un aspecto antropomórfico que es objeto de una leyenda local. Allí la
llaman Cereilloto do demo y dicen que
fue obra del diablo, con el que los monjes de San Esteban pactaron para que les
ayudara a hacer u puente de lado a lado. Luego se arrepintieron pero esta
escultura ya quedó hecha.
El paseo es verdaderamente bonito en un día tan luminoso,
disfrutando de un ecosistema variado y rico. Con suerte se pueden ver en vuelo
aves de especies protegidas y en cuanto a árboles los hay de muchas especies,
distinguimos madroños, arces, alisos, fresnos y naturalmente robles.
Las laderas escarpadas se reflejan en las aguas tranquilas
del rio, ofreciendo espectáculos de gran belleza.
El guía señala los miradores que a lo
largo del curso del río en esta zona se han construido para deleite de los
viajeros y en un momento dado la torre de la iglesia del monasterio de Santa
Cristina, sobresaliendo entre el arbolado, en un paraje espectacular. En la
montaña del frente, el monte alto do Rodicio, a 1330 metros de altitud, se
distinguen los inevitables molinos eólicos. Por las laderas vemos pequeñas
cascadas de agua que se precipitan al río.
Más adelante en el recorrido de doce kilómetros notamos que
la corriente trae muchos troncos desprendidos naturalmente de las laderas por
los vientos y las fuertes lluvias aunque lo peor, como en tantos sitios, es que
también arrastra los plásticos indestructibles fruto de la desidia de los
humanos que no cuidan el entorno como deberíamos.
Una de las viñas está situada en la morrera de un glacial que
se puede apreciar bien en su composición. La nota anecdótica nos la proporciona
Alejandro contándonos que es propiedad del director del instituto de enseñanza
media de Monforte de Lemos, que no se hace rico con su cultivo pero sí le da
satisfacciones personales. Lo mismo ocurre con otra viña cercana, propiedad de
un bombero que tampoco puede vivir de la viña. Ambas están perfectamente
enamuradas, con sus muros de piedra bien dispuestos.
Se oyen disparos que nos explican que los lanzan
periódicamente para asustar a corzos y jabalíes o cuervos y que no se coman las
uvas.
La vuelta después del recorrido nos permite volver a
disfrutar de los mismos paisajes pero esta vez, con el viento en contra,
envueltos en las suaves mantas que el catamarán dispone para los viajeros que
las requieran.
Ha sido una bonita actividad que ha durado unas dos
horas y que nos deja en el recuerdo paisajes de gran belleza y un conocimiento
que nos acerca más a las costumbres y a las gentes de la región.
Seguimos por carreteras pequeñas y sinuosas, entre paisajes
de verde vegetación y nos detenemos delante de un pequeño pueblo al lado de
Abeleda, que tiene una iglesia
románica que, como todas, está rodeada de un cuidado cementerio. Le damos la
vuelta para admirar sus fachadas y ábsides, así como la barroca espadaña que
sobresale del escaso caserío y continuamos la ruta hasta el pueblo de Abeleda donde buscamos un restaurante del
que hemos oído hablar en términos elogiosos pero que este día no responde a las
expectativas porque es una comida bastante normal.
El camino desde A Abeleda hasta Castro Caldelas por la
carretera LU 903 es de una belleza inolvidable, entre terrenos escarpados
sembrados de viñedos que en el mes de mayo relucen por el verde luminoso de sus
hojas, la simetría de las filas amuradas que descienden hacia la orilla del río
como magníficas escaleras diseñadas por la naturaleza, las masas
oscuras de árboles en la otra orilla del río, las
manchas amarillas de la retama, todo el conjunto hace que se disfrute curva
tras curva de las cambiantes perspectivas que se ofrecen a nuestra vista.
oscuras de árboles en la otra orilla del río, las
manchas amarillas de la retama, todo el conjunto hace que se disfrute curva
tras curva de las cambiantes perspectivas que se ofrecen a nuestra vista.
