VIAJE A GRECIA.
7-21 DE OCTUBRE DE 2006
Salimos de Madrid el día 7 de Octubre hacia la una y media en un avión de la Olimpia. El vuelo fue bueno y en unas tres horas y media ya aterrizábamos en el aeropuerto Venizelos de Atenas. Mientras esperábamos la salida de las maletas nos encontramos con Carmen y Antonio que acababan de recoger las suyas. Alegría e ilusión se mezclaron en este principio del viaje en común.
Juntos nos dirigimos a la búsqueda de un taxi y al darle la dirección que nosotros teníamos apuntada, y que Carmen había localizado en un mapa de la ciudad, el taxista no dejaba de hacer exclamaciones como si le hubiéramos dado una del planeta Marte. Se paró en un área de descanso e hizo una llamada de teléfono. Para entonces nosotros ya le habíamos señalado en el plano la zona e incluso la calle pero no se fiaba hasta que el “gran hermano” del otro lado de la línea le confirmó los datos. Esta misma situación también se nos dio con otros conductores en algunos de los taxis que cogimos los días siguientes. Sólo en una ocasión, de los muchos que tuvimos ocasión de coger, el taxista tenía en el vehículo el GPS que ya es instrumento habitual en los taxis de Madrid.
Nos dejó finalmente en una corta y no muy ancha calle empinada, delante de la casa más vieja de la misma, a la que se accedía por una estrecha escalera adosada a la fachada, a la que daba una ventana de donde siempre salían vapores malolientes, como si en ella viviera una persona de edad que no ventila su vivienda. Esa vivienda no pertenecía a la casa de la francesa, que estaba en el plano alto. La decepción fue grande. Nos encontramos una casa pequeña, abigarrada de cuadros pintados por su marido, grandes telas no feas, por cierto, apiladas en todas las paredes, libros en estanterías hasta en el cuarto de baño, dos dormitorios, uno de los cuales exiguo era continuación del otro más grande que generosamente nos dejaron los amigos y había que pasar por él para ir al cuarto de baño. El otro dormitorio anunciado estaba en un piso alto a donde no llegamos ni a subir. El cuarto de baño era de dimensiones pequeñas y a penas se podía uno mover en el espacio que quedaba entre la vieja bañera y el anticuado lavabo, con una modernizada taza de water, pues le había puesto una tapa decorada con llamativas mariposas, de la que había que tirar de una cuerda mugrienta y que no siempre obedecía. La cocina era pequeña y daba paso pequeño patio que precedía al jardín. En él tenía instalada una mesita y una lámpara sobre ella, que en las fotos de internet resultaba atractivo pero que el encanto cibernético se perdía cuando lo veías en la realidad no virtual y sobretodo si te ves obligado a usarlo.
Se podría escribir mucho sobre este fraude y robo a la vez que supuso el alojamiento chez Mme Roux pero hay otras muchas cosas de signo positivo que requieren más mi interés. Sólo queda no recomendar a nadie un sitio tan incómodo y olvidarse pronto de la contrariedad y decepción que sentimos. A Carmen y a mí no nos consolaba ni el pragmático punto de vista de Rafael, de que, puestos en viaje, había que aceptar con naturalidad estas situaciones inesperadas.
La señora, vestida con una larga túnica escotada y fumando sin parar, nos ofreció una copa de vino en la mesa del patio mientras le preguntábamos por alguna información con el plano de Atenas en la mano. Nos hizo creer que estaba todo a tiro de piedra y que en un momento llegábamos andando al centro.
Pronto nos llamó por teléfono Olimpia, la asesora, en funciones de consejera, en la embajada, persona encantadora con la que hemos convivido en este viaje y conocido más, así como a su marido Tom, el americano feliz que por su matrimonio descubre y disfruta los países del Mediterráneo. Quedamos con ellos en la zona del Thission, estación de metro que recibe su nombre del templo dedicado al héroe Teseo, que está en la vecindad. Para lo único que nos fue útil la Sra francesa fue para pedir los taxis por teléfono, servicio por el que éstos cobran un plus, tanto como el importe de la carrera, pero que sigue compensando.
Al final del recorrido, que nos pareció largo y por calles estrechas y muy llenas de tráfico y gentes, nos esperaba la pareja y con ellos fuimos al restaurante que está justo debajo de su casa, donde asan a la leña unas sabrosísimas chuletas de cordero bien aderezadas. Elegimos una mesa en la calle pero el día estaba amenazador por las muchas nubes que cubrían el cielo, como ya pudimos apreciar cuando aterrizamos, y en efecto, poco antes de empezar a comer, tuvimos que meter al interior del local precipitadamente la mesa y los servicios porque la lluvia impedía seguir en el exterior. Dentro, un poco apretados, ya empezamos a degustar la comida típica griega, el txartxiki, la ensalada griega, otros entrantes diversos y las sabrosas chuletas acompañado todo del vino retsinato que se toma en este país.
Subimos luego a su casa, una espaciosa y agradable vivienda, en el primer piso, que da a la calle peatonal, frente a una iglesia bonita a la vista pero molesta, en palabras de Tom, por el toque de campanas que empieza los domingos a las siete y diez de la mañana.
Luego fuimos a buscar otro taxi para volver, operación no siempre fácil que casi se convierte en hazaña, sobre todo si vamos cuatro y le llenamos el coche, en vez de coger a varios pasajeros en la misma carrera, como es costumbre para ganar más. El precio de la carrera de un taxi que coges en la calle es muy barato, entre los dos y cuatro euros aunque el recorrido parezca largo.
La noche en esta pensión extraña se agrava con la presencia de un mosquito malvado que pica de manera agresiva.
DÍA 9 DE OCTUBRE, DOMINGO
El día parece bueno, a juzgar por el poco trozo de cielo que se puede ver desde el patio. Lo vemos de color azul y hay luminosidad reflejada en los edificios del entorno. El desayuno lo prepara la Sra en el patio, no hay otro sitio, de hecho. En una pequeñísima mesita al lado se instalan los otros inquilinos de la vivienda, que duermen en la parte alta y disponen de un cuarto de baño para ellos. Es una pareja compuesta por un joven flamenco, de Amberes, que viste de una extraña manera, un traje de chaqueta de color verde chillón a cuadritos, y una chica americana de raza negra a los que parece les une su dedicación a los juegos por ordenador y que han acudido a un encuentro de creadores de juegos y han ligado.
Nosotros nos sentamos en la mesa redonda pintada de azul marino que cae debajo de la lámpara cubierta por una funda de color naranja fuerte y que siempre tiene encendida la luz.
El exprime limones es un aparato de plástico con un gran pincho que casi orada la mano de Antonio cuando intenta, amablemente, hacernos el zumo de naranja. El pan se corta apoyándose en el poyete que separa el patio del jardín, entre los gatos que merodean por él y se meten entre las piernas, las plantas y los adornos de terracota. Lo demás son productos comprados en un Lidell, como los que tenemos en España, nada especial. La vajilla son piezas de buen gusto, aunque cada una de un estilo.
En este primer día de turistas pedimos un taxi que nos deja a la entrada del Parque Arqueológico que constituye el magnífico recinto de la Acrópolis, el Ágora y la colina de la Pnyx, en las faldas de la conocida como la de Philopapou. Produce emoción estar en estos lugares tan llenos de historia. Iniciamos la ascensión y sacamos las entradas que nos dan derecho a visitar los dos primeros. Nos encaminamos al Agora cuando nos topamos con el roquedal de piedra caliza que forma la colina del Areópago, nombre que le viene por su primitiva dedicación al dios Ares. Adosada en la piedra hay una gran placa de bronce en la que están impresas las palabras que San Pablo dirigió desde este mismo lugar a los habitantes de Atenas. Subimos a lo alto del montículo desde donde se divisa una vista excepcional del Ágora, del Philopapou y de casi toda la ciudad. Allí estamos un buen rato, sentados en un hueco de la roca, contemplando el paisaje y recordando las atribuciones judiciales que este prestigioso tribunal, que aquí se reunía para juzgar delitos de orden religioso, tenía en la Atenas clásica y sobre todo el mito de la absolución de Orestes, tras matar a su madre Clitemestra, por el voto favorable de la diosa Atenea, que desempató a su favor.
Entramos luego en el recinto del Ágora y lo hacemos por el lado donde está la pequeña iglesia bizantina de los Santos Apóstoles, un estilo y época que contrasta con el resto de los monumentos conservados en él.
Diversos carteles informan de la identidad de los restos que nos vamos encontrando, ya sea la base de uno de los muros construidos como defensa contra los hérulos o los cimientos de los diversos templos y edificios civiles que en ella se encontraban.
El monumento más sobresaliente es la gran Estoa de Atalo, en el lado oriental, reconstruida por la Escuela Americana de Estudios Clásicos en los años cincuenta y que hoy alberga un Museo. Se llama así porque fue mandada hacer por el rey de Pérgamo Atalo II para la ciudad de Atenas hacia el 150 a C. Las Estoas, de las que había varias en el Ágora, eran pórticos con columnata que servían como áreas comerciales para la clase alta.
En el Museo que se ha instalado dentro de este edificio se conservan piezas halladas en el Ágora. Es pequeño y resulta muy interesante. Hay, por ejemplo, una colección de ostraka con nombres de ciudadanos tan ilustres como Arístides, Cimón, Temístocles y otros condenados al destierro por la voluntad democrática de los ciudadanos constituidos en asamblea.
Se distingue bien en el suelo del Ágora la odos Panatenaicos, la vía por donde discurría en dirección a la Acrópolis la procesión de las Panateneas en las solemnes fiestas en honor de la diosa. Se señalan también los restos de otras Stoas, de lo que fue el Boulouterion y la Tholos circular, del s. V a C donde se reunían los cincuenta miembros del Consejo para comer o para reuniones puntuales.
Lo más sobresaliente del Agora es el Hefesteion o Theseion, el templo mejor conservado de la antigüedad porque pronto fue convertido en iglesia cristiana. Se levanta sobre un montículo, desde donde se divisa otra bella vista del ágora, y se puede rodear a pie para contemplarlo con detenimiento en todos sus lados. Aún se distinguen las esculturas de las metopas y las del friso interior de la entrada, que describen los trabajos de Heracles y los de Teseo, el héroe local de Atenas del que recibe su segundo nombre, aunque el templo estaba dedicado al dios Hefesto, patrono de la fragua y la artesanía, y a la diosa Atenea, igualmente protectora del trabajo artesanal bien hecho. En el interior de la cella estaban las estatuas de los dos dioses.
Nuevamente en la parte baja del Agora vemos los restos del templo a Zeus Agoraios, protector del Ágora, del que sólo se conserva la base. Un poco más en el centro se encuentran los restos del Odeón de Agripa, que lo fundó sobre un teatro anterior, añadiendo una columnata con tritones y gigantes de mármol de los que aún se pueden distinguir algunos. Luego pasó a formar parte del Palacio de los Gigantes, un complejo del s.V d C que perteneció a la ateniense Eudoxia, emperatriz consorte de Teodosio II.
En el suelo encontramos un magnífico capitel corintio, resto aislado de construcciones anteriores, que nos evoca la magnificencia que debieron de tener estos edificios.
Salimos de este recinto vallado para dirigirnos al Agora Romana y pasamos por un barrio de casas antiguas y pequeñas, muy agradable, hasta el cercano conjunto formado por otros interesantes restos de época romana. Pagamos la entrada para visitarla y lo primero que vemos es la antigua mezquita y Madrasa árabe, la universidad. El monumento más entero y muy bonito es el conocido como Torre de los Vientos del siglo II a C. En su interior contenía un reloj hidráulico, del que ahora no se conserva nada y además tenía relojes de sol en cada fachada y una veleta en lo alto con la forma de un Tritón. Los distintos vientos están representados en bellos relieves en la parte alta del octógono que forma la torre y aún se pueden distinguir las letras que los señalan, Boreas, Céfiro, Noto, Euro y otros cuatro.
Una vez fuera cruzamos la calle para ver desde la verja que lo aísla el enorme espacio que constituía la Biblioteca de Adriano, del que se dice fue el más lujoso de los edificios de Atenas. Se conserva una fachada, al oeste, con columnas de mármol. Además de biblioteca era éste un centro cultural.
A su lado un edificio de cuatro ábsides que fue una mezquita, una iglesia del s V d C y hoy es un museo del Greek Fol Art
El descanso ya lo tenemos merecido y nos introducimos por las abigarradas y pobladas calles del barrio Monastiraki, llenas de tiendas de recuerdos y de pequeños restaurantes que atraen a los turistas con una gestual propaganda por parte de los camareros. En una plaza pequeña, rectangular, ocupada en la totalidad de su parte central por las mesas de los distintos restaurantes, tomamos por fin asiento y reponemos fuerzas.
Después paseamos por el barrio, en el que se encuentran gran parte de las pequeñas iglesias bizantinas de los primeros tiempos. Una de las más bonitas es la iglesia de Karpnikarea, dedicada a la Virgen y situada en el medio de la Calle Ermou, en un espacio cuadrado previsto para su conservación, -ya que en un primer momento pensaron destruirla- y a un nivel más bajo que el resto de la calle. En el tímpano un bello mosaico de una virgen. Está cerrada y no podemos entrar al interior.
La tarde es muy calurosa y el sol luce como si de un día de verano se tratara. Seguimos andando por el barrio, buscando las calles peatonales que están, hoy domingo más que otros días, saturadas de gente, que pasea, compra o está sentada en las pequeñas mesas al aire libre de los restaurantes que llenan las aceras de las calles tan turísticas. En Atenas se sirven comidas a todas horas del día y puedes ver gente que come un plato fuerte al lado del que degusta un café.
En la calle Adrianou encontramos un remanso de paz, el patio delantero, enmarcado por árboles y setos, de una pequeña iglesia, la de San Filipo. Entramos a admirarla porque estas iglesias ortodoxas están decoradas en toda la superficie sin dejar un centímetro, con pinturas, cuadros e iconos por todos los lados.
Llegamos al final de la calle Ermou, donde vuelve a ser peatonal y ancha, hasta la verja que limite el parque arqueológico constituido por el Cerámico, que podemos contemplar con comodidad desde lo alto aunque ya es hora tardía para entrar a su museo. Un gran panel explicativo nos cuenta que aquí estuvo el cementerio más importante de la ciudad a lo largo de siglos. El barrio fue habitado por el gremio de los ceramistas, de los que toma su nombre. También en esta zona estaban situadas las dos puertas principales de la ciudad, la del Dipylon y la puerta Sagrada, por la que se que salía para Eleusis. Aquí se encontraba la Academia de Platón y asimismo de este lugar partía la Vía de las Panateneas que luego atravesaba el ágora hasta la Acrópolis.
La calle Ermou comunica esta parte de la ciudad con la plaza de Sintagma. La calle tiene una parte central por donde discurre el tráfico que es un tramo caótico y bullicioso. Un poco antes de Carpnicarea vuelve a convertirse en peatonal y va ganando en elegancia, con edificios neoclásicos con sus acroterios de arcilla, todos los cuales están hoy protegidos y no se pueden derribar como sucedió en tiempos pasados, con tiendas de más nivel y algún monumento en el centro. Desde esta parte se distingue muy bien, al final de la calle, el grandioso edificio que hoy alberga el Parlamento y que hoy destaca vivamente, iluminado por los brillantes rayos del sol al atardecer. La recorremos en toda su extensión para acudir a la cita con los amigos.
Tras el largo paseo llegamos al lugar donde nos hemos citado con Olimpia y Tom, frente a la puerta de Adriano, a la entrada al conocido barrio del Plaka. Nos introducimos por sus pequeñas y animadas calles, llenas de restaurantes y bares para ver, antes de que anochezca del todo, el monumento conocido como la Linterna de Lisícrates, erigido por éste en el 335 a C como una de las ofrendas que los coregas premiados en el concurso de los festivales dramáticos, ofrecían en la calle de los Trípodes. Los coregas eran los ciudadanos más ricos de Atenas que corrían con los gastos de uno de los coros que competían en los festivales de música y teatro. El premio por el triunfo de su coro era un trípode de bronce que el corega podía exhibir en un monumento mandado hacer con tal fin. En su cima se colocó el trípode de bronce que ganó Lisícrates, sobre el capitel corintio que todavía observamos en lo alto.
Entramos en una graciosa taberna, decorada profusamente con todo tipo de objetos y subimos al primer piso, en una mesa frente a un balcón abierto desde donde se divisa claramente la colina del Licabeto. El menú es variado y hay que elegir entre numerosos platos de cocina tradicional por un precio fijo de doce euros cada uno.
La vuelta la hacemos de nuevo por el barrio del Plaka pero la anécdota es una vez más la dificultad para encontrar un taxi. Finalmente un conductor joven accede a llevarnos pero no tiene ninguna idea de dónde está la calle que le indicamos. Mientras intenta averiguarlo ha aparcado mal y estorba al camión de la basura que quiere estacionarse en el mismo sitio. Esto da lugar a que un señor de cierta edad le increpe desde la acera e incluso que, cuando ya hemos entrado y Rafael se ha sentado al lado del conductor, el señor se acerca a la ventanilla del lado de Rafa para seguir riñendo a gritos al conductor y afeándole lo que él considera una falta. Por un momento he creído que le iba a llegar una bofetada perdida a la cara de Rafael. Aunque estamos cerca, el taxista da una enorme vuelta hasta que finalmente nos vemos ya en la calle Arquímedes en nuestro poco acogedor albergue.
Día 9 de octubre, lunes
Hoy queremos conocer el barrio al que hasta ahora hemos llegado y salido en taxi y vamos andando desde la casa, bajando, hasta el estadio Panatenaico, enorme elipse, construida en mármol blanco, abierta por un lado, que se encuentra en el mismo lugar en que estaba situado el primitivo estadio de la época clásica, donde se celebraban las competiciones deportivas durante las fiestas Panatenaicas. En su estado actual se construyó en 1869 con ocasión de los primeros Juegos Olímpicos de 1896. En frente están los Jardines Nacionales, una buena masa arbórea.
Seguimos después por la orilla de éstos, por la calle Irodou Atikou y pasamos delante del Palacio Residencia del Presidente del gobierno, donde tenemos la ocasión de ver a los pintorescos soldados que están de guardia permanente hacer el cambio de la misma. Caminan a grandes zancadas, mueven el brazo y el pie, hacen giros inesperados y todo resulta como unos pasos de un baile ceremonial en el que lucen su colorido y gracioso uniforme.
Llegamos al museo Goulandris, en la calle Vassilissis Sofias, el que contiene la maravillosa colección de arte cicládico. En la segunda planta hay una serie de vasijas de cerámica antigua y en la primera la exposición de las preciosas esculturas cicládicas, de todos los tamaños, desde los pequeños ídolos hasta la gran pieza destacada en medio de la sala, de una altura casi humana, perfectamente expuestas en buenas condiciones de visibilidad e iluminación.
A la salida del museo emprendemos la aventura de coger un taxi, tarea difícil que debe ser el precio que hay que pagar por lo barato que resulta la carrera. Le damos la dirección del Museo Arqueológico, que está a bastante distancia. Nos lleva por la odos Solonos. Me llama la atención y me gusta que muchas de las calles de Atenas y en general de todas las ciudades de Grecia llevan el nombre de personajes de su pasado histórico, políticos, poetas, héroes literarios de la época clásica que tan bien conozco. A algunos no les hace favor la calle que les han dedicado pero no están aquí para juzgarlo.
El edificio del museo, restaurado desde hace poco tiempo, de elegante estilo neoclásico, está pintado en una combinación de colores, rojo-teja y marfil, que lo hacen elegante y bello. Casualmente hoy abren a la una que es la hora a la que llegamos y ya hay gente esperando.
Es un espléndido museo, lleno de piezas de primera categoría y conocidas desde siempre a través de reproducciones en manuales y libros de arte. Entre ellas los ricos objetos de oro que constituyen el tesoro que Schliemann descubrió en Micenas, la gran escultura en bronce que representa al dios Posidón, sacado de las aguas del mar Egeo. Esculturas en mármol, grandes y pequeñas, muchas y bellísimas estelas funerarias con emotivas escenas de despedida y otras muchas obras de arte. Al cabo de dos horas, a la mitad del recorrido y acuciados ya por el cansancio y el hambre, constatamos que no hay en el interior cafetería pero nos dejan salir a la plaza, a un restaurante cercano donde tomamos unos sandwichs y volvemos a entrar a continuar nuestra visita.
En la segunda planta están las pinturas de época minoica y micénica y sobre todo la mejor colección de cerámica que se pueda imaginar. Cuando llevamos ya un corto trecho de visita en esta planta se nos acerca un vigilante y en perfecto español, que nos aclara lo sabe por ser su madre española, nos invita a ver la pequeña figura micénica que sirvió de modelo para hacer la mascota de los juegos olímpicos pasados. Sigue un rato dándonos explicaciones acerca de otras interesantes piezas a su parecer. Se ve que tenía ganas de hablar con alguien que mostrara interés y mejor si además puede practicar su español. A este piso sólo debe de subir una cuarta parte de los visitantes. Seguimos viendo bellos ejemplares, alguno de los cuales me son muy conocidos y por ello produce más emoción verlos al natural, reconociendo escenas de mitos o de ritos.
Antes de salir pasamos por la tienda del museo en la planta sótano, al lado de un patio donde se siguen exponiendo piezas valiosas.
Volvemos pronto a la pensión y encontramos al marido, al pintor, que hoy está en casa y por cierto trabajando en la habitación que ocupamos nosotros, y se nos presenta muy sonriente. Hacemos “pandilla” con el flamenco y la negra, el marido y la mujer, que no dejan de fumar un pitillo detrás de otro, mientras esperamos que vengan Manu y Pegui, el hijo de Carmen y su novia. Nos ponen buena música ambiental y nos regala un CD para pasar las fotografías ya hechas. Es lo único que sacamos de provecho. Por la noche la casa parece un campamento, durmiendo por los suelos en la habitación de estar donde mañana desayunaremos.
Día 10, martes.
Ha llovido toda la noche pero por la mañana está despejado y claro aunque con nubes. Como está todo mojado no se puede desayunar en el mini patio y la señora prepara el bufet en una mesa de estudio pegada a la ventana y las tazas las coloca encima de la mesa baja, un mármol asimétrico colocado a muy poca distancia del suelo y allí, medio echados en éste para poder llegar y levantándonos a por las cosas, tomamos el desayuno. En fin, pintoresco. Esta vez pedimos dos taxis que nos llevan a la zona peatonal frente a la entrada a la Acrópolis.
Lo primero que vemos es el Odeón de Herodes Atico, en el extremo suroeste, desde fuera porque no se puede entrar, con una alta fachada de 28 metros de alto. Tenía cabida para unos cinco mil espectadores.
Nos desviamos subiendo las escaleras para entrar por los Propíleos en el recinto de la Acrópolis junto con otros cientos de persona que, cual unas modernas panatenaicas, nos disponemos a visitar los lugares sagrados. A la izquierda, en el lado norte, un enorme pedestal de mármol de casi 9 m. de altura que conmemoraba una victoria ecuestre y sostendría un carro tirado por caballos. Los propileos tienen un espacio central con un pórtico que tiene seis columnas dóricas en cada extremo. A los lados de la rampa de entrada columnas jónicas, combinando así los dos estilos.
Es una pena que ahora no podamos contemplar el precioso y pequeño templo de Atenea Nike, que lo han arrancado para su restauración. Entramos ya en la Acrópolis que preside el maravilloso templo del Partenón pero antes, en la cara norte, admiramos el Erecteion, que lleva el nombre del mítico rey de Atenas, Erecteo, mitad hombre mitad serpiente e hijo adoptivo de la diosa Atenea. En él está el conocido y bellísimo pórtico de las Cariátides, de tanta influencia en la arquitectura de todos los tiempos. Es un templo de finales del siglo V a C. Las columnas son jónicas. En su recinto estuvo el olivo que había hecho surgir la diosa Atenea cuando luchaba con Posidón por el patronazgo de la ciudad. En el lugar hay ahora otro árbol reciente que plantó la última reina Federica que conmemora la tradición.
El templo del Partenón o la casa de la Doncella, referido a la diosa Atenea, es uno de los monumentos más impresionantes del mundo antiguo. En su interior estaba la estatua crisoelefantina de Atenea, obra de Fidias. Rodeamos el edificio admirando su línea y lamentando la destrucción y el despojo por parte de lord Elgin de las estatuas de sus frontones, de los relieves de las metopas, así como las del maravilloso friso del interior del templo que representaba la procesión de las Panateneas y nos contentamos con recrearlo en la imaginación mientras se siente una profunda emoción de estar en este lugar.
El mismo sentimiento se tiene al asomarse por el lado sur y ver en la ladera de la Acrópolis, los restos del antiguo teatro de Dionisos, construido en el mismo lugar donde, en simple escenario, tuvieron lugar las representaciones de las primeras tragedias y comedias. A finales del siglo IV a C. el teatro fue reconstruido en piedra y colocadas en él esculturas de los tres dramaturgos, Esquilo, Sófocles y Eurípides que aún vio Pausanias. El escenario con su frente esculpido es de época romana. Independientemente de los datos fríos de su construcción del lugar emana una sensación de historia y cultura de la que queda uno impregnado, y me parece sentir las voces de los actores que recitaban las obras de Sófocles y Eurípides, aún sostenidas en el aire.
Finalmente visitamos el Museo de la Acrópolis, de gran belleza por las maravillosas obras que contiene, las famosas Korai que aún conservan rastros de su pintura, las esculturas de los frontones del primitivo Partenón, la estela de la Atenea pensativa, partes del friso de las Panateneas, la reconstrucción de los frontones, el Moscóforo, el jinete Rampin, el efebo de Critios y otras bellísimas piezas.