Después de pasar el río se inicia una subida en la
misma proporción que la bajada y se divisa en lo más alto de la gran mole la
silueta del pueblo al que nos dirigimos, Castro
Caldelas. Llegamos a él a una hora temprana de la tarde, entre el silencio
y la soledad de las calles y el pueblo produce una bonita impresión, con sus
casas nobles de grandes y blancos miradores acristalados en la planta alta que
destacan sobre los muros de granito claro, agazapadas bajo la inmensa mole del
castillo fortaleza que domina el caserío.
Nos dirigimos en primer lugar hacia la iglesia, con
una fachada neoclásica reciente,
realzada por sus dos altas torres gemelas, con campanario y rematadas por
sendas linternas circulares. Está abierta y penetramos en su interior sin que
apreciemos ningún valor artístico reseñable.
Seguimos adentrándonos por las calles que suben hacia el castillo, hoy convertido en museo
antropológico, que permite entrar en el patio de armas y sentarse sin que nadie
lo impida en uno de los lados protegidos del implacable sol que hoy luce.
El castillo de Castro Candelas o Castillo de los Condes de
Lemos es una enorme mole situada en la cima de un promontorio que domina todo
el territorio, una fortaleza medieval, la más importante en la Ribera Sacra,
que tiene su propia historia a lo largo de los tiempos pero de ella queda como
episodio más importante la Revuelta Irmandiña que tuvo lugar en ese escenario
en el siglo XV, como es relatada en un cartel situado en el exterior del castillo y llegó a ser la
mayor rebelión social de Europa en ese siglo.
Nos informa de que entre 1467 y 1469 se produjo en esta
población la llamada Rebelión de los Vasallos, al que le da el subtítulo de “El
pueblo de Caldelas lucha por la libertad”. En la revuelta los irmandiños
destruyeron parte del castillo para defenderse de los abusos de los señores,
dueños de las tierras y entonces también de sus vidas.
Según el cartel “Los gritos de guerra y libertad del pueblo: abaixo as fortalezas, aún resuenan en
los muros de este castillo”. Después de que los irmandiños derribaran la torre
del homenaje y otros elementos de la fortaleza, la rebelión fue sofocada por D.
Pedro Alvárez Osorio, I Conde de Lemos, que obliga a los vecinos de Caldelas a
reconstruirla: “Vosotros la tirasteis y
vosotros la levantareis.
Los excesivos impuestos y el abuso del conde fuerzan a los
habitantes de la villa a denunciarlo ante la Audiencia de Valladolid, pleito
que se dirimió a favor del pueblo por parte de Carlos I.
En el año 1560 se termina de reconstruir el castillo y toma
una forma menos bélica y más de palacio residencial de alta nobleza, con muros
menos gruesos y amplias ventanas.
El último episodio militar que protagonizó el castillo fue
durante la Guerra de la Independencia, el ataque dirigido por los caldelaos al
15º regimiento de la división del general Marchand, quien como represalia mando
incendiar la villa y el castillo, y como desgraciadamente sucede, las llamas
destruyeron importantes documentos sobre la historia de la comarca.
A finales del siglo
XVIII el castillo pasa a manos de la Casa de Alba al morir el X conde de Lemos
sin descendencia. El edificio estuvo habitado hasta el
siglo XIX por Sol Stuart, pariente de los Duques de Alba y fue ya a
finales del siglo XX, cuando los duques de Alba lo ceden en usufructo al
Ayuntamiento para uso cultural.
siglo XIX por Sol Stuart, pariente de los Duques de Alba y fue ya a
finales del siglo XX, cuando los duques de Alba lo ceden en usufructo al
Ayuntamiento para uso cultural.
Actualmente por tanto, contiene una biblioteca, una
sala de conferencias y un museo etnográfico. Fue declarado monumento Histórico
Artístico en 1949.
Entramos al interior del castillo, al patio de armas, donde hay un gran aljibe, de donde parte una
escalera que permite subir a la muralla almenada, que tiene un paso de ronda. Observamos
las grandes torres, la llamada torre del reloj, por el gran reloj del siglo XIX
que luce en su cara sur, que es la más antigua que se conserva del castillo y
al otro lado de la puerta la torre del Homenaje, de tres pisos de altura. No
visitamos las dependencias palaciegas en donde hay un gran salón.