Abandonamos la Acrópolis y volvemos a encaminarnos en dirección al Agora romana, por las estrechas y pendientes calles con edificios singulares. Comemos frente a la verja que limita los restos del ágora romana. Hoy nos invita Antonio porque es su cumpleaños y lo celebramos. En la mesa de al lado un señor grueso se vuelve al oírnos hablar español y nos cuenta muy dicharachero que él es cubano, de los de Miami, y que va a viajar a Madrid. No nos mostramos muy entusiastas y pronto desiste de más conversación. El camarero también hace sus pinitos en español aunque son sólo frases lo que habla. Es partidario del club de Futbol del Barça.
Cuando terminamos nos volvemos a dirigir al Cerámico donde nos despedimos de los jóvenes. Nosotros caminamos por una calle bastante fea hasta la concurrida y bulliciosa plaza Omonia. Allí cogemos la céntrica Avenida Panepistimiu, que une la plaza Omonia con la Sintagma, y a la que dan los edificios más nobles y representativos de la ciudad, en una recreación de la arquitectura clásica.
Los edificios del centro de la calle son los tres templos del saber de Atenas, edificados como las antiguas construcciones clásicas. Primero, viniendo desde Omonia, está la Biblioteca nacional, con seis columnas de orden dórico y una elegante escalera. Le sigue luego la Universidad, con una fuente en el exterior y unos frescos coloristas en el interior de la galería de entrada. En estos tiempos están en huelga los profesores y hay un enorme griterío reivindicativo con altavoces incluidos que nos hacen desistir de acercarnos al edificio.
El que le sigue es la Academia o Escuela de las Artes que está flanqueado de dos altas columnas en cuya cima están los dioses protectores de las artes y el saber, Atenea y Apolo. También reconocemos a Platón sentado y otro de los filósofos al otro lado. El edificio tiene un frontón decorado como los templos griegos y estamos un buen rato sentados delante porque el cansancio ya hace mella.
Vemos la Iglesia católica de San Dionisio, por fuera, a la que le sigue el edificio del Hospital Oftalmológico, de curiosa arquitectura y un poco más allá el Eliu Melathron, conocido como Edificio Schliemann, hoy museo numismático y en otro tiempo la casa del famoso arqueólogo alemán enamorado de la cultura griega.
Afortunadamente descubrimos al fondo de un pasadizo comercial en la misma acera una elegante y bonita cafetería donde, ante una taza de infusión y una buena música de fondo, nos reponemos del cansancio acumulado durante casi un par de horas.
Llegamos luego a la cercana plaza Sindagma, donde delante del magnífico hotel Gran Bretaña podemos coger un taxi que nos lleva al merecido descanso aunque no en el merecido alojamiento.
Día 11, miércoles
Tras un pequeño disgusto con la aprovechada de la Sra francesa, que pretende cobrarnos los 75 euros de la habitación que no vamos a ocupar dentro de diez días, salimos de esta casa en un taxi que nos va a llevar a un barrio donde está la oficina para el alquiler del coche. Nos hacen esperar un buen rato y finalmente, tras un gasto con el que no contábamos, salimos los cuatro en un flamante ford focus prácticamente nuevo en dirección al Peloponeso, empezando por Corinto. Por desgracia empieza pronto a llover.
Por inexperiencia no nos damos cuenta de que existe a lo largo de todo el país en muchas ocasiones el mismo nombre de una ciudad con el epíteto “nea” o arché”, la nueva o la antigua. Entramos en la nueva y claro, ni rastro de ruinas. La ciudad es pequeña y nada bonita pero la gente amable cuando preguntamos e incluso una mujer joven se ofrece a acompañarnos, sacándonos de la ciudad desde su propio coche y señalándonos el camino correcto. Llegamos al núcleo que crece en torno al recinto arqueológico, que está compuesto de restaurantes y tiendas de recuerdos, y entramos en la vieja e importante ciudad cuando caen las últimas gotas de este chaparrón. Empezamos por el Museo, que está, como siempre, dentro de la zona acotada, y presenta un cierto interés sin que impresione en exceso.
A la salida no llueve pero el suelo está muy mojado. Es ya la hora de comer un poco pasada y nuestro paseo por la zona no es completo. Vemos el templo, dórico pero sin la elegancia de los que hemos visto en Atenas, dedicado a Apolo, del siglo VI a C. y desde la lejanía distinguimos una puerta y otras muchas dependencias que habría sido agradable recorrer si el suelo no estuviera tan embarrado y si el hambre no nos recordara lo tardío de la hora.
Frente al museo está la Fuente de Glauke, la joven princesa hija del rey de Corinto, a la que le había prometido matrimonio Jasón, abandonando a su primera mujer, la maga y apasionada Medea. No sospechaba la muchacha la cruel muerte a la que los venenos de Medea la iban pronto a condenar, cuando aceptó y se puso un manto que la despechada esposa le había mandado como regalo de boda y que la aprisionó hasta causarle la muerte.
La zona está presidida por el alto monte en cuya cima podemos distinguir el llamado acrocorinto, unas fortificaciones que datan de la Edad Media y a donde no subimos.
Comemos en uno de los agradables restaurantes de la zona turística y continuamos nuestro viaje en dirección a Epidauro. El camino transcurre por una carretera de trazado sinuoso, entre paisajes bonitos en los que lo que más nos llama la atención es que no hay construcciones, ni casas, es una zona virgen, auténtica, como casi no se puede encontrar ya en nuestras tierras de España. El sol tiene intención de salir y de vez en cuando ilumina los montes y los bosques, dándoles una luminosidad que embellece aún más el paisaje. De vez en cuando divisamos el mar que se mete en pequeñas radas lamiendo la tierra.
Llegamos al recinto arqueológico donde está el famoso teatro de Epidauro. Lo primero que vamos a ver es precisamente el teatro que nos causa una fuerte impresión, intensa e inolvidable por su belleza y buen estado de conservación. Nos preguntamos de dónde saldría el público que llenara este armónico y gran graderío, ya que los alrededores parecían desiertos y sin núcleos importantes de población. Aparte estas consideraciones, es el momento de contemplarlo y de admirarlo, en esta tarde gris pero con luz, con un ambiente claro y diáfano. Es una sinfonía en piedra, de mármol gris y rosáceo, estructura simétrica, adaptada al terreno y bellísima. Todo el que va quiere hacer la prueba de la sonoridad y en efecto, colocado en medio de la orquesta y hablando en tono normal, el sonido llega con nitidez hasta la última fila de la cávea. Yo subo a lo alto y hablo con Rafael que se ha quedado abajo. Le pido que me diga algo y contesta qué quieres que te diga. Sin pensarlo le sugiero que me diga que me quiere y me lo dice y suena bien, es una experiencia bonita.
Pocos son hoy los visitantes. Hay dos niños alemanes que situados en el centro cantan una canción. Un poco más tarde una señora también canta desde el mismo sitio. Es una tentación a la que no es fácil de sustraerse y una prueba de las cualidades sonoras del lugar. Luego la gente se va dispersando por el resto del lugar .
La escena sin embargo no se conservó en buen estado y en las representaciones actuales se construye de nuevo. La orquesta es un círculo de piedra con piso de tierra batida.
En este recinto hubo un santuario dedicado al dios de la medicina, Asclepio, hijo de Apolo, al que se le atribuían curaciones durante el sueño por lo que el lugar fue muy visitado hasta el siglo IV d de C. Se conservan las instalaciones muy deterioradas que nos permiten hacernos una idea de la importancia del lugar. Una de las que más nos llama la atención es el tholos, del siglo IV a C una planta redonda con columnas de la que es incierta su utilidad. Parece que tenía misión religiosa, era el lugar donde se propiciaba un encuentro con la vida del más allá, puesto que hay una cripta subterránea de anillos concéntricos a modo de laberinto.
También hay restos de unas termas romanas, de un templo a Apolo, En un extremo, hacia el oeste, los bien conservados restos del estadio, de fines del siglo IV, con gradas de piedra.
Finalmente entramos al pequeño pero interesante Museo que hay a la entrada que, como siempre, completa y aclara la visita a los yacimientos con interesantes muestras de piezas que se han encontrado en las excavaciones del lugar.
Seguimos nuestro camino a la cercana ciudad de Nauplio, una de las más bonitas de Grecia. Está construida arropando la bahía y tiene las dos partes, la nueva y la antigua en la ladera y parte alta. En ésta es donde se encuentra el hotel Marianna en el que vamos a descansar. Tenemos que dejar el coche en una zona cercana, desde donde se divisa en esta hora de entreluces una bellísima vista de la ciudad, y arrastrar las maletas pasando por una bonita puerta de época veneciana que da paso a las callecitas tortuosas de la parte antigua. A pocos metros está nuestro hotel. Desde la habitación hay una espléndida vista.
Bajamos con el coche a dar una vuelta por la zona del puerto y la parte nueva y buscamos un bar donde tomar algo. Entramos en uno al azar, no grande y la casualidad quiere que me encuentre con una persona conocida de Madrid, Anne, amiga de Annelisse, con la que hemos viajado hace unos años. Está con tres amigas recorriendo el Peloponeso y nos avisan de que hay graves inundaciones en la zona de Tesalónica, que es nuestro objetivo.
Día 12 jueves.
Me levanto temprano y salgo yo sola a pasear pertrechada con mi cámara fotográfica. Sigo la calle donde está el hotel, que pronto se interrumpe con tramos de escaleras y estrechas calles perpendiculares que se precipitan por más escaleras, adornadas con flores en todas las casas, a través de las que se ve el mar, azul en esta mañana soleada, ocupando toda la ladera de esta alta península que se introduce en el mar. Desde una pequeña terraza que forma la misma calle puedo distinguir la isla de Burtzi, ocupada totalmente por un fuerte de época veneciana, una armónica construcción en piedra blanca que le da especial belleza y personalidad a la bahía.
Paseo por las calles mientras desciendo al centro de la ciudad antigua. Paso por la iglesia de culto católico de blanquísimos ladrillos que resalta entre las otras construcciones y en una plaza de forma triangular entro en la abigarrada y oscura iglesia ortodoxa cuya torre se distingue bien desde el hotel. Es el momento en que las mujeres barren su parte de calle delante de las casas, en que las flores de los macetones que flanquean las puertas y ventanas lucen ya renovadas en esta mañana de colores intensos.
Cuando vuelvo al hotel Rafael ya está también levantado y me comunica que ha descubierto el mar al otro lado de la colina donde dejamos ayer aparcado el coche. En efecto, esta parte de la ciudad está asentada en una península estrecha y desde la zona alta se puede ver la costa de los dos lados y el mar espléndido en esta temprana hora. El desayuno es en una terraza acristalada desde donde se domina la vista de la ciudad y el puerto así como la bahía. Por el otro lado se ve muy bien la fortaleza de Palamidi, el antiguo héroe aqueo Palamedes, que domina la ciudad en lo alto de un monte. El entorno no puede ser más bonito y el desayuno es por primera vez de bufet y nos sabe muy rico.
Partimos de la ciudad y pasamos por las ruinas de Tirinto pero no entramos porque la jornada es larga y el próximo hotel, en Delfos, está lejos. También pasamos por Argos, de tan profundas reminiscencias en el mito clásico y hoy una ciudad media y aparentemente tranquila. No tenemos tiempo de visitarla.
Llegamos a Micenas y la emoción es profunda al divisar la colina que contiene los restos arqueológicos. El eco de Esquilo en su tragedia “Agamenón” se hace casi audible en este escenario. La ciudadela está entre dos altos montes que la bordean, uno de los cuales es el monte Aracneo, desde donde Clitemestra y Egisto ven las señales de humo que anuncian, de monte a monte, la noticia de la próxima vuelta desde Troya de Agamenón, el esposo que ha partido a la guerra para liberar a la mujer de su hermano y que para ello ha sacrificado la vida de la hija querida de los dos, Ifigenia. Agamenón será recibido con falsa alegría por parte de la mujer infiel y le aguarda un aciago destino pues los amantes le van a ocasionar cruel muerte. Del mismo penoso final va a participar igualmente la hija de Príamo, Casandra, botín de guerra de Agamenón, e infortunada vidente que conoce el destino que les aguarda y no puede hacer nada para evitarlo.
Comenzamos la visita entre otros cientos de personas que acuden sobre todo en autobuses con excursiones organizadas. Es difícil fotografiar la Puerta de los Leones sin gente, tanto que desisto. También hubiera sido más bonita contemplarla al atardecer, con el sol iluminándola de plano pero todo es secundario cuando se está bajo este antiguo, venerable y bello recinto, puerta de entrada al palacio de los reyes micénicos, la literaria ciudad que Homero calificaba de “Rica en oro”. A la derecha, nada más franquear la puerta de los Leones, el recinto de los enterramientos circulares, donde el afortunado arqueólogo aficionado, Henry Schliemann encontró un buen tesoro compuesto de máscaras, armas y utensilios de oro, que hacía bueno el epíteto de Homero, y que él creyó del tiempo de Agamenón, especialmente la máscara funeraria que hemos podido ver en el museo arqueológico de Atenas y que le envió al entonces rey Jorge de Grecia como tributo de un antepasado en el trono.
Seguimos subiendo ciudadela arriba hasta localizar los umbrales del palacio en la parte más alta de la elevada colina. Soplan fuertes y racheados vientos que empujan las nubes blancas, recortadas en el cielo azul. Desde la cima se divisa la bahía cercana donde se apostarían las naves de la escuadra que Agamenón reclutó para ir contra Troya. El paisaje desde aquí es grandioso.
Visitamos también el nuevo Museo que, como en tantos otros lugares arqueológicos muy frecuentados, se ha creado recientemente y que alberga piezas de la época micénica, algunas de las cuales han sido donación del museo arqueológico de Atenas, y alguna incluso es una copia, como las máscaras.
A la salida buscamos el conocido como Tesoro o Tumba de Atreo, en honor al padre de Agamenón y Menelao, ese edificio circular de falsa bóveda, obra admirable de arquitectura donde también aparecieron valiosos objetos que hoy contemplamos en los museos.
Nos trasladamos después a la vecina Nemea, sin pasar si quiera por el núcleo urbano sino directamente al recinto arqueológico. Está muy cuidado, con una entrada donde predominan las flores y el césped. El paisaje es muy bonito, suave, apacible, de viñedos, pinos y cipreses y suaves colinas, donde no se puede uno ni imaginar que en aquellos remotos tiempos campara por sus respetos, haciendo estragos, ese fiero león que vivía en una cueva de dos entradas y al que sólo el gran héroe Heracles pudo matar, en la primera de sus famosas doce hazañas. Para conmemorar este hecho el héroe fundó unos juegos que se celebraban cada dos años. Tenían lugar competiciones atléticas y carreras ecuestres.
Vamos paseando entre los restos de las casas, la basílica, las instalaciones deportivas y las termas hasta llegar al templo de Zeus, del que se conservan cinco columnas erguidas, dos de las cuales han sido repuestas recientemente por un equipo de arqueólogos franceses con gran éxito. Es un templo de estilo dórico.
Entramos también al Museo, muy bien montado, que hay a la entrada y que, como tantas otras veces, aclara con maquetas y explicaciones lo ya visto en el sitio. A la salida de la visita buscamos un lugar para comer porque la hora ya está pasada. Frente a las instalaciones arqueológicas hay un pequeño bar, aparentemente muy vacío, donde nos ofrecen un plato de ensalada griega, salchichas de Frankfurt y patatas fritas. Nos conformamos con ello, decisión compensada por el poco dinero que suelen costar este tipo de menús en Grecia.
A la salida nos dirigimos a ver el estadio, muy bien conservado, del siglo IV a C y con capacidad para cuarenta mil espectadores pero sin asientos.
Ya nos disponemos a seguir el camino que no sabemos cómo será. Volvemos dirección Corinto para coger la señalada en el mapa como autopista pero cuál será nuestro asombro cuando, una vez en ella, constatamos que es una carretera normal, con su arcén y dos rayas en medio. Los coches menos rápidos circulan por el arcén, donde, por cierto, también se paran los averiados y los que adelantan lo hacen pisando las dos rayas del centro. Un horror que al principio nos desconcierta terriblemente porque si te pones detrás como para esperar el momento propicio para adelantar enseguida te pitan por atrás porque para ellos ese momento es cualquiera. Los coches que adelantan lo hacen por el centro con una distancia de centímetros con el que adelante en sentido contrario. En fin, que de momento asusta el tema. Menos mal que el paisaje es bonito, discurre la carretera por la costa norte del Peloponeso y al otro lado del mar se divisan los montes de Beocia.
Al llegar al extremo atravesamos el maravilloso y moderno puente que une los dos extremos sobre el golfo de Lepanto, de tanto recuerdo para los que amamos a Cervantes. El nombre de Lepanto responde en griego a la ciudad de Naupakto, que por falta de tiempo no podemos atravesar, sino que la circundamos por la carretera trazada por la ladera de la montaña que arranca enseguida de la costa.
En un momento dado nos paramos para que yo coja el coche y tenemos la oportunidad de presenciar una bellísima puesta de sol, que se refleja sobre las aguas. El resto del viaje hasta llegar a Delfos ya lo hacemos en la oscuridad de la noche aunque vemos el mar a escasos metros del borde de la carretera.
Llegamos a Itea, donde ya se anuncia el camino para Delfos, y el ánimo se nos inunda de una atmósfera de misterio y recogimiento que choca frontalmente con el espectáculo que encontramos al entrar en el núcleo urbano del pueblo de Delfos, que nosotros esperábamos tranquilo y evocador. Consta de dos calles paralelas a distinto nivel, en la ladera del monte, de las cuales la de abajo es un verdadero zoco, lleno de tiendas abiertas aún a estas horas tardías, bares, restaurantes y hoteles, todo iluminado y lleno de ofertas, de souvenirs, de artesanía, de recuerdos, muy a tono con nuestro tiempo de movimientos de masas, que poco casa con el ambiente que habíamos imaginado.
Aunque, si nos paramos a pensar en lo que debía ser la llegada de fieles al gran santuario en la época clásica, tal vez no distara mucho de lo que los tiempos actuales ofrecen, porque el ser humano siempre ha sido igual en sus costumbres y apetencias y el espíritu religioso no está reñido con el comercial.
Finalmente nos hospedan en el hotel Pythia, aunque inicialmente teníamos otro que está invadido por jóvenes escolares. Es un buen hotel que da a la calle principal, frente a uno de los montes del lugar.
Salimos a disfrutar un poco todavía de ese ambiente que veíamos desde el coche y entramos en un local a tomar algo que nos sirva de cena.
Día 13, viernes.
El panorama que se divisa desde el balcón no puede ser otro que Delfos, los montes tan fotografiados, de un color casi azul oscuro, de pendiente pronunciada y líneas de trazado recto y al fondo, en su ladera, el pueblecito de Itea, abocado al mar, que también se puede distinguir en un color gris que se confunde con el del cielo.
El desayuno es un bufet mejor que los anteriores y después del agradable rato que supone compartir la mesa a primera hora de la mañana con los amigos y trazar los planes del día, salimos con el coche hacia las diez de la mañana. Vamos primeramente a la zona llamada Marmaria, donde estaba el santuario de Atenea Pronaia, al otro lado de la carretera, en un plano más bajo. En ella está el antiguo Gymnasio, donde destaca el baño circular y los restos de la palestra y otras instalaciones deportivas. Un poco más allá están los restos del templo primitivo de Atenea y de un segundo templo a la misma diosa, los tesoros de los Dorios y de la ciudad de Massalia y sobre todo los bien conservados restos del Tholos, del siglo IV a C, con tres airosas columnas y el arquitrabe labrado, la planta redonda bien marcada, edificio del que no sabemos su utilidad.
El paisaje es extraordinariamente bello e impresionante, rodeados de altos montes por todos los lados y, al mirar hacia abajo, hacia el valle, se ve un mar de olivos de un bonito color verde uniforme, agitándose suavemente en el movimiento ondulado de las olas, en este día claro en el que el sol pugna por aparecer entre unas nubes altas que no amenazan lluvia.
Estamos un buen rato contemplando estas ruinas hasta que nos decidimos a ir a la zona que más requiere la atención de los turistas, que es el santuario propiamente dicho. Este recinto, tan visitado en la antigüedad, atraídos por el famoso oráculo, estaba bajo la jurisdicción de un grupo llamado Anfictionía de Delfos, compuesto por una federación de doce pueblos de la Grecia Central, Ática, Eubea y el Peloponeso. Aparte de la función religiosa, también se celebraban, como en otros centros panhelénicos, juegos, los llamados juegos Píticos, y tenían lugar representaciones musicales y teatrales. Su fama transcendía a la Grecia y también reyes y gobernantes extranjeros acudían y ofrecían regalos al dios, como el rey Creso de Lidia.
Sacamos las entradas e iniciamos la subida por escaleras en el primer tramo, dejando a la derecha los restos del Agora Romana, y más tarde por la rampa que constituía la “Vía Sacra”, con los mismos recodos que entonces, cuando era el centro de la vida espiritual de los griegos y era escenario de una exhibición de riquezas y poderío que los distintos pueblos de Grecia ofrecían al santuario, en un deseo de rivalizar y superar a los demás en sus ofrendas a la divinidad. Ahora recreamos esa situación a la vista de los restos de los distintos templos, llamados tesoros de los que generalmente sólo se conserva la planta del edificio, o de los pedestales de columnas votivas. Para recrear el estado anterior ayudan los carteles y señales convenientemente colocadas.
Pasamos por lo que fue el tesoro de Sición, el de los Cnidios, por el edificio público conocido como Bouleuterio, de planta rectangular, donde se reunía el consejo de Delfos, por la roca de la Sibila y la base de la esfinge de Naxos, que estaba colocada sobre una columna de 9 metros de altura y que luego admiraremos en el museo. En este lugar me ofrezco a hacer una foto a una pareja a la que le he oído hablar español y departimos un rato incluso en catalán pues son de Villena. Ellos también nos hacen una foto apoyados en estas venerables piedras.
Seguimos pasando por el tesoro de los Sifnios y de los Beocios. Del tesoro de los Atenienses queda en pie el edificio en forma de templo restaurado aunque sin los motivos de decoración que lo completaban. Nos aproximamos a la entrada del templo de Apolo del que quedan cuatro columnas en un extremo y la planta completa bien marcada. Se aprecia bien lo que fue la rampa de entrada al recinto. Allí descansamos para una mejor contemplación y recreación de lo que este templo significaba para los griegos de la antigüedad. Dentro de él estaba la Pitia, la sacerdotisa del dios Apolo, sentada sobre el sagrado trípode, emanando vapores que la ponían en trance y profiriendo palabras que eran interpretadas por los sacerdotes del templo y trasmitidas a los fieles que las esperaban con veneración e inquietud.
Por encima del templo, monte arriba están los bien conservados restos del teatro, excavado en la propia ladera y recogido armónicamente en el paisaje, al que ahora ya no se puede acceder. Se utilizaba para las asambleas de ciudadanos y para concursos de música así como representaciones propiamente dichas. Podía albergar a unos cinco mil espectadores.
Todavía subimos más buscando el estadio donde tenían lugar las competiciones atléticas. Rafael se queda en uno de los recodos del sinuoso camino, con una espléndida vista bajo él y nosotros trepamos y torcemos por un estrecho camino de escaleras hasta alcanzar el gran estadio, remozado en época romana, en el siglo II d. C. y con un graderío en buen estado.
La bajada por rampas y escaleras se hace dificultosa pero sin prisas cogemos el coche de nuevo para acercarnos al Museo. Ha sido mejorado últimamente y es un complemento perfecto para captar mejor el trasfondo de las ruinas que acabamos de visitar. Esta magníficamente montado, muy didáctico, luminoso y con unas piezas de escultura que son verdaderos tesoros, como la Esfinge de Naxos, imponente, el ómphalos o piedra circular que representaba el ombligo del mundo, que se creía que era precisamente este lugar, los relieves del friso del tesoro de los Sifnios, que ocupan casi una de las salas más grandes, con las escenas de la guerra de Troya, de la Asamblea de los dioses, en estilo arcaico, diferentes a las que vimos en el Museo de la Acrópolis del más puro estilo clásico, el frontón del mismo tesoro, con la lucha por el trípode de Apolo y Heracles, la estatua de Antinoo, etc.
La pieza más impresionante del museo y al que le está dedicada una sala exclusiva es el Auriga, en bronce y con los ojos conservados. Es una de las pocas estatuas de este material que han sobrevivido y se encontró después del movimiento de tierras a causa de un terremoto. Sólo quedan fragmentos del carro. Como los demás objetos fue una ofrenda al dios.
Se ha hecho ya tarde y tenemos que comer algo pero en este país la hora no es un problema. Decidimos acercarnos a la costa, al vecino pueblo de Itea, a catorce kilómetros que se hacen muy agradables de recorrer porque transcurren entre miles de olivos. Elegimos un restaurante frente al mar y tomamos la correspondiente ensalada y unas sardinas que están muy sabrosas, además de otras cosas.
Después de comer paseamos un poco por el paseo que da al mar y entramos en una tienda de souvenirs, en la que el propietario es un hombre bajito y expresivo, que nos cuenta que tiene una hija viviendo en América del norte y nos enseña una foto de sus nietos. Su yerno es un italiano de Sicilia, que trabaja allí como policía, pero, -aclara- no está relacionado con la mafia. Habla algo de inglés, de griego y alguna frase en español. A su lado su mujer, en cambio, no dice una palabra, es como una estatua inmóvil, vestida de ropa oscura, sentada al lado del mostrador sin inmutarse y a lo más esbozando una sonrisa. Le compro unos gemelos que representan la clásica lechuza de la antigua moneda de un dracma, con un ramito de olivo en la parte superior y parece que me ha hecho una buena rebaja. La intención es hacer un anillo para cada hija aunque yo me lo disfrute también.