Fuera del Castillo y subiendo la calle se llega hasta la
parroquia alrededor de la cual está instalado el cementerio, cuidado lugar como
tantos otros de los pueblos de la zona, desde donde se domina una magnífica
vista a un lado y otro de la loma. El pueblo está cuidado y limpio, con sus
casas de cantería y amplios miradores y macetas de flores por cualquier rincón
que adornan las calles.
No sin perdernos por pequeñas carreteras que más
parecen surcos en el monte, llegamos de nuevo a la Rectoral donde en el
exterior hay situadas unas mesas que permiten disfrutar de una bonita
panorámica y allí un refresco ayuda a repararse de la dura tarea del turista y
a preparar el estómago para la sabrosa cena que nos aguarda.
Cuarto día
En el programa está el visitar las Iglesias Románicas de la zona que comprende parte de Orense y parte
de Lugo, conocidas como iglesias luciérnagas (aunque algunas de ellas ya las
visitamos el primer día). La “luz” de estas iglesias se encendió en los siglos
XI y XII y hoy aún se conservan para disfrute de los visitantes, perdidas entre
bosques de robles y castaños milenarios o situadas en miradores del magnífico
espectáculo que ofrecen los cañones del Sil y del Miño. Esta zona de Orense es
la de mayor concentración de románico de España y es un placer irlas
descubriendo en emplazamientos tan variados, recónditos y siempre bellos.
Después del reconfortante desayuno nos ponemos en marcha y
nos dirigimos al pueblo de Ferreira de Pantón, donde se encuentra el Monasterio
Cisterciense de las monjas Bernardas. Su
título completo es la Abadía
Cisterciense del Divino Salvador de Ferreira de Pantón, situada al sur de
la provincia de Lugo.
La impresión en una soleada mañana al llegar al recinto es
magnífica. La vieja puerta que en otro
tiempo fue entrada al mismo, con las
rústicas columnas adosadas y la cruz de dos brazos en lo alto, el edificio de
la iglesia, que muestra el bonito ábside
de frente, con artísticas
ventanas y modillones y capiteles muy bien trabajados, la portada del
monasterio propiamente dicho, el alto y bien cuidado ciprés de la entrada, el
resto del gran patio con edificios que continúan la línea armoniosa del
conjunto, todo es bello y un buen recuerdo para llevarnos. Los orígenes del monasterio se remontan al
siglo X y del primitivo cenobio se
conserva su iglesia románica del siglo XII. En el resto se encuentran ejemplos
de otros estilos artísticos posteriores, como suele ser habitual. El monasterio
fue primeramente benedictino y luego pasó a las monjas cistercienses. Siempre
fueron monjas las que lo habitaron y es el único que
ha seguido habitado después de la desamortización. Está declarado monumento
nacional.
fueron monjas las que lo habitaron y es el único que
ha seguido habitado después de la desamortización. Está declarado monumento
nacional.
Entramos en la iglesia
por una pequeña puerta en el lateral ya que la fachada principal permanece
dentro de la clausura y por tanto oculta, pero es ya obra del XVIII, sin
conservar nada del románico. Encontramos un precioso interior de una sola
planta dividida por una reja en dos partes, la del público y la del uso de las
monjas. El artesonado de madera es digno de admirar aunque lo más interesante
son los dos enterramientos de dos
nobles de la estirpe del conde de Lemos, de estilo gótico, del siglo XV.
También podemos ver una talla de la Virgen con el Niño, en estilo románico
bizantino, hecha recientemente imitando una antigua que fue encontrada
fortuitamente en 1975 por unos obreros que trabajaban en la consolidación de la
tribuna del templo. Estaba dividida en piezas y muy deteriorada por la humedad
y el tiempo, pero es de gran valor y fue restaurada. Por la factura de la talla
de la Virgen y por algún otro detalle ornamental se puede conjeturar que la
iglesia se construye sobre una primitiva visigoda.