Aún queda tarde por delante y decidimos acercarnos al pueblecito más cercano, Galaxidi desandando la ruta que hicimos para llegar el día anterior, cuando ya era de noche. El camino es precioso, circula siempre por la misma orilla del mar y en un terreno en el que no hay construcciones de apartamentos, ni hoteles, ni obras de ningún tipo, sólo la pura naturaleza. El pueblo nos parece muy bonito, con casas neoclásicas bien cuidadas. Son unas construcciones armoniosas, hechas a la medida del hombre, sin pretensiones como ocurre en nuestra costa. Aparcamos cerca de la iglesia ortodoxa, grande y bello edificio, y comenzamos a rodearla. Nos damos cuenta entonces que de una casita frente a la iglesia sale el pope, sin el sombrero característico pero con el peinado típico de los dos mechones laterales recogidos en un moño en la nuca y se dirige a nosotros con la llave en la mano y nos dice que nos va a abrir la iglesia.
Agradecidos a la propuesta, entramos a visitarla mientras el pope no vuelve a dirigirnos la palabra sino que se sienta en un poyete a la entrada esperando pacientemente a que salgamos. Podemos, pues, ir a nuestro aire recorriendo la iglesia que es muy bonita y tan recargada como las que ya hemos visto, con iconostasio, cuadros, iconos, pinturas, maderas talladas, fondo de cielo azul con estrellas en los techos en las zonas en que no hay otras pinturas, y los demás elementos que las caracterizan. A la salida vemos al pope hablando amigablemente con un joven que se ha sentado a su lado. Le decimos adiós, a lo que nos contesta con seriedad, sin aspavientos, como si abrir la iglesia a unos turistas ocasionales fuera la obligación más habitual del día. Nosotros bajamos por una empinada calle hacia la orilla del mar.
Salimos a lo que se podría llamar el paseo marítimo sólo que sin pretensiones, una acera sencilla a la orilla del mar al lado de una calle poco frecuentada. Los barcos pequeños, de pesca y alguno de recreo, están varados en la costa. Pasamos por un edificio como una lonja de pescado, ahora vacío. Las casas que dan al paseo son del mismo estilo que las que hemos visto en el resto del pueblo, bonitas, cuidadas, alguna exenta, con cafés y restaurantes en la planta baja y no más de tres alturas. Paseamos hasta el recodo que hace el mar que en este pueblo entra como una lengua estrecha y al llegar al final volvemos buscando una taberna donde tomar algo. Elegimos un sitio encantador donde un camarero joven, guapo y políglota, con el que intercambio unas palabras en alemán y también habla francés, nos sirve un ouxo típico de Grecia, en un vaso con hielo y los correspondientes vasos de agua fresca a su lado, como es costumbre con cualquier consumición que pidas. Ya anocheciendo voy a recoger el coche para evitarles la cuesta arriba y volvemos a Delfos.
Día 14 Sábado
Después de un buen desayuno en el hotel Pythia de Delfos, no queremos abandonar el lugar sin hacer una corta visita que ayer olvidamos, ir a la Fuente Castalia, aquella en cuyas aguas la pytia y los peregrinos encontraban la purificación y que en la forma actual es fruto de un arreglo de la época romana. Bebemos agua del chorro que cae a través de una canalización en la ilusión de que es la misma que en aquellos tiempos, a ver si nos hace clarividentes y felices.
Conduzco yo el coche dirección Anfisa, donde ponemos gasolinas antes de internarnos en un terreno montañoso y solitario. La carretera se convierte en curvas que ascienden y encontramos robles y castaños pero prácticamente ningún vehículo. El siguiente punto de referencia es la ciudad de Lamia, donde ya alcanzaremos la autopista que va de Atenas a Tesalónica.
Tenemos la ilusión de encontrar el histórico lugar de las Thermópilas, el sitio en donde el general espartano Leónidas defendió muy valerosamente la entrada al Ática frente al ejercito de los persas. Pero un traidor, como tantas veces en la historia, mostró a los enemigos un camino por donde rodear al ejército espartano, lo que hicieron hasta aniquilarlos. Entonces era un estrecho paraje rodeado de montes. Nos desviamos a un pueblo cerca del cual está señalado en el mapa el nombre de Thermopilas. Incluso hago una fotografía de un paraje como el esperado, un paso entre montañas echándole imaginación.
Pero cuando, sin encontrar realmente hasta ahora la zona que esperábamos, descendemos al nivel del mar, ya vemos una señal que lo indica, y la seguimos. Unos quinientos metros al interior desde la autopista lo que encontramos es la verdadera “thermopila”, es decir, un manantial en forma de cascada de agua caliente que discurre por un trazado que se nos pierde y del que sale vapor de agua, debido al cambio de temperatura con el ambiente. Lo más gracioso es que distinguimos perfectamente, pues estamos a pocos metros de la cascada, a un señor que, acurrucado bajo el potente chorro de agua y aparentemente sin ropa, recibe un salutífero baño a presión en esta fría mañana. Nos paramos unos minutos pensando que no podrá resistir por mucho tiempo esta forzada posición bajo la fuerza del agua, y cuando se levanta vemos que lleva puesto un calzoncillo y que sale del lugar a toda velocidad sin que podamos darnos cuenta a donde se dirige.
Hemos vuelto a la autopista pero en sentido contrario al que debemos coger y ya vemos anunciado el monumento a Leónidas, que hemos visto reproducido en libros de texto. Lo vemos desde el otro lado porque es difícil el cambio de sentido. La decepción respecto a la idea preconcebida es notoria. Eso ni parece un paso angosto ni tiene el recogimiento que requiere la evocación de esos grandiosos momentos de la historia. Una explicación a lo cambiante del lugar es que el mar por aquí se ha retirado dejando una llanura de tierras pantanosos que lo alejan de cualquier idea de paso cerrado. En estos tiempos no habrían tenido problemas de defender la zona porque todos hubieran podido atravesarla con sus bagajes y armas, hay sitio para todos y la batalla hubiera tenido lugar en campo despejado.
Salimos a la autopista y cogemos el sentido contrario porque está autorizado. Esto da idea de a lo que llaman los griegos autopista, que se puede tomar en ambos sentidos. Por aquí en realidad es una carretera y bastante concurrida, como ocurría en la del norte del Peloponeso. Se conduce por el arcén y se adelanta pisando la doble raya. Transcurridos unos kilómetros sí se convierte en una verdadera autopista.
A la hora de comer decidimos dejar la autopista y cogemos una carretera que va pegada a la costa en dirección Volos. Paramos en el primer pueblo que encontramos, Anquialos, pueblo costero desde donde se divisa todavía la parte norte de la enorme isla de Eubea, que está enfrente. Damos un paseo por la calle del mar, en un día fresco y ventoso, a donde dan restaurantes y cafeterías ahora medio vacías y seguramente muy llenas y animadas en verano. Decidimos comer en el bar más cercano al lugar donde hemos aparcado. No nos sale muy bien la elección desde el punto de vista gastronómico porque pedimos gambas entre otras cosas que parecen de plástico, sin sabor alguno. Desde la terraza cubierta donde estamos, vemos pasar un nadador por delante, a unos veinte metros de la orilla y un poco más lejos se divisan otros bañistas. Parece que la temperatura del mar es alta y aún hay valientes que disfrutan del baño.
Después de comer seguimos el camino hacia el norte, internándonos al interior del país, aunque hemos leído que ningún punto del mapa de Grecia dista más de 80 kmtos de la costa. Nos llama la atención la cantidad de plantaciones de algodón que nos encontramos a un lado y otro de la carretera, debe de ser uno de los cultivos prioritarios. También se ven remolques de tractor con rastros de haber trasladado el algodón recolectado, o sea que esta es la época de la recogida.
No tenemos dificultad en llegar hasta la ciudad de Kalambaka y en la calle principal de la ciudad, la calle Famisi, ya encontramos al principio el hotel Kostas Famisi, que tiene la fachada y el vestíbulo de entrada lleno de pretenciosas reproducciones en yeso de estatuas famosas de dioses y atletas con un dudoso gusto. Las habitaciones son modestas, con un pequeño cuarto de baño, tan pequeño que Carmen y Antonio no caben en él materialmente y tienen que pedir un cambio de habitación. La temperatura es fría pero no hay calefacción, se suple con otro edredón que nos suben a cada uno.
Lo más característico del hotel, como de cualquier otro de la ciudad, es la vista desde la ventana ya que la ciudad está en la falda de los impresionantes montes conocidos como los Meteora, y por encima del edificio de enfrente, otro hotel, por cierto, sobresalen unos inmensos picos encima de uno de los cuales se distingue bien un monasterio construido en lo más alto.
Aun quedan algunas horas por delante en esta tarde gris y cogemos el coche para ir a un pueblo cercano, Kastraki, situado más en las faldas de los Meteora todavía que Kalambaka. Es un pueblo pequeño, de casas unifamiliares diseminadas, que tienen su propio huerto alrededor de la casa, con una gran iglesia de color blanco por fuera, todas ellas agazapadas en las mismas faldas de los montes, y una orografía variada a tenor de la situación donde está construido. El paisaje es bonito, distinto de todo lo visto, diríamos que magnífico por la grandeza de estos montes. Cogemos un camino que conduce a la ladera de la montaña y tenemos que volver necesariamente por él porque no conduce a ningún sitio. De todos los lados que mires la vista es semejante y distinta, siempre bajo la perspectiva de estos enhiestos picachos que surgen de la tierra como gigantes monstruosos.
Volvemos a Kalambaka aún con luz del día y paseamos por una zona que nos parece más céntrica y comercial. Entramos en una tienda de antigüedades y yo compro algún pequeño recuerdo, la reproducción en bronce de la Atenea pensativa y un pequeño icono que representa a San Jorge matando al dragón. Vemos un icono que me llama la atención y se lo hago ver a Rafael diciendo en voz alta que he descubierto a San Jorge matando a un moro. Pero el dueño de la tienda ha entendido lo de San Jorge y se acerca a decirnos que no es este santo sino San Demetrio. Ya no tenemos posibilidad de entendernos más pero luego el amigo de Tesalónica nos aclarará que tampoco es un moro sino un búlgaro. Todos los pueblos han hecho de su santo patrón un aliado sobrenatural para vencer en la lucha con los enemigos más cercanos. Es un fenómeno habitual.
Localizamos un pequeño bar donde pedimos unas infusiones. Pronto el local se llena de gente, pandillas de jóvenes y no tan jóvenes y es que hoy es sábado noche y parece que toda la población está en la calle.
Salimos al cabo de una hora buscando un restaurante para cenar. Hay muchos locales donde elegir porque la ciudad está animada y todo aparentemente lleno. Queríamos haber entrado en uno pero no hay sitio. Lo gracioso es que está mayoritariamente ocupado por una comunidad de monjas, al menos son mujeres con hábitos negros y un tocado plano en la cabeza, como si fuera el atuendo femenino correspondiente al de los popes, y distinguimos también a dos popes con dos monjas en una de las mesas. Un extraño grupo humano que despierta nuestra curiosidad y para lo que no tenemos explicación.
Bajamos por la calle siguiendo las indicaciones de un camarero del restaurante que estaba lleno y encontramos a mano izquierda una amplia plaza con una fuente en medio, a la que dan múltiples locales, la mayoría cafeterías. Al fin encontramos un restaurante bien iluminado, con pocas mesas y un mostrador donde hay unos asadores llenos de trozos de carne tostándose que al principio tomamos por pajaritos. Nos decidimos a entrar en él. Luego resultan ser como grandes pinchos morunos de cerdo o cordero que se van asando mientras giran. Pedimos dos de cordero que más bien es oveja pero bien asado y sabroso, un gyro o kebah para Antonio, una ración de patatas y bebida. Por todo pagamos cuatro euros cada uno, muy barato como es aquí el precio de esta comida de categoría menor.
Como estamos cerca del hotel, se van Carmen y Rafael y volvemos Antonio y yo a recoger el coche que está en el otro extremo. El cansancio del día nos hace dormir bien a pesar de los pequeños inconvenientes que hayamos podido encontrar.
Día 15. Domingo.
El desayuno es justo, sin excesos, y rápidamente nos ponemos en marcha hacia los Meteora, cuya carretera se toma a la entrada de Kastraki. El día ha mejorado y el sol luce embelleciendo más aún el paisaje que ya de por sí nos gusta tanto.
Es aún hora temprana y la primera parada la hacemos a los pies del pequeño y recoleto monasterio de Agios Nicolaus. Hay que subir casi doscientos escalones tallados en la piedra en ocasiones o entre el paisaje de robles, con pequeños crocus de colores blanco y azul que surgen de la tierra bajo los árboles y entre la algarabía de los numerosos pájaros que pueblan a sus anchas estos bellos parajes. Rafael sube una parte de las escaleras pero se queda en un agradable remanso tras pasar una puerta, donde hay un banco y una mesa de piedra.
Nosotros tres seguimos la ascensión y entramos en el minúsculo recinto de la entrada del monasterio donde obligan a las mujeres que llevamos pantalones, el 99 por ciento, a ponerse una larga falda coloreada y llamativa, sujeta a la cintura por una goma o con dos largos tiras para enrollarla en la cadera y atarla. Nos encontramos como disfrazadas con este atuendo pero son normas generales que van a ser aplicadas en todos los monasterios que visitemos a pesar de lo poco lógicas que parecen.
Las pinturas de los muros son preciosas, escenas de la vida de Jesús y de los Santos, la visión del Juicio Final, Jonás en la ballena y otras muchas pintadas por uno de los más importantes pintores de este estilo, el pintor Theofanis. Subimos hasta lo más alto, a la altura del campanario y la vista desde arriba, frente a los otros monasterios que están situados mucho más arriba, es preciosa.
Seguimos la carretera que conduce a los demás monasterios y al doblar una curva nos encontramos de frente con el segundo de la ruta, el de Rosanu, mucho más grande que el anterior y construido en lo alto de un picacho también más alto. Subimos nosotros tres de nuevo y volvemos al rito de la falda. Aquí hay monjas que cuidan el interior. La iglesia es más grande, con un bello iconostasio y capillas decoradas en sus muros con parecidos motivos religiosos.
El tercer monasterio que elegimos para visitar de los cinco o siete posibles es el Megalo Meteora, el Gran Meteora y hace honor a su nombre. Es un inmenso recinto construido en lo alto de uno de los picos más altos y anchos del lugar. El paraje, con una zona para parking de autobuses, está lleno de gente, especialmente jóvenes en viajes de estudios que proceden de países del este, tal vez de la cercana Bulgaria. La ascensión al monasterio hay que hacerla por una pequeña escalera que se introduce en la roca viva por un pasadizo en el que sólo se puede circular de uno en uno y luego asciende en zigzag por la roca hasta la entrada al edificio. Desde este lado del monte, cerca del aparcamiento, se ven figuras humanos trepando por la roca como hormigas, ocupando todos los tramos. Nos animamos nosotros también a formar parte de esa hilera al paso que nos marcan los demás turistas. Este es un recinto con varias dependencias, museo con valiosos manuscritos, iglesia magnífica, refectorio, cocina con viejos utensilios, patios interiores, terrazas desde las que se divisa un panorama inolvidable, entre otros el monasterio que está en el risco de enfrente y que ya no nos vamos a animar a visitar.
Los jóvenes excursionistas que hoy visitan este monasterio tienen una curiosa costumbre de la que no alcanzamos a comprender su significado pero vemos sus estéticos efectos: hacer lazos con pañuelos de papel blanco en las ramas de flores de las macetas o en las de los arbustos y arbolitos pequeños que están en una de las terrazas y han sembrado todo de color blanco, como una feraz cosecha de algodón que tal vez estropee el fruto natural de las plantas, que si pudieran se quejarían de esta invasión de celulosa en sus ramas.
Con pena damos por terminadas las visitas a los monasterios de los Meteora pero es que las piernas se quejan ya de las flexiones y la hora de la comida reclama su tributo. Volvemos al pueblo de Kastraki donde buscamos un restaurante que ayer vimos lleno de gente. Comemos lo habitual y al precio acostumbrado y siempre atendidos con amabilidad por el personal. Después de comer damos un largo paseo por la otra parte del pueblo que no vimos ayer y nos fijamos con detalle en los jardines y pequeños huertos que rodean las casas. Vemos unos repollos de tamaño enorme, caídos por el peso, suficientes para alimentar a una familia entera una semana y unos tomates en la mata que deben ser de la mejor calidad. Un señor está cuidando el huerto y nos observa con gesto indiferente. Pasamos bajo un gran y sano castaño y cogemos alguna castaña recién caída del árbol que saboreamos como si fuera el postre de “grama de capellá” que acostumbran a tomar en Cataluña.
Volvemos a Kalambaka con la intención de visitar la iglesia cercana al hotel que creemos es la de la Asunción pero está cerrada. No nos queda más remedio que volver a buscar una cafetería y pasar lo que queda de tarde ante una taza de infusión o de ouxo, según gustos. Elegimos una de las que ayer estaban llenas en la plaza y esta tarde también vuelve a llenarse de la gente de la ciudad. Para cenar entramos en una pizzería que hay en la cera de enfrente, muy bonita decorada con reproducciones de cuadros clásicos, como la Primavera de Boticelli y con un clima caldeado que se agradece en esta tarde-noche algo más fría.
Día 16, lunes
Salimos hacia las 9,30 de la mañana de Kalambaka en dirección a Grebena que dista 72 kilómetros. Nada más iniciar la ruta ha comprado Antonio en un puesto al borde de la carretera un surtido de fruta como reserva por lo que pueda pasar. El recorrido es a través de montañas y encontramos muchos tramos con densa niebla. Luego cogemos ya una autopista que se dirige hasta Tesalónica y que abandonamos porque nuestra intención es visitar primero Vergina.
Hay dos carteles en marrón, que indican los lugares de interés arqueológico y nos encaminamos al que marca Tumbas Reales. No hay mucha gente y aparcamos en un sitio que parece reservado a autobuses pero nadie nos dice nada.
Entramos en el cuidado y reciente yacimiento que se presenta en forma de un gran túmulo recreado, al que se accede por una rampa y una entrada semejante a la del Tesoro de Atreo en Micenas y en cuyo interior se visitan a la vez la puerta de los enterramientos in situ y los valiosos objetos encontrados dentro de ellos, expuestos en un magnífico museo bien diseñado y concebido. El arqueólogo griego Manolis Andrónikos, tras años de trabajos en este lugar, fue el descubridor en los finales de los años setenta de este emocionante hallazgo cual es la tumba intacta del rey macedonio Filipo II, padre de Alejandro Magno.
Vergina, conocida como Aiges en la antigüedad, nombre que le viene de aigs, cabra por la cantidad de estos animales que había por la zona, era la ciudad dónde vivían y se enterraban los reyes macedonios antes de la fundación de Pella que tiene lugar en el 400 a C. En el año 336 Filipo II fue asesinado aquí, en el teatro, mientras celebraba la boda de su hija. Ya en el siglo III a C los galos, como nos cuenta Plutarco, saquearon algunas de las tumbas de los primitivos reyes pero ésta no fue descubierta. Gracias a ello ha llegado hasta hoy.
En el museo, adecuadamente iluminado con tenue luz que sin embargo hace resaltar bien los objetos dentro de sus vitrinas o adosados a los muros circulares, vemos estelas funerarias en las que aun se conserva en perfecto estado la pintura, además de la obra esculpida, dos magníficos sarcófagos crisoelefantinos donde estaban depositados los cuerpos de los nobles muertos, joyas de oro, ajuares de armas y utensilios de vajillas en plata, cerámica, arquetas lujosas, figuras de marfil como la difundida de Dioniso con una ménade, hasta una tela de lujoso tejido de adorno y una armadura que perteneció a Filipo. Lo más valioso son las soberbias coronas de oro macizo, imitando hojas de mirto u otros vegetales que tienen un puesto destacado.
Los paneles informativos están por todas partes en griego y en inglés. Podemos bajar hasta la grandiosa fachada de la entrada a la tumba en cuya parte superior, encima de la magnífica puerta de mármol blanco, se puede distinguir muy bien una escena de cacería. Es tal vez la única ocasión en que la pintura original del siglo IV a C nos llega bien conservada hasta nosotros y la tradición hace ver incluso, en el rostro de uno de los cazadores, el retrato del hijo de Filipo, Alejandro Magno.
Bajo el mismo túmulo hay otras dos tumbas reales, la de una de las mujeres de Filipo y la de su nieto, hijo de Alejandro, del mismo nombre, muerto en el 310 a C.
En la tumba I conocida por la tumba de Perséfone, de alrededor del 350, que fue saqueada en la antigüedad y que pertenece probablemente al rey Amintas III, una mujer y un recién nacido, se descubrió una pintura mural que hoy se ha reproducido convenientemente iluminada a unos metros de la original en los tres paneles de que consta. Se atribuye al pintor Nicómaco y representa el momento en que el dios Hades rapta a la joven Perséfone y se la lleva en su carro mientras que ella alza los brazos pidiendo ayuda y la ninfa Ceane queda al otro lado en cuclillas viendo la escena. En otro panel vemos a la diosa Deméter, envuelta en su manto rojo, apesadumbrada. El tercer panel representa a las tres Moiras aunque se distingue con dificultad.
Preguntamos a una cuidadora dónde está la auténtica pintura y nos señala un hueco de la cámara rectangular techada con losas de piedra, sin iluminar para preservar su conservación pero a través del cual se puede ver parte del friso pintado. Es emocionante ver el lienzo de pared original aunque no hayamos podido ver la pintura en su estado original por estas medidas prudentes de seguridad.
De repente oímos hablar correcto español a una guía con un numeroso grupo de mujeres y hombres de una edad media y aspecto de personas de zona rural. Luego tendré ocasión de reencontrarlas en el aeropuerto de Atenas y enterarme que efectivamente, son de Ayllón, en Segovia, habitantes del pueblo que hacen un viaje organizado por los sacerdotes de la parroquia que siguen los pasos de la ruta de San Pablo. Es un público atento que escucha con atención las detalladas explicaciones que la competente guía les va dando y de las que en parte nos aprovechamos también nosotros.
Es una visita que nos gusta mucho y a la salida entramos en la pequeña tienda para comprar algún libro y tarjetas postales. Nos sentamos un rato a contemplarlos a la sombra de un enorme plátano, en una mesa con sillas de un cercano bar que ahora nadie atiende. El día está fresco y no aguantamos mucho.
La siguiente escena de nuestro viaje sería más propia de estudiantes jóvenes pero en este caso somos nosotros los protagonistas, que nos tomamos la fruta que habíamos comprado por la mañana metidos en el coche dando la comida por concluida. Económico si va a salir el día…
Nos quedan otros yacimientos arqueológicos que visitar, según las indicaciones y nos dirigimos a las ruinas del Anaktoro, o Palacio Real. Rafael se queda abajo porque hay que subir una cuesta hasta la terraza que domina la antigua ciudad y llanura, a los pies de los montes Pierides, donde se había construido este palacio, uno de los más grandes de la antigua Grecia que data de los años 300 a c. Se distingue un gran patio con columnas que tal vez fuera un jardín, con salas en sus cuatro lados. Admiramos un roble de unas dimensiones fuera de lo normal que debe datar de más de cien años.
Por un sendero de tierra llegamos al pequeño teatro del s IV del que sólo se conserva el contorno y la forma.
Hacemos un cambio de chófer y yo conduzco hasta el próximo objetivo que es la antigua ciudad de Pella, la capital del reino macedonio. Recuperamos la autopista en dirección a la ciudad de Alejandrina. Entramos por equivocación en la llamada Nea Pella, donde no se encuentran los restos que buscamos pero en donde paramos a fotografiar el monumento ecuestre que los habitantes de esta nueva ciudad le han levantado a su hijo más preclaro en el centro de la plaza más concurrida. En el pedestal pone “Alexandros o Megas” naturalmente no podía ser otro.
Las indicaciones no son claras o la conductora es poco diestra, lo cierto es que nos pasamos el Museo de largo y entramos en otro pequeño pueblo en el que también había un cartel marrón que anunciaba algo, en este país sembrado de ruinas arqueológicas. Preguntamos a gentes sencillas, una señora que barre el frente de su casa, unos campesinos que hablan de la reciente cosecha de algodón. No tienen ni idea de la arché Pellas por la que les preguntamos y nos remiten a la carretera de nuevo, a volver sobre nuestros pasos. En este segundo intento ya nos damos cuenta de que el museo, que es lo que fundamentalmente buscamos, está al otro lado de la carretera, frente al yacimiento arqueológico de la antigua ciudad que ya no entramos a ver, sino que simplemente lo fotografío desde la carretera.
El museo es pequeño y muy bonito. Tiene una recreación del palacio de los reyes, con estuco en las paredes por la ausencia de mármol, vitrinas con pequeñas figuras de terracota del s IV, en las más diversas posturas, envueltas en sus mantos, sentadas, de pie, con restos de la policromía que las cubría. Contiene el museo una pequeña escultura de un cuerpo que se anuncia de Alejandro Magno, así como cabeza también de él, según reza el panel explicativo, en mármol. Pero lo más valioso del museo son los grandes mosaicos hechos con pequeñas piedrecitas procedentes del mar, en distintos colores, y perfilados en ojos, boca y otros puntos claves, perfectamente conservados. Son tres. En uno se representa al dios Dioniso montado en una pantera y coronado de pámpanos. Otro, el de mayores dimensiones y perfecta ejecución, nos refleja dos figuras cazando un león y en el tercero un centauro.