Entramos después en el monasterio donde solamente nos
permiten ver a través de un cristal el bonito claustro del siglo XV y XVI. En la sala de la entrada, donde una de
las monjas hace propaganda de las pastas y dulces que ellas elaboran y venden,
hay una serie de carteles explicativos del edificio y de la orden que nos
enteran de algunos interesantes detalles.
El monasterio corresponde al ideal de San Benito: “el monasterio, si es posible, debe establecerse
de tal manera que tenga todas las cosas necesarias, esto es, agua, molino,
horno, huerta y los diversos oficios se ejerzan dentro del recinto del
monasterio, para que los monjes no tengan necesidad de andar por fuera, pues en
modo alguno conviene a sus almas”.
Según leemos en otro de ellos, en 1275 la condesa doña
Fronilde Fernandez viuda del conde de Monterroso, funda el Monasterio
ingresando en él no como Abadesa sino como una hermana más de la comunidad. Siguiendo
sus pasos tomaron votos numerosas señoras de la nobleza que renunciaron a todo
por amor de Cristo. Tras su muerte doña Fronilde fue inhumada en el claustro,
en un sarcófago de factura sencilla abierto en el muro del ala norte –que no
podemos ver- y sin inscripción alguna, lo que mantuvo su ubicación desconocida
durante años.
Vivió Fronilde en el
monasterio de Ferreira hasta 1195 en que llena de días y rebosante en méritos,
murió santamente y fue a recibir al
señor el premio merecido por sus obras
Cargados con nuestras respectivas cajas de mantecadas,
salimos del monasterio para seguir el
recorrido propuesto en el día de hoy.
Llegamos a la cercana iglesia de San Miguel de Eiré, también perteneciente al concello de Pantón.
Es una iglesia esbelta, elegante, que recuerdas un poco a las
del prerrománico asturiano. Está situada también en un magnífico entorno, de
valles y montes que se pierden en el horizonte. En su origen, en el siglo
XII fue un monasterio benedictino pero en la
actualidad sólo se conserva la iglesia que pasó a ser parroquia y que es una
joya singular del románico rural gallego de ese tiempo. En 1967 se la declara
monumento histórico.
XII fue un monasterio benedictino pero en la
actualidad sólo se conserva la iglesia que pasó a ser parroquia y que es una
joya singular del románico rural gallego de ese tiempo. En 1967 se la declara
monumento histórico.
Consta de una sola nave y un ábside semicircular. Tiene una
ancha torre rectangular, maciza, colocada
en un eje contrario al de la nave principal con ventanas en sus cuatro lados, en
dos de ellas ajimezadas, que le dan un aspecto muy original en la forma.
La puerta que da al norte y que encontramos abierta,
es muy interesante por la perfección con que está hecha. Destacan en la
archivolta de en medio doce rosetas del mismo tipo pero todas ellas diferentes
y un cordero –Agnus Dei- con la cruz en la clave del arco.
El interior del templo es igualmente interesante, tanto por
los elementos arquitectónicos de pilastras, columnas adosadas, como por las
imágenes representadas en los capiteles y, lo más llamativo que ofrece son las
pinturas murales en el ábside que se datan en una época tardía, en el siglo XV
o XVI
Podemos disfrutar de la iglesia en su totalidad, exterior e
interior, por la circunstancia afortunada de encontrarla abierta. También el
entorno rural en el que está enclavada es un ambiente agradable y acogedor.
Nuestra ruta nos lleva hasta la siguiente iglesia, en el
concello de Saviñao, y tenemos la ocasión de verla a distancia, desde arriba,
en un mirador descubierto al final de un camino que se introduce por un bosque.
Desde allí se contempla un espectacular y bello panorama, con el río Miño que
discurre manso y azul formando un meandro y la iglesia en la ladera.
Descendemos con el
coche hasta las cercanías de la iglesia de San
Martiño da Cova, que lamentablemente sólo podemos ver en su exterior ya que
la encontramos cerrada. Según dice el cartel, la iglesia perteneció a un
monasterio de monjes regulares de San
Agustín.
También ésta es románica, de
final del siglo XII, con elementos decorativos sencillos dentro de su estilo.
La fachada es sencilla, con la puerta principal en la que hay un arco de medio
punto con dos archivoltas. El ábside está dividido en tres partes por dos semi columnas.
La airosa espadaña con dos campanas colocada sobre la fachada.
Su posición es privilegiada, en
la cuesta que baja al río, rodeada de viñedos y arbolado, frente al Cabo do
Mundo.
Perteneciente al mismo concello de Saviñao es la siguiente
pequeña iglesia que conocemos, San Paio
de Diomondi, declarada monumento nacional desde 1931.
Es de estilo románico compostelano y de dimensiones
superiores a las de otras iglesias románicas de la zona; está ubicada en un
paraje rodeado de castaños centenarios, con un pequeño caserío semi abandonado
a sus espaldas, solitario en esta mañana brillante. Tampoco podemos conocer su
interior. Fue construida en el siglo XII y tiene su origen, como otras, en un
antiguo monasterio benedictino. La
fachada es lo más destacable; tiene tres
puertas pero las dos laterales están ciegas. La central tiene un arco de medio
punto con cuatro archivoltas que descansan sobre fustes de mármol de una sola
pieza. Los capiteles están decorados con figuras de arqueros, cuadrúpedos y
aves. Es de planta rectangular.
La particularidad es que la iglesia conserva anexionada a su
lateral norte un edificio conocido como Palacio
de Diomondi, construido en los siglos XIII y XIV que es uno de los pocos
ejemplos de arquitectura civil que existen en Galicia y que ahora están
reconstruyendo y por tanto con andamios. Sus dependencias se utilizaron como
monasterio y desde Odoario (obispo de Lugo, venerado como Santo en algún tiempo,
que restauró el culto después de la invasión árabe, probablemente traído por Alfonso I hacia el año 750. Debió de fallecer hacia 780)
sirvieron de residencia de verano de los obispos de Lugo. Odoario pasó aquí los
últimos años de su vida y algunos historiadores dicen que murió en este
monasterio y que posteriormente fue trasladado a Lugo para su enterramiento.
Abandonamos las pequeñas carreteras por las que hemos
transitado hasta entonces y salimos a una de las principales y transitadas que
conducen a Chantada. Poco antes de llegar nos desviamos para alcanzar la
iglesia de Santo Estevo de Rivas do Miño,
que sobresale en medio de un bosque, la obra sobresaliente del románico
gallego. Es también del siglo XII y está construida en mármol del país, en
estilo románico compostelano como la de san Paio y es una magnífica muestra del
mismo.
Del antiguo monasterio de monjas benedictinas que existió en tiempos,
sobrevive solamente la iglesia que fue declarada monumento nacional desde 1950.
Nos acercamos a ella
por un camino bordeado de enhiestos cipreses muy bien cuidados y penetramos en
el recinto que está a un nivel más bajo que el terreno por donde discurre la
carretera.
Admiramos la fachada principal que mira al río, con
una bonita portada de cuatro archivoltas de medio punto bellamente decoradas.
En la menor aparecen siete figuritas, cinco representan a músicos, otra es un
personaje que sostiene un disco solar y otro se muestra con un aparato de
medición. Por la ejecución de estas figuras se ha vinculado al escultor con el
famoso maestro Mateo de Santiago de Compostela, tal vez un discípulo.
Por encima de la puerta y dividiendo la fachada en horizontal
hay un adorno con dieciséis pequeños arcos lombardos adornados y en la parte
más alta se ve un magnífico rosetón que está considerado como uno de los
mejores de Galicia. Es una verdadera pena no poder visitarlo por dentro, para
lo cual tendríamos que haber localizado a Carmen, en el pueblo cercano, la
señora que tiene la llave.
El ábside es de planta semicircular con cuatro
columnas adosadas y tres ventanitas y la lo largo de toda la cornisa hay una
línea de arcos lombardos con sus adornos correspondientes, entre los que vemos
cabezas humanas y animales.
El campanario está separado de la iglesia, sobre un muro
pétreo y todo el conjunto está rodeado de exuberante vegetación.
Retrocedemos hasta salir a la carretera principal y
atravesando el pantano llegamos a la cercana población de Chantada donde por
sus vacías y bonitas calles de la parte antigua buscamos un restaurante para
comer, el Lucus de nombre, y nos damos cuenta que toda la población estaba
dentro del local esperando mesa.
Nuestro siguiente destino es Allariz donde tenemos un encuentro con el séptimo integrante del
grupo que viene desde Madrid para pasar el fin de semana gallego. El camino nos
hace atravesar la ciudad de Orense y por la antigua carretera llegamos al
bonito pueblo que tiene el atractivo añadido de ser lugar de compras. Las
calles de la parte antigua, estrechas y formadas por bonitas y viejas casas de
granito, con escudos señoriales en sus fachadas, de fisonomía claramente
gallega, han adquirido una nueva vida al convertirse sus bajos en tiendas de
marcas famosas que ofrecen la mercancía en outlet, ofertas siempre atractivas
para el visitante.
Eso no impide que entremos a visitar la iglesia románica
situada en la plaza del casco antiguo y que compaginemos arte y compras
mientras los varones nos aguardan en una terraza tomando un refresco.
Quinto día
La ciudad de Lugo.
Llegamos a ella circulando durante un tramo equivocadamente por carreteras
secundarias que, como contrapartida, permiten disfrutar mejor del paisaje y de
los pueblos y parroquias de la zona. Lugo es una pequeña ciudad, en el centro
histórico, claramente delimitado por una muralla construida en tiempo de los
romanos, en el siglo III, un lujo al alcance de muy pocas ciudades y un
testimonio de la historia a la vez que del arte. Su nombre procede de la
palabra latina lucus que significa
bosque sagrado. El nombre completo era Lucus
Augusti, lugar sagrado del emperador Augusto y fue fundada en el año 13 a
de C por Paulo Fabio Máximo en nombre del emperador.
Una vez dentro de ese histórico recinto paseamos por
la zona peatonal y entramos por la rua de San Marcos que recibe su nombre del
imponente edificio que fue hospital de San Marcos en sus orígenes y después
pasó a servicios municipales y finalmente a Diputación Provincial. La fachada
se renovó en 1885.
Las casas de la calle frente a tan histórico edificio
son típicamente gallegas, con miradores blancos y una armonía y luminosidad que
hace agradable su contemplación.
Seguimos por las calles hasta darnos de frente con una
esbelta columna coronada por un águila que recuerda los orígenes romanos de la
ciudad.
Entramos en la iglesia
de santo Domingo, llamada así porque los dominicos se establecieron aquí en
el s. XIII. La iglesia se empieza a construir a principios del siglo XIV, en
estilo gótico mendicante, con grandes arcos ojivales en su interior. Los
ábsides son góticos y el resto terminado en el barroco del s. XVII. Actualmente en el convento viven las
monjas Agustinas recoletas.
Muy cerca se encuentra el Museo Provincial, antiguo convento de San Francisco, fundado en el
siglo XIII, y entramos en él haciendo una interesante visita por sus salas que
conservan objetos artísticos de todos los tiempos, desde los torques celtas,
las muestras de los romanos, el arte sacro del medievo, y representaciones
modernas, incluyendo salas de etnografía y cerámica popular. Una buena muestra
del rico patrimonio cultural. El bonito claustro
de estilo románico es el mejor marco para la exposición de tantas piezas del
arte de la provincia.
Seguimos caminando por las calles del casco antiguo,
las conocidas como “zona húmeda” que se encuentran en tantas ciudades y a las
horas del aperitivo se encuentran llenas de gente que consume en las mesas de
las terrazas del exterior. Pasamos por la plaza
del Campo con la fuente barroca de
San Vicente Ferrer en el medio, presidida por una imagen del santo en actitud
de predicar, una plaza con soportales que conserva algunas columnas romanas
entre sus muros.
El siguiente alto en el camino es la catedral de Sta María. El legendario obispo Odoario restauró el
edificio anterior a la catedral y puso las bases para la actual, logrando un templo
de gran belleza, según dicen las crónicas. A éste le sucedió en el siglo XII uno
románico que es el estilo predominante en la catedral. Fue diseñada por el
maestro Raimundo de Monforte y se dedicó a Santa María y la patrona es la
Virgen de los Ojos Grandes cuya estatua se expone en una capilla del ábside
detrás del altar mayor. El imponente retablo mayor fue dañado por el terremoto
de Lisboa y como consecuencia de ello se decidió dividirlo en fragmentos dos de
los cuales, los más grandes, se encuentran actualmente en ambos extremos de la
nave del crucero.

Tenemos ocasión de visitarla con tiempo primeramente
por el exterior, en el que destaca la Puerta Norte, cobijada por un pórtico del
siglo XVI, románica, decorada con un soberbio Cristo pantócrator metido en la
almendra mística. En su interior contiene riquezas en todas las artes, técnicas
y estilos de los diversos que se pueden apreciar, románico, gótico, renacimiento,
barroco y neoclásico. Tiene
una estructura en planta de cruz latina con tres naves, crucero y girola con
cinco capillas absidales. Entre otras muchas cosas reseñables resalta el
magnífico coro en madera labrada, de
principios del siglo XVII
La experiencia gastronómica del día es digna de recordar ya
que comemos en el restaurante Campos, en la Rua Nova, que están celebrando unas
jornadas de la comida asturiana. Grato recuerdo.
La tarde todavía nos da para acercarnos a la fachada
principal de la catedral, de estilo neoclásico, de finales del siglo XVIII, que
resalta por la luz del sol en el poniente.
Desde la plaza de Santa María se puede acceder a la parte
alta de la muralla a través de la
puerta de Santiago y damos un paseo por
el adarve de la muralla romana durante un buen trecho, lo que es uno de los
atractivos de la ciudad que le confiere mayor personalidad.
Desde allí se pueden ver diversas perspectivas de la
ciudad pero sobre todo la más difundida, en la que las torres de la catedral
son el telón de fondo del bonito paisaje. Se distinguen además de las dos
torres neoclásicas, la Torre Vieja, gótica, rematada por un cuerpo de campanas
renacentista. Los tejados y miradores de las antiguas casas del casco viejo se
convierten aquí en atractivo panorama.
A la vuelta del paseo por la muralla pasamos por la plaza Mayor, precioso recinto peatonal,
con el Ayuntamiento cerrando uno de sus lados y numerosos cafés que abren sus
terrazas al aire libre en este clima cálido de la primavera gallega.
Antes de volver a la Rectoral para el merecido
descanso, entramos en la ciudad de Monforte
de Lemos y nos dirigimos directamente a la parte alta de la ciudad donde se
encuentra el conjunto monumental de San
Vicente del Pino, formado
por la Torre de Homenaje, el
Monasterio de San Vicente do Pino con su monumental iglesia en la que a estas
horas de la tarde de un sábado no puede faltar la correspondiente boda, lo que
nos permite visitar la iglesia en su interior, y el Palacio de los Condes de Lemos, donde se sitúa el Parador
Nacional de Turismo. El origen del monasterio data del
siglo IX, aunque el edificio actual fue construido en el XVII, en estilo
neoclásico. El edificio cuenta con un claustro
central neoclásico de cantería excepcionalmente labrada, lugar idóneo para la
celebración de eventos, o simplemente para pasear entre el silencio y la
belleza de las piedras o tomar un refresco sentados tranquilamente en los
sillones de la cafetería.
Con este buen recuerdo se termina un viaje estupendo por
tierras gallegas.
Comida en casa campos
Parada en monforte de lemos. Parador e iglesia
No hay comentarios:
Publicar un comentario