A la salida seguimos ya las indicaciones que nos llevan a la gran ciudad de Tesalónica, a unos treinta kilómetros. La entrada en la ciudad es fea, como suele suceder en estas grandes urbes y muy larga. El número de habitantes es de un millón y la ciudad está muy extendida en torno al privilegiado golfo donde se asienta y hacia el interior, por uno de cuyos lados entramos nosotros. Como la dirección que llevamos es el Puerto, pronto encontramos el hotel Plaza que está en un callejón interior al que accedemos entrando delante de una señal que prohíbe la entrada, pero no vemos otra solución. Aparcamos al lado de un edificio en construcción, que está enfrente y que luego constataremos que las obras están paradas. El conserje nos avisa que lo tendremos que quitar por la posibilidad de multas a la mañana siguiente.
Hemos tenido Rafael y yo mucha suerte en el reparto de habitaciones porque nos dan una lujosa suite, con una sala de estar donde hay dos sofás, mesa baja, televisión y bar, mesa de trabajo y sus correspondientes lámparas en los distintos ambientes. La cama tiene un dosel impactante y un gran espejo en uno de los laterales. En el cuarto de baño hay bañera con hidromasaje. En fin, un lujo propio del rey Filipo II que procuraremos disfrutar.
A las ocho y media hemos quedado con Olimpia y Tom que se hospedan en un hotel cercano y nos llevan a cenar a un restaurante contiguo al hotel, en la calle Salamina a donde acuden también Maruja y Kostas, los amigos de la ciudad con los que hemos quedado por teléfono. Son una pareja encantadora con los que pronto se establecen lazos de cordialidad. Ella es natural de la provincia de Teruel pero criada en Burriana. Conoció a Kostas cuando vivía en Madrid, de estudiantes y terminaron viviendo en esta ciudad con sus dos hijas. Preside la Asociación Cultural “Federico García Lorca” de Tesalónica que tiene una intensa actividad cultural. En esta ocasión han contratado a Nacho de Luxán y a Reiner para un recital de canciones que van a tener lugar en un bello local propiciado por el Ayuntamiento que les favorece en todos estos actos culturales. Se incorporan a la cena a la que, por cierto, nos van a invitar generosamente Olimpia y Tom, o sea que el día en lo que a gastos de gastronomía se refiere ha salido bien barato.
Nos ayudan a hacer planes para mañana con el mapa en la mano y nos despedimos hasta el recital. Voy con Antonio a buscar el aparcamiento pero no lo encontramos y lo dejamos en el hueco que deja otro coche, con lo que también ahorramos parking.
Día 17, martes.
El desayuno del hotel está en consonancia con la mayor categoría de éste sobre los anteriores y hay más oferta. El día aparece luminoso y soleado y nos disponemos a conocer la ciudad de Tesalónica siguiendo la ruta trazada por Maruja. Carmen ha contactado ya con Nacho que está en el lujoso hotel Electra, en la plaza de Aristóteles. Nos vamos a buscarlo. Esperamos en la plaza y calle del mismo nombre, una de las más anchas y bonitas de la ciudad, con casas blancas, de igual altura, elegantes y paseo porticado. En el centro un bulevar con árboles y zona ajardinada que desemboca en el mar. Sale Nacho con Reiner, el músico alemán que pronto nos quiere transmitir su ideología un tanto “rigurosa” con los nuevos tiempos que no compartimos aunque a él no parece afectarle porque la expresa en todos los matices. Quiere entrar en una librería para comprarse una gramática de griego y al final soy yo la que también me compro una en español. Nos retrasa nuestro paseo pero vamos todos en grupo.
Nos dirigimos a la iglesia de Santa Sofía y entramos. El del siglo VIII. En la bóveda, como en todas, la pintura del Pantócrator. En el ábside, la representación de Santa Maria. Las pinturas están un poco oscuras y la arquitectura resulta un tanto peculiar pues es un estilo de transición de una basílica con cúpula a la planta de cruz griega. Tiene bonitos mosaicos.
Seguimos ascendiendo, porque en Tesalónica todas las calles descienden hacia el mar sin que haya pérdida, y nos encontramos en el camino con la iglesia conocida como Aquiropiito, “la no hecha por mano humana” (a-quiros-poieito). Es una iglesia paleocristiana del siglo V d C. Está a un nivel más bajo que la calle y nos despierta mucha curiosidad pero aparentemente está cerrada. La tenacidad y el interés de Reiner por verla hacen que intente abrir una puerta lateral como último recurso ya que las demás estaban cerradas y que lo consiga. A través de una habitación anexionada a la iglesia entramos a ésta Carmen, Antonio, Reiner y yo, ya que Nacho y Rafa siguen caminando hacia San Demetrio. Hemos hecho muy bien porque es una iglesia que merece mucho la pena, es una belleza de iglesia, con planta basilical, pinturas y mosaicos bellísimos en las arcadas laterales, luminosa, diáfana y decorada armoniosamente.
Seguimos hasta San Demetrio, iglesia que, como toda la ciudad, se quemó en 1917 pero en su reparación se descubrió la cripta primitiva, donde fue encarcelado, martirizado y enterrado San Demetrio. Su visita es lo más interesante. Vemos el antiguo conducto del aceite que desprendía tan buen olor que hizo que la iglesia se convirtiera en lugar de peregrinación. Está encima de una estructura como una gran pila bautismal donde todavía hoy hay un timioterion con aceite al que con devoción se acerca la gente para tomar con los dedos un poco y untarse la frente. Nosotros lo hacemos también. En la cripta hay restos de capiteles y fustes de la época bizantina bien resaltados por la iluminación.
Nacho y Reiner se despiden ya de nosotros porque tienen que ir a ensayar y conocer el escenario de la actuación de la tarde.
En el exterior de la iglesia se conservan los restos de unos baños romanos sobre los que se construyó el templo, hoy convertidos en jardín. En el gran atrio una pila o bañera de esa dependencia adorna el centro de la explanada que ha quedado delante de la iglesia.
Bajamos la calle hasta encontrar la plaza Dikastirion, un enorme espacio acotado donde están los restos del Agora romana y de un teatro hoy reconstruido que contemplamos desde el pretil. Rafael nos anuncia que se vuelve al hotel a descansar pero antes decidimos tomar algo juntos y lo hacemos en un pequeño bar. Seguimos con él hasta la calle Egnatia, desde donde ya está muy bien orientado y nosotros seguimos el recorrido turístico.
Pero cuando nos disponíamos a continuar por la calle Egnatia hasta la Rotonda, nos damos cuenta que estamos delante de los antiguos Baños turcos que hay en la plaza, donde precisamente está la exposición de cuadros realizados con cerámica de Giorgios Epanoudakis, el amigo del que nos habló Kostas. Entramos los tres a ver la exposición que nos gusta muchísimo. El escenario no puede ser más bonito, dos habitaciones abovedadas con adornos en el techo y pequeños pasadizos o entrantes. Los cuadros nos atraen desde el primer momento. Son fragmentos de arcilla pintada, de la misma textura y el mismo color que la cerámica antigua, con temas tomados también de ésta. Combina cerámica y pintura y el resultado es muy bello. Vamos a saludar al autor y nos presentamos aunque el grado de comunicación es necesariamente inferior a lo que nos hubiera gustado. El inglés de Carmen y mío está bajo mínimos y él no habla español, así que la mímica y las sonrisas funcionan para suplir las palabras. Nos enteramos, sí, del precio de los cuadros, trescientos euros, y enseguida nos hacemos la ilusión de poder comprar uno. El pintor va a acudir al recital de Nacho y allí hablaremos con intérprete.
Seguimos por la calle Egnatia hasta que encontramos una pequeña iglesia a la derecha que es San Jorge, la que sólo podemos rodear por el exterior. La zona está llena de bares y sus mesas al aire libre repletas de jóvenes de ambos sexos. Son los estudiantes de la cercana Universidad que aún no han empezado sus clases pero ya conviven en los alrededores del ella. Llegamos a la parte más monumental de la ciudad, donde se encuentra la Rotonda y la Kámara. Hay que explicar que estos dos nombres responden a los dos monumentos arquitectónicos más sobresalientes de la ciudad. El primero está cerrado, lo tendremos que ver otro día.
El segundo es el nombre que los habitantes de la ciudad dan al Arco de Galerio, lo que queda del gran Arco bajo el cual pasaba la Vía Egnatia que venía desde oriente y que fue construido hacia el 300 d C para celebrar la victoria de Galerio contra los persas el año 297. Se conservan varios paneles de él con relieves.
Entramos en una exposición sobre tesoros bizantinos traídos del Monte Atos, que está en la Vía Egnatia y nos gusta mucho. Hay grandes pinturas doradas, la deixis o representación de Cristo, Maria y San Juan, cual tríada sobresaliente, un iconostasio, pinturas de santos y de María de distintas épocas, todo bien puesto y con carteles explicativos.
Regresamos al Hotel por una de las calles que bajan al mar y descansamos un poco hasta las siete y cuarto, hora en que Olimpia y Tom nos vienen a buscar para coger dos taxis, lo que no resulta nada fácil, que nos tienen que llevar a la calle del museo Arqueológico, donde está la antigua mezquita que en otro tiempo fue sede del museo y que hoy, restaurada y cuidada, es lugar de acontecimientos culturales como el de hoy y es un bello edificio.
Tenemos que esperar un rato en la puerta porque aquí es costumbre, por lo visto, no ser nunca puntuales, ni para los actos más serios. Hace frío en la calle y esperamos ansiosos que se abran las puertas. Cuando al fin podemos entrar, Maruja nos dice que cojamos sitio en la segunda fila porque es probable que se llene la amplia estancia, como así sucederá. En este local se expone una colección de fotografías y cartas de Federico García Lorca a Dalí y a su hermana Ana María, préstamo de la fundación García Lorca de Granada. La vemos con detalle. También nos presentan al cónsul honorario de España, un viejo descendiente de sefarditas que nos saluda amablemente.
Es curioso pero al momento de empezar el concierto, las autoridades han desaparecido como por arte de encantamiento y queda libre la primera fila que nosotros habíamos respetado para ellas. La ocupa gente del público que se había quedado de pie.
El concierto me parece un éxito. Nacho canta maravillosamente y Reiner ha explicado antes de cada canción, en un correcto español el tema de cada una. Sobre todo las de Falla le salen especialmente bien. La anécdota del concierto es que, una vez ya empezado, entra hasta la primera fila un hombre grueso, desaliñado, con aspecto de mendigo, que lleva redondas gafas de muchas dioptrías y va cargado de bolsas de plásticos con papeles y se sienta en el suelo apoyado en el muro, a nuestro lado, haciendo ruido cuando mueve las bolsas. A continuación entra otro tullido, con sus muletas y se sienta a su lado en un poyete que sobresale del mismo muro. Me distrae ver semejante espectáculo que no esperaba. Menos mal que al cantante y pianista no llegan a alterarlos estos dos personajes faranduleros. El de las muletas en un pequeño descanso se va pero el otro personaje resulta ser un asiduo de los actos culturales de la ciudad y ya conocido y que además sabe hablar español y al finalizar es casi el primero en ir a dar la mano y saludar al cantante. Un personaje extraño.
Cuando el acto termina hay preparado un piscolabis al que naturalmente, no llegamos a tiempo porque los asiduos a estos alimentos gratuitos se han abalanzado primero y han agotado las existencias.
Luego en un taxi al que Kostas le ha dado la dirección nos vamos hacia el restaurante Brotos donde vamos a comer todo el grupo conocido. El taxista nos deja detrás de un camión de la basura que se toma su tiempo en desalojar y nos indica que está cerca si vamos a pie. Pero no encontramos el sitio y estamos los cuatro despistados. Menos mal que los teléfonos móviles hacen su papel y que Olimpia nos localiza y Maruja viene a buscarnos. Realmente estábamos muy lejos del restaurante, no comprendo qué ha fallado.
La mesa es amplia y estamos todos, conocidos y menos conocidos, como Yanis, el secretario de la Asociación que es un tipo cordial que habla un español tan perfecto que lo confunden con un español. Está también una representante del Ayuntamiento y todos nosotros. Cenamos muy bien, productos del mar por fin, bien guisados y sabrosos.
Hacemos la vuelta ya tarde andando, atravesando un gran mercado al aire libre, con muchos puestos, que sería bonito verlo en funcionamiento. Nos despedimos de Olimpia y Tom que se van mañana a primera hora y ya llega la hora del descanso.
Día 18, miércoles.
Hoy nos levantamos más tarde y desayunamos tranquilos. Salimos casi a las once. He hecho un grato descubrimiento, el monte Olimpo desde la ventana. Los días claros, -nos avisaron ayer los amigos griegos-, se ve al fondo de la bahía el sagrado monte y hoy ha salido muy claro. No es cualquier cosa esta visión y nos alegra reconocerlo.
El paseo marítimo de Tesalónica es de seis kilómetros, de los que hacemos casi cuatro siguiendo las indicaciones de Calcídiki, que es la zona a donde queremos ir. Vamos a visitar un pueblecito de la península de Kasandra, Afitos, en la costa oeste, desde donde se ve la segunda de las penínsulas, llamada Sizonía. La tercera es ya la que corresponde al Monte Athos.
Pasamos por Nea Fókea, donde hay una bonita torre bizantina justo al lado del mar y seguimos hasta Afito. Este pueblo es muy bonito. De momento descendemos hasta la playa y allí aparcamos para ir a pasear por ella. Hay un antiguo carro varado cerca de la arena, decorado graciosamente y con función sólo ornamental, imagino. Hace frío y viento pero el paseo merece la pena. Yo me reencuentro con la Ampolla de los primeros años, allá por los finales de los cincuenta, cuando me entretenía en buscar en nuestra playa del Arquitecto piedras gastadas por el mar, vidrios limados hasta adquirir formas redondeadas de textura atractiva, como piedras preciosas, caracoles de todo tipo, conchas de lapas, caparazones de erizos, y especies que ya han desaparecido en el sofisticado litoral que estamos haciendo en España entre todos y que aquí se encuentran todavía. El mar ha arrojado cañas y troncos que han quedado depositados en la playa. Se ven rocas cercanas donde hoy las olas rompen produciendo cortinas de espuma.
Subimos luego al pueblo y paseamos por sus calles. Las casas son de piedra e incluso los carteles que anuncian el nombre de la calle o el tipo de edificio están labrados en piedra. Entramos en un bar que tiene las sillas de madera artísticamente labrada en forma de animales, elefantes o tortugas o en forma de manos. En la pared una representación de una gran cabeza femenina con cabellos encrespados y abundantes como una gran Medusa.
Seguimos paseando y entramos en la pequeña iglesia del pueblo que ahora está limpiando una señora. Le hacemos una seña para pedirle permiso para entrar, que nos lo da satisfecha y orgullosa de que admiremos su iglesia que ella contribuye a que esté tan cuidada. Es bonita, como todas, llenas de santos en pinturas e iconos.
Volvemos hacia el norte y entramos en Potidea, la antigua colonia corintia, a ver el istmo y los pocos restos de fortificaciones antiguas que quedan en la zona del puerto. En un islote cimentado por bloques antiguos, que se encuentra a continuación de un entrante de la tierra en el mar, hay un pequeño faro metálico no muy alto. El puerto aprovecha una pequeña bahía natural y tiene una decena de barcos blancos varados en ella. Luce el sol, lo que da a las aguas un color azul luminoso y al verde de los árboles una intensidad distinta. El paisaje es muy bonito.
Seguimos por la carretera hasta llegar a Olinto, la ciudad asediada y destruida posteriormente por Filipo II de Macedonia cuya intención había adivinado tan claramente Demóstenes y así quiso transmitirlo a sus conciudadanos atenienses en los tres magníficos discursos conocidos como las Olintiacas, en un intento de proteger a la ciudad y evitar su asalto. Vamos hasta la zona arqueológica de la antigua Olinto en el momento que el cuidador de las instalaciones cierra la verja porque se va a su casa hasta mañana. Nos supone una contrariedad pero nada podemos hacer más que resignarnos.
Seguimos la carretera hasta la actual capital de la Calcídica, Poligiros. Aparcamos el coche y nos disponemos a recorrer la pequeña ciudad provinciana, buscando el Museo Arqueológico que parece que contiene piezas de interés de las excavaciones de la zona. Pasamos por una iglesia que conserva sus rasgos de antigua mezquita, con la torre exenta, antiguo minarete, que tiene la cúpula de un color azul llamativo. Preguntamos a un jovencito por el museo y se presta a acompañarnos porque es su camino, aunque no tiene ni idea si estará abierto. Debe de ser para él un edificio completamente obsoleto y nos mira con cara de asombro de que mostremos interés por él. Hablando con Carmen se queja de lo pequeña y aburrida que es esta ciudad.
Hoy no es día de suerte en lo que a cultura pura y dura se refiere y el museo también está cerrado. Volvemos al coche y aunque hubiera sido bonito acercarnos hasta Estagira, la ciudad donde nació el gran hijo preclaro de esta zona, Aristóteles, el Estagirita, pero nos parece más prudente volver hacia Tesalónica porque la ruta transcurre por carreteras secundarias que no sabemos cómo van a ser.
Al llegar al hotel tenemos un mensaje de Maruja que el conserje ha tomado naturalmente en griego pero que una oportuna llamada de Carmen a la interesada traduce sin problemas. Nos invitan a cenar esta noche en un restaurante bonito de la ciudad.
Tras descansar un poco nos arreglamos y nos vamos a la exposición de Giorgos, a tratar los asuntos financieros y comerciales de la ya decidida compra de un cuadro. Yo he escogido sin demasiada vacilación el Rapto de Europa. Le doy cien euros de señal, me firma un papel, me da su dirección en otro papel y me quedo tan contenta esperando verlo pronto colgado en la pared de casa, aunque todavía tiene que hacer una exposición en una ciudad cercana y tiene esperanzas de poder ir a Barcelona. Si fuera así iríamos nosotros personalmente a recoger el cuadro.
Carmen tarda algo más en decidirse por el cuadro. Alguno que le gusta más resulta ser el doble caro y otro por el que ya parecía estar decidida, ocurre que ya lo ha vendido. Finalmente se queda con una escena de la inauguración de los juegos olímpicos que está muy bien y hace con él la misma operación de adelanto y compromiso por escrito. El pintor parece muy contento y sorprendido de este improvisado público venido de allende los mares sin que lo esperara, que mostramos un entusiasmo sincero por su obra.
Yendo por la calle en dirección al restaurante nos encontramos a Kostas que también acude y hacemos con él el camino mientras nos cuenta datos interesantes sobre el héroe en bronce que encontramos en una esquina o sobre el cercano mercado. El restaurante está en un primer piso y hay que subir un tramo de una escalera de casa de vecinos pero en el rellano ya aparece una noble cómoda de madera, encima de la cual hay una botella de vidrio labrada con un vino que parece dulce, vasitos en una bandeja y dos fuentes con dulces, en una almendras garrapiñadas y en otra pastitas de té, a la vista del público. El restaurante se llama Lóribos, que es una población de la isla de Lesbos. Entramos y nos llama la atención la bonita y acogedora decoración del local, con objetos antiguos, todos de buen gusto, por paredes y repisas. La cena es inolvidable, con platitos la mayoría de productos del mar porque así lo hemos pedido, a cual más sabroso. El vino cosecha propia porque lo sirven a granel, exquisito. La compañía, con esta agradable pareja, encantadora. A la salida nos servimos una copita del vino que hay en la cómoda porque está para eso, lo que da a la cena un toque final que aún la hace más agradable.
El único pero que podría ponerle a esta cena en este local es la densidad del humo porque observamos que en Grecia se fuma mucho más que en España. En efecto todo el mundo fuma a todas horas aunque también van en moto sin casco, conducen sin cinturón de seguridad, no respetan los semáforos, los perros abundan sueltos por todas partes sin que nadie se ocupe de ellos, pero, por el contrario, no hay sensación de inseguridad y está todo abierto. Tiene ventajas de país menos desarrollado en algunos aspectos.
Volvemos a casa andando pues está cerca y nos despedimos hasta mañana en que veremos a Maruja en la Asociación.
Día 19, jueves.
Hoy queremos visitar lo primero de todo el Museo Arqueológico y pedimos desde el hotel un taxi. Es un edificio nuevo, muy bien puesto, didáctico, claro, con gusto y con unas piezas de una gran belleza y valor. Ya en el recinto exterior, a la entrada, hay dos magníficos sarcófagos con relieves de temas mitológicos que fotografío con entusiasmo. En el interior, un hilo conductor es la historia de Macedonia, desde la zona de la prehistoria en la que podemos ver el cráneo del hombre de Petrálona, la cueva que finalmente ayer no fuimos a visitar por falta de tiempo, hasta la época micénica, clásica, helenística y romana. Relieves, esculturas, vasijas, mosaicos y una buena colección de oro y materiales preciosos de las tumbas macedonias, entre las que destaca la espléndida cratera de Dervenio, con labradas escenas dionisíacas.
Vamos luego andando hasta la Rotonda, que tiene el antiguo minarete a su lado, blanco y muy largo. La calle, en el entorno de los edificios de la Universidad, sigue hoy tan llena o más de gente joven que el día pasado, ocupando cafeterías, bares e incluso losy bancos en la calle. La Rotonda no se puede apreciar en su justo valor porque está con andamios que tapan la zona de mosaicos y así resulta un espacio grandioso pero frío y destartalado. Sigue cerrada la vecina iglesia de San Giorgio.
Volvemos a contemplar el arco de Galerio, el Kámara, y vamos por la zona central, pasando por las ruinas de lo que fue el Palacio del emperador Galerio, que están en medio de una calle peatonal, hasta la calle donde se encuentra la sede de la Asociación Cultural García Lorca que preside Maruja. La encontramos en su despacho y nos enseña las instalaciones de este meritorio grupo de griegos amigos de España.
A la salida queremos coger un taxi que nos lleve a la parte alta, ano poli, pero no paran o no quieren y andando llegamos hasta la calle Platón en donde aún tenemos ocasión de volver a ver a Kostas, en la puerta de su casa, nos despedimos definitivamente y entramos a comer en una pequeña tasca al lado de su casa. Tomamos un arroz con gambas, muy picante y una ensalada, con pasteles y fruta de postre. El total con la propina no llega a los cuarenta euros y es que en el tema de restaurantes no está nada caro.
En una pastelería cercana que nos ha recomendado Maruja compramos pasteles típicos de aquí, una masa fina de hojaldre, rellena de trocitos de frutos secos, y empapada en miel que son muy buenos. Rafael se vuelve lentamente hacia el hotel y nosotros tres conseguimos parar un taxi que nos sube a la parte alta, al lado de la muralla.
La murallas que recorren gran parte de la ciudad son de tiempo bizantino. Fueron construidas durante en el reinado de Teodosio el Grande y rodeaban toda la ciudad. Desde una plataforma al lado de una de las puertas de la muralla se divisa un bellísimo panorama de esta extendida ciudad, a orillas del privilegiado golfo.
Andamos mucho por esta ciudad antigua, con restos de sus orígenes turcos, con bellos rincones y placitas que aunque sean edificios modernos conservan armonía, y nos decidimos a volver andando, cuesta abajo pero un largo paseo.
Desembocamos en la zona de la Rotonda y aún tenemos tiempo, si vamos un poco deprisa porque está más lejos de lo que parece, de visitar el Museo Bizantino. Es otro edificio moderno, al otro lado del Arqueológico, en ladrillo rojo y montado con el mismo sentido didáctico y de buen gusto que aquél. Nos gusta mucho.
A la salida nos vuelve a costar tomar un taxi, lo que finalmente logramos y nos deja en el hotel donde ya pagamos la factura para estar mañana libres de salir pronto.
Día 20, viernes.
Salimos hacia las ocho y cuarto pero nos equivocamos en esa larga salida de la ciudad y tenemos que dar unas vueltas de más. Finalmente cogemos la autovía, que en una primera etapa sí hace honor a su nombre, aunque luego la encontraremos en el formato de carretera o en la versión de obras con un solo carril. Nos vemos obligados a parar por un accidente de un camión al que en este momento está levantando una grúa, con tal oportunidad, que lo hacemos frente al Monte Olimpo de nuevo, que parece querer que nos llevemos su silueta y sus cumbres nevadas grabadas en la retina.
El viaje transcurre sin incidentes y como vamos bien de tiempo decidimos entran en la cercana ciudad de Tebas, de tantas reminiscencias literarias e históricas. Pero de ese momento sólo quedan los nombres de las calles, calle Edipo, Calle Sófocles, calle fuente Dirce son las tres por las que pasamos. La calle principal, peatonal, está llena de bares con las mesas al aire y abarrotada de gente, en su mayoría hombres. Entramos en la iglesia que da a la plaza o parte ancha de esta calle. Es como todas, agradable de ver y abigarrada de santos. Tomamos algo en la plaza que nos sirve de comida y volvemos a recuperar la autopista.
La entrada a la gran ciudad, la fagocitadota de casi la mitad de la población del país, la hacemos entre otros miles de coches que colapsan la autopista. En un momento dado salimos de ella y en la calle nos quedamos nosotros con las maletas y llega el momento de la despedida, triste momento cuando los días transcurridos hasta ahora han sido perfectos, sin ningún problema y llenos de emociones compartidas.
Ellos continúan hacia el aeropuerto donde devolverán el coche y nosotros conseguimos un taxi que nos lleva a casa de Olimpia y Tom. Después de cenar en la taberna de abajo las correspondientes chuletas de cordero a la brasa con otros platos típicos de la cocina griega, damos un paseo por la cuidada zona peatonal para despedirnos de la magnífica mole de la Acrópolis en la que lucen, bien iluminados, el Partenón y el Erecteion en esta noche de nostalgia y despedida.
Madrid, 30 Octubre 2006.
Assela Alamillo Sanz
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